PARTE 2
Un terrible olor me despertó.
No pude distinguir de dónde provenía, pues me encontré demasiado aturdida como para ubicarlo.
Parpadeando con pesadez, me mantuve unos minutos alerta ante el inquietante silencio que me
rodeaba.
- Hasta que por fin despiertas. – Murmuró una voz masculina que sonó lejana.
Mi sien palpitaba del lado derecho cada que trataba de mover la cabeza, sin embargo, logré
enfocar una alta silueta a la distancia. Yo parecía estar encerrada dentro de una celda polvorienta,
mugrosa y sin iluminación. El dueño de la voz me miraba desde fuera cruzado de brazos, con un
aire de superioridad que me supo a mierda.
- J-joder. – Mascullé enronquecida, haciendo una mueca por el olor a podredumbre. ¿Qué
tan fuerte tuvo que ser ese condenado golpe que me atestaron?
- No te lamentes, no pierdas el tiempo conmigo de esa manera. – Se acercó hasta que solo
los barrotes de la jaula nos separaron.
Intenté levantarme del suelo para agarrarlo de la ropa o siquiera moverme, no obstante, mis
piernas no respondieron y mis manos tironeaban con algo que las tenía bien sujetas. Como no,
unos grilletes.
- ¿Quién eres? – Escupí, ácida.
- Eso debería preguntártelo yo, ¿no crees? – Ironizó sin hacerme caso. El lugar comenzaba a
darme calor y ya podía sentir las gotas de sudor naciendo en mi frente y nuca. - ¿Qué
haces por estos lados? ¿no has oído que son prohibidos? ¿o es que acaso no eres de aquí?
– Olfateó el aire, como si estuviera intentando encontrar un aroma diferente en mí.
Fruncí el ceño, ofendida hasta la médula y decidida a no hablar.
- Non es verus, nunc obedies mihi. – Siseé un hechizo por lo bajo.
Lo único que oí fue una corta risa.
- Ya te dije que no pierdas el tiempo, preciosa. Aquí no funcionan tus trucos, sean cuales
sean. – Se burló.
Una silueta llamó mi atención, se acercaba recorriendo el largo pasillo que iluminaba un poco la
estancia y el cual estaba segura, que llevaba a la salida.
- Déjala en paz, Azren. – Dijo la delgada y de baja estatura chica que se paró junto a él. Pude
distinguir su corto cabello rubio brillando por la poca luz que entraba. Había amanecido.
Azren, por su parte, lucía su cabello gris casi rapado, dándole un aspecto militar que combinaba
muy bien con su tonificada contextura.
Él la miro y, para mi sorpresa, se hizo a un lado. Se miraron por unos segundos, como hablando
mentalmente, porque ella alzó la voz de repente.
- Ya le avisé. Tenle paciencia, sabes que siempre hace lo que se le da la gana, es el jefe. –
Expuso fastidiada por algo de lo que no me enteré.
Miré a mi alrededor, tratando de familiarizarme con el lugar. No me hacía falta ser adivina para
deducir que estaba dentro del edificio al que intenté colarme. No tenía idea de quién era esta
gente, o si eran simples humanos; pero el saber que tenían mecanismos para bloquear mis
poderes, me dejó pensando más de lo normal.
Una voz entrecortada que emergió desde un aparatito que tenía la rubia colgada en su cadera, me
sacó de mis pensamientos.
No entendí nada de lo que dijo, pero al parecer ellos sí, pues Azren metió su mano al bolsillo
derecho de su pantalón negro de combate y le entregó a la rubia una llave, quién acto seguido,
abrió la anticuada reja que me mantenía presa y se acercó a mí con sigilo.
- Escucha, no soy el enemigo. Sé que no nos conoces, pero queremos ayudarte. – Habló con
cautela mientras que se acercaba a mí.
Yo, que había estado muy atenta a sus movimientos y había recuperado el movimiento total de mi
cuerpo, moví rápidamente mis piernas juntas sobre el piso para barrer con la suyas y hacerla caer
estrepitosamente sobre el suelo, junto a mí.
- No me vas a tocar. – Escupí entre dientes y comencé a tironear en vano para liberarme de
las horribles esposas de metal.
La delgada chica se levantó con pasmo, limpió su boca de la tierra y me miró con resentimiento.
- Bien. Tú lo quisiste así. – Abrió y cerró su puño sobre mi cabello suelto, simulando una
coleta. Lo siguiente pasó en cuestión de microsegundos, o al menos así lo sentí.
Una tanda de tres puñetazos, uno tras otro, fueron lanzados en contra mi rostro, haciéndome
cabecear con violencia hacia atrás, derecha e izquierda, y, por último, obligándome a caer de
nuevo en la maldita inconsciencia.
꙳꙳꙳꙳꙳꙳꙳
- ¿Quién fue el inepto que casi la mata? – Escuché una ronca voz furiosa que me despertó.
Abrí un ojo lentamente para que nadie me viera en caso de estar siendo observada por
alguien.
En cambio, lo que divisé a mi alrededor fue una mesa de madera con su respectiva silla, un
montón de adornos que más bien parecían armas colocados sobre las repisas, y un enorme
ventanal cubierto por cortinas rojas gruesas. El lugar literalmente parecía un castillo antiguo por
dentro. Yo estaba sobre un sofá rojo de terciopelo y frente a mi vi a Azren con una mueca
juguetona y a la rubia jugando con sus manos mientras observaba con recelo a un hombre de pie
frente a mí, dándome la espalda.
Azren me pilló chismoseando, pero no dijo nada, en cambio, se rio. Cerré el ojo y me hice la
dormida.
- Pregúntale a blondy, hermanito. – Habló el aludido.
- Señor, no es lo que cree. Ella se puso agresiva y tuve que contenerla. – Se excusó ella.
Alguien suspiró con evidente hastío.
- Blair, ve a entrenar con los demás. Y tú, Azren, siéntate. – Dictó el tipo frente a mí, dando
por zanjado el asunto.
Percibí pisadas que se alejaron, una puerta cerrándose y también el roce de la silla contra el suelo.
Ambos se quedaron en un eterno silencio hasta que el burlón tomó la palabra.
- ¿Qué piensas hacer con ella?
- No te incumbe. – Lo cortó el otro, gruñendo.
- No me digas que fue ella la del incidente ese de…ya sabes. Sangre, mucha. – Se rió Azren.
- Estamos aquí para hablar de otra cosa. – Murmuró el desconocido con una paciencia
mágica. – Necesito que tengas a tu escuadrón listo a más tardar dentro de dos días. La
emboscada debe hacerse cuanto antes y tus hombres son los mejores.
- Bien, pero respóndeme algo. ¿Qué hay de ella?
- Ya te lo dije, no es tu asunto. Ni ella ni nadie impedirán que el plan se lleve a cabo; ella tan
solo es un cabo suelto, uno muy peculiar. – Zanjó.
Nadie dijo nada más y volví a escuchar una puerta cerrándose. Me mantuve lo más quieta posible
durante los siguientes diez segundos.
Azren se había ido.
- Ya puedes abrir los ojos, bruja. – Dictaminó el sujeto, sorprendiéndome con su acertada
suposición.
Me levanté como resorte, y en dos segundos estuve apoyada en su escritorio, desde donde él me
miraba con una ceja alzada en su silla. Lo repasé lentamente, notando que su cabello era tan
oscuro que parecía negro y sus ojos se asemejaban a un pozo sin fin, pero no eran completamente
negros, sino que un brillo desprendía de ellos. Eran magnéticos.
Él, por su parte, apretó la mandíbula, como conteniéndose y se estiró casi en cámara lenta en
dirección a mí.
Nos quedamos mirando con los ojos entrecerrados demasiado tiempo mientras nuestras narices
estaban a centímetros de rozarse, pero no le hice nada, porque al parecer esa gente sabía
demasiado sobre mí y no estaba dispuesta a darles ventaja. Su apariencia me generaba
desconfianza, con ese aire de superioridad que emanaba inconscientemente, lo que demostraba
que no temía.
- ¿Y bien? – Rompió el silencio. – Debo felicitarte por tu osado atrevimiento de querer
hechizar a alguien y dejarlo morir desangrado.
No comprendí al principio y tampoco al final, pero su mueca traviesa me lo aclaró al instante.
- ¿Tú? ¿No te habías muerto, infeliz? – Mascullé. Todo era desastres tras desastres.
- Sí. Esto que ves es un holograma. – Ironizó completamente serio, señalándose.
Diablos. Eso significaba que no sólo me tenían prisionera, sino que quién lo hacía era el sujeto que
me había salvado de una fairy, y al que luego traté de asesinar en el bosque.
Me quedé callada y fingí pensar por unos segundos mientras aprovechaba su distracción para
agarrar una de las navajas que había sobre su escritorio y quise lanzarla directo a su pecho.
Obviamente, eso no pasó.
Al contrario, él desapareció del lugar y pude localizarlo cuando sentí una mano sujetándome del
cuello desde atrás.
No reaccioné en el instante, porque no comprendía. ¿No era un humano? ¿Un cazador? ¿Entonces
porque demonios se había tele transportado como si nada?
- ¿Qué? ¿Creíste que te saldrías con la tuya? – Susurró amenazante en mi oído, lo que me
hizo recordar cuando intenté acabar con su vida en el bosque. Un pequeño escalofrío me
recorrió, mientras trataba de soltarme con mi fuerza, la que, comparada con la de él,
parecía ser inexistente.
Probé golpeando su nariz con la parte trasera de mi cabeza; maldijo, pero me sujetó con mayor
fuerza.
- Eh, General, creo que debería ir a… -- Interrumpió una voz masculina, entrando por la
puerta. El sujeto – que era un pelirrojo alto y ojiverde –, se calló de inmediato al ver la
escena.
El tal General me soltó lentamente y no sé de dónde las saco, pero aseguró mis muñecas dentro
de unas esposas y, agarrándome de éstas, me retuvo frente a él.
Parecía que se les estaba haciendo costumbre eso de las esposas.
- ¿Qué se te ofrece, Cain? – Murmuró en su lugar, manteniendo la calma.
- Hay líos en el campo de entrenamiento, varios chicos pretenden ir a explorar y asesinar
fairys por su cuenta esta noche. – Se explicó.
Eso llamó mi atención y la de quién me sujetaba en sobremanera.
- ¿Fairys? – Hablé sin importante que no me hubiesen invitado a la conversación. Luego me
reí. - ¿Acaso quieren suicidarse? Porque ir al bosque a ciegas es ir a su propia muerte.
- Lo dice la experimentada que casi muere a manos de una de ellas hace tan solo unas
horas. – Respondió en su lugar el General con un deje burlón en la voz, haciéndome
quedar como idiota.
Apreté los dientes, removiéndome en mi lugar.
- Deberías quedarte quieta, bruja. – Siseó él detrás de mí. Luego, se enfocó en el pelirrojo. –
Convoca una reunión con el consejo, tendremos que actuar rápido. Mientras tanto, yo me
ocuparé de ésta……humana. – Dijo.
No me resistí, no hablé, y no me quejé. Solo quería largarme del lugar, y peleando con todos no lo
lograría.
Cain se fue, y el pelinegro me soltó. De inmediato me giré hacia él, furibunda.
- Da nada te sirve luchar, siempre perderás mientras estés en mi territorio, bruja. – Advirtió,
sin dejar de recordar que sabía lo que yo era y no tenía idea de cómo. – Ahora, dime ¿Qué
demonios haces aquí?
Contraataqué.
- Más bien, ¿quién eres tú? ¿ah? - Di un paso hacia él, la abertura de mi falda se descubrió
y el bajó la mirada en esa dirección, atraído por la daga de oro reluciente sujeta a mi
muslo. - ¿Qué hacías cazando a la medianoche si sabes que está prohibido? ¿Qué maldita
cosa eres? Porque está claro que no eres un simple sanguíneo.
Se quedó en silencio un rato, meditando la respuesta. Acto seguido, comenzó a caminar a mi
alrededor como si fuera su presa a punto de ser devorada.
Aturdida, quise darle una patada, pero me controlé.
- Fácilmente podría preguntarte lo mismo y estar en este tira y afloja durante horas
seguidas, pero como verás… - Se detuvo frente a mí, muy cerca. – No me gusta perder el
tiempo.
Miré a mi alrededor, buscando una posible salida mientras él hablaba basura.
- Es un perímetro bien asegurado, no podrás irte a menos que yo lo decida, bruja. – Adivinó
mis intenciones. – Y en cuanto a tus preguntas, sí soy un cazador, pero me temo que
nunca les contaron bien la historia.
Fruncí el ceño, enfocándome en él.
- ¿A qué te refieres?
Él no tardó en explicarse.
- El primer cazador nació de una guerrera y un vampiro. No somos humanos, para nada. –
Torció los labios, divertido. – No me digas que no habías atado cabos, por algo nos llaman
“sanguíneos”.
Sacudí la cabeza.
- Así que eres un maldito mestizo. – Solté.
- ¿Y acaso tú no? Bruja negra. – Soltó en respuesta.
Abrí los ojos molesta y sorprendida. No entendí los que insinuaba, pero la ira creció en mí.
- ¡Idiota! – Exclamé, sintiendo que mis ojos se oscurecían y mis dedos cosquilleaban,
queriendo atraer la magia.
Quiso responderme, lo noté en su mirada de depredador, no obstante, simplemente dijo:
- Suficiente. Te llevaré ante el Consejo.
No pude replicar; me tomó de los hombros con brusquedad y me sacó de la oficina. Su tacto
quemaba, pero me mordí la lengua esperando el momento adecuado para huir.
Afuera, detallé el lugar. Tenía como ocho pisos y era abierto en el centro. Abajo, en el centro del
primer piso, había un campo de césped donde varios chicos y chicas entrenaban en combates uno
a uno; incluso algunos tenían sables y catanas. Divisé una salida en el piso inferior, que daba a otro
campo verde detrás del enorme edificio, pero en este solo vi a unos chicos muy ágiles practicando
puntería con arcos, dagas, armas y cuchillos. Y había más edificios a sus alrededores.
- ¡Laila, concéntrate! – Gritó un gorila que parecía ser el entrenador. La tal Laila, una
castaña menuda, desvió su vista del chico al que miraba embobada y pudo esquivar una
patada de su oponente, que la doblaba en tamaño.
Acto seguido, le arrebató el sable a su contrincante con movimiento que me pareció karate y lo
blandió de tal manera que terminó apuntando a su pecho, por encima del corazón.
- ¿Quién es ahora el perdedor? – Se mofó para después lanzar el arma al suelo con un
estridente sonido y se dio media vuelta, saliendo de ahí mientras limpiaba el sudor de su
rostro con su camiseta.
Qué manera tan espectacular de luchar tenían todos ellos.
La pesada mano del General se posó sobre mi espalda baja y me empujó, sacándome de mi
ensoñación. Me condujo por el largo pasillo lleno de puertas con habitaciones desconocidas hasta
un ascensor. De repente, su mano se deslizo por mi pierna desnuda, y cuando me quise dar
cuenta, ya había agarrado mi daga de oro blanco.
Maldición. Sutil, pero ágil.
Me miró como esperando que refutara, pero no dije nada, apretando la mandíbula.
De nada servía darle pelea. Así que en silencio vi como guardaba mi daga, herencia de mi padre
adoptivo, dentro de su bota derecha.
Por dentro, el edificio se veía moderno, como si lo hubiesen remodelado por dentro pero no por
fuera; supuse que para no llamar la atención.
En el ascensor, los botones no eran números, sino símbolos extraños que no interpreté. El alto
pelinegro presionó el que estaba más arriba, decorado con un símbolo de una calavera y una línea
horizontal que la cortaba en dos.
Apreté los labios, memorizándolo todo.
Por el rabillo del ojo analicé cada uno de sus movimientos. Su oscuro cabello era ondulado, más
largo arriba que a los lados, y su alta figura resultaba demasiado imponente, pero no era fornido
como los gorilas de la entrada; más bien era delgado y muy ejercitado. Se cruzó de brazos y sus
músculos se notaron aún más por debajo de la camiseta manga larga oscura que vestía.
Parecía una estatua.
El ascensor se abrió con un suave pitido y él me guío fuera.
- ¿Y sabes luchar o solo disparar flechas? – Hablé, rompiendo el silencio.
- Cierra la boca. – Gruñó.
El sujeto tenía un serio problema con empujar, puesto que el siguiente empujón que me dio casi
me manda a volar. Presumí que lo hizo a propósito y me quejé en respuesta.
En el último piso, había solo dos puertas, además de un largo pasillo y él me condujo por la de la
izquierda. Dentro, se veía como una sala de reuniones, parecía la Sala de Crisis de la Casa Blanca
con una mesa alargada y más de diez sillas a su alrededor, todas completamente llenas. A la
cabeza de la misma, había un solo asiento vació.
Era el suyo, eso estaba claro.
El General habló detrás de mí:
- Bien. Si alguno tiene alguna pregunta que nos aclare la situación, el momento es ahora.
Después de esto, ella se irá directo a los calabozos.
Tragué en seco.