ARAWAC
Desde las altas junglas de la Amazonía peruana, a mediados del ´87, donde se
encuentran los pueblos olvidados y las lenguas nativas se hablan todavía, vivía
un niño olvidado, así como lo era todo su pueblo y los lugares circundantes.
Los Yine, su pueblo, hablaban de él con respeto; se decía que era
descendiente de la tribu Arawac, aquella que según [Link] pobló la Cultura
de Chavín, la más grande de su tiempo.
Este niño no era igual a los demás, leía y escribía perfectamente a diferencia
de los demás niños de su edad. Era alto, de facciones delgadas, pero era bien
formado y fuerte. Su rostro era una representación de las gentes de la selva. A
pesar de su aspecto, que para algunos sería intimidante, su personalidad se
basaba en la amabilidad y el respeto hacia sus congéneres.
Vivía en una choza, construida mayormente por él mismo con adobe y quincha,
que se podría llamar que era una versión del Techo a Dos Aguas, con bolsas
de plástico – y otras cosas medianamente impermeables – en el techo, de tal
forma que su “hogar” no se dañaba con las constantes lluvias.
Aquel día, tal niño salió a explorar en busca de frutos, o animales, o cualquier
cosa que pueda serle útil a la selva Amazónica. Caminó alrededor de media
hora y después se percató de algo extraño: Había visto muchos árboles
tumbados en el camino, como si algo los hubiera sacudido tan violentamente
que los arrancó de raíz. Motivado por la curiosidad, siguió avanzando,
buscando el origen de aquel misterio, pero ahora estaba caminando con miedo.
Después de deambular durante mucho rato, alrededor de 3 horas, exhausto y
con hambre y sed, vio una especie de campamento, algo sucio y demasiado
desordenado; lo estaban resguardando hombres armados, con pistolas que
podrían llegar a ser tan letales como lo son las AK – 47 y las M – 16. Esto fue
suficiente para que el protagonista sienta una mezcla de pánico y miedo, y se
largara a su choza.
Al día siguiente, después de hacer su “rutina mañanera” – hacer mandados a
cambio de unos cuantos intis – volvió a ir al campamento, esta vez armado con
una resortera y una honda, las cuales sabía manejar con bastante habilidad.
Gracias a que había trazado caminos mentales, en apenas ¾ de hora llegó a
tal lugar. Al asomarse al campamento, notó que los hombres armados no
estaban y simplemente se acercó a ver más de cerca. Alcanzó a ver que había
montañas de oro, plata, cobre y otros metales desparramados en mesas y el
suelo. No pudo evitar sentir algo de codicia y se llevó de 2 pepitas de oro, sin
embargo, no se dignó a tocar la plata ni el cobre. Para tranquilizar el aguijón de
su conciencia –puesto que nunca había robado, es más, cada vez que
encontraba monedas en la calle hacía todo lo posible por encontrar a su dueño
y devolvérselas, al grado que no dormía bien si no lo encontraba –, se decía a
sí mismo: “No te mortifiques sin razón, esto posiblemente es producto de la
minería ilegal”.
Alrededor de una semana siguió con las expediciones al campamento,
hurtando pepitas de oro y algo de plata y cobre.
Sin embargo, después de ese lapso, fue al campamento, pero esta vez se
encontró con que los hombres armados habían vuelto y estaban resguardando
las tiendas o carpas. Procedía a darse la vuelta e irse, cuando se topó con otro
armado en frente de él, mirándolo fijamente. Salió corriendo del susto, pero el
guardia lo agarró del cuello y lo levantó, arrastrándolo en el piso para llevarlo
con los demás armados.
Con un tono sombrío y hasta se podría decir con un poco de maldad, uno de
ellos gritó:
- ¿Cuánto has robado?
El niño, que no estaba acostumbrado a mentir, razonó que, si decía la verdad,
se apiadarían y le darían libertad, así que dijo:
- 10 pepitas de oro, señor; puedo ir a mi casa y traerlas todas.
Todo el grupo de hombres armados soltó una risotada, y el mismo guardia que
había hablado antes dijo:
- De esta no te libras, mocoso, te tendremos aquí hasta que nos pagues
con trabajo lo que nos robaste, indio insignificante.
Y dicho esto le dio una cachetada.
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Habían pasado algunos días. Tal como había dicho el guardia, el niño pagaba
con trabajo cada pepita que hurtó. Dormía en una tienda que era una especie
de celda, y apenas le daban el suficiente alimento y agua para sobrevivir.
Un día escuchó algo que lo dejó temblando de miedo, pero, sobre todo, de
pánico:
- Nos darían buena ganancia por él, es fuerte. Es más, ya contacté a un
mercader que vendrá por él mañana en la noche, si es que no se pierde
en esta selva insignificante.
Pasó todo el día trazando un plan para escapar, antes de que el traficante
venga y se lo lleve a Dios sabe dónde.
Sin embargo, a pesar de su inteligencia, no encontró ninguna forma de evadir a
un grupo de hombres armados con armas tan letales como las que usan los
traficantes; y, llorando, se resignó a vivir un destino incierto, muy incierto y tal
vez despiadado.
Trabajó, aguantándose las lágrimas, mientras clasificaba pepitas de oro
grandes, medianas y pequeñas, y preparaba explosivos ilegales; esperando
que llegue la noche, resignado y resentido con los que le habían hecho daño.
Por primera vez experimentó el odio.
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Llegada la noche, una persona misteriosa, con facciones estadounidenses,
llegó al campamento. Aquella persona no parecía una persona malévola a
primera vista, pero las apariencias engañan. Aquel era uno de los mayores
exponentes del tráfico de personas.
Los hombres armados condujeron al niño a la vista del “gringo”. Este le dio
instrucciones sencillas, como lo son “Abre tu boca”, “Levanta ese tronco”, y
otras cosas similares.
El niño vio como los armados y el gringo se estrechaban la mano, después, el
gringo les daba un saco de monedas. En ese momento sintió un escalofrío
recorriéndole la espalda y llegando hasta los hombros.
El mercader giró y le dijo al muchacho:
- Walk fast, inferior race!
Y después, agregó para sí mismo:
- These fools, this costs triple!
Seguido de una carcajada y empujar al muchacho para que camine más rápido
al auto todoterreno.
La camioneta era muy espaciosa, sin embargo, el muchacho se sentía oprimido
y triste. Se le salieron las lágrimas. El auto arrancó. A través de los cristales
veía como se alejaba de la selva donde había crecido. Casi a las 2 de la
mañana, el carro paró de improviso. Se había pinchado una llanta. El
muchacho vio esto como una oportunidad perfecta para escapar, puesto que el
gringo salió entre maldiciones. Abrió silenciosamente la puerta delantera –
porque la trasera estaba bloqueada – y salió al exterior. El gringo lo vio, lo
agarró, y empezaron a pelear. Más que pelear, a magullar al muchacho.
Obviamente el que tenía ventaja era el extranjero, que le daba golpes
inmensos en el torso y en la espalda. Tendido en el piso, el muchacho ideó
algo con desesperación; se sacó su polo y corriendo, lo envolvió alrededor del
cuello del oponente, que estaba de espaldas, y lo empezó a ahorcar
fuertemente. Logró ver que en el interior de su bolsillo había un arma de fuego,
la sacó, y la disparó en la espalda del agresor. El gringo se retorció de dolor,
luchaba por respirar y después de varios segundos de agonía, falleció.
“Y así, la sangre pura del indio se contaminaba con la del extranjero”
El muchacho no pudo con su consciencia: Había matado a alguien. Claramente
fue por defenderse, pero, LO HABÍA MATADO y eso era un pecado ante Dios y
un crimen ante los hombres. Aunque no sabía que había salvado a muchos
niños como él que hubieran sido raptados, y aún así, no lo hubiera
tranquilizado el saberlo.
Despertó, tendido en medio de la selva, lleno de moretones y con un cadáver al
lado, sin poder respirar bien.
En el ´97 se publica un artículo que no solo causa estruendo en Perú, sino en
todo el mundo: La historia de un niño que descubre un campamento de minería
ilegal, lo raptan y casi lo venden a un traficante estadounidense. El niño,
tratando de defenderse, mata al traficante, pero debido a esto, queda
traumatizado, aunque no a un grado alto. Además, el artículo también trata del
daño que tienen las actividades ilegales, especialmente la minería, en la
Amazonía peruana.
Su pseudónimo era “Arawac”