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Cabellos de Lamia: Mitos y Aventuras

El capítulo narra la historia de Lamia, una reina de Libia convertida en un ser monstruoso que se alimenta de la sangre de niños tras perder a sus propios hijos. Un grupo de jóvenes, Vladito, Rudy, Igor y Tibor, se infiltran en un castillo para robar un mechón de cabello de una lamia llamada Zuara, enfrentándose a varios peligros en el proceso. Finalmente, logran escapar sin ser descubiertos gracias a la ayuda de un gato luciferino llamado Terrible Tigre Tártaro.

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Cabellos de Lamia: Mitos y Aventuras

El capítulo narra la historia de Lamia, una reina de Libia convertida en un ser monstruoso que se alimenta de la sangre de niños tras perder a sus propios hijos. Un grupo de jóvenes, Vladito, Rudy, Igor y Tibor, se infiltran en un castillo para robar un mechón de cabello de una lamia llamada Zuara, enfrentándose a varios peligros en el proceso. Finalmente, logran escapar sin ser descubiertos gracias a la ayuda de un gato luciferino llamado Terrible Tigre Tártaro.

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Capítulo 7.

Cabellos de lamia
Según el Index Colmillorum, el origen de los y las lamias se remonta a una antigua
reina de Libia, llamada precisamente Lamia, de quien se enamoró el dios griego
Zeus. Al enterarse del romance, Hera, la esposa de Zeus, mató a los hijos de la reina
y la condenó a no cerrar nunca sus párpados, de tal suerte que a partir de entonces la
desdichada mujer vivió obsesionada con la imagen de sus hijos muertos. Poco
después, Zeus, apenado con ella, le concedió la posibilidad de quitarse los ojos a
fin de poder descansar, y de ponérselos nuevamente cuando quisiera.
En cierto momento, Lamia decidió tomar venganza y, protegida por las sombras,
comenzó a beber la sangre de los hijos ajenos.
Sus piernas, otrora juveniles y delicadas, se juntaron y cubrieron de escamas,
transformándose en una larga cola de serpiente, y su rostro, hermoso y rozagante,
se convirtió en una grotesca máscara repulsiva. Los niños mordidos por ella
adquirieron la misma apariencia... y ese fue el inicio de la subraza, cuyos
integrantes, dotados con la misma capacidad de quitarse los ojos a voluntad, se
expandieron rápidamente por los países mediterráneos, llegado, incluso, al norte de
la península ibérica.
Vladito, Rudy y el Terrible Tigre Tártaro, con Tibor al frente, bordearon parte del
derruido muro, entraron en el interior del castillo por una de las puertas laterales y se
reunieron con Igor, quien los condujo hasta una apartada habitación repleta de
cachivaches en desuso.
—Aquí nadie los encontrará —advirtió mientras les extendía una pequeña canasta
cubierta por un paño—. Les traje algo de comer; deben estar hambrientos tras el
viaje.
Vladito y Rudy registraron el recipiente. Dentro, encontraron rodajas de pan
mohoso con queso agusanado y lonjas de carne seca, un frasco con sangre
selenítica y otro con agua de arroyo. Para el Terrible Tigre, leche fermentada.
Vladito no tenía mucho apetito, pero estaba excitado por los recientes
acontecimientos y, cuando se ponía así, le entraba ansiedad. Tras dar buena cuenta
del pan y el queso, bebió una generosa ración de sangre. Ello lo alegró; así ahorraba
la que había traído consigo.
Rudy, en cambio, aquejado por un hambre perpetua, se terminó toda la carne y sació
la sed con el agua. Habían salido tan temprano y tan aprisa del castillo Federmause
que no habían tenido tiempo de desayunar. De paso aprovechó para alimentar con
trocitos de carne a su mascota.
—¡Un basilisco! —exclamó Igor al ver la criatura—. ¿De dónde lo has sacado?
—Mis padres me lo regalaron por obtener buenas notas en los exámenes
intrasemestrales. Lo compraron en una tienda del distrito Varulv. Aún es un pichón.
Se llama Patricio.
—¿Por qué le tienes los ojos vendados? —preguntó Tibor.
—Porque madurará en cualquier momento y cuando lo haga no quiero que petrifique
a nadie.
—¡Genial! —exclamó Igor dando un puñetazo en el suelo—. Nuestros padres no
nos dejan tener mascotas. El año pasado les pedimos un jackalope, pero se negaron.
Dicen que después nos olvidamos del bicho y ellos se tienen que encargar de
atenderlo.
Tibor le propinó un discreto empujón a su hermano.
—¡Los jackalopes son mascotas para hembras! —protestó—. Lo que nosotros
necesitamos es una hidra o un camahueto, ¡algo con más personalidad! O, bien
visto, un basilisco, como el de Rudy.
—Bueno, Frieda es hembra y tiene un gato luciferino...
Tibor hizo el intento por rebatir el comentario, pero no encontró los argumentos
necesarios y guardó silencio.
El licántropo terminó de alimentar a Patricio y volvió a acomodarlo en el bolsillo
interno del chaleco.
Una vez concluyó la comida, los gemelos regresaron a la fiesta (una ausencia
demasiado prolongada hubiese despertado sospechas en sus padres) y los viajeros
se acomodaron entre los cachivaches para descansar un rato.
Debieron quedarse dormidos, pues no volvieron a dar en sí hasta que Igor y Tibor
vinieron a buscarlos. El encuentro había concluido y casi todos los invitados se
habían marchado. Los que no, descansaban en sus respectivas habitaciones.
Rondaban las cinco de la mañana; el sol no tardaría en asomar tras el horizonte.
Henri, el zombi bicéfalo de origen caribeño que trabajaba al servicio de los Krew,
había corrido ya gran parte de las cortinas del castillo para evitar que entrase la luz
diurna. Eso permitiría a los «exploradores» desplazarse sin preocupaciones por los
corredores.
—Zuara se fue a dormir temprano —informó Igor, quien encabezaba el grupo—. A
estas horas debe estar en el quinto sueño.
Eso nos conviene. Tenemos que hacer todo lo posible por no despertarla. La tipa se
gasta un carácter infernal. Si nos descubre con las manos en la masa, armará un buen
escándalo.
—¿Con qué le cortaremos el mechón? —preguntó Rudy.
El gemelo contestó enseñándole unas grandes tijeras que había traído en el bolsillo
trasero del pantalón.
Tibor cerraba el grupo. Era el encargado de vigilar la retaguardia. La posibilidad de
ser descubiertos por Henri los obligaba a caminar de puntillas, prestos a ocultarse
rápidamente tras algún mueble o a colarse en una habitación si detectaban la silueta
de dos cabezas del laborioso zombi. En teoría, a aquellas
horas los gemelos debían estar descansando en su sarcófago-litera y no
deambulando por ahí acompañados por tres polizones (gato luciferino incluido) que
se habían colado en el castillo sin anunciarse ni ser invitados.
La habitación en la que se hospedaba la lamia estaba en una de las alas más
apartadas del inmueble. La puerta no tenía el cerrojo echado. Los «exploradores»
la abrieron lo suficiente como para escurrirse entre la hoja de madera y el marco, y
se aproximaron a la cama con dosel en cuyo centro dormía la vampira, pues los y las
lamias no necesitan de ataúdes ni sarcófagos para descansar. Junto al lecho, una
mesa en la que reposaba un pequeño pero lujoso cofrecito.
—Ahí guarda sus ojos —susurró Tibor señalando el recipiente.
—¡Silencio! —le recriminó Igor—. Si Zuara despierta, la pasaremos mal.
Tibor y Rudy rodearon el lecho y se treparon por la izquierda; Igor y Tibor subieron
por la derecha. El Terrible Tigre se acomodó en el suelo, frente a los pies de la
cama.
Acostada de medio lado, la lamia roncaba plácidamente. Vaya si era fea. La enorme
nariz partía del tupido entrecejo y describía un arco rematado por dos gruesas
verrugas; la boca entreabierta dejaba ver tres colmillos torcidos y demasiado
grandes, uno de ellos con la punta partida. En la negra oquedad, serpenteaba una
fina lengua bífida. La larga cola cubierta de escamas dibujaba una S bajo la negra
sábana; los brazos esqueléticos se enroscaban en torno a un oso de peluche al que le
faltaba una oreja, pero lo más impresionante eran las cuencas de los ojos.
De bordes carcomidos y violáceos, parecían dos pozos sin fondo en los que
cualquiera pudiese caer y desaparecer.
Los chicos no tardaron en tropezar con el primer inconveniente: antes de dormir,
Zuara se había colocado unos grandes ruleros cubiertos por un pañuelo anudado al
frente. Del borde de tela no brotaba ni un solo rizo que se pudiera cortar.
Vladito miró a los gemelos. «Y ahora, ¿qué hacemos?», les preguntó con la mirada.
Mediante señas, Tibor le indicó a Rudy que desatara el pañuelo. El licántropo
contrajo el rostro: «¿quién, yo?». Tibor se llevó un dedo a los labios, indicándole
que guardara silencio, y asintió. Rudy hizo un gesto de fastidio antes de extender
una temblorosa garra hacia el nudo que, por desgracia, estaba demasiado ajustado.
El forcejeo hizo que Zuara emitiera un fuerte ronquido y se removiera un poco.
Todos se apartaron rápidamente y se mantuvieron quietos, con los ojos fijos en la
vampira. Rudy creyó que el corazón se le iba a salir por la boca; por suerte, la
chaqueta y el cuerpo de Patricio acomodado en el bolsillo amortiguaban el sonido de
los acelerados latidos.
Zuara siguió durmiendo; el licántropo volvió a la carga. Esta vez consiguió zafar
el nudo y dejar al descubierto una parte de la cabellera enroscada en los ruleros. Los
gemelos tenían razón: el pelo de la lamia era muy hermoso, de un rubio fulgurante
que ni siquiera la oscuridad de la habitación conseguía opacar.
Vladito desenroscó cautelosamente un rizo cuyo extremo sujetó con la punta de los
dedos. Acto seguido, Igor le extendió las tijeras. Un chasquido... y el heredero de los
Federmause aferraba en un puño parte de aquello que embellecía a la lamia. Las
tijeras regresaron a manos del gemelo.
Rudy rehízo el nudo. Una vez el pañuelo quedó tal cual lo encontraron, los chicos
emprendieron la retirada. Ya se habían bajado de la cama y se disponían a alcanzar
la puerta cuando un zapato de Igor se enredó con un pliego de la sábana, haciéndole
perder el equilibrio y, ¡páfata!, caer cuan largo era.
¡Plin, plin, plannn!: el ruido producido por la tijera al chocar contra el suelo de
mármol hizo que Zuara emitiese un ronquido más profundo que el anterior,
despertase y se incorporara en el lecho.
La lamia extendió un brazo, agarró el cofrecito que reposaba encima de la mesita,
sacó los ojos y se los puso. De pupilas muy verdes, eran fríos y calculadores. Uno
miraba hacia el frente y el otro estaba torcido hacia la izquierda, lo cual aumentaba
la fealdad de su dueña. Los dos minutos que demoró en colocárselos le permitieron a
Vladito, Tibor y Rudy agazaparse contra el suelo.
Zuara echó un vistazo a su alrededor. Un ruido la había despertado,
específicamente el sonido de algo metálico al chocar contra el suelo. Eso le
incomodó. Mientras permanecía en el castillo Krew exigía a pie juntillas que se
respetase su privacidad.
Los anfitriones hacían todo lo posible por complacerla. A fin de cuentas, era una
importante socia en el negocio de exportación-importación de ataúdes que Zygmunt
dirigía desde hacía varios años. El matrimonio estaba en el deber y la obligación de
hacerla sentir lo mejor posible mientras permaneciera bajo su techo. Sin embargo,
alguien (o algo) había violado lo establecido y producido el ruido que la arrancara
del sueño. Zuara estaba determinada a averiguar el responsable de tamaña ofensa y
tomar cartas en el asunto.
No debió investigar mucho: en el suelo, a poca distancia de la cama distinguió una
silueta blanquecina. Tras quitarse los ojos, limpiarlos con la sábana y volvérselos a
poner, identificó de qué se trataba. Era un gato. Luciferino, para más señas.
—Miau —maulló el susodicho con un tono dulce y enternecedor.
Zuara conocía bastante bien a los gatos de dicha especie porque cinco años atrás le
había obsequiado uno a su sobrina predilecta. ¡Aquel maldito bicho arañaba, mordía
y bufaba más que vampiro recién no-muerto reclamando su primera dosis de sangre
selenítica! Suerte que Awjila tenía buena mano para los animales y había
conseguido domesticarlo con bastante éxito.
El ejemplar en el suelo la miraba fijo. Frente a sus patas delanteras había algo que
parecía un cuchillo. Zuara amusgó los ojos.
No, eran unas tijeras. ¡Un gato luciferino jugando con unas tijeras mientras sus amos
dormían! La lamia torció la boca en un remedo de sonrisa: cosas así solo podían
ocurrir en la residencia de los Krew y, sin lugar a dudas, gracias a Igor y Tibor, ese
par de chiquillos revoltosos que no cesaban de perpetrar fechorías y escandalizar a
su antojo. Seguramente el gato les pertenecía, aunque ella no recordaba que lo
hubiesen mencionado o haberlo visto en anteriores visitas al castillo. En fin: lo
mejor sería sacarlo de la habitación, no fuera a ser que volviese a despertarla con el
maldito traqueteo.
La lamia apartó la sábana y, sin perder de vista al animal, se sentó en el borde del
lecho. La mitad inferior de la gruesa cola produjo un sonido fofo al caer a escasos
centímetros del rostro de Vladito, quien apretó el mechón de cabellos con la mano
izquierda y se llevó la otra a la boca. Si Zuara miraba hacia abajo y lo descubría,
tanto él como sus amigos estarían perdidos.
En ese preciso instante, el Terrible Tigre Tártaro sujetó las tijeras con las fauces y
enfiló hacia la puerta.
—Bien, muy bien —dijo la lamia mientras lo seguía con la vista—. Regresa a tu
cubil, miserable alimaña. ¡Largo de aquí, y no vuelvas a importunarme!
El gato salió por la puerta entrejunta. Zuara aferró una almohada y la arrojó con
fuerza contra la hoja de madera. La puerta crujió y se cerró. Zuara se quitó los ojos,
que colocó en el cofrecito, y volvió a acostarse. Tras ajustarse el pañuelo (a veces se
le aflojaba un poco mientras dormía), se cubrió hasta el busto con la sábana y abrazó
el oso de peluche.
Cinco minutos después, roncaba nuevamente.
Los chicos y el gato regresaron a la habitación en la que habían establecido la base
de operaciones.
—¡Casi nos descubre! —exclamó Igor tras acomodarse en un desvencijado butacón
—. ¡De no ser por el Terrible Tigre Tártaro, Zuara nos hubiera visto!
—Y hubiésemos malogrado nuestra misión cuando apenas iniciaba —dijo Vladito
mientras guardaba en el bolsillo delantero de la mochila el mechón de cabellos
debidamente atado con un trozo de cordel que encontró sobre una caja de madera—.
¡El Terrible Tigre ha terminado siendo de mucha ayuda!
El gato emitió un bronco ronroneo y se arrellanó en los polvorientos cojines que
había seleccionado para dormir.
Tibor se volteó hacia Vladito.
—¿Qué otras cosas deben recolectar?
El susodicho esgrimió el pergamino y leyó en voz alta la segunda parte.
—¡Uf, hay cuatro vampiros irracionales en la lista! ¿Ya saben cómo van a
enfrentar al ghoul o al draugr?
—No, pero seguramente se nos ocurrirá algo.
—Tienen que extremar las precauciones. Ambas subrazas son muy peligrosas. Si
pereces en el intento, todo habrá sido en vano.
—Por suerte —intervino Igor—, con el objeto procedente de la penanggal también
podemos ayudarles.
—¡¿Hablas en serio?! —exclamó Vladito, sorprendido.
—Sí; guardamos una en la galería oeste del castillo.
—¡¿Qué demonios?! ¿Cómo, por qué...?
—Recuerdas que tenemos un tío explorador, ¿cierto? Pues, a lo largo de sus viajes,
Lucjan se ha dedicado a comprar objetos utilizados por los Van Shelgin durante sus
operativos de búsqueda y exterminio.
—¡Los Van Shelgin —intervino Rudy, boquiabierto—, la familia de célebres
cazavampiros!
—Y también de cazalicántropos, no lo olvides —apuntó Vladito—. Durante siglos
se especializaron en ambas tareas. Pocos normalem han hecho tanto daño a nuestras
razas a lo largo de la Historia. Muchas familias vampíricas aún pronuncian ese
apellido con temor o respeto.
Rudy se volteó hacia Igor:
—¿De veras tienen aquí cosas que les pertenecieron, como estacas, crucifijos,
trampas y todo eso?
—La galería oeste está llena de ellas, incluyendo una penanggal muerta metida en
un frasco. Tío Lucjan la trajo hace un par de meses.
Vladito no lo podía creer.
—¡La suerte sigue de nuestro lado! —exclamó, eufórico—. ¡Hicimos muy bien en
venir aquí primero! ¡El viaje recién comienza y ya estamos a punto de obtener el
segundo objeto!
—¿Por qué Lucjan colecciona ese tipo de objetos? —preguntó el licántropo,
receloso—. Me parece algo bastante inusual en un vampiro.
—A nuestro tío le gusta investigar el pasado —le respondió Tibor—. La historia
familiar de los Van Shelgin es una de sus grandes obsesiones. Se la sabe al dedillo,
es capaz de enumerar todos los integrantes y ha visitado la gran mayoría de sus
tumbas. Cosas de strigoii con mucho tiempo libre, supongo.
—¿Crees que nos deje ver la penanggal?
—Lucjan anda por Cuba, una isla del Caribe, así que tenemos la galería para
nosotros solos. Mañana, tras el desayuno, la visitaremos. Ahora, ¡a dormir!

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