El corazón de Frieda está latiendo?
—preguntó Rudyard mientras jugueteaba con Patricio, el
basilisco que sus padres le habían obsequiado por obtener buenas calificaciones en los exámenes
intrasemestrales. La criatura, una serpiente con cresta y alas de gallo, era demasiado joven como
para petrificar nada ni a nadie, pero él le mantenía los ojos cubiertos con un pequeño antifaz, no
fuera a ser que madurase sorpresivamente y, sin comerla ni beberla, transformara en estatuas a
todos alrededor. Vladito emitió un melancólico suspiro.—Así mismo —respondió—. Sufre del Mal
del Corazón Vivificado. Es una enfermedad muy rara. Rarísima, en realidad, y mortal para un
vampiro. Tiene otro nombre en latín. Giovanni lo mencionó, pero ahora no lo recuerdo. Rudy alzó
las cejas y emitió un silbido de asombro.
—Muy pocos no-muertos la han padecido a lo largo de la Historia —añadió el joven vampiro—.
Que se sepa, ella ha sido la única niña. Por ahora, el corazón le late poco y a intervalos, pero
llegará el momento en que lo haga sin parar. Cuando los latidos lleguen a sesenta por minuto...
Vladito hizo silencio. Tocar el tema le resultaba doloroso. Sin embargo, le hacía bien comentarlo
con su amigo. Aunque Vladimirus o Ambarina le habían asegurado más de una vez que podía
confiarles cualquier inquietud, a él le costaba sincerarse con ellos.
Rudyard ajustó el antifaz de su mascota, se la enroscó en el cuello y se acomodó aún más en el
futón relleno de paja que la duquesa había comprado para agasajarle.
—¿Tú logras escuchar mi corazón? —preguntó, clavando las pupilas en su amigo.
—Si suena demasiado fuerte, sí. Ese ha sido uno de los métodos
que les han permitido a los no-muertos cazar normalem a lo largo del tiempo.
—¿Qué le sucederá a Frieda cuando el suyo lata sesenta veces
por minuto?
—Pues dejará de ser vampira.
Rudyard se encogió de hombros.
—No veo que sea tan grave. Yo me transformo constantemente y no pasa nada.
—Esto es por completo diferente, Rudy. No tiene nada que ver con una metamorfosis reversible,
como las experimentadas por ti y tus hermanos. Según nos dijo Giovanni, en el mismo instante en
que Frieda pierda su vampiritud, desaparecerá. No se convertirá en normalem, ni siquiera en un
zombi: simplemente se esfumará.
—¿Cómo si la hubieran expuesto al Sol?
—No, mucho peor. A la gran mayoría de los vampiros la luz diurna, en pequeñas cantidades, nos
quema la piel. Cuando es demasiada, nos reduce a cenizas. Eso lo sabes bien. Pero un no-muerto
que deja de serlo por el Mal del Corazón Vivificado
se diluye en la nada, como si nunca hubiese existido. Si Frieda pierde su vampiritud, ¡puf!: se
disolverá en el aire. No quedará el menor rastro de ella. Eso fue lo que ocurrió a quienes padecieron
lo mismo.
Rudy se llevó una garra al mentón:
—¿Y dices tú que la enfermedad no tiene remedio?
—No lo digo yo; lo aclaran los escritos donde ha sido descrita. Gracias a ellos se sabe que no tiene
causa ni cura conocida, cuáles son sus consecuencias y qué fin reserva a quienes la padecen.
—¿Es contagiosa?
—Los documentos aseguran que no. Aparece sin avisar y ya está; basta con que el corazón lata por
primera vez. Poco a poco va sumiendo a la víctima en un profundo sueño del que nada puede
despertarla. Luego, solo resta esperar. Los aquejados pierden la vampiritud y desaparecen al cabo
de poco tiempo.
Vladito suspiró nuevamente. Rudy asintió y acarició las pequeñas alas de Patricio. El basilisco se
estremeció de placer, emitió un tierno chirrido y acercó la cabeza a la mejilla de su amo para
restregarla contra ella.
—¡Ustedes los vampiros son tan raros! No sudan, apenas sienten frío o calor, el corazón no les
funciona... ¡De milagro respiran!
—Justamente por eso estamos no-muertos, o sea: entre la vida y la muerte. Nuestros cuerpos
funcionan a medias. Comemos y bebemos como normalem, pero debemos consumir sangre; el
corazón no nos late, pero nuestras heridas sanan; apenas experimentamos frío o calor, pero las
temperaturas extremadamente bajas pueden paralizarnos y las extremadamente altas pueden
sofocarnos —Vladito se removió en el ataúd plegable donde estaba acostado—. Si nos comparas
con los miembros de tu raza, somos raros, es verdad, pero ustedes, los licántropos, también
tienen cosas peculiares, como transformarse durante algunas noches del mes y corretear por los
bosques en busca de animales que cazar.
—Bueno, visto así, los fantasmas están peor. ¡Por los caninos del Aullante! Tú y yo al menos
tenemos cuerpos, con huesos y músculos y tendones. Ellos, ni siquiera eso.
—Lo cual no impide que todos los medianem nos llevemos bien. A fin de cuentas, eso es lo más
importante.
Rudyard Brukenbunes integraba el selecto club de amigos con los que Vladito se sentía realmente a
gusto. De estilo más moderno, vestía jeans desgastados, botas a media pierna y una chaqueta de
cuero hecha a mano.
Tras la transformación, lucía como un típico hombre lobo silvantránico: ojos amarillos, orejas
puntiagudas, colmillos relucientes, cuerpo totalmente cubierto de pelambre. El único problema
radicaba en que al ser el séptimo hijo de un séptimo hijo, tenía el ciclo lunar invertido, o sea: que
asumía la forma humana durante las noches de plenilunio y lobuna durante el resto del mes,
exactamente lo contrario a lo que le ocurre a un licántropo normal. Los médicos que lo atendían
achacaban el inconveniente a algún desorden hormonal; algo inusual, ciertamente, pero transitorio.
Cosas de la pubertad. Sin embargo, Rudyard estaba a punto de cumplir los trece y la situación no
hacía más que empeorar, pues, aparte de tener el ciclo lunar invertido, también había trastocado el
ciclo del sueño, de tal forma que dormía de día y estaba despierto de noche, igual que la mayoría de
los vampiros.
Hombres lobo y no-muertos estudian en los mismos colegios, pero en sesiones diferentes: lo
primeros, a la luz del día; los segundos, bajo las estrellas. Debido a su trastorno, Rudy había sido
matriculado en la sección nocturna y en el mismo grupo que Vladito. Desde el principio, su mera
presencia provocó burlas y rechazo por parte de varios alumnos. No era para menos: un licántropo
estudiando entre strigoii resultaba, cuando menos, sorprendente. La situación llegó al punto en que
Rudy terminó peleándose a golpes con un compañero de clases. Ello le agenció el correspondiente
disgusto con Alice y John Brukenbunes, sus padres y, por descontado, una fuerte reprimenda del
director del colegio. El primer condiscípulo que se le acercó en plan buena onda y le dirigió la
palabra fue Vladito, quien, por demás, no tenía demasiados simpatizantes debido a su carácter
retraído y algo melancólico.
Ambos congeniaron al instante y pronto se hicieron amigos. Con posterioridad, Vladito le
presentaría a Frieda, Igor y Tibor. Los gemelos asistían a otra escuela y la chica recibía las
lecciones en el hogar. Desgraciadamente, los tres no-morían bastante alejados del castillo
Federmause. Por consiguiente, Vladito no podía verlos o visitarlos con asiduidad. En cambio, la
cueva de los Brukenbunes estaba ubicada a una distancia relativamente corta del palacio, lo cual
garantizaba que, con bastante frecuencia, ambos chicos se encontrasen y divirtieran un rato.
A veces se les sumaban Igor y Tibor, y entonces sí que la pasaban en grande.
El fuerte vínculo entre Vladito y Rudy había provocado que se establecieran lazos entre sus
respectivas familias. John poseía un aserradero y administraba un negocio de artículos cien por
ciento ecológicos. Poco después de que los chicos hicieran migas, el proveedor de leña del castillo
Federmause se mudó a tierras del sur, siendo John Brukenbunes quien asumiera la responsabilidad
de, una vez por semana, siempre de noche y acompañado por Rudy, llevar hasta el inmueble los
haces de leña recién cortada para alimentar el fuego de la cocina y el sistema subterráneo de
calefacción que en los meses más fríos mantenía las habitaciones caldeadas a fin de evitar
congelamientos vampíricos indeseados.
Los duques no tardaron en simpatizar con los Brukenbunes. La relación comercial terminó
convirtiéndose en una relación fraternal. Medio año después, Vladimirus y Ambarina ya conocían
la cueva de los licántropos y habían cenado allí dos veces, mientras que Alice y John habían
visitado el castillo Federmause en varias ocasiones, entre ellas, como invitados oficiales a un
banquete organizado para celebrar las Bodas de Zafiro de los duques.
Podía considerarse algo peculiar que una familia de strigoii pertenecientes a la nobleza y una
familia de licántropos comunes y corrientes establecieran ese tipo de vínculos, pero ello no
preocupaba a ninguno de los implicados. Desde muy jóvenes, Vladimirus y Ambarina habían
aprendido que en el ciclo de la vida y la no-muerte todos los medianem eran importantes y debía
tratárseles en virtud de sus valores y sentimientos, no del dinero, la posición social o los bienes que
poseyeran. Ambos se habían encargado de enseñarle esos preceptos a su hijo y se sentían orgullosos
de que Vladito los pusiera en práctica.
—Somos mucho más que un título nobiliario —solía repetirle el duque a cada rato—. Somos
nuestra inteligencia, creatividad, valentía y sentido de la justicia; somos lo que podamos hacer
por los otros y lo que aportamos al bien común, la paz y la concordia. Un escudo de armas sobre la
chimenea es, a fin de cuentas, un trozo de piedra labrada. Lo verdaderamente importante no está en
él, sino en nuestro espíritu y en el legado de todos los que no-murieron o vivieron para que nosotros
y los demás, sean quienes sean, estemos aquí. Debemos honrarnos y respetarnos, y honrar y respetar
ese legado apreciando a normalem por igual.
Tener invertidos el ciclo lunar y del sueño implicaba grandes inconvenientes para Rudyard, pues
los licántropos, excepto cuando están bajo la forma lobuna, asumen un estilo de vida
principalmente diurno. Sin embargo, John y Alice hacían todo lo posible por aminorar en su hijo los
efectos de ambos trastornos. No en vano le habían asignado el cubil más alejado de la cueva y
velaban porque, mientras descansase, el resto de los hermanos lo molestaran lo menos posible.
Asimismo, habían establecido rutinas a fin de ocuparse de Rudy adecuadamente y
que todos sus retoños compartieran al menos dos horas diarias en actividades comunes.
Sin embargo, no siempre lo conseguían. En la cueva abundaban los lloriqueos, los aullidos, los
pataleos, los tirones de pelambre y las peleas por cualquier cosa, de ahí que Rudy viese
comprometido con bastante frecuencia su horario de sueño. Por consiguiente, a la menor
oportunidad, organizaba pijamadas con Vladito, se trasladaba al castillo Federmause y se quedaba
a dormir allí. Eso le permitía alejarse de tanto barullo y descansar a sus anchas. Trix, su hermana
menor, le suplicaba que la llevase con él, pero Rudy se la quitaba de encima alegando que
las reuniones eran para varones, que en ellas se hablaba de cosas de varones y se comían cosas que
solo podían comer los varones. Más temprano que tarde, Trix acababa por conformar-
sé, aunque las justificaciones no la convencían del todo. A fin de cuentas, ella comía lo mismo que
sus hermanos y no había ningún problema con eso.
Vladito y Rudy se sentían a sus anchas durante esos encuentros en los que permanecían despiertos
hasta tarde, conversaban a garra suelta, debatían sus dudas existenciales y se atiborraban de
chucherías. Los celebraban en el torreón más alejado, oscuro, húmedo y polvoriento del castillo.
Allí estaban a salvo de Ambarina, quien no cesaba de meter las narices en los asuntos de
su hijo, y de Vladimirus, quien no hubiera dudado en sumarse a las veladas para deleitar a los
jovenzuelos contándoles sus «hazañas» y devorar cuanta golosina le pusieran delante. Los chicos
solo tenían permitida la entrada a William, el mayordomo de los Federmause, cuyo olor a
chamusquina lo delataba antes de llegar. En algunas ocasiones, habían contado con la presencia
de Igor y Tibor; con la de Frieda, nunca, por motivos obvios.
William había sido electrocutado por los gemelos durante la fiesta de cumpleaños en la que el
Terrible Tigre Tártaro perdiera un ojo y parte del pelambre. Por más restregones con alambres de
espino, frascos con esencias de pantano y rehabilitaciones faciales que le habían agenciado, el
señor seguía oliendo a cable quemado y exhibía una permanente expresión de electrizante regocijo.
Además, brillaba levemente en la oscuridad; otra secuela de la terrible descarga eléctrica recibida
durante la peor jornada de su larga e impecable hoja de servicio.
A veces (y esto era, hasta cierto punto, inevitable), en el torreón se colaba algún fantasma. El
castillo Federmause tenía varios, especialmente del sexo femenino. Entre ellos destacaban dos. En
primer lugar, el espectro de una misteriosa muchacha ataviada con un vestido verde que atravesaba
las paredes a la velocidad de un relámpago mientras interpretaba un aria de ópera en Do menor. La
calidad vocal de la joven era tal que, a su paso, destrozaba cristales, vasijas y fanales, para disgusto
de William, encargado de reponer los objetos rotos, aplicarles las correspondientes capas de polvo y
velar porque las arañas los cubriesen con telarañas nuevas en el menor tiempo posible. Los únicos
supervivientes eran los espejos, pues todos los que se conservaban en el castillo estaban
confeccionados con metal bruñido. Al contrario de la creencia normalem, los vampiros no odian sus
reflejos. Antes bien, son alérgicos al azogue utilizado en la fabricación de espejos de vidrio. Por
consiguiente, tratan de mantenerse bien lejos de ellos.
La segunda fantasma era una señora gorda, de cabellos desgreñados, vestida con camisón de
dormir, que los terceros miércoles de cada mes, entre las once menos cuarto y las doce de la noche,
deambulaba por los corredores del ala sur llamando a grito pelado a un tal Segismundo. Al
comprobar que no recibía respuesta (el tal Segismundo, o bien nunca se había fantasmatizado, o se
hacía el desentendido), la atribulada dama se transformaba en un montón de hojas secas que
William barría pacientemente y luego arrojaba a la basura. La mujer era tan puntual y respetaba
tanto su rutina fantasmal que el mayordomo, a fin de ahorrarse trabajo, la esperaba, apertrechado
con escobillón, cesto y recogedor, justo en el sitio exacto donde ella solía desintegrarse.
Al torreón de las piyamadas acudía el espectro de una niña que no paraba de lloriquear por su
muñeca perdida. Vladito y Rudy la llamaban Lagrimitas. En un primer momento, quisieron llamarla
Moquitos, pero les pareció demasiado cruel y finalmente se decantaron por la segunda opción.
Al principio, la fantasmita no molestaba demasiado, pero, tras una o dos horas de llanto
ininterrumpido, hasta el más ecuánime de los medianem terminaba con los nervios de punta.
Mantenerla alejada hubiera sido fácil: bastaba con poner en las esquinas del recinto algunas
semillas de amapola, pero Ambarina tenía terminantemente prohibido que los espectros del castillo
fuesen maltratados u ofendidos de cualquier modo.
«Forman parte de nuestro hogar y les debemos respeto», solía decir en tono admonitorio cuando se
mencionaba el asunto.
«Ellos ya estaban aquí mucho antes de que nuestros abuelos viniesen a la no-muerte. Bien visto, los
intrusos somos nosotros».
Igual, soportar a Lagrimitas no era tarea fácil. Por suerte, Rudy había descubierto que, tras
menazarla con arrojarle un zapato o cualquier otro objeto contundente, la susodicha comprendía que
su presencia no era bien recibida y se marchaba a lloriquear a otra parte.
Los dos amigos se encontraban precisamente compartiendo una de esas piyamadas cuando el
licántropo notó que a Vladito le ocurría algo. Estaba mustio, cabizbajo y se había pasado todo el
rato con la mente distraída. Entonces le preguntó qué le sucedía, y el vampiro, incapaz de guardarle
un secreto, le contó todo lo que sabía sobre la enfermedad de la niña y cuánto había visto y
escuchado al respecto durante la visita al castillo Lugnani.
—Entonces, ¿no piensas hacer nada para ayudar a Frieda?
—preguntó Rudyard tras una breve pausa.
Vladito se incorporó en el sarcófago, agarró una de las escopolendras azucaradas que el mayordomo
les había servido en un cráneo de triceratops y empezó a mordisquearla. No tenía hambre, pero
estaba tristón y, cuando se ponía así, le entraba ansiedad.
—¿Qué puedo hacer yo? —ñum-ñum-ñum: la confitura estaba realmente buena—. Ya te dije que el
Mal del Corazón Vivificado no tiene cura. Los mejores médicos de Silvantrania han intentado
encontrarla, sin resultados.
—¿Y te quedarás de brazos cruzados? Frieda es el amor de tu no-muerte, la estaca que te atraviesa
el pecho, la sangre selenítica que te calma la sed. ¡Más de una vez me has dicho que estás dispuesto
a hacer cualquier cosa por ella!
Rudy era el único que conocía los verdaderos sentimientos de Vladito hacia la chica Lugnani.
—Eso es verdad, pero...
—No hay peros que valgan. En lugar de justificarte, deberías estar buscando soluciones.
—¿Qué soluciones quieres que busque —ñum-ñum—, si Ambarina no me dejjjj...
—¡Consulta al Ínclito e Infalible Ilustrado! —dijo, de repente, una voz a sus espadas—. ¡Él lo
sabe todo! ¡TOOOOODO!
Vladito y Rudy dieron un brinco y se voltearon, sorprendidos, no tanto por lo que habían
escuchado, si no por el hecho de que, a parte de ellos, hubiese alguien más en el torreón.
Entre las puertas de un armario repleto de cachivaches asomaba un rostro que los observaba
fijamente. Las mejillas, muy arrugadas, mostraban vestigios de un colorete aplicado décadas atrás,
la boca no era más que un tajo del que asomaban dos colmillos amarillentos y del cráneo pendían
los restos de una peluca cuyo flequillo exhibía medio kilogramo de polvo, tal vez más.
—¡Bisabuela! —exclamó Vladito, sorprendido—, ¿qué haces ahí? ¡Hace siete meses que no
sabemos nada de ti!
Las puertas chirriaron, se abrieron por completo y dejaron salir a una vampira extremadamente
vieja, ataviada con un largo vestido corroído por las polillas y un collar de perlas que llegaba al
suelo. Una de las manos sujetaba unos impertinentes atados a la muñeca mediante una cadenita; la
otra aferraba el mango de un bastón.
—¡Oh, un hombre lobo! —exclamó la susodicha al reparar en Rudy. Luego, estirando el cuello y
moviendo la cabeza de un lado a otro, gritó—: ¡Auxilio, auxilio! ¡Nos invaden! ¡Guardias, a mí!
Vladito se incorporó y se le acercó, presuroso.
—Bisabuela, cálmate. Hace mucho que vampiros y licántropos vivimos en paz, ¿lo has olvidado?
Rudyard es mi amigo —el heredero se volteó hacia el susodicho—. Rudy, esta es Floripondia,
mi bisabuela por parte de padre. Rudy enseñó los colmillos.
—¿Cómo está, señora? Es un placer conocerla.
La vampira lo miró con recelo. A las claras no le hacía la menor gracia tener a un hombre lobo en
su casa, por muy amigo que fuese de su tataranieto. Floripondia descendía directamente de la
generación de vampiros que a finales del siglo XI había luchado a colmillo partido contra las hordas
de Luperino IV el Aullante, Marqués de la Canícula, el licántropo más cruel y sanguinario de
cuantos hayan existido. La añeja no-muerta nunca había confiado totalmente en la paz que el
Tratado de las Garras Quietas estableciera entre ambas razas. Muchos, como ella, consideraban
que esa paz era, en realidad, una tregua larga pero transitoria, y que los conflictos estallarían
nuevamente en cualquier momento. Aun así, la tranquilidad se había extendido por varios siglos y
tanto no-muertos como hombres lobo trataban de mantenerla a toda costa. Esa era precisamente una
de las tantas tareas asumidas por la Cofradía tras su fundación.
Vladito escoltó a la vampira hacia una desvencijada lápida-sofá recostada contra una pared y le
ayudó a sentarse. ¡Crac, crac, plic!: rechinaron huesos y articulaciones. Daba la impresión de que
Floripondia se desarmaría en cualquier momento.
—¿Cómo fuiste a parar a ese armario, bisabuela? ¿Has estado ahí todos esos meses?
La anciana clavó los ojos en el vacío.
—Ay, no sé, no recuerdo... ¡Ah, sí! Estaba persiguiendo al cadejo que tu padre trajo cuando volvió
de Yucatán. ¡Ese perro endemoniado siempre se las arregla para sacarme de quicio!
En efecto: durante un viaje de protocolo a la península yucateca efectuado dos años atrás,
Vladimirus había recibido como regalo de cortesía un cachorro de cadejo negro, especie de perro
espectral oriundo de la región mesoamericana. El duque le endilgó el sonoro nombre de
Huehuecóyotl, en honor al dios mexica con cabeza de coyote. Al verlo, Vladito dio saltos de
alegría, pues era la primera mascota que sus padres permitían en casa, pero la alegría duró poco,
pues unos meses después el infortunado animal pereció en un embarazoso accidente causado por
una hermana de Ambarina.
—Bisabuela —dijo el joven strigoi, acariciándole el puño que sujetaba los impertinentes—,
Huehuecóyotl murió. Lo aplastó tía Violángel al sentarse encima de él.
La vampira pestañeó un par de veces.
—¿Ah, sí? No sé, no recuerdo —luego tosió con fuerza. Varias polillas brotaron de su boca y
emprendieron vuelo rumbo al techo.
—¿Quieres acomodarte otra vez en el armario —le preguntó Vladito—, o que te acompañe a tu
habitación?
—No, voy a pasear por el castillo. Necesito respirar telarañas frescas.
—Es de día. ¿Por qué no esperas a que anochezca?
—¡Ni viva! He dicho que voy a pasear por el castillo y eso haré.
—Ten cuidado no vuelvas a extraviarte...
—Descuida; soy vieja pero no tonta. Ah, y no olvides consultar al Ínclito e Infalible Ilustrado. Solo
él puede ayudarte. ¡Él todo lo sabe! ¡TOOOOOOODO! Puedes preguntarle cualquier cosa sobre
cualquier cosa: Walpurgio sabrá la respuesta. Tras la séptima espina de la rosa rota: allí lo
encontrarás.
—Disculpe, bisabuela, pero no comprend...
—¡Tras la séptima espina de la rosa rota! ¿Te has quedado sordo o qué? —la anciana levantó los
impertinentes, señaló hacia lo alto y esgrimió su mejor sonrisa de viejecita ligeramente trastornada
—. Ah, escucha: Huehuecóyotl está ladrando a los murciélagos otra vez. ¡Ese cadejo
endemoniado siempre se las arregla para sacarme de quicio!
Crac, crac, riiiiiiip: sin decir más, Floripondia empuñó el bastón, se puso de pie y abandonó el
torreón.
—¡Ten cuidado al bajar las escaleras! —le advirtió Vladito, pero la vampira no respondió.
Rudyard y Vladito conversan sobre la condición de Frieda, que padece el Mal del Corazón
Vivificado, una enfermedad mortal para los vampiros que provoca que su corazón lata de forma
intermitente, eventualmente llevándola a desaparecer por completo una vez que alcance un ritmo de
sesenta latidos por minuto. Vladito expresa su preocupación, detallando que Frieda no se convertirá
en un ser normal o en un zombi, sino que simplemente se esfumará, sin dejar ningún rastro de su
existencia. Este mal, según los antiguos escritos, no tiene causa ni cura conocida y no es contagioso;
surge de forma inesperada y sumerge a la víctima en un sueño profundo. En su conversación
también toca las diferencias entre los vampiros y los hombres lobo, recalcando las peculiaridades de
ambos grupos: los vampiros, como Vladito, tienen un funcionamiento corporal a medias y los
hombres lobo, como Rudyard, se transforman bajo la luna. Rudyard enfrenta su propio desafío, con
un ciclo lunar invertido que afecta sus transformaciones y sus patrones de sueño. Por lo cual estudia
de noche con Vladito y no de día con los de su especie.