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Reunión de las Hijas del Caos

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REUNIÓN ENTRE LAS 4 HIJAS DEL CAOS

El viento nocturno era un alarido que parecía no tener origen. El cielo se


agitaba como un océano de tormenta, desgarrado por relámpagos de un
color imposible: no era blanco, ni azul, ni rojo; era un fulgor que el ojo
humano no podía sostener sin quebrarse. Bajo aquel cielo enfermo se
alzaban las ruinas de un templo olvidado, construido antes de que el
tiempo mismo fuese contado. Nadie recordaba a los arquitectos que lo
levantaron, porque sus nombres habían sido borrados por las mismas
fuerzas que ahora ocupaban el lugar.

En el centro del templo, un círculo de piedra negra, grabado con runas que
parecían moverse por sí mismas, latía como un corazón. Era un espacio
sagrado y maldito, reservado solo para ellas: Las Hijas del Caos.

Una a una fueron manifestándose. No caminaron hasta allí: el aire se


plegó, la oscuridad se partió, y sus presencias se hicieron carne.

Dafne, La Soberana del Abismo. Su silueta emergió de un vacío que


parecía tragar la luz. Tenía un porte elegante, calculador, sus ojos de un
naranja profundo y un azul celestial parecían medir cada detalle con
hambre de control. Cada palabra suya siempre llevaba una doble intención,
como si estuviera jugando una partida eterna donde ella sola conocía las
reglas.

Después, el suelo se abrió en grietas ardientes para recibir a Freyja. La


Soberana del Caos. Envuelta en llamas negras que no quemaban carne,
sino la propia realidad, su presencia imponía un orden dentro del desorden:
era la arquitecta de la entropía, la que sostenía los hilos del caos como un
titiritero sostiene sus muñecos. Su mirada era dura, su voz un decreto.

Nix apareció casi sin hacerse notar, como una sombra que ya estaba allí
desde antes que el templo existiera. La Soberana de la Perdición. Su rostro
sereno, casi aburrido, ocultaba el poder de la decadencia. Sus movimientos
eran lentos, sus palabras arrastradas. A Nix nada le importaba, porque ya
había visto cómo todo termina: la perdición es inevitable.
Finalmente, un rugido desgarró el aire, y con él llegó Sunnen. La Soberana
de lo Prohibido. Su risa chirriante se adelantó a su cuerpo. Sus ojos
brillaban con un fulgor carmesí, y en sus manos llevaba una daga
imposible, una hoja que parecía estar hecha de pecado puro. Cada paso
suyo dejaba una grieta en el suelo, como si la misma tierra rechazara
sostenerla.

El templo entero se estremeció. Las cuatro soberanas estaban reunidas.

Dafne levantó una mano, y el círculo de piedra comenzó a brillar con


símbolos en movimiento. Su voz fue la primera en llenar el aire, suave y
calculada como la de una serpiente susurrando al oído.

-​ Dafne: Hermanas… os he convocado porque el mundo vuelve a


agitarse. He observado en la tierra. Y he descubierto algo
inquietante: un grupo de mortales ha comenzado a despertar dones
arcanos. Lo mismo que despertaron las personas que nos buscan.
Nebula y Seraphine. Debemos deshacernos de ellos cuanto antes, no
podemos dejar que continúen vivos.

Un silencio pesado cayó sobre las ruinas.

Freyja fue la primera en responder. Su voz retumbó como un trueno, un


sonido que podía quebrar huesos y hacer arrodillar reyes.​

-​ Freyja: Nuevos Arcanos… ja. No hay elección fuera de nosotras.


No existe destino que escape al Caos. Estos humanos juegan con
fuerzas que no comprenden, creyendo que la luz puede levantarse
contra la oscuridad. No lo permitiré. El Caos no comparte su trono.

Nix soltó un suspiro largo, como alguien que acaba de despertar de un


sueño pesado. Se encogió de hombros y dejó que su cabello, blanco como
un río brillante, cayera sobre su cuello.​

-​ Nix: Elegidos, héroes, salvadores… ¿qué más da? Siempre son los
mismos, disfrazados con nombres nuevos. Y siempre acaban igual:
devorados por el tiempo, olvidados en la nada. Si queréis
eliminarlos, adelante. A mí me da igual. Pero admito que verlos
luchar contra lo inevitable puede tener su gracia.

Entonces, la risa de Sunnen se hizo eco por todo el templo. Era una
carcajada rota, aguda, casi infantil, pero cargada de crueldad. Se levantó,
girando sobre sí misma con su daga prohibida en la mano.​

-​ Sunnen: ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Matémoslos! Quiero escuchar cómo


suplican, cómo se arrastran intentando salvarse. Quiero ver sus ojos
cuando descubran que su poder no significa nada. ¡Oh, quiero jugar
con ellos! Romperlos despacio, arrancarles el alma pedazo a
pedazo… hasta que deseen la muerte, y ni siquiera eso les
concederemos.

-​ Dafne: Veo que hay consenso. Pero debemos ser cuidadosas. No


basta con matarlos. Si los aplastamos demasiado rápido, el mundo
puede engendrar más. El miedo es un arma más poderosa que la
muerte. Debemos convertirlos en símbolos de desesperación. Que
sus propios seguidores teman pronunciar sus nombres.

-​ Freyja: Yo los corromperé. Haré que su magia los devore desde


dentro. Que lo Arcano se convierta en su maldición. El arcano no
será su salvación, será su cadena.

-​ Nix: Me gusta. No habrá gloria en sus muertes, solo vacío. Les


quitaré hasta la dignidad de un final heroico. Morirán sin sentido,
como todos. Y nadie los recordará.
-​ Sunnen: ¡Y yo los destrozaré! ¡Los abriré como libros! Cada grito
será música, cada hueso roto será arte! El mundo aprenderá que lo
prohibido no perdona.

El suelo comenzó a temblar. Las piedras rezumaron sangre oscura. Dafne,


solemne, alzó ambas manos y proclamó:

-​ Dafne: Entonces, juramos. Yo, Dafne, Soberana del Abismo,


devoraré sus esperanzas, convirtiendo sus sueños en pesadillas.

-​ Freyja: Yo, Freyja, Soberana del Caos, tejeré la destrucción en cada


uno de sus pasos. Que su poder se quiebre en mis manos.

-​ Nix: Yo, Nix, Soberana de la Perdición, guiaré su destino hacia el


silencio absoluto, hasta que no quede nada más que olvido.

-​ Sunnen: Yo, Sunnen, Soberana de lo Prohibido, les arrancaré la


carne, la cordura y la eternidad. Que sus almas se quiebren en mis
juegos.

Las cuatro juntas alzaron sus voces en un rugido que hizo temblar la tierra
y oscureció aún más el cielo.​

El templo explotó en una onda de energía oscura que se expandió


kilómetros, apagando hogueras, secando árboles, congelando ríos. Los
mortales que dormían en aldeas cercanas despertaron con pesadillas. Y los
elegidos, allá donde estuvieran, sintieron un escalofrío en el alma.

La cacería había comenzado.

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