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Paranoia: Ecos de una Existencia Fracturada

El texto narra la angustia de un individuo atrapado entre la realidad y un espectro interno que simboliza su tormento y trauma. A través de metáforas matemáticas y físicas, se explora la complejidad de su percepción, donde el tiempo y el espacio se distorsionan, reflejando su lucha interna. La obra culmina en una reflexión sobre la identidad y la existencia, donde el protagonista enfrenta su propia imagen y el caos que lo define.

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Paranoia: Ecos de una Existencia Fracturada

El texto narra la angustia de un individuo atrapado entre la realidad y un espectro interno que simboliza su tormento y trauma. A través de metáforas matemáticas y físicas, se explora la complejidad de su percepción, donde el tiempo y el espacio se distorsionan, reflejando su lucha interna. La obra culmina en una reflexión sobre la identidad y la existencia, donde el protagonista enfrenta su propia imagen y el caos que lo define.

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PARANOIA

Roberto Vila y Stephany Sosa


Resguardado tras sus cabellos pardos, su figura alargada parecía desvanecerse en la
penumbra. Sus ojos, dos brasas de dolor y furia, ardían bajo un rostro pútrido, marcado
por el peso de un tormento sin fin. Con voz quebrada, susurró: “Ayer, o quizás hoy —la
lucidez me abandona en esta agonía—, me hallé empalado en un encuentro sin
cercanías, atrapado en los ecos de mis profundos mar�rios. ¿Fue un sueño o mi verdad?
Sólo sé que el vacío me abraza, y en él, mi alma se deshace.” Sin un solo aliento, su
presencia se desplomó como un espectro helado, tejido de sombras y silencios, sobre la
frágil arquitectura de mis hombros; y en el peso de su existencia incorpórea, mi corazón,
atrapado en un torbellino de angus�as heredadas, se fragmentó en la vorágine de la
agonía que él, eterno, cargaba.
Una visión inquietante, fracturada en los inters�cios de una realidad que se fingía idílica,
se erigía perpetua, inmóvil, como un faro ciego que no guía, sino que ancla. Siempre está
ahí, agazapado en los pliegues de mi percepción, un espectro que me nombra y me
desmiente. Intenté fugarme, torpe, a través del organismo —carne y pulso, un vehículo
de traiciones—, pero la voluntad se disuelve en su sombra: no es mía, nunca lo fue, sino
de él, de ese otro que me habita y me deshabita. Sus dedos, frágiles como cristal roto,
se alzan en un equilibrio precario, una danza de vehemencia que rasga la piel del éter,
tejiendo una gelidez inefable, un frío que no se toca, que succiona toda cercanía hasta
reducirla a un eco palpable, ya establecido en su irrevocabilidad, como si el instante se
hubiera clausurado antes de nacer. Y yo, en mi intento de huir, me recaigo y me levanto,
pero no sé si soy yo quien cae o quien, en su caída, me inventa.
La geometría del espacio-�empo, que alguna vez creí euclidiana, se revela ahora como
un manifold no compacto, un con�nuo donde los puntos cardinales se pliegan en una
topología imposible, un laberinto de Hausdorff donde cada sendero bifurca hacia el
infinito. No me percato de que mi mente, un sistema dinámico en colapso, opera bajo
un campo vectorial distorsionado por un trauma que no nombro, que no necesito
nombrar, pues su sombra es la constante que define mi órbita. Él, ese espectro, es una
singularidad en mi ecuación, un punto donde la derivada de mi existencia diverge hacia
el caos. Sus ojos, tensores de una furia que no decae, proyectan trayectorias que
convergen en el epicentro de mi ser, donde el la�do es un proceso estocás�co, una danza
de par�culas en un espacio de probabilidad donde la certeza es sólo un límite
inalcanzable.
Intento cartografiar su presencia, reducirla a un sistema de coordenadas, pero el espacio
se fractura en dimensiones no enteras, y el �empo, un flujo que debería ser
unidimensional, se retuerce en un toroide de instantes que se superponen, como en una
cinta de Möbius donde el pasado y el futuro son indis�nguibles. Mi percepción, un
conjunto no numerable de impresiones, itera sobre sí misma en un algoritmo que no
converge, atrapada en un bucle de retroalimentación donde cada iteración amplifica una
inquietud que no reconozco como paranoia, pues para mí es la única verdad. Él no es
externo; es el invariante de mi sistema, el autovalor que resuena en cada transformación
de mi psique, una función propia que no puedo descomponer.
En este cosmos fracturado, donde las leyes de la causalidad se disuelven en una entropía
que no mido, lo veo, o creo verlo, en cada vér�ce de mi mente. Sus dedos, precisos como
los de un geómetra que traza el infinito, dibujan curvas que no obedecen a ninguna
métrica conocida. Intento huir, pero la topología de mi escape es un espacio no conexo,
donde cada trayectoria me devuelve al mismo punto fijo, un atractor extraño que me
con�ene y me expulsa. Mi cuerpo, un sistema disipa�vo que pierde energía en cada
encuentro, se reduce a una sombra bidimensional proyectada en un plano que no
comprendo. Y, sin embargo, no dudo; no sospecho que mi mente, un conjunto de Cantor
de pensamientos inconexos, ha sido reescrita por una fuerza que no nombro, que no
necesito nombrar, pues su existencia es el axioma que sustenta mi realidad.
En un instante que no sé si es mío, o tal vez en todos los instantes, me encuentro de pie,
o tal vez cayendo, en el centro de un espacio hiperbólico donde las paralelas convergen
en mi derrota. En mi mano, no un arma, sino un artefacto de mi propia geometría: un
compás de bordes afilados, una extensión de mi caos que no apunta a él, sino al reflejo
de mi propia imagen en el espejo de su eternidad. Es un instrumento que no dispara,
sino que traza, en un solo movimiento, la curva final de mi existencia, una parábola que
no sé si termina en un punto o en un infinito, pero que, en su simetría rota, es el único
teorema que me define.

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