0% encontró este documento útil (0 votos)
3 vistas48 páginas

Crónicas de un Equilibrista y el Cosmos

El documento presenta una colección de relatos y poemas que exploran temas de identidad, percepción y la naturaleza del arte y el amor. A través de personajes como un equilibrista y un astrónomo, se reflexiona sobre la ilusión y la verdad en la experiencia humana. También se incluye un informe sobre la muerte de un obrero, que pone de manifiesto las injusticias laborales y la falta de atención a la vida de los trabajadores.

Cargado por

mengaray
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
3 vistas48 páginas

Crónicas de un Equilibrista y el Cosmos

El documento presenta una colección de relatos y poemas que exploran temas de identidad, percepción y la naturaleza del arte y el amor. A través de personajes como un equilibrista y un astrónomo, se reflexiona sobre la ilusión y la verdad en la experiencia humana. También se incluye un informe sobre la muerte de un obrero, que pone de manifiesto las injusticias laborales y la falta de atención a la vida de los trabajadores.

Cargado por

mengaray
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Tab 1

Índice

1.​ Prólogo​

2.​ Agradecimientos​

3.​ A mis amores​

4.​ El Testimonio del Equilibrista​

5.​ El equilibrista y el viento (poema)​

6.​ Avistamiento de una galaxia nueva​

7.​ El astrónomo observado (poema)​

8.​ Informe sobre la muerte de Dionisio C.​

9.​ Albañil (poema)​

10.​Okinawa​

11.​Una isla (poema)​

12.​Té con María​

13.​Caja medicinal (poema)​

14.​El salto de Rambasky​

15.​El vuelo del artesano (poema)​

16.​La apariencia​

17.​Apariencia (poema)
Crónicas inútiles
Prólogo

Hay historias que se cuentan solas, que no necesitan añadidos ni destrezas en el


manejo de recursos literarios. Son como encontrar dinero en el bolsillo de un pantalón
que no usábamos hacía tiempo.

Las historias han sido construidas con una intervención mínima, motivada únicamente
por la necesidad de proteger las identidades de sus protagonistas. Por lo demás, todo
es verdadero. Tan verdadero que omití episodios que, aunque ciertos, se volvían
inverosímiles al ponerlos por escrito. Preferí dejar afuera esas verdades ampulosas que
llenaban de dudas el resto del relato. Por eso me permití crear un poema utilizando el
cuento como un disparador como forma de escapar de la rigidez de las verdades
aparentes.

También debo agregar que la génesis de estas historias es una especia síntoma
inevitable provocado por la lectura del libro La apariencia de las cosas, de Pablo
Brescia. Esa lectura despertó algunos recuerdos y me motivó a buscar datos y
personas que se transformaron en este libro
Agradecimientos:

A la desinteresada colaboración de Sigmundo Freud, L. Wittgenstein, Shroedinger, C.


Jung, M. Plank, Sidhartta Gauttama, Gauss, J.L. Borges, Hanna Arendt, Charles
Bukoski, E. Hemingway, Emma Goldman, Macedonio Fernandez, Judith Malina…
A mis amores
El Testimonio del Equilibrista

“El actor hace un ritual, se ofrenda.


Es un arte sin artificio, y quien se atreva a ser

superficial debe saber que pagará las consecuencias”

J. Grotowski
“No se debe pescar dos veces con la misma red”
Charly Garcia

Durante años, nadie supo con certeza si verdaderamente caminaba sobre


la cuerda. Lo veían elevarse cada tarde, a la misma hora, desde el centro
del recinto circular, subir por la escalera de hierro hasta la plataforma
—una torre tambaleante—, y extender los brazos como un acto de
plegaria. El público guardaba un silencio más temeroso que respetuoso y
también algunos esperaban la caída.
La cuerda estaba suspendida entre dos mástiles gemelos, tensada a una
altura de veintidós metros. Su curvatura era mínima; sin embargo, se veía
que el peso del caminante produce una vibración. Había quienes
afirmaban con convicción, que ese movimiento era la consecuencia de la
inseguridad del equilibrista. En el expediente médico del equilibrista
constaba que tenía un extraordinario equilibrio vestibular, y en el archivo
del circo, bajo su nombre —Raimundo E.— figuraba la nota: “La paga es
doble porque actúa sin red”. Una noche, después de una función
concurrida, el equilibrista descendió de su torre sin haber caminado.
Debido a la simultaneidad de números artísticos ofrecidos al público, muy
pocos lo notaron. Tomó su abrigo con calma, salió por una puerta trasera y
no regresó.Tres semanas después, se presentó en un pequeño tribunal de
provincia, solicitando declarar. No había cometido delito alguno, pero dijo
que deseaba rendir testimonio. Se le concedió la palabra por cortesía.

—Durante años he engañado a todos —dijo—

El juez, que no sabía quién era, alzó una ceja.

—¿En qué consiste su engaño?

—He hecho creer al mundo que camino sobre el abismo, que arriesgo la
vida, cuando en realidad, ya no siento que haya riesgo. La cuerda era
real, sí, pero yo conocía el truco de la tensión, el movimiento ralentizado,
he aprendido las mañas para aparentar que hago un trabajo peligroso
cuando en realidad tengo el corazón de un burocrata. Había un punto
ciego en la mirada colectiva del público, un punto que, si se sabía habitar,
permitía simular el riesgo sin asumirlo. El arte, como el temor y el amor,
pueden fingirse con maestría.

—¿Y qué desea de este tribunal?

—Declarar lo siguiente: hace unos días, mientras me preparaba para


repetir mi número, un viento extraño cruzó el recinto. No fue fuerte, pero
me rozó el pensamiento. Y por un instante, creí que caía.
El secretario dudó antes de anotar la frase. El juez se inclinó hacia
adelante.

—¿Y qué concluyó de ese… viento?

El equilibrista suspiró.

—Que tal vez todo lo que he llamado amor, todo lo que he sostenido como
certeza, ha sido solo el miedo a perder el equilibrio. Que el amor no era
ella, sino la quietud que su mirada me otorgaba. Y que mi arte, como mis
sentimientos, consistía en sostener una pose por temor a la caída.

El tribunal quedó en silencio.

—¿Algo más que quiera declarar?

—Sí. Esa noche, tras sentir el viento, me sentí observado. No por el


público. Por algo más. Como si una conciencia ajena —una superior, tal
vez— comprendiera que todo era un truco. Y en ese instante, sentí
vergüenza. No por haber mentido… sino por haber hecho fuerza para
construir una realidad y meterla de prepo en el mundo para que la crean.

El juez levantó la sesión. El testimonio fue archivado como “incoherente


pero inofensivo”.

Nadie volvió a ver a Raimundo E.

Años más tarde, una cuerda se tensó de nuevo en el centro del viejo circo.
Un nuevo artista caminó sobre ella. El público guardó silencio. Algunos
juraron que se movía como si de verdad arriesgara la vida.

Otros, que nunca tocaba la cuerda.


El equilibrista y el viento

“El rey, al contemplar el retrato sin alma,


supo que el pintor no había entregado su
fuego sino su fama y por eso lo expulsó del reino”
Biografía de Ricardo III de Joan De Miguelez

Amo.​
O creo que amo.

Tu nombre​
me salva​
del viento.


¿Es amor​
o una red?

Aprendí a fingir​
equilibrio.

Todos ven​
Riesgo. Yo, las artimañas de un oficio.


Tiemblo. No por el abismo.
¿verdad​
o refugio?

¿Amo​
o temo
caer?

Caigo apenas.
Avistamiento de una galaxia nueva

“Si el universo es infinito, hay infinitas posibilidades de vida”


C. Sagan

Dr. Tomás E. Lanari​


Observatorio Internacional de Altura – Atacama​
Fecha de redacción: 7 de mayo de 1992​
Publicado en Cosmologia de Anomalías Celestes Vol. XXIII, Núm. 4

El 27 de marzo de 1992 a las 03:17 UTC, el telescopio principal del


Observatorio Internacional de Altura en Atacama (OIAA) detectó una
anomalía óptica sin precedente: un objeto galáctico con estructura espiral
completa y coherente, de escala inferior a 12 cm de diámetro observable,
desplazándose en órbita sublunar, aproximadamente a 340,500 km de
distancia de la Tierra. Durante los primeros minutos del avistamiento, se
descartaron errores de lente, artefactos de software, chatarra espacial y
reflejos atmosféricos. La confirmación posterior por parte del equipo del
Observatorio de Calar Alto (España) y del Radiotelescopio FAST (China)
sugiere que el objeto presenta comportamiento gravitacional autónomo y,
en apariencia, configura un sistema estelar en miniatura. Según consta en
el Informe Técnico No. 343-B del OIAA, “el objeto presenta características
rotacionales consistentes con una espiral de dos brazos y núcleo denso,
con una luminosidad de 0.0001 candelas en banda infrarroja, sin emisión
de radiofrecuencia significativa”. A las 03:29 UTC, el astrónomo de
guardia, Dr. Tomás Lanari, modificó manualmente el foco secundario del
telescopio Ritchey-Chrétien de 2,5 m y logró observar, dentro de dicha
microgalaxia, un planeta con dinámica orbital simple en torno a un punto
de luz central. No existen precedentes registrados de sistemas planetarios
a escala microscópica orbitando en el rango de gravedad terrestre. La
sorpresa se intensificó al advertirse, mediante un filtro de dispersión
adaptativa, la presencia de una estructura antropogénica en la superficie
del planeta junto a una cúpula giratoria, análoga a las usadas en
observatorios terrestres. Tenía la apariencia de un astrónomo observando
el universo desde un observatorio.
A las 03:42 UTC, se recibió en Atacama un fax urgente proveniente del
Centro Astronómico Subalpino (CAS), Italia:

"Confermiamo avvistamento di microstruttura orbitale. Telescopio


Montemario ha rilevato un pianeta con segni di vita. Si richiede
verifica antropomorfa. L'osservatore riferisce un senso di
osservazione inversa."​
(Firmado: Prof. L. Benedetti, CAS – Fax 103/03)

A los pocos minutos, el radiotelescopio Allen Array en California reportó a


través del canal interno SIGMA-RAD (log 88772):

"All staff interrupted tracking simultaneously. Observers report an


irrational sensation of being watched. Incident classified as
cross-perceptual response."

En un gesto espontáneo y no coordinado, al menos cuatro observatorios


en hemisferios opuestos dejaron de observar el objeto exactamente al
mismo tiempo. Los astrónomos involucrados no pudieron explicar
racionalmente por qué abandonaron el ocular. Todos mencionaron, en
palabras propias, haber sentido una “presencia recíproca”, como si el
objeto observado hubiera tomado conciencia del observador.
Aunque la ciencia tiende a excluir el antropocentrismo de su método, el
fenómeno ocurrido la madrugada del 27 de marzo remite a ciertas
conjeturas filosóficas preexistentes. El físico húngaro László Kürti planteó
en 1973 su teoría del horizonte de doble conciencia, según la cual “toda
entidad que observa genera, una contraparte que la contempla desde el
interior del sistema observado” (Theoretical Optics Review, vol. 11, p. 337).
Más recientemente, un artículo anónimo firmado bajo el seudónimo V. S.
Elíaco, publicado en Interstitia (2021), propuso que “la observación infinita
en escala fractal es indistinguible del autoengaño absoluto”. La referencia,
aunque poética, cobra otra resonancia tras lo acontecido.
Los informes han sido recopilados en una carpeta de carácter reservado
compartida entre la OIAA, CAS y la Comisión de Estudios sobre
Simulacros Gravitacionales (CESG). Hasta el momento, el objeto no ha
vuelto a ser observado, ni se ha detectado actividad orbital anómala en el
sector designado. A falta de explicación concluyente, resta asumir que, por
una noche, el universo nos devolvió la mirada. Y todos, sin ponernos de
acuerdo, apartamos los ojos.
El astrónomo observado

Observador y observado son la misma cosa.


J. Krishnamurti

Un viejo astrónomo​
miraba sin fe​
el borde del cielo.

No buscaba estrellas.​
Buscaba​
una pregunta.

Algo titiló​
en una órbita vacía.​
No era cometa.

Era un punto.​
Delgado.​
Incierto.

Lo siguió.​
Era una galaxia pequeña.​
Del tamaño del silencio.

Flotaba​
entre la Tierra​
y la luna.
En su centro:​
un planeta​
paciente.

Con agua.​
Con piedra.​
Con un niño.

El niño​
miraba hacia arriba​
con ojos gastados.

Tenía un telescopio​
viejo como la espera.​
Veía lo mismo.

Un mundo​
girando.​
Un sol apenas tibio.

Otro sabio,​
en otro minimo planeta
miraba tambien​
el universo,​
se miraba a sí mismo.

Una cadena​
de miradas​
sin dueño.
Hasta que un escalofrío.
Sin forma.​
Sin mensaje.​
Todos lo sintieron.

Uno pensó en Dios.​


Otro lloró.​
Nadie habló.

El cielo, el destino y el azar​


Cerraron sus puertas​
sin ruido.
Informe sobre la muerte de Dionisio C.

Obligado al trabajo forzado de picar piedras.


Decidió esculpir un rostro en una de las rocas.
El carcelero, notó que el reo era libre y lo mató.
Chronicles of prisoners and slaves in 1820

El hecho ocurrió en la ciudad de San Pedro de la Sierra, departamento de


Córdoba, Argentina, en una obra en construcción ubicada en la
intersección de calle Rincón y Pasaje Tolosa, una zona en rápida
urbanización con fondos de inversión inmobiliaria no del todo
transparentes. Dionisio Calderón, 28 años, nacido en Villa Dolores, había
sido contratado por Efraín Stivelman, dueño de la firma Stivelman & Hijos
Constructora S.A., bajo un contrato informal de palabra. Según consta en
los registros policiales y el testimonio de otros obreros, Dionisio trabajaba
desde hacía siete meses sin obra social, con una paga irregular de
aproximadamente $140 pesos semanales, que no cubría ni la mitad de las
necesidades mínimas. Los días previos a su muerte, según consta en el
Parte Médico del Centro de Salud Municipal Nº 3, Dionisio presentaba
signos de desnutrición avanzada, dermatitis de contacto en ambas manos,
escoliosis postural y un cuadro severo de fatiga crónica. El martes 22 de
abril, a las 16:35 hs, Dionisio se desplomó sobre una hilera de ladrillos que
había levantado en la medianera norte del segundo piso. No cayó desde
altura: simplemente se desvaneció, con la cuchara de albañil aún en la
mano y el balde de mezcla intacto a su lado. Fue trasladado por una
ambulancia al Hospital Rawson. Ingresó sin signos vitales. Se declaró su
muerte por paro cardiorrespiratorio por inanición agravada por esfuerzo
físico extremo. El diario local La Voz de San Pedro publicó el suceso al día
siguiente con el titular:

“Muere obrero por agotamiento: tenía 28 años y trabajaba sin


comida ni contrato”

El caso tuvo impacto limitado. No hubo sanciones formales a la


constructora. El Ministerio de Trabajo provincial inició una investigación
administrativa que, hasta el momento de este informe, permanece “en
etapa de evaluación preliminar”.
El Dr. Rogelio Niemetz, médico forense a cargo de la autopsia, dejó
constancia escrita de un hallazgo inusual:

“Si bien el paciente presentaba todos los signos compatibles con


la inanición prolongada —atrofia muscular, hígado disminuido,
estómago vacío, nula reserva de grasa subcutánea—, se
observó un fenómeno extraño en la sangre y en la corteza
cerebral anterior. Los niveles de DMT endógeno eran
inusualmente elevados, similares a los registrados en estados de
éxtasis profundo o meditación avanzada. Los rastros cerebrales
de la sinapsis neuronal mostraba un patrón de actividad que, en
sujetos vivos, solo se ha documentado experimentalmente en los
octogenarios monjes budistas ortodoxos durante prácticas de
atención plena sostenida. El cuerpo, poco antes de morir, parece
haber alcanzado un estado de disolución del ego. Lo más
perturbador es que este estado fue alcanzado mientras el sujeto
se hallaba realizando una tarea mecánica, repetitiva y
extremadamente hostil para su fisiología.”

Tres días después de la muerte de Dionisio Calderón, el patrón Efraín


Stivelman incorporó a un nuevo peón: Luis Manuel Quiroga, 19 años,
oriundo de San Francisco del Chañar a cambio de $120 semanales y vive
en la misma habitación de chapa que dejó vacía Dionisio. El nuevo peón
ya comenzó a levantar la pared inconclusa. El muro, por cierto, vuelve a
torcerse levemente a la altura del ladrillo número quince. Algunos obreros
creen que es por mala [Link], que Dionisio sigue trabajando
desde otro [Link] patrón solo dice que el nivel “se corrige con mezcla”.
Albañil

Puedo estar vivo y muerto al mismo tiempo


E. Schrodinger

Manos ardidas.​
Con heridas​
Solo repetición.

Herramientas que lastiman​


Muro sin nombre.​
Sin historia.​
Sin cama.​
Sin pan.

Uno de los ladrillos


se desequilibra​
Algo cambia.​

El cuerpo​
no es cuerpo.​
El dolor pasa.

Aparecen pensamientos:​
“Injusticia.”​
“Vacío.”​
Silencio.

Los pensamientos huyen


No siente.​
No piensa.​

Todo parece igual​


Él flota.

Entiende el dolor​
Sin hablar.​
Sin peso.

Solo el ladrillo lo supo.​


Un albañil que puede estar vivo y muerto.
Okinawa

“¿En qué orilla nos encontraremos?”


El encuentro. Milonga uruguaya de Catalina Tabares

Siempre vuelvo a Okinawa.​


A sus calles amables, silenciosas con miradas y sonrisas tenuemente
sonrojadas donde el viento me hace sentir que estoy en casa.​
Vuelvo al olor de los cerezos de los almendros, al cauto murmullo de las
ventanas de madera que crujen como barcos viejos.
Vuelvo a las playas de arena suave, donde el mar a veces es apenas
verde porque quiere jugar y en otras ocasiones se pone azul transparente
porque me invita a que le cuente mis dolores.
Vuelvo a las lluvias tibias que lavan los tejados rojos hasta hacerlos brillar
como cerezas maduras.
Vuelvo a los caminos de piedra donde los gatos, como sombras lentas,
reclaman cada rincón.
Vuelvo al mercado viejo, donde el pescado fresco y las frutas tienen
nombres con sonidos que me hacen sonreír, como si un niño que está
comenzando a hablar fuese el encargado de ponerles el nombre.
Vuelvo al sonido del tambor japonés, taiko, que marca el ritmo de las
fiestas populares. Vuelvo a los jardines, donde las piedras, los estanques y
los árboles dibujan garabatos simples que conversan entre sí y me siento
invitado a mirarlos sin intentar descubrir algún significado; solo
observarlos.
Vuelvo a las pequeñas y escondidas tabernas donde el sake isleño,
awamori, y las canciones típicas aflojan las tensiones de la vida cotidiana.
Vuelvo a las casas bajas, las paredes minuciosamente decoradas con
caracoles y maderas, los techos poblados de esa estatuilla mitologica de
cemento, Shisa, que protege los sueños.
Vuelvo al sabor picante de las algas, a la sopa con fideos caseros, al goya
champuru hecho con melón amargo, tofu, huevo y carne de cerdo, que
Hiroshi cocina invocando y agradeciendo a su abuela por haberle
enseñado los secretos de esa receta.​
Vuelvo a las siestas porque toda la isla, a esa hora, se calma aún más y
todo el pueblo comienza a respirar casi imperceptiblemente.
Vuelvo al festival Obon que se hace en la playa, con linternas flotando
sobre el agua llevando un deseo, un nombre, una despedida, para
iluminar el más allá y hacerles el camino más fácil a los que nos dejaron.
Vuelvo a las canciones en lengua autóctona, aunque no logre entender
todas las palabras siento que comprendo el aura, la atmósfera que las
envuelve, porque las tristezas y las alegrías es la misma en todas las
lenguas. Vuelvo a las bicicletas oxidadas por el salitre, a las cestas de
mimbre llenas de flores recién cortadas o de pan recién horneado.
Vuelvo a los farolitos colgantes que parpadean como luciérnagas ante la
más suave brisa.
Vuelvo a las noches estrelladas, donde la Vía Láctea cae casi al alcance
de las manos y uno puede pedirle perdón a todo y agradecer todo.
Vuelvo a la clase de pintura en la escuela junto al acantilado, donde
mezclar los colores era como aprender a respirar de nuevo.
Vuelvo a los pasos en la arena mojada, a los cangrejos que espian desde
las rocas. Vuelvo a la risa de mi querido amigo Hiroshi, a su vino casero
compartido bajo un toldo ridículamente pequeño que nos protegía de la
lluvia. Vuelvo al instante exacto donde la marea sube y cubre las piedras,
los objetos perdidos en la playa y las tristezas y cuando comienza a bajar
la mare se lleva todo. A veces devuelve algunos objetos o tristezas. El mar
sabe que uno los sigue necesitando. Vuelvo a Okinawa, aunque esté en
Buenos Aires, aunque camine por un patio vacío de mis abuelos que huele
a jazmín y a una tristeza inmóvil.
Vuelvo cada vez que tomo mate amargo en mi taller y cierro los ojos para
encontrar el ritmo lento de Okinawa.
Vuelvo para saber que la ansiedad me la invento.
Vuelvo porque en Okinawa mi abuelo Gervasio me enseñó a escalar, a
nadar y a pintar. Vuelvo porque, en una mañana de lluvia perfecta, mi
abuelo me sostuvo la mano, me enseñó a no temer a las olas, a confiar en
el viento. Vuelvo porque aquí, en esta otra orilla del mundo, ya no lo
encuentro.​
Una isla

Nos terminamos pareciendo a los lugares que queremos


I. Duncan

Vuelvo.​
Sin rumbo.​
Sin pedir nada.

Vuelvo​
al crujido lento,​
al tejado rojo,​
al mercado​
y su fruta​
que no sé nombrar.

Vuelvo​
a la sopa,​
al fuego,​
a la infancia​
Que sigue intacta.

Vuelvo​
al tambor,​
al gato,​
a la danza​
sin calendario.
Vuelvo​
al jardín​
Y a las piedras​
Sin sentido

Vuelvo​
a la siesta,​
al sake,​
al olvido servido.

Vuelvo​
al festival de la calle,​
al farol​
que flota cantando.

Vuelvo​
al jazmín que murmura,​
al mate solo.

Vuelvo​
a pintar,​
a respirar,​
a mezclar​
con mordiscos.

Vuelvo
al instante​
en que la marea​
Borra la frontera entre los barcos,
los sueños,
y las piedras de las veredas

Vuelvo​
porque allá​
me enseñaron​
a confiar.
Té con María

A veces sanar es
simplemente mirar hacia adentro.
Milton Do Artigas. Médico Clínico

(...con hojas secas de salvia, un poco de romero fresco y miel)

Alguna vez leí, en un manual de antropología amarillento que encontré en


una librería de usados, que los chamanes eran, por sobre todo, fabricantes
de devenires. Fue mi abuela María, quien, muchos años antes de aquel
manual amarillento, me leyó ese pasaje exacto, como si al pronunciarlo
diera comienzo a un encantamiento. Era una mujer que fabricaba
encuentros, vínculos…vida: era matrona, curandera y nodriza del barrio,
nacida en una época donde aún se podía sanar con las manos y el oído
atento. Yo, en cambio, estaba doblemente cautivo: por mi juventud y por la
figura de mi padre, un hombre de negocios con la lógica simple y eficaz de
una calculadora: sumar, restar, avanzar. Creí durante años que eso era
genialidad, hasta que comprendí que el verdadero secreto era el opuesto:
cerrar puertas internas, abolir preguntas. Era como conducir en línea recta
a toda velocidad: los cruces, los semáforos, los atajos, todo debía
ignorarse. La eficiencia requería ignorancia deliberada. Aquella tarde,
María me enseñó a leer las manos y a preparar infusiones como si fueran
hechizos. “Para el amor, para el olvido, para el aire que falta en los
pulmones”, decía. Pero yo apenas si la escuchaba. La voz de mi padre
sonaba más fuerte, incluso cuando no estaba: "Resultados. Utilidad.
Orden." Ella murió en 1988. Durante su velorio, mi madre —hija de
María— me entregó una pequeña caja de madera. “Esto es tuyo”. En la
caja había sobres con recetas escritas a mano, una libreta con
instrucciones para el cuidado del alma y una colección de saberes
imposibles que mi abuela había reunido durante décadas, visitando partos
en cocinas humildes, despidiendo muertos en soledad, escuchando
historias de desamor con una mano sobre el hombro del que contaba.

Uno de los sobres decía:​


“Problemas amorosos”​
Y dentro, una nota:​
“El desamor, la arritmia cardíaca y el asma comparten síntomas. La
menta, el jengibre y la cáscara de naranja actúan beneficiosamente en los
tres casos.”

Otro decía:​
“No dar manzanilla a embarazadas antes del cuarto mes.”

Y otro:​
“Jugadores compulsivos y fracturados: té de limón, miel y semillas de
zapallo.”

Pero lo más inquietante era la libreta de instrucciones sobre cómo


escuchar el dolor ajeno. Era un tratado de lo invisible:​
A los que han perdido el trabajo, no mirar a los ojos. Tocar el hombro o la
cabeza.​
A los recién separados, tomarles ambas manos.
La caja quedó guardada. Me entregué a estudiar teatro y a trabajar para
hacer dinero, mucho dinero. Y esa es una de las formas más silenciosas
del suicidio del alma: mucho no es un número, es una condena porque
nunca alcanza. Es un pozo sin fondo con paredes [Link] las
clases de teatro, inevitablemente, uno se enfrenta al núcleo duro de su
identidad. Me aterraba. El escenario revelaba los pliegues que yo
pretendía ocultar. Preferí la evasión elegante: negocios. Me casé. Me
mudé de país. Y fue allá, entre extraños y nuevas geografías, donde el
teatro cobró más fuerza que nunca. Como un síntoma inocultable Formé
un grupo y, con esa mezcla de ternura y arrogancia que da el amor
negado, lo llamé “Qué te parió María”. Dirigí una obra, “La Médium”, que
ridiculizaba —sutil pero implacablemente— a quienes creen en cosas que
no pueden explicarse. Como si alguien pudiera realmente explicar algo.
Años después oí a un matemático decir que todas las verdades son
axiomas, y por lo tanto, supuestos. Me dolió comprender que yo también
había vivido sobre [Link] mudé de estado. Me permití no trabajar
por un tiempo. Y entonces, como si la caja hubiese estado esperando el
momento justo de su irrupción, reapareció. Pablo, un amigo, atravesaba
una crisis. Comencé a visitarlo tres veces por semana. Llevaba conmigo la
caja. Le preparaba tés según las recetas. No solo eso: lo escuchaba como
dictaba la libreta. Tocar el hombro. Tomar las manos. Silencios no muy
prolongados. Pablo, con el tiempo, abandonó su medicación (con consejo
médico), volvió a escribir, retomó el [Link] lo extraño no ocurrió en
él. O no [Link]ó en mí. Pablo hablaba de filosofía. Citó a Lévi-Strauss:
“El chamán se atreve a crear devenir.” Sentí un golpe en el pecho. Era la
misma frase que María me había leído en voz alta aquella tarde. ¿Era un
recuerdo o un eco? ¿Era una coincidencia o una invocación? Hoy estoy
ensayando de nuevo La Médium, pero esta vez no hay ironía. Esta vez soy
yo la médium. Y no actúo: invoco. En escena y fuera de ella. En el mar,
cuando el agua toca mis tobillos, digo “gracias” en voz alta y le guiño un
ojo al cielo, a María. Sigo revisando los los sobres de la caja. Hay uno que
dice:​
“Para ayudar a la memoria”​
Y adentro:​
“El té con hojas secas de salvia, un poco de romero fresco y miel” Mi
abuela Maria murió, como les dije, en 1988. ¿Murió?
Caja medicinal

En una gota de agua,


habitan todos los océanos.
J.L. Borges

En la caja de cedro,​
Esperan papeles: ​
nombres, recetas.

No espera saber​
quien abre lo sellado.​
Tiembla el iniciado.

Se abrió tarde​
Como vino anejado​
leido sin tiempo.

Sumaba el padre.​
Giraba la abuela en sombras.​
Cifras sin lectura.

Voz clara,​
lde mujer sabia:​
exacta, antigua.

Nombró el dolor,​
nombró el amor y otras enfermedades.​
Nada pidió.
Fiel al mandato,​
un cuerpo siguió el ruido​
de los balances.

Calla la sangre ​
cuando el cuerpo
celebra su disonancia.

La escena habló.​
Devolvió, sin aviso,​
el rostro velado.

El registro dice:​
año sin luz
y poca esperanza​
La memoria calla.

Pero el regreso
fue viento​
fue hierba y fuego.

Un hombre apagado
bebió sin saber la palabra
que lo curaba.

No fue milagro:​
Fue el traspaso del ritual
de lo no aprendido.
En la infusión​
despierta lo dormido​
que no es ciencia.

No hay verdad fija.​


Solo actos que revelan​
lo que no espera.

Quedan los sobres,​


Cerrados por si se vienen
otros tiempos descorazonados
El salto de Rambasky

“Construyó un mundo a su medida”


Declaró María, la curandera al cumplirse
la muerte de Otto Rambasky.

A María

Hay un pequeño pueblo en el oeste de la provincia de Buenos Aires


llamado Bonzi (El nombre es Aldo Bonzi, pero me gusta como suena Bonzi
solo). En los márgenes del barrio, tenía su taller el señor Rambasky. Nadie
sabía con certeza a qué se dedicaba. Arreglaba heladeras, bicicletas,
autos; fabricaba rejas, y si andaba con paciencia, también hacía muebles a
medida. Todo el barrio lo conocía, y no había problema que no se lo
consultara. Siempre alguien lo necesitaba para algo. En su taller,
Rambasky tenía una biblioteca particular. A los libros les hacía
anotaciones, pero también les arrancaba páginas que luego pinchaba
sobre una madera, como si fueran cuadros. Debajo de cada una de esas
páginas colgaban otras decenas, también arrancadas de distintos libros.
Convivían ahí, todas juntas, como si él estuviera escribiendo su propio libro
hecho de fragmentos ajenos. Un collage de ideas prestadas,
reconfiguradas por su propio [Link] siempre estaba de buen humor. Los
días de mucho calor no hablaba con nadie. Trabajaba a puertas cerradas,
en silencio, como si se negara a la existencia del resto del mundo. En
cambio, los días de lluvia se transformaba: era amable, sociable, incluso
bromista. Saludaba a quienes pasaban por la vereda de su taller y les
hacía chistes, comentarios agudos o algún juego de palabras que los
dejaba pensando. Recuerdo un episodio del otoño de 1986. Rambasky
soñaba con fabricar una máquina para volar. En una de las paredes de su
taller tenía dibujado un diseño rudimentario que él mismo había trazado:
un paraguas gigante con un pequeño motor adosado al mástil y una hélice
que sobresalía por encima. Era una idea, un boceto, una obsesión que lo
mantenía despierto por las noches. Un día, Juan Ortiguez, el electricista
del barrio, le llevó una sombrilla de playa que estaba trabada. No abría.
Quería que se la reparara. Fue entonces cuando Rambasky desarmó una
vieja moto Siambretta y, mirando su dibujo en la pared, tuvo una epifanía.
La sombrilla de Juan podía ser el punto de partida. Le instaló el motor de la
moto y sobre la tela, sobresaliendo, montó la hélice. No sé cómo lo hizo,
pero fue hasta el aeroclub de la zona y consiguió, vaya uno a saber con
qué artimañas, una hélice de madera de un viejo Piper abandonado en el
[Link]ó el artefacto dentro de su taller. Encendió el motor con un
tirón de soga, como si encendiera una cortadora de césped, y el
mecanismo respondió de inmediato. La hélice giraba cada vez más rápido
y todo parecía comportarse como él había planeado. El barrio entero se
enteró de lo que estaba tramando. Algunos decían que había perdido la
cabeza y pedían que lo internaran; otros lo apoyaban con entusiasmo. El
cura Reynaldo fue dos veces a hablar con él para convencerlo de que
desistiera. Le dijo: "Si Dios hubiese querido que voláramos, nos habría
dado alas". Rambasky se reía. Como no pudo detenerlo, el cura finalmente
le dio su bendición, supongo que para no cargar con la culpa. Mis padres
evitaban hablar del tema. Temían que nos contagiara con ideas peligrosas
a mis hermanos y a mí. María, la curandera del barrio, le dijo que lo
hiciera, pero que tuviera cuidado. Siempre estaba de su lado. Un día
después del chequeo de la máquina, cargó todo en su vieja y oxidada
camioneta Ford y fue hasta la tosquera. La tosquera es una excavación
inmensa que se hizo durante los años setenta y ochenta para sacar tierra
con la que luego se construyeron autopistas en otras partes. Nos dejaron
ese hueco en el barrio, un pozo más grande y profundo que cualquier
edificio. Tiene veintidós metros de profundidad. Ese día, todo el barrio fue
hasta el borde de la tosquera. Algunos lo aplaudían, otros le rogaban que
no lo hiciera. Rambasky no escuchaba a nadie. Abrió la sombrilla. Se
notaba el cuidado con el que había montado el motor: las piezas de bronce
brillaban, el metal estaba pulido, la hélice barnizada. Tiró de la soga, y el
motor arrancó en el primer intento. Aceleró dos veces y la hélice giró con
fuerza. Todo el aparato vibraba, como si estuviera a punto de despegar.
Rambasky se arrimó al borde del precipicio. Nos miró a todos. No tenía
una mirada desafiante, sino serena. Tranquila. Y entonces dio el salto.
Esther, la verdulera, que estaba parada a mi lado, soltó un grito que tapó el
ruido del motor. El cura miró hacia el cielo y dijo algo en latín —maldita
costumbre tenía de hablar en latín, por eso muchos dejaron de ir a misa—.
María le lanzó un beso desde lejos y cerró los puños, como para enviarle
fuerza. Cada uno, a su modo, aportaba algo: un deseo, una advertencia,
una bendición, una superstición. Yo les soy honesto: me moría de ganas
de ser Rambasky. Yo quería que volara. Que volara mucho. Que cruzara
las nubes. Una vez en el aire, el artefacto subió unos veinte centímetros
por encima del punto de despegue. Hubo aplausos, gritos. Parecía que lo
había logrado. Pero el motor se detuvo. Rambasky, que siempre fue algo
distraído —mi madre decía que era un despistado irrecuperable, que no se
le podía llevar nada porque lo rompía o lo perdía—, se había olvidado de
cargarle combustible. Cayó los veintidós metros. Por suerte, la sombrilla
reforzada amortiguó el impacto. De todas formas, se quebró tres costillas,
el fémur y la mano derecha, justo la que cargaba el peso del motor. Estuvo
semanas enyesado, inmóvil. Pero vivo. Hoy, todos en Bonzi conocen esa
historia. Muchos la vivimos. Con el tiempo, claro, la historia se fue
modificando. Se creo un mito. En algunas casas aseguran que voló hasta
el aeropuerto Ezeiza; otros dicen que llegó a otra provincia o que la NASA
lo vino a buscar; algunos sostienen que le propuso casamiento a María
desplegando un cartel en pleno vuelo, flotando a más de cien metros de
altura. Nada de eso ocurrió. Pero cada vez que vuelvo al barrio y escucho
esas versiones, jamás las desmiento. Cada uno ve lo que necesita ver.
Para mí, con exageraciones o incluso con negaciones, Rambasky habita
en cada casa de ese rincón del oeste de Buenos Aires.

El vuelo del artesano


Construir un objeto artístico es
también construir un pequeño milagro
P. Picasso

En un pueblo,​
Allí soldaba un hombre.​
Tenía óxido al cuello​
y una hélice muda.

No hablaba de dioses.​
El calor era su misa.​
La lluvia, su risa.

El metal le respondía​
cuando las manos callaban.​
Promesa sin sermón.

Pegaba palabras​
como clavos en la sombra,​
Creía en el fuego​
de lo que arde sin causa,​
de lo que no vuelve.

El motor, su canto.​
Una sombrilla, su delirio.​
El trabajo, rito.

El cura murmuraba​
en lenguas de polvo viejo.​
La mujer juraba.
Él, sin decir nada,​
miraba la cantera.​
Allí estaba el salto.

No cayó de golpe.​
Fue bajando por su sombra,​
despacio, sin ruido.

Algo quedó arriba,​


como viento que no toca,​
como intento fiel.

El cuerpo quebrado.​
La idea, entera.​
La hélice, quieta.

En su ruina brillaba​
una luz sin recompensa,​
sin nombre ni fin.

Dicen que voló,​


que ganó aplausos y estrellas.​
Eso dicen.

Pero fue otra cosa:​


Vivir lo soñado

Aunque el mundo​
no entienda,​
aunque se ría.
La apariencia

“No te hagas el chancho rengo”

Decía mi padre cuando se daba cuenta


que me estaba haciendo el boludo.
A Pablo

Elías Martínez era carnicero en Ramos Mejía. Le iba bien, demasiado bien,
y ese éxito era una carga. Sostenerlo requería esfuerzos desmesurados:
cuentas al día, proveedores exigentes, empleados distraídos. Las noches
eran un tormento de balances y cálculos mentales, y las mañanas lo
encontraban con un dolor de cabeza lacerante que ni el café ni los
analgésicos podían mitigar. Cuando los dolores se volvieron insoportables,
acudió a un psiquiatra.

-​ Estrés laboral

Diagnosticó el médico con la misma indiferencia con la que Elías


despachaba un kilo de carne.

-​ Trastornos obsesivos compulsivos incipientes

Añadió, y le recetó medicina en forma de pastillas amargoverdosas que no


curaban el problema, sino que lo escondían prolijamente bajo una capa de
química . Una tarde, mientras miraba sin ver la televisión, escuchó algo
que cambiaría su vida. Un monje japonés hablaba de los koans, preguntas
imposibles diseñadas no para ser respondidas, sino para provocar
perplejidad.
-​ La perplejidad distiende la mente…

Decía el monje sin dejar de sonreír

-​ Cuando la mente se relaja, la enfermedad no encuentra tierra fértil


donde echar raíces.

Intrigado, Elías decidió intentarlo. Eligió un koan de una vieja enciclopedia


que nunca había leído y que había heredado de su madre. Encontró:

¿Cómo descubrir, de una vez por todas, la apariencia de las cosas?

A las 7:00 a.m., en su carnicería, entre cuchillos y balanzas, se preguntó;


¿Cómo descubrir, de una vez por todas, la apariencia de las cosas? Con
la intención de encontrar una respuesta aliviadora. Ni idea, pensó. A las
7:02, se lo preguntó de nuevo. Sabía -en realidad se dio cuenta en ese
momento- que en esos dos minutos no solo habían cambiado los
segundos del reloj, sino él mismo. Ahora era un hombre que, además de
haber abierto la carnicería, se había preguntado un koan y había
respondido "ni idea". Pero ese "ni idea" era distinto del anterior, porque
contenía su experiencia acumulada, su historia, la luz prendida de la
heladera donde colgaban las medias reses, el murmullo de la radio. "Ni
idea", volvió a responder. Así pasó días. Semanas. En algún momento, sin
saber cuándo, la pregunta dejó de ser una pregunta y se convirtió en un
vacío dulce y tibio, absurdo y liviano. Los músculos craneales se relajaron.
No había nada nuevo en el mundo, sin embargo todo era nuevo. Recordó
cuando tenía cinco años y le gustaba jugar con las palabras repitiendo
incansablemente en voz alta mientras corría alrededor de la hamaca que
tenía en el patio de la casa de su abuelo. Esa tarde comenzó a repetir la
palabra ‘madre’ sin parar, como si fuera un mantra y repentinamente esa
palabra se vació de significado, era solo un fonema, un ruido vacío y se dio
cuenta que podía hacer lo mismo con todas las palabras. Pensó, de
manera desordenada, que si se puede quitar el sentido con el que viene
adjunto una palabra también podría jugar intercambiando significados.
Duró segundos eternos y desapareció. Y entonces, regresó. Elías volvió a
ser el carnicero de Ramos Mejía, con su cuchillo afilado a las apuradas y
su balanza arreglada para ganar unos pesos extras en cada venta. Pero
algo había cambiado. Ya no necesitaba los dolores de cabeza ni
desequilibrios mentales aunque la inercia de la vida cotidiana parecía
empujarlo a continuar sosteniendo la apariencia del dolor. Las cuentas
seguían ahí, los proveedores también, los empleados distraídos. Pero él ya
no era el mismo porque pudo observar que todo Koan, cuando se apaga,
deja las huellas de una bendición que lo hizo susurrar en voz alta frente a
una clienta que le había preguntado por un pedazo de carne:

-​ Bueno, será cuestión de volver a empezar.

Apariencia

Los límites de mi lenguaje son


los límites de mi mundo.
L. Wittgenstein
Acertijo​
Sin templo ni sutileza:​
No hay rezo más verdadero​
que la carne abierta.​
El músculo da respuesta​
sin albedrío.

El precio manda,​

No hay balanza exacta.

No hay dios que acuda​


cuando todo se ha saldado​

-​ "¿Qué es apariencia?"


Le responde:

-​ Ausencia.

Nombrar es nombrar la sombra.​


La palabra es casi un abrigo​

El fonema se disuelve​
como la sangre.​
Solo el mantra permanece​
cuando el nombre falla.
Solo el tajo​
de la faena temprana​
quiebra el trabajo.

Y al volver todo,​
algo era otro modo.

Nada sabía.​
Pero en su pliegue quieto​
ya no dolía.

¿Volver a empezar?​
dice una voz​
al deshuesar.

También podría gustarte