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LA REPRESENTACIÓN CONSTITUCIONAL EN MÉXICO
José Ramón COSSÍO D.*
SUMARIO: I. Constitución y régimen político. II. La repre-
sentación de la Constitución. III. Los fundamentos teóricos de
la representación de la Constitución. IV. Los efectos de la re-
presentación constitucional dominante en general.
I. CONSTITUCIÓN Y RÉGIMEN POLÍTICO
La posición mayoritaria en el Congreso Constituyente 1916-1917 se
representó y explicó a la Constitución en términos fundamentalmente
políticos. La Constitución, en otros términos, era para ese grupo de
hombres la plasmación del ideal político a partir del cual se había lle-
vado a cabo la Revolución de 1910. Que los constituyentes se hayan
representado a la Constitución en esos términos, nada tiene de peculiar
si uno entiende que en su carácter de funcionarios electos representa-
ban a personas, partidos o facciones, que al ejercer su función estaban
tratando de imponer sus ideas sobre las de otras personas, y que a esas
ideas subyacían distintas concepciones de país. La o las representa-
ciones de Constitución producidas por los constituyentes se plasmaron
en normas específicas, por una parte, y fundamentaron una concepción
general de la propia Constitución, por la otra. El 1o. de mayo de 1917
entró en vigor el texto constitucional y a partir de ahí y con un grado im-
portante de eficacia, las conductas de los habitantes del país comenzaron
a normarse atendiendo a lo previsto en este texto. En términos estrictos,
un nuevo orden jurídico comenzó a producirse a partir de sucesivas indi-
vidualizaciones normativas: se establecieron leyes, tratados, reglamen-
tos y normas individualizadas de carácter federal, local y municipal; se
resolvieron juicios de amparo; se llevaron a cabo diversas elecciones y un
* Jefe del Departamento de Derecho del ITAM.
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sinnúmero de nombramientos, lo cual dio como resultado la validez de la
Constitución y del orden jurídico a que aquella daba lugar.
Admitida la vigencia de la Constitución (en tanto eficaz), la cuestión
es determinar de qué manera se representaron y explicaron a la propia
Constitución los distintos tipos de sujetos que, de uno u otro modo, tenían
que ver con ella. En efecto, una vez que el poder constituyente agotó su
función creadora, correspondió a dos tipos de sujetos su determinación,
conceptualización y explicación: en primer lugar, y de modo preponde-
rante, a los titulares de los poderes constituidos que debían producir nor-
mas jurídicas con fundamento directo en las normas constitucionales (le-
gislador, presidente de la República, gobernadores, etcétera); en segundo
lugar, al conjunto de profesionales del derecho que hacían de la Constitu-
ción su objeto de estudio. Dentro de la distinción tradicional que estamos
siguiendo entre órganos del Estado y juristas,1 nos ocuparemos de esta-
blecer el modo en que los segundos concibieron y se explicaron a la
Constitución. Esta elección se debe a que el modo como la Constitución
suele entenderse en un determinado país es producida por los juristas, en
tanto son éstos quienes enseñan y preparan a los individuos que habrán de
ocupar las posiciones jurídicas, a partir de los cuales habrán de formular-
se las concepciones de la Constitución y la interpretación de sus normas.
La Constitución y el orden jurídico mexicano
Al entrar en vigor la Constitución de 1917 y ser ésta norma eficaz, las
distintas funciones normativas que da el orden jurídico mexicano comen-
zaron a realizarse de conformidad con la propia Constitución. En térmi-
nos generales, y atendiendo a las disposiciones originarias, las funciones
del orden jurídico se pueden representar en el siguiente esquema, mismo
que obtuvimos de lo expuesto en el capítulo anterior:
1 Kelsen, H., Teoría pura del derecho, 2a. ed., trad. de R. J. Vernengo, México, UNAM, 1979,
pp. 349-356.
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Del esquema anterior se extraen los siguientes elementos: primero, en
la Constitución se confería la ciudadanía a los hombres mayores de vein-
tiún años (y de dieciocho si estaban casados); segundo, esa ciudadanía les
confería el derecho de participar en las elecciones de los titulares de los
órganos ejecutivo y legislativo federal y locales (así como de los de ayun-
tamientos); tercero, los ciudadanos votaban por los candidatos de los par-
tidos políticos (fundamentalmente); cuarto, los resultados de la votación
permitían determinar la integración de los órganos de representación
apuntados; quinto, los órganos de representación llevaban a cabo la pro-
ducción de las reformas constitucionales y de las normas generales infe-
riores a la Constitución (leyes, tratados y reglamentos), y designaban a
los titulares de los órganos (federales y locales) que tenían encomendada
la individualización de las normas jurídicas o el nombramiento de otros
titulares de órganos estatales.
El esquema de dominación (constitucional) señalado, estuvo a cargo
de los distintos caudillos militares en los años posteriores a la entrada en
vigor de la Constitución. Aun cuando no de un modo pleno, por parte de
Carranza, y con posterioridad al asesinato de éste por Álvaro Obregón.
Este último, debido a su prestigio personal y al tipo de relaciones que lo-
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gró mediante el apoyo de los caciques, pudo contar con la presencia sufi-
ciente para “ controlar” el esquema constitucional descrito. Ese control le
permitía, en efecto, influir en los ciudadanos de un modo suficientemente
directo para lograr que el voto recayera en determinados candidatos, y
una vez que estos últimos ocuparan el cargo de elección, influir de mane-
ra señalada en el tipo de decisiones que debían adoptar o en los nombra-
mientos que debían hacer. La influencia de Obregón logró llevar a Calles
a la Presidencia de la República (a fin de superar la prohibición de la ree-
lección), sofocando para ello el levantamiento de otro general revolucio-
nario (Huerta), y desde ahí y con el apoyo de sus generales caciques y de
sectores importantes del movimiento obrero, lograr un control efectivo
sobre los titulares de los órganos estatales y, por ende, sobre la dinámica
del orden jurídico mismo.2
El intento reeleccionista de Obregón y, sobre todo, su casi inmediato
asesinato, produjeron un cambio relevante en el sistema de dominación
política. Calles se constituyó en el hombre fuerte del país y logró imponer
su presencia de tal modo que determinó el voto ciudadano, la interpreta-
ción de los órganos estatales y la producción del orden jurídico en gene-
ral. El modo de producir esta dominación fue, inicialmente, a través de
las relaciones personales con los caciques y los líderes obreros y, poste-
riormente, a través de las relaciones del mismo tipo, pero ciertamente
más institucionalizados, a que daba lugar el PNR. Mediante la creación
del Partido Nacional Revolucionario, en efecto, Calles logró unificar a las
distintas fuerzas que mantenían poder o presencia local, dando lugar con
ello a la formación de un “ partido de cuadros” de los principales jefes de
la revolución. Estando cercana la lucha, no habiéndose logrado la institu-
cionalización de la vida civil y, por ende, encontrándose el poder político
en manos de los grupos militares que actuaron o heredaron la revolución
misma, los fundadores del PNR no tuvieron ningún problema para conce-
birse a sí mismos como los realizadores, herederos o continuadores de ese
movimiento social, al punto de hacerlo partido y programa políticos. Así,
en la “ Convocatoria a la Convención Constitutiva del PNR” del 5 de ene-
ro de 1929, se lee que la revolución “ ... necesita de un organismo de vigi-
lancia, de expresión y de sostén; y [que] esta función esencial es la que
corresponde al “ Partido Nacional Revolucionario” . De este modo, la re-
2 Cfr. Cossío, José Ramón, “ El orden jurídico (corporativo) mexicano y el cambio democráti-
co I y II, Este país, núms. 77 y 79, agosto y octubre de 1997, pp. 26-29 y 51-56, respectivamente.
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volución comenzó por hacerse partido y, gracias a éste, terminó por cons-
tituirse en el contenido del régimen político de todo un país. El PNR
pudo, entonces, constituirse en el representante y guardián de la revolu-
ción, y la legitimación para ello provenía del hecho de que los integrantes
del partido eran aquellos sujetos que de manera personal habían llevado a
cabo la lucha armada. Esta posibilidad tenía, sin embargo, dos grandes
limitaciones: la primera, que las relaciones con los caciques eran funda-
mentalmente personales (primero con Obregón y luego con Calles) y, la
segunda, que impedían la participación destacada de cualquier sujeto que
no fuera aquél que contaba con la relación personal o, al menos, con la
anuencia de quien sí la tenía. Es a partir de estas limitaciones como, de
una u otra forma, se han explicado las acciones llevadas a cabo por el
general Cárdenas para, a partir de 1935, romper con el predominio de Ca-
lles. Cárdenas llevó a cabo su fortalecimiento político impulsando la
constitución de grandes centrales obreras, campesinas y burocráticas,
para después insertarlas en el partido y así sustituir la fuerza de las orga-
nizaciones de caciques con la de las agrupaciones de masas. Este movi-
miento tiene su culminación en el año de 1938, cuando Cárdenas refunda
al PNR en el PRM. Nuevamente, en los documentos constitutivos de esta
organización se lee3 que el partido es el heredero, legatario, guardián, et-
cétera, de la revolución, no ya por razón de los sujetos que de modo indi-
vidual participaron en la lucha, sino porque en ese partido tienen cabida
los obreros, campesinos, burócratas y militares que, por una parte, fueron
los realizadores de la Revolución de 1910 y que, por la otra, fueron tam-
bién los herederos y beneficiarios de la revolución, tal como ésta quedó
plasmada en la Constitución de 1917. Así, mientras que —se decía—, el
PNR se formó por el grupo vencedor en la lucha revolucionaria, y ese
sólo triunfo le capacitaba para constituirse en régimen político, la justifi-
cación para constituir al PRM era distinta: era legítimo porque agrupaba a
las masas sociales que realizaron la revolución y que lograron darle a la
Constitución su contenido. Por esta razón, cuando el PNR ejercía el po-
der, estaba ejecutando o individualizando la Constitución o, lo que es
igual, llevando a cabo de manera cotidiana el programa de la revolución.
En 1946 se llevó a cabo la segunda refundación del PRM, esta vez a
fin de dar lugar al PRI. En este caso, las modificaciones respecto a su
3 Cfr. Historia documental del PRI, PRM, PNR, 1934-1938, México, ICAP, 1981, vol. 3, pp.
475-524.
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inmediato antecesor no fueron tan dramáticas como en el primer caso,
pues en buena medida ya se encontraban establecidas las bases corporati-
vas que habían de caracterizar al Revolucionario Institucional.4 De este
modo, y nuevamente, se está frente a una organización política que a tra-
vés de su participación electoral logra dominar la integración de los órga-
nos de representación y, desde esa posición, determina los contenidos de
las normas y el nombre de los sujetos que debieran integrar los distintos
órganos de autoridad. Al llevar a cabo esa dominación político-electoral,
el PRI, al igual que su antecesor, se concibe también como heredero de
la Revolución de 1910, de ahí que deba sostener el proyecto social de la
Constitución de 1917, pues al hacerlo están actualizando a la revolución
misma y la legitimación necesaria para seguir gobernando. Al igual que
acontecía con el orden jurídico,5 el planteamiento político del PRI era to-
talmente incluyente: la revolución se había hecho partido, el partido régi-
men, el régimen se sometía a la Constitución (por ser la expresión de la
lucha que dio origen al partido), y el sometimiento del régimen a la Cons-
titución era la recreación cotidiana de la revolución misma. La necesidad
por la inclusión llegó a ser tal, que se tuvo que echar mano de una tempo-
ralidad histórica mayor: la Revolución de 1910 era una más de la etapas
de la lucha de los “ auténticos” , de los “ verdaderos” mexicanos por su
libertad y su dignificación, misma que comenzó en 1810 venciendo a los
españoles, representaron luego los federalistas y liberales frente a los cen-
tralistas y conservadores, siguió con las luchas entre clero y liberales, se
prorrogó entre juaristas e imperialistas, y culminó con la derrota de Díaz
y los científicos a manos de los revolucionarios. Con poca capacidad para
distinguir los detalles, individualizar a los oponentes y comprender las
ideas, la historia nacional se explicó en bloques y desde una concepción
maniquea, demostrándose con ello que el PRI venía a ser el continuador,
el legítimo representante, no sólo de los revolucionarios de 1910, sino de
las “ buenas causas nacionales” a partir de 1810. Mediante este afán in-
cluyente se representó la historia nacional a efecto de conferirle al PRI
una legitimación única en el modelo de dominación política que llevaba a
cabo. El discurso incluyente es particularmente claro en los mensajes pre-
sidenciales, mismos a los cuales hay que atender en tanto éstos, a su vez,
eran la expresión de las facetas jurídica y política del sistema mexicano.
Desde Obregón, las menciones al movimiento fueron frecuentes, y las in-
4 Ibidem, vol. 5, pp. 254-284.
5 Cfr. nota 73.
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vocaciones tuvieron por objeto justificar una variedad de cuestiones de lo
más disímbolas entre sí.6
Al decir que el orden jurídico se actualizaba del modo anteriormente
descrito y, que la dinámica normativa entre 1917 y 1997 tenía las caracte-
rísticas acabadas de apuntar, no estamos pensando en un modelo normati-
vo de carácter estático, tampoco querer aludir a una modalidad puramente
mecánica de producción de normas. Sin embargo, y de modo genérico, sí
podemos aducir que el orden jurídico estaba sujeto a una serie de condicio-
nantes que propiciaban ciertos patrones de regularidad en la producción e
interpretación de las normas jurídicas, y que esos patrones provenían, en
buena medida, de la representación que se tenía de la Constitución. Las
razones en que podemos sustentar la existencia de estos patrones son de
diversos tipos, y aun cuando sea brevemente, conviene dejarlas señaladas.
En primer lugar, debemos destacar las condicionantes mismas de pro-
ducción de los distintos tipos de normas, comenzando por las generales.
Debido a que el PRI dominaba la integración de los órganos (a nivel fede-
ral y a nivel local) de producción de leyes, determinaba el contenido de
las mismas (tal como acontecía con los tratados internacionales). Al con-
trolar la integración de los órganos legislativos federal y locales, estaba
también en posibilidad de controlar el procedimiento de reformas a la
Constitución (artículo 135) y determinar así la validez de las normas de
todo el orden jurídico mexicano. En lo tocante a las normas generales
de segundo grado, los titulares de los órganos ejecutivos estaban faculta-
dos para emitir reglamentos, acuerdos, circulares, etcétera, y determinar
con ello las condiciones de aplicación de buena parte de las normas emiti-
das por el legislador. Pasando a las normas individuales, debemos recordar
que las mismas son producidas, fundamentalmente, por los titulares de
los órganos jurisdiccionales y administrativos, y que los nombramientos,
sueldo, responsabilidad y estabilidad de los mismos dependían de las de-
cisiones tomadas por los titulares de los órganos electos, o por personas
designadas en razón a su “ cercanía” , “ amistad” , etcétera, con los titula-
res de los órganos identificados con el régimen.
En segundo lugar, conviene tener en cuenta que, como ya se apuntó, el
predominio del titular del Ejecutivo llegó a ser verdaderamente relevante
(tanto a nivel federal como local), de ahí que buena parte de las iniciativas
6 Sobre este particular, cfr., los cuatro volúmenes de Los presidentes de México. Discursos
políticos 1910-1988, México, Presidencia de la República, El Colegio de México, 1988.
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de ley hubieran sido presentadas por él y el sentido de las normas jurídicas
se establecía, en un buen número de casos, a partir de las determinaciones
expresadas por él en la correspondiente exposición de motivos.7 De esta
manera, cuando diversos órganos de interpretación (obviamente no todos
ni en todos los casos) tenían que individualizar contenidos, lo hacían a par-
tir de los pronunciamientos de la señalada exposición de motivos.8
En tercer lugar, la existencia de patrones se explica también por el
modo como se enseñaba y se reproducía el conocimiento jurídico. Duran-
te buena parte de los años a que nos estamos refiriendo, las élites del país
se formaron en la Universidad Nacional Autónoma de México, y sus pro-
fesores dieron a conocer sus ideas mediante un número reducido de casas
editoriales. El profesor Camp ha señalado sobre este particular, que en el
país existieron entre 1935 y 1976, ciertos patrones en la formación de éli-
tes y de reclutamiento político, patrones en los cuales fue fundamental la
función de la Facultad de Derecho de la UNAM.9 Así las cosas, práctica-
7 Al respecto, cfr. Cossío, José Ramón, y Raigosa, L., “ Régimen político e Interpretación
Constitucional en México” , Isonomía, núm. 5, pp. 41-64.
8 Los criterios jurisprudenciales fueron particularmente relevantes en la determinación de los
sentidos interpretativos a partir de la voluntad del legislador. En primer momento, la posición fue,
justamente, preferir la significación usual de las palabras a esa pretendida voluntad (SJF, 5a. época,
Pleno, 1929, t. XXVII, p. 819. 6a. época, t. XXXVII, p. 13), sin embargo, en ese mismo año (1929),
la Primera Sala declaró que en materia penal la interpretación “ no debe ser ni extensiva, ni restrictiva
sino sólo declarativa de la voluntad del legislador” (SJF, 5a. época, t. XXVI, p. 1277). En 1938 la
Primera Sala estableció que para la interpretación auténtica debía recurrirse al Diario de los Debates
del Constituyente (SJF, 5a. época, t. LVI, p. 629), o bien, a la exposición de motivos expresada por el
legislador (SJF, 5a. época, 1948, t. XCVIII, p. 2038 y 1994, t. c. p. 1655. La propia Primera Sala
determinó en 1946 una apelación de métodos interpretativos de las leyes penales, poniendo en primer
término a la fuente originaria, entendida como “ aquella en donde el legislador expresa de manera
concreta su pensamiento y su voluntad” (SJF, 5a. época, t. XCVIII, p. 2038), y en 1952 determinó
que “ como consecuencia del carácter imperativo de la ley debe interpretarse (la ley) según la volun-
tad que ha precedido a su origen” (SJF, 5a. época, t. CXI, p. 2244). La Segunda Sala sostuvo también
la voluntad o intención del legislador como criterio determinante de interpretación (SJF, 5a. época,
1953, t. CXV, p. 359; 6a. época, 1960, t. XXXVI, p. 11). Si bien en algunos otros momentos introdu-
jo el concepto más objetivo de la “ voluntad de la ley” (SJF, 5a. época, 1955, t. CXXV, p. 1685). La
Cuarta Sala también sostuvo el criterio de que la jurisprudencia “ sólo es la interpretación de la volun-
tad del legislador” (SJF, 7a. época, 1979, t. 151-156, p. 149), mientras que la Sala Auxiliar sostuvo
que el legislador “ actúa como unidad psicológica de voluntad” (SJF, 5a. época, 1955, t. CXXIII, p.
802), si bien en ese mismo año también sustentó el criterio de la voluntad de la ley (SJF, 5a. época, t.
CXXV, p. 1685). Finalmente, los tribunales colegiados sostuvieron que el método auténtico tenía
prioridad por provenir del órgano productor de la norma (SJF, 7a. época, 1986, parte III, p. 319), que
en la exposición de motivos se expresaba la voluntad del legislador y que a ella debía atenderse (SJF,
época, 8a. 1986, t. I, segunda parte-1, p. 397), y que la jurisprudencia no era sino la expresión de la
voluntad del legislador (SJF, 8a. época, 1988, t. XI-marzo, p. 303; 8a. época, t. XV-II, febrero).
9 Los líderes políticos en México. Su educación y reclutamiento, trad. de R. R. Mazzoni, Méxi-
co, FCE, 1985, pp. 16 y 17.
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mente todo el conocimiento considerado como relevante para los aboga-
dos, provenía de esas dos fuentes, y desde ellas se generaba un predomi-
nio en todo el país debido, en buena medida, a la falta de opciones educa-
tivas. Adicionalmente, debe tenerse en cuenta que por ser la Universidad
Nacional el centro de formación de las élites jurídicas, sus estudiantes
eran preparados y gozaban de las condiciones para ocupar la titularidad
de buena parte de los cargos públicos más relevantes, cargos que no se
alcanzaban si no se mostraba un grado importante de aceptación de la or-
todoxia jurídica en que vivía el país, i. e.,10 las condiciones de domina-
ción priistas y la representación paradigmática de la Constitución de
1917.11 Debido también a que dentro de los órdenes romanistas el estudio
del derecho se limita fundamentalmente a las normas generales, y a que la
explicación de éstas se realiza a través de debates profesorales,12 no se
realizaba una mínima consideración de las normas individuales ni, por su-
puesto, de la pluralidad de sentidos y modalidades a que con estas normas
se daba lugar. El derecho explicado para todo el país era el federal, desde
el punto de vista de los profesores de la UNAM.
Si consideramos ahora en conjunto las tesis acabadas de exponer, en al-
guna medida hemos expresado las razones por las cuales es posible señalar
que en nuestro orden jurídico se dieron, primero, ciertos patrones de inter-
pretación relativamente regulares y, segundo, porque había en esos patro-
nes un grado importante de aceptación de la ideología priista. El derecho
público predominante era visto como la individualización de un texto
constitucional que resultaba del mismo movimiento social que daba origen
10 En este sentido, el propio Camp señala (Los intelectuales y el Estado en el México del siglo
XX, trad. de E. Suárez, México, FCE, 1988, p. 36), “ A medida que el proceso de reclutamiento político
en México se vuelve más centralizado y homogéneo, se vuelve cerrado. Se reduce el conjunto de los
individuos entre los cuáles se recluta a los políticos, y sus miembros deben tener características simi-
lares para llegar a la cima” . Igualmente, cfr. Hargens, L. L. y Hagstrom, W. O., “ Scientific Consen-
sus and Academic Status Attainment Patterns” , Sociology of education, 1982, vol. 55, pp. 183-196.
11 Ibidem, pp. 156 y, especialmente, 157-200. La página 216 concluye Camp: “ Esta última (la
Facultad de Derecho de la UNAM) ha contribuido con el mayor número en términos absolutos, de
políticos con éxito, pero debido a su tamaño, si se le compara con otras escuelas, las de economía e
ingeniería han contribuido proporcionalmente, con un mayor porcentaje de sus graduados al sector
público. Más que los estudiantes, los profesores han sido los principales responsables del inicio de
carreras públicas. Los alumnos, por su parte, han tenido un efecto similar en los patrones de carrera
tardío de sus compañeros. Si bien no se cree que la Universidad tiene una influencia exclusiva sobre
el reclutamiento y la movilidad en la carrera, si tiene un papel más importante que cualquier otra
institución u organismo por sí solos en México” .
12 Sobre este particular, cfr. Van Caenegen, R. C. An Historical Introducton to Private Law,
Cambridge, Cambridge University Press, 1992, pp. 173-177; Judges, Legislators and professors,
Chapter in European Legal History, Cambridge, Cambridge University Press, 1987.
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al régimen, se actualizaba con cada actuación del régimen y al actualizarse
mantenía viva la revolución, fundamento legitimante de la dominación
priista. Dejar actuar a un régimen que fundaba sus actos en la Constitución
era dar paso a la revolución permanente, aquella conducida por el PRI.
II. LA REPRESENTACIÓN DE LA CONSTITUCIÓN
Frente a una realidad en la que el derecho y la Constitución eran así
concebidos por un régimen hegemónico e incluyente, ¿qué tipo de expli-
caciones produjeron los juristas respecto al propio derecho pero, sobre
todo, respecto a la Constitución de 1917?
1. Los enfoques posibles
Comenzando con una distinción genérica, podemos decir que las re-
presentaciones de la Constitución podían reducirse a dos posibilidades
iniciales: primera, a una concepción desde el punto de vista jurídico-nor-
mativo y, segunda, a una concepción desde el punto de vista político. La
adopción de una u otra daba lugar, desde luego, a la toma de diversas
posiciones, así como al planteamiento y eventual aceptación de distintas
consecuencias.
A. El enfoque normativo
En términos generales, la aceptación de un enfoque normativo trae
como consecuencia comprender a la Constitución en términos funciona-
les, i. e., a partir de las funciones que ella y sus normas cumplen respecto
del orden jurídico. Así, y atendiendo a las funciones que suelen cumplir,
tales normas se analizarían en razón a la determinación de los órganos,
procesos y contenidos que deben cumplir o satisfacer el resto de las nor-
mas del sistema para ser válidas. En esta concepción, entonces, tendría
que darse cuenta de conceptos tales como los de supremacía, fuente de
fuentes, etcétera. Este tipo de enfoque, aun cuando pueda dar lugar a dis-
tintas modalidades, tiene como propósito fundamental concebir a la
Constitución como un conjunto de normas de jerarquía final para, a partir
de ahí, proponer interpretaciones a las distintas normas que la componen.
Estas interpretaciones, a su vez, son producidas desde la posición ideoló-
gica de quien las lleva a cabo, pero siempre bajo la aceptación de dos
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supuestos: primero, el del carácter normativo y positivo de la norma y,
segundo, el de la posibilidad de que diversas interpretaciones compitan
entre sí. La razón para sostener la primera noción estriba en el hecho de
que las normas constitucionales son normas debido al hecho fundamental
de que alguien las puso (normalmente a partir o de un acto de fuerza), que
esas normas permitieron crear otras, y que el conjunto de ellas adquirió
eficacia. Las razones de la segunda noción (posibilidad de diversas inter-
pretaciones) descansan en el supuesto de que las interpretaciones de las
normas son hechas por un conjunto de profesionales, quienes teniendo
como punto de partida una serie de normas jurídicas, construyen con ellas
los sentidos de las interpretaciones posibles. En este segundo caso, se dis-
tingue (aun cuando no explícitamente), entre las funciones llevadas a
cabo por el órgano productor de normas y las que realiza el jurista que
debe pronunciarse, justamente, sobre el sentido de las normas creadas.
B. El enfoque político
Al lado de la interpretación normativa, conocida desde hace años en
nuestro país desde las posiciones de las escuelas exegética, de conceptos
o kelseniana, existía una segunda propuesta teórica acerca del modo de
concebir la Constitución, misma que para simplificar podemos denominar
política. En este caso, la explicación de la Constitución y de sus normas
no es ya funcional, sino que en tanto entiende que el derecho es produci-
do por el poder, se acepta que la Constitución deba explicarse también
desde ese punto de vista. La noción de norma pasa aquí a un segundo
plano, pues la misma no tiene relevancia o autonomía. Así, determinada
una relación de causalidad entre poder y normas, ¿qué sentido o impor-
tancia tenía explicarse las segundas cuando se podían conocer los consen-
sos o causas determinantes de las propias normas? Desde el punto de vis-
ta político, el estudio relevante de la Constitución consiste o en construir
una teoría que explique en general las causas de la dominación política y
su plasmación (también general) en normas o, precisamente, en identifi-
car el movimiento o fuerza que propicia cierta dominación para a partir
de ahí identificar y explicar las normas concretas de esa dominación. Las
explicaciones políticas de la Constitución requieren, entonces, identificar
ideologías, relaciones de fuerza, sustancias, proyectos sociales, etcétera,
pues cada uno de esos elementos será, a fin de cuentas, determinante para
la comprensión de la Constitución y, sobre todo, de sus normas.
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2. La representación de Constitución de los juristas mexicanos
Si frente a los dos modos de ver la Constitución teóricamente posi-
bles a lo largo de este siglo, nos preguntamos por aquel que mayoritaria-
mente siguieron los juristas mexicanos, definitivamente tenemos que pro-
nunciarnos por el político. En efecto, si revisamos, y aquí es importante
atender a las condiciones que postulamos, la mayor parte de los escritos
de la mayor parte de los autores nacionales (lo cual quiere decir que hay
posiciones diversas en un número relativamente reducido de autores), te-
nemos que el punto de vista político prevaleció sobre el normativo aun
cuando, y por la importancia institucional de los sostenedores del propio
punto de vista político, el mismo haya llegado a ser determinante tanto en
el discurso académico como en los pronunciamientos de los órganos del
Estado.
Para demostrar nuestra afirmación acerca del sostenimiento del punto
de vista político, son los dos caminos que podemos seguir: en primer lu-
gar, identificando a la totalidad de los autores relevantes en el país, iden-
tificar sus principales tesis y, finalmente, establecer si efectivamente pue-
den incluirse en la corriente política; en segundo lugar, identificando las
principales tesis del pensamiento constitucional, evidentemente a partir
de la lectura de los autores relevantes, para después darles la asignación
apuntada. Entre las dos opciones señaladas, nos parece más adecuado
proceder en términos de la segunda, debido a que no nos obliga a realizar
una investigación individualizada y sí a lograr el resultado final al que
aspiramos: saber cómo es que, en conjunto, se concebía a la Constitución
en nuestro país. Si recordamos que para Barry, Bloor y Henry, un conoci-
miento no puede establecerse de manera detallada sino, más bien, de un
modo genérico y en razón a sus condiciones de desarrollo,13 es válido me-
todológicamente proceder de la segunda manera.
Analizando la obra de los autores que en materia de derecho constitu-
cional podemos considerar más representativos en el pensamiento jurídi-
co nacional en los últimos setenta años, podemos identificar las siguien-
tes tesis:
Primera: El liberalismo, producto de la Constitución de 1857, era un
modelo imperfecto de convivencia, en tanto se constreñía a limitar la ac-
tuación del Estado, de ahí que el mismo haya sido superado por un mode-
13 Scientific Knowledge. A Sociological Analysis, Chicago, The University of Chicago Press,
1997.
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lo superior de convivencia que garantizaba a los individuos y grupos cier-
tas condiciones materiales mínimas;
Segunda: el individuo debía ceder su posición en favor de la colecti-
vidad, expresada y garantizada en el texto constitucional;
Tercera: debía reconocerse la presencia constante y el mejoramiento
permanente de las grandes masas de la población, pues éstas, en particu-
lar los obreros y campesinos, habían sido la causa y el motor de la revolu-
ción;
Cuarta: la Revolución mexicana representaba una etapa más del de-
venir del pueblo mexicano, luego de haber logrado independizarse del
imperio que lo dominaba y de haber establecido una reforma en materia
de garantías individuales y relaciones Estado-Iglesia;
Quinta: aun cuando fuera una más de las etapas de una larga y penosa
evolución nacional, la Constitución de 1917, resultante de un movimiento
social, tenía un sentido originario y exclusivo en la historia universal, lo
cual demostraba que el pueblo de México, pero sobre todo su Constitu-
ción, debían ser objeto de aceptación y admiración;
Sexta: por ser el producto de una evolución (1810-1910) y de una re-
volución (1910-1916) propias, la esencia de la Constitución de 1917 era
tan nacional, tan peculiar, que su comprensión sólo podía hacerse desde
la mexicanidad,14 lo cual descalificaba de entrada a los estudios “ extran-
jerizantes” que sobre ella quisieran realizarse;
Séptima: la Constitución mexicana hizo realidad el ideal de la revolu-
ción por una mayor justicia social y por una igualdad real en favor de la
dignidad, de tal manera que esos ideales constituyen su esencia misma;
Octava: la Revolución mexicana se hizo norma constitucional, de ahí
que la creación, la interpretación y, en general, el sentido de ella, no eran
sino la ejecución o realización de la revolución misma;
Novena: la Constitución, por ende, debía explicarse a partir de los an-
tecedentes, supuestos, ideales, programas, etcétera de la revolución, y no
atender de modo determinante a sus características jurídicas, pues esto úl-
timo hubiera llevado a realizar un ejercicio puramente “ técnico” , “ frío” ,
“ impersonal” de una Constitución que provenía de un movimiento social
vivo. Así la Constitución tenía que entenderse en términos sustanciales (y
no funcionales), pues ello permitía llegar a comprender su “ esencia” ;
14 Gaos, J., “ En torno a la filosofía del mexicano” , Obras completas, México, 1996, t. VIII, pp.
338-349, principalmente donde expone el círculo vicioso en que se incurre al hablar “ de lo mexica-
no” en términos sustancialistas.
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Décima: si la Constitución era el producto de una revolución, es de-
cir, de un movimiento armado que había luchado y había triunfado, la
Constitución contenía las “ decisiones políticas fundamentales” de ese
movimiento, de manera tal que no podía ser comprendida sólo a partir de
tales decisiones;
Decimoprimera: al ser la Constitución el producto del movimiento
revolucionario, debía aceptarse su supremacía en tanto recogía las gran-
des decisiones políticas; sin embargo, debido a que tales decisiones eran
políticas, no podía aceptarse la normatividad constitucional, pues ella hu-
biera conllevado la aceptación de un criterio “ técnico” o “ formal” para
la interpretación de su texto;
Decimosegunda: la Constitución y, sobre todo, la dominación política
ejercida con base en ella, eran legítimas en tanto una y otra eran producto
de un movimiento social encaminado a lograr “ el constante mejoramien-
to de los miembros más pobres y desprotegidos de la sociedad” ;
Decimotercera: las garantías individuales o derechos humanos eran
connaturales al hombre y, por ende, anteriores al Estado, y por su propia
importancia debían ser comprendidos de manera sustancial y con profun-
didad, y no verse sólo a partir de la técnica jurídica, pues ello daba lugar a
explicaciones inadecuadas, y
Decimocuarta: a pesar de las innumerables reformas que se hubieran
producido a la Constitución de 1917, por un lado se mantenía su esencia
misma en tanto ninguna de ellas desconoció, ni pudo desconocer, el pro-
yecto primigenio y, por otro lado, todas ellas estaban justificadas en tanto
eran también la adecuación del movimiento que les había dado origen.
Si consideramos en conjunto las tesis apuntadas, resulta evidente que
varias de ellas son contradictorias con respecto a otras. Así, por ejemplo,
es difícil sostener que algunas de las normas constitucionales son preexis-
tentes a la Constitución y otras el resultado de una lucha política que dio
lugar a ella; igualmente, parece complicado admitir que la totalidad de las
reformas constitucionales llevadas a cabo entre 1917 y 1997 resulten de
las mismas “ fuentes” que dieron lugar a la revolución de 1910; por últi-
mo, también resulta difícil entender cómo es que el liberalismo fue com-
pletamente “ derrotado” por las ideas sociales producidas en y por la re-
volución, cuando varios preceptos constitucionales tienen un origen
liberal.
Frente a estas contradicciones, puede adoptarse una de las siguientes
soluciones: primera, estimar que los juristas mexicanos efectivamente in-
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currieron en esas contradicciones o, segunda, establecer que no había tal
contradicción atendiendo a los términos de su propio discurso. Desde
nuestro punto de vista, la segunda de las opciones es correcta en tanto
que, efectivamente, el conjunto de las tesis formuladas se articulaban a
partir de una concepción adicional y no siempre explicitada. Para com-
prender esta última cuestión, resumamos las tesis apuntadas: con anterio-
ridad a la Constitución de 1917 existían una serie de derechos naturales
de las personas y una tradición jurídica nacional desenvuelta por etapas
que, con motivo del movimiento armado de 1910, dieron lugar a una serie
de decisiones que fueron llevadas a la Constitución. El doble origen de la
Constitución (histórico-natural y político-social) dio lugar a un texto úni-
co que se legitimaba por ese doble origen. Debido a sus peculiaridades
genéticas y materiales, cualquier reforma o adición constitucional gozaba
del influjo originario, de manera tal que todo cambio fue la develación de
la idea originaria. Para poder sostener tal originalidad era preciso recono-
cer la falta de importancia de las etapas anteriores, primordialmente del
liberalismo, pero no en la medida que impidieran mantener la “ dialécti-
ca” de la historia jurídica nacional. Superados estos obstáculos históricos,
y determinado el doble origen de la Constitución, se estaba en posibilidad
de asumir que la Constitución se reducía en su esencia a un conjunto de
decisiones políticas fundamentales derivadas de los factores reales del
poder que, por lo demás, habían decidido reconocer y someterse a una
serie de derechos individuales preexistentes.
Apuntado que la Constitución se representaba de modo político, vol-
vamos al problema de la unificación de las tesis, asunto que nos llevará
también a exponer cómo se dieron las relaciones entre juristas y poder
político.15 Una primera cuestión a determinar es que el modo como la
Constitución fue concebida, comenzó a darse a partir de los años 40. Si
nos preguntamos qué acontecía en esa época, debemos recordar que eran
los años de consolidación de los sistemas de partido hegenónico y presi-
dencialismo “ imperial” o, como lo ha llamado Molinar, de la formación
del sistema político “ clásico” .16 Esta distinción temporal no es en modo
alguno trivial, pues lo primero que debe tenerse en cuenta es que la idea
que en nuestro país se formó de la Constitución no era natural, sino que
15 Florescano, E., “ Breve incursión en los sótanos del oficio” , La historia y el historiador, Mé-
xico, FCE, 1997, p. 40.
16 Molinar, Juan, El tiempo de la legitimidad. Elecciones, autoritarismo y democracia en Méxi-
co, México, Cal y Arena, 1993, p. 17.
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fue construida de modo específico por los juristas.17 Una cosa es recono-
cer que en el Constituyente de 1916-1917 prevaleció cierta idea de Cons-
titución y otra suponer que por ese sólo hecho los juristas tenían necesa-
riamente que adoptar tal idea.
Frente a la posibilidad de “ elegir” entre varios modos de repre-
sentarse a la Constitución, nos parece que los juristas mexicanos optaron
por formular una imagen (y consecuentemente, una explicación) en rela-
ción directa con el tipo de dominación política que se estaba llevando a
cabo en el país. En otros términos, una vez que se había establecido la
Constitución de 1917, con base en ella se había dado un régimen que se
legitimaba en razón de la aplicación de la propia Constitución, y se ha-
bían comenzado a dar también un modelo político de dominación por par-
te de un partido que se designaba así mismo como el portador del ideal
revolucionario establecido en la Constitución, los juristas se formularon
una idea de la Constitución que ayudaba a justificar ese modo concreto de
dominación política. En razón de esta posición respecto al régimen, es
posible agrupar las tesis presentadas con anterioridad, pues esa misma po-
sición justificaba y permitía que todas ellas tuvieran un sentido uniforme.
Si en efecto, por una parte, el problema de los juristas mexicanos era
lograr la conformación de un objeto de estudio y, por la otra, las condi-
ciones imperantes en el país determinaban las condiciones sociales, pro-
fesionales, económicas, etcétera, de los propios juristas, sea en lo indivi-
dual o como miembros de un gremio, parecía importante conformar el
objeto de estudio de manera que ayudara a sostener tales condiciones so-
ciales imperantes. Al efecto, y volviendo sobre las tesis expuestas, sólo
que esta vez ordenadas a partir de los presupuestos acabados de apuntar,
veremos que los juristas mexicanos no formularon un pensamiento con-
tradictorio. Si la Constitución era, simultáneamente, el producto de una
dialéctica histórica, de un conjunto de derecho inherentes a la persona y
de las decisiones tomadas por los triunfadores de un movimiento armado,
el producto resultante debía ser considerado supremo y dotado de un altí-
simo grado de legitimidad. El segundo problema consistía en lograr que
los elementos “ propios” de la Constitución se pudieran hacer extensivos
al régimen político que de manera continua se venía ejerciendo, logrando
17 Un ejemplo particularmente interesante acerca de estas posibilidades de concebir diferencia-
damente al derecho, se encuentra en Frickey, Ph. P., “ Adjudication and its Discontents: Coheren-
ceand Conciliation in Federal Indian Law” , Harvard Law Review, vol. 110, núm. 8, junio de 1997,
pp. 17-57, principalmente.
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así la legitimación del régimen mismo. El modo de lograr esta segunda y
más delicada solución se llevó a cabo también a partir de la aceptación de
un punto de vista puramente político, en donde si la Constitución se apli-
caba por el régimen, la aplicación resultaba legitima y el régimen, por
ende, también lo era. Aquí valían los argumentos que hablaban de un li-
beralismo “ agotado” a partir de 1910, pues ello permitía y justificaba una
actuación más decidida y activa del Estado, y también se lograba la per-
manencia del régimen político y del modelo de dominación consiguiente
por el sólo hecho de suponer que las “ decisiones” previstas en la Consti-
tución eran fundamentales y que su cambio, por ende, exigía de un movi-
miento nuevo y violento. Así, se entendía que el Estado debía tener am-
plios márgenes de actuación, y que tal situación únicamente se podía
modificar por un acto de fuerza nuevo y violento.
Debido a que la Constitución se formulaba a partir de las condiciones
autoritarias ya explicadas, la apelación a los factores constituyentes que
le daban contenido a las decisiones políticas fundamentales propiciaba
una doble situación. En primer lugar, le daba al régimen unas condiciones
de uniformidad prácticamente absolutas, pues en una misma Constitución
había historia, revolución y derechos naturales. Al apelarse a cualquiera
de estas tres fuerzas como estándar o punto de referencia para contrastar a
la propia Constitución o al régimen, la respuesta era obvia: la Constitu-
ción era ya historia, revolución y derechos naturales, de manera que ello
funcionaba como parámetro final sin posibilidad alguna de apelación a un
elemento “ superior” previo. La función que cumplía aquí el conocimien-
to era perversa: a final de cuentas, todo el régimen y toda la Constitución
debían valorarse a partir de sí mismos, sin posibilidad alguna de utilizar
ni los criterios superiores apuntados (en tanto incorporados), ni las nocio-
nes del pluralismo político o el relativismo valorativo o normativo (en
tanto prevalecía un régimen autoritario). Esta noción de Constitución, en-
tonces, era el instrumento perfecto para un régimen que aspiraba a la ho-
mogeneidad social y para el cual la democracia se reducía a un problema
de sustitución periódica de los titulares de los órganos, pero no de las
condiciones de dominación, de las élites o de los postulados generales del
régimen.
En segundo lugar, el hecho de que la Constitución se concibiera
como producto de las “ fuerzas” apuntadas y comprendiera entre sus deci-
siones fundamentales los llamados “ derechos sociales” o, lo que es igual,
el conjunto de reivindicaciones obreras y campesinas, era de lo más apro-
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piado para lograr la dominación directa de esos grupos obreros y campe-
sinos. Dadas las condiciones de dominación corporativa consolidadas a
comienzos de los años 40, y siendo obreros y campesinos los sujetos di-
rectos de tales relaciones corporativas, era sumamente relevante exhaltar
de modo directo el pensamiento de los constituyentes a fin de hacer ver
que el régimen tenía su origen y destino en la elevación de las condicio-
nes de los grupos que sostenían los mecanismos electorales del partido.
Que no se pudiera resolver esta cuestión en lo inmediato no era obstáculo
para sostener tal ideología, pues a final de cuentas el país era pobre, atra-
sado y, justamente por ello, debían mantenerse las condiciones de domi-
nación para superar tal estado de cosas.
III. LOS FUNDAMENTOS TEÓRICOS DE LA REPRESENTACIÓN
DE LA CONSTITUCIÓN
Si miramos el modo como los autores mexicanos sustentaron sus ex-
plicaciones acerca de la Constitución tenemos que, efectivamente, los
mismos privilegiaron el “ punto de vista político” . Los juristas mexica-
nos, al adoptar este punto de vista, privilegiaron ciertos aspectos y, evi-
dentemente, dejaron de lado otros. Como es evidente, llevar a cabo esa
construcción tan relevante en favor del régimen no podía lograrse apelan-
do exclusivamente a las propias categorías de la Constitución, pues ello
hubiera conducido, en el mejor de los casos, a retomar las categorías de la
revolución social de 1910 tal como se habían expuesto por el Constitu-
yente de 1916-1917. Por este motivo, nos parece que los juristas mexica-
nos consideraron tres corrientes “ teóricas” adicionales para darle siste-
matización a su obra: primera, una corriente histórica, mediante la cual
sostuvieron que el estado de cosas existentes era producto de las leyes
mismas de la historia nacional y que, en virtud de tales leyes, no había
otra posibilidad o realidad que aquella que se enfrentaba; segunda, una
corriente de carácter iusnaturalista, a través de la cual se lograba conferir-
le al orden jurídico, nuevamente, un carácter supremo y “ moralmente co-
rrecto” , al punto de impedir que ese orden (producto de una dominación
autoritaria) pudiera ser contrastado contra cualquier parámetro superior;
finalmente, una corriente de pensamiento de tipo decisionista, mediante
la cual se pudiera justificar que el derecho era producto de una fuerza so-
cial actuante desde la revolución, que tal fuerza se había “ manifestado”
mediante decisiones políticas fundamentales y que cualquier modifica-
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ción de tales decisiones fundamentales requería necesariamente de la ac-
tuación de una nueva fuerza social.
1. Las leyes de la historia y ahistoricidad constitucional
En lo tocante al primer requerimiento teórico, las leyes de la historia,
hemos apuntado que simplemente se trataba de encontrar dos soluciones:
que la evolución de la historia jurídica nacional era el producto de un de-
venir histórico que había avanzado por etapas, donde cada una de ellas
representaba la continuación y el perfeccionamiento de los anteriores, y
que la Revolución mexicana y la Constitución de 1917 eran una etapa más
de esa evolución. La necesidad de encontrar tales constantes produjo una
explicación extraordinariamente simple de las historias nacional y del de-
recho, sobre todo por que se redujeron a descripciones muy vagas de las
normas jurídicas o de sus sucesivas reformas, o a la estimación del dere-
cho como parte de un bloque o etapa dentro de la “ dialéctica nacional” .
La historia del derecho, desde esta perspectiva, era una construcción ela-
borada a partir de un punto final cierto y predeterminado: la preparación
de la etapa superior que se vivía. No se trataba, entonces, de identificar
hechos relevantes, de describir sentidos de interpretación o de encontrar
las razones de producción de las normas jurídicas, sino de ir entrelazando
normas y acontecimientos para demostrar la “ concordancia” del derecho
con esa evolución. Así, y en síntesis, la historia del derecho y la conside-
ración general del derecho público (con contadas excepciones) no fueron
sino la representación de la ley de la historia nacional.
2. Iusnaturalismo y autoritarismo
El segundo apoyo teórico provino del iusnaturalismo. Aquí, argu-
mentando la protección del hombre frente al abuso del poder y la necesi-
dad de conferirle al individuo el mayor grado de autonomía posible frente
al Estado, se echó mano de las tesis que sostenían la preexistencia de los
derechos del hombre frente al mismo. Desde el momento en que se acep-
taba la existencia de tales derechos, por una parte, y se incorporaban éstos
al orden jurídico, por la otra, se producía una situación en la cual el orden
jurídico no podía ser injusto, inmoral, opresivo, etcétera, toda vez que re-
cogía aquellos elementos que determinaban de por si la dignidad del indi-
viduo. Es importante destacar que la preminencia de tales derechos no
se hacía descansar en ninguna de las teorías éticas o iusfilosóficas que se
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fueran desarrollando a lo largo del siglo XX, sino que tal carácter única-
mente se hacía descansar en su reconocimiento directo y acrítico. Haber
optado por un sustento teórico más amplio habría significado entrar en
una competencia por las ideas y, de ese modo, exponerse a las críticas
que se formulaban. Por el contrario, sostener el carácter de los derechos
humanos en cuanto a su trascendencia y superioridad a partir únicamente
de las justificaciones de la libertad, el respeto al individuo y la dignidad de
las personas en un régimen autoritario sustentado en el orden jurídico que
se suponía recogía tales derechos, significaba justificar el modelo de do-
minación que se venía realizando.
3. Los teóricos decisionistas
Mediante la tercera vía de apoyo teórico, posiblemente la más impor-
tante de todas, se buscó sostener que la Constitución debía estudiarse en
términos políticos, debido precisamente al hecho de que la misma, prime-
ro, era el producto de un movimiento de ese tipo y, segundo, porque esen-
cialmente se componía de decisiones políticas. Decimos que en esta ex-
plicación se justifica o sostiene de modo fundamental la percepción
política de la Constitución, debido a que mediante ella se logra conferirle
su sentido de fuerza, de realización y, por consiguiente, ello permite reali-
zar su análisis en esos términos.
Es importante insistir en que si bien es cierto que el Constituyente de
1916-1917 se apoyó (al menos en la opinión de la mayor parte de sus
integrantes) en un entendimiento político de la Constitución, ello no sig-
nificaba que tal opinión tuviera necesariamente que ser adoptada por los
juristas mexicanos. En realidad, nos parece que debido al intento justifi-
catorio que se pretendía hacer de la revolución, la Constitución y el régi-
men, se buscó sostener el punto de vista político que permitía ver a la
Constitución como el producto de una fuerza social “ todavía” presente y
actuante.
A. Lassalle y la justificación del régimen en la fuerza del poder
Planteada la necesidad justificatoria acabada de apuntar, los juristas
echaron mano de las dos teorías decisorias más importantes de su época:
la de Ferdinand Lassalle y la de Carl Schmitt. Comenzando con la prime-
ra de ellas, recordemos que Lassalle pronunció en 1862 una conferencia
ante una agrupación de ciudadanos en Berlín a fin de responder a la pre-
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gunta ¿qué es una Constitución?18 En términos generales, el modo en que
ese autor responde a tal pregunta puede resumirse de la siguiente manera:
Lassalle comienza apelando a la necesidad de lograr la mayor pureza en
la ciencia, misma que identifica con claridad y, a partir de ahí, invita a sus
oyentes a despojarse de todos sus prejuicios a fin de poder recibir la clari-
dad del conocimiento que habrá de exponerles.19 Señaladas estas premi-
sas, Lassalle se pregunta nuevamente por aquello que sea una Constitu-
ción, rechazando de inmediato aquellas respuestas que pudieran plantear
los juristas pues, dice, éstos se limitan a contestar sobre los orígenes o
funciones de ella, pero no aquello que sea. Esto le lleva a buscar una res-
puesta esencialista y atemporal a fin de “ descubrir” aquello que la Cons-
titución sea. Lassalle procede entonces mediante la utilización del género
próximo y la diferencia específica, comparando a la Constitución con
aquello que encuentra más parecido: la ley. Como semejanza, Lassalle
encuentra que ambos deben ser promulgadas; sin embargo, sigue dicien-
do: el que esto sea así no quiere decir que sean iguales, pues las Constitu-
ciones son algo más que simples leyes. Para determinar ese algo más,
Lassalle acude a varios ejemplos y concluye afirmando que la Constitu-
ción es la ley fundamental de un país. Hecho lo anterior, la pregunta atañe
a aquello que permite caracterizar a una ley como fundamental, misma
que responde en los siguientes términos: una ley es fundamental si ahon-
da más que las demás leyes; si constituye el fundamento de otras leyes, es
decir, que “informe” y “ engendre” las demás leyes basadas en ella, y
que domine a las cosas de tal manera que les impida ser de otro modo,
toda vez que la fundamentalidad opera como ley necesaria. Así pues,
para Lassalle la fundamentalidad consiste en la imposición necesaria de
la ley (a la manera de las leyes naturales) respecto de todo aquello que le
esté subordinado, de ahí que necesariamente (en sentido natural) las co-
sas deban ajustarse a ella. De este modo, para que una Constitución sea
ley fundamental debe dominar a la totalidad de las leyes “ subordinadas”
y, de no hacerlo, no puede considerarse que cuenta con tal fundamentali-
dad. Lassalle encuentra que aquello que tradicionalmente se llama Cons-
titución (el decreto escrito), no cuenta con la fuerza informadora necesa-
ria para darle tal fundamentalidad (en razón de que no domina a las
18 La obra lleva el mismo título, y en lo que sigue se cita por la edición de la editorial Ariel
(Barcelona, 1976), cuya traducción fue hecha por Wenceslao Roces.
19 Sobre el concepto de ciencia en Lassalle, cfr. La science et les travailleurs, Discours et
Pamphlets, V. Dave/ L. Remy, trad., París, U. Giard/E. Briere, 1903, pp. 75-140.
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leyes), de ahí que esa función de fundamentalidad deba buscarse en otro
lado. Llegado a este punto, Lassalle afirma que tal fuerza de dominación
se encuentra en los llamados “ factores reales de poder” , es decir “ ... esa
fuerza activa y eficaz que informa todas las leyes e instituciones jurídicas
de la sociedad en cuestión, haciendo que no puedan ser, en sustancia, más
que como tal y como son” .20
Debido a la temporalidad de cada sociedad, los factores reales de po-
der varían en cada una de ellas, al punto que cada sociedad tiene los pro-
pios y, por ende, su ley fundamental o Constitución. Ahora bien, ¿a qué
nos conduce sostener una posición como la de Lassalle? En primer lugar,
es importante reconocer la inicial apelación al normativismo, mismo que
se logra al “ desplazar” las categorías de pensamiento “ o prejuicios” del
auditorio; en segundo lugar, nótense también los sucesivos cambios de la
expresión “ ley” , desde un sentido fundamentalmente normativo hasta
otro físico o causal; en tercer lugar, el sentido propio de la Constitución
se hace recaer en su poder de dominación o fuerza real para, finalmente,
estimar que esa fuerza radica en factores de fuerza social y que es a través
de ella que se ejerce la dominación política “ real” .
Si recordamos la función de denuncia del escrito de Lassalle, su bio-
grafía socialista, etcétera.21 fácilmente podemos entender que estaba plan-
teando la necesidad de que el pueblo no se dejara engañar con las modifi-
caciones al texto de la Constitución. En su conferencia buscaba que ese
mismo pueblo entendiera que la dominación de que era objeto no prove-
nía del texto constitucional, sino de los “ factores reales de poder” que le
daban origen. Cuando en el caso mexicano, por el contrario, se recibe esa
doctrina de manera acrítica, con el propósito de “ aplicarse” a un orden
jurídico autoritario, y a efecto de sostener que tal orden necesariamente
resulta de ciertos factores de poder (la revolución, el régimen, la historia
nacional, etcétera) lo que se logra es establecer una vía o modo privilegia-
do para justificar el statu quo.
20 Ibidem, p. 62.
21 Cfr., la introducción de Eliseo Aja, a la obra de Lassalle, pp. 5-41; Lukács, G., El asalto a la
razón, trad. de W. Roses, Barcelona, Grijalbo, 1975, pp. 52 y 53; Dayan-Herzbrun, S., Correspon-
dance K. Marx-F. Lassalle 1848-1864, París, Presses Universitaries de France, 1977, pp. 7-41.
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B. Schmitt y la imposibilidad de cambio del régimen imperante
La segunda de las corrientes aludidas, la correspondiente a Carl
Schmitt, fue adoptada por un amplio número de autores nacionales,22 si
bien de un modo parcial. En realidad, podemos decir que en México no se
llevó a cabo una lectura completa de las obras de este autor ni se asumie-
ron en plenitud los supuestos que guiaron sus distintos escritos. El modo
como los autores “ se apoyaron” en Schmitt fue a partir de algunos de sus
principales conceptos, lo que no puede verse como un ejercicio inocente.
Así, el modo como Schmitt fue estudiado y explicado posiblemente se
explique por la intención “ pragmática” de nuestros juristas, i. e., más por
el intento por obtener algunos puntos de apoyo para sostener la interpreta-
ción político-decisionista de la Constitución, que por realizar una labor
exegética de la totalidad de su obra. Esta parcialidad en el estudio nos
permite, sin embargo, enfrentar de un modo más preciso la “ reconstruc-
ción” del pensamiento de Schmitt23 ya que nuestro interés por ahora estri-
ba en relacionarlo con la dogmática constitucional mexicana.
Desde el momento en que los autores nacionales aplicaban selectiva-
mente a Schmitt, lograban introducir una serie de elementos que, pare-
ciendo neutrales, en realidad permitían apoyar el modelo de dominación
imperante. Nuestros autores utilizan de modo constante y crucial el con-
cepto schmittiano de las “ decisiones políticas fundamentales” . Para com-
prender cabalmente el sentido del mismo y su utilización, analizaremos
tres cuestiones: primera, ¿cuáles son los presupuestos del concepto deci-
siones políticas fundamentales?; segunda, ¿cuáles son las consecuencias
que conlleva sostener tales conceptos en la teoría schmittiana? y, tercera,
¿qué consecuencias tuvo su utilización en México?
Como se sabe, Schmitt distinguió en su célebre “ Teoría de la Consti-
tución” 24 cuatro conceptos de Constitución, denominados absoluto (“ la
Constitución como un todo unitario” ), relativo (“ la Constitución como
una pluralidad de leyes particulares” ), positivo (“ como forma y modo de
ser de la unidad política” ) e ideal (“ llamado así en un sentido distintivo y
a causa de un cierto contenido” ). De estos cuatro conceptos, por ahora
22 Este aspecto fue puesto de relieve con anterioridad por el suscrito y por el profesor Luis
Raigosa en el artículo que cito en la nota 85.
23 Esta nota es adecuada en tanto que los diversos exégetas del pensamiento de Schmitt apuntan
la dificultad propia de su pensamiento y la variación de su discurso en el tiempo y las condiciones en
que lo produjo.
24 Trad. de F. Ayala, México, Editorial Nacional, 1981, pp. 3-47.
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nos ocuparemos del tercero, el positivo, en virtud de que es respecto del
mismo que se establecen los supuestos y el sentido de las “ decisiones po-
líticas fundamentales” . El modo de presentar el argumento es el siguien-
te: primero, es necesario distinguir entre Constitución y leyes constitucio-
nales, y no limitarse a disolver la primera en una pluralidad de leyes para
después tratar de agruparlas mediante una categoría formal;25 segundo, la
Constitución surge mediante un acto de poder constituyente, mismo que
“ ...no contiene como tal normaciones cualesquiera, sino, y precisamente
por un único momento de decisión, la totalidad de la unidad política con-
siderada en su particular forma de existencia” ;26 tercero, el acto “ consti-
tuye” la forma y el modo de la unidad política debido a que esa unidad es
anterior al acto constituyente;27 cuarto, lo cual implica afirmar entonces
que la misma unidad no surge de la Constitución, en tanto la “ ... Consti-
tución es una decisión consciente que la unidad política, a través del titu-
lar del poder constituyente, adopta por sí misma y se da a sí misma” ;28
quinto, esa Constitución no es absoluta ni vale en razón de sus elementos
internos o su propia sistemática;29 sexto, en realidad, “ la Constitución
vale por virtud de la voluntad política existencial de aquel que la da” ;30
séptimo, a diferencia de la Constitución, las leyes constitucionales valen
en virtud de la Constitución y presuponen a ésta;31 octavo, esto último es
así, en tanto que frente a la decisión existencial misma de la unidad políti-
ca, toda regulación normativa es secundaria;32 noveno, de ahí que todos
los conceptos establecidos en las normas no reciben su contenido y senti-
do de éstas, “ sino de la realidad concreta de una existencia política inde-
pendiente” ;33 décimo, la distinción entre Constitución y ley constitucio-
nal es posible debido a que la creencia de la primera no esté contenida
en una norma, ello en virtud de que en el fondo de toda normación “ ...
reside una decisión política del titular del poder constituyente ...” ;34 deci-
moprimero, ciertas determinaciones de las Constituciones, son algo más
que leyes y normaciones. Ejemplificando con la de Weimar, estima que
25 Ibidem, pp. 23 y 24.
26 Ibidem, pp. 24-86.
27 Idem.
28 Ibidem, pp. 24, 25 y 50.
29 Idem.
30 Ibidem, p. 87.
31 Idem.
32 Ibidem, p. 26.
33 Idem.
34 Ibidem, p. 27.
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LA REPRESENTACIÓN CONSTITUCIONAL EN MÉXICO 87
“ son las decisiones políticas concretas que denuncian la forma política de
ser del pueblo alemán y forman el supuesto básico para todas las ulterio-
res normaciones, incluso para las leyes constitucionales” ;35 decimosegun-
do, todo lo que vale en el estado alemán, sea por legalidad o por legitimi-
dad, vale por y en esas decisiones, las cuales “ ... extinguen la sustancia
de la Constitución” ;36 decimotercero, las ulteriores normaciones, las enu-
meraciones y delimitaciones de atribuciones, son “ relativas y secunda-
rias” frente a tales decisiones;37 decimocuarto, la Constitución es intangi-
ble y no puede ser afectada por un conflicto constitucional, mientras que
las leyes constitucionales pueden suspenderse en un estado de excep-
ción38 y, decimoquinto, la Constitución de Weimar es considerada como
una “ Constitución” que contiene decisiones políticas fundamentales en
favor de una democracia constitucional.39
Expuesta con algún detalle la noción de “ decisiones políticas funda-
mentales” , debemos ocuparnos ahora de dar respuesta a dos interrogan-
tes: primera, ¿cuáles son los presupuestos de tal noción? y, segunda, ¿qué
conlleva la aceptación de la misma? En lo tocante a la primera interro-
gante, recuérdese que las decisiones políticas fundamentales provenían
del poder constituyente40 y que este era definido por Schmitt como la
“ voluntad política cuya fuerza o autoridad es capaz de adoptar la concre-
ta decisión de conjunto sobre modo y forma de la propia existencia políti-
ca ...” .41 De este modo, el poder constituyente es voluntad política o,
como dice Schmitt, “ ser político concreto” .42 De acuerdo con las concep-
ciones imperantes en distintas épocas, la titularidad de ese poder constitu-
yente se ha asignado a distintos sujetos, tales como Dios en la época me-
dieval, o el pueblo o nación a partir de la Revolución francesa. En este
segundo caso, no puede haber un procedimiento mediante el cual la na-
ción encuentre regulada su actividad, de ahí que ésta manifieste su poder
“ mediante cualquier expresión reconocible de su inmediata voluntad de
conjunto dirigida hacia una decisión sobre modo y forma de existencia de la
unidad política” .43 Siempre que la fuerza y autoridad del poder constitu-
35 Idem.
36 Ibidem, p. 28.
37 Idem.
38 Ibidem, pp. 31 y 32.
39 Ibidem, p. 34.
40 Cfr. nota 97.
41 Ibidem, p. 86.
42 Ibidem, p. 87.
43 Ibidem, 95.
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yente sea reconocida, la Constitución será reconocida como legítima,44 lo
cual no equivale a hablar de legitimidad del poder público, pues ello equi-
valdría a sostener un absurdo.45
Si, como quiere Schmitt, las decisiones políticas fundamentales pro-
vienen del poder constituyente y este, a su vez, es una “ voluntad políti-
ca” , se hace necesario determinar entonces aquello que para Schmitt sea
voluntad política. Como se sabe, sobre esta cuestión escribió un conocido
trabajo El concepto de lo “ político” ,46 el cual puede estudiarse de modo
complementario debido a su cercana publicación respecto a la citada Teo-
ría de la Constitución.47 En lo que aquí interesa, Schmitt comienza afir-
mando que el concepto de Estado presupone el de “ político” ,48 donde “ la
específica distinción política a la cual es posible referir las acciones y los
motivos políticos es la distinción de amigo (Freund) y enemigo (Fein)” ,49
misma que debe ser tomada en su sentido “ concreto, existencial” , y no
como metáfora o símbolo.50 Esta distinción permite, según él, indicar el
grado de intensidad de la unión o separación respecto de otro, del extran-
jero, “ ... de modo que, en el caso extremo sean posibles con él conflictos
que no puedan ser decididos ni a través de un sistema de normas preesta-
blecidas ni mediante la intervención de un tercero, ‘descomprometido’ y
por eso imparcial” .51 Esta distinción y el modo de dominación conse-
cuente con ella, le permite a Schmitt realizar una afirmación que por su
importancia vale la pena transcribir íntegramente:
... puesto que, como se ha dicho, en la realidad concreta de la existencia
política no gobiernan ordenamientos y conjuntos de normas abstractas,
sino que hay siempre sólo hombres o grupos concretos que dominan sobre
otros hombres o grupos concretos, de modo que también aquí, naturalmen-
44 Ibidem, p. 101.
45 Ibidem, p. 103.
46 Se cita por la edición a cargo de José Aricó, México, Folios, 1985, cfr., igualmente, Negret-
to, G. I., “ ¿Qué es el decisionismo? Reflexiones en torno a la doctrina política de Carl Schmitt” ,
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 5a. época, año XL, núm. 161, julio-septiembre de
1995, pp. 68-72; Strauss, L., “ Remarques Sur La Notion de Politique de Carl Schmitt” , trad., Schle-
gal, París, Editorial Du Sevil, 1988, pp. 189-214.
47 Este hecho es importante si recordamos que, tal como lo señala Gómez Orfanel, es necesario
considerar el pensamiento de Schmitt en relación al momento en que se encontrara la “ evolución” de
su pensamiento. Cfr. Excepción y normalidad en el pensamiento de Carl Schmitt, Madrid, CEC,
1986.
48 El concepto de lo “ político” , p. 15.
49 Ibidem, p. 123.
50 Ibidem, p. 24.
51 Ibidem, p. 23.
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LA REPRESENTACIÓN CONSTITUCIONAL EN MÉXICO 89
te, desde el punto de vista político, el ’dominio’ de la moral, del derecho,
de la economía y de la ’norma’ tiene siempre únicamente un significado
político concreto.52
Determinados los presupuestos de las “ decisiones políticas funda-
mentales” , pasemos ahora a establecer los efectos de las mismas en la
obra de Schmitt. Debido a que el poder constituyente es una voluntad
existente, el mismo permanece en tanto permanezca la realidad que le da
sentido, de ahí que no pueda traspasarse, extinguirse o absorberse.53 De
igual manera, y debido también a las características de esa voluntad, si
una Constitución es suprimida o una ley constitucional quebrantada, el
poder constituyente no se suprime, sino que se hace activo frente a la
nueva situación.54 Una de las derivaciones más importantes de este modo
de razonar atañe a los límites a las reformas constitucionales. Aquí,
Schmitt observa que dicha facultad no puede considerarse ilimitada,
“ pues, al seguir siendo una facultad atribuida en ley Constitucional es,
como toda facultad legal-constitucional, limitada...” .55 En otros términos,
no es posible la reforma ilimitada, pues los procedimientos de reforma se
encuentran previstos en la norma que resultó de la voluntad del poder
constituyente, pero no es, sin embargo, la voluntad del constituyente mis-
mo o, lo que es igual, pero no por ello menos confuso, porque la posibili-
dad de reforma no es decisión política fundamental o, si lo es, no puede
lograr la supresión de otras decisiones políticas fundamentales. Si el po-
der constituyente define el modo y forma de ser de la unidad política, no
es posible que mediante la actuación de un conjunto de órganos constitui-
dos que no son esa voluntad constituyente, pueda modificarse la unidad
determinada por esta última.56
Aun cuando la política es determinante para establecer el concepto de
derecho y Constitución de Schmitt,57 por ahora únicamente debemos des-
52 Ibidem, pp. 69 y 70.
53 Teoría de la Constitución, pp. 105 y 106.
54 Ibidem, pp. 107 y 108.
55 Ibidem, p. 119.
56 Ibidem, p. 120.
57 Por vía de ejemplo, véase el modo como Schmitt pretendió determinar qué órgano debía ser
el guardián de la Constitución, La defensa de la Constitución, trad. de M. Sánchez Sarto, Madrid,
Tecnos, 1983, y de qué modo debía comprenderse al parlamentarismo (sobre el parlamentarismo,
trad. de T. Nelsson y R. Grueso, Madrid, Tecnos, 1990). En ambos casos son particularmente intere-
santes los estudios preliminares de cada una de esa obras llevadas a cabo por los profesores de Vega y
Aragón, respectivamente.
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tacar que las decisiones políticas fundamentales vienen a ser la manifes-
tación concreta del poder constituyente (nación) tomada a través del ór-
gano mediante el cual actúa, con objeto de definir el modo y la forma de
ser una unidad política, misma que puede definirse como tal en la medi-
da en que ha logrado la dominación efectiva de sus enemigos políticos.
Esa voluntad política puede establecer un documento (indebidamente
llamado Constitución), en el cual se determinen una serie de “ leyes
constitucionales” , o recogerse también en normas que expresen a las
propias decisiones políticas. En este segundo caso, los órganos constitui-
dos se encuentran imposibilitados para modificar tales decisiones, es de-
cir, las normas que los expresan, en virtud de que las mismas resultan de
una voluntad que ellos no encarnan. Así las cosas, debe reconocerse que
en el documento llamado Constitución existen, simultáneamente, expre-
siones del constituyente solo la forma de ser de la unidad política (na-
ción) y una serie de normas que no lo hacen. Conocer las primeras equi-
vale a conocer la sustancia de la Constitución y, por ende, del pueblo,
del Estado o de la nación. A partir de su conocimiento puede conocerse
simultáneamente la esencia de la política, del derecho y de la Constitu-
ción, en tanto esta última no es sino el reflejo o resultado causal de aque-
lla. Schmitt presenta en su obra, efectivamente, una teoría de la Consti-
tución o, lo que es igual, un modo de acercarse al estudio de cualquier
fenómeno político-constitucional; sin embargo, la comprensión de una
Constitución “ positiva” , concreta, no puede lograrse utilizando exclusi-
vamente tales categorías. Por el contrario, en tanto es el producto de una
realidad concreta, es necesario estudiar los hechos, las circunstancias y
las modalidades que le dan origen.
Para terminar este apartado, conviene preguntarnos qué significó para
los juristas mexicanos la adopción del pensamiento de Schmitt. Tal como
aconteció con Lassalle, Schmitt posibilitó un concepto de Constitución
para identificar al texto de 1917 y al régimen que lo aplicaba, como una
situación casi natural y poco menos que irreversible. Si el “ pueblo” de
México se había levantado en armas en 1910 y la Constitución de 1917
era el producto de ese levantamiento, la Constitución contenía un conjun-
to de decisiones que únicamente podían ser modificadas por el pueblo
mediante actos violentos de carácter revolucionario. Sin embargo, como
los acontecimientos de 1910 y los resultados de 1917 tuvieron una esen-
cia revolucionaria y plasmaron de modo sustantivo “ lo mexicano” a par-
tir de, cuando menos, la vida independiente, era poco factible que ese
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LA REPRESENTACIÓN CONSTITUCIONAL EN MÉXICO 91
mismo pueblo quisiera o pudiera realizar una revolución para terminar
con la revolución actuante que administraba el régimen. Si la Constitu-
ción, en síntesis, era producto de una decisión tomada por una voluntad y
esa voluntad se mantenía viva y actuaba a través de las normas constitu-
cionales, no había otro remedio que aceptar las decisiones de tal voluntad.
Igualmente, al identificarse y aceptarse tal voluntad, no era relevante el
estudio normativo de la Constitución de 1917, pues este era puramente
“ formal” y “ superficial” , en tanto no podía captar la esencia del pueblo
mexicano cuya voluntad había dado lugar a la Constitución. Por el con-
trario, lo verdaderamente determinante era captar esa esencia, esa sustan-
tividad y, a partir de ahí, realizar el estudio e interpretación de las normas
constitucionales. Finalmente, no deja de llamar la atención el hecho de
que tanto en el pensamiento de Schmitt58 como en el de muchos de los
juristas mexicanos que estudiaban a la Constitución, hubiera una posición
constante de rechazo al liberalismo y a su “ burguesa” y “ decadente” for-
malidad. En ambos casos parece ser que se trataba de abrir las puertas a
un decisionismo, lo cual era claramente factible una vez que se había su-
puesto, en términos absolutos, la existencia de una voluntad actuante que
se expresaba por medio de decisiones.
IV. LOS EFECTOS DE LA REPRESENTACIÓN CONSTITUCIONAL
DOMINANTE EN GENERAL
Hasta aquí hemos descrito el modo como la corriente mayoritaria de
los juristas mexicanos conceptualizaron o concibieron a la Constitución
de 1917. Este modo de proceder produjo diversas consecuencias en tanto
que, por una parte, eliminó o marginó otras posibilidades de conceptuali-
zación y, por la otra, generó una serie de relaciones específicas de apoyo
al régimen político existente. Sin embargo, y de modo adicional a estas
dos, se produjeron otro tipo de consecuencias en relación con la propia
jurisprudencia constitucional: primeramente, aquellas que se dieron en
torno al modo de explicar la Constitución y, también, las que se produje-
ron respecto a los intentos por llevar a cabo explicaciones alternativas.
58 Este punto parece ser casi unánime en la literatura secundaria acerca de Schmitt. Sobre el
particular, y únicamente por vía de ejemplo, cfr. Gómez Orfanel, G., op. cit., pp. 275-278; Negretto,
G. I., op. cit., pp. 68 y 69; Estévez Araujo, J. A., La crisis del Estado de derecho liberal. Schmitt en
Weimar, Barcelona, Ariel, 1989.
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1. Principales efectos en la explicación constitucional
Comenzando por las consecuencias que se derivaron de la aplicación
de la apuntada representación de la Constitución, podemos señalar una se-
rie de aspectos, mismos que aun cuando hacen su aparición en los años 40,
progresivamente adquieren intensidad, extensión y predominio. Una pri-
mera característica es que las normas constitucionales, que en una primera
época se estudiaban exegéticamente y con poca relación a las teorías cons-
titucionales que se decía iban a ser seguidas, poco a poco comenzaron a
ser explicadas a partir de las “ exposiciones de motivos” utilizadas por el
presidente de la República para justificar su iniciativa de reformas. Tal
como se señalo respecto de los juzgadores,59 los juristas desconocieron su
posición de intérpretes de los preceptos para delegar la determinación de
los sentidos en los señalamientos explícitos de las exposiciones de moti-
vos de las iniciativas de reforma presentadas por el presidente. En reali-
dad, y a pesar de haberse construido una ideología revolucionaria para
justificar la dominación que el régimen realizaba a partir de la Constitu-
ción, los juristas interpretaban esta última en “ términos presidenciales”
(si bien no originaria, pero sí crecientemente). Adicionalmente, se esta-
bleció una fuerte corriente nacional cuyo conocimiento de la Constitución
se limitó a señalar todos aquellos antecedentes y procesos de reforma que
habían dado lugar a la norma en vigor, “ encontrando” siempre (o casi
siempre) los elementos de hecho necesarios para justificar la evolución
constante de ese precepto hacia estados superiores, y en buena medida la
relación, aquí sí, entre la revolución y la propia reforma. El modo de pro-
ceder, entonces, se limitó a realizar una descripción poco interesante de
los procesos históricos internos del cambio constitucional.
En las descripciones constitucionales a que asistimos, se presentó
también un curioso rechazo a la utilización de los criterios sostenidos por
los tribunales, de manera tal que esa descripción no incluía las interpreta-
ciones de aquellos órganos (primordialmente la Suprema Corte de Justi-
cia) cuya función era individualizar las normas apuntadas. En el mejor de
los casos, la jurisprudencia era presentada como un anexo final o, y lo
cual es francamente grave, como el modo mediante el cual el autor seña-
laba las tesis correspondientes para demostrar que la propia Suprema
Corte coincidía con su criterio. La pérdida de relevancia de la jurispru-
dencia dentro de la explicación dogmática tuvo su momento culminante
59 Cfr. nota 86.
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en la segunda mitad de los años 60, pues en ese entonces se dejaron de
comentar sistemáticamente las tesis de los tribunales en las principales
revistas jurídicas nacionales (Revista de la Facultad de Derecho de la
UNAM, Boletín Mexicano de Derecho Comparado, etcétera). Así, una
vieja tradición nacional desapareció casi por completo (aun cuando no
sólo en materia constitucional), quedando la explicación prácticamente
reducida a la descripción histórica interna y a la utilización de las exposi-
ciones de motivos.
Está por demás decir que en el modo de proceder señalado había es-
caso interés por hacer de la Constitución un objeto de estudio normativo.
Este tipo de enfoque hubiera dado lugar al estudio funcional de las nor-
mas de aquella. Así, el ejercicio a realizar hubiera tenido que “ limitarse”
a lo siguiente: a admitir que la Constitución se forma por normas jurídi-
cas; a determinar las funciones de tales normas respecto a otras normas de
la Constitución o las inferiores a ella, y a señalar los sentidos posibles de las
normas constitucionales, las posibles interpretaciones que en el futuro po-
drían darse sobre ellas, oponerse a otras interpretaciones, etcétera. Por el
contrario, y dadas las relaciones apuntadas entre revolución, Constitución
y régimen, la segunda se presentó como un objeto de estudio sustantivo y
emotivo, simultáneamente.60 Los juristas mexicanos, en efecto, y primera-
mente, producían un conocimiento que permitía comprender a la Consti-
tución a partir de un origen único articulado por una gran fuerza social,
pero también como un ente que tenía una finalidad preestablecida a la
cual aspiraba y lograba día a día. Al comprender así a la Constitución, se
estaba en posibilidad de “ amarla y sufrirla” ,61 pues ella, como un ser, te-
nía origen, vida y destino. La Constitución podía ser un objeto de amor
de los juristas, en tanto que su propósito era lograr “ la redención de
los menos favorecidos” , “ de aquellos que habían derramado su sangre”
en la lucha revolucionaria, “ de aquellos que le daban a este país su esen-
cia, su mexicanidad” , etcétera. La única división que admitía la sustanti-
vidad constitucional debía darse en términos sustantivos: las decisiones
políticas fundamentales. La relación de la fuerza impulsora con el texto,
le daba a este último su sentido. Había ¿7, 9 o 14 decisiones políticas fun-
damentales en la Constitución? Esta pregunta, que pudiera parecer cerca-
na a un devaneo medieval, era sin embargo, intensa y apropiada. Su for-
60 Sobre estas notas, cfr. Crosby, A. W., The Measure of Reality, Nueva York, Oxford Univer-
sity Press, 1997, pp. 21-47.
61 Camus, A., El mito de Sísifo, trad. de L. Echévarri, México, Alianza/Lozada, 1997, p. 32.
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mulación misma, pero sobre todo su respuesta, resultaba de la pertinencia
de conocer la esencialidad subyacente para, a partir de ahí, identificar sus
manifestaciones más conspicuas.
2. La situación de las representaciones distintas
En lo concerniente a la situación que se produjo entre el punto de vis-
ta dominante y “ los otros modos” de explicar la Constitución, también
deben destacarse varias cuestiones.62 En primer lugar, y como punto de
partida, debe señalarse la relación entre el régimen y los juristas que con-
ceptualizaban la Constitución en los términos apuntados. Debido a que
los segundos producían interpretaciones favorables al régimen, el régi-
men les atribuía fondos crecientes, les confería premios y distinciones y
los exhaltaba hasta hacerlos aparecer como los más prominentes miem-
bros de la profesión. Una vez asentados en tal posición, sus comentarios o
posiciones en favor del propio régimen gozaban de una importancia de-
terminante. El beneficio era mutuo. En el futuro, los fondos, los congre-
sos, los recursos, las distinciones, las posiciones públicas, etcétera, serían
conferidas a ese selecto grupo de juristas, con el consiguiente rechazo o
segregación de quienes no pertenecieran a él.
La no pertenencia al grupo privilegiado de juristas se debía, funda-
mentalmente, a la pertenencia a un grupo que no sostuviera ideas jurídi-
cas semejantes o que se manifestara opuesto al régimen. Al ser más claro
el segundo caso, debemos detenernos en el primero. Por principio de
cuentas, ¿quiénes eran los juristas “ distintos” ? Como respuesta general,
podemos decir que eran todos aquellos que no compartían alguna de las
siguientes ideas: primera, que la Constitución debía verse en términos po-
líticos; segunda, que la Constitución fuera el producto exclusivo de la vo-
luntad actuante en el movimiento revolucionario de 1910 y, tercera, que
la Constitución de 1917 y su individualización por el régimen fueran la
única vía o manera de llevar a cabo un proyecto social en favor de quie-
nes menos tenían. Cada una de las posiciones apuntadas puede ser desig-
nada de un modo, y cada una de ellas representa un proyecto acerca del
modo como debe ser conceptualizado el derecho.
62 Para muchas de las cuestiones que siguen, cfr. Florescano, E., op. cit., pp. 38-62.
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A. El rechazo al positivismo
En el primer caso, se trataba de un rechazo al positivismo jurídico,
tanto en el modo de comprender a las normas constitucionales (dogmática
constitucional) como en el modo de utilizar (o no) a las teorías generales
del derecho. Así, y salvo contadas excepciones, el derecho no era consi-
derado en términos estrictamente normativos, y las posiciones que lo ha-
cían así eran vistas como “ frías” , “ dogmáticas” , “ puramente descripti-
vas” , “ ajenas a nuestra realidad” , etcétera. Falsamente, se determinó que
las posiciones positivas rechazaban los valores en el derecho, lo vaciaban
de todo contenido y construían una entelequía. De este modo, la concep-
tualización de la Constitución seguida en otros países o la adopción de
una serie de teorías generales que definían al derecho de cierta manera
(Kelsen, Hart, Ross, etcétera) o que establecían sus relaciones con la mo-
ral (Rawls, Dworkin, Hart, etcétera), fueron completamente ignorados. El
derecho no podía conocerse en términos positivistas, pues hacerlo signifi-
caba atender a sus aspectos funcionales (no sustantivos), y a partir de ahí
tener que producir interpretaciones que al no poder ser justificadas como
derivadas de ninguna fuerza o sustancia, debían ser puestas a discusión en
igualdad de circunstancias, i. e., enfrentadas con opiniones diversas sin
que en ningún caso pudiera decirse que alguna o algunas de ellas fueran
“ mejores” que otras por derivarse o no de cierta base material única. El
positivismo, en el fondo, no era una amenaza al constitucionalismo impe-
rante por un supuesto rechazo o aceptación de valores. Al no aceptar nin-
guna sustancialidad inicial ni, mucho menos, la posesión de ésta por nin-
gún grupo específico, ponía a todas las interpretaciones posibles en
competencia; propiciaba un más amplio “ mercado de ideas” o, en otros
términos, permitía una “ lucha por la Constitución” que tenía como parti-
cipantes a las distintas fuerzas sociales que pudieran presentar una inter-
pretación alternativa de una norma constitucional o de la Constitución en
su conjunto.
B. El rechazo al iusnaturalismo (no revolucionario)
El segundo intento de visión alterna de la Constitución fue producido
por aquellos que negaban que la misma se debiera a un acto de fuerza y
de mera dominación. Para ciertos autores, la Constitución derivaba su va-
lidez de su concordancia o relación con una serie de valores o principios
superiores a ella misma. Se trataba, como es evidente, de un iusnaturalis-
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96 JOSÉ RAMÓN COSSÍO D.
mo “ clásico” , de hechura fundamentalmente católica, que a lo largo de
los años 30 a 60, fundamentalmente, trató de limitar la apropiación que el
régimen y sus juristas habían hecho de la Constitución. La solución que
encontraron fue postular su sometimiento a los “ valores trascendentales”
provenientes de la naturaleza del hombre o de dios mismo. Los sostene-
dores de esta corriente, al igual que los positivistas, fueron señalados di-
rectamente como “ reaccionarios” . Para rechazar su visión de Constitu-
ción y de la interpretación que proponían de las normas constitucionales,
se utilizó el mismo tipo de razonamiento histórico que permitió ver a la
revolución de 1910 y a la Constitución de 1917 como un proceso dialécti-
co, sólo que en un sentido diverso: “ la reacción” católica había sido ven-
cida en el siglo XIX por el movimiento liberal, etapa indiscutible del mo-
vimiento histórico que se vivía y fue negada de manera directa por el
Constituyente de 1916-1917. Por estas razones, no resultaba factible pre-
tender determinar la validez del derecho a partir del punto de vista iusna-
turalista o católico que se apuntaba; ambas posiciones habían sido históri-
camente canceladas en nuestro país.
De haberse aceptado una posición alternativa como la antes señalada,
hubiera resultado, primero, la necesidad de negarle a la revolución la
fuerza determinante para establecer una Constitución y todo un régimen;
segundo, tener que admitir que el régimen tenía limitaciones superiores
que no podía rechazar; tercero, que no toda actuación del régimen se jus-
tificaba por el sólo hecho de provenir de él y, cuarto, que las individuali-
zaciones o propuestas de interpretación que llevaron a cabo esos juristas
debían ser acordes con esos valores. Una posibilidad así (además de todas
las cuestiones que implica desde el punto de vista social), hubiera tenido
como consecuencia el que se “ frenaran” las posibilidades interpretativas
de los juristas, particularmente mediante la limitación al decisionismo que
había sido aceptado como punto de vista teórico.
C. El rechazo a las posiciones de izquierda
La última de las posibilidades de interpretación alternativa que hemos
identificado, es aquella que se postuló desde las posiciones de izquierda.
En este caso, sin embargo, debemos proceder con más cuidado que en los
dos casos anteriores, pues en realidad la izquierda no era muy propicia
a producir estudios o elaboraciones jurídicas específicas, sino más bien a
presentar denuncias acerca de las funciones de dominación que se logra-
DR © 2004. Instituto de Investigaciones Jurídicas - Universidad Nacional Autónoma de México
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Este libro forma parte del acervo de la Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
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LA REPRESENTACIÓN CONSTITUCIONAL EN MÉXICO 97
ban mediante el derecho. Su propuesta de derecho pretendía retomar el
sentido “ autentico” de la Revolución mexicana y, por ende, lograr en en-
tendimiento distinto de la Constitución y de los contenidos de las normas
de esta última. Los juristas nacionales no podían aceptar estas visiones
alternativas, debido fundamentalmente a que trataban de demostrar que la
relación entre revolución, Constitución y régimen se daba de un modo
distinto. Si la visión “ auténtica” de la Constitución estuviera depositada
en un grupo diverso al régimen, se hubiera presentado una situación de
difícil solución para los juristas: por un lado, hubieran tenido que “ de-
mostrar” cuál de las dos visiones de Constitución era la “ auténtica” ; por
el otro, hubieran tenido que demostrar que cierta (y no otra) interpreta-
ción constitucional debía prevalecer sobre las otras y dar las razones para
sostener tal prevalencia.
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