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Encuentro de John y Emilia en secundaria

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Capítulo I

El encuentro inesperado

Jamás imagine que la vida de un chico rebelde daría un giro tan


profundo al comenzar el

segundo año de secundaria.

El se llamaba John, tenía diecisiete años, y aunque solía mostrarse


como alguien

despreocupado y algo problemático, en el fondo era más observador


de lo que muchos

pensaban, era un muchacho, pero su actitud y sus travesuras lo


ubicaban cono un joven

con actitud descontrolada.

Estaba rodeado de su grupo cercano de amigos: Gabriel: su mayor


confidente de

problemas, Damaris: su consejera personal y la novia de Gabriel,


Jessica: la

mas conflictiva de todos, que te sacaría un ojo con solo mirarte,


Francisco: el mayor de

todos y el mas sereno, y Sergio: el mala influencia ya que su deporte


era meterse en

problemas a cada instante.

Juntos formaban una pequeña banda ruidosa y algo inquieta que


siempre se hacía notar,

tanto por sus ocurrencias y sus conflictos con las reglas.

Todo parecía rutinario, bromas en el colegio, tareas a medias hacer,


citatorios a la

rectoría, reuniones entre ellos, para John era todo normal, hasta que
llegó ella.

Emilia, la chica nueva. Ella proveniente de otro colegio, ya que era


costumbre de que

cambiará de colegio regularmente. Desde el primer momento en que


John la vio, sintió
una ligera curiosidad, ¿quien era ella?, ¿como seria?, sus incógnitas
surgían.

Emilia tenía el cabello oscuro, rizado y largo, casi siempre recogido


con una simple liga.

Su rostro era delicado, con una expresión serena que emanaba


tranquilidad y fragilidad,

sus ojos grandes de un verde peculiar, como el de los gatos cuando


están creciendo.

Llevaba unos lentes redondos que acentuaban aún más su aire


reservado y tranquilo,

llevaba un pequeño libro de poesías la cual era su favorito.

Durante los primeros meses, John notó que ella era diferente a los
demás. Siempre sola,

discreta, callada. Se sentaba al fondo del salón y pasaba los recreos


leyendo su libro de

poesía o dibujando en sus cuadernos. Pero también notó algo más:


otras chicas, de otro

salón, que la molestaban constantemente. Comentarios maliciosos,


empujones sutiles,

risas fingidas. Todo ocurría sin que ningún adulto se diera cuenta.

Por cinco largos meses, John fue testigo de ese acoso. Aunque sentía
molestia y algo de

incomodidad, no intervenía. No era asunto suyo, se decía, era de no


meterse a los

problemas de otros, y aparte el estaba mas concentrado en mantener


su imagen de chico

rebelde, y esos actos lo dejarían vulnerable, o eso se creía. En


cambio, Emilia nunca

pedía ayuda, ni siquiera miraba a nadie esperando apoyo, por miedo


o por ser rechazada

le impedían pedir ayuda.

Hasta que un día, todo cambió:


Era un receso como cualquier otro. John había salido con sus amigos
al patio, pero se

había separado un poco del grupo para caminar cerca de los árboles,
ya que pensaba en

como pasar materias que estaba apunto de reprobar. Fue entonces


cuando escuchó

voces alteradas detrás de los baños de los maestros. Movido por la


curiosidad, se acercó

en silencio.

Allí, vio a Emilia. Acorralada por tres chicas. Una la empujaba, otra le
jalaba el cabello,

y la tercera sostenía un encendedor, amenazando con quemarle parte


del cabello. Emilia

gritaba con ojos lleno de lágrimas, forcejeaba, pero nadie más


parecía oírla.

Fue ahí cuando John sintió que no podía seguir siendo un espectador
silencioso, ahí es

donde intervino.

—¡Hey! —gritó, caminando decidido hacia ellas—. ¿Qué carajos le


hacen?

Las chicas se giraron sorprendidas.

—Vete, John. No es tu problema — dijo una con arrogancia.

—Claro que lo es. Justo hoy me levante creyéndome Batman, ¡Algún


problema!.

—¡Si claro, como no!— Las chicas rieron con desdén, pero John ya
estaba a su lado. Se

colocó entre ellas y Emilia.

—Váyanse. Antes de que me arrepienta de estar de buen humor.

—Esto no se queda así — gruñó una, empujando a John por el hombro


antes de irse.

Cuando se quedaron solos, John se giró hacia Emilia. Ella tenía el


rostro mojado por las

lágrimas, la ropa arrugada, y el cabello un poco enredado.


—¿Estás bien?—preguntó él, sin saber bien qué decir.

Emilia lo miró con los ojos enrojecidos por el llanto. Su voz fue apenas
un susurro:

—Gracias... gracias por salvarme.

—No fue nada, son unas pendejas sin neuronas— respondió él, algo
incómodo

—Pero... ¿desde cuándo te hacen esto?

Ella tardó en contestar.

—Fue por algo que paso hace tiempo. No les caigo bien... dicen que
soy rara. Que soy

una estúpida, que soy discapacitada...

John se frotó la nuca, sin saber cómo reaccionar.

—¿Y por qué no le has dicho a algún maestro por lo que te hacen?

—Lo hice. Pero ellas lo niegan todo. Me llamaban mentirosa y


después... me golpeaban

peor, aparte la rectora es tía de una de ellas, es intocable.

Hubo un silencio incómodo. Entonces, Emilia dijo con voz temblorosa:

—¿Puedo pedirte algo?— dijo ella sollozando.

—Si es dinero, no tengo... — respondió él, entrecerrando los ojos.

—¿Me puedes dar un abrazo?

John se quedó congelado sin creer lo que acababa de escuchar.

—¿Qué? ¿Un abrazo?

—Sí por favor. Estoy sola— respondió, bajando la mirada.

Él bufó, pero dio un paso hacia ella.

—Uno rápido si, y que no se te ocurra decirle a alguien de esto—


bromeó, aunque con

una pizca de rechazo.

Y sin prepararse, Emilia lo abrazó con fuerza. John no esperaba sentir


tanta fuerza en un

abrazo. Una calidez inesperada lo envolvió, y por un momento, no


quiso separarse, se
sentía en paz.

Cuando se dio cuenta de que estaba sintiendo, John la aparto con un


poco de

brusquedad.

—Fue mucho por hoy, un poco y te pones a vivir en mi pecho.

Ella limpió sus lágrimas con las mangas y le sonrió, débilmente.

—Gracias otra vez.

—Ya, ya. Basta de dramas — dijo él, intentando sonar indiferente—.


Vamos al salón

antes de que crean que estamos... no sé, besándonos o alguna


pendejada de esas.

Ella bajó la mirada, sonriendo tímidamente.

—¡Que haces!— pregunto John viendo su mano siendo agarrada por


ella.

—“Perdón, solo fue un pequeño impulso-dijo ella avergonzada.

—No importa, pero ni mas lo vuelvas a hacer que luego te enamoras


— dijo el con toco

sarcástico.

-Esta bien- dijo ella sonriendo ligeramente.

—Y cual es tu nombre, Emilia verdad.

—Si, y el tuyo ya lo escuche, es John— dijo ella nerviosa.

—Ya me conoces entonces, fue por mi fama o por mis conocidos- dijo
el arrogante.

—No, lo escuche cuando una de ella lo dijo.

—Ok, eso es deprimente— lo dijo el con tono sarcástico.

Ella solo sonrió y siguieron caminado.

Cuando llegaron al salón, todos quedaron sorprendidos, en especial


sus amigos.

—¡Que mierda!—dijo Jessica muy sorprendida.

—¡Con que John no estaba perdiendo el tiempo— dijo Sergio con tono
burlón.
—¡Por eso no quería que lo acompañáramos, ¡si estaba muy
entretenido con la nueva!—

dijo Francisco con tono mas burlón.

John fue a su asiento y lo agarró del cuello de la camisa.

—Abre mas la boca y le hundo la cabeza en la pared— dijo John con


tono desafiante.

—No aguantas nada— dijo Francisco

—Entonces deja de hablar pendejas y cierra la puta boca-dijo John


dándole un golpe

pequeño en la cabeza.

Mientras eso pasaba, Emilia veía eso con una sonrisa disimulada y
roja de la vergüenza.

Cuando terminaron las clases, el salió acompañado de sus amigos,


cuando de repente

comenzó a llover. Y vio a Emilia parada sin poder cubrirse de la lluvia,

—¡A donde vas!— dijo Gabriel preocupado.

—Váyanse solos, los veo mañana— dijo John mientras salía corriendo
hacia ella.

—Si hace sol no— dijo mientras se cubría.

—Me quitaron el dinero para regresar a casa.

—Ellas verdad.

—Si, y ya se fueron— dijo mientras sus ojos se llenaban de lagrimas.

—¿Y esta lejos tu casa?— pregunto el con curiosidad.

—Si un poco, ¿Por qué?— pregunto ella con intriga.

—Toma, para que vallas tranquila.

—No lo puedo aceptar— dijo ella apenada.

—No importa, cuando tengas te lo cobro con interés— dijo el siendo


sarcástico.

—Gracias de verdad, no se como pagártelo— dijo ella ya casi


llorando.

—Cuando puedas, con intereses— dijo y se fue sabiendo que hizo


algo bueno en su
vida.

Después de eso la vio de lejos ya irse en un taxi a su casa sana y


salva, no si antes ella

despedirse con la mano, después camino de regreso para su casa, sin


imaginar lo que el

destino les tenía preparado a los dos.

Capítulo II

Confianza en desarrollo

Desde aquel día, John empezó a observar a Emilia con otros ojos. Ya
no era solo la chica

solitaria de libros llenos de poesía. Había en ella una fortaleza


escondida detrás de tanta

timidez, una especie de dulzura que empezaba a desarmarlo sin que


él lo notara por

completo.

Pasaron apenas unos días cuando, durante otro receso, John volvió a
notar movimientos

extraños alrededor de Emilia, como si se estuvieran asechándola algo


o alguien. Decidió

caminar hacia donde ella estaba, solo por si acaso. La encontró


leyendo tranquila,

sentada en el borde de un muro. Estuvo a punto de regresar con sus


amigos, cuando de

pronto ve que ella se paraliza de la nada, entonces vio nuevamente a


las mismas chicas

aproximándose.

Cuando ellas la rodearon, Emilia lo notó y, sin pensarlo, corrió hacia


él, poniéndose

detrás de su espalda.

—Por favor… ayúdame —suplicó con un nudo en la voz.

John bufó con sarcasmo.

—¿De verdad otra vez ustedes? ¿No tienen algo mejor que hacer?
Una de las chicas levantó la voz.

—Aléjate, John. Esto no te incumbe.

—Mmm… sí, sí me incumbe. ¿No ven que estoy ocupado siendo el


guardia de ella?

-Desde cuando tan héroe tú-dijo una de las chicas mofándose.

-No se... creo que desde que ustedes no piensan, y eso es mucho
tiempo-dijo con tono

burlón.

Justo cuando una de ellas parecía dispuesta a atacarlo verbalmente,


Emilia lanzó su libro

contra la chica que tenía el encendedor la vez anterior. El golpe fue


directo a la nariz. La

chica gritó de dolor.

—¡¿Qué diablos te pasa?! —gritó una de las otras, tomando el libro de


Emilia del piso.

En un arranque de rabia, lo rompió por la mitad y luego lo pisoteó con


brusquedad hasta

dejarlo completamente dañado. Emilia observaba todo con la boca


abierta, luego bajó la

mirada y comenzó a llorar.

—Era mi libro favorito… — susurró.

—Pues era, tonta— dijo una de ellas.

John apretó los puños y dio un paso al frente.

—Si vuelven a tocarla, les juro que la tarde se va a poner fea. Y


créanme, no quieren ver

eso.

Las chicas se alejaron, murmurando improperios y sujetando a su


amiga que lloraba con

la nariz roja del golpe. John se volvió hacia Emilia.

—Tranquila. A ver… tal vez ese libro se pueda pegar otra vez, ¿no?

—Está roto… y sucio — dijo ella sollozando.


—Bueno, peor estoy yo con mis tareas de atrasadas, y mírame… sigo
vivo — intentó

bromear.

Ella soltó una leve risa, entre lágrimas.

– Era un regalo de mi abuela que falleció— dijo ella con los ojos llenos
de lágrimas.

—No te preocupes, con poco de paciencia y pegamento estará mejor


— dijo el intentado

hacerla sentir mejor.

Cuando se disponían a regresar al salón, los novios de las chicas


llegaron al patio,

furiosos. Uno de ellos, el más alto, se acercó directamente a John.

—¿Quién fue el idiota que hizo llorar a mi novia?

Antes de que John pudiera decir algo, Emilia intervino.

—Fui yo. Ella me estaba molestando y… y yo la golpeé con el libro.

El chico se le acercó con agresividad.

—¡Tú no tenías derecho a…!

—Un paso más hacia ella y te estampo contra la pared —lo


interrumpió John con frialdad.

—¿Ah, sí? ¿Tú y cuántos más?

—Solo yo. Pero con mi humor de hoy, basto y sobro.

Comenzó una pelea de golpes, empujones, gritos. Después de


minutos fueron separados

por los amigos de John y un maestro que intervino a tiempo. Ambos


fueron llevados a la

rectoría por el altercado. John terminó con un ojo hinchado y algunos


moretones. El otro

chico salió un poco peor: la ceja rota, labio partido, nariz sangrante y
un gran moretón en

la mejilla.

A l final, él fue suspendido por un mes. John también fue castigado,


pero gracias a
Emilia, sus amigos y algunos compañeros que declararon que solo se
estaba

defendiendo, no fue expulsado. Sin embargo, le impusieron un


castigo de un mes de

trabajo escolar: limpieza del colegio durante los recreos.

—Esto es lo que me gano por ser bueno— dijo John con resignación.

—Al menos no fuiste expulsado, velo por el lado bueno— dijo Damaris
con calma.

Al día siguiente, Emilia se acercó a él durante el receso, con un


pequeño paquete de

snacks en la mano.

—Toma John— dijo con tono nervioso.

—Gracias por esto..... y también gracias por las papitas—respondió


con tono sarcástico.

—Ven. Déjame ver ese ojo — dijo con suavidad.

John se dejó ver, entre molesto e incómodo por la atención.

—Gracias… y lo siento por todo —susurró ella.

—Tranquila. El otro quedó peor, así que técnicamente… gané —sonrió


con arrogancia.

Ella soltó una pequeña carcajada, bajando un poco la mirada.

—Tu risa suena rara… pero me gusta cuando estás de buen humor.

John alzó una ceja:

—¿Eso fue un cumplido o un insulto fallido?

—Fue sincero… aunque me cuesta decir estas cosas —murmuró,


sonrojándose mas de

lo que ya estaba.

Desde ese día, Emilia comenzó a acercarse más a él. Le pidió


ayudarlo con el castigo de

limpieza como forma de agradecimiento. John aceptó, no sin antes


burlarse un poco.

—¿Y si te raptan mientras barres? ¿También tengo que salvarte de


eso?
—Tal vez… pero me sentiría más tranquila si estás cerca —respondió
ella con un tono

suave, casi como un susurro.

Ese fue el inicio de una extraña y bonita amistad. Emilia ya no se


sentaba sola. Comenzó

a compartir los recreos con John y su grupo.

—Emilia, ven con nosotros— dijo Damaris llamándola a unirse a la


conversación.

—Tranquila, te trataremos bien por ser el amor platónico de John—


dijo Sergio riéndose.

—¡Te voy a arrancar la cabeza y jugare fútbol con ella!— dijo John con
voz seria

apareciendo atrás de el.

Pronto se integró al círculo, sorprendiendo a todos con sus


conocimientos de fútbol y su

manera tierna de responder, sin necesidad de levantar la voz.


Coincidía con John en ser

fan del mismo equipo, lo que le valió puntos extra sin siquiera
intentarlo.

—Sabes que soy fan del Barcelona— dijo ella con nervios.

—Enserio, no te creo.... a ver dime un jugador al azar.

—¡Dani Olmo!— dijo ella confiada

—Eso fue suerte— dijo con tono de sorpresa y arrogancia.

Él no lo sabía, pero ya había comenzado a enamorarse de ella. Solo


que, como muchas

cosas en la vida, no se dio cuenta hasta mucho después.

Capítulo III

Entre libros y promesas

Pasaron las semanas y Emilia se volvió parte esencial del día a día de
John. Ya no se sentaba

sola en el aula ; comenzó a integrarse más al grupo de amigos de


John, a los recreos y hasta a
los partidos de fútbol a los que asistían ellos, a las reuniones de los
sábados, siempre estaba un

puesto para ella, y también ella comenzaba a ayudarlo en sus notas y


trabajos del colegio.

—Tus notas son muy malas— dijo ella con tono preocupado.

—¡Son mi años de conocimiento plasmados en esa hojas!— dijo el


con tono sarcástico y un poco

avergonzado.

—Que te parece si te ayudo con eso.

—¿Qué quieres a cambio?— pregunto con curiosidad.— Si quieres mi


riñón eso vale mas que

un diez en física.

—No… solo que es mi forma de darte las gracias por todo lo que ha
pasado estos días— dijo

ella con tono dulce.

—Entonces…. no quieres mi riñón o algo por el estilo— dijo el con su


tono sarcástico.—Entonces

tu me ayudas con eso y yo prometo a que ni una mosca te moleste,


que dices.

—Esta bien, y yo prometo ser una buena amiga para ti— dijo ella con
tono dulce.

A John le fascinaba algo en particular de ella: sabía muchísimo sobre


fútbol. Más que muchos de

sus propios amigos. Y como si eso fuera poco, le iba al mismo equipo
que él.

—Pregunta, ¿sabes quién fue el ganador del balón de oro del mundial
de Rusia 2018? —le

preguntó un día.

—¡Claro! ¡Fue Luka Modric! —respondió ella con una sonrisa baja.

Él solo asintió, impresionado.

Un día, la profesora anunció un trabajo en parejas que representaba


la nota final del año. John
no tenía compañero, ya que sus amigos se emparejaron entre ellos.
Entonces, Emilia se le

acercó.

—¿Quieres hacerlo conmigo? —preguntó con voz dulce.

John no dudó.

—Claro… si me llegas a soportar —bromeó.

—No será fácil, créeme amiga— dijo Jessica con burla.

—Lo intentaré— dijo ella con voz dulce.

El proyecto exigía reunirse varias veces fuera del horario escolar, y


fue así como John visitó por

primera vez la casa de Emilia. Sus padres lo recibieron con


amabilidad y cierta curiosidad.

Notaban que su hija hablaba mucho de él últimamente.

—¿Tú eres John? —preguntó su madre.

—Sí, señora. Un gusto —respondió, algo incómodo.

—Emilia nos ha contado que la defiendes en el colegio. Gracias por


cuidar de nuestra niña te lo

agradecemos— dijo su padre con voz firme.

John sonrió con humildad.

—Lo hago porque ella es una buena persona. Se merece que alguien
la defienda.

Emilia lo miró en ese momento. Sus ojos verdes brillaban de emoción.


Era como si aquellas

palabras le hubieran tocado el alma.

Terminaban las reuniones de estudio riendo, haciendo bocadillos


juntos o simplemente

conversando de la vida.

—¡Es tu culpa, sabias que era malo cocinando!— dijo el después de


ver sus galletas todas

quemadas.

—Pero si me fui por diez minutos al baño, como pudiste hacer eso—
dijo ella con risa.
—Hey, no te rías…que ahora me quedare con hambre.

—Y si mejor pedimos una pizza y ya— dijo ella.

—Esa es una mejor opción, por fin razonas— dijo el con tono
sarcástico y burlón. —Aparte con

ese color ya ni me apetece saber como quedarían las de chocolate.

Ella solamente se puso a reír por sus ocurrencias.

Cuando entregaron el trabajo, ambos obtuvieron una calificación


sobresaliente. John estaba feliz.

—Gracias, Emilia… sin ti no habría pasado —le dijo sinceramente.

Pero ella solo respondió:

—Si no fuera por ti, seguiría siendo molestada. Lo que tú hiciste por
mí vale más que cualquier

nota— dijo ella casi llorando.

Fue entonces cuando se prometieron cosas simples, pero


importantes.

—Yo te seguiré ayudando con los estudios —dijo ella.

—Y yo te seguiré protegiendo como si fueras de diamante —


respondió él.

Se abrazaron. Emilia lloró de la alegría. John, en silencio, entendió


que esa chica ya era parte de

su vida. Una parte que no podía ignorar.

El tiempo pasó y comenzaron a compartirlo todo: tareas, paseos,


confidencias. Emilia fue a su

cumpleaños número 18, él asistió al suyo número 17. Iban juntos al


cine, a los partidos.

—¡Eres mas malo que pegarle a un niño discapacitado!— dijo Gabriel


mofándose de John.

—¡Patea mejor mi abuela que usa bastón!— dijo Sergio burlándose.

Mientras eso ocurría, Emilia lo alentaba con toda la voz que tenia.

—¡Vamos John, que tu puedes!

En ese partido, el equipo de John gano por tres goles a uno, donde
uno de ellos fue hecho por
el.

—Ese gol fue dedicado para ti Emilia— dijo el con voz cansada.

—Y nosotros que, también te alentamos— dijo Francisco

—A tu hermana también le dedico ese gol también si quieres— dijo


John con tono burlón.

También iba a los concursos de poesía en los que ella participaba.


Reían por cualquier tontería.

John ya no la veía solo como una compañera. Era su amiga, su


confidente… su refugio.

Ella conoció a su madre y a sus hermanos. Se adaptó como si


siempre hubiera pertenecido allí.

—Hola ma, te presento a Emilia.

—Mucho gusto niña, es placer— dijo la madre con voz dulce.

—El gusto es mío señora— dijo ella tímidamente.

—¿Ella es tu….?— dijo la madre curiosa

—No ma, es solo una amiga muy especial, deja de inventar cosas—
dijo el sonrojando por la

pregunta de su madre.

John sentía una paz diferente cuando estaba con ella. Pero aún no se
daba cuenta de que el

amor ya lo había alcanzado… sin permiso y sin avisar. Sus vidas


cambiaron mucho después de

esos días, casi nunca se separaban, y siempre pensaban casi igual en


diferentes cosas.

—Sabes… quería saber si te gustaría ir conmigo a un día de campo—


dijo ella con poco de

timidez.

—Y …habrá comida chatarra y jugo de mora— dijo el ya con tono


burlón.

—Enserio John, ¿quisieras ir?— dijo ella esperando su respuesta. —


Para decirle a mis padres

que iré contigo.

—Déjame pensarlo…pienso, pienso.


—A veces desesperas sabes— dijo ella ya un poco enojada.

—Esta bien, ya puedes soltar el cuchillo imaginario que tienes en las


manos— dijo el ya

riéndose. —Esta bien, dime cuando para decirle a mi madre.

—Enserio me acompañaras, ¡gracias John!— dijo ella yendo a


abrazarlo.

—Espera…¡Ahh!, me estas matando con ese abrazo— dijo exagerado.


—¡Se me sale un ojo!

—Perdón…fue la emoción— dijo ella sonrojándose.

—¡Pues tu emoción casi te deja sin compañero de viaje!, vi a un ángel


desnudo en el cielo— dijo

el ya siendo sarcástico.

Ella solo se rio de la ocurrencia que acaba de decir, y siguieron


conversando de la cosas de la

vida. Lo supo mucho después. Porque a veces el amor no llega como


un trueno. Llega en

silencio, en pequeños momentos que luego se vuelven gigantes.

Capítulo IV

El error de no darse cuenta

El último año de colegio llegó, y con él, una etapa de decisiones


importantes. John tenía casi 19

años. Aunque pasaba cada vez más tiempo con Emilia, aún no
comprendía lo que sentía por

ella. Pensaba que eran solo amigos. Muy cercanos, sí, pero amigos al
fin, era algo que lo

intrigaba mucho pero que no le daba importancia total.

Entonces llegó alguien nueva. Martha, la chica nueva transferida de


otro colegio. Era

extrovertida, llamativa, de esas que parecen brillar con poco


esfuerzo. John, como muchos, se

sintió atraído por ella.

—¡Quien es, quien es!— decían todos en el aula.


—Creo que llego mi momento— dijo Sergio con tono juguetón.

—Es hermosa no… tu que dices Emilia— dijo John curioso.

—Pues… creo que tiene su atractivo— dijo ella algo incómoda.

—Yo le voy a hablar después, no tengo prisa— dijo John confiado.

Comenzó a hablarle, a interesarse en ella… y pronto, a contarle todo


a Emilia.

—Sabes, creo que estoy enamorado de la chica nueva —le dijo una
tarde, casi con entusiasmo.

—Enserio… desde cuando— respondió Emilia con voz temblorosa.

—No se, creo desde que nací — dijo el ya siendo sarcástico.— Desde
que apareció pues Emilia

Emilia lo escuchó en silencio. Lo miraba con una sonrisa forzada. Pero


sus ojos verdes ya no

brillaban igual. A veces, bajaba la mirada. Otras veces, simplemente


fingía que nada le

importaba.

En su cumpleaños número 19, John organizó una fiesta en su casa,


todos sus amigos fueron

invitados incluyendo a Emilia. La chica nueva llegó temprano, se


acercó a él y lo felicitó.

—¡Feliz cumpleaños John!, que bonita esta la fiesta— dijo Martha con
coqueteo.

—Gracias Martha, pensé que no vendrías— dijo John con demasiado


nervios.

—Y como no vendría, es tu fiesta, aparte tengo un buen motivo de


estar aquí— dijo ella con tono

provocativo.

—¿Cuál es ese motivo?— dijo el ya un poco mas confiado.

—¡Tu!— respondió ella muy cerca de el.

—¿Te quiero preguntarte algo?— dijo John con voz temblorosa. —¿Te
gustaría ser mi novia?
—¡Es una propuesta en tu cumpleaños!— dijo ella sorprendida. —Si
acepto, tómalo como tu

regalo.

En ese momento. Martha se le acerco y le dio un beso que John le


correspondió.

Minutos después, llegó Emilia, con un regalo envuelto en papel


brillante. Caminó hacia él con

una sonrisa tímida, pero John apenas le prestó atención. Estaba muy
ocupado hablando con su

nueva novia. Emilia le dio el regalo en silencio.

—Feliz cumpleaños… —le dijo Emilia nerviosa.

John solo asintió. Ni siquiera dijo “gracias”.

—No lo verás, es algo muy simbólico.

—Cuando pueda lo haré — dijo el sin ni siquiera mirarla.

Emilia se marchó antes de que acabara la fiesta. Al terminar la fiesta,


su madre le comentó que

la había visto irse muy triste, con los ojos al borde del llanto.

—¿Y Emilia?— preguntó a su madre preocupado.

—Se fue temprano, no se que le paso pero se fue muy decaída y un


poco triste— respondió su

madre un poco molesta. —Ella te estaba llamando y tu ni te diste


cuenta.

Él intentó llamarla esa noche. Le escribió mensajes. Pero no hubo


respuesta.

Al día siguiente, Emilia no fue al colegio. John comenzó a sentirse


mal. Algo no estaba bien. Algo

dentro de él se revolvía.

—Saben que le paso a Emilia— le pregunto a uno de sus amigos.

—La verdad no se— respondió Damaris preocupada.

—Dijo que estaba enferma y que por eso no vino— respondió Jessica.

Cuando por fin regresó a clases, intentó hablarle… pero ella no quería
escucharlo.
—Perdóname, por favor —le dijo.

Pero Emilia solo bajó la mirada y guardó silencio.

Durante dos semanas, no le dirigió palabra. Ya no se sentaba cerca


de él, ya no se reía de sus

bromas, ya no lo regañaba por el cabello largo. Y entonces, John lo


sintió. Una especie de vacío.

—¿Por que esta así conmigo?— le pregunto a Damaris decaído.

—Creo que por lo de esa vez en la fiesta— le respondió ella. —Aparte


yo vi como tu la

ignorabas.

John solo asintió ya que era verdad, la había ignorado por la chica
nueva.

Una tarde, descubrió que Martha le estaba siendo infiel en una de las
aulas. La encontró

besándose con otro chico. Sintió una mezcla de ira y decepción.


Cuando intentó enfrentarla, ella

negó todo.

—¡No es lo que parece! ¡Te lo puedo explicar!— dijo ella desesperada.

El otro chico se burló de él, lo insultó.

—Enserio… el era tu novio, vaya elección— dijo el chico con tono


burlón.

—Te voy a arrancar el cuello y se lo daré de comer a los perros—


respondió el con rabia.

Y como tantas veces antes, la discusión se volvió pelea. Terminaron


en la rectoría, sin también

terminar en enfermería por los golpes.

Al enterarse, Emilia fue a verlo.

—¿Estás bien? —le preguntó, genuinamente preocupada.

—La encontré besándose con otro —respondió él, con amargura.

Al escucharlo, Emilia se dio la vuelta y se fue directo a buscar a la


otra chica.

—¡Eres una cualquiera!— grito Emilia a Martha con irá


—Y tu que, quien te crees para gritarme— dijo ella toda sorprendida.

—El no es una pieza que puedes utilizarlo cuando quieras— dijo


Emilia sin no antes soltarle una

cachetada. —¡ Y si te vuelvo a ver cerca de el te la veras conmigo!

En ese momento apareció John para detenerla, junto a Gabriel y


Damaris. Si no la detenían,

también la habrían suspendido. Volvió con el rostro rojo de furia. Se


sentó frente a John. Él bajó

la mirada.

—Perdóname por cómo te traté ese día —dijo él—. Ni siquiera me


percate de que eras tu ese

día…

Emilia no respondió. Solo lo miró, luego levantó la mano y le dio una


cachetada.

—¿Ni siquiera sabes qué regalo te di? —le reprochó con la voz
quebrada.

John se quedó en silencio.

—¿Qué regalo?— dijo el confundido.

—La cajita con tu regalo— le respondió enojada. —Ni te acuerdas de


eso por andar detrás de

esa pendeja.

—Perdón Emilia.

—Pídele perdón a esa estúpida que veo que le haces más caso que a
mi— dijo ella casi llorando

mientras se iba.

Cuando Emilia se fue, su madre vino por el para llevárselo a casa,


cuando llego, subió a su

habitación y buscó el paquete que ella le había dado en su


cumpleaños. Lo abrió con culpa.

Adentro había un collar con una cruz de metal… y una pequeña nota:

“Yo siempre estaré contigo, pase lo que pase. Te quiere


mucho, Emilia”
También había dulces y chocolates. Al leer la nota, John sintió cómo
se le apretaba el pecho.

Lloró en silencio, con el regalo apretado contra su pecho.

Al volver a clases, llevaba el collar puesto. Cuando entró al aula, vio


que Emilia estaba en su

sitio, conversando con una Damaris verlo con el collar, sus ojos
brillaron. Ella no dijo nada, pero

su mirada lo decía todo.

Semanas después, fue el cumpleaños número 18 de Emilia. John fue a


saludarla, pero la vio

conversando con otro chico. Su padre, amable como siempre, lo


recibió.

—Como estas muchacho— dijo el padre con entusiasmo. —Emilia,


John está aquí —anunció.

Ella fue a abrazarlo. John, algo incómodo, le preguntó:

—¿Y él quién es?

—Un primo —respondió ella, sonriendo con picardía—. ¿Estás celoso?

—No, solo tenía curiosidad —respondió él, disimulando.

—Mira… ten tu regalo.

Le entregó una caja envuelta con papel rosa, pero le pidió que lo
abriera cuando terminara la

fiesta. Al final del día, se lo recordó:

—Ábrelo ahora— dijo el con entusiasmo.

—Que cosa— dijo ella haciendo la confundida.

—Tu regalo pendeja— dijo desesperándose.

Emilia rasgó el papel. Cuando vio el contenido, se quedó congelada:


era el mismo libro de

poesía que había lanzado para defenderse ese día, aquel que había
quedado sucio y roto.

John le sonrió con los ojos medios llorosos.

—Lo arregle. No fue fácil. Ya no lo imprimen. Intenté comprar uno


idéntico al tuyo, pero lo
encontré… así que lo arregle, solo con muchas cosas y hay esta. Es
tuyo.

Emilia comenzó a llorar.

—¡Es el mejor regalo que he recibido! —dijo, abrazándolo—. Te


perdono… pero si me ignoras

otra vez por una chica, no te volveré a hablar nunca en tu vida— dijo
ella abrazándolo.

—Eso te lo prometo, no quiero perderte —respondió él—. Te quiero


mucho Emilia.

—Yo también te quiero mucho John.

Y después de esa noche tan conmovedora, así como el libro de


poesías que termino siendo

arreglado, así también termino arreglado una de las mejores


amistades que he visto en mi vida.

Capítulo V

La noche que lo cambio todo

El año escolar llegaba a su fin. La graduación estaba cada vez más


cerca. Los alumnos

organizaban una fiesta para celebrarlo, aunque John y Emilia al


principio no pensaban asistir. Sin

embargo, sus amigos insistieron tanto, que terminaron cediendo.

—Vamos John, te perderás de esto— dijo Jessica suplicando

—Dile Emilia algo, El te hace mas caso a ti que a nosotros— dijo


Francisco

—Solo un rato y nos vamos temprano —dijo Emilia.

—Está bien, pero no pienso bailar con nadie —respondió John,


cruzándose de brazos con

resignación. —Y tu apoyándolos no.

Ella solo se rio con ternura.

La fiesta transcurrió entre música, luces, y emociones alborotadas por


la despedida. John y
Emilia, como siempre, estaban juntos. Rieron, hablaron, bebieron un
poco más de la cuenta, esa

noche fue increíble para los dos, Emilia iba a su primera fiesta con
amigos, y John, bueno el fue.

Y luego… todo se volvió difuso. Entre bebidas, mareos y


malentendidos, Emilia y John pasaron

la noche juntos, tuvieron relaciones sin darse cuenta de que estaban


haciendo.

No recordaban del todo cómo llegaron a casa. Esa noche, la madre de


John no estaba: se había

ido con sus otros hijos a un campamento. Cuando amaneció, ellos


despertaron juntos en cama

de la madre de John. Se miraron, desconcertados.

—¿Qué pasó anoche? —preguntó él.

—No lo sé… —respondió ella, sonrojada, tapándose el rostro—. No


recuerdo nada...

Se quedaron en silencio, con el peso del momento flotando en el aire.


Prometieron no decirle

nada a nadie.

—Mis padres me matarían —dijo Emilia.

—A mí también, me colgaría del cuello mi mamá —agregó John, con


nerviosismo.

—Y ahora que hacemos— dijo ella casi llorando.

—No te preocupes, de aquí no sale nada de los dos— dijo el


intentando estar calmado. —Aquí

no pasó nada, cualquier cosa estuvimos durmiendo en un parque.

—Siempre intentando hacer reír— dijo ella secándose las lágrimas

Durante algunos días, todo pareció continuar como si nada. Hasta


que menos de dos semanas

después, Emilia apareció en la puerta de la casa de John, llorando


desconsoladamente.

—John… —dijo entre lágrimas—. Estoy embarazada.

—Que...enserio—dijo el en shock.
—Si, me sentía muy mal estos días, tenia vómitos, dolores de cabeza
y mareos— dijo ella

mientras sollozaba. —Fui al doctor esta mañana y me dijo que eran


síntomas de embarazo.

—Pero eso puede ser solo casualidades— dijo el ya nervioso.

—Me hice la prueba de sangre… y si estoy embarazada— dijo ella


secándose las lagrimas.

John no dijo nada. La abrazó para que se calmara. Su madre apareció


al escuchar el alboroto.

Emilia, mareada por el llanto y los nervios, se desmayó. Su presión


había bajado. La madre de

John la atendió de inmediato.

Al enterarse de la situación, John no tuvo más remedio que contarle


todo.

—Ma, esta embarazada— dijo nervioso.

Su madre lo miró seria.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Él bajó la cabeza. No sabía qué responder. No estaba enamorado. O


eso creía. Y, sin embargo,

tampoco podía dejarla sola.

—No lo se ma, la verdad no lo se.

—Guíate por tu corazón, hijo. Y haz lo que creas correcto —le dijo su
madre.

Ese mismo día, John fue a la casa de Emilia. Se armó de valor y les
contó toda la verdad a sus

padres. Les pidió perdón por haber roto su confianza.

—Pero como paso, cuando sucedió esto— dijo el padre de Emilia


serio.

—Y que piensan hacer los dos— dijo la madre de Emilia calmada.

—Voy a hacerme responsable —les dijo con firmeza—. Me haré cargo


de su hija y del bebé.

Poco después, Emilia entró a la sala. Tenía los ojos enrojecidos, pero
en su rostro había calma.
—Perdónenme… —les dijo a sus padres llorando—. Fue mi error
también.

—Tranquila hija, no llores— dijo el padre.

—No es un error ese niño, solo que paso las cosas y ya esta— dijo la
madre.

Los padres la abrazaron con ternura. El padre, con voz pausada, dijo

—Saben que ese niño debe tener a sus padre juntos no— dijo el
padre con firmeza.

—Si es necesario, me casaré con su hija si es así— dijo John con voz
seria. —Todo por no

fallarles a ustedes, a mi madre y en especial a ella.

—Entonces haremos los preparativos para la boda— dijo la madre.

Emilia se sorprendió.

—Papá… no lo obligues. Si él no quiere, no lo hagas casarse conmigo.

John la miró y le respondió con sinceridad:

—Sí quiero, Emilia. Quiero casarme contigo. Y quiero que este niño
que viene en camino tengo

una familia, aparte tu serás una gran madre.

Ella bajó la mirada, sorrajada.

—¿Estás seguro? No me gusta la idea de verte ser obligado por el


bebé, lo sabes…

—No lo hago por eso, lo hago por ti, por los dos— dijo el con voz
serena. — Lo único malo de

esto es que tendré que usar traje y no me gusta usar traje —dijo él,
sonriendo—, pero por ti, haré

el esfuerzo.

Ella lo abrazo con fuerzas, entre lágrimas.

—¡Prometo ser la mejor esposa del mundo!

—Se que lo serás, y de las mas tiernas que he visto.

John, aunque aún confundido con sus sentimientos, tenía claro algo:
Emilia no merecía ser una
madre soltera. No podía darle la espalda. Pero más que por
obligación… algo dentro de él

comenzaba a despertarse.

Cinco semanas después, se casaron. Fue una ceremonia sencilla pero


hermosa. Emilia estaba

radiante, con un vestido blanco que la hacía ver como un ángel. Sus
ojos lloraban de felicidad.

—Ni de creer que estos dos se casen— dijo Sergio con tono burlón.

—Yo ya sabia que había algo entre ellos— dijo Jessica. —Aparte se
miraban mucho.

—Al menos ella se casa, yo aun espero mi anillo— dijo Damaris


lanzándole una indirecta a

Gabriel que estaba pálido por lo que escucho.

—Que… no, aun estoy joven para eso— dijo Gabriel haciendo el
desentendido.

—Creo que nadie de aquí pensó que ellos seria un pareja y de las mas
hermosas que he visto—

dijo Francisco todo alegre.

Cuando comenzó la ceremonia, John estaba parado en el altar


intentando colocarse bien la

corbata.

—Estúpida cordata que no se queda en un lugar— dijo el frustrado.

—Deja te ayudo— dijo Emilia con voz suave.

AL verla, quedo impactado, lucia un pelo planchado que la hacia


resaltar aun mas su rostro bello,

sus ojos un poco rojos por el llanto, brillaban mas que nunca.

—¿Dónde esta Emilia?— dijo el sorprendido. —Por que la que conozco


no es demasiado bella

como la que esta al frente mío.

—Si soy yo idiota— respondió ella sonrojada

Cuando el padre termino la ceremonia, Emilia lo aparto de todos y le


dijo:
—Sé que no me amas como yo te amo —le dijo en voz baja—. Pero si
me pides tiempo, puedo

esperarte.

—No te preocupes, te lo prometo —respondió él, apretando su mano


—. Voy a aprender a

amarte como tú mereces, ya que aun veo a la niña que salve de ser
golpeada por pendejas.

—Por eso te quiero mucho.

Durante la fiesta de boda, ella reía, lloraba y reía otra vez. Era su
forma de expresar la alegría.

Una alegría pura, sincera, que le nacía del alma.

Pasaron su luna de miel en la playa, como ambos lo habían decidido.


Fueron días simples pero

felices. Caminaban descalzos por la orilla del mar, hablaban de cómo


sería el bebé, de los

nombres posibles.

—Si es niño, quiero que se llame Raúl —dijo Emilia—. En honor a tu


padre.

John la miró, conmovido.

—Gracias… no sé cómo agradecerte tanto cariño.

—Ya lo haces —respondió ella, tomando su mano—. Estás conmigo.

—¡Hey muñeca, quieres mejor compañía— dijo un chico de por hay.

—Y si te llevo al cementerio pedazo de hijo de…— dijo John con celos.

—Cálmate, deja a ese tipo— dijo ella calmada

—Agradece que tengo una esposa de buen corazón, sino hace rato te
hubiera sacado la cabe…

—Ya déjalo.

Cuatro meses después, Emilia dio a luz. Era un niño sano, de ojos
verdes como los de su madre.

Lo llamaron Raúl.

John lo cargó por primera vez en brazos y no pudo contener las


lágrimas. Había culpado a ese
bebé por no poder ir a la universidad, pero ahora… ahora entendía
que ese niño era un regalo.

—Tiene tu rostro— le dijo Emilia.

—Y tu dulzura— respondió él.

—Tiene tu mirada seria, eso sí —agregó ella, riendo—. Es igualito a ti.

—Gracias, Emilia— dijo el casi llorando

—¿Y por que?—dijo ella.

—Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo.

—Tú me haces feliz a mí —respondió ella—. Me diste un hijo precioso.

El tiempo comenzó a pasar, y John cumplió con su palabra. Gracias al


padre de Gabriel tuvo un

trabajo de asistente de bodega, era un trabajo muy cansado pero que


daba buen dinero para su

familia. Se esforzaba por ser un buen padre, un buen esposo…


aunque en su interior aún se

sentía insuficiente. Sabía que Emilia merecía más. Ella era perfecta:
bondadosa, inteligente,

tierna, fuerte. Aparte siempre lo esperaba del trabajo con un beso y


un abrazo, le cocinaba, le

hacia masajes, era perfecta en ser una esposa. ¿Y él? Solo era alguien
que había tardado en

darse cuenta de lo valiosa que era.

Pero todo cambiaría pronto. Porque a veces, hace falta una herida
para despertar el corazón dormido.

Capítulo VI

Un corazón herido que por fin despertó

El trabajo de John era exigente. Se había empleado en dar todo de si


para mantener a su familia,

y aunque no era el trabajo de sus sueños, lo hacía con la


responsabilidad. Cada día salía

temprano y volvía cansado, pero feliz de ver a su esposa y a su hijo


esperándolos en su puerta,
también que ya su hijo comenzaba a dar sus primeros pasos.

Un día, mientras trabajaba, en el primer piso de la fábrica,


atendiendo algunos pedidos para el

siguiente día, el padre de Gabriel el cual era su jefe, le pido un favor:

—John, necesito de tu ayuda— dijo el jefe con preocupación.

—Dígame, para que soy bueno— respondió el curioso.

—Necesito que vallas a donde tus compañeros, en el segundo piso y


les digas que cancelen ese

pedido que no es para mañana sino para la otra semana— dijo el jefe
fastidiado. —Cierto, estan

reparando las escaleras ten cuidado con eso.

—No se preocupe, iré enseguida— respondió.

En eso el subió a decirle esa noticia, después de eso se disponía a


irse, cuando de pronto, un

escalón cedió bajo sus pies. Cayó con fuerza. Sus compañeros
corrieron a ayudarlo. John quedó

inconsciente.

Lo trasladaron de emergencia al hospital. Las heridas eran serias:


múltiples contusiones,

fracturas y un fuerte golpe en la cabeza. Los médicos lograron


estabilizarlo, pero advirtieron que

el proceso de recuperación sería largo.

Cuando Emilia llegó al hospital y lo vio en la camilla, cubierto de


vendas y golpes, su corazón se

quebró. Cayó de rodillas junto a su cama y, entre lágrimas, le rogó a


los doctores:

—¡Por favor, sálvenlo! ¡No me lo quiten! ¡No me dejen sola!— dijo ella
sollozando.

—No se preocupe señorita, su esposo estará bien… solo que esta


ahora inconsciente por el

accidente— dijo la doctora consolándola.

—Por favor… haga que se recupere, haga que despierte pronto.


Durante esa noche, Emilia no se movió de su lado. Le sostuvo la
mano durante horas,

susurrándole al oído.

—No te vayas… por favor. No me dejes… Tú me prometiste que me


cuidarías siempre, que

estarías conmigo… debes cumplir tu promesa— dijo ella con voz


quebrada.

Al los tres días, John despertó. Su cuerpo dolía en cada rincón, pero lo
primero que vio fueron

los ojos llorosos de Emilia… y su sonrisa, intacta.

—Estás bien… —dijo ella, apretando su mano—. Gracias a Dios.

—¿Qué pasó…? —preguntó con dificultad.

—Te caíste… pero vas a estar bien. Estoy aquí… no me dejes— dijo
ella llorando de la alegría.

—Solo recuerdo que bajaba las escaleras y… luego estaba montando


un unicornio— dijo aun

con sedantes en el cuerpo. —Dime la verdad… estoy muerto, ¡estoy


en el cielo!

—No, estas bien…¿Porqué dices eso?— respondió ella un poco


confundida

—Por que estoy bien a un ángel chillón a frente mío— dijo el con tono
de broma.

—Eres un idiota… casi te mueres y lo primero que dices son tonterías


— dijo ella molesta. —

Estuve aquí todo estos días, acompañándote, cuidándote, contándote


de Raulito… Estuve

preocupada por ti… preocupada por que pensé que nunca


despertarías.

—Perdón Emilia…solo que no me gusta verte así.

—No vuelvas a asustarme así— dijo ella mientras lo abrazaba. —


Pensé que me dejarías sola

—Nunca lo haría Emilia, te lo prometí.


Después de que le dieran de alta, su jefe le pidió disculpas por lo
sucedido y le otorgo el tiempo

que necesite para que este totalmente recuperado siendo esos días
pagados, como parte de las

disculpas. John estuvo un largo tiempo sin moverse, Emilia lo cuidó


durante semanas. Lo

alimentaba, lo ayudaba a levantarse, le cambiaba las vendas. Le


preparaba sus comidas

favoritas, le daba masajes, le contaba cómo había sido su día, le leía


sus poemas, le traía a su

hijo para que jugara con él.

—¿Sabes qué hizo hoy nuestro hijo? —le contaba, con emoción—. Se
puso tus zapatos y dijo

que iba a trabajar, como tú.

John la miraba en silencio. La escuchaba con atención. Pero dentro de


él, algo se movía. Algo

que no entendía bien, pero que cada día se hacía más fuerte.

Una tarde, mientras ella le daba de comer, la miró con más intensidad
que nunca.

—¿Por qué haces todo esto por mí? —le preguntó.

Emilia dejó la cuchara en el plato.

—¿Por qué te amo, John? —respondió—. Porque tú eres mi vida.


Porque desde el primer día

que me defendiste, desde el primer abrazo, supe que contigo me


sentía segura… y feliz.

John bajó la mirada.

—No soy suficiente para ti —murmuró—. No soy tan bueno como tú,
ni siquiera me puedo mover

solo… parezco una foca.

Ella se acercó y apoyó su frente contra la de él.

—Eres todo lo que necesito. No quiero perfección. Quiero a alguien


que me quiera como tú me

quieres… aunque todavía no me ames como yo lo hago.


John sintió algo después de eso, como si algo de el quisiera decir algo
pero no sabe como.

Fue en esos días, acostado, inmóvil, viendo a la mujer que lo cuidaba


con devoción y al hijo que

lo miraba como un héroe, que John por fin entendió: la amaba, tantas
muestras de afecto, días

compartidos, todos el cariño dado por ella. La había amado siempre,


desde que la conoció,

desde aquel primer abrazo detrás del colegio. Solo que le había
costado aceptarlo.

Cuando comenzó a caminar de nuevo, su recuperación fue más


rápida de lo que los médicos

esperaban. Emilia decía que era su “milagro personal”.

—Ya puedes caminar John— decía ella con alegría.

—Pues aun no todo… parezco un pingüino todo malogrado— decía el


burlándose.

John empezó a demostrar su amor, no con grandes palabras, sino con


pequeños actos. Le

preparaba el desayuno, le dejaba notitas en su bolso, la ayudaba con


las tareas del hogar, la

acompañaba al supermercado, al salón. Jugaban juntos con su hijo.


Cocinaban, bailaban, veían

películas abrazados en el sofá.

Un día, sus amigos fueron a visitarlos. Mientras tomaban unas


cervezas, Damaris le confesó

algo a John:

—¿Sabes? —le dijo Damaris en voz baja—. El día que Emilia te iba a
dar ese regalo en tu

cumpleaños, cuando cumpliste diecinueve … iba a confesarte su


amor. Iba a decirte que quería

estar contigo. Pero no la escuchaste.

John se quedó en silencio. Sintió cómo el corazón le dolía.

—Tu lo sabias entonces…¿Porque no dijiste nada?— dijo el con voz


entré cortada.
—Por que ella me lo pidió que te diga nada, ella quería hacerlo por su
lado—respondió ella. —

Aparte… tu también lo estabas, la veías a cada rato, siempre pasabas


con ella, todos nos dimos

cuenta… excepto tu John.

—No me había dado cuenta.

—Ella es una gran mujer, ella de verdad te ama… y tu también lo


haces, valora cada maldito

minuto que estas con ella, ya que ella lo hace así siempre… te mira y
le brillan sus ojos— dijo

Damaris con voz dulce. —Se que la amas… solo que te cuesta decirlo,
pero si le dices nada… la

perderás para siempre John.

Esa noche, decidió hacer algo diferente. Preparó una cena especial,
con velas, música suave, y

su plato favorito. Cuando Emilia llegó, sorprendida, él la esperó con


una carta sobre la mesa.

—¡Sorpresa!— dijo el gritándole con euforia a ella.

—¡Que es esto!... tu lo hiciste— dijo ella totalmente sorprendida.

—Si, casi pierdo un brazo en el proceso pero valió la pena— dijo el


con sarcasmo. —Toma…

esto es para ti.

—¿Una carta?— dijo con curiosidad.

—Léela —le dijo.

Ella tomó la carta con manos temblorosas… y comenzó a leerla en


voz alta:

“Querida Emilia

Quiero que sepas cuáles son mis verdaderos sentimientos por ti.

No es que no me enamoré de ti… es que ya lo estaba desde antes,


pero no lo

sabía. No lo aceptaba por miedo.

Miedo de no ser suficiente. De no estar a tu altura. Porque tú eres


perfecta.
Al verte, aún veo a aquella chica tímida que salvé detrás del colegio,
aquella que

era demasiado tímida, que solo tenia deberes en su cabeza.

La que me ayudó a cambiar, a crecer, a ser mejor.

La que lloraba cuando algo malo me pasaba, y reía como loca cuando
hacían

mis tonterías, aquella que pasara lo que pasara, siempre estaba hay
para mi.

Te pido perdón por cada momento en el que no te valoré, por cada


día en que

no supe demostrarte lo mucho que significas para mí.

Hoy lo sé con certeza, Emilia: te amo con todo mi corazón.

Gracias por existir, por amarme sin condiciones, por darme una
familia.

Prometo amarte bien, como mereces, todos los días de mi vida. Ser el
mejor

hombre que puedas tener, ya que es lo poco que te mereces.

Gracias por elegirme antes que a otros, tu fuiste la única que vio lo
mejor de mi,

gracias por nunca abandonarme.

“Te amo con todo mi ser Emilia, con todo el corazón. Eres y serás el

amor de mi vida”

Cuando terminó de leerla, Emilia lloraba. Pero esta vez, de felicidad


pura.

—Yo también te amo —dijo, corriendo a abrazarlo—. Eres mi razón


para vivir. Lo fuiste

siempre…

Se besaron. Lloraron. Rieron. Y esa noche, por primera vez… no hubo


silencio para el amor de

los dos, ya que no había preguntas sin resolver, ambos que se


amaban, con todas sus fuerzas.

Ya que cuando el corazón se abre, solo queda espacio para seguir


queriendo con mas fuerza.
Capítulo VII

El amor que crece con los años

El tiempo pasó, como pasa siempre: rápido, silencioso, casi sin avisar.
Emilia y John

ahora eran una familia consolidada. Vivían en una casa sencilla, pero
llena de amor.

Raúl, su primer hijo, había crecido fuerte, inteligente y con una


mirada seria y curiosa que

recordaba tanto a su madre como a su padre.

Y no estaban solos. Después de un año y medio vino su segunda hija,


a quien llamaron

Valentina. Era una niña alegre, vivaz, con la misma sonrisa dulce de
Emilia, su cabello

igual al de su madre.

En esos momentos de felicidad, siempre tiene que aparecer algo que


lo malogra todo, fue

un día como cualquier y llegaba a la empresa una empleada nueva,


se llamaba Valeria,

era la nueva asistente del dueño de la empresa, y como siempre ella


llamaba la atención,

por su rostro bonito, su cuerpo todo provocativo y sobre todo su


forma de hablar que a

media empresa los tenia seducido, pero no a John.

—Esta es hermosa la asistente del jefe— dijo uno de los compañeros


de John.

—Tiene su encanto pero no es asusto mío— dijo el

En un día cualquier se cruzaron solos en una parte de la bodega,


cuando Valeria vio a

John lo intento seducir con la voz.

—Hola… John verdad— dijo ella con tono sensual.

—Si dígame señorita, que se le ofrece— respondió el serio.

—No me diga así … mejor dígame Vale.


—Me gusta la forma en como le digo, no se preocupe— respondió el
indiferente.

Después de ese día, Valeria se encapricho de John, del por que era
tan indiferente y tan

serio con ella. Siempre encontraba la forma de estar con el, tanto en
su oficina con en su

área de trabajo, siempre intentando hablar y coincidir con el de todas


formas, a John le

incomodaba, por que podría pensar algo mal Emilia, que le estuviera
engañando o algo

por el estilo. Pero un día exploto todo, ya que ese día Emilia lo fue a
ver a su trabajo, y

John no lo sabia, pero como Valeria seguía en ese juego de conquistar


a John, podría ser

malinterpretado.

Cuando ella lo estaba esperando afuera, vio algo que entendió mal,
vio a John siendo

acompañado de esa mujer casi juntos, cuando vio eso se enojo:

—¡John!... me puedes explicar eso— dijo ella casi gritándole.

—Amor no es lo que parece… ella solo es una compañera del trabajo.

—Enserio… y esa cercanía— dijo ella irritada.

—Amor no es nada, solo estaba saliendo— dijo el intentando


calmarla.

—Disculpa, ella es tu novia— dijo Valeria confundida.

—No lo es… es mi esposa, Emilia— dijo el con firmeza.

—¡Y la madre de sus hijos!— dijo ella poniéndose al frente de el.

—¿Hijos?,¿esposa?... estas casado— dijo ella aun mas confundida.

—Si, y felizmente casado.

—Perdóname si te cause problemas con tu esposa, no sabia que el


estaba…

—Si lo esta, el es mi esposo— respondió Emilia ya toda enojada.

—Si claro… me despido, que les valla bien— dijo ella toda
sorprendida y al mismo tiempo
avergonzada por lo sucedido.

—Y tu si te vuelvo a ver con otra, te dejo con el perro para que


duermas— dijo ella

reclamándole.

—Pero si no tenernos perro.

—Entonces adoptare uno solo para que duermas con el— dijo ella
toda furiosa.

Esa fue una de las veces que ella se mostraba enojada, después de el
eso Valeria

renuncio por que decía que tenia que vivir a otro lugar por temas
personales, por su parte

John estaba feliz de desearse de ese problema, pero cuando se


entero Emilia de eso

ella lee soltó una sonrisa disimulada, de hay todo era paz y
tranquilidad.

Ahora, con sus dos hijos en sus vidas, el mundo les sonreía. Las
dificultades seguían

existiendo, digamos que ya no se notan: el trabajo de John sigue


siendo de la empresa

del padre de Gabriel pero ahora era jefe de bodega, el salario era
mejor para que vivan

cómodamente, Emilia comenzó a estudiar la universidad desde casa,


pronto se graduaría

de fisioterapeuta, algo que le gusto desde joven, los gastos no eran


los mismo, el

cansancio de John era un pan de cada día, las responsabilidades de


los dos eran

primordiales… pero el amor, ese amor que se había sembrado desde


la adolescencia, no

había hecho más que florecer.

John ya no era el mismo muchacho rebelde que quería respeto a


través del travesuras y

miedo. Ahora era un hombre de familia. Su prioridad era su esposa,


sus hijos… su hogar.
En las noches, cuando los niños dormían, solía quedarse despierto
mirando a Emilia

mientras ella leía en la cama.

—¿En qué piensas? —le preguntaba ella a veces, sin apartar la vista
del libro.

—En ti —respondía él—. Y en cómo carajos tuve tanta suerte de que


la vida me cruzara

contigo.

Emilia sonreía, cerraba el libro, y se recostaba sobre su pecho.

—¿Sabes? —le decía—. A veces no me lo creo. Que estés aquí… que


seamos esto.

—Yo tampoco —susurraba él—.Yo debería estar en Las Vegas


perdiéndome en la gran

vida— dijo el con burla y sarcasmo.

—¡Oyee!, entonces no somos lo que quieres ahora— dijo ella un poco


molestas.

—Claro que si… y es todo lo que necesito del mundo.

—Y entonces... por que me dices esto— respondió ella.

—Solo era una broma amor… ya te digo que si no estuvieras aquí no


se que seria mi

vida toda tonta.

Ella solo asintió pero dando un golpe en la cabeza y después dándole


un beso.

Emilia estaba contenta de su vida con John y sus dos hijos, y John
estaba más pendiente

que nunca de ella. La mimaba siempre, la ayudaba en todo, se


ocupaba de los niños, la

acompañaba al médico cuando se enfermaba, le compraba antojos


sin que ella tuviera

que pedirlo, le daba cartas, la trataba como una reina.

Un día, ella le dijo:

—Eres el esposo perfecto.

John negó con la cabeza, sonriendo.


—Enserio… no me lo creo. Y cual es mi premio por eso… no me digas
que eres tú.

John la cargo en brazos mientras tanto ella solo se reía.

—Ya bajarme… que ridículo— dijo ella, acariciándole el rostro—. Si


siempre me tienes, y

yo te tengo a ti, ese es mi premio también.

Él la miró con ternura. Y por dentro, seguía pensando: cómo fue que
tardé tanto en

darme cuenta de lo que tenía delante.

Los amigos de ellos los envidiaban, solían decirle:

—Hermano, tú ganaste la lotería con esa mujer— decía Francisco


todo orgulloso.

Y él, sin dudarlo, siempre respondía:

—Sí… y no pienso perder el premio, mujeres así salen cada mil años.

A veces, cuando se quedaban a solas en el jardín, John se quedaba


observando a Emilia

sin decir nada.

—¿Qué pasa? —preguntaba ella, curiosa.

—Nada… solo quiero grabarme este momento. Tu cara, tus ojos… el


brillo que tienes

cuando me miras.

Ella se reía.

—Te estás volviendo un romántico, algo que nunca pensé que serias
—le decía, en

broma.

—Claro… y que no me olvide nunca, Por ti puedo ser hasta Romeo


Santos.

Ella solo se reía por sus palabras.

Los días seguían pasaron. Y con cada uno, el amor crecía más. Raúl
comenzaba a

preguntar por qué sus padres se miraban así todo el tiempo, o por
qué se daban tantos
besos en la cocina.

—Porque papá besa a mamá, y mamá besa a papá — preguntaba


Raúl, abrazándolo.

—Por que tu mamá me embrujo, ella me tiene dominado — respondía


John con su mítico

sarcasmo.

—Cierra la boca, que luego piensa que es verdad —respondía Emilia,


alzándolo en

brazos—. Eres la razón por la que nos amamos hijo.

—y tu papá, ¿quieres a mamá?— preguntaba con inocencia.

—Hijo, yo a tu madre la amo con toda mi alma, así sea que se enoje y
todo nunca la

dejare de amar.

Raulito solo lo abrazo y se rio con el por lo dicho.

—Enserio eso sientes por mi John— le dijo ella con poco de lagrimas
en los ojos.

—Claro que si mi chillona hermosa— respondió el dando un beso en


la frente.

Y así, entre juegos, comidas, bromas, tareas del hogar y noches de


desvelo, esa familia

seguía construyendo algo fuerte, verdadero, eterno.

Capítulo VIII

Me enamore sin darme cuenta

Muchas cosas pasaron para que esta pareja pudiera estar junta,
muchos dirán que fue

por un niño en camino, pero ya hace mucho que ellos querían decirlo
mutuamente, ya

pasaba dando señales de que ellos se estaban enamorando.

Una noche cualquiera, mientras la casa dormía, John salió al jardín


con una taza de café.

El cielo estaba despejado, las estrellas parpadeaban como pequeños


faros en la
oscuridad. La brisa era suave, y por primera vez en mucho tiempo, el
silencio no le

incomodaba. Al contrario, le permitía pensar con claridad.

Se sentó en la vieja banca de madera que él mismo había reparado, y


se quedó allí,

mirando al cielo, respirando hondo. En su pecho, había una calma


serena… y una

certeza: Era feliz.

No era millonario. No tenía mansiones ni lujos. Pero tenía a la mujer


más maravillosa del

mundo durmiendo dentro de su casa, que la amaba con todo su


corazón, y a dos niños

que lo esperaban cada día para jugar y reír, que cada vez que ellos de
daban algo sentía

demasiado cariño por parte de ellos.

Recordó su adolescencia. El colegio. Aquel día detrás de los baños,


cuando vio a una

chica tímida y frágil llorando, y decidió, sin saber por qué, intervenir.
Recordó su primer

abrazo, torpe y frío, pero que cambiaría su vida para siempre.

—“Gracias por salvarme”, había dicho ella entonces— se dijo el con


melancolía.

—¿Y si nunca la hubiera defendido aquella vez?,¿y si no le hubiera


permitido que me

abrazara ese día?,¿Y sin nunca hubiera hecho ese trabajo con ella?—
se preguntaba el

en ese momento.

—¿Qué hubiera sido de mi vida?

Mil cosas podían haber salido distintas. Pero no fue así. Porque, de
alguna forma, el

destino se encargó de unirlos.

Y entonces lo supo. Esa frase, tan simple, era la historia entera:

—¡Me enamoré sin darme cuenta! — dijo el con demasiada felicidad.


No hubo un momento exacto, ni una señal divina. Fue un proceso
lento, sutil, como una

flor que florece en silencio. La quiso cuando la protegió. La amó


cuando ella le ayudó a

mejorar sus notas. La amó cuando lo cuidó tras la caída. La amó


cuando lo perdonó. La

amó cuando lloraba de felicidad por cada pequeño detalle que él


hacía. Y la amó, sin que

lo supiera, desde que ella lo miró con esos ojos verdes que parecían
decir: “Tú eres mi

lugar seguro”.

A veces pensaba que no la merecía. Pero Emilia nunca dijo nada eso,
nunca pidió

perfección. Solo pidió amor. Y él se lo daba ahora sin medida.

Recordó aquella carta que le escribió durante esa cena especial, y


cómo ella la leyó

llorando, con una mano en el pecho y la otra en su corazón:

"Te amo con todo mi ser Emilia, con todo el corazón. Eres y serás el
amor de mi

vida."

Cuando entró de nuevo en la casa, fue a ver a sus hijos dormidos.


Raúl estaba

abrazando un balón, y Valentina dormía con un dibujo de la familia en


su mano. Luego

fue al cuarto principal. Emilia dormía, abrazada a un peluche que el le


había comprado y

una mano sobre la almohada donde antes había estado él.

Se acercó, le acarició el rostro con ternura, y susurró

—Amor puedo de una cosa.

—Dime… cosa quieres decirme— ella murmuró media dormida.

—Gracias por amarme… gracias por esperarme todo ese tiempo

—Ok amor… yo también te amo.


Ella, aún dormida, le dio un beso y volvió a dormir. John sonrió. Se
recostó a su lado, la

abrazó por la cintura, y cerró los ojos.

Ese era su hogar.

Ese era su lugar en el mundo.

Ese era su amor.

Y ahora, por fin, lo sabía

No hay nada más perfecto que amar a quien te salvó sin pedir nada a
cambio.

FIN

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