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Variabilidad en la Domesticación

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Capítulo 1

La variación en estado doméstico


Causas de variabilidad

Cuando comparamos los individuos de la misma variedad o subvarie-


dad de nuestras plantas y animales cultivados más antiguos, una de las
primeras cosas que nos impresionan es que generalmente difieren más
entre sí que los individuos de cualquier especie en estado natural; y si re-
flexionamos en la gran diversidad de plantas y animales que han sido
cultivados y que han variado durante todas las edades bajo los más dife-
rentes climas y tratos, nos vemos llevados a la conclusión de que esta
gran variabilidad se debe a que nuestras producciones domésticas se han
criado en condiciones de vida menos uniformes y algo diferentes de aq-
uellas a que ha estado sometida en la naturaleza la especie madre. Hay,
pues, algo de probable en la opinión propuesta por Andrew Knight, de
que esta variabilidad puede estar relacionada, en parte, con el exceso de
alimento. Parece claro que los seres orgánicos, para que se produzca al-
guna variación importante, tienen que estar expuestos durante varias ge-
neraciones a condiciones nuevas, y que, una vez que el organismo ha
empezado a variar, continúa generalmente variando durante muchas ge-
neraciones. No se ha registrado un solo caso de un organismo variable
que haya cesado de variar sometido a cultivo. Las plantas cultivadas más
antiguas, tales como el trigo, producen todavía nuevas variedades; los
animales domésticos más antiguos son capaces de modificación y perfec-
cionamiento rápidos.
Hasta donde puedo yo juzgar después de prestar mucho tiempo aten-
ción a este asunto, las condiciones de vida parecen actuar de dos modos
directamente, sobre todo el organismo o sobre ciertas partes sólo, e indi-
rectamente, obrando sobre el aparato reproductor. Respecto a la acción
directa, debemos tener presente que en cada caso, como el profesor
Weismann ha señalado hace poco y como yo he expuesto incidentalmen-
te en mi obra sobre la Variation under Domestication, hay dos factores, a

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saber: la naturaleza del organismo y la naturaleza de las condiciones de
vida. El primero parece ser, con mucho, el más importante, pues variac-
iones muy semejantes se originan a veces, hasta donde podernos juzgar,
en condiciones diferentes; y, por el contrario, variaciones diferentes se
originan en condiciones que parecen ser casi iguales. Los efectos en la
descendencia son determinados o indeterminados. Se pueden considerar
como determinados cuando todos, o casi todos, los descendientes de in-
dividuos sometidos a ciertas condiciones, durante varias generaciones,
están modificados de la misma manera. Es sumamente difícil llegar a
una conclusión acerca de la extensión de los cambios que se han produci-
do definitivamente de este modo. Sin embargo, apenas cabe duda por lo
que se refiere a muchos cambias ligeros, como el tamaño, mediante la
cantidad de comida; el color, mediante la clase de comida; el grueso de la
piel y del pelaje, según el clima, etc. Cada una de las infinitas variaciones
que vemos en el plumaje de nuestras gallinas debe haber tenido alguna
causa eficiente; y si la misma causa actuase uniformemente durante una
larga serie de generaciones sobre muchos individuos, todos, probable-
mente, se modificarían del mismo modo. Hechos tales como la compleja
y extraordinaria excrecencia que invariablemente sigue a la introducción
de una diminuta gota de veneno por un insecto productor de agallas nos
muestran las singulares modificaciones que podrían resultar, en el caso
de las plantas, por un cambio químico en la naturaleza de la savia.
La variabilidad indeterminada es un resultado mucho más frecuente
del cambio de condiciones que la variabilidad determinada, y ha desem-
peñado, probablemente, un papel más importante en la formación de las
razas domésticas. Vemos variabilidad indeterminada en las innumera-
bles particularidades pequeñas que distinguen a los individuos de la
misma especie y que no pueden explicarse por herencia, ni de sus pa-
dres, ni de ningún antecesor más remoto. Incluso diferencias muy marca-
das aparecen de vez en cuando entre los pequeños de una misma cama-
da y en las plantitas procedentes de semillas del mismo fruto. Entre los
millones de individuos criados en el mismo país y alimentados casi con
el mismo alimento, aparecen muy de tarde en tarde anomalías de estruc-
tura tan pronunciadas, que merecen ser llamadas monstruosidades; pero
las monstruosidades no pueden separarse por una línea precisa de las
variaciones más ligeras. Todos estos cambios de conformación, ya suma-
mente ligeros, ya notablemente marcados, que aparecen entre muchos
individuos que viven juntos, pueden considerarse como los efectos inde-
terminados de las condiciones de vida sobre cada organismo dado, casi
del mismo modo que un enfriamiento obra en hombres diferentes de un

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modo indeterminado, según la condición del cuerpo o constitución, cau-
sando toses o resfriados, reumatismo o inflamación de diferentes
órganos.
Respecto a lo que he llamado la acción indirecta del cambio de condic-
iones, o sea mediante el aparato reproductor al ser influido, podemos in-
ferir que la variabilidad se produce de este modo, en parte por el hecho
de ser este aparato sumamente sensible a cualquier cambio en las condic-
iones de vida, y en parte por la semejanza que existe -según Kölreuter y
otros autores han señalado- entre la variabilidad que resulta del cruzam-
iento de especies distintas y la que puede observarse en plantas y anima-
les criados en condiciones nuevas o artificiales. Muchos hechos demues-
tran claramente lo muy sensible que es el aparato reproductor para lige-
rísimos cambios en las condiciones ambientes. Nada más fácil que aman-
sar un animal, y pocas cosas hay más difíciles que hacerle criar ilimitada-
mente en cautividad, aun cuando el macho y la hembra se unan.
¡Cuántos animales hay que no quieren criar aun tenidos en estado casi li-
bre en su país natal! Esto se atribuye en general, aunque erróneamente, a
instintos viciados. ¡Muchas plantas cultivadas muestran el mayor vigor
y, sin embargo, rara vez o nunca producen semillas! En un corto número
de casos se ha descubierto que un cambio muy insignificante, como un
poco más o menos de agua en algún período determinado del crecimien-
to, determina el que una planta produzca o no semillas. No puedo dar
aquí los detalles que he recogido y publicado en otra parte sobre este cu-
rioso asunto pero para demostrar lo extrañas que son las leyes que deter-
minan la reproducción de los animales en cautividad, puedo indicar que
los mamíferos carnívoros, aun los de los trópicos, crían en nuestro país
bastante bien en cautividad, excepto los plantígrados, o familia de los
osos, que rara vez dan crías; mientras que las aves carnívoras, salvo rarí-
simas excepciones, casi nunca ponen huevos fecundos. Muchas plantas
exóticas tienen polen completamente inútil, de la misma condición que el
de las plantas híbridas más estériles. Cuando, por una parte, vemos plan-
tas y animales domésticos que, débiles y enfermizos muchas veces, crían
ilimitadamente en cautividad, y cuando, por otra parte, vemos individ-
uos que, aun sacados jóvenes del estado natural, perfectamente amansa-
dos, habiendo vivido bastante tiempo y sanos -de lo que podría dar yo
numerosos ejemplos-, tienen, sin embargo, su aparato reproductor tan
gravemente perjudicado, por causas desconocidas, que deja de funcio-
nar, no ha de sorprendernos que este aparato, cuando funciona en cauti-
vidad, lo haga irregularmente y produzca descendencia algo diferente de
sus padres. Puedo añadir que, así como algunos organismos crían

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ilimitadamente en las condiciones más artificiales -por ejemplo los huro-
nes y los conejos tenidos en cajones-, lo que muestra que sus órganos re-
productores no son tan fácilmente alterados, así también algunos anima-
les y plantas resistirán la domesticación y el cultivo y variarán muy lige-
ramente, quizá apenas más que en estado natural.
Algunos naturalistas han sostenido que todas las variaciones están re-
lacionadas con el acto de la reproducción sexual; pero esto seguramente
es un error, pues he dado en otra obra una larga lista de sporting plants,
como los llaman los jardineros y hortelanos; esto es: de plantas que han
producido súbitamente un solo brote con caracteres nuevos y a veces
muy diferentes de los de los demás brotes de la misma planta. Estas var-
iaciones de brotes, como puede llamárseles, pueden ser propagadas por
injertos, acodos, etc., y algunas veces por semilla. Estas variaciones ocu-
rren pocas veces en estado natural, pero distan de ser raras en los culti-
vos. Como entre los muchos miles de brotes producidos, año tras año, en
el mismo árbol, en condiciones uniformes, se ha visto uno sólo que tome
súbitamente caracteres nuevos, y como brotes de distintos árboles que
crecen en condiciones diferentes han producido a veces casi las mismas
variedades, por ejemplo, brotes de melocotonero que producen nectari-
nas, y brotes de rosal común que producen rosas de musgo, vemos clara-
mente que la naturaleza de las condiciones es de importancia secundaria,
en comparación de la naturaleza del organismo, para determinar cada
forma particular de variedad, quizá de importancia no mayor que la que
tiene la naturaleza de la chispa con que se enciende una masa de materia
combustible en determinar la naturaleza de las llamas.

Efectos de la costumbre y del uso y desuso de los órganos; variación


correlativa; herencia
El cambio de condiciones produce un efecto hereditario, como en la é-
poca de florecer las plantas cuando se las transporta de un clima a otro.
En los animales, el creciente uso o desuso de órganos ha tenido una infl-
uencia más marcada; así, en el pato doméstico, encuentro que, en pro-
porción a todo el esqueleto, los huesos del ala pesan menos y los huesos
de la pata más que los mismos huesos del pato salvaje, y este cambio
puede atribuirse seguramente a que el pato doméstico vuela mucho me-
nos y anda más que sus progenitores salvajes. El grande y hereditario de-
sarrollo de las ubres en las vacas y cabras en países donde son habitual-
mente ordeñadas, en comparación con estos órganos en otros países, es,
probablemente, otro ejemplo de los efectos del uso. No puede citarse un
animal doméstico que no tenga en algún país las orejas caídas, y parece

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probable la opinión, que se ha indicado, de que el tener las orejas caídas
se debe al desuso de los músculos de la oreja, porque estos animales ra-
ras veces se sienten muy alarmados.
Muchas leyes regulan la variación, algunas de ellas pueden ser vislum-
bradas y serán después brevemente discutidas. Sólo me referiré aquí a lo
que puede llamarse variación correlativa. Cambios importantes en el em-
brión o larva ocasionarán probablemente cambios en el animal adulto.
En las monstruosidades son curiosísimas las correlaciones entre órganos
por completo distintos, y se citan de ello muchos ejemplos en la gran
obra de Isidore Geoffroy Saint-Hilaire sobre esta materia. Los criadores
creen que las patas largas van casi siempre acompañadas de cabeza alar-
gada. Algunos ejemplos de correlación son muy caprichosos: así, los ga-
tos que son del todo blancos y tienen los ojos azules, generalmente son
sordos; pero últimamente míster Tait ha mostrado que esto está limitado
a los machos. El color y particularidades de constitución van juntos, de lo
que podrían citarse muchos casos notables en animales y plantas. De los
hechos reunidos por Heusinger resulta que a las ovejas y cerdos blancos
les dañan ciertas plantas, de lo que se salvan los individuos de color obs-
curo. El profesor Wyman me ha comunicado recientemente un buen
ejemplo de este hecho: preguntando a algunos labradores de Virginia
por qué era que todos sus cerdos eran negros, le informaron que los cer-
dos comieron paint-root (Lachnanthes), que tiñó sus huesos de color de
rosa e hizo caer las pesuñas de todas las variedades, menos las de la ne-
gra; y uno de los crackers -colonos usurpadores de Virginia- añadió:
«Elegimos para la cría los individuos negros de una carnada, pues sólo
ellos tienen probabilidades de vida». Los perros de poco pelo tienen los
dientes imperfectos; los animales de pelo largo y basto son propensos a
tener, según se afirma, largos cuernos; las palomas calzadas tienen piel
entre sus dedos externos; las palomas con pico corto tienen pies peque-
ños, y las de pico largo, pies grandes. Por lo tanto, si se continúa seleccio-
nando y haciendo aumentar de este modo cualquier particularidad, casi
con seguridad se modificarán involuntariamente otras partes de la es-
tructura, debido a las misteriosas leyes de correlación.
Los resultados de las diversas leyes, ignoradas u obscuramente conoci-
das, de variación son infinitamente complejos y variados. Vale bien la
pena el estudiar cuidadosamente los diversos tratados de algunas de
nuestras plantas cultivadas de antiguo, como el jacinto, la patata, hasta la
dalia, etc., y es verdaderamente sorprendente observar el sinfín de pun-
tos de estructura y de constitución en que las variedades y

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subvariedades difieren ligeramente unas de otras. Toda la organización
parece haberse vuelto plástica y se desvía ligeramente de la del tipo
progenitor.
Toda variación que no es hereditaria carece de importancia para noso-
tros. Pero es infinito el número y diversidad de variaciones de estructura
hereditarias, tanto de pequeña como de considerable importancia fisioló-
gica. El tratado, en dos grandes volúmenes, del doctor Prosper Lucas es
el más completo y el mejor sobre este asunto. Ningún criador duda de lo
enérgica que es la tendencia a la herencia; que lo semejante produce lo
semejante es su creencia fundamental; solamente autores teóricos han
suscitado dudas sobre este principio. Cuando una anomalía cualquiera
de estructura aparece con frecuencia y la vemos en el padre y en el hijo,
no podemos afirmar que esta desviación no pueda ser debida a una mis-
ma causa que haya actuado sobre ambos; pero cuando entre individuos
evidentemente sometidos a las mismas condiciones alguna rarísima ano-
malía, debida a alguna extraordinaria combinación de circunstancias,
aparece en el padre -por ejemplo: una vez entre varios millones de indi-
viduos- y reaparece en el hijo, la simple doctrina de las probabilidades
casi nos obliga a atribuir a la herencia su reaparición. Todo el mundo tie-
ne que haber oído hablar de casos de albinismo, de piel con púas, de
cuerpo cubierto de pelo, etc., que aparecen en varios miembros de la mis-
ma familia. Si las variaciones de estructura raras y extrañas se heredan
realmente, puede admitirse sin reserva que las variaciones más comunes
y menos extrañas son heredables. Quizá el modo justo de ver todo este
asunto sería considerar la herencia de todo carácter, cualquiera que sea,
como regla, y la no herencia, como excepción.
Las leyes que rigen la herencia son, en su mayor parte, desconocidas.
Nadie puede decir por qué la misma articularidad en diferentes individ-
uos de la misma especie o en diferentes especies es unas veces heredada
y otras no; por qué muchas veces el niño, en ciertos caracteres, vuelve a
su abuelo o abuela, o un antepasado más remoto; por qué muchas veces
una particularidad es transmitida de un sexo a los dos sexos, o a un sexo
solamente, y en este caso, más comúnmente, aunque no siempre, al mis-
mo sexo. Es un hecho de cierta importancia para nosotros el que particu-
laridades que aparecen en los machos de las castas domésticas, con frec-
uencia se transmiten a los machos exclusivamente, o en grado mucho
mayor. Una regla mucho más importante, a la que yo espero se dará cré-
dito, es que, cualquiera que sea el período de la vida en que aparece por
vez primera alguna peculiaridad, ésta tiende a reaparecer en la descen-
dencia a la misma edad, aunque, a veces, un poco antes. En muchos

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casos, esto no puede ser de otra manera; así, las particularidades heredi-
tarias en los cuernos del ganado vacuno solamente podían aparecer en la
descendencia cerca del término del desarrollo; de particularidades en el
gusano de la seda se sabe que aparecen en la fase correspondiente de
oruga o de capullo. Pero las enfermedades hereditarias y algunos otros
hechos me hacen creer que la regla tiene una gran extensión, y que, aun
cuando no exista ninguna razón manifiesta para que una particularidad
haya de aparecer a una edad determinada, no obstante, tiende a aparecer
en la descendencia en el mismo período en que apareció por vez primera
en el antecesor. Creo que esta regla es de suma importancia para explicar
las leyes de la embriología. Estas advertencias están, naturalmente, limi-
tadas a la primera aparición de la particularidad, y no a la causa primera
que puede haber obrado sobre los óvulos o sobre el elemento masculino;
del mismo modo que la mayor longitud de los cuernos en los hijos de
una vaca de cuernos cortos con un toro de cuernos largos, aunque apare-
ce en un período avanzado de la vida, se debe evidentemente al elemen-
to masculino.
Habiendo aludido a la cuestión de la reversión, debo referirme a una
afirmación hecha frecuentemente por los naturalistas, o sea, que las var-
iedades domésticas, cuando pasan de nuevo al estado salvaje, vuelven
gradual, pero invariablemente, a los caracteres de su tronco primitivo.
De aquí se ha argüido que no pueden sacarse deducciones de las razas
domésticas para las especies en estado natural. En vano me he esforzado
en descubrir con qué hechos decisivos se ha formulado tan frecuente y
tan osadamente la afirmación anterior. Sería muy difícil probar su ver-
dad: podemos con seguridad sacar la conclusión de que muchísimas de
las variedades domésticas más marcadas no podrían quizá vivir en esta-
do salvaje. En muchos casos no conocemos cuál fue el tronco primitivo,
y, así, no podríamos decir si había ocurrido o no reversión casi perfecta.
Sería necesario, para evitar los efectos del cruzamiento, que una sola var-
iedad únicamente se hubiese vuelto silvestre en su nueva patria. Sin em-
bargo, como nuestras variedades ciertamente revierten a veces, en algu-
nos de sus caracteres, a formas precursoras, no me parece improbable
que, si lográsemos naturalizar, o se cultivasen durante muchas generac-
iones, las varias razas, por ejemplo, de la col, en suelo muy pobre -en
cual caso, sin embargo, algún efecto se habría de atribuir a la acción de-
terminada del suelo pobre-, volverían en gran parte, o hasta completa-
mente, al primitivo tronco salvaje. Que tuviese o no buen éxito el experi-
mento, no es de gran importancia para nuestra argumentación, pues, por
el experimento mismo, las condiciones de vida han cambiado. Si pudiese

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demostrarse que las variedades domésticas manifiestan una enérgica
tendencia a la reversión -esto es, a perder los caracteres adquiridos cuan-
do se las mantiene en las mismas condiciones y en grupo considerable,
de modo que el cruzamiento libre pueda contrarrestar, mezclándolas en-
tre sí, cualesquiera ligeras desviaciones de su estructura-; en este caso,
convengo en que de las variedades domésticas no podríamos sacar de-
ducción alguna por lo que toca a las especies. Pero no hay ni una sombra
de prueba en favor de esta opinión: el afirmar que no podríamos criar,
por un número ilimitado de generaciones, nuestros caballos de tiro y de
carrera, ganado vacuno de astas largas y de astas cortas, aves de corral
de diferentes castas y plantas comestibles, sería contrario a toda
experiencia.

Caracteres de las variedades domésticas; dificultad de la distinción en-


tre variedades y especies; origen de las variedades domésticas a partir
de una o de varias especies
Cuando consideramos las variedades hereditarias o razas de las plan-
tas y animales domésticos, y las comparamos con especies muy afines,
vemos generalmente en cada raza doméstica, como antes se hizo obser-
var, menos uniformidad de caracteres que en las especies verdaderas.
Las razas domésticas tienen con frecuencia un carácter algo monstruoso;
con lo cual quiero decir que, aunque difieren entre sí y de las otras espec-
ies del mismo género en diferentes puntos poco importantes, con frec-
uencia difieren en sumo grado en alguna parte cuando se comparan en-
tre sí, y más aún cuando se comparan con la especie en estado natural, de
que son más afines. Con estas excepciones -y con la de la perfecta fecun-
didad de las variedades cuando se cruzan, asunto para discutido más
adelante-, las razas domésticas de la misma especie difieren entre sí del
mismo modo que las especies muy afines del mismo género en estado
natural; pero las diferencias, en la mayor parte de los casos, son en grado
menor. Esto ha de admitirse como cierto, pues las razas domésticas de
muchos animales y plantas han sido clasificadas por varias autoridades
competentes como descendientes de especies primitivamente distintas, y
por otras autoridades competentes, como simples variedades. Si existiese
alguna diferencia bien marcada entre una raza doméstica y una especie,
esta causa de duda no se presentaría tan continuamente. Se ha dicho mu-
chas veces que las razas domésticas no difieren entre sí por caracteres de
valor genérico. Puede demostrarse que esta afirmación no es exacta, y los
naturalistas discrepan mucho al determinar qué caracteres son de valor
genérico, pues todas estas valoraciones son al presente empíricas.

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Cuando se exponga de qué modo los géneros se originan en la naturale-
za, se verá que no tenemos derecho alguno a esperar hallar muchas veces
en las razas domésticas un grado genérico de diferencia.
Al intentar apreciar el grado de diferencia estructural entre razas do-
mésticas afines, nos vemos pronto envueltos en la duda, por no saber si
han descendido de una o de varias especies madres. Este punto, si pudie-
se ser aclarado, sería interesante; si, por ejemplo, pudiese demostrarse
que el galgo, el bloodhound, el terrier, el spaniel y el bull-dog, que todos
sabemos que propagan su raza sin variación, eran la descendencia de
una sola especie, entonces estos hechos tendrían gran peso para hacernos
dudar de la inmutabilidad de las muchas especies naturales muy afines -
por ejemplo, los muchos zorros- que viven en diferentes regiones de la
tierra. No creo, como luego veremos, que toda la diferencia que existe
entre las diversas castas de perros se haya producido en domesticidad;
creo que una pequeña parte de la diferencia es debida a haber descendi-
do de especies distintas. En el caso de razas muy marcadas de algunas
otras especies domésticas hay la presunción, o hasta pruebas poderosas,
de que todas descienden de un solo tronco salvaje.
Se ha admitido con frecuencia que el hombre ha escogido para la do-
mesticación animales y plantas que tienen una extraordinaria tendencia
intrínseca a variar y también a resistir climas diferentes. No discuto que
estas condiciones han añadido mucho al valor de la mayor parte de
nuestras producciones domésticas; pero ¿cómo pudo un salvaje, cuando
domesticó por vez primera un animal, conocer si éste variaría en las ge-
neraciones sucesivas y si soportaría o no otros climas? La poca variabili-
dad del asno y el ganso, la poca resistencia del reno para el calor, o del
camello común para el frío, ¿han impedido su domesticación? No puedo
dudar que si otros animales y plantas, en igual número que nuestras pro-
ducciones domésticas y pertenecientes a clases y regiones igualmente di-
versas, fuesen tomados del estado natural y se pudiese hacerles criar en
domesticidad, en un número igual de generaciones, variarían, por térmi-
no medio, tanto como han variado las especies madres de las produccio-
nes domésticas hoy existentes.
En el caso de la mayor parte de las plantas y animales domésticos de
antiguo, no es posible llegar a una conclusión precisa acerca de si han
descendido de una o varias especies salvajes. El argumento con que
cuentan principalmente los que creen en el origen múltiple de nuestros
animales domésticos es que en los tiempos más antiguos, en los monu-
mentos de Egipto y en las habitaciones lacustres de Suiza encontramos
gran diversidad de razas, y que muchas de estas razas antiguas se

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parecen mucho, o hasta son idénticas, a las que existen todavía. Pero esto
hace sólo retroceder la historia de la civilización y demuestra que los ani-
males fueron domesticados en tiempo mucho más antiguo de lo que has-
ta ahora se ha supuesto. Los habitantes de los lagos de Suiza cultivaron
diversas clases de trigo y de cebada, el guisante, la adormidera para acei-
te y el lino, y poseyeron diversos animales domesticados. También man-
tuvieron comercio con otras naciones. Todo esto muestra claramente, co-
mo ha señalado Heer, que en esta remota edad habían progresado consi-
derablemente en civilización, y esto significa además un prolongado pe-
ríodo previo de civilización menos adelantada, durante el cual los ani-
males domésticos tenidos en diferentes regiones por diferentes tribus pu-
dieron haber variado y dado origen a diferentes razas. Desde el descubri-
miento de los objetos de sílex en las formaciones superficiales de muchas
partes de la tierra, todos los geólogos creen que el hombre salvaje existió
en un período enormemente remoto, y sabemos que hoy día apenas hay
una tribu tan salvaje que no tenga domesticado, por lo menos, el perro.
El origen de la mayor parte de nuestros animales domésticos, proba-
blemente quedará siempre dudoso. Pero puedo decir que, considerando
los perros domésticos de todo el mundo, después de una laboriosa reco-
pilación de todos los datos conocidos, he llegado a la conclusión de que
han sido amansadas varias especies salvajes de cánidos, y que su sangre,
mezclada en algunos casos, corre por las venas de nuestras razas domés-
ticas. Por lo que se refiere a las ovejas y cabras no puedo formar opinión
decidida. Por los datos que me ha comunicado míster Blyth sobre las cos-
tumbres, voz, constitución y estructura del ganado vacuno indio de joro-
ba, es casi cierto que descendió de diferente rama primitiva que nuestro
ganado vacuno europeo, y algunas autoridades competentes creen que
este último ha tenido dos o tres progenitores salvajes, merezcan o no el
nombre de especies. Esta conclusión, lo mismo que la distinción específi-
ca entre el ganado vacuno común y el de joroba, puede realmente consi-
derarse como demostrada por las admirables investigaciones del profe-
sor Rütimeyer. Respecto a los caballos, por razones que no puedo dar
aquí, me inclino, con dudas, a creer, en oposición a diversos autores, que
todas las razas pertenecen a la misma especie. Habiendo tenido vivas ca-
si todas las razas inglesas de gallinas, habiéndolas criado y cruzado y
examinado sus esqueletos, me parece casi seguro que todas son descend-
ientes de la gallina salvaje de la India, Gallus bankiva, y ésta es la conclu-
sión de míster Blyth y de otros que han estudiado esta ave en la India.
Respecto a los patos y conejos, algunas de cuyas razas difieren mucho

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entre sí, son claras las pruebas de que descienden todas del pato y del co-
nejo comunes salvajes.
La doctrina del origen de nuestras diversas razas domésticas a partir
de diversos troncos primitivos ha sido llevada a un extremo absurdo por
algunos autores. Creen que cada raza que cría sin variaciones, por ligeros
que sean los caracteres distintivos, ha tenido su prototipo salvaje. A este
paso, tendrían que haber existido, por lo menos, una veintena de espec-
ies de ganado vacuno salvaje, otras tantas ovejas y varias cabras sólo en
Europa, y varias aun dentro de la misma Gran Bretaña. ¡Un autor cree
que en otro tiempo existieron once especies salvajes de ovejas peculiares
de la Gran Bretaña! Si tenemos presente que la Gran Bretaña no tiene act-
ualmente ni un mamífero peculiar, y Francia muy pocos, distintos de los
de Alemania, y que de igual modo ocurre con Hungría, España, etc., y
que cada uno de estos países posee varias castas peculiares de vacas,
ovejas, etc., tenemos que admitir que muchas razas domésticas se han
originado en Europa, pues ¿de dónde, si no, pudieron haber descendido?
Lo mismo ocurre en la India. Aun en el caso de las razas del perro do-
méstico del mundo entero, que admito que descienden de diversas espe-
cies salvajes, no puede dudarse que ha habido una cantidad inmensa de
variaciones hereditarias, pues ¿quién creerá que animales que se parecie-
sen mucho al galgo italiano, al bloodhound, al bull-dog, al pug-dog o al
spaniel Blenheim, etc. -tan distintos de todos los cánidos salvajes- existie-
ron alguna vez en estado natural? Con frecuencia se ha dicho vagamente
que todas nuestras razas de perros han sido producidas por el cruzam-
iento de unas pocas especies primitivas; pero mediante cruzamiento po-
demos sólo obtener formas intermedias en algún grado entre sus padres,
y si explicamos nuestras diversas razas domésticas por este procedimien-
to tenemos que admitir la existencia anterior de las formas más extremas,
como el galgo italiano, el bloodhound, el bull-dog, etc., en estado salvaje.
Es más: se ha exagerado mucho la posibilidad de producir razas distintas
por cruzamiento. Muchos casos se han registrado que muestran que una
raza puede ser modificada por cruzamientos ocasionales si se ayuda me-
diante la elección cuidadosa de los individuos que presentan el carácter
deseado; pero obtener una raza intermedia entre dos razas completa-
mente distintas sería muy difícil. Sir J. Sebright hizo expresamente expe-
rimentos con este objeto, y no tuvo buen éxito. La descendencia del pri-
mer cruzamiento entre dos razas puras es de carácter bastante uniforme,
y a veces -como he observado en las palomas- uniforme por completo, y
todo parece bastante sencillo; pero cuando estos mestizos se cruzan entre

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sí durante varias generaciones, apenas dos de ellos son iguales, y enton-
ces la dificultad de la labor se hace patente.

Razas de la paloma doméstica. Sus diferencias y origen


Creyendo que es siempre mejor estudiar algún grupo especial, des-
pués de deliberar, he elegido las palomas domésticas. He tenido todas
las razas que pude comprar o conseguir y he sido muy amablemente fa-
vorecido con pieles de diversas regiones del mundo, especialmente de la
India, por el Honorable W. Eliot, y de Persia, por el Honorable C. Murr-
ay. Se han publicado muchos tratados en diferentes lenguas sobre palo-
mas, y algunos de ellos son importantísimos, por ser de considerable an-
tigüedad. Me he relacionado con diferentes aficionados eminentes y he
sido admitido en dos clubs colombófilos de Londres. La diversidad de
las razas es una cosa asombrosa: compárense la paloma carrier o mensa-
jera inglesa y la volteadora o tumbler de cara corta, y véase la portentosa
diferencia en sus picos, que imponen las diferencias correspondientes en
los cráneos. La carrier, especialmente el macho, es también notable por el
prodigioso desarrollo, en la cabeza, de las carúnculas nasales, a lo que
acompañan párpados muy extendidos, orificios externos de la nariz muy
grandes y una gran abertura de boca. La volteadora de cara corta tiene
un pico cuyo perfil es casi como el de un pinzón, y la volteadora común
tiene una costumbre particular hereditaria de volar a gran altura, en ban-
dada compacta, y dar volteretas en el aire. La paloma runt es un ave de
gran tamaño, con pico largo y sólido y pies grandes; algunas de las sub-
razas de runt tienen el cuello muy largo: otras, alas y cola muy largas;
otras, cosa rara, cola corta. La paloma barb es afín de la mensajera ingle-
sa; pero, en vez del pico largo, tiene un pico cortísimo y ancho. La bucho-
na inglesa tiene el cuerpo, las alas y las patas muy largos, y su buche,
enormemente desarrollado, que la paloma se enorgullece de hinchar,
puede muy bien producir asombro y hasta risa. La paloma turbit tiene
un pico corto y cónico, con una fila de plumas vuelta debajo del pecho, y
tiene la costumbre de distender ligeramente la parte superior del esófa-
go. La capuchina tiene detrás del cuello las plumas tan vueltas, que for-
man una capucha, y, relativamente a su tamaño, tiene largas las plumas
de las alas y de la cola. La trumpeter y la laugher, como sus nombres ex-
presan, emiten un arrullo muy diferente del de las otras razas. La colipa-
vo tiene treinta o hasta cuarenta plumas rectrices, en vez de doce o cator-
ce, número normal en todos los miembros de la gran familia de las palo-
mas; estas plumas se mantienen extendidas, y el animal las lleva tan le-
vantadas, que en los ejemplares buenos la cabeza y la cola se tocan; la

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glándula oleosa está casi atrofiada. Podrían especificarse otras varias cas-
tas menos diferentes.
En los esqueletos de las diversas razas, el desarrollo de los huesos de
la cara difiere enormemente en longitud, anchura y curvatura. La forma,
lo mismo que el ancho y largo de las ramas de la mandíbula inferior, va-
ría de un modo muy notable. Las vértebras caudales y sacras varían en
número; lo mismo ocurre con las costillas, que varían, también en su an-
chura relativa y en la presencia de apófisis. El tamaño y forma de los ori-
ficios del esternón es sumamente variable; lo es también el grado de di-
vergencia y el tamaño relativo de las dos ramas del hueso furcular. La
anchura relativa de la abertura de la boca, la longitud relativa de los pár-
pados, de los orificios nasales, de la lengua -no siempre en correlación ri-
gurosa de la longitud del pico-, el tamaño del buche y de la parte super-
ior del esófago, el desarrollo o atrofia de la glándula oleosa, el número de
las rémiges primarias y de las rectrices, la longitud del ala, en relación
con la de la cola y con la del cuerpo; la longitud relativa de la pata y del
pie, el número de escudetes en los dedos, el desarrollo de la piel entre los
dedos, son todos puntos de conformación variables. Varía el período en
que adquieren el plumaje perfecto, como también el estado de la pelusa
de que están vestidos los polluelos al salir del huevo. La forma y tamaño
de los huevos varía. La manera de volar y, en algunas razas, la voz y el
carácter difieren notablemente. Por último, en ciertas razas, los machos y
hembras han llegado a diferir entre sí ligeramente.
En junto, podrían escogerse, por lo menos, una veintena de palomas
que, si se enseñaran a un ornitólogo y se le dijese que eran aves salvajes,
las clasificaría seguramente como especies bien definidas. Más aún, no
creo que ningún ornitólogo, en este caso, inclúyese la carrier o mensajera
inglesa, la tumbler o volteadora de cara corta, la runt, la barb, la buchona
inglesa y la colipavo en el mismo género, muy especialmente por cuanto
podrían serle presentadas en cada una de estas razas varias sub-razas cu-
yos caracteres se heredan sin variación, o especies, como él las llamaría.
Con ser grandes como lo son las diferencias entre las razas de palo-
mas, estoy plenamente convencido de que la opinión común de los natu-
ralistas es justa, o sea que todas descienden de la paloma silvestre
(Columba livia), incluyendo en esta denominación diversas razas geo-
gráficas o subespecies que difieren entre sí en puntos muy insignifican-
tes. Como varias de las razones que me han conducido a esta creencia
son aplicables, en algún grado, a otros casos, las expondré aquí breve-
mente. Si las diferentes razas no son variedades y no han procedido de la
paloma silvestre, tienen que haber descendido, por lo menos, de siete u

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ocho troncos primitivos, pues es imposible obtener las actuales razas do-
mésticas por el cruzamiento de un número menor; ¿cómo, por ejemplo,
podría producirse una buchona cruzando dos castas, a no ser que uno de
los troncos progenitores poseyese el enorme buche característico? Los su-
puestos troncos primitivos deben de haber sido todos palomas de roca;
esto es: que no criaban en los árboles ni tenían inclinación a posarse en
ellos. Pero, aparte de Columba livia con sus subespecies geográficas, sólo
se conocen otras dos o tres especies de paloma de roca, y éstas no tienen
ninguno de los caracteres de las razas domésticas. Por lo tanto, los sup-
uestos troncos primitivos, o bien tienen que existir aún en las regiones
donde fueron domesticados primitivamente, siendo todavía desconoci-
dos por los ornitólogos, y esto, teniendo en cuenta su tamaño, costum-
bres y caracteres, parece improbable, o bien tienen que haberse extingui-
do en estado salvaje. Pero aves que crían en precipicios y son buenas vo-
ladoras no son adecuadas para ser exterminadas, y la paloma silvestre,
que tiene las mismas costumbres que las razas domésticas, no ha sido ex-
terminada enteramente ni aun en algunos de los pequeños islotes británi-
cos ni en las costas del Mediterráneo. Por consiguiente, el supuesto exter-
minio de tantas especies que tienen costumbres semejantes a las de la pa-
loma silvestre parece una suposición muy temeraria. Es más: las diversas
castas domésticas antes citadas han sido transportadas a todas las partes
del mundo, y, por consiguiente, algunas de ellas deben de haber sido lle-
vadas de nuevo a su país natal; pero ninguna se ha vuelto salvaje o bra-
vía, si bien la paloma ordinaria de palomar, que es la paloma silvestre li-
gerísimamente modificada, se ha hecho bravía en algunos sitios. Ade-
más, todas las experiencias recientes muestran que es difícil lograr que
los animales salvajes críen ilimitadamente en domesticidad, y en la hipó-
tesis del origen múltiple de nuestras palomas habría que admitir que sie-
te u ocho especies, por lo menos, fueron domesticadas tan por completo
en tiempos antiguos por el hombre semicivilizado, que son perfectamen-
te prolíficas en cautividad.
Un argumento de gran peso, y aplicable en otros varios casos, es que
las castas antes especificadas, aunque coinciden generalmente con la pa-
loma silvestre en constitución, costumbres, voz, color, y en las más de las
partes de su estructura, son, sin embargo, ciertamente, muy anómalas en
otras partes; en vano podemos buscar por toda la gran familia de los co-
lúmbidos un pico como el de la carrier o mensajera inglesa, o como el de
la tumbler o volteadora de cara corta, o el de la barb; plumas vueltas co-
mo las de la capuchina, buche como el de la buchona inglesa, plumas
rectrices como las de la colipavo. Por lo tanto, habría que admitir, no sólo

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que el hombre semicivilizado consiguió domesticar por completo diver-
sas especies, sino que, intencionadamente o por casualidad, tomó espec-
ies extraordinariamente anómalas, y, además, que desde entonces estas
mismas especies han venido todas a extinguirse o a ser desconocidas.
Tantas casualidades extrañas son en grado sumo inverisímiles.
Algunos hechos referentes al color de las palomas merecen bien ser te-
nidos en consideración. La paloma silvestre es de color azul de pizarra,
con la parte posterior del lomo blanca; pero la subespecie india, Columba
intermedia de Strickland, tiene esta parte azulada. La cola tiene en el ex-
tremo una faja obscura y las plumas externas con un filete blanco en la
parte exterior, en la base. Las alas tienen dos fajas negras. Algunas razas
semidomésticas y algunas razas verdaderamente silvestres tienen, ade-
más de estas dos fajas negras, las alas moteadas de negro. Estos diferen-
tes caracteres no se presentan juntos en ninguna otra especie de toda la
familia. Ahora bien: en todas las razas domésticas, tomando ejemplares
por completo de pura raza, todos los caracteres dichos, incluso el filete
blanco de las plumas rectrices externas, aparecen a veces perfectamente
desarrollados. Más aún: cuando se cruzan ejemplares pertenecientes a
dos o más razas distintas, ninguna de las cuales es azul ni tiene ninguno
de los caracteres arriba especificados, la descendencia mestiza propende
mucho a adquirir de repente estos caracteres. Para dar un ejemplo de los
muchos que he observado: crucé algunas colipavos blancas, que criaban
por completo sin variación, con algunas barbs negras -y ocurre que las
variedades azules de barb son tan raras, que nunca he oído de ningún ca-
so en Inglaterra-, y los híbridos fueron negros, castaños y moteados. Cru-
cé también una barb con una spot -que es una paloma blanca, con cola
rojiza y una mancha rojiza en la frente, y que notoriamente cría sin varia-
ción-; los mestizos fueron obscuros y moteados. Entonces crucé uno de
los mestizos colipavo-barb con un mestizo spot-barb, y produjeron un
ave de tan hermoso color azul, con la parte posterior del lomo blanca,
doble faja negra en las alas y plumas rectrices con orla blanca y faja,
¡como cualquier paloma silvestre! Podemos comprender estos hechos
mediante el principio, tan conocido, de la reversión o vuelta a los carac-
teres de los antepasados, si todas las castas domésticas descienden de la
paloma silvestre. Pero si negamos esto tenemos que hacer una de las dos
hipótesis siguientes, sumamente inverisímiles: O bien -primera-, todas
las diferentes ramas primitivas supuestas tuvieron el color y dibujos co-
mo la silvestre -aun cuando ninguna otra especie viviente tiene este color
y dibujos-, de modo que en cada casta separada pudo haber una tenden-
cia a volver a los mismísimos colores y dibujos; o bien -segunda

21
hipótesis- cada casta, aun la más pura, en el transcurso de una docena, o
a lo sumo una veintena, de generaciones, ha estado cruzada con la palo-
ma silvestre: y digo en el espacio de doce a veinte generaciones, porque
no se conoce ningún caso de descendientes cruzados que vuelvan a un
antepasado de sangre extraña separado por un número mayor de gene-
raciones. En una casta que haya sido cruzada sólo una vez, la tendencia a
volver a algún carácter derivada de este cruzamiento irá haciéndose na-
turalmente cada vez menor, pues en cada una de las generaciones sucesi-
vas habrá menos sangre extraña; pero cuando no ha habido cruzamiento
alguno y existe en la casta una tendencia a volver a un carácter que fue
perdido en alguna generación pasada, esta tendencia, a pesar de todo lo
que podamos ver en contrario, puede transmitirse sin disminución du-
rante un número indefinido de generaciones. Estos dos casos diferentes
de reversión son frecuentemente confundidos por los que han escrito so-
bre herencia.
Por último, los híbridos o mestizos que resultan entre todas las razas
de palomas son perfectamente fecundos, como lo puedo afirmar por mis
propias observaciones, hechas de intento con las razas más diferentes.
Ahora bien, apenas se ha averiguado con certeza ningún caso de híbri-
dos de dos especies completamente distintas de animales que sean per-
fectamente fecundos. Algunos autores creen que la domesticidad contin-
uada largo tiempo elimina esta poderosa tendencia a la esterilidad. Por la
historia del perro y de algunos otros animales domésticos, esta conclu-
sión es probablemente del todo exacta, si se aplica a especies muy próxi-
mas; pero extenderlo tanto, hasta suponer que especies primitivamente
tan diferentes como lo son ahora las mensajeras inglesas, volteadoras,
buchonas inglesas y colipavos han de producir descendientes perfecta-
mente fecundos inter se, sería en extremo temerario.
Por estas diferentes razones, a saber: la imposibilidad de que el hom-
bre haya hecho criar sin limitación en domesticidad a siete u ocho sup-
uestas especies desconocidas en estado salvaje, y por no haberse vuelto
salvajes en ninguna parte; el presentar estas especies ciertos caracteres
muy anómalos comparados con todos los otros colúmbidos, no obstante
ser tan parecidas a la paloma silvestre por muchos conceptos; la reapari-
ción accidental del color azul y de las diferentes señales negras en todas
las castas, lo mismo mantenidas puras que cruzadas y, por último, el ser
la descendencia mestiza perfectamente fecunda; por todas estas razones,
tomadas juntas, podemos con seguridad llegar a la conclusión de que to-
das nuestras razas domésticas descienden de la paloma silvestre o Co-
lumba livia, con sus subespecies geográficas.

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En favor de esta, opinión puedo añadir: primero, que la Columba livia
silvestre se ha visto que es capaz de domesticación en Europa y en la In-
dia, y que coincide en costumbres y en un gran número de caracteres de
estructura con todas las castas domésticas; segundo, que, aunque una ca-
rrier o mensajera inglesa y una tumbler o volteadora de cara corta difie-
ren inmensamente en ciertos caracteres de la paloma silvestre, sin embar-
go, comparando las diversas sub-razas de estas dos razas, especialmente
las traídas de regiones distantes, podemos formar entre ellas y la paloma
silvestre una serie casi perfecta; tercero, aquellos caracteres que son prin-
cipalmente distintivos de cada casta son en cada una eminentemente var-
iables, por ejemplo: las carúnculas y la longitud del pico de la carrier o
mensajera inglesa, lo corto de éste en la tumbler o volteadora de cara cor-
ta y el número de plumas de la cola en la colipavo, y, la explicación de
este hecho será clara cuando tratemos de la selección; cuarto, las palomas
han sido observadas y atendidas con el mayor cuidado y estimadas por
muchos pueblos. Han estado domesticadas durante miles de años en di-
ferentes regiones del mundo; el primer testimonio conocido de palomas
pertenece a la quinta dinastía egipcia, próximamente tres mil años antes
de Jesucristo, y me fue señalado por el profesor Lepsius; pero míster
Birch me informa que las palomas aparecen en una lista de manjares de
la dinastía anterior. En tiempo de los romanos, según sabemos por Plin-
io, se pagaban precios enormes por las palomas; «es más: han llegado
hasta tal punto, que puede explicarse su genealogía y raza». Las palomas
fueron muy apreciadas por Akber Khan en la India el año 1600: nunca se
llevaban con la corte menos de veinte mil palomas. «Los monarcas de
Irán y Turán le enviaron ejemplares rarísimos» y, continúa el historiador
de la corte, «Su Majestad, cruzando las castas, método que nunca se ha-
bía practicado antes, las ha perfeccionado asombrosamente». Hacia la
misma época, los holandeses eran tan entusiastas de las palomas como lo
fueron los antiguos romanos. La suma importancia de estas considerac-
iones para explicar la inmensa variación que han experimentado las pa-
lomas quedará igualmente clara cuando tratemos de la selección. Tam-
bién veremos entonces cómo es que las diferentes razas tienen con tanta
frecuencia un carácter algo monstruoso. Es también una circunstancia
muy favorable para la producción de razas diferentes el que el macho y
la hembra pueden ser fácilmente apareados para toda la vida, y así, pue-
den tenerse juntas diferentes razas en el mismo palomar.
He discutido el origen probable de las palomas domésticas con alguna
extensión, aunque muy insuficiente, porque cuando tuve por vez prime-
ra palomas y observé las diferentes clases, viendo bien lo

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invariablemente que crían, encontré exactamente la misma dificultad en
creer que, puesto que habían sido domesticadas, habían descendido to-
das de un progenitor común que la que podría tener cualquier naturalis-
ta en llegar a una conclusión semejante para las muchas especies de frin-
gílidos o de otros grupos de aves, en estado natural. Un hecho me causó
mucha impresión, y es que casi todos los criadores de los diferentes ani-
males domésticos y los cultivadores de plantas con los que he tenido tra-
to o cuyas obras he leído están firmemente convencidos de que las dife-
rentes castas que cada uno ha cuidado descienden de otras tantas espec-
ies primitivamente distintas. Preguntad, como yo he preguntado, a un
renombrado criador de ganado vacuno de Hereford si su ganado no po-
dría haber descendido del longhorn, o ambos de un tronco común, y se
os reirá con desprecio. No he encontrado nunca aficionados a palomas,
gallinas, patos o conejos que no estuviesen completamente convencidos
de que cada raza principal descendió de una especie distinta. Van Mons,
en su tratado sobre peras y manzanas, muestra que no cree en modo al-
guno en que las diferentes clases, por ejemplo, el manzano Ribston-pip-
pin, o el Codlin, pudieron nunca haber procedido de semillas del mismo
árbol. Podrían citarse otros innumerables ejemplos. La explicación, creo
yo, es sencilla: por el estudio continuado durante mucho tiempo están
muy impresionados por las diferencias entre las diversas razas; y, aunq-
ue saben bien que cada raza varía ligeramente, pues ellos ganan sus pre-
mios seleccionando estas ligeras diferencias, sin embargo, ignoran todos
los razonamientos generales y rehúsan sumar mentalmente las ligeras di-
ferencias acumuladas durante muchas generaciones sucesivas. ¿No po-
drían esos naturalistas, que, sabiendo mucho menos de las leyes de la he-
rencia de lo que saben los criadores, y no sabiendo más que lo que éstos
saben de los eslabones intermedios de las largas líneas genealógicas, ad-
miten, sin embargo, que muchas especies de nuestras razas domésticas
descienden de los mismos padres, no podrían aprender una lección de
prudencia cuando se burlan de la idea de que las especies en estado na-
tural sean descendientes directos de otras especies?

Principios de selección seguidos de antiguo y sus efectos


Consideremos ahora brevemente los grados por que se han producido
las razas domésticas, tanto partiendo de una como de varias especies afi-
nes. Alguna eficacia puede atribuirse a la acción directa y determinada
de las condiciones externas de vida, y alguna a las costumbres; pero sería
un temerario quien explicase por estos agentes las diferencias entre un
caballo de carro y uno de carreras, un galgo y un bloodhund, una

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paloma mensajera inglesa y una volteadora de cara corta. Uno de los ras-
gos característicos de las razas domésticas es que vemos en ellas adaptac-
iones, no ciertamente para él propio bien del animal o planta, sino para
el uso y capricho del hombre. Algunas variaciones útiles al hombre, pro-
bablemente, se han originado de repente o de un salto; muchos naturalis-
tas, por ejemplo, creen que el cardo de cardar, con sus garfios, que no
pueden ser igualados por ningún artificio mecánico, no es más que una
variedad del Dipsacus silvestre, y este cambio puede haberse originado
bruscamente en una plantita. Así ha ocurrido, probablemente, con el pe-
rro turnspit, y se sabe que así ha ocurrido en el caso de la oveja ancon.
Pero si comparamos el caballo de carro y el de carreras, el dromedario y
el camello, las diferentes castas de ovejas adecuadas tanto para tierras
cultivadas como para pastos de montañas, con la lana en una casta, útil
para un caso, y en la otra, útil para el otro; cuando comparamos las mu-
chas razas de perros, cada una útil al hombre de diferente modo; cuando
comparamos el gallo de pelea, tan pertinaz en la lucha, con otras castas
tan poco pendencieras, con las «ponedoras perpetuas» -everlasting la-
yers- que nunca quieren empollar, y con la bantam, tan pequeña y ele-
gante; cuando comparamos la multitud de razas de plantas agrícolas, cu-
linarias, de huerta y de jardín, utilísimas al hombre en las diferentes esta-
ciones y para diferentes fines, o tan hermosas a sus ojos, tenemos, creo
yo, que ver algo más que simple variabilidad. No podemos suponer que
todas las castas se produjeron de repente tan perfectas y tan útiles como
ahora las vemos; realmente, en muchos casos sabemos que no ha sido és-
ta su historia. La clave está en la facultad que tiene el hombre de seleccio-
nar acumulando; la Naturaleza da variaciones sucesivas; el hombre las
suma en cierta dirección útil para él. En este sentido puede decirse que
ha hecho razas útiles para él.
La gran fuerza de este principio de selección no es hipotética. Es segu-
ro que varios de nuestros más eminentes ganaderos, aun dentro del
tiempo que abraza la vida de un solo hombre, modificaron en gran medi-
da sus razas de ganado vacuno y de ovejas. Para darse cuenta completa
de lo que ellos han hecho es casi necesario leer varios de los muchos tra-
tados consagrados a este objeto y examinar los animales. Los ganaderos
hablan habitualmente de la organización de un animal como de algo
plástico que pueden modelar casi como quieren. Si tuviese espacio, po-
dría citar numerosos pasajes a este propósito de autoridades competentí-
simas. Youatt, que probablemente estaba mejor enterado que casi nadie
de las obras de los agricultores, y que fue él mismo un excelente conoce-
dor de animales, habla del principio de la selección como de «lo que

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permite al agricultor, no sólo modificar los caracteres de su rebaño, sino
cambiar éstos por completo. Es la vara mágica mediante la cual puede
llamar a la vida cualquier forma y modelar lo que quiere». Lord Somer-
ville, hablando de lo que los ganaderos han hecho con la oveja, dice:
«parecería como si hubiesen dibujado con yeso en una pared una forma
perfecta en sí misma y después le hubiesen dado existencia». En Sajonia,
la importancia del principio de la selección, por lo que se refiere a la ove-
ja merina, está reconocido tan por completo, que se ejerce como un ofic-
io: las ovejas son colocadas sobre una mesa y estudiadas como un cuadro
por un perito; esto se hace tres veces, con meses de intervalo, y las ovejas
son marcadas y clasificadas cada vez, de modo que las mejores de todas
pueden ser por fin seleccionadas para la cría.
Lo que los criadores ingleses han hecho positivamente está probado
por los precios enormes pagados por animales con buena genealogía, y
éstos han sido exportados a casi todas las regiones del mundo. General-
mente, el perfeccionamiento no se debe, en modo alguno, al cruce de di-
ferentes razas; todos los mejores criadores son muy opuestos a esta prác-
tica, excepto, a veces, entre sub-razas muy afines; y cuando se ha hecho
un cruzamiento, una rigurosísima selección es aún mucho más indispen-
sable que en los casos ordinarios. Si la selección consistiese simplemente
en separar alguna variedad muy distinta y hacer cría de ella, el principio
estaría tan claro que apenas sería digno de mención; pero su importancia
consiste en el gran efecto producido por la acumulación, en una direc-
ción, durante generaciones sucesivas, de diferencias absolutamente ina-
preciables para una vista no educada, diferencias que yo, por ejemplo,
intenté inútilmente apreciar. Ni un hombre entre mil tiene precisión de
vista y criterio suficiente para llegar a ser un criador eminente. Si, dotado
de estas cualidades, estudia durante años el asunto y consagra toda su
vida a ello con perseverancia inquebrantable, triunfará y puede obtener
grandes mejoras; si le falta alguna de estas cualidades, fracasará segura-
mente. Pocos creerían fácilmente en la natural capacidad y años que se
requieren para llegar a ser no más que un hábil criador de palomas.
Los mismos principios siguen los horticultores, pero las variaciones,
con frecuencia, son más bruscas. Nadie supone que nuestros productos
más selectos se hayan producido por una sola variación del tronco primi-
tivo. Tenemos pruebas de que esto no ha sido así en diferentes casos en
que se han conservado datos exactos; así, para dar un ejemplo muy sen-
cillo, puede citarse el tamaño, cada vez mayor, de la grosella. Vemos un
asombroso perfeccionamiento en muchas flores de los floristas cuando se
comparan las flores de hoy día con dibujos hechos hace veinte o treinta

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años solamente. Una vez que una raza de plantas está bastante bien esta-
blecida, las productores de semillas no cogen las plantas mejores, sino
que, simplemente, pasan por sus semilleros y arrancan los rogues, como
llaman ellos a las plantas que se apartan del tipo conveniente. En anima-
les también se sigue, de hecho, esta clase de selección, pues casi nadie es
tan descuidado que saque cría de sus animales peores.
Por lo que se refiere a las plantas hay otro modo de observar el efecto
acumulado de la selección, que es comparando, en el jardín, la diversi-
dad de flores en las diferentes variedades de las mismas especies; en la
huerta, la diversidad de hojas, cápsulas, tubérculos o cualquier otra par-
te, si se aprecia en relación con la de las flores de las mismas variedades;
y en el huerto, la diversidad de frutos de la misma especie en compara-
ción con la de las hojas y flores del mismo grupo de variedades. Véase lo
diferentes que son las hojas de la col y qué parecidísimas las flores; qué
diferentes las flores del pensamiento y qué semejantes las hojas; lo mu-
cho que difieren en tamaño, color, forma y pilosidad los frutos de las di-
ferentes clases de grosellas, y, sin embargo, las flores presentan diferenc-
ias ligerísimas. No es que las variedades que difieren mucho en un punto
no difieran en absoluto en otros; esto no ocurre casi nunca -hablo des-
pués de cuidadosa observación- o quizá nunca. La ley de variación corre-
lativa, cuya importancia no debe ser descuidada, asegura algunas dife-
rencias; pero, por regla general, no se puede dudar que la selección conti-
nuada de ligeras variaciones, tanto en las hojas como en las flores o fru-
tos, producirá razas que difieran entre sí principalmente en estos
caracteres.
Puede hacerse la objeción de que el principio de la selección ha sido re-
ducido a práctica metódica durante poco más de tres cuartos de siglo;
ciertamente, ha sido más atendida en los últimos años y se han publicado
muchos tratados sobre este asunto, y el resultado ha sido rápido e impor-
tante en la medida correspondiente. Pero está muy lejos de la verdad el
que el principio de la selección sea un descubrimiento moderno. Podría
dar yo referencias de obras de gran antigüedad en las que se reconoce to-
da la importancia de este principio. En períodos turbulentos y bárbaros
de la historia de Inglaterra fueron importados muchas veces animales se-
lectos y se dieron leyes para impedir su exportación; fue ordenada la
destrucción de los caballos inferiores a cierta alzada, y esto puede com-
pararse al roguing, en las plantas, por los que cuidan de los semilleros. El
principio de la selección lo encuentro dado claramente en una antigua
enciclopedia china. Algunos de los escritores clásicos romanos dieron re-
glas explícitas. Por pasajes del Génesis es evidente que en aquel tiempo

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antiquísimo se prestó atención al color de los animales domésticos. Act-
ualmente los salvajes cruzan a veces sus perros con cánidos salvajes para
mejorar la raza, y antiguamente lo hacían así, según lo atestiguan pasajes
de Plinio. Los salvajes, en el sur de África, emparejan por el color su ga-
nado vacuno de tiro, como lo hacen con sus tiros de perros algunos de
los esquimales. Livingstone afirma que las buenas razas domésticas son
muy estimadas por los negros del interior del África que no han tenido
relación con europeos. Algunos de estos hechos no demuestran selección
positiva; pero muestran que en los tiempos antiguos se atendió cuidado-
samente a la cría de animales domésticos y que hoy es atendida por los
salvajes más inferiores. Habría sido realmente un hecho extraño que no
se hubiese prestado atención a la cría, pues es tan evidente la herencia de
las cualidades buenas y malas.

Selección inconsciente
Actualmente, criadores eminentes procuran, mediante selección metó-
dica, en vista de un fin determinado, obtener una nueva línea o sub-raza
superior a todo lo de su clase en el país. Pero para nuestro objeto es más
importante una forma de selección que puede llamarse inconsciente, y
que resulta de que cada uno procura poseer y sacar crías de los mejores
individuos. Así, uno que intenta tener pointers, naturalmente, procura
adquirir tan buenos perros como puede y después obtiene crías de sus
mejores perros, pero sin tener deseo ni esperanza de modificar perma-
nentemente las razas. Sin embargo, debemos deducir que este procedim-
iento, seguido durante siglos, mejoraría y modificaría cualquier raza, del
mismo modo que Bakewell, Collins, etc., por este mismo procedimiento,
pero llevado con más método, modificaron mucho, sólo con el tiempo de
su vida, las formas y cualidades de su ganado vacuno. Cambios lentos e
insensibles de esta clase no pueden nunca reconocerse, a menos que mu-
cho tiempo antes se hayan hecho de las razas en cuestión medidas positi-
vas y dibujos cuidadosos que puedan servir de comparación. En algunos
casos, sin embargo, individuos no modificados, o poco modificados, de
la misma raza existen en distritos menos civilizados donde la raza ha si-
do menos mejorada. Hay motivo para creer que el faldero King Charles
ha sido inconscientemente modificado en sumo grado desde el tiempo
de aquel monarca. Algunas autoridades competentísimas están conven-
cidas de que el perro setter desciende directamente del spaniel, y proba-
blemente ha sido lentamente modificado a partir de éste. Es sabido que
el pointer inglés ha cambiado mucho en el último siglo, y en este caso el
cambio se ha efectuado, según se cree, mediante cruzamiento con el

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foxhound; pero lo que nos interesa es que el cambio se ha efectuado in-
consciente y gradualmente, y, sin embargo, es tan positivo que, aunque
el antiguo pointer español vino seguramente de España, míster Borrow,
según me ha informado, no ha visto ningún perro indígena en España
semejante a nuestro pointer.
Mediante un sencillo procedimiento de selección y un amaestramiento
cuidadoso, los caballos de carrera ingleses han llegado a aventajar en ve-
locidad y tamaño a los progenitores árabes, hasta el punto de que estos
últimos, en el reglamento para las carreras de Goodwood, están favoreci-
dos en los pesos que llevan. Lord Spencer y otros han demostrado cómo
el ganado vacuno de Inglaterra ha aumentado en peso y precocidad,
comparado con el ganado que se tenía antes en este país. Comparando
los informes dados en varios tratados antiguos sobre la condición, en
tiempos pasados, de las palomas mensajera y volteadora con la condi-
ción actual en Inglaterra, India y Persia podemos seguir las fases por que
han pasado insensiblemente hasta llegar a diferir tanto de la paloma
silvestre.
Youatt da un excelente ejemplo de los efectos de una selección que
puede ser considerada como inconsciente, en cuanto que los criadores
nunca podían haber esperado, ni aun deseado, producir el resultado que
ocurrió, que fue la producción de dos castas diferentes. Los dos rebaños
de ovejas de Leicester, de míster Buckley y míster Brugess, según míster
Youatt hace observar, «han venido criando, sin mezcla, a partir del tron-
co primitivo, de míster Bakewell, durante más de cincuenta años. No
existe ni sospecha, absolutamente en nadie enterado de este asunto, de
que el dueño de ninguna de las dos castas se haya apartado ni una sola
vez de la sangre pura del rebaño de míster Bakewell, y, sin embargo, la
diferencia entre las ovejas propiedad de aquellos dos señores es tan gran-
de, que tienen el aspecto de ser variedades completamente diferentes».
Aunque existan salvajes tan bárbaros que no piensen nunca en el ca-
rácter hereditario de la descendencia de sus animales domésticos, no
obstante, cualquier animal particularmente útil a ellos para un objeto es-
pecial tiene que ser cuidadosamente conservado en tiempo de hambre u
otros accidentes a los que tan expuestos se hallan los salvajes, y estos ani-
males escogidos dejarían de este modo más descendencia que los de cla-
se inferior, de modo que en este caso se iría produciendo una especie de
selección inconsciente. Vemos el valor atribuido a los animales aun por
los salvajes de la Tierra del Fuego, cuando matan y devoran sus mujeres
viejas en tiempos de escasez, como de menos valor que sus perros.

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En las plantas, este mismo proceso gradual de perfeccionamiento, me-
diante la conservación accidental de los mejores individuos -sean o no lo
bastante diferentes para ser clasificados por su primera apariencia como
variedades distintas, y se hayan o no mezclado entre sí por cruzamiento
dos o más especies o razas-, se puede claramente reconocer en el aumen-
to de tamaño y belleza que vemos actualmente en las variedades pensa-
mientos, rosas, geranios de jardín, dalias y otras plantas cuando las com-
paramos con las variedades antiguas o con sus troncos primitivos. Nadie
esperaría siquiera obtener un pensamiento o dalia de primera calidad de
una planta silvestre. Nadie esperaría obtener una pera de agua de prime-
ra calidad de la semilla de un peral silvestre, aun cuando lo podría con-
seguir de una pobre plantita, creciendo silvestre, si había provenido de
un árbol de cultivo. La pera, aunque cultivada en la época clásica, por la
descripción de Plinio, parece haber sido un fruto de calidad muy infer-
ior. En las obras de horticultura he visto manifestada gran sorpresa por
la prodigiosa habilidad de los horticultores al haber producido tan es-
pléndidos resultados de materiales tan pobres; pero al arte ha sido senci-
llo, y, por lo que se refiere al resultado final, se ha seguido casi inconsc-
ientemente. Ha consistido en cultivar siempre la variedad más renom-
brada, sembrando sus semillas, y cuando por casualidad apareció una
variedad ligeramente mejor, en seleccionar ésta, y así progresivamente.
Pero los horticultores de la época clásica que cultivaron las mejores peras
que pudieron procurarse, jamás pensaron en los espléndidos frutos que
comeríamos nosotros, aun cuando, en algún pequeño grado, debemos
nuestros excelentes frutos a haber ellos naturalmente escogido y conser-
vado las mejores variedades que pudieron dondequiera encontrar.
Muchas modificaciones acumuladas así, lenta e inconscientemente, ex-
plican, a mi parecer, el hecho bien conocido de que en cierto número de
casos no podamos reconocer -y, por consiguiente, no conozcamos- el
tronco primitivo silvestre de las plantas cultivadas desde más antiguo en
nuestros jardines y huertas. Si el mejorar o modificar la mayor parte de
nuestras plantas hasta su tipo actual de utilidad, para el hombre ha exigi-
do cientos y miles de años, podemos comprender cómo es que, ni Aus-
tralia, ni el Cabo de Buena Esperanza, ni ninguna otra región poblada
por hombres por completo sin civilizar nos haya aportado ni una sola
planta digna de cultivo. No es que estos países, tan ricos en especies, no
posean, por una extraña casualidad, los troncos primitivos de muchas
plantas útiles, sino que las plantas indígenas no han sido mejoradas me-
diante selección continuada hasta llegar a un tipo de perfección compa-
rable con el adquirido por las plantas en países de antiguo civilizados.

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Por lo que se refiere a los animales domésticos pertenecientes a hom-
bres no civilizados, no ha de pasar inadvertido que estos animales, casi
siempre, han de luchar por su propia comida, a lo menos durante ciertas
temporadas. Y en dos países de condiciones muy diferentes, individuos
de la misma especie, que tienen constitución y estructura ligeramente di-
ferente muchas veces, medrarán más en un país que en otro, y así, por un
proceso de selección natural, como se explicará después más completa-
mente, pudieron formarse dos sub-razas. Esto quizá explica, en parte,
por qué las variedades que poseen los salvajes -como han hecho observar
varios autores- tienen más del carácter de las especies verdaderas que las
variedades tenidas en los países civilizados.
Según la idea expuesta aquí del importante papel que ha representado
la selección hecha por el hombre, resulta en seguida evidente por qué
nuestras razas domésticas muestran en su conformación y sus costum-
bres adaptación a las necesidades o caprichos del hombre. Podemos, creo
yo, comprender además el carácter frecuentemente anormal de nuestras
razas domésticas, e igualmente que sus diferencias sean tan grandes en
los caracteres exteriores y relativamente tan pequeñas en partes u órga-
nos internos. El hombre apenas puede seleccionar o sólo puede hacerlo
con mucha dificultad, alguna variación de conformación, excepto las que
son exteriormente visibles, y realmente rara vez se preocupa por lo que
es interno. No puede nunca actuar mediante selección, excepto con var-
iaciones que en algún grado le da la Naturaleza. Nadie pensaría siquiera
en obtener una paloma colipavo hasta que vio una paloma con la cola
desarrollada en algún pequeño grado de un modo extraño, o una bucho-
na hasta que vio una paloma con un buche de tamaño algo extraordinar-
io; y cuanto más anormal y extraordinario fue un carácter al aparecer por
vez primera, tanto más fácilmente hubo de atraer la atención. Pero usar
expresiones tales como «intentar hacer una colipavo» es para mí, induda-
blemente, en la mayor parte de los casos, por completo incorrecto. El
hombre que primero eligió una paloma con cola ligeramente mayor,
nunca soñó lo que los descendientes de aquella paloma llegarían a ser
mediante muy prolongada selección, en parte inconsciente y en parte
metódica. Quizá el progenitor de todas las colipavos tuvo solamente ca-
torce plumas rectrices algo separadas, como la actual colipavo de Java o
como individuos de otras diferentes razas, en las cuales se han contado
hasta diez y siete plumas rectrices. Quizá la primera paloma buchona no
hinchó su buche mucho más que la paloma turbit hincha la parte super-
ior de su esófago, costumbre que es despreciada por todos los criadores,
porque no es uno de los puntos característicos de la casta.

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Ni hay que creer tampoco que sería necesaria una gran divergencia de
estructura para atraer la vista al criador de aves; éste percibe diferencias
sumamente pequeñas, y está en la naturaleza humana el encapricharse
con cualquiera novedad, por ligera que sea, en las cosas propias. Ni debe
juzgarse el valor que se habría atribuido antiguamente a las ligeras dife-
rencias entre los individuos de la misma especie por el valor que se les
atribuye actualmente, después que han sido bien establecidas diversas
razas. Es sabido que en las palomas aparecen actualmente muchas dife-
rencias ligeras; pero éstas son rechazadas como defectos o como desviac-
iones del tipo de perfección de cada casta. El ganso común no ha dado
origen a ninguna variedad marcada; de aquí que la casta de Tolosa y la
casta común, que difieren sólo en el color -el más fugaz de los caracte-
res-, han sido presentadas recientemente como distintas en nuestras ex-
posiciones de aves de corral.
Esta opinión parece explicar lo que se ha indicado varias veces, o sea
que apenas conocemos nada del origen o historia de ninguna de nuestras
razas domésticas. Pero, de hecho, de una casta, como de un dialecto de
una lengua, difícilmente puede decirse que tenga un origen definido. Al-
guien conserva un individuo con alguna diferencia de conformación y
obtiene cría de él, o pone mayor cuidado que de ordinario en aparear sus
mejores animales y así los perfecciona, y los animales perfeccionados se
extienden lentamente por los alrededores inmediatos; pero difícilmente
tendrán todavía un nombre distinto y, por no ser muy estimados, su his-
toria habrá pasado inadvertida. Cuando mediante el mismo método, len-
to y gradual, hayan sido más mejorados, se extenderán más lejos y serán
reconocidos como una cosa distinta y estimable, y recibirán entonces por
vez primera un nombre regional. En países semicivilizados, de comuni-
cación poco libre, la difusión de una nueva sub-raza sería un proceso len-
tísimo. Tan pronto como los rasgos característicos son conocidos, el prin-
cipio, como lo he llamado yo, de la selección inconsciente tenderá
siempre -quizá más en un período que en otro, según que la raza esté
más o menos de moda; quizá más en una comarca que en otra, según el
estado de civilización de los habitantes- a aumentar lentamente los ras-
gos característicos de la raza, cualesquiera que sean éstos. Pero serán in-
finitamente pequeñas las probabilidades de que se haya conservado al-
guna historia de estos cambios lentos, variantes e insensibles.

Circunstancias favorables al poder de selección del hombre


Diré ahora algunas palabras sobre las circunstancias favorables o des-
favorables al poder de selección del hombre. Un grado elevado de

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variabilidad es evidentemente favorable, pues da sin limitación los mate-
riales para que trabaje la selección; no es esto decir que simples diferenc-
ias individuales no sean lo bastante grandes para permitir, con sumo cui-
dado, que se acumule de una modificación muy intensa en casi todas las
direcciones deseadas. Y como las variaciones manifiestamente útiles o
agradables al hombre aparecen sólo de vez en cuando, las probabilida-
des de su aparición aumentarán mucho cuando se tenga un gran número
de individuos; de aquí que el número sea de suma importancia para el é-
xito. Según este principio, Marshall hizo observar anteriormente, por lo
que se refiere a las ovejas de algunas comarcas de Yorkshire, que, «como
generalmente pertenecen a gente pobre y están comúnmente en peque-
ños lotes, nunca pueden ser mejoradas». Por el contrario, los jardineros
encargados de los semilleros, por tener grandes cantidades de la misma
planta tienen generalmente mejor éxito que los aficionados al producir
variedades nuevas y valiosas. Un gran número de individuos de un ani-
mal o planta sólo puede criarse cuando las condiciones para su propaga-
ción sean favorables. Cuando los individuos son escasos se les dejará a
todos criar, cualquiera que sea su calidad, y esto impedirá de hecho la se-
lección. Pero, probablemente, el elemento más importante es que el ani-
mal o planta sea tan estimado por el hombre, que se conceda la mayor
atención aun a la más ligera variación en sus cualidades o estructura. Sin
poner esta atención, nada puede hacerse. He visto señalado seriamente
que fue una gran fortuna que la fresa empezase a variar precisamente
cuando los hortelanos empezaron a prestar atención a esta planta. Indu-
dablemente, la fresa ha variado siempre desde que fue cultivada; pero
las ligeras variaciones habían sido despreciadas. Sin embargo, tan pronto
como los hortelanos cogieron plantas determinadas con frutos ligera-
mente mayores, más precoces y mejores, y obtuvieron plantitas de ellos,
y otra vez escogieron las mejores plantitas y sacaron descendencia de
ellas, entonces -con alguna ayuda, mediante cruzamiento de especies dis-
tintas-, se originaron las numerosas y admirables variedades de fresa que
han aparecido durante los últimos cincuenta años.
En los animales, la facilidad en evitar los cruzamientos es un impor-
tante elemento en la formación de nuevas razas; por lo menos, en un país
que está ya provisto de otras. En este concepto, el aislamiento del país re-
presenta algún papel. Los salvajes errantes y los habitantes de llanuras
abiertas rara vez poseen más de una raza de la misma especie. Las palo-
mas pueden ser apareadas para toda su vida, y esto es una gran ventaja
para el criador, pues así muchas razas pueden ser mejoradas y manteni-
das puras, aunque estén mezcladas en el mismo palomar, y esta

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circunstancia debe de haber favorecido mucho la formación de nuevas
razas. Las palomas, debo añadir, pueden propagarse mucho en número
y en progresión rapidísima, y los ejemplares inferiores pueden rechazar-
se sin limitación, pues muertos sirven para alimento. Por otra parte, los
gatos, por sus costumbres de vagar de noche, no pueden ser apareados
fácilmente, y, aunque tan estimados por las mujeres y níños, rara vez ve-
mos una raza distinta conservada mucho tiempo; las razas que vemos al-
gunas veces son casi siempre importadas de otros países. Aun cuando no
dudo que unos animales domésticos varían menos que otros, sin embar-
go, la escasez o ausencia de razas distintas del gato, del asno, pavo real,
del ganso, etc., puede atribuirse, en gran parte, a que no se ha puesto en
juego la selección: en los gatos, por la dificultacl de aparearlos; en los as-
nos, porque los tiene sólo en corto número la gente pobre y se presta po-
ca atención a su cría, pues recientemente, en algunas partes de España y
de los Estados Unidos, este animal ha sido sorprendentemente modifica-
do y mejorado mediante cuidadosa selección; en los pavos reales, porque
no se crían muy fácilmente y no se tienen grandes cantidades; en los gan-
sos, por ser estimados sólo para dos objetos, alimento y plumas, y espec-
ialmente por no haber sentido gusto en la exhibición de las distintas ra-
zas; y el ganso, en las condiciones a que está sometido cuando está do-
mesticado, parece tener una organización singularmente inflexible, aun-
que ha variado en pequeña medida, como he descrito en otra parte.
Algunos autores han sostenido que, en nuestras producciones domés-
ticas, pronto se llega al total de variación, y que éste no puede después,
de ningún modo, ser rebasado. Sería algo temerario afirmar que en algún
caso se ha llegado al límite, pues casi todos nuestros animales y plantas
han sido muy mejorados en distintos aspectos dentro de un período rec-
iente, y esto significa variación. Sería igualmente temerario afirmar que
caracteres aumentados actualmente hasta su límite usual no puedan,
después de permanecer fijos durante muchos siglos, variar de nuevo en
nuevas condiciones de vida. Indudablemente, como míster Wallace ha
hecho observar con mucha verdad, un límite será al fin alcanzado; por
ejemplo: ha de haber un límite para la velocidad de todo animal terres-
tre, pues estará determinado por el rozamiento que tiene que vencer, el
peso del cuerpo que tiene que llevar y la facultad de contracción en las fi-
bras musculares; pero lo que nos interesa es que las variedades domésti-
cas de la misma especie difieren entre sí en casi todos los caracteres a que
el hombre ha prestado atención y que ha seleccionado más de lo que dif-
ieren las distintas especies de los mismos géneros. Isidore Geoffroy
Saint-Hilaire ha demostrado esto en cuanto al peso, y lo mismo ocurre

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con el color y, probablemente, con la longitud del pelo. Por lo que se ref-
iere a la velocidad, que depende de muchos caracteres del cuerpo, Eclip-
se fue mucho más veloz, y un caballo de tiro pesado es incomparable-
mente más fuerte que cualesquiera dos especies naturales pertenecientes
al mismo género. De igual modo, en las plantas, las semillas de las dife-
rentes variedades de la judía o del maíz probablemente difieren más en
tamaño que las semillas de distintas especies de cualquier género de las
dos mismas familias. La misma observación puede hacerse respecto al
fruto de las diferentes variedades del ciruelo y, todavía con mayor moti-
vo, para el melón, lo mismo que en muchos otros casos análogos.
Resumamos lo dicho acerca del origen de las razas domésticas de ani-
males y plantas. El cambio de condiciones de vida es de suma importan-
cia en la producción de la variabilidad, tanto actuando directamente so-
bre el organismo como indirectamente influyendo en el aparato repro-
ductor. No es probable que la variabilidad sea una contingencia inheren-
te y necesaria en todas las circunstancias. La fuerza mayor o menor de la
herencia y reversión determinan qué variaciones serán duraderas. La va-
riabilidad está regida por muchas leyes desconocidas, de las cuales la del
crecimiento correlativo es probablemente la más importante. Algo -cuán-
to, no lo sabemos- puede atribuirse a la acción determinada de las condi-
ciones de vida. Algún efecto -quizá grande- puede atribuirse al creciente
uso o desuso de los diversos órganos. El resultado final se hace así infini-
tamente complejo. En muchos casos, el cruzamiento de especies primiti-
vamente distintas parece haber representado un papel importante en el
origen de nuestras razas. Una vez que en un país se han formado dife-
rentes razas, su cruzamiento casual, con ayuda de la selección, ha ayuda-
do, sin duda, mucho a la formación de nuevas sub-razas; pero se ha exa-
gerado mucho la importancia del cruzamiento, tanto por lo que toca a los
animales como respecto a aquellas plantas que se propagan por semillas.
En las plantas que se propagan temporalmente por esquejes, injertos,
etc., es inmensa la importancia del cruzamiento, pues el cultivador pue-
de en este caso desatender la extrema variabilidad, tanto de los híbridos
como de los mestizos, y la esterilidad de los híbridos; pero las plantas
que no se propagan por semillas son de poca importancia para nosotros,
pues su duración es sólo temporal. Por encima de todas estas causas de
cambio, la acción acumulada de la selección, ya aplicada metódica y acti-
vamente, ya inconsciente y lentamente, pero con más eficacia, parece ha-
ber sido la fuerza predominante.

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