0% encontró este documento útil (0 votos)
35 vistas4 páginas

Alienación en la obra de Ribeyro

El relato narra la vida de Roberto, un joven zambo que aspira a americanizarse y ser aceptado en una sociedad colonial, obsesionado con Queca, una chica de su barrio. A medida que avanza la historia, Roberto se transforma en Boby, adoptando un estilo de vida y vestimenta de los gringos, mientras observa cómo Queca se aleja de su grupo y se interesa por un chico estadounidense. La historia explora temas de identidad, aspiraciones y la lucha por encajar en un entorno social que discrimina por raza y clase.

Cargado por

randomd532
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
35 vistas4 páginas

Alienación en la obra de Ribeyro

El relato narra la vida de Roberto, un joven zambo que aspira a americanizarse y ser aceptado en una sociedad colonial, obsesionado con Queca, una chica de su barrio. A medida que avanza la historia, Roberto se transforma en Boby, adoptando un estilo de vida y vestimenta de los gringos, mientras observa cómo Queca se aleja de su grupo y se interesa por un chico estadounidense. La historia explora temas de identidad, aspiraciones y la lucha por encajar en un entorno social que discrimina por raza y clase.

Cargado por

randomd532
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

PLAN LECTOR INSTITUCIONAL Fue una fatídica bola la que alguien arrojó esa tarde y que

Queca no llegó a alcanzar y que rodó hacia la banca donde


Alienación Roberto, solitario, observaba. ¡Era la ocasión que esperaba
Julio Ramón Ribeyro desde hacía tanto tiempo! De un salto aterrizó en el césped,
A pesar de ser zambo y de llamarse López, quería parecerse gateó entre los macizos de flores, saltó el seto de granadilla,
cada vez menos a un zaguero de Alianza Lima y cada vez metió los pies en una acequia y atrapó la pelota que estaba
más a un rubio de Filadelfia. La vida se encargó de a punto de terminar en las ruedas de un auto. Pero cuando
enseñarle que si quería triunfar en una ciudad colonial más se la alcanzaba, Queca, que estiraba ya las manos, pareció
valía saltar las etapas intermediarias y ser antes que un cambiar de lente, observar algo que nunca había mirado, un
blanquito de acá un gringo de allá. Toda su tarea en los años ser retaco, oscuro, bembudo y de pelo ensortijado, algo que
que lo conocí consistió en deslopizarse y deszambarse lo tampoco le era desconocido, que había tal vez visto como
más pronto posible y en americanizarse antes de que le veía todos los días las bancas o los ficus, y entonces se
cayera el huaico y lo convirtiera para siempre, digamos, en apartó aterrorizada.
un portero de banco o en un chofer de colectivo. Tuvo que
empezar por matar al peruano que había en él y por coger Roberto no olvidó
algo de cada gringo que conoció. Con el botín se compuso nunca la frase que
una nueva persona, un ser hecho de retazos, que no era ni pronunció Queca al
zambo ni gringo, el resultado de un cruce contranatura, algo alejarse a la carrera:
que su vehemencia hizo derivar, para su desgracia, de “Yo no juego con
sueño rosado a pesadilla infernal. zambos”. Estas
cinco palabras
Pero no anticipemos. Precisemos que se llamaba Roberto, decidieron su vida.
que años después se le conoció por Boby, pero que en los
últimos documentos oficiales figura con el nombre de Bob. Todo hombre que sufre se vuelve observador y Roberto
En su ascensión vertiginosa hacia la nada fue perdiendo en siguió yendo a la plaza en los años siguientes, pero su
cada etapa una sílaba de su nombre. mirada había perdido toda inocencia. Ya no era el reflejo del
mundo sino el órgano vigilante que cala, elige, califica.
Todo empezó la tarde en que un grupo de blanquiñosos
jugábamos con una pelota en la plaza Bolognesi. Era la Queca había ido creciendo, sus carreras se hicieron más
época de las vacaciones escolares y los muchachos que moderadas, sus faldas se alargaron, sus saltos perdieron en
vivíamos en los chalets vecinos, hombres y mujeres, nos impudicia y su trato con la pandilla se volvió más distante y
reuníamos allí para hacer algo con esas interminables tardes selectivo. Todo eso lo notamos nosotros, pero Roberto vio
de verano. Roberto iba también a la plaza, a pesar de algo más: que Queca tendía a descartar de su atención a los
estudiar en un colegio fiscal y de no vivir en chalet sino en el más trigueños, a través de sucesivas comparaciones, hasta
último callejón que quedaba en el barrio. Iba a ver jugar a las que no se fijó más que en Chalo Sander, el chico de la banda
muchachas y a ser saludado por algún blanquito que lo que tenía el pelo más claro, el cutis sonrosado y que
había visto crecer en esas calles y sabía que era hijo de la estudiaba además en un colegio de curas norteamericanos.
lavandera. Cuando sus piernas estuvieron más triunfales y torneadas
que nunca ya solo hablaba con Chalo Sander y la primera
Pero en realidad, como todos nosotros, iba para ver a vez que se fue con él de la mano hasta el malecón
Queca. Todos estábamos enamorados de Queca, que ya comprendimos que nuestra deidad había dejado de
llevaba dos años siendo elegida reina en las pertenecernos y que ya no nos quedaba otro recurso que ser
representaciones de fin de curso. Queca no estudiaba con como el coro de la tragedia griega, presente y visible, pero
las monjas alemanas del Santa Úrsula, ni con las alejado irremisiblemente de los dioses.
norteamericanas del Villa María, sino con las españolas de
la Reparación, pero eso nos tenía sin cuidado, así como que Desdeñados, despechados, nos reuníamos después de los
su padre fuera un empleadito que iba a trabajar en ómnibus juegos en una esquina, donde fumábamos nuestros
o que su casa tuviera un solo piso y geranios en lugar de primeros cigarrillos, nos acariciábamos con arrogancia el
rosas. Lo que contaba entonces era su tez capulí, sus ojos bozo incipiente y comentábamos lo irremediable. A veces
verdes, su melena castaña, su manera de correr, de reír, de entrábamos a la pulpería del chino Manuel y nos tomábamos
saltar y sus invencibles piernas, siempre descubiertas y una cerveza. Roberto nos seguía como una sombra, desde
doradas y que con el tiempo serían legendarias. el umbral nos escrutaba con su mirada, sin perder nada de
nuestro parloteo, le decíamos a veces hola zambo, tómate
Roberto iba solo a verla jugar, pues ni los mozos que venían un trago y él siempre no, gracias, será para otra ocasión,
de otros barrios de Miraflores y más tarde de San Isidro y de pero a pesar de estar lejos y de sonreír sabíamos que
Barranco lograban atraer su atención. Peluca Rodríguez se compartía a su manera nuestro abandono.
lanzó una vez de la rama más alta de un ficus, Lucas de
Tramontana vino en una reluciente moto que tenía ocho Y fue Chalo Sander naturalmente quien llevó a Queca a la
faros, el chancho Gómez le rompió la nariz a un heladero fiesta de promoción cuando terminó el colegio. Desde
que se atrevió a silbarnos, Armando Wolff estrenó varios temprano nos dimos cita en la pulpería, bebimos un poco
ternos de lanilla y hasta se puso corbata de mariposa. Pero más de la cuenta, urdimos planes insensatos, se habló de
no obtuvieron el menor favor de Queca. Queca no le hacía un rapto, de un cargamontón. Pero todo se fue en palabras.
caso a nadie, le gustaba conversar con todos, correr, brincar, A las ocho de la noche estábamos frente al ranchito de los
reír, jugar al vóleibol y dejar al anochecer a esa banda de geranios, resignados a ser testigos de nuestra destitución.
adolescentes sumidos en profundas tristezas sexuales que Chalo llegó en el carro de su papá, con un elegante smoking
solo la mano caritativa, entre las sábanas blancas, blanco y salió al poco rato acompañado de una Queca de
consolaba. vestido largo y peinado alto, en la que apenas reconocimos
a la compañera de nuestros juegos. Queca ni nos miró, Lo vimos entonces merodear, en sus horas libres, por
sonreía apretando en sus manos una carterita de raso. lugares aparentemente incoherentes, pero que tenían algo
Visión fugaz, la última, pues ya nada sería como antes, en común: los frecuentaban los gringos. Unos lo vieron
moría en ese momento toda ilusión y por ello mismo no parado en la puerta del Country Club, otros a la salida del
olvidaríamos nunca esa imagen, que clausuró para siempre colegio Santa María, Lucas de Tramontana juraba haber
una etapa de nuestra juventud. distinguido su cara tras el seto del campo de golf, alguien le
sorprendió en el aeropuerto tratando de cargarle la maleta a
Casi todos desertaron la plaza, unos porque preparaban el un turista, no faltaron quienes lo encontraron deambulando
ingreso a la universidad, otros porque se fueron a otros por los pasillos de la embajada norteamericana.
barrios en busca de una imposible réplica de Queca. Solo
Roberto, que ya trabajaba como repartidor de una Esta etapa de su plan le fue preciosa. Por lo pronto confirmó
pastelería, recalaba al anochecer en la plaza, donde otros que los gringos se distinguían por una manera especial de
niños y niñas cogían el relevo de la pandilla anterior y vestir que él calificó, a su manera, de deportiva, confortable
repetían nuestros juegos con el candor de quien cree y poco convencional. Fue por ello uno de los primeros en
haberlos inventado. En su banca solitaria registraba descubrir las ventajas del blue-jeans, el aire vaquero y
distraídamente el trajín, pero de reojo, seguía mirando hacia varonil de las anchas correas de cuero rematadas por
la casa de Queca. Así pudo comprobar antes que nadie que gruesas hebillas, la comodidad de los zapatos de lona
Chalo había sido solo un episodio en la vida de Queca, una blanca y suela de jebe, el encanto colegial que daban las
especie de ensayo general que la preparó para la llegada del gorritas de lona con visera, la frescura de las camisas de
original, del cual Chalo había sido la copia: Billy Mulligan, manga corta a flores o anchas rayas verticales, la variedad
hijo de un funcionario del consulado de Estados Unidos. de casacas de nylon cerradas sobre el pecho con una
cremallera o el sello pandillero, provocativo y
Billy era pecoso, pelirrojo, usaba camisas floreadas, tenía despreocupado que se desprendía de las camisetas blancas
los pies enormes, reía con estridencia, el sol en lugar de con el emblema de una universidad norteamericana.
dorarlo lo despellejaba, pero venía a ver a Queca en su carro
y no en el de su papá. No se sabe dónde lo conoció Queca Todas estas prendas no se vendían en ningún almacén,
ni cómo vino a parar allí, pero cada vez se le fue viendo más, había que encargarlas a Estados Unidos, lo que estaba
hasta que solo se le vio a él, sus raquetas de tenis, sus fuera de su alcance. Pero a fuerza de indagar descubrió los
anteojos ahumados, sus cámaras de fotos, a medida que la remates domésticos. Había familias de gringos que debían
figura de Chalo se fue opacando, empequeñeciendo y regresar a su país y vendían todo lo que tenían, previo
espaciando y terminó por desaparecer. Del grupo al tipo y anuncio en los periódicos. Roberto se constituyó antes que
del tipo al individuo, Queca había al fin empuñado su carta. nadie en esas casas y logró así hacerse de un guardarropa
Solo Mulligan sería quien la llevaría al altar, con todas las de en el que invirtió todo el fruto de su trabajo y de sus
la ley, como sucedió después y tendría derecho a acariciar privaciones.
esos muslos con los que tanto, durante años, tan inútilmente
soñamos. Pelo planchado y teñido, blue-jeans y camisa vistosa,
Roberto estaba ya a punto de convertirse en Boby.
Las decepciones, en general, nadie las aguanta, se echan
al saco del olvido, se tergiversan sus causas, se convierten Todo esto le trajo problemas. En el callejón, decía su madre
en motivo de irrisión y hasta en tema de composición cuando venía a casa, le habían quitado el saludo al
literaria. Así el chancho Gómez se fue a estudiar a Londres, pretencioso. Cuando más le hacían bromas o lo silbaban
Peluca Rodríguez escribió un soneto realmente cojudo, como a un marica. Jamás daba un centavo para la comida,
Armando Wolff concluyó que Queca era una huachafa y se pasaba horas ante el espejo, todo se lo gastaba en
Lucas de Tramontana se jactaba mentirosamente de trapos. Su padre, añadía la negra, podía haber sido un
habérsela pachamanqueado varias veces en el malecón. blanco roñoso que se esfumó como Fumanchú al año de
Fue solo Roberto el que sacó de todo esto una enseñanza conocerla, pero no tenía vergüenza de salir con ella ni de ser
veraz y tajante: o Mulligan o nada. ¿De qué le valía ser un pilotín de barco.
blanquito más si había tantos blanquitos fanfarrones,
Entre nosotros, el primero en ficharlo fue Peluca Rodríguez,
desesperados, indolentes y vencidos? Había un estado
quien había encargado un blue-jeans a un purser de la
superior, habitado por seres que planeaban sin macularse
Braniff. Cuando le llegó se lo puso para lucirlo, salió a la
sobre la ciudad gris y a quienes se cedía sin peleas los
plaza y se encontró de sopetón con Roberto que llevaba uno
mejores frutos de la tierra. El problema estaba en cómo
igual. Durante días no hizo sino maldecir al zambo, dijo que
llegar a ser un Mulligan siendo un zambo. Pero el sufrimiento
le había malogrado la película, que seguramente lo había
aguza también el ingenio, cuando no mata, y Roberto se
estado espiando para copiarlo, ya había notado que
había librado a un largo escrutinio y trazado un plan de
compraba cigarrillos Lucky y que se peinaba con un mechón
acción.
sobre la frente.
Antes que nada, había que deszambarse. El asunto del pelo
Pero lo peor fue en su trabajo. Cahuide Morales, el dueño
no le fue muy difícil: se lo tiñó con agua oxigenada y se lo
de la pastelería, era un mestizo huatón, ceñudo y
hizo planchar. Para el color de la piel ensayó almidón, polvo
regionalista, que adoraba los chicharrones y los valses
de arroz y talco de botica hasta lograr el componente ideal.
criollos y se había rajado el alma durante veinte años para
Pero un zambo teñido y empolvado sigue siendo un zambo.
montar ese negocio. Nada lo reventaba más que no ser lo
Le faltaba saber cómo se vestían, qué decían, cómo
que uno era. Cholo o blanco era lo de menos, lo importante
caminaban, lo que pensaban, quiénes eran en definitiva los
era la mosca, el agua, el molido, conocía miles de palabras
gringos.
para designar la plata. Cuando vio que su empleado se
había teñido el pelo aguantó una arruga más en la frente, al
notar que se empolvaba se tragó un carajo que estuvo a Y fue con el nombre de Boby López que pudo al fin
punto de indigestarlo, pero cuando vino a trabajar disfrazado matricularse en el Instituto Peruano-Norteamericano.
de gringo le salió la mezcla de papá, de policía, de machote Quienes entonces lo vieron dicen que fue el clásico chancón,
y de curaca que había en él y lo llevó del pescuezo a la el que nunca perdió una clase, ni dejó de hacer una tarea, ni
trastienda: la pastelería Morales Hermanos era una firma se privó de interrogar al profesor sobre un punto oscuro de
seria, había que aceptar las normas de la casa, ya había gramática. Aparte de los blancones que por razones
pasado por alto lo del maquillaje, pero si no venía con profesionales seguían cursos allí, conoció a otros López,
mameluco como los demás repartidores lo iba a sacar de allí que desde otros horizontes y otros barrios, sin que hubiera
de una patada en el culo. mediado ningún acuerdo, alimentaban sus mismos sueños
y llevaban vidas convergentes a la suya. Se hizo amigo
Roberto estaba demasiado embalado para dar marcha atrás especialmente de José María Cabanillas, hijo de un sastre
y prefirió la patada. de Surquillo. Cabanillas tenía la misma ciega admiración por
los gringos y hacía años que había empezado a estrangular
Fueron interminables días de tristeza, mientras buscaba
al zambo que había en él con resultados realmente vistosos.
otro trabajo. Su ambición era entrar a la casa de un gringo
Tenía además la ventaja de ser más alto, menos oscuro que
como mayordomo, jardinero, chofer o lo que fuese. Pero las
Boby y de parecerse no a Alan Ladd, que después de todo
puertas se le cerraban una tras otra. Algo había descuidado
era un actor segundón admirado por un grupito de niñas
en su estrategia y era el aprendizaje del inglés. Como no
esnobs, sino al indestructible John Wayne. Ambos formaron
tenía recursos para entrar a una academia de lenguas se
entonces una pareja inseparable. Aprobaron el año con las
consiguió un diccionario, que empezó a copiar
mejores notas y mister Brown los puso como ejemplo al resto
aplicadamente en un cuaderno. Cuando llegó a la letra C tiró
de los alumnos, hablando de “un franco deseo de
el arpa, pues ese conocimiento puramente visual del inglés
superación”.
no lo llevaba a ninguna parte. Pero allí estaba el cine, una
escuela que además de enseñar divertía. La pareja debía tener largas, amenísimas conversaciones.
Se les veía siempre culoncitos, embutidos en sus blue-jeans
En la cazuela de los cines de estreno pasó tardes íntegras
desteñidos, yendo de aquí para allá y hablando entre ellos
viendo en idioma original westerns y policiales. Las historias
en inglés. Pero también es cierto que la ciudad no los
le importaban un comino, estaba solo atento a la manera de
tragaba, desarreglaban todas las cosas, ni parientes ni
hablar de los personajes. Las palabras que lograba entender
conocidos los podían pasar. Por ello alquilaron un cuarto en
las apuntaba y las repetía hasta grabárselas para siempre.
un edificio del jirón Mogollón y se fueron a vivir juntos. Allí
A fuerza de rever los films aprendió frases enteras y hasta
edificaron un reducto inviolable, que les permitió interpolar lo
discursos. Frente al espejo de su cuarto era tan pronto el
extranjero en lo nativo y sentirse en un barrio californiano en
vaquero romántico haciéndole una irresistible declaración de
esa ciudad brumosa. Cada cual contribuyó con lo que pudo,
amor a la bailarina del bar, como el gánster feroz que
Boby con sus afiches y sus pósters y José María, que era
pronunciaba sentencias lapidarias mientras cosía a tiros a
aficionado a la música, con sus discos de Frank Sinatra,
su adversario. El cine además alimentó en él ciertos
Dean Martin y Tomy Dorsey. ¡Qué gringos eran mientras
equívocos que lo colmaron de ilusión. Así creyó descubrir
recostados en el sofá-cama, fumando su Lucky, escuchaban
que tenía un ligero parecido con Alan Ladd, que en un
The strangers in the night y miraban pegado al muro el
western aparecía en blue-jeans y chaqueta a cuadros rojos
puente sobre el río Hudson! Un esfuerzo más y ¡hop! ya
y negros. En realidad solo tenía en común la estatura y el
estaban caminando sobre el puente.
mechón de pelo amarillo que se dejaba caer sobre la frente.
Pero vestido igual que el actor se vio diez veces seguidas la Para nosotros incluso era difícil viajar a Estados Unidos.
película y al término de ésta se quedaba parado en la puerta, Había que tener una beca o parientes allá o mucho dinero.
esperando que salieran los espectadores y se dijeran, pero Ni López ni Cabanillas estaban en ese caso. No vieron
mira, qué curioso, ese tipo se parece a Alan Ladd. Cosa que entonces otra salida que el salto de pulga, como ya lo
nadie dijo, naturalmente, pues la primera vez que lo vimos practicaban otros blanquiñosos, gracias al trabajo de purser
en esa pose nos reímos de él en sus narices. en una compañía de aviación. Todos los años convocaban
a concurso y ambos se presentaron. Sabían más inglés que
Su madre nos contó un día que al fin Roberto había
nadie, les encantaba servir, eran sacrificados e infatigables,
encontrado un trabajo, no en casa de un gringo como quería,
pero nadie los conocía, no tenían recomendación y era
pero tal vez algo mejor, en el club de Bowling de Miraflores.
evidente, para los calificadores, que se trataba de mulatos
Servía en el bar de cinco de la tarde a doce de la noche. Las
talqueados. Fueron desaprobados.
pocas veces que fuimos allí lo vimos reluciente y diligente. A
los indígenas los atendía de una manera neutra y Dicen que Boby lloró y se mesó desesperadamente el
francamente impecable, pero con los gringos era untuoso y cabello y que Cabanillas tentó un suicidio por salto al vacío
servil. Bastaba que entrara uno para que ya estuviera a su desde un modesto segundo piso. En su refugio de Mogollón
lado, tomando nota de su pedido y segundos más tarde el pasaron los días más sombríos de su vida, la ciudad que los
cliente tenía delante su hot-dog y su coca-cola. Se animaba albergaba terminó por convertirse en un trapo sucio a fuerza
además a lanzar palabras en inglés y como era respondido de cubrirla de insultos y reproches. Pero el ánimo les volvió
en la misma lengua fue incrementando su vocabulario. y nuevos planes surgieron. Puesto que nadie quería ver aquí
Pronto contó con un buen repertorio de expresiones, que le con ellos, había que irse como fuese. Y no quedaba otra vía
permitieron granjearse la simpatía de los gringos, felices de que la del inmigrante disfrazado de turista.
ver un criollo que los comprendiera. Como Roberto era muy
difícil de pronunciar, fueron ellos quienes decidieron llamarlo Fue un año de duro trabajo en el cual fue necesario privarse
Boby. de todo a fin de ahorrar para el pasaje y formar una bolsa
común que les permitiera defenderse en el extranjero. Así
ambos pudieron al fin hacer maletas y abandonar para trabajar unos días. Gracias a estos documentos pudimos
siempre esa ciudad odiada, en la cual tanto habían sufrido y reconstruir bien que mal lo que pasó. Progresivamente, a
a la que no querían regresar así no quedara piedra sobre través de sucesivos tanteos, Boby fue aproximándose a la
piedra. cita que había concertado desde que vino al mundo. Había
que llegar a un paralelo y hacer frente a oleadas de soldados
Todo lo que viene después es previsible y no hace falta amarillos que bajaban del polo como cancha. Para eso
mucha imaginación para completar esta parábola. En el estaban los voluntarios, los indómitos vigías de Occidente.
barrio dispusimos de informaciones directas: cartas de Boby
a su mamá, noticias de viajeros y al final relato de un testigo. José María se salvó por milagro y enseñaba con orgullo el
muñón de su brazo derecho cuando regresó a Lima, meses
Por lo pronto Boby y José María se gastaron en un mes lo después. Su patrulla había sido enviada a reconocer un
que pensaban les duraría un semestre. Se dieron cuenta arrozal, donde se suponía que había emboscada una
además que en Nueva York se habían dado cita todos los avanzadilla coreana. Boby no sufrió, dijo José María, la
López y Cabanillas del mundo, asiáticos, árabes, aztecas, primera ráfaga le voló el casco y su cabeza fue a caer en
africanos, ibéricos, mayas, chibchas, sicilianos, caribeños, una acequia, con todo el pelo pintado revuelto hacia abajo.
musulmanes, quechuas, polinesios, esquimales, ejemplares Él solo perdió un brazo, pero estaba allí vivo, contando estas
de toda procedencia, lengua, raza y pigmentación y que historias, bebiendo su cerveza helada, desempolvado ya y
tenían solo en común el querer vivir como un yanqui, zambo como nunca, viviendo holgadamente de lo que le
después de haberle cedido su alma y haber intentado costó ser un mutilado.
usurpar su apariencia. La ciudad los toleraba unos meses,
complacientemente, mientras absorbía sus dólares La mamá de Roberto había sufrido entonces su segundo
ahorrados. Luego, como por un tubo, los dirigía hacia el ataque, que la borró del mundo. No pudo leer así la carta
mecanismo de la expulsión. oficial en la que le decían que Bob López había muerto en
acción de armas y tenía derecho a una citación honorífica y
A duras penas obtuvieron ambos una prórroga de sus visas, a una prima para su familia. Nadie la pudo cobrar.
mientras trataban de encontrar un trabajo estable que les
permitiera quedarse, al par que las Quecas del lugar, y eran Colofón
tantas, les pasaban por las narices, sin concederles ni
siquiera la atención ofuscada que nos despierta una ¿Y Queca? Si Bob hubiera conocido su historia tal vez su
cucaracha. La ropa se les gastó, la música de Frank Sinatra vida habría cambiado o tal vez no, eso nadie lo sabe. Billy
les llegaba al huevo, la sola idea de tener por todo alimento Mulligan la llevó a su país, como estaba convenido, a un
que comerse un hot-dog, que en Lima era una gloria, les pueblo de Kentucky donde su padre había montado un
daba náuseas. Del hotel barato pasaron al albergue católico negocio de carne de cerdo enlatada. Pasaron unos meses
y luego a la banca del parque público. Pronto conocieron esa de infinita felicidad, en esa linda casa con amplia calzada,
cosa blanca que caía del cielo, que los despintaba y que los verja, jardín y todos los aparatos eléctricos inventados por la
hacía patinar como idiotas en veredas heladas y que era, por industria humana, una casa en suma como las que había en
el color, una perfidia racista de la naturaleza. cien mil pueblos de ese país-continente. Hasta que a Billy le
fue saliendo el irlandés que disimulaba su educación
Solo había una solución. A miles de kilómetros de distancia, puritana, al mismo tiempo que los ojos de Queca se
en un país llamado Corea, rubios estadounidenses agrandaron y adquirieron una tristeza limeña. Billy fue
combatían contra unos horribles asiáticos. Estaba en juego llegando cada vez más tarde, se aficionó a las máquinas
la libertad de Occidente decían los diarios y lo repetían los tragamonedas y a las carreras de auto, sus pies le crecieron
hombres de Estado en la televisión. ¡Pero era tan penoso más y se llenaron de callos, le salió un lunar maligno en el
enviar a los boys a ese lugar! Morían como ratas, dejando a pescuezo, los sábados se inflaba de bourbon en el club
pálidas madres desconsoladas en pequeñas granjas donde Amigos de Kentucky, se enredó con una empleada de la
había un cuarto en el altillo lleno de viejos juguetes. El que fábrica, chocó dos veces el carro, su mirada se volvió fija y
quisiera ir a pelear un año allí tenía todo garantizado a su aguachenta y terminó por darle de puñetazos a su mujer, a
regreso: nacionalidad, trabajo, seguro social, integración, la linda, inolvidable Queca, en las madrugadas de los
medallas. Por todo sitio existían centros de reclutamiento. A domingos, mientras sonreía estúpidamente y la llamaba
cada voluntario, el país le abría su corazón. chola de mierda.

Boby y José María se inscribieron para no ser expulsados.


Y después de tres meses de entrenamiento en un cuartel
partieron en un avión enorme. La vida era una aventura
maravillosa, el viaje fue inolvidable. Habiendo nacido en un
país mediocre, misérrimo y melancólico, haber conocido la
ciudad más agitada del mundo, con miles de privaciones, es
verdad, pero ya eso había quedado atrás, ahora llevaban un
uniforme verde, volaban sobre planicies, mares y nevados,
empuñaban armas devastadoras y se aproximaban, jóvenes
aún colmados de promesas, al reino de lo ignoto.

La lavandera María tiene cantidades de tarjetas postales


con templos, mercados y calles exóticas, escritas con una
letra muy pequeña y aplicada. ¿Dónde quedará Seúl? Hay
muchos anuncios y cabarets. Luego cartas del frente, que
nos enseñó cuando le vino el primer ataque y dejó de

También podría gustarte