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Reorganización Global: Impactos y Desafíos

El documento analiza la reorganización del mapa mundial, destacando transformaciones económicas, políticas, culturales y ambientales que generan una creciente polarización entre países ricos y pobres. Se enfatiza la complejidad de la globalización, que, aunque ofrece oportunidades, también presenta desafíos significativos como la especulación financiera y la erosión de la democracia. Se propone la necesidad de una regulación democrática y la construcción de una globalización basada en la cooperación y la reducción de la pobreza para enfrentar los efectos negativos del neoliberalismo.

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Reorganización Global: Impactos y Desafíos

El documento analiza la reorganización del mapa mundial, destacando transformaciones económicas, políticas, culturales y ambientales que generan una creciente polarización entre países ricos y pobres. Se enfatiza la complejidad de la globalización, que, aunque ofrece oportunidades, también presenta desafíos significativos como la especulación financiera y la erosión de la democracia. Se propone la necesidad de una regulación democrática y la construcción de una globalización basada en la cooperación y la reducción de la pobreza para enfrentar los efectos negativos del neoliberalismo.

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DEL CONTEXTO MUNDIAL

La reorganización del mapa mundial implica una serie de transformaciones


económicas, políticas,
científico-tecnológicas y culturales que afectan la vida social en todos los puntos
del planeta. Destacan
en esta reorganización: (i) los cambios radicales en el ámbito económico cruzado
por la revolución
tecnocientífica, la internacionalización y concentración del capital financiero, la
globalización de la
economía asociada a la reorganización de los poderes económicos y políticos, una
mayor
interdependencia entre los países, y un mundo más polarizado entre países ricos y
países pobres; (ii) las
mutaciones en el ámbito de la geopolítica mundial, con la conformación de un nuevo
e incierto orden
político internacional cruzado por nuevas estructuras de poder y pretensiones
neoimperialistas; (iii) Las
transformaciones en el campo de las prácticas culturales que atañen a fenómenos
como la creciente
escolaridad de la población en los niveles de la educación básica, el impacto de la
lógica cultural
massmediática en los cambios de las costumbres, los patrones de conducta y las
formas de vida de los
individuos y de los grupos sociales, en la reorganización de los procesos y
prácticas de construcción de
identidades culturales; (iv) la construcción e imposición del proceso de
globalización como un ideal
planetario con arraigo en los presupuestos del neoliberalismo, los cuales apuntan a
la naturalización de
una sociedad controlada por poderes abstractos y orientada por el pensamiento único
para explicar y
controlar las prácticas económicas, políticas, culturales y educativas de las
sociedades, (v) la complejidad
creciente de las dinámicas socio-políticas, asociada a fenómenos tales como el
aumento de la pobreza
extrema en sociedades con profundas iniquidades sociales, el resurgimiento de
etnocentrismos, racismos
y diversas formas de intolerancia que se constituyen en terrenos propicios para
graves conflictos y
guerras en distintas puntos del planeta; (vi) los reordenamientos de los escenarios
políticos nacionales,
con la debilitación de las políticas sociales, el predominio del neoliberalismo, la
redefinición de los
campos de intervención del Estado, aunque también con la emergencia de formas de
gobierno asociados
a la construcción de una sociedad más democrática y participativa, y por ende, a
las luchas por la
profundización de la democracia sustentada en la justicia social, la libertad y el
pluralismo; (vii) las
evidencias de la destrucción del ambiente a escala planetaria como consecuencia de
modelos de
crecimiento económico de carácter depredador que ponen en cuestión la
sostenibilidad de la vida a largo
plazo y marcan la necesidad de la emergencia de una nueva conciencia humana, que
más allá de
localismos, asuma una nueva responsabilidad por el planeta como esfera de vida,
replanteando modelos
de pensar y practicar el desarrollo.
Las profundas transformaciones en todos los órdenes de la vida social y humana
constituyen, pues, el
signo de nuestra época; transformaciones cuyos alcances y consecuencias apenas
comienzan a
vislumbrase, aunque se producen en todos los ámbitos y afectan los diversos planos
de nuestra vida
individual y colectiva. Así, cuando se afirma que el mundo está en crisis,
significa que se asiste a
transformaciones aceleradas y profundas respecto de las cuales se nos plantea la
necesidad de recrear las
claves de interpretación para poder comprender las tendencias y las paradojas
implicadas en tales

transformaciones y, desde luego, para resituar en ellas el papel de la educación en


general y de la
educación universitaria en particular.
Como sabemos, uno de los fenómenos de mayor impacto es el de la globalización,
noción acuñada en
las últimas décadas del siglo XX y cuyo uso se ha extendido de forma acelerada,
aunque su surgimiento,
siguiendo en parte los planeamientos de ADDA (1999), se sitúa un poco antes de
finalizar la Segunda
Guerra Mundial (1939-1945), cuando las potencias vencedoras de occidente -
principalmente Estados
Unidos e Inglaterra- se mostraron interesadas en crear un nuevo orden económico
internacional y
convocaron la Conferencia de Bretton Woods, realizada en junio de 1944. De allí
nacen el Fondo
Monetario Internacional (FMI), con la función de regular y supervisar el sistema
monetario mundial, y el
Banco Mundial (BM) al que se atribuye la tarea de fomentar tanto la reconstrucción
de las zonas
devastadas por la guerra como el desarrollo internacional. Más tarde, en 1945, se
crea el Acuerdo
General sobre Aranceles y Comercio (GATT), con la finalidad de establecer reglas
internacionales que
favorezcan las relaciones comerciales y las inversiones en el mundo, y que desde
1995 se conforma
como Organización Mundial del Comercio (OMC). Surge y se consolida este entramado a
escala
mundial que logra el empuje globalizador, sobre todo en el terreno comercial, de
lo cual es una clara
expresión el hecho de que a partir de 1950 el comercio mundial creciera muy por
encima de la
producción en el planeta.
Es a partir de la década de los setenta del siglo XX, cuando el fenómeno de la
globalización comienza a
centrarse en el sector financiero, especialmente favorecido desde la década de los
ochenta por el
desarrollo y uso acelerados de las tecnologías de la información y la comunicación
como instrumentos
para mover el dinero con gran facilidad sin limitaciones de tiempo y espacio, en
pro de ganancias
económicas inmediatas mediante la especulación. Prefiriendo esta vía especulativa
sobre la inversión
productiva, los nuevos capitalistas no contribuyen a la generación de riqueza
social asociada a la
inversión productiva, la generación de empleos y la inversión de impuestos en
políticas de índole social.
Es contundente la información que ofrecen Atienza y Gómez (2000:9) acerca del
movimiento de los
mercados de divisas en el mes de abril de 1998, al respecto señalan que dichos
mercados movieron
diariamente en el mundo 1,5 billones de dólares, lo que comparativamente
significaba cien veces más
recursos que los movilizados por el comercio mundial. A esta situación se asocian
la inestabilidad y las
recurrentes crisis financieras que han afectado económica, social y políticamente a
los países pobres.
Vivimos una época de creciente globalización con expresiones diversas y
paradójicas, aunque las
predominantes formas responden a su configuración como un fenómeno de mercados,
asociado, por
ende, al establecimiento de conveniencias económicas y financieras de los grandes
centros de poder
económico en el planeta que imponen una estandarización de patrones de producción y
de gustos y
deseos de los potenciales consumidores. Estandarización que constituye una
condición imprescindible
para la fabricación y penetración de los mercados, pero que a la vez representa uno
de los mayores
peligros de nuestra época, a saber, la homogeneización de formas de pensar, decir y
hacer, la
estandarización de los deseos y las aspiraciones, en las que se disuelven las
singularidades de las formas
de vida individual y colectiva. Es preciso, pues, tener en cuenta que el fenómeno
de globalización al que
asistimos, no surge de un planteamiento de convivencia solidaria entre países y
pueblos del planeta sino
de intereses hegemónicos en lo económico y lo político, movilizados por el deseo de
conquista de
mercados y de influencia en economías regionales y globales. En tal sentido, el
fenómeno de la
globalización en su formato predominante comporta relaciones de dominio más que
comunidad de
intereses, de ahí que el proceso de reorganización del mundo por amplias regiones
económicas, en el cual
intervienen tanto los intereses de los países como su desigual capacidad de
negociación, involucre
indudables condiciones desfavorables y consecuencias negativas para aquellos que
abren sus economías
al mercado mundial sin recibir ningún tipo de compensación asociada a su desarrollo
económico y social

endógeno. Se trata, por ello, de un fenómeno que comporta efectos negativos


asociados a su formato
neoliberal, es decir, a los intereses exclusivos del gran capital transnacional.
La globalización es un proceso complejo y denso en el que intervienen múltiples
fuerzas y actores. Por
ello es conveniente contravenir interpretaciones simplistas, tanto las que
sostienen que la globalización
traerá el mayor bienestar y la mayor libertad que jamás haya conocido la humanidad,
como las que
anuncian que su avance comporta la extensión de todas los males por el planeta. Lo
cierto es que en el
mundo actual, de lo que se trata no es de decir si se forma parte de ella o no,
sino de decidir de qué
manera formar parte ejerciendo el principio de autodeterminación de las naciones,
considerando los
diversos desafíos y oportunidades que ella comporta.
Desde el ángulo de los desafíos, el principal de ellos es el de incidir en el giro
del tipo de globalización
que se ha impuesto como resultado de decisiones políticas y no como mandato de
orden divino o
sobrenatural, pues a su lógica se anudan los efectos de una creciente polarización
entre países ricos y
países pobres, lógica que bloquea las posibilidades para que las oportunidades
económicas lleguen a cada
pueblo del planeta. Nos referimos a la globalización centrada en los aspectos
financieros y en las
corporaciones globales que buscan los beneficios inmediatos de la especulación, sin
incidencia en la
inversión productiva y en el bienestar social de quienes habitan los países pobres
del planeta. Asimismo,
a la actividad comercial controlada por grandes empresas transnacionales que
generan, como lo muestran
diversos análisis, más de las dos terceras partes del comercio mundial desarrollado
entre las zonas más
ricas del mundo: Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y el Sureste Asiático.
Hecho éste que ha ido
acompañado con los montos designados por los países más ricos para la protección de
sus mercados y la
subvención de su producción agrícola, lo que implica una evidente limitación a la
comercialización de
productos agrícolas de los países pobres y a sus posibilidades de mejorar sus
condiciones económicas y
sociales, y, en consecuencia, la creciente marginación económica de las regiones
más pobres.
Por otra parte, las condiciones desiguales en las que viene operando la
globalización afectan a los flujos
migratorios de millones de personas en busca de mejores oportunidades, pues se
refuerzan
crecientemente diversas modalidades para cerrar las fronteras, mientras éstas se
vuelven inexistentes para
el movimiento irrestricto de capitales en cualquier lugar del planeta.
Situaciones como las reseñadas se asocian a la impronta financiera, especulativa y
marginadora del tipo
de globalización que ha prevalecido, no sin consecuencias sobre la legitimidad de
la democracia como
sistema político. Expresión de ello es que los ciudadanos de los países que han
sufrido los embates de
esta globalización constatan que sus gobiernos han sido y son incapaces de
enfrentar los efectos de las
crisis financieras provocadas por el movimiento irrestricto de capitales
especulativos y la imposición del
modelo neoliberal de la economía, que el poder se ha concentrado en los mercados
financieros globales
sin posibilidades de control democrático mientras se debilitan los espacios
nacionales y locales donde
habitan los ciudadanos de a pie. De lo cual se desprende que los ciudadanos no se
sienten representados
por gobiernos que han abandonado su tarea de controlar las fuerzas globales y que
la legitimidad de la
democracia se ve erosionada.
El giro que debe imprimirse a los procesos de globalización para enfrentar dicha
impronta se relaciona
con las oportunidades que han brindado otras expresiones del fenómeno de la
globalización. Por ejemplo,
la posibilidad de tener una percepción de los problemas que ponen en peligro al
planeta entero, tales
como las formas de exclusión y de violencia, la pobreza, la lógica ecodepredadora
del modelo de
desarrollo económico asociado al capital transnacional, el narcotráfico, el aumento
en los gastos
militares, las invasiones de la gran potencia estadounidense para apropiarse de
riquezas petroleras de

otras naciones, entre otros. Percepción que ha generado formas de resistencia


ejercidas por millones de
ciudadanos del mundo entero.
Las oportunidades como los peligros también se construyen, y aquéllas,
precisamente, cuando se
reconocen los peligros asociados al hecho de que no todos los pueblos del mundo ni
los hombres y
mujeres que lo habitan se hallan en igualdad de condiciones para enfrentar los
efectos de una
globalización sin regulaciones democráticas. Luce, en tal sentido, impostergable la
puesta en marcha de
este tipo de regulaciones tanto en el nivel internacional, como en el plano
nacional. En el primero,
mediante la reorganización de las instancias internacionales, de cara a la
participación en igualdad de
condiciones de todas las naciones y, por ende, al ejercicio de una democracia
global que promueva,
valore y considere la participación de las organizaciones civiles cuya trayectoria
se asocia al trazado de
vías alternativas a la recorrida por la globalización favorable a pocos y
desfavorable a muchos. En el
segundo, mediante la asunción de responsabilidades individuales y colectivas en la
construcción
simultánea de democracias locales y de esta democracia global, pues ello depende en
gran medida de
nuestro ejercicio ciudadano para presionar a los agentes políticos y empresariales
a los efectos de
contrarrestar los efectos terribles de la globalización que conocemos. Se trata, en
tal sentido, de
reencontrarnos en un espacio que conjugue lo local y lo global, como espacio común
de la política,
donde la atención a la vez local y global de los asuntos públicos se vuelve
imprescindible para no
quedarnos a la intemperie y solos, bajo el acecho de la lógica de una globalización
que, limitándose a
conectar entre sí a los países poderosos, fagocita a los países más débiles,
provocando así la mayor y más
profunda exclusión de éstos.
Puede decirse que la gama de oportunidades que abren otras formas de globalización
sin ataduras a dicha
lógica, esto es, basada en las interdependencias y en la cooperación con claras
finalidades de reducción
de la pobreza y de mejoramiento de las condiciones de vida de las poblaciones, está
asociada a la
creación de condiciones democráticas, especialmente si tenemos en cuenta que ya no
se trata de decidir si
se forma parte dela globalización, sino de decidir de qué manera formar parte
ejerciendo el derecho a la
participación bajo el principio de autodeterminación de las naciones. Lo que, en el
caso de países como
el nuestro, significa en lo fundamental: (i) generar políticas económicas
estratégicas internas e intentar
influir en las externas, asumiendo el papel irrenunciable de transformar economías
consumidoras en
economías productivas con sustento social, cambiar el rol de consumidores de
tecnologías por
generadores de tecnologías, incidir en la modificación de patrones de la
globalización de mercados y
luchar contra la fagocitosis característica de las corporaciones globales en su
empeño por apropiase de
los recursos naturales del Tercer Mundo; (ii) participar en bloques políticos
apegados el mencionado
principio, con clara visión política de proyecto de país para generar procesos
transformadores propios,
capaces de impedir ser transformados desde fuera y que nuestros destinos como
naciones sean trazados
por terceros; (iii) generar procesos y prácticas de diferenciación cultural frente
a la lógica y efectos
homogeneizadores de la globalización en las comunicaciones expresados en la
formación de opiniones,
en el marketing de gustos, deseos y aspiraciones individuales y colectivas, sin que
ello comporte cerrarse
a los nexos enriquecedores con otras culturas.
Todo ello supone la definición y puesta en escena de estrategias que adopten
sentidos sociales para la
consolidación de verdaderas asociaciones caracterizadas por la solidaridad y la
cooperación, y propicien
condiciones de mercado justo y equitativo. Sólo así, podrá contravenirse el hecho
de que grandes
trasnacionales, al amparo de la competitividad, prosigan su constitución en
imperios con enormes
capacidades para imponer sus productos en los países pobres y debilitar los estados
ofreciendo hasta
servicios como la salud y la educación, que han sido hasta ahora de exclusiva
responsabilidad estatal. A
tales efectos, como sabemos, con connivencia de agentes económicos y políticos, se
ha impuesto como
algo natural la idea de privatizar los servicios públicos para reducir el gasto
público, idea y práctica que

ha hecho entrar a los países latinoamericanos en una especie de círculo vicioso,


pues gran parte de los
ingresos por tales servicios vienen a parar a manos de los países dueños de las
tecnologías, mientras los
países pobres quedan sujetos a la direccionalidad que dan los grupos económicamente
poderosos. La
privatización de estos servicios, sin embargo, contradice el reconocimiento de que
la búsqueda de una
inserción más favorable de los países con escasos niveles de desarrollo en una
economía globalizada,
tiene entre sus condiciones fundamentales la elevación de del nivel cultural y
educativo de todos los
grupos sociales, lo que presupone un gran esfuerzo conjunto de los actores sociales
y estatales para la
puesta en marcha de políticas de formación de personas calificadas como partícipes
activos en el
desarrollo integral de las naciones.
Otra dimensión de gran incidencia en las formas de posicionamiento en los procesos
de globalización es
el conocimiento en sus diversas expresiones. En efecto, convertidas en generadoras
de valor agregado de
los bienes y servicios producidos y en la variable fundamental de nuevas formas de
organización
económica y social, la ciencia y la tecnología resultan indisociables de los
procesos de reordenamiento
económico y de reactivación económica. Pero aquí reencontramos el círculo vicioso,
pues la revolución
científica y tecnológica se produce en contextos de alta polarización entre países
ricos y pobres, en la
cual son aquéllos los que generan las tecnologías que éstos los que la consumen.
Las crecientes demandas de asociación entre conocimiento y reconversión productiva
plantean a los
países pobres este desafío, pues la división actual del mundo en países productores
y consumidores de
nuevas tecnologías tiende a perpetuar a estos últimos en una posición económica
subordinada en el
contexto de las economías globalizadas. De ahí que los logros progresivos de tal
asociación resulten
decisivos para la consolidación no sólo de la gran industria sino también de las
medianas y pequeñas
empresas, así como para el fomento y el fortalecimiento de la economía social, más
aún cuando la
generación y adaptación de tecnología y conocimiento apropiados para estos últimos
sectores es de por sí
un reto de amplia dimensión y una apuesta ineludible, dada su potencialidad para
superar la
concentración de las oportunidades y ventajas de los intercambios mundializados en
pocos grupos
económicos, y para ampliar el mercado de trabajo.
La inserción sin subordinación de las economías de estos países en el contexto
internacional involucra la
efectiva creación de condiciones que, junto al uso inteligente de la tecnología
importada, articulen la
capacidad de desarrollar conocimientos científicos e innovaciones tecnológicas como
una de las
condiciones indispensables tanto para reducir la dependencia tecnológica como para
dinamizar y
optimizar los procesos productivos en un doble movimiento: generando nuevos
espacios y formas
productivas, y modificando los existentes. En ambos casos se halla presente la
necesidad de redefinir los
vínculos entre sector productivo, investigación tecnológica, y reorientaciones
educativas, pero también
los relativos a la producción y transferencia de conocimientos hacia el estudio y
solución de problemas
económicos y sociales. Esta vía constituye uno de los ámbitos más importantes de
asociaciones
internacionales que respondan a vínculos de cooperación mutua para el impulso del
conocimiento
científico, tecnológico, social y humanístico, indispensable al desarrollo integral
de las sociedades, pues
de ello dependerá el futuro de países y pueblos hasta ahora sujetos a los patrones
de una globalización
económica supeditada a intereses de grandes corporaciones transnacionales.
Finalmente, cabe indicar que el panorama mundial al cual se enfrentan las
sociedades es el de profundos
cambios, que plantean importantes desafíos a la educación en general y a la
educación superior en
particular. No obstante, es preciso tener presente que dichos cambios se producen
en un contexto
mundial en que se ha agudizado aún más la disparidad, que ya era enorme, entre los
países
industrialmente desarrollados, los países en desarrollo y en particular los países
menos adelantados en
lo que respecta al acceso a la educación superior y la investigación y los recursos
de que disponen

(UNESCO, 1998). Razón por la cual el gran reto a escala planetaria es la


disminución de la brecha
existente entre países ricos y países pobres. En una sociedad basada cada vez más
en el conocimiento
ello implica que la educación superior y la investigación forman hoy la parte
fundamental del desarrollo
cultural, socioeconómico y ecológicamente sostenible de los individuos, las
comunidades y las naciones.
Por consiguiente, y dado que tiene que hacer frente a imponentes desafíos, la
propia educación superior
ha de emprender la transformación y la renovación más radicales que jamás haya
tenido por delante
(Ibídem).
DEL CONTEXTO NACIONAL
Inmersa en un escenario mundial que hace a las sociedades cada vez más complejas e
interdependientes,
la sociedad venezolana vive a su vez un proceso de transformaciones en todos los
órdenes que puede ser
caracterizado como transición entre la pervivencia de viejos modelos de
organización social y política, y
la emergencia de nuevos modos de construcción de una democracia participativa y
protagónica basada en
la justicia social, como eje de la recomposición de los campos económico, socio-
político, cultural y
educativo.
La transición que vive el país se da en una trama que conjuga diversas formas de
crisis. Unas, como la
crisis económica y social en la que se superponen herencias de las décadas de los
años ochenta y
noventa, la incidencia negativa de factores políticos nacionales e internacionales
en la economía
nacional, con especial contundencia desde comienzos de 2001, y la magnitud de la
crisis económica
mundial particularmente agravada a partir del derrumbe de la Torres Gemelas en
septiembre de 2001.
Magnitud, que como sabemos, ha llevado a ciertos organismos internacionales a
plantear correcciones en
las estrategias económicas basadas en un excesivo optimismo en la regulación de los
mercados sin
intervención de los estados nacionales, dado el crecimiento de la brecha entre
países ricos y países
pobres, y la agudización en las sociedades de la desigualdad social. Otras, como la
crisis política pone en
escena variadas dimensiones y diversas expresiones, entre ellas: el debilitamiento
de las viejas lógicas de
partidos políticos, la pérdida en la alternancia en el poder de los dos grandes
partidos que coparon la
escena política a lo largo de las últimas cuatro décadas del siglo XX, la
emergencia de nuevos actores
políticos en el seno de la sociedad, la puesta en evidencia de la heredada
precariedad en instituciones
político-estatales y de las tareas pendientes en la reforma estatal, la emergencia
de plurales formas de
asociación y participación vinculadas a la solución de problemas cotidianos de la
gente, el tránsito de una
situación políticamente soporífera a una movilización de la que no han dejado de
formar parte peligrosas
señales de violencia, la massmediatización de la política y la politización de los
massmedia, la aparición
de los sectores populares tradicionalmente excluidos en la arena política asociada
a la innegable re
construcción de su subjetividad político-democrática y de la asunción de sus
derechos políticos.
Si analizamos con cierto detenimiento nuestra particular situación como país, no
cabe duda que ella se
caracteriza por un alto grado de complejidad, resultado de los entrecruzamientos
entre, por una parte, los
contundentes efectos de la globalización en cuanto fenómeno que involucra un
conjunto diferenciado y
sin fronteras de flujos económicos, políticos, informativos, comunicacionales y
culturales, cuyos efectos
remodelan internamente las sociedades latinoamericanas y, por otra, los
acontecimientos que dan
expresión a un momento histórico de crisis en el sentido de umbral entre la
permanencia de lo viejo que
no acaba de perecer y lo que está naciendo.
Respecto de la situación económica y social: es preciso destacar que la crisis
confrontada en la actualidad
posee como trasfondo dos décadas de recesión económica con sus inevitables efectos
en el deterioro de
las condiciones de vida, asociado al repliegue de las tendencias a la ampliación
del acceso al mundo
laboral y a la expansión de oportunidades para el acceso a los diversos niveles de
la educación.

Ciertamente, a inicios de la década de los años ochenta cuando el modelo de


crecimiento económico
asociado al de la renta petrolera dio claras señales de su agotamiento, comenzó la
implantación de las
llamadas medidas de ajuste estructural para reorientar la economía nacional de cara
a su inserción en las
economías globalizadas, desde la óptica de la apertura a la inversión no productiva
extranjera y a las
exportaciones concentradas en un pequeño grupo de empresas, sin efectos de retorno
hacia el desarrollo
endógeno. Se trataba de aplicar sin limitaciones las recetas económicas
neoliberales y los consiguientes
costos sociales, cuya herencia seguimos padeciendo. Entre ellos:
(i) El desmantelamiento de las políticas sociales del Estado, y sus efectos en el
aumento de la
desigualdad de la distribución de la riqueza, el crecimiento de la pobreza, el
creciente empobrecimiento
de los sectores medios, el deterioro de servicios como la salud y la educación
públicas y la acentuación
de las desigualdades sociales y de las diversas formas de exclusión social.
(ii) El debilitamiento de los actores económicos ligados a la pequeña y mediana
industria y el creciente
aumento en las tasas de desempleo y de empleo informal. Para 1999, la distribución
de la población en
edad laboral se estimaba así: el 30% tiene empleo, el 54% se sitúa en el sector
informal y el 16%
desempleada.
(PROCOMPETENCIA: 1999: 31).
(iii) La erosión de las formas de cohesión social y la pérdida creciente de
credibilidad social ante las
formas tradicionales de hacer política.
De la enorme deuda social generada en las citadas décadas, da cuenta, en parte, el
informe sobre la
situación de la infancia en Venezuela, presentado en la reunión de Ginebra por la
delegación de
organizaciones no gubernamentales, en junio de 1999, ante el Comité de los Derechos
de los Niños de la
ONU, se registra parte del panorama socio-económico del país para ese momento,
mediante cifras como
éstas: descenso del 37% en el gasto social entre 1987 y 1994; disminución del 43%
de gasto en salud
entre 1980 y 1994; disminución del gasto real por habitante de 4.435 bolívares, en
1983, a 2.827 en
1995; incremento de hogares en situación de pobreza total del 46% en 1988 a 76% en
1994; según datos
del Ministerio de la Familia, para 1997 en la población menor de 12 años el 47,3%
se encontraba en
situación de pobreza y 21,9%, de pobreza extrema; en 1997 se registraron 18 mil
niños, niñas y
adolescentes que trabajaban en las calles; en 1988 el incremento de nacimientos
ocurridos en madres
menores de 12 años fue de 33%; para 1997 existían 407 mil niños y niñas
indocumentados. Y, a
propósito de la situación educativa, el mismo informe registra en cifras: la
disminución del gasto en
educación básica y media, que pasó de 25% en 1980 a 20% en 1992; la atención a sólo
33% de la
población en edad preescolar en centros oficiales y privados; entre 1986 y 1996, un
promedio anual de
320.000 niños y niñas quedó fuera del sistema educativo; 55,6% de la población
indígena comprendida
entre 5 y 24 años está al margen del sistema escolar.
En el caso de la educación superior, como observan González, Smeja y Téllez
(2002:18) no cabe duda
acerca de la iniquidad social que caracteriza a este nivel de la educación
venezolana, en el cual se
traducen las profundas desigualdades sociales expresadas en el sistema educativo y,
particularmente,
las que imperan en el acceso y desempeño de los estudiantes. Al respecto, los
mencionados autores
hacen referencia al estudio de Fuenmayor y Vidal (2000), sobre el comportamiento
del ingreso
estudiantil en las universidades nacionales en 1984 y 1998, cuyos resultados
muestran que: a) el número
de aspirantes a entrar en las universidades creció en un 55% (de 87.343 a 135.764),
mientras las plazas
crecieron solamente un 30% (de 54.166 a 70.348); b) en 1984, cuando por OPSU-CNU a
través de la
Prueba de Aptitud Académica, se escogía el 75% de los aspirantes seleccionados, no
existían las
iniquidades descritas anteriormente; c) los procesos de admisión internos de
facultades y escuelas

universitarias favorecen en su selección a los bachilleres que provienen de


colegios privados y
pertenecen a «clases socio-económicamente privilegiadas.
Es pertinente recordar que nuestra sociedad se ha constituido históricamente como
una sociedad
profundamente antagonizada por la opulencia de pocos y la miseria de muchos,
caracterizada, en
consecuencia, por la pobreza y la exclusión social. De ahí el sentido del viraje
que imprime el proyecto
de una nueva sociedad sin exclusiones contenido en la Constitución de la República
Bolivariana de
Venezuela y que plantea la reconstrucción del país como tarea de todos los
sectores, estatales y sociales.
Tarea que en el campo económico comporta la asunción del desarrollo económico
endógeno como
generación de riqueza social traducida en la disminución de la brecha de las
desigualdades sociales y de
la iniquidad de oportunidades tanto para el acceso de los venezolanos al mercado
laboral como a bienes
materiales y culturales. Y, en tal sentido, la revitalización del papel del Estado
como parte fundamental
de las condiciones que requiere dicho desarrollo, entre las cuales también cuentan
la elevación del nivel y
calidad del aparato productivo nacional y la inversión sostenida en ciencia,
tecnología y educación.
Se trata de condiciones que hoy cobran mayor importancia para el logro de una
inserción favorable de
nuestra economía en el contexto de las economías globalizadas, en cuanto inserción
con claros sentidos
sociales. O, para decirlo de otra manera, para revertir las tendencias
desintegradoras en el nivel nacional
(desarticulación Estado-sociedad, erosión de los lazos sociales, debilitamiento de
los actores económicos
no insertos en las exigencias de los mercados globalizados, entre otras), tanto
como las tendencias
integradoras circunscritas a la gran empresa y a pocos sectores sociales en los que
se concentra el acceso
a bienes materiales y culturales, y al tipo de conocimiento que hoy demanda el
acceso al sector
productivo altamente tecnologizado. Porque revertir tales tendencias de cara al
desarrollo económico y
social endógeno, significa reducir la enorme brecha entre los pocos beneficiados
con la inserción en la
economía globalizada y los muchos excluidos de tales beneficios, generando riqueza
con sustento social
y efectos positivos hacia la sociedad nacional.
Como sabemos, la generación de esta riqueza no depende de la inserción per se en
los mercados
globalizados, aunque tampoco se produce sin participar en ellos. La puesta en
marcha de condiciones
como las indicadas permitirá que dicha generación se haga indisociable de
estrategias para enfrentar la
pobreza y las modalidades de exclusión económica y social, que apunten a la
creación de condiciones y
oportunidades de acceso de los diversos sectores sociales al ejercicio de sus
derechos económicos,
sociales, culturales y educativos. Se trata, entonces, de vincular desarrollo
económico y lucha por la
justicia social, mediante estrategias que permitan crear y consolidar una economía
social y participativa.,
para enfrentar la exclusión económica y social heredada como efecto de un modelo
económico cuya
puesta en marcha afectó a enormes contingentes de venezolanos.
Por esto, merece atención especial el giro que representa la propuesta sobre el
nuevo modelo de
desarrollo de la sociedad venezolana, contenido en las Líneas generales del Plan
Nacional de Desarrollo
Económico y Social de la Nación, 2001-2007, la cual traduce el mandato
constitucional de conducir al
país hacia la maximización del bienestar colectivo, que se exprese en la ampliación
de la democracia,
mayor seguridad social, crecientes fuentes de trabajo, alto valor agregado
nacional, mejor nivel de vida
para la población y mayor soberanía del país (Ministerio de Planificación y
Desarrollo: 2001: 13).
Diseñada con visón de largo plazo, desde una concepción que destaca el equilibrio
de fuerzas y factores
que intervienen en la multidimensionalidad del desarrollo nacional (Ibídem: 14), y
en consonancia con
la disposición constitucional sobre el fomento y protección de la economía social,
dicha propuesta,
define lo concerniente a las dimensiones económica y social del desarrollo nacional
en términos de
equilibrios económicos y sociales que contemplan, respectivamente: ...el quehacer
productivo
diversificado y sustentable [que] por su eficacia y eficiencia, será capaz de
garantizar la generalización

de los beneficios económicos como fórmula de equidad en el acceso al bienestar de


toda la población y
...la exigencia histórica de balancear adecuadamente el interés individual y el
interés social,
especialmente la exclusión y marginalización de los más débiles y procurar un mejor
vínculo racional y
justo en la distribución social de la riqueza y el ingreso nacional generado, de
tal forma que el modelo
será incluyente en la atención de las necesidades de la población (Ibídem: 15).
En tal sentido, el equilibrio económico apunta a la creación y consolidación de un
modelo productivo
capaz de generar un crecimiento autosustentable, promover la diversificación
productiva y lograr la
competitividad internacional en un contexto de estabilidad macroeconómica, lo cual
facilitará una
profunda y diversa inserción en el comercio internacional globalizado (Ibídem: 16).
Y el equilibrio
social se dirige a alcanzar y profundizar el desarrollo humano, mediante la
ampliación de opciones de
las personas, el ofrecimiento de mayores y mejores oportunidades efectivas de
educación, salud, empleo,
de ingresos, de organización social y de seguridad ciudadana (Ibídem: 18).
Es indudable que ambos equilibrios se relacionan entre sí y que sus logros
implican, por una parte, el
fortalecimiento del Estado en su rol de conductor de políticas de estabilización
económica, de generación
de mayor riqueza nacional y su justa distribución, de reorientaciones productivas
asociadas al desarrollo
de áreas estratégicas de producción de tecnologías para reducir la dependencia
tecnológica y optimizar
los procesos productivos, de generación de campos laborales diversificados, entre
otros aspectos. Y, por
otra, los aportes imprescindibles de las instituciones de educación superior, desde
sus obligadas
funciones de creación de conocimientos científicos y tecnológicos, de formación de
profesionales
altamente calificados y de inserción social con especial atención a la elevación
del nivel cultural y
educativo de diversos grupos de la población socialmente desfavorecida, para
abrirles oportunidades de
acceso al campo laboral, a bienes materiales y culturales, tanto como herramientas
que les permitan
potenciar los procesos y prácticas de organización y autogestión social orientadas
al mejoramiento de sus
condiciones de vida.
En la actualidad, Venezuela adelanta una serie de estrategias para reactivar el
aparato productivo
nacional y generar mayor bienestar en la población venezolana. Entre estas
estrategias resaltan la
reactivación y reconversión del parque industrial del país, además de distintas
iniciativas para el
incentivo del sector agropecuario de la nación, en función de consolidar la
soberanía alimentaria
consagrada en la Constitución. La estrategia de reactivación busca dinamizar el
aparato industrial con
nuevos proyectos que mejoren la actividad en el sector y adaptar la industria
nacional a las exigencias de
la competencia en una economía cada vez más global, conjuntamente con el apoyo en
materia técnica y
crediticia a pequeños y medianos productores. Enmarcada en el Plan Nacional de
Desarrollo Económico
y Social, esta estrategia se sustenta en un modelo endógeno de desarrollo,
generando soluciones para
afrontar la coyuntura y el despegue del desarrollo integral pleno a largo plazo,
con justo y equitativo
bienestar social, contando con la activa participación de las comunidades.
Así mismo, las políticas en materia comercial están dirigidas al fortalecimiento
del intercambio recíproco
y, simultáneamente, a una integración más profunda con otros países
latinoamericanos. Lo cual pone en
evidencia que la adopción del modelo endógeno de desarrollo venezolano no supone
cerrarse al resto del
mundo, ni quebrantar los compromisos adquiridos en convenios comerciales
internacionales.
En lo concerniente a la situación política: es evidente que en el curso de,
aproximadamente, una década
hemos asistido a la explosión de un conjunto de acontecimientos que expresan
cambios radicales del
mapa político venezolano y, como tal, el agotamiento de un modelo político alineado
en torno a intereses
político-partidistas que se turnaron en el poder mediante el régimen eleccionario y
sustentado en la
fusión gobierno-partidos, en las desarticulaciones entre las esferas de lo
económico, lo político y lo social

y en las debilidades de una institucionalidad política capaz de responder a las


expectativas de
democratización social y política. En la dinámica propia de tales cambios han
podido apreciarse claras
conductas democráticas de amplios sectores populares que condensan no sólo la
expresión de rechazo a
la corrupción y al clientelismo político-partidista sino el arraigo de una clara
vocación democrática,
puesta de manifiesto en el acontecimiento político del 13 de abril de 2002, con la
restitución del hilo
constitucional, luego del golpe de Estado del 11 de abril. Conductas contrastantes
con las de grupos y
actores tanto económicos como políticos que ven afectados sus intereses
particulares y que se resisten a
perder los privilegios de los que han gozado por décadas de alianzas hechas a
espaldas de los enormes
problemas económicos y sociales del país.
Particularmente, desde mediados de 2001 se asiste a una polarización política que,
con razón, no pocos
han calificado como extrema y alarmante, pues ha puesto en escena señales de
violencia política sin que
ello signifique que ésta se haya instaurado como constitutiva de conflicto
político. Pero, como sostiene
López Maya (2002:3).
En el escenario de fondo de esta polarización alarmante, se encuentran 20 años de
recesión económica,
empobrecimiento social, aumento de la desigualdad en la distribución de la riqueza,
resentimiento de
clase, una élite política fracasada que se niega a verse privada de sus privilegios
y grupos económicos
nacionales e internacionales que buscan oportunidades doradas en un país que es una
de las naciones
petroleras más importantes del mundo. Pero lo que ha actuado agravando todos estos
factores ha sido el
vacío de mediaciones y representación políticas entre sociedad y Estado, producto
del colapso del
bipartidismo venezolano que se produjo en la década del 90. Ello ha propiciado la
emergencia de un
conjunto de actores que buscan llenarlo y que desafortunadamente, los más fuertes
de éstos carecen de
formación, conciencia y experiencia política para hacerlo responsablemente
colocando a la sociedad al
borde de un abismo.
Tal polarización, como se ha puesto de manifiesto, ha alcanzado la vida cotidiana
en la cual se han
conjugado niveles de intolerancia política y claras expresiones de estigmatización
social, cultural y racial
que han definido los comportamientos de determinados sectores de las clases medias
hacia los sectores y
organizaciones populares que han hecho suyos los principios constitucionales y han
venido ejerciendo el
derecho a la participación en la vida política. Estos hechos permiten sostener que
junto a la agudización
de la injusta distribución de la riqueza nacional, los cuarenta años de democracia
formal no construyeron
la Nación como un espacio de reconocimiento del cual todos formamos parte como
ciudadanos, es decir,
como sujetos de derechos sino, por el contrario, actitudes y prácticas de exclusión
social, cultural y
racial, ocultas bajo el discurso tranquilizante de la supuesta igualdad pero
funcionando bajo la mirada
indiferente de la clase política y de los sectores socialmente más favorecidos.
Tomar conciencia de los peligrosos efectos de tales hechos, y actuar en
consecuencia, es una
responsabilidad de los diversos sectores y actores democráticos, independientemente
de sus posiciones
políticas, tanto como de la trama de instituciones estatales y no estatales. Pues,
inscritos en un período de
agudas tensiones, duras confrontaciones y puntos de ruptura de la vida en común,
ellos nos dicen que
este período sólo puede encontrar su legítima superación en el diálogo y la salida
democrática, entendida
ésta en la perspectiva de creación de un amplio campo de fuerzas sociales para
frenar el avance de la
fragmentación social en nuestra nación, mediante el desarrollo de procesos que
regulen positivamente las
articulaciones entre democracia y conflictos sociales. Porque lo que tenemos
planteado no es el tránsito
de un régimen dictatorial a un gobierno democrático, sino la concreción de un
modelo de sociedad
sustentado en la institucionalización de procesos democráticos que profundicen y
consoliden los
principios de justicia e igualdad social, y pongan en práctica la idea de
democracia como un espacio
abierto y plural, en el que los conflictos que le se son constitutivos puedan
procesarse sin recurrir a la

fuerza de cualquier modalidad totalitaria. Esta idea junto a las aspiraciones de


bienestar común, la visión
de la dignidad de la existencia individual y colectiva como experiencia de la
democracia en cuanto forma
de vida política, están reclamando otros sentidos del país, del mundo y de nuestras
relaciones en ellos.
En efecto, construir un nuevo modelo de democracia que haga efectivos los
principios, derechos y
deberes consagrados en nuestra Constitución requiere de cambios efectivos en los
sentidos de las
relaciones sociales, en las prácticas y discursos de los actores sociales y
políticos, en la vida de las
instituciones y, sobre todo, en el tejido institucional del Estado donde, en
cualquier sociedad, se
condensan las relaciones de poder. Se trata, con ello, de vincular la acción
política -estatal y no estatal-
con los objetivos estratégicos de un proceso de transformación de fondo de las
lógicas instaladas dentro y
fuera del Estado, pues como se reconoce en el documento oficial Líneas generales
del Plan Nacional de
Desarrollo Económico y Social de la Nación 2001-2007, ...las resistencias
potenciales al cambio están a
lo interno de la Administración Pública, en su aparato burocrático, en los grupos
partidistas,
burocráticos, tecnocráticos, que verán modificar la estructura de poder de la cual
son beneficiarios, y en
los sectores de la sociedad que, dentro de una estructura clientelar, eran
beneficiarios de las prebendas
que le otorgaba el régimen (MPD: 2001: 20).
Teniendo presentes los preceptos constitucionales, el nuevo modelo de desarrollo
nacional contempla
como dimensión fundamental el equilibrio político que contempla la solución
pacífica y civilizada de los
conflictos de intereses centrada en el respeto al derecho de los ciudadanos, frente
a una gestión pública
que deberá ser la expresión del consenso como base de la legitimidad del Estado,
así como la
participación corresponsable y democrática de todos los sectores, en todos los
ámbitos y en cada
momento del porvenir (Ibidem: 15-16). En tal sentido, se enfatiza la puesta en
práctica del principio de
participación ciudadana, que no sólo amplía el ejercicio de la democracia, sino que
es un requerimiento
funcional que garantiza una mayor gobernabilidad a un Estado que cada día debe dar
respuesta a una
realidad compleja, con un alto grado de diversidad (Ibidem: 19), pues la
participación ciudadana
deviene en un mayor y mejor control de la sociedad sobre los asuntos que le
conciernen directamente,
permitiendo al estado la puesta en funcionamiento de mecanismos de ajuste de sus
políticas en beneficio
de todos. En correspondencia con esto se establecen como objetivos fundamentales
del equilibrio
político: consolidar la estabilidad social, desarrollar el nuevo marco jurídico
institucional y contribuir
al establecimiento de la democracia participativa y protagónica, para lo cual es
necesario desarrollar la
capacidad estratégica de regulación y gestión del Estado, una gestión pública que
actúe en base a
resultados y no de procedimientos, una alta capacidad de negociación y concertación
del Ejecutivo,
fortalecer el Estado de derecho, una organización administrativa ágil y
transparente, garantizar la
participación ciudadana, construir el Estado Federal Descentralizado y establecer
sistemas de rendición
de cuentas (Ibidem: 20).
Tratándose de objetivos políticos nacionales es evidente que sus logros involucran
cambios profundos
tanto en las lógicas y comportamientos institucionales, como esfuerzos dirigidos a
fomentar nuevas
instituciones públicas, nuevas formas de asociación y el fortalecimiento de una
nueva cultura política
proclive a la solución democrática de los conflictos. Ello implica, entre otras
cuestiones fundamentales lo
siguiente:
• Llevar a cabo una auténtica transformación del Estado como Estado democrático y
social de Derechos
y de Justicia, de cara al fortalecimiento de una institucionalidad político-
democrática capaz de garantizar
el ejercicio de los derechos y deberes consagrados constitucionalmente, y de
responder mediante una
gestión eficaz y transparente a las demandas sociales. Lo que exige quebrar las
lógicas burocráticas y
clientelares que allí persisten.
• Desarrollar, con visión estratégica, un conjunto de políticas sociales
sostenibles, para enfrentar la
pobreza, la violencia social y la exclusión, atendiendo a las prácticas socio-
económicas que están en su
base.
• Orientar las formas de participación colectiva y ciudadana hacia redes
asociativas entendidas como
espacios de construcción de ciudadanía, de nuevas maneras de organización y gestión
social y política y,
por ende, como nuevas instancias de relación con la sociedad y el Estado. Lo que
comporta favorecer el
descentramiento de los liderazgos mediante la revalorización de tales espacios,
fortalecer la idea y
prácticas de una sociedad plural que, al mismo tiempo, reafirme su legado
histórico-cultural y se abra al
mundo. Y, sobremanera, la asunción de un proyecto de país que involucre el
compromiso de todos con la
supresión de la pobreza y de la exclusión, y con la construcción de sentidos socio-
culturales de
pertenencia.
• Desarrollar una estrategia que articule las dimensiones cultural, educativa y
comunicacional, toda vez
que en estos terrenos se pone en juego la construcción de subjetividades
democráticas y, por ende, los
contenidos sustantivos de los cambios políticos. Para ello es imprescindible
promover y apoyar tanto la
investigación como la formación asociadas a la comprensión de los procesos
culturales, educativos y
comunicacionales que están en la base de las relaciones sociales y políticas que
caracterizan el mundo
actual, pues una agenda nacional de transformaciones político-democráticas no puede
desligarse del
campo cultural-educativo-comunicacional como campo de indudable importancia en la
creación de las
condiciones en las que los países latinoamericanos entran al mundo global.
• Fomentar la formación política de los ciudadanos y, particularmente, de quienes
ocupan y ocuparán
nuevos cuadros de la administración pública y de dirigencia política, pues:
La dificultad para provocar transformaciones en cualquier plano de la vida social,
y sobremanera, los
problemas que plantea el sostenimiento de esos cambios, su durabilidad, su
viabilidad, remite
directamente a la cuestión crucial de la formación política de quienes están al
frente; formación política
ésta que no consiste solamente en el grado de consciencia y fortaleza ética de cada
dirigente, sino
principalmente a un conjunto de destrezas, competencias y capacidades que no se
improvisan. El curso
de los complejos procesos que están en marcha no es el resultado ciego de un
mandato de la
Constitución o el juego azaroso de la lógica "amigos-enemigos". Buena parte de las
dificultades de
Dirección provienen de la precariedad de la formación política de la vanguardia de
estos procesos.
Atender apropiadamente esta carencia puede hacer la diferencia entre un proceso
exitoso a largo plazo
y gobernable en la coyuntura presente. (Lanz: 2002: 2)
Se trata, entonces, de construir y consolidar una voluntad política de
transformación de los diversos
espacios de poder asociada a la capacidad de respuesta a los desafíos que tenemos
ante nosotros, como
son: fortalecer la democracia participativa, que involucra la puesta en escena de
una concepción
pluralista en la dirección política, intelectual y moral de los procesos de cambio;
generar una nueva
plataforma de justicia que involucre la articulación de las luchas locales y
nacionales con las luchas
globales contra la globalización neoliberal; enfrentar los peligros del populismo
autoritario en estilos de
liderazgo, en movimientos políticos, en el diseño y ejecución de políticas públicas
de carácter
asistencialista que bloquean la participación y el control popular; fortalecer el
control social y
democrático sobre el Estado, los espacios de información y comunicación, y las
prácticas del mercado.
Capacidad de respuesta que resulta indisociable de una "reforma intelectual, moral
y simbólico
expresiva" sin la cual es prácticamente imposible consolidar la convivencia
democrática, que exige:

...una base cada vez más amplia de consenso, de acuerdo y compromiso necesarios
para fortalecer la
"República de las Leyes", la legitimidad y la legalidad de la administración de
Justicia, un estilo de
funcionamiento y deliberación política parlamentaria, donde se argumenten razones
políticas de interés
general para la formación de leyes, un control jurisdiccional adecuado de los
órganos del poder
público, la eficacia y el desempeño de las políticas públicas del Ejecutivo
Nacional; en fin, instituciones
políticas y jurídicas abiertas al control social y a la deliberación colectiva que
consoliden en el propio
proceso de transformación, demandas de democratización y el fortalecimiento de una
cultura política de
las nuevas ciudadanías sociales y pluriculturales. (J. Biardaeu: 2002: 4-5)
Puede sostenerse, al respecto, que nuestra Constitución propicia la realización de
esta perspectiva de la
democracia, pues ella impide la restricción de la vida democrática nacional a las
elecciones. En efecto,
las consultas populares y los procesos electorales pasan a constituirse en aspectos
asociados a otras
determinaciones cuya conjunción trasciende los límites de las democracias
representativas, y sustentan
las exigencias de profundización de la democracia en las que han de inscribirse los
debates sobre el
presente y el porvenir de nuestra nación, tanto como las representaciones sociales
resultantes de las
experiencias de participación ciudadana.
Como puede advertirse, dar sostenibilidad a los cambios políticos orientados en la
dirección de
profundizar la democracia participativa y protagónica, generar una nueva plataforma
de justicia,
consolidar la institucionalidad democrática, fortalecer el control social y
democrático sobre el Estado, los
espacios de información y comunicación, y las prácticas del mercado, fortalecer una
nueva cultura
política ciudadana, crear nuevas sensibilidades democráticas, promover y consolidar
condiciones para
una convivencia democrática, constituye una tarea que implica el cumplimiento de
responsabilidades por
parte del Estado y de la sociedad, mediante sus diversas instituciones y
organizaciones. En ella deben
jugar un papel de primer orden las prácticas comunicacionales, educativas y
culturales, pues la naturaleza
y alcances de dicha tarea en el proceso de reconstrucción del país plantea el
despliegue de procesos,
prácticas y experiencias comunicacionales, educativas y culturales desde las cuales
formar nuevos
ciudadanos y ciudadanas con claros sentidos de justicia, solidaridad, libertad,
participación responsable,
y reconocimiento de la diferencia, es decir, con claros sentidos ético-políticos de
su condición y ejercicio
como ciudadanos y ciudadanas.
Finalmente, cabe señalar que el nuevo modelo de desarrollo nacional sustentado en
los principios
constitucionales incorpora el equilibrio territorial y el equilibrio internacional
como dimensiones
constitutivas de dicho modelo. El primero es definido en términos de la
desconcentración, que involucra
un proceso de modificación del patrón de poblamiento, producción, inversión,
distribución y
recaudación sólo concebible a mediano y largo plazo, cuya estrategia consiste en la
definición de ejes
territoriales de desconcentración para crear un nuevo equilibrio del territorio, y
en la difusión y
diversificación de la actividad productiva para lograr en dichos ejes un mayor
volumen de población con
condiciones dignas de calidad de vida. Se destacan como pilares fundamentales de
esta estrategia: la
formación de recursos humanos y la promoción de actividades atendiendo a las
potencialidades y
limitaciones de cada región, con asistencia técnica y financiera. Y se establece la
incorporación de la
dimensión ambiental en el desarrollo regional, entendida como protección del
patrimonio natural y
como factor cada vez más importante para el desarrollo económico y social... en un
contexto de
desarrollo sostenible... (MPD: 2001: 20-21)
El equilibrio internacional, apunta al fortalecimiento de un modelo relacional que
permita la
participación flexible y simétrica en la comunidad de naciones. En la perspectiva
del modelo
democrático de desarrollo, se destacan las relaciones de cooperación para hacer
efectivos los intereses
comunes de la política internacional, a través de políticas que permitan a los
países de menor desarrollo

relativo, enfrentar conjuntamente los problemas relacionados con el desarrollo


económico y social con
equidad. Y, en consonancia con la Constitución: promover y favorecer la integración
latinoamericana y
caribeña, en aras de avanzar hacia la creación de una comunidad de naciones,
defendiendo los intereses
económicos, sociales, culturales, políticos y ambientales de la región (Ibídem:
21).
Es indudable que potenciar la integración latinoamericana y caribeña en los campos
culturales,
educativos y comunicacionales, resulta vital para enfrentar las formas de
homogeneización de patrones
de vida, de pensamiento y de comportamientos, que van imponiéndose crecientemente.
Y, con ello, para
descolonizar nuestros propios imaginarios en cuanto condición inherente a la tarea
de re-inventarnos
como latinoamericanos, con nuestras diferencias culturales, en un mundo
crecientemente homogeneizado
y dominado por el individualismo y el consumismo. Asimismo, esta integración es
decisiva para
favorecer con políticas de protección, de incentivo y difusión, a una industria
cultural latinoamericana y
caribeña que pueda competir en mejores condiciones y fortalecer su presencia en los
flujos de la
globalización cultural.
En la actualidad, Venezuela tiende puentes para consolidar alianzas integradoras
con países de la región
con el fin de profundizar la política integracionista, con lo cual el modelo
endógeno de desarrollo no sólo
favorece la participación interna de los amplios sectores de la sociedad,
económicos, productivos y
comunitarios en el proceso creador-productivo, para satisfacer las necesidades de
consumo y mejorar la
condición de vida en términos de educación, salud, vivienda, sino además el
intercambio económico,
cultural, y educativo, entre otros, con el resto de los hermanos países y del
mundo.
Es preciso destacar que el desarrollo nacional es, ante todo, un proceso de
asunción de responsabilidades
internas que implica, entre sus objetivos fundamentales, el fortalecimiento del
Estado Social y de
Derecho, la profundización de la democracia participativa, el mantenimiento de la
paz interna, la
construcción de ciudadanía, la lucha contra la corrupción, la lucha por la cohesión
social y por el
mantenimiento de las condiciones macroeconómicas y un mayor esfuerzo productivo en
el campo de las
inversiones y las infraestructuras. Objetivos que exigen para su logro: (a) la
formación de venezolanos y
venezolanas como partícipes activos en el desarrollo integral del país; (b) las
respuestas y
problematizaciones, por parte de las instituciones de educación superior, frente a
las exigencias
nacionales entre las cuales se halla la formación de venezolanos y venezolanas como
partícipes activos
en el desarrollo integral del país; (c) la atención a las condiciones del
desarrollo endógeno, a la creación
del conocimiento y a la atención de las necesidades sociales, d) la formación de
profesionales altamente
cualificados y de ciudadanos con sentido de país, de justicia, libertad y
solidaridad, capaces de contribuir
a la consolidación de una sociedad democrática basada en la justicia social, la
libertad, la solidaridad, la
participación y el respeto a las diferencias de pensamiento y de acción.
Como puede desprenderse de lo planteado, la educación no cumple sólo un papel
estratégico para el
crecimiento económico. Ella amplía sus alcances a la construcción de un modelo de
sociedad que
proporcione bienestar a sus habitantes, disminuya las brechas entre regiones y
grupos sociales, impulse la
democracia como forma de vida en todos los campos de acción humana, coopere para el
logro de la
formación ético-política y facilite medios para que los hombres y mujeres de este
país asistan y
participen en la transformación de sus condiciones de vida desde una perspectiva
integral de desarrollo
humano. En tal sentido, los planteamientos expuestos en este capítulo ofrecen las
razones fundamentales
que justifican la creación de la Universidad Bolivariana de Venezuela.

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