Cuando la provocación hace el juego al adversario
La inclinación de quien es contestatario a vestir su
impugnación como provocación se ha hecho común a muchos
grupos. Las izquierdas más radicales han plasmado en su
práctica. En diversos conflictos las izquierdas han propiciado
llevar las demandas más allá de lo que efectivamente podía
obtenerse. Y el intento provocador con frecuencia ha
desembocado en el fracaso del cual el adversario sale
fortalecido.
El fracaso guarda relación con aquello que ocasiona la
provocación: una reacción extrema en el provocado. Es eso lo
que se está viendo en el caso “María maricón”. Las fuerzas
más reaccionarias –que en el país son muchas e importantes–
han tomado el asunto para dar una lección y cuestionar a la
Universidad, al progresismo en general y al movimiento
homosexual en particular.
Las declaraciones hechas por Gabriel Cárdenas, autor de la
obra del alboroto, son ilustrativas: “Uso a las vírgenes para
contar mis vivencias homosexuales en una Lima machista”.
Como autor, desde luego, le asiste el derecho de contar sus
vivencias pero ¿a qué obedece el “uso” de las vírgenes si no
es para provocar el escándalo? Lo que, por cierto, ha logrado.
Optar por servirse de la provocación es relativamente fácil. Se
lanza como una pedrada y ya está. Si no hay preocupación
por la eficacia y los resultados a obtener, la provocación es
tentadora porque resulta mucho más a la mano que un
camino alternativo –el de convencer a quienes no piensan
como yo–, difícil y tedioso. Pero los provocadores tienen que
hacerse cargo de que su combate facilón es irresponsable
dado que, a menudo, fortalece a sus adversarios.
¿No ha llegado el momento de repensar este uso de la
provocación, que levanta en pie de guerra a aquellos a
quienes se busca combatir? Porque, a menudo –como en el
caso del Perú actual–, el intento de provocar por provocar, no
para persuadir, desemboca en una derrota de quienes
intentan modificar el orden vigente, por condenable que este
sea.