El debate actualmente en curso en torno a una obra de teatro
que aún nadie ha podido ver ha puesto sobre la mesa una
serie de temas de interés. Uno de ellos es el de si hay límites
a la libertad artística. Otro es la estatura institucional de la
Pontificia Universidad Católica. Y hay varios más. Pero
también importa el del uso de la provocación como táctica de
lucha ideológica, que es lo intentado por el autor de “María
maricón”.
Por cierto, es una táctica frecuentada por los grupos y
sectores contestatarios, que a menudo omiten hacer el
balance acerca de cuán provechoso resulta provocar a los
sectores retardatarios. Un caso aleccionador es el de los
grupos feministas que se han servido de la provocación desde
sus primeros pasos dados en el país.
Desde hace mucho en el Perú se han realizado concursos de
belleza. Era la noche del 8 de abril de 1973 y en el recién
inaugurado Hotel Sheraton tenía lugar el certamen Reina del
Verano, cuando irrumpieron delante del edificio en el Paseo
de la República varias decenas de mujeres que portaban una
pancarta: “Queremos ser gordas, queremos ser feas”. El
cuestionamiento de la “cosificación” del cuerpo femenino que
las manifestantes combatían pasó casi desapercibido. La
prensa se refirió a las manifestantes como “la rebelión de las
brujas”. Aunque durante tres años los concursos de belleza
resultaron prohibidos en el país, aquello que se había
concebido como el lanzamiento del movimiento feminista en
el país fue un paso que no le reportó beneficios