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Hamlet: Reflexiones sobre la vida y locura

En este fragmento de 'Hamlet', el protagonista reflexiona sobre la vida y la muerte, cuestionando la nobleza de soportar sufrimientos frente a la opción de acabar con ellos. A través de un diálogo con Ofelia, Hamlet expresa su desilusión y desprecio hacia las relaciones humanas, sugiriendo que ella debería retirarse a un convento para evitar la corrupción del mundo. Ofelia, angustiada, lamenta la locura de Hamlet y la pérdida de su nobleza y promesas.

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Hamlet: Reflexiones sobre la vida y locura

En este fragmento de 'Hamlet', el protagonista reflexiona sobre la vida y la muerte, cuestionando la nobleza de soportar sufrimientos frente a la opción de acabar con ellos. A través de un diálogo con Ofelia, Hamlet expresa su desilusión y desprecio hacia las relaciones humanas, sugiriendo que ella debería retirarse a un convento para evitar la corrupción del mundo. Ofelia, angustiada, lamenta la locura de Hamlet y la pérdida de su nobleza y promesas.

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FRAGMENTO DE HAMLET, DE WILLIAM SHAKESPEARE

VERSIÓN: LAUTARO VILO/RUBÉN SZUCHMACHER

Entra HAMLET.
HAMLET: Ser o no ser, esa es la pregunta. ¿Qué es más noble para el espíritu,
soportar los dardos y flechas de una Fortuna indigna, o tomar las armas
contra un mar de problemas, enfrentarlos y terminar con ellos? Morir,
dormir… Nada más. Y en ese dormir, terminar con todos los males del
corazón y con las mil torturas naturales que son la herencia de la carne. Ése
es un final para desear con fervor. Morir, dormir. Dormir, tal vez soñar. Ah,
eso es lo que nos detiene, porque ¿qué sueños vamos a tener en ese dormir
de la muerte? ¿Vamos a tener descanso cuando nos hayamos liberado del
desorden de la vida? Estos pensamientos son los que hacen que las
calamidades duren tanto. Porque, ¿para qué soportar la brutalidad de estos
tiempos, la injusticia del tirano, los insultos del soberbio, las angustias del
amor despreciado, la demora de la justicia, la insolencia de los funcionarios,
el rechazo que los hombres virtuosos reciben de los indignos, cuando uno
mismo puede tener su descanso con un simple puñal? ¿Para qué soportar la
carga de gemir y transpirar bajo una vida agotadora, si no es por el miedo a
un algo más allá de la muerte, ese país desconocido del que no regresa
ningún viajero, miedo que confunde nuestra voluntad y nos hace sufrir todos
los males que tenemos, en vez de arrojarnos hacia otros que todavía son
desconocidos? Así es cómo la conciencia nos vuelve a todos unos cobardes, y
hace que todas las decisiones enfermen con la palidez del pensamiento, y los
proyectos más trascendentes pierdan el rumbo y dejen de tener el nombre
de acción. Pero tranquilo. Hermosa Ofelia, te pido que en tus oraciones te
acuerdes de todos mis pecados.

OFELIA: Hamlet, ¿cómo estás?

HAMLET: Bien, bien, bien.

OFELIA: Tengo algunos regalos que quiero devolverte. Te pido que los
recibas.

HAMLET: No, no, yo nunca te di nada.


OFELIA: Por supuesto que me los diste, y con ellos algunas palabras escritas
con tanta dulzura que los hacían más valiosos todavía. Como ya perdieron su
perfume, quiero que los vuelvas a tener. Los regalos pierden valor si el que
los dio se muestra distante. Aquí están.

HAMLET: Ja, ja, ¿Ofelia es honesta?

OFELIA: ¿Qué?

HAMLET: ¿Ofelia es hermosa?

OFELIA: No entiendo.

HAMLET: Que si fueras honesta y hermosa, tu honestidad no debería


negociar con tu belleza.

OFELIA: ¿La belleza tiene algo mejor para negociar que la honestidad?

HAMLET: ¡Por supuesto! Es más fácil que la belleza transforme a la


honestidad en una puta, antes que la honestidad logre que la belleza se le
parezca. Esto en el pasado era una paradoja, pero en estos tiempos es una
gran verdad. Yo antes te amaba.

OFELIA: Así me lo hiciste creer.

HAMLET: No tendrías que haberme creído. Yo no te amaba.

OFELIA: Entonces me confundí.

HAMLET: Lo mejor es que te vayas a un convento. ¿Para qué vas ser madre
de pecadores? Yo soy relativamente honesto, y así y todo, podría acusarme
de cada cosa que lo mejor hubiese sido que mi madre no me hubiera parido.
Soy orgulloso, vengativo, ambicioso, y tengo más maldades por hacer que
pensamientos para concebirlas, imaginación para darles forma y tiempo para
llevarlas a cabo. ¿Por qué tiene que haber tipos como yo arrastrándose entre
el cielo y la tierra? Somos todos unos canallas, no creas en ninguno de
nosotros. Lo mejor es que te vayas a un convento. ¿Dónde está tu padre?
OFELIA: En casa.

HAMLET: Hay que dejarlo con la puerta bien cerrada, para que no se haga el
idiota en ningún otro lugar que no sea su casa. Adiós.

OFELIA: ¡Cielos, ayúdenlo!

HAMLET: Si llegaras a casarte, te dejo esta maldición como dote: aunque seas
casta como el hielo y pura como la nieve, no vas a poder escapar de la
calumnia. Así que a un convento. Adiós. Y si necesitaras casarte, que sea con
un estúpido. Los hombres inteligentes saben muy bien en qué clase de
monstruos los convierten ustedes. A un convento, rápido. ¡Adiós!

OFELIA: ¡Ángeles del cielo, cúrenlo!

HAMLET: Yo sé muy bien para qué se pintan ustedes. Dios les dio una cara y
ustedes se hacen otra. Andan a los saltitos, se menean, chillan, usan
diminutivos para todo, y hacen pasar su perversión como si fuera inocencia.
Eso es lo que me volvió loco, es insoportable. ¡Basta de casamientos! Los que
ya están casados, todos menos uno, van a sobrevivir; los demás van a quedar
solteros. ¡A un convento!

Sale.

OFELIA: ¡Oh, una mente tan noble y tan trastornada! Los ojos de un estadista,
la lengua de un sabio, la espada de un soldado. La flor y la esperanza de este
reino. El espejo de la elegancia, el modelo de las formas, el blanco de todas
las miradas, destruido por completo. Y yo, la más desgraciada de todas las
mujeres, que escuché la música de sus promesas, ahora veo repicar a su
entendimiento como una campana desafinada, y a la belleza de su juventud
condenada por la locura. ¡Ay, qué tristeza la mía, haber visto lo que vi y ver
ahora lo que veo!

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