No ha hecho falta más que una sola noche junto al amor de mi vida para volverme adicta a
la sensación de despertar con ella. Puede que nos hayamos acostado muchas veces, pero
nada se compara al olor que su pelo deja impregnado en la almohada, a la armonía que
forman nuestras respiraciones al sincronizarse, a la paz que encuentro en sus caricias. Pero
el hecho de volver a despertar con su ausencia, y con la presencia de su hermano en su
lugar, me recuerda que van a ser pocas las veces que abra los ojos y me invada la felicidad.
El calor que desprende su sudoroso cuerpo me sofoca, aunque no sé si me agobia más eso
o el pensamiento de tener que levantarme todos los días junto a una persona que detesto.
Sin embargo, para mi sorpresa, la reacción de Sebastián ha sido mejor de lo que me
esperaba. No me ha dirigido la palabra desde que Marina se fue, y viniendo de él, no sé si
debería preocuparme. A veces, el silencio dice más que mil palabras. Y en aquel ruidoso
silencio entre nosotros todo lo que he podido identificar ha sido miedo e incomodidad.
Pensé en irme otra vez a dormir a casa de Marina, pero como tenemos la comida con mi
suegra, sería raro que nos viera llegar por separado a Sebastián y a mí. ¿No es gracioso?
No saber si llamar suegra a Adela porque estoy casada con su hijo o porque me acuesto
con su hija.
Todos los días Sebastián me exige que le haga el desayuno. No obstante, hoy en cuanto se
ha levantado, se ha ido directo a la cocina a prepararse sus tostadas. Ni siquiera se ha
dignado a decirme los buenos días.
Siento que me estoy fallando a mí misma por sentirme culpable; él me ha engañado con
una infinidad de mujeres sin compasión alguna y yo nunca me he atrevido a decir ni una
mísera palabra. Pero por otro lado, soy consciente de que ha nacido en una sociedad en la
que está normalizado que un hombre haga estas cosas, mientras que si las hace una mujer,
la tachan de indigna. Por no mencionar que es incluso peor si lo hace con otra mujer, claro
está.
Minutos después, reúno la fuerza suficiente para conseguir levantarme, pero en cuanto
pongo un pie sobre el suelo, toda aquella fuerza parece desvanecerse, haciendo que caiga
de nuevo en la cama.
“Esta presión en mi pecho no es más fuerte que yo” Me digo a mí misma. Y tras un largo
suspiro, logro ponerme en pie y dirigirme hacia la cocina. Sin embargo, de pronto suena el
teléfono del comedor, haciéndome cambiar el rumbo mientras se me acelera el corazón tan
solo ante el pensamiento de que podría ser Marina.
¡Cariño!—Susurro con entusiasmo mientras me aseguro de que Sebastián está lo
suficientemente lejos para no escucharnos.
—¿Hola, Teresa?—Ay, si esta no es la voz de Marina.
Perdona, pensaba que eras…Bb- Bueno…—
—No te preocupes—ríe sin dejarme terminar la frase.
Dime, Armando—
—¿Cuándo vas a volver al estudio? Tenemos el programa el lunes a las seis.
¿Y eso? Qué pronto, ¿no?—
—Ya… es que con el tema de la investigación nos hemos tenido que cambiar a una cadena
más… ¿discreta?—Me puedo hacer una idea de su expresión al otro lado del teléfono.
Armando siempre pone la misma cara cuando me cuenta algo que él considera “delicado”,
es decir; cuando piensa que me voy a enfadar.
¿En serio después de todo te quedan ganas de seguir con la radio?—
—Teresa, tenemos que luchar por que esto cambie.
Ya, pero la policía ha censurado ya varios programas, incluído el nuestro. Nos jugamos
mucho, Armando, ya sabes cómo están las cosas—
—Pues nos cambiamos otra vez el nombre falso.
Como si las cosas funcionaran así, Armando. ¿Te crees que no reconocerán nuestras
voces o qué?—
—No van a descubrir esta emisora, es muy poco conocida.
Eso mismo pensábamos con la otra y mira—
—Teresa…
¿Y tú crees que nuestro público va a encontrar esta emisora si tan pequeña dices que es?
—
—Siempre podemos atraer a más público.
Sí, para que cualquier día vuelvan a poner otra denuncia—
—La única manera de transformar la sociedad es con proyectos como este.
¿Ah sí, y tú has visto que haya cambiado algo? Porque yo desde luego que no—
Mira, yo de verdad que lo siento, pero no me puedo arriesgar de esta manera—
—Ah, ¡muy bien! Así que ahora te rindes.
No, Armando. Es que como verás ya tengo bastantes problemas como para que ahora me
descubran detrás de una radio ilegal—digo, obligándome a bajar mi tono.
—¿A qué te refieres?
A nada. Tengo prisa, he quedado con mi suegra, adiós—
—A-Adiós.
No voy a ser tonta, si he conseguido evitar que me metan en la cárcel por conductas
homosexuales no voy a arriesgarme a que me descubran detrás de un programa de radio
anticonstitucional. Ojalá tuviera la libertad para poder emitirlo, o mejor dicho; ojalá no fuera
necesario emitirlo.
—Si es Marina dile que vaya yendo a casa de mi madre—una voz me asusta por detrás.
Ya he colgado, y n-no era Marina—respondo con un tono inseguro.
—¿Y quién era?
M…mi madre—
—¿Qué quería?
Nada, solo preguntar cómo estábamos—explico, todavía sin atreverme a mirar a Sebastián
a la cara.
—Supongo que la habrás mentido…—Su comentario tan repentino consigue que por fin
dirija mi mirada hacia la suya.
Sebastián…—Quiero decirle que no me gusta que estemos en esta guerra constante, pero
conociéndole, eso no va a hacer que cambie nada.
Vete a arreglar, que nos vamos en un rato—me ordena al salir del comedor.
Dos horas después…
Creo que me voy a volver loca. Por más que compare las prendas de mi armario, no hay
manera de decidirme entre ninguna. No sé por qué me estoy complicando tanto, ni que
nunca hubiera ido a comer con mi suegra. Pero esta vez es diferente, porque ahora más
que nunca siento que tengo que crear una buena impresión de mí. Cuando por fin opto por
ponerme un vestido largo de lana, me da por mirar la hora. Mierda, de nada me servirá
tratar de dar buena impresión si llego tarde.
Aunque no tenga mucho sentido, en momentos como este agradezco ser la clase de mujer
que prefiere maquillarse antes de vestirse. Lo que me permite que en cuestión de
segundos, ya esté esperando a Sebastián junto a su coche.
Al llegar al portal de mi suegra, tengo que fingir que no me resulta familiar la melancólica
sensación que me transmiten las solitarias plantas del descansillo, o que la enorme cantidad
de polvo ya no me hace toser porque mis pulmones se han acostumbrado a ella. Pero eso
comparado con tener que actuar como si Sebastián y yo nos quisiéramos, no es nada.
En cuanto salimos del ascensor, Adela nos recibe en la puerta, obligándonos a Sebastián y
a mí a forzar una amable sonrisa. No puedo evitar preguntarme si es capaz de ver a través
de ella.
Nunca se me han dado bien las mentiras, siempre me ha gustado ir con la verdad por
delante. Pero cuando toda tu vida depende de ellas, tienes que forzarte a aprender a mentir.
Sé que suena estúpido, pero siento que en cualquier momento se me va a caer el disfraz y
podrán ver la persona que soy en realidad. Y aunque sea mi mayor miedo, a la vez es mi
mayor anhelo.
Intento dejar de lado mis pensamientos y me siento en el comedor, donde se encuentra
Marina esperándonos pellizcando su pan de manera inconsciente.
—Sentaros, que yo termino una cosa y vengo enseguida—nos ordena Adela.
—¡Trae, que te ayudo!—Dice Marina mientras le sigue hasta la cocina.
—¡No, tú quietecita!
—Como veas, mamá.
—¡Y hazme el favor de quitarte el abrigo!
Hola preciosa—asusto a Marina por detrás.
—¡Ay! ¡Qué susto!
Qué guapa vas, ¿no?—susurro mientras cuelga el abrigo.
Se me escapa una sonrisilla al observar cómo sus mejillas se pintan de un tono rosáceo.
—¿Y tú con ese vestidito qué?
Me lo he puesto para la ocasión—vacilo.
—Para que yo te vea, ¿quieres decir?—Me susurra mientras casualmente me agarra de la
cintura para abrirse paso.
Segundos después aparece Adela con una olla y nos comienza a servir la sopa.
A la hora de servir los postres, Adela se levanta a por las yemas.
Ya voy yo—
—¡Que no, mujer! Que tú eres la invitada.
Que sí, que no se preocupe, ¡que usted ya se ha levantado muchas veces!—
—¡Mira a la niña qué cabezona!
—Esto es lo que me gusta de Teresa, que es una mujer con muchos modales—le dice
Adela a Sebastián.
—Muy buena chica sí.
—¿No te da envidia hija?—Pregunta Adela.
—¿A mí por qué?—La noto algo irritada al entrar con el postre.
—¿No quieres casarte?
—A ver mamá…
—¡Si es por pereza no te preocupes! Que yo te busco a un buen hombre.
—No es eso—responde, tratando de mantener la calma.
Intento tranquilizarla con una mirada, pero cuando sus ojos se encuentran con los míos, sé
perfectamente lo que está pasando por su mente: sí se quiere casar, solo que no con un
hombre.
—Piénsalo. Así no te tendrías que encargar tú de todo sola. Él trabaja y tú haces las tareas
de la casa.
—Yo estoy bien así, mamá.
—Sí, limpiando casas ajenas.
—Tampoco es que me dejen trabajar en otros puestos.
De pronto, se forma un silencio incómodo que solo provoca que me sienta insuficiente.
Las yemas están increíbles—
—Me alegro de que te gusten, cariño.
—¿Y a ti qué te pasa? No has abierto la boca en toda la comida—le pregunta a Sebastián.
—Sí he hablado.
—Muy poco.
—Solo estoy cansado.
En cuanto terminamos de comer vamos a la cocina a ayudar con los platos.
—Tú a descansar, mamá—le ordena Marina, y por una vez, le hace caso.
Sebastián le sigue y se quedan hablando en el sofá, dejándonos a Marina y a mí a solas. Al
ver que no levanto la cabeza ni un segundo del fregadero, me abraza por la cintura.
—Estás muy callada tú, eh.
No respondo, las palabras se han quedado atascadas en mi garganta.
—Oye oye oye, ¿qué te pasa?—Me pregunta mientras me agarra la barbilla y me obliga a
mirarla.
Nada—
—Mentirosa—responde mientras me acaricia la cara.
—Si es por lo de antes, no quiero que te preocupes, que yo estoy acostumbrada—añade.
Nunca seré lo que tu familia quiere para ti—digo, finalmente.
No vas a cumplir los planes que tu familia tiene para ti por mi culpa—añado.
—¿Qué tonterías estás diciendo? Teresa, aunque no estuviera contigo, no saldría con
ningún hombre-me explica.
—No estar contigo no implicaría que me gustaran los hombres—añade.
Ya pero podrías hacer como yo, fingir—
—Si no lo hago no es por ti, es por mí.
Si estuvieras con un hombre todo sería más fácil—
—Si estuviera con un hombre no sería feliz, aunque fuera fingiendo como tú. Y de todas
formas, mi madre no sabe nada.
Ya, pero nunca vas a tener la vida que ella quiere—
—Es que es mi vida, Teresa, no la suya. Y tú no tienes culpa de nada.
Antes de que me dé tiempo a formular otra frase, Sebastián me llama para que nos
vayamos a casa.
Pasan las horas y las palabras de Marina siguen reproduciéndose en mi mente sin dejarme
descansar, de alguna manera me estoy obligando a creer que de verdad no le importa
renunciar a todas esas cosas, y que aunque yo no estuviera en su vida, nada de eso
cambiaría.
Poco a poco, la voces de mi mente se desvanecen y caigo en un profundo sueño.
Al día siguiente Sebastián me manda a por el correo como de costumbre. De mala gana me
levanto del sofá y me dirijo al buzón. No hay correo, sin embargo, han dejado una carta
envuelta a mano y la abro con cuidado de no romper el sobre.
MI HOGAR
Se supone que un hogar es un sitio donde te sientes cómodo, donde puedes ser tu
verdadero yo, donde si estás perdido puedes acudir y una y mil veces te vas a reencontrar.
Pero, ¿y si los hogares no se tuvieran que tratar de lugares? ¿Y si se trataran de
personas?; Tu madre, tu pareja, tu mejor amigo. O incluso de cosas materiales; tu libro
favorito, el peluche que te regaló tu abuela al nacer, tu comida preferida… Un hogar es
donde te sientes seguro. Por eso, cuando estoy fría, me refugio en el calor de tus abrazos.
Y aunque estuviera a diez mil kilómetros, me seguiría sintiendo como en casa. Y si algún
día mi hogar se derrumba, me pasaré la vida entera hurgando entre sus escombros con tal
de quedarme con un pedacito de ti.
No lo olvides, eres mi hogar, y sin ti estoy perdida.
Te quiero.
-M.