MANUEL MARTÍNEZ-SELLÉS, Eutanasia.
Un análisis a la luz de la
ciencia y la antropología, Ediciones Rialp, Madrid, 2019. 89
pp. ISBN: 978-84-321-5195-8.
En las páginas que siguen realizaremos una recensión de un libro recientemente
publicado por el catedrático de medicina y jefe de cardiología del hospital Gregorio
Marañón (Madrid), el doctor Manuel Martínez-Sellés, que lleva por título Eutanasia.
Un análisis a la luz de la ciencia y de la antropología (2019).
En España ha habido un ingente número de publicaciones científicas y
periodísticas sobre el problema de la eutanasia a raíz de las sucesivas propuestas de
ley de eutanasia que el Grupo Parlamentario Socialista ha presentado, liderando las
voces progresistas respecto a este problema en el ámbito de la política, realizadas en
las últimas tres legislaturas, coincidentes precisamente con el hecho de que haya
tomado las riendas del gobierno en España. La primera propuesta fue inmediatamente
después de que consiguieran empezar a gobernar después de la moción de censura en
2018. Tras convocar elecciones y ganarlas sin mayoría absoluta, volvieron a llevar al
Congreso de los diputados su propuesta de ley de eutanasia, que a pesar de contar con
un respaldo mayoritario, debido a la caducidad de dicha legislatura se condenó a esta
ley a desaparecer a menos que volviera a ser planteada en la siguiente legislatura en el
hipotético caso de que volviera el Grupo Parlamentario Socialista volviera a contar
con mayoría en el Congreso y con respaldo para sacar adelante con los votos suficientes
esta propuesta. Así ha sucedido en la tercera legislatura en que se vuelve a proponer y
votar esta ley en el Congreso, en febrero de 2020.
El problema de la eutanasia tiene por tanto actualidad política, y si tiene
actualidad política tiene también actualidad ética y médica. La medicina y los médicos
son los principales implicados directamente en el problema, dado que será en estos
profesionales sanitarios donde recaerá la responsabilidad de realizarla.
La ética, por su parte, es utilizada por todos, de manera indiscriminada y a veces
sin ningún fundamento detrás. Ya en el Congreso en la fecha mencionada escuchamos
voces que apelaban a la muerte digna y a que el sufrimiento no tiene el color de ningún
partido político ni de ninguna ideología política. Es un elemento constitutivamente
humano, que debe formar parte como concepto de toda antropología.
Una obra importantísima en la historia de la ética es la Fundamentación de la
metafísica de las costumbres, sobre todo cuando se trata de hablar de la dignidad de
la persona.
Junto a Aristóteles, Kant representa el otro momento histórico y el otro
paradigma o modelo de pensamiento filosófico sobre la moral que más han influido en
ética.
Una de las ideas esenciales de la obra de Kant es que el ser humano, moralmente
concebido, es un fin en sí mismo, es decir, no es un medio para conseguir un fin, por
mucho que sea así considerado y utilizado, moralmente no
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tiene esa condición, esencia, sustancia. El ser humano tiene valor absoluto por su
condición de fin en sí mismo y cualquiera que trate de violar o transgredir esta
condición está cometiendo un delito moral.
Esto significa, en el contexto de la ética kantiana, que la vida humana es un valor
en sí mismo, es decir, que no hay nada comparado con ella, ni mucho menos nivel
económico: no hay dinero que, puesto en una balanza, pueda no solo superar sino
siquiera igualar el peso moral del ser humano.
El modelo de pensamiento moral y antropológico kantiano ha sido empleado
en distintos ámbitos donde la ética tiene algo que decir o existe directamente una
exigencia de reflexión ética, como sucede en los comités de ética asistencial del que
disponen normalmente los grandes hospitales donde siempre, por la cantidad
importante de ingresos de pacientes, van a plantearse problemas éticos, sobre todo
con respecto a qué hacer con la vida del paciente cuando ésta está expuesta de manera
constante al sufrimiento o al dolor, o está pasando por un dolor insoportable.
Hay protocolos evidentemente de carácter científico que no necesitan de la
ética, como la sedación paliativa o la inducción al coma. Es decir, no plantean
primariamente problemas éticos: se sabe qué es lo correcto hacer a nivel de
tratamiento médico sin necesidad de que haya un comité de bioética o ética asistencial
que decida por ellos. Para decidir sobre algunos tratamientos los médicos tienen
autonomía y autoridad legítima. No necesitan aprobación de nadie, ni de órganos o
instituciones adscritas al hospital ni siquiera tampoco del consentimiento de los
familiares. Esto sucede en la mayoría de los casos. Por esta misma razón, a nivel
personal no somos partidarios de la reflexión ética en medicina, ni mucho menos de
que la ética se imponga sobre los conocimientos científicos en un campo en el que
hacer esto significa acercarse demasiado y peligrosamente al terreno de la ideología,
donde no existe la razón ni la ciencia. Pensamos que en la mayoría de los casos clínicos
que se dan no plantean problemas relativos a la ética o donde se exige una respuesta
que supere lo establecido por la deontología médica, en particular con respecto al
problema del final de la vida.
En una mayoría de casos, en consecuencia, en realidad sobre la ética se tienen
que imponer por encima criterios científicos. Y esto cuando hablamos de la práctica
clínica en hospitales en que hay personas ingresadas. Pero los médicos no solo hablan
en hospitales, consultan a compañeros, etc. También ejercen como médicos en charlas
y en debates de ética médica. Además de su tarea como investigadores científicos que
pueden compaginar como médicos, es decir, que es compatible y en realidad muy
provechosa para avivar y estar mejor formados para la asistencia sanitaria, también
hay médicos que le dan mucha importancia a la ética médica o bioética. Algunos
médicos como Pablo Simón (médico de familia) llevan años liderando publicaciones
científicas sobre el problema del final de la vida, que no es estrictamente un problema
médico o científico, sino que nos adentra precisamente en un ámbito en el que
participan, dialogan y hacen aportaciones distintos profesionales. Por eso
denominamos bioética al ámbito que el médico, o desde la perspectiva del médico, se
llama ética médica: porque a los problemas que el médico trataría desde su propia
ética profesional, aprendida en la facultad o en cursos de formación específicos, otros
profesionales pueden aportar distintas visiones, y no solo se trata ya de aconsejar o
proponer, sino que muchas veces incluso hay profesionales, como los juristas y
abogados, cuyo criterio tiene incluso más importancia en determinados problemas
debatidos.
Esto sucede precisamente con la eutanasia, donde ahora mismo en España el
problema es primariamente un problema legal. Es decir, que el médico considere o no,
o el experto en ética considere o no, que la eutanasia, por las razones que ofrezcan, es
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legítima o no lo es, no importa todavía. Eso importará cuando llegue el momento de
practicarlas y cuando el médico en cuestión se decida a hacerlo o pueda declararse
objetor de conciencia.
En algunas discusiones dentro de comités de bioética o bien en charlas o
conferencias que imparten médicos especialistas en bioética, es habitual que se
produzcan confusiones incluso por parte de médicos prestigiosos por la falta de
formación ética o sencillamente porque los médicos ven las cosas de un modo distinto
a como lo ve un jurista. Aunque hablemos de un mismo caso, dado que el médico se
rige por unos criterios y argumentos (racionales, científicos generalmente) para
aprobar o desaprobar la eutanasia, el jurista puede ampararse en algunas nociones de
la historia del derecho para aducir que la idea de la dignidad ni pertenece al
pensamiento teológico medieval ni tampoco a su influencia en la filosofía del derecho
moderna, ni siquiera tampoco a las tradiciones de filosofía moral que, como la
kantiana, han hablado del ser humano como fin en sí mismo, poseedor de dignidad
por el hecho mismo de ser persona, sin necesidad de ningún añadido.
En el libro de Martínez-Sellés encontramos una declaración muy problemática,
difícil de justificar, según la cual “la dignidad es independiente del deterioro de la
calidad de vida” (p. 61). Es decir, el deterioro de la calidad de vida -afirma Martínez-
Sellés- no es un indicador de que hay menos dignidad en la vida de la persona. Esta
declaración trata de desmontar de una vez por todas, o al menos cree hacerlo, la idea
esencial de los defensores de la eutanasia. ¿De verdad que la calidad de vida no se
relaciona con la dignidad? ¿No se trata de eso en ética médica? ¿De introducir
categorías creadas en la historia del pensamiento ético y jurídico para aplicarlas y
comprender problemas propios de la práctica médica? ¿O es que el concepto de
dignidad, la formulación o expresión lingüística de la idea que denota o significa, como
pasaba con los antiguos teólogos y filósofos que utilizaban el concepto de “ley natural”,
es considerado, como hacía santo Tomás, una ley eterna divina de la que participa la
“creación racional”? ¿Existe la dignidad del ser humano al margen del ser humano? El
paso de la teología medieval a la modernidad filosófica y científica -o, como lo
denominó Hans Blumenberg en La legitimación de la edad moderna, el paso “del
absolutismo teológico a la autodeterminación humana”- ¿no ha implicado seguir
manteniendo el concepto de dignidad humana, pero sin un fundamento o referencia
divina? Es decir, se acepta que el concepto de dignidad es necesario, pero en filosofía
moral existen dos formas de comprenderlo a partir de la modernidad: al modo
racionalista (por ejemplo, como Kant), y al modo irracionalista, como sucede con
posiciones constructivistas, decisionistas o historicistas, que consideran que la idea de
dignidad no es racional sino histórica, es decir, que esa idea existe solo porque ha sido
propuesta y pensada a lo largo de la historia por distintas corrientes filosóficas y
teológicas, pero no porque exista realmente en el ser humano. La dignidad se puede
defender con respecto al ser humano, según esta última posición, pero siempre
teniendo en cuenta que es una construcción del pensamiento, es un concepto que
atribuimos a la persona, en este caso un concepto con dimensión moral, pero que no
existe realmente en el ser humano (como sucede, según estos autores, con todos los
derechos humanos).
Como Kant, es decir, como un concepto que tiene fundamento en la razón
humana, y que por lo tanto, no necesita de un fundamento divino o un fundamento
que haga referencia a Dios, pero sí tiene, como también postulaba la teología, un
fundamento racional (para Kant incluso la religión tiene fundamento dentro de los
“límites de la sola razón”). Mantiene el elemento racional, pero elimina la referencia
al fundamento en la existencia de Dios y en la voluntad misma de Dios expresada en
la ley eterna que es la ley natural. Este racionalismo, a pesar de excluir o mostrar que
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el concepto de dignidad no necesita un fundamento más allá de la razón humana
misma, y por tanto cree que no está condicionado por las particularidades ni por el
contexto, sino que es universal porque existe en la comprensión racional de todo ser
humano (manteniendo, en cierto modo, actualizado o renovado, el concepto de
persona de Boecio, del siglo V, como “sustancia individual de naturaleza racional”, al
que santo Tomás llama “creación racional”), al menos sigue confiando y sustentándose
en la razón humana, que, como hemos dicho, estaba también presente en la teología
medieval, sobre todo la que reflexiona sobre la persona y la dignidad. No necesita,
ahora en la filosofía moral de Kant, un fundamento amparado por una idea de Dios o
de la existencia de Dios, pero en realidad no es incompatible con la existencia y el
postulado de la existencia de Dios (un postulado que Kant explica en la Critica de la
razón práctica), y en realidad explicaría este postulado racional o procedente de la
sola razón el horizonte de esperanza moral en el cumplimiento de la justicia que
representa la idea de Dios. Que alguien afirme que a una persona, por ejemplo, se le
ha robado su dignidad, en el ámbito que sea, es algo que pretende sustentarse en la
idea de que existe una razón moral común a todos los seres humanos y por tanto en
que existe realmente, no solo como una construcción del lenguaje o de las tradiciones
de pensamiento, en un marco moral racional universal. En realidad, el elemento
racional que manifestó Boecio en su definición de persona se mantuvo durante toda la
filosofía y teología medieval con respecto al concepto de persona. Ha habido
posteriores reformulaciones dentro de la teología y la filosofía, pero en realidad la
teología adoptó ese concepto de persona procedente de un contexto no teológico
(Boecio era filósofo, no teólogo) y lo introdujo en la discusión sobre la composición de
los elementos de la Trinidad (el camino de discusiones teológicas hasta llegar a la
afirmación de que los tres componentes de la Trinidad son también “personas” es algo
en lo que aquí no podemos entrar pero que sin duda es de gran importancia para
entender cómo la teología llegó a considerar a Dios, trinitariamente, como persona,
con todos los atributos, sobre todo morales -por lo que nos concierne aquí-, que
destacaba Boecio).
Si nos fijamos, en el título de la obra de Martínez-Sellés no hay referencia a la
ética, y sin embargo el concepto de dignidad -que es el centro de la argumentación en
contra de la eutanasia que ofrece este prestigioso médico-, a pesar de que sea utilizado
en distintos ámbitos, en realidad el fundamento proviene de la ética.
¿Por qué hemos destacado y dado tanta importancia al concepto de dignidad y
a la afirmación de la página 61 del libro (que teniendo en cuenta la extensión del libro
se sitúa en la parte central del mismo)? Porque “eutanasia” es comprendida hoy, por
quienes apuestan positivamente por ella, como “muerte digna”, es decir, 1) como una
forma de morir dignamente, 2) o como una práctica médica que respeta y mantiene
hasta el final la dignidad inherente a la vida humana. Etimológicamente, la palabra
“eutanasia”, que proviene directamente del griego clásico (εὐθανασία) y cuyo empleo
encontramos en la obra del gran médico Hipócrates, era sinónimo de “muerte digna".
Hoy podemos utilizar el concepto “dignidad de la muerte” como sinónimo de “buena
muerte” que originalmente significaba el término. Es decir, a la luz del progreso del
pensamiento ético y jurídico, el concepto de dignidad se encuentra en el fondo del
problema de la eutanasia.
Para algunos autores, la eutanasia es en sí misma una muerte. En eso coinciden,
en realidad, ambas partes del enfrentamiento en torno a su defensa o su crítica. Es
decir, no es solo considerada como una práctica médica que conduce, indirecta o
indirectamente, activa o pasivamente (según las clasificaciones), a la muerte, sino que
es entendida en sí misma como una clase de muerte: como muerte digna por parte de
los primeros, y como una muerte indigna por parte de los segundos (porque para ellos
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precisamente es una acción que quita toda dignidad o es un acto en contra de dignidad
de la persona).
Si la persona tiene dignidad en sí misma, por el hecho de ser persona, sin
necesidad de tener nada añadido, por el solo hecho de existir como persona, la
discusión está, como hemos visto en la afirmación nuclear de Martínez-Sellés, en la
determinación ética de qué elementos se consideran que realmente le quitan la
dignidad a la persona. Porque el concepto de dignidad que manejan se utiliza en ambos
casos de la contienda entre conservadores y transhumanistas -por así denominar,
como se suele hacer en la bioética del mejoramiento humano, a los detractores y
defensores de la eutanasia- y la argumentación que ofrecen lo hacen en ambos casos
basándose en la dignidad de la persona.
Es posible incluso utilizar los fundamentos éticos en que se basan los
detractores de la eutanasia para llegar a la conclusión de las posiciones contrarias o
posiciones con las que se enfrentan. No obstante, los detractores siempre podrán
aducir que si para preservar la dignidad de la persona hay que quitarle la vida ¿dónde
queda la dignidad si no hay vida? Si se le quita la vida, ¿se puede seguir hablando de
dignidad, si ya no hay vida humana sobre la que aplicar el concepto de dignidad?
Podemos suponer que la publicación de Martínez-Sellés era urgente sobre todo
para que en el panorama actual haya un juicio médico argumentado que exponga una
concepción médica crítica de la eutanasia, amparada en su experiencia como médico
y sus conocimientos, con el fin de fundamentar la posición conservadora que
representa en bioética, sobre todo ante las circunstancias políticas tan apremiantes y
por la necesidad de publicar documentos de calidad científica que avalen a los partidos
políticos que se han opuesto a la propuesta de ley de eutanasia y han ofrecido la
alternativa de una ley de cuidados paliativos. El problema muchas veces es que a pesar
del abrumador conocimiento científico que tienen algunos médicos, a veces los
argumentos éticos que utilizan no convencen a los defensores de la eutanasia, lo cual
no quiere decir que la posición que representan no pueda ser acertada o al menos
razonable, sino que necesita de mayor diálogo con las posiciones opuestas y con
profesionales de otras áreas. Precisamente la bioética se caracteriza por ser un ámbito
interdisciplinar.
Al final del capítulo 12, dedicado a la autonomía del paciente, Martínez-Sellés
señala una idea que Diego Gracia ha proclamado y defendido en distintas conferencias
y trabajos. Se trata de la idea de que cuando un paciente quiere morir, y pide al médico
que le quite la vida porque no soporta más el sufrimiento psíquico, el dolor físico o
ambas cosas, y cuando lo hace estando plenamente consciente y haciendo uso de su
plena conciencia y autonomía, en realidad lo que se esconde detrás de ello no es el
deseo de morir, sino el de vivir de otra manera. En palabras de Martínez-Sellés: “la
experiencia demuestra que cuando un enfermo que sufre pide que lo maten, en
realidad está pidiendo casi siempre que le alivien los padecimientos” (p. 78). El
problema añadido que viene aquí es precisamente el que nos plantea la eutanasia: a
veces en dosis moderadas de sufrimiento el paciente cree que esto le está quitando su
dignidad como persona, es decir, que acogiéndose a su propia dignidad y aduciendo
que esa situación es indigna, quiere que acabe ya porque no soporta ni el sufrimiento,
ni el dolor ni tampoco que su vida se haya convertido en un sinvivir, es decir, le hayan
quitado lo más inherente a la vida humana, la dignidad, y su vivir ahora sea indigno,
por lo cual no merece la pena seguir viviendo. Es decir, la concepción del sinvivir no
solo viene influida por el dolor y el sufrimiento, sino por lo que señala el doctor
Martínez Sellés: “los padecimientos, tanto los físicos como los morales, que a veces
superan a aquellos: la soledad, la incomprensión, la falta de afecto”. Lo que se trata de
señalar por tanto es que a veces, en demasiados casos, la petición de eutanasia no viene
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ni está justificada por un sufrimiento insoportable, sino por condiciones añadidas de
orden moral, social, familiar, etcétera. Si a un paciente que se siente abandonado en
un hospital, que piensa que su vida ya no tiene sentido, que ha perdido a sus seres
queridos… se le suma la carga del dolor físico causado por la enfermedad, es lógico que
surja un sentimiento de descrédito y rechazo hacia la propia vida personal, un rechazo
palmario hacia la vida en general y hacia la vida propia en particular.
He aquí uno de los argumentos mas importantes presentados por Martínez-
Sellés, amparado por su experiencia en la práctica clínica. Y es que muchos de los que
apoyan la eutanasia se basan en el argumento de la autonomía del paciente. En
realidad, jamás ni el doctor Martínez-Sellés ni otros autores que presentan un rechazo
de la eutanasia han postulado que el sufrimiento de la persona no se deba aliviar. Pero
que se amparen en la idea de dignidad y en la de autonomía para defender el fin del
sufrimiento es lo problemático para ellos. El argumento está amparado no solo en el
racionamiento, sino que se basa en la aportación de datos de contraste real: los casos
en que se pide la eutanasia no como vía para terminar con el sufrimiento sino porque
realmente se quiere terminar con la vida se parecen mucho más a los de suicidio
voluntario. Es decir, el paciente que pide que le quiten la vida y que no lo hace para
terminar con el sufrimiento o acabar de una vez por todas con una enfermedad crónica
que le causa sufrimiento, en realidad no está pidiendo más que el suicidio. Lo
sorprendente es que la causa más frecuente constatada de solicitud de eutanasia en
unidades de Cuidados Paliativos (que son, como señaló el médico paliativista Marcos
Gómez en un reportaje del programa Salvados de La Sexta, minoritarias: “en más de
25.000 pacientes terminales no ha habido más que tres o cuatro demandas de
eutanasia”) “no es el dolor físico” (p. 78). Además, si acaso lo fuera, la sedación
terminal, que es un medio que no acaba de inmediato con la vida del paciente sino que
le quita la conciencia al paciente mientras la enfermedad acaba con su vida, es una
práctica médica que permite precisamente este proceso de muerte en el cual el
paciente no sufre gracias a dicha sedación. El problema de fondo en la eutanasia en
relación al argumento que apela al derecho de autonomía del paciente de morir, es que
dicha petición en un altísimo porcentaje de los casos no se hace por causa del dolor
físico, “sino por la vivencia de sufrimiento intenso, personal, además del generado en
la familia; incluso la sensación de carga familiar y social que conlleva no encontrar
sentido a la propia existencia” (p. 78). Es decir, es la vivencia personal, en la cual
muchos pacientes están desamparados, del sufrimiento y del dolor físico lo que los
lleva a pedir morir al médico.
Pero claro, esta cuestión no llega a abarcar enfermedades como ELA (Esclerosis
Lateral Amiotrófia), una enfermedad neurodegenerativa que ha generado polémicas
mediáticas que se han utilizado como casos en los que se hace evidente que era
necesario la eutanasia y donde la ley ha dejado desamparados y sin dignidad a los que
la padecen. Es el caso del suicidio de José Antonio Arrabal o el de la ayuda
proporcionada por Ángel Hernández a su mujer, María José Carrasco, prestándole sus
manos (según sus propias palabras), para poder cumplir con el deseo de morir que ella
tenía y que había expresado reiteradamente.
Todos los expertos están de acuerdo en que el sufrimiento insoportable se
convierte en una condición horrorosa y que pone en cuestión la dignidad de la vida
humana. La diferencia de argumentaciones reside en cómo consideran la solución a
ese sufrimiento y cómo entienden el proceso por el cual se arrebata la dignidad al ser
humano. El libro de Martínez-Sellés es realmente actual y de una forma muy original
nos mete de lleno en el problema de la eutanasia, tanto desde el punto de vista médico
como desde el punto de vista de la ética. Hemos querido destacar en esta recensión lo
que son, desde nuestra perspectiva, dos de los argumentos éticos centrales utilizados
Reseñas | X
Víctor Páramo, reseña de M. Martínez, Eutanasia La torre del Virrey Nº 29 2021/1
en el debate sobre la eutanasia por sus defensores, el de la dignidad (muerte digna) y
el de la autonomía (autonomía del paciente para decidir sobre su propia vida), que el
doctor Martínez-Sellés analiza y sobre cuya posición hemos tratado de emitir un juicio
razonado. El libro de este reconocido doctor merece sin duda atención y sería muy
provechoso poder poner a dialogar sus argumentos con posiciones menos
conservadoras.
Víctor Páramo Valero
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