0% encontró este documento útil (0 votos)
7 vistas85 páginas

Actividades sobre la muerte en el aula

El documento presenta una serie de cuentos y actividades pedagógicas centradas en la muerte, promoviendo su discusión en un entorno seguro y empático para niños de 8 a 12 años. A través de relatos y juegos, como 'La Cebolla', se busca celebrar la vida de los difuntos y fomentar la memoria comunitaria. Se enfatiza la importancia de abordar el tema de la muerte de manera positiva, resaltando los lazos sociales y el proceso de sanación que conlleva.

Cargado por

rinartieda
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
7 vistas85 páginas

Actividades sobre la muerte en el aula

El documento presenta una serie de cuentos y actividades pedagógicas centradas en la muerte, promoviendo su discusión en un entorno seguro y empático para niños de 8 a 12 años. A través de relatos y juegos, como 'La Cebolla', se busca celebrar la vida de los difuntos y fomentar la memoria comunitaria. Se enfatiza la importancia de abordar el tema de la muerte de manera positiva, resaltando los lazos sociales y el proceso de sanación que conlleva.

Cargado por

rinartieda
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Pabel Muñoz López

Alcalde del Distrito Metropolitano de Quito

Franklin Cárdenas
Director del Instituto Metropolitano de Patrimonio Eddy Hidalgo
Diseño y diagramación
CRÉDITOS
Los ancestros en Calderón: ritos de permanencia y adiós Marco Bolaños Vaca
Coordinación gráfica
Natalia Rivadeneira Ortiz
Selección y coordinación pedagógica Centro de Impresión Digital Center S.A.
Producción editorial
S. A. M.
Adaptación y redacción Instituto Metropolitano de Patrimonio Quito - Ecuador 2024
Tiraje: 2000 ejemplares
Leonardo Zaldumbide Rueda ISBN 978-9942-966-04-9
Daniel Rivera Albuja
Coordinación editorial

Pilar Cobo
Corrección de estilo

Rafael Barba Valdez Todos los derechos reservados


Ilustración PROHIBIDA SU VENTA
INDICE
Prólogo 01
La Abuelita María y los funerales de los recuerdos 03
Actividades para el aula 08
Jugar a La Cebolla para irse en paz 10
Actividades para el aula 15
Un platillo para la eternidad 17
Actividades para el aula 22
La olla de los recuerdos eternos 24
Actividades para el aula 30
El eterno sonido de Tío Arpero 32
Actividades para el aula 36
El niño de pan 38
Actividades para el aula 42
El fantasma del cucayo 44
Actividades para el aula 48
Las maletas para el más allá de Tío Soroche 50
Actividades para el aula 54
El susurro del Uma Yaku 56
Actividades para el aula 62
Un arpa para la eternidad 64
Actividades para el aula 70
PROLOGO
Hablar de la muerte hace bien
En las dimensiones emocional y afectiva, la muerte ha sido interpretada, la mayoría de las veces, desde la tristeza o la angustia. Al tratarse de
un concepto de los más abstractos y profundos con los que se enfrenta cualquier ser humano, hay que tener en cuenta que en los niños
despierta un sinnúmero de reacciones positivas y negativas motivadas por la intensa relación que se tiene hoy en día con la información y la
tecnología, que muchas veces arroja contenidos que no se asimilan de manera adecuada.
Sin embargo, tratar sobre la muerte en el aula y en los entornos familiares y sociales puede ser muy benéfico si se lo hace con responsabilidad
y entendiendo las distintas etapas evolutivas del pensamiento en los niños y niñas. Para ello, siempre se deberá contar con un entorno seguro
en el que se permita la expresión natural del duelo, la tristeza o el asombro, y en el que estas emociones y estados puedan ser tratados de
manera empática y respetuosa.

Estos cuentos y actividades tienen a la muerte como eje articulador; sin embargo, no se trata de una muerte tenebrosa y desoladora, sino más
bien de cómo una muerte comunitaria y abrazadora muestra que en ella también se pueden entrever los lazos que nos unen a la sociedad y los
afectos que dan sentido a la vida.
A través de los relatos de la muerte en Calderón, se propone que se desarrollen actividades y espacios de apoyo y lectura conjunta en la que las
niñas y los niños puedan reflexionar ética y críticamente sobre este hecho que nos hace humanos y parte del mundo natural y espiritual.
También se busca que se piense con respeto sobre las creencias y concepciones de distintos grupos humanos respecto de algo tan
trascendente.
Sin embargo, hay que entender que los niños y niñas van acercándose a este concepto abstracto de manera progresiva; este contenido podrá
ser aprovechado de manera más profunda con lectores entre los 8 y los 12 años de edad, cuando su pensamiento sobre temas abstractos ya ha
empezado a madurar.

Las actividades propuestas buscan también relacionar los contenidos con aspectos más amplios de la vida social como las relaciones
familiares, la solidaridad o la empatía frente al dolor de los otros.
Esta posibilidad de lectura nos permite entender a la muerte también como un proceso de sanación y de memoria que debe darse y al que no
cabe dar la espalda.
Esperamos que estos cuentos de muerte y vida sean disfrutados por niñas, niños, docentes y por toda persona que tenga ganas de entender un
poquito más sobre las hermosas prácticas funerarias del norte quiteño.

Natalia Rivadeneira Ortiz


Pedagoga, Red Ecuatoriana de Cultura Funeraria

1
2
Un día, los comuneros se preparaban para despedir a Tío Manuel, el viejo agricultor que
había sembrado y cosechado frutos para toda la comunidad. Todos estaban tristes, pero
sabían que Abuelita Zoila llegaría con su canto. Cuando apareció en el traslado del
difunto, todos se acercaron para escucharla.

4
Abuelita Zoila tomó un profundo respiro y comenzó a cantar una hermosa canción sobre
cómo había sido la vida de Tío Manuel, sus travesuras de niño, sus amoríos de adolescente, su
generosidad cuando ya fue adulto. Mientras cantaba, los recuerdos de Tío Manuel inundaron
la sala: su risa, sus historias sobre las plantas y cómo siempre decía que las figuras de mazapán
llenaban de colores la tierra.

A medida que su voz flotaba en el aire, las lágrimas comenzaron a brillar en los ojos de los
presentes, pero también aparecieron sonrisas. Recordaban las veces que Tío Manuel
había hecho reír a los niños de Llano Grande, enseñándoles a plantar sus propios
alimentos. La tristeza se transformó en una celebración de su vida.

5
Al finalizar la canción, la gente se llenó de emoción, de profundo recogimiento y reflexión.
“Gracias, Abuelita Zoila”, pensaban, mientras alguna lágrima se escapaba entre los vecinos.
“Hoy hemos recordado a Tío Manuel con alegría y agradecimiento por su vida”. La Abuelita
sonrió y sintió en su corazón que su misión estaba cumplida.

Días después, los infantes de Llano Grande se acercaron a Abuelita Zoila mientras
paseaba por el parque. “¡Abuelita! Queremos aprender a cantar como tú”, dijeron.
Abuelita Zoila se iluminó. “¡Claro que sí! Esta una vieja tradición que aprendí de mi
madre y que les enseñaré con mucho cariño”.

Así, todos los sábados, Abuelita Zoila reunía a los niños en su casa. Les enseñó a interiorizar la música y
su mayor secreto, que era prestar atención a la vida del pueblo, de sus costumbres, de su gente, y
trasladarla a pequeñas melodías. Poco a poco, los niños aprendieron a fijarse en los pequeños detalles,
cantaban sus días y sus propias travesuras, descubriendo que ellos poseían
una tradición que debían cuidar y continuar.

6
Desde ese momento, cuando alguien partía,
no solo llegaba Abuelita Zoila, sino también
un coro infantil de dulces voces. Juntos,
cantaban no solo para despedir, sino
también para celebrar la vida. El pueblo
aprendió que, aunque la tristeza forma
parte de la vida, los recuerdos y la
música siempre pueden traer luz a los
corazones.

Y así, Abuelita Zoila pasó de ser la


cantante de los funerales para
convertirse en la maestra de los
niños, llenando cada rincón con los
recuerdos cantados de los difuntos.
Abuelita Zoila ya no sería la única
que podía mantener viva la llama
de la memoria de los que dejaban
este mundo.

7
Actividades para el aula
• La actividad se iniciará con la lectura del cuento (10 minutos).

En una asamblea se comentará sobre la parte que más les llamó la atención de la lectura realizada. Se partirá de preguntas guía
(10 minutos).

¿Qué parte del relato te gustó más? ¿Por qué?


¿Qué sensaciones o emociones tuviste al escuchar el cuento?
¿Qué recuerdos te gustaría guardar de alguien importante para ti?

Actividad: Creando el árbol de recuerdos (60 minutos)

Se pide a los participantes que piensen en una persona importante en su vida, alguien que haya fallecido o migrado del país.
También puede ser mascota.
En una cartulina A3 previamente se ha dibujado la silueta de un árbol con las ramas vacías. En pedazos de papel en forma de
hoja, los participantes escribirán oraciones o harán dibujos sobre los recuerdos y características que tienen de la persona o
mascota en quien pensaron. Cada uno pegará sus hojas en las ramas vacías del árbol, que se irá poblando de recuerdos y
memorias.

Los niños contarán a los demás sobre la persona que eligieron y los recuerdos que tienen de ella.

Podrán leer los distintos recuerdos que han sido pegando en las hojas del árbol. Juntos pueden crear canciones o imaginarse
poemas. Los recuerdos del árbol ya no son de un solo niño; son de toda la clase.

Resultado: Árbol de recuerdos de la clase dedicado a las personas o mascotas que han desempeñado un papel importante en
nuestra vida.

8
Notas para los docentes:
• Reflexione y guíe a los alumnos sobre los poemas cantados y su función en las comunidades.

• Incluya el tema de la muerte tomando en cuenta las experiencias y necesidades de los alumnos. En este ejercicio se
abarca el duelo en sus múltiples formas; entendiéndolo como un proceso de pérdida y cambio que puede darse también
por la muerte de un animal, por la separación de los padres, por un proceso de enfermedad o migración.

• Genere un ambiente de confianza y consideración de las experiencias de los alumnos para que estén dispuestos a abrirse
y compartir.

• Trate el tema de la muerte con naturalidad y haciendo énfasis en el sentido que tienen los poemas cantados.

• Se pueden usar como recursos adicionales a elementos concretos y significativos que pertenecieron a la persona elegida
o una fotografía significativa.

9
Jugar a La Cebolla
para irse en paz
En Calderón, un milenario pueblo que desde tiempos inmemoriales ha sido la puerta
de entrada a Quito, había una tradición peculiar que se celebraba en los funerales, hace
muchos años ya. Aunque hay quien piensa que los funerales son momentos tristes, en
Calderón y sus comunas, el amor y los recuerdos se celebraban de una manera muy
especial: a través de un juego.

La historia comienza cuando Doña Clara, una abuelita muy querida, partió hacia el
cielo. Todos en el pueblo sintieron su partida, pero sabían que su espíritu vivía en cada
rincón. En el día de su despedida, la comunidad se reunió para honrarla con risas, pero
también con un juego que simbolizara lo que ella había querido en vida: la unidad de
los vecinos.

Al llegar al funeral, sus amigos y conocidos se sentaron en un gran círculo,


tomándose de las manos y asegurándose de estar bien agarrados de los que tenían a
su lado. “Hoy, en honor a Doña Clara, jugaremos a La Cebolla”, anunció el teniente
político, con una sonrisa nostálgica.

10
Los niños del pueblo, emocionados, comenzaron a murmurar entre ellos. “¿Cómo se juega?”,
preguntó Lucas, un chiquillo curioso. La abuela Rosa, amiga de años y años de Doña Clara,
explicó:

“El objetivo es no
soltarse del vecino
que tienen al lado.
Uno a uno,
intentaremos
sacarlos de los que
están a su lado, pero
deben mantener sus
brazos unidos y
aferrarse fuerte. El
último que quede
será el ganador”.

11
La música, acompasada y guardando respeto, comenzó a sonar, y el juego se inició. Uno a uno, intentaban
sacar a los que estaban agarrados. “¿Cuál cebolla estará buena para sacarla?”, decía el encargado de
separar a los abrazados. Risas y gritos llenaban el aire, mientras algunos no aguantaban y se despegaban.
En cambio, otros se aferraban más fuerte. El círculo se movía, pero todos querían permanecer en su lugar,
recordando la fuerza de la comunidad que siempre había unido a Doña Clara y al pueblo.

Lucas se sintió muy emocionado al ver


a su hermana Sofía con una gran
sonrisa. “¡No te dejaré ir!”, le gritó,
mientras intentaba
aferrarse a ella. Sofía,
decidida, usó todo su
ingenio para hacer que
Lucas soltara a su
vecino, ¡pero ella nunca
se soltó de su mano!

12
La risa era contagiosa, y cada vez que alguien caía o era despojado de su lugar,
se levantaba riendo, abrazando a los demás y animando a los que aún
quedaban. Después de varias rondas de risas y competencia, quedaron solo dos:
Lucas y su amigo Mateo.

Los dos se miraron fijamente, sabiendo que solo uno podía ganar. “¡No te dejaré
ir!”, gritó Lucas, mientras Mateo se aferraba con todas sus fuerzas. La tensión
aumentaba, y los demás espectadores aplaudían emocionados. Finalmente, en
un último intento, Mateo no aguantó y parecía despegarse. Cerró los ojos
creyendo que había perdido, pero al abrirlos, se dio cuenta de que Lucas nunca
lo había soltado.

13
Ambos cayeron al suelo, riendo y rodando. “¡Es un empate!”, exclamaron, mientras
se levantaban y se abrazaban. La gente aplaudió, y todos se unieron en una gran
ronda de abrazos.

Al final del día, aunque Doña Clara no estaba físicamente presente, su espíritu
llenó el aire con risas y amor. “Hoy hemos celebrado su vida de la mejor
manera”, dijo la abuela Rosa, mientras todos compartían historias y
recordaban momentos felices con ella.

Así, el juego de La Cebolla se convirtió en una tradición del pueblo. Cada vez que
alguien partía de este mundo, se jugaba, recordando que la unión y la risa eran la
mejor forma de honrar la vida de quienes amaban.

14
Actividades para el aula
• La actividad lúdica se iniciará con la lectura del cuento (10 minutos)

Actividades de discusión basadas en las experiencias propias y conocimientos previos de todos los estudiantes. Preguntas
guía sobre el cuento (10 minutos):

¿Qué elemento del cuento les llamó la atención?


¿Habían escuchado alguna vez sobre los juegos funerarios?
¿Qué otras actividades has visto o te han contado que suceden cuando alguien muere?
¿Qué sensación te produce enterarte de estos juegos?

Actividad juguemos a “La cebolla” (15 minutos)

Se realiza una fila en la que todos los participantes se sostienen fuertemente de los brazos. Cada uno será una cebolla; el
objetivo será intentar no zafarse. El profesor o un alumno hará el papel de comprador y deberá elegir a la mejor cebolla de
entre los participantes. Antes de elegir expresará características de la cebolla que desea tomar, por ejemplo: “Necesito una
cebolla grande o larga”. Cuando sea el momento, el comprador deberá halar de la cebolla elegida lo más fuerte posible para
intentar sacarla de la fila. La cebolla que ha sido sacada le ayudará a seguir sacando otras hasta que solo quede una. Cada
participante eliminado deberá hacer una penitencia acordada por el grupo.

Actividad: Juguemos a “Las Flores” (15 minutos)

Los participantes se sientan en una línea, uno al lado de otro, y entrelazan las manos. El profesor deberá dividir a los alumnos
en grupos. Se elegirá un líder en cada equipo, que será el “jardinero”, y otro participante, que será el “empleado del jardinero”.
El jardinero deberá poner nombres de flores a cada participante.

El jardinero deberá pedir una flor y el empleado le dirá de cuáles dispone. El jardinero y su ayudante intentarán separar a la
flor elegida, mientras que los participantes deberán evitar que lo haga sosteniéndose con mucha fuerza.
Serán ganadores los miembros del equipo con menos flores cortadas.

15
Asamblea de integración al finalizar todas las actividades (5 minutos)

Se comentará en grupo sobre la actividad realizada con base en las siguientes preguntas:
¿Para qué creen que servían estos juegos funerarios?
¿Cómo creen que se los podría jugar de otra manera creativa?

Resultado: En una hoja o cartulina A4 pida a los niños que dibujen o escriban qué es lo que más les gustó de la actividad. Pegue los
dibujos en una pared o espacio visible.

Notas para los docentes:


• Los juegos funerarios tienen tres funciones:
- Persiguen la integración entre todos los participantes que asisten a un velatorio.
- Buscan quitar solemnidad a un momento doloroso.
- Intentan motivar a que quienes asisten al acompañamiento no se duerman, es decir, que su participación en el ritual sea
activa.

En el aula los juegos funerarios pueden tener las mismas funciones que en los velatorios.

• Introduzca el tema de la muerte partiendo de las experiencias previas de los estudiantes y usando el cuento como elemento de
partida.
• Asegúrese de generar un ambiente de confianza y seguridad para que los niños se abran y puedan contar sus experiencias.
• Considere que la temática de la muerte puede causar sensibilidades en ciertos participantes; intente tratar el tema con naturalidad
y enfocándose en el sentido que tenían los juegos funerarios.
• Apoye a los niños que se sientan tristes o abrumados al realizar las distintas actividades, y busque dar contención emocional.

16
Un platillo para
la eternidad
En Calderón, el pintoresco pueblo al norte de Quito, donde el sol de la mañana brillaba intensamente y
el aire era seco y polvoriento, se acercaba el 2 de noviembre, el Día de los Difuntos. En la casa de los
Simbaña, la familia se preparaba para un ritual muy especial que llevaban a cabo cada año para honrar
la memoria de aquellos que habían dejado este mundo. No solo recordaban a los suyos, sino también a
todos aquellos que habían sido importantes en sus vidas.

Uno de esos seres queridos era el famoso Tío Salchicha, un apodo que ganó por su gran amor a la
comida. Siempre se lo encontraba en la cocina de su casa, creando delicias que alegraban a todos. Su
platillo favorito, y el de toda la familia, era el samboyano, un dulce preparado con sambo, especias
aromáticas y panela, cuyo olor inundaba el aire y hacía agua la boca.

En la mañana del 2 de noviembre, Martha, la madre de Ana y Diego, despertó a los niños con una
sonrisa. “¡Es hora de preparar el samboyano para la familia del pueblo blanco!”, les dijo. “¿Y también
para Tío Salchicha?”, preguntó Ana, de diez años. Diego, de ocho, sabía que ese era un momento
especial. Los niños se unieron a su madre en la cocina, ayudando a moler especias, pelar el sambo y
mezclar los ingredientes con amor y dedicación.

17
Mientras cocinaban, la abuela Mamaco llegó a visitarlos. “Recuerden, mis amores, que este día
no solo se trata de recordar a los que hemos perdido, sino de celebrar la vida que
compartimos con ellos”, dijo con su voz suave. Los niños sonrieron, pensando en las muchas
risas e historias que habían compartido con Tío Salchicha.

Cuando el samboyano estuvo listo, la familia lo empacó cuidadosamente en canastos y lo


envolvió en mantas para mantenerlo caliente, listo para compartirlo con los rezadores y
vecinos. Caminaban juntos hacia el cementerio, donde una brisa suave parecía susurrar
historias del pasado.

Al llegar a la tumba de Tío Salchicha, se encontraron con otros familiares, amigos y


comuneros que también habían venido a rendir homenaje. Ana y Diego se arrodillaron,
colocaron el plato con esmero, y, con un gesto reverente, ofrecieron también unas flores
frescas.

“Hola, Tío Salchicha”, susurró Diego. “Hoy hicimos el samboyano con tu receta, como nos
enseñaste. Espero que te guste”. Ana asintió, recordando cómo Tío Salchicha cantaba
mientras cocinaba, siempre sonriente, como si cada comida fuera una fiesta.

18
La mamá de Ana y Diego sacó platos y comenzó a servir el samboyano. “Vamos a compartirlo”, dijo, y
la familia se sentó en círculo alrededor de la tumba, compartiendo recuerdos y anécdotas de Taitaco,
como también llamaban cariñosamente al abuelo. Cada bocado estaba lleno de risas, historias y el
amor que hacía sentir su presencia viva entre ellos.

19
Mientras comían, una brisa
ligera sopló, y, de repente,
los niños notaron algo
extraordinario: en cada
tumba del cementerio había
aparecido un plato de
samboyano, como si, en un
parpadeo, el espíritu de Tío
Salchicha hubiera visitado
cada rincón, dejando su
platillo favorito para todos,
desde el más allá.

20
Nadie se sorprendió; sabían que el espíritu de Tío Salchicha estaba allí,
compartiendo el momento con ellos. Al terminar, la familia se puso de pie y
se tomó de las manos, y llamaron a una rezadora para escuchar las
oraciones antiguas que parecían ser dichas en una lengua secreta, capaz de
cruzar entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Al finalizar, cerraron los ojos y, en silencio, agradecieron por los momentos


compartidos y el amor que aún latía en sus corazones. “Nos vemos el
próximo año, Tío”, susurró Ana mientras se alejaban, con la certeza de que,
aunque ya no estaban físicamente, los suyos siempre estarían con ellos.

Regresaron a casa mientras el sol se ponía y el aire traía consigo el dulce


olor a canela y sambo cocinado, un aroma que parecía eterno. Porque Tío
Salchicha, Taitaco, y todos los demás que se habían ido jamás dejarían solo
al pueblo.

21
Actividades para el aula
• La actividad inicial es la lectura del cuento (10 minutos)

En un espacio de conversación se comentará sobre las ideas más importantes de la lectura del cuento, usando preguntas
bomba para iniciar a la conversación:

¿Qué te llamó la atención de la historia que escuchaste?


¿Conoces alguna comida ritual que se prepare en tiempo de difuntos?
¿Qué comida le gustaba a un familiar que falleció?
¿Cuál es tu comida favorita?

Mediante una lista, enumerarán las comidas que le gustaban a un familiar fallecido, las que comemos en finados y las que más
nos gustan (5 minutos).

Dibujen en hojas de papel los alimentos que han sido descritos (10 minutos)

• Construcción el altar de difuntos (40 minutos)

El docente escoge una esquina en el salón de clase y tiende una manta que servirá de base para el altar. Los niños y niñas pasan
al frente y describen los platos que han dibujado y por qué los escogieron.

Uno a uno dejarán su gráfico en el altar. Al final, el aula tendrá un altar con representaciones de comida ritual y simbólica para
los alumnos. Se propone dedicarlo a las personas que hayamos perdido o a personas importantes de la comunidad que ya no
estén con nosotros.

Como actividad complementaria, el docente puede colocar frutas o algún dulce en el altar y, luego de la actividad principal,
puede invitar a todos los niños a comer las ofrendas sentados junto al altar.

22
Notas para los docentes:
• Establezca un espacio de confianza para que los estudiantes compartan sus experiencias.

• Brinde un espacio de contención, ya que se pueden generar sensaciones de tristeza o melancolía.

• Comunique el tema de la muerte desde la naturalidad y haciendo énfasis en el sentido que tienen las ofrendas.

• Ayude a los estudiantes a pensar en elementos sencillos de conseguir y de traer para compartir en el aula.

23
La olla de los
recuerdos eternos
En Llano Grande, una tranquila comuna de la parroquia de Calderón, en las afueras de la capital, donde
las montañas parecían suavizar su perfil, se acercaba una de las fechas más esperadas del año: el 2 de
noviembre, el Día de los Difuntos. Para los habitantes del lugar, este día no solo era un momento de
nostalgia; era una ocasión para reunir a la familia, celebrar la vida de quienes partieron y, sobre todo,
compartir un platillo especial: la uchucuta.

La familia Pulupa, conocida en todo el pueblo por sus celebraciones tradicionales, se preparaba desde
temprano. La abuela Luz, famosa por su receta de uchucuta, había estado cocinando con esmero desde la
madrugada. “Hoy no solo compartiremos la comida, también conversaremos con aquellos que ya no
están”, decía mientras removía lentamente una olla de barro que soltaba el aroma inconfundible de la
carne, arvejas, papas, ají y tostado molido.

Óscar, el nieto mayor, de diez años, miraba a su hermana Dany, de siete, con curiosidad y emoción. “¿De
verdad podremos hablar con el abuelo Emilio?”, preguntó en voz baja, casi temiendo romper el hechizo de
la abuela. Dany asintió con firmeza, sus ojos brillaban. “Claro que sí. La abuela siempre dice que ellos nos
escuchan y que sienten nuestro cariño”.

24
Cuando llegó la mañana del 2 de noviembre, la familia Pulupa emprendió su camino hacia el
cementerio. Llevaban consigo la olla de uchucuta, flores y fotos antiguas, preparadas con dedicación
para honrar a sus seres queridos. Al llegar, se encontraron con un cementerio vivo: las tumbas
estaban adornadas con coronas, flores y sonrisas de familias que, como ellos, habían venido a
compartir sus memorias y a renovar los lazos con quienes ya no estaban.

25
La abuela Luz, acompañada de sus nietos, se acercó a la tumba de su esposo, el abuelo Emilio.
Colocó cuidadosamente la olla de barro en el altar improvisado que habían decorado con
cariño. “Aquí tienes tu uchucuta, mijo. Como siempre, la he preparado pensando en ti”,
murmuró con una sonrisa, como si hablara directamente con él. Óscar y Dany tomaron la mano
de su abuela y cerraron los ojos en silencio. “Hola, abuelo”, susurró Óscar. “Te extrañamos
mucho… ¿cómo estás?”.

Una brisa suave acarició sus rostros, y los niños sintieron que el aire se impregnaba de un calor
reconfortante, como si el espíritu del abuelo Emilio les respondiera con un abrazo invisible.
Dany abrió los ojos y sonrió. “Siento que el abuelo está aquí, abuela”, dijo con ternura.

La familia comenzó a servir la uchucuta y, entre bocados, compartieron historias y recuerdos


del abuelo Emilio. Óscar, entusiasmado, decidió contarle sobre su último partido de fútbol.
“¡Metí un gol, abuelo! Lo hice pensando en ti… me acordé de que siempre decías que el secreto
estaba en mantener la calma”. Dany lo miraba con orgullo, recordando también los consejos
que el abuelo les había dado a lo largo de los años.

26
La abuela Luz observaba a sus nietos con una mezcla de amor y nostalgia. “Siempre hemos hablado con
ellos, como si nunca se hubieran ido. La uchucuta es más que un plato, es nuestro puente con el pasado,
una manera de mantener viva su presencia”, explicó, sirviéndose una porción generosa mientras sus
ojos brillaban de emoción.

Mientras seguían disfrutando de la comida, las risas y los recuerdos llenaban el aire, uniendo el presente
con el pasado. Dany recordó las noches en que el abuelo Emilio les contaba historias antes de dormir,
llenas de aventuras y enseñanzas. Óscar reía al recordar cómo el abuelo intentaba enseñarle a montar
bicicleta, a pesar de todas las caídas que había sufrido en el intento.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de un dorado cálido que iluminaba las montañas. Óscar, con
una sonrisa serena, miró a su familia. “Este ha sido el mejor día”, susurró, sintiendo una paz que solo
podría describirse como eterna. Dany asintió, abrazando el recuerdo y sintiendo que el vacío que había
dejado el abuelo se llenaba con cada risa y cada bocado de uchucuta.

Al caer la noche, la familia se despidió, dejando la olla y las flores como ofrenda, un testimonio de su
amor eterno. Mientras caminaban de regreso a casa, la abuela Luz les recordó con voz suave y llena de
sabiduría: “La memoria de nuestros seres queridos vive en nuestros corazones y en cada platillo que
compartimos. Hoy hemos celebrado su vida, y ellos siempre estarán con nosotros, en cada 2 de
noviembre”.

27
De regreso en casa, la abuela Luz
notó que había olvidado su pañuelo
junto a la tumba de Emilio. Decidió
regresar al cementerio sola,
confiada en que sería una visita
breve. Al llegar, el lugar estaba
desierto y solo la luna iluminaba las
tumbas.

Se acercó a la tumba de su esposo


y, al agacharse para recoger su
pañuelo, un ruido detrás de ella la
hizo girarse. Al principio creyó que
se trataba de los rezadores, que
recogían los trastos con colada
morada que los vecinos les habían
compartido a lo largo del día.

28
A unos pasos de distancia, vio una figura que se movía lentamente en la penumbra. El corazón de la
abuela se aceleró, pero, al observar con detenimiento, una sonrisa de incredulidad se dibujó en su
rostro: la figura tenía los rasgos familiares de Emilio.

“¿Emilio…?”, murmuró, su voz temblando entre miedo y esperanza. La figura se acercó, extendiendo
su mano hacia ella. “He venido por ti, Luz”, respondió con una voz serena, que parecía surgir de las
profundidades del tiempo.

La abuela Luz sintió una paz extraña y, sin vacilar, tomó la mano de su amado. Mientras el reloj de la
iglesia marcaba la medianoche, Luz y Emilio se desvanecieron en el aire, dejando solo un eco de risas
y el aroma de uchucuta en el viento.

A la mañana siguiente, Óscar y Dany encontraron el pañuelo de su abuela junto a la tumba de Emilio,
pero ni rastro de la abuela Luz. En el aire, el aroma de la uchucuta les susurraba que el amor no
conoce fronteras ni barreras, ni siquiera la de la muerte.

29
Actividades para el aula
• La actividad se inicia con la lectura del cuento (10 minutos).

Generar una conversación sobre las experiencias propias y los conocimientos previos de los niños. Se comienza con
preguntas detonadoras del cuento:

¿Qué parte del cuento te llamó la atención?


¿Alguna vez has visitado un cementerio?
¿Qué conoces sobre los cementerios?

Actividad de investigación: (30 minutos)

Luego de la conversación de conocimientos previos con los estudiantes, haremos un ejercicio de autopercepción. ¿Qué me
gustaría que los demás supieran de mí?

Cada estudiante en un papelote dibuja una imagen de sí mismo o de algo muy importante que le represente.
Junto al dibujo escribirá las respuestas a algunas preguntas:

¿Cuál es tu nombre completo?


¿Cuándo naciste?
¿Qué es lo que más te gusta?
¿Quiénes son las personas más importantes para ti?

Los estudiantes compartirán con la clase sus dibujos y sus respuestas. Luego, el docente les mostrará la imagen de una lápida
que contenga también aquellos elementos. Es deseable que sea obtenida en un cementerio local.

30
Se tratará de demostrar que una lápida contiene los mismos elementos que ellos han descrito, y que ha sido hecha para
rememorar la vida de alguien que fue amado y todavía es extrañado. Se intentará trabajar la idea del cementerio como un
espacio donde los lazos nos unen con nuestros antepasados y no como un espacio de miedo.

Como actividad secundaria se propone recordar en el aula la visita al cementerio o las actividades que realizaron el día 2 de
noviembre.

Notas para los docentes:

• Comente a los niños la importancia de los cementerios y las distintas tradiciones que se realizan en ellos. Parta de la idea de
que los cementerios y los lugares de memoria son estructuras que guardan memorias y afectos.

• Exprese la importancia de respetar las distintas costumbres y tradiciones que pueden existir, con énfasis en la diversidad
del Ecuador.

• Introduzca el tema de la muerte partiendo de las experiencias previas de los alumnos y usando el cuento como elemento de
partida.

• Asegúrese de generar un ambiente de confianza y seguridad para que los niños se abran y puedan contar sus experiencias.

• Proponga una actividad alternativa con la familia: visitar un cementerio, en lo posible, uno en el que esté algún familiar.
Intente reforzar la idea de que somos más fuertes cuando pensamos en comunidad.

31
En el tranquilo pueblo de San Miguel del Común, donde las calles serpenteaban como ríos y las flores
adornaban las ventanas, vivía un niño llamado Julián. Con una sonrisa que iluminaba cualquier habitación
y una energía inagotable, Julián amaba jugar con sus amigos y quería ser músico. Había aprendido a tocar
la flauta dulce en la escuela y soñaba con unirse algún día a la banda del pueblo.

Un día, mientras jugaba en la quebrada cerca de su casa, Julián descubrió un rincón mágico: un espacio
lleno de algarrobos, pencos, cholanes y guabos. Decidió que aquel lugar sería perfecto para practicar su
música. Sin embargo, un desafortunado accidente ocurrió y, en un instante, su risa se apagó. Cuando su
familia y amigos llegaron, Julián ya había partido al cielo.

La noticia de su muerte se extendió rápidamente y una profunda tristeza llenó los corazones del pueblo.
Los niños dejaron de jugar, y los adultos se reunieron para compartir lágrimas y recuerdos. En su funeral,
San Miguel del Común se volcó entero para despedir a Julián.

32
Pedro Tasiguano, Tío Arpero, como lo conocían en la parroquia de Calderón, fue llamado para tocar
el arpa en el velorio del niño. A pesar de su avanzada edad, su amor por la música nunca había
disminuido, y su habilidad para tocar el arpa llenaba el aire de magia. Con una expresión de amor y
tristeza, comenzó a tocar junto al cuerpo inerte de Julián.

Mientras tocaba, Tío Arpero sintió que cada nota lo acercaba al cielo. Era como si las melodías de su
arpa alcanzaran a Julián, quien descansaba en su cunita de paja, con una figura de pan en su mano,
como un último tesoro. Estaba envuelto en telas blancas y adornado con flores. La música fluía en
un ritmo dulce y
acompasado,
como el latido
de un corazón,
resonando en
cada rincón y
llenando de paz
el ambiente.

33
Los padres de Julián, con lágrimas en los ojos, escuchaban las melodías y sentían que, de algún
modo, su hijo seguía allí, acompañándolos. La música les brindaba consuelo, y cada nota parecía
susurrar que el amor nunca desaparece. Alrededor del pequeño angelito, un grupo de jóvenes
danzaba con respeto, como en una ceremonia solemne, ayudando a que su espíritu ascendiera al
cielo en paz, sin sufrimiento.

Pero, en el silencio que siguió a las últimas


notas, algo extraño sucedió: una suave
melodía comenzó a surgir de la flauta de
Julián, que reposaba junto a él en el ataúd.
Los asistentes, perplejos, escucharon en
silencio cómo las notas flotaban en el aire,
claras y dulces, llenas de vida. Nadie se
atrevió a moverse; todos escuchaban el
sonido de la flauta que parecía estar
tocada por manos invisibles.

34
Tío Arpero, al ver la transformación de
la tristeza en alegría, con los ojos muy
abiertos, miró a la gente y entendió
que Julián, de alguna manera, seguía
con ellos. “Escuchen bien, amigos”,
susurró. “Julián nos está hablando”.
Tío Arpero siguió tocando su arpa con
acordes que acompañaban las notas
que salían de la flauta de Julián.

Desde ese día, cada vez que alguien


visitaba la quebrada donde Julián
solía practicar, decía oír una dulce
melodía de flauta, como un eco que
nunca se apagaba. Algunos creían
que era el viento; otros, un
misterio sin explicación.

35
Actividades para el aula
• La actividad se inicia con la lectura del cuento (10 minutos)

Es importante recoger y escuchar las historias de los niños en relación con el tema, partiendo de la lectura de la historia y
preguntas generadoras:

¿Te llamó la atención algo de la historia que acabamos de leer?


¿Por qué crees que importante celebrar la vida de alguien?
¿Qué sientes cuando escuchas sobre la muerte de los angelitos?

La siguiente actividad se realiza de la siguiente manera (30 minutos)

Se pide a los niños que se sienten en un círculo y se les entrega una vela o una flor (elementos simbólicos).

Los niños deben pensar en alguien que haya fallecido o que ya no esté y, si desean, pueden compartir la historia con sus
compañeros. Se trata de recordar los buenos recuerdos que les trae esa persona.

Antes de finalizar se encenderá la vela y se la colocará en el centro del grupo. También se puede poner la flor en agua, en un
florero. Pedimos al grupo que aplauda y que dé las gracias por estar juntos.

Actividad para realizar en casa (30 minutos)

Luego de realizar la actividad de compartir, se propondrá escribir una canción, poema o cuento sobre una persona fallecida
para compartir con la clase. Esa persona puede ser alguien importante para la comunidad y no necesariamente alguien
relacionado con los niños.

Presentación de la tarea (30 minutos)

36
Notas para los docentes:

• Considere que el tema de la muerte infantil puede generar miedo o ansiedad, dado que se trata de reflexionar sobre algo
muy íntimo y cercano.

• Guíe a los estudiantes tomando en cuenta sus necesidades, intereses y conocimientos previos.

• Recuerde al grupo de alumnos por qué es importante hablar sobre este tema y recordar a nuestros fallecidos.

• Maneje el tema con naturalidad y haga énfasis en recordar a los que murieron antes que nosotros.

• De ser necesario, use recursos adicionales como información: imágenes o fotografías de la personas fallecidas importantes
para la comunidad.

37
La tradición de hacer dulces en los velorios era un acto de recuerdo y algarabía para los habitantes de
Calderón. Cada vez que alguien partía de este mundo, la comunidad se reunía no solo para llorar, sino
también para celebrar la vida del difunto, su memoria.

En una de esas ocasiones, mamá Rosa, una anciana muy querida en el pueblo, decidió preparar sus dulces
tradicionales. Con manos expertas, empezó a preparar la masa para las guaguas de pan, esas figuritas que
representaban a los niños del pueblo. Cada guagua llevaba un toque especial, un poco de cariño en la
forma de dulce de sus ojos y en el brillo de su costura de harina y azúcar. Los niños esperaban ansiosos
estas delicias.

Mamá Rosa también preparó el chapo, un dulce ancestral que elaboraba con nostalgia. "Se hace zambo
dulce o zapallo", solía contar mientras mezclaba los ingredientes, "con chulpi y tostado, todo molido a
mano". Recordaba su infancia, cuando su madre le enseñó a hacer el sango dulce, un plato que siempre
acompañaba las reuniones familiares. Con el zambito cocinado y la panela añadida, el dulce tomaba
forma, y ella hacía bolitas perfectas, suaves y brillantes.

38
Mientras el aroma de los dulces llenaba la
casa, mamá Rosa servía el tzawar mishki,
una bebida ancestral que traía calma, y que
sus nietos recogían del corazón del penco.
Se servía en pequeñas tazas, y cada sorbo
era un brindis por la vida,
por los que se habían ido y por los que
quedaban.

La tarde avanzó, y la casa se llenó de risas


y recuerdos. Los niños, emocionados,
probaban las guaguas de pan, mientras
los adultos compartían historias de
aquellos que ya no estaban. En cada
guagua de pan, en cada bolita de zambo,
en cada vaso de tzawar mishki, la
tradición continuaba, tejiendo un lazo
inquebrantable entre el pasado y el
presente.

39
Sin embargo, cuando la noche llegó y las estrellas comenzaron a brillar, un murmullo inesperado
recorrió el ambiente. Los niños, todavía saboreando los dulces, notaron algo peculiar en una de
las guaguas de pan: esta temblaba suavemente, como si tuviera vida propia. Intrigados, se
acercaron y, de repente, la figura comenzó a moverse.

Rosa, sorprendida, se acercó y, para su asombro, la guagua de pan se transformó en un pequeño


niño, vestido con ropa tradicional. Los presentes quedaron boquiabiertos, sin saber si estaban
soñando. “¿Dónde estoy?”, preguntó el niño, con una voz suave y risueña.

"Estás en Calderón, celebrando la memoria de quienes amamos",


respondió mamá Rosa, aún incrédula.

La sorpresa se convirtió en alegría, y los adultos comenzaron a recordar historias de sus propios
infantes, sintiendo una conexión renovada con el pasado. Con su energía contagiosa, llevó a los
otros guaguas a jugar, y pronto el ambiente de tristeza se transformó en una celebración vibrante,
donde risas y cantos llenaban el aire.

40
Esa noche, la comunidad no solo honró a los que se habían ido, sino que también dio la
bienvenida a la esencia de la vida misma, que se manifestaba en cada dulce y cada
recuerdo.
Desde aquel día, en cada velorio, los dulces de mama Rosa no solo eran un símbolo de
solidaridad y cariño, sino también un recordatorio de que la vida, aunque fugaz,
encuentra la manera de renacer y celebrar en las tradiciones que compartimos.

41
Actividades para el aula
• Primero iniciamos con la lectura del cuento (10 minutos aproximadamente)

La lectura del cuento servirá como punto de partida para explorar sobre la identidad y las tradiciones familiares.

El grupo partirá de preguntas para recoger los conocimientos y las inquietudes de los estudiantes para permitir que cada
uno comparta su perspectiva. Las preguntas tienen el objetivo de que los niños se sientan escuchados, que realicen una
conexión entre la comida y las experiencias familiares.

¿Qué parte del relato llamó más tu atención?


¿Qué comidas se hacen en tu familia cuando son fechas especiales?
¿Qué dulces te gustan?
¿Has escuchado hablar de los platos mencionados en el relato?

Actividad: Fiesta de sabores (40 minutos aproximadamente)

Se pide a los estudiantes que recuerden y relaten cómo ha sido una fiesta de cumpleaños o de cualquier otra celebración en
su familia. Cada uno contará a la clase sobre su plato dulce favorito. También preguntarán a sus padres sobre cuáles eran sus
platos dulces cuando ellos eran niños y lo comentarán al grupo.

Los otros estudiantes podrán realizar preguntas o comentar sus experiencias sobre las comidas que sus compañeros han
traído a colación.

Junto con el o la docente escogerán un postre que será preparado en conjunto en la siguiente sesión de clase.
Se recomienda que no implique realizar procesos de cocción ni preparaciones complejas.

El día de la preparación, cada niño aportará con un ingrediente y en la clase, mientras se hace la preparación, se hará notar el
proceso colaborativo. Al final todos degustarán el potaje realizado.

42
Notas para los docentes:
• Reflexione con sus alumnos sobre la importancia de compartir con los seres cercanos y con la comunidad.

• Considere todas las realidades de los niños, y dé ejemplos de distintas comidas importantes y su significado.

• Aproveche para comentar sobre la colada morada y las guaguas de pan; explique el significado de esta comida ritual
y su incorporación a los grandes circuitos comerciales, sin que se pierda el sentido de su producción y consumo.

43
El fantasma del cucayo
Marco Ushiña era un fantasma inquieto y bromista, que llevaba décadas rondando por Calderón. Había
sido un hombre generoso en vida, conocido por llevar los cucayos más abundantes cuando alguien
fallecía. Era tal su devoción por mantener viva la tradición que, incluso en la muerte, se negaba a
abandonar este mundo.

Un día, se celebraba el velorio de Carlos, su ahijado, quien en vida siempre había llevado cucayos a los
velorios de la comunidad. Los familiares y amigos se congregaron en la casa, cada uno con su aporte de
comida y chicha. Según la costumbre, hacían un montoncito con los alimentos traídos y compartían entre
todos, sin usar cucharas, tomando la comida con las manos y recordando con alegría al difunto.

En medio de la ceremonia, cuando los asistentes reían y contaban historias, un viento frío atravesó la sala.
Las velas parpadearon y una figura apareció en el rincón oscuro de la habitación. Era Marco Ushiña, con
su rostro de siempre, pero ahora algo traslúcido y con una sonrisa pícara.

44
“¡Ay, Marco! ¿De verdad has vuelto?”, exclamó una tía de Carlos,
casi desmayándose del susto.

Marco rio, con una risa profunda que resonaba como un eco, y alzó las manos en señal de paz.
“¿Creían que iba a perderme el cucayo de mi ahijado?
¡Si yo enseñé a todos a hacer esto!”

45
Los presentes, aún sorprendidos, comenzaron a relajarse. A fin de cuentas, no era raro que el
alma de un ancestro apareciera en un velorio para despedirse y participar en el velorio. Marco
caminó entre ellos, recogiendo trozos de comida, como lo hacía en vida, y dejándolos en el
montoncito de ofrendas para que todos compartieran. Los niños lo miraban asombrados,
mientras él les guiñaba el ojo y hacía bromas, tal como solía hacerlo antes de morir.

Entre cuentos y risas, Marco recordaba con los asistentes aquellos tiempos de juventud,
cuando la chicha corría sin parar y los cucayos parecían no tener fin. Los borrachitos, aquellos
que no dejaban que el festejo terminara, ahora bebían con él, brindando por los recuerdos y
por la vida que Marco había vivido intensamente.

46
Cuando la noche avanzó y el último
chumadito tambaleante salió de la
casa, Marco también se despidió.
Pero, antes de desaparecer, dejó un
mensaje en el aire: “Que nunca falten
los cucayos ni el cariño compartido.
Porque, mientras celebremos juntos,
ni yo ni ninguno de los que se han ido
desapareceremos del todo”.

Desde entonces, dicen que en cada


velorio de Calderón, cuando la
comida se sirve y la chicha se
comparte, una brisa extraña sopla y
las velas parpadean, como si Marco
Ushiña regresara una vez más, para
asegurarse de que su tradición
continúa viva entre la gente.

47
Actividades para el aula
• Primero se leerá el cuento (10 minutos aproximadamente)

Por medio de una reflexión grupal se plantearán preguntas para abrir el diálogo y generar una comunicación más fluida
que partirá de las experiencias previas de los niños. Las preguntas tomarán en cuenta los aprendizajes de los niños, sus
necesidades e intereses:

¿Qué es lo que más te llamó la atención de la lectura?


¿Crees que la comida es importante? ¿Por qué?
¿Qué comida es la que más te gusta?
¿Describe con quiénes comes en tu casa o en fechas especiales?

Actividad: Compartiendo nuestra herencia (40 minutos aproximadamente)

Se pide a los participantes que dibujen su comida favorita o algún plato que les recuerde a su familia. Cada niño deberá
explicar por qué eligió su plato. La actividad se realizará en una hoja A4 con los materiales disponibles (se sugiere que
cada niño tenga marcadores y lápices de colores).

En una clase posterior, los niños traerán algo que les guste para compartir con la clase. Entre todos construirán una
pambamesa o mesa comunitaria. Luego, en colaboración con el docente, describirán los alimentos integrados y cada
niño se servirá lo que guste. Se buscará que nada se desperdicie. El docente reflexionará en torno al momento de la
alimentación, la cooperación y el sentido ritual que tiene la comida en las comunidades andinas.

48
Notas para los docentes:

• Comparta sus propias experiencias para generar un ambiente más cercano de confianza y cercanía.

• Sugiera ideas sobre los alimentos. Proporcione opciones sencillas que los niños puedan traer al aula para la
pambamesa y asegúrese de que sean accesibles.

• Resalte la importancia de las relaciones comunitarias. Explique cómo podemos apoyarnos mutuamente en nuestras
comunidades, dando ejemplos claros, como las mingas o los cucayos.

• Destaque valores como la solidaridad, los cuidados y el acompañamiento. Destaque cómo cada miembro de la
comunidad puede contribuir desde sus posibilidades para fortalecer los vínculos entre todos.

• Utilice recursos visuales adicionales, por ejemplo fotografías o imágenes, como herramientas efectivas para mejorar
la comprensión y la comunicación.

49
Tío Soroche, un hombre querido en su comunidad, había vivido toda su vida en Calderón. Era un agricultor
humilde, de esos que nunca faltan en las mingas y a quien todos buscaban para pedir un buen consejo o
una ayuda. Cuando falleció, la comunidad se volcó a su casa para despedirlo y darle un funeral lleno de
cariño y respeto.

Los preparativos duraron días. Siguiendo la tradición, sus vecinos y familiares colocaron en el féretro
varias cosas que Tío Soroche apreciaba: una pequeña hoz, un costalito de granos y su sombrero. También
pusieron una botella de aguardiente, para que no le faltara un trago en su largo camino hacia el otro
mundo. Los más allegados dejaron unos billetes y monedas para que, si necesitaba algo en el viaje, pudiera
pagarlo. La tapa del ataúd no se colocó hasta el último momento, para que nada importante fuera olvidado.

La ceremonia transcurrió entre lamentos, chicha y risas, como correspondía en un funeral andino, donde la
muerte no es un adiós sino un “hasta luego”. Cuando llegó el momento de despedir a Tío Soroche, todos
acompañaron, en procesión, el féretro al cementerio. Ahí lo dejaron con flores y palabras de cariño,
mientras algunos recordaban con nostalgia los buenos momentos vividos junto a él.

50
Los días pasaron, y la vida en el pueblo pareció volver a la normalidad. Sin embargo, una mañana,
una vecina vio algo extraño en la plaza: sobre una piedra estaba el sombrero de Tío Soroche, ese
mismo que habían puesto en su ataúd. Intrigada, se acercó y, sin saber por qué, decidió llevárselo
al cementerio. Pensó que tal vez lo habían olvidado sin darse cuenta.

51
Cuando llegó a la tumba de Tío Soroche, se quedó sin aliento. El ataúd estaba ligeramente
abierto, como si alguien hubiera olvidado asegurar la tapa. Sintió un escalofrío, pero se armó
de valor y cerró el féretro, asegurándose de sellarlo bien esta vez. Colocó el sombrero encima
de la tumba y regresó rápidamente a su casa, convencida de que había cumplido con el
difunto.

Al día siguiente, el sombrero volvió a aparecer en la plaza. Esta vez, no solo estaba el sombrero,
sino también el costalito de granos y algunas de las monedas que habían sido colocadas en el
ataúd. Los rumores en el pueblo no tardaron en esparcirse: decían que el alma de Tío Soroche
no había encontrado la paz. Algunos vecinos comenzaron a sospechar que había algo que se
les había olvidado ofrecerle para su viaje.

Desesperados, los comuneros consultaron a un yachak, un sabio espiritual del lugar. Él, al
escuchar la historia, meditó y luego les dijo: "Tío Soroche nunca necesitó riquezas ni objetos
para estar en paz. Era un hombre que solo pedía una cosa en vida: compañía y calor humano.
Quizás en su viaje ha sentido la soledad y por eso regresa".

52
Los habitantes de Calderón decidieron entonces
organizar una gran reunión en la plaza del pueblo,
como si Tío Soroche aún estuviera con ellos.
Llevaron chicha, comida, y recordaron sus mejores
historias junto a él. Cuando todos estaban reunidos
y la fiesta estaba en su punto más alto, un vecino
que había ido al cementerio volvió corriendo, con
los ojos abiertos de asombro.

“El ataúd de Tío Soroche… está vacío”, dijo.

En ese instante, parecía que el tiempo se hubiera


detenido y, entre las risas y la música, alguien
juraría haber visto la figura de Tío Soroche
bailando, con su sombrero puesto y una sonrisa
de paz, eliminando la barrera entre los vivos y
los muertos.

53
Actividades para el aula
• Lectura del cuento (10 minutos aproximadamente)

Luego de la lectura del cuento en el que se refleja la cosmovisión andina sobre la muerte y el tiempo, se realizan
preguntas guiadas:

¿Cómo se preparan los personajes frente a la muerte?


¿Qué objetos colocaron en el ataúd y por qué?
¿Qué es lo que más te llamo la atención del relato?
¿Cómo se relaciona esto con el tiempo en el mundo andino?

Actividad: El viaje de los ancestros (40 minutos aproximadamente)

Divida a los niños en tres grupos, que deberán discutir las respuestas a las preguntas anteriores. Luego deberán
compartir sus opiniones sobre lo que significa la muerte en la cosmovisión andina.

Grupo 1: Realicen un dibujo en el que representen cómo se imaginan el viaje de un ancestro. Incluyan en el dibujo
elementos que simbolicen el viaje y la vida diaria.

Grupo 2: Escriban una carta a una persona. Los niños deberán escribir una carta a un personaje de la historia. Deberán
preguntarle sobre su vida y sobre su viaje después de la muerte.

Grupo 3: Creen una historia corta sobre un ancestro que se convierte en guardián de la comunidad.

Los estudiantes presentarán los resultados de sus trabajos a todos los demás. Cada uno de los elementos desarrollados
se complementará con los otros dos.

54
Notas para los docentes:
• Tenga en cuenta que el tema de la muerte puede ser delicado. Establezca un ambiente de seguro donde los
estudiantes se sientan cómodos compartiendo sus pensamientos y emociones.

• Presente recursos adicionales como objetos o materiales visuales sobre la cosmovisión andina y los ritos funerarios.

• Enfatice la posición de respeto y empatía en tono a las tradiciones culturales, y refuerce la idea de que la muerte es
parte del ciclo de la vida.

• Destaque la relación entre vivos y muertos en el pensamiento andino, y cómo los ancianos y ancestros continúan
presentes en la cotidianidad.

• Utilice una lenguaje accesible y adecuado para que los estudiantes puedan entender, sobre todo, los términos
relacionados con la muerte y la cosmovisión andina.

• Anime al grupo a pensar en sus propias tradiciones familiares relacionadas con la muerte o cómo en sus
comunidades se honra a sus ancestros.

55
El susurro del Uma Yaku
En el corazón de La Capilla, ese terruño donde el viento susurra secretos ancestrales y las fronteras
entre la vida y la muerte se confunden en medio de la neblina que cae en la tarde, se erigía un
pequeño santuario construido con pencos de ucsha, chaguarqueros y paja. En estos días es un gran
templo, pero las memorias de los comuneros dan cuenta de su laborioso y mítico origen.

En esos años, un antiguo ojo de agua o pogyo, llamado Uma Yaku, al que se puede llegar a pie por
sinuosos senderos y caminando unos cuarenta minutos desde La Capilla, fue testigo de un suceso
que aún hoy envuelve al pueblo en un halo de misterio y reverencia.

Ernesto Farinango, un joven periodista, regresó a su tierra después de estudiar en la gran ciudad,
decidido a desentrañar las leyendas que rodeaban a La Capilla. Fascinado por el relato del comunero
Gonzalo Guanuña sobre los rituales de baño al difunto y a sus ropas en Uma Yaku, quería entender
cómo estas prácticas influían en la vida contemporánea del pueblo. Con su cámara y libreta en mano,
se dirigió al antiguo cementerio de San Miguel, la comuna vecina, donde el pogyo era epicentro de
fantasmales historias.

56
Esa tarde, mientras el sol
comenzaba a esconderse
detrás de las montañas,
Ernesto conversó con
mamá Gloria, una anciana
que había vivido toda su
vida en San Miguel. Ella le
contó sobre el día en que
una mujer escuchó
sonidos provenientes del
Uma Yaku y vio la imagen
de la virgen entre los
pencos de ucsha.

57
—Fue hace cientos de años —relató mamá Gloria con su voz sutil—. Una mujer que lavaba su
ropa allí escuchó unos sonidos como venidos de otro mundo y, al investigar, encontró una
imagen de la virgen María que le sonreía con ternura. Desde entonces, La Capilla fue
construida para honrar ese milagro. Pero dicen que las aguas de Uma Yaku todavía guardan
más secretos.

Intrigado, Ernesto decidió pasar la noche en el pueblo para captar cualquier señal
sobrenatural. A medida que el crepúsculo se desvanecía, el ambiente se volvía más
silencioso, y solo el sonido lejano de algún avión que aterrizaba o despegaba rompía la calma.
Ernesto encendió una vela y se sentó en el banco de madera, revisando sus notas.

De repente, escuchó un susurro suave, casi imperceptible, que parecía venir de la fuente.
Algo temeroso, se levantó lentamente y se acercó, observando cómo las aguas claras
reflejaban la luz de la vela. El susurro se convirtió en un lamento, y Ernesto sintió un
escalofrío recorrer su espalda.

58
—¿Quién está ahí? —preguntó, con su voz temblorosa.

No hubo respuesta, pero una figura etérea comenzó a materializarse sobre la fuente. Era una
mujer vestida con ropas antiguas, su rostro oculto tras un velo. Ernesto intentó grabar el
fenómeno, pero la cámara no captaba nada más que la neblina del amanecer.

La mujer levantó una mano, señalando hacia el río. Ernesto, sin poder resistir la curiosidad,
siguió la dirección indicada y se encontró frente a un camino abierto con los años por el ojo de
agua, por el Uma Yaku. El sonido de la corriente fluyendo era constante, pero, en el corazón de
la oscuridad, el eco de un lamento persistente resonaba.

Decidido a descubrir la verdad, Ernesto se internó en el camino hacia la fuente original.


Mientras avanzaba, el aire se volvía más frío y el sonido más fuerte. Al llegar al antiguo lugar, la
tierra parecía vibrar con energía ancestral.

59
De repente, una luz brillante emergió de las aguas encauzadas y formó una figura luminosa
que se alzaba sobre la superficie. Su semblante reflejaba calma, pero también algo de pesar.

—¿Por qué estás triste? —preguntó Ernesto con la voz más firme que pudo articular.

La figura se desvaneció lentamente, dejando tras de sí una sensación de paz. En ese momento,
Ernesto entendió que las aguas de Uma Yaku no solo habían sido un camino para los difuntos,
sino también un puente entre los vivos y los muertos.

Ernesto regresó a La Capilla con una mezcla de asombro y respeto. Al amanecer, fue hasta San
Miguel para compartir su experiencia con mamá Gloria, quien asintió con solemnidad, como si
ya supiera lo que le iba a contar.

—Ahora sabes por qué los habitantes aún se reúnen aquí —dijo ella—. Es para mantener viva la
conexión, para que los ancestros no se sientan solos en su viaje.

60
Ernesto publicó su historia, pero el final que no sospechaba fue que, esa misma noche, recibió una visita
inesperada. Al regresar a su habitación, encontró una pequeña fundita con arroz y una balanza colocada
sobre su mesa. Al abrirla, encontró una nota escrita a mano que decía:

“Gracias por escuchar. Que la paz acompañe tu camino”.

Miró por la ventana y, entre las sombras de La Capilla, vio una silueta que lo observaba desde la
distancia. Sin miedo, sonrió y entendió que la muerte no es el final, sino un continuo viaje a la memoria,
un viaje que nunca termina realmente.

61
Actividades para el aula
• Primero se leerá el cuento (10 minutos aproximadamente)

Luego de la lectura se partirá con las siguientes preguntas para generar diálogo y acercarse al tema tratado:

¿Qué elementos del relato te llamaron la atención?


¿Por qué es importante el agua?
¿Qué significa el agua para ti?
¿Qué podría pasar si el agua se termina?
¿Conoces algún lugar sagrado para tu comunidad?
Por medio de las preguntas, generen una reflexión y una conversación sobre el agua y la importancia de su cuidado.

Actividad: Fuente sagrada de vida (40 minutos)

Se pide a los alumnos que enumeren los usos y beneficios del agua. Luego, se divide a los alumnos en grupos pequeños y,
por medio de una lluvia de ideas, se analiza el uso e importancia del agua en la vida diaria. Los dibujos e ideas se irán
plasmando en papelotes con colores y recortes de revistas.

Los estudiantes crearán historias sobre las acciones que pueden llevar al cabo en casa para cuidar el agua. Las historias
deben ilustrar los usos y el cuidado del agua.

Los niños crearán, usando material reciclado como cartones, papel, cajas, etc., carteles que promuevan el cuidado del
agua en la escuela y en sus casas.

62
Los estudiantes presentarán una exposición con los carteles y la historias que han creado.

Se espera que la clase reflexione sobre el significado del agua para las comunidades a lo largo del tiempo y su papel
fundamental en la vida, la cultura, la salud y el medio ambiente. También se buscará reflexionar con los niños sobre el
agua como parte de las tradiciones y la espiritualidad.

Finalmente responden las siguientes preguntas:

¿Cómo crees que cambiaría la vida en tu comunidad si no tuvieran acceso al agua?


Anoten en un lugar visible las respuestas.

Notas para los docentes:

• Propicie un espacio de diálogo y de reflexión sobre los espacios o lugares sagrados, y sobre su importancia vital y
ritual para las comunidades.

• Refuerce elementos que se orienten a promover el cuidado y buen uso del agua.

• Anime a los niños a compartir en casa lo que se ha discutido en el aula.

• Complemente los aprendizajes con una salida pedagógica que permita a los alumnos experimentar la relación que
una comunidad tiene con un río, una fuente, un reservorio o, simplemente, con los servicios de dotación del servicio
de agua potable.

63
Un arpa para la eternidad
El viento se arremolina entre las pequeñas colinas y lleva consigo el eco de historias, risas y lamentos en
Calderón. Aquí, la muerte ha sido un motivo de encuentro, una danza de recuerdos y despedidas. Cuando
un niño partía, la tristeza se acompañaba con canciones, y el sonido del arpa de Pedro Tasiguano, mejor
conocido como Tío Arpero, era como el susurro de una despedida que, aunque dolorosa, debía
celebrarse.

Aquella noche, la casa de la familia Collaguazo estaba llena de gente. Las mujeres se acercaban,
sollozando, para abrazar a la madre que sostenía entre sus manos una pequeña fotografía de su hijo,
Manuelito. Entre suspiros y llantos, recordaba los días en que corría por el campo, sus gritos resonando
entre las paredes de adobe.

Enrique, el hijo de Tío Arpero, observaba a su padre con una sensación entre el respeto y nostalgia. Sabía
que el momento era delicado y por eso veía al taita tomar el arpa con una reverencia casi sagrada, como
quien toma el hilo de la vida de alguien más y lo teje en el tapiz del silencio. Tío Arpero ajustó su
sombrero, se acomodó el poncho, respiró hondo y, al apoyar sus dedos en las cuerdas, un susurro de
notas rompió la quietud.

64
La música llenó el ambiente, y, como si un pulso secreto los conectara, la comunidad reunida
en el velorio comenzó a cantar. Se alzó una voz, luego otra, y así, entre lágrimas y cantos, los
comuneros recordaban a Manuelito: “¡Manuelito Collaguazo! ¡Que su alma vuele alto!”. La
madre de Manuelito soltó un grito cargado de dolor, mientras las notas suaves se mezclaban
con el golpe rítmico de Miguel Suquillo en la base del arpa, una percusión que marcaba el
paso de un corazón que, aunque detenido, resonaba aún en aquellos que lo amaron.

El arpegio de Tío Arpero era suave y profundo, una letanía que parecía narrar la vida del
niño en sus últimos instantes: “Viviendo nomás molesto, viviendo nomás molesto…
muriendo, muriendo, muriendo todo se acaba”. La gente escuchaba, se dejaba envolver por
la música, mientras sus voces se unían para formar un eco de esperanza. Sabían que
Manuelito, un niño libre de pecado, volaría alto, directo al cielo, donde no habría más llanto.

65
La celebración continuaba hasta el amanecer, y el arpa seguía vibrando, testigo de una
tradición que se iba apagando con los años. Enrique sabía que, con su padre, se apagaría
también aquella costumbre de aclamar la vida al despedirse de ella.

66
Aunque algunos años después las funerarias llenarían de formalidad fría los velatorios, en aquel
rincón de Calderón, en esa madrugada de música y cantos, la vida y la muerte bailaron al compás de
un arpa, recordando a la comunidad que, al final, todos están unidos por una red invisible de
recuerdos.

Cuando la última nota del arpa de Pedro se desvaneció en el aire, la luz del amanecer empezó a
acariciar las colinas de Calderón, dispersando la neblina de la noche.

Enrique observó a su padre, Tío Arpero, que, con las manos todavía temblorosas por el esfuerzo,
guardaba el arpa en su estuche de cuero, como si también él supiera que aquel acto de cantar y tocar
ya no volvería a repetirse. Con un suspiro, se acercó a él, deseando decir algo, pero las palabras no
salían. Fue entonces cuando vio algo que no había notado antes, algo que lo heló hasta los huesos.

Al fondo, detrás de las últimas sombras del amanecer, donde la niebla comenzaba a disiparse,
apareció una figura, una sombra al borde del campo, una silueta diminuta que caminaba despacio,
como buscando el tímido calor de Calderón. El viento sonó y, por un momento, Enrique pensó que era
su mente jugándole una mala pasada.

67
“Papá, ¿quién es?”, preguntó
sin poder disimular el temblor
en su voz.

Pedro, con una mirada fija en


la figura, no respondió de
inmediato. Sus ojos, aunque
envejecidos, parecían buscar
algo en el horizonte, como si
una antigua memoria hubiera
emergido del olvido.
Finalmente, con voz baja, dijo:
“Es Manuelito”.

68
Enrique lo miró, confundido. “Pero... él ya... está en el cielo”.

Pedro asintió lentamente. “El viento de Calderón nunca olvida, hijo. Ni la muerte ni la vida. Si
escuchas con el corazón, entenderás”.

La figura en el horizonte dio un paso más y, en ese instante, las campanas del pueblo
comenzaron a sonar, como si el tiempo se hubiera detenido por completo. Manuelito, o su
alma, se desvaneció en el aire, dejando tras de sí el eco suave de una melodía que desde
entonces acompaña al pueblo.

69
Actividades para el aula
• Primero se leerá el cuento (10 minutos aproximadamente)

Comenzaremos leyendo el cuento. Tras la lectura, utilizaremos las siguientes preguntas:

¿Qué características tenía el Tío Arpero?


¿Qué elementos te llamaron la atención?
¿Conoces algún personaje parecido al Tío Arpero?

Actividad: Cantando nuestra herencia (40 minutos aproximadamente)

Los niños pensarán en un personaje de su familia o de su comunidad que tenga características similares al Tío Arpero.
En conjunto, determinarán los rasgos más importantes.

A partir de las preguntas anteriores, se escribirán las palabras más importantes que los niños mencionen. Estas palabras
se convertirán en palabras claves.

Los niños se dividirán en equipos para crear una canción grupal usando estas palabras clave. Un alumno o alumna hará
el papel de Tío Arpero y guiará a su grupo.

Al finalizar, cada grupo presentará su canción. Esta presentación puede ser grabada en audio y/o video.

Los niños tendrán la posibilidad de compartir su creación con otros grupos o eventos importantes de la escuela.

Al final, los niños contarán con un registro musical propio construido con base en memorias y querencias de la clase.

70
Notas para los docentes:
• Apoye y anime a sus estudiantes a ser creativos y a divertirse durante el proceso de la actividad. Motive también para
que niñas asuman el papel de arperas.

• Proporcione guía cuando observe que los estudiantes necesitan mayor claridad para poner en práctica las
indicaciones.

• Destaque la importancia del Tío Arpero para la comunidad, y enfatice el papel como personaje que une a las
comunidades y a las familias.

• Use material de apoyo audiovisual para dar ejemplos de canciones rituales que puedan dar mayor claridad para
realizar la tarea.

71

También podría gustarte