Durante la era romana eran variadas las formas de escribir la letra «a»; el estilo
que prevaleció fue el monumental o lapidario, usado para textos inscritos en piedra
u otros medios «permanentes». Para los medios perecederos usados a diario por
utilidad, se usaba un estilo que se pasó a llamar cursiva, el cual sobrevivió hasta
nuestros días, existiendo hoy la letra mayúscula cursiva, minúscula cursiva y
minúscula semicursiva. También hubo variantes intermedias entre el estilo cursivo
y el monumental, en las que se incluye la temprana caligrafía semi-uncial,
la uncial y la posterior semi-uncial.3
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Al finalizar el Imperio Romano (siglo V), aparecieron muchas variantes de la
cursiva minúscula en el este de Europa. Entre estas se encontraba la semicursiva
minúscula de Italia, la escritura merovingia en Francia, la escritura visigótica en
España y la insular o semicursiva hiberno-sajona de Gran Bretaña. En el siglo IX,
la escritura carolingia, muy similar a la de ahora, fue la predilecta en la producción
de libros, antes de la llegada de la imprenta.3
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