CURSO INTENSIVO UNA VIDA NUEVA
Un repaso breve
Aunque la salvación es gratuita, el seguimiento a Jesús sí
demanda un precio: la obediencia. Obedecer no es cosa natural
en el ser humano. Obedecer es una actitud y una conducta
que se aprende.
Jesús dijo a sus discípulos: «Si ustedes me aman, obedecerán
mis mandamientos» (Juan 14.15). La obediencia es la evidencia
del amor que tenemos por Jesús.
En el Sermón del Monte, como se le llama a las enseñanzas
dadas por Jesús en Mateo 5, 6 y 7, el Maestro estableció
varios de los mandamientos que Él espera obedezcamos.
Avancemos en nuestro estudio. La obediencia a Jesús también
tiene que ver con hacer cosas que Él pidió que hiciéramos
como consecuencia de ser sus seguidores.
Preguntémonos por cuál fue la último mandato de Jesús antes
de volver al Padre. Se encuentra en Mateo 28. 19, 20: «Por lo
tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a
ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta
el fin del mundo».
En ese texto, Jesús nos manda por ir a las naciones para
hacer discípulos suyos, a los cuales tenemos que enseñarles
lo que ya nosotros debemos haber aprendido: obedecer todo lo
que nos ha mandado. Y además, en el texto mismo se indica,
como mandato, el bautizar a los nuevos seguidores.
La palabra ‘bautismo’ proviene del idioma griego que utiliza el
término baptízo, el cual significa introducir en el agua,
sumergir o lavar con agua. En el Nuevo Testamento se habla
de dos bautismos, de los cuales queremos reflexionar de
seguido.
Bautismo de arrepentimiento
Antes que Jesús lo hiciera, su primo Juan el Bautista,
practicaba la inmersión en agua para las personas que se
arrepentían de sus pecados. El bautismo en agua lo practicaba
como una señal de arrepentimiento.
Juan el Bautista bautizó a Jesús, pero no porque tuviera de
que arrepentirse sino porque Jesús quería poner el ejemplo a
los demás (Mateo 3. 13-17).
El bautismo de Juan el Bautista se practicaba con las personas
que se habían arrepentido de sus pecados. El arrepentimiento
era un acto personal e íntimo, pero el bautismo era un acto
público.
A esa clase de bautismo se refería Jesús cuando nos envió a
predicar en las naciones y bautizar a sus nuevos seguidores o
discípulos.
Años después del asesinato de Juan el Bautista y del retorno
de Jesús al Padre, el apóstol Pablo explica con más
profundidad lo que significa el bautismo. Lo hace
especialmente en su carta a los Romanos 6. 1-14.
Observemos sus enseñanzas:
1. Comencemos por el verso 3: «¿Acaso no saben ustedes
que todos los que fuimos bautizados para unirnos con
Cristo Jesús, en realidad fuimos bautizados para participar
en su muerte?». ¿Qué está enseñando Pablo? Que es
mediante el bautismo en agua que nos unimos con Cristo.
Y que al ser bautizados participamos de la muerte de
Cristo. El Señor murió para tomar todos los pecados de la
humanidad y liberarnos de la culpa y del castigo que esos
pecados atraían sobre nosotros. Cuando el nuevo seguidor
de Jesús es bautizado en agua, está declarando
públicamente que por voluntad propia decide aceptar la
gracia del Señor, y así como Jesús murió a causa del
pecado, el nuevo creyente muere con el Señor a sus
pecados.
Nuestra vieja naturaleza pecaminosa es crucificada con el
Señor, porque sólo así el cuerpo pecaminoso pierde su
poder, y ya no seguiremos esclavos del pecado. Pablo es
claro al indicar que: «el que muere queda liberado del
pecado» (verso 7). Esta es la clase de muerte que libera.
2. En el verso 4 Pablo enseña que «mediante el bautismo
fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así
como Cristo resucitó por el poder del Padre, también
nosotros llevemos una vida nueva». En el momento en que
confesamos que Jesucristo es nuestro Señor, se produce
una muerte a nuestra condición de esclavos del pecado.
Morimos a la vida pecaminosa que llevamos, para
comenzar una nueva vida. Todo lo que muere, debe ser
sepultado. Pero en Cristo, una vez que hemos muerto al
pecado, resucitamos a una nueva condición de vida.
3. Una persona que muere debe ser sepultada. Al ser
sumergidos en el agua es como si estuviéramos siendo
sepultados. Es un acto simbólico. En Colosenses 2.12 el
misionero Pablo lo explica así: «Ustedes la recibieron al ser
sepultados con él en el bautismo. En él también fueron
resucitados mediante la fe en el poder de Dios, quien lo
resucitó de entre los muertos»
4. Pero Cristo no sólo murió sino que resucitó. De igual
manera, después de ser sumergidos en el agua, somos
“sacados” del agua, representando la resurrección que
experimentamos en Cristo. Morimos al pecado, para luego
resucitar con Cristo a una vida nueva. Una vida nueva se
abre paso allí donde se ha acabado una vida vieja. El
bautismo nos impulsa a esa experiencia de morir y
resucitar.
El bautismo es un acto por medio del cual nos unimos a Cristo
y a su Cuerpo que es la Iglesia. El bautismo es un acto de
iniciación en la comunidad cristiana.
¿Qué es necesario, entonces, hacer para ser bautizado?
1. El día de Pentecostés, ante el sermón del apóstol Pedro, la
multitud se afligió profundamente y preguntó: “Hermanos
¿qué debemos hacer?”. La respuesta fue: «arrepiéntase y
bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo, para
perdón de los pecados, y recibirán el don del Espíritu
Santo” (Hechos 2: 37-83). Observemos cómo el
arrepentimiento personal es primero que el bautismo.
2. Un seguidor de Jesús llamado Felipe le predicó el mensaje
de Jesucristo al Ministro de Economía de Etiopía (Hechos
8.26-40). Cuando el etíope preguntó a Felipe: «¿Qué
impide que yo sea bautizado? Felipe le dijo: Si crees de
todo corazón, bien puedes. Y respondió el etíope: Creo que
Jesucristo es el Hijo de Dios»”. Observemos como la
confesión personal de fe es primero que el bautismo.
3. El apóstol Pedro visitó la casa de Cornelio, que era capitán
de un batallón del ejército romano. Cuando Pedro le
predicó a toda la familia de Cornelio, ellos creyeron y
recibieron al Espíritu Santo; fue entonces cuando fueron
bautizados (Hechos 10. 48). Recibieron el Espíritu Santo
por haber creído, entonces fueron luego bautizados.
4. Lidia, una mujer comerciante que era de la ciudad de
Tiatira, cuando escuchó el mensaje acerca de Jesucristo,
«el Señor abrió su corazón» y luego fue bautizada (Hechos
16.11-15). Primero creyó y luego fue bautizada.
5. El carcelero de Filipos, cuando preguntó a Pablo y a Silas:
«¿Qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en
el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa»; y «en
seguida se bautizó él con todos los suyos» (Hechos 16. 23-
34). Creyeron primero, luego fueron bautizados.
6. Cuando el mensaje de Jesucristo fue anunciado por Pablo
en Corinto, dice Hechos 18.8 que «Crispo, el principal de la
sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y muchos
de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados».
7. De igual manera, el misionero Pablo encuentra en Éfeso a
un grupo de doce varones que habían sido bautizados en
el nombre de Juan el Bautista. Pablo les predica, ellos
creen en Jesucristo, y «cuando oyeron esto, fueron
bautizados en el nombre del Señor Jesús» (Hechos 19. 1-
7).
Como podemos verificar, la única condición para el bautismo
es poder confesar personalmente la fe. Nadie la puede
confesar por uno. La fe es algo personal.
Para los cristianos las palabras de Jesús son muy claras
cuando dijo: «El que crea y sea bautizado será salvo; pero el
que no crea, será condenado» (Marcos 16.16). Es necesaria
la conciencia de fe para el bautismo.
EL misionero Pablo enseñaba a los gálatas: «pues por la fe en
Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, ya que al unirse
a Cristo en el bautismo, han quedado revestidos de Cristo»
(Gálatas 3.27). En el caso de los niños, Jesús garantízó que,
en su estado de niñez, ellos poseen el reino de los cielos.
Cuando toman conciencia de la naturaleza de pecado y la
necesidad de creer, están listos para expresar públicamente su
fe mediante el bautismo.
El bautismo del Espíritu
Cuando Juan el Bautista se pasaba por Galilea llamando al
arrepentimiento y al bautismo de agua, predicaba lo siguiente:
«Yo los bautizo a ustedes con agua para que se arrepientan.
Pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, y ni
quiera merezco llevarle las sandalias. Él los bautizará con el
Espíritu Santo y con fuego» (Mateo 3.11).
Se refería a que Jesús vendría para darnos otro bautismo: el
bautismo del Espíritu Santo y fuego.
Los judíos celebraban una fiesta, llamada Pentecostés. En
Hechos 2, se nos cuenta que para esa fecha, mientras que los
seguidores de Jesús estaban reunidos en oración, en el
segundo piso de una casa en Jerusalén, ya por varios días,
«de repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta
ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos.
Se les aparecieron entonces unas lenguajes como de fuego
que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos.
Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar
en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía
expresarse» (Hechos 2. 2-4).
El bautismo del Espíritu Santo es esa experiencia que produce
una llenura interior de su presencia y un fuego. Este fuego es
purificador y llena de fervor, de ánimo y de consagración.
Esta experiencia la tuvo la familia de Cornelio, en Hechos 10, y
también aquellos hombres de Efeso que creyeron, fueron
bautizados en agua y luego de que se les impuso las manos, el
Espíritu Santo vino sobre ellos (Hechos 19. 5-6).
El Espíritu Santo nos es dado por Jesús como un don, o un
regalo que fue prometido que se nos daría a todos los que
creyéramos en Jesús. El Espíritu Santo es la garantía que
Dios dará cumplimiento a todas sus promesas (2 Corintios
1.22; 5.5), es además garantía de que recibiremos una vida
plena y definitiva cuando seamos unidos a Dios eternamente.
Vengan sus preguntas
Dediquemos ahora un tiempo a atender preguntas del grupo
sobre este tema. Procuremos también responder a una: ¿Has
sido bautizado en estos dos bautismos?
Rev. Rolando Soto M.