0% encontró este documento útil (0 votos)
215 vistas395 páginas

Surf y secretos en Leviathans

La obra es una traducción sin fines de lucro hecha por fans, que advierte sobre contenido sensible y la importancia del consentimiento en las escenas. La historia sigue a Finn, un surfista que busca conquistar las peligrosas olas de Leviathans en Stars Cove, a pesar de su oscuro pasado y la falta de miedo que lo impulsa a tomar riesgos. A lo largo de la narrativa, se exploran temas de emoción, pérdida y la cultura del surf, mientras se presenta un entorno lleno de desafíos y leyendas.

Cargado por

tatianayou64
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
215 vistas395 páginas

Surf y secretos en Leviathans

La obra es una traducción sin fines de lucro hecha por fans, que advierte sobre contenido sensible y la importancia del consentimiento en las escenas. La historia sigue a Finn, un surfista que busca conquistar las peligrosas olas de Leviathans en Stars Cove, a pesar de su oscuro pasado y la falta de miedo que lo impulsa a tomar riesgos. A lo largo de la narrativa, se exploran temas de emoción, pérdida y la cultura del surf, mientras se presenta un entorno lleno de desafíos y leyendas.

Cargado por

tatianayou64
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La siguiente traducción fue realizada por

❛SHADOW WITCHES❜

Esta obra es sin fines de lucro, hecha especialmente de fans para


fans y sin intención de afectar al autor. Ningún miembro del
staff recibe alguna retribución monetaria, por lo que te pedimos
no resubas la siguiente historia a ninguna plataforma.
Si tienes la posibilidad te animamos a apoyar al escritor
adquiriendo sus libros, ya sea en su idioma original o su versión
en español; una vez llegados a sus respectivos países.
PROHIBIDA SU VENTA VEINTISÉIS
ÍNDICE VEINTISIETE
NOTA DE LA AUTORA VEINTIOCHO
ADVERTENCIAS VEINTINUEVE
PLAYLIST TREINTA
JERGA Y TÉRMINOS DEL SURF TREINTA Y UNO
SINOPSIS TREINTA Y DOS
UNO TREINTA Y TRES
DOS TREINTA Y CUATRO
TRES TREINTA Y CINCO
CUATRO TREINTA Y SEIS
CINCO TREINTA Y SIETE
SEIS TREINTA Y OCHO
SIETE TREINTA Y NUEVE
OCHO CUARENTA
NUEVE CUARENTA Y UNO
DIEZ CUARENTA Y DOS
ONCE CUARENTA Y TRES
DOCE CUARENTA Y CUATRO
TRECE CUARENTA Y CINCO
CATORCE CUARENTA Y SEIS
QUINCE CUARENTA Y SIETE
DIECISEIS CUARENTA Y OCHO
DIECISIETE CUARENTA Y NUEVE
DIECIOCHO CINCUENTA
DIECINUEVE CINCUENTA Y UNO
VEINTE CINCUENTA Y DOS
VEINTIUNO CINCUENTA Y TRES
VEINTIDOS CINCUENTA Y CUATRO
VEINTITRES CINCUENTA Y CINCO
VEINTICUATRO EPÍLOGO
VEINTICINCO NOTAS FINALES
Para cualquiera que sienta que se está ahogando:
Esto es para ti.
Sigue nadando.
ola psicópatas!
Sólo quería ser transparente e informar a los lectores
de la naturaleza del contenido que van a leer. Si no
tienes desencadenantes y prefieres ir a ciegas, puedes
saltarte esto.
SIN EMBARGO, teniendo en cuenta que este libro es mucho
más ligero que la mayoría de mis otras obras, preveo que puede
llegar a un público más amplio del que estoy acostumbrada. Así
que por esa razón, me gustaría dejar muy claro que si eres es un
lector que requiere el consentimiento pleno y entusiasta en todas
las escenas Spicy en página para disfrutar de un libro, esto puede
no ser el libro para ti.
Hay una escena en la que el consentimiento sólo es implícito.
Ocurre mientras uno de los personajes está dormido, por lo que
no puede dar su verdadero consentimiento en esta escena.
Si se trata de un desencadenante, proceda con precaución.
No apruebo este tipo de comportamiento en la vida real. Esta es
una obra de ficción que cuenta una historia con personajes
imperfectos.
La única forma aceptable de consentimiento en la vida real es el
consentimiento dicho en voz alta, vocal y entusiasta.
Todo lo demás en este libro debería ser relativamente seguro.
Tratamos la muerte de un ser querido y una pelea a puñetazos que
se instiga en defensa de una mujer que es golpeada físicamente
por un villano masculino.
También advertiré a los lectores que este libro es
extremadamente emotivo, y está diseñado de tal manera que
terminarán esta historia con sentimientos muy grandes.
Considero que el final es feliz, pero reconozco que algunos
lectores pueden no estar de acuerdo, ¡y no pasa nada! ¡La lectura
es subjetiva!
Ahora que ya nos hemos sacado todo esto de encima, espero que
les guste la historia de Finn y Riddick, y que se pierdan en la
pintoresca ciudad costera de Stars Cove.
•Escena explícita con consentimiento implícito/dudoso
•Somno
•Muerte de un ser querido
•Peleas a puñetazos/Violencia cuerpo a cuerpo
Uno – Coastline by Hollow Coves
Dos – New Perspective by Noah Kahan
Tres – Grow up by Late Night Thoughts
Cinco – Hanginaround by Counting Crows
Once – Vienna by Ben Platt
Trece – Malibu by Miley Cyrus
Quince – Riptide by Vance Joy
Diecisiete – Sparky by Lights
Veinte – The Wave by Colouring
Veintitrés – Santa Monica by Everclear
Veinticuatro – The Space Between by Dave Matthews
Band
Veintiocho – Only Everything by Quinn Lewis
Veintinueve – Young & Sad by Noah Cyrus
Treinta – Chew On My Heart – Piano & Voice by James
Bay
Treinta y cinco – Dancing With Your Ghost by Sasha Alex
Sloan
Treinta y seis – Fire In The Water by Feist
Cuarenta – She Keeps Me Warm by Mary Lambert
Cuarenta y uno – Light Me Up by Ingrid Michaelson
Cuarenta y seis – Numb by Holly McNarland
Cuarenta y ocho – Everything I wanted by Billie Eilish
Cuarenta y nueve – Heal by Tom Odell
Cincuenta – Anchor by Novo Amor
Cincuenta y uno – Shiny Happy People by R.E.M.
Cincuenta y dos – Golden by Harry Styles
Cincuenta y tres – Only by RY X
Cincuenta y cuatro – Already Gone by Sleeping At Last
Cincuenta y cinco – Autumn by Paolo Nutini
Epílogo – Coastline – Vancouver Sleep Clinic Remix by
Hollow Coves, Vancouver Sleep Clinic
•Amped: Súper excitado, normalmente antes de una gran ola o
sesión de surf.
•Bail: Saltar de la tabla para evitar una mala situación, como una
inminente caída.
•Barrel (barril): Cuando la ola es hueca, permitiendo al surfista
cabalgar en su interior.
•Barrel Riding (Tube Ride): Surfear dentro de la parte hueca de
la ola (“barrel”)
•Big Air (Aerials): Lanzarse desde la boca de la ola y aterrizar
de nuevo en la cara.
•Carve: Hacer un giro brusco en la ola, un movimiento elegante
y hábil.
•Cutback: Girar bruscamente hacia la parte rompiente de la ola
para permanecer en la sección crítica.
•Drop in: Agarrar una ola que otro surfista ya está montando, lo
que es de mala educación.
•Double up wave: tipo de ola en el surf en la que dos olas se
fusionan y combinan su energía, creando una ola más grande,
más empinada y, a menudo, más potente de lo habitual.
•Double wave hold down: Quedar atrapado bajo el agua durante
múltiples series de olas. Esto puede provocar la muerte.
•Epic: Cuando las condiciones son perfectas.
•Foamies: Tablas de superficie blanda, a menudo utilizadas por
principiantes.
•Floater: Cabalgar sobre la sección de rotura de una ola
•Gnarly: Puede significar desafiante, peligroso o impresionante.
•Green room: Estar dentro del barril de la ola.
•Hang ten: Cuando un surfista coloca los diez dedos de los pies
sobre el borde de la nariz del longboard (tabla larga).
•Kook: Surfista inexperto o despistado, a menudo desconocedor
de la etiqueta del surf.
•Late Drop: Salir bruscamente de una ola en el último momento,
justo cuando está a punto de romper.
•Layback: Un movimiento en el que el surfista se inclina
dramáticamente hacia atrás dentro de la ola.
•Lineup: La zona donde los surfistas esperan a que rompan las
olas.
•Off the lip: Maniobra en la que el surfista sube y vuelve a bajar
por la cresta de la ola.
•Ripping: Surfear muy bien; también denominado ‘shredding’.
•Swell: Olas que llegan del océano, a menudo como consecuencia
de tormentas lejanas.
•The Washing Machine: Quedar atrapado bajo una ola en la
corriente submarina. El agua es tan fuerte en estos casos que una
persona puede ser arrastrada violentamente bajo el agua como:
una camiseta en una lavadora.
•Wipeout: Caerse de la tabla, normalmente de forma dramática.
•Shortboard (tabla corta): Suelen medir entre 1,5 y 2,1 metros
de largo, tienen la punta puntiaguda y más rocker (curvatura) para
aguantar olas empinadas. La mejor para maniobras de alto
rendimiento como carving, airs y cutbacks en olas potentes y
empinadas. Es la opción más habitual en las competiciones
profesionales, ya que está diseñada para ofrecer velocidad,
agilidad y capacidad de respuesta.
•Fish: Cortas y anchas, normalmente de 1,5 a 1,8 metros con un
diseño de cola de golondrina y menos rocker. Son gruesas,
proporcionando flotabilidad y velocidad en olas pequeñas.
Ideales para olas pequeñas y medianas, sobre todo en verano,
cuando las olas son más lentas y menos potentes. Los
profesionales pueden usar tablas fish para divertirse en olas más
pequeñas cuando no están en competición. Ideales para generar
velocidad en días pequeños.
•Longboard (Tabla larga): Típicamente 2,4 a 3 metros o más
con una nariz redondeada, mucho volumen, y un rocker más
plano. Se utiliza en olas pequeñas o medianas y suaves y estilos
de surf clásicos y suaves como el noseriding y el cross-stepping.
Suelen usarla los profesionales en competiciones de longboard y
los surfistas especializados en estilos de surf tradicionales.
•Gun board: Tablas largas y estrechas (normalmente de 2,1 a
3,3 metros) diseñadas para olas grandes con mucho volumen para
mejorar la velocidad de remada y la estabilidad en olas
empinadas. Se utiliza en el surf de olas grandes, especialmente en
olas de más de 5 metros, como en Jaws en Hawai o Mavericks en
California. Los profesionales utilizan las guns cuando surfean
olas enormes porque su longitud y su forma estrecha les permiten
remar y manejar olas empinadas y rápidas.
•Soft Top / Foam Board (También llamados foamies):
Fabricadas con una cubierta de espuma para mayor seguridad y
flotabilidad, suelen ser más largas y anchas para mayor
estabilidad. Ideales para principiantes o para días de juego en las
olas en los que es probable caerse. Los profesionales rara vez
utilizan las foamies, excepto para sesiones informales y
divertidas o para enseñar a otros.
inn Summers no es capaz de sentir miedo.
Esto hace que Finn corra riesgos innecesarios,
especialmente cuando se trata de su deporte favorito:
El surf.
Cuando Finn oye un rumor sobre una playa llamada Leviathans,
ubicada en la pequeña ciudad de Stars Cove, California, la
promesa de olas de siete metros y medio le parece demasiado
emocionante como para dejarla pasar.
Sin embargo, la playa Leviathans tiene una historia oscura.
Una historia llena de olas monstruosas, secretos letales y una
leyenda del surf muy muerta.
A pesar de las advertencias de los lugareños, Finn está decidido
a conquistar una playa tan peligrosa que los hombres que la
descubrieron la bautizaron con el nombre de los demonios
marinos bíblicos.
...Incluso si eso le cuesta la vida.
Alexa Play: Coastline de Hollow Coves

al vez, si fuera capaz de sentir miedo, habría oído el


nombre Leviathans y habría tenido el sentido común
de mantenerme alejado.
Pero, tal como son las cosas, no proceso el miedo de la misma
manera que la mayoría de la gente. No me pongo nervioso ni me
asusto cuando me enfrento a cosas que podrían matarme.
Nop.
En lugar de eso, me excito y mi cuerpo experimenta una
sensación cálida y vertiginosa.
Así que, si me dices que hay una ola tan patea culos que la
bautizaron con el nombre de un demonio que vino directamente
del infierno, voy a surfearla.
Sin dudarlo.
Así es como acabé en la pintoresca ciudad costera de Stars
Cove: El hogar de una playa que produce olas tan imponentes que
los tipos que le pusieron el nombre se pusieron bíblicos con
nosotros.
Se dice que el oleaje en Leviathans, California, puede alcanzar
los siete metros y medio en apenas unos segundos.
Siete metros y medio.
En veinticinco segundos.
Permítanme ponerlo en perspectiva.
Aquí está mi lista de cosas que son aproximadamente de siete y
medio (sin ningún orden en particular):
•Una casa de dos pisos
•La mitad del letrero de Hollywood
•Cuatro refrigeradores
•Una orca
•Un poste telefónico
•Mi polla (¡JA! Es broma, eso sería terrorífico).
No, pero en serio.
Recorrer siete metros de pura potencia no es para los débiles de
corazón. No es algo que mucha gente pueda decir que ha hecho.
Ni siquiera la mayoría de los surfistas pueden decir que han
surfeado con éxito una ola de seis metros.
Las olas así son para los surfistas profesionales de olas grandes.
Se necesita entrenamiento, dedicación y perseverancia para
domar una ola como las que rompen en Leviathans cada invierno.
Es algo que siempre había pensado hacer a lo largo de mi vida,
pero no esperaba perseguir este sueño tan pronto.
Pero aquí estaba yo, firmando los documentos finales de venta
de la pequeña cabaña de playa que había encontrado a buen
precio en Stars Cove.
Al parecer, los surfistas locales de Stars Cove llevaban años
asentados en esta playa secreta, sabiendo que las olas que crecían
en los meses de invierno atraerían a surfistas de todo el mundo
en cuanto se corriera la voz de que había una playa californiana
capaz de producir semejantes monstruos.
Mientras firmaba en la línea punteada, ignorando la mirada
inquisitiva de la agente inmobiliaria al verme dilapidar toda mi
herencia en menos de treinta segundos, tuve que sonreír.
Supuse que tenían razón.
Yo no era de California, pero aquí estaba. Listo para mostrar a
estos domadores locales de Leviathans lo que podía hacer.
Nací cerca de Virginia Beach y fue allí donde empecé a surfear.
Las olas eran pequeñas, pero yo también lo era entonces.
A pesar de ser una playa conocida por ser la mejor para
principiantes, la cultura del surf era fuerte, y allí es donde aprendí
los fundamentos de este deporte. Monté mi primera ola en una
tabla foamie a los ocho años, y aún recuerdo a mi mejor amigo,
Turtle, sonriendo y gritando como un idiota mientras patinaba
sobre el agua por primera vez con mis propios pies.
Mi madre y yo no teníamos mucho dinero, pero eso nunca
parecía importar. Siempre se las arreglaba para llevarnos comida
a la mesa. Tenía dos trabajos para mantener un techo sobre
nuestras cabezas y, por eso, siempre había apoyado mi afición
por el surf.
Me mantenía ocupado y alejado de los problemas.
Mi padre rebotó antes de que yo naciera, y solía molestarme
cuando era más joven. Al principio le preguntaba mucho a mi
madre por él.
—¿Por qué no nos quiere, mamá? ¿Por qué nos dejó solos?
—No estás solo, cielo. Estoy aquí —solía decirme guiñándome
un ojo.
Cuando crecí y vi lo mucho que mi madre intentaba ser para mí
la mejor de los dos padres, dejé de esperar que algún día volviera
por mí.
Por supuesto, apestaba que no me quisiera... que no nos quisiera.
Pero mi madre tenía razón; nos teníamos el uno al otro, y eso
era suficiente.
Hasta que un día, mamá no volvió a casa de su turno.
Acababa de cumplir dieciocho años y estaba agotado de pasar
el día en la playa con Turtle.
No estaba en el bungalow de una sola planta que alquilábamos
desde antes de que yo tuviera uso de razón, lo cual no estaba fuera
de lo normal. A menudo trabajaba hasta tarde y comía cuando
volvía.
Preparé la cena y me quedé dormido en el sofá, esperando a que
llegara a casa y me contara su día. Trabajaba en nuestro Comfort
Inn local, y a menudo contaba historias divertidísimas sobre los
huéspedes que se alojaban allí.
Me desperté en la medianoche y seguía sin estar en casa. Nunca
olvidaré el nudo en la garganta en el momento en que me di
cuenta de que algo iba mal.
Cada vez que intentaba llamarla, saltaba el buzón de voz. Intenté
convencerme de que estaba exagerando, pero no podía quitarme
la sensación de que mi vida estaba a punto de cambiar para
siempre.
Llamé a Turtle presa del pánico. Mi madre y yo compartíamos
coche, y ese día ella se lo había llevado al trabajo, así que yo no
tenía coche. Turtle me recogió y juntos condujimos durante horas
buscándola.
Eran alrededor de las tres de la madrugada cuando recibí una
llamada de la policía, informándome de que mi madre había
sufrido un accidente con un conductor ebrio, y que necesitaban
que fuera a la morgue para identificar su cuerpo.
Turtle me abrazó mientras yo sollozaba, y toda mi vida se
derrumbó a mi alrededor.
Ella se había ido, y ahora, realmente estaba solo.
Mi madre me dejó todo lo que tenía, que era más de lo que yo
esperaba. No sé si había planeado utilizar esos ahorros para mis
estudios o qué, pero había conseguido ahorrar unos sesenta mil
dólares.
No toqué nada de eso durante años. Turtle y yo dejamos los
estudios y nos fuimos juntos de viaje por Estados Unidos,
persiguiendo olas.
O eso es lo que me decía a mí mismo. Era más fácil creer que
perseguía algo en lugar de huir del dolor de perder a la única
familia que tenía.
Cuando oímos hablar por primera vez de Leviathans, Turtle y
yo vivíamos en la furgoneta que él nos compró en Cape Hatteras,
recorriendo la Costa Este.
Nuestro plan siempre había sido acabar en Hawai y subir al
siguiente nivel en el mundo de olas grandes por la que las islas
eran famosas... Así que, ¿descubrir que nosotros podíamos
encontrar olas de seis metros sin tener que desembolsar una
fortuna en billetes de avión?
¡No se diga más!
Hicimos las maletas al día siguiente y condujimos durante casi
dos días completos desde Carolina del Norte hasta Stars Cove,
California.
En cuanto entramos en la pequeña ciudad, me invadió la
inquietante sensación de que nunca volvería a salir de aquí.
Turtle nos condujo por la única carretera principal que
atravesaba Stars Cove en dirección a la playa, y yo disfruté de
nuestro nuevo hogar con tanto entusiasmo que se diría que nunca
antes había visto una ciudad surfera.
Era idéntica a casi todas las ciudades por las que habíamos
pasado en los últimos cuatro años.
La calle principal estaba flanqueada por tiendas de surf y
souvenirs de colores pastel. En el paseo marítimo había un
restaurante playero al aire libre llamado Sharkies con un cartel
que decía ‘SE NECESITA PERSONAL’.
Este lugar tenía todo lo que un par de viajeros del surf podían
desear o necesitar, incluido un estacionamiento de caravanas
junto a la playa para que Turtle aparcara su furgoneta, Shelly
(Shell = Caparazón *ing).
¿Lo pillas? ¿Shelly? ¿Porque las tortugas tienen caparazón?
¡HA!
Esa noche deshicimos las maletas y dormimos en Shelly, pero
por la mañana ya tenía ganas de explorar.
Turtle no parecía tan enamorado del lugar como yo.
No me malinterpretes, estaba entusiasmado. Señaló que las olas
eran bonitas (berrel perfectos), pero estaban muy lejos de las olas
de seis metros por las que habíamos cruzado todo el país para
surfear.
Después de curiosear, nos enteramos de que las olas que
perseguíamos eran estacionales y sólo podían encontrarse en los
meses de invierno en una playa mucho más apartada llamada
Leviathans, a las afueras de la ciudad.
Así fue como encontré este chalet en la que acabo de gastar los
sesenta mil dólares de mi herencia.
Ahora, puede que estés pensando: ¡Finn! ¡Es una locura!
¿Sesenta mil dólares por un CHALET?
A lo que yo digo: Bro. ¡Mírala!
No puedo creer que fue sólo 60k, si soy honesto. Claro, la
estructura en sí es pequeña, pero todo es cuestión de ubicación.
Está justo al lado del agua, a un par de cientos de metros de una
playa privada en forma de luna creciente con un oleaje perfecto.
Estaba a sólo un kilómetro y medio de Leviathans y a las afueras
de Stars Cove, lo que la convertía en el punto intermedio perfecto
entre la ciudad y la playa donde pensaba hacerme un nombre.
La casa estaba completamente amueblada, y se notaba que el
Amigo que vivía aquí antes que yo era radical nivel Dios.
Las paredes de tablilla beige estaban cubiertas de pósters
enmarcados de algunos de los grandes. Fotos de acción en blanco
y negro de Grant ‘Twiggy’ Baker, Mark Foo y Keala Kennelly
me llenaron de un doloroso sentimiento de pertenencia mientras
entregaba los documentos a la agente inmobiliaria.
—Felicidades, señor Summers. Usted es oficialmente un dueño
de casa.
Hice una mueca de dolor.
—El señor Summers es mi padre... o lo habría sido si se hubiera
quedado. Oh mierda… eso fue demasiada información... lo
siento... —Joder ¿cómo se llamaba?— ¡Brenda! Lo siento,
Brenda. Gracias. Por toda la, um, ayuda con el papeleo y esas
cosas.
Dios.
¿Se nota que no me he comunicado ni un minuto con alguien
que no come, duerme y respira océano?
Esta pobre chica con su falda lápiz me miraba como si yo fuera
una criatura marina que chorreaba tinta por todas partes.
—En absoluto, señor uhm, Finn. Bienvenido a Stars Cove —
dijo a modo de despedida, luego se marchó y me dejó solo en mi
nuevo alojamiento.
Eché un vistazo al pequeño pero confortable espacio,
observando mi nuevo sofá rojo brillante y la alfombra color
crema. La cabaña constaba de un salón-cocina, un cuarto de baño
diminuto con ducha de pie y un dormitorio pequeño. Tenía todo
lo que podía necesitar y se me dibujó una enorme sonrisa en la
cara.
Golpeé con el puño la foto de Mark Foo y suspiré feliz.
—Hogar dulce hogar.
Alexa Play: New Perspective de Noah Kahan

Compraste una casa?


Turtle se quedó con la boca abierta. Llevaba el
pelo castaño ondulado recogido en un moño en
la nuca y una gorra Billabong al revés.
Ambos estábamos tonificados y bronceados por pasar tanto
tiempo en el océano, pero Turtle era naturalmente más moreno
que yo en general.
Llevaba una camiseta de tirantes holgada con los laterales
recortados, que dejaba ver sus tatuajes de palos y pinchos. En el
pecho de la camiseta llevaba un tiburón de dibujos animados, y
sus pantalones cortos azul marino tenían piñas blancas, lo que le
hacía parecer el himbo playero que era.
Yo, en cambio, tenía una mata de pelo arenoso con unas mechas
blancas bastante chocantes de tanto sol y agua salada. También
llevaba una camiseta de tirantes blanca, pero la mía sólo tenía el
logotipo de Volcom. Aunque estaba tan en forma como Turtle,
era más delgado y aproximadamente una cabeza más bajo.
Nos cruzamos con unas cuantas chicas de camino a Sharkies,
donde Turtle dijo que ya nos había conseguido trabajo como
ayudantes de camarero. Lo que era genial, teniendo en cuenta que
yo era oficialmente pobre.
Vi cómo las chicas nos miraban al pasar y les lancé una sonrisa
coqueta, disfrutando de cómo se sonrojaban sus mejillas y del
suave sonido de sus risitas.
—Sí, bro. Está brutal. Deberías venir a vivir conmigo.
—¿Y abandonar a Shelly? Bro, ¿quién eres? —jadeó,
llevándose la mano al pecho como si le hubiera herido de muerte.
—Sí, supongo que tienes razón. Shelly y tú se necesitan. —Me
reí.
—Shelly y yo también te necesitamos, Bro. ¿Qué pasa con
nuestros planes de viajar juntos a todas las playas del mundo? Las
aventuras de Turtle, Shelly y Finn el humano se acabaron antes
de empezar. —No me molesté en señalar que sería imposible
llevar a Shelly a todas las playas del mundo. Ni siquiera
podríamos llevarla a todos los estados. Obviamente, no
podríamos llevarla a Hawai.
En lugar de eso, le di un empujón juguetón en el brazo mientras
caminaba hacia la cubierta entablada que conformaba el comedor
de Sharkies. El lugar no abría hasta las nueve de la mañana, así
que estaba desierto. Nos habían pedido que llegáramos temprano
para la orientación, y era bueno hacerse una idea del lugar antes
de que se llenara.
Miré alrededor de la estructura al aire libre y sonreí.
Era increíble.
Todo el lugar estaba abierto a los elementos y tan cerca del agua
que se podían oír las olas golpeando con avidez la orilla.
El borde del comedor era básicamente una línea de grandes y
gruesas cuerdas náuticas ensartadas en postes de madera que
llegaban hasta la cintura.
El techo era de paja y había una gran barra cuadrada en el centro
del suelo de madera, rodeada de unas cincuenta mesas.
Turtle me aseguró que en Sharkies trabajaban casi
exclusivamente chicos de nuestra edad que estaban tan
obsesionados con el surf como nosotros. Estaba deseando
conocer a más gente en lo que ahora consideraba mi hogar.
—No lo sé, bro. Tengo un buen presentimiento sobre este lugar.
Quiero quedarme.
Como era habitual Turtle, superó rápidamente su angustia
inicial y se adaptó sin problemas a la situación.
Encogiéndose de hombros, sonrió.
—No te preocupes, Finn bro. —Me revolvió el pelo y yo me reí,
apartándolo de mí otra vez—. ¿Quieres que te crezcan raíces? Las
cultivaremos juntos. Aunque probablemente siga con Shelly. No
puedo dejarla, bro. No después de todo lo que ha hecho por
nosotros.
Asentí solemnemente.
—Lo comprendo. Nunca me interpondría entre un hombre y su
furgoneta.
—¿Tienes una furgoneta? —Una bonita voz femenina chirrió
desde detrás de nosotros.
Los dos nos giramos y nos encontramos con una chica rubia,
menuda y bronceada como una surfista que nos sonreía. Tenía los
dientes rectos y blancos y llevaba lo que parecía una camiseta de
socorrista y unos pantaloncitos rojos. Al mirar más de cerca su
camiseta, en realidad era una camiseta de Sharkies, hecha para
parecer un uniforme de socorrista, lo que supongo que tenía
sentido para el tema de la playa del restaurante. Llevaba dos
versiones masculinas de la misma camiseta y nos dio una a cada
uno al acercarse.
Cogí el mío por reflejo y sonreí a la chica, y Turtle le hizo un
guiño coqueto.
—Sí, nena, ¿quieres venir a conocerla? A Shelly le encanta
hacer nuevos amigos. —Turtle sonrió, y la chica puso los ojos en
blanco, aunque seguía sonriendo de buen humor.
—¿Esa frase funciona con todas las chicas? —Ella se rio, y
Turtle también, encogiéndose de hombros.
—Con algunas.
Resopló y sacudió la cabeza divertida.
—Soy Blake. —Sonrió, extendiendo una mano para estrecharla.
Su muñeca estaba cubierta de esas coloridas pulseras de la
amistad hechas de hilo y nudos, y sonreí. Blake parecía genial.
—Hola, soy Finn, este es Turtle.
—Oh, sé quién eres —me informó, sus brillantes ojos azules
brillando de curiosidad—. Eres el chiflado que compró el viejo
local de Jake Whittling.
¿Eh?
—¿Quién es Jake Whittling? —pregunté tontamente, y las cejas
de Blake se alzaron.
—¿Me estás diciendo que compraste ese lugar sin saber nada de
él antes? —preguntó, sonando sorprendida.
Turtle y yo intercambiamos una mirada confusa y yo me encogí
de hombros.
—No sé, estaba justo en la playa y a un precio increíble.
Simplemente lo cogí.
—Oh Dios mío, Amigo. No te has llevado nada. Nadie ha
comprado ese lugar por una razón.
Mi buen humor se evaporaba rápidamente y era sustituido por
una pequeña punzada de duda. Me había hecho mucha ilusión
comprar aquella casa. Lo último que quería era enterarme de que
había malgastado todo el dinero de mi madre en una casucha
condenada a muerte y llena de moho negro o algo así de raro.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir? —grité, odiando el chillido agudo
que parecía haber adquirido mi voz.
Blake me miró con simpatía antes de estirar la mano y darme un
reconfortante apretón en el brazo.
—Jake Whittling era, como, una leyenda local del surf. Murió
el año pasado surfeando Leviatans.
Turtle graznó a mi lado sobresaltado.
—¿¡Qué!? ¿Un bro muerto?
Blake asintió, sus ojos brillaban con lo que podría jurar que eran
lágrimas. Tragó saliva con tanta fuerza que la oí.
—Sí. Fue horrible. Todo el mundo quería mucho a Jake. Era
una persona tan radical. Nadie ha comprado su lugar porque creo
que duele demasiado, ¿sabes? Como, ese es su lugar. Lo ha sido
durante todo el tiempo que he vivido aquí. Fue uno de los chicos
que descubrió Leviatans. Es un desastre que la playa que lo hizo
famoso es lo que terminó matándolo.
La culpa se me agolpó en el pecho al ver el verdadero dolor en
los ojos de Blake mientras me contaba la trágica muerte de
alguien que claramente le importaba de verdad.
—Mierda, lo siento —grazné, apretando con más fuerza entre
mis puños la camiseta que me había regalado.
Sacudió suavemente la cabeza, como si intentara alejar los
recuerdos dolorosos. Su coleta rubia se agitaba detrás de ella bajo
el sol.
—No es culpa tuya, Finn. Sólo... no te sorprendas si recibes un
poco de rechazo por comprar su casa. La gente de por aquí tiene
esa extraña manía. Como si sólo alguien digno de ella debiera
vivir allí o algo así.
—¿Qué, como, sólo otro jinete de Leviathas? —Turtle hizo la
pregunta que yo ya había estado pensando.
—Algo así.
Me animé un poco y le dediqué a Blake una sonrisa
tranquilizadora.
—Bueno. Menos mal que es mi plan destrozar Leviatans este
invierno. Por eso estoy aquí.
Blake soltó una carcajada y luego pareció darse cuenta de que
hablaba en serio. En cuanto vio la expresión seria de mi cara, la
suya se quedó sin sangre.
—¿Qué? ¡No! ¡No puedes! Leviathans te comerá vivo, Finn.
Fruncí el ceño, sintiéndome de repente molesto y a la defensiva.
—Eso no lo sabes. Ni siquiera me conoces. Llevo surfeando
toda mi vida. Puedo con ello.
Blake me miró de arriba abajo. Estaba claro que no quería
juzgarme, pero lo hizo. Me enfadé aún más.
—Puede que no te conozca, Finn Summers, pero conozco a
Leviathans, y sé que no puedes surfear esas olas sin alguien que
te entrene.
Estaba a punto de seguir discutiendo cuando el que supuse que
era el encargado entró en el bar y llamó a Blake por su nombre.
Abandonó nuestra conversación para dirigirse hacia donde el
encargado estaba empezando a abastecer el bar, pero se detuvo
tras unos pasos y nos miró por encima del hombro.
—Quedemos después del trabajo. Te llevaré a Leviathans y te
enseñaré lo que quiero decir.
—Trato hecho —le ladré, un poco más bruscamente de lo que
se merecía.
Turtle se echó la camiseta del uniforme de socorrista por encima
del hombro y sus ojos marrones, normalmente despreocupados,
se oscurecieron de preocupación.
—Bueno. Tiene el té; eso se lo reconozco —dijo, mirando
descaradamente su culo respingón que se balanceaba de un lado
a otro en sus shorts Sharkies rojos.
—Aparentemente —musité, aunque estaba mucho menos
interesado en el culo de Blake que en su total y absoluta falta de
fe en mí.
Ni siquiera me conocía.
No era de los que se estimulan, pero tampoco era exactamente
un principiante. Sabía lo que hacía y pensaba entrenarme todo el
año para subirme a esta ola.
Sin embargo, cuando volvió y se puso manos a la obra para
enseñarnos los entresijos del restaurante y lo que se esperaba de
nosotros en nuestras nuevas funciones, no pude deshacerme del
pozo de frío que se me había formado en las tripas.
¿Había sido un error comprar aquel Chalet?
¿Haber venido aquí había sido un error?
Observé a Turtle flirtear con Blake e hice lo que pude por seguir
lo que nos contaba, pero estaba demasiado distraído.
Los prodigios del surf muertos y las olas monstruosas que los
devoraron llenaron mi mente.
Apreté los puños y sentí que me invadía una obstinada
determinación.
No.
Yo hacía esto. Yo era Finn Summers, y supe que había nacido
para el surf desde el primer día que me subí a una tabla por mí
mismo.
Si esta ciudad quería ver a alguien digno de estar a la altura del
legado de este chico Jake Whittling, entonces eso era lo que yo
iba a darles.
Alexa Play: Grow Up de Late Night Thoughts

uestro primer turno fue rápido. Fue más corto porque


era nuestro primer día y, sinceramente, no fue
complicado.
¿Ves una mesa con platos sucios? Limpia los platos sucios.
Enjuaga.
Repite.
Hasta que mueras.
Es broma, es un poco dramático, jajaja. Pero después de mi
decimoséptima vuelta al lavavajillas, empezaba a ver por qué
Blake nos había advertido de que no 'nos volviéramos perezosos'.
Era un adicto a la adrenalina, a la caza constante de mi siguiente
dosis de dopamina. Una mierda repetitiva como servir mesas era
la definición de mi peor pesadilla.
Por suerte, Turtle estaba acostumbrado a evitar que despidieran
a mi culo con TDAH, y enseguida lo convirtió en una
competición.
Asignó puntos a los distintos tipos de platos e inició un recuento.
El primero en llegar a los mil puntos tenía derecho a las
marejadas del día siguiente.
Al final de nuestro turno, tanto el gerente como Blake sacudían
la cabeza asombrados.
—Ustedes dos son los mejores camareros que hemos tenido
nunca —dijo Blake cuando Turtle y yo nos reunimos con ella en
el puesto de los anfitriones. Nos habíamos quitado los uniformes
y estábamos listos para echar un vistazo a Leviathans con nuestra
nueva guía local.
Resoplé.
—Estoy bastante seguro de que soy el mejor camarero que has
tenido. Llegué a los mil puntos mucho antes que este bromista.
—Me reí.
Turtle me sonrió y se encogió de hombros antes de guiñarle un
ojo a Blake.
—Este chico es un poco competitivo.
Soltó una risita, sus ojos azules centelleaban divertidos.
—Ya lo veo. —La luz de sus ojos se apagó un poco al darse
cuenta de lo que eso significaba. Los Amigos competitivos
tienden a hacer mierdas tontas como montar olas monstruosas a
pesar de las advertencias de las lindas chicas locales.
Turtle tenía razón. Yo era competitivo. También era propenso a
la hiperfijación severa.
En cuanto nos enteramos de la existencia de Leviathans
mientras surfeábamos en el Este, mi mente se aferró a la idea de
montar en estos monstruos como un súper imán.
Era una sensación familiar, y conocía las señales de mi próxima
gran obsesión en ciernes. Una vez que me metía en la cabeza que
iba a hacer algo, literalmente no había nada en el planeta que
pudiera detenerme, ni siquiera yo mismo.
Corría a dos velocidades. O bien completamente cautivado por
algo hasta el punto de que me lo comía, dormía y respiraba, o
bien completamente desinteresado hasta el punto de que ni
siquiera podía concentrarme si alguien mencionaba el tema.
Mi madre solía decir a la gente: Con Finn, siempre hay plumas
o acero, casi como si fuera bueno ser completamente incapaz de
encontrar un término medio en algo.
Al ver la mirada de preocupación en los ojos de Blake, supe que
ella ya estaba empezando a ver esa cualidad peligrosa en mí.
—¿Vas a llevarnos a Leviathans o qué? —pregunté, y ella
asintió lentamente. Sus cejas se fruncieron como si de repente se
preguntara si mostrarnos la playa era una buena idea.
Había comprado aquel chalet porque sabía que estaba cerca de
Leviathans, pero aún no había podido encontrar la playa en sí. No
estaba señalizada. Según Blake, incluso los surfistas locales
desconfiaban de las olas traicioneras.
Blake conducía un viejo Volkswagen Golf. Me fijé en su tabla
de pescado atada al techo y sonreí. Bonita. Sabía que era genial.
Dejé que Turtle fuera de copiloto, ya que estaba claro que
intentaba ligar con ella. Me sorprendió llevándonos en coche a
sólo cuatro minutos de mi casucha. Aparcó a un lado de la
carretera y apagó el coche, haciéndonos señas para que
saliéramos.
—Por aquí —dijo, guiándonos hacia un sendero de tierra casi
completamente oculto que se adentraba en la maleza.
En cuanto nos salimos de la carretera y nos adentramos en el
terreno salvaje que rodeaba la costa rocosa, sentí que una
emoción me recorría el cuerpo.
Se me hincharon las pupilas y toda la sangre de mi cuerpo
pareció aflorar a la superficie de mi piel, haciéndome sentir calor
y frío al mismo tiempo. Temblaba mientras caminábamos, y cada
paso que me acercaba al lejano estruendo de las olas me aceleraba
el ritmo cardíaco.
No había reaccionado físicamente a algo así desde la primera
vez que sentí la arena entre los dedos de los pies, y tragué saliva,
algo desconcertado por la fuerte reacción que estaba teniendo
ante mi entorno.
Al final del sendero, nos detuvimos en un afloramiento rocoso
al borde de un acantilado, con vistas a una pequeña playa
escondida.
El acantilado tenía lo que parecía una escalera manejable de
piedra natural que sería bastante fácil de bajar si se tenía cuidado.
Sin embargo, no podía moverme.
En el momento en que mis ojos procesaron la vista que tenía
ante mí, se me trabaron los huesos y se me trabó la respiración en
la garganta.
Sentí un hormigueo en todo el cuerpo y me estremecí cuando
una de las descargas de dopamina más potentes que jamás había
experimentado me recorrió las venas.
Aquí, el agua no era del azul brillante al que estaba
acostumbrado, sino de un azul marino tan frío que parecía una
advertencia. Las puntas blancas de las olas eran violentos picos
de sal que marcaban el principio y el final de cada marejada. Casi
jadeé de excitación cuando el agua chocó contra las rocas y la
arena en ráfagas salvajes. Sentía un hormigueo en los dedos al
ver cómo los afilados bordes de las olas cortaban el terreno como
un cuchillo caliente la mantequilla.
Estábamos lo suficientemente arriba como para que las olas
debajo de nosotros parecieran diminutas, y sólo la experiencia me
dijo que eran mucho más grandes de lo que parecían.
Cada marejada que entraba en aquella pequeña y oscura sábana
de arena al pie del acantilado debía de haber despejado al menos
cuatro metros.
Un poco más de la mitad del tamaño de Leviathans de seis
metros que esperaba ver este invierno, pero aun así.
La pura potencia... la energía del océano bajo mis pies llamaba
a cada uno de mis centros de placer.
Casi podía oír al océano llamándome por mi nombre, retándome
a conquistarlo.
La hiperfijación que se había estado gestando en mi interior se
solidificó en ese instante.
Sentí un chasquido en el pecho y supe que conquistaría esta
playa o moriría en el intento, joder.
—¿Ves lo que quiero decir, Finn? Ni siquiera es temporada alta.
Esta playa es peligrosa. Más surfistas experimentados que tú han
muerto literalmente aquí. Tienes que tomártelo muy en serio —
dijo Blake. Me miró, con la clara esperanza de que esta pequeña
excursión me hubiera convencido de que me ciñera a olas más
seguras.
Sin embargo, Turtle me miró a la cara y se rió. Sabía que lo que
Blake acababa de hacer estaba teniendo el efecto totalmente
opuesto en mí.
Estaba jodido.
—Voy a destrozar esta playa —juré, con la voz baja y
entrecortada. La idea me emocionaba tanto que estaba al borde
de la excitación. Sentí una palpitación entre las piernas que no
tenía nada que ver con la rubia sexy que me había enseñado la
playa que acababa de alterar fundamentalmente la química de mi
cerebro.
—Eres un psicópata —susurró Blake, con los ojos azules muy
abiertos y la cara tan pálida que parecía que se iba a desmayar.
Le dediqué una sonrisa que me confirmó que, en efecto, era un
psicópata.
—Necesito aprender todo lo que hay que saber sobre cómo
rompen estas olas, y necesito aprender rápido —le dije, y ella
negó con la cabeza, mirando a Turtle como si fuera a ponerse de
su parte en este asunto.
Le dedicó una sonrisa de Turtle perezosa y se metió las manos
en los bolsillos de los pantaloncillos.
Su cabello castaño, ondulado y largo hasta los hombros, se
agitaba alrededor de su atractivo rostro mientras sus ojos oscuros
brillaban con una mirada probablemente muy similar a la mía.
—Nena, cuando mi bro Finn decide que va a montar, ni el diablo
podría detenerlo. No se le puede disuadir ahora.
—Sé serio. Podrías morir.
Vi cómo otra ola de cuatro metros se estrellaba contra la playa
con la fuerza de una pequeña bomba. La espuma blanca del mar
salió disparada hacia el aire salado como metralla, y mi sonrisa
se ensanchó.
—Entonces supongo que moriré feliz.
urtle y yo pasamos el resto de la tarde montando los
barrel, mucho más manejables, de la playa principal de
Stars Cove.
Blake se unió a nosotros, y fue genial verla montar. Era bastante
buena, joder, lo que reforzó aún más su advertencia sobre
Leviathans.
No es que fuera a escucharla... pero aun así. Definitivamente
había algo de martilleo.
Si a alguien tan experto como Blake le aterroriza tanto esa playa,
definitivamente necesitaría entrenar y aprender. En el mejor de
los casos, tendría que conseguir un entrenador de verdad. Alguien
que tuviera experiencia con esa playa en concreto y pudiera
enseñarme todos los entresijos.
Verás, el problema con un secreto local oculto como Leviathans
es que no había ninguna información en línea sobre los patrones
de olas. Playas más populares de como Banzai Pipeline en
Hawaii, por ejemplo, tienen una plétora de información que
podrías estudiar antes de sumergirte.
Aprender por qué las olas se forman como lo hacen es
importante para mantenerse a salvo, ya que suelen formarse
debido a peligros submarinos como arrecifes de coral o
formaciones rocosas.
Saber en qué te metías era la mitad de la batalla.
Como Leviathans era un secreto local muy bien guardado, no
pude encontrar nada en Internet sobre la playa, así que tendría
que buscar a un experto que me guiara si quería tener éxito.
El problema era que Blake no había bromeado acerca de que a
los habitantes de Stars Cove no les entusiasmara que yo comprara
la antigua casa de Jake Whittling.
Mientras nos balanceábamos sobre nuestras tablas, esperando
nuestro turno para caer, Blake nos presentó a algunos de los
veteranos locales. Ninguno parecía interesado en hablar
conmigo, y mucho menos en entrenarme.
—Gente dura —reflexionó Turtle mientras nos íbamos a
dormir. Atamos nuestras tablas al techo de Shelly y yo me encogí
de hombros, sin desanimarme lo más mínimo.
—Ya me tomarán cariño. —Le guiñé un ojo—. Nadie puede
resistirse a los hoyuelos.
—¡Juraste que solo usarías tus hoyuelos para el bien! —gritó
Turtle dramáticamente mientras sacaba un porro de su bolsa
húmeda antes de subir al lado del conductor de la furgoneta—.
¡Eras el elegido! Tus hoyuelos debían equilibrar la fuerza. ¡No
destruirla!
Solté una carcajada cuando se puso el porro entre los labios,
pero no lo encendió. Sabía que no debía conducir bajo los efectos
de la marihuana, sobre todo conmigo en el coche. Después de lo
que le pasó a mi madre, me negué a fumar o beber.
Turtle seguía haciéndolo, pero nunca lo hacía antes de tener que
conducir. Sólo tenía un poco de fijación con la mano y le gustaba
jugar con sus porros antes de fumárselos.
Me subí al asiento del copiloto y me despedí de Blake con la
mano mientras salíamos del estacionamiento del paseo marítimo.
Turtle alternaba la mirada entre Blake y su retrovisor mientras
daba marcha atrás, y yo le sonreía.
—Es linda, ¿eh? —Le ofrecí, y él me sonrió.
—Ella es más que linda, Bro. Quiero partir a esa chica por la
mitad.
—Jesús —resoplé—. Más despacio, acabamos de llegar. Tal
vez no deberías cagar donde comemos.
—¿Quién habló de cagar? Podría ser material de esposa. Señora
Turtle suena bien. —Sonrió mientras entraba en la carretera
principal y se dirigía a mi nuevo chalet.
—Voy a empezar a llamarte Conejo en vez de Turtle. Te mueves
a la velocidad de la luz, Bro; tengo latigazo cervical.
—Me imaginé que era porque a los conejos les gusta mucho
follar —bromeó, y yo negué con la cabeza, riendo.
—Llévame a casa, idiota —murmuré, de repente contento de
que ya no compartiéramos la furgoneta. Lo último que quería era
estar despierto toda la noche escuchando a Turtle masturbarse
con visiones de Blake en sus pequeños shorts rojos de Sharkies.
—Sí, sí, capitán. —Guiñó un ojo y encendió el equipo de
música, poniendo las suaves notas acústicas de Noah Kahan.
Alexa Play: Hanginaround de Counting Crows

abía dejado abiertas las cortinas de mi nuevo dormitorio


a propósito, así que cuando se filtró el resplandor coral y
mandarina del sol matutino, ya estaba levantado y listo
para empezar.
Antes de levantarme, me pasé una hora navegando por Internet
intentando encontrar algo sobre Leviathans, pero no encontré
nada.
Resuelto a preocuparme por encontrar un entrenador, una vez
que hubiese conseguido que la gente del pueblo se encariñara más
conmigo, decidí pasar el día trabajando en la parte física de mi
entrenamiento.
En un lateral de la cabaña había un banco de pesas con una barra
y dos platos de 20 kilos. También había un soporte para pesas
libres con mancuernas, que era más que suficiente para la parte
de entrenamiento de fuerza del régimen que había esbozado
mientras tomaba una taza de café y un tazón de avena normal.
Además, para que quede claro, sí, estoy de acuerdo en que la
avena es asquerosa. Pero es barata y tiene los carbohidratos que
necesito para tener energía. Así que, por blanda e insípida que
sea, me la trago a la fuerza.
Estaba estirando los cuádriceps, preparándome para hacer
sprints descalzo en la arena (correr en la arena es increíblemente
duro; ¡deberías probarlo!), cuando un hombre al que nunca había
visto pasó a mi lado.
Iba sin camiseta, en bañador negro y con una tabla de surf verde
azulado bajo el brazo. Era mayor que yo. No sabría decir cuánto,
pero si tuviera que adivinar, diría que rondaba los treinta. Tenía
los hombros anchos y era al menos dos cabezas más alto que yo,
con unos bíceps del tamaño de melones.
Tenía una mandíbula cincelada, cubierta de una barba áspera
pero bien cuidada, y el pelo le llegaba hasta los hombros, como a
Turtle, aunque el de este hombre era un remolino de dorados y
castaños.
Como yo, tenía algunas piezas claramente blanqueadas por el
sol y el agua salada.
Aquel hombre era exactamente igual que todos los demás
veteranos que había visto durante mi carrera de vagabundo
playero, y al mismo tiempo me daba la sensación de que era
completamente distinto a todos los que había conocido.
Algo en él me hacía cosquillas en el cerebro, como una extraña
sensación de familiaridad. Sentía que lo conocía, o que se
suponía que lo conocía, de alguna extraña manera.
La sensación era parecida a la de un déjà vu, y me pregunté si
había visto su cara en mis sueños, porque no se me ocurría ningún
lugar en el que pudiera haber conocido antes a ese hombre.
Quiero decir, yo había surfeado en muchas playas, y la forma en
que este chico se dirigía a mi costa privada como si el océano le
debiera algo me dijo que no era un chiflado. ¿Así que tal vez lo
he visto por ahí...?
Espera.
Así es... ¡Esta era MI costa privada!
¿Qué mierda? ¡Este Amigo acababa de pasar a mi lado sin
siquiera mirar en mi dirección!
¡Esta era mi propiedad!
No es que tuviera problemas en que la gente viniera a surfear a
mi playa, pero ¿al menos preguntar? ¿Eso era razonable?
¿Verdad?
Nunca había tenido una propiedad, pero estaba casi seguro de
que no estaba bien meterse en la tierra de otra persona y usar su
mierda sin permiso.
Recordando lo que Blake había dicho acerca de que la gente de
Stars Cove probablemente tuviera problemas con que yo
comprara este chalet, me pregunté si esto era algún tipo de
extraño juego de poder.
Como si este Amigo estuviera rodando hasta aquí para
mostrarme que no importaba si yo compraba este lugar, todavía
pertenecía a la ciudad, y ellos podían entrar y salir cuando
quisieran.
Yo no me clasificaría necesariamente como un tipo de mecha
corta, pero entre el hombre T y yo, yo era definitivamente el
más... uhhh, chispeante de los dos. Esa es la palabra que usaba
mi madre, al menos.
Así que cuando se me pasó el susto inicial de ver a aquel hombre
y se me encendió la chispa, no pensé en las consecuencias y me
lancé a por él.
—¡Eh! —grité, levantando arena a patadas mientras avanzaba
hacia él. Estaba de espaldas a mí y no respondió ni me miró.
Idiota.
—¡Oye! ¡Imbécil! ¡Te estoy hablando a ti! —ladré. El hombre
se detuvo. Me miró y frunció el ceño. De repente, me sorprendió
lo azules que eran los ojos de aquel hombre.
Eran tan sorprendentemente azules, como el color del océano en
esas revistas de viajes sobreeditadas. Eran incluso más azules que
los ojos de Blake, y eso ya era mucho decir. Aquellos dos
fragmentos arremolinados de aguamarina pura se clavaron en mi
cara y vi cómo su ceño se fruncía y se convertía en una expresión
de sorpresa.
Su boca se entreabrió ligeramente y le vi pasar la punta de la
lengua por el labio inferior mientras yo me acercaba, con el
temperamento aun ardiendo bajo mi piel.
—¡Sí, tú! Esto es propiedad privada, amigo. ¡No puedes usar mi
playa sin preguntarme si está bien!
Ahora estaba justo delante de él, a menos de medio metro, y
tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara.
Sentí un escalofrío al darme cuenta de que aquel hombre era
mucho más grande que yo. Quizá enfrentarme a él de frente no
había sido la decisión más inteligente que había tomado, pero aun
así...
El hombre me miró de arriba abajo y luego volvió la vista hacia
mi cabaña antes de inclinar la cabeza hacia un lado, curioso.
—¿Compraste el chalet? —preguntó. No sé cómo esperaba que
sonara su voz, pero no estaba preparado para el profundo
estruendo que sentí como algo físico mientras me envolvía. Se
me erizaron todos los pelos de los brazos y de repente me sentí
muy joven y pequeño de pie junto a él.
Todo su cuerpo estaba lleno de músculos gruesos y delgados.
Parecía un puto muro de ladrillo, todo líneas duras y bordes
afilados. Su piel era de un marrón dorado intenso, y su pecho
estaba cubierto de vello cuidado pero áspero, que enmarcaba sus
pezones oscuros, que destacaban en marcado contraste con su
piel dorada como la miel.
Parpadeé, sintiéndome raro por estar mirando los pezones de ese
tipo cuando debería estar echándolo de mi propiedad.
—Sí. ¿Tienes algún problema con eso? —le espeté. No
reaccionó ante el evidente veneno de mi tono. En lugar de eso, se
quedó mirándome como si yo fuera un rompecabezas grande y
complicado que no podía descifrar.
Miró por encima del hombro, como si comprobara que
estábamos solos, y luego arrastró la mirada hasta encontrarse con
la mía.
Sentí literalmente como si me quitara un peso del pecho cuando
apartó la mirada, y luego volviera a clavármelo de golpe cuando
nuestros ojos se encontraron de nuevo.
Se me cortó la respiración.
¿Qué le pasaba a este tipo? ¿Por qué tenía una reacción tan
fuerte hacia él?
Me sacudí la extraña sensación, atribuyéndola al hecho de que
estaba nervioso porque él se estaba entrometiendo tan
descaradamente sin ningún signo de remordimiento en mi hogar.
—¿Por qué iba a tener un problema con eso? —preguntó, con
un tono uniforme y seco. No parecía que le importara mi
respuesta.
—No lo sé. Mucha gente parece tener un problema con el hecho
de que compré el viejo lugar de Jake Whittling.
En cuanto pronuncié el nombre, me arrepentí. La cara del
hombre se descompuso como si lo hubiera golpeado físicamente.
Hubo un pesado y embarazoso momento de silencio y,
finalmente, pareció recuperarse y volvió a hablar, con la voz una
octava más baja que antes.
—Jake Whittling está muerto. ¿Qué importa quién compre su
lugar?
Mi ira desaparecía rápidamente. El calor en mis venas estaba
siendo reemplazado por una sensación de remordimiento. Estaba
claro que este hombre había conocido a Jake Whittling. El dolor
en sus ojos cuando mencioné su nombre fue tan crudo que me
sentí tragar saliva.
—Algunas personas de la ciudad ya montaron un escándalo
ayer. Pensé que estabas aquí para, no sé, hacer algún tipo de
declaración en contra —admití, frotándome la nuca con torpeza
mientras el tipo extraño seguía mirándome como si fuera yo el
que estaba invadiendo su propiedad y no al revés.
—Me importa un carajo si compraste el chalet, chico. Sólo estoy
aquí para surfear.
—Bueno, esta es mi playa. Si quieres surfear aquí, tienes que
pedir permiso.
De repente, la tristeza en los ojos del hombre desapareció y fue
sustituida por una especie de férrea dominación.
Por reflejo, di un paso atrás y me maldije internamente.
Qué manera de mantenerse firme, Finn.
—¿Quieres que te pida permiso? —me desafió. Aquella voz
grave y ronca me provocó una descarga de algo muy parecido a
un subidón de adrenalina. Algo en mis entrañas se tensó y en un
momento confuso se me llenó la boca de saliva.
¿Qué mierda?
Dio un paso hacia mí y me obligué a no retroceder mientras se
cernía a escasos centímetros de mi cara.
—He estado surfeando en esta playa desde que estabas en
pañales, niño. No te estoy pidiendo una mierda.
Se dio la vuelta para alejarse, y de repente, mi temperamento
volvió.
Extendí la mano sin pensarlo y le agarré el brazo. Mis dedos se
flexionaron sobre su carne cálida y sólida. Su piel era suave y
estaba caliente por los continuos rayos del sol de primera hora de
la mañana. A pesar del calor, me estremecí cuando volvió a clavar
en mí aquellos ojos azules como el hielo.
Miró hacia abajo, donde mis dedos rodeaban su antebrazo,
claramente sorprendido de que tuviera las pelotas de tocarlo.
Demonios.
Me sorprendió que tuviera las pelotas de tocarlo.
Nos quedamos inmóviles un momento, hasta que me di cuenta
de lo que estaba haciendo y aparté la mano. Siguió mirando
fijamente el lugar donde lo había tocado durante un largo rato y
yo carraspeé con torpeza.
—Uhm, lo siento. Es que...
Volvió a clavar lentamente su mirada en la mía y yo negué con
la cabeza, conteniendo la extraña sumisión que su presencia
parecía arrancarme.
Me obligué a enderezarme y me encontré de frente con su
mirada increíblemente intimidante. Me hice una idea. Si
realmente llevaba más de veinte años surfeando aquí, entonces
seguro que sabía algo de Leviathans. Aunque no hubiera surfeado
las olas él mismo, tenía que conocer alguna tradición local que
pudiera compartir conmigo. Le dediqué una de mis sonrisas más
encantadoras. Era la sonrisa que utilizaba para sacar bragas a las
chicas y conseguir mierda gratis de las tiendas de surf.
Aún no había conocido a nadie que fuera inmune a esta
particular sonrisa, y estaba dispuesto a apostar que este tipo no
era una excepción.
—¿Qué tal si hacemos un trato?
Entrecerró los ojos.
—¿Qué clase de trato?
—Busco a alguien que me entrene.
—¿Entrenarte?
—Sí, entréname.
—¿Entrenarte en qué?
—Necesito a alguien que me enseñe la mejor manera de
enfrentarme a Leviathans. Voy a destrozar esa playa este invierno
y necesito ayuda para prepararme. Si aceptas ayudarme, te dejaré
surfear en mi playa todo lo que quieras, sin preguntas.
Si pensaba que ya había enojado a este tipo antes, no era nada
comparado con la rabia pura que desgarró sus facciones ante mi
oferta.
De repente, estaba de nuevo frente a mí, con el labio curvado en
un gruñido, mostrando unos dientes perfectos y rectos.
—No tengo por costumbre llevar a los niños a la muerte,
muchacho. Ahora quítate de mi vista y vuelve al ejercicio que
estabas a punto de hacer antes de interrumpirme tan
groseramente.
Entonces, antes de que pudiera responder, se había ido.
Lo vi correr a toda velocidad hacia la playa y subirse a su tabla
de surf de color verde azulado, remando como un auténtico
experto.
l chico me siguió hasta el agua y yo apreté los
dientes con frustración. Nadie había surfeado en
esta playa en casi un año... no desde el incidente.
No tenía ni idea de que alguien había comprado la cabaña y,
sinceramente, aunque sabía que debería haberme alegrado de que
el... legado de Jake, a falta de una palabra mejor, empezara por
fin a borrarse, en realidad sólo me molestaba que ese idiota
estuviera aquí perturbando mi paz.
Porque era bueno que la ciudad por fin siguiera adelante. Los
chicos habían hecho todo lo posible para evitar que el accidente
se convirtiera en algo sensacionalista. Y la mayoría de los
dispositivos de seguridad que habían instalado para mantener a
Leviathans en secreto parecían haberse mantenido. O eso creía
yo.
Lo último que quería era que gente como este niño imbécil se
arremolinara en Leviathans y se matara montando olas en las que
no tenía nada que hacer.
Siempre había estado en contra de mantener el Chalet como una
especie de extraño santuario, sin importar lo que la muerte de
Jake significara para el pueblo... lo que significara para mí.
Vender el lugar significaba que la tragedia se desvanecería en el
pasado, donde pertenecía, y por fin podría descansar en paz
sabiendo que mi estupidez no pondría en peligro a toda una nueva
generación de surfistas.
En primer lugar, deseé que los chicos y yo nunca hubiéramos
descubierto Leviathans. Ahora, con ese niño descarado remando
detrás de mí en su tabla rosa, me arrepentía más que nunca.
—Joder, muchacho. Hago surf solo —espeté por encima del
hombro, apartándome el pelo mojado de la cara mientras me
preparaba para entrar.
—Sí, pero estás surfeando en mi playa, cabrón. Lo menos que
podrías hacer es escucharme —me gritó el mierdecilla mientras
cogía mi ola.
Sin embargo, sus protestas se desvanecieron cuando el agua
cayó y rodó bajo mi tabla. Me puse en pie de un salto,
olvidándome por completo del molesto niño en cuanto cogí
tracción. Me dejé llevar por la sensación familiar de atravesar la
sala verde, recorriendo con los dedos la cálida pared de agua al
pasar por el barri de la ola. Ya perdido en la magia del mar, me
sorprendí a mí mismo sonriendo ante la cacofonía de blancos,
azules y aguamarinas centelleantes que componían este mundo
temporal de cristal líquido.
Un momento de verdadera paz se apoderó de mí mientras
pasaba los dedos de los pies por encima de la punta de la tabla,
colgando en un hang ten, y pensé: Así debe ser el cielo...
El pensamiento fue fugaz, sin embargo, cuando ese niño
descarado me adelantó de repente, pasando por delante de mi
tabla en un claro intento de obligarme a abandonar.
Me invadió la rabia.
Meterse en la ola de otro no sólo era de mala educación, era
jodidamente peligroso.
¿Y este imbécil quería montar Leviathans?
¡Cabrón!
Perdí el equilibrio justo cuando rompió la ola y mi tabla salió
disparada. La cuerda de sujeción se tensó, impidiendo que mi
tabla se perdiera en el océano y provocando que una pequeña
chispa de pánico se disparara a través de mí.
Mientras rodaba por las secuelas de la ola, me enderezaba
instintivamente y seguía mi ronzal hasta la superficie, salí del
agua y me subí a horcajadas en mi tabla.
Podía oír al chico cacarear a lo lejos, y una rabia como hacía
años que no sentía me recorrió las venas.
Lo miré fijamente y, de repente, ya no se reía.
Me tumbé sobre la tabla y empecé a remar hacia él. Este
pequeño imbécil claramente tenía ganas de morir.
¿Quería suicidarse con Leviathans? Yo se lo pondría fácil y
ahogaría su flaco culo aquí y ahora.
Tragó saliva cuando se dio cuenta de que yo buscaba sangre y
se pegó a su propia tabla, cogiendo una pequeña ola hacia la
orilla.
Maldije en voz baja y lo seguí.
Cuando llegué a las aguas poco profundas, él ya estaba
corriendo por la arena de vuelta a la cabaña, y casi me echo a reír.
Estaba muy equivocado si pensaba que allí estaría a salvo de mí.
Básicamente había crecido en aquel Chalet. Sabía cosas sobre
él que ninguna otra persona viva conocía, como el hecho de que
podías desactivar el mecanismo de bloqueo de la manilla de la
puerta empujándola ligeramente hacia dentro y dándole un cuarto
de vuelta en el sentido de las agujas del reloj.
Corrí tras él y me solté la correa del tobillo, abandoné la tabla y
seguí al chico hasta la cabaña.
Como era de esperar, trató de cerrarme la puerta y gritó
aterrorizado cuando entré por la puerta como si fuera el dueño del
lugar.
—¡Amigo! Era una broma, ¡relájate! —balbuceaba, levantando
las manos y retrocediendo para alejarse de mí.
Era tan pequeño. Sólo un mequetrefe, y me obligué a reprimir
mi diversión por el hecho de que se sintiera lo suficientemente
valiente como para joder conmigo. No había terminado de
cabrearme con él. No había tiempo para admirar las gigantescas
pelotas que debía tener escondidas bajo ese bañador hawaiano.
Haciendo caso omiso de sus protestas, avancé hacia él hasta que
se apoyó contra la pared, justo entre los retratos en blanco y negro
de Mark Foo y Keala Kennelly.
Lo estampé contra la pared por la garganta y me maravillé de la
facilidad con que mi mano se lo tragaba entero.
—¡Jesús, Amigo! Lo siento, ¿de acuerdo? —Pataleaba y me
arañaba la mano mientras yo lo veía forcejear bajo mi agarre. Me
quedé mirando, fascinado, cómo me raspaba la piel con sus uñas
romas, haciéndome profundas marcas rojas en la muñeca.
Había evitado a la gente desde el accidente, así que, aunque sus
marcas dolían, eran extrañamente reconfortantes.
Eran mejores que no sentir nada.
Ahora que lo tenía inmovilizado, me tomé un segundo para
mirarlo de verdad.
Tenía una mata de pelo dorado del que asomaban algunos
mechones decolorados por el sol.
Sus mejillas, enrojecidas por el esfuerzo físico, estaban
salpicadas de pecas. Sus ojos color avellana parecían azules por
fuera, pero ahora se inclinaban hacia un verde suave. Cada ojo
estaba delineado con gruesas pestañas oscuras. Estaba tan cerca
que casi podía contarlas.
Tenía una gota de agua salada en los labios rosados y vi cómo
sacaba la lengua para lamérsela mientras seguía agitándose y
arqueándose contra mi férreo agarre.
—¿Te parece bien entrar en la ola de otra persona? —le
pregunté en voz baja y tranquila. Cuanto más forcejeaba, más
apretaba yo, disfrutando de cómo sus mejillas rosadas empezaban
a adquirir un alarmante tono rojo.
Tosió y sacudió la cabeza.
—No, es que... ¡no sabía de qué otra forma llamar tu atención!
—graznó. Podía sentir los latidos de su corazón en las yemas de
mis dedos y me obligué a aflojar un poco para que pudiera
respirar.
—Ahora tienes mi atención —gruñí, y sus mejillas adquirieron
un tono carmesí aún más intenso. Tenía la piel enrojecida y
caliente bajo mi palma, y volvió a retorcerse, aunque ahora
parecía menos desesperado.
Me miraba de una forma que de repente me hizo sentir
desequilibrado. No sabía a qué se debía, pero el corazón me dio
un vuelco.
—Escucha... —Volvió a toser, y yo, por reflejo, retrocedí un
poco más, dejándolo tomar una gran bocanada de aire que
claramente necesitaba—. Necesito tu ayuda. Quieres surfear en
mi propiedad; todos salimos ganando.
—No necesito tu permiso para surfear aquí. No puedes
impedírmelo —señalé, inclinando la cabeza hacia su forma
aplastada y resbaladiza. No tenía vello y era delgado.
Tan... joven y... vibrante.
Se me hizo un nudo en la garganta y exhalé lentamente por la
nariz, apartando el trauma del accidente que me atormentaba en
todo momento.
—¡Llamaré a la policía!
Solté una carcajada y me incliné más hacia él, disfrutando de la
forma en que el color de sus mejillas seguía aumentando ante mi
proximidad. Olía... increíble. A mar y a crema solar, pero
también a algo más masculino y crudo. Algo que estaba seguro
de que era su olor natural. Resistí el repentino impulso de
inclinarme más para inhalar.
En vez de eso, gruñí:
—Adelante, chico. No van a hacer una mierda.
Su expresión pasó del enfado a la frustración, a la desolación y,
finalmente, a la derrota.
Se desinfló contra la pared y agachó la cabeza.
Debería haberme sentido feliz por haber ganado.
Pero algo en ver todo el fuego derretirse fuera de él sólo me
cabreó aún más. Me recordaba demasiado a mí mismo y a todo
lo que perdí el día que esa ola mató a Jake Whittling.
—¿Ya está? ¿Te rindes? —Me encontré diciendo, mi tono
mucho más acusador de lo que debería haber sido.
Levantó la cabeza y me miró con los ojos entrecerrados.
—Nunca me rendiré, Amigo. Si no estás dispuesto a ayudarme,
encontraré la forma de hacerlo por mi cuenta. Voy a surfear
Leviathans. Está sucediendo. Ayúdame o no me ayudes —me
espetó, y yo gruñí, con los dedos apretados alrededor de su
garganta de nuevo.
Acaricié con el pulgar los latidos de su corazón, apretando los
dientes con frustración.
Pum, pum, pum.
Fuerte. Vibrante. Vivo.
—¿Tienes ganas de morir, joder? —espeté, y él se rió entre
dientes, dedicándome una sonrisita pícara que estaba seguro de
que lo sacaba de todo tipo de apuros. Tenía hoyuelos en ambas
mejillas y apostaría dinero a que con esa sonrisa convencía al
diablo de que le diera un pase.
—No moriré si me ayudas. —Sonrió satisfecho y se encogió de
hombros a pesar de que aún lo tenía inmovilizado contra la pared
por la garganta—. Si no me ayudas... bueno. Supongo que
probablemente moriré. —Suspiró, revisándose las uñas como si
yo no estuviera a punto de aplastarle la maldita tráquea.
Pequeño cabrón.
Me miró fijamente y su sonrisa pícara se ensanchó. Sabía que
me tenía.
Con un gruñido, lo solté y me alejé, pasándome los dedos por el
pelo y tirando de las raíces con frustración.
Esto no era el cielo. Esto era el maldito infierno.
Que le den a este chico.
—¿Qué te pasa? —siseé—. ¿No valoras en absoluto tu vida?
¿No te enteraste de lo que pasó el año pasado? ¿Sobre por qué
esta chalet estaba disponible para que la compraras?
Se frotó la garganta con cautela, mirándome con un ojo cerrado
como si le doliera tocar el moretón que le estaba saliendo en el
cuello.
La culpa me invadió y enseguida me arrepentí de haber perdido
los estribos de aquella manera. No podía tener más de ¿cuántos
años? ¿Veinte? ¿Veintiuno?
No era culpa suya que fuera un idiota. Ya se le pasaría.
Tenía que...
Creo que sí.
—Sí, lo he oído. Apesta, pero no soy ese chico Jake. Voy a
hacerlo, y voy a vivir para hablar de ello.
Lo fulminé con la mirada.
Qué arrogante.
Ignoré la voz en mi cabeza que me recordaba que yo también
había sido arrogante alguna vez. Todos lo habíamos sido. No
habíamos tenido a nadie que nos entrenara o nos enseñara.
Quizá si lo hubiéramos hecho, las cosas habrían sido diferentes.
Mirando al testarudo cabrón que tenía delante, sabía que nada
de lo que le dijera lo disuadiría de hacerlo.
Lo sabía porque nada me habría disuadido de hacerlo.
—Bien —ladré, y la sonrisa que se dibujó en la cara del chico...
Se le marcaron los dos hoyuelos, y fruncí el ceño.
—¿En serio? —preguntó, saltando en el aire como un frijol
saltarín mexicano.
Me pellizqué el puente de la nariz y suspiré.
—Sí. En serio.
—¿Qué, como, ahora?
Lo fulminé con la mirada mientras me dirigía a la puerta.
—No, chico. Ahora no —me burlé—. Empezaremos mañana.
Ahora, voy a terminar mi sesión de la mañana. Trata de no
dejarme caer de nuevo, ¿sí?
Asintió con la cabeza ansiosamente, con una sonrisa de
megavatio tan grande que juraría que las comisuras de sus labios
iban a tocarle las orejas.
—¡Sí, sí! No hay problema... Señor...
—Riddick. Puedes llamarme Riddick.
—¡Ya lo tengo, Riddick! —gorjeó alegremente, y me detuve en
la puerta justo cuando estaba a punto de salir.
—Una última cosa... —Me quedé a medias, deseando
claramente que me dijera su nombre.
—Finn.
Asentí con la cabeza.
—Una última cosa, Finn. Si le dices a alguien sobre nuestro
pequeño arreglo, el trato se cancela, ¿entendido?
Su enorme sonrisa se desvaneció y frunció el ceño.
—¿Cómo es eso?
Suspiré.
—Mis compañeros y yo llevamos años intentando evitar que
Leviathans sea un enjambre. A nadie le va a emocionar oír que te
entrenas para cabalgar la ola que mató al chico del póster de Stars
Cove.
Esto no pareció sentarle bien, y me burlé.
—¿Así que estás en esto por la gloria, entonces? ¿Necesitas las
multitudes, los títulos y los elogios o no de acuerdo la pena?
Frunció el ceño y apretó la mandíbula, clavando en mí su mirada
feroz y pícara.
—No se trata de eso. Se trata de demostrarme a mí mismo que
puedo hacerlo —insistió, y mi labio se crispó.
—Bueno, entonces no deberías tener problemas para mantener
la maldita boca cerrada. Bienvenido al club, chico.
—¿Hay un club? —preguntó entusiasmado, siguiéndome fuera
del Chalet, para mi consternación.
—Sí, hay un club —refunfuñé.
Y la única salida es en una puta bolsa para cadáveres.
Pero esto último no se lo dije al diablillo. Eso era algo que
tendría que aprender por sí mismo.
asé el día surfeando con Riddick.
Bueno, CON Riddick fue una exageración. Apenas
se dio cuenta de que estaba allí. Pero yo estaba con
él, lo quisiera o no.
Era mejor que yo.
Era mejor que cualquiera que hubiera conocido, si era sincero.
Podía entender por qué estaba tan cabreado conmigo por dejarme
caer en su ola después de haberle observado durante sólo una
hora.
Riddick no se cayó.
Y digo, nunca.
Y no es que estuviese surfeando sin más; estaba haciendo una
mierda súper pro y avanzada con los ojos básicamente cerrados.
Riddick haciendo un layback era una de mis nuevas cosas
favoritas. Quería ser capaz de hacer las cosas que él podía hacer.
Quería ver cómo se veía mientras lo hacía.
Era increíble.
Al ver a Riddick surfear, sentí como si estuviera presenciando
algo sagrado. La mirada de serenidad que se apoderaba de su
expresión cada vez que cogía una ola me hipnotizaba.
Entonces me miraba a los ojos, y esa mirada desaparecía e
inmediatamente era sustituida por un ceño duro y malhumorado.
Creía que no le caía muy bien, lo cual no era habitual en mí. La
mayoría de la gente me quería, así que me molestaba que Riddick
no lo hiciera.
Me ignoraba cada vez que intentaba charlar con él y ponía los
ojos en blanco cada vez que intentaba hacerle una pregunta sobre
sí mismo.
Y tenía muchas preguntas.
¿Cuánto tiempo llevas practicando surf?
¿Has surfeado en Hawai?
¿Quién te enseñó a hacer un Hang ten?
¿Puedes enseñarme a hacer un hang ten?
¿Has participado en alguna competición de surf?
Eres lo suficientemente bueno para participar en competiciones
de surf. ¿Crees que soy lo bastante bueno para participar en
competiciones de surf? Hay una a la que siempre he querido ir
en Australia.
¿Has estado alguna vez en Australia?
He oído que el surf es súper pro allí. ¿Crees que es verdad?
Aunque tienen muchos tiburones.
¿Has visto alguna vez un tiburón?
¿Qué harías si vieras un tiburón?
¿Te dan miedo los tiburones? La verdad es que no sé lo que es
tener miedo a las cosas, pero a veces me pregunto qué pasaría si
un tiburón intentara morderme, pero luego me olvido de ellos
una vez que estoy montando... ¿A ti también te pasa? ¿Piensas
alguna vez en tiburones mordisqueándote?
—¡BASTA! —me gruñó finalmente mientras montaba su
última ola en la playa.
Salimos del agua y troté tras él, con la tabla bajo el brazo. Era
bastante más alto que yo, así que tuve que dar dos pasos por cada
paso que él daba para seguirle el ritmo.
—¿Adónde vas? ¿Te llevan a casa? ¿Cómo has llegado hasta
aquí? ¿Dónde vives? Puedo llamar a mi amigo Turtle, y él puede
llevarte si lo necesitas... —balbuceé alegremente mientras él se
arrancaba la correa del tobillo y sacudía bruscamente la cabeza
como si intentara sacarse el agua de las orejas.
—¿Alguna vez te callas? —espetó, girando sobre mí, y yo
sonreí.
—Nuh-uh —respondí con sinceridad.
Me miró fijamente durante un largo rato y yo me quedé allí,
sonriéndole.
Vamos grandote. Admite que soy adorable. Nadie puede
resistirse a estos hoyuelos.
Eso es lo que mi madre solía decir siempre.
Me dijo que mis hoyuelos serían la clave para conquistar el
mundo algún día, y hasta ahora no me han defraudado.
Riddick era terco, seguro, pero no podía resistirse a mí para
siempre. Yo era adorable como un carajo, y lo sabía.
—No, no necesito que me lleven —dijo por fin, con sus ojos
azules brillando con algo que yo no entendía—. Volveré aquí por
la mañana. A las cinco de la mañana. Debes estar listo.
—¿Cinco de la mañana? Amigo, tengo un turno esta noche en
Sharkies. Es de cierre; no terminaré hasta las dos.
Riddick se encogió de hombros.
—No es mi problema.
Joder.
Iba a tener que pedir que no me pusieran en el cierre si insistía
en empezar tan temprano todos los días.
Me miraba fijamente, su rostro era un muro impasible, y supe
que me estaba retando a discutir con él.
Asentí y me despedí, sin querer darle una excusa para acusarme
de falta de compromiso.
—Shí sheñol. Cinco AM. Estaré listo.
Entrecerró los ojos.
—Algunas otras cosas.
Sonreí, animándome.
—¿Sí? Soy todo oídos. —Ojalá tuviera un cuaderno para anotar
la gran sabiduría que estaba seguro de que estaba a punto de
impartirme.
Frunció el ceño, pero continuó como si yo no hubiera dicho
nada.
—Si vamos a hacer esto, habrá reglas.
—Sí, ya lo has dicho. —Asentí, fingiendo cerrar la boca.
Su expresión permaneció inexpresiva y seria. Tuve la clara
sensación de que me observaba atentamente y de que mi reacción
a sus siguientes palabras era importante.
—A partir de ahora, no beberás, fumarás ni saldrás de fiesta.
¿Eso era todo? Me encogí de hombros.
—No hay problema. De todas formas, no bebo.
Los ojos de Riddick se abrieron de par en par, sorprendidos.
—¿No?
Sacudí la cabeza.
—Nuh-uh. A mi madre la mató un conductor borracho. Desde
entonces no me ha interesado nada el alcohol. Tampoco fumo. La
vida sobria es la vida para mí.
Por una fracción de segundo, pensé que sus ojos azules como el
hielo se habían suavizado, pero debía de estar imaginándomelo,
porque parpadeé y, al segundo siguiente, su expresión volvía a
ser dura como la piedra.
Me revolvió el estómago.
Quería que se impresionara de que no bebiera. Tenía la
sensación de que sí, pero necesitaba que validara mi sospecha.
No estaba seguro de si era por verlo surfear todo el día o por el
hecho de que probablemente era la primera persona que había
conocido que no se encariñaba inmediatamente conmigo, pero
necesitaba su aprobación como mi próximo aliento.
—Bien. Una cosa más.
—¿Sí?
—No follar.
Sentí como si me hubiera golpeado físicamente.
—¿Q-qué?
—No lo repetiré —dijo, girando sobre sus talones y llevando su
tabla hacia mi cobertizo.
—¡Espera! ¿No follar? ¿Por qué no?
—Follar lleva a las relaciones. Las relaciones son distracciones.
No tienes tiempo para distracciones si quieres sobrevivir a
Leviathans. Necesito que te concentres al cien por ciento en tu
entrenamiento. No te estás centrando en tus objetivos si andas por
ahí persiguiéndote la cola o preocupándote de que una chica te
rompa el corazón.
Eso tenía sentido, en realidad.
Asentí con la cabeza y lo seguí hasta el cobertizo, donde colocó
su tabla en el estante junto a las mías.
Oookayyy. Supongo que ahora guardaba sus tablas aquí.
—De acuerdo. Puedo hacerlo.
Creo que...
Joder. Esa era la regla que iba a ser la más dura.
Pensé en Blake y en lo probable que era que Turtle tuviera la
misión de meterse en sus pantalones. Normalmente, actuábamos
como compinches el uno del otro. Iba a ser difícil explicarle a
Turtle por qué no podía unirme a él en la gran persecución de
coños... sobre todo sin poder hablarle de Riddick.
Riddick me lanzó una mirada escéptica y enarcó una ceja como
si dudara de que pudiera hacerlo.
Fruncí el ceño.
—No me mires así. ¡Puedo hacerlo! Todavía puedo pajearme,
¿verdad?
Ladeó la cabeza.
—Dejaré que tomes esa decisión por tu cuenta.
—¿Qué significa eso? —pregunté, con la boca abierta.
—Significa exactamente lo que tú crees que significa —dijo,
apartándose de mí y caminando de nuevo hacia la playa.
—¡No sé lo que creo que significa! ¿Por qué lo has dicho así?
¿Intentas decirme que no puedo follar o masturbarme? —Me
apresuré a perseguirlo mientras se dirigía hacia el límite de mi
propiedad. Cuando lo alcancé, ya había desaparecido entre los
matorrales sin más ropa que su bañador.
—¡Riddick! ¡Tengo veintiún años! Si no puedo follar o hacerme
una paja, ¡seguro que me explotan las pelotas! —le gritaba
mientras lo perseguía hasta la maleza.
—¡Ay, joder! —grité al pisar una piedra afilada. Me agarré el
pie y salté sobre una pierna, escudriñando los helechos y las
palmeras en busca de Riddick.
Ya no podía verlo. El único indicio de que había estado allí era
el crujido lejano de las ramas cuando se adentró en el terreno
salvaje que rodeaba mi propiedad.
Maldita sea, era rápido.
¡Ni siquiera llevaba zapatos!
Me miré el pie, aliviado al ver que la roca no me había roto la
piel, aunque tal vez me hiciera un moretón.
¡Eso dolió como una perra!
¿En serio no quería que me masturbara?
Mi mente daba vueltas y no sabía qué pensar.
¿Seguro que tener las pelotas más azules del planeta sería tan
mala distracción como una relación?
Probablemente lo estaba malinterpretando.
Sacudí la cabeza y di media vuelta, decidido a prepararme para
mi turno en lugar de preocuparme por lo que Riddick quería decir
con Dejaré que tomes esa decisión por tu cuenta.
¿Por qué lo hizo sonar como una prueba?
Como, ¿si elegía mal, no me entrenaría?
¡Joder!
Me pasé la mano por la cara y solté un suspiro exasperado.
No importa. No es como si él fuera a saber si me había
masturbado. Y no lo necesitaba en este momento, así que no tenía
sentido preocuparse por ello hasta que se convirtiera en un
problema.
Por ahora, lo único que necesitaba era superar mi segundo turno
y dormir todo lo posible antes de que el enigma que era Riddick
volviera a aparecer para confundirme aún más.
omo era de esperar, Turtle quería que volviera a la
furgoneta después del trabajo. Había invitado a Blake
y a su amiga Quinn, que estaba buenísima, a venir a
“relajarse”, lo que normalmente significaba que íbamos a intentar
echar un polvo.
Quinn era una morena menuda y bronceada, con el pelo brillante
y grandes ojos verdes. Era casi exactamente mi tipo. Lo peor era
que también era muy genial y le gustaba mucho el surf.
Si hubiéramos conocido a estas chicas en la Costa Este, me
habría metido hasta las pelotas en Quinn antes de que pudieras
decir “relájate”.
Pero le había prometido a Riddick que no me follaría a nadie,
así que tuve que inventarme alguna excusa sobre que me dolía el
estómago para poder irme a casa.
Aquella noche me empalmé mientras me duchaba y pensaba en
lo que podría haber pasado con Quinn si me hubiera quedado. Por
costumbre, bajé mi mano para acaríciame a mí mismo cuando los
penetrantes ojos azules de Riddick atravesaron de repente el
primer plano de mi mente.
'Significa exactamente lo que crees que significa'.
La polla me palpitaba en la mano y me obligué a dejar de
acariciármela, aunque me masajeé un poco los huevos con la otra
mano, haciendo todo lo posible por sofocar el fuego que se había
estado formando allí abajo.
Joder.
Esto era ridículo.
Definitivamente, no quería decir que no pudiera correrme.
Cerré los ojos, volví a pensar en la bonita cara de Quinn y volví
a tirar de la polla, fingiendo que eran sus labios hinchados y
brillantes los que me envolvían en lugar de mi propia mano.
Llevaba dos golpes cuando mi estúpida mente empezó a
jugarme malas pasadas.
De repente, sentí que alguien me observaba. Parpadeé y me
imaginé que Riddick estaba en el baño conmigo, con sus ojos
azules fijos en mi polla palpitante.
La expresión de su cara me dijo que no le impresionaba que
estuviera en la ducha tocándome, y fruncí el ceño.
Parpadeando de nuevo, sacudí la cabeza para librarme de su
imagen e intenté conjurar de nuevo a Quinn, pero no pude volver
a entrar en ella.
¿Por qué había imaginado a Riddick aquí, observándome?
Se me puso la piel de gallina y la polla me palpitó
dolorosamente al pensar en sus ojos clavados en mi polla,
viéndome acariciarme.
No podía quitarme la sensación de que se sentiría decepcionado
conmigo por haber fallado en su reto el primer día... aunque
nunca me había confirmado que en realidad no debía hacerme
una paja.
Sin embargo, yo era muy competitivo. Aunque hubiera una
pequeña posibilidad de que realmente me hubiera estado retando
a no hacerme una paja, no podía dejarlo ganar.
Y menos la primera noche.
Volví a sacudir la cabeza, solté la polla, que seguía dura como
una roca, y salí de la ducha, con la esperanza de que, si ignoraba
mi erección, se calmaría pronto.
e desperté todavía duro.
—Jooooderrr —gimoteé, rodando fuera de la cama
y tropezando hasta el baño para intentar mear. Fue
difícil y dolió a lo bruto, teniendo en cuenta lo empalmado que
estaba. Sin embargo, el esfuerzo pareció ayudar
considerablemente con mi pequeño problema, y para cuando
Riddick entró en el Chalet como si viviera aquí, mi erección había
desaparecido.
Gracias a Dios.
Su mirada se clavó en la mía mientras yo estaba a mitad de la
cucharada de avena. Se me cortó la respiración.
El recuerdo de la extraña fantasía que había tenido la noche
anterior con él mirándome en la ducha nadó por mi mente, y sentí
que se me encendían las mejillas.
¿qué carajo me estaba pasando?
—¿Eso es todo lo que comes? —preguntó bruscamente, con el
rostro inexpresivo.
—Uhhh, así es, síp.
—También necesitas proteínas. Todos los días. Duplica el
tamaño de tus porciones. Quiero que engordes al menos 5 kilos
antes del invierno.
—De acuerdo. No hay problema. —Acepté rápidamente. Le
pediría a Turtle que me llevara a hacer la compra después de la
sesión de hoy.
—Vamos —ordenó antes de girar sobre sus talones y despojarse
de la camiseta al salir.
—De acuerdo, joder. —Me metí el resto de la avena en las
mejillas y lo perseguí, intentando tragarme la papilla sosa y
grumosa mientras corría.
—¿Debería agarrar mi tabla o...?
—No. Hoy nos centraremos en cardio y resistencia.
Asentí con entusiasmo.
—De acuerdo, genial.
Riddick se dirigió hacia la orilla y yo lo seguí tan de cerca que
casi le besaba los talones.
Se detuvo antes de entrar en el agua y giró para mirarme.
—¿Bebiste anoche? —preguntó bruscamente. Fruncí el ceño.
—No, ya te dije que no...
—¿Fumar?
—No, Riddick.
—¿Follar?
—No.
—¿Hiciste algo más que deba saber? —me preguntó, y el
corazón me dio un vuelco.
—¿Qué quieres decir? —balbuceé, recordando una vez más
cómo me lo había imaginado mirándome acariciarme la polla en
la ducha. Sus penetrantes ojos azules clavándome esa
devastadora mirada de decepción.
No me contestó; se limitó a mirarme fijamente con esa
expresión fría e inexpresiva que siempre tenía.
—¿Qué quieres decir? —volví a preguntar, ahora con voz más
baja. El corazón me latía con tanta fuerza que me preocupaba que
pudiera ver cómo me saltaba el pulso en la garganta.
—Quiero decir exactamente lo que crees que quiero decir, Finn
—respondió, con voz baja y tranquila. Sentí que me recorría una
oleada de calor.
¿Así que quería decir lo que yo creía que quería decir ayer?
¿No quería que me pajeara?
¿Era raro?
¿Debería pensar que eso era raro?
¿Por qué se sentía caliente en lugar de raro?
¿Me gustaba... eso?
¿Me gustaba él? ¿De la misma forma que me gustaban las
chicas como Quinn?
Mi mente ni siquiera podía comprender ese pensamiento.
Miré a Riddick... como, realmente lo miré.
Objetivamente, estaba buenísimo. Estaba en forma y tenía uns
de esas V que desaparecían en la cintura de sus pantalones cortos.
Mi mirada se deslizó por su pecho y sus abdominales y se posó
entre sus piernas, donde pude distinguir el contorno de su polla.
Definitivamente era una polla enorme... Si me gustara, ¿qué
haría con una polla así?
¡Joder!
¡Acabo de verle la polla!
¿Se dio cuenta?
Levanté la vista y me encontré con que seguía mirándome
fijamente, esperando a que respondiera a su pregunta.
Juraría que la comisura de sus labios se crispó, pero tal vez me
lo estaba imaginando.
—Uhm, bueno, empecé a... ya sabes, porque no estaba seguro,
pero luego paré porque pensé que quizás si lo que pensaba que
habías dicho era realmente lo que querías decir, no quería fallar...
especialmente en la primera noche. Así que, sí, lo hice un poco...
¡Pero no me corrí!
Se limitó a enarcar una ceja y siguió mirándome.
Oh, Dios, ¿por qué carajo le acabo de decir eso?
Tenía la cara muy caliente y estaba definitivamente rojo como
un tomate.
Me inquieté bajo el peso de su mirada y apreté los dedos. ¿Por
qué tenía la sensación de haber hecho algo malo?
¿Estaba decepcionado conmigo?
¿Por qué carajo me importaba que este tipo que acababa de
conocer se sintiera decepcionado conmigo por tocarme?
¿Por qué había dado esa información? Podría haber mentido.
Lo peor era que aún no estaba seguro de si era eso lo que me
había preguntado. ¿Quizás me había preguntado si le había
contado a alguien lo de nuestro acuerdo? Eso tendría mucho más
sentido.
OhDiosOhDiosOhDios...
Esto fue jodidamente humillante.
—Yo… uhm…
—Vas a darme una hora de natación a intervalos de alta
intensidad —dijo secamente.
El brusco cambio de tema me sentó como si me hubiera echado
un cubo de agua fría encima.
—Oh-o-okay... —tartamudeé, escudriñando su rostro en busca
de cualquier indicio de que pensara que estaba loco por haberle
dicho que no me corrí la noche anterior. Sin embargo, como
siempre, su expresión seguía siendo dura e impenetrable.
—Vas a darme cinco sprints de 100 metros con 30 segundos de
descanso, seguidos de 500 metros de natación relajada.
Se acercó más a mí al decirlo, manteniendo su mirada clavada
en la mía y, por alguna razón, se me puso la piel de gallina ante
su proximidad.
Sentí el calor que irradiaba y eché la cabeza hacia atrás para no
mirar directamente su pecho cincelado.
Mi polla se crispó en mis pantalones y tragué saliva.
—Sí. Claro, Riddick, no hay problema.
Nos quedamos allí de pie, mirándonos fijamente, y yo me
concentré todo lo que pude en no volver a empalmarme.
Piensa en mierda no calientes... piensa en abuelas... caca de
perro, ¡bichos muertos!
—Finn. —Su voz retumbó a través de la corta distancia que nos
separaba, compitiendo con el estruendo de las olas al
arremolinarse en la orilla.
Tragué saliva.
—Um, ¿sí?
—¿Qué esperas?
—Cierto, lo siento... —Me aclaré la garganta y me giré para
entrar en el agua.
Una mano fuerte me rodeó el bíceps y me empujó hacia él.
Tropecé y caí sobre él. De repente, apoyé la palma de la mano
en su cálido pecho mientras intentaba estabilizarme. Mis dedos
rozaron su pezón y observé fascinado cómo se endurecía... como
lo haría el pezón de una chica.
Se me hizo la boca agua y me lamí los labios antes de volver a
mirarlo.
Me rozó el bíceps con el pulgar de una forma que me pareció
muy intencionada y se inclinó hacia abajo, acercándome la boca
a la oreja.
—No te ahogues —susurró, y sentí un cosquilleo en el cuero
cabelludo cuando su aliento caliente me acarició el cuello.
Entonces, sin previo aviso, me empujó lejos de él, y tropecé sin
gracia en el agua.
Me miró salir nadando con esa misma expresión ilegible en la
cara, y nunca había estado tan agradecido de estar en el océano
como en ese momento.
Mientras estuviera aquí, la prueba del extraño efecto que parecía
tener en mi cuerpo quedaba entre las olas y yo.
espués de la primera hora, cuando no daba muestras de
cansancio, me hizo hacer otros sesenta minutos.
Luego otros.
Hasta que realmente casi me ahogo.
Tuvo que venir a buscarme cuando mis brazos dejaron de
funcionar y apenas podía mantenerme a flote.
Me atraganté y escupí el agua de mar que había tragado mientras
me arrastraba sin contemplaciones de vuelta a la playa y me
arrojaba sin esfuerzo a la arena.
Me levanté con brazos temblorosos, tosí e hice una mueca de
agotamiento.
—Siento que voy a morir.
—Deja de ser tan dramático. No vas a morir.
—Amigo, acabo de matarme ahí fuera durante tres horas, ¡y
todavía pareces cabreado conmigo o algo así!
Levanté la vista hacia él, entrecerrando los ojos contra el calor
abrasador del sol para intentar distinguir su rostro mientras se
alzaba sobre mí.
—Tuve que salvarte de ahogarte el primer día, Finn. ¿Qué
pensabas? ¿Que te iba a dar una recompensa?
Lo miré con el ceño fruncido, los primeros pellizcos de ira
empezaban a invadirme.
Me puse en pie temblorosamente, parpadeando para alejar las
manchas oscuras que nadaban por mi visión.
—¡Estuve haciendo vueltas de alta intensidad durante tres
horas, Riddick! ¡Cualquiera lo pasaría mal con eso!
Sus ojos parpadearon, pero fue la única señal que dio de que lo
había cabreado. Para ser sincero, estoy seguro de que ya estaba
enojado. Estaba enojado conmigo incluso antes de enviarme al
océano.
Una pequeña parte insegura de mí se preguntaba si era porque
había admitido que me había tocado, y esto era una especie de
extraño castigo por desobedecer su orden supervaga que ni
siquiera estaba seguro de que fuera realmente una orden.
De repente, se me echó encima. Retrocedí un par de pasos
temblorosos, pero me esposó la garganta. No apretó con tanta
fuerza como el día anterior y, si no lo conociera, diría que estaba
teniendo cuidado de no agravar el leve moretón que ahora tenía
en la garganta por la brusquedad con que me había tratado en la
cabaña.
—¿Crees que tres horas es mucho?
—¡Sí! Es mucho, joder. Hoy me lo he cargado.
Se rió, pero no había alegría en el sonido. De hecho, me dio
miedo y me estremecí a pesar del calor del sol sobre mi piel
salada.
—Prueba con dos días, Finn.
—¿Qué? ¿Por qué tendría que ser capaz de nadar y hacer sprints
durante dos días?
—Kai Kalani. ¿Has oído hablar de él?
Negué con la cabeza y él me acarició con el pulgar el punto del
pulso que saltaba en mi cuello de la misma forma que lo había
hecho ayer. La forma en que lo hizo fue extraña. Como si
comprobara que seguía ahí y que mi corazón seguía latiendo.
—Era amigo mío. Kai tuvo que andar por el agua durante casi
cuarenta y ocho horas en una de las picadas más duras que he
visto nunca después de que fuéramos tan estúpidos como para
ignorar las advertencias en Waimea. Pensé que estaba muerto,
pero nuestro amigo, Jet, no nos dejó rendirnos hasta que al menos
tuviéramos un cuerpo que llevarnos.
Se me puso la carne de gallina cuando volvió a pasarme el
pulgar por el pulso. Ni siquiera parecía darse cuenta de que lo
estaba haciendo. Sus ojos ardían con un calor intenso, como si
estuviera reviviendo un recuerdo horrible y ni siquiera me viera
delante de él.
—Lo encontramos vivo. No fue un milagro como decían los
periódicos. Fue su dedicación a su entrenamiento mezclada con
pura puta suerte.
La rabia de su voz era como una droga. Patinaba sobre mis
mejillas sonrojadas y sentía cada latido de mi corazón como el
golpe de un tambor.
—Entonces... ¿eso era realmente una lección? ¿Intentabas
enseñarme a sobrevivir si me quedo atascado en una situación en
la que tendré que nadar tanto para esperar ayuda?
—Todo lo que te haga será una lección, Finn.
Me mordí el labio ante la forma oscura en que lo dijo, intentando
con todas mis fuerzas no empalmarme de nuevo.
—¿Así que no me estabas castigando?
Sus ojos se posaron en mi boca, y sus tiernas caricias en mi
cuello se detuvieron bruscamente.
Contuve la respiración mientras se acercaba. Sabía que lo hacía
para asustarme, pero, sinceramente, me estaba excitando y
confundiendo hasta la mierda.
Sus labios estaban justo ahí.
¿Por qué tenía ese deseo irrefrenable de que me besara?
—Por supuesto que te estoy castigando, Finn.
Estaba enojado. Muy, muy enojado. Busqué sus ojos, frunciendo
el ceño.
—¿Por qué?
Deslizó la mano por mi cuello y me acarició una vez más con el
pulgar antes de soltarme. Solo que esta vez me recorrió la
mandíbula en lugar del pulso, y me estremecí.
—Ya sabes por qué —retumbó, y luego se apartó.
Casi gimo en voz alta cuando se alejó de mí. Perder su tacto y
su presencia me parecía un cataclismo, y no entendía los
sentimientos repentinos y muy intensos que parecían
consumirme.
—Has terminado por hoy, Finn. Asegúrate de comer. Volveré.
Mañana a la misma hora. Las reglas aún se aplican.
Luego se marchó, dejándome solo en la playa, temblando, duro
y tan jodidamente confuso.
Alexa Play: Viena de Ben Platt

i turno terminaba a las ocho de la noche y, aunque


quería evitar cualquier cosa que pudiera ponerme
la polla casi dura, acepté salir un rato con Turtle.
Me aseguró que Blake no vendría hasta que terminara su turno
a las diez, así que pensé que podría relajarme unas horas sin
preocuparme de encontrarme con Quinn y esos labios brillantes
suyos.
—¿Cómo va el entrenamiento? —preguntó Turtle mientras
chupaba un porro, cubriendo los papeles con su saliva.
Estábamos apiñados uno junto al otro en el pequeño sofá que
había instalado dentro de Shelly.
Su portátil estaba apoyado en un taburete y tenía puesta Point
Break. Ambos la habíamos visto miles de veces, pero después de
mi extraña sesión de entrenamiento sexual con Riddick, yo lo
veía todo de una forma un poco diferente.
Como... si seguía teniendo erecciones cerca de Riddick,
¿significaba eso que ahora era gay?
Miré al joven Keanu Reeves y traté de descifrar si me parecía
atractivo o no. Sin duda era guapo, pero no sentía el mismo pulso
en la polla que con Riddick.
Turtle volvió a chupar su porro, y yo ladeé la cabeza,
preguntándome si me excitaría que básicamente le hiciera una
mamada a su canuto, pero... nada.
Me sentía igual que siempre cuando salía con mi mejor amigo
(que, si he de ser sincero, también era objetivamente sexy), pero
no me estaba haciendo sentir nada.
Me sentí un poco aliviado, ya que no estaba de humor para
intentar acostarme con otra erección y no poder pajearme, pero
también me hizo sentir más confuso.
Si me atraía Riddick... ¿no deberían atraerme todos los chicos
guapos?
Supongo que no me atraían todas las chicas sexys... ¿Era
bisexual?
Me duele la cabeza. Me duele la cabeza.
—¡Oye! ¡Tierra a Finn, bro! ¡Te hice una pregunta!
Salí de mi despertar potencialmente gay (o bisexual) y murmuré
un uhhhhhh poco atractivo, hasta que Turtle se apiadó de mí y
repitió su pregunta.
—¿Qué tal el entrenamiento?
Sabía que no podía decirle a Turtle que estaba entrenando con
Riddick para montar Leviathans, pero tenía que decirle que
estaba entrenando para mejorar mi surf en general. Él ya sabía
que planeaba cabalgar esas olas y, si no le daba alguna excusa, se
iba a preguntar por qué no estaba destrozando los berrel de la
playa principal con él todos los días.
Me encogí de hombros.
—Estuvo bien. Me pateé el culo con los sprints de natación.
Turtle asintió, encendiendo por fin el porro que acababa de
complacer a conciencia con su boca.
—Brutal.
—Sí.
Nos quedamos en un silencio amistoso, con Turtle resoplando
mientras veíamos a Keanu y Patrick Swayze hacer acrobacias de
surf muy poco realistas.
—Oye, ¿puedo preguntarte algo? —estallé por fin, volviéndome
hacia mi amigo. Me miró con ojos rojos y entrecerrados, con su
habitual sonrisa bobalicona.
—Siempre, bro.
No lo dudé. Si pudiera hablar con alguien de algo así, sería con
Turtle.
—¿Alguna vez te has empalmado por un tipo?
Mi pregunta no le molestó. Se limitó a dar una gran calada y a
poner cara de pensativo, como si intentara devanarse los sesos en
busca de alguna ocasión en la que pudiera haberlo hecho.
—No, creo que no —contestó finalmente, y la decepción se
gestó en mis entrañas—. Pero una vez se me puso dura viendo un
programa en el que actuaba Tom Selleck —dijo bruscamente,
dando otra calada a su porro.
Esto me llamó la atención.
—¿En serio? —pregunté, intentando no sonar tan emocionado
como estaba al oír que no era el único que se empalmaba con
hombres mayores.
—Demonios, Bro. Era ese programa que protagonizaba... cómo
se llamaba... —se interrumpió, fumando y pensando de nuevo.
Esperé a que terminará. Al fin y al cabo, así se había ganado su
apodo. Era rápido como un rayo en el agua, pero lento como una
tortuga en tierra. Sobre todo, cuando se drogaba. Pero no me
importaba. Me gustaba que se tomara su tiempo para ordenar sus
pensamientos antes de hablar. Era algo que yo nunca conseguía
hacer.
—¡Magnum P.I.! —Chasqueó los dedos emocionado cuando
recordó el nombre—. Siempre llevaba esos pantaloncitos cortos
y enseñaba el pelo del pecho. No sé, hombre, algo de eso le
gustaba a Turtle junior., si me sigues la onda, Bro —dijo,
haciendo un gesto perezoso hacia su entrepierna.
Asentí con la cabeza, comprendiendo.
—Sí, lo veo.
—¿Verdad? —dijo, sonriéndome—. Hombre, eso es lo que le
dije a mi amigo Riko por aquel entonces. Me echó mierda por
ello, y yo le dije: 'Hermano, ¿me estás diciendo que si el puto
Tom Selleck te pidiera dar un paseo con ese bigote le dirías que
no?
Resopló y sopló la ceniza del porro, con los ojos casi cerrados,
mientras se reía al recordarlo.
—Le dije que estaba lleno de mierda. Todo el mundo piensa que
Tom está buenísimo, hombre; es como la ciencia.
—¿Crees que eso te hace, ya sabes... gay? —pregunté, y Turtle
se encogió de hombros.
—Probablemente no, bro. Me gustan demasiado los coños para
ser gay.
—Pero te follarías a Tom Selleck si pudieras.
De algún modo, Turtle consiguió mirarme con cara de ‘qué
pregunta más estúpida’, incluso con los ojos básicamente
cerrados.
—Sé realista, Bro. Nadie se folla a Tom Selleck. Tom Selleck
es el que te folla.
Y no estaba seguro de si era un subidón del porro o simplemente
la forma en que Turtle tenía de hacer que literalmente todo
pareciera poco serio, pero me eché a reír histéricamente y no pude
parar durante un tiempo ridículo.
Pasamos el resto de la noche viendo la película y discutiendo
sobre si Johnny Utah y Bohdi estaban secretamente enamorados
el uno del otro, y esa era la razón de su picante rivalidad en la
película.
Cuando salí para volver a casa, había decidido que no iba a
preocuparme demasiado por si era gay o no.
Riddick me atraía claramente y Quinn seguía atrayéndome. El
único problema era que sabía que yo le gustaba a Quinn y que se
ligaría conmigo si yo iniciaba algo.
¿Podría decir lo mismo de Riddick?
Probablemente no.
¿Era gay, le gustaban los chicos o lo que fuera? ¿Los intensos
sentimientos que habían empezado a brotar en mi pecho eran
completamente unilaterales?
Además, si no lo eran, ¿qué se suponía que tenía que hacer al
respecto?
'Tom Selleck es el que te folla.'
Mis ojos se abrieron de par en par al darme cuenta de que
Riddick era definitivamente el Tom Selleck en esta situación de
los dos.
Si le gustara... ¿querría que me follara?
Mi polla se crispó en mis pantalones y tragué saliva.
Oh-no...
Tenía problemas.
Y este no era el tipo de problema del que mis hoyuelos podrían
sacarme.
uando Blake apareció, se ofreció a llevarme de vuelta a
casa, ya que tenía que irme pronto.
—Así que Turtle me dijo que oficialmente te estás
entrenando para tu misión suicida —me espetó mientras
conducía.
Le lancé una sonrisa diabólica y me encogí de hombros.
—Claro que sí, nena.
Suspiró y sacudió la cabeza.
—Te he visto surfear, Finn. Eres bueno, pero no tanto.
—Todavía no soy tan bueno —la corregí, y ella soltó un
pequeño resoplido de fastidio.
No respondió, y tardé un momento en comprender que estaba
un poco enfadada conmigo por no haberla escuchado.
—Escucha, no soy ese chico Jake, ¿De acuerdo?
—No, no lo eres —espetó y yo fruncí el ceño.
—Sabes, lo busqué y realmente no pude encontrar nada. Ni
siquiera una esquela. ¿Sabes por qué?
Me miró mientras entraba en el camino de tierra que llevaba a
mi chalet.
—Kai y Jet se esforzaron mucho por evitar que el accidente se
convirtiera en algo sensacionalista —explicó, y yo asentí con la
cabeza, reconociendo los nombres de la historia de Riddick.
—¿Eran todos amigos entonces?
—Más que amigos. Eran básicamente hermanos. Descubrieron
Leviathans hace ya casi diez años. Pasaron algún tiempo en
Hawai para adquirir experiencia en playas de olas grandes más
conocidas antes de enfrentarse a Leviathans, ya que nadie lo
había surfeado antes. Mientras estaban allí, Kai casi muere, y
Riddick se acobardó. Casi no terminan surfeando Leviathans,
pero los chicos lo convencieron después de un tiempo. Ahora
estoy segura de que todos desearían haberlo escuchado.
Joder. Ya lo creo.
La miré con el ceño fruncido.
—¿Dónde están los otros ahora?
—Hicieron todo lo que pudieron para mantener a Leviathans
fuera de los medios de comunicación tras el accidente. Esperaban
evitar que alguien más encontrara la playa y perdiera la vida.
Cuando estuvieron seguros de que no se iba a publicar nada sobre
el accidente, se marcharon. Creo que Kai volvió a Hawai; no
estoy segura.
Estábamos frente a mi chalet y me dispuse a salir, pero ella me
detuvo y me puso una mano delicada en el brazo.
—Veo que ya te has decidido, así que es la última vez que digo
algo al respecto, Finn. Pero que estés aquí es exactamente lo que
esos chicos estaban tratando de evitar.
Me encontré con sus serios ojos azul zafiro y sentí un destello
de culpabilidad. Esta chica estaba realmente preocupada por mí.
Me sentí un poco mal por lo mucho que mi decisión parecía
estresarla.
Puse mi mano sobre la suya y le di un apretón reconfortante.
—Lo sé. Pero también necesito hacer esto. Así soy yo. Una vez
que decido ir por algo, no puedo echarme atrás. Además, incluso
si Leviathans me mata, al menos moriré haciendo algo que amo.
Su boca se crispó, sacudió la cabeza y suspiró.
—Hablas como un verdadero adicto a la adrenalina.
Me reí y me encogí de hombros, abriendo de golpe la puerta del
pasajero.
—Hola. Estoy aquí para pasar un buen rato, no mucho, nena. —
Le guiñé un ojo, notando cómo sus mejillas se sonrojaban de un
rosa claro mientras le enseñaba mis hoyuelos.
Me ablandé un poco y me detuve un segundo antes de salir del
coche.
—Por si sirve de algo, Blake, escuché tu advertencia. Sólo estoy
eligiendo ignorarla, y eso es culpa mía. Si algo me pasa, no es
culpa tuya, ¿de acuerdo? Hiciste lo que pudiste.
Me dedicó una risita triste y volvió a sacudir la cabeza como si
no supiera qué hacer conmigo.
—Buenas noches, Finn —dijo antes de meter la marcha atrás.
Me despedí con la mano mientras volvía a la ciudad y sonreí.
Se equivocó conmigo.
Yo era lo suficientemente bueno para domar Leviathans. Les
demostraría a todos que podía hacerlo. Especialmente a Riddick.
No me extrañaba que estuviera tan en contra de que me
entrenara para esto. En primer lugar, había sido él quien había
intentado convencer a sus amigos de que no lo hicieran.
Alexa Play: Malibu de Miley Cyrus

e aseguré de levantarme incluso antes de lo


habitual para tener tiempo de cocinar todo lo que
había comprado a petición de Riddick.
Mi polla estaba dura como una piedra cuando me desperté, pero
me obligué a ignorarla. No me había masturbado la noche
anterior, y casi me entraron ganas de empezar a contar cuántos
días seguidos podía pasar sin reventar una nuez.
Por suerte, ignorarla pareció funcionar y, al poco tiempo, mi
leña matutina desapareció y me olvidé por completo de ella.
Cuando Riddick entró en mi chalet, yo estaba tomando un
desayuno enorme con huevos, panqueques, tocino y salchichas.
De repente, sentí como si toda la sangre volviera a correr hacia
mi ingle, y casi me atraganto con un bocado de panqueques
esponjosos y empapados de sirope cuando mi mirada chocó con
la suya.
Se sentía más grande que la vida, allí de pie en mi pequeña
chalet, mirándome fijamente con esa mirada penetrante que
siempre tenía.
—Buenos días —le saludé rodeando el bocado de comida que
de repente parecía costarme tragar.
No respondió. En lugar de eso, se acercó a la mesa y examinó
con ojo crítico la comida que yo tenía delante.
Me senté un poco más recto, esperando que estuviera contento
con lo que había hecho, pero no hizo ningún comentario.
Me miró, sus labios se fruncieron en una línea dura, y yo me
removí en mi asiento.
Era tan jodidamente intenso.
Era como si pudiera sentir el calor que irradiaba de él. Después
de mi charla de ayer con Turtle, estaba más dispuesto a admitir
que me sentía locamente atraído por él, y la idea me fascinaba.
Nunca antes me había sentido atraído por un hombre, así que
me encontré examinando cada centímetro de él, intentando
decidir qué era lo que me excitaba tanto de él.
¿Eran sus anchos hombros? ¿O era el recuerdo de cómo me
había arrojado sin esfuerzo contra la pared y me había rodeado la
garganta con una de sus enormes manos?
¿Qué sentiría al besarlo? ¿Me gustaría la aspereza de su barba
contra mi piel? También tenía el pelo grueso y brillante, como el
de una chica. ¿Sería igual de agradable enhebrar mis dedos en él
mientras él...?
—¿Bebiste? —me preguntó, sacándome de mi fantasía.
—Uhm, no.
—¿Fumar?
—No.
—¿Follar? —La palabra me atravesó como un rayo, y de repente
quise saber más que nada qué se sentiría al ser follado por
Riddick. Tener ese gran cuerpo extendido encima de mí.
Mi polla se hinchó entre mis piernas al pensarlo, y agradecí que
no tuviera visión de rayos X y pudiera ver a través de la mesa.
—No, Riddick —respiré, incapaz de apartar la mirada de sus
ardientes ojos azules.
—¿Hiciste algo más que deba saber? —Era la misma pregunta
que me había hecho ayer y, de nuevo, supuse que me preguntaba
si me masturbaba, aunque esta vez no lo hice tan evidente.
—No —respondí con sinceridad.
Me miró fijamente durante un largo rato más, como esperando
a ver si me pillaba mintiendo. Cuando pasé su extraño detector
de mentiras, asintió con la cabeza.
—¿Cómo te sientes?
Su pregunta me sorprendió.
¿Cómo me sentía? Bueno, además de estar cachondísimo,
definitivamente sentía los efectos del entrenamiento de ayer, y se
lo dije.
—Dolorido y rigidez.
Asintió con la cabeza a mi respuesta.
—Termina de comer y reúnete conmigo fuera.
—Sí, señor —respondí, y él se tensó, sus ojos azules se
oscurecieron brevemente.
Por un momento pensé que diría algo, pero no lo hizo. Se limitó
a girar sobre sus talones y a quitarse la camiseta blanca de
algodón.

Engullí el resto de la comida lo más rápido que pude y perseguí


a Riddick hasta el exterior. Me quité la camisa al salir al sol,
esperando encontrarlo esperándome con nuestras tablas.
Me sorprendió ver que había colocado una tabla de longboard
en la arena, pero no pensé que la utilizaríamos para hacer surf.
Encima de la tabla había una esterilla de yoga. Levanté las cejas
sorprendido.
—¿Vamos a hacer yoga?
Me miró y frunció los labios.
—Tú harás yoga. Hoy haremos un día de descanso activo antes
de empezar mañana con el entrenamiento con pesas. Si estás
dolorido, no quiero que te esfuerces demasiado. Te hará más daño
que bien.
—¡De acuerdo! Suena inteligente. —Sonreí, realmente
emocionado—. Nunca he hecho yoga, pero siempre he querido
probarlo —admití, y sus ojos se abrieron de par en par,
sorprendidos.
—¿Nunca has hecho yoga antes?
Sacudí la cabeza.
—Nuh-uh. Obviamente he visto a gente hacerlo. Lo sé todo
sobre el estilo perrito y nah-imma-stay en la cama o lo que sea.
Pero el yoga es caro. Nunca tuve el dinero para tomar una clase.
—Perro hacia abajo.
—¿Eh?
Riddick me miraba fijamente, sus ojos brillaban con lo que
habría jurado que era diversión.
—La postura se llama perro hacia abajo. No al estilo perrito.
—Oooh. Ya lo capto. —Sonreí, ruborizándome un poco al oírle
decir ‘a lo perrito’. La imagen de mí a cuatro patas y Riddick
martilleándome por detrás me recorrió la vista y me apreté.
Jesús. ¿Se sentiría bien?
Nunca había tenido nada remotamente cerca de penetrarme el
culo. No estaba seguro de si me gustaría, pero mi extraño cerebro
no dejaba de ponerme en fantasías en las que ocurría.
¿Me dolería?
Debe sentirse algo bien si los chicos gays lo hacen. ¿Verdad?
Riddick volvía a mirarme fijamente y vi cómo se pasaba la
lengua por el labio inferior, lo que hizo que me sonrojara más.
Joder. Espero que no pudiera leer la mente o algo así.
¡Mierda! ¿¡Y si pudiera leer la mente!?
Riddick, si puedes oír esto, ¡parpadea dos veces!
De acuerdo, no parpadeó... Probablemente no pueda leer la
mente.
A menos que... ¡NO QUIERA QUE SEPAS QUE PUEDE LEER
LA MENTE!
La comisura del labio de Riddick se crispó cuando me agité ante
él y señaló la esterilla de yoga.
—Súbete a la tabla. Siéntate con las piernas cruzadas y las
manos en las rodillas.
Me apresuré a hacer lo que me decía, colocándome rápidamente
en posición.
—Lo más importante que puedes hacer en esta tierra es respirar.
Lo miré mientras caminaba lentamente en un amplio círculo
alrededor de mi tabla. No me miraba a mí. Parecía haberse metido
en el papel de instructor.
—Cierra los ojos, Finn. Escucha mi voz y sigue mis
instrucciones.
—De acuerdo, no hay problema. Puedo totalmente...
—En silencio. No hables, Finn. Presta atención.
Cerré la boca con un chasquido y asentí, cerrando los ojos de
golpe y haciendo todo lo posible por escuchar.
—Como iba diciendo. Tu respiración. Es lo más importante. No
sólo en el yoga, sino también cuando estás en el agua. Mantenerte
conectado con tu respiración es la mejor manera de asegurarte de
que estás preparando para el éxito. Respirar correctamente
significa que estás presente. Significa que estás enfocado.
Concentrado. Desde un punto de vista más físico, respirar
correctamente proporciona a tu cuerpo la cantidad correcta de
oxígeno que necesita para realizar tareas increíbles... porque eso
es lo que estás haciendo, Finn. Le estás pidiendo a tu cuerpo que
haga algo increíble.
Sus palabras me inundaron y me sentí centrado de una forma
extrañamente pacífica.
Me concentré en mi respiración y la tensión que recorría mis
músculos se desvaneció. La sensación de urgencia que siempre
asolaba mi mente pareció desvanecerse en la nada.
Esa insistente voz que siempre estaba en mi cabeza gritándome
vamos, vamos, vamos, se acalló, y fue la voz de Riddick la que
tomó el mando, liberándome de la opresiva jaula de mis propios
pensamientos.
—Respirar, Finn, significa que estás vivo.
Ahora estaba más cerca de mí, su voz retumbaba cerca de mi
oído derecho.
—Quiero que sientas cada inhalación. Imagina que los
pulmones de tu pecho se llenan de ese oxígeno que da vida. Siente
cómo esa respiración se extiende por todo tu cuerpo. Está
nutriendo tus células sanguíneas, curando tu tejido muscular y
dándote la capacidad de pensar. De vivir. De existir.
Todo mi cuerpo se iluminaba por dentro. Cada inhalación me
llenaba de energía y cada exhalación me relajaba.
—Bien, Finn —susurró, sus palabras de elogio casi perdidas en
el lejano estruendo de las olas. Me estremecí y tragué saliva,
haciendo todo lo posible para que no viera cuánto quería
reaccionar mi cuerpo ante el elogio.
Quería más.
Quería que siempre pensara que lo estaba haciendo bien.
—Ponte sobre manos y rodillas —tarareó y mis ojos se abrieron
de golpe. Lo miré de reojo, sorprendido por su petición. Me miró
sin inmutarse y enarcó una ceja.
Sin apartar la vista de él, me desdoblé lentamente e hice lo que
me decía. Mi polla se llenó rápidamente de sangre y, para cuando
me puse a cuatro patas, estaba completamente empalmado en mi
bañador. Por suerte, Riddick no pareció darse cuenta de lo que
pasaba entre mis piernas. Volvió a pasearse lentamente en
círculos a mi alrededor mientras yo esperaba a que me dijera qué
hacer a continuación.
—Vas a hacer unas cuantas rondas de gato y vaca. En tu
próxima inhalación, quiero que arquees la espalda.
Jesucristo... esto era... ¡¿Esto era realmente el yoga?!
—Inhala...
Respiré hondo y me arqueé, fingiendo que no sentía las nalgas
separadas por el movimiento.
No podía verlo. Estaba de pie justo detrás de mí, y mi polla
palpitaba.
¿Me estaba mirando?
Me giré para mirarlo, pero me hizo un gesto con la lengua.
—Cara al frente. Aguanta —me exigió, y no estaba seguro de si
se refería a la posición o a mi respiración, así que hice las dos
cosas.
—Bien, Finn. Ahora exhala y suelta. —Otro torrente de
necesidad me recorrió la entrepierna ante el elogio mientras
obedecía.
Me dijo que girara la espalda y respirara, de pie detrás de mí.
Después de unas cuantas rondas más, me dijo que hiciera el perro
hacía abajo.
Intentando contener el furioso rubor que me quemaba las
mejillas, levanté el culo directamente al aire, como había visto
hacer a la gente en las clases de yoga en la playa en casa.
—Inclina la pelvis y apóyate en los talones —me dijo, y me
esforcé por hacer lo que me decía.
—No, así —dijo, y casi gemí al sentirlo presionar con su cálida
palma la parte baja de mi espalda.
Su mano sobre mi piel desnuda provocó un estallido de fuegos
artificiales en mi cuerpo, y mi polla, ya dura, palpitó en mi
bañador. Sabía que estaba chorreando y sólo podía pensar en lo
humillante que sería cuando Riddick se diera cuenta.
Me aplicó una suave presión en la espalda, obligándome a
apretar más los talones, y esta vez gemí al sentir el estiramiento
hasta los isquiotibiales.
—Bien, Finn. Eso está muy bien —murmuró, pasando la mano
izquierda por la parte posterior de mi muslo, masajeando
suavemente el tendón tenso.
¡OhJoderOhJoderOhJoooder!
¿¡qué carajo estaba haciendo!?
—Relaja el cuello, deja colgar la cabeza. —Su voz era un
gruñido grave y lujurioso. Con la mano que no acariciaba mi
pierna desnuda, empezó a masajearme la nuca.
¡Jesucristo!
Estaba tan cachondo. Nunca había estado tan excitado en mi
vida. Mi polla volvió a palpitar y tuve un momento de pánico
cuando sentí que iba a correrme espontáneamente en los
pantalones. La mano caliente de Riddick se deslizó más arriba
por mi muslo, sus dedos se colaron ligeramente bajo el dobladillo
de mis pantalones cortos, y gemí. No podía contenerme; lo que
estaba haciendo me parecía tan bueno y tan jodidamente erótico.
No pude contenerme.
—Joder, Finn. Estás muy tenso —murmuró, usando el pulgar
para masajearme los isquiotibiales con un movimiento circular y
firme.
Sin dejar de esposarme la nuca mientras colgaba en esta precaria
posición, pasó a aplicarme el mismo tratamiento en la otra pierna
antes de soltarme y alejarse.
Casi le supliqué que volviera, que siguiera tocándome, pero ya
me estaba indicando que me pusiera en plancha.
Riddick me enseñó a hacer un flow, y cuando mis caderas
presionaron contra la estera de yoga, indulgente pero firme, me
recorrió un torrente de placer imposiblemente intenso.
¡Joder, joder, joder, joder!
¡No te corras, no te corras, no te corras!
El corazón me latía con fuerza en el pecho y, mientras volvía a
adoptar lo que Riddick me dijo que era la postura de la cobra,
tuve que hacer todo lo que estaba en mi mano para no follar la
tabla que tenía debajo hasta explotar.
Rodeó la parte delantera de la tabla para mirarme mientras yo
mantenía la posición, y me encontré con su mirada seria y
ardiente.
—Presiona los hombros hacia atrás. ¿Sientes un estiramiento en
el torso? —me preguntó, y tuve que apretar los dientes para no
decirle que lo notaba en la polla.
Bajé la mirada hacia su entrepierna, rezando a los dioses del mar
para que estuviera tan empalmado como yo.
Desafortunadamente, no podía saber si lo estaba... Lo que
significaba que probablemente no lo estaba, y yo era el único que
se estaba excitando en esta sesión de yoga como una especie de
bicho raro pervertido.
Joder, ¿por qué estaba así?
Frunció el ceño cuando no le contesté y sus ojos azules
recorrieron mi figura. Lo observé mientras mis costillas se
dilataban y contraían a toda velocidad, mientras luchaba contra
mi propio cuerpo para no correrme.
Estaba a punto de perder la cabeza, y sería mortificante que me
viera explotar sobre mí mismo cuando estaba casi seguro de que
la atracción que sentía era unilateral.
—Concéntrate en tu respiración, Finn —me ordenó, y yo asentí,
cerrando los ojos de golpe y obligándome a pensar en mi
respiración en lugar de en la olla de placer hirviendo a fuego lento
que ardía en mi entrepierna, a punto de desbordarse.
—Inspira profundamente...
Inhalé.
—Bien... exhala profundamente.
Exhalé.
Me guio durante unas cuantas respiraciones más y, cuando
terminó, ya me controlaba mejor.
Sin embargo, seguía duro como una piedra cuando me dijo que
me levantara.
Dudé, y él volvió a fruncir el ceño y ladeó la cabeza.
—Levántate, Finn —repitió, y yo asentí, mordiéndome el labio
inferior.
¿Quizás no se daría cuenta?
Con brazos temblorosos, volví a ponerme de rodillas y me
levanté.
La polla se me estaba metiendo hasta la mierda en los pantalones
y lo miré a través de las pestañas, odiando lo mucho que me
ardían las mejillas.
Definitivamente se dio cuenta.
Observé, completamente mortificado, cómo sus ojos bajaban
hasta la evidente erección que lucía como si fuera la última moda.
—Uhm... —murmuré, sintiendo que necesitaba decir algo para
explicarme.
Sus ojos volvieron a posarse en los míos y ladeó la cabeza,
enarcando una ceja.
—Yo sólo... uhm. No he... ya sabes, en unos días... —murmuré.
Sonaba como una excusa débil, incluso para mis propios oídos.
—No he preguntado —respondió Riddick, y fruncí el ceño.
—Lo sé, es que...
—¿Vas a poder continuar? ¿O tenemos que parar? —preguntó,
y por alguna razón, un destello de ira lamió el interior de mi
pecho.
—No necesito parar —le espeté. Su expresión no cambió, pero
su energía sí. No sabría decir qué cambió, pero la tensión entre
nosotros pasó de la confrontación al juego.
Se acercó a mí como si tomara mi tono como un desafío, y mi
polla traidora volvió a palpitar.
—¿Estás seguro, Finn? Si no puedes manejarlo, no hay
vergüenza en admitirlo. No todo el mundo está hecho para esto.
—Lo estoy —gruñí. Si pensaba que un poco de vergüenza iba a
impedirme entrenar para Leviathans, es que no me conocía en
absoluto.
¿Y qué si tenía una erección? Haría su estúpida clase de yoga
duro. ¿Qué me importaba?
—Estás sudando —señaló, y de nuevo arrastró su mirada por mi
pecho desnudo. Pude sentirlo literalmente cuando se posó en la
tienda de campaña de mis pantalones cortos.
—Hace calor.
Una sonrisa burlona.
Riddick sonrió satisfecho.
—Seguro que sí.
¿¡Qué significaba eso!? ¿Estaba coqueteando conmigo?
—Ahora, un paso atrás en una estocada. No olvides concentrarte
en tu respiración. Inhala y levanta los brazos. Alcanza el sol como
si quisieras arrancarlo del cielo...
Y así como así, el susurro del coqueto Riddick había
desaparecido, y el instructor de surf profesional y frío como una
piedra había vuelto.
Me obligué a no gemir de frustración. Esta extraña tensión entre
nosotros me enfurecía, y solo era el segundo día.
¿En qué me había metido?
erminé la sesión de yoga sin reventarme los
pantalones, pero fue todo un reto. Cada vez que
pensaba que por fin empezaba a ablandarme, Riddick
me hacía ponerme otra vez en posición de perro hacia abajo y me
daba un masaje.
Me preguntaba si quería que parara, y aunque mi mente gritaba
'mierda, sí, o me voy a correr, joder, siempre le decía que no.
Me lo preguntó con un tono extraño y burlón. Como si, si le
pedía que parara, estaría demostrando que no podía manejarlo o
algo así.
Así que sacudí la cabeza cada vez y me concentré en mi
respiración, haciendo todo lo posible por mantener bajo control
la necesidad insana de correrme.
Cuando por fin me dijo que habíamos terminado, yo era un
desastre tenso y sexualmente frustrado.
—Lo has hecho bien, Finn —me informó, con un pequeño
fantasma de sonrisa en la cara mientras me miraba enrollar la
esterilla de yoga.
—Sí. Gracias. Supongo —murmuré, y él rió entre dientes.
—Te has ganado una tarde de surf. Tómatelo con calma. No te
esfuerces; mañana va a ser un día duro.
Levanté la vista hacia él, y toda mi irritación con él se
desvaneció al instante ante la idea de entrar en el agua.
—¿Vas a surfear conmigo? —pregunté emocionado, y su casi
sonrisa se borró de su cara.
—No.
—Awh, vamos, Riddick. Quédate un rato. Vamos a divertirnos
un poco; no todo tiene que ser tan serio todo el tiempo.
Su expresión se ensombreció aún más y, de repente, pareció
enojado.
—Si insistes en surfear olas que te matarán, entonces sí, Finn.
Todo tiene que ser serio. Esto es de vida o muerte. ¿Cómo no lo
entiendes?
Puse los ojos en blanco y le lancé una de mis sonrisas más
traviesas.
—Ya, malhumoorado.
Durante un segundo, pareció completamente desconcertado y,
para mi alegría, la comisura de sus labios se crispó.
¡HA! ¡Por fin le he sacado una reacción!
—¿Me acabas de citar a Buscando a Nemo? —preguntó, y yo
asentí con la cabeza, guardándome la esterilla de yoga bajo el
brazo. Me dispuse a agarrar también el longboard, pero Riddick
me apartó, lo cogió él mismo y me siguió hasta el cobertizo.
—Claro que sí.
—Supongo que eres casi tan molesto como Dory.
Le lancé otra sonrisa, impresionado de que supiera quién era
Dory.
—Creo que querías decir entrañable.
—Quise decir exactamente lo que dije.
Poniendo los ojos en blanco, guardé la esterilla de yoga junto a
la tabla de surf mientras Riddick guardaba el longboard.
—Da igual, de todas formas, tenemos más relación con Gill y
Nemo.
Su labio volvió a crisparse y sentí un cálido zumbido de orgullo
por haber sido yo quien casi lo había hecho sonreír.
Me miró críticamente de arriba abajo, con el labio apenas
torcido.
Dios, era tan guapo. Una montaña de hombre. ¿Qué aspecto
tendría si sonriera de verdad?
Imaginaba que sería el tipo de sonrisa por la que la gente pagaría
millones de dólares para ponerla en la portada de una revista.
—Eres bastante pequeño. Carnada sería un apodo apropiado
para ti. —Sus ojos brillaron—. Si un tiburón te comiera, seguro
que seguiría hambriento después.
Dejé que se me cayera la boca en señal de ofensa.
—Discúlpeme. No soy pequeño. Eres ridículamente grande.
De repente, la energía desenfadada que había entre nosotros se
caldeó y se me cortó la respiración al ver cómo me miraba. Se
pasó la lengua por el labio inferior y volvió a mirar mi polla.
Era imposible que me lo estuviera imaginando... ¿o sí?
—No tienes ni idea, carnada para tiburones. —Hizo una mueca,
y juro por Dios que el planeta entero dejó de girar por un segundo.
OMG… ¡ESTABA COQUETEANDO! ¡Eso fue definitivamente
un flirteo! Esto no estaba todo en mi cabeza... ¡¿verdad?!
¡¿QUÉ DEBO HACER?!
Me reí nerviosamente, carraspeando y frotándome la nuca. Si
fuera una chica, le habría devuelto el flirteo, pero no lo era. No
estaba seguro de si alguno de los dos era gay, y no sabía cuál era
el protocolo en esta situación.
¿Y si me le insinuaba abiertamente y resultaba que había
malinterpretado la situación? ¿Y si era un homófobo
heterosexual, me daba un puñetazo en la cara y se negaba a volver
a entrenarme?
No creí que fuera el caso, pero no quise arriesgarme. En lugar
de eso, cambié de tema y me centré en el surf.
El surf era seguro.
El surf era cómodo.
El surf era mi hogar.
—De todos modos, realmente creo que deberías quedarte y
surfear conmigo un rato. Ese es el objetivo de que me entrenes,
¿verdad? ¿Para que puedas usar mi playa?
Se rio entre dientes y sacudió la cabeza, con sus ojos azules
brillando divertidos.
—Pensé que ya habíamos establecido que usaré tu playa quieras
o no, Finn. No estoy haciendo esto para poder 'usar tu playa'. Te
estoy entrenando con la esperanza de que no mueras este invierno
cuando alimentes voluntariamente con tu estúpido culo a los
proverbiales tiburones.
—Tomate, patata, como sea. —Sonreí, agitando la mano en el
aire como si sus preocupaciones fueran intrascendentes.
Me miró fijamente y, por un momento, pensé que podría
sonreírme de verdad o incluso reír.
—¿Qué? —pregunté inocentemente, y sus ojos brillaron de
diversión.
—Es tuh-may-tow, pot-at-oh. No tomate, patata.
Le sonreí y me encogí de hombros.
—Me gustan más las patatas. No se puede hacer una patata frita
con un tomate.
Ahí estaba otra vez. Esa casi sonrisa.
—Vamos, Riddick. Por favor, Riddick. Me muero por aprender
a hacer un Hang ten, y tú eres, como, monstruosamente bueno en
eso.
Saqué mi shortboard rosa y me agaché para atarme la correa al
tobillo. Me observó en silencio un momento antes de soltar un
suspiro derrotado.
—Bien. Me quedaré. Pero sólo una hora. Luego tengo que irme
y tú tienes que comer más.
Me recorrió una emoción eufórica e hice todo lo posible por no
mostrarle lo emocionado que estaba de que se quedara... y fracasé
estrepitosamente.
—¡Realmente! ¡Genial! Ahhh, ¡no puedo esperar, joder!
¡Tienes que darme todos los consejos! Hay una chica en el
trabajo, Blake, y me dijo que yo era bueno pero no tanto. ¿Te lo
puedes creer? De todos modos, tengo que demostrarle que está
equivocada. La próxima vez que surfee con ella, quiero hacer las
acrobacias más locas. Sólo para restregárselo por la cara, ¿sabes?
No de una manera mala, pero en un te lo dije. ¿Entiendes lo que
digo? Como, me gusta y todo, pero la audacia que tiene que…
—¿Finn?
—¿Sí?
—Cierra la puta boca.
Alexa Play: Riptide de Vance Joy

a versión de Riddick que estaba relajada y


jugueteando en el agua era una persona totalmente
distinta del entrenador Riddick.
Seguía sin sonreír, pero de alguna manera estaba más suave.
Como si el agua fuera su lugar seguro tanto como lo era el mío.
Si no lo conociera, casi diría que se divertía enseñándome trucos
tontos.
Se quedó mucho más de una hora, y el sol se estaba poniendo
cuando cogimos nuestras últimas olas del día de vuelta a la orilla.
—Buen trabajo, carnada para tiburones —dijo mientras
devolvíamos las tablas al cobertizo.
Desde nuestra pequeña discusión sobre “Buscando a Nemo”,
había empezado a llamarme con ese estúpido apodo, y mentiría
si no se me pusieran mariposas en las tripas cada vez que lo decía.
Me hizo sentir especial.
Conectado a él de alguna manera.
Como si compartiéramos una broma interna entre nosotros dos.
Le sonreí mientras se secaba con la toalla y deslizaba mi tabla
junto a la suya en el perchero.
Me había hecho cambiar mi shortbo por una longboard,
explicándome que era más fácil hacer hang ten con algo con un
contrapeso mayor.
Con sus indicaciones, conseguí hacer el truco en unas pocas
horas, y me moría de ganas de enseñárselo al resto de las ratas
surferas mañana después del trabajo.
—Gracias, Riddick. —Le sonreí. Se puso la camiseta y se le
curvó la comisura del labio.
—No tienes que agradecérmelo, Finn. Te lo has ganado.
Incapaz de contener mi enorme sonrisa ante su elogio, asentí
jovialmente.
—¿Quieres quedarte a cenar? Estaba planeando hacer un festín,
ya sabes, así que tal vez pueda graduarme de carnada de tiburones
a primer plato para tiburones.
Alzó las cejas, sorprendido, y juré que casi se echó a reír. La
decepción se me agolpó en las tripas cuando, obviamente,
reprimió el impulso de sonreír, pero no dije nada al respecto.
—Tengo comida en casa, pero te ayudaré a cocinar —respondió
con facilidad, tendiéndome su toalla para que yo también pudiera
secarme.
Su fácil aceptación de mi invitación me sorprendió, y asentí con
la cabeza, sin dejar de sonreír.
—¡De acuerdo, genial! Soy un cocinero de mierda —admití, y
Riddick frunció el ceño mientras me seguía al interior del Chalet.
—El desayuno que preparaste tenía buena pinta.
—Sí, pero cualquiera puede hacer el desayuno. Es sólo freír
mierda en una sartén. Cualquier cosa más avanzada que eso, y me
pongo a dar vueltas y me distraigo —admití.
—¿Distraerte?
—Sí. Centrarme en cosas que no me interesan es muy difícil.
Normalmente necesito hacer un juego de ello o algo. Mi madre
era muy buena en eso. Ella es la que me enseñó a hacer el
desayuno, en realidad. No estaba mucho en casa para las cenas,
así que me las arreglaba solo y hacía mierda congelada. Murió
antes de poder enseñarme a hacer cualquier cosa buena desde
cero, lo que es una mierda. Era muy buena cocinera, pero nunca
tenía tiempo. Siempre estaba trabajando, intentando mantener un
techo sobre nuestras cabezas —divagué, abrí la nevera del
tamaño de mi apartamento y saqué un paquete de pechugas de
pollo.
Riddick frunció los labios mientras pensaba en lo que le había
dicho y me apretó el hombro.
—Dame eso —ordenó, apartando suavemente el pollo de mí.
Colocó el paquete de poliestireno en el fregadero y recorrió la
cocina antes de decidirse por un cuenco lleno de verduras que yo
había comprado el día anterior.
—¿Sabes cortar una cebolla en dados? —me preguntó mirando
por encima del hombro. No había sarcasmo en su tono. Me lo
estaba preguntando de verdad, lo que me hizo sentir mejor por el
hecho de que no estaba muy seguro de saberlo.
—¿Eso creo? Eso es cuando los cortas muy pequeños, ¿verdad?
Asintió y me tiró una cebolla.
—Enséñame lo que tienes.
Saqué una tabla de cortar y me puse manos a la obra. Me detuvo
casi de inmediato.
—Si lo cortas así, tus ojos van a estar goteando toda la noche —
me informó—. Esta es la raíz, y es donde vive esa sustancia
química que te hace lagrimear. El truco es evitar cortar la raíz.
Aquí...
Cortó la cebolla por la mitad y la colocó boca abajo antes de
cortar el extremo opuesto a la raíz. Rápidamente se deshizo de la
cáscara y pasó el cuchillo por la carne de la cebolla en horizontal
y luego en vertical, cortando una rejilla. Todo ello evitando cortar
demasiado cerca de la raíz.
—Ahora, lo cortas como lo harías normalmente, y mira, se corta
en dados perfectos y uniformes.
—¡Woah! Qué bonito —dije, realmente impresionado. Había
reducido la mitad de la cebolla a trocitos tan rápida y
eficientemente. Normalmente, cuando corto verduras, las ataco
sin ton ni son.
—Ahora inténtalo tú —me dijo, entregándome el cuchillo.
Asentí con la cabeza, cogí el utensilio y me esforcé por imitar
lo que me había enseñado. Todo iba bien hasta que llegué a la
parte en la que debía cortar.
—¡No, así no; te vas a cortar los dedos! —ladró, con un matiz
de alarma que coloreaba su tono normalmente tranquilo y
uniforme.
—¿Qué? Entonces, ¿cómo...?
De repente, estaba detrás de mí, enjaulándome con sus brazos.
Puso cada una de sus manos sobre las mías y me estremecí
mientras me rumoreaba instrucciones al oído.
—Enrosca los dedos de la mano izquierda... así, para no cortarte
sin querer —murmuró, y su aliento caliente me puso la piel de
gallina.
—Ahora, pasa tu cuchillo por la cebolla; ni siquiera necesitas
sacar la punta de la tabla de cortar; sólo usa un movimiento de
vaivén....
De repente me vi haciendo un movimiento de vaivén mientras
me corría encima de él, y mi polla volvió a hincharse entre mis
piernas.
—Concéntrate, Finn —me tarareó al oído, y yo fingí no darme
cuenta de que estaba tan cerca que la punta de su nariz me
apretaba el pelo.
Tragué vergonzosamente fuerte, y estaba seguro de que él lo
había oído. Intenté concentrarme en el movimiento por el que me
guiaba la mano.
—Bien. Sí, perfecto. Así, es —murmuró mientras yo cortaba la
cebolla en dados y mis movimientos se volvían más firmes y
seguros con cada golpe de cuchillo.
Dios. ¿Por qué todo lo que decía era tan sexy?
Estábamos cortando una cebolla, por el amor de Dios. ¡No
debería ponerme tan cachondo!
Me dijo que me detuviera unos centímetros antes de la raíz y se
apartó. De repente sentí frío y eché de menos su cuerpo cálido y
duro contra el mío.
—Ya está. Ahora ya sabes cómo cortar correctamente una
cebolla. Vamos a hacer un pimiento dulce a continuación, y luego
vamos a sazonar el pollo. ¿Compraste arroz? —preguntó,
completamente indiferente a lo que acababa de pasar.
—Uhm. Sí. En el armario de allí. —Señalé, y se movió para
tomarlo.
Y así fue el resto de la preparación de la cena. Riddick
enseñándome cosas nuevas mientras me excitaba sin querer.
Cada vez que me tocaba, todo mi cuerpo reaccionaba a él, y para
cuando nos sentamos a la mesa, estaba tan cansado de estar
empalmado.
Ya casi no podía soportarlo.
—¿Qué tal está? —me preguntó mientras daba el primer bocado
al pollo. Lo habíamos asado en una pequeña parrilla de carbón
que Riddick encontró en la parte trasera del Chalet.
Me había enseñado a sazonarlo con sal, pimienta, cebolla y ajo
en polvo y, sinceramente, estaba mucho mejor que cualquier cena
de pollo congelado que hubiera comido nunca.
Gemí de agradecimiento mientras el pollo se deshacía en mi
boca.
—Joder, qué bueno.
Riddick me miraba comer con su habitual expresión enigmática,
sin apartar la vista de mi cara mientras yo comía.
—¿Seguro que no quieres? —pregunté—. Debes estar
hambriento. No has comido en todo el día.
—Te lo dije. Tengo comida en casa. Trabajas duro por tu dinero.
No necesito comerme toda tu comida. Especialmente cuando
claramente lo necesitas más que yo.
Me reí.
—Me vas a hacer engordar.
—No. Voy a hacerte fuerte, y con suerte, eso será suficiente para
salvarte.
Suspiré, apartando de mí mi plato ahora vacío.
—Siempre eres tan deprimente.
Me miraba la comisura de los labios con el ceño fruncido.
—Aquí tienes salsa barbacoa —dijo dándose golpecitos con el
dedo en el labio.
Saqué la lengua de la boca en un esfuerzo por lamerla, y sus ojos
siguieron el movimiento como un halcón.
Mi boca se inundó con el sabor ahumado y dulce de la barbacoa,
y volví a meter la lengua.
—Ya está. ¿Lo he pillado? —le pregunté, y antes de que me
diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, él se acercó al otro lado
de la mesa y me acarició la mejilla. Me pasó el pulgar calloso por
los labios, quitándome la salsa y haciendo que se me entrecortara
la respiración.
De acuerdo. Eso fue definitivamente un coqueteo...
Los chicos no limpiaban la salsa de la boca de otros chicos a
menos que les gustara ese chico... ¿verdad?
—Riddick... —murmuré, mi mirada iba y venía entre sus ojos,
intentando por todos los medios ver si me estaba dando algún
indicio de que estos intensos sentimientos que parecía estar
desarrollando por él no eran unilaterales.
Se echó hacia atrás y, por una fracción de segundo, pensé que
iba a chuparse la salsa barbacoa del pulgar, pero no lo hizo.
Se limpió con una toalla de papel y se levantó, tomó mi plato
vacío y se dirigió al fregadero para lavarlo.
—Tengo que irme —dijo bruscamente.
—Espera, ¿podemos hablar de...?
—Buenas noches, Finn —ladró bruscamente. La suavidad de su
tono había desaparecido y volvía a ser duro y frío mientras se
dirigía a la puerta principal.
—Riddick...
—Te veré por la mañana. Se aplican las mismas reglas.
Entonces, la puerta se cerró y él se fue.
e aplican las mismas reglas.
Esto estaba absolutamente jodido. Aunque Riddick
no parecía interesado en confirmar que yo no debía
experimentar ningún tipo de liberación, yo sabía que eso era lo
que quería decir.
Me había castigado el primer día cuando le dije que me había
tocado un poco. Entonces, hoy parecía ser una recompensa. Me
entrenó, surfeó conmigo y me hizo compañía mientras preparaba
la cena.
Estuvo bien.
Hacía mucho tiempo que no cenaba comida casera. La última
vez que pude sentarme a una mesa de verdad y comer algo casero
fue con mi madre. Aquel feliz recuerdo me llegó directamente al
corazón y eché un vistazo a la foto de ella que había colgado en
la pared junto a Mark Foo.
En la foto salía riendo, y así era como me gustaba recordarla.
Tenerla en la cabaña me hacía sentir menos solo, aunque
obviamente no era un buen sustituto de una persona real.
Que Riddick se quedara a cenar, aunque no comiera conmigo,
me había hecho sentir por primera vez que este lugar que me
había comprado era algo más que una casa.
Estaba en casa.
Había sido tan feliz.
Hasta que se fue y me dejó más señales confusas.
Inintencionadamente o no, el amigo básicamente me había
llevado al límite todo el día. Ducharse y prepararse para ir a la
cama era jodidamente incómodo.
Me dolían literalmente las pelotas de tantas veces que se me
había puesto dura sin jalármela. No estoy bromeando, me dolían
un poco.
Me metí en la cama, levanté el edredón gris y me acurruqué. Me
planteé mandar todo al carajo y masturbarme para aliviarme. Me
mordí el labio mirando el frasco de lubricante que llevaba dos
noches sin usar en la mesilla.
¿Por qué me hacía esto?
Tenía que haber una razón. Recordar lo enfadado que había
estado con él por obligarme a hacer tres horas de sprints de
natación, sólo para descubrir que había una razón legítima para
ese nivel de intensidad en su entrenamiento, fue lo que me
impidió echar mano del lubricante.
¿Y si era una especie de entrenamiento mental al que me estaba
sometiendo?
¿Como una mierda del Sr. Miyagi?
Sí. Probablemente era eso. Esto tenía que ser algún tipo de
condicionamiento mental súper-especializado. No había otra
explicación para ello.
Después de cómo se había ido, como si tocarme la cara le
hubiera quemado o algo así, no me hacía ilusiones de que le
gustara de verdad.
Aunque le gustara y todo esto fuera una extraña forma de
flirtear, yo seguía siendo muy competitivo y no podía dejarlo
ganar. Si esto era un desafío, tenía que salir victorioso. Así era
yo.
Me obligué a ignorar mi polla dolorosamente dura, rebusqué en
el cajón de la mesilla y saqué un frasco de somníferos de venta
libre.
No me gustaba tomarlos porque me hacían despertar aturdido,
pero empecé a tomarlos tras la muerte de mi madre. El recuerdo
de cómo la había visto cuando necesité identificar su cuerpo me
había mantenido despierto toda la noche. Así que, durante un
tiempo, estas pequeñas píldoras somníferas fueron la única forma
que tenía de descansar.
Después de tomar la pequeña píldora blanca, me puse de lado y
cerré los ojos.
Podría hacerlo.
No le dejaría ganar.
Alexa Play: Sparky de Lights

o sabía qué me había traído de vuelta al Chalet en


mitad de la noche.
Odiaba acabar siempre aquí. Parecía el destino o
una especie de atracción magnética que me traía de vuelta al
chico.
Esa mañana estuve a punto de no presentarme. Mi plan era
simplemente fantasmear, pero cada vez que pensaba en él
remando para enfrentarse a Leviathans con su lamentable nivel
de entrenamiento, todo mi cuerpo se helaba de terror.
Si salía sin estar preparado y moría, la culpa me comería vivo.
Y después de sólo dos días de conocer a esta pequeña mierda,
sabía que lo haría con o sin mi ayuda.
Lo que era peor: él estaba claramente atraído por mí.
Vi cómo me miraba... El calor en sus ojos. Para colmo de males,
su voluntad de someterse a mí me ponía a cien. Cuando le daba
órdenes, siempre se volvía dócil y flexible, lo que contrastaba
totalmente con su habitual personalidad enérgica y vibrante.
Había sido un error inclinarme hacia él cuando me preguntó si
las reglas incluían que se masturbara.
Al principio, pensé que el chico era hetero, así que no le había
dado mucha importancia. Me había cabreado con él por dejarse
caer en mi ola y quería que sufriera un poco. Así que cuando sacó
el tema, le dejé creer lo que quería.
Lo que no me esperaba era el nivel de ira que sentí hacia él al
día siguiente, cuando me dijo que se había tocado.
No sabría explicar por qué me había enojado tanto. Quizá
porque, aunque sólo lo había dicho medio en serio, necesitaba
que me escuchara si quería sobrevivir.
Su fracaso me había hecho caer en picado.
Sabía que no había sido justo que le hubiera hecho trabajar hasta
casi agotarlo, y me había sentido una mierda después... Por eso
hoy le había dado un día de descanso activo.
El único problema es que no había pensado en la carga sexual
que tendría una clase de yoga.
Tampoco esperaba que el chico me afectara tanto como lo
estaba haciendo. Verlo arquear la espalda para mí en aquella
colchoneta había sido... irritantemente excitante.
Tuve que meterme la polla en la cintura para que no viera lo
empalmado que estaba.
Sin embargo, no se le había ocurrido hacer lo mismo y había
completado el resto de la sesión con la polla hinchando sus
pantalones como una puta lanza.
Todo esto era muy malo por muchas razones.
No podía involucrarme con él de esa manera. Si hablaba en
serio, ni siquiera quería involucrarme con él de forma platónica.
Lo único que quería era que me dejaran en paz.
Entonces, ¿por qué estaba caminando hasta su chalet en la
oscuridad de la noche?
¿Por qué presionaba suavemente la puerta y giraba el pomo un
cuarto de vuelta para desactivar el mecanismo de cierre?
¿Por qué estaba en su habitación, viéndolo dormir?
Dormía con dificultad. Estábamos entrando en un verano
californiano y la cabaña era sofocante. No había aire
acondicionado, así que su habitación era un horno, incluso con la
ventana abierta.
Se había quitado el edredón, dejándome ver su cuerpo delgado
y sudoroso.
Sus pequeños bóxers tenían pequeños tiburones en ellos y no
hacían nada para ocultar lo jodidamente duro que estaba, lo que
no me sorprendió.
No me enorgullecía admitir que, una vez que me había dado
cuenta de lo atraído que se sentía por mí, había exagerado un poco
la sesión de yoga.
No había más excusa que el hecho de que era una jodida mala
persona, y no pude evitarlo. No había tocado a nadie en tanto
tiempo, y aquí estaba este chico joven, atractivo y de piel
hermosa, presentándome su culo como si quisiera que lo partiera
por la mitad.
Había empezado de forma bastante inocente; en realidad, sólo
intentaba corregir su posición en el perro hacia abajo. Era una
práctica habitual con los principiantes para ayudarlos a
colocarse... Pero él había emitido un pequeño gemido y yo perdí
temporalmente la cabeza. Quería oírlo de nuevo.
Así que, había aprovechado cada oportunidad para masajearlo
después de eso. Sabía que estaba mal, y sabía que le estaba
jodiendo la cabeza.
Pero otra vez.
Estaba claro que era una mierda de persona porque aquí estaba
yo, irrumpiendo en su espacio y viéndolo dormir como un puto
asqueroso.
Frunció el ceño y emitió un pequeño maullido en sueños, y me
fijé en un bote abierto de somníferos que tenía en la mesilla de
noche.
¿Había tomado uno de esos?
Tenía el pelo rubio oscuro empapado en sudor y pegado a la
frente. Envalentonado porque estaba seguro de que se había
tomado una pastilla, estiré la mano y le aparté los mechones
sudorosos hacia atrás, alisándole el ceño con el pulgar mientras
lo hacía.
Odiaba que frunciera el ceño, aunque no había hecho un buen
trabajo haciéndolo sonreír.
Sobre todo, porque cuando me mostraba esos hoyuelos, tendía
a olvidar por qué tenía que mantenerme alejado de Finn
Summers.
—Riddick... —gimió, y me quedé helado. Se me heló la sangre.
¿Quizá había calculado mal? Si se despertaba, no tenía ni idea de
cómo iba a explicarle que estaba en su habitación en mitad de la
maldita noche.
Sin embargo, no tenía por qué preocuparme. Todavía estaba
muy dormido y claramente teniendo un sueño caliente.
Un sueño caliente sobre mí.
La sangre se me subió a la polla y mi mirada se posó en sus
caderas, que ahora se balanceaban metódicamente hacia delante
y hacia atrás.
Su polla estaba tan dura que la punta asomaba por encima de la
cintura.
Me lamí los labios.
Hoy había estado muy bien.
Se ganó una pequeña recompensa.
Antes de que pudiera detenerme, extendí la mano y rocé
suavemente con los dedos su polla por encima de los suaves
bóxers de algodón.
Gimió suavemente y volvió a balancear las caderas,
arrastrándose hacia delante y hacia atrás sobre las puntas de mis
dedos inmóviles.
Sabía que pendía de un hilo. Le había hecho pasar por mucho
en los últimos dos días, y como él dijo, tenía veintiún años.
Cuando tenía veintiún años, no estaba seguro de haber podido
soportar lo que le hice pasar sin alguna forma de liberación.
Probablemente le dolían las pelotas.
Deslicé los dedos por su polla y lo acaricié suavemente por
encima de los bóxers.
Soltó un quejido somnoliento y una sacudida de necesidad me
atravesó la polla.
—Joder... —siseé. Tenía los huevos tiesos y apretados. Tan
llenos de semen, esperando a ser liberados...
Con la palma de la mano plana, lo froté con un movimiento de
caricia, disfrutando de la sensación de su polla caliente bajo el
suave algodón de sus bóxers. Alterné el roce con la longitud de
su polla y el cuidadoso masaje de sus huevos entre los dedos. Con
la mano que me quedaba libre, tiré un poco de la cinturilla para
ver mejor su gorda y rosada cabeza.
Ah, sí. Estaba goteando como loco.
—Necesitas correrte, ¿verdad, pequeño diablillo? —susurré,
continuando mis suaves pero constantes caricias arriba y abajo de
su polla.
Volvía a fruncir el ceño y su cabeza se balanceaba de un lado a
otro como si necesitara correrse tanto que casi le doliera.
Una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de mis labios
cuando sentí su polla agitarse bajo mis dedos. No tardaría mucho.
Apenas lo estaba tocando y ya notaba que estaba a punto.
—Riddick... —volvió a gemir en sueños, encorvándose en mi
mano, persiguiendo la sensación de mis dedos.
El sonido de mi nombre escapando de sus labios hinchados me
produjo una agradable y cálida sensación. Todo en él era tan...
succionable. Quería morder y pellizcar esos labios hasta que
volviera a decir mi nombre.
En lugar de eso, seguí acariciándolo suavemente.
—Eso es, Finn. Lo has hecho muy bien hoy. Voy a hacer que te
corras para que no te duela mañana. —Me lamí los labios,
mirando la punta rosa brillante de su polla con expectación.
Mi polla estaba durísima y deseaba verlo eyacular más que
nunca.
—Sé un buen chico y córrete para mí, Finn —murmuré, y
aunque no llegó a abrir los ojos, gimió como si me hubiera oído.
Entonces, su polla empezó a palpitar en mi mano y le bajé un
poco más la cintura para que sus bóxers no me impidieran ver su
orgasmo.
—Joder, sí, Finn. Qué bueno. Mira cómo te corres por mí como
un buen chico —murmuré, con una voz tan áspera y tranquila que
apenas podía oírla yo mismo.
Seguí frotándolo tranquilamente mientras veía cómo el semen
brotaba de su punta en hermosas y gruesas líneas.
Le salpicó por el estómago y por debajo de la mandíbula, y casi
me corro en mis propios pantalones al verlo.
Los pequeños gemidos que salían de sus labios con cada
pulsación sonaban tan bien que deseaba poder embotellarlos y
tragármelos.
Cuando terminó, volví a subirle los bóxers para cubrirlo y le
quité un poco de semen de la mandíbula.
Lo chupé como antes había querido chupar la salsa barbacoa, y
los ojos se me pusieron en blanco cuando el sabor embriagador
explotó en mi boca.
Joder.
Sabía tan jodidamente bien.
Quería devorarlo.
Extendí la mano y le unté suavemente el pecho con su semen, y
me quedé mirando su cara dormida.
Ahora parecía mucho más tranquilo. Definitivamente lo
necesitaba.
Sentí un sentimiento contradictorio de culpa y satisfacción.
Culpa porque era mi culpa que hubiera estado sufriendo en
primer lugar.
Satisfacción porque había sido yo quien le había dado la
liberación que necesitaba... que era malo.
Lo que acababa de hacer era tan malo.
Quiero decir, obviamente, era malo. Pero no me preocupaba por
las razones que podrías pensar. Aparte de lo jodido que era
acariciar a alguien hasta hacerlo acabar mientras dormía, lo malo
era que yo hubiera querido hacerlo. No podía permitirme
involucrarme de esa manera, y el hecho de que ya parecía incapaz
de dejarlo en paz era preocupante.
No era porque fuera un hombre. Finn no era el primer hombre
que me atraía.
Jet y yo solíamos enrollarnos todo el tiempo.
El problema era que era joven y tenía toda la vida por delante.
Finn no podía desarrollar un apego hacia mí. Yo lo arruinaría, y
por mucho que fuera un idiota molesto y engreído, se merecía
algo mejor de lo que yo podía ofrecerle.
Me caía bien. Me recordaba a una versión más joven de mí
mismo, y lo último que quería era que cometiera los mismos
errores que yo y tirara su vida por la borda por una estúpida
quimera.
Volví a apartarle el pelo húmedo de la cara y suspiré.
—Esto no puede volver a pasar, carnada de tiburón. Esto fue
cosa de una sola vez.
Incluso cuando las palabras salían de mi boca, sabía que eran
mentira.
Podía sentirlo en mis huesos, como si una enorme línea de
tiempo predeterminada estuviera encajando en su lugar y yo fuera
incapaz de detenerla.
Finn Summers había acabado aquí por una razón, y empezaba a
pensar que tenía algo que ver conmigo.
—Lo siento, chico —le dije en voz baja, esperando que su
subconsciente pudiera oírme y entender lo sincero que era—. Lo
siento mucho, muchísimo.
e desperté como era de esperar, aturdido por la pastilla
que me había tomado la noche anterior, pero aparte de
eso, me sentía muy bien.
Disfruté de la euforia somnolienta durante unos largos
momentos, preguntándome por qué me sentía tan bien cuando me
pasé la mano por el pecho y me quedé paralizado.
—¿qué carajo? —Miré hacia abajo y jadeé.
Estaba cubierto de semen.
¡Joder, joder, joder!
¡Tuve un sueño húmedo! No había tenido uno de esos desde la
pubertad...
Mierda... ¿eso iba contra las reglas?
No. No podía ser. No tenía control sobre eso... aunque no estaba
convencido de que Riddick lo viera así.
Ansioso e inseguro, me metí en la ducha y me limpié el semen
seco del cuerpo antes de prepararme un desayuno rico en
proteínas.
Me lo estaba sirviendo cuando llegó Riddick.
Le abrí la puerta y entró tan atractivo como siempre.
Su camiseta blanca se le pegaba como una segunda piel, y estaba
lo bastante desgastada y descolorida como para que pudiera ver
las sombras de sus pezones a través del algodón.
Desviando la mirada, tomé un gran trago de jugo de naranja para
distraerme del muro de hombre que acababa de entrar en mi
espacio.
—Buenos días —lo saludé, intentando actuar con naturalidad.
Se sentó frente a mí y me miró fijamente.
Le miré con recelo, comí un bocado de mis huevos y esperé a
que dijera algo. Por supuesto, no lo hizo.
—¿Por qué me miras así? —pregunté, y la comisura de su boca
se crispó.
—¿Bebiste?
—No.
—¿Fumar?
—No.
—¿Follar?
—Por supuesto que no, Riddick, Jesús. ¿Vamos a hacer esto
todos los malditos días?
Sus ojos azules centellearon con una especie de diversión
juguetona y empecé a sonreír a mi pesar.
—¿Algo más que deba saber? —preguntó, ignorando por
completo mi pregunta.
¿Por qué sonreía así?
Entrecerré los ojos y recordé que me había despertado cubierto
de semen.
Me mordí el labio nerviosamente, y su mirada bajó hasta mi
boca antes de volver a encontrarse con mi mirada.
¿Se lo digo?
Estaba harto de sus juegos mentales conmigo. Se burlaba de mí
con esa sonrisita en su estúpida cara y sus preciosos ojos
brillantes.
Sabía lo que hacía.
No iba a dejar que siguiera haciéndome creer que estaba loco.
Definitivamente estaba vibrando conmigo, también.
—He tenido un sueño húmedo —le dije, estudiando
detenidamente su expresión para poder descifrar su reacción y
examinarla más tarde.
—Ah ¿sí? —me preguntó, y el corazón me dio un vuelco.
—Sí. Me desperté cubierto de semen —dije, haciendo todo lo
posible por mantener la cara seria.
Se lamió los labios y sus ojos se oscurecieron.
—¿Te sientes mejor?
Entrecerré los ojos.
—¿Qué quieres decir?
Se inclinó hacia delante y me miró tan fijamente que sentí que
su mirada me quemaba las retinas.
—¿Te sientes mejor ahora que te has corrido?
Me miró de arriba abajo antes de reclinarse en su asiento y
cruzar los brazos sobre el pecho.
—Sí. La verdad es que sí. Pero no lo hice a propósito. —Fruncí
el ceño, esperando que no estuviera insinuando que eso
significaba que había suspendido su pequeña prueba.
—¿De qué iba el sueño? —me preguntó, y mis cejas se alzaron
sorprendidas.
—No me acuerdo.
El brillo de sus ojos parecía de repente siniestro.
—¿No te acuerdas?
—Nop —dije, haciendo saltar la 'p'.
—Bueno. No estoy sorprendido, pero sí decepcionado —
suspiró, levantándose.
El shock me invadió y me puse en pie indignado.
—¡¿Qué quieres decir?! No puedo evitar un sueño húmedo —
grité, persiguiéndolo fuera del Chalet, negándome a dejarme
distraer por lo marcada que estaba su espalda mientras se quitaba
la camiseta.
—Creía que tenías más autocontrol. Supongo que me equivoqué
—se lamentó mientras se dirigía al cobertizo y empezaba a
colocar placas en la barra del banco de press.
—¿Autocontrol? ¡Estaba dormido! ¿Cómo se supone que iba a
controlar eso?
Se encogió de hombros.
—¡Esto es mierda, Riddick! No suspendí tu pequeña prueba.
¡No me hice una paja! Y francamente, ¡creo que es jodidamente
raro que hayas hecho esa regla! ¿Qué tiene que ver masturbarse
con el surf?
Era esto.
Este fue el momento del Sr. Miyagi en el que me iba a decir que
al no batirme la polla, me estaba enseñando a batir las olas o
alguna mierda épica y profunda como esa...
Hizo una pausa y me examinó como siempre hacía. Nadie me
había mirado nunca con la intensidad con que lo hacía Riddick.
Era como si me arrancara la piel de los huesos con su mirada.
—¿Quién dijo que tenga algo que ver con el surf? —preguntó,
con un tono completamente plano e ilegible.
—¿Qu-qué?
—Ya me has oído, Finn. No voy a repetirlo.
—Si no tiene nada que ver con el surf, ¿por qué me has dicho
que no puedo masturbarme?
—Nunca te dije que no podías masturbarte, Finn. Tú eres el que
dijo eso.
—Sí, pero... ¡me acabas de decir que te decepcioné por correrme
mientras dormía! Estoy harto de lo que sean estos jodidos juegos
mentales, Riddick. ¿Te gusto o no? Porque ayer parecía que te
gustaba, mierda, y ahora me estás haciendo creer que eso nunca
pasó.
Ya está. Lo he hecho. Le pregunté directamente.
Su habitual expresión fría como la piedra se apagó y una
expresión de remordimiento se dibujó en sus facciones.
—Tienes razón. He sido un imbécil.
Crucé los brazos sobre el pecho y asentí, clavándole la mirada.
No se lo iba a poner tan fácil. Quería que admitiera que se sentía
atraído por mí y que no estaba solo en mi cabeza.
—Así que te gusto. —Lo dije como si fuera un hecho, no una
pregunta.
Suspiró y se pasó la mano por la cara, frustrado.
—No importa, Finn.
—¡Importa! Sí que importa —protesté, sintiendo pánico de que
de alguna manera se las arreglara para esconder todo esto bajo la
alfombra—. No me atraen los hombres, ¿de acuerdo? O... nunca
me habían atraído. Estos dos últimos días han sido realmente
confusos para mí, y si hay alguna posibilidad de que no sea
unilateral, necesito saberlo, o me voy a volver loco aquí, Riddick.
—Finn...
Me acerqué a él, con los ojos escocidos por las lágrimas, por
alguna razón.
—Dime que no te atraigo y lo dejaré estar. No volveré a sacar
el tema —lo reté, y tragó saliva.
Su nuez de Adán se balanceaba y me suplicaba que le pasara la
lengua por encima.
—De acuerdo. Bien. Me atraes. Pero quise decir lo que dije. No
tiene importancia. No puede pasar nada. No debería haber estado
jugando con tu cabeza de esa manera, y se detiene ahora, ¿de
acuerdo? Tenemos que centrarnos en tu entrenamiento. Sin
distracciones, ¿recuerdas?
Sinceramente, dejé de escucharlo después de que me dijera que
se sentía atraído por mí.
—¡Lo sabía! —bramé, golpeando el aire.
Se rio a su manera.
—¿Así que te parezco lindo? —Le sonreí y él negó con la
cabeza, con la comisura de los labios peligrosamente cerca de una
sonrisa—. Son los hoyuelos, ¿verdad? Mi madre siempre me
decía que nadie podía resistirse a los hoyuelos.
—No te pases, carnada para tiburones. ¿Has oído algo de lo que
acabo de decir?
—Nop. Todo lo que he oído es que Finn es el surfista más sexy
del mundo, y que Riddick está enamorado de él.
—Yo no dije nada de eso.
—También podrías haberlo hecho. —Le sonreí como siempre,
mostrando mis hoyuelos todo lo que podía.
Suspiró y se pellizcó el puente de la nariz.
—¿Podrías concentrarte?
—¡Me deseabas tanto que me hiciste ahorrar mi jugo de amor
para ti!
—Jesucristo. No vuelvas a llamarlo así.
—Bueno, ¿cómo debería llamarlo si no?
—Finn...
—¿Quieres que llame a mi jugo del amor Finn? Quiero decir,
podemos; sólo creo que podría ser un poco confuso.
—¡Finn! —Su tono era de repente oscuro, y mi sonrisa se
deslizó ante la mirada seria en sus ojos—. Necesito que escuches
lo que te digo. Nunca puede pasar nada entre nosotros, ¿De
acuerdo?
—¿Por qué no?
—Demasiadas razones para enumerarlas.
—Dame cinco.
Me fulminó con la mirada, pero luego levantó la mano y empezó
a contar con los dedos.
—Uno: Soy tu entrenador; es inapropiado que un entrenador
tenga relaciones con su aprendiz. Dos: La regla de 'no follar' sigue
en pie. Tres: Las relaciones sexuales son una distracción, y tienes
que centrarte en el entrenamiento si quieres sobrevivir a
Leviathans. Cuatro: Eres demasiado joven para mí....
—¿Qué? ¿Demasiado joven? Tengo veintiuno años. Sé que me
llamas niño y lo que sea, pero soy adulto.
Me miró con severidad y frunció los labios.
—Soy diecisiete años mayor que tú, Finn. Eso es demasiado.
Hice un mohín.
—No lo creo. No pareces tan viejo. Además, la edad es sólo un
número.
—La respuesta es no.
—¿Y el número cinco?
—¿Qué?
—Te dije que me dieras cinco razones; sólo fueron cuatro.
—No estás preparado para oír la quinta razón.
—Eso parece una excusa.
Me daba cuenta de que se le estaba acabando la paciencia
conmigo, pero no me importaba. No tenía ningún sentido para mí
por qué no podíamos explorar esto. Podíamos estar interesados el
uno en el otro y seguir entrenando para Leviathans. ¿Y a quién le
importaba si era mayor? Yo era un adulto hecho y derecho. Podía
tomar mis propias decisiones. No necesitaba que él las tomara por
mí. Estaba siendo demasiado cauteloso sin razón.
—La respuesta es no, Finn —me espetó por fin. Su tono era lo
bastante duro como para que supiera que no me dejaba margen
para discutir—. O aceptas que nuestra relación siga siendo
estrictamente profesional, o dejo de ayudarte. ¿Qué vas a hacer?
Por primera vez desde que llegué aquí, me planteé renunciar a
Leviathans. Si no fuera mi entrenador, ¿estaría más dispuesto a
explorar esto que hay entre nosotros? Aunque, en cuanto se me
pasó por la cabeza ese pensamiento, supe que no podría hacerlo.
Recordé el día en que Blake nos había llevado a Turtle y a mí a
ver la playa. La forma en que el agua había llamado a alguna parte
profunda de mi alma.
No podía renunciar a Leviathans, por mucho que quisiera que
Riddick me diera una oportunidad.
Sentí que todo mi cuerpo se desinflaba ante la realidad de la
situación.
Levanté la mirada hacia él, sintiéndome totalmente aplastado, y
mi corazón se rompió aún más al ver la expresión blanda de su
rostro.
Me miraba como si supiera que acababa de hacerme daño y
realmente le importara.
—Vamos, carnada de tiburón. No me mires así. Puedes hacerlo
mucho mejor que yo. Sólo soy un viejo fracasado. Estoy seguro
de que vas a tener montones de chicas jóvenes y lindas rogando
por una oportunidad de salir contigo después de que domes
Leviathans... o chicos, si eso es lo que quieres.
Eso me alegró.
No la parte de la gente rogando por una oportunidad de salir. Si
te soy sincero, ese ya era más o menos el caso. Nunca me había
costado ligar. Yo era lindo como un carajo y lo sabía.
Lo que hizo que mi estómago se llenara de mariposas fue lo que
había dicho de que iba a domar a Leviathans.
—¿De verdad crees que puedo hacerlo? —pregunté,
sintiéndome de repente feliz y esperanzado de nuevo.
Me miró fijamente durante un largo momento y luego asintió
lentamente con la cabeza.
—Si me lo das todo, entonces sí. Creo que puedes hacerlo —
dijo, aunque su expresión volvía a ser esa máscara fría e ilegible
que siempre llevaba.
Asentí, apretando los puños con determinación.
—De acuerdo. Trato hecho. No te defraudaré, Riddick —le
prometí, sonriéndole tan grande que sabía que mis hoyuelos
estaban en plena exhibición.
—Sé que no lo harás, niño —gruñó, y luego volvió al trabajo
cargando el press de banca.
iddick fue fiel a su palabra y dejó los juegos
mentales sexys. Durante las últimas semanas, se
negó a tocarme, en absoluto. Siempre mantuvo un
pie de espacio entre nosotros. Pero eso empeoró las cosas. El
hecho de que no me tocara convirtió mi enorme enamoramiento
por él en una palpitante y anhelante bola de necesidad.
A pesar de la falta de contacto, se ablandó considerablemente
en otros aspectos de nuestra rutina. Siempre era gruñón y seco, lo
cual estaba bien. Era valiente y lo suficientemente animado para
los dos. Pero también era dulce y tenía esa tendencia a desvivirse
por hacer cosas por mí que me parecían especiales e íntimas.
Por ejemplo, desde aquella primera noche en que le dije que mi
madre nunca podía ir a casa a cenar por motivos de trabajo, nunca
se ha perdido una comida conmigo.
Si no tenía turno en Sharkies, Riddick siempre se quedaba y me
ayudaba a preparar la cena. Me enseñaba todo tipo de cosas sobre
nutrición y cómo hacer que la comida sana supiera bien. Echaba
de menos la forma en que me había rodeado aquella primera
noche para enseñarme a cortar correctamente una cebolla, pero
me estaba obsesionando tanto con él que aceptaba lo que podía.
También se enteró de que odiaba absolutamente encerar la tabla
muy pronto en nuestro programa de entrenamiento.
Nos estábamos preparando para un día de surf y, cuando cogí
mi tabla, frunció el ceño.
—Necesitas encerar esa tabla, carnada de tiburón. Apenas queda
nada en ella.
Arrugué la nariz.
—Nah, está bien.
Su ceño se frunció.
—No, no lo está. Esa tabla es un desastre. ¿Cuándo fue la última
vez que la enceraste?
Entorné la cara pensando. Sinceramente, no me acordaba.
—No lo sé. Hace tiempo.
—Claramente.
—Está bien. No necesito cera. Tengo los pies pegajosos. —Le
guiñé un ojo y él gruñó, arrebatándome la tabla.
—Si crees que voy a dejarte surfear Leviathans sin una tabla
bien encerada, eres aún más iluso de lo que te creía al principio,
Finn Summers.
Levanté las cejas y el corazón me dio un vuelco.
Joder.
Me encantaba cuando imponía la ley.
Qué sexy.
—Nombrándome por completo, maldición. Hablas en serio. —
Le sonreí y su ceño se frunció. Al principio, pensé que mis
hoyuelos parecían tener el efecto contrario en él que, en la
mayoría de la gente, pero resultó que todo era una treta.
Fruncir el ceño para Riddick era sonreír para la mayoría de la
gente. Cuanto más gruñón lo hacía, más parecía entrar en razón.
Así que me había propuesto seguir siendo lo más molesto posible
para que nunca me dejara.
—¿Cómo carajo has aguantado vivo tanto tiempo? Jesús —
refunfuñó, dejando mi tabla sobre la desvencijada mesa de
madera que había junto al banco de pesas. Supuse que estaba allí
para eso, aunque nunca la había usado.
—No lo sé. La gente me conoce y luego se da cuenta de que, si
no me vigilan, estoy acabado. —Sonreí. Era verdad. Incluso
Turtle, a pesar de sus modales de porrero, solía vigilarme
inconscientemente y asegurarse de que mi culo TDAH no se
metiera en el tráfico o alguna mierda tonta.
Siempre hacía cosas para que yo prosperara, como preparar ese
juego de puntos para los platos en el trabajo para mantenerme
ocupado, y yo no sabía qué haría sin él.
Riddick me miró y, por un momento, vi verdadero miedo en sus
ojos, y el corazón se me estrujó en el pecho.
—¿Por qué no quieres encerar la tabla? —preguntó finalmente,
y yo ladeé la cabeza, pensándomelo.
Nadie me había preguntado nunca por qué, así que tardé un
segundo en ordenar mis pensamientos y elegir las razones.
Sólo me distraje admirando lo sexys que estaban los antebrazos
de Riddick dos veces.
—Creo que es algo sensorial. No me gusta el tacto de la cera.
Es pegajosa y arenosa, e incluso cuando me lavo las manos
después, siento que se me queda pegada entre los dedos durante
horas, y hace que me duelan los dientes.
—¿Hace que te duelan los dientes?
Asentí con seriedad.
—Sí, es raro y lo odio. Además, tarda una eternidad. A veces,
cuando pienso, De acuerdo, quizá debería hacerlo de verdad, me
entra demasiada ansiedad y sólo quiero meterme en el agua. Me
parece una pérdida de tiempo.
Levantó la cabeza y pareció enojado.
—Nada que te ayude a mantenerte a salvo es una pérdida de
tiempo, Finn —dijo. Su voz era baja, y no había diversión en su
tono.
Me reí nerviosamente y me froté la nuca.
—Vaya, no sabía que te importara —dije, sonriéndole
torpemente.
Su expresión se ensombreció aún más y sentí un hormigueo en
todo el cuerpo. Cuando me miraba así, los sentimientos que
siempre intentaba reprimir a su alrededor tendían a aflorar. De
repente sentí calor en la piel, y no tenía nada que ver con el sol.
—Claro que me importa, Finn —murmuró, con una voz tan
suave que casi quedó ahogada por el lejano estruendo de las olas.
—¿En serio? —le pregunté, con la voz entrecortada y
temblorosa. Sus ojos se clavaron en los míos y la tensión aumentó
entre nosotros.
Su boca se entreabrió y, por un segundo, pensé que iba a darme
la afirmación que ansiaba desesperadamente, pero parpadeó y, de
repente, el momento desapareció.
—Te enceraré las tablas si es algo sensorial. Lo haré mientras
desayunas para que no te pongas ansioso —dijo bruscamente y
volvió al trabajo, dejándome mareado y descentrado.
Alexa Play: The Wave de Colouring

ra miércoles, mi día favorito de la semana porque


siempre era un día de descanso activo. Todos los
miércoles salía corriendo después de desayunar y
me encontraba a Riddick esperándome junto a mi combinación
habitual de longboard y esterilla de yoga. Al yoga siempre le
seguía el surf de estilo libre, y siempre era lo más cerca que estaba
de verle sonreír.
Aunque Riddick ya no me tocaba durante nuestras sesiones de
yoga, casi siempre acababa excitándome. Su voz grave y gruñona
ordenándome que me moviera en todo tipo de posturas
comprometedoras era como... Era casi más excitante cuando no
me tocaba porque siempre podía sentir sus ojos clavados en mí
todo el tiempo que tenía el culo al aire.
No ayudaba que pareciera incapaz de dejar de mirarme la polla
cada vez que se me ponía dura. La forma en que se relamía y
dejaba que su mirada recorriera mi cuerpo era tan erótica que casi
me enfurecía.
Estaba claro que me deseaba tanto como yo a él, y ver la
evidencia de ello en su cara me pareció un insulto por alguna
razón.
Sin embargo, yo estaba demasiado obsesionado con él como
para decir nada al respecto, y para cuando terminábamos nuestra
sesión de surf por la tarde y pasábamos la noche cocinando
juntos, ese sentimiento de frustración y enfado siempre parecía
disiparse.
Además, siempre me despertaba los jueves por la mañana
cubierto de mi propio semen. En realidad, era culpa mía. Después
de los días de yoga, sabía que tenía que ducharme antes de
acostarme. Pero el jueguecito que Riddick había jugado conmigo
al principio me había dado el gusto de retrasar la gratificación.
Además, descubrí que casi siempre soñaba con Riddick si no me
tocaba en los días de descanso activo. Estos sueños se
manifestaban cada miércoles por la noche como un reloj, y
siempre eran los mismos. Se colocaba sobre mí en mi habitación
y me daba ligeros toques en la polla hasta que me corría.
En mis sueños, siempre me trataba con tanto cuidado y me
susurraba suaves palabras de elogio que alguna parte profunda e
insegura de mí necesitaba oír desesperadamente.
«Eres un chico tan dulce. Mírate, todo duro y necesitado. Dame
ese dulce semen, hermoso.
Joder, Finn. Eres tan guapo. ¿Vas a correrte para mí,
precioso?»
Al día siguiente, sus palabras imaginarias se arremolinaban en
mi mente, dejándome ligero y zumbando de dopamina. Lo que
daría por oírle hablarme así en la vida real.
Aunque, por mucho que intentara convencerlo, seguía con su
fría treta bajo el pretexto de que lo hacía por mi bien. Lo cual
odiaba.
Sin embargo, hoy ha sido diferente.
Salí a toda prisa, listo para mi sesión semanal de yoga, para
encontrarme con que no había ninguna combinación de
longboard y esterilla esperándome.
Riddick estaba terminando de encerar una de mis tablas cortas.
—¿Hoy no hay yoga? —pregunté, sintiéndome extrañamente
aliviado y decepcionado a la vez. Por mucho que me gustara, me
estaba hartando de que nunca llegara a nada.
Algo tenía que ceder pronto, o iba a estallar.
—No. Hoy haremos otra cosa.
Al oírlo, me emocioné.
—¿Qué?
—Vamos a Leviathans.
Al instante, toda mi irritación con él desapareció, y estaba tan
emocionado que empecé a tener hipo.
—¡Qué! ¿Lo dices e… —hipo— en serio? —chillé, literalmente
rebotando en mi sitio.
Se limpió las manos con la toalla áspera que utilizaba
específicamente para encerar y me miró divertido pero
inquisitivo.
—Sí. Vamos a estudiar los patrones de olas, y luego te enseñaré
algunas técnicas de visualización.
—¡Joder, SÍ! —hipo— ¡Omg, omg, omg, no puedo —hipo—
ESPERAR!
Aunque estaba sonriendo, me miró con cara de eres raro.
—Cálmate, no te hagas daño —murmuró, cogiendo una botella
de agua y pasándomela: supuse que para ayudarme con el ataque
espontáneo de hipo que parecía haberme consumido.
Lo perseguí hasta que llegó al límite de mi propiedad.
Desapareció entre la maleza y yo tuve un par de hipos más
mientras me esforzaba por abrirme paso entre las espesas
palmeras y arbustos que él parecía atravesar sin esfuerzo.
—¡Eh! ¿Por qué vamos por aquí? Son como cuatro minutos
andando calle abajo. —Me lanzó una mirada divertida por
encima del hombro y, antes de que me diera cuenta, la maleza
desapareció y nos encontramos en un estrecho camino de tierra,
lo bastante ancho para una sola persona.
—Este camino es más rápido.
—¿Más rápido que —hipo— cuatro minutos?
Caminamos durante un minuto y medio y, de repente, las
palmeras se abrieron y nos encontramos al borde de un
acantilado, mirando a Leviathans.
En el lado opuesto de la costa, podía ver el precipicio al que
Blake nos había llevado a Turtle y a mí cuando llegamos por
primera vez a Stars Cove.
—Woah... ¿ha estado aquí todo este tiempo?
Riddick levantó la comisura de la boca y asintió.
—Leviathans está dentro de la línea de tu propiedad.
Técnicamente te pertenece.
Me quedé con la boca abierta y los ojos se me abrieron tanto que
los globos oculares estuvieron a punto de salírseme del cráneo.
—¡Jo… —hipo— deer! —exclamé.
Me miró con el ceño fruncido y extendió la mano para
esposarme la nuca y ejercer presión a cada lado de la columna.
Me quedé helado, todo mi cuerpo se encendió al sentir su
contacto.
Hacía semanas que no me ponía las manos encima, y la forma
despreocupada y posesiva en que me había agarrado la nuca hizo
que mi mente se quedara repentinamente en blanco de lujuria.
—Bebe un sorbo de agua —me dijo suavemente mientras me
masajeaba los músculos a ambos lados de la columna. Hice lo
que me dijo, demasiado asustado para hacer un comentario sobre
lo contento que estaba de que volviera a tocarme. No quería que
se detuviera.
Tragué el agua fría mientras él me pellizcaba suavemente el
cuello, y sentí que un grumo de aire se desprendía de lo más
profundo de mi pecho y subía mientras el agua se deslizaba hacia
abajo. Solté un pequeño eructo y su boca se inclinó hacia arriba.
—Así... así está mejor —tarareó, y por la forma en que lo dijo
sentí como si debiera haberme estado susurrando esas palabras
en un dormitorio oscuro en lugar de al borde de un acantilado.
Lo miré con los ojos muy abiertos, y él me devolvió la mirada,
con la comisura de los labios aún levantada y su cálida mano
ahuecando mi cuello.
—¿Ya se han ido? —preguntó en voz baja, y yo abrí la boca
para responder, esperando que un hipo me interrumpiera, pero
nunca llegó.
—Uhm. Sí. Creo que sí... —respondí, aunque estaba susurrando
por alguna razón. Ya no me pellizcaba la carne, sino que me la
acariciaba. Su pulgar me rozaba suavemente el costado de la
garganta. Me incliné hacia su mano, deseando que siempre me
tocara así.
En cuanto me incliné hacia él, apartó la mano y se aclaró la
garganta, frotándose la nuca.
—Bajemos —dijo bruscamente, y mis mejillas se sonrojaron de
irritación.
Me estaba hartando de todas estas señales contradictorias.
Mi entusiasmo anterior se había desvanecido y ahora estaba de
muy mal humor.
Seguí a Riddick por un sendero de piedra natural muy empinado
y resbaladizo que descendía por el acantilado hasta la pequeña
playa que había debajo.
Una vez que llegamos a la orilla, me di cuenta de que lo que
había parecido arena negra desde lo alto del acantilado era en
realidad una gruesa capa de guijarros oscuros.
Era una playa de rocas, y aunque todo se había alisado por el
constante choque del agua, seguiría siendo incómodo caminar
descalzo por ella.
Aquí abajo, las olas eran aún más impresionantes.
Contemplar cómo el agua se agolpaba y se hinchaba formando
un enorme muro de color azul marino oscuro y gris plomo me
produjo un estremecimiento y escalofríos.
Era pleno verano, así que no eran ni de lejos tan grandes como
en invierno, pero seguían siendo el doble de grandes que las olas
que había estado rompiendo en mi playa privada y en los
oleoductos de Stars Cove.
Riddick me miraba fijamente, y podía sentir el peso de su
mirada zumbando en mi piel como un sol líquido, pero lo ignoré.
Seguía cabreado con él y, sinceramente, las olas merecían mi
atención más que él.
Estaba deseando agarrar una tabla de surf. Si él no estuviera
aquí conmigo ahora mismo, habría vuelto a la cabaña para
agarrar una y estaría en el agua antes de que pudieras decir ‘P.
Sherman Calle Wallaby 42, Sydney’.
—Tienes que prometerme que nunca vendrás aquí sin mí —dijo,
con tono firme y serio. Finalmente, aparté la mirada del agua y lo
fulminé con la mirada. Todavía notaba el roce de su pulgar en mi
cuello, y esa parte de mí que se sentía constantemente rechazada
por él estaba sacando lo mejor de mí.
—No voy a hacer eso, Riddick. Soy un adulto. Haré lo que
quiera.
Entrecerró los ojos, pero creo que se dio cuenta de que hoy no
estaba de humor para joder, así que lo dejó estar. Suspiró, se
volvió de nuevo hacia el agua y señaló el horizonte.
—Estas olas son mucho más pequeñas que las del invierno, pero
muestran ejemplos de algunos de los peligros que hay que tener
en cuenta —explicó—. Lo que hace que esta playa sea tan
complicada es que hay múltiples factores que entran en juego
para que las olas sean tan grandes como son, pero estos factores
también tienden a hacer que los picos sean impredecibles.
Dejé a un lado mi irritación y escuché. La información que me
estaba dando era crucial, y de repente deseé haber traído un
bolígrafo y un bloc de notas para poder anotar lo que decía.
—Aquí hay que vigilar siempre el horizonte. Leviathans no es
como la playa de Stars Cove, donde siempre hay oleoductos.
Aquí, los picos cambian, lo que hace difícil saber por dónde salir
remando. Esta playa también es famosa por las olas rebeldes que
surgen de la nada. Puedes estar esperando una ola de siete metros,
pero justo detrás de ella aparece un monstruo de 15 metros que te
pilla por sorpresa.
—¿Quince metros? —jadeé—. ¿Pensé que lo más grande que
tenían eran siete y medio?
Riddick me lanzó una mirada sombría, con los labios fruncidos.
—He visto olas de dos metros en esta playa —me dijo, con voz
hueca y atormentada.
Tragué saliva.
—¿Cómo crees que esta playa obtuvo su nombre? Estas no son
olas, Finn. Son Leviathans. Demonios marinos enviados para
castigar a los hombres que intentan domarlas.
Eso era... una locura.
—¿Ves dónde el agua se vuelve negra justo donde golpea la
rompiente? —preguntó, y yo seguí la línea de su brazo, señalando
con la cabeza la franja de oscuridad que corría paralela a las
líneas de las olas.
—Esa es la razón de estas enormes marejadas. Es un cañón de
aguas profundas que canaliza estas olas hacia la orilla, pero
también es la razón por la que el noventa por ciento de estas olas
son susceptibles de una rotura inesperada.
Me burlé.
—Una ruptura inesperada no es gran cosa, Riddick. Si me caigo,
puedo volver a intentarlo.
Se abalanzó sobre mí, con la cara blanca de furia, y por un
segundo pensé que iba a agarrarme.
Entrecerré los ojos, desafiándolo con la mirada.
Hazlo. Agárrame.
Se detuvo y apretó los puños a los lados.
—Estas no son esas marejadas con las que creciste surfeando en
la Costa Este, Finn. Una rompiente inesperada cuando te
encuentras en una ola de veinticinco metros es una jodida
sentencia de muerte. ¿Sabes lo que le pasa al cuerpo humano
cuando golpea el agua después de caer veinticinco metros?
Mi confianza vaciló un poco al intentar imaginarme, sin
conseguirlo, la altura real de veinticinco metros.
—Entonces, si por algún milagro sobrevives a esa caída, podrías
ser arrastrado y quedar atrapado en el cañón que hay debajo,
rodando por la marea viva como una camiseta en una jodida
lavadora.
—Sólo quería decir...
—Entonces, si sobrevives a eso, puedes romper la superficie
sólo para encontrarte en la zona de la muerte. —Señaló hacia el
lado este de la playa, donde convergían múltiples conjuntos de
olas que chocaban implacablemente contra las rocas, formando
una mortal y agitada piscina de agua blanca—. Gente más hábil
que tú ha muerto atrapada en dos retenciones de olas en la zona
de la muerte.
Parpadeé y, de repente, sus manos me rodearon los hombros. Su
cara estaba a escasos centímetros de la mía y mis ojos se abrieron
de sorpresa ante su repentina proximidad. Podía sentir el calor de
su aliento acariciando mis labios y, de repente, ya no pensaba en
olas de veinticinco metros. Me preguntaba si sus labios sabrían a
agua salada y cómo me rozaría la barba incipiente de su barbilla
mientras nos besábamos.
—Esta playa podría matarte de cien maneras diferentes, Finn,
pero en realidad sólo necesita una. Un error. Una cagada. Y
podrías perder la vida. —Sus dedos temblaban contra mí, y sus
ojos azules estaban furiosos pero también extrañamente
vidriosos.
Una lágrima resbaló por su mejilla y, sin pensarlo, me encontré
acariciando un lado de su cara y apartando la lágrima con el
pulgar.
La aspereza de su barba era exactamente como me la imaginaba.
—Riddick. No voy a morir —respiré, sintiendo que se me partía
el corazón por él. Estaba claramente dolido por la pérdida de su
amigo, y la idea de que yo muriera de la misma manera lo estaba
consumiendo más de lo que me había dado cuenta.
—Pero podrías —jadeó, sacudiéndome bruscamente, con la voz
tensa y ronca, como si tuviera la garganta llena de lágrimas.
Estábamos tan cerca que nuestros pechos se tocaban. Incliné la
cabeza hacia atrás para poder mirarlo bien, maravillado de que
siguiera dejándome acariciarle el costado de la cara.
—Shh. Todo va a estar bien. —Me puse de puntillas, rozando
mis labios contra los suyos tan suavemente que apenas lo sentí.
Sus ojos se cerraron y otra lágrima se escapó. Sus manos se
aferraron a mis hombros y yo me quedé allí, manteniendo el más
mínimo espacio entre nosotros.
Quería que viniera a mí. Necesitaba que él lo iniciara.
Las partes rotas de mí que nunca se habían recuperado
realmente del abandono de mi padre y de la pérdida de mi madre
necesitaban pruebas de que él me deseaba tanto como yo a él.
Necesitaba sentirme deseado.
—Finn... —Su voz era suave como una pluma, un susurro, y su
labio inferior se movía contra el mío al pronunciar mi nombre.
Hazlo, Riddick. Bésame...
Le insistí mientras seguía acariciando suavemente su mejilla
con el pulgar, igual que él había hecho antes con el lateral de mi
cuello.
Separé los labios y giré la cabeza hacia un lado, dándole la
oportunidad de reclamarme, pero tuvo el efecto contrario. El leve
movimiento pareció sacarlo de su trance.
Se separó de mí tan bruscamente que jadeé, y me quedé
tambaleante y helado por su ausencia.
Las olas chocaban contra la orilla con una violencia siniestra y,
por primera vez, no me cautivaron.
Parecían una metáfora del choque y la ruptura del estúpido e
ingenuo órgano que pugnaba por latir en mi pecho.
Fui un idiota.
¿Por qué seguí molestándome en perseguir a este chico?
Claramente no me quería lo suficiente como para perseguirlo.
Me invadió el mismo sentimiento de dolor con el que luchaba
de niño.
'¿Por qué no nos quiere, mamá? ¿Por qué nos ha dejado solos?'
'No estás solo, dulce niño. Estoy aquí.
Pero no la tenía.
Estaba jodidamente solo.
Y ahora, Riddick tampoco me quería.
—¡Te lo dije, no podemos hacer esto, Finn! —Riddick me
gritaba. Tenía los dedos hundidos en su espesa cabellera y parecía
querer arrancársela de raíz.
Pero no me importaba.
Había terminado con esto.
—Esto se terminó, Riddick —dije, sorprendiéndome de lo fría
y muerta que sonaba mi propia voz. Me sentía entumecido.
—¿Qué? —espetó.
—He terminado. No quiero entrenar más contigo. De hecho, no
quiero volver a verte, joder. Mantente fuera de mi propiedad.
Entrecerró los ojos y pude sentir su rabia como si fuera algo
vivo.
—Ya hemos hablado de esto, niño —gruñó.
—¿Qué, de repente soy niño otra vez? ¿Es así?
—Sí. Es así. Surfearé donde me salga de las pelotas, y si quiero
surfear en tu playa, lo haré.
Le dirigí una mirada fría y me encogí de hombros.
—Bien. Me iré entonces.
—¿Qué quieres decir con que te irás? ¿Ir a dónde?
—No es asunto tuyo.
—Deja de hacer el ridículo. No vas a abandonar tu propia casa
sólo porque no quieres verme.
Yo ya estaba haciendo mi camino de regreso a la pared del
acantilado.
—Mírame —espeté.
—¡Finn! —Me llamó, pero seguí caminando y no me persiguió.
Una vez de vuelta en la cabaña, empaqué un petate con algo de
ropa y envié un mensaje a Turtle, pidiéndole que viniera a
recogerme.
Admito que hice las maletas un poco más despacio de lo
necesario. Una pequeña parte patética de mí no podía evitar
esperar que Riddick apareciera y me rogara que me quedara. Para
demostrar que no todo estaba en mi cabeza y que realmente se
preocupaba por mí.
Pero nunca llegó, y para cuando Turtle apareció con Shelly, mi
humor se había agriado aún más.
Turtle me ayudó a cargar mi longboard y mi shortboard, ambas
recién enceradas para mí por el hombre al que dejaba atrás.
Intenté no dejarme influir por ese hecho mientras atábamos las
tablas al techo de la furgoneta.
Observé mi chalet cada vez más pequeño en el retrovisor lateral
de Shelly, e incluso cuando la silueta de un hombre alto y de
hombros anchos apareció junto a ella, no le dije a Turtle que se
detuviera.
Había aprendido todo lo que necesitaba saber de Riddick para
surfear Leviathans.
El resto del entrenamiento lo haría solo.
migo. Últimamente eres un aguafiestas —se quejó
Turtle, dejándose caer en la silla de jardín junto a
mí.
Aparté la mirada de la hoguera que había encendido en el lugar
de Shelly. Todas las parcelas del camping de Stars Cove tenían
una, y me había pasado la última hora echando en ella trozos
enrollados de La Gaceta de Stars Cove.
A la gran foto en blanco y negro de la cara del alcalde Tully le
faltaba ahora una frente debido a mi nervioso picoteo e inquietud.
—No —refunfuñé. Mi amigo frunció el ceño y me miró
inusualmente preocupado.
—Tú también, bro. Llevas de bajón desde que me hiciste venir
a buscarte. ¿Qué pasó?
Habían pasado tres días desde que salí de mi chalet. No había
vuelto ni una sola vez y no había sabido nada de Riddick... lo cual
tenía sentido ya que estaba bastante seguro de que ni siquiera
tenía celular.
Eso no me impidió comprobar constantemente mi teléfono para
ver si de alguna manera me había enviado un mensaje de todos
modos.
—No pasó nada —respondí. No estaba seguro de por qué no le
había contado a Turtle lo de Riddick. No le debía nada, y como
ya no era mi entrenador, las reglas ya no se aplicaban.
Podía beber, fumar y follar con quien quisiera, aunque la sola
idea de hacer cualquiera de esas cosas me hacía sentir más
miserable.
No ayudaba que hubiera visto a Blake y Turtle follando tantas
veces que empezaban a sentirse mal por mí. No dejaban de
insistirme para que me enrollara con Quinn, que se había vuelto
cada vez más pegajosa en el trabajo en los últimos días. Así que
sospeché que también le decían que se enrollara conmigo.
Era molesto, y no tenía forma de explicarles que estaba pasando
por lo que se parecía muchísimo a una ruptura... aunque en
realidad no habíamos sido nada.
Ni siquiera había soñado con Riddick, lo cual supongo que era
bueno. Correrme en el pequeño sofá de Turtle era lo último que
me apetecía... Sobre todo, desde que había colgado un póster de
Magnum PI desde nuestra última conversación, y siempre tenía
la sensación de que Tom Selleck me miraba fijamente... Era
espeluznante... pero, de algún modo, también me recordaba a otro
hombre de pecho peludo y ojos amables...
Lo echaba de menos.
Echaba tanto de menos a Riddick, joder, era una locura.
Echaba de menos hacer la cena con él y cómo le brillaban los
ojos cuando hacía alguna broma estúpida o me emocionaba
demasiado con las cosas.
Echaba de menos cómo me enceraba la tabla cada mañana
porque sabía que no me gustaba cómo se me quedaba la cera entre
los dedos.
En aquel Chalet había crecido una extraña sensación de hogar...
una sensación que no había tenido desde que mi madre vivía, y
ahora que había desaparecido, no recordaba cómo había podido
ser feliz viviendo en aquella furgoneta con Turtle.
Me sentía solo, aunque Turtle y yo vivíamos uno encima del
otro.
—Definitivamente ha pasado algo, bro. Te comportas como
cuando... —se interrumpió, pasándose la mano por el pelo largo.
—¿Cómo cuando qué? —espeté, sabiendo ya la respuesta.
Me lanzó una mirada muy poco Turtle y suspiró.
—Te comportas como lo haces en el aniversario de su muerte,
amigo.
Tragué saliva.
—No puede ser. No puede estar tan mal.
—Está bastante mal, hermano. Puede que no estés totalmente
horizontal bajo las sábanas, pero no hay luz en tus ojos. Alguien
te ha hecho daño. Mal.
—No quiero hablar de eso —suspiré, y él me miró como si
estuviera loco.
—¡Ves! Esto es lo que quiero decir. Siempre quieres hablar de
cosas. ¡Deberíamos haberte llamado Motormouth Mike!
Mi labio se crispó y le lancé una de mis bolitas de papel.
—Es un nombre terrible.
Turtle se rio y se encogió de hombros.
—Terrible pero preciso, bro.
—Lo que sea —suspiré.
—¿Por qué no vienes esta noche a la fiesta de la playa? —me
preguntó, y yo ya estaba negando con la cabeza antes de que
terminara de hablar.
—Vamos, hombre. No tienes que beber ni nada. Sólo ven a
pasar el rato. Quinn estará allí. No sé quién te ha metido en este
lío, y no tienes que decírmelo si no quieres, pero quizá sólo
necesites que ella te folle.
El ella me desconcertó por un segundo hasta que recordé que
Turtle seguía pensando que me gustaban exclusivamente las
chicas.
Para disimular mi extraña reacción a lo que había dicho, volví a
suspirar.
—Bien.
—¡Buenísimo! —Me dio una palmada en el hombro
jovialmente—. ¡Nos lo vamos a pasar brutal, bro! Esta fiesta va
a ser la onda.
a fiesta era un jolgorio. Acudió casi todo el personal
de Sharkies, e incluso algunas personas del pueblo
vecino.
Sólo conocía a un puñado de personas, y me mantenía lo más
cerca posible de Turtle y Blake.
La playa de Stars Cove tenía un bar tiki con personal para estos
eventos, y había una cola de tres personas tratando de conseguir
bebidas.
Un DJ pinchaba éxitos de los cuarenta, y a medida que el cielo
se oscurecía y el público se ponía más inclinado, la gente
empezaba a quitarse los zapatos y a bailar.
Me estaba tomando una cerveza de raíz, medio escuchando a
Turtle contarle a Blake todo lo que había pasado con un cliente
cabrón que había tenido que atender en Sharkies, cuando apareció
un tipo creído muy cheto vestido con un polo y pantalones cortos
de color beige.
—Hola, Turtle, amigo, ¿qué tal? —Chetito sonrió, mostrando
unos dientes extrañamente perfectos.
Eran tan perfectos. Me pregunté vagamente si eran carillas.
Amigo parecía un muñeco de ventrílocuo.
—Tully, mi bro, ¿qué pasaa? —Turtle sonrió con su habitual
bonachonería, palmeando amistosamente al chico. No conocía a
ese chico, pero su nombre me sonaba.
—Nada del otro mundo, sólo pensé en venir y mezclarme con
la gente corriente —dijo el chico, Tully.
Entrecerré los ojos.
Eso que había dicho es una estupidez.
Turtle no pareció perturbado; se limitó a asentir, aún sonriente.
—Muy bien, bro.
—¿Quién es? —preguntó Dentástico Tully, moviendo la cabeza
hacia mí, pero hablando con Turtle como si yo no estuviera aquí.
Arrugué la nariz.
Este chico me estaba dando asco.
—Este es mi mejor amigo, Finn Summers.
Los ojos de Tully brillaron, y su sonrisa espeluznante y divertida
se volvió malvada.
—Ah, sí. He oído hablar de ti. Quinn habla mucho de ti.
—Ah, ¿sí? —contesté, sin molestarme en fingir que me
interesaba la conversación.
—Sí. Dice que tienes el sueño tonto de montar Leviathans.
Sabes que eso es sólo para los profesionales, ¿verdad?
Lo dijo como si diera a entender que él era el profesional en
cuestión.
—Lo que tú digas, hombre —respondí con suavidad, ya
escudriñando a la multitud para ver si se me ocurría alguna
excusa para alejarme de este idiota.
—Hola, veo a Blake. Vuelvo enseguida —dijo Turtle de
repente, desapareciendo de mi lado.
Estuve a punto de gritarle que no me dejara a solas con ese
imbécil, pero cuando abrí la boca, ya se había ido.
Turtle, mi culo. Amigo era rápido como un carajo.
—En fin, por eso mi padre va a abrir Leviathans para una
competición anual de surf. Dice que traerá mucho dinero a la
ciudad. Ya he estado entrenando durante meses.
Fue como si alguien hubiera apagado el sonido y, de repente,
toda mi atención se centrará en la estúpida cara del puto de Chip
Skylark.
—No puede hacer eso, hombre —dije tontamente, sabiendo que
Riddick perdería absolutamente la cabeza si algo así sucediera.
Se burló el chico, dando un gran trago a su cerveza.
—Claro que puede. Mi padre es el alcalde de Stars Cove. Puede
hacer lo que quiera.
Fue entonces cuando me di cuenta. Tully. Ese debe ser el
apellido de este chico. Era el hijo del alcalde Tully.
Lo fulminé con la mirada, negando con la cabeza.
—Nah, bro. Leviathans está en mi propiedad. Compré el viejo
lugar de Jake Whittling. De ninguna manera le dejaría hacer eso.
—Sintiéndome satisfecho conmigo mismo, le di otro trago a mi
cerveza de raíz.
Tully se echó a reír.
—Dios, eres más tonto de lo que creía. Leviathans entra dentro
de la Doctrina de Confianza Pública. Aunque técnicamente esté
en tu terreno, sigue siendo propiedad del Estado y está abierto al
uso público. ¿Crees que mi padre se pondría a montar algo así sin
marcar todas sus casillas?
Fruncí el ceño.
¿Qué carajo? ¿Qué sentido tenía comprar tierras si todo el
mundo podía hacer lo que le diera la puta gana en mi propiedad?
Me froté la sien, sintiendo de repente que me dolía la cabeza.
—¿Te está molestando Kyle? —Levanté la vista y me encontré
a Quinn de pie, con las manos en las caderas y el ceño fruncido.
—Quinn, nena. Sólo le estaba enseñando a este imbécil los
fundamentos de la ley de propiedad de California —dijo,
hinchando el pecho como si eso lo hiciera genial en lugar de un
completo tarado.
—Ew, Kyle. No soy tu nena. ¿Por qué no vuelves a meterte
debajo de la roca de la que saliste?
Su expresión cambió de divertida a violenta tan rápidamente
que tuve que parpadear para seguirle el ritmo.
De repente, estaba agarrando los brazos de Quinn con tanta
fuerza que ella gritó de dolor, y le gruñía en la cara.
—¿Crees que puedes hablarme así, zorra estúpida? —escupió.
Me quedé con la boca abierta por la sorpresa. ¿¡qué carajo!?
Tenía la sensación de que este chico era una mierda, pero no
esperaba este nivel de depravación.
Quinn no parecía sorprendida, pero tampoco se acobardó.
Dirigió sus furiosos ojos verdes hacia él y le escupió directamente
a la cara.
—¡Cabrona! —bramó y la arrojó a la arena como si fuera una
muñeca de trapo. Retiró el pie y de repente me di cuenta de que
pensaba darle una patada.
—¡Hey, diablos, no! —solté.
Le di una patada en la pierna sobre la que había apoyado todo
su peso y se desplomó en la arena junto a Quinn.
Estaba sobre él en un segundo.
—¿Te gusta pegar a las chicas? —gruñí, echando el puño hacia
atrás y golpeándole la nariz con tanta fuerza que le brotó sangre—
. ¿Por qué no intentas joder con alguien que te devuelva los
golpes? —Golpeé con el puño sus estúpidos y feos dientes y gruñí
mientras plantaba un nudillo en las carillas.
—¡Finn! ¡Para! —Quinn gritaba y me quitaba de encima del
idiota, que ahora chisporroteaba y escupía sangre a la arena.
—¡Vas a pagar por eso! —Kyle me gritó mientras se ponía de
pie.
Volví a abalanzarme sobre él, pero giró el rabo y echó a correr
como la perra que era. Tuvo suerte de que Quinn me detuviera, o
le habría dejado un ojo morado además de la nariz rota.
—Qué puto cabrón —gruñí, y Quinn tomó suavemente mi
palpitante mano entre las suyas y la levantó para examinar los
daños.
—No deberías haber hecho eso, Finn. —Ella suspiró.
Me burlé, apartando por fin la mirada de Kyle, que se retiraba,
para mirarla a ella.
—Iba a hacerte daño. ¡Justo delante de mí! ¿Qué se suponía que
tenía que hacer? ¿Ver cómo te daba una paliza de mierda? Que le
den.
Me miró con esos bonitos ojos rodeados de pestañas oscuras y,
por un momento, pareció que iba a llorar. Su pelo oscuro era tan
espeso y sano que reflejaba el cálido parpadeo anaranjado de las
llamas de las antorchas tiki que iluminaban la playa.
Era realmente preciosa. En otra vida, la habría perseguido sin
dudarlo. Así las cosas, incluso después de poner tres días de
distancia entre nosotros, yo seguía persiguiendo a Riddick.
—Nunca nadie había hecho algo así por mí —dijo en voz baja,
y yo fruncí el ceño.
—Entonces necesitas salir con gente mejor, Quinn. Eso estuvo
jodido. ¿Es la primera vez que intenta hacerte daño?
Sacudió la cabeza y bajó la mirada. Su vergüenza era tan grande
que podía sentirla rodar por mi piel como un ser vivo.
—Oye —le dije, inclinando su cabeza hacia arriba para que
volviera a mirarme—. No hay nada de qué avergonzarse. No has
hecho nada malo.
—Básicamente lo llamé cucaracha... y le escupí. —Señaló, y me
eché a reír.
Era la primera vez que me reía desde que salí de la cabaña. Me
sentí muy bien.
—Cierto. Pero quiero decir, si las antenas encajan.
Se rio.
—¿Viste cómo se escabulló después de que le diste una paliza?
Asentí con fingida seriedad.
—Comportamiento grave de las cucarachas.
Volvió a soltar una risita y sentí otra oleada de tristeza por no
estar colado por ella. Se merecía a alguien que cuidara de ella
como Riddick cuidó de mí.
O, supongo, la forma en que había estado cuidando de mí antes
de que lo dejara en esa playa.
—Solía salir con él. Lo creas o no, fue muy amable conmigo al
principio. Encantador. Luego, después de estar juntos un tiempo,
empezó a cambiar. Rompí con él después de que me pegara la
primera vez, pero desde entonces está obsesionado conmigo.
Empezaba a entender por qué parecía odiarme nada más verme.
Pensaba que iba tras Quinn, que parecía creer que le pertenecía.
Joder, odiaba a los tipos como él. Debería haberlo golpeado más
fuerte.
—No va a dejar pasar esto, ¿sabes? —dijo, señalando mi mano
ahora hinchada y sangrante.
Resoplé.
—No le tengo miedo, nena.
—Deberías tenerlo. Su padre es el alcalde, Finn. Podrían
complicarte mucho la vida aquí si quisieran.
Me encogí de hombros.
Mi vida aquí ya era complicada, y no tenía nada que ver con el
cabrón de Kyle Tully.
—Me gusta cuando me llamas así, ¿sabes?
—¿Eh? —pregunté, sacudiendo la cabeza para salir de mis
pensamientos sobre Riddick.
—Nena —dijo, con las mejillas sonrojadas, y mi pecho se
inundó de culpa.
Ah, joder.
Lo último que quería hacer era engañarla. Riddick me había
hecho eso durante semanas, y me sentí como una mierda. No
estaba dispuesto a hacerle eso a otra persona. Especialmente a
alguien tan genial como Quinn.
—Escucha, Quinn. Creo que eres genial y todo eso, pero no es
así —le dije, y ella frunció el ceño.
—¿No lo es?
—Nah. Sé que Turtle ha estado presionando para que nos
enrollemos, pero no estoy buscando una relación ahora mismo.
—¿Por qué no? ¿Es por mí? ¿Es algo que hice? —preguntó, y
pude ver la ansiedad en sus facciones. Algo me decía que el chico
Kyle no sólo la había golpeado. Había dañado su autoestima.
Alguien que se veía y actuaba como Quinn no debería ser tan
insegura.
—No, nena. No es por ti. Eres preciosa, divertida e inteligente,
y te mereces algo mejor que ese imbécil de Kyle. Es sólo que...
me gusta otra persona.
Se le iluminó la cara y enseguida me arrepentí de haber dicho
nada.
—¿De verdad? ¿Quién? ¿La conozco? —Mis mejillas se
sonrojaron y negué con la cabeza.
—Nah. Probablemente no —murmuré.
—Bueno, ella es muy afortunada. Sea quien sea.
Solté una carcajada dolorosa y me encogí de hombros. Dudaba
que Riddick estuviera de acuerdo en que tenía suerte de ser el
objeto de mi afecto. No podía apartarme lo bastante rápido.
Extendió la mano y la puso sobre la mía con suavidad,
sonriéndome.
—Gracias de nuevo, Finn —susurró, y yo le sonreí.
—Por supuesto, Quinn.
De repente, una voz profunda y furiosa rasgó la templada noche
californiana, haciéndome apartarme de Quinn con sorpresa.
—¿Y qué está pasando aquí exactamente?
Mi cabeza se giró hacia un lado, y Riddick estaba allí, apenas a
un metro de nosotros.
Y parecía cabreado.
Alexa Play: Santa Monica de Everclear

Qué haces aquí? —Fruncí el ceño y Riddick


entrecerró los ojos. No me pasó desapercibida su
mirada hacia la mano de Quinn, que seguía
apoyada sobre la mía.
Quinn me miró y luego miró a Riddick, con el ceño fruncido por
la preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó confundida.
—Nada, vamos a tomar algo —dije, apartándome de Riddick.
—¿Así que ahora bebes?
—Eso no es asunto tuyo —espeté, y Quinn pareció aún más
preocupada. Nos miraba como si temiera que me metiera en otra
pelea a puñetazos.
—¿También te la follas?
—Otra vez. No es asunto tuyo, Riddick —gruñí, abandonando
mi plan de llevar a Quinn a tomar algo. Me volví hacia él y le
dirigí la mirada más dura que pude reunir.
—Finn —dijo Quinn. Le temblaba la voz y me hablaba como si
yo fuera un animal rabioso que iba a perder el control en
cualquier momento—. Quizá deberíamos...
—Ve a buscar a Turtle, Quinn —le espeté.
Quinn vaciló y se mordió el labio. No dejaba de mirarnos. Nos
mirábamos con tanta intensidad que supe que probablemente
pensaba que íbamos a matarnos.
—No creo que deba irme... —susurró, y la fulminé con la
mirada.
—¡Dije que te vayas, Quinn!
Frunció el ceño y, finalmente, asintió con la cabeza antes de
alejarse a toda prisa.
—Quiero que vuelvas a casa —dijo Riddick en cuanto se fue.
La sangre se me aceleró en los oídos al oírlo decir casa. Como
si fuera nuestro hogar. Sacudí la cabeza. No. No dejaría que me
lo volviera a hacer, que me diera esperanzas con todos esos
pequeños bocados de compromiso y afecto implícitos.
Me merecía algo mejor que eso.
—Me importa un carajo lo que quieras, Riddick.
—No era una petición, Finn —gruñó, y me estremecí. Una parte
muy profunda de mí deseaba someterme a él y obedecer, pero no
podía. No podía volver a los días de juegos mentales y tensión
sexual interminable. Me iba a volver loco.
—La respuesta es no —siseé, escupiéndole sus propias palabras.
Se estremeció visiblemente.
Me di la vuelta para marcharme, pero lo que dijo a continuación
me detuvo en seco.
—Lo siento, ¿de acuerdo? Por favor, ven a casa.
Miré por encima del hombro y la forma en que me miraba me
hizo doler el corazón. Había una profunda tristeza en sus ojos que
no había notado antes.
—¿Por qué debería?
Echó un vistazo a la fiesta y seguí su mirada. Nos miraban raro,
y un gruñido de frustración me recorrió el pecho.
Jodidos cabrón entrometidos.
—Aquí no... ¿Podemos hablar? ¿En privado? ¿Por favor? —me
preguntó, y juro por Dios que fue el por favor lo que me
conquistó. Estaba tan acostumbrado a que me diera órdenes que
oírlo suplicar me produjo un cosquilleo de extrañeza.
Eché un vistazo a nuestro público, cada vez más numeroso, y
suspiré.
Era una mierda guardando rencores. Aunque no estaba
preparado para perdonarlo del todo, podía admitirme a mí mismo
que, obviamente, seguía queriéndolo. Si quería hablar, lo
escucharía.
—De acuerdo. Bien. Déjame ir a buscar a Turtle para hacerle
saber que me voy. Te veré en el Chalet.
—De acuerdo. —Asintió—. Estaré esperando.
—Bien —espeté, y me fui a buscar a mi amigo.
Encontré a Turtle descansando con Blake junto a una de las
hogueras. Me sonrió cuando me acerqué y me tendió el puño para
chocarlo.
—Hola bro, ¿qué pasaaa?
—No mucho. Oye, ¿hay alguna posibilidad de que me lleves a
casa?
—No puedo, Finn, bro. He tenido un par de chicos crujientes si
me estás cogiendo la onda.
Sentí que me desinflaba. La caminata no era imposible, pero sí
un poco ardua.
—Toma, puedes llevarte mi coche; tráelo mañana a Sharkies
para nuestro turno —dijo Blake, entregándome sus llaves. Sonreí
al ver el llavero de imitación de la pata de conejo de la suerte.
—Gracias, Blake.
—Ni lo menciones. —Me guiñó un ojo.
—Oye, ¿has visto a Quinn? —le pregunté, y ella negó con la
cabeza.
—No, todavía no.
—Asegúrate de ir a verla. Ha tenido una noche un poco dura —
dije, y Blake asintió.
—De acuerdo. Tomo nota. Gracias.
—No hay de qué —dije por encima del hombro mientras me
alejaba trotando, de repente más ansioso que nunca por llegar a
casa.
¿De qué podría querer hablar?
¿Por fin iba a admitir que quería estar conmigo?
Cuando llegué a la entrada de mi casa, el corazón me latía con
fuerza.
Joder, ¿por qué estaba tan nervioso?
Mis pies crujían en la grava del camino de entrada mientras me
acercaba a la puerta de mi cabaña de playa. Me pregunté cuánto
tiempo tendría que esperarlo mientras abría la puerta y entraba.
—Hey.
—¡Jesucristo! —grité, accidentalmente enviando mis llaves
volando.
Riddick estaba de pie en mi cocina con las manos en los
bolsillos y una expresión miserable en la cara.
Había olvidado lo corpulento que era. No había sido tan obvio
al aire libre, en la playa.
Aquí, con todos mis muebles del tamaño de un apartamento y
mis techos bajos, me sentía enano a su lado.
No estaba seguro de cuándo habían cambiado mis gustos, de los
rasgos pequeños y delicados que tan bien lucían las chicas como
Quinn a este imponente muro de hombre escarpado que tenía ante
mí, pero era innegable.
Simplemente lo hizo por mí, y me costó todo mi autocontrol no
derretirme en un sumiso charco de baba a sus pies.
—Lo siento, no quería asustarte.
—¿Cómo has llegado tan rápido? Pensándolo bien, ¿cómo has
entrado aquí? Cerré la puerta cuando me fui.
Ladeó la boca con la clásica sonrisa de Riddick y se encogió de
hombros.
—Dedos mágicos —respondió, y yo entrecerré los ojos.
—Más bien dedos de felonía —refunfuñé, y sus labios volvieron
a crisparse. Luego, su mirada se posó en mi mano, que estaba
hinchada y sangraba de tanto golpear a Nigel Thornberry en la
cara.
—¿Qué carajo pasó? —gruñó, precipitándose hacia delante,
alcanzando mi mano como si quisiera inspeccionarla más de
cerca.
Me aparté bruscamente de él y di un paso atrás.
—Nada. El hijo imbécil del alcalde intentó herir a Quinn, así
que le pateé el culo.
Las fosas nasales de Riddick se encendieron de rabia.
—¿Te hizo daño?
—¿Qué? No. No. Ni siquiera pudo golpearme.
Riddick apretaba y aflojaba los puños a los lados, con la mirada
fija en mi mano sangrante.
De repente, me sentí cansado. Tan cansado de todos sus jodidos
juegos mentales y señales contradictorias. Tal vez volver aquí fue
un error.
—¿Por qué estoy aquí, Riddick? Di lo que tengas que decir para
que pueda irme —suspiré, y él se mordió el labio, desapareciendo
su pequeña sonrisa.
—Quería disculparme.
—¿Sí? ¿Por qué?
Se quedó callado y yo me burlé.
—Eso es lo que pensaba; ni siquiera sabes por qué te disculpas.
—Por hacerte daño.
Gruñí. Todo lo que estaba haciendo era cabrearme aún más.
—Bueno, no te perdono. Ahora amablemente jódete.
—Finn...
—¡No! O estás en esto o no lo estás. Si no te gusto, de acuerdo,
pero entonces jódete y déjame en paz. He dejado claro lo que
siento por ti, y lo siento, pero no quiero entrenar todos los días
con alguien que claramente no me desea.
De repente, se me echó encima y me apretó la espalda contra la
puerta. Me cogía la cara con sus grandes manos y frotaba
íntimamente la punta de su nariz contra la mía.
—¿Crees que no te deseo, Finn? —murmuró contra mis labios.
—Yo…
—Te deseo tanto, joder, que podría haber matado a esa niña
tonta por poner sus manos en lo que es mío.
¿Qué es... mío?
De repente, todo mi cuerpo ardía. Sus labios estaban tan cerca
de los míos que prácticamente se tragaba cada una de mis
respiraciones.
—No soy tuyo, Riddick. Lo has dejado perfectamente claro.
Su pecho emitió un gruñido grave y animal, y me apretó con
más fuerza contra la puerta.
—Estoy tratando de protegerte, Finn. ¿No puedes confiar en mí?
—¿Protegerme de qué?
—¡De mí! No soy bueno para ti. No importa que te desee tanto
que seas lo único en lo que pueda pensar. Porque no se trata de
mí. Se trata de ti y de lo que te mereces.
Me estaba diciendo todas las cosas que me moría por oír, pero
aún no era suficiente. Necesitaba más que palabras bonitas. Lo
necesitaba a él.
—¿Y qué crees que merezco, Riddick? —pregunté, aunque mi
voz era un susurro. Apoyó la frente en la mía y cerró los ojos,
acariciándome tiernamente las mejillas con los pulgares, como si
yo fuera algo precioso que había que adorar y atesorar.
—Todo... Cualquier cosa, Finn. Te mereces cualquier cosa que
quieras en el mundo, y lo siento si te he hecho sentir que no.
—Lo que quiero es a ti.
Se apartó un poco para poder mirarme a los ojos. Le devolví la
mirada, conteniendo la respiración al ver cómo se desmoronaba.
—Seguirás intentando montar Leviathans, incluso sin mi ayuda,
¿verdad? —se atragantó, y yo asentí.
—Sabes que sí.
Volvió a acariciarme las mejillas y vi cómo se le movía la nuez
de Adán mientras tomaba una decisión que cambiaría mi vida
para siempre.
—Si cedo... Si exploramos esta... cosa, ¿vendrás a casa?
Todavía sin poder respirar, asentí una vez.
—Dilo. Necesito oírte prometerme que volverás a casa y me
dejarás ayudarte.
Dejé escapar el aliento que había estado conteniendo
apresuradamente y volví a asentir.
—Sí, Riddick. Volveré a casa si aceptas darle una oportunidad
a esto.
Pasó el segundo más largo de mi vida mientras mis palabras
quedaban suspendidas entre nosotros, y entonces me rodeó la
parte posterior de los muslos con sus grandes palmas y me
levantó, obligándome a rodearle la cintura con las piernas.
—Espero que algún día puedas perdonarme, Finn... Lo intenté,
joder. Lo intenté de verdad —murmuró, con voz áspera. El
corazón me latía con fuerza en el pecho y, por un momento, pensé
que iba a rechazarme de nuevo. Me estremecí cuando dirigió
hacia mí sus hermosos, pero terriblemente tristes ojos azules, y
vi cómo se quebraba.
—Pero estoy demasiado jodidamente débil para seguir luchando
contra esto. —Me agarró bruscamente por la mandíbula y me
sujetó firmemente mientras me masajeaba la cadera con la otra
mano—. Te mereces mucho más de lo que estoy a punto de darte,
Finn.
Gimoteé mientras me apretaba aún más contra la pared,
clavándome los dedos lo bastante fuerte como para hacerme
moretones.
—Pero soy una puta mierda de persona, y te lo voy a dar de
todas formas.
Entonces, estrelló sus labios contra los míos.
Alexa Play: The Space Between de Dave Matthews Band

iddick sabía tal y como me lo imaginaba. Sal


marina con un toque de algo más terroso y
masculino. No se parecía a nada que hubiera
probado antes, y todo mi cuerpo se encendió cuando introdujo su
lengua caliente en mi boca.
Gemí, y mi cuerpo se arqueó instintivamente hacia él, lo que le
hizo gruñir y clavarme más firmemente contra la pared con sus
caderas.
Sus dedos se enroscaron en mi pelo y controló los movimientos
de mi cabeza mientras devoraba mi boca. Nunca me habían
dominado así. Las chicas con las que me había enrollado siempre
habían sido tan tímidas y sumisas.
Esta fue una experiencia completamente diferente, y ahora que
había probado lo que se sentía ser propiedad de Riddick, no creía
que pudiera volver atrás.
Yo jadeé mientras él se metía toda mi lengua en la boca,
pulsándola con un sonido húmedo y sorbedor antes de soltarme y
hacer lo mismo con mi labio inferior y luego con el superior.
Me mordisqueaba la boca cada vez que gemía, como si los
sonidos que me arrancaba fueran pequeños dulces que se había
ganado.
—Riddick... —jadeé, moviendo las caderas en un intento de
aplastar mi dolorosamente dura polla contra su abdomen—.
Necesito...
Apartó la boca, pero aumentó la presión de su agarre sobre mi
pelo y mi cadera, manteniéndome completamente quieto y a su
merced.
—Sé lo que necesitas, pequeño.
Con muy poco esfuerzo, dejó caer la mano que había estado
controlando mi cabeza hasta mi cadera y me apartó de la pared.
Puse las manos sobre sus hombros para estabilizarme mientras
nos acompañaba hacia mi dormitorio.
Joder.
Estaba pasando... ¿Me iba a follar?
En realidad, no había pensado tanto. Sólo quería que admitiera
que me deseaba. ¿Estaba preparado para comprometerme por
completo?
No estaba seguro de poder echarme atrás ahora, no después de
la escena que había montado. Además, mi polla estaba tan
jodidamente dura que estaba seguro de que estaba goteando en
mis pantalones cortos. Lo último que quería hacer era decir algo
que pudiera asustarlo.
Con sus enormes manos a cada lado de mi culo, me apretó
suavemente y me separó mientras caminaba. Sentí cómo me abría
las nalgas y, aunque estaba completamente vestido, aquello era
increíblemente erótico y excitante.
—¿Tienes idea de las ganas que tengo de partirte este puto culo
en dos? —gruñó, abriendo de una patada la puerta de mi
habitación y dejándome caer sobre la cama.
Gimoteé, pero él se inclinó sobre mí, presionándome hacia atrás
sobre los codos y dejando caer más besos sobre mis labios
hinchados.
—Verte levantar el culito cada puta semana ha sido una tortura
—murmuró contra mí, y yo podría haber llorado de alivio. La
confirmación de que había sido tan difícil para él como lo había
sido para mí fue tan reconfortante. Era todo lo que había estado
deseando oír.
Desabrochó hábilmente el cordón de mis pantalones cortos y me
los quitó de un tirón antes de deslizar las palmas planas sobre la
piel caliente de mi abdomen bajo la camiseta de surf.
Instintivamente, levanté los brazos por encima de la cabeza para
facilitarle la tarea. Una vez acostado en bòxer, se puso de pie y
se elevó sobre mí junto a la cama.
Se quitó la camiseta blanca, tirándola al suelo sin pensárselo dos
veces, y me quedé mirando su pecho musculoso y sus cincelados
abdominales con ojos hambrientos. Tenía el pelo dorado y
áspero, y me pregunté qué sentiría al poder pasarle las manos por
encima.
—Quítame los pantalones —me ordenó, y me apresuré a tantear
los lazos de su bañador. Estaba tan nervioso que se me caían los
cordones, y él se impacientó, me apartó las manos y se lo quitó
él mismo.
Jadeé cuando su polla salió y se balanceó en el aire ante mí.
Era enorme, joder. No estaba seguro de lo que esperaba. Un
hombre de su tamaño obviamente tendría una polla gigante. Sólo
tenía sentido, pero verlo fue extremadamente humillante.
¿Iba a intentar meterme esa cosa dentro?
No sabría decir si pensar en eso me excitaba o me aterrorizaba.
Tal vez ambas cosas.
Envolvió su mano alrededor de su monstruosa polla y la acarició
descaradamente mientras miraba cómo lo follaba con los ojos.
Con la mano que le quedaba libre, se acercó a mí y me tocó por
encima de los bóxers.
Me acarició igual que en mis sueños, y yo gemí su nombre
cuando deslizó su mano entre mis piernas y jugueteó con mi raja
por encima de los bóxers.
OhJoderOhJoderOhJodeeeeer...
—¿Ha estado alguien aquí? —preguntó con voz ronca y oscura.
Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra. Jadeaba y
sudaba por la expectación mientras me pasaba el dedo por el
pliegue del culo, haciéndome cosquillas en los huevos.
Me lanzó una mirada de pura lujuria y posesión antes de gruñir.
—Bien. Muy bien, Finn. Quítate los bóxers —me ordenó, y
vacilé, mirando fijamente su enorme polla, que estaba tan dura
que apuntaba directamente a su cara.
—¿Va a doler? —susurré, y su expresión se suavizó
ligeramente. Se inclinó hacia delante, me acarició suavemente la
cara y volvió a besarme. Esta vez, lenta y profundamente. Su
lengua se enredó con la mía y gemí mientras me lamía y
succionaba hasta dejarme inconsciente.
Cuando por fin se apartó, volví a sentirme ebrio de lujuria y
relajado.
—Puede que te escueza un poco al principio, pero voy a
asegurarme de que estés bien abierto antes de follarte. Una vez
que tu cuerpo se adapte a mí, te sentirás jodidamente bien, Finn.
Te lo prometo.
—De acuerdo —susurré, decidiendo que confiaba en que no me
haría daño.
Parecía complacido con mi respuesta y dejó caer otro húmedo
beso sobre mi boca.
—Serás un buen chico y lo cogerás por mí, ¿verdad?
Forcé mi aprensión y asentí.
Su labio se curvó, y entonces, sonrió.
Una.
Completa.
Y gran.
Sonrisa.
Sentí que el corazón me iba a estallar en el pecho al verlo.
Parecía más joven cuando sonreía. Menos agobiado por el trauma
de la muerte de Jake y la culpa que yo sabía que lo atormentaba
hasta lo más profundo.
Cuando Riddick sonrió, sentí que todo estaba bien en el mundo
y que nunca más me tocaría la oscuridad.
—Mi valiente y hermoso chico. Me harás sentir muy orgulloso,
¿verdad?
Estaba mareado por la emoción y las endorfinas, y apenas pude
asentir con la cabeza mientras él tiraba suavemente de la
cinturilla de mis bóxers.
—Quítatelos, bebé. Déjame por fin echar un vistazo a ese
apretado y dulce agujerito.
Bebé.
Joder.
Por alguna razón, se me cerró la garganta y sentí que iba a
echarme a llorar. Que Riddick me llamara bebé era lo más íntimo
del mundo. Incluso más íntimo que el acto físico al que
estábamos a punto de comprometernos juntos.
Quería que siempre me llamara así.
Necesitado de complacerlo, me contoneé y me retorcí para salir
de la última barrera que nos separaba, me quité los bóxers de una
patada y me estremecí con una expectación apenas contenida.
A pesar de que mi habitación era un horno, tenía la piel tan
caliente y enrojecida que sentía escalofríos y fiebre.
Se quedó allí un momento, bombeando tranquilamente su polla
y mirándome fijamente con aquellos ojos imposiblemente azules.
La punta rosada y gorda de su polla brillaba bajo la luz de la luna
que entraba por la ventana y, de repente, deseé metérmela en la
boca más que nunca.
Me senté para hacerlo, pero él me detuvo.
—No, dulce chico. Ya habrá tiempo para eso más tarde.
Recuéstate boca arriba y abre las piernas para mí. Quiero mirarte.
Mis mejillas se sonrojaron al pensar en abrirme así. Era tan
íntimo... tan... vulnerable.
Nunca antes había hecho algo así con alguien. Creo que ninguna
de las chicas a las que me había follado me había visto el culo, y
mucho menos el ojete.
Cuanto más dudaba, más severa se volvía la expresión de
Riddick.
—Ya sabes lo que opino de repetir, Finn —gruñó, y tragué
saliva. Deseando complacerlo más de lo que me importaba
avergonzarme, hice lo que me dijo.
—Qué buen chico... —me arrulló mientras me apretaba las
rodillas contra el pecho—. Joder, Finn. Eres tan jodidamente
hermoso, mírate...
Podía sentir su mirada ardiente entre mis piernas. Sentí un
hormigueo que me subía y bajaba por la polla mientras estaba
acostado, y sentí cómo se me tensaban los huevos.
Cómo podía afectarme así sin siquiera tocarme era una locura.
Tragando nerviosamente, desvié la mirada y miré al techo
mientras él se tomaba su tiempo para mirarme.
Sentí que la cama se hundía y él se arrodilló entre mis piernas.
Un gemido se escapó de mis labios y él emitió sonidos suaves y
tranquilizadores mientras susurraba algunas palabras más de
elogio. Luego me pasó el antebrazo por las rodillas,
presionándome hacia atrás para exponerme aún más a él.
—Shhh. Lo estás haciendo muy bien, bebé.
—Eres tan hermoso.
—Mira ese agujerito apretado y perfecto, esperando a que lo
follen.
Lo sentí acercarse a la mesilla de noche, y el sonido delator del
lubricante siendo bombeado en su palma llenó la habitación. Mi
polla palpitaba entre mis piernas abiertas y un chorro de
preseminal se escapó de mi punta y me goteó por el abdomen.
Con el brazo derecho presionando mis rodillas hacia arriba, se
colocó entre mis piernas y se inclinó sobre mí de modo que su
cara se cernía sobre la mía.
Suavemente, usó su mano izquierda para aplicar el lubricante
sobre mi raja. Apenas me tocaba. Fue suficiente para avisarme de
lo que pretendía hacer, respiré hondo, cerré los ojos y me tensé.
—Mírame, bebé. Abre los ojos —me ordenó suavemente, y lo
hice. Mi mirada se clavó en la suya y me encontré con la mirada
más tierna y a la vez lujuriosa que jamás había visto en su rostro.
—Vamos a ir despacio, ¿de acuerdo? Necesito que te relajes.
Voy a guiarte en cada paso para que no haya sorpresas.
Asentí y volvió a sonreír.
—Dime que lo entiendes, bebé.
—Lo entiendo —susurré, tropezando con mis palabras mientras
sus dedos lubricados seguían rondando.
—De acuerdo. Voy a frotarte primero. Prepárate para mí, ¿de
acuerdo?
Asentí, y él acortó la distancia, deslizando sus dedos
directamente sobre mi agujero fruncido.
El lubricante hacía que su tacto fuera resbaladizo y suave, y
cuando empezó a frotarme en círculos firmes y apretados, solté
un gemido vergonzosamente fuerte y tembloroso.
—¿Ves? Eso se siente bien, ¿verdad? —me preguntó, y me
estremecí bajo él—. Dime que se siente bien, bebé.
—Se s-siente, b-bien... —Mi mente era literalmente papilla. Le
habría dicho que el cielo era púrpura si me lo hubiera pedido.
Todo mi universo era ahora sólo Riddick y lo que me estaba
haciendo con sus dedos.
—Voy a poner un dedo dentro de ti. Tienes que aguantar.
¿Recuerdas lo que te enseñé sobre la respiración? Inspira
profundamente...
Tomé un largo y tembloroso respiro y lo contuve.
—Exhala...
Cuando solté el aliento, sentí que me presionaba el agujero.
Sentí un escozor y un chasquido, y lo siguiente que supe es que
me había lo metido hasta los nudillos. Lo sentí en todas partes.
En los huevos, en la polla, en el pecho... en todas partes.
—Joder, Finn. —Su voz destilaba lujuria y lo sentí mover las
caderas mientras movía el dedo más adentro—. Sabía que ibas a
estar apretado, pero, Jesús.
Gemí y forcejeé contra el agarre de mis rodillas, arqueándome
ante la nueva sensación mientras mi cuerpo se adaptaba a él.
—¿Cómo te sientes, bebé? ¿Bien? —me preguntó mientras
empezaba a deslizar su dedo dentro y fuera de mí. Cada empujón
iba acompañado de un sonido húmedo y chirriante. Mi polla dejó
escapar otro chorro de preseminal y yo gemí un ‘sí’ tembloroso.
—Más, Riddick, por favor. Quiero más... —le supliqué, y él se
rio mientras seguía metiendo y sacando su dedo.
—¿Quieres más? —arrulló, y yo asentí frenéticamente. Cerré
los ojos para concentrarme mejor en las nuevas sensaciones a las
que me estaba sometiendo.
—Muy bien, precioso. Vamos a trabajar hasta tres dedos antes
de ir más lejos. ¿Estás listo para el siguiente?
—Sí, Riddick... por favor. Necesito... necesito correrme. —De
algún modo sabía que no me dejaría correrme hasta que encajara
su enorme polla dentro de mí, y la necesidad crecía más y más
con cada segundo que pasaba.
Me dolían las pelotas otra vez, y creo que él lo sabía.
—Lo sé. Lo sé, pero tienes que ganártelo, mi precioso, precioso
chico. Aquí viene el dedo número dos. Respira para mí otra vez,
bebé.
Obedecí, inhalando y exhalando lentamente, respirando cada
vez que deslizaba otro dedo en mi interior.
El tercero fue el que más me picó, y gemí incontrolablemente
cuando lo forzó a pasar el apretado anillo muscular.
—Shh, shh, estás bien. De acuerdo. Sólo te va a escocer un
segundo...
Me concentré en mi respiración y, justo cuando el ardor
disminuía, enroscó los tres dedos y rozó un punto de mi interior
que me hizo abrir los ojos y soltar un jadeo inesperado.
Se rio entre dientes y se inclinó para besarme. Me lamió los
labios con la lengua plana y me pellizcó suavemente.
—¿Sientes eso, bebé? Ese es tu punto especial. Me pregunto...
si siguiera acariciándote aquí, ¿Te correrías por mí con las manos
libres?
Volvió a pasarme los dedos por encima, y yo grité, con las
caderas moviéndose de repente por sí solas, persiguiendo la
intensa sensación.
—Riddick... —me quejé—. Riddick, por favor...
No podía pensar; ni siquiera sabía lo que estaba pidiendo. Sólo
necesitaba que no parara nunca. Que siguiera tocándome. Me
retorcía como una bola de calor y necesidad, y me preocupaba
morirme de placer, joder.
—Oh, sí. Creo que podría hacer que te corrieras así. —Sonaba
tan complacido consigo mismo mientras continuaba rodando
sobre ese punto una y otra vez.
¿Cómo podía algo sentirse tan bien? ¿Cómo era posible?
—Sigue suplicando, bebé, y te daré lo que necesitas.
Volvía a sonreírme, claramente encantado de cómo me había
reducido a un charco sumiso de puro deseo.
—Necesito correrme, Riddick. Muchísimo. Necesito tanto
correrme —jadeé mientras él seguía torturándome.
Me palpitaban las pelotas y notaba que mi orgasmo iba en
aumento. Yo estaba a punto de romperme, y él ni siquiera estaba
tocando mi polla...
Entonces, apartó la mano bruscamente y yo siseé de frustración,
sólo para descubrir que volvía a reírse.
—Mal, Finn —regañó, aunque sonaba divertido—. No te corras
hasta que yo diga.
—¡Riddick! ¡Por favor! —gimoteé, pero él se estaba apartando
de mí, y mis piernas se desplegaron con la liberación de su peso.
—Levántate —me ordenó, y fruncí el ceño, con la mente
embriagada por la lujuria confundido. No creía que pudiera
ponerme de pie, aunque quisiera. Tenía las caderas agarrotadas
de tanto tener las piernas dobladas hacia arriba y las rodillas
parecían de gelatina.
—¿Qu-qué?
—Ya me has oído, levántate.
Me obligué a hacer lo que me decía, rodando fuera de la cama,
sintiéndome como un amasijo de miembros sueltos sujetos por
gomas elásticas. Se echó más lubricante en la mano y se la untó
en la polla gruesa y venosa, antes de sentarse en el borde de la
cama.
—Ven aquí, a horcajadas sobre mí.
Oh joder. Estaba sucediendo. Iba a follarme. ¡Realmente iba a
dejar que un hombre me follara! Santa mierda.
Sintiéndome como en un sueño, hice lo que me dijo, colocando
mis rodillas a ambos lados de sus muslos.
Me sostuvo con una mano en la cadera y la otra en la polla.
Metió la resbaladiza cabeza de su polla entre mis nalgas y la frotó
contra mi culo bien preparado antes de mirarme a los ojos.
—Voy a dejar que controles el primer empujón, ¿de acuerdo
bebé? Tómate tu tiempo. Volveré a tomar el control una vez que
esté dentro de ti.
—De acuerdo...
Me dedicó una sonrisa alentadora y me pidió que volviera a
respirar mientras clavaba la punta en el interior de mi culo.
¡OhJoderOhDiosOhJooooder!
Otra vez esa sensación punzante. Era mucho más grueso de lo
que habían sido sus tres dedos y, por un segundo, creí que iba a
correrme sólo de pensar en su polla ligeramente introducida en
mi culo.
—Acuérdate de respirar, bebé —me susurró, apretando sus
grandes manos contra mis caderas desnudas. Me acarició los
huesos de la cadera con los pulgares y bajé lentamente sobre él.
—Jesús, Finn. Tu culo me está ahogando, joder —gruñó, con la
voz espesa como la miel—. Nunca he estado dentro de alguien
tan apretado... Eres tan jodidamente perfecto, bebé. Mira lo bien
que lo estás haciendo, cogiendo mi gran polla en tu pequeño
agujerito.
—Se... siente... tan intenso... —gemí, apretando sus hombros, y
moví mi culo hacia abajo sobre él otro centímetro.
—Lo sé. Lo estás haciendo muy bien, precioso, estás a mitad de
camino. Puedes hacerlo.
Sentí cómo su polla volvía a pasar por ese mágico lugar, justo
cuando mi culo chocaba contra sus muslos. Me apreté contra él y
me encantó el gemido estrangulado que escapó de sus labios
cuando mi agujero palpitó alrededor de su polla.
—Buen. Jodido chico, Finn.
Sus elogios me encendieron, y me mecí en su regazo en
respuesta, prácticamente ronroneando de éxtasis al sentirlo
completamente dentro de mí.
Instintivamente, bajé la mano de su hombro para acariciarme,
pero me apartó el brazo con un gruñido furioso.
—Sin tocar. Quiero hacer que te corras con sólo follarte.
Me quedé mirándolo con los ojos muy abiertos.
¿Era eso posible?
—Voy a moverme ahora. ¿Estás listo?
Asentí con la cabeza frenéticamente.
—¡Sí, Riddick, por favor!
Ya estaba acostado en la cama y me arrastraba con él. Me apoyó
una mano en el hombro y la otra en la cadera, sujetándome
mientras levantaba las caderas.
Grité cuando la sacó casi hasta la punta y me penetró por
primera vez. Mi polla se movió entre los dos y sentí que se ponía
aún más dura.
—Eso es, toma toda mi puta polla, chico guapo y precioso. ¿Es
esto lo que querías, bebé? ¿Querías que te follara hasta perder el
sentido? —Hablaba con los dientes apretados, y podía sentir su
polla agitándose dentro de mí, diciéndome que estaba tan cerca
de correrse como yo.
—Sí, Riddick. Por favor, no pares. Me haces sentir tan bien. —
Ahora estaba sollozando, las lágrimas corrían literalmente por
mis mejillas, y él seguía follándome.
—Un chico tan necesitado. Mira tu culito goloso tragándome
entero. ¿Mi chico necesita correrse?
—¡Sí, sí, por favor, joder, sí!
—Voy a llenarte, y quiero que me empapes con tu dulce semen.
¿Puedes hacer eso por mí, precioso?
Ya ni siquiera decía palabras. Todo mi cuerpo era puro placer,
y cuando mi polla empezó a latir por sí sola, sentí que mi culo se
apretaba con cada chorro de semen que salía disparado de mí.
—Joder... —gemí—. ¡Joder, me corro!
—Sí, bebé. Joder, dámelo. Ahorcarme la polla.
Lo pinté de semen. Vi cómo le cubría el pecho y la garganta, y
gemí y lloré mientras él seguía forzando mis caderas hacia su
polla mientras se corría también dentro de mí.
Podía sentir su polla palpitando mientras vaciaba su carga en lo
más profundo de mi culo, y me estremecí y temblé en su
implacable agarre mientras me sujetaba.
—Ese es mi buen chico. Tómalo. Tómalo todo, bebé. Te quiero
lleno y goteando con mi semilla —murmuró, sus ojos fijos en el
punto donde nuestros cuerpos estaban conectados.
—Riddick...
Gimoteé, todo mi cuerpo se puso flácido al llegar al final de mi
clímax.
—Lo sé, lo sé, bebé —me tranquilizó, dejando que mi cuerpo
descendiera lentamente sobre él. Sus abdominales y su pecho
estaban resbaladizos de sudor y semen, pero no me importó. Me
desplomé sobre él y me rodeó con los brazos, abrazándome con
fuerza y besándome una y otra vez en la cabeza y el cuello.
—Lo has hecho muy bien, cielo. Estoy muy orgulloso de ti —
susurró, frotándome la espalda mientras me estremecía encima
de él. Seguía dentro de mí y no quería que se saliera.
—Riddick... —Volví a gimotear, sin saber siquiera lo que
intentaba decir, pero solo deseando que siguiera abrazándome y
diciéndome que estaba orgulloso de mí.
—Shh, shh. Descansa ahora. Podemos hablar más por la
mañana.
Me entró un ataque de pánico y luché por incorporarme para
mirarlo a la cara, pero él me agarró con más fuerza.
—Por favor, no te vayas, quédate conmigo —le supliqué, sin
importarme lo patético que sonaba. Si me despertaba y se había
ido, no sabía qué haría...
Volvió a besarme el costado de la cabeza, sin importarle en
absoluto que mi pelo estuviera húmedo de sudor y semen.
—No voy a ninguna parte, bebé. Descansa ahora. Estás a salvo;
todo va bien. No te dejaré. Te lo prometo.
Tranquilo, me dejé llevar por el agotamiento que se apoderaba
de mi cuerpo.
Nunca había estado tan cansado, ni siquiera después de un día
entero de surf. Riddick me frotó la espalda mientras me
acurrucaba contra él, aspirando su aroma limpio y masculino.
—Voy a cuidar de ti —susurró mientras me dejaba llevar, y me
dormí sobre su pecho con él todavía dentro de mí.
speré a que Finn se desmayara del todo antes de
quitármelo de encima. Me estremecí mientras mi
polla se deslizaba fuera de su culo, y una vez que lo
tuve acostado boca abajo en la cama, separé suavemente sus
nalgas para poder ver mi semen gotear fuera de él.
Joder, qué buena pinta.
Su apretado agujerito seguía abierto por lo fuerte que me lo
había follado, y ver cómo se le escapaba mi semen blanco y
lechoso hizo que mi polla volviera a hincharse.
Jesús.
Nunca me había excitado tanto con alguien. Normalmente,
tardaba un par de horas en volver a empalmarme después de
correrme. El hecho de que ya estuviera listo para el segundo
asalto era jodidamente cruel.
Quienquiera que estuviera a cargo de este universo de mierda
era un puto enfermo, y yo lo odiaba.
Finn soltó un ronquidito adorablemente suave y yo le sonreí. Lo
había hecho realmente bien para ser su primera vez. Me
preocupaba que no fuera capaz de aguantármela toda.
Incluso Jet, que tenía bastante más experiencia, había tenido
problemas para manejarme las primeras veces que dormimos
juntos.
Me levanté y me dirigí al pequeño cuarto de baño, donde mojé
una toallita con agua tibia. El semen de Finn ya se estaba secando
y hacía que el vello de mi pecho se apelmazara en gruesas y
pegajosas manchas, pero ya me preocuparía de eso más tarde.
Ahora mismo, necesitaba cuidar de mi bebé.
El pensamiento me atravesó la mente y me estremecí.
Mi bebé.
Joder, esto era tan jodidamente malo.
Ya pensaba en él como mío... lo cual era imposible.
Nunca podría ser mío. La verdad es que no.
Cuando descubriera la verdad...
Me pasé la mano por la cara, frustrado.
No podía averiguar la verdad. No hasta que me asegurara de que
lograra su mal aconsejado objetivo de montar Leviathans.
No podía arriesgarme a que volviera a negarse a entrenar
conmigo y muriera en aquella playa. Por muy jodido que fuera,
yo era su mejor oportunidad de sobrevivir, y en ese momento no
confiaría su seguridad a nadie más.
Especialmente ahora que... estaba sintiendo lo que sea que
fueran esos sentimientos, joder. Así que, por ahora, tendría que
mantenerse en la oscuridad.
Se lo diría una vez que me hubiera asegurado de que pasara vivo
el invierno.
Joder. Iba a romperle el puto corazón.
La idea de hacerle daño a Finn de cualquier forma empezaba a
resultarme insoportable, y volví a maldecir al universo por
ponerme en esta situación.
Volví a su dormitorio, le abrí suavemente las nalgas y utilicé el
paño para limpiarlo.
Le limpié el orificio, que se hinchaba rápidamente, y comprobé
cuidadosamente que no hubiera desgarros ni sangre.
Una vez seguro que no le había hecho daño, solté un suspiro de
alivio. Estaba bien; sólo estaría un poco dolorido cuando se
despertara.
Le di un golpecito hasta que se acostó boca arriba y le limpié el
semen del estómago y el pecho. Sonrió en sueños y se acercó a
mí perezosamente, medio despierto por mis caricias.
—¿Qué haces? —murmuró, haciéndome sonreír.
Era tan jodidamente adorable y dulce. Por mucho que supiera
que esto estaba mal, estaba tan feliz de haberlo reclamado.
Aunque no pudiera ser mío para siempre, era mío por ahora, y
yo iba a cuidar de él mientras lo fuera.
—Sólo te estoy limpiando, bebé; vuelve a dormirte —le susurré,
y sus ojos se cerraron de golpe, aunque su sonrisa bobalicona
permaneció pegada a sus hinchados labios rosados.
—Me gusta que me llames así —susurró, haciendo que se me
revolviera el estómago.
—Ah, ¿sí? —pregunté, inclinándome sobre él y besándolo
suavemente en los labios.
—Mhmmmmm —murmuró, y yo me reí entre dientes.
—Entonces me aseguraré de llamarte así todo el tiempo —le
prometí, apartándole el pelo húmedo de su cara perfecta.
Me levanté y él frunció el ceño, apenas abriendo los ojos.
—¿Adónde vas? Por favor, no me dejes... —suplicó, y mi
corazón se partió.
—Voy a ducharme, cielo, y vuelvo enseguida. Te prometo que
no te dejaré —le aseguré, acariciándole de nuevo el pelo para que
volviera a dormirse.
—¿Me lo prometes? Todo el mundo siempre me deja...
Abrí la boca para responder, pero ya estaba roncando
suavemente otra vez, y maldije en voz baja mientras me iba a
duchar.
Todo el mundo siempre me deja.
Estaba completamente jodido.
e desperté con la cama vacía e inmediatamente me
entró el pánico.
No. ¡No, no, no!
Me prometió que no se iría. Me levanté de un salto y estaba a
punto de salir corriendo por la puerta cuando apareció él, con un
plato lleno de huevos y tocino y una taza de café.
—Ah, te has levantado. —Me sonrió, y me sorprendió de nuevo
el hecho de que sonriera.
Una sonrisa de verdad, que le llegaba hasta los ojos.
¿Lo había hecho?
—Sí, uhm. —Me aclaré la garganta, haciendo todo lo posible
por calmar los frenéticos latidos de mi corazón. Frotándome
torpemente la nuca, le dirigí una tímida sonrisa.
—Pensé que te habías ido.
Frunció el ceño.
—Te dije que no te dejaría, y lo dije en serio. Te estaba haciendo
el desayuno.
Se acercó y se sentó en la cama, entregándome el plato y
dejando el café junto al frasco de lubricante que había usado la
noche anterior.
Mis mejillas se sonrojaron al recordarlo.
—Come —me ordenó, y mi estómago rugió como si nada. Se
rio cuando abrí los ojos y me di cuenta de repente de que me
moría de hambre, joder.
Sin esperar a que me lo repitieran, me metí los huevos en la boca
en grandes bocados, gimiendo por lo perfectamente cocidos que
estaban.
—Veo que se te ha abierto el apetito. —Me sonreía, sus ojos
brillaban con picardía. Asentí con la cabeza, tragando saliva,
antes de dar un gran sorbo al café y pasar al tocino.
—Ya te acostumbrarás. Las primeras veces te costará un poco
—me dijo, y el corazón me dio un vuelco en el pecho.
Parpadeé y sentí una oleada de excitación cuando me metió el
dedo en uno de mis hoyuelos.
—¿Quieres decir... que vamos a hacerlo otra vez? —pregunté
con impaciencia, aunque mi culo palpitaba en señal de protesta al
pronunciar las palabras.
Joder, estaba dolorido...
Comí el último trozo de tocino y él me quitó el plato vacío del
regazo. Lo colocó en la mesilla antes de apoyarme la barbilla
entre los dedos.
—Oh sí, Finn. Vamos a hacerlo otra vez.
—¿Ahora? —jadeé, y él soltó una risita, el sonido oscuro y
dominante rodando por mi carne y haciéndome estremecer.
—Eso depende. Veamos cómo te recuperas. Boca abajo, por
favor. Levanta el culo para mí.
—¿Qué, por qué?
—No me cuestiones, haz lo que te digo o no tendrás tu
recompensa.
Se me encendieron las mejillas, pero hice lo que me dijo. A la
luz del día y sin ningún juego previo, me resultaba extraño
exponerme así ante él.
Todavía estaba desnudo, así que cuando deslizó sus manos
sobre mis nalgas desnudas y me abrió, jadeé.
—Hmm. Todavía está un poco hinchado. ¿Te duele? —
preguntó, y yo asentí con la cabeza, con la cara ardiendo tanto
que temí que las almohadas se prendieran fuego.
—Te traje algo —tarareó y vi cómo abría el cajón de la mesa
auxiliar y sacaba una pequeña lata azul. La abrió para mostrarme
que estaba llena de una espesa crema blanca.
—Encontré esto en tu armario. Debe de haber sobrado de antes.
Es un bálsamo de zinc; debería aliviar el dolor —me dijo antes
de meter los dedos en la lata y aplicarme el ungüento frío
directamente en el culo dolorido.
—Oh... joder —gemí. Inmediatamente se enfrió el escozor y
moví las caderas feliz mientras me lo frotaba.
—Buen chico —me elogió, dándome una suave palmada en el
culo cuando terminó y volvió a tapar la lata.
—Veremos cómo te sientes esta noche. Si te apetece,
volveremos a hacerlo. —Me guiñó un ojo, recogió mis platos
sucios y volvió a la cocina.
—¿Adónde vas ahora? —pregunté, incorporándome y saltando
de la cama para seguirlo. Me puse el bañador a trompicones
mientras lo perseguía.
—Voy a fregar los platos y luego continuaremos con el resto de
tu entrenamiento. Si no me equivoco, esta noche también tienes
turno —me dijo con naturalidad, y lo observé con los ojos muy
abiertos.
¿Esto estaba ocurriendo realmente ahora?
Actuaba como... como si fuéramos una pareja de verdad.
Me pellizqué para asegurarme de que no estaba soñando y esto
era real.
—Escribí una lista de los suministros que vamos a necesitar. —
Dirigió la cabeza hacia el mostrador, donde había un trozo de
papel con un montón de notas garabateadas—. ¿Crees que puedes
recoger esas cosas de camino a casa desde el trabajo? Lo haría,
pero tengo cosas que hacer.
—Uhm, claro. ¿Qué tipo de cosas son? —pregunté, asumiendo
que la lista estaba relacionada con el surf.
—Si voy a estar follándote regularmente, hay algunas cosas que
vas a necesitar hacer para prevenir lesiones... entre otras cosas. Si
puedes agarrarlo todo, te enseñaré a usarlo y me aseguraré de que
estés al tanto de todo.
—De acuerdo. No hay problema —acepté, echando un vistazo
a la lista, sintiendo que mis ojos se abrían aún más al asimilar
palabras como ducha anal y Astroglide.
Miré a Riddick y vi que sonreía para sus adentros mientras me
fregaba el plato.
¡Joder, SÍ!
Sabía que me lo ganaría.
Mi madre tenía razón.
Nadie podía resistirse a mis hoyuelos. Después de conquistar
Leviathans, tal vez usaría mis poderes de hoyuelos para el mal y
trataría de apoderarme de todo el maldito mundo.
¡Bwahahahahahaha!
—Deja de mirarme con esa sonrisita malvada y sal fuera. Quiero
tres series de cuarenta burpees antes de que lleguemos a la playa.
Ponte en marcha; estamos quemando la luz del día.
—¡Sí, señor! —chirrié, y sus ojos se oscurecieron
inmediatamente.
—No me llames 'señor' a menos que estés dispuesto a que te
vuelva a follar. —Me dedicó una sonrisa devastadoramente
siniestra que hizo que mi estómago estallara en mariposas—.
Ahora sal de mi vista antes de que pierda el poco control que me
queda y reclame tu culo antes de que esté listo.
—¡Eeep! De acuerdo, de acuerdo. —Me reí, corriendo fuera del
chalet para hacer los burpees que había ordenado.
Sonreí como un jodido lunático durante los tres sets.
stás de mejor humor, bro. —Turtle me sonrió
mientras me ayudaba a recoger los platos de
una mesa de fiesta.
Le lancé una de mis sonrisas más traviesas.
—No sé de qué me hablas. Siempre estoy de buen humor.
Turtle soltó una risita y sacudió la cabeza, tirando un puñado de
cubiertos sucios a la papelera del autobús.
—Lo que tú digas, bro... Oye, ¿qué pasó anoche? Quinn nos
encontró después de que te fueras, y estaba bastante asustada.
—Sí, te lo dije, tuvo una noche dura. ¿Conoces a ese chico
Tully? Son malas noticias, bro. Aparentemente, ella solía salir
con él, y se puso violento.
—De ninguna manera, ¿qué mierda?
—Sí, bro. Él la tiró al suelo y trató de patearla justo en frente de
mí.
Turtle dejó caer el plato que sostenía, con la boca abierta por la
sorpresa.
—A la mierda, ¿estás bromeando?
—Nuh-uh. —Sacudí la cabeza y levanté la mano herida para
enseñársela. Riddick me había ayudado a vendármela antes del
trabajo, y el recuerdo de sus suaves besos en cada yema de mis
dedos mientras me vendaba hizo que mis mejillas se calentaran
ligeramente.
—Sí, bro. Le di una paliza de mierda. Seguro que le rompí la
nariz.
—Joooder, bro. Eso es mierda pesada. Sabes que es el hijo del
alcalde, ¿verdad?
Me encogí de hombros.
—No le da derecho a tratar así a Quinn.
—Sin duda, sin duda. Yo habría hecho lo mismo sólo que...
maldita sea.
—Sí, bastante jodido... Espera, ¿Quinn no te había contado ya
todo esto?
—Nah, hombre, ella estaba hablando de otra cosa. Decía que
tuviste una gran pelea. No paraba de hablar de un Amigo llamado
Riddick. Parecía bastante asustada. Realmente no la seguí.
Fruncí el ceño. Mi pequeña discusión con Riddick fue mucho
menos dramática que lo que había pasado con Tully. Aunque
Riddick había dejado claro que no quería que le dijera a la gente
que entrenábamos juntos, empezaba a pensar que su historia con
los lugareños era más profunda de lo que me contaba.
Recordé cómo la gente de la fiesta se había quedado mirándonos
mientras discutíamos. Había sido extraño que parecieran más
interesados en una acalorada discusión entre Riddick y yo que en
que yo le diera literalmente una paliza al hijo del alcalde.
Perdido en mis pensamientos, recogí mi contenedor lleno y me
dirigí al foso de los platos para descargar, dejando a Turtle
despejando las últimas cosas.
—Oh, hey Finn.
Levanté la vista y vi a Quinn llenando una bandeja de refrescos
para una de sus mesas. Llevaba el pelo oscuro recogido en una
coleta alta y brillante, y sus shorts Sharkies de color rojo brillante
hacían que sus largas y bronceadas piernas parecieran durar días.
Le sonreí.
—Hola nena, ¿cómo estuvo el resto de tu noche?
Me miró con extrañeza y luego se encogió de hombros.
—No estuvo mal... Uhm. ¿Cómo te sientes? —preguntó, y yo
imité su encogimiento de hombros.
—Bastante bien, todo remendado —le dije, mostrándole mi
mano vendada, y ella frunció los labios, pero asintió.
—Oh... eso es bueno.
—Sí. Tengo que dejar esto en el foso, nos vemos, ¿sí? —dije,
no queriendo que se hiciera una idea equivocada y pensara que
estaba coqueteando con ella de nuevo.
Los celos que había oído en la voz de Riddick cuando me contó
que la había visto ponerme las manos encima me produjeron un
extraño escalofrío y me hicieron feliz.
El resto de mi turno transcurrió sin novedad, aunque me di
cuenta de que recibía más miradas cargadas de lo normal por
parte del personal de Sharkies. Pillé a algunas personas
susurrando entre ellas en una de las estaciones de servicio y
mirándome fijamente mientras me ocupaba de una mesa cercana.
Sin embargo, cuando les pregunté qué cuchicheaban, hicieron
como si no supieran de qué les hablaba.
Lo ignoré y decidí interrogar a Riddick al respecto cuando
llegara a casa.
Alexa Play: Only Everything de Quinn Lewis

os meses siguientes pasaron como un torbellino.


Había comprado los suministros que Riddick me
pidió que recogiera, y él había pasado esa misma tarde
enseñándome cómo prepararme adecuadamente para tener sexo
con él.
Me costó acostumbrarme y la primera vez que me limpié fue
toda una experiencia. Sin embargo, como todo, una vez que lo
había hecho unas cuantas veces y sabía qué esperar, se convirtió
en mi nueva norma.
Tener un lubricante adecuado también cambió las reglas del
juego. Por lo que esa primera noche significó para mí, todavía la
considero una de las mejores noches de mi vida, pero maldita sea.
Jergens no tiene una mierda de Astroglide cuando se trata de
cosas del culo. Déjame decirte.
Benditos sean los dioses del lubricante, porque una vez que nos
arrancamos la tirita y dimos ese primer salto, Riddick se volvió
insaciable.
No me malinterpretes, no me quejaba. Pero no esperaba que
estuviera tan obsesionado conmigo como lo estaba.
Al parecer, había estado reprimiendo seriamente sus
sentimientos por mí, y ahora que todo había salido a la luz, no
podía creer que alguna vez hubiera dudado de lo mucho que me
había deseado.
No podía quitarme las manos de encima. Cuando hacía
ejercicio, no paraba de tocarme, y yo solía acabar doblado sobre
el banco de press cuando terminaba la serie.
No me hagas hablar del yoga de los miércoles. La primera vez
que me puso a hacer el perro hacia abajo después de que nos
liáramos, llevaba menos de un suspiro en la postura cuando, de
repente, mis pantalones se rasgaron hasta los tobillos y Riddick
me estaba metiendo las pelotas hasta el fondo del culo.
Joder. Estaba caliente. La forma en que actuaba, como si
literalmente fuera a morir si no me tocaba, era intensa pero
también adictiva. No podía saciarme de él, y él claramente
tampoco podía saciarse de mí.
No era sólo el sexo, y créeme, había mucho sexo.
Hizo por mí cosas cotidianas que nadie, ni siquiera mi madre,
había hecho nunca. Me cuidó hasta el punto de que a veces
necesitaba pedirle que se relajara un poco.
Por ejemplo, una vez volví a casa de Sharkies, totalmente lleno
de un plato de nachos que la dirección nos había invitado para
felicitarnos por una noche de viernes especialmente agotadora.
Riddick estaba horrorizado.
«¿Nachos, Finn? ¿De verdad? ¿Sabes cuántas grasas trans hay
en ese asqueroso queso exprimido? ¡Son calorías vacías y
arterias obstruidas esperando a ocurrir! Te necesito sano, bebé...
La próxima vez, ven a casa. Te prepararé algo mejor.»
Estaba obsesionado con mi salud y mi seguridad, que yo
aprendía que se extendían a cosas como mi alimentación y mis
prácticas higiénicas.
Se había mudado extraoficialmente y siempre me preparaba
comidas perfectamente equilibradas. Se aseguraba de que me
cuidara y, después de tener relaciones sexuales, siempre insistía
en ser él quien me limpiara y cuidara.
«Date la vuelta, enséñame ese precioso culo... ¿Estás dolorido?
¿Tengo que ponerte crema?»
«No, Riddick, estoy bien. Además, si necesito crema, puedo
aplicármela yo mismo.»
¡SMACK!
«Este culo es mío, carnada de tiburón, y yo cuido de las cosas
que son preciosas para mí.»
Era caliente y dulce a la vez, joder.
Al principio, me ponía un poco nervioso que nuestra química y
atracción mutuas fueran a afectar negativamente a mi
entrenamiento, pero ocurrió todo lo contrario.
Le confesé que me habían diagnosticado TDAH de niño, pero
que nunca habíamos tenido dinero para el tratamiento, así que me
esforcé mucho por controlarlo trabajando con mis síntomas en
lugar de contra ellos.
Unas semanas más tarde, lo encontré leyendo un artículo en mi
teléfono: había acertado, el boomer ni siquiera tenía teléfono. El
artículo se titulaba: Mi pareja tiene TDAH. ¿Cómo puedo
ayudarlo a prosperar?
Cuando se lo pregunté, sonrió y me dijo que acababa de
enterarse de que el entrenamiento basado en recompensas
funcionaba de maravilla con las personas que tienen problemas
para producir una cantidad adecuada de dopamina, y que estaba
deseando ponerme en un régimen de entrenamiento basado en
recompensas.
Alerta de spoiler: las recompensas eran orgasmos.
¡Tee hee!
Estaba mucho más motivado para superar mis límites cuando
sabía que si impresionaba a Riddick, me la chuparía y me follaría
hasta que viera las estrellas.
Fue lo mejor, joder.
Lo único que odiaba de nuestra relación era que seguía sin
dejarme hablar con nadie de él.
Le había preguntado a Riddick por qué la gente había parecido
tan asustada cuando vino a la playa a buscarme aquella noche,
pero su humor se había agriado de inmediato.
«Este pueblo y yo tenemos una historia. Si sobrevives a
Leviathans, te la contaré toda. Pero hasta entonces, ¿puedes
mantener el hecho de que estoy aquí sólo entre nosotros?»
Me molestó, pero su cara estaba tan llena de dolor que acepté y
no volví a sacar el tema. De todos modos, las miradas extrañas y
los susurros cesaron al cabo de un par de días, y la mayoría de la
gente pareció olvidarse de aquella noche con el paso del tiempo.
La única persona que seguía siendo una espina en mi costado
era Kyle Tully. Había intentado presentar cargos, pero Quinn
respaldó mi versión cuando le dije a la policía que no sabía de
qué demonios estaba hablando. Cuando me preguntaron por la
mano, les dije que me la había cortado en un arrecife haciendo
surf.
También ayudó que Tully no era muy querido. Otros testigos se
pusieron de mi parte, así que al final se retiraron los cargos.
Esto sólo pareció cabrear más a Kyle. Desde entonces, cada vez
que surfeaba en Stars Cove con Turtle, Tully tenía la mala
costumbre de aparecer e intentar superarme en cada puta ola.
Más que molesto, empezaba a ser peligroso.
Cada vez que yo tenía una mala racha, él intentaba
agresivamente surfear una mejor, a expensas, literalmente, de
todos los demás.
Se ponía al frente de la fila e incluso se dejaba caer en la ola de
otro para intentar dejarme en evidencia.
Era responsable de varios accidentes. Un chico se abrió la
cabeza en el arrecife y tuvieron que darle puntos. Se le estaba
yendo de las manos.
Lo que lo empeoraba era que, con el entrenamiento de Riddick
y mi nueva dieta, me estaba volviendo... realmente brutal.
Mejor de lo que nunca pensé que sería.
Rápidamente me estaba convirtiendo en una celebridad del
pueblo, y una chica incluso me pidió un autógrafo una vez, lo que
hizo que Turtle se partiera de risa.
Al final del verano, cada vez que iba a Stars Cove a surfear,
parecía atraer a una pequeña pandilla de chicos y chicas que se
autoproclamaban Finnáticos.
Se reunían en la playa y me veían montar durante horas.
En realidad, eran bananas.
Estábamos surfeando con Blake una calurosa tarde de
septiembre cuando cociné el pipe (dominar una Pipeline: ola
icónica). Mi pequeño club de fans perdió la cabeza de tal manera
que podía oírlos todo el camino en la alineación.
Acepté los choca esos cinco y las felicitaciones de algunos
compañeros surfistas de Sharkies mientras remaba hasta el final
de la fila, sintiéndome bastante bien conmigo mismo.
—Bro, ¿qué carajo estás comiendo hombre? —Turtle me
sonreía, su sonrisa casi le hacía cosquillas en las orejas—. Eso
fue jodidamente impresionante, Amigo, deberías probarte para
las competencias. Además, últimamente tienes buen aspecto.
Comparte tus secretos con el Hombre Turtle, bro. Quiero ser tú
cuando sea mayor.
Le sonreí, ruborizado, mientras me sacudía el agua del pelo.
—Nah, hombre. Eso no fue nada. La práctica hace al maestro.
Blake me miraba como si acabara de ver un fantasma, y mi
sonrisa vaciló un poco.
—¿Qué? —pregunté, y ella se mordió el labio inferior,
frunciendo el ceño.
—Nada, sólo que... tu estilo me recuerda mucho al de Riddick.
Eso es todo. —Parecía triste, y yo quería más que nada
preguntarle si lo conocía bien, pero entonces eso sería hablar de
Riddick, lo cual iba contra las reglas.
—Uhh...
Como no sabía qué responder, me senté incómodo en la tabla
por un momento y agradecí eternamente que Turtle se limitara a
pasar por encima del comentario de Blake, quejándose de que
debería buscar patrocinadores o alguna mierda tonta por el estilo.
Podía sentir los ojos de Blake sobre mí en cada carrera después
de eso, sin embargo, y no podía deshacerme de la extraña
sensación que tenía cada vez que hacíamos contacto visual.
No entendía el miedo que se arremolinaba en sus ojos y,
francamente, me inquietó.
Esa noche, cuando volví a la cabaña, le pregunté a Riddick si
conocía a Blake y le conté nuestra extraña interacción.
Frunció los labios y me acarició la cara, besándome
suavemente.
—Sobrevive a Leviathans, y te lo contaré todo, Finn. Te lo
prometo.
Alexa Play: Young & Sad de Noah Cyrus

ue a principios de noviembre cuando noté el cambio


en Finn. Fue gradual, pero noté por primera vez que
la luz de sus ojos se apagaba a primeros de mes.
Al principio, pensé que todo estaba en mi cabeza, pero a medida
que pasaban los días, parecía empeorar. Había leído todo lo que
podía encontrar en Internet sobre el TDAH y sabía que a veces
podía diagnosticarse erróneamente como depresión, aunque eso
era más frecuente en las mujeres.
Por eso, cuando le pregunté a Finn por su cambio de humor y
me dio largas, intenté darle el beneficio de la duda.
Sin embargo, la mañana del 15 de noviembre, cuando no pude
sacarlo de la cama, empezó a entrarme el pánico.
—Bebé, tienes que hablar conmigo. Si no me dices qué te pasa,
no podré ayudarte —le susurré al oído, apartándole el suave pelo
dorado de sus ojos, normalmente brillantes y excitados.
Hoy estaban vacíos y apagados. No había vida en su rostro y
apenas conseguía que me respondiera.
No sabía qué carajo hacer.
No comía nada.
No quería hablar conmigo.
Ni siquiera se había levantado a mear.
Estaba al borde de un ataque de pánico cuando su teléfono sonó
en la mesilla y vi que era un mensaje de Turtle.
—Bebé, es tu amigo. ¿Vas a contestar? —pregunté
esperanzado.
No hubo respuesta.
—Sólo voy a ver lo que dijo, ¿de acuerdo?
Nada.
Rechinando los dientes, cogí su teléfono para ver por qué Turtle
le mandaba mensajes. A lo mejor sabía lo que le pasaba...
Se me encogió el corazón al leer el texto.
Turtle Man: Hola, bro. Sé que hoy es un día difícil, sólo
quería que supieras que estoy pensando en ti. Sé que es
difícil, pero trata de recordar que tu mamá no querría que
estuvieras triste, Bro. Ella te quería mucho, hombre. Trata de
no quedarte en cama todo el día.

Turtle Man: Voy a pasar en un rato para ver cómo estás.

Sentí como si toda mi sangre se hubiera convertido en hielo.


Hoy debe ser el aniversario de la muerte de su madre. Habíamos
hablado de ella, pero nunca me dijo cuándo había muerto.
Joder.
Eché un vistazo a la forma sin vida de Finn, y la cantidad de
dolor que sentí porque estaba sufriendo no era normal o
saludable.
Quería meter la mano en su pecho y quitarle el dolor y cargarlo
por él. Finn era todo lo que yo no era. Era ligero, enérgico y
positivo. Pero ahora mismo, mi pequeña bola de sol no respondía
porque le dolía tanto que ni siquiera podía decírmelo.
Sabía que estaba mal, pero no me importaba. Lo último que
quería era que Turtle viniera cuando yo tenía que estar aquí para
cuidar de Finn. Así que, sin pensarlo dos veces, le envié un
mensaje a Turtle desde el teléfono de Finn.
Finn: ¡Eh, bro! ¡Estoy realmente bien! Ahora mismo ni
siquiera estoy en casa; he salido a correr. No hace falta que
vengas. Nos vemos mañana.
Turtle Man: Woah, no me lo creo, Amigo. ¡Eso es genial!
Me alegra oírlo. Que tengas una buena carrera; llámame
más tarde, bro. Vamos a destrozar la cala mañana *hang
loose emoji*

Finn: *hang loose emoji*

Volví a dejar el teléfono sobre la mesa y me metí en la cama con


Finn. Me metí con él bajo las sábanas y me acosté, colocando la
cabeza directamente en su campo visual.
—Hola, pequeño... —murmuré suavemente, apartándole el pelo
de la cara otra vez. Se había convertido en una mala costumbre.
Cualquier excusa para tocarlo, en realidad.
Me encantaba su pelo. Era tan suave, e imaginaba que era sol
líquido cada vez que pasaba mis dedos por él.
—No sabía que hoy era el aniversario de la muerte de tu madre
—susurré, y su expresión vacía se agudizó ligeramente.
Hizo un gesto de dolor y se me partió el corazón. Verlo sufrir
fue como un puñetazo en las tripas.
—Shh, está bien, bebé; no tenemos que hablar de ello. Si quieres
acostarte aquí todo el día, me acostaré contigo.
Sus ojos se clavaron finalmente en los míos, y vi cómo se
llenaban de lágrimas, de alguna manera haciéndolos parecer aún
más grandes y expresivos de lo normal.
—Ella... ella solía decirme que no estaba solo porque la tenía a
ella. —Hipo, su voz quebrándose sobre sus palabras como
pequeños fragmentos de vidrio.
—Oh, bebé... ven aquí... —susurré, rodeándolo con mis brazos
y atrayéndolo hacia mi pecho.
Se derrumbó y sollozó, enroscando sus manos en mi camiseta
como si fuera un hombre que se ahoga y yo fuera su balsa
salvavidas.
—Estoy aquí, Finn. Te tengo. No estás solo —le susurré,
meciéndolo suavemente mientras seguía llorando. Incluso
mientras pronunciaba las palabras, la culpa se me enroscaba en
las tripas y me odiaba por decirlas cuando no eran promesas que
pudiera cumplir. Llegado el momento, tendría que dejarlo
marchar. No podía quedarse conmigo. Se merecía algo más que
una relación secreta nacida en un armario lleno de esqueletos.
Merecía ser amado al sol por alguien que aún supiera encontrar
la alegría en la vida.
Y yo nunca podría darle eso.
Pero... por ahora, necesitaba sentir que no estaba solo, y no lo
estaba. Me tenía a mí. Yo estaba aquí. Estaba con él.
Iría a la guerra contra el universo mismo si intentara obligarme
a dejarlo cuando tan claramente me necesitaba aquí para
abrazarlo.
Sus lágrimas empaparon el algodón de mi camisa, y en ese
momento, si hubiera podido intercambiarme con su madre y
devolvérsela, lo habría hecho sin pensarlo... pero eso no es la vida
real, y la vida real es una mierda.
Así que, en lugar de eso, me limité a abrazarlo hasta que sus
sollozos se convirtieron en mocos, y sus mocos en pequeños y
suaves ronquidos.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí recostados, pero se puso el
sol y salió la luna cuando por fin se despertó.
Alexa Play: Chew On My Heart - Piano & Voice de James
Bay

e desperté y vi que Riddick seguía acostado a mi


lado, acariciándome suavemente el pelo. Tenía los
párpados hinchados de tanto llorar y sentía las
extremidades como si fueran de plomo.
—Hola, cielo —susurró Riddick cuando abrí los ojos. Ya estaba
oscuro y me sentí aliviado de que se hubiera quedado conmigo—
. ¿Cómo te sientes?
Tragué grueso y suspiré.
—Muy triste —respondí con sinceridad, y la mirada que me
dirigía no era de lástima, sino de comprensión. Me di cuenta de
que él también había sufrido una pérdida recientemente, y era
evidente que estaba tan jodido por la muerte de su amigo como
yo lo estaba por perder a mi madre.
Me sorprendió darme cuenta de ello. Nunca había conocido a
nadie que hubiera tenido una muerte en su familia como yo.
Turtle incluso aún tenía a todos sus abuelos.
Tener a alguien con quien hablar de mi dolor, que no sólo me
escuchara, sino que me comprendiera, fue un regalo. Uno del que
ni siquiera me había dado cuenta de que había estado sentado
frente a mí.
—¿Alguna vez deja de doler? —pregunté, con una voz tan baja
que era casi un susurro.
Extendió la mano y me rozó la mejilla con el pulgar, y yo cerré
los ojos, dejándome llevar por su tacto reconfortante.
—No, bebé. Siempre dolerá. Pero dolerá menos a medida que
pase el tiempo —respondió con sinceridad.
Si le hubiera hecho esa pregunta a cualquier otra persona,
probablemente me habría mentido. Esto era lo que me gustaba de
Riddick. Siempre podía confiar en que sería sincero conmigo.
Nunca mentía, aunque yo no quisiera oír la verdad.
—A medida que te hagas mayor, encontrarás cosas que te hagan
feliz, y serán faros de luz a los que podrás aferrarte cuando los
momentos de tristeza sean demasiado duros.
—¿A qué te aferras? —le pregunté, y él entrelazó los dedos en
mi pelo sin dejar de acariciarme la sien con el pulgar.
Me dedicó una sonrisa triste y me dio un suave beso en los
labios.
—Últimamente, has sido tú.
Fruncí el ceño y él se inclinó hacia delante para borrar con un
beso la arruga de mi frente.
—¿Yo? —susurré.
—Sí, Finn. Tú.
—¿Qué quieres decir?
Por un segundo dudó, y pude ver el conflicto en sus ojos. Fuera
cual fuese el secreto que guardaba... lo que le había impedido
admitir sus sentimientos por mí durante tanto tiempo volvía a
retenerlo. Me apreté contra su pecho y le dejé delicados besos en
la garganta, disfrutando de la áspera sensación de su barba
rozándome los labios.
—Por favor, dímelo —supliqué, con la voz quebrada.
—Después del accidente... yo... estaba perdido, Finn. Estaba
flotando solo en un mar de oscuridad. No había nadie... nadie que
me viera. Nadie que...
Le tocó a él quebrarse la voz, me aparté para mirarlo y descubrí
que también tenía lágrimas en los ojos.
—Hasta ti. —Dejó escapar una risita estrangulada, y al ver su
sonrisa me sentí más ligero.
—Te acercaste a mí y me echaste mierda por intentar surfear en
tu playa, y estabas tan... tan lleno de vida y fuego. Me hiciste
sentir cuando pensé que nunca volvería a sentir. Me viste cuando
pensé que nadie me volvería a ver, y yo sólo... estoy tan
agradecido por ti, Finn. Me has dado algo que merece la pena
esperar cuando, durante mucho tiempo, todo lo que había ante mí
eran días interminables y vacíos llenos sólo de malos recuerdos y
remordimientos.
—Riddick... —susurré, extendiendo la mano y apartando una de
sus lágrimas mientras él hacía lo mismo conmigo.
Me miraba como si yo fuera algo precioso sin lo que no podía
vivir y, de repente, me quedé sin aliento.
Siempre me hacía mucha ilusión verlo. Cada vez que abría los
ojos por la mañana y me lo encontraba acostado, a mi lado... se
me agitaba el corazón y se me aceleraba el pulso.
Siempre estaba pensando en mí, haciendo cosas por mí, y
siempre estaba preocupado por mí. Incluso ahora, había pasado
todo el día en la cama conmigo porque sabía que lo necesitaba.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y, de repente, necesité
sentirlo. Me incliné hacia él y le besé los labios, estremeciéndome
cuando su cálida boca se movió contra la mía, liberando
suavemente la tensión de mi cuerpo.
Me hizo sentir seguro.
Me hizo sentir que no estaba solo. Mis sentimientos por Riddick
eran muy fuertes. Demasiado fuertes. Tenían el potencial de
arrastrarme y arruinarme absolutamente... pero también se
sentían tan bien.
Se sentía tan bien.
Quería decírselo.
Mi boca se movió antes de que pudiera detenerme, y antes de
que supiera lo que estaba pasando, estaba diciendo dos palabras
que nunca le había dicho a nadie antes... excepto quizás a mi
madre.
—Riddick, te amo —le susurré, y se quedó inmóvil.
Vi cómo su rostro se desmoronaba a cámara lenta. Era como si
pudiera ver literalmente su corazón, y se rompía ante mis ojos.
No entendía por qué, pero lo que acababa de decir le había
devastado tanto que deseaba poder retractarme.
—Lo siento... —Me atraganté mientras mi estómago tocaba
fondo—. No tienes que decirlo de vuelta.
Apretó un dedo contra mis labios y otra lágrima resbaló por su
mejilla, desapareciendo entre las almohadas.
—No lo sientas, bebé. Sólo desearía... —Se le quebró la voz y
se aclaró la garganta—. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes.
Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias. Pero no
tiene nada que ver contigo, bebé. Eres perfecto, Finn. Te lo
mereces todo, y siento mucho no poder ser nunca lo que te
mereces.
Me cogió la cara y me atrajo hacia él, sus cálidos labios se
unieron a los míos y me besó como si fuera la última vez que nos
besáramos.
—Lo siento tanto, tanto...
No quería sus disculpas. Sólo quería olvidar y fingir que todo
estaba bien. Quería que me quitara el dolor, aunque solo fuera un
poco.
—Riddick... Ayúdame a olvidar —le supliqué, y él asintió,
mordiéndome el labio inferior con tanta fuerza que gemí—.
Hazme sentir bien. Hazme sentir bien. No quiero estar triste
nunca más.
—¿Estás seguro de que quieres esto ahora, bebé? —tarareó
contra mis labios, aunque no dejó de besarlos y chuparlos. Sus
manos se movían ahora y sentí cómo sus callosas palmas se
deslizaban bajo mi camisa y me rozaban las costillas.
—Sí. Por favor. Te necesito, Riddick.
—Muy bien, bebé. Quítate esto.
Me ayudó a quitarme la camisa antes de tumbarme boca arriba
y bajarme los bóxers. Yo ya estaba empalmado y lloraba por él
cuando se sentó sobre los talones para quitarse la camisa.
A continuación, se quitó los pantalones y gemí cuando se tumbó
encima de mí, con nuestros cuerpos desnudos frotándose el uno
contra el otro a un ritmo desesperado.
Volvió a reclamar mi boca, poseyéndome con su lengua y
demostrándome con cada caricia que le pertenecía a él y sólo a
él.
Gemí cuando metió la mano entre nosotros y rodeó nuestras
pollas al mismo tiempo.
—Joder —jadeé, mirando entre nosotros para ver cómo nos
acariciaba al unísono.
—Mira qué bien estamos juntos —murmuró, y yo gemí cuando
pasó el pulgar por nuestras coronas.
—Somos el uno para el otro —dije, mordiéndole los labios de
nuevo, mi necesidad de que estuviera dentro de mí crecía por
momentos.
—Joder, Finn... Soy un jodido monstruo por hacerte esto. —Lo
dijo tan bajo que apenas le oí, pero antes de que pudiera discutir,
me estaba besando la garganta y luego el pecho. Hizo una breve
pausa para chuparme y jugar con cada uno de mis pezones,
mordiéndolos y pellizcándolos hasta que se pusieron duros.
—Riddick, sólo... por favor, te necesito dentro de mí —le
supliqué, pero él me ignoró y besó cada vez más abajo por mi
cuerpo.
Adoró cada centímetro de carne con su boca, pasando su lengua
por cada línea de mi abdomen antes de dirigir finalmente su
atención a mi polla.
—Joder, bebé... ya estás goteando para mí —susurró, rodeando
mi polla con su enorme mano y acercando la punta a su boca.
Lamió el preseminal de la cabeza de mi polla con la lengua plana
y húmeda, y yo gemí, empujando mis caderas contra su mano.
Sentía calor en todo el cuerpo, y pequeñas explosiones de placer
se disparaban en mis pelotas, haciendo que se contrajeran en un
sensible y regordete manojo de necesidad.
Me acarició mientras sorbía mi punta en su boca
abrasadoramente caliente. Los centros de dopamina de mi
cerebro estallaron cuando me introdujo más profundamente y
chupó.
—Joder... Riddick, qué bien se siente —gemí mientras se
balanceaba sobre mi polla. Me metió en su apretada garganta
como si nada, sin dejar de frotarme y masajearme los huevos
hasta que me tensaron tanto que temí que me rompieran.
—Podría chupártela todo el día, bebé. Sabes al puto cielo —
murmuró antes de volver a deslizar mi polla por su garganta. Mis
dedos estaban en su pelo, y yo estaba follando su boca sin
vergüenza.
Por un segundo, me preocupó que fuera a hacerme correr así,
pero de repente, se bajó y se agachó aún más entre mis piernas.
—Riddick, ¿qué estás...?
Deslizó las manos por debajo de mis piernas y me dobló las
rodillas, abriéndome antes de pasar suavemente la lengua por mi
agujero.
—¡Riddick! —grité cuando volvió a chasquear suavemente su
lengua contra mí. Su suave boca se movió en lentas y lánguidas
caricias alrededor de mi borde, y yo me retorcí contra él. Me
agarró los muslos con firmeza, sujetándome mientras me lamía,
me besaba y me chupaba hasta que se me saltaron las lágrimas.
—Joder... Dios. —Mis palabras eran confusas, y mi boca se
abría y cerraba mientras su cálida lengua seguía masajeándome
suavemente y...
Así que...
Muy.
Deliberadamente.
—Eres tan condenadamente hermoso, bebé —susurró,
besándome de nuevo directamente en mi sensible agujero—.
Nunca tendré suficiente de ti.
Ahora jadeaba, perdido en la cacofonía de sensaciones. Sus
labios, su lengua, incluso sus dientes mientras me comía el culo
como si fuera un hombre moribundo y yo fuera todo lo que
necesitaba para volver a la vida.
—Riddick... —gemí, y en respuesta, presionó la punta de su
lengua dentro de mí.
Empecé a temblar.
Me apretó los muslos y me subió y bajó las palmas de las manos
por detrás de las piernas. Un pequeño maullido salió de mi
garganta cuando introdujo lentamente su lengua en mi interior.
—Sabes tan dulce, bebé... —ronroneó, deslizando su lengua
fuera de mí antes de volver a introducirla lentamente.
—¿Te gusta? —Su voz era pura gravilla, y yo estaba cegado por
las estrellas que se disparaban a través de mi visión—. ¿Te gusta
tener mi lengua en tu apretado agujerito?
—Sí, Jesús... No sabía... que se podía sentir... así... —jadeé, con
los ojos en blanco con cada lamida.
Me cogió la polla y me la acarició sin prisas mientras seguía
chupándome y follándome con la lengua. Gemí cuando mi
orgasmo empezó a crecer rápidamente.
—Para, para, para: te quiero dentro de mí. No quiero acabar así
—le supliqué, e inmediatamente me soltó la polla,
permitiéndome controlarme antes de perder el control.
Me miró a través de mis piernas abiertas y se me cerró la
garganta de emoción al ver la expresión de su cara.
No había respondido a las palabras, pero estaba ahí, en sus ojos.
Me amaba.
Creía que sabía lo que era el sexo, pero estaba claro que no tenía
ni idea. El sexo antes de Riddick nunca había sido así. Esta
combinación de sensación física y emoción que todo lo consume.
—Por favor, Riddick. Te necesito —volví a suplicar, y él se
arrastró por mi cuerpo, besándome suavemente en los labios y
recorriendo con su nariz el lateral de mi cara hasta llegar al
pliegue de mi cuello.
Sin decir nada más, cogió el bote de lubricante que tenía en la
mesilla y se echó una generosa cantidad en los dedos. Se apoyó
en mi pecho y colocó sus caderas entre mis piernas abiertas.
Metió la mano entre los dos y me cubrió el agujero.
Me miró a los ojos mientras trabajaba sus dedos en mí, tijeras
hasta que yo estaba suave y flexible.
—¿Me quieres dentro de ti, bebé? —murmuró, con la voz tensa
por la emoción, y yo asentí desesperado.
—Sí. Siempre. Siempre te quiero dentro de mí, Riddick.
Apoyó la polla en mi agujero y apoyó la frente en la mía.
—Respira para mí, bebé. Eres tan hermoso cuando respiras.
Jadeé cuando deslizó su gorda polla por mi apretado anillo
muscular, y ambos gemimos cuando se hundió hasta la
empuñadura.
Se estremeció y cerró los ojos mientras se acomodaba dentro de
mí. Se estremecía literalmente entre mis muslos, como si la
sensación de estar dentro de mí fuera tan agradable que apenas
podía controlarse.
—Nunca tendré suficiente de esto —me dijo mientras empezaba
a mover lentamente sus caderas, arrastrando su polla dentro y
fuera de mí con un ritmo tortuosamente lento y constante—.
Nunca ha sido así con nadie más, Finn. Nunca me he sentido así
con nadie más...
Con la mano que no usaba para sostenerse, me recorrió el
pómulo con delicadeza mientras me besaba una y otra vez.
—Eres tan importante para mí, Finn.
Me sujetó la cabeza para poder mirarme fijamente mientras
movía las caderas, su gruesa polla me llenaba tanto que sentía que
iba a estallar.
Cada embestida iba acompañada de un beso profundo y cargado
de emoción, y entre beso y beso me susurraba algunas de las
cosas más hermosas.
—Eres tan hermoso, Finn. Te sientes tan jodidamente bien,
bebé. Cada vez que estoy contigo, se siente como la primera vez.
Metí las manos en su pelo y cerré los dedos en puños. Me aferré
a él con todas mis fuerzas mientras rodaba contra mi próstata una
y otra vez, despertando de nuevo esa ardiente necesidad en mis
entrañas.
—Tócame... —le supliqué, y se metió entre nosotros, pasando
sus dedos por mi polla. Su tacto era tan ligero y suave que me
volvió jodidamente loco.
—¡Tócame! Tócame de verdad, por favor.
Me dio exactamente lo que le pedí, me rodeó con la mano y me
acarició. Aún estaba resbaladizo por el lubricante, y su mano se
deslizó sin esfuerzo por mi polla, acercándome más y más al
clímax con cada pasada.
—Quiero... follarte duro... —susurró, con las pupilas tan
grandes que el azul de sus ojos desaparecía.
—Sí —gemí, luchando contra mi orgasmo con todo lo que
tenía—. Hazlo, Riddick. Fóllame duro...
Se le llenaron los ojos de lágrimas, apretó la frente contra la mía
y tragó saliva.
—Yo también te amo, Finn. Siempre te amaré —murmuró antes
de separarse y volver a clavarse en mí con más fuerza que nunca.
Me ahogué y jadeé cuando tocó ese punto profundo dentro de
mí que hacía que todo mi cuerpo se convulsionara de placer.
—Riddick... Es tanto... Estoy sintiendo tanto... —sollozaba
suavemente mientras él entraba y salía de mí, acariciando mi
polla en suave contraste con cada embestida.
—Lo sé, cielo. Lo sé. Te sentirás mejor después de correrte...
¿Puedes hacer eso por mí, bebé? Muéstrame lo hermoso que eres
cuando te derrumbas.
Me penetró hasta la próstata mientras yo me estremecía y
retorcía bajo él. Me retorció suavemente la polla en su siguiente
golpe y exploté.
—¡Uuunnnghh, JODER! —grité mientras la primera oleada de
placer me recorría y mi polla empezaba a palpitar
esporádicamente en su mano—. ¡Riddick, me corro!
—Sí, eso es, bebé —arrulló mientras seguía acariciándome—.
Déjalo salir... dámelo. Quiero todo de ti... hasta la última gota.
Me corrí y me corrí y me corrí, con el cuerpo y la mano de
Riddick cabalgándome durante toda la experiencia. Todavía
estaba chorreando cuando lo sentí estremecerse encima de mí y
gruñir mientras su propia polla empezaba a palpitar dentro de mí.
—Joder, Finn... te sientes tan bien... cuando te corres... en mi
polla... —gimió, bombeando el resto de su liberación dentro de
mí.
Se desplomó encima de mí, llenándome de besos mientras yo
jadeaba y me estremecía bajo él.
—Te amo —susurró entre beso y beso, haciendo que mi corazón
se acelerara y mis ojos se llenaran de lágrimas.
—Te amo, te amo, te amo, Finn Summers.
Lo rodeé con los brazos y enterré la cara en su hombro, sin saber
por qué unas palabras que deberían hacerme sentir tan feliz me
daban ganas de echarme a llorar.
uando nos adentramos en el invierno californiano, mi
entrenamiento, ya de por sí intenso, se intensificó. Ya
casi nunca surfeábamos en mi playa privada. Riddick
me introdujo gradualmente en el surf en Leviathans al principio
de la temporada para que pudiera familiarizarme con el
comportamiento del agua antes de que las olas alcanzaran todo
su potencial.
A principios de diciembre, las olas sólo alcanzaban entre tres y
cuatro metros. Sin embargo, en cuanto Riddick me hizo meter los
pies por primera vez, noté inmediatamente la diferencia.
Sólo la marea era aterradora. Incluso hasta los tobillos, cuando
el agua se retiraba, estaba claro que esta playa buscaba sangre.
El agua estaba ahora más fría y había tenido que comprarme un
traje de neopreno para evitar que mis labios se pusieran azules
cada vez que golpeábamos las olas, pero no me importaba.
Yo....
Joder.
Me encantó.
La primera vez que surfeé una baby Leviathan, casi me corro de
la emoción, joder. El subidón que sentí al atravesar el vientre de
la bestia no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
Me volví adicto de inmediato.
Aparte de la horrible forma en que murió mi madre, había una
razón por la que no bebía ni fumaba. Evitaba las sustancias como
la peste porque era un perseguidor de la dopamina.
En cuanto mis centros de recompensa y placer, hambrientos de
TDAH, recibían una gota de dopamina, tendía a engancharme.
Ésta no fue una excepción.
La adrenalina era mi droga preferida, y no podría renunciar a
ella, aunque quisiera, aunque supiera que un día podría matarme.
El agua aquí era más oscura, más siniestra que las cristalinas
aguas azules de Stars Cove, y el subidón de excitación combinado
con el regocijo que sentía al cabalgar por el oscuro y hueco barrel
de cada ola monstruosa sedienta de sangre era tan jodidamente
bueno... que no podía saciarme.
Riddick se convirtió en un sargento instructor cuando surfeamos
estas bestias.
—¡Ojos en el horizonte!
—¡Concéntrate, Finn! ¡Tienes dobles entrando!
—¿¡Qué carajo te dije!? En caso de duda, ¡no remes!
Intenté no enfadarme demasiado con él. Pude ver el terror en sus
ojos todo el tiempo que estuvimos en el agua. Su intensidad
aumentaba cuando se preocupaba por mi seguridad, y yo sabía
que venía de un buen lugar.
Pero me resultaba difícil tomarme las cosas tan en serio como él
quería cuando me lo estaba pasando brutal.
Surfear en Stars Cove después de Leviathans ya no era lo mismo
después de un tiempo, y antes de darme cuenta, ya no podía
pensar en otra cosa.
Nada mantenía mi interés salvo aquellas aguas frías y
despiadadas.
Ya no oía a la gente cuando me hablaba. Mi hiperfocalización
se había activado. Cuando no estaba surfeando activamente
Leviathans, estaba pensando en surfear en Leviathans.
Imaginándolo.
Soñando con ello.
—¡Finn! ¡Bebé! ¿Dónde has ido?
Chasquido, chasquido, chasquido.
Parpadeé y vi que Riddick volvía a chasquear los dedos para
llamar mi atención.
—¿Eh? Lo siento. Estaba soñando despierto otra vez.
No parecía divertido.
Estábamos terminando la jornada y los dos estábamos
empapados de agua de mar mientras caminábamos por la playa
de guijarros hacia los escalones de piedra natural que subían por
el acantilado hasta la cabaña. Cada uno llevaba su tabla de surf
colgada bajo el brazo mientras caminábamos, y yo ya tenía ganas
de volver al agua, a pesar de que acabábamos de surfear durante
unas seis horas.
—Vamos, no me mires así. No puedo evitarlo. Sabes que es mi
lindo cerebro neurodivergente. La hiperfocalización es real.
—Sí, bueno... por qué no podías hipercentrarte en hacer
ganchillo o en algo menos mortífero... —refunfuñó, y yo hice un
mohín, sacando el labio inferior todo lo que podía.
—Pero yo quiero jugar en el agua Riidddickkk... tejer es para
abuelitas dulces y gente más estable mentalmente que yo.
Su mirada se clavó en mi labio y soltó uno de sus gruñidos
dominantes de chico sexy que siempre me provocaban un
cosquilleo en la polla.
—Aparta ese labio antes de que te lo muerda.
Le guiñé un ojo y le hice un bonito hoyuelo.
—¿Y si quiero que lo muerdas?
—Eres insaciable.
—Bastante rico viniendo de ti, grandote. Ayer me follaste dos
veces.
—¿Te quejas?
—Sólo que no lo intentaste en la tercera ronda. Puse esa crema
especial en mi agujero para ti y todo.
—¡Ese es mi trabajo, carnada para tiburones! —gruñó,
agarrándome del hombro y haciéndome girar hacia él. Le sonreí.
Había perfeccionado el arte de sacar de quicio a Riddick y, por lo
general, si conseguía tocarle la fibra sensible, acababa agachado
con su polla en el culo.
Era lo mejor, joder.
—¿Qué vas a hacer al respecto? —me burlé, dedicándole mi
mejor sonrisa malvada.
Sus ojos eran oscuros y ardían con algo peligroso.
Ah, sí. Yo estaba en problemas. Hehehehe.
—Tal vez te castigue, pequeño diablillo. Últimamente estás
muy mimado. Tal vez volvamos a como era cuando nos
conocimos, ¿eh? Tan fácil como puedo darte orgasmos, puedo
quitártelos.
Mis ojos se abrieron de par en par y jadeé.
—¡No lo harías!
—Lo haría, bebé. —Se acercó más a mí, deslizó su mano por mi
nuca y rozó sus labios con los míos—. Me encanta ver cómo te
corres, pero también me encanta ver cómo te pones cachondo.
Quizá te tenga duro y necesitado durante días antes de dejarte
correrte otra vez.
Me bajó la mano por el pecho y me pasó los dedos por la
entrepierna.
Gemí, deseando que me chupara toda la leche de la polla.
—Riddick, por favor. No me tomes el pelo así.
—¿No te gustó, bebé? ¿Fue duro para ti cuando no te dejaron
correrte?
Sus ojos bailaban con una feroz picardía y me estremecí cuando
me frotó la polla, ahora muy dura, por encima del traje de
neopreno.
—Tuve sueños húmedos como, semanalmente. No estoy hecho
para el borde, Riddick. Mis pobres bolas se ponen tan doloridas,
que no puedo soportarlo.
Se rio entre dientes y me tocó las pelotas. Sus labios se curvaron
en una sonrisa malévola mientras me besaba suavemente la boca
y las mejillas.
—Esos no eran sueños húmedos, bebé. También eran
recompensas. He tenido el control de tu placer desde el día que
nos conocimos.
—Espera, ¿qué?
—Ya me has oído... —murmuró, deslizando la otra mano por la
parte delantera de mi traje de neopreno y bajando la cremallera.
Deslizó la mano entre el apretado material y rodeó mi gruesa y
dura polla. Jadeé.
Su mano estaba helada de estar en el agua, y mi polla estaba ya
tan caliente y llena. El contraste de temperaturas era sublime.
—¿Tú... me estabas tocando de verdad? ¿No eran sueños?
—Mhmm... —murmuró, acariciándome con firmeza mientras
mi mente daba vueltas.
—¿Así que siempre me has querido? —Me atraganté y él hizo
una pausa, apartándose para mirarme con el ceño fruncido. Sacó
la mano de mi traje, me la volvió a poner en la nuca y apoyó la
frente en la mía.
—Sí, Finn. Siempre te he querido y siempre te querré. Pase lo
que pase.
Me tembló el labio y él se rio, dejándome caer un beso húmedo
en la boca antes de hacerme girar de nuevo hacia la escalera.
—Ponte en marcha, carnada de tiburón —dijo, dándome una
palmada juguetona en el culo—. Si te portas bien, quizá te folle
después de cenar.
stábamos jugueteando el uno con el otro mientras
caminábamos por la maleza de vuelta a la cabaña
cuando, de repente, Riddick me agarró por el traje
de neopreno y me apartó de un tirón de la línea de árboles.
—Riddick, ¿qué?
—¡Shh! —siseó, y seguí su línea de visión para encontrar a dos
hombres caminando por mi entrada, claramente en dirección al
chalet.
Rondaban la edad de Riddick, y ambos tenían la piel leonada y
el pelo oscuro.
El chico de la izquierda era más delgado, con el pelo corto y el
ceño fruncido. El chico de la derecha era más o menos de la
misma estatura, pero un poco más corpulento. Tenía el pelo
negro, largo y le caía hasta los hombros. Se había recogido la
mitad superior en una media coleta, y sus rasgos eran más bonitos
que los de su amigo.
—¿Qué carajo están haciendo aquí? —siseó Riddick, pero me
di cuenta de que no me estaba preguntando a mí.
—¿Quiénes son? —susurré, y él me miró. Parecía...
preocupado.
—Kai y Jet.
—¿Tus antiguos compañeros de surf? —pregunté, de repente
emocionado. Riddick echó un vistazo a mi sonrisa de emoción y
se puso aún más tenso.
Miró hacia mi traje de neopreno, que seguía abierto, y me subió
la cremallera.
—Tápate —espetó, y yo fruncí el ceño, ladeando la cabeza.
—¿Por qué? ¿También son un poco gays? —bromeé, pero a
Riddick no pareció hacerle gracia.
—Jet lo es —gruñó, y yo alcé las cejas, sintiendo las familiares
punzadas de picardía gestándose en mi vientre.
—Me encanta cuando te pones así de celoso —bromeé en voz
baja.
—¡No estoy celoso! —me contestó siseando, y yo me reí entre
dientes.
—Bueno, si no estás celoso, vamos a saludar. ¿Por qué estamos
escondidos en los arbustos como un par de asquerosos? —
pregunté, aunque me aseguré de permanecer en silencio. Si él no
quería que nos vieran, yo no iba a llamar la atención hasta que
estuviera listo.
—No puedo —dijo, con la voz tensa y llena de dolor. Me miró
y, de repente, ya no me reía. Parecía realmente disgustado. Como
el disgusto que se siente cuando muere un ser querido o cuando
tu vida está a punto de cambiar para siempre.
—De acuerdo... ¿quieres que les diga que se vayan? —pregunté,
y él me miró fijamente durante un largo momento antes de tragar
saliva.
—Sólo... quédate aquí. Se irán solos cuando nadie responda —
murmuró, aunque me di cuenta de que seguía preocupado.
—De acuerdo —acepté y me dispuse a mirar y esperar.
Golpearon mi puerta y esperaron más de lo que la mayoría de la
gente esperaría a ver si alguien respondía. Finalmente, al cabo de
un rato, se rindieron y bajaron por el camino hasta un coche que
les estaba esperando.
Entrecerré los ojos al verlos subir, dándome cuenta de que era
el coche de Blake.
¿Qué carajo?
Miré a Riddick, cuya mandíbula estaba tan apretada que podía
ver cómo se agitaban los músculos de su mejilla.
—Oye, se han ido —susurré, acercándome para acariciarle la
cara. Se sobresaltó al oírme, como si hubiera olvidado por un
momento que yo estaba allí. Cuando me miró, el corazón me dio
un vuelco.
—Riddick... ¿Vas a decirme qué está pasando? —pregunté, y él
cerró los ojos, pellizcándose el puente de la nariz con
exasperación.
—Creo que... se me ha acabado el tiempo.
staba indeciso. Una parte de mí quería envolverme
en Finn y saborear cada puto segundo con él,
mientras que la otra creía que sería mejor poner fin
a las cosas ahora.
Me acribilló a preguntas toda la noche mientras le preparaba la
cena. Cuando llegó la hora de irse a la cama, intentó seducirme
para tener sexo, pero yo no podía hacerlo, joder.
Me sentí mal.
Sentía que le estaba mintiendo.
Y yo estaba... mintiéndole.
Lo había estado todo este tiempo.
Pensé que habría tenido más tiempo para terminar de entrenarlo
y luego decírselo por mi cuenta. En mis términos. Pero ahora que
Kai y Jet estaban aquí, sabía que la verdad saldría a la luz de un
modo u otro. Sinceramente, tuve mucha suerte de que no hubiera
salido ya.
Casi cada vez que volvía de un turno en Sharkies, yo esperaba
en vilo para ver si alguien había mencionado mi nombre en
relación con el de Jake.
Cada vez que Finn entraba y me sonreía, mostrando sus
hoyuelos como siempre hacía, sabía que me había regalado otro
día al calor de su amor. Siempre sentía que me quitaba un peso
de encima.
Sin embargo, el alivio duró poco, pues sabía que sólo era
cuestión de tiempo.
Sabía que sería mejor viniendo de mí... pero...
Cada vez que intentaba armarme de valor para decírselo, las
palabras se me morían en la lengua.
Una vez que se lo dijera, se acabaría.
Y a pesar de saber que me convertía en un débil y patético
pedazo de mierda... no estaba listo para que terminara.
Así que, en lugar de decírselo, lo abracé y le acaricié el pelo
hasta que se durmió, disfrutando del calor de su suave piel y su
espeso y sedoso cabello.
—Te amo. Te amo, bebé, y lo siento muchísimo —susurré en sus
oídos dormidos, con la esperanza de que llevara consigo esas
palabras mucho después de haberme dejado.
iddick había estado raro toda la noche después de
que sus viejos amigos pasaran por nuestra casa. No
me hablaba y me sentía muy incómodo. Lo que
empeoró las cosas fue que no estaba en la casa cuando me
desperté a la mañana siguiente.
Fruncí el ceño. Riddick rara vez salía a ‘ocuparse de algunas
cosas’. Si necesitábamos cosas, normalmente me enviaba a mí,
ya que tenía una enorme aversión a ir a la ciudad. Ni siquiera
sabía dónde había estado viviendo antes de que nos juntáramos.
Siempre que se lo preguntaba, me daba una respuesta estúpida y
coqueta.
«—Vivía en el purgatorio hasta que te conocí, bebé.»
«—¿Qué quieres decir? Siempre he estado aquí, esperándote.
—Guiño.»
No me había molestado en ese momento, pero ahora estaba
empezando a asustarme. Algo raro estaba pasando, y la cantidad
de náuseas que estaba sufriendo no me gustaba un carajo.
Hice mi entrenamiento matutino por mi cuenta, con la esperanza
de que el ejercicio me ayudara a aliviar la extraña sensación de
agitación que experimentaba en las tripas.
No fue así.
Le mandé un mensaje a Turtle para ver si quería quedar para
matar el tiempo antes de mi turno, y vino a recogerme en el coche
de Blake, lo que no hizo más que ponerme de peor humor.
—¿Qué te pasa, que parece que alguien se ha dejado caer en tu
ola, bro? —preguntó bajando del coche para saludarme. Me
encogí de hombros.
—No lo sé; estoy teniendo un par de días raros.
—Sí, hombre, te entiendo. El tiempo está cambiando. ¿Quieres
ir a Stars Cove antes del trabajo? Quizá tu club de fans te anime.
—Me guiñó un ojo y le devolví la sonrisa.
—Sí, de acuerdo. Hagámoslo.
—Carga tu tabla, bro. ¡Surf's up!
Las olas eran bonitas, pero algo aburridas después de todo el
tiempo que había pasado en Leviathans.
Hice algunos barrel fáciles con Turtle, y a la séptima u octava
carrera, empezaba a sentirme más relajado.
Turtle tenía razón. El surf era mi lugar feliz, y definitivamente
estaba funcionando como una forma de alejar mi mente de lo raro
que estaba siendo Riddick.
O lo era hasta que Jet y Kai aparecieron.
Acababa de terminar de correr, así que supuse que los vítores
que venían de la playa eran de mi club de fans. Sin embargo,
cuando fui a saludarlos, me di cuenta de que no me estaban
animando.
Mis Finnáticos se agolpaban alrededor de dos figuras oscuras
que reconocí inmediatamente como los chicos que habían venido
a llamar a mi puerta el otro día.
Ambos llevaban sus tablas y trajes de neopreno, lo que me dijo
que venían a surfear.
De repente, el corazón se me aceleró en el pecho.
No sabía qué hacer.
Riddick no había querido interactuar con ellos en absoluto. Tuve
que asumir que eso significaba que él tampoco quería que yo
interactuara con ellos.
Pero...
Riddick me ocultaba secretos y yo empezaba a hartarme de que
me ocultaran cosas. ¿Por qué no quería hablar con estos chicos?
¿Por qué estaban aquí?
Volví remando para reunirme con Turtle en la formación, y
ambos nos balanceamos sobre nuestras tablas, observando cómo
los dos recién llegados remaban para unirse a nosotros.
—Hola, bro, ¿qué tal? Qué malas olas hoy —los saludó Turtle
con su simpática forma de Turtle.
El chico del pelo largo le dedicó una media sonrisa, mientras
que el del pelo más corto nos miró con el ceño fruncido.
—Hola bro, sí. Bonito día —dijo Pelo largo. Tenía una manga
llena de lo que parecían tatuajes hawaianos tradicionales y un
collar de dientes de tiburón.
—Soy Turtle, y este es mi mejor amigo, Finn.
En cuanto Turtle dijo mi nombre, los ojos de ambos brillaron.
—Hola. Soy Jet, y este es Kai —dijo Pelo largo, señalándolo a
él y a su amigo de aspecto muy cabreado—. Encantado de
conocerte.
—Lo mismo digo —contestó Turtle. Permanecí en silencio,
pero ambos me miraban fijamente.
—Blake nos habló mucho de ti, Finn. Parece que te has
convertido en una celebridad local. Dice que planeas montar
Leviathans.
—Sí, ya he surfeado allí varias veces, pero las olas mejorarán la
semana que viene. Espero surfear mi primera ola de siete metros
—respondí con sinceridad.
Kai parecía furioso.
—Ah, ¿sí? ¿Tenemos que agradecerte la puta competición de
surf de la que nos habló Blake?
Fruncí el ceño.
—¿Qué? No. Ni siquiera sé de qué estás hablando.
Jet me estudió detenidamente, como si intentara decidir si me
creía o no.
—Blake me localizó para decirme que había oído rumores del
hijo del alcalde de que estaba organizando una. Vinimos a ver si
era cierto, y efectivamente, acaban de publicar un anuncio esta
mañana en la Gaceta.
Mis ojos se abrieron de par en par por la sorpresa. La zorra de
Kyle lo había mencionado en la fiesta del verano, pero no había
vuelto a saber nada.
Kai entrecerró los ojos.
—Deja de actuar, chico. Blake nos contó que has estado
corriendo por la ciudad diciéndole a todos que estás entrenando
para Leviathans. ¿Sabes lo peligroso que es eso? ¡Estás
sensacionalizando esa playa! ¡Vas a hacer que la gente muera!
—Oye, Kai, relájate. —Jet puso la mano en el hombro de su
amigo—. Está claro que no tiene nada que ver con la competición
de surf. Es sólo un amigo. Esto tiene Tully escrito por todas
partes.
Kai se enfadó aún más.
—Mi puto amigo murió en esa playa, y hemos hecho todo lo
posible para evitar que idiotas como tú hicieran la misma mierda
—espetó—. ¡Y ahora mira lo que está pasando! Va a haber
titulares trayendo surfistas de todo el mundo. Espero que estés
contento.
—¡Kai! —espetó Jet, con un tono oscuro y autoritario. Kai lo
fulminó con la mirada y se sacudió la mano del hombro, girando
la tabla para mirar hacia la orilla.
—Que le den. No estoy de humor para surfear con niñitos
idiotas que tienen ganas de morir —gruñó antes de volver
remando a la playa.
Turtle parecía totalmente confundido. Se rascó la cabeza
mientras miraba a Kai alejarse remando, y yo enarqué una ceja
mirando a Jet.
Jet suspiró y sacudió la cabeza.
—Tendrás que disculparlo. Está un poco... provocado ahora
mismo. No se trataba de ti. Es un chico realmente genial; sólo que
no lo estás conociendo bajo grandes circunstancias.
Me encogí de hombros y puse los ojos en blanco.
—Realmente no me importa, amigo. Sólo estoy aquí para
surfear. ¿Qué tal si tú te ocupas de tus asuntos y yo de los míos,
¿sí?
Avanzamos unos cuantos espacios en la línea, pero Jet no
parecía interesado en retroceder. Me miraba fijamente,
claramente curioso por mí.
A diferencia de Kai, el interés de Jet en mí no se sentía hostil,
sólo cauteloso y receloso.
—Blake dice que eres muy bueno. Dice que le recuerdas a
Riddick.
Me quedé helado, con el corazón literalmente parado al oír el
nombre de Riddick salir de la boca de Jet.
—Dice que parece una especie de tragedia divina que alguien
con un estilo de surf tan parecido al de Riddick aparezca de la
nada, muriéndose por destrozar Leviathans.
Lo miré y sentí que se me ponía la piel de gallina bajo el traje
de neopreno. No tenía ni idea de qué estaba hablando, pero la
forma en que me miraba me ponía los pelos de punta.
—Ayer pasamos por tu casa —continuó, y yo asentí.
—Lo sé.
—¿Por qué no contestaste?
—¿Por qué no abrí la puerta a dos tipos extraños que no
conocía? Soy de la Generación Z, bro. No le abro la puerta a nadie
que no me mande un mensaje primero.
El rostro apuesto de Jet se descompuso en una sonrisa genuina
y soltó una carcajada.
—Me parece justo.
Me miró por encima del hombro y su sonrisa se ensanchó.
—Parece que te toca, estrella del surf —dijo, moviendo la
cabeza para indicar que ahora estábamos a la cabeza de la línea—
. Veamos si eres tan bueno como dice Blake.
Alexa Play: Dancing With Your Ghost de Sasha Alex
Sloan

et surfeó con nosotros el resto de la tarde y, tras unas


cuantas carreras, quedó claro que era tan bueno como
Riddick, quizá incluso un poco mejor.
Su estilo era... brutalmente genial.
Cuando surfeaba, era como si la tabla fuera una extensión de su
cuerpo. Juraría que la controlaba con la mente, como una especie
de Jedi del surf. Verlo era inspirador.
Estaba tan increíble que cuando quedó claro que estaba
impresionado con lo que yo podía hacer, sentí una cálida
sensación de logro en la barriga.
Me observaba atentamente cada vez que me levantaba, e incluso
me dedicó unas palabras de felicitación tras una carrera
especialmente épica.
Cuando los tres nos fuimos a casa, los Finnáticos se volvieron
locos. Tanto a Jet como a mí nos pidieron autógrafos, para
regocijo de Turtle. Sin embargo, mientras que yo se los dí, Jet se
mostró considerablemente más reservado que en el agua y se
negó, diciéndonos que nos alcanzaría más tarde.
Turtle no paraba de gritar mientras atábamos las tablas al coche
de Blake y nos dirigíamos al trabajo. Como Sharkies estaba justo
en la playa, era un paseo corto.
En realidad, no estaba escuchando a Turtle mientras nos
cambiábamos en la sala de personal antes de fichar para nuestro
turno. Mi mente iba a mil por hora con todo lo que Jet había
dicho.
También estaba cabreado por lo de la competición de surf.
Riddick iba a estar de muy mal humor cuando se lo contara.
Realmente no tenía ganas de lidiar con uno de sus estados de
ánimo de culo gruñón cuando llegará a casa.
Era entre semana, así que el restaurante estaba relativamente
tranquilo. Me puse a recoger las mesas cuando se puso el sol y
me di cuenta de que en una de ellas había un ejemplar del Stars
Cove Gazette.
Recordando lo que había dicho Kai de que había un artículo
sobre la competición de surf, lo cogí.
Justo ahí, en la portada, en letras grandes y en negrita, se leía:

Al leer el artículo, sentí una gran rabia. Debía de llevar todo el


año trabajando entre bastidores en esto, pues la fecha de la
competición ya estaba fijada y faltaban pocas semanas. Por
supuesto, Kyle figuraba como uno de los concursantes, junto con
otros nombres relativamente conocidos del surf de olas grandes.
Todo el acontecimiento iba a ser televisado y duraría un fin de
semana entero. Mis ojos hojearon la página y parpadeé
confundido cuando vi que mencionaban el nombre de Riddick.

En memoria de la leyenda del surf de Stars Cove,


Jake Whittling, el alcalde Tully ha anunciado que el primer
premio se llamará “El premio Riddick”. Se pretende que sea un
homenaje a Whittling en reconocimiento a su contribución a
Stars Cove.
“Sin Jake, quizá nunca hubiéramos descubierto Leviathans”,
explica Tully. Y aunque su muerte es una tragedia, tengo que
creer que vería esta competición con orgullo, sabiendo que su
legado sigue vivo.

Entonces, allí, debajo de la puta mierda de cita del alcalde Tully,


había una foto en blanco y negro de Kai, Jet y Riddick sujetando
tablas cortas en la playa de Leviathans. La leyenda decía:

Los fundadores de Leviathans


De izquierda a derecha: Kai Kalani, Makoa 'Jet' Kealoha, y
Jake 'Riddick' Whittling
Volví a parpadear, intentando aclarar la vista porque,
evidentemente, mi mente me estaba jugando una jodida mala
pasada... pero no.
Esto era real. Pasé el pulgar por la cara del hombre con el que
había pasado los últimos siete meses entrenando... viviendo,
durmiendo, mientras me miraba con la misma sonrisa que ahora
me regalaba.
Mis manos empezaron a temblar tan violentamente que no pude
leer el resto del artículo. Mi respiración se entrecortó y manchas
oscuras bailaron sobre mi visión.
No podía respirar...
Joder, joder, joder... ¡NO PODÍA RESPIRAR!
Alexa Play: Fire In The Water de Feist

o le dije a nadie que me iba.


No podía. Me sentía como bajo el agua. Perdía el
tiempo mientras mi mente intentaba procesar lo que
había leído y, de repente, me encontré caminando solo por la calle
oscura hacia mi chalet, apretando contra mi pecho el ejemplar de
la gaceta que había encontrado como si pudiera protegerme de la
verdad.
Esto no podía estar pasando... No podía ser real. Riddick no
estaba... ¿No podía estar muerto?
¡Era un truco! Había engañado a todos, fingido su propia muerte
por alguna razón desconocida...
Cuando llegará a casa, le preguntaría y se reiría diciéndome que
era una coincidencia. O un error de imprenta. Algún tipo de loco
malentendido que parecería obvio una vez que me lo explicara
todo ...
A cada paso que daba, me obligaba a concentrarme en mi
respiración, como me enseñó a hacer Riddick.
Inhala...
Uno, dos, tres...
Exhala...
Uno, dos, tres...
Respirar. Repetir.
Había más de una hora andando desde el pueblo hasta la cabaña,
y mi teléfono había empezado a explotar a los diez minutos. Lo
apagué y continué mi lento y aturdido camino de vuelta a casa.
Cuando llegué a la puerta de casa, ya me había controlado. Ya
no me preocupaba morir de un ataque de pánico, pero el corazón
me latía tan fuerte que cualquiera diría que acababa de correr una
maratón.
Me quedé mirando la puerta durante un buen rato antes de girar
el pomo y entrar.
Riddick estaba en casa, sentado a la mesa de la cocina con un
plato de comida para mí como siempre hacía, y su cabeza se giró
hacia mí cuando entré.
—Hola, pequeño —me dijo, dedicándome su sonrisa habitual.
Cuando no respondí, se le borró la sonrisa de la cara e,
inmediatamente, supe... supe que no iba a explicarlo todo.
Todo mi mundo estaba a punto de implosionar... Otra vez.
—Lo descubriste —susurró. Era una afirmación, no una
pregunta. Lo dijo como si hubiera estado esperando este día, y
sólo hubiera sido cuestión de tiempo antes de que todo se
derrumbara.
Tragándome las lágrimas, tiré el periódico sobre la mesa delante
de él.
Extendí un dedo que temblaba violentamente y forcé una sola
palabra que superó el doloroso nudo que tenía en la garganta.
—Explícate.
Miró el periódico y vi cómo se le partía el corazón al ver la foto
en la que aparecía como el puto Jake Whittling. El hombre que
había muerto mucho antes de que yo apareciera en Stars Cove.
—¿Qué hay que explicar, Finn? La verdad está aquí, mirándote
fijamente —dijo, señalando el periódico.
—¡No es posible! ¿Qué, fingiste tu muerte? ¿Es por eso que no
quieres ir a la ciudad? —Mi mente iba a mil por hora. Sabía que
no era así porque había ido a la ciudad y todo el mundo lo había
visto aquella noche en la playa. ¿No habría sido más grave que
todos pensaran que estaba muerto?
Ni siquiera podía mirarme.
—No fingí mi muerte, Finn.
—¡Tienes que haberlo hecho! No puedes estar... no puedes
estar... ¡estás aquí mismo! —grité, mi voz finalmente
quebrándose por mis lágrimas. Me abalancé sobre él y lo agarré,
clavando mis dedos en su carne para confirmar que estaba aquí y
que era real.
—Estoy muerto, Finn. Siento que te hayas enterado así. Quería
decírtelo, sólo que... no sabía cómo.
—No... —Estaba temblando de nuevo. Retrocedí, sintiendo que
literalmente podría morir del horror de lo que me estaba diciendo.
Se levantó y vino detrás de mí, con un aspecto tan miserable
como el mío.
—Bebé, lo siento...
—¡No me jodas! —le grité—. ¡Te amaba, joder! Me hiciste
amarte, ¿y ni siquiera eres real, joder? ¿Estoy loco? ¿Estoy
teniendo un jodido colapso mental?
Tenía frío en todo el cuerpo y temblaba tanto que me
castañeteaban los dientes.
—Por supuesto, soy real, Finn. No sé cómo, pero lo soy.
Necesitas respirar, beb… Finn. Estás entrando en shock.
Intentó atraerme hacia él, pero me aparté de un tirón.
—¡No me toques, joder! —grité, incapaz de controlarme.
Estaba repitiendo en mi cabeza todas las interacciones de los
últimos meses.
Cuando Blake había mencionado por primera vez a esos chicos
en su coche, había dicho Jake y Riddick por separado, y yo había
asumido que eran dos chicos diferentes... pero no, sólo lo estaba
llamando por su apodo...
En la fiesta de la playa... ¿nadie más podía verlo? ¿Era por eso
que todo el mundo me había estado mirando de forma tan
extraña? ¿Era por eso que Quinn me había estado tratando como
una especie de animal rabioso después?
Debí parecer un loco gritándole a la nada en la playa así...
Sus respuestas coquetas sobre dónde vivía antes de mudarse
aquí conmigo...
«Vivía en el purgatorio hasta que te conocí, bebé.»
«¿Qué quieres decir? Siempre he estado aquí, esperándote.»
Esta era su chalet. La cabaña de Jake. ¡Siempre había estado
aquí... joder!
Entonces, lo que me hizo gritar por encima del límite de mi
propia cordura fue el recuerdo de lo que me había dicho en el
aniversario de la muerte de mi madre.
«Me hiciste sentir cuando pensé que nunca volvería a sentir. Me
viste cuando creía que nadie volvería a verme y... te estoy muy
agradecido, Finn. Me has dado algo que vale la pena esperar
cuando, durante mucho tiempo, todo lo que había ante mí eran
días interminables y vacíos llenos sólo de malos recuerdos y
remordimientos.»
Se me escapó un gemido inhumano y me desplomé en el suelo
como una masa deshuesada de dolor.
Riddick no intentó hablar. Se arrodilló y gateó hacia mí. Me
cogió entre sus brazos grandes, firmes y muy reales, y me arrastró
hasta su regazo.
—Lo siento mucho, Finn —susurró mientras me abrazaba,
meciéndome de un lado a otro mientras yo sollozaba sin palabras
contra su pecho.
—Lo siento tanto, joder...
inn lloró hasta quedarse dormido en mis brazos. Sabía
que no había nada que pudiera decir para arreglar la
realidad de nuestra situación. Probablemente yo era
la última persona que él quería tener en sus brazos en ese
momento, pero no había nadie más.
Sólo yo.
El hombre muerto que había estado rondando la playa que lo
había matado.
Cuando Finn se desmayó, lo llevé a la cama y lo arropé. Tenía
las mejillas hinchadas y los ojos hinchados de tanto llorar, y se
me partía el corazón al verlo así.
En un acto reflejo, intenté quitarle la ropa, pero me detuve.
—¡No me mimes!
—¡No me toques, joder!
Hice una mueca de dolor. El privilegio de ver el cuerpo de Finn
había sido revocado. Aunque durmiera más a gusto en bóxer, no
creo que quisiera que fuera yo quien lo desnudara.
Ya no.
Se me formó un nudo doloroso en la garganta y me obligué a
contener las lágrimas mientras lo arropaba, completamente
vestido, antes de salir a tomar el aire.
No es que necesitara aire para existir, pero respirar había sido
un hábito difícil de superar. El acto de respirar me relajaba.
Me daba la ilusión de que seguía vivo, y era un pequeño
consuelo en la interminable y solitaria existencia que es la
muerte.
No sabía muy bien por qué estaba atrapado aquí, pero después
de ahogarme, algo me impidió seguir la luz que había estado
llamando mi nombre.
Tuve una abrumadora sensación de arrepentimiento y una
necesidad insana de quedarme y asegurarme de que la playa que
me había matado no se cobrara más vidas, y creo que por esa
razón perdí mi billete de ida a donde se suponía que tenía que ir.
En cambio, me encontré atado a mi propiedad, incapaz de seguir
adelante, pero también incapaz de existir.
Podía mover objetos dentro de los límites de mi propiedad, pero
había aprendido que, si salía y me adentraba en la Cala de las
Estrellas, me volvía menos corpóreo.
Nadie podía verme ni oírme, ni siquiera dentro del perímetro de
mi terreno, y desde luego no podía tocar a nadie.
Hasta Finn.
Lo había oído llamarme aquel día que nos conocimos, pero
había supuesto que hablaba con otra persona. Con alguien vivo.
Cuando me di cuenta de que me hablaba a mí, me quedé tan
sorprendido que apenas pude responder.
Entonces, imagina mi sorpresa cuando extendió la mano y me
tocó.
Era como si su tacto hiciera real mi carne, normalmente
transparente.
Había sido tan cálido y fuerte y... vivo.
Era todo lo que había dado por sentado en la vida. Al principio,
el hecho de que pudiera verme y tocarme me parecía una broma
cruel. Como colgar una zanahoria delante de un animal
hambriento.
No había futuro entre alguien vivo y yo. Ni siquiera debería
estar aquí para empezar.
Luego, cuando supe que estaba aquí para surfear la playa que
me había maldecido con una eternidad de soledad, me había
puesto furioso y aterrorizado y desesperado por evitar que él
sufriera el mismo destino.
Fue entonces cuando empecé a preguntarme si se trataba de una
especie de intervención divina.
¿Había alguna razón por la que Finn estaba aquí y era el único
al que podía ver y tocar?
¿Tenía que ayudarlo a sobrevivir a Leviathans?
¿O se trataba de un juego cruel que el universo jugaba para
divertirse?
Ahora mismo, parecía lo segundo.
Porque a pesar de lo mucho que había intentado evitar lo
inevitable... me había enamorado de Finn Summers, y él se había
enamorado de mí.
Era una jodida tragedia, y lo sabía.
Nunca debimos estar juntos porque él necesitaba vivir, y mi vida
ya había terminado.
Me pellizqué el puente de la nariz y suspiré.
Vaya mierda.
Los faros iluminaron el camino de entrada, y me giré hacia el
sonido de los neumáticos haciendo crujir la grava.
Era el coche de Blake, pero una vez más, ella no era la que lo
conducía. Era Makoa o Jet. Kai y yo le habíamos puesto ese
apodo después de que diera una vuelta loca sobre una moto
acuática cuando éramos adolescentes.
¿Qué carajo estaba haciendo aquí?
Entrecerré los ojos cuando se acercó a la cabaña, con el pelo
recogido en una media coleta y pantalones cortos negros
ajustados.
Pasó a mi lado porque, por supuesto, no podía verme y llamó a
la puerta de Finn.
—¡Eh! ¡Chico! Sé que estás ahí; te vi caminando por la
carretera. Blake y todos están enloqueciendo porque abandonaste
tu turno o algo así.
—¡Está durmiendo! —gruñí inútilmente a mi amigo.
Por supuesto, Jet no me oyó y siguió aporreando la puerta de
Finn.
Quería estrangularlo. Finn estaba pasando por algo
increíblemente traumático y necesitaba descansar. Odiaba no
poder intervenir. Había sentido algo parecido cuando me dijo que
ese pequeño imbécil, Kyle Tully, le había hecho pasar un mal rato
en la fiesta de la playa.
Si estuviera vivo, le habría dado una paliza a ese muchacho por
joder a mi hombre. Así las cosas, ni siquiera podía ir a la tienda a
comprar el puto lubricante, y mucho menos pelearme con un
cabrón.
—¡Amigo! ¡Abre la puerta! —bramó Jet, golpeando aún más
fuerte con el puño, hasta que finalmente, Finn abrió la puerta, con
cara de furia.
—¿Qué carajo quieres? —gruñó de una manera muy poco Finn.
Jet le dedicó la clásica sonrisa de Jet, el tipo de sonrisa que solía
dedicarme en sus tiempos. Si tuviera sangre, estaría hirviendo,
joder.
—Hola, estrella del surf. Sabía que estabas escondido ahí —dijo
Jet con facilidad, apartando a Finn y entrando en el chalet.
Finn parecía sorprendido por el descaro de Jet, luego sus ojos
encontraron los míos y su expresión se ensombreció aún más.
Tragué saliva.
—¿Quieres que me quede aquí? —pregunté en voz baja, sin
saber dónde estábamos ahora.
Miró a un lado y a otro entre mí y el lugar donde supuse que Jet
se acomodaba en el chalet. Por un momento creí que Finn iba a
cerrarme la puerta de un portazo, pero pareció desinflarse al cabo
de un momento e hizo un gesto con la cabeza, indicándome que
volviera a entrar.
Sentí culpa al ver lo cansado que parecía.
Era culpa mía que tuviera ese aspecto.
No era como en el aniversario de la muerte de su madre, cuando
pude consolarlo cuando se quebraba. Esta vez, yo era la razón por
la que se estaba quebrando, y me aterrorizaba hacer lo incorrecto
y herirlo aún más.
Finn me observó con recelo cuando entré en la cabaña, con los
labios fruncidos mientras Jet claramente no reconocía mi
presencia.
Me senté en el sofá, muy nervioso.
No me gustó que Jet estuviera aquí. No porque no pensara que
Jet era un buen chico. Era uno de mis mejores amigos de la
infancia... Me incomodaba porque sabía lo encantador y atractivo
que era... y Finn era justo su tipo, sobre todo ahora que había
ganado tanta musculatura por todo el entrenamiento al que lo
había sometido.
Finn ya no era el chico delgado y esbelto que había sido cuando
nos conocimos. Sus hombros se habían ensanchado y sus
músculos, que ya eran definidos, se habían rellenado y ahora eran
duros montículos de puro sexappeal.
Era jodidamente guapo, y como el cambio había sido tan gradual
para mí, no me había dado cuenta hasta ese momento... pero me
estaba dando cuenta ahora.
Porque Jet también lo había notado, y me estaba revolviendo el
estómago.
Jet se apoyó despreocupadamente en el mostrador, cruzando las
piernas delante de él y mirando a Finn de arriba abajo con esa
media sonrisa suya.
—Parece que has visto un fantasma, estrella del surf; ¿va todo
bien?
Finn se limitó a lanzarle una mirada cansada y a frotarse la nuca,
suspirando.
—¿Qué haces aquí, hombre?
—Te lo dije. Todos tus amigos están preocupados por ti. Blake
dijo que te fuiste en mitad de tu turno sin decírselo a nadie.
—Eso no explica por qué te enviaron. No te conozco de nada.
Se encogió de hombros, aunque su sonrisa se ensanchó.
—Yo no diría eso, estrella del surf. Creo que hoy nos hemos
llevado bastante bien, destrozando la cala.
Mis puños se cerraron sobre mi regazo.
—¿Hiciste surf con él hoy? —gruñí. Los ojos de Finn se
desviaron hacia mí y luego de nuevo a Jet, que seguía mirándolo
como si quisiera saber a qué sabía.
Finn no me contestó. En lugar de eso, se pellizcó el puente de la
nariz y volvió a suspirar.
—Mira… Jet, ¿verdad?
—Claro, pero dejo que mis amigos íntimos me llamen Makoa
—dijo con facilidad, y yo apreté los dientes.
¡Le estaba coqueteando, joder!
Finn, felizmente, parecía no darse cuenta o no estar interesado.
—Escucha, estoy teniendo una noche de mierda. No estoy de
humor para entretener a un tipo random que apenas conozco. Así
que, si no tienes una razón para estar aquí, entonces te agradecería
que...
—Blake tenía razón; surfeas como él —interrumpió Jet.
Finn volvió a mirarme, pero fue lo bastante breve como para que
Jet no se diera cuenta.
Jet se levantó del mostrador y se acercó unos pasos a Finn, que
ahora fruncía el ceño.
—Admito que no dudé en venir a verte cuando Blake me mandó
un mensaje asustada. Verte surfear hoy fue... Digamos que estoy
intrigado.
—¿Intrigado? —Respiró Finn, y Jet siguió acortando la
distancia entre ellos.
—Sí. Intrigado. Eres bueno, estrella del surf. Como, realmente
bueno. ¿Tienes a alguien que te entrene?
Finn me miró de nuevo y se me encogió el corazón cuando sus
ojos, normalmente brillantes, se apagaron.
—Ya no —susurró, y mi estómago tocó fondo.
La sonrisa de Jet se ensanchó.
—Genial. Entonces, ¿el puesto está vacante?
Finn lo miró y hubo un largo silencio que me hizo arrancarme
los putos pelos antes de que, por fin, asintiera.
—Sí. Supongo que sí.
—Genial. —Jet sonrió, y vi con horror cómo extendía la mano
y tocaba la barbilla de Finn.
Literalmente le tocó la puta cara.
Como si tuviera derecho a hacerlo.
—Hasta mañana, estrella del surf. Estaré aquí temprano. No
puedo esperar a ver lo que tienes en la mierda real. —Guiñó un
ojo, luego salió del chalet, girando las llaves del coche de Blake
en la mano mientras se iba.
e sentía como una mierda. Me pesaba el cuerpo y
me costaba levantarme de la cama. Era muy
parecido a cómo me sentí después de saber que mi
madre había muerto. La diferencia era que yo no tenía el lujo de
tumbarme en la cama y desear que la muerte me llevara también.
Faltaban pocas semanas para la competición de surf, y quería
estar listo para surfear un auténtico Leviatán antes de que la playa
se inundara de noticias y paparazzis.
No tenía ningún interés en la competición, pero sí quería
demostrarme a mí mismo que podía sobrevivir a esta playa antes
de que lo hiciera cualquiera de esos otros cabrones.
Así que, cuando Jet empezó a aporrear mi puerta, atravesé el
pesado manto de depresión que amenazaba con hundirme y me
levanté.
Riddick me esperaba en el salón. Me había preparado el
desayuno como siempre, pero la noche anterior no había
intentado meterse en la cama conmigo.
Estaba agradecido. Apenas podía mirarlo. Ni siquiera estaba
enfadado con él. Sólo tenía... el corazón roto.
Creía saber lo que era la angustia, pero me había equivocado.
Esta herida en mi pecho lo consumía todo.
Sentía el dolor por todas partes. La pena de perder a Riddick
era un ser vivo. Se agazapaba en mis hombros, un carroñero
emplumado que se alimentaba de cosas que ya estaban medio
muertas.
Lo que hizo que el dolor fuera aún más profundo fue el hecho
de que se había ido... pero de alguna manera también seguía allí.
Podía verlo.
Podía olerlo.
Y sabía que, si me lo permitía, podría tocarlo.
¿Cómo era posible? ¿Era realmente un espíritu, o estaba
teniendo un brote psicótico en toda regla?
No estaba seguro, pero todo lo que sabía era que él era tan real
para mí, y saber que no era un ser humano tangible y que
respiraba era tan jodido que no podía empezar a procesar lo que
estaba pasando.
—Buenos días be… Finn —susurró, y mis ya tensos hombros
se dispararon hasta mis orejas. No respondí; simplemente me
dirigí a la puerta para dejar entrar a Jet.
No estaba seguro de lo que sentía por el chico, pero estaba
agradecido de que el destino pareciera haber dejado caer una
alternativa a Riddick directamente en mi regazo.
Sabía que tendría que hablar con Riddick y decidir qué iba a
hacer con nuestra relación en algún momento. Sólo necesitaba un
segundo para pensar en lo que estaba sintiendo.
También necesitaba entrenar, y no creía que pudiera seguir
entrenando con Riddick sintiéndome como me sentía en ese
momento.
Así que Jet, con su sonrisa juguetona y su actitud relajada,
tendría que conformarse por el momento.
Creo que si no tuviera que emplear toda mi energía en
mantenerme en pie, Jet me habría caído bien. Tal como estaban
las cosas, apenas podía poner un pie delante del otro, y mucho
menos esforzarme en una nueva amistad.
Abrí la puerta y encontré a Jet apoyado en el marco con un par
de Oakleys color carbón y una camiseta negra lisa.
Me dedicó una de esas sonrisas bonitas y fáciles y chasqueó el
chicle que mascaba mientras se enderezaba.
—Buenos días, estrella del surf. Pareces descansado. —Sonrió
con satisfacción, mirándome de arriba abajo por encima del borde
de sus gafas mientras pasaba a mi lado.
—Ah, has hecho el desayuno, genial —dijo, deslizándose en
una de mis sillas de la cocina y hurgando en los panqueques que
Riddick me había hecho.
—Sí, sírvete —murmuré, aunque Jet ya tenía la boca llena. Dio
una palmada en la silla de al lado, indicando que quería que me
uniera a él.
—Come. Tengo que tomar estos carbohidratos y digerir un poco
antes de que lleguemos a las olas.
Me deslicé en la silla junto a él, ignorando el ardor furioso de
los ojos de Riddick sobre mí desde donde estaba sentado en
silencio en la sala de estar.
—¿Cómo te enteraste de la existencia de Leviathans? —me
preguntó Jet despreocupadamente, dando un gran trago a un vaso
de jugo de naranja que Riddick me había servido.
—Estaba surfeando con Turtle en la Costa Este, y alguien me
dijo que había oído el rumor de que aquí se podían alcanzar los
siete metros y medio, así que vinimos a comprobarlo.
Jet enarcó una ceja y dejó el tenedor, volviéndose hacia mí.
Su rodilla rozó la mía y noté que no hacía ademán de apartarse.
Fruncí el ceño, preguntándome si era intencionado o si me lo
estaba imaginando.
Yo seguía con la mirada fija en el lugar donde su rodilla
presionaba contra la mía cuando habló.
—Las olas en Leviathans son mucho más altas que eso. Es lo
suficientemente tarde en la temporada como para que podamos
agarrar algunas de siete hoy. En las próximas semanas, serán aún
más grandes.
Asentí con la cabeza, deslizando ligeramente mi silla hacia atrás
para poder sentarme a su lado sin tocarlo.
—Lo sé.
Me observaba atentamente y me sentí extrañamente expuesto.
—¿Cómo lo sabes? Sólo Kai, Riddick y yo conocemos
realmente los patrones de Leviatans. O ese era el caso antes de
que Kai y yo nos fuéramos. Por lo que yo sé, nadie ha tratado de
surfear la playa desde que Jake murió.
Este fácil ir y venir de Riddick a Jake me disparó por alguna
razón. Así fue como terminé tan jodidamente sorprendido.
—Llámalo Jake o Riddick. Elige uno, joder —espeté, e
inmediatamente me arrepentí de mi arrebato. Jet me miró
sorprendido durante un minuto y luego asintió.
—De acuerdo. Jake entonces. Sus fans lo llamaban Riddick,
pero la gente más cercana a él siempre lo conoció como Jake.
—¿Por qué Riddick? ¿De dónde viene ese nombre?
Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Jet, que se echó hacia
atrás en su silla, deslizándose ligeramente hacia abajo. Su rodilla
volvió a rozar la mía, pero no creo que se diera cuenta. Tenía una
mirada lejana, como si estuviera recordando algo que, de algún
modo, lo hacía feliz y triste al mismo tiempo.
—Cuando éramos niños, desde el principio quedó claro que
Jake no era como los demás. Tenía un talento natural.
—Te he visto surfear. Eres increíble —dije, recordando cómo
Jet se veía el otro día cabalgando las olas como si fuera parte del
océano. Casi parecía que pertenecía más al agua que a la tierra.
—Sí, tengo años de práctica y experiencia en mi haber. Me
rompí el culo para estar al nivel de Jake. ¿Pero para él? Todo le
resultaba fácil. Tendría que trabajar durante días para conseguir
algo que él lograba a la primera. Realmente era un prodigio.
Jet me sonrió, y pareció tan triste durante un minuto que deseé
poder decirle que Riddick estaba literalmente en la cabaña con
nosotros, escuchando cada palabra que decía.
—Come —dijo, haciendo un gesto perezoso hacia mi plato sin
tocar, indicando que quería que comiera mientras me contaba su
historia.
—De todos modos, al igual que tú tienes tu pequeño club de
fans, Jake también tenía un grupo que solía verlo surfear —me
explicó Jet mientras yo daba un bocado de panqueques
empapados en sirope.
—Cada vez que hacía alguna acrobacia nueva y genial, sus fans
perdían la cabeza. '¡¿Han visto eso?! Ha sido ridículo'.
Se rio entre dientes como si aún pudiera oír literalmente a la
multitud aclamando a su amigo.
—Se convirtió en una especie de término acuñado. Ridículo.
Con el tiempo, se acortó a 'Eso es ridículo'. Que en algún
momento se transformó en 'Eso es tan Riddick', en referencia a
Jake. Así, es como su apodo llegó a ser. Por eso es Riddick.
Tragué mi bocado de panqueque y fruncí el ceño.
—Lo siento... por tu pérdida —susurré, y él me miró, con sus
ojos oscuros, suaves y llenos de una tristeza melancólica.
—Gracias —dijo en voz baja—. Lo echo de menos todo el
tiempo. Estábamos... Estábamos muy unidos.
La forma en que lo dijo me hizo sentir extraño. Como si fueran
más que amigos.
Miré a Riddick, pero no pude leer su expresión. Tenía la
mandíbula tensa y se había levantado de su asiento en el sofá
como si quisiera decir algo o participar de alguna manera.
—No bromeaba cuando te dije que me recuerdas a él cuando
surfeas. Viéndote ayer... —Se aclaró la garganta bruscamente y
noté que sus ojos estaban más vidriosos que cuando entró—. Era
como si aún estuviera vivo.
No supe qué responder, así que me limité a extender la mano
sobre la suya y a apretarla.
Me miró la mano y luego me miró a los ojos, con una lenta
sonrisa dibujándose en su rostro.
—Lo siento. —Se rio, aunque no se apartó—. Dije que te iba a
entrenar, y aquí estoy dándote la lata.
—No me estás dando la lata —le aseguré—. Perder a un ser
querido es duro. Lo entiendo.
Jet me miraba fijamente con una suave sonrisa ladeando su boca
perfectamente perfilada. Se inclinó hacia mí y parpadeé al sentir
su aliento rozando mis labios.
Él olía a canela y especias, mientras que Riddick era más a sal
marina y coco. Se me erizó el vello de la nuca al darme cuenta de
lo cerca que estábamos y de lo íntimo que estaba resultando aquel
momento.
—Gracias, estrella del surf —dijo en voz baja, y sus ojos se
posaron en mi boca. Se rio entre dientes—. Tienes un poco de
jarabe bien...
¡CRASH!
Ambos dimos un respingo y yo me alejé de Jet, corriendo hacia
el ruido. Riddick estaba de pie junto a mi lámpara de pie, que
claramente había tirado intencionadamente.
Estaba cabreado. Tenía los puños apretados a los lados y los
músculos de la mandíbula flexionados sin control.
—Eso fue raro... —Jet musitó, frunciendo el ceño ante la
lámpara rota. Se levantó y se acercó a inspeccionar la base, sin
duda tratando de averiguar cómo se había volcado de esa manera
cuando ninguno de nosotros estaba cerca de ella.
—Sí. Súper raro —acepté, mirando a Riddick por encima del
hombro de Jet.
Riddick parecía querer gritarme, pero me limité a levantarle las
cejas en señal de desafío y cerró la boca.
—¿Tienes una escoba? Te ayudaré a limpiar esto —murmuró
Jet distraídamente, y señalé el pequeño armario de las escobas
que había junto al baño.
—Tenemos que hablar, Finn —dijo Riddick con firmeza. Me
estaba volviendo loco que Jet no pudiera oírlo en absoluto, y eso
que hablaba a un volumen regular.
—Ahora no —siseé.
—Obviamente no ahora, pero cuando se haya ido, tenemos que
discutir esto.
Me hervía la sangre. Estaba muy dolido y jodidamente enfadado
con él. No estaba preparado para tener una conversación
productiva.
—Dije que ahora no.
Jet ya estaba volviendo con la escoba y un recogedor. Le
dediqué lo que esperaba que fuera una sonrisa normal, y Riddick
se ensombreció aún más.
—Será mejor que no dejes que te toque —gruñó, y mis cejas se
alzaron sorprendidas.
Él pensaba que yo iba a... ¿engancharme con Jet? ¿Cinco
segundos después de descubrir que el hombre del que creía estar
enamorado me había estado mintiendo durante meses?
Apenas había podido levantarme de la cama esta mañana, y
mucho menos pensar en follarme a otra persona.
—Tu club de fans tenía razón. Eres realmente ridículo, joder —
siseé, y Jet me miró, con cara de confusión.
—¿Dijiste algo, estrella del surf?
Sacudí la cabeza y me froté la nuca torpemente, forzando una
carcajada.
—Nah, solo decía que la corriente de aire aquí es ridícula. Las
cosas se caen de los mostradores todo el tiempo.
—Oh... eso es súper extraño. Todas las ventanas están cerradas
—dijo, aunque no sonaba como si realmente sospechara. Sólo
estaba haciendo una observación mientras empezaba a barrer el
desastre que Riddick había hecho.
Riddick se acercó a mí y se inclinó lo suficiente como para
impregnarme de su aroma. Casi podía saborear la sal de su piel y
sentir la energía que irradiaba. Todo mi cuerpo reaccionó a su
presencia, como si él fuera el sol y yo una flor hambrienta de
calor. Tuve que hacer todo lo que estaba en mí para no cerrar los
ojos y respirarlo.
El recuerdo de su duro cuerpo acostado sobre el mío mientras
murmuraba mi nombre una y otra vez, sus dedos explorando cada
centímetro de mi carne expuesta.
Cómo se sentían sus labios abrasadores mientras adoraban mi
garganta. Mi pecho. Mis abdominales. Mi polla...
La forma en que siempre se estremecía y temblaba durante la
primera embestida, como si estar dentro de mí fuera tan
jodidamente bueno que apenas podía contenerse.
El áspero sonido de su voz cuando me decía que me amaba y
que estaba orgulloso de mí...
Cada vez que me tocaba, sentía como si fuera algo enorme y
monumental. Como si hubiera encontrado algo seguro y
permanente. Algo que era mío.
¿Cómo carajo puede no estar vivo?
¿Por qué me pasaba esto a mí?
—Ten tu pequeña lección con él, pero si te pone un dedo
encima, haré mucho más que romper una puta lámpara —gruñó,
y la piel se me puso de gallina—. Vuelve a casa para la cena para
que podamos hablar.
No podía arriesgarme a que Jet oyera una respuesta, así que lo
fulminé con la mirada y él gruñó.
—¿Está claro, estrella del surf? Asiente si lo está.
Entrecerré los ojos, pero asentí con la cabeza, no quería que
montara más escándalo. Me miró fijamente durante un largo rato
antes de girar sobre sus talones. Me estremecí cuando abrió la
puerta de un portazo y salió furioso hacia la playa.
—¡¿Qué mierda fue eso?! —chilló Jet, girando para mirar hacia
la puerta que Riddick había dejado balanceándose sobre sus
goznes.
—Uhh, te lo dije. La corriente de aire es una locura. Esa puerta
se abre todo el tiempo.
—Huh... —Jet se rascó la nuca, mirando la puerta como si
quisiera apretar sus bisagras.
Me encogí de hombros, dedicándole una de mis mejores
sonrisas con hoyuelos, con la esperanza de distraerlo.
—Deja eso. Lo limpiaré más tarde. ¿Quieres ir a la playa? —
pregunté, y los ojos de Jet brillaron.
—No tienes ni idea de lo deprimido que estoy. Venga, vamos.
Enséñame lo que tienes.
as olas eran más grandes que nunca y, como de
costumbre, mi respuesta emocional a los aterradores
muros de agua fue la excitación, no el miedo.
Mi tabla estaba recién encerada, gracias a Riddick, así que
golpeé mi primera ola de seis metros con los pies pegajosos y la
forma perfecta.
Habría sido el mejor día de mi vida si Riddick hubiera estado
allí para verme hacerlo.
En cambio, estaba con Jet.
Surfear con Jet era muy diferente a surfear con Riddick.
Riddick era un sargento instructor. Nunca sonreía y escudriñaba
constantemente la playa en busca de amenazas.
Cuando Riddick me entrenaba, siempre estaba ladrando
órdenes, recordándome frenéticamente que prestara atención y
tratando constantemente de infundirme el temor del puto Dios
cada vez que entraba una nueva ola.
Jet era más fácil. Teníamos temperamentos parecidos y siempre
estaba sonriendo. Por supuesto, Jet me daba instrucciones, pero
normalmente me dejaba hacer mis cosas primero y luego me
hacía críticas constructivas en las áreas que creía que podía
mejorar. Trataba el agua con una buena dosis de respeto, pero no
parecía estar tenso y aterrorizado de que yo pudiera morir todo el
tiempo, como Riddick.
No estaba seguro de si eso se debía a que no había sufrido el
mismo trauma que Riddick o simplemente a que no se
preocupaba por mí tanto como Riddick... lo cual era un
pensamiento aleccionador.
Como no tenía a Riddick cuidando de mí, me di cuenta de que
instintivamente me tomaba más en serio mi propia seguridad. Por
alguna razón, no me sentía tan seguro con Jet. No porque
estuviera haciendo algo malo, sino porque simplemente no era
tan hiperconsciente de mí como siempre lo fue Riddick. No había
entendido lo mucho que Riddick me cuidaba hasta que se fue.
Sin él, me sentía desorientado y me esforzaba por otear el
horizonte, evitar las trampas que pudieran arrastrarme a la zona
de la muerte y planificar estratégicamente mi camino por el pipe
para que, en caso de rotura inesperada, no cayera en picado seis
metros.
Cuando terminó el día, Jet sacudía la cabeza con incredulidad y
me sonreía.
—Eres increíble, estrella del surf —me elogió mientras
remábamos de vuelta a la orilla.
Le sonreí, aunque me sentí tenso.
Surfear sin Riddick había sido inesperadamente estresante. No
me había dado cuenta de lo mucho que había llegado a depender
de que me cubriera las espaldas. Lo echaba de menos incluso más
de lo que lo había hecho aquella mañana.
—Tú tampoco estás nada mal —respondí mientras recogíamos
nuestras tablas y nos dirigíamos de nuevo hacia los escalones de
piedra natural que ascendían por el acantilado.
—¿Qué vas a hacer el resto de la tarde? —me preguntó, y tuve
la sensación de que estaba pidiéndome salir.
La exigencia de Riddick de que estuviera en casa para cenar
resonaba en mi cabeza, pero también estaba lo bastante cabreado
con él como para no querer obedecerle ciegamente como si nada
hubiera cambiado entre nosotros.
—En realidad no tengo planes —mentí, y Jet me sonrió.
—Genial. Iba a pasar por la tumba de Jake rápidamente ya que
está por aquí; ¿luego quieres ver una película o algo?
—¿La tumba de Riddick está cerca? —pregunté, sorprendido, y
Jet asintió.
—Sí, lo enterramos en la propiedad. Supusimos que querría
estar cerca de casa.
De repente, necesitaba ver el lugar de descanso final de Riddick
más de lo que había necesitado nada en mi vida.
—¿Puedo ir contigo? A su tumba, quiero decir.
Jet me dirigió una de esas miradas suaves y amables que ponía
a veces cuando hablaba de Riddick, y se me calentó el estómago.
—Me gustaría, estrella del surf. —Sonrió, moviendo la cabeza
en dirección opuesta a los escalones.
—Vamos a ver a la leyenda en persona.

La tumba de Riddick era una sencilla: lápida de la vieja escuela


situada en un rincón sombrío de la maleza. La lápida decía:

Jake 'Riddick' Whittling.


Amigo. Amante. Domador de Leviathans.
1986-2024

Fruncí el ceño y miré a Jet.


—¿Amante?
Jet frunció los labios y asintió.
—Te lo dije, solíamos ser cercanos.
Esta nueva información me produjo una extraña sensación.
¿Riddick estaba tan preocupado de que nos enrolláramos porque
estaba celoso de mí? ¿O porque estaba celoso de Jet?
Me mordí el labio y Jet malinterpretó mi expresión por
completo. Di un respingo cuando alargó el dedo meñique y lo
enrolló suavemente alrededor del mío ...
—Y como dije... me recuerdas a él. Mucho.
El calor enrojeció mis mejillas y sentí que mis ojos se abrían de
par en par.
De acuerdo, eso fue DEFINITIVAMENTE un flirteo...
Tal vez Riddick no estaba siendo tan ridículo después de todo.
Me aclaré la garganta y aparté el meñique, dando un paso atrás.
—Jet... yo... uhm... —Mi cara estaba tan caliente que daba
vergüenza.
La comprensión inundó su expresión, y levantó las manos
juguetonamente como si me mostrara que estaba desarmado.
—Oh, mierda... ¿he malinterpretado eso? Normalmente soy
bastante preciso con el gaydar. Si no te gustan los chicos, culpa
mía.
—¿Qué? No, no es eso... Se sabe que he hecho mis pinitos. —
Me reí entre dientes, frotándome torpemente la nuca.
Jet frunció el ceño y ladeó la cabeza.
—¿Estás viendo a alguien entonces?
—Uhm... Es... complicado —murmuré, y él me observó
atentamente, sus amables ojos marrones escrutando mi rostro.
—Ya veo... —dijo en voz baja. Se acercó más a mí y tragué
saliva. Su aroma cálido y especiado llenó el espacio que nos
separaba y me pasó un dedo por debajo de la barbilla, inclinando
suavemente mi cabeza hacia arriba—. Bueno, si alguien te tiene,
y lo está complicando, entonces probablemente sea un imbécil.
Se me escapó una carcajada de sorpresa, y no me pasó
desapercibida la forma en que sus ojos se posaron en mi boca, esa
sonrisa fácil y medio burlona ladeándose en sus labios.
Me alejé de nuevo.
—Definitivamente puede ser un imbécil —murmuré, y Jet me
soltó, dejando caer su mano de nuevo a su lado.
—No tengo ninguna duda —murmuró.
Permanecimos un rato en un silencio extrañamente cómodo
antes de que se encogiera de hombros y se ajustara la tabla bajo
el brazo.
—Tal vez podamos dejar esa película para otro día, entonces.
—Sí, creo que es una buena idea —dije, hundiendo la punta del
pie en el suelo de guijarros.
—Si alguna vez cambias de opinión y te apetece... ver una
película, avísame. —Sonrió satisfecho, y yo lo miré, sin poder
evitar sonreír.
—Claro... Pero probablemente no lo haga. Cambiar de opinión,
quiero decir...
Me puso una mano en el hombro y asintió.
—No te preocupes. ¿Todavía te apuntas a triturar de nuevo
mañana?
Se me ensanchó la sonrisa y sentí calor en las tripas. Jet era un
buen Amigo.
—Sí. Suena bien.
Me guiñó un ojo y asintió.
—Más tarde, estrella del surf —dijo, haciendo la señal de no te
muevas con la mano por encima del hombro mientras se alejaba,
dejándome de pie junto a la tumba del hombre muerto por el que
lo había rechazado.
Alexa Play: She Keeps Me Warm de Mary Lambert

bservé desde las sombras cómo Jet se alejaba, dejando


a Finn solo ante mi tumba.
Si no estuviera ya muerto, me preocuparía poder morir
a causa de las intensas y contradictorias emociones que se
agolpan en mi pecho.
Ver a Jet tocar a Finn dolió más de lo que había dolido ahogarse.
Tomaría una bocanada de agua salada antes que ver a otra
persona tocar la cara de Finn de la forma en que Jet acaba de
hacerlo.
Pero... lo que sentía estaba mal. No era justo para Finn.
Jet sería perfecto para él.
Era amable, leal, divertido y, lo más importante, estaba vivo.
Sabía que podía confiar en Jet para cuidar el corazón de Finn.
Cuando Jet y yo habíamos estado saliendo, la única razón por la
que las cosas no se habían vuelto más serias de lo que eran era
por mí.
Jet me habría dado cualquier cosa que le hubiera pedido.
Me dio todo lo que le pedí, incluido tiempo y espacio, cuando
le dije que no estaba preparado para comprometerme plenamente
con lo que teníamos.
Él cuidaría de Finn.
Nunca lo abandonaría ni le haría sentirse solo en el mundo...
Era mucho mejor para Finn que yo.
¿Qué decía?
Si realmente amas a alguien, ¿lo dejas ir?
La idea de dejar ir a Finn me hizo sentir como si fuera a morir
de nuevo.
Estaba...
No se parecía a nada que hubiera pensado tener en mi vida, y
mucho menos a la muerte.
Finn no sólo iluminaba una habitación... era la luz misma.
Sus sonrisas eran pura calidez, y su naturaleza juguetona me
hacía querer acurrucarme a su alrededor y protegerlo de cualquier
cosa que pudiera convertir sus sonrisas en ceños fruncidos.
Verlo allí de pie, contemplando mi tumba con lágrimas en sus
hermosos ojos, hizo que se me apretara tanto el pecho de la
emoción que sentí que iba a vomitar.
Su melena estaba húmeda y oscura por el mar, y su traje de
neopreno se amoldaba a su cuerpo perfectamente esculpido como
una segunda piel.
Cada centímetro de él era hermoso para mí. Cada palabra que
me había dicho era preciosa. Estaba tan irrevocablemente
enamorado de él que ni siquiera sabía cómo gestionar
adecuadamente las emociones que brotaban cuando lo miraba.
No fue un pensamiento consciente, pero de repente, mi cuerpo
se movía. Me sentí atraído hacia él, como Ícaro hacia el maldito
sol... porque eso era Finn para mí.
Calidez, luz y vida.
Él era el fuego que alejaba las sombras.
Había estado viviendo en la oscuridad hasta que él puso en mí
esos grandes ojos color avellana, y ahora no sabía cómo volver a
mi frío y solitario exilio sin él.
—¿Cuánto tiempo llevas mirando? —me preguntó cuando me
puse a su lado.
—Desde el día que nos conocimos —murmuré. Y era la verdad.
La profundidad de mis sentimientos por Finn tenía el peso de un
planeta, y yo era un satélite aislado y a la deriva, condenado a
orbitarlo durante toda la eternidad.
Hoy no había sido la excepción.
Lo había visto agarrar todas las olas.
Celebraba cada éxito y se estresaba por cada error.
Había estado allí, y siempre lo estaría, porque ya no sabía cómo
no estarlo.
Finn me miró con el ceño fruncido y se dio la vuelta.
—Lo rechacé —dijo, con la voz entrecortada.
No nos mirábamos el uno al otro. Ambos estábamos mirando mi
lápida.
—Quizá no deberías haberlo hecho. —Mi voz salió mucho más
baja y tranquila de lo que pretendía.
Su cabeza se giró hacia mí. Dejó caer su tabla rosa brillante y
giró todo su cuerpo hacia mí.
—¿Qué? —siseó.
No podía mirarlo. Apenas podía responder. Tenía un nudo tan
espeso en la garganta que me dolía hablar.
—Tal vez no deberías haberlo rechazado. Makoa es un buen
hombre. Él cuidaría bien de ti.
—No puedes hablar en serio, joder —Finn gruñó, y yo cerré los
ojos, intentando con todas mis fuerzas mantenerme fuerte y hacer
lo correcto.
—Riddick. Mírame.
No pude.
Dejó escapar una risa fría y oscura. Sonaba tan extraña en sus
labios que un escalofrío me recorrió.
—Si vas a follarme, y luego tirarme como si fuera un pedazo de
basura, lo menos que puedes hacer es ser un hombre al respecto.
Mírame y dime que no me quieres, Riddick.
La presa se rompió.
Se me hizo un nudo en la garganta y, de repente, se me saltaron
las lágrimas. Estaba enfadado, desconsolado y devastado a la vez.
Me abalancé sobre él con un rugido y le rodeé la garganta con
la mano antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo.
Finn no se inmutó. Se limitó a mirarme de frente mientras lo
esposaba de la misma forma que aquel primer día, y sus ojos se
llenaron de un fuego frío que nunca antes había visto.
De repente, no era la luz del sol. Era tan helado como las olas
que me habían quitado la vida.
—Dímelo a la cara. Vamos —gruñó mientras mis dedos se
apretaban alrededor de su cuello—. Dime que no me deseas.
Sabía lo que esas palabras significaban para él.
Sabía que su padre los había abandonado a él y a su madre.
Me había contado que su madre siempre le decía cuando le
preguntaba por qué su padre los dejó solos... Por qué no los
quería.
«No estás solo, cielo, ¡estoy justo aquí!»
Obviamente, ella no sabía que iba a fallecer cuando se lo dijo.
Pero, aun así, el daño estaba hecho. Mi bebé había estado
flotando por la vida, sintiéndose completamente perdido y
abandonado por las personas que se suponía que debían apoyarlo
y protegerlo.
La idea de que creyera que lo iba a abandonar voluntariamente
de esa manera rompió algo en mí.
De repente, estaba gritando.
—¡CLARO QUE TE DESEO! —rugí, y sus ojos se abrieron de
par en par, sorprendidos—. ¿Cómo puedes pensar que no te
deseo? Te amo, joder, Finn. Estoy tan jodidamente enamorado de
ti que ya no sé distinguir entre el bien y el mal —gruñí,
haciéndolo retroceder hasta que estuvo presionado contra mi
lápida.
—Entonces, ¿por qué carajo me dices que me acueste con Jet?
—gruñó, apretando su garganta contra mi mano con tanta fuerza
que su preciosa cara se puso roja.
—¡Porque estoy jodidamente muerto, Finn! —grité. Estaba a
centímetros de su cara, y sabía que la mía probablemente estaba
tan roja como la suya.
Tenía el cuerpo tan tenso que parecía que me iba a romper en
mil pedazos. Estaba tan angustiado que me costaba no apretarle
el cuello hasta romperlo.
Quería robarle el aliento y tenerlo aquí conmigo para siempre.
En cuanto se me pasó por la cabeza, mis dedos se estremecieron
de horror.
Yo no quería eso.
No quería a Finn muerto.
Nunca querría eso para él.
Inmediatamente, la tensión desapareció de mi cuerpo. Sin
apartar la mano de su garganta, me acerqué más a él.
Le pasé el pulgar por el pulso, deleitándome con los latidos de
su corazón. Saboreando la cálida sensación de la sangre caliente
bombeando bajo la superficie de su piel.
Observé cómo sus hombros subían y bajaban con cada
respiración.
Estar vivo nunca se había visto tan jodidamente bien como en
mi dulce y perfecto chico.
Apoyé la frente en la suya y un sollozo me recorrió.
—Está vivo y yo estoy jodidamente muerto —repetí, esta vez
más suavemente, con la voz entrecortada por otro sollozo.
Joder... no pude contener las lágrimas.
De repente, los fuertes brazos de Finn me rodearon la cintura y
me atrajeron hacia él, apretando nuestros cuerpos uno contra otro.
Su traje de neopreno humedeció mi camiseta y me acurruqué en
su cálido cuerpo. Me sentó sobre mi lápida mientras yo hundía la
cara en el pliegue de su cuello, y me estremecí al contener otro
sollozo que amenazaba con desgarrarme el pecho.
La mano de Finn se deslizó por mi espalda y me enroscó los
dedos en el pelo, dándome firmes besos en el costado de la cabeza
mientras me estremecía violentamente contra él.
—De acuerdo, estoy aquí. Te tengo... —murmuró entre besos,
con su aliento caliente acariciándome la oreja.
—Bebé... lo siento mucho... —sollocé, y él me apretó más fuerte.
Sorbió suavemente y me di cuenta de que él también estaba
llorando.
—Lo sé... —tarareó, acariciándome suavemente el pelo
mientras me abrazaba—. Sé que lo sientes.
—Sólo quiero lo mejor para ti. No puedes estar con un fantasma,
Finn —susurré, y él me apretó más contra sí.
—¿Por qué no?
Cerré los ojos y le besé suavemente el cuello.
—Porque bebé. Estás vivo y mereces tener una vida larga y
plena con alguien que sea capaz de llevarte a todas las aventuras
que puedas soñar. —Volví a besarle, esta vez en la mandíbula,
estremeciéndome al sentir la aspereza de su barba rozando mis
labios.
—¿Y si toda la aventura que necesito está aquí mismo? —
susurró, su voz seguía siendo esa versión pequeña y frágil de él.
Como si una palabra equivocada mía y él pudiera romperse.
—No puedo pedirte que te quedes aquí con un hombre muerto,
Finn. Eso... Eso me convertiría en un jodido monstruo.
Ahora me besaba el costado de la cara y seguía pasándome los
dedos por el pelo.
Sus labios recorrieron mi mejilla, su lengua salió para probar la
sal de mis lágrimas.
—No me lo estás pidiendo... —respiró mientras su boca caliente
continuaba su tierno camino hacia mis labios—. Te lo estoy
ofreciendo.
—Finn... —Yo negaba con la cabeza, pero él me agarró de la
mandíbula y me mantuvo firme mientras deslizaba por fin sus
labios hinchados por la pendiente de mi mandíbula para atrapar
los míos.
Gemí y me fundí con él; los fuegos artificiales que siempre me
desgarraban las entrañas al sentir su sabor cobraron vida de
inmediato.
—Es mi decisión, bebé... —Respiró contra mí antes de
morderme y chuparme el labio inferior, arrancándome otro
gemido del pecho.
Bebé... Era la primera vez que me llamaba bebé.
—Soy lo bastante mayor para elegir lo que quiero para mí,
Riddick —susurró antes de hundir la lengua en mi boca y
acariciarme con una confianza que nunca antes había tenido. Sus
dedos recorrieron mi espalda y encontraron el dobladillo de mi
camiseta. Metió las manos bajo el algodón, ahora húmedo y frío,
y me subió la camiseta por las costillas. Su delicadeza me puso la
piel de gallina y los pezones se me endurecieron tan rápido que
tuve que emitir un silbido entre los dientes.
—Y lo que quiero, Riddick... es a ti.
Alexa Play: Light Me Up de Ingrid Michaelson

staba mareado, la mente me daba vueltas de


emociones. Las manos de Finn sobre mi piel y su
lengua en mi boca me impedían pensar con claridad.
Estaba sentado en mi lápida con las piernas abiertas y la polla
metiendo la mierda en su traje de neopreno.
—Te deseo, Riddick. ¿No me deseas tú también?
—Sabes que sí, bebé... —susurré, mordiéndole los labios y
ahuecando su cara mientras lo besaba.
—Entonces tenme.
Rompí el beso y me aparté para mirarlo a la cara. Me miraba
fijamente, sin una pizca de duda o diversión en sus ojos, que se
habían vuelto de un gris acerado debido al cielo frío y nublado.
—¿Aquí? —grazné mientras la realidad de lo que me estaba
preguntando se apoderaba de mí.
Finn asintió.
—Sí. Aquí.
—¿Por qué?
Me acunó la cara entre las manos y me pasó los pulgares por las
mejillas, con sus labios rosados en línea recta y sus coquetos
hoyuelos a la vista.
—Quiero poseerlo. Dejarlo atrás. Quiero que me folles aquí, y
entonces vamos a aceptar la realidad de nuestra situación y seguir
adelante. Juntos.
—¿Quieres que... te folle? ¿En mi tumba?
Su labio se crispó y sus ojos tormentosos se arrugaron en las
comisuras.
—Sí.
Le pasé el pulgar por el labio inferior, presionando suavemente
para dejar al descubierto sus dientes mientras pensaba en lo que
me estaba preguntando.
Si accedía a esto, significaría que estaba aceptando que me
eligiera por encima de la vida que se merecía.
Me sentí mal.
Me sentí jodido y egoísta.
Pero también se sentía...
Como...
Jodidamente.
Bien.
Tragué saliva, sabiendo en el fondo de mi corazón que era
demasiado débil para decir que no.
Nos miramos fijamente durante un buen rato y, finalmente, cedí.
—Quítate esto —gruñí, tirando de la cremallera de su traje de
neopreno, y sus ojos brillaron de calor mientras trabajábamos
juntos para desnudarlo.

Me tomé mi tiempo.
Ayudar a Finn a quitarse el traje de neopreno fue como
desenvolver un regalo. Me bebí cada centímetro de carne, y sentí
como si lo estuviera viendo por primera vez de nuevo.
Siempre era así cuando lo desnudaba.
Permitirle ver cómo exponía toda su piel suave y dorada era un
privilegio.
Un regalo de proporciones épicas que no merecía.
Y yo había intentado rechazarlo. Hacer lo correcto y alejarlo,
pero...
Me quería a mí.
Y mi niño merecía tener todo lo que quisiera. Si estuviera en mi
mano dárselo, lo haría.
Sinceramente, no podía creer que aún me quisiera.
Cuando volvió a casa aquella noche y se derrumbó delante de
mí, llorando mi muerte como si eso significara que me había
perdido... Realmente pensé que nunca me dejaría volver a entrar.
Nunca pensé que volvería a tener la oportunidad de recorrer con
mis dedos su cuerpo perfecto.
Le quité el traje por los hombros y la cintura, y se levantó
brevemente para que yo pudiera enrollar la tela en los firmes y
musculosos glúteos de su culo. Volvió a sentarse y apoyó las
nalgas desnudas en la áspera piedra de mi tumba mientras yo le
quitaba suavemente el resto del traje de las piernas.
Tiré el material mojado a un lado y me aparté para mirarlo.
Se veía tan hermoso sin esfuerzo, tendido sobre mi lápida.
Su cabello dorado se aclaraba al secarse y se enroscaba
alrededor de sus orejas en suaves mechones dorados.
La forma en que sus ojos cambiaban para adaptarse a su entorno
siempre me ha fascinado. Ahora eran de color gris plomo, pero,
de algún modo, seguían siendo tan claros que parecían charcos
de agua ártica.
Dejé que mi mirada recorriera lentamente la longitud de su
cuerpo, observando sus hombros, ahora muy anchos, que se
inclinaban hacia unos bíceps esculpidos. Sus abdominales
adoquinados se apretujaban en torno a su ombligo por la forma
despreocupada en que descansaba sobre el marcador de piedra.
Seguí la ligera capa de vello castaño que bajaba desde su ombligo
hasta su perfecta polla, que estaba tan dura que apuntaba
directamente a su cara.
Empezaba a hacer frío a medida que la tarde descendía
lentamente por el cielo, y una brisa fresca se colaba entre las
palmeras que nos rodeaban, provocando escalofríos en Finn.
Sus pezones se oscurecieron y contrajeron mientras su piel se
ponía de gallina, y sus dientes castañetearon ligeramente,
haciéndome fruncir el ceño.
—¿Tienes frío, bebé? —susurré metiéndome entre sus
musculosas piernas, derritiéndome al ver cómo echaba la cabeza
hacia atrás para que nuestros ojos no rompieran el contacto.
—Tendrás que calentarme. —Sonrió, con sus ojos tormentosos
llenos de picardía. Pasé el pulgar por uno de sus adorables
hoyuelos y le di un suave beso en la frente, aspirando su adictivo
aroma.
—Puedo hacerlo... —tarareé.
Finn olía a mar, pero debajo de eso, olía a Finn. Era su propia
marca personal de ser humano y, a veces, solo quería enterrar mi
cara bajo sus brazos e inhalarlo porque olía vivo.
Antes de que él, sin saberlo, entrara en mi prisión, no había
estado lo bastante cerca como para tocar a otra persona viva, y
mucho menos olerla, en más de un año.
Aquel primer día... cuando tenía mi mano alrededor de su
garganta, me había inundado por primera vez su embriagador
aroma a Finn. Nunca olvidaré el subidón que me recorrió la
primera vez que me vi envuelto en una nube embriagadora de lo
que le hacía a él, de él...
Debería haberlo sabido.
Debería haber sabido que este temerario pícaro iba a poner patas
arriba todas mis suposiciones sobre la muerte, la vida y todo lo
demás.
Porque así era Finn.
Debería haber sabido que nada le impediría conseguir lo que
quería.
Tenía unos hoyuelos que podrían encantar al mismísimo diablo
y, al parecer, ni siquiera la muerte le impediría seguir a su
corazón.
El mundo no se merecía a Finn Summers.
Era demasiado bueno para este lugar, y eso me asustaba más que
nada.
Pero si Finn era tan valiente como para domar demonios
disfrazados de olas y tan loco como para enamorarse de un
hombre que no le daba ni para respirar... entonces yo también
podía ser valiente.
Yo no huiría más de esto.
Se merecía a alguien que se quedara.
—Te amo —susurré, besándolo suavemente. Tarareó y se
inclinó hacia mí, metiendo sus dedos fríos bajo mi camiseta y
haciendo que mis abdominales se contrajeran por la conmoción
del contacto.
—Enséñamelo —murmuró contra mis labios.
—Lo haré —respiré—. Todos los putos días.
e metí la lengua en la boca y me deleité con el gemido
que emitió mientras enroscaba los dedos en su pelo.
Controlando su cabeza con mi agarre, lo forcé más
firmemente contra mí, deslizando mi mano alrededor de su
cintura y bailando mis dedos sobre la parte superior de su pliegue.
Mi polla palpitó cuando él se arqueó, sus dedos fríos se
engancharon en la parte delantera de mis pantalones y los
deslizaron hacia abajo. Sin romper el beso, me los quité de una
patada y le mordí el labio con tanta fuerza que mi boca se inundó
del sabor metálico de su sangre.
Siseó y gemí, con los ojos en blanco por lo jodidamente bien
que me sentía al tener el privilegio de probar otro trozo de él.
—Jake... —susurró. Mi verdadero nombre rodó de sus labios
como si fuera su palabra favorita, y todo mi cuerpo reaccionó a
ella.
Mi polla desnuda surgió entre nosotros, y dejé escapar un jadeo
de sorpresa cuando mis pelotas se apretaron inmediatamente
contra mí.
—Joder...
Me estaba arrancando la camiseta, necesitaba tocarlo lo más
posible.
Apreté su polla con desesperación, rodeándola con la mano y
observando atentamente cómo se estremecía y gemía bajo mis
caricias. En respuesta, balanceó las caderas sobre la lápida. Lo
acaricié con firmeza, odiando tener la palma de la mano seca y
no llevar lubricante.
—Escupe en mi mano, bebé.
Le tendí la mano y obedeció.
Unté con su saliva la gorda y rosada cabeza de su polla,
siguiendo cada movimiento de sus abdominales y
maravillándome por la forma en que la cabeza de su polla se
oscurecía con un torrente de sangre fresca cuando la estimulaba.
Volví a besarlo mientras deslizaba la mano por su polla. Se
metió dentro de mí, agarrándose a mis hombros y apretando el
culo contra mi tumba en su desesperación por conseguir más
fricción.
—Sin lubricante... Necesito que me la chupes, bebé; hazlo bien
y descuidado —murmuré contra sus labios hinchados, y él se
separó, con los ojos muy abiertos.
Nunca había dejado que me la chupara. Prefería complacerlo a
él, ya que nunca me había gustado recibir mamadas. No me
gustaba el inevitable rasguño de los dientes... Sin embargo, me
preocupaba que no bastara con escupirme en los dedos y no
quería arriesgarme a hacerle daño.
—Joder, sí —jadeó, dejándose caer inmediatamente de rodillas
sobre la suave hierba que crecía sobre mi tumba.
Lo miré y, de repente, no recordaba por qué no lo habíamos
intentado antes. Su rostro perfecto y sus ojos grandes y confiados
me miraban tan bien.
Mi polla se movió a escasos centímetros de su barbilla, y él se
lamió los labios... Sólo ese acto hizo que un espasmo de placer
recorriera mi polla, y un grueso chorro de preseminal goteó de mi
punta, haciéndome gemir.
Finn me rodeó la base de la polla con sus dedos temblorosos y
rompió el contacto visual para mirar directamente mi miembro
goteante.
—Eres tan jodidamente grande, Jake... —Podía sentir cómo
cada palabra se manifestaba como una bocanada de aire caliente.
Suavemente, me acerqué a sus labios hinchados y rosados.
—Déjame ver lo hermoso que te ves con ella en la boca, cielo.
Volvió a mirarme con esos grandes ojos y mis labios se
entreabrieron cuando su lengua salió vacilante.
—Puedes hacerlo, bebé. Mójalo todo para que pueda darte lo
que me pediste sin hacerte daño. —Era una orden, pero mi tono
era suave.
Le acaricié la cara con la mano y le pasé el pulgar por la mejilla
mientras lo observaba.
Por último, me rodeó tímidamente con los labios, pasó su cálida
lengua por debajo del frenillo de mi cabeza y me chupó el
preseminal.
Se me agarrotaron los músculos y me estremecí mientras
chupaba. Eché la cabeza hacia atrás con un gemido profundo y
enredé los dedos en su pelo suave y dorado, apretándolo más
contra mí.
—Abre tu garganta, bebé... Déjame entrar...
Gimió, y vibró sobre la sensible piel de mi vástago, provocando
que un lametazo caliente de deseo me subiera por los huevos.
Le obligué a bajar más la cabeza y casi me desmayo de éxtasis
cuando empezó a ahogarse con mi polla.
Su apretada garganta se contrajo y apretó a mi alrededor
mientras le daban arcadas, y gemí cuando un torrente caliente de
saliva empezó a gotear por las comisuras de sus labios.
No intentó echarse atrás, pero cuando volvió a ahogarse, lo
obligué a retroceder, arrastrándolo del pelo lejos de mi polla.
Un grueso hilo de saliva unió sus labios brillantes e hinchados a
mi polla, y me miró con los ojos muy abiertos y una sonrisa de
lujuria.
—¿Estás bien, bebé? —pregunté bruscamente, y él asintió.
—Más —gimió antes de volver a zambullirse en mi polla,
tragándomela entera como si hubiera estado chupando pollas toda
su vida.
El calor chisporroteó y se acumuló en mi abdomen, el torrente
de mi orgasmo comenzando rápidamente. Luché contra el deseo
de dejar que acabara conmigo así... pero él quería que lo follara,
y eso era lo que iba a hacer.
—Finn, para... Te sientes demasiado bien, bebé; tienes que
parar. Me voy a correr, joder...
Se largó, mirándome con los labios hinchados y la barbilla
reluciente.
Estaba al borde. Ya no me tocaba, pero me preocupaba reventar
de todos modos.
Le levanté de las rodillas, le di la vuelta y lo incliné. Apoyó las
manos en mi lápida y arqueó la espalda, exponiéndome su
perfecto agujero rosado.
Escupiendo en mis dedos, separé las nalgas y le restregué tanta
saliva como pude.
Gimió y volvió a apretarme. Estuve a punto de correrme de
nuevo al sentir cómo su agujerito se apretaba y se agitaba bajo
mis dedos.
—No voy a durar... —gruñí, alineando la cabeza de mi polla con
su agujero. Volvió a flexionarse y luego se ablandó al exhalar,
como si se estuviera preparando activamente para lo que estaba a
punto de hacerle.
—Fóllame... No me importa si duele, fóllame, Jake... —
gimoteó, y me pegué a su espalda esculpida, decorando sus
hombros con besos salados.
—No quiero volver a hacerte daño, bebé... Una vez ya fue
demasiado —ronroneé, acercándome a su pliegue y metiendo
suavemente un dedo en su agujero resbaladizo de saliva. Apreté
la polla contra el dedo, estirándola y meciéndola suavemente
hasta que un calor húmedo envolvió mi punta.
Gimió con fuerza mientras yo me hundía lentamente en su culo,
tirando hacia atrás y abriéndolo para que pudiera ver cómo mi
polla desaparecía en su apretado agujerito.
Los dos gemimos, y él se apretó, sacándome la puta polla
mientras se estremecía a mi alrededor.
—Joder, bebé... te sientes increíble... —Carraspeé, mirando,
embelesado como mi polla se deslizaba dentro y fuera de él.
Había estado dentro de él innumerables veces antes, pero esto
se sentía diferente.
Esta vez, él sabía la verdad, y se entregaba a mí de todos modos,
algo que ni en un millón de años habría esperado, y mucho menos
esperado.
Cuando morí, pensé que lo había perdido todo.
Había odiado al universo por haberme arrebatado la vida y me
había pasado el último año revolcándome en la miseria y la
autocompasión por la vida que había perdido.
Entonces Finn me encontró, y al principio, le guardé rencor. Su
presencia en aquella playa me había parecido una broma cruel...
un truco. Sentí como si el universo me estuviera dando una cosa
más que inevitablemente me iba a quitar.
Estaba seguro de que mis peores temores se habían hecho
realidad cuando aquella noche entró en el chalet con el corazón
roto y las mejillas manchadas de lágrimas.
Pensé que lo había perdido, y que realmente estaba destinado a
pasar la eternidad rondando esta playa solo.
Si hace siete meses me hubieran dado la opción de volver atrás
en el tiempo y cambiar el pasado, lo habría hecho. Habría hecho
caso a mi instinto y me habría quedado fuera del agua ese día,
cuando las nubes estaban bajas y los picos destrozaban la playa
con cada pasada.
Habría elegido vivir.
Pero... ahora, no cambiaría mi muerte por nada. Si no hubiera
muerto, nunca habría conocido a Finn... Y moriría mil veces más
si eso significara que puedo quedarme con él.
—¡Jake! —gritó mientras lo follaba. Estaba agarrando mi lápida
con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Apoyé una mano en su hombro y otra en su cadera mientras
entraba y salía de su culo perfecto.
—Bebé, necesito que te corras para mí. Córrete sobre mi tumba.
Quiero que pintes sobre mi nombre —gruñí, luchando contra la
abrumadora explosión de placer que amenazaba con estallar en
cualquier momento.
Se metió la mano entre las piernas y se apretó con el puño,
sacudiendo la polla al compás de cada empujón.
—Jake, dime que me deseas...
—Te deseo tanto, bebé. Nunca he deseado a nadie más de lo que
te deseo a ti —prometí, aunque mis palabras se arrastraban y se
confundían entre sí mientras mi orgasmo me arrasaba.
—¡Jooooooder! —rugí mientras mi polla entraba en erupción
con tanta fuerza que casi dolía.
Gruñí con cada sacudida, con cada pulso que cambiaba mi vida.
Metiéndome en Finn todo lo que pude, le metí en el culo un
chorro tras otro de semen.
Su orgasmo no tardó en llegar. Sollozaba mientras se
masturbaba, y se apretaba y tenía espasmos a mi alrededor todo
el tiempo.
Chorros calientes y espesos de su liberación salpicaron mi
lápida, llenando las letras de mi nombre con la evidencia de su
placer.
Era mío.
Incluso muerto, era mío.
—Prométeme que no me dejarás solo... —gimoteó mientras
empezaba a bajar—. No vuelvas a apartarme así.
Lo rodeé con los brazos y volví a apretarlo contra mi pecho, con
la polla medio dura aún enterrada en su culo perfecto.
Lo apreté con fuerza y le besé el cuello y la mandíbula.
—Te lo prometo, bebé. No voy a dejarte. No te dejaré solo como
hizo él.
Se dio la vuelta y, con el movimiento, deslizó mi polla fuera de
él. Me enterró la cara en el pecho y yo lo envolví en mis brazos,
estrechándolo contra mí.
—Bebé, estás temblando. Vamos dentro a calentarte. Hace frío
aquí fuera.
Me miró, con sus ojos imposiblemente grandes brillantes y sus
mejillas rosadas e hinchadas de llorar.
—¿Lo dices en serio? ¿Vas a dejar que estemos juntos ahora?
—bufó.
Asentí con la cabeza.
—Sí, bebé. Esté bien o mal, ahora eres mío.
Entonces... sonrió, y juro que las nubes se abrieron en ese
momento, y el sol en su cara fue lo más hermoso que jamás había
visto.
ue extrañamente fácil olvidar que Riddick estaba
realmente muerto una vez que tomé la decisión
consciente de aceptarlo.
Despertar a la mañana siguiente y encontrarlo envuelto a mi
alrededor fue tan bueno como lo había sido cuando pensé que
estaba vivo.
Sinceramente, ahora era incluso mejor porque no tenía ningún
problema en venir a la ciudad o pasar el rato conmigo mientras
yo pasaba tiempo con Jet o Turtle.
Ahora que lo sabía, no le preocupaba que me volviera loco
porque no pudieran verlo ni oírlo. Así que, cuando surfeé con Jet
al día siguiente, Riddick también vino.
Me costó un poco acostumbrarme. A menudo, decía algo en
respuesta a nuestra conversación, y yo tenía que acordarme de no
reírme o responder.
A veces cometía algún desliz y la gente me miraba como si
estuviera un poco loco, pero no me importaba.
Estaba feliz de tenerlo cerca.
También fue interesante conocer los extraños parámetros de las
reglas cósmicas que le ataban a nuestra cabaña. Cuando atravesó
el límite de la propiedad, perdí la capacidad de tocarlo. Aún podía
verlo y oírlo, pero mi mano atravesaba su cuerpo cuando venía al
pueblo conmigo.
Tampoco podía mover o tocar cosas fuera de nuestra línea de
propiedad, pero sí en el Chalet.
Empezó a desvanecerse por completo si nos alejábamos
demasiado de Stars Cove. Estaba irrevocablemente ligado a su
propiedad y me dijo que nunca podría marcharse.
Me informó de que había aprendido que en el océano había
límites. Si remaba demasiado lejos, perdía la capacidad de
controlar su tabla.
A menos que estuviera usando su tabla corta verde azulado.
Al parecer, esa era la tabla que había estado usando cuando
murió, y parecía ser tan invisible para Jet y Turtle como él.
Pocos días después de prometernos el uno al otro sobre su
tumba, le había pedido que me hablara del día de su muerte.
Estábamos recostados en mi cama y él me acariciaba
suavemente el pelo como hacía todas las noches antes de que me
durmiera.
—Cuéntame —susurré y observé su expresión con atención,
odiando la mirada triste que se clavaba en sus cejas al recordar
aquel fatídico día.
—Fui descuidado —explicó—. Para empezar, no debería
haberme metido en el agua. No me fie de mi instinto.
Asentí con la cabeza, comprendiendo ahora por qué me
inculcaba constantemente aquello de en caso de duda, no remes.
—Se avecinaba una tormenta, así que las olas eran más
impredecibles de lo normal, pero pensamos en salir unas horas y
volver antes de que llegara la tormenta.
Esta versión temeraria del hombre excesivamente precavido que
yo conocía me parecía una persona completamente distinta. El
Riddick que yo conocía nunca me dejaría poner un dedo en el
agua si se avecinaba una tormenta. Me daría por el culo...
literalmente.
Como si pudiera ver por dónde se me había ido la cabeza, me
dedicó una pequeña sonrisa burlona, trazó una de mis cejas con
el pulgar y me hizo estremecer.
—Yo era... un cabrón engreído. —Se rio entre dientes—. Muy
parecido a otra persona que conozco.
Le sonreí, curvando ligeramente los dedos de los pies en
respuesta a su suave contacto.
—Supongo que por eso Jet dice que le recuerdo a ti. Siempre
pensé que era algo extraño, considerando que siempre eres tan
gruñón, y yo soy divertidísimo.
Riddick rio suavemente y sacudió la cabeza.
—Sí, bueno. No hay nada más humillante que morir ahogado.
—La sonrisa se nos borró de la cara a los dos y se me revolvieron
las tripas incómodamente.
—¿Y qué pasó? —susurré, y él suspiró.
—Todo lo que podía salir mal, salió mal. Salí remando,
intentando agarrar una ola sólida de diez metros, pero el pico
cambió en el último momento y me vi obligado a agarrar la
segunda ola que entró. La siguiente ola salió de la nada. Tenía al
menos dieciocho metros, y yo estaba tan cerca de la línea de
rompiente que me preocupaba que se me viniera encima si no la
montaba. Así que me arriesgué... y fue la elección equivocada.
La ola rompió pronto, y en un esfuerzo por no caer a mi muerte,
hice todo lo posible para mantenerme por delante de ella. Estaba
tan concentrado en no caer que no me di cuenta de que me dirigía
directamente a la zona de la muerte.
Jadeé y él me miró atónito.
—Me quedé atrapado en una retención de doble ola, y mi tabla
acabó alojada entre dos rocas. Ni siquiera pude salir a la
superficie porque falló el cierre rápido de mi amarre.
—Joder... —Respiré—. Eso se siente... cósmicamente injusto.
Se encogió de hombros.
—Supongo que era mi hora. El océano quería mi vida, y no
había forma de escapar. Pero incluso ahora, me entra un poco de
pánico cada vez que me tira la cuerda después de una caída. En
parte por eso me enfadé tanto contigo el primer día, cuando te
dejaste caer en mi ola. Me asusté un poco después de que mi
ronzal me subiera.
La culpa se apoderó de mí, le acaricié la cara y rocé sus labios
con los míos.
—Lo siento, bebé —le susurré, y él soltó un suave suspiro,
rodeándome la cintura con los brazos y atrayéndome hacia sí.
Enterró su cara en mi cuello.
—Está bien. No lo sabías —murmuró contra mí, con su aliento
haciéndome cosquillas en la piel sensible bajo la mandíbula.
Inspiró profundamente, como si el simple aroma de mi piel le
reconfortara, y le di un beso en la coronilla.
—Te amo, Jake Whittling —susurré, y él se estremeció y volvió
a besarme, justo debajo de la oreja. Me había dado cuenta de que
cada vez que lo llamaba por su verdadero nombre, tenía una
reacción profunda y visceral. En ese momento decidí hacerlo más
a menudo.
—Yo también te amo, Finn Summers —tarareó y me quedé
dormido, abrazado al hombre que lo había perdido todo pero que,
de algún modo, seguía dándome tanto.
i mi primera ola de dos metros el 28 de diciembre de
2024.
Flanqueado por Makoa y Jake, observé cómo el
Leviatán se alzaba sobre el horizonte como un enorme demonio.
Su caño era una gran fauce oscura, que buscaba tragarse la vida
de cualquier surfista lo bastante insensato como para intentar
domarlo.
Incluso Jet tenía el rostro serio y no se le veía su sonrisa fácil.
Yo era el único que prácticamente vibraba de excitación.
Por fin había llegado el momento.
Había trabajado para esto. Había estado esperando, y yo no era
un hombre paciente.
Jet me lanzó una mirada sombría y frunció los labios al ver que
no podía contener mi excitación. Todo mi cuerpo zumbaba de
adrenalina mientras observaba cómo un monstruo tras otro seguía
llegando a la playa.
—Tranquila, estrella del surf —dijo suavemente—. No nos
precipitemos.
Jake gruñó de acuerdo justo cuando yo gemía en señal de
protesta.
—¿Qué quieres decir con precipitarse? Para esto me he estado
entrenando.
Jet se rio, negando con la cabeza, y Jake me miró con el ceño
fruncido.
—Mañana parece que habrá mejores condiciones. Además,
tengo a Kai alquilando una moto acuática, así que tenemos más
posibilidades de salvarte el culo si algo sale mal.
Jake parecía que iba a besar a Jet en la boca, y una punzada de
celos injustificada me recorrió al pensarlo.
Era estúpido estar celoso. Jet ni siquiera podía verlo... pero aun
así. No quería que mi hombre mirara a nadie más que a mí como
si pudiera besarlos, incluso si los besos eran porque Jet estaba
tratando de mantenerme a salvo... que era más o menos la mayor
excitación de Jake.
Finn seguro = Jake duro.
Nada de engaños.
—…Turtle aquí, de todos modos?
—¿Qué? —pregunté, dándome cuenta de que no había oído
nada de lo que Jet acababa de decir. Había estado demasiado
ocupado pensando en los besos de Jake y las erecciones por
seguridad.
Jet rio entre dientes, dándome un cariñoso golpecito en el
hombro.
—¿Qué pasa por tu cabeza? Siempre estás en alguna loca
aventura cerebral.
Le sonreí, encogiéndome de hombros.
—No querrás saberlo.
Jet se rio y asintió.
—Probablemente no. De todos modos, sólo decía, ¿no quieres a
Turtle aquí? Estoy seguro de que va a querer estar cerca para
verte montar tu primer verdadero Leviatán.
Al oír eso, se me doblaron los dedos de los pies y sonreí,
asintiendo.
—Sí, tienes razón.
Necesitaba a mi bro Turtle conmigo. Podría esperar un día más.
—Genial. —Makoa sonrió—. Vamos a la cala por ahora.
Puedes repasar lo básico. Un día sólido de actividad y descanso
es justo lo que necesitas antes de tu gran debut.
—Tiene razón —me susurró Jake al oído, provocándome un
escalofrío—. Te estás volviendo un poco flojo en la colocación
de los pies.
Makoa estaba de espaldas a nosotros mientras regresábamos a
la cabaña, así que pude darle a Riddick la mirada que se merecía.
—Eres una madre helicóptero. —Hice una mueca y él soltó una
carcajada, con los ojos azules brillantes de alegría.
—Lo sabes, carnada para tiburones. —Se rio entre dientes,
dándome una palmada en el culo tan fuerte que di un respingo y
solté una risita.
Jet me devolvió la mirada, con esa sonrisa dibujada en la
comisura de los labios.
—¿Qué es tan gracioso ahí atrás?
Le sonreí, encogiéndome de hombros.
—Nada. Sólo más aventuras cerebrales.
Jet se rio, sacudiendo la cabeza.
—Maldito chico loco.
OY ES EL DÍA!!!!!! —balé en cuanto abrí los ojos.
Me lancé fuera de la cama, y Jake gimió a mi lado,
enterrando la cabeza en nuestras almohadas mientras
yo corría por el Chalet, con una sonrisa tan grande que podría
haber ahogado a un hombre en las profundidades de mis
hoyuelos—. ¡Brilla el sol! El tanque está limpio.
Canté mientras rebuscaba en los armarios en busca de una
sartén, justo cuando Makoa entraba con Kai y Turtle pisándole
los talones.
Jet fingió un grito ahogado.
—¡GAH! ¡El tanque está limpio!
Turtle y yo nos reímos a carcajadas cuando Jet terminó mi
referencia a Buscando a Nemo, mientras Kai y Riddick se
quejaban.
Riddick salía de nuestra habitación en bóxers. Se pasó una mano
por la cara como si mis payasadas le estuvieran provocando un
gran dolor de cabeza en forma de Finn.
—¿Siempre eres tan pesado? —refunfuñó Kai, ayudándose a sí
mismo a sentarse a la mesa mientras yo cascaba con entusiasmo
unos huevos en un cuenco.
—Sí —respondió Riddick por mí mientras se dejaba caer en el
sofá del salón.
—Finn es un gusto adquirido —le guiñó Turtle a Kai.
—¡Y si no te gusto, deberías adquirir algo de gusto! —le dije.
—¡HA! —Turtle y Makoa se rieron conmigo mientras Kai y
Riddick ponían los ojos en blanco por lo cursi que estaba siendo.
No había podido evitarlo.
Todo mi cuerpo vibraba de emoción. Me faltaba el aire y mi
mente iba a mil por hora. Lo único que podía hacer era pensar en
cómo se vería el mundo bajo mis pies mientras surfeaba una ola
Leviatán de veinticinco metros.
—Te preguntaría si estás preparado, estrella del surf, pero me
parece una pregunta estúpida —dijo Jet, sentándose junto a Kai
mientras Turtle venía a ayudarme con el desayuno.
—¡Me siento como si hubiera nacido preparado! —Sonreí, y Jet
me devolvió la sonrisa, aunque había un poco de preocupación
en sus cálidos ojos marrones.
—Sin duda —dijo en voz baja. Lo miré a él, a Jake y a Kai, que
me miraban con distintos niveles de preocupación en sus rostros.
Había llegado a conocer un poco a Kai en las últimas semanas
mientras surfeaba con Jet. Realmente era un tipo decente; sólo
era varios tonos más gruñón de lo que incluso Riddick había sido
cuando lo conocí. Tenía la sensación de que tenía que ver con el
hecho de que había sido él quien había empujado a todo el mundo
a surfear el día que Jake se había ahogado.
Imaginaba que la culpa que sentía Kai era enorme. Para
compensarlo, se sentía especialmente responsable de asegurarse
de que Leviathans no se llevaran más vidas. Así que, al igual que
Jake, el malhumor de Kai provenía de un buen lugar.
Estaba preocupado por mí.
El hecho de que hubiera alquilado una moto acuática para poder
salvar mi loco culo si me iba a la mierda era prueba suficiente de
ello.
Sabía que no podía evitar que lo hiciera, así que iba a intentar
mantenerme a salvo mientras yo iba en contra de los consejos de
todo el mundo y lo hacía de todos modos.
Estaba agradecido.
Pero también estaba tan emocionado que sentía que iba a
explotar. Así que ignoré al gran elefante de la habitación y saqué
una espátula.
—¿Cómo les gustan los huevos a todos?
Makoa había tenido razón. Las condiciones eran jodidamente
perfectas.
Había salido el sol, así que hacía aún más calor de lo normal, y
después de observar las olas durante veinte minutos, me
parecieron tan fiables y constantes como podía esperar en una
playa como Leviathans.
—De acuerdo. Voy a entrar —anuncié por fin, y Turtle sonrió,
dándome palmadas en la espalda con entusiasmo.
—¡Ya lo creo! Lo has conseguido, mi bro Finn —vitoreó, y yo
le sonreí.
—¡Gracias, Turtle, nos vemos a la vuelta! —Le guiñé un ojo y
me dirigí hacia el agua.
Kai ya estaba arrastrando la moto acuática, y Makoa y Jake me
siguieron a las aguas poco profundas.
Mi tabla estaba recién encerada porque, por supuesto, Riddick
se había encargado de ello la noche anterior.
Cuando terminó de encerarme la tabla, se metió en la cama y se
pasó toda la noche adorándome. Se tomó su tiempo, llevándome
al orgasmo una y otra vez, todo mientras me decía lo orgulloso
que estaba de mí... Cómo creía en mí y lo mucho que sabía que
iba a machacarme hoy.
Me estremecí al recordar cuántas veces me había hecho correr.
¿Sabías que, si haces que un chico se corra suficientes veces
seguidas, sus bolas literalmente empiezan a doler? Casi me
preocupaba no poder dormir porque Jake me había chupado y
follado hasta dejarme literalmente dolorido.
Afortunadamente, para eso están los somníferos, y me sentía
descansado, saciado y listo para joder a algunos demonios del
infierno acuático.
Salí remando, Makoa a mi izquierda con su shortboard amarillo
sol y Jake a mi derecha con la tabla verde azulado que había
estado montando el día en que murió. Yo era el relleno rosa
brillante de este sándwich de leyenda del surf, y nunca me había
sentido más apoyado en mi vida.
Una vez que los tres estuvimos lo suficientemente lejos como
para poder remar con facilidad, me senté en la tabla y observé el
entorno. Los picos eran siempre impredecibles aquí, pero ahora
mismo eran más estables de lo que los había visto en mucho
tiempo.
Kai se balanceaba en la moto acuática a unos cientos de metros,
observándonos como un halcón. De vuelta en la playa, me di
cuenta de que a Turtle se le habían unido unas cuantas personas
más. Estaban tan lejos que no pude distinguirlos a todos.
—¿Alguien le contó a los Finnáticos lo de hoy? —le pregunté a
Jet, sorprendido de que a alguien se le escapara.
Jet me lanzó una mirada extraña y asintió.
—Si, lo hice. Pensé que te vendría bien un poco de apoyo extra.
—Pero... ¿y si no sensacionalizamos esta playa? —pregunté,
totalmente sorprendido.
Se encogió de hombros, pasándose la mano por el pelo húmedo
y oscuro.
—Lo que estás haciendo aquí... por mucho que me asuste...
Bueno, creo que vale la pena. Trabajaste duro para este día, Finn.
Mereces ser reconocido por todo lo que has hecho para llegar
hasta aquí. Cuando conquistas esta playa, mereces crédito. Sólo...
prométeme que vas a demostrarle a esta gente que eres el material
del que están hechas las leyendas y sobrevive a esto.
Tragué saliva, con la garganta repentinamente tensa.
—Voy a sobrevivir a esto —juré, con la voz ronca.
Makoa me miró de frente y sonrió, asintiendo.
—Sí. Lo harás, joder. Ahora, sal ahí fuera y haz pedazos a una
de esas bestias. Demuéstrales a todos que eres Finn Summers, el
Domador de Leviathans.
Miré a Riddick y vi que me observaba con una mirada decidida.
Me saludó con una lenta inclinación de cabeza.
—Tiene razón, carnada para tiburones. Si alguien puede hacer
esto, eres tú.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y, por un momento, deseé
estar a solas con él para poder besarlo antes de salir remando.
Me aclaré la garganta y dirigí mi pregunta a Jet, pero me aseguré
de que Jake supiera que estaba hablando con él.
—¿Vas a estar mirando?
Ni siquiera oí la respuesta de Makoa cuando Jake alargó la mano
y me pasó los dedos por la barbilla, con el pulgar rozándome
tiernamente el labio inferior.
—Siempre te veo, bebé —murmuró, y yo asentí antes de fijar la
vista en el horizonte y remar para enfrentarme a los monstruos
que habían matado al hombre que amaba.
Alexa Play: Numb de Holly McNarland

a tensión y el tirón del agua bajo mi tabla recordaban


a una bestia de grandes escamas enroscándose para
prepararse para la batalla.
La energía de la ola crecida zumbaba en el aire y chisporroteaba
en mi piel. Podía sentir la llamada del agua que se acumulaba en
un gran sifón de devastación.
Dejándome arrastrar hacia la boca espumosa del demonio
acuoso, me estremecí de anticipación.
Tenía hambre.
Necesitaba más. Más sal, más energía, más vidas para sostenerla
mientras crecía y crecía a un ritmo imposible.
Un destello de algo más que excitación se encendió en mi pecho
mientras giraba mi tabla, confiando en la memoria muscular para
colocarme de tal manera que sabía que el agua me recogería y me
llevaría a dar el paseo de mi vida.
Mientras me elevaba con el oleaje, examiné la extraña
sensación, curioso por saber qué emoción había despertado en mí
aquel monstruo.
¿Era miedo? ¿Era así como se sentía el miedo?
No.
Era ira.
Me sobresalté, me sorprendió la extrañeza de sentirme enojado
con el océano.
Mis músculos se contrajeron instintivamente cuando la
superficie se alejó de mí a una velocidad alarmante.
Me apoyé en la tabla y, antes de que me diera cuenta, ya tenía
los pies plantados y estaba en posición vertical.
La adrenalina y la rabia rugían en mí con tanta fuerza como el
enorme muro de agua que seguía creciendo a mi espalda.
De repente estaba tan arriba que Jake y Makoa eran meros
puntos debajo de mí. Fue como si el tiempo se detuviera durante
un largo y embarazoso instante, y todo se congelará.
La ola vaciló cuando me dirigí a ella.
—Tú lo mataste —susurré al océano como si pudiera oírme. El
tiempo se onduló y, de repente, la rabia que sentía cobró sentido.
El agua (esa cosa que amaba) también me había arrebatado algo
tan grande que apenas podía comprender la magnitud de la
pérdida.
Jake y yo nunca podríamos casarnos ni envejecer juntos. Nunca
podríamos ir a Australia a ver qué se cuece allí en el mundo del
surf. No podríamos viajar por los estados para visitar todas las
playas.
Nunca participaríamos juntos en competiciones de surf. Nunca
podría venir conmigo a animarme si alguna vez llegaba a las
Olimpiadas.
Jake siempre tendría que quedarse aquí hasta que un día, lo que
fuera que lo retuviera aquí, decidiera que era hora de que se fuera,
y se desvaneciera.
Mi tabla rosa cortó el agua con la fuerza de una cuchilla
mientras volvía a mi posición, con los ojos entrecerrados por la
determinación.
—Te voy a joder —le espeté a la ola, y podría jurar que el
océano se rio de mí mientras me lanzaba horizontalmente por la
pendiente de agua, ahora casi vertical, que intentaba comerme
vivo.
Estaba a veinticinco metros de altura. Me recorría tanta
adrenalina que estaba seguro de que no respiraba.
En cuanto me di cuenta de que no lo estaba, me concentré en mi
respiración, recordando lo que Jake me había enseñado todas
aquellas semanas atrás.
Lo más importante que puedes hacer en esta Tierra es respirar.
Inhala.
Corta.
Rebana.
La bestia rugió mientras empezaba a cerrar sus poderosas
mandíbulas.
'Respirar bien significa que estás presente'.
Exhala.
Corta.
Rebana.
La ola llegó a su cresta y empezó a romperse detrás de mí. Me
incliné hacia delante, fijando la vista en la zona final, buscando
instintivamente un lugar seguro para aterrizar.
'Respirar significa que estás centrado. Concentrado.
Lo estaba. Estaba tan jodidamente centrado...
El trueno y el estruendo del agua a mis espaldas me
estremecieron. El demonio chilló mientras se canibalizaba a sí
mismo, impulsándome a avanzar aún más. Le pedí a mi tabla que
fuera más rápido, que cortara más profundo.
Para hacer sangrar a esta perra.
Arranqué el extremo del barrel, cogiendo aire literalmente al
salir de la ola. Salté con pericia por la superficie del océano y
grité al aterrizar exactamente donde había planeado.
El impulso de mi salida me llevó a medio camino de la orilla y
de la seguridad. Eché un vistazo por encima del hombro para
deleitarme con el desplome del Leviatán que acababa de matar.
Sonreía de oreja a oreja, con el corazón tan acelerado que estaba
seguro de que la multitud que gritaba y animaba en la playa podía
oír cada golpe.
Pero no eran ellos los que me importaban.
Lo único que me importaba eran los ojos azules que me miraban
mientras me acercaba a la orilla, esos labios carnosos que se
curvaban en una sonrisa y la mirada de puro orgullo que Jake me
dirigía mientras me aplastaba sobre mi tabla para poder remar
hacia él.
Con cada golpe, su voz resonaba en mi mente y mis ojos se
llenaban de lágrimas mientras me dirigía a casa.
'Respirar, Finn, significa que estás vivo'.
na vez en la playa, una multitud se me abalanzó.
Turtle se lanzó sobre mí con la sonrisa más grande
que jamás había visto pintada en su cara.
—¡Finn, bro! ¡Eso fue genial, joder, amigo! No solo surfeaste
esa ola, ¡la masacraste!
Le sonreí mientras me agarraban por todas partes. Los
Finnáticos estaban como locos.
De repente, Quinn estaba con nosotros, saltando de emoción, y
Blake apareció también, con los ojos azules brillantes de
lágrimas.
—¡No puedo creer que lo hicieras! —Blake gritó, alejándome
de Turtle en un gran abrazo—. Siento mucho haber dudado de ti.
¡Eso fue increíble, Finn!
Turtle giró sobre sí mismo y se dirigió a la multitud, con una
sonrisa que podría haber derretido a cualquiera.
—¡Hey! ¡Tres hurras por Finn, el Cazador de Leviathans!
Dios mío. Mi cara se puso roja como la remolacha mientras la
multitud perdía la mierda.
¡Finn! ¡Finn! ¡Finn! ¡Finn!
Makoa y Kai se acercaban mientras yo hacía todo lo posible por
alejarme de la multitud de aficionados al surf, con las mejillas tan
calientes que competían con el resplandor del sol.
—Así se hace, estrella del surf. —Jet me dio una palmada
cariñosa en el hombro, e incluso Kai me dedicó una pequeña
sonrisa.
—Lo has conseguido, chico —gruñó Kai, con sus ojos oscuros
brillando de aprobación.
—Cuando termines de celebrarlo con tus fans, ven aquí. Hay
alguien que quiero que conozcas —tarareó Jet cerca de mi oído,
y yo le alcé una ceja.
—Ah, ¿sí?
Asintió con la cabeza.
—Sí, hombre. Voy a ayudar a Kai a cargar el Jet Ski; ven a
buscarme después.
Asentí con la cabeza y me volví hacia la multitud eufórica que
seguía vitoreando mi nombre.
Los niños me empujaban literalmente los papeles para pedirme
un autógrafo, y me sentí tan halagado e incómodo que mi cara
volvió a enrojecer.
Jake apareció a mi lado, me dio un suave beso en la sien y apoyó
una mano despreocupada en mi cadera.
—Lo has hecho increíble, bebé —tarareó, pasándome el pulgar
por el hueso de la cadera mientras firmaba autógrafos como si
fuera una celebridad—. Estoy tan orgulloso de ti.
Le lancé una mirada de satisfacción y él me sonrió con una
despreocupación que nunca había visto en su rostro. La tirantez
de sus ojos había desaparecido y parecía mucho más joven. Pude
ver la versión de él de la que Jet me había hablado. La versión
relajada y despreocupada de Jake que había muerto el día que se
ahogó. Se me estrujó el corazón al ver lo feliz que parecía ahora
que había conseguido conquistar a Leviathans, y sentí una
pequeña punzada de culpabilidad en el pecho por lo mucho que
debía de preocuparse por mí.
—Vas a hacer que me atragante delante de toda esta gente, bebé
—murmuré, haciendo todo lo posible para que la multitud no
viera que estaba hablando con el aire.
Soltó una risita afectuosa y se inclinó hacia mí para
mordisquearme suavemente el lóbulo de la oreja, provocándome
un escalofrío.
—Te veré en casa. Podemos celebrarlo en privado cuando
acabes con tus admiradores. —Guiñó un ojo antes de alejarse
hacia el acantilado que conducía a nuestra cabaña.
Cuando se calmó el alboroto, me acerqué a Jet y Kai, que
estaban ocupados subiendo la moto acuática a un remolque que
Jet había enganchado a su nuev camioneta.
Habían decidido prolongar su estancia para ayudarme a
entrenar, y Jet había alquilado la camioneta unos días antes
después de que Blake le echara la mierda por querer pedirle
siempre prestado el coche.
Sonreí al acercarme, dándome cuenta de que no estaban solos.
Junto a ellos había una mujer vestida con un atuendo sencillo,
pero obviamente caro.
Jet me sonrió cuando me acerqué.
—Ahí está. —Miró a la mujer, que se volvió para saludarme.
Era morena y llevaba el pelo rubio recogido en un moño. El
portapapeles que sujetaba tenía el logotipo de: Goliath Energy
Drinks.
Me sonrió y me tendió la mano.
—Ah, tú debes ser Finn Summers. Ha sido un espectáculo
impresionante.
Le devolví la sonrisa y le estreché la mano cortésmente,
enviándole a Jet una mirada curiosa. Me sonreía con un brillo
extraño en los ojos.
—Finn, esta es Sylvia Knott. Es una reclutadora de
patrocinadores para Goliath.
El cerebro me daba vueltas mientras unía las piezas del
rompecabezas.
Goliath era conocido por patrocinar a atletas de deportes
extremos. Era toda su estrategia de marketing. El hecho de que
un representante de la marca estuviera aquí, hablando conmigo,
significaba que... ¿estaban interesados?
Sylvia sonrió a Jet, asintiendo.
—Jet me informó de que tenía un nuevo talento prometedor y
que no querría perderme tu carrera de hoy. Como siempre, tenía
razón.
Jet le guiñó un ojo.
—Siempre tengo razón, cariño.
Se rio entre dientes.
—Así es.
Se giró para mirarme:
—De todos modos, la sincronización de Jet también fue
impecable. Estaba en la ciudad para Domar Leviathans.
Representábamos a Mike Gurallo para la competición, pero
recientemente ha sufrido una lesión menor, y su terapeuta
deportivo le ha aconsejado que no participe.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿El Mike Gurallo? —Miré alrededor de la playa para
asegurarme de que no estaba allí. Si el dios del surf Mike Gurallo
estaba aquí, me iba a cagar en los pantalones.
Volvió a reír.
—El único.
—¡Oh, Dios mío! ¡Lo veo todo el tiempo en Goliath TV! Es una
puta leyenda.
Ella asintió.
—Sí... Bueno. De todos modos, íbamos a cortar por lo sano y
retirarnos, pero entonces Jet me mandó un mensaje. Después de
verte surfear, me preguntaba si estarías dispuesto a hablar de
fichar por el equipo Goliath a modo de prueba.
Mi cerebro tardó un minuto en asimilar lo que acababa de decir.
—Espera... ¿qué?
—¿Actualmente tienes representación? —preguntó frunciendo
el ceño.
—No la tiene. —Jet contestó por mí ya que, por primera vez en
mi vida, no conseguía que mi boca formara palabras.
Sonrió.
—¡Maravilloso! ¿Qué te parece? Sé que esta oferta es repentina,
pero preferiríamos no retirarnos con tan poca antelación. Puedo
enviarte un contrato al final del día para que lo revises.
—Espera, espera... tú... como en Goliath Energy Drinks,
¿quieres patrocinarme a mí, Finn Summers... este fin de semana?
—Sí. Y quizá por más tiempo, dependiendo de cómo funcionen
las cosas durante el periodo de prueba.
De nuevo.
Sin... palabras...
Jet saltó y le dio una palmada en el hombro a Sylvia,
sonriéndome con esa sonrisa ladina y malvada en la cara.
—Envía el contrato, Sylv. Lo revisaré con él y te llamaremos.
—Genial —bromeó Sylvia, sin duda con los ojos brillándole al
ver que mi mandíbula estaba literalmente en la arena.
—Espero tener noticias tuyas, Finn. Jet, Kai... siempre es un
placer verlos. —Luego se alejó, con el viento azotando su
cazadora de cuatrocientos dólares.
—Bueno, chico. Supongo que sí que eres una estrella del surf,
después de todo. —Jet me sonrió, y yo me lancé sobre él,
chillando como un loco.
—¡Joder! ¡Qué mierda! ¿Ha pasado de verdad?
Se estaba riendo, e incluso Kai tenía una sonrisa en la cara.
—Sí, estrella del surf. Eso pasó de verdad. Espero que no te
gustara servir mesas. Parece que tu carrera en los Sharkies podría
haber terminado —dijo, frotando sus nudillos en mi pelo
cariñosamente.
—Felicidades, chico —resopló Kai, y yo le sonreí.
No podía esperar a contárselo a Jake.
Alexa Play: Everything i wanted de Billie Eilish

abía asado un filete para Finn mientras él celebraba con


sus amigos en la playa.
Lo consiguió.
Se acabó...
Había sobrevivido.
Sentí como si un rinoceronte hubiera estado sentado sobre mi
pecho desde que me dijo por primera vez que planeaba surfear en
aquella playa. Cuando consiguió destrozar aquella enorme ola y
llegar a la orilla de una pieza, sentí por fin que aquella cosa
enorme y pesada se bajaba y se alejaba en la distancia.
Puse la mesa para mi hombre, me senté y esperé a que volviera
a casa. Irrumpió en el Chalet, como era de esperar lleno de
entusiasmo y energía, y le sonreí.
—Hola, bebé... ¿tienes hambre? —le pregunté, y se lanzó sobre
mí, sentándome a horcajadas en la silla y bañándome la cara de
besos.
Me reí y lo rodeé con los brazos, sin importarme que aún llevara
el traje de neopreno frío y húmedo.
—No te vas a creer lo que pasó —me dijo, y me eché hacia atrás,
contemplando su sonrisa de megavatio y sus adorables hoyuelos.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —pregunté, sin poder evitar sonreír.
Cuando estaba así, su energía era contagiosa. Era casi imposible
no emocionarse cuando estaba así de entusiasmado por algo.
—Jet le dijo a esta señora de Goliath Energy Drinks que he
estado montando hoy, ¡y quiere patrocinarme en la competición
de surf de Tully este fin de semana!
Se me borró la sonrisa de la cara.
—¿Qué?
—¡Lo digo en serio! ¡Enviará el contrato esta noche! Espera...
¿por qué no pareces emocionado? —Se apartó y me miró con el
ceño fruncido. Vi sus hoyuelos desaparecer, y me odié por ser la
razón de que desaparecieran.
Me tomé un momento para ordenar la guerra de emociones que
me estallaban en el pecho.
Por un lado, Goliath Energy Drinks era enorme. Enorme. Era el
sueño de todo surfista ser elegido para un patrocinio con ellos.
Era más o menos una oportunidad de lanzamiento de carrera para
Finn.
Era un sueño hecho realidad para alguien como él. Lo sabía
porque habría sido un sueño hecho realidad para mí cuando tenía
su edad.
Pero, por otro lado, la idea de que volviera a surfear Leviathans,
tan pronto después de haber sobrevivido hacía poco, hizo que ese
rinoceronte cabrón volviera a sentarse en mi pecho.
—Estoy emocionado —me obligué a decir. Levanté la mano y
le acaricié la cara perfecta, pasándole el pulgar por la mandíbula.
Estaba tan excitado que podía ver cómo le saltaba el pulso en la
garganta.
Pum. Vivo. Pum. Respirando. Pum. No. Joder. Muerto.
—¿De verdad? Pareces disgustado.
—No, bebé. No, esto es... te mereces esto. Son tan afortunados
de tenerte.
Frunció el ceño.
—No me lo creo, amigo. Escúpelo. ¿Qué te pone de mal humor?
Bajé las manos a sus caderas y lo apreté más contra mí,
disfrutando de su peso sentado en mi regazo.
Apoyé la frente en su clavícula y suspiré.
—Nunca voy a tener la oportunidad de dejar de preocuparme
por ti, ¿verdad, bebé? Goliath es increíble. Ojalá te patrocinaran
para otra competición. Literalmente cualquier otra competición.
—Oh... —Hubo una pausa y luego me rodeó los hombros con
los brazos y me besó el costado de la cabeza—. Ya veo.
—Yo sólo... sé que esto es lo que eres. Sé que no eres capaz de
sentir miedo. Pero Finn... puedo sentir miedo. Todo lo que he
sentido es miedo desde que te conocí.
—Jake... —Su voz era tensa y volvió a besarme el costado de la
cabeza, hundiendo la nariz en mi pelo, justo encima de la oreja.
—No quiero que te hagas daño —susurré.
—No lo haré, bebé. ¿No te demostré hoy que podía manejarlo?
Me eché hacia atrás, miré su cara de adorable preocupación y le
froté los huesos de la cadera con los pulgares.
Quería decirle que lo había hecho muy bien, pero yo había
surfeado olas como la que él ha destrozado hoy docenas de veces
antes de que finalmente me matara.
Quería decirle que creía en él, que me alegraba por él y que lo
amaba tanto que, cuando lo miraba, me dolía físicamente
imaginar un mundo sin él.
Quería decirle que sabía lo que se sentía al estar siempre
persiguiendo el siguiente subidón de adrenalina, pero nada, ni
siquiera un contrato de patrocinio con una de las mayores marcas
de bebidas energéticas del mundo, valía su vida.
Quería contarle todo esto, pero no lo haría cambiar de opinión.
Decir estas cosas no le haría reconsiderar.
A mí me hacían sentir mejor, pero a él lo herían y le hacían sentir
que yo no apoyaba sus sueños ni estaba orgulloso de su éxito.
En lugar de eso, me incliné hacia delante y rocé sus labios con
los míos, aspirando su embriagador aroma.
—Te amo tanto —murmuré contra él, dándole un suave beso en
el labio inferior. Se balanceó en mi regazo y sentí que se ponía
duro cuando apreté con más fuerza sus caderas.
—Yo también te amo —exhaló, y yo me tragué ese aliento,
saboreándolo como lo precioso que era.
Me levanté, llevándomelo conmigo, y le di un beso tras otro en
los labios. Me rodeó la cintura con las piernas y me pasó la lengua
por la boca mientras lo llevaba al dormitorio.
No quería arruinarle este momento, así que me guardé todas mis
preocupaciones y mis pensamientos, enterrándolos en lo más
profundo de mi pecho y encerrándolos bajo llave.
La única forma en que iba a poder superar esto era perdiéndome
en él.
Así que, cuando lo acosté en nuestra cama y me miró con esa
sonrisa confiada y llena de hoyuelos que hacía que mi corazón
muerto se derritiera, me dejé llevar.
Era su elección, y yo iba a apoyarlo hiciera lo que hiciera.
Incluso si mataba a la única persona que amaba más que a nada
de lo que este planeta olvidado de la mano de Dios podía ofrecer.
Alexa Play: Heal de Tom Odell

ebé, me has hecho la cena y se va a enfriar —


Finn tarareó contra mis labios mientras me
arrastraba sobre él. Ya se había bajado la
cremallera del traje de neopreno y se lo había quitado,
devolviéndome los besos con entusiasmo.
—Podemos parar si tienes hambre —murmuré, mordiéndole los
labios mohínos mientras le ayudaba a despegarse el traje sobre el
culo.
—Tengo hambre de otra cosa; me sabe mal que te hayas tomado
todo ese trabajo para hacerme un filete....
—Al carajo con el filete —retumbé, echándome hacia atrás para
poder admirar su cuerpo desnudo extendido bajo mí.
Estaba duro y suave por todas partes. Su hermosa piel se
extendía tensa sobre los músculos enseñados que esculpían su
forma perfecta.
Nunca me hartaría de mirarlo.
Sólo quería adorarlo. Quería besarle y chuparle cada centímetro
y saborear el hecho de que estuviera aquí, respirando debajo de
mí.
Me incorporé y me quité la camisa antes de acercarme de nuevo
a él. Con las palmas planas y los dedos suaves, empecé a
cartografiar lentamente su cuerpo con mis caricias.
Se estremeció cuando le pasé las manos por encima.
Primero le acaricié la cara y le pasé los pulgares por los pómulos
con reverencia.
—Mira esta hermosa cara... —susurré, inclinándome hacia
delante para besar cada uno de sus hoyuelos, disfrutando de cómo
se estremecía en respuesta.
A continuación, deslicé los dedos por el contorno de su cuello,
rozando su nuez de Adán y observando cómo se balanceaba al
tragar.
Le besé también ahí, saboreando el pequeño sonido que hizo
cuando mis labios rozaron el hueco de su garganta.
—Jake...
Mi corazón se aceleró cuando mi nombre salió de sus labios.
Estaban hinchados y húmedos de todas las veces que los había
besado y mordisqueado.
—Me encanta cuando dices mi nombre.
Volví a sentarme y pasé las manos delicadamente por su pecho
liso, deteniéndome a girar los dedos alrededor de sus pezones en
punta. Las puntitas estaban firmes y tensas bajo mis dedos, y me
entretuve jugueteando con ellas hasta que su respiración se
entrecortó.
—Jake, me estás tomando el pelo... —gimió, y yo sonreí,
rozando intencionadamente con los dedos los picos endurecidos,
sabiendo que mis ministraciones probablemente los habían
vuelto ultrasensibles.
—Déjame tomarme mi tiempo contigo.
Lentamente, recorrí su torso con las yemas de los dedos, rodeé
sus costillas con las manos y me bebí el modo en que sus
abdominales se contraían en respuesta al roce de mis pulgares.
Su polla estaba dura y apoyada contra su estómago, y la evité
intencionadamente mientras continuaba mi camino hacia abajo.
Su piel estaba ahora caliente y sonrojada, y jadeaba ligeramente.
—Jake... —gimoteó mientras le acariciaba suavemente el
abdomen a ambos lados de la polla. Vi cómo su polla se agitaba
y se flexionaba como si tratara desesperadamente de incitarme a
tocarla.
—Estaba pensando que hoy podríamos probar algo nuevo...
pero sólo si tú quieres —dije, mirando directamente a su brillante
y rosada punta. En su raja se había formado una pequeña y
brillante gota de humedad, y me lamí los labios.
—¿Qué quieres probar? —me preguntó. Su voz era suave y
profunda, aunque había un tono de curiosidad subyacente que
hizo que mi corazón palpitara de expectación.
—Pensé que tal vez podríamos... cambiar los papeles.
Lo miré fijamente, midiendo su reacción. No sé por qué
esperaba que se riera o le restara importancia, pero no lo hizo. Me
miraba con una expresión cercana a la reverencia.
—No creí que fuera algo que quisieras —susurró, acercándose
para rozarme la mejilla con los dedos. Asentí, mordiéndome el
labio.
—Normalmente, no —admití, frotando mis pulgares sobre los
huesos de su cadera y observando cómo su polla se agitaba de
nuevo contra su abdomen. Aquella pequeña gota de preseminal
crecía y goteaba contra su apretado vientre.
—Pero quiero... quiero experimentarlo todo contigo, bebé —
dije, con la voz ligeramente quebrada.
Si alguna vez te pasara algo, no quiero tener remordimientos.
Las palabras que no podía decir en voz alta pesaban entre
nosotros, y él tragó saliva.
Nos miramos fijamente durante un largo instante y sentí que me
ahogaba en tierra firme. Mis ojos se clavaron y los suyos se
llenaron de comprensión.
—No me va a pasar nada, Jake.
Cómo sabía dónde estaba mi cabeza, nunca lo sabré, pero lo
sabía. Siempre lo sabía.
Tragué saliva, carraspeé y me obligué a sonreírle.
Me incliné hacia delante y lo besé suavemente.
—Lo sé, bebé —mentí—. Sólo quiero saber qué se siente al
sentirte dentro de mí. Aunque sólo lo hagamos una vez.
Finn me acarició las mejillas y me devolvió el beso, su cálida
lengua suave y flexible contra la mía mientras yo sorbía de su
boca, aceptando con avidez el consuelo que me ofrecía.
—No tenemos que hacerlo si no quieres —rumoreé entre besos.
—Claro que quiero. —Sus palabras eran pequeñas promesas,
espolvoreando sobre mi boca como un suave rocío de confeti.
Suspiré aliviado, apretando la frente contra la suya.
—Gracias —suspiré, y me acarició el pómulo con la punta del
dedo.
—No me des las gracias. Estoy tan... No sé. Significa mucho
para mí que quieras hacer esto conmigo. ¿Te han tocado fondo
antes?
Me reí entre dientes y negué con la cabeza.
—No. Nunca hubo nadie con quien haya querido hacerlo.
Finn parecía absolutamente conmocionado, y entonces sus
facciones se suavizaron en algo tan tierno y precioso que podría
haber llorado por el intenso sentimiento de adoración que brotó
de mi pecho.
—Así que... en cierto modo, ¿seremos la primera vez del otro?
Asentí y besé su cálida mejilla justo encima de uno de sus
adorables hoyuelos.
—Sí, dulce chico. Serás mi primero.
Alexa Play: Anchor de Novo Amor

is sentimientos por Jake eran ya tan fuertes que a


veces me abrumaban. El hecho de que me confiara
algo así me parecía un gran honor. Estaba tan lleno
de emociones que temblaba.
Se dio cuenta enseguida y enterró la cara en mi cuello.
Suavemente, me mordisqueó y chupó, su aliento resoplando justo
debajo de mi oreja, haciendo que se me enroscaran los dedos de
los pies.
—Estás temblando —murmuró, y yo asentí con la cabeza,
tragando saliva con dificultad en un intento de contener la extraña
sensación de zumbido que se me estaba enroscando en las tripas.
—Esto se siente... enorme —susurré, y él asintió, dejando un
beso más en mi mandíbula.
—Como dije, no tenemos que...
—Quiero hacerlo —dije con firmeza, y él me sonrió mientras le
apretaba suavemente el esternón con una mano. El vello de su
pecho era áspero y suave al mismo tiempo, y le rocé la clavícula
con los labios mientras lo empujaba suavemente hacia la cama.
Se dejó guiar por mí y se apoyó en los codos mientras yo
cambiaba de postura. Me temblaban los dedos cuando los
enganché en la cintura de sus pantalones, deslizándolos por sus
caderas para dejar al descubierto su perfecta y dura polla.
La boca se me inundó de saliva al verlo y se me trabó la
respiración en la garganta. Creía que nunca me acostumbraría a
verlo completamente desnudo.
Era perfecto.
El prototipo.
Era el tipo de hombre que un artista moriría por pintar.
Yo no era artista.
Ni siquiera cerca.
Pero incluso yo podía ver que era hermoso.
Todo en él era masculino, áspero y rudo, pero cuando me
encontré con su mirada, había una suavidad en ella. Me miraba
como nadie lo había hecho nunca, y sentí que se me llenaban los
ojos de lágrimas mientras la habitación parecía encogerse a
nuestro alrededor.
Sólo estábamos él y yo en el mundo, y el aire mismo zumbaba
de expectación.
Cogí el lubricante de la mesilla y lo coloqué en la cama junto a
nosotros antes de colocarme entre sus fuertes piernas.
—Finn... —Su voz era como grava, y sonaba como si estuviera
hablando alrededor de algo duro en su garganta—. ¿Estás bien,
bebé?
Lo miré desde entre sus piernas, sabiendo que probablemente
tenía los ojos llenos de lágrimas, y asentí.
—Sí... sólo... siento mucho —gruñí, inclinándome hacia delante
para besarle el estómago. El pelo aquí era aún más suave que el
de su pecho. Su polla surgió entre nosotros mientras yo lamía y
chupaba suavemente un camino por su sendero a la felicidad.
Hice una pausa para besarle suavemente el tronco, deleitándome
con el suave gemido de placer que soltaba al pasar la lengua por
cada cresta y cada vena.
—Joder, bebé... esa boca tuya...
Mordisqueé la base de su polla antes de succionar suavemente
su saco en mi boca. Se sacudió debajo de mí, se llevó las manos
a los costados y movió las caderas mientras yo lo acariciaba
suavemente.
El profundo temblor de mis huesos no había remitido, y cuando
me acurruqué entre sus piernas, guiando sus musculosos muslos
hacia arriba, apenas podía controlar mi respiración.
Nunca antes lo había visto tan abierto, y enganché mis pulgares
en su pliegue, abriéndolo suavemente para exponerme su agujero.
—Finn... —gimió cuando acerqué mi boca. La visión de su
agujero flexionándose y apretándose era tan erótica que sentí un
profundo pulso en los huevos con solo mirarlo.
—¿Te ha besado alguien aquí antes? —pregunté, maravillado
de cómo podía ver literalmente su cuerpo reaccionar a mi
respiración mientras hablaba.
Sacudió la cabeza y tragó sonoramente.
—No, bebé. Sólo tú.
Era todo lo que necesitaba para acortar distancias. Lo lamí
suavemente, y los ojos se me pusieron en blanco cuando el
músculo se contrajo contra mi lengua.
—Joder, Finn... —gimió, y volví a lamerlo, trazando lentamente
un perezoso círculo alrededor del perímetro de su borde.
Ahora temblaba. Sus musculosas piernas temblaban a ambos
lados de mi cabeza mientras aplastaba la lengua para masajearlo
más a fondo.
—Sí, bebé... así... joder...
Incluso mientras tocaba fondo, sabía cómo elogiarme, y sus
palabras me impulsaron a moverme suavemente y a trabajar mi
lengua dentro de él.
Jadeó, y el apretado anillo de músculos se cerró en torno a mi
lengua mientras lo penetraba, sus manos me aferraron
repentinamente el pelo y me sujetaron con más fuerza a sus
caderas.
Besé, chupé y lamí, deslizando mi lengua dentro y fuera de él
mientras él se ablandaba lentamente para dejarme entrar más
profundamente.
Pronto, todo mi mundo se redujo a Jake y a los sonidos que
emitía mientras le daba placer con la boca. No existía nada más
que su sabor y los gemidos que emitía mientras lo besaba.
Al apartarme, levanté la vista y me encontré con él mirándome
fijamente, completamente embelesado.
—Bebé, eres increíble —me dijo, y le di un suave beso en la
polla antes de agarrar el lubricante.
—Eres increíble... —susurré mientras me untaba los dedos antes
de volver a meter la mano entre sus piernas.
Empecé con uno y volví a acariciarle suavemente el borde antes
de penetrarlo lentamente. Su calor se tragó mi dedo y él gimió
con fuerza, su polla se hizo aún más gruesa y se levantó de su
abdomen mientras yo lo acariciaba.
Miré asombrado el lugar donde mi dedo había desaparecido
dentro del hombre que amaba, y mis ojos volvieron a llenarse de
lágrimas.
No podía creer que me dejara hacerle esto. Ni siquiera había
pensado en pedírselo. Esto se sentía tan íntimo. Me estaba dando
una parte de él que nunca había dado a nadie antes, y eso por sí
solo era suficiente para hacer que mi pecho se sintiera apretado.
Le di a mi dedo un meneo experimental y el corazón me dio un
vuelco cuando giró las caderas hacia mí, instándome a apretar
más. Le rocé lo que parecía un firme manojo de nervios y soltó
un grito de placer.
—Oh joder... —ronroneó, con los ojos en blanco—. Ahí...
jooooder.... eso es...
Mi corazón golpeaba contra mis costillas mientras él se retorcía
debajo de mí. Sentía calor y frío al mismo tiempo. Sus reacciones
eran tan abiertas y viscerales.
Yo lo obligaba a hacerlo.
Yo era la razón por la que estaba tan fuera de control y perdido
en éxtasis.
Yo...
Lamiéndome los labios, dejé que me agarrara la cabeza mientras
metía y sacaba metódicamente el dedo, curvándolo suavemente
para tocar aquel firme bulto cada vez que lo penetraba.
Con cuidado, añadí otro dedo, abriéndolo lentamente para mí y
preparándome internamente para lo que vendría después.
Era todo un hombre, y verlo clavado en mis dedos fue una visión
tan poderosa que apenas podía respirar. Mis mejillas se
sonrojaron, carraspeé y volví a mirarlo a la cara, vacilante.
—¿Crees que estás listo para más? —susurré suavemente, y él
asintió, moviendo sus caderas con urgencia en mi mano.
—Joder, sí, Finn. Te necesito, bebé. Pon tu polla dentro de mí.
—Escuchar a alguien tan dominante y autoritario básicamente
rogándome que lo tomara fue lo que me hizo perder la batalla
continua que había estado teniendo con mis emociones.
Una lágrima caliente resbaló por mi mejilla y sonreí, asintiendo.
—De acuerdo, dame un minuto.
Cogí el lubricante con dedos temblorosos y me cubrí la polla.
Me miraba con los ojos muy abiertos, con sus sentimientos
pintados en cada línea de la cara.
Con las piernas temblorosas, me coloqué sobre él como él había
hecho conmigo innumerables veces.
Apreté la cabeza de mi polla contra su suave y preparado
agujero y me encontré con su mirada.
Nos miramos fijamente mientras deslizaba mi punta firmemente
contra él, absorbiendo el modo en que la tensión se liberaba de su
cuerpo al relajarse para mí.
Dijo mi nombre, y mis músculos se estremecieron mientras
presionaba hacia delante, ambos soltamos gemidos ahogados
cuando su calor húmedo envolvió por fin mi punta.
La abrasadora presión de su culo me apretó la polla mientras se
introducía, y tragué con fuerza, hundiéndome en él tan despacio
como pude.
—Jesucristo, Finn... bebé... eso es...
—Es tan bueno... —gemí mientras centímetro tras centímetro de
mi polla desaparecía dentro de él.
—Bésame —me suplicó mientras tocaba fondo. No dudé en
inclinarme sobre su pecho para hacer lo que me pedía.
Su lengua caliente lamió la mía y gemimos el uno en la boca del
otro mientras yo le embestía con las caderas.
Golpeé algo dentro de él que le hizo retorcerse y maldecir
debajo de mí, sus manos encontraron mis nalgas y me hundieron
más en él.
—Muévete, necesito que te muevas —siseó, cada palabra dicha
directamente en mi boca.
Asentí, incapaz de responder, ya que ahora me chupaba la
lengua agresivamente.
Moví las caderas y la sensación de su ardiente canal
deslizándose contra mi polla me hizo poner los ojos en blanco.
—Necesito... follarte... —jadeé, y me apretó el culo con más
fuerza, sus dedos probablemente dejando profundos moretones
con la fuerza de su agarre.
—Sí... hazlo. Fóllame. Hazlo duro. —Sus palabras eran
entrecortadas e inconexas, cada una de ellas emitida a través de
un jadeo desesperado. Una de sus manos se deslizó por mi raja y
se introdujo en mi culo mientras yo lo follaba, haciéndome gritar
de sorpresa.
—Necesito... tocarte —gimió mientras presionaba sus dedos
dentro de mí. Se deslizaban dentro y fuera con cada empuje de
mis caderas, y mi mente, ya fracturada, se mareaba aún más.
Mi cuerpo se movía sin mi permiso. Me agarré a sus hombros y
me abalancé sobre él con fuerza, la cama golpeó la pared con la
fuerza del empujón.
—Joder, sí, Finn... qué bien. Se siente tan jodidamente bien.
Dentro y fuera, dentro y fuera.
Me estaba destrozando, mi mente se derretía con el torbellino
de sensaciones que se mezclaban con la emoción.
—Voy... a correrme... —siseé mientras seguía penetrándolo. Se
levantó para salir a mi encuentro, empujándome con más fuerza
con el agarre que tenía en mi culo.
—Hazlo. Quiero sentir cómo te corres dentro de mí —me gruñó
al oído, y la necesidad cruda y desgarrada de su voz me puso al
límite.
—¡Jake! ¡Joder! —grité su nombre mientras entraba en
erupción, y él me acarició la próstata con la mano que aún tenía
enterrada dentro de mí, ordeñando mi orgasmo mientras me
corría.
—Eso es, Finn... lléname. —Me mordió el lóbulo de la oreja y
lo chupó mientras terminaba.
Gemí y sollocé, mi cuerpo se volvió flácido y débil a medida
que las fuerzas me abandonaban con el orgasmo.
—Bien, Finn... Lo has hecho muy bien, bebé —murmuró antes
de hacerme rodar sobre mi estómago.
—Jake... qué...
Sentí el goteo de lubricante sobre mis nalgas desnudas y él me
lo metió con brusquedad en mí ya bien preparado agujero.
—Necesito follarte —gruñó, y yo gemí, arqueándome para darle
mejor acceso mientras se alineaba con mi culo.
Se metió dentro de mí y grité cuando me clavó la ya sensible
próstata.
Dejó escapar un gemido profundo y ronco mientras se hundía
hasta la empuñadura, estirándome tanto que sentí que iba a
partirme en dos.
—Tan bien, Finn, bebé, tomas mi polla tan bien... —Apretaba
cada palabra con los dientes apretados mientras entraba y salía de
mí. Cada vez más rápido, hasta que sentí que se hinchaba y
empezaba a tener espasmos. Gruñó al correrse dentro de mí y su
voz se hizo astillas en el aire espeso de la habitación. Apreté
intencionadamente, sacándole el semen mientras su polla
palpitaba tan violentamente que podía sentir cada pulsación.
—Buen chico... Buen chico, Finn... —repetía una y otra vez,
mientras sus embestidas empezaban a ralentizarse.
Finalmente, se desplomó sobre mí. Nuestros cuerpos bañados
en sudor se deslizaron el uno contra el otro mientras yo enterraba
la cara en la almohada y él me mordía un lado del cuello.
—Te amo tanto, bebé... Ni siquiera me parece suficiente decirlo
—me murmuró al oído desde atrás.
Gemí debajo de él, temblando de éxtasis y deseando encontrar
la energía para hablar y decirle que sentía lo mismo.
Nos quedamos recostados así, con él dentro de mí durante lo que
me pareció una eternidad, y en ese momento me di cuenta de que
probablemente acababa de vivir el que probablemente sería el día
más feliz de mi vida.
Estaba contento.
Me amaban.
Estaba en casa.
Alexa Play: Shiny Happy People de R.E.M

l día de la competición de surf llegó rápidamente.


Fue como si hubiera parpadeado y, de repente, me
encontrara en la playa de Leviathans, mirando a la
mayor multitud de gente que había visto desde que me mudé aquí.
La playa estaba abarrotada. Incluso había una furgoneta de
noticias y reporteros allí para televisarlo. Goliath me había
equipado con un traje de neopreno nuevo, y era lo más caro que
había tenido nunca.
Querían que usara una tabla nueva, pero me negué. Llevaba
conmigo mi tabla corta rosa, y la idea de cambiarla me parecía
como si la estuviera traicionando o algo así.
—Es un objeto inanimado, estrella del surf. —Jet se había reído.
No lo entendió, claramente. Esta era mi tabla favorita, y no me
había fallado antes. Si iba a hacer esto, sería en una tabla en la
que me sintiera cómodo.
El público bullía de expectación, y yo estaba allí con ellos. Sin
embargo, mi círculo íntimo no estaba tan entusiasmado.
El tiempo había cambiado. Este día distaba mucho de los cielos
azules y la marea uniforme que había arrancado anteriormente.
Hoy, el cielo era de un gris oscuro y furioso, y los picos eran
fríos y afilados. En la primera hora, había visto dos enormes olas
dobles estrellarse contra la playa, lo que pareció alarmar a Jet y
Kai.
No me hagas hablar de Jake.
Tenía todo el cuerpo tenso. Había estado tieso como una tabla
de surf a mi lado cuando me desperté, y el músculo de su
mandíbula no dejaba de latir.
Me di cuenta de que se estaba guardando un montón de
advertencias y protestas por el hecho de que yo surfeara en un día
en el que las condiciones no eran perfectas, pero se las guardó
para sí, y yo se lo agradecí.
—Si no fuera seguro, aplazarían la competición —le aseguré
durante el desayuno, y él se limitó a dirigirme una mirada
sombría y a asentir.
Su silencio lo decía todo.
Habría sido más fácil descartar su malhumor como su paranoia
habitual si no hubiera recibido las mismas vibraciones tensas de
Kai y Jet.
Hasta Turtle estaba nervioso.
—Finn, amigo, algunas de estas olas parecen duras, bro —dijo,
mirando a la tercera ola de dos metros que estaba demoliendo la
zona de la muerte. La majestuosidad y la potencia de la ola me
provocaron un estremecimiento de excitación en todo el cuerpo.
Me encogí de hombros.
—No pasará nada. Tendré cuidado. Nadie más parece que esté
planeando retirarse —dije, tratando de mantenerme positivo.
Los demás surfistas estaban haciendo sus rituales previos al
surf. Había visto a varios surfistas que eran ídolos personales
míos, y me estaba costando mucho no comportarme como un
fanático obsesionado con las estrellas.
¡Incluso Mike Gurallo había venido a verme, y me estrechó la
mano!
Yo, por supuesto, me olvidé de cómo hablar de nuevo, y estoy
bastante seguro de que pensó que tenía daño cerebral o algo así,
pero yo estaba demasiado ocupado mirando a las marejadas para
preocuparse por eso en este momento.
—Sí, bueno. La mayoría de la gente es una jodida imbécil —
refunfuñó Kai. Él, a diferencia de Jake, no se había guardado sus
pensamientos.
Me había dicho directamente y en términos inequívocos que era
un idiota por montar hoy.
Cuando busqué a Jet para que dejara de molestar a su perro, se
limitó a fruncir los labios y admitir que estaba de acuerdo.
Gracias por el apoyo, cabrón.
Sylvia se acercó a nosotros, con su brillante portapapeles en la
mano y sus caras zapatillas de correr crujiendo en las rocas negras
que formaban la playa.
—¿Estás listo, Summers? —me preguntó, dedicándome una
sonrisa.
Por fin, alguien que estaba tan entusiasmado como yo.
—Nací listo. —Le sonreí, y ella me sonrió.
—Claro que sí. Eso es lo que quiero oír. Sígueme; la alineación
está siendo anunciada.
Asentí con la cabeza, despidiéndome de mi equipo no oficial.
Todos me vieron marchar con la preocupación pintada en el
rostro.
—Buena suerte, mi bro Finn —dijo Turtle, con la voz más suave
de lo normal y los ojos marrones llenos de preocupación. Lo miré
con el ceño fruncido.
—Oye bro, me va a ir muy bien. Sin estrés. —Le guiñé un ojo—
. Hagamos una hoguera con Shelly esta noche para celebrarlo.
Me dedicó una sonrisa tímida y me chocó el puño.
—Claro que sí, bro. Hagámoslo.
Asentí con la cabeza y saludé a los chicos antes de seguir a
Sylvia hasta donde los demás atletas estaban reunidos en torno a
un chico de aspecto oficial con unos auriculares.
Me rodeó los hombros con la mano y me dio un apretón.
—¿Cómo estás? ¿Estás bien? ¿Nervioso?
—Sé que esto va a sonar como si estuviera tratando de flexionar,
pero no es así. —Me reí entre dientes—. Pero no me pongo
nervioso. No siento miedo. Es un todo.
Me miró, sorprendida.
—Vaya, ¿en serio?
Me encogí de hombros.
—Sí. Yo proceso el miedo como excitación. Cuando era niño,
no entendía qué frenaba a la gente a hacer mierdas épicas, y mi
madre tenía que explicarme literalmente qué era el miedo. —Me
reí, y Sylvie pareció impresionada.
—Bueno, está claro que nos ha tocado el premio gordo contigo,
Summers. Vas a llegar lejos en esta industria.
Le sonreí y le mostré un hoyuelo.
—¡Eso espero! Esto es como un sueño hecho realidad.
—¿Qué mierda está haciendo este bromista aquí? —Una voz
desagradable interrumpió nuestra conversación, y me di la vuelta
para ver a Kyle Tully mirándome fijamente.
Ah, sí. Me olvidé de este chico.
—Bro, cierra la boca; vas a quemarle las retinas a alguien con
esos dientes —refunfuñé, intentando no sonreír al ver lo roja que
se le ponía la cara.
Sylvie resopló a mi lado e intercambiamos una mirada divertida.
—¿Cómo carajo has entrado en esta competición? ¡Ni siquiera
te has presentado! Yo lo sabría. Mi padre lo organizó. —Hinchó
el pecho como si el nepotismo fuera algo de lo que presumir.
—Relájate, Tully. No te hagas daño. Guarda esa agresividad
para las olas, ¿sí? —Me desentendí de él, ya aburrido de lo que
fuera este altercado.
—¡Kyle, concéntrate! —ladró un hombre que supuse que era su
entrenador.
—¡No! Quiero hablar con alguien sobre esto. ¡Ese hombre me
agredió! No se le debería permitir competir.
Sylvie enarcó una ceja mirando a Kyle, pero luego se dirigió
directamente a su entrenador.
—Contrólenlo. Esto no es profesional.
El entrenador de Tully asintió, lo agarró del brazo y tiró de él.
—Vamos, Kyle. Vas a conseguir que te descalifiquen.
Tuve que resistir las ganas de echarle la bronca mientras su
entrenador lo llevaba al otro lado de la alineación.
De alguna manera, no pensé que sería profesional.
—Menudo idiota —murmuró Sylvie, garabateando algo en su
portapapeles.
—Dímelo a mí —murmuré cuando por fin empezó a hablar el
hombre de los auriculares oficiales.
Todos fuimos asignados a nuestras respectivas series. Si no
sabes lo que es una eliminatoria, se trata básicamente de un set
cronometrado en el que varios surfistas compiten al mismo
tiempo.
Como yo era oficialmente un atleta Goliath y ellos eran el mayor
patrocinador de la competición, me dieron un número uno grande
y brillante.
Me alegré en silencio por el hecho de que iba a ser el primero.
Sin embargo, mi entusiasmo fue aplastado cuando Tully fue
asignado a la primera serie. Probablemente por *nepotismo*.
Yay.
Pero no dejé que me afectara.
Podía comerse mi rocío marino. Iba a poner el listón tan
jodidamente alto que le pondrían mi nombre a la próxima
competición.
Sylvie me acompañó hasta la orilla y me explicó cómo iba a
funcionar el proceso.
Señaló el lado oeste de la playa.
—La lineup empieza allí; quieren que la primera manga salga
en cinco minutos. Utilizan un sistema de banderas —explicó—.
La bandera verde indica que la eliminatoria está en marcha y que
se pueden agarrar olas. La bandera amarilla indica que han
pasado los últimos 5 minutos de la manga y que hay que ultimar
la estrategia. La bandera roja significa que la manga ha
terminado; no se puntuará ninguna ola que cojas después de esto.
¿Entendido? —me preguntó, y yo asentí con la cabeza.
—Lo tengo. ¡Estoy tan jodidamente listo!
Me sonrió, riendo entre dientes.
—Muy bien. Buena suerte, Summers. Haz que nos sintamos
orgullosos.
Le guiñé un ojo.
—¡Claro que sí!
Otro representante de Goliath la llamó por su nombre y me dejó
para que me atara la correa y me metiera en el agua.
—Hola, bebé. —Levanté la vista de jugar con mi correa del
tobillo para ver a Jake de pie junto a mí.
Llevaba su tabla de cerceta y estaba en bañador. Nunca llevaba
traje de neopreno, y supuse que era porque los muertos no se
enfriaban.
De repente, el mundo se desvaneció y sólo estábamos Jake y yo.
—Hey —respiré, sonriéndole tan grande que sentí que mi cara
se iba a partir por la mitad—. ¿Vienes conmigo? —le pregunté.
Me dedicó una suave sonrisa demasiado triste para mi gusto.
—Por supuesto que sí.
—¿En serio? —Mis ojos se agudizaron, y por un segundo, me
sentí extrañamente afortunado de que nadie más que yo pudiera
ver a mi novio. Era jodidamente enfermizo que pudiera venir a la
rueda de reconocimiento conmigo y despedirme antes de que
empezara mi calentamiento.
—Sí, bebé. No me lo perdería por nada del mundo.
—Joder, te amo.
Me agarró la barbilla y me dio un suave beso en la boca. Cerré
los ojos e inhalé su aroma a coco.
—Mmm. Es toda la suerte que necesito, bebé —tarareé contra
sus labios, y él rio entre dientes.
—Vas a necesitar algo más que suerte. —Se apartó y volvió la
mirada hacia el océano.
Los violentos picos chocaban y rugía en la distancia, erupciones
blancas de espuma marina que estallaban en ráfagas mortales.
Era fácil imaginar los barrel de cada ola como bocas
hambrientas, buscando devorar a los que éramos lo
suficientemente tontos como para aventurarnos.
Jodidamente loco.
—Los dobles están salvajes hoy —comentó Jake, con un tono
llano pero oscuro.
—Sí, no me digas.
Me lanzó una mirada cargada.
—Recuerda tu entrenamiento. En caso de duda, no remes.
Aunque sólo cojas una ola durante el calentamiento, es mejor
agarrar un oleaje perfecto y ejecutarlo bien que arriesgarte a un
wipeout intentando múltiples que son de alto riesgo.
Asentí con la cabeza.
—Sí, lo tengo.
—De acuerdo. Vamos, carnada para tiburones —gruñó,
ajustándose la tabla bajo el brazo.
—Vamos a matar algunos Leviathanes. —Sonreí, y juntos,
remamos hacia el tajo.
Alexa Play: Golden de Harry Styles

as nubes se arremolinaban en lo alto junto con las


paredes casi negras de agua que surgían ante nosotros.
Éramos cuatro en la fila, esperando a que cayera la
bandera verde.
Sentía los ojos de Tully clavados en mi cabeza mientras nos
movíamos en la lineup.
—Ignóralo. Concéntrate en ti. Céntrate —gruñó Riddick a mi
lado. Digo Riddick porque ahora mismo no era Jake. Era el
hombre que había conocido aquel día, meses atrás, cuando llegué
a Stars Cove.
Intenso. Serio. Ni un ápice de diversión o suavidad en su rostro.
Estaba casi enojado.
Enojado con el océano, y quizá un poco enojado conmigo por
hacer esto, aunque sospechaba que gran parte de su enfado era
sólo por Tully.
—Concéntrate en tu respiración. Las dos últimas olas fueron
limpias. Si la siguiente que viene empieza a hacer pico antes de
la zona de rompiente, cógela.
Las instrucciones de Riddick zumbaban en mi cuerpo y mi
mente giraba a mil por hora. Sentía ese chasquido en el pecho que
siempre tenía justo antes de que algo que me cambiara la vida
estuviera a punto de sucederme.
Era como si pudiera ver cómo se formaban las olas antes incluso
de que empezaran a hincharse. Mi mente catalogó mi trayectoria
e inventé mi estrategia de viaje a la velocidad de la luz,
conectando puntos que sólo yo podía ver.
—Bandera caída —me susurró Riddick al oído—. ¡Vamos! —
ladró justo cuando la siguiente ola empezaba a formarse. Era
buena. El agua empezó a ondularse justo antes de la zona de
rompiente de una forma que me dijo que sería seguro montarla.
Mi cuerpo se puso en piloto automático y me puse en marcha
antes de que nadie se diera cuenta de que la bandera estaba izada.
Mía.
Todo mi cuerpo se llenó de adrenalina cuando cogí el oleaje e
hice marcha atrás, montándolo como un jodido domador de
dragones, cabalgando sobre su monstruo hacia la guerra.
Subí, subí, subí mientras el viento y el agua rugían a mi
alrededor.
Alcanzó su punto máximo.
Se me cayó.
El resto fue historia.
Joder, lo destrocé como si fuera una espada cortando carne.
Mis pies se pegaron a mi emblemática tabla rosa como si
formara parte de mí. Era mágico. Cada movimiento era fácil, un
baile ensayado.
Me reí mientras atravesaba el vientre de la bestia con todos mis
trucos.
Antes de que la ola se rizara, me incliné hacia arriba y cogí aire
del labio, pegando mi aterrizaje y haciendo barrel riding durante
el resto de la bajada.
Sabía que el aerial me daría muchos puntos, y no podía borrar
la sonrisa de mi cara mientras ejecutaba un recorte perfecto,
alargando mi carrera otros gloriosos diez segundos.
Salí de la ola directamente por donde había empezado, lo que
me ahorró tiempo de remo y me preparó para agarrar otra antes
de que acabara la manga.
—¡Maldita sea, Summers! Eres difícil de seguir. —Devon
McAlphie me felicitó mientras volvía a mi lugar en la formación.
Devon era un surfista de olas grandes que se había hecho famoso
surfeando Jaws en Hawai. Haciendo todo lo posible por no
convertirme en un fangirl, le sonreí y asentí con la cabeza.
—¡Gracias, hombre!
Tully chisporroteaba de furia, sus ojos brillantes iban y venían
entre Devon y yo, claramente erizado por la fácil camaradería.
—Me toca —me guiñó Devon, y yo le hice una seña de que se
colgara.
—Buena suerte ahí fuera.
Devon se rió.
—Al carajo con la suerte, nunca la necesité. —Luego remó para
agarrar la siguiente marejada monstruosa. Observé con asombro
cómo se contenía en su entrada, ejecutando una caída tardía que
parecía tan suave que podrías untar esa mierda en una tostada.
—Joder, qué asco —respiré mientras Riddick remaba a mi lado.
—Devon es buena gente. Hice surf con él un poco en Hawai.
Asentí con la cabeza justo cuando Tully empezó a hablar.
—Eres una mierda, Summers. Te crees la mierda, pero no eres
más que un aspirante. Deja el surf a los verdaderos profesionales
y vuelve a la Costa Este. Nadie te quiere aquí.
Le lancé una sonrisa fría y me encogí de hombros.
—Eso no es lo que dijo Quinn anoche. —Sonreí satisfecho y
Riddick me gruñó.
—¡No te enfrentes a él! ¡Concéntrate, joder!
Me reí entre dientes, apartándome de Tully, cuya cara tenía
ahora un satisfactorio tono púrpura.
Por muy divertido que fuera poner nervioso a Kyle, Riddick
tenía razón. Tenía que ganar una competición de surf, y la
siguiente ola que llegaba era una belleza.
—Más tarde, Dentastic; mi paseo está aquí. —Guiñé un ojo y
me alejé remando, cogiendo el Leviatán con la misma facilidad
que había cogido el último.
Riddick cogió la ola conmigo, e inmediatamente supe que esta
carrera iba a ser más difícil que la anterior.
La ola formó inesperadamente una segunda ondulación, y me di
cuenta unos instantes demasiado tarde de que se iba a convertir
en una doble subida.
—¡El barrel se está partiendo! ¡Golpea la cresta y toma la
cámara de aire! —Riddick gritó a mi derecha, pero yo ya estaba
diez pasos por delante de él.
Mi mente trazó mi ruta sin esfuerzo, y cogí un floater sobre la
primera ruptura para poder caer en el segundo barrel con
seguridad.
—¡Sí, joder, bebé! —me elogió Riddick cuando entré en la
green room de la cámara de aire. Estaba justo detrás de mí,
animándome, y nunca me había sentido tan vivo.
—¡Se van a volver locos por ese floater! —le grité mientras me
preparaba para ejecutar otro recorte para poder aterrizar de nuevo
en la lineup.
Estaba preparando mi pivote cuando, de repente, Tully se dejó
caer delante de mí, haciendo un carve que alejó el agua de mi
tabla.
Sin el agua para mantener mi tabla enganchada, no había nada
que pudiera hacer para recuperarme.
—¡FINN!
La estruendosa voz de Riddick fue lo último que oí antes de
caer.
Veinticinco.
Metros.
Abajo.
Alexa Play: Only de RY X

i nunca te has desmayado, no hay palabras para describir


lo desorientador que puede ser.
No hay arriba ni abajo.
No hay aire.
De ninguna forma.
Todo es sensación y sonido, pero ni siquiera el sonido tiene
rasgos distintivos.
Es un ajetreo incesante en la cabeza que te impide orientarte.
Lo único que puedes ver es el color del océano y los destellos
de espuma que parecen atravesarte, zarandeando tu cuerpo como
un muñeco de trapo.
Es desorientador cuando ocurre con una ola normal.
Esta no era una ola normal.
Esto era un Leviatán.
Lo primero que sentí fue el impacto.
Golpeé el agua con tanta fuerza que sentí cómo se me rompían
los huesos y se me escapaba el aliento de los pulmones. El cierre
rápido se rompió y mi tabla se separó de mí, eliminando mi línea
de vida hacia la superficie... Aunque no estaba seguro de que
hubiera sido capaz de seguirla de todos modos.
Entré en shock rápidamente cuando me di cuenta de que no
podía mover ninguno de mis brazos.
El shock es algo extraño.
Tu cerebro se siente tranquilo y lento, y todo a tu alrededor se
mueve como si estuviera suspendido en gelatina. Realmente no
puedes procesar que sientes dolor.
Es la calma que precede a la tormenta. Normalmente, cuando se
pasa el susto, la gente cae en un ataque de histeria retardada.
Tuve este pensamiento brevemente mientras el océano me
engullía y me arrastraba hacia lo más profundo.
Unas frías garras líquidas se enroscaron alrededor de mi cuerpo
destrozado y me arrastraron hasta la lavadora, como un
depredador que arrastra a su presa hasta la guarida.
Di tumbos y rodé bajo el agua durante lo que me pareció una
eternidad antes de que mi cerebro empezara a asimilar la realidad
de lo que me estaba ocurriendo.
—¡FINN!
Podía oír a Riddick... lo que vagamente entendí que no debería
ser posible.
Estaba bajo el agua.
No podía respirar ni oír nada más que el interminable rumor del
océano.
Mi cuerpo no funcionaba correctamente.
Me estaba ahogando.
Por alguna razón, ese pensamiento me resultó chocante.
Me estaba ahogando... Me estaba ahogando de verdad.
El océano me arrastraba más y más hondo, y yo era incapaz de
detenerlo.
Mi visión parpadeaba mientras la corriente hacía de las suyas y
parpadeaba, ignorando el escozor del agua salada en mis ojos.
Jake nadaba hacia mí, con su pelo caramelo flotando como un
halo alrededor de su cabeza.
Parecía aterrorizado.
Intenté alcanzarlo, pero mis brazos seguían sin funcionar.
¿Estaban rotos? ¿Los dos?
—¡FINN! Cielo, joder, tienes que nadar hacia arriba. ¡La
superficie está por aquí!
¿Cómo hablaba bajo el agua?
Intentó llevarme a la superficie, pero sus manos me atravesaron.
¿Hasta dónde me había arrastrado el agua?
—No... no, no, no, ¡JODER! Finn, tienes que nadar, bebé, ¡por
favor!
Sacudí la cabeza hacia el torso, intentando decirle que no podía
mover los brazos.
Su mirada recorrió mi cuerpo y su rostro, ya pálido, se volvió
aún más blanco al darse cuenta de que no podía moverme.
Una extraña sensación se encendió en mi pecho.
Fue una sensación horrible. Un disparo helado de algo que se
sentía cerca de la emoción, pero no lo era.
Una comprensión lenta y fría se desplegó en lo más profundo de
mi mente.
Miedo.
Sentía miedo.
Tenía miedo.
Tenía miedo porque iba a morir.
Jake...
Abrí la boca para decir su nombre, pero sólo salieron burbujas,
llevándose con ellas mi último aliento a la superficie.
—Bebé, no, no intentes hablar. Necesitas conservar el aliento...
Sus manos ahuecaron mi cara.
Ahora casi podía sentirlo.
El pánico en sus ojos azules era tan brillante que sus iris
parecían pequeñas llamas submarinas.
—Jake... tengo... tengo miedo... —susurré.
Mis palabras fueron audibles. Se estremecieron a nuestro
alrededor, y supe que todo había terminado en ese momento.
—Shh, lo sé. Sé que tienes miedo, bebé. Está bien. Sólo
concéntrate en mí. Mírame. —Claramente estaba haciendo todo
lo posible por mantener la calma, pero la mirada de puro horror
en su rostro traicionaba su tono suave y uniforme.
—Creo... creo que me estoy muriendo —gemí. Mi voz sonaba
conmocionada, incluso para mí.
Jake me atrajo hacia él. ¿Era raro que ahora pudiera sentirlo?
Un gran estremecimiento recorrió su cuerpo mientras me besaba
la cara. Me abrazó mientras flotábamos en el interminable abismo
oscuro que ahora comprendía que era mi tumba.
—Está todo bien, bebé —mintió, y se me escapó un sollozo.
Una luz brillante empezó a formarse en el agua detrás de él.
Parecía llamarme, pero me daba miedo.
Esa palabra me resultaba extraña.
Miedo.
—Hay una luz —susurré, y Jake pareció sobresaltado.
—¿Puedes ver una luz? —Miró por encima del hombro,
esperanzado, pero su rostro se desencajó al escrutar el abismo.
No podía verlo.
Se volvió hacia mí, frunciendo el ceño.
—¿Te está llamando? Ve hacia ella, bebé. Puedo ayudarte a
llegar a ella si lo necesitas.
Sacudí la cabeza.
—No... no... ¿qué pasa con Turtle? ¿Qué pasa contigo? No
puedo ir, no estoy listo.
—Bebé, no puedes quedarte aquí sólo por mí. Tienes que seguir
adelante.
Volví a negar con la cabeza, la decisión se solidificaba como un
duro peso en mi corazón.
—No. No puedo. No puedo dejarte aquí solo. —Las palabras se
entrecortaron, pero en cuanto salieron de mi boca, la luz parpadeó
y luego se desvaneció, dejándonos solos en las oscuras y frías
profundidades del océano.
—Mi dulce chico... —Respiró Jake, rozando tiernamente mi
mejilla con el pulgar. Levanté la vista hacia él, reconfortándome
con su rostro familiar.
—Jake... no quiero morir.
—Lo sé, bebé. —Se le quebró la voz y parecía sufrir mucho.
Sabía que su corazón se estaba rompiendo.
—Por favor, no me dejes —susurré—. No quiero morir solo.
Me rodeó con los brazos y enterró la cara en mi cuello, con todo
el cuerpo temblando de dolor.
—No estás solo, cielo. Estoy aquí mismo.
Esas fueron las últimas palabras que oí antes de que mi alma se
desprendiera de mi cuerpo roto.
Alexa Play: Already Gone de Sleeping At Last

ras la muerte de Finn, pude volver a tocarlo y guié


suavemente su espíritu hacia la superficie conmigo.
—No mires hacia abajo, bebé. No me quites los ojos
de encima —lo había instado. Su cuerpo seguía flotando debajo
de nosotros, rodando inútilmente en la corriente.
Había visto mi cuerpo después de morir y no quería que él
tuviera que pasar por esa experiencia. La visión de mi propio
cuerpo flotando en el agua, atado a mi tabla, aún me perseguía en
sueños.
Se aferró a mí, con sus hermosos ojos abiertos y vidriosos. No
importaba lo que le dijera, no podía responder. Se limitaba a
asentir con la cabeza o a obedecer cuando le decía suavemente lo
que tenía que hacer, guiándolo paso a paso hasta que volvíamos
a la playa.
Fue un caos.
Sylvie gritaba al equipo de rescate que enviaran a más gente.
Sabía que aún no eran conscientes de que estaba muerto, ya que
seguían utilizando la palabra rescate en lugar de recuperación.
Finn estaba abatido, de pie a mi lado en claro estado de shock
mientras la gente a nuestro alrededor corría en todas direcciones.
Me giré justo a tiempo para ver a Kyle salir del agua, agarrado
a su tabla y con aspecto un poco agitado.
Una rabia como nunca antes había sentido me recorrió el pecho,
y nunca había deseado tanto ser corpóreo... lo cual ya era mucho
decir.
Si hubiera podido, lo habría matado con mis propias manos.
Sin embargo, Jet: siendo la jodida belleza que era, atacó a Kyle
por mí.
El chico no sabía qué lo había golpeado.
A los pocos segundos de salir del agua, Jet salió disparado hacia
él, moviéndose como una raya oscura por la arena de guijarros.
—¡Maldita perra! —Jet rugió, golpeando su puño directamente
en la cara de Tully.
Kyle no lo vio venir e inmediatamente se dobló, cayendo al
suelo.
Jet estaba encima de él, la rabia esculpiendo cada línea de su
rostro habitualmente amable.
Golpeó golpe tras golpe la cabeza de Tully. Jet estaba gritando.
—¡Sabes lo que has hecho! ¡Podría estar muerto! ¡qué carajo te
pasa!
Dos chicos grandes con la palabra SEGURIDAD escrita en la
espalda de sus uniformes apartaron a Jet de Kyle. Jet luchó contra
ellos, todavía claramente ciego de rabia y devastación.
Kyle gimió e intentó levantarse del suelo, pero no llegó muy
lejos.
Kai tomó su turno.
Se abalanzó sobre el chico mientras Jet intentaba zafarse de los
agentes de seguridad y le propinó unos cuantos puñetazos antes
de que otros hombres con camisetas negras se abalanzaran sobre
él.
Turtle corría hacia adelante, tratando de llegar a Kyle a
continuación, pero más seguridad lo flanqueaba, protegiendo al
pequeño imbécil de más asaltos.
—¡Te has dejado caer sobre él, joder! ¡Es mi mejor amigo! ¡Puta
de mierda! —Turtle estaba gritando, las lágrimas corrían por sus
mejillas.
—Turtle... —Finn graznó a mi lado, acercándose a su mejor
amigo en lo que creo que fue un esfuerzo por consolarlo.
El equipo de seguridad se llevó al magullado y ensangrentado
Kyle Tully, y Turtle cayó de rodillas, enterrando la cara entre las
manos, con un rugido frustrado reverberando en su interior.
—¡Es mi mejor amigo! —gritó entre sus manos cuando apareció
Blake, recogiéndolo en sus brazos.
—Es mi mejor amigo... —repetía una y otra vez.
Y no podíamos hacer otra cosa que mirar.
Alexa Play: Autumn de Paolo Nutini

ardaron horas en encontrar el cuerpo de Finn.


El océano lo había arrastrado mucho más lejos de lo
que nadie esperaba, lo que explicaba por qué no había
podido tocarlo para sacarlo a la superficie.
Tuvieron que realizar una inmersión de recuperación para
encontrarlo, y oí por casualidad a algunos miembros del equipo
de rescate decir que la picada había sido tan fuerte que casi
pierden a otra persona cuando uno de los Sea-Doos fue arrollado
por un Leviatán rebelde.
El sol se estaba poniendo cuando encontraron su cuerpo.
—Bebé, no tienes por qué ver esto —le susurré a Finn, al que
había envuelto en mis brazos hacía horas.
Se aferró a mí. Sin palabras y temblando. Lo oí tragar saliva
cuando apareció un Sea-Doo, arrastrando un trineo enganchado a
él.
Lo que sólo podía ser el cuerpo de Finn estaba envuelto y atado
al trineo, y se estremeció violentamente al verlo.
Se oyó un gemido inhumano y Turtle corrió hacia el trineo. Se
arrojó sobre él, sollozando y gritando el nombre de Finn una y
otra vez.
—Tengo que... tengo que ir a estar con él —graznó Finn,
zafándose de mi abrazo.
—De acuerdo, bebé. Iremos juntos —susurré, y él me miró con
tanta confianza y tristeza en los ojos que se me cerró la garganta.
—Gracias... —susurró.
Asentí, con la voz entrecortada al hablar.
—Por supuesto.
Nos acercamos al trineo y a un inconsolable Turtle. Algunas
personas intentaron apartarlo, pero él se deshizo de ellos y se
enroscó en el cuerpo de Finn como si su solo contacto pudiera
devolverle la vida.
—Finn... por favor... no... tenemos que hacer esa hoguera. ¡Tú
lo dijiste! Dijiste que íbamos a relajarnos más tarde. Íbamos a
celebrarlo. Shelly y yo te necesitamos, bro. ¡Por favor! No puedes
estar muerto. No puedes estarlo.
—Mi bro turtle... —susurró Finn, dejándose caer de rodillas
junto al trineo. El cuerpo de Finn estaba envuelto en una lona
negra impermeable, y envié un silencioso agradecimiento al
equipo de recuperación por aquella pequeña bendición.
Finn alargó la mano para tocar el pelo de Turtle. Sus dedos lo
atravesaron, pero lo acarició igual.
—Todo saldrá bien, bro —susurró mientras Turtle temblaba y
sollozaba sobre su cuerpo—. Tienes que cuidar de Shelly por mí,
¿de acuerdo? Llévala a Hawai... seguro que puedes meterla en un
ferry o algo.
Me llené de orgullo ante el valiente intento de Finn de consolar
a su amigo.
No estaba seguro de si Turtle podía sentirlo allí en algún nivel,
pero se calmó lentamente mientras Finn seguía acariciándole el
pelo con los dedos.
Apareció Jet, con expresión sombría. Tenía vetas de lágrimas en
sus propias mejillas mientras extendía una mano ensangrentada
para tocar a su afligido amigo.
—Oye, hombre. Venga, vamos. Dejemos que los paramédicos
lo saquen de aquí. Puedes venir a dormir con Kai y conmigo esta
noche.
Turtle miró a Jet con los ojos hinchados y enrojecidos. Parecía
perdido.
—No puedo dejarlo, hombre. No querría estar solo.
—Hey... —dijo Jet suavemente, agachándose junto a Turtle—.
No está solo. Mi amigo Jake lo está cuidando.
Turtle sorbió y se pasó la muñeca por las mejillas hinchadas y
manchadas de lágrimas.
—¿Sí? ¿De verdad lo crees?
—Lo sé, hombre. Jake se asegurará de que esté bien.
—Tiene razón —dije en voz baja, aunque no podían oírme—.
Yo estoy aquí. Me aseguraré de que nunca esté solo.
Finn levantó la vista hacia mí y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Odiaba verlo llorar, pero las lágrimas eran algo bueno.
Significaba que estaba asimilando lo que le había pasado.
—¿Lo prometes? —Finn sonaba tan pequeño y roto.
Asentí con la cabeza, dedicándole una sonrisa triste.
—Si me aceptas, bebé, te cuidaré para siempre.
Se acercó a mí, sucumbiendo suavemente a sus lágrimas
mientras Jet conducía a Turtle hacia donde Kai esperaba junto a
su camión.
Finn me rodeó con los brazos y yo lo arropé contra mi pecho,
besándole suavemente la coronilla.
—Estás bien. Te tengo —murmuré contra él mientras lloraba en
silencio en mis brazos.
Te amo.
Te amo.
Te amo.
No estás solo, bebé. Yo estoy aquí.
Alexa Play: Coastline de Vancouver Sleep Clinic
Remix de Hollow Coves, Vancouver Sleep Clinic

eviathans se cerró oficialmente al público tras la


muerte de Finn. Lo que debería haberme llenado de
alivio solo me hizo sentir amargura.
Parecía cósmicamente injusto que hubiera sido necesaria la
muerte de dos de los surfistas con más talento que el mundo había
visto jamás para que la cuestión quedara clara.
Kyle fue declarado culpable de homicidio voluntario y
condenado a entre 5 y 10 años de prisión. Su abogado defensor
había intentado reducir los cargos a homicidio involuntario, pero
tanto Devon como Sylvi testificaron en su contra, afirmando que
había mostrado claros signos de agresividad hacia Finn y que se
había dejado caer sobre su ola intencionadamente.
Por lo que yo sabía, ese cabroncete seguía en la cárcel, aunque
era probable que saliera pronto debido a los hilos que había
movido su padre en un esfuerzo por sacarlo pronto por buen
comportamiento.
También se le prohibió participar de por vida en todas las
competiciones profesionales de surf, así que al menos podía estar
tranquilo sabiendo que no podría hacer daño a nadie más como
se lo había hecho a Finn.
La familia Tully tenía que pagar una indemnización importante
a la familia de Finn por daños y perjuicios. Como Finn no tenía
parientes vivos, que se supiera, la indemnización fue a parar a
Turtle, a quien Finn había nombrado beneficiario principal en su
plan de prestaciones de Sharkies.
Esto era lo más parecido a un testamento que tenía Finn, así que
Turtle era ahora una rata de surf muy cómoda económicamente.
Turtle usó ese dinero para comprar el Chalet de Finn.
Se negó a vivir en ella y la convirtió en un monumento en
memoria de su amigo.
—Quiero que la gente lo recuerde. Quiero que sepan lo que pasó
aquí —me había dicho después de firmar los papeles.
—No dejaremos que lo olviden —prometí, y Turtle asintió.
—No joder, no lo haremos —juró.
Varios meses después del velatorio, Turtle me confió que él y
Finn siempre habían planeado llevar a Shelly a través de Estados
Unidos, surfeando por todas las playas que encontraran.
Habíamos pasado varios años después de la muerte de Finn
haciendo precisamente eso. Incluso conseguí llevar aquella
estúpida furgoneta a Hawai, donde Turtle destrozó las playas
locales con Kai y conmigo, viviendo su sueño y el de Finn. Blake
vino con nosotros, y después de haber destrozado la mayoría de
las playas de todos los estados que nos aceptaron, Turtle le pidió
que se casara con él.
Nos pidió a Kai y a mí que fuéramos los padrinos de su boda, y
fue una de las noches más bonitas de mi vida.
Volvimos a Stars Cove para celebrar la boda y darle la buena
noticia a Finn, como dijo Turtle.
Visitar a Finn fue como volver a casa, en cierto modo. Lo
habíamos enterrado junto a Riddick, a las afueras de Leviathans,
y fui con Turtle la primera noche que volvimos a la cala.
Turtle había insistido en que la piedra de Finn fuera sencilla
cuando la elegimos. Recordé haber pasado por el mismo proceso
para Jake, y lo comprendí.
Ni Jake ni Finn tuvieron nunca mucho dinero ni parecieron
preocuparse por el dinero.
No querían cosas ostentosas. Sólo querían surfear y vivir su vida
conquistando olas que la mayoría de la gente ni siquiera soñaría
con intentar domar.
Por eso la inscripción en la lápida de Finn decía:
Finn Summers
Cazador de Leviathans
2003-2025

En nuestro primer día de vuelta en la cala, Turtle había puesto


una mano sobre la lápida de Finn. Tenía los ojos llenos de
lágrimas mientras le contaba todas nuestras aventuras con Shelly
y, por último, su compromiso con Blake.
—Te dije que la señora Turtle le sonaba bien —le dijo en voz
tan baja que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Turtle y Blake se casaron en la playa privada de Finn y Jake.
Fue una ceremonia pequeña a la que sólo asistieron amigos
íntimos y, por supuesto, todos los Finnáticos de Finn, que nunca
dejaron de quererlo.
Kai y yo estuvimos junto a la feliz pareja mientras el sol se ponía
tras su modesto arco matrimonial, y observamos con orgullo en
nuestros ojos cómo decían sus votos.
Aquella noche había magia en el aire. Tuve una sensación tan
cálida y reconfortante durante toda la ceremonia de que Finn
estaba de alguna manera allí, viendo cómo su mejor amigo se
casaba con la mujer de sus sueños.
Yo también sentí a Riddick esa noche.
Me gustaba creer que lo que le dije a Turtle aquel día era cierto.
En mi mente, Finn y Riddick estaban juntos. Era una tragedia
que no se hubieran conocido cuando ambos estaban vivos. Eran
diferentes en muchos aspectos, pero sabía que si se hubieran
conocido, habrían desarrollado el mismo fuerte vínculo que yo
tenía con cada uno de ellos, y ahora también con Turtle.
Después de la boda, decidimos colectivamente mudarnos de
forma permanente a Stars Cove. Turtle finalmente se mudó de
Shelly y compró una casa en la ciudad con Blake, alegando que
Shelly era demasiado vieja para seguir el ritmo de todas las
tortuguitas que pensaba hacer con su sonrojada nueva esposa.
Sin embargo, todos los sábados, Turtle, Kai, Blake y yo nos
reuníamos religiosamente y surfeábamos en la playa privada de
Jake y Finn.
Nos hacía sentir cerca de ellos.
Después de un largo día jugando en el océano, solíamos utilizar
la vieja parrilla de carbón de Jake para hacer la cena y hacíamos
una hoguera en su honor.
Todas las semanas, sin falta, Turtle siempre hablaba con Finn
mientras encendía el fuego.
—¿Ves, mi bro Finn? Te dije que haríamos esa hoguera para
celebrarlo.
Casi podía oír la risa de Finn cada vez que lo decía. También
solía imaginarme la suave risita de Jake a mi lado.
Lo más loco era que, en las cálidas noches de verano, cuando la
luz de la luna daba justo en el blanco, a veces juraba que podía
verlos a los dos surfeando juntos.
Cada vez que veía las siluetas de Jake y Finn balanceándose
sobre sus tablas en el océano, se me paraba el corazón. Era como
si realmente pudiera oír sus voces profundas y satisfechas que se
deslizaban con la marea mientras se burlaban el uno del otro.
Aunque nunca pude distinguir sus caras, siempre me gustó
pensar que eran felices y que reían y sonreían con nosotros.
o no estoy llorando, ¡tú estás llorando!
Jk, estoy totalmente llorando. Oh, Dios...
honestamente, mientras escribía esto lo hice a través
de la caída de Finn con los ojos secos, pero cuando Turtle se
rompió lo perdí.
Una vez más, mi obsesión morbosa con los temas de la muerte
parece haber tomado el timón, y todos hemos sido totalmente
rastrillado sobre las brasas como resultado hahah, ni siquiera lo
siento. :'D
Creo que lo que más duele de la reacción de Turtle es que
nosotros, como lectores, sabemos que ésa era la única forma de
que Finn pudiera estar con Jake para siempre. Por mucho que
queramos eso para ellos, el precio de ese final feliz es la felicidad
de Turtle... y si alguno de mis personajes se merece la felicidad,
ese es Turtle.
Es absolutamente el mejor. Todo el mundo se merece un amigo
como él.
Turtle no fue el único personaje tocado por la muerte en esta
historia.
Jet y Kai aún lloraban la pérdida de Jake cuando Finn los
conoció. Los diseñé para que representaran distintas etapas del
duelo. Kai representa las primeras fases del duelo
(negación/enojo) y Jet representa la aceptación.
La voluntad de Jet de intentar superar el dolor de perder a Jake
buscando una relación con Finn nos demuestra que, por horrible
y consumidora que pueda ser la pena, es posible seguir adelante
y curarse con el tiempo.
Obviamente no funcionó entre ellos, debido al hecho de que
Finn estaba muy pillado por nada menos que el objeto del dolor
de Jet, sin embargo, me gusta creer que en un universo diferente
donde Finn no era capaz de ver a Jake, él y Jet habrían sido
realmente felices juntos.
Jake tenía razón. Jet habría cuidado muy bien de Finn y
realmente es una persona increíble. Me alegro de que Turtle lo
tuviera como amigo para ayudarle a sanar y encontrar la
aceptación.
El propio Finn sigue luchando contra el dolor de perder a su
madre mientras se desarrolla la historia. Lo interesante de las
etapas del duelo es que no son lineales y una persona puede
volver a pasar por cada una de ellas varias veces. Lo vemos en
los ataques cíclicos de depresión de Finn, que aparecen cada año
en el aniversario de la muerte de su madre.
Jake también está de duelo, pero por la pérdida de su propia
vida. A lo largo del libro, vemos cómo va superando ese duelo a
medida que avanza lentamente por las distintas etapas. Empieza
enojado y cerrado, y poco a poco se abre a Finn y encuentra la
aceptación a través de su amor por nuestro alegre cachorrito de
mar.
Junto con los temas de la muerte y su devastador impacto en las
personas vivas que dejamos atrás, este libro también estaba
cargado de temas de soledad y abandono.
El abandono intencionado del padre de Finn, unido a la pérdida
de su madre, le ha provocado graves traumas. Los problemas de
abandono de Finn lo convierten en la contrapartida perfecta para
Riddick, que busca desesperadamente una conexión.
Es casi como si el universo supiera que iban a necesitarse
mutuamente y las estrellas se alinearan para que así fuera. (Soy
yo. Soy el universo. Yo hice que las estrellas se alinearan... cada
vez que Jake maldice al universo, me está maldiciendo a mí).
Pero en serio, quería jugar con este concepto del destino con
este libro. Obviamente, sabía cómo iba a terminar, y me gustaba
la idea de que Finn estuviera predestinado a morir en esta playa.
Sin embargo, no quería que su muerte fuera una forma más en
que el universo le defraudara. Al contrario, quería que su muerte
le abriera una eternidad de felicidad y consuelo de alguien que le
ama incondicionalmente.
Por eso, por triste que sea esta historia, sigo considerándola un
final feliz.
Riddick y Finn están juntos ahora (para siempre) haciendo
exactamente lo que les gustaba hacer cada día mientras estaban
vivos.
No puedo pensar en un final más feliz que ese. <3

También podría gustarte