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Significado del Velo Rasgado en la Biblia

El velo del templo se rasgó al morir Jesús, simbolizando el fin de las ordenanzas del sacerdocio terrenal y la apertura del acceso al Lugar Santísimo para todos los creyentes. Esto representa la eliminación del pecado que separa a los hombres de Dios, permitiendo la comunión directa con Él a través de la sangre de Cristo. La rasgadura del velo es un acto divino que garantiza libertad y cercanía a Dios, invitando a todos a acercarse sin temor.
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Significado del Velo Rasgado en la Biblia

El velo del templo se rasgó al morir Jesús, simbolizando el fin de las ordenanzas del sacerdocio terrenal y la apertura del acceso al Lugar Santísimo para todos los creyentes. Esto representa la eliminación del pecado que separa a los hombres de Dios, permitiendo la comunión directa con Él a través de la sangre de Cristo. La rasgadura del velo es un acto divino que garantiza libertad y cercanía a Dios, invitando a todos a acercarse sin temor.
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EL VELO RASGADO

“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos,
de arriba abajo.” Mateo 27: 50, 51.
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino
nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne.” Hebreos 10:19, 20.

INTRODUCCIÓN:
En el tiempo de Jesús, el templo tenía dos habitaciones: el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. El Lugar
Santísimo representaba la presencia de Dios. Esas dos habitaciones estaban separadas por un velo o
cortina. Una vez al año, en el Día de la Expiación, el sumo sacerdote pasaba del Lugar Santo a través
del velo del templo y entraba en el Lugar Santísimo, donde esparcía la sangre de la ofrenda por el
pecado para expiar los pecados de toda la congregación de Israel (véase Levítico 16).
La muerte de nuestro Señor Jesucristo estuvo con toda razón rodeada de milagros. Sin embargo, la
rasgadura del velo del templo no es un milagro que deba considerarse con ligereza. Había sido
fabricado de “lino torcido, con querubines de obra primorosa.” Esto nos da la idea de una tela
resistente, de una pieza de tapicería duradera, capaz de resistir la más severa tensión. Ninguna mano
humana habría sido capaz de romper esa cubierta sagrada; y no habría podido ser dividida en dos por
alguna causa accidental; sin embargo, y es extraño decirlo, en el instante en que la santa persona de
Jesús fue rasgada por la muerte, el grandioso velo que ocultaba al Lugar Santísimo “se rasgó en dos,
de arriba abajo.”
¿Qué significaba eso? Que las ordenanzas de un sacerdocio terrenal fueron rasgadas con ese velo.
La dispensación legal había terminado. El velo rasgado parecía decir: “A partir de este momento el
recinto especial ha sido abierto, y ya no hay un santuario interior al que pueda entrar el sacerdote
terrenal: las expiaciones y los sacrificios que servían de tipo, han llegado a su fin.”
La rasgadura del velo significó principalmente, que el camino al lugar santísimo, que no había sido
manifestado antes, quedaba ahora abierto a todos los creyentes. Una vez al año, el sumo sacerdote
levantaba solemnemente una esquina de este velo, con temor y temblor, y con sangre y santo
incienso pasaba a la inmediata presencia de Jehová; pero lo sucedido con el velo abrió el lugar
secreto. La rasgadura de arriba abajo proporciona amplio espacio para que entren todos los que son
llamados por la gracia de Dios, para que se acerquen al trono y tengan comunión con el Eterno.
En primer lugar, esta noche, vamos a considerar LO QUE SE HIZO, El velo fue rasgado. En segundo
lugar, recordaremos LO QUE TENEMOS: tenemos “libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la
sangre de Jesucristo.” Luego, en tercer lugar, CONSIDERAREMOS CÓMO EJERCITAMOS ESTA
GRACIA: “entramos por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través
del velo, esto es, de su carne.”
[Link] QUE SE HIZO. (Mat 27:50-51)
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En un hecho real histórico que el glorioso velo del templo fue rasgado en dos de arriba abajo: como
un hecho espiritual, que es todavía mucho más importante para nosotros, es abolida la ordenanza
legal que separaba. Existía bajo la ley esta ordenanza: que nadie podía entrar jamás al Lugar
Santísimo, con la única excepción del sumo sacerdote, y él podía hacerlo únicamente una vez al
año, y no sin sangre. Si alguien hubiera intentado entrar allí habría tenido que morir.
Esta ordenanza de mantener distancia corre a lo largo de toda la ley; pues inclusive el lugar santo,
era únicamente para los sacerdotes. El lugar del pueblo era uno de distancia. En la propia
institución inicial de la ley, cuando Dios descendió en el Sinaí, la ordenanza fue: “señalarás término
al pueblo en derredor.” No había ninguna invitación para acercarse. No que el pueblo quisiera
hacerlo, pues toda la montaña humeaba y aun “Moisés dijo: Estoy espantado y temblando.” “Y
Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová,
porque caerá multitud de ellos. (Ex 19:21)
-El espíritu de la antigua ley era de distancia reverente. Moisés, y aquí y allá algún otro hombre
elegido por Dios, podían acercarse a Jehová; pero en cuanto al grueso de la gente, el mandamiento
era: “No te acerques.” Cuando el Señor reveló Su gloria al promulgar la ley, leemos: “y viéndolo el
pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos.” Todo esto se acabó. El precepto de mantenerse alejados
está abrogado, y la invitación es: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados.”
“Acerquémonos” es ahora el espíritu filial del Evangelio. Qué privilegio tenemos hoy, pero
muchos no lo disfrutamos porque seguimos adorando de lejos.
Hermano mío, ya no permanece ningún velo. ¿Por qué te colocas tan lejos, y tiemblas como un
esclavo? Acércate con una plena certeza de fe. El velo está rasgado: el acceso es libre. Ven con
libertad al trono de la gracia. Jesús te ha llevado cerca, tan cerca de Dios como Él mismo está
cerca. Aunque hablamos del Lugar Santísimo, del propio lugar secreto del Altísimo, sin embargo, es
de este lugar imponente, de este santuario de Jehová, que se ha rasgado el velo; por tanto, no
permitas que nada impida tu entrada. Ciertamente ninguna ley te lo prohíbe; más bien, el infinito
amor te invita a acercarte a Dios.
¿Qué cosas hacen que lo adoremos de lejos? SON TODAS COSAS NUESTRAS.

-Este desgarrón del velo también significó la extirpación (eliminación) del pecado que separa. El
pecado es, después de todo, el gran separador entre Dios y el hombre. Ese velo de azul y púrpura
y lino torcido no podía realmente separar al hombre de Dios: pues Él no está lejos de ninguno de
nosotros. El pecado es un muro de separación mucho más eficaz: abre un abismo entre el pecador
y su juez. El pecado hace que Dios camine en sentido contrario a nosotros, porque nosotros
caminamos en sentido contrario a Él. El pecado, al separar al alma de Dios, causa la muerte
espiritual, que es tanto el efecto como el castigo de la transgresión
Nuestro Señor Jesucristo quitó el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. Él quita el pecado del
mundo y por eso el velo se rasgó. Por el derramamiento de su sangre preciosísima, somos
limpiados de todo pecado, y se cumple esa promesa pletórica de gracia: “Nunca más me
acordaré de sus pecados y transgresiones.” Cuando el pecado se ha ido la barrera se

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derrumba. El perdón que quita el pecado, y la justificación que proporciona justicia, elaboran una
certificación de limpieza tan real y tan completa que nada separa ahora al pecador de su Dios
reconciliado. El Juez es ahora el Padre: Él, que una vez debía necesariamente haber condenado,
es encontrado absolviendo y aceptando con justicia. El velo es rasgado en este doble sentido: la
ordenanza separadora es abrogada, y el pecado separador es perdonado.
¿Cómo podemos tener comunión con Dios, si nuestros ojos están vendados, nuestros oídos
tapados, nuestros corazones endurecidos, y nuestros sentidos apagados por el pecado?
“Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré
mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré.” (Heb 8:10) Cuando es este el
caso, cuando la voluntad de Dios está grabada en el corazón y es enteramente cambiada la
naturaleza, entonces el velo divisorio que nos esconde de Dios, es retirado: “Bienaventurados
los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”
Entramos al lugar más santo por medio de su carne, que vincula la humanidad con la Deidad.
Ahora ustedes ven lo que significa que el velo haya sido quitado. Noten que esto es válido
únicamente para los reciben a Jesús como salvador: quienes rechazan a Jesús, rechazan el
único camino de acceso a Dios.
Había un camino-tipo hacia el propiciatorio de antes, y ese camino consistía en hacer a un lado el
velo; no había otro. Y no hay ahora ningún otro camino para que cualquiera de ustedes vaya a la
comunión con Dios, excepto a través del velo rasgado, la muerte de Jesucristo, a quien Dios ha
establecido para que sea la propiciación por el pecado. Si vienen por este camino, pueden venir
gratuitamente. Si rehúsan venir por este camino, entonces pende entre ustedes y Dios, un velo
infranqueable. Sin Cristo ustedes se encuentran sin Dios y sin esperanza. Jesús mismo les
asegura: “Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.” Tenes que tomar una decisión
esta noche.
Para los creyentes el velo no está enrollado sino rasgado. El velo no fue descolgado, y doblado
cuidadosamente, y retirado, para volver a ser colocado en su lugar en el futuro. Sino que la mano
divina lo tomó y lo rasgó de arriba abajo. No puede volver a colgarse otra vez; eso es imposible.
Entre quienes están en Cristo Jesús y el grandioso Dios, no habrá nunca otra separación.
“¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Solamente se fabricó un velo, y como ese fue rasgado,
el único y solo separador ha sido destruido. El propio diablo no podrá nunca separarme ahora de
Dios. Podrá intentar impedir que yo tenga acceso a Dios, y de hecho lo hará; pero lo que puede
hacer es colgar un velo rasgado.
El desgarrón no está en una de sus esquinas, sino en el propio centro, como nos informa Lucas. No
es una ligera rasgadura a través de la cual podemos ver algo; es un desgarrón de arriba abajo. Una
entrada ha sido abierta para los peores pecadores.
Quiero que noten que este velo, cuando fue rasgado, fue rasgado por Dios, no por el hombre.
No fue el acto de una turba irreverente; no fue el atropello de medianoche de un conjunto de
sacerdotes sacrílegos: fue únicamente el acto de Dios. Nadie estuvo detrás del velo; y en su lado
exterior, estaban los sacerdotes cumpliendo únicamente su vocación ordinaria de ofrecer

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sacrificios. Fue hecho definitivamente irreversiblemente. Dios mismo ha colocado la escalera
entre la tierra y el cielo. Vengan a Él ahora, ustedes que son humildes. ¡Miren, Él ha abierto una
puerta ante ustedes!

II- Ahora notamos LO QUE TENEMOS: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el
Lugar Santísimo.”
A- “Teniendo libertad para entrar.” Cuando el velo fue rasgado, se requería cierta libertad para
mirar dentro. Yo me pregunto si los sacerdotes al pie del altar tenían verdaderamente el valor de
mirar al propiciatorio.
Amados, el Espíritu Santo los invita a mirar en el lugar santo, y verlo con un ojo reverente; pues
está lleno de enseñanzas para ustedes. Miren, miren libremente por medio de Jesucristo: ¡pero no
se contenten con mirar solamente!

B-Escuchen lo que dice el texto: “Teniendo libertad para entrar.” ¡Bendito sea Dios porque nos
ha en señado esta dulce manera de no mirar más desde lejos, sino de entrar a lo más recóndito
del santuario con confianza! “Libertad para entrar” es lo que debemos tener. Estar detrás del velo
llenaba al siervo de Dios de un abrumador sentido de la presencia divina. Si alguna vez en su vida
estaba cerca de Dios, ciertamente estaba cerca de Dios en ese momento, cuando muy solo,
encerrado, y excluido del resto del mundo, no tenía a nadie a su lado, excepto al glorioso Jehová.
Nosotros podamos entrar hoy al Lugar Santísimo en ese sentido. Desconectados del mundo, tanto
impío como cristiano, sepamos que el Señor está aquí, muy cerca y manifiesto.
No vivan como si Dios estuviese tan lejos de ustedes como el este lo está del oeste. No vivan
pegados a la tierra; sino vivan en lo alto, como si estuvieran en el cielo. En el cielo estarán con
Dios; pero en la tierra Él estará con ustedes.
Entendamos que Jesús ha hecho que nos acerquemos por su sangre preciosa. Intenten día a día
vivir en la mayor cercanía con Dios, como sentía el sumo sacerdote cuando estaba por un
momento dentro del secreto del tabernáculo de Jehová. El sumo sacerdote tenía un sentido de
comunión con Dios; no sola mente estaba cerca, sino que él hablaba con Dios. No puedo saber
lo que decía, pero pienso que, en ese día especial, el sumo sacerdote se libraba.
Esto es lo que la rasgadura del velo nos trae cuando tenemos libertad de entrar; pero, observen
bien, el desgarrón del velo no nos trae nada en tanto que no tengamos el valor de entrar.
¿Por qué nos quedamos fuera? Jesús nos lleva cerca, y verdaderamente nuestra comunión es
con el Padre, y con Su Hijo Jesucristo. No nos demoremos en recibir esa libertad, y acerquémonos
con valor al trono. El sumo sacerdote atravesaba el velo de azul, púrpura, carmesí y lino torcido,
con sangre y con incienso, para que pudiera orar por Israel; y allí se quedaba ante el Altísimo,
suplicándole que bendijera al pueblo.
El sumo sacerdote, si ustedes recuerdan, después de haber tenido comunión y haber orado a Dios,
salía y bendecía al pueblo. Se revestía con sus vestiduras de gloria y belleza, que había puesto a
un lado para entrar al Lugar Santísimo, y entraba vestido simplemente de blanco, y nada más; y

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ahora salía llevando el pectoral y todos sus preciosos ornamentos, y bendecía al pueblo. Eso es lo
que harán ustedes, si tienen la libertad de entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús:
ustedes bendecirán al pueblo que los rodea. Ustedes se convertirán en un canal de bendición: “de
su interior correrán ríos de agua viva.” ¡Que cada uno de nosotros tenga la libertad de entrar, para
que salgamos cargados de bendiciones!
C-Les pido que miren el texto, y notarán algo que yo simplemente voy a sugerir: que esta libertad
está bien cimentada. Me encanta ver cuando el apóstol usa un “así que”.
Amados, ahora no tenemos ningún temor de morir en el Lugar Santísimo. El sumo sacerdote,
quienquiera que fuera, debe haber temido siempre ese día solemne de expiación, cuando tenía que
pasar al lugar silencioso y aislado. Pero no podemos morir en el Lugar Santísimo ahora, puesto que
Jesús ha muerto por nosotros. La muerte de Jesús es la garantía de vida eterna de todos
aquellos por quienes murió. Tenemos libertad para entrar, pues no pereceremos.

Entonces pueden ver, amados, que tenemos una buena base de libertad, cuando entramos en el
Lugar Santísimo por la sangre de Jesús. No puedo dejar este punto hasta no haberles recordado
que podemos tener esta libertad de entrar en cualquier momento, porque el velo está siempre
rasgado, y nunca es restaurado a su antiguo lugar.
“Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón tu hermano, que no en todo tiempo entre en el santuario detrás
del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera;” (Lev 16:2) pero el
Señor no nos dice así a nosotros. Amado hijo de Dios, tú puedes tener en todo momento “libertad
para entrar.”
El velo está rasgado tanto de día como de noche. “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros
corazones,” sino entra de inmediato; pues el velo ya no está allí para excluirte, aunque la duda y la
incredulidad te hagan pensar lo contrario. El velo no puede estar allí, pues fue rasgado en dos de
arriba abajo.

II. CÓMO EJERCITAMOS ESTA GRACIA.


“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de
Jesucristo.”
No hay un camino al Lugar Santísimo, aunque el velo esté rasgado, sin sangre. Ustedes podrán
suponer que el sumo sacerdote antiguamente llevaba la sangre porque el velo estaba allí; pero tú
tienes que traerla contigo, aunque el velo ya no esté. El camino está abierto, y tú tienes libertad para
entrar; pero no sin la sangre de Jesús. Sería una libertad impía si se pensara en acercarse a Dios
sin la sangre del grandioso Sacrificio. Siempre debemos usar el argumento de la expiación. Puesto
que sin el derramamiento de sangre no hay remisión de pecado, de la misma manera, sin esa sangre,
no hay acceso a Dios.
-Por favor, noten esa palabra: “Por el camino nuevo”; esto quiere decir por un camino que siempre
es fresco. El griego original sugiere la idea de “sacrificado recientemente.” Jesús murió hace
mucho tiempo, pero su muerte es la misma ahora como en el momento de su ocurrencia. El camino
no está gastado por el tráfico pesado: siempre es un camino nuevo. En lo relativo a la frescura, vigor,
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y fuerza de la muerte expiatoria, vamos por un camino nuevo. Que siempre sea nuevo para nuestros
corazones.
-Luego el apóstol agrega, que es un “camino vivo.” ¡Una palabra maravillosa! El camino que seguía
el sumo sacerdote hacia el lugar santo, era naturalmente un camino material, y por tanto un camino
muerto. Nosotros venimos por un camino espiritual, adecuado a nuestros espíritus. El camino no
podía ayudar al sumo sacerdote, pero nuestro camino nos ayuda abundantemente. Ciertamente, si un
camino ha sido apartado para mí, puedo usar lo sin ningún temor; y el camino a Dios y al cielo por
medio de Jesucristo está dedicado por el Salvador para los pecadores; es el camino real del Rey para
los viajeros que van con destino a la Ciudad de Dios; por tanto, usémoslo. “¡Que él nos abrió!”
Por último, es un camino lleno de Cristo; pues cuando venimos a Dios, venimos por medio de su
carne. No podemos ir a Jehová, excepto por el Dios encarnado. Dios en carne humana es nuestro
camino a Dios; la muerte sustitutiva del Verbo hecho carne es asimismo el camino al Padre.
CONCLUSIÓN: Quisiera terminar leyendo estos versículos. “Acerquémonos,” de inmediato, “con corazón sincero,
en plena certidumbre de fe.” Hagámoslo libremente, pues tenemos un grandioso sumo sacerdote. El versículo
veintiuno nos recuerda esto. Jesús es el gran Sacerdote, y nosotros somos subsacerdotes bajo Él, y puesto que Él
nos ordena que nos acerquemos a Dios, y Él mismo nos enseña el camino, sigámoslo a lo recóndito del santuario.
Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe.” Y luego el apóstol nos dice que no solamente
podemos venir con libertad, porque nuestro Sumo Sacerdote va adelante en el camino, sino porque nosotros mismos
estamos preparados para entrar. El sumo sacerdote tenía que hacer dos cosas antes de que pudiera entrar: una era
ser rociado con la sangre, y esto lo tenemos; pues tenemos “purificados los corazones de mala conciencia.” El otro
requisito para los sacerdotes era que tuvieran “lavados los cuerpos con agua pura.” Esto lo hemos recibido de
manera simbólica en nuestro bautismo, y en la realidad, en el lavamiento espiritual de la regeneración.
¿Por qué estar lejos si podemos estar cerca y en intimidad? Corazones rociados con sangre, cuerpos lavados
con agua pura: estas son los preparativos ordenados para una entrada aceptable. ¡Acérquense, amados!

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