FILOSOFÍA - MÓDULO 3
Unidad 5
INTRODUCCIÓN
En este módulo veremos el pensamiento de Immanuel Kant, filósofo central para la
cultura occidental. Con él, el pensamiento moderno llegó a su culminación y su influencia sigue
presente hasta nuestros días. Veremos, en primera instancia, su teoría del conocimiento, que
constituye uno de los hitos fundamentales, porque rompe con todas las posturas realistas y se
instaura el idealismo como corriente fundamental de pensamiento. Con ello se instituye a la
subjetividad como fundamento de toda reflexión acerca del mundo humano. Como
contrapartida, veremos en segunda instancia la cuestión ética y la consideración del hombre
como ser libre y racional, por ende, moral. Entenderemos la ética kantiana como una moral
basada en la responsabilidad e intencionalidad de los actos morales. Es por ello que, al
momento de estudiar estos temas, es necesario que tengan en cuenta la disputa que está
presente en toda persona a la hora de decidir cómo debe actuar.
5.1 El idealismo trascendental
En esta unidad, veremos uno de los dos ejes fundamentales del pensamiento de
Immanuel Kant, que consiste en el problema del conocimiento, también llamado, en filosofía,
problema gnoseológico. Con la figura de Kant, el pensamiento moderno llega a su punto
culminante. Cabe aclarar que, si bien la modernidad filosófica comienza con la Edad Moderna,
es una etapa del pensamiento que se extiende más allá de este período histórico y llega hasta
el siglo XX. Es por ello que el estudio de la filosofía kantiana es importante, ya que tiene
influencia en muchas cuestiones importantes de nuestro tiempo.
El problema del conocimiento es clave porque marca una manera particular de
relacionarse el hombre con el mundo o realidad. Con Kant, se instala definitivamente la noción
de “sujeto”, el ser humano es entendido a partir de él y el idealismo (corriente filosófica que
Kant inauguró) como fundamento y creador de la realidad. En otras palabras, el mundo humano
es una creación humana. Este ‘giro copernicano’, que cambia el eje de toda la realidad, va a
ser el punto de partida de una visión del mundo que va a marcar la cultura occidental de forma
indeleble y cuyos frutos aún estamos observando.
Ruptura con el realismo
Kant nace en Köenigsberg, Alemania, en 1724. Hijo de una familia pietista de origen
escocés, fue educado con un fuerte espíritu religioso. Conocía todo el saber de su tiempo y
sentía una profunda admiración por la física de Newton. Fue profesor de matemática, física y
metafísica, que eran las ciencias propias de su época.
Dedicó su vida entera al estudio y a la reflexión y publicó numerosos trabajos de física,
de cosmología y de otros temas variados. Sin embargo, su nombre se hizo inmortal por las tres
grandes obras del llamado “período crítico”. Estas obras son: “Crítica de la Razón Pura” (1781),
“Crítica de la Razón Práctica” (1787) y “Crítica del Juicio” (1790), en las que trata,
respectivamente, los problemas del conocimiento, de la moral y de lo estético.
Falleció en 1804, luego de una penosa y larga decadencia física y mental, sin haber
salido nunca de su ciudad natal.
Con la figura de Kant, se inaugura una corriente filosófica, cuyos influjos determinaron
todas las ramas del pensamiento humanístico y político durante el siglo XX; denominada
“idealismo”. Ante todo, entendemos por idealista a todo pensamiento que afirma que, en el acto
de conocer, el objeto conocido es una construcción del sujeto. Dicho en otros términos, siempre
que se produce un acto de conocer, hay dos componentes indispensables, un ser humano
(sujeto) que conoce algo (objeto).
Toda la filosofía prekantiana había considerado que, en la relación del conocimiento, el
objeto es dado a un sujeto pasivo, que solo debe recibir la información, como si fuera un espejo
que refleja las características del ser.
Para ser más claros, para un realista, cuando conocemos algo, es decir, cuando
tenemos el concepto de algo, por ejemplo, “caballo”, nuestra representación mental de dicho
animal se corresponde con los caballos concretos, que están en el mundo, fuera de nosotros;
hay una correspondencia entre lo que pensamos (conceptos) y lo que es (cosas). Desde esta
perspectiva, entonces, entendemos por realismo a la corriente que sostiene que, cuando el
sujeto conoce, accede a las cosas como son en realidad. En el realismo, como afirma Carpio
(2004):
El sujeto cognoscente (…) es comparable a un espejo donde las cosas simplemente se
reflejan. Tal “espejo” puede reflejar las cosas mediante la razón (racionalismo) o mediante los
sentidos (empirismo); pero en cualquiera de los dos casos el esquema es exactamente el
mismo: conocer quiere decir reflejar, reproducir las cosas. (p. 230).
Tenemos entonces que, tanto racionalismo como empirismo son posturas realistas, la
discusión entre ellos era acerca de cuál era la verdadera realidad, la que me da la razón
(racionalismo) o la que me brindan los sentidos (empirismo). Podríamos ubicar en principio al
racionalismo de Descartes y el empirismo de Hume dentro del realismo. Como afirma Carpio
(2004):
El racionalismo sostiene que puede conocerse con ayuda de la sola razón, gracias a la
cual se enuncian proposiciones del tipo: “la suma de los ángulos interiores de un triángulo es
igual a dos rectos”. Estos juicios se caracterizan por ser necesarios y universales, es decir, que
valen para todos los casos (universales) y que no pueden ser de otra manera (necesarios). Un
saber, pues, que realmente merezca el nombre de conocimiento -dice el racionalismo- tiene
que ser necesario y universal. (p. 229)
Por su parte, el empirismo acusa de dogmático al racionalismo, pues considera que la
razón es una facultad limitada que nos brinda conocimientos abstractos. En este sentido,
Carpio (2004) indica lo siguiente:
El empirismo, en cambio, sostiene la tesis contraria: el único conocimiento legítimo, y el
fundamento en general de todo conocimiento, es la experiencia, vale decir, los datos que
proporcionan los sentidos. Hume admite, hasta cierto punto, el valor de la razón, pero enseña
que los conocimientos que ella suministra son simplemente análisis de nuestras ideas, se
refieren a las relaciones entre ideas que nosotros mismos hemos formado de manera
relativamente arbitraria, ignorando si en el mundo empírico hay algo que les corresponda (…).
Según el empirismo, no puede conocerse absolutamente nada acerca de las cosas en sí, sino
sólo los fenómenos que se dan en la experiencia. (p. 229)
Sin embargo, tanto el racionalismo como el empirismo pertenecen al realismo, lo que
significa que ambas posturas sostienen que el conocimiento humano se refiere a una realidad
que va más allá del propio sujeto que conoce. En el caso de Descartes, la razón nos conduce a
una serie de verdades que no pueden ser ni creadas ni modificadas por el hombre. En el caso
de Hume, los sentidos nos proporcionan datos de una realidad concreta que tiene una
existencia autónoma, más allá del sujeto, conocer significa acceder a esos datos tal y como son
en realidad.
Lo que se refleja será en cada caso diferente, porque para el racionalismo se tratará de
copiar las cosas en sí mismas, el fundamento último de ellas y, para el empirismo, se mostrará
en el espejo solamente el fenómeno, la apariencia de las cosas; pero, en los dos casos,
repetimos, el conocimiento se concibe como actitud fundamentalmente pasiva. (Carpio, 2004,
p. 230)
Es decir, que, según el realismo, conocer es una actitud completamente contemplativa y
pasiva. Sin embargo, como veremos, Kant va a proponer una nueva forma de concebir el
proceso de conocimiento, donde el sujeto no va a ser pasivo, si no activo: Es el sujeto quien
constituye al objeto. Contraponiéndolo al realismo, Kant llama a su postura idealismo
trascendental, realizando un cambio total en la concepción del conocimiento.
El cambio realizado por Kant en la concepción del conocimiento se ha denominado “giro
copernicano”, nombre inspirado en la revolución científica que produjo el astrónomo polaco
Nicolás Copérnico (1473-1543), quien dio un viraje radical para la cultura y la ciencia
occidentales. Según la visión de Aristóteles (384-322 a.C.), la Tierra estaba en el centro del
universo y el Sol giraba alrededor de ella; Copérnico formuló lo contrario: Es el Sol el que está
en el centro y es la Tierra la que gira a su alrededor (esta teoría se terminó de demostrar un
siglo después por Galileo Galilei). Del mismo modo, Kant invirtió la relación entre el sujeto y el
objeto en el ámbito del conocimiento. Según el realismo, el objeto era dado con sus
propiedades desde afuera y el sujeto debía limitarse a reproducirlas en una actitud pasiva. Esto
determina que para determinar si nuestro conocimiento es válido o no, debemos referirnos
necesariamente al objeto. Para ser más claros, conocer algo implica poder pensarlo, pero
nuestro pensamiento sobre algo es verdadero cuando coincide con el objeto pensado. Por lo
cual, es el objeto el que determina si el saber es verdadero o no. Según el idealismo que
propone Kant, por el contrario, el objeto no es dado, sino que es constituido por el sujeto, quien
mantiene una actitud activa en el momento de conocer. Ahora bien, es necesario aclarar que el
sujeto no crea al objeto “a partir de la nada” (en ese caso, podríamos llegar a suponer que el
mundo exterior es en realidad una alucinación nuestra). El sujeto constituye al objeto
aplicándole una especie de “moldes” que ya trae consigo, al material dado por las sensaciones.
Esto significa que, sin una experiencia inicial, no puede haber conocimiento. En esto, el
idealismo kantiano se acerca al empirismo: El conocimiento comienza con la experiencia. Sin
un material dado por las sensaciones, el sujeto no tendría a qué aplicarle sus moldes y no
podría confeccionar un objeto. Ahora bien, según el empirismo, la mente del sujeto está vacía
cuando nace y se va “llenando” de ideas a partir de que va teniendo impresiones (experiencia).
Sin embargo, y en esto la posición kantiana se acerca al racionalismo, según Kant, la mente del
sujeto no está vacía. Si bien es cierto que no hay ideas ni conocimientos innatos, lo que sí tiene
el sujeto es una especie de moldes que carecen de contenidos y que son estructuras de la
razón constitutivas del hombre desde que nace. Estas estructuras o moldes racionales son, en
lenguaje kantiano, a priori, es decir, independientes de toda experiencia. Kant hace una
distinción entre conocimientos a priori y conocimientos a posteriori. Los conocimientos a priori
son aquellos que no provienen de experiencia alguna, vale decir, conocimientos que no se
pueden adquirir por los sentidos. El ejemplo más claro de esto son las matemáticas. Los
conocimientos a posteriori, por el contrario, son los que provienen de la experiencia observable,
o sea, sensible. Ejemplos de este conocimiento son los colores, los sabores, etc. Retomando lo
que veníamos diciendo, el sujeto está constituido por estos moldes racionales y a priori, los
que, sin el material dado por la experiencia, permanecerían siempre vacíos y no sería posible el
conocimiento. Pero, por otra parte, si solo tuviéramos datos sensibles, es decir, a posteriori,
tampoco podríamos conocer, porque no es directamente de la experiencia de donde surge el
conocimiento, ya que la experiencia no nos da el objeto acabado, sino que nos da sensaciones
desordenadas, que el sujeto ordena gracias a los moldes que trae consigo.
En resumen, para que haya conocimiento, según el idealismo kantiano, es necesario
que, por un lado, los sentidos nos proporcionen las impresiones, que son los datos sensibles,
pero estos datos deben ser ordenados y unificados por las estructuras o moldes de la razón. A
modo de ejemplo, supongamos que queremos hacer una torta, si solo tenemos los ingredientes
sueltos, no podríamos hacerla, puesto que es necesario ponerlos en un molde para darle
forma. Si solo tenemos los moldes vacíos, tampoco podemos realizar una torta, ya que
necesitaríamos el material para llenar los moldes. Ahora bien, la analogía es la siguiente:
Imaginando que la torta del ejemplo es en realidad el objeto, el sujeto tiene a priori los moldes y
las sensaciones que vienen de la experiencia le otorgan el material. Por eso es que, según
Kant, son necesarias ambas cosas para confeccionar el objeto y así tener conocimiento:
La experiencia, que nos da el material a través de las sensaciones, y el entendimiento,
que nos da los moldes para darle forma a ese material.
En este sentido, podría considerarse a la posición de Kant como una síntesis del
racionalismo y el empirismo.
El giro copernicano
Ahora bien, ya sabemos por qué dice Kant que el objeto es una creación del sujeto.
Pero aquí reaparece otro punto que ya hemos mencionado, el tema del giro copernicano y la
carga de la verdad. Habíamos dicho que, para el realismo, la verdad de un conocimiento
estaba dada por su coincidencia con el objeto; esto cambia rotundamente con el idealismo.
Como decíamos, el sujeto conoce a partir de la experiencia sensible, es decir, lo que nos
muestran los sentidos. Pero, Descartes sostiene que, los sentidos son engañosos, no captan
las cosas como verdaderamente son, sino que su posibilidad de captación es limitada; por otra
parte, las estructuras de la razón dan forma a estas impresiones, por lo cual, el objeto de
conocimiento construido por el sujeto jamás va a coincidir con la cosa como es en sí misma.
Supóngase que todos los seres humanos naciesen con gafas de cristales azules; que
esos anteojos formasen parte de nuestro órgano visual, de tal manera que quitárnoslos
equivaldría a arrancarnos a la vez los ojos. Y supongamos, además, que no nos diésemos
cuenta de que tenemos puestos tales anteojos.
Entonces, ocurriría que todo lo que viésemos se nos aparecería azul, lo cual nos
llevaría a suponer, no que las cosas, las “vemos” azules, sino que realmente “son” azules,
aunque la verdad fuese que en sí mismas no son azules, sino que nosotros, en la medida en
que las miramos, es decir, conocemos, estaríamos contribuyendo a otorgarles un cierto
carácter, las estaríamos “azulando”. De este modo, conocer no sería ya mero reflejar las cosas,
sino operar sobre ellas, transformándolas. Para Kant, según esto, conocer es ante todo
“elaborar” las cosas para que estén en condiciones de constituir objetos. (Carpio, 2004, p. 231).
Tenemos, entonces, que si el objeto es creado por nosotros de la manera descrita en el
punto anterior, eso significa que no conocemos las cosas “tal cual son” (como en el ejemplo de
los anteojos de colores). Kant no niega que exista un mundo exterior a la mente del sujeto, lo
que llamaríamos el mundo “real”; pero la cuestión es que no tenemos un acceso directo al
mismo.
Sujeto, objeto, fenómeno y noúmeno
En este punto, cabe explicar algunos términos utilizados por Kant. Dijimos que nosotros
no tenemos acceso al mundo concreto tal cual es. El mundo real está compuesto de las “cosas
en sí”. Kant entiende por “cosa en sí” a la cosa tal cual es, pero a la que nosotros no podemos
conocer. Nosotros conocemos el “fenómeno” que es el producto del material sensible que nos
llega por los sentidos y el orden que nuestras estructuras racionales le imprimen; por lo cual,
para Kant, fenómeno y objeto son sinónimos. Aquí, aparece otra gran diferencia con el realismo
para esta corriente, cuando conocemos, accedemos a las cosas tal cuales son, por ello, la cosa
en sí misma es el objeto de conocimiento. Para Kant, en cambio, el objeto y la cosa en sí,
difieren absolutamente; pues el objeto es un pensamiento producido por el sujeto y la “cosa en
sí” es una realidad externa al hombre a la cual no se puede acceder.
En resumen, según el idealismo de Kant, para que haya conocimiento tenemos que
partir del material que nos proveen los sentidos, es decir, las impresiones; pero estas
impresiones, para que tengan algún sentido, deben ser ordenadas por la razón. Por ejemplo,
cuando comemos una manzana, sentimos un sabor dulce, un color rojo, una textura crujiente;
pero para que podamos representarnos la manzana como una cosa unificada, tienen que
operar nuestra razón para ordenar esas sensaciones. Ahora bien, esta representación mental
construida por nosotros, es lo que Kant llama “fenómeno” (término que viene de la palabra
griega phainon y que significa “fantasma”). El fenómeno es lo único que podemos conocer, por
ello, es nuestro objeto de conocimiento. Existen también una serie de pensamientos que el
sujeto tiene que no contienen ningún material sensible. Un ejemplo de esto es la idea de Dios.
Estas ideas vacías son lo que Kant denomina noúmenos (término que también viene del griego
y alude a entidades que no tienen existencia concreta). Los noúmenos son las ideas
especulativas, carentes de contenido material; por lo cual, no nos proporcionan conocimiento
alguno. Esto explica por qué, para Kant, la metafísica no constituye ningún saber, es solo
especulación.
Aclaremos un poco más cómo se da este proceso y en qué consisten estos moldes
vacíos. Según Kant, en el proceso del conocimiento intervienen dos facultades, la sensibilidad y
el entendimiento, que contienen representaciones, es decir, intuiciones y conceptos. La
sensibilidad representa el aspecto pasivo del conocer, puesto que en ella, están las intuiciones,
que reciben las sensaciones dadas por la cosa en sí, que se encuentra en el exterior. Estas
sensaciones son recibidas, en primer lugar, por las intuiciones puras (a priori), que serían los
primeros tipos de moldes que tiene el sujeto. Estas intuiciones puras son dos:
- Espacio.
- Tiempo.
Es decir, que el espacio y el tiempo no están en la realidad, sino que el sujeto ordena
las sensaciones espacio temporalmente para poder comprenderlas. También, existen
intuiciones empíricas que no son a priori, sino que dependen de la experiencia, ya que son las
sensaciones causadas por la cosa en sí (lo que Hume llamaba impresiones de sensación).
Por otra parte, el entendimiento representa el aspecto activo del conocimiento. Así
como en la sensibilidad residen las intuiciones, en el entendimiento hay conceptos y estos
también pueden ser puros o empíricos. Los conceptos puros (a priori) son el otro tipo de
moldes (además del espacio y el tiempo), que permiten no solo recibir las sensaciones, sino
terminar de darles forma. De este modo, con las formas puras espacio-tiempo el sujeto
conforma los fenómenos y con las formas puras del entendimiento (conceptos puros) puede
pensar los fenómenos y armar las proposiciones a las que Kant llama juicios.
Hasta aquí, hemos realizado un breve desarrollo de la teoría del conocimiento kantiana
y nos hemos detenido en algunas cuestiones básicas. Cabe aclarar que el pensamiento de
Kant acerca del conocimiento y cómo se produce es mucho más arduo y extenso. Por lo tanto,
lo abordado aquí podríamos decir que es una mera introducción.
El idealismo trascendental de Kant
En este video se puede ver brevemente una sencilla explicación del idealismo de Kant
que parte de un ejemplo cotidiano, lo que permite ver los alcances de la teoría en nuestra vida
diaria.
Bibliografía
FILOSOFÍA - MÓDULO 3
Unidad 6
6.1 Conciencia moral y deber
En esta unidad, veremos los aspectos fundamentales de la ética kantiana. Entendemos
por ética a la rama de la filosofía que se ocupa de la reflexión acerca de los valores morales.
En este caso, Kant plantea una moral rigurosa sostenida en el control y resistencia que puede
lograr la razón humana para controlar las pasiones o inclinaciones. Según nuestro pensador, el
hombre es un ciudadano de dos mundos, por un lado, es un ser natural, dotado de un cuerpo
con las mismas necesidades e inclinaciones que todos los demás seres de la naturaleza; pero,
por el otro, el ser humano está dotado de una conciencia moral que marca la presencia del
absoluto en su alma. El hombre es un ser racional y entre una de las manifestaciones más
importantes de la razón está la buena voluntad sostenida en la conciencia moral.
Evidentemente, estas dos naturalezas entran en conflicto dentro del ser humano, en el marco
de esta disputa entre razón e inclinaciones, se dirime el accionar moral del hombre.
La buena voluntad
Un aspecto importante de la ética de Kant es que, de alguna manera, viene a solucionar
el problema de su concepción gnoseológica. Desde el idealismo trascendental, no es posible
tener conocimiento de la realidad tal cual es (es decir, de algo absoluto) sino que todo
conocimiento es siempre sobre los fenómenos (o sea, todo conocimiento es relativo al sujeto).
Lo que mantiene la objetividad del conocimiento es que todos los sujetos moldeamos al
fenómeno de la misma manera, ya que tenemos las mismas intuiciones y conceptos a priori.
Sin embargo, desde la ética, sí sería posible entrar en contacto con algo absoluto.
Como afirma Carpio (2004):
En efecto, no conocemos lo absoluto; pero, sin embargo, tenemos un cierto acceso, una
especie de “contacto”, por así decirlo, con lo absoluto o, mejor, con algo absoluto. Este
contacto se da en la conciencia moral, es decir, la conciencia del bien y del mal, de lo justo y de
lo injusto, de lo que debemos hacer y de lo que no debemos hacer. La conciencia moral
significa, según Kant, algo así como la presencia de lo absoluto o de algo absoluto en el
hombre. (p. 278)
La conciencia moral es absoluta porque ella es la conciencia del deber, de lo que se
debe hacer. Y el deber es universal, no hace referencia a lo que conviene hacer en
determinado caso particular (por ejemplo, “conviene hacerse amigo de tal persona para que me
ayude a solucionar tal problema”), sino a lo que se debe hacer en todos los casos, sin
excepción (por ejemplo, “se debe decir siempre la verdad”).
Ahora bien, que todos tengamos de manera absoluta y universal la conciencia de lo que
se debe hacer, no quiere decir que siempre sigamos esta conciencia moral. Como seres
humanos que somos, podemos elegir seguirla o no. Aquí, Kant hace una diferencia entre el
reino de la naturaleza y la condición humana.
El reino de la naturaleza es el reino del ser. Allí, todo está determinado. Por ejemplo, los
leones comen cebras. Pero su acto no puede juzgarse como bueno o malo, ya que el león no
puede elegir no comer a otros seres vivos por el hecho de que como parte del reino natural, el
león está determinado a actuar de esa manera. Aquí no hay conciencia moral. Por otra parte, la
condición humana es el ámbito del deber ser. Los seres humanos, según Kant, no estamos
determinados a actuar de cierta manera, sino que somos libres porque si bien la conciencia
moral nos indica lo que se debe hacer, podemos elegir no seguirla. Por eso, los actos humanos
sí pueden juzgarse moralmente, es decir, clasificarse en bueno o malos, y para esto es
necesario comprender su relación con el deber.
El deber
Como veníamos diciendo, la voluntad es siempre buena. Es más, es lo único que es
absolutamente bueno. Otras cosas, como la inteligencia, por ejemplo, no son absolutamente
buenas, ya que pueden ser utilizadas para el bien o para el mal. La buena voluntad, por el
contrario, es buena de manera absoluta. Como afirma Kant (2015):
Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que
pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad. Y más la
buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice, no es buena por su adecuación para
alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto; es buena sólo por el querer, es decir, es buena
en sí misma. (p. 28).
La clasificación moral de los actos
Según explica Kant, como los seres humanos no solo tenemos la buena voluntad, sino
también ciertas inclinaciones, se producen en nosotros ciertas tensiones. Cuando la buena
voluntad lucha contra las inclinaciones, aparece como una exigencia, es decir, un deber. Como
no estamos determinados a seguir la buena voluntad, ya que somos libres, nuestros actos se
clasificarán moralmente en buenos, malos o neutros, según la relación que tengan con el
deber.
Los tipos de actos, según su relación entre el deber y las inclinaciones, pueden
clasificarse. Veamos un ejemplo de cada uno, tal como aparecen en Carpio (2004):
Acto contrario al deber
Supóngase (…) que alguien se está ahogando y que dispongo de todos los medios para
salvarlo; pero se trata de una persona a quien debo dinero, y entonces dejo que se ahogue.
Está claro que se trata de un acto moralmente malo, contrario al deber, porque el deber
mandaba salvarlo. El motivo que me ha llevado a obrar –a abstenerme de cualquier acto que
pudiera salvar a quien se ahogaba– es evitar pagar lo que debo: he obrado por inclinación y la
inclinación es aquí mi deseo de no desprenderme del dinero, es mi avaricia. (pp. 281-282).
Acto de acuerdo con el deber, por inclinación mediata
Ahora el que se está ahogando en el río es una persona que me debe dinero a mí y sé
que si muere nunca podré recuperar ese dinero; entonces me arrojo al agua y lo salvo. En este
caso, mi acto coincide con lo que manda el deber y por eso decimos que se trata de un acto
“de acuerdo” con el deber. Pero se trata de un acto realizado por inclinación, porque lo que me
ha llevado a efectuarlo es mi deseo de recuperar el dinero que se me debe. Esa inclinación,
además, es mediata, porque no tengo tendencia espontánea a salvar a esa persona, sino que
la salvo solo porque el acto de salvarla es un “medio” para recuperar el dinero que me debe.
Por tanto, no puede decirse que este acto sea moralmente malo, pero tampoco que sea bueno;
propiamente es neutro desde el punto de vista ético, es decir, ni bueno ni malo. (pp. 281-282).
Acto de acuerdo con el deber, por inclinación inmediata
Supóngase que ahora quien se está ahogando y trato de salvar es alguien a quien amo.
Se trata, evidentemente, de un acto que coincide con lo que el deber manda, es un acto “de
acuerdo” con el deber. Pero como lo que me lleva a ejecutarlo es el amor, el acto está hecho
por inclinación, que aquí es una inclinación inmediata, porque es directamente esa persona
como tal (no como medio) lo que deseo salvar. Según Kant, también este es un acto
moralmente neutro. (pp. 281-282).
Acto por deber
Quien ahora se está ahogando es alguien a quien no conozco en absoluto, ni me debe
dinero, ni lo amo, y mi inclinación es la de no molestarme por un desconocido; o, peor aún,
imagínese que se trata de un aborrecido enemigo y que mi inclinación es la de desear su
muerte. Sin embargo, el deber me dice que debo salvarlo, como a cualquier ser humano, y
entonces doblego mi inclinación, y con repugnancia inclusive, pero por deber, me esfuerzo por
salvarlo. (p. 281-282)
Según Kant, el único acto moralmente bueno es el que se realiza exclusivamente por
deber, sin que medie ningún tipo de inclinación.
6.2 El imperativo categórico
El valor moral de la acción no reside en su resultado, sino en el principio por el cual se
la realiza. A este principio, Kant lo llama la máxima de la acción, es decir, la razón que me lleva
a obrar de cierta forma. En esto consiste el imperativo categórico, que Kant presenta en tres
formulaciones:
1)
La primera es: “Obra solo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo
que se torne ley universal” (Kant, 2015, p. 70). Esto significa que en cada acto que realizamos,
debemos proceder de acuerdo a cómo pensamos que deberían actuar todas las personas que
estuvieran en nuestra misma situación. Es decir que nuestro acto nunca debe ser una
excepción, no debemos buscar justificativos para nuestras acciones. Como afirma Carpio
(2004):
Esta fórmula, que puede parecer muy abstracta, coincide en el fondo con la siguiente:
“no nos convirtamos jamás en excepciones”; con lo cual se quiere significar que lo decisivo
para determinar el valor moral del acto es saber si la máxima de mi acción (aquello por lo que
obro) es meramente un principio sobre la base del cual yo - circunstancialmente- decido obrar,
o bien es una máxima que al mismo tiempo la consideramos válida para cualquier otra persona.
Supóngase que me encuentro en una dificultad, y que, para escapar de ella, decido hacer una
falsa promesa, una promesa mentirosa. Entonces nos preguntamos: ¿podemos convertir en
universal este principio, el de mentir cuando uno se encuentra en dificultades? Y en cuanto
pensamos qué sería esta máxima convertida en ley universal, nos damos cuenta de que es
imposible, que se anula a sí misma: porque si todos los hombres obrasen según esta máxima,
nadie creería en la palabra de los demás, nadie creería en las promesas, y, por tanto, se
anularía toda promesa y toda palabra. (p. 284).
2)
La segunda formulación del imperativo categórico que da Kant es muy similar a la
primera y no agrega demasiado a lo ya visto: “Obra como si la máxima de tu acción debiera
tornarse, por la voluntad, ley universal de la naturaleza” (Kant, 2015, p. 70).
3)
Es en la tercera formulación donde aparece una novedad. Para presentarla, primero
debemos hacer una diferenciación entre medios y fines:
Toda acción humana se orienta hacia un fin, es decir, hacia una meta u objetivo que se
quiere lograr. Y, para conseguirlo, se hace uso de diferentes medios.
Por ejemplo, si mi fin es irme de vacaciones el próximo verano, un medio para
conseguirlo puede ser ahorrar dinero trabajando. Ahora bien, según Kant, hay dos tipos de
fines, los que son subjetivos, relativos y condicionados. Estos son los que se refieren a las
inclinaciones que tenemos y sobre ellos se fundan los imperativos hipotéticos. Los imperativos
hipotéticos se formulan para llegar a alguno de estos fines subjetivos, como en el ejemplo dado
anteriormente: “Si quiero irme de vacaciones (fin), debo ahorrar dinero (medio)”.
Existen otro tipo de fines que son objetivos, absolutos e incondicionados. Y, sobre
estos, se funda el imperativo categórico. Son fines absolutamente buenos (no buenos para tal o
cual cosa). Ahora bien, como dijimos más arriba, lo único absolutamente bueno es la buena
voluntad y como esta solamente se encuentra en los seres humanos, afirma Kant que el ser
humano es un fin en sí mismo.
Por ello, la tercera formulación del imperativo categórico afirma:
Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de
cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio (Kant,
2015, p. 81).
Es decir, que un acto es moralmente malo cuando a una persona se la considera
meramente como un medio o instrumento para conseguir algo, en lugar de como un fin en sí
mismo. La prostitución y la esclavitud son ejemplos de estos actos.
Ahora bien, en el reino de la naturaleza rige el determinismo. Por lo tanto, si una roca se
desprende de una montaña y causa la muerte de una persona, a nadie se le ocurriría decir que
la roca actuó moralmente mal, puesto que sin elección no hay moralidad en los actos. De igual
manera, si el ser humano también estuviera determinado, entonces la conciencia moral
carecería de sentido. Pero, según Kant, la conciencia moral es un hecho indisputable de la
razón. Como explica Carpio (2004):
(…) el hecho del deber señala que el hombre no se agota en su aspecto natural,
sensible; por el contrario, la conciencia moral, incompatible con el determinismo, exige suponer
que en el hombre hay, además del fenoménico, un aspecto inteligible o nouménico, donde no
rige el determinismo natural, sino la libertad. Esta es la única manera de comprender la
presencia en nosotros del deber, pues solo tiene sentido hablar de actos morales (buenos o
malos) si se supone que el hombre es libre. (p. 286).
Es decir que es preciso postular que somos libres para poder comprender el hecho de
la conciencia moral, puesto que si bien no podemos conocer la libertad, sí podemos pensarla,
ya que los seres humanos somos capaces de actuar iniciando nuevas cadenas causales, sin
estar determinados a hacerlo. No obstante, si bien una acción surge libremente de nosotros,
luego tendrá sus consecuencias en el mundo natural determinista. Por ejemplo, puedo elegir
libremente darle a una persona enferma un medicamento. El efecto que le haga, dependerá de
las cadenas causales del reino natural.
Kant y el imperativo categórico
A continuación, les compartimos una breve clase dada por el filósofo español Fernando
Savater en la que explica de un modo muy didáctico el concepto de “imperativo categórico”,
que es el precepto fundamental de la moral de Kant.
Fundamentación de la metafísica de las costumbres
Les compartimos el video de una clase en la calle en la que se desarrollan algunos de
los temas que venimos trabajando sobre Kant, poniendo el acento en cuestiones que tienen
que ver con nuestra vida cotidiana
Bibliografía