Capítulo II: Los viajes
En este capítulo, Ernesto reflexiona sobre la errancia. Empieza hablando de cómo su padre, por ser
LOS RIOS ROFUNDOS abogado itinerante, vaga de un pueblo a otro buscando clientes. Además, resalta que Gabriel cambia de
pueblo no solo por una cuestión laboral, sino que decide partir cuando los detalles de un pueblo en
Capítulo I: El viejo particular comienzan a formar parte de la memoria, al igual que los huaynos que le gusta oír.
Los huaynos, canciones populares incaicas, son su debilidad, y recuerda a qué pueblo, comunidad y valle
Los ríos profundos comienza con la llegada del joven Ernesto, narrador de esta historia, y su pertenece cada uno. Ernesto, que admira esta cualidad de su padre, también porta este tipo de memoria.
padre, Gabriel, a la ciudad de Cuzco. El objetivo del viaje es encontrarse con el Viejo, un pariente de Solo los viajeros observan ciertos detalles, se dice a sí mismo Ernesto.
buena posición económica conocido, a su vez, por ser explotador y avaro, en palabras del padre de El joven recuerda un pueblo que los recibió sin ninguna hospitalidad; no le gustaban los forasteros. Allí,
Ernesto. los habitantes habían bajado de un cerro alto y puntiagudo una cruz para bendecirla. Ese día, él y su
Una vez en la ciudad, Ernesto se encuentra ansioso por ver los muros incaicos. Gabriel le señala lo que padre maldijeron el pueblo y lo abandonaron cuando los indios velaban su cruz, rumbo a Huancayo.
ha sido antiguamente el palacio de un inca. La excitación de Ernesto es grande; desea verlo, pero
primero deben resolver asuntos con el Viejo. Una vez en la casa de este, son recibidos por un mestizo y Ernesto rememora ese viaje a Huancayo, un pueblo en el que los quisieron matar de hambre. Como
un indio. A Ernesto le llama la atención el indio: es la primera vez que ve un "pongo", un indio de siempre, Gabriel había alquilado un pequeño espacio para atender a los litigantes. Pero esta vez los
hacienda que sirve de forma gratuita, por turno, en la casa del amo. Le llama la atención su limpieza. hacendados habían apostado celadores en las esquinas del estudio del abogado para amenazar a los
trabajadores que quisieran hacerle sus consultas o siquiera brindarles solidaridad. Mientras tanto, Ernesto
El Viejo, sin apersonarse, ofende a los visitantes mediante el cuarto que eligió para hospedarlos: la recuerda que vagaba por la ciudad de noche, robaba maíz para cocinar y cantaba huaynos nunca oídos en
cocina de los arrieros. Ernesto, a pesar de que comprende que la ofensa es una señal de que El Viejo no ese pueblo, en una esquina donde vivía una joven muy bella.
va a ayudar a su padre, no se siente mal en la cocina. Él mismo ha sido criado en una cocina para indios También recuerda el pueblo de Cusi, donde los niños recogían los loros que mataban los fusileros en el
en la que recibió, en la infancia, los cuidados, la música y “el hablar” de las indias y los peones a sueldo. campo y los colgaban de las patas. Rememora también su paso por Huancapi, la comunidad más humilde
Es para él un lugar cálido y familiar. que Ernesto conoció, asediada por el hielo y la nieve; el pueblo de Cangallo, en el que, con un peón,
vieron un lucero grande elevarse e iluminar toda la quebrada de un modo desconocido y místico;
Ernesto sale de la casa en dirección al muro incaico. Toca las piedras, fascinado, y las compara con los Huamanga, una localidad de indios morochucos. Ernesto menciona que eran descendientes de los
ríos y con la sangre. Las piedras bullen para el joven como los ríos turbios, como las danzas guerreras. almagristas, uno de los bandos en las guerras entre conquistadores en Perú en el siglo XVI;
“Puk’tik’ yawar rumi!” (¡Piedra de sangre hirviente!), exclama Ernesto parado frente al muro. El padre, excomulgados y refugiados en la pampa fría.
al escuchar su voz, avanza por la calle hacia Ernesto. Le comenta que el Viejo le ha pedido disculpas por
la ofensa, pero que igualmente sabe que es traicionero y se irán a la madrugada. Ernesto no se altera; se Según Ernesto, fueron más de doscientos los pueblos que visitó junto a su padre con lentitud inagotable.
mantiene optimista, fascinado por el muro incaico. Le pregunta a su padre quién vive ahora tras los
muros antiguos. Gabriel le responde que los incas están muertos y que viven ahora, allí, nobles avaros,
Capítulo III: La despedida
como el Viejo. Ernesto siente que el muro está vivo, y tiene el impulso de hacer allí un juramento.
Luego van a rezar a la Catedral. Esta está hecha por los españoles con la piedra incaica y las manos de Un día, Gabriel le confiesa a Ernesto que su peregrinaje terminará en Abancay. La tarde que llegan a la
los indios, al igual que la Compañía. Esta última le resulta a Ernesto un poco menos imponente. ciudad, las campanas del pueblo repican mientras las mujeres y los hombres están en la plaza,
Escuchan sonar a la María Angola, una campana que se oye a cinco leguas, y ante la cual los viajeros arrodillados y rezando. Cuando los viajeros preguntan por qué lo hacen, les responden que están
frenan su paso y se persignan. La voz de la campana aviva la memoria de Ernesto, que recuerda a sus operando al padre Linares, Director del Colegio y predicador de Abancay. Ernesto y su padre se
protectores, los alcaldes indios. arrodillan a rezar también, y Gabriel le dice a su hijo que el padre Linares ha de ser su Director.
Por la noche Ernesto llora, conmovido, y su padre culpa por ello al Cuzco y el repicar de la María Mientras Ernesto duerme en el Colegio, ya matriculado y tomando clases, Gabriel se encuentra inquieto.
Angola. A la madrugada empacan para partir, pero se encuentran con el Viejo, que los esperaba. Le da A pesar de que ha dicho que montará un estudio en la ciudad, luego de diez días no lo ha hecho. Ernesto
un bastón a Gabriel y salen a la calle. Ernesto siente rechazo por el Viejo, que se persigna y reza ante la sabe que su padre, tarde o temprano, se marchará de allí.
imagen del Señor de los Temblores. Al volver a la casa, un camión ya los está esperando para partir y
sus cosas están empacadas. Ernesto siente el impulso de abrazar al pongo, que se emociona y lo despide Un día, en una de las visitas de Ernesto a su padre, lo encuentra conversando con un forastero. El
en quechua. hombre, de Chalhuanca, busca consejo de Gabriel para litigar contra su patrón. Ernesto percibe que su
padre está incómodo; es evidente que ya ha arreglado con el forastero, que ahora llora en quechua, para
Al alejarse de la ciudad, los viajeros se encuentran con el Apurímac, un río que, con sus sonidos, irse juntos de Abancay hacia Chalhuanca. Finalmente, Gabriel se recuesta sobre la mesa y llora. El
despierta recuerdos y los más antiguos sueños.
forastero intenta consolarlo pero es inútil. Ernesto se acerca a su padre, que se pone de pie. El Ernesto va a las chicherías del único barrio alegre de la ciudad, Huanupata, tratando en vano de
cualhuanquino les sirve cerveza; es la primera vez que Ernesto bebe con su padre. encontrarse con los indios de la hacienda. Allí al menos se alegra escuchando huaynos de todas las
regiones, que los forasteros les piden a gritos a los músicos de turno.
Se separan casi con alegría, con las promesas de Gabriel de conseguir una chacra junto al río y esperarlo El resto de los barrios le resultan hostiles. Allí viven los comerciantes, las autoridades, familias antiguas
a Ernesto en vacaciones. Ernesto reflexiona sobre cómo, por primera vez, deberá enfrentarse solo al empobrecidas y algunos terratenientes. Cerca del río y la Plaza de Armas de Abancay hay un baldío
mundo. donde el Padre Director hace que los estudiantes se enfrenten a patadas y puñetazos en una batalla entre
dos bandos, “peruanos” y “chilenos”. Siempre deben ganar los “peruanos”. Entre los “chilenos” se
encuentra el Añuco, un estudiante temible. Descendiente natural de terratenientes empobrecidos, este
Capítulo IV: La hacienda joven fue adoptado por los Padres. Su protector es Lleras, un estudiante que ha repetido varias veces de
Este capítulo comienza con la descripción de las costumbres de las haciendas en tiempos de fiesta. Los año en el Colegio, por lo cual es mayor que el resto. Lleras es abusivo, hosco y caprichoso. Ernesto les
hacendados de los pueblos pequeños contribuyen a las fiestas con vasijas de chicha. La chicha es una teme a ambos.
bebida alcohólica derivada del maíz fermentado sin destilar. Esta contribución de los hacendados es un Por las noches, algunos estudiantes tocan huaynos con la armónica. El que mejor toca es Romero, un
modo de demostrar el alcance de su poder: se dice que un hacendado no puede agasajar al pueblo menos joven de Andahuaylas. Ernesto, que conoce muchos huaynos diferentes, canta. Otros jóvenes se dirigen,
que la indiada. cada noche, al campo de juego del Colegio, adonde van en busca de una ayudante de cocina demente. Se
pelean por tumbarla; se enfrentan incluso con más furia que en las guerras diurnas.
Usualmente, estos hacendados, que vigilan a los indios, piden más de lo que es justo y, cuando creen que Palacios es el interno más humilde; no comprende el castellano bien y es el único de todo el Colegio que
es necesario, les dan a los pobres un puntapié y los mandan a la cárcel. En los días de fiesta todo es procede de un ayllu de indios. Padece el colegio más que ninguno, pero su padre insiste en que debe
diferente. Van vestidos de gala, y obligan a sus caballos a trotar con elegancia. Cuando se emborrachan, educarse allí. Una noche se escucha a Palacitos gritar. Lleras lo ha llevado a la fuerza al patio y pretende
les clavan las espuelas a los animales hasta hacerlos sangrar. que se eche sobre la mujer demente, que lo llama desnuda con las manos. Todos los jóvenes acuden al
campo de juego. Palacios pide auxilio a gritos hasta que dos Padres se acercan al patio. La mujer
demente huye y Lleras acusa a los demás estudiantes de querer golpearlo entre varios. Romero desafía a
Abancay es un pueblo cercado por las tierras de la hacienda Patibamba. Ernesto recuerda haber visitado
Lleras una vez en la habitación, pero no hay ocasión de pelear. Con el correr de los días, Romero va
una vez la casa-hacienda, silenciosa y aparentemente vacía. Allí las mariposas vuelan libremente entre
perdiendo su coraje, pero Lleras también olvida el duelo pendiente, y cesa en sus abusos por un tiempo.
los frutales. Un corredor comunica la casa con la fábrica de azúcar. Durante muchos años, el bagazo
Palacios se convierte en un buen amigo de Romero.
acumulado, es decir, los restos de la caña una vez extraído el jugo azucarado, formó un montículo ancho
La mujer demente no vuelve por un tiempo a ir al patio y uno de los jóvenes, Peluca, se impacienta. Los
y blando. El olor a aguardiente de ese bagazo hirviendo al sol es penetrante y característico del lugar.
estudiantes buscan atosigarlo con insultos, pero él responde con juramentos que exponen las miserias de
Ernesto insiste en querer comunicarse con los indios “colonos” de la zona, pero estos no quieren hablar
todos los que lo rodean y saca a colación las actividades más impúdicas de los que concurren al patio de
con forasteros. Las mujeres lo miran con temor y desconfianza. Ernesto piensa que esos indios han
juegos. Los estudiantes lloran e incluso uno, el Chauca, se autoflagela con furia. Ernesto siente que el
perdido la memoria, que lo desconocen por haber olvidado el lenguaje de los ayllus (las comunidades de
patio es un lugar dominado por el demonio y la demente le causa una gran lástima.
indios). Vuelve al Colegio frustrado cada domingo, luego de estas caminatas muy largas en las que
intenta encontrar algo de la ternura que otrora sintió entre los indios. El Padre Director se burla cuando
lo ve volver de estas peregrinaciones; le dice “tonto vagabundo” cuando entra al patio cubierto de polvo. Es constante la lucha entre las experiencias tormentosas del Colegio y la memoria de la imagen maternal
Ernesto se resguarda en la memoria del canto de las indias que lo refugiaron hace tiempo, cuando su del mundo que en otro momento acunó a Ernesto. Los recuerdos son un refugio, pero a veces no son
padre era perseguido y tuvo que dejarlo al cuidado de unos parientes. El joven huyó de estos parientes suficientes. Las visitas al río Pachachaca son también un modo de contrarrestar esta fuerza oscura.
crueles y pidió misericordia en un ayllu. Allí lo cuidaron quienes hoy recuerda como sus protectores, y a Ernesto concurre frecuentemente a contemplarlo y luego regresa al pueblo renovado, vuelto a su ser.
quienes invoca en momentos de soledad: Pablo Maywa y Víctor Pusa. Conversa mentalmente con sus amigos lejanos.
Más adelante, el capítulo se enfoca en el Colegio. Las misas del Padre Director, sobre todo en presencia
de los dueños de las haciendas, comienzan con elogios a la Virgen pero siempre terminan en una Capítulo VI: Zumbayllu
exaltación patriótica y un ensañamiento con Chile, el país vecino. El deber de los jóvenes es alcanzar el El capítulo comienza con una reflexión sobre la desinencia yllu. Por un lado, representa el sonido de las
desquite, dice. pequeñas alas en vuelo, en su sentido onomatopéyico. Por el otro, illa nombra a ciertas formas de luz no
solar, no totalmente divinas, con las que el hombre andino cree aún estar vinculado.
Ernesto tiene una percepción dual del Padre: por un lado, le teme; se le presenta como un pez que El tankayllu, por ejemplo, es un tábano inofensivo. Los niños beben la miel de su aguijón que se instala
persigue a los pececitos en la orilla de un río. Por otro lado, otros días siente cariño por él, como sintió por siempre en su corazón, pero aun así los indios no lo consideran una criatura divina. Hay en
por Pablo Maywa. Ayacucho también un danzak’ (bailarín de tijeras característico del mundo andino) llamado “Tankayllu”
que hace proezas infernales al atravesar agujas y garfios en su cuerpo. Otro ejemplo es el pinkuyllu, un
instrumento que se toca solo en comunidad (a diferencia de la quena familiar), que no es religioso sino
Capítulo V: Puente sobre el mundo
que solo se usa para tocar canciones épicas y bailar las danzas guerreras. Su sonido cala profundo en el organizadamente y en silencio, reparten la mercadería. Ernesto está asombrado del modo en que lo
corazón. hacen, de la autoridad de Doña Felipa, de su coraje. Se conmueve cuando Felipa se acuerda de los pobres
La monotonía del Colegio se altera por la llegada de un zumbayllu. Ernesto sigue a sus compañeros, de Patibamba y separa tres bolsas para ellos. Sin dudarlo, el joven se une a las mujeres que,
atrapado por el sonido de esta palabra que le recuerda misteriosos objetos. El zumbayllu pertenece cantando huaynos, toman el camino hacia la hacienda de Patibamba para repartir la sal.
a Ántero, un niño rubio de lunares. Es una especie de trompo que, al girar, emite un sonido muy Una vez allí, la comunicación es complicada. Las indias de Patibamba son temerosas y no responden
particular, un yllu. La memoria de Ernesto se aviva; recuerda al danzak’, a los verdaderos tankayllus y el inmediatamente al llamado de Doña Felipa, que se impacienta. Finalmente toman la sal y las mujeres
sonido del pinkuyllu. Desesperado, le pide a su dueño que le venda el zumbayllu. A pesar del desafío de emprenden el regreso a Abancay. Ernesto, agotado por el viaje y las emociones del día, no camina junto
Lleras y Añuco, que le dicen a Ántero que no le venda el trompo a Ernesto, Ántero se lo regala. La a ellas. Frena, se sienta y se queda dormido junto a la reja del caserón de la hacienda.
alegría de Ernesto es inconmensurable. Ántero regala muchos zumbayllus más que suenan por todo el
patio. Cuando despierta, Ernesto tiene su cabeza sobre el regazo de una mujer robusta que lo acaricia. La
A partir de allí, Ernesto y Ántero entablan un vínculo. Ántero le pide a Ernesto, que es conocido por mujer, rubia y de ojos azules, está preocupada por él. Le cuenta que, mientras él dormía, los soldados
escribir muy bien, que le componga una carta para una joven de Abancay. Ántero le promete un winku, irrumpieron en la hacienda y, a fuerza de zurrigazos, se llevaron la sal entregada poco antes. Ernesto,
un zumbayllu diferente, algo irregular, pero que es laik'a, brujo; “tiene alma”. angustiado, emprende su vuelta a Huanupata. Al pasar por las chicherías se encuentra con una gran
Ernesto, recordando a la joven blanca de una hacienda que alguna vez conmovió su corazón, comienza la alegría festiva en el barrio.
carta para la muchacha a la que Ántero quiere conquistar. Pero súbitamente frena la escritura y se
avergüenza. Se pregunta qué pasaría si las jóvenes indias supieran leer. En un arrebato, improvisa una Ántero encuentra a Ernesto en una de las chicherías. Lo lleva a ver a su enamorada, Salvinia, esperando
carta en lengua quechua, y se conmueve. que esté con su amiga, Alcira, para presentársela. Pero Salvinia está sola. Los jóvenes, mientras caminan
al Colegio, conversan sobre el amor, el coraje y los ríos.
En el comedor vuelve la violencia: Rondinel, un compañero provocador, trata despectivamente a
Ernesto; “Indiecito”, le dice. Ernesto le responde que él es blanco pero inútil. Rondinel lo desafía a una
pelea. Capítulo VIII: Quebrada Honda
Una vez en el Colegio, el Padre Director castiga a Ernesto. Los azotes no doblegan su espíritu; cuando el
El duelo es incitado por Valle, un alumno arrogante y lector de novelas. Es el único que no habla Padre le pregunta si cantaba con las forajidas mientras se dirigían a Patibamba, Ernesto responde que sí,
quechua y desprecia a los indios. Ernesto se siente solo; busca rezar y no puede. Tiembla de vergüenza y que cantaban mientras llevaban la sal para los pobres. El fraile destaca que lo robado es robado incluso si
viene a su memoria, como un rayo, la imagen de Apu K’arwarasu, su montaña protectora, dios regional se trata de los pobres, y castiga al joven prohibiendo sus salidas los domingos. Ernesto se va a dormir
de su aldea nativa. Junta coraje y desafía a Rondinel a adelantar el duelo. Rondinel teme. Lleno de aturdido por los eventos del día y se cubre la cabeza con la frazada para esconderse de sus compañeros,
coraje, Ernesto se tranquiliza. que quieren saber todo sobre su aventura.
Al día siguiente va al patio y hace girar el zumbayllu. Como el río, el zumbayllu trae alegría a su corazón.
Al día siguiente, el Padre lo obliga a ir con él a la misa de la hacienda Patibamba. Ernesto escucha el
Capítulo VII: El motín sermón en quechua. El Padre Director remarca, ahora para los indios, que nada justifica el robo. Les dice
a los colonos que se alegra de que hayan devuelto la sal; recibirán más aún por ese gesto. Todos
Ernesto se reencuentra, más tarde, con Ántero. Le entrega la carta que escribió para Salvinia y le cuenta comienzan a llorar, se arrodillan y rezan. Todos menos Ernesto. El Padre, ofuscado, lo manda
a su amigo sobre la situación con Rondinel. Ántero se apiada, y le dice a Ernesto que deben buscar la nuevamente al Colegio.
reconciliación, que no lo enfrente. Encuentran a Rondinel, quien, llorando, le pide perdón a Ernesto. Los
tres salen a jugar, renovados, con sus respectivos zumbayllus. El mayordomo de la hacienda es quien lleva a Ernesto hasta Abancay en su caballo. Allí conversan, y el
joven aprovecha para preguntarle por la mujer que el día anterior lo cuidó en su sueño y se preocupó por
él. El mayordomo le responde que partirá al día siguiente, temerosa por la llegada del ejército. Ernesto
Más tarde, desde el colegio comienzan a escucharse gritos de mujeres que provienen de las calles.
no comprende, hasta que el mayordomo usa la palabra “escarmiento”, que resuena con un escalofrío en
Muchos internos salen rápidamente del Colegio antes de que el Padre Director pueda frenarlos para ir a
la memoria de Ernesto. El ejército vendrá a “poner orden”.
ver qué pasa en las calles de Abancay. Entre ellos corren Ántero y Ernesto, que se meten entre las
cinturas de las mujeres para llegar a ver qué pasa. Las mujeres indígenas están reunidas en la plaza del
pueblo en protesta porque se enteran de que los hacendados están adquiriendo la sal para sus vacas, Una vez en el Colegio, a Ernesto lo recibe el Hermano Miguel. Ántero llega también al rato, con un
mientras que es un producto que escasea en el pueblo. regalo especial para su amigo: un zumbayllu muy particular. Es un zumbayllu winku. Winku es la
deformidad de los objetos que deberían ser redondos. Esto le da un carácter especial al zumbayllu,
además de un sonido particular. A la vez es laik’a, brujo. Ántero le dice a Ernesto que puede mandarle
Doña Felipa, dueña de una chichería y cabecilla del grupo, habla para todas. Arenga el motín y propone
un mensaje a su padre a través del winku, porque su canto viaja leguas.
ir a buscar la sal al almacén. Allí encuentran cuarenta bolsas de sal. Las cholas se apoderan de ellas y,
El Hermano Miguel, que ha ido a tender la red de vóley para jugar con los estudiantes, grita. Ordena Luego siguen su camino. Ernesto decide cortar senderos para llegar a Abancay antes que ellos y no ser
al Lleras a caminar de rodillas. A Lleras le sangra la nariz; el Hermano le dio un puñetazo. En medio del descubierto por el Padre Augusto. Al llegar al Colegio se entera de que Añuco partirá al día siguiente
alboroto llega el Padre Director, ante quien Lleras se lanza gritando que el “negro abusivo” lo golpeó, hacia Cuzco.
pero los jóvenes saben que Lleras le dijo “negro e mierda”. Valle, arrogante, señala que, efectivamente, Capítulo X: Yawar mayu
el Hermano Miguel es negro. Otro estudiante, Chipro, señala la cobardía de Valle y lo desafía. Añuco se despide por la madrugada de los otros estudiantes, conmovidos, y regala sus canicas, a las que
Mientras tanto, el ejército avanza hacia Abancay. El portero les brinda un panorama oscuro para el llaman “daños”, a Palacitos. Los demás van hasta la plaza de Abancay a ver la retreta del ejército.
futuro, pero el Padre Director intenta transmitir tranquilidad. Forma a todos los estudiantes como para Ernesto se sorprende por los instrumentos de la banda militar, sobre todo los metales. Palacitos se
misa y llama al Hermano Miguel. También a Lleras y Añuco. Lleras comienza a pedir perdón, pero a la encuentra con un joven de su pueblo al que ve tocando el saxofón. Radiante de alegría va en su
mitad de las disculpas se interrumpe y alega que no puede. Grita que no, que es negro, y agrega, búsqueda; quiere conversar sobre el pueblo. Ernesto los pierde de vista entre la multitud; siente pesar por
ofensivo, una interjección de asco en quechua: atatauya. Se va corriendo. no haber sido invitado, pero comprende que Palacitos necesita tener un momento de intimidad con
Añuco, por el contrario, sí le pide perdón al Hermano Miguel. El Hermano los perdona y se disculpa a su alguien de su pueblo.
vez; luego los invita a la capilla, donde dice unas hermosas palabras. Una vez allí, incluso Chipro y Ernesto busca a Salvinia, a Alcira y a Ántero. Encuentra a las dos muchachas, pero Salvinia va escoltada
Valle, enemistados antes, se sonríen. Ernesto se pregunta cómo puede ser que siendo negro el Hermano del brazo por un joven que no es su amigo. Ántero de pronto se presenta e increpa al muchacho, hijo de
pueda pronunciar tan bello discurso. Después se acerca al Añuco, que está muy compungido, y lo invita un coronel, que huye.
a jugar con el winku laik’a. En un impulso de alegría, se lo regala. Todos los estudiantes rodean el
trompo mágico. Ernesto deja a Ántero conversando cordialmente con el hermano del pretendiente fugitivo y se va a
Huanupata, a la chichería de Doña Felipa. Allí está el arpista Oblitas, al que llaman el papacha. Entra al
local, también, un hombre al que Ernesto vio más temprano y que le resultó familiar. El hombre es
Capítulo IX: Cal y Canto un kimichu, un indio que lleva de pueblo en pueblo una Virgen y recauda limosnas. Allí en la chichería
Ernesto finalmente recuerda y libera su prodigiosa memoria: le dice al kimichu que han estado juntos,
Desde el Colegio, los estudiantes oyen la llegada del ejército. Los soldados organizan el cuartel en un tiempo atrás, en Aucará, que se le clavó una espina en el pie, que Gabriel le dio media libra de oro aquel
edificio abandonado y ocupan las calles de Abancay. Ernesto conversa al respecto con el Padre Director. día y que tenía un chullu (gorro) rojo oscuro. El kimichu, que se llama Jesús, le dice que sí, que
Angustiado, le pregunta por Felipa y le pide que le permita ir con el Hermano Miguel a buscarla, para efectivamente se trata de él. Se alegran por el encuentro y Ernesto le invita picantes.
pedirle las armas. El Padre lo manda a jugar, pero Ernesto no sale de su preocupación por la cabecilla de Una de las chicheras comienza a cantar un huayno en el que ridiculiza a los huayruros, soldados
la revuelta. apodados así por el color de sus uniformes, iguales a los frijoles rojos y negros que llevan ese mismo
El Padre Linares le ha dicho a Ernesto que su padre ya no está en Chalhuanca; que se ha ido a Coracora, nombre. Los soldados borrachos se contrarían, pero uno de ellos comienza a bailar como un bailarín de
un pueblo muy alejado del cauce del Pachachaca. El joven se lamenta porque el canto del winku se ha los del pueblo de Ernesto. Pero de repente entra un guardia civil y se lleva presos al soldado y al arpista.
perdido con el mensaje a su padre, por la bendición del Hermano Miguel. Desesperado, le pide Ernesto se despide de Jesús y pasea por la plaza. Ve a Ántero paseando con Gerardo, el hijo del coronel.
a Romero que toque su rondín. Tal vez, entre el rondín y el zumbayllu puedan mandarle otro mensaje. Ve a Valle, arrogante, seguido de muchas niñas. Intenta en vano visitar al arpista Oblitas en la cárcel; no
Juntos lo hacen, a través de un carnaval que toca Romero, y otros estudiantes se suman al canto. le permiten entrar. Una vez en el Colegio, la cocinera le dice a Ernesto que “la opa” está viendo a la
Luego comentan los rumores de Abancay: el Lleras ha partido con una chichera hacia Cuzco. Ernesto banda militar desde la torre que domina la plaza. Ernesto va hasta allí y sube a la torre, pero decide bajar
comenta que el sol lo derretirá al pasar por el río Apurímac. También dicen que las rebeldes son azotadas sin interrumpir la alegría de “la opa” Marcelina.
en el cuartel por los soldados delante de sus maridos, a quienes han hecho limpiar las calles. A pesar de
que incluso les han metido excremento por la boca, ellas no dejan de responder a los militares con Capítulo XI: Los colonos
insultos groseros. Por su parte, se comenta que Felipa ha cruzado el Pachachaca. Hay en el puente una
cruz de piedra con su rebozo encima, a modo de provocación, y las tripas de una mula cortan el paso del El capítulo comienza con los efectos que tiene sobre el pueblo y sobre Ernesto el retiro de los militares
puente. El temor del pueblo es que Doña Felipa vuelva con las rebeldes a quemar las haciendas. de la ciudad. Los guardias persiguieron sin éxito a Felipa; incluso llegaron al pueblo de Andahuaylas. La
Ante esta situación, Ernesto se sorprende de que Ántero diga que, en caso de una revuelta, no estaría del complicidad civil es evidente y las respuestas de los pobladores con respecto al paradero de la chichera
lado de los indios. Ernesto, por su parte, deja en claro que él estaría del lado de Doña Felipa y los siempre se contradicen. La partida de la chichera que había quedado a cargo del local de Felipa junto con
colonos oprimidos. Luego de esta conversación deciden ir a ver a Salvinia, la enamorada de Ántero, y su el arpista Oblitas son un anticipo de este vaciamiento de la ciudad, que no tendrá como protagonistas
amiga Alcira. Una vez allí, Ernesto se acobarda, saluda a las muchachas y huye sin mirar atrás. Siente el solo a los soldados.
impulso de ir al Pachachaca a ver la cruz con el rebozo de Felipa, las tripas de la mula, el río. Pasa por En el Colegio, los estudiantes y los lazos entre ellos han cambiado. Ernesto estrecha su relación
las chicherías de Huanupata, ahora llenas de soldados bebiendo; se mete a la chichería de Felipa y con Palacitos y Romero. Gerardo, el alumno nuevo, hijo del Coronel, es amigo inseparable de Ántero.
pregunta por ella. Un soldado borracho le dice que está muerta, pero él no lo cree. Juntos acechan a las muchachas de Abancay. Además, Gerardo desplaza a Romero del lugar de liderazgo
Al llegar al Pachachaca, Ernesto ve que cruzan el puente el Padre Augusto seguido por “la opa” en los deportes y desprecia su ascendencia andina.
Marcelina. Ella se frena frente a la cruz, trepa, y roba el rebozo naranja que Felipa dejó allí como marca.
Ántero le resulta irreconocible a Ernesto, lo percibe como un perro rabioso, no diferente
al Lleras o Añuco en su maldad, ni al Peluca en su lascivia, y se lo dice. Insulta a Gerardo y lo patea, e
intenta devolverle el zumbayllu a Ántero. El Padre Director viene a separarlos y los incita a reconciliarse.
Los dos estudiantes mayores dejan de hablarle a Ernesto, y él entierra el zumbayllu en el patio.
El Peluca está preocupado por “la opa” Marcelina. Hace días que no la ve. Dicen que está enferma, con
fiebre alta; los estudiantes rumorean que el tifus está causando estragos en un pueblo cercano,
Ninabamba. Al amanecer, Ernesto se despierta y va hacia la habitación de Marcelina. Encuentra a la
cocinera inmóvil junto a la cama y ve que “la opa” está muriendo; le dice a la cocinera que vaya
corriendo a buscar a los Padres, le cruza los brazos a la moribunda, le pide perdón en nombre de todos
los estudiantes y promete lavar su ropa, como acostumbran hacer los pueblos andinos con la ropa de sus
muertos. Marcelina muere y Ernesto es sacado de la habitación severamente por el Padre Director, que,
asustado, lo encierra en el cuarto disponible del Hermano Miguel, le llena la cabeza de “kreso”, un
desinfectante, y le pone una toalla.
El Padre niega que Marcelina haya muerto de peste, pero Ernesto sabe que es así porque la ha visto en
otros pueblos y puede reconocer el comportamiento de los piojos y el color de la piel. El Padre le
pregunta si se acostó con la difunta. Ernesto percibe malicia en sus preguntas y fuego en sus ojos, y
reflexiona sobre eso que percibe en él.
Se sabe que la peste ha llegado a Patibamba. En uno de sus días de encierro, Palacitos va a despedirse de
Ernesto y le da dos monedas de oro con una nota; le desea suerte y le dice que use las monedas para su
viaje o para su entierro. Ernesto se da cuenta de que todos se están yendo del Colegio debido a la peste.
Incluso el Padre Abraham va hasta la puerta de la habitación y le dice a Ernesto que se irá; confiesa
haberse acostado con Marcelina, incluso contra la voluntad de la difunta, y dice que el demonio está en
su cuerpo y debe morir.
El Padre Director le dice a Ernesto que debe irse a la hacienda de su tío, el Viejo, por orden de su padre.
Ernesto quiere despedirse de Abancay. Toma muchos riesgos al recorrer el pueblo: conversa con una
mujer mayor que está muriendo, abandonada por su familia, e incluso va hacia la hacienda de Patibamba
y ve, conmovido, a unas niñas quitándose los nidos de piojos de la piel. Corre nuevamente hacia el
Colegio para avisarle al Padre que los indios colonos de Patibamba, enfermos, están yendo hacia
Abancay para que les dé una misa. Los soldados que quedaron en el pueblo, apostados en el puente, no
logran frenarlos, así que solo contienen, apenas, su marcha inevitable.
Aislándose de la peste, Ernesto se encierra en la habitación del Hermano Miguel, para esperar al
amanecer y partir. Desde allí escucha la misa que da el padre para los indios colonos, y luego los escucha
alejarse. Al amanecer, con la bendición del Padre Director, sale hacia la estancia del Viejo en una
caminata de tres días, pero se arrepiente. Decide hundirse en la quebrada, atravesarla y dirigirse a la
cordillera, para evitar la hacienda del Viejo Avaro. Tal vez, reflexiona, verá pasar la peste, arrastrada por
el río hacia el país de los muertos, tal como le sucedió al Lleras.