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• El Uno y lo múltiple
Sandro Palazzo
¿Qué es la verdad?
¿Cuál es el origen de todo?
¿Hay un orden del
universo?
¿De dónde vienen las cosas que vemos en el mundo y
adónde van cuando parecen morir?
A caballo entre los siglos VI y V
a.
C.
, Heráclito y Parménides nos conducen con estas preguntas a
otras cuestiones sobre la relación entre la unidad y la pluralidad, el ser
y el devenir, o la eternidad y el tiempo.
Estos son algunos de los
problemas que, en las primeras etapas de la filosofía, perfilan el
camino que seguirá la tradición del pensamiento occidental.
Un
camino, a menudo olvidado y oculto, que lleva al filósofo a mirar más
allá de lo que le muestra su día a día y a aventurarse en la metafísica.
Y es este mismo camino el que seguiremos de la mano de Heráclito y
Parménides para superar el escenario que nos rodea y pensar un
nuevo espacio, donde brilla la pureza del Uno.
Manuel Cruz.
(Director de la colección)
Sandro Palazzo
Heráclito y Parménides
El Uno y lo múltiple
Descubrir la Filosofía - 46
ÍNDICE
Introducción .
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pág.
Los primeros intentos de concebir el arché.
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" 16
Heráclito.
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" 26
Parménides.
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" 72
Apéndices.
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" 105
Título original: Eraclito e Parmenide.
Essere e divenire
Sandro Palazzo, 2015
Traducción: Roberto Falcó Miramontes
Ilustración de cubierta: Nacho García
Diseño de portada: Víctor Fernández y Natalia Sánchez
Diseño y maquetación: Kira Riera
Introducción
Los albores de la filosofía: la doxa y el logos
Acercarse al pensamiento de Heráclito y Parménides significa aproximarse al
origen de la filosofía, a aquellos que hablaron del lenguaje, hace unos
veinticinco siglos;
acercarse a los albores de la filosofía a partir de lo que
nosotros, hombres del pleno día o quizá del ocaso de Occidente, entendemos
habitualmente con ese término.
El sentido común considera la filosofía una visión particular, personal o
colectiva, del mundo, o de un aspecto del mundo, como cuando se habla de la
filosofía de vida de fulano o mengano, de la filosofía de tal partido o de tal
casa de moda o de un equipo de fútbol.
O, incluso, se dice «filosofar» en
alusión a un uso abusivo de razonamientos abstractos y oscuros que no llevan
a ningún resultado y poco tienen que ver con la «realidad»;
o se concibe la
filosofía como una disciplina cuyo objeto es confuso y, a buen seguro, menos
determinado y útil en comparación con el de la economía, la física, la biología
o la medicina.
Siendo benévolos, la filosofía se considera una forma de
sabiduría, una suerte de terapia, más económica, sin duda, que el
psicoanálisis, en la que podemos buscar serenidad o consuelo en los espacios
de tiempo robados a las horas de trabajo y a los demás quehaceres de la vida
cotidiana.
Asimismo, el filósofo, como no podía ser de otra manera, se
desentiende de estas definiciones «vulgares» y, sin embargo, desea estar a la
última y está preparado para ofrecer una imagen de sí y de su «trabajo»,
reivindicando para la filosofía —él que todo lo sabe, él cuyo pensamiento es
tan profundo, casi abisal, que se envuelve en discursos misteriosos— el
sagrado derecho a hablar de cualquier tema, a expresar su opinión sobre
cualquier asunto.
Y helo ahí, el filósofo, dispuesto a disertar sobre economía
con mayor finura que el más sagaz economista, de política con mayor
clarividencia que el político más avezado, de física con más cientificidad que
el científico más genial;
helo ahí, dispuesto a decirle al enamorado qué debe
amar y al deprimido cómo reencontrar la felicidad, y a señalar al mundo su
destino, desde los sillones de un programa de televisión de debates o, más
recientemente, desde las plazas de los festivales o de las virtuales que ofrecen
las redes sociales.
Su pues to re tra to de He rá cli to en
el fres co de la Es cue la de Ate -
nas de Ra fa el.
Sa la de la Sig na -
tu ra, Pa la cio Apos tó lico, Ciu dad
del Va ti ca no.
Sin embargo, este conjunto de modos de entender la filosofía es
justamente el espacio del que Heráclito y Parménides, en los primeros rayos
de luz de la filosofía, nos invitan a alejarnos para regresar a la «realidad» de
las cosas.
Diógenes Laercio, filósofo que vivió en la primera mitad del
siglo III d.
C.
, cuenta una anécdota sobre Heráclito, de dudosa credibilidad,
pero que a nosotros nos interesa, no ya con vistas a una reconstrucción
biográfica, sino porque, sea verdadera o falsa, indica algo esencial sobre «qué
es la filosofía»:
Él se había retirado al templo de Artemisa para jugar a dados con los
niños;
a los efesios (habitantes de Éfeso, conciudadanos de Heráclito) que
lo rodeaban, les dijo: «¿Por qué os sorprendéis, sinvergüenzas?
¿Acaso no
es mejor hacer esto que cuidar de la ciudad con vosotros?
»[1].
Así, Heráclito se había alejado de la plaza de Éfeso en la que,
imaginamos, bullían los asuntos, los debates políticos, la palabrería de todos
los días, para retirarse al templo;
pero aquí, en lugar de dedicarse a quién sabe
qué pensamientos sagrados, se había puesto a jugar con los niños.
El filósofo,
de quien cabría esperar seriedad y profundidad, se entrega a una ocupación
lúdica;
no solo ello, sino que se permite tildar a sus conciudadanos de
sinvergüenzas, afirmando a voces que la futilidad, al menos aparente, del
juego es más sensata que atender los asuntos políticos de la ciudad.
Aún no
tenemos los instrumentos para comprender cabalmente el significado
filosófico del episodio (si es que