Pepi la fea 3 Josefa Wallace
Índice
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Epílogo
Anecdotario
Agradecimientos
Créditos
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Pepi la fea 3 Josefa Wallace
A Juan Francisco
por regalarme un millón de risas.
A Teodoro
por regalarme un millón de pelos en la ropa
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Pepi la fea 3 Josefa Wallace
Mamá siempre decía: «La vida es como una caja de
bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar».
FORREST GUMP
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Pepi la fea 3 Josefa Wallace
Mi her moso sueño con españoles y playas de Ibiza se des-
vaneció automáticamente. Desperté de un salto y corrí ha-
cia la ducha porque los gritos de mi abuela me hicieron in-
tuir que me había quedado dor mida. Abrí el agua caliente y
miré la hora en el reloj que había en el baño: las nueve y
media.
—Conchesumadre, no hay tiempo.
Cerré la llave de la ducha, abrí la del lavamanos y me la-
vé la cara, los brazos, el pecho y me eché como un litro de
desodorante en espray; no fuera a pensar el médico que yo
era cochina.
Me sequé rápido y me miré al espejo. Unos enor mes
ojos como de las tortugas ninja me devolvieron la mirada.
Me palpé la guata e ignoré los nueve kilos que había subi-
do desde que había vuelto de Argentina.
«Como nueva», pensé esbozando una sonrisa.
Era marzo de 2015 y aquel era el segundo médico al
que íbamos a ver esa semana. Entramos a la consulta y casi
quedé ciega como Gollum saliendo de la cueva porque to-
do era blanco y resplandeciente. Nos sentamos, hablamos
con él y ni se molestó en examinar a mi abuela antes de ne-
gar con la cabeza.
—Es usted muy mayor —decía tajantemente—. Yo no
me arriesgaría a operarla.
—¿Muy mayor? —le dije enojada—. ¡Tiene 87 años no-
más! ¡La flor de la vida!
Me miró como si yo fuera weona y entonces mi abuela
me agarró del brazo y nos fuimos.
—Me cargó ese gallo —le dije a mi abuela mientras vol-
víamos a la casa—, qué se cree.
—Mejor así —dijo mi abuela agarrándome el brazo—.
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Tenía cara de tonto y se parecía al Che Copete. Yo no deja-
ría que el Che Copete me operara.
Nos reímos aunque por dentro se me apretaba la guata,
pero no quería demostrar mi angustia frente a ella. ¿Y si
ningún médico quería operarla? ¿Y si no había vuelta atrás?
Tragué saliva y me dieron ganas de llorar, pero me las
aguanté. No podía flaquear frente a ella.
Hacía un tiempo, cuando yo estaba en Argentina, mi
abuela empezó a sentir unos dolores raros en la guata. Se
asustó, fue al médico y, tras realizarse unos exámenes, fue
diagnosticada con cáncer de estómago. Poco a poco los
cercanos se fueron enterando de su situación y algunos de
ellos le recomendaron a médicos que podían tratarla, ante
lo cual yo la aconsejaba y la acompañaba. El problema fue
que ninguno de los doctores que visitábamos se atrevía a
hacer algo por ella porque la encontraban muy viejita.
—La vecina dijo que vio en la tele un doctor muy bueno
—me había dicho un día mientras tomábamos té.
—¿Cómo se llama? Para googlearlo.
—Espera, deja acordar me… —hizo un esfuerzo mental
—. Ya me acordé. Dencil, doctor Dencil.
—Eh… no, no es un buen doctor —dije, fingiendo una
búsqueda en Google. Ya había visto al doctor Dencil en la
tele y ni siquiera era médico.
Fuera de ayudar a mi abuela a buscar doctor mis días
transcurrían entre Teodoro, quejar me por mi gordura, pen-
sar en trabajar pero no hacerlo nunca, y hablar con mi polo-
lo.
—¿Y bien? ¿Cómo les fue? —me preguntó Ibizo en una
videollamada. Negué con la cabeza—. Bueno, Pepi, no te
aflijas. Ya tendrán más suerte para la próxima.
—Es que quizá tienen razón, y me da cuco que tengan
razón. ¿Y si no hay nada que hacer? ¿Y si se muere?
—Joder, Pepi, no seas dramática —me dijo a través de
la pantalla, que a ratos se veía medio pixelada. Estaba co-
miéndose un pan con algo—. Nadie muere de cáncer al es-
tómago…
—¿Me estái webeando?
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—Bueno, tu abuela no va a morir de cáncer al estóma-
go…
—¿Y cómo estás tan seguro?
—Pues porque es tu abuela, y por todo lo que me cuen-
tas de ella, la imagino como una especie de Darth Vader.
—Cha, qué te pasa, cómo que Darth Vader —dije entre
risa y enojo.
—Bueno, no quise decir eso —se disculpó—, más bien
es como la versión añosa de Iron Man.
Me reí, pero por dentro seguía triste.
—Me gustaría pensar que es así, pero es humana y los
años pasan la cuenta. Yo sé que igual yo ya soy mayor —
agregué, para que no pensara que soy mamona—. Tengo
casi veinticinco y sé cómo llevar mi vida, pero es que la
quiero demasiado. Ha sido todo para mí. Y no quiero estar
sola.
—No estás sola. Tienes a Teodoro. Me tienes a mí.
—No te tengo a ti, tú estás lejos.
—Sabes a lo que me refiero.
—¿Por qué no te vienes a vivir acá? —Era la décima vez
que se lo proponía desde que nos habíamos separado en
el aeropuerto de Córdoba—. Hay espacio de sobra. Estoy
segura de que mi abuela no tendría dramas con eso.
—Pepi, ya lo hemos hablado. No es tan fácil, ¿de qué
viviría allá? Acá el negocio va muy bien, administro los ba-
res de mi madre y estoy ganando un montón de pasta. ¿Por
qué no te vienes tú? —Al ver que yo abría la boca para re-
plicar, agregó velozmente—: Cuando tu abuela se recupe-
re, claro está.
Hablamos un rato más de cosas irrelevantes y corté la
videollamada porque Tulenka me llamó por teléfono.
—¡Confir mado que vienen los dos! —me dijo emociona-
da—. Hay que planear la bienvenida. ¿Tenís algo que hacer
mañana?
—Nada. ¿A qué hora y dónde?
—Costanera Center, en la entrada, donde está el puen-
te. A las dos, para almorzar. ¿Te tinca?
—Perfecto, ¡nos vemos!
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El día siguiente estaba her moso y soleado. «Cabros de
mierda», pensé cuando un montón de escolares me atrope-
llaron en su intento por entrar al vagón del metro. A mi re-
greso a Chile había notado una triste realidad: ya no solo
existían las viejas velociraptor, ahora también estaban los
jóvenes velociraptor.
Me bajé en la estación Tobalaba y caminé hacia la esca-
lera mecánica que te sube al túnel que conecta con el Cos-
tanera y me puse a la derecha, porque esa es la costumbre
europea y había pasado tanto tiempo en Europa que se me
había olvidado que a los chilenos eso les importa un pico y
se paran donde quieren. Bufé.
Lo cierto es que a ratos me sentía un poco extranjera en
mi propio país. Había pasado casi un mes desde que había
vuelto a Chile, pero aún me costaba adaptar me del todo.
Había modismos nuevos de los que recién me iba enteran-
do, nuevos recorridos de micro, gente nueva en la farándu-
la. Me traumé cuando supe que la Luli ya no era crespa y
megarrubia: ahora era morena y estaba cada día más cau-
cásica peloláis ABC1.
De pronto, a la distancia, los distinguí: una mina larga y
flaca de extenso pelo rosado y, a su lado, tomándola de la
mano, un rubiocolorín con rasgos faciales canguriles.
—¡Pepi! —gritó Tulenka abalanzándose sobre mí—.
¿Cómo estái? ¡Tanto tiempo!
—Sobreviviendo —contesté—. Qué chucha, ¿por qué
están de la mano? ¿Están pololeando?
—Oficialmente desde hace como dos horas —me con-
testó Obiwan mientras me daba un abrazo. Ahí aprovechó
de susurrar me al oído—: Gracias por despejar me el ca-
mino.
Sonreí con una sonrisa medio triste de pura envidiosi-
dad, porque ellos dos estaban ahí juntitos mientras que mi
Ibizo estaba a chorrocientos mil kilómetros a la chucha.
Caminamos hacia el patio de comidas mientras nos ac-
tualizábamos mutuamente acerca de todo lo que había pa-
sado en el tiempo sin ver nos. Un par de personas en el ca-
mino me pidieron una foto y Obiwan me agarró pal webeo.
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Aún no podía acostumbrar me a mi nueva y pequeña fama
adquirida gracias a que hacía un tiempo había sido doble
portada en LUN debido a mi blog en inter net. Era terrible
de raro.
—Llegan como en un mes y se van a quedar dos meses
—me contaba Tulenka mientras almorzábamos. Me sentí
culpable por la hamburguesa doble que me estaba zam-
pando—. Van a arrendar un depa cerca de mi edificio, en
Provi, y lo van a pagar a medias. Igual bacán porque si ne-
cesitan algo voy a estar bien cerca. La idea es hacer de
guías turísticos, ¿cachái? Onda mostrarles todo lo que…
—¿En qué momento se hicieron amigos el Greñas y
Cuantascopas? —la interrumpí sin piedad—. No se habla-
ban mucho cuando estábamos en Córdoba…
—Por lo que me dijo Lucas, hicieron un trío con
Schuainstaiger cuando nos fuimos todos —contó Obiwan.
Abrí la boca para hacer un comentario sobre eso pero me
atajó—. Un trío de amigos, porque no había más pasajeros
ya en el hostel.
—Temporada baja —acotó Tulenka metiendo un par de
hojas de lechuga a su boca. No sé si ustedes alguna vez
han sentido depresión ensaladil al ver a una mina flaca flaca
almorzando ensalada mientras ustedes se comen algo con
veinte sellos negros.
—La raja, una lástima que Ibizo no venga, pero filo,
igual vamos a carretear como enfer mos —les sonreí espe-
rando aprobación, pero ambos empezaron a quejarse de
que tenían que trabajar.
—Tengo veintisiete, ya no estoy pa tantos trotes —co-
mentó Obiwan soplando una mecha rubiocolorina que le
caía en la frente, la cual fue ordenada inmediatamente por
Tulenka—. Tú deberías buscar pega y dejar de ser cesante
alguna vez.
—Qué weá te pasa —le espeté medio enojá medio en
serio—. Acabo de ter minar un magíster chuperbacáns; ne-
cesito vacaciones.
—¿En serio? ¿Más vacaciones? —dijo Obiwan levantan-
do una ceja.
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—Un poquitín más de vacaciones.
—Oye, ¿y por qué Ibizo no quiere venir? —preguntó Tu-
lenka en parte para que Obiwan y yo no nos agarráramos
de las mechas. En el último tiempo y en el grupo de Whats-
App que habíamos hecho me mandaba a trabajar al menos
dos veces al día.
—No es que no quiera, no puede. Ya te dije po, la ma-
má lo tiene cazado allá. Le enchufó la administración de
unos bares y no se puede venir.
—¿Y tú ir para allá?
—Tengo que cuidar a mi abuela.
—¿Y tus papás no te pueden ayudar? —preguntó
Obiwan demasiado tarde porque sentí cómo la patada de
Tulenka me pasó rozando por debajo de la mesa (ay, me
acordé de Luis Miguel).
—Mis papás murieron cuando yo aún no aprendía ni a
caminar —respondí con solemnidad y zanjé el asunto. El
ambiente casi casi se puso incómodo, pero no alcanzó.
—No me calza —dijo Tulenka—. Ibizo está viejo y es
bien decidido, ¿por qué no le dijo a su mamá que quería
hacer su vida?
—¡Porque es responsable y la tiene que ayudar con la
pega! —me chorié. ¿Cómo se atrevían a dudar de mi Ibizo?
—Igual la Tulenka tiene razón —comentó Obiwan chu-
peteando la bombilla de su Coca-Cola—. Se fue a Argenti-
na contigo y no le preguntó a la mamá, pero de un mo-
mento a otro decidió que su mamá mandaba en su vida y
no le importó haber hecho un magíster pajero y no ejercer
su profesión. ¿Estái segura de que está administrando ba-
res?
—Sí.
—¿Tienes pruebas? ¿Fotos de Facebook o algo?
—Ibizo no tiene Facebook…
—¿Segura que no tiene Facebook? —insistió Obiwan—.
Quizá siempre ha tenido.
—Obiwan, ¿por qué no tomái tu supercapa y te vai a la
superchucha? —Me había enchuchao en serio.
—Perdón, Pepi, no lo digo por molestar, es que no sé,
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después de todo lo que pasó con el Español ya no confío
en los españoles, me dan mala espina; no sé, como que los
europeos no tienen alma.
—No, yo no creo eso —esta vez Tulenka se dirigió a
Obiwan—, yo creo que va más por la Pepi. Y no es por
ofenderte ni nada —ahora me miraba—, es que Ibizo es
grande ya, ¿cuántos años tiene? ¿Veintisiete? ¿Veintiocho?
Y tú igual eres superinmadura, Pepi, fíjate que lo primero
en que pensabas cuando nos juntamos fue en carretear.
Quizás Ibizo reflexionó lo de ustedes, no sé, a veces esas
cosas pasan en las relaciones a distancia. Quizás allá, traba-
jando, sentó cabeza y se dio cuenta de que tú estás en una
onda muy de webeo aún.
—¿Muy de webeo? ¿En serio? —quise replicar con argu-
mentos profundos, poner como excusa a mi abuela o a mi
gato, pero la dura realidad me estaba golpeando cuática-
mente en la cara.
—O sea erís una mina inteligente, ¿cachái? —continuó
Tulenka comiéndose las últimas hojas de su lechuga—. Pero
como que no lo aprovechái muy bien, te descuidaste un
poco puede ser.
—¿Qué es eso de descuidarse?
Tulenka se encogió de hombros nomás y luego dijo:
—Yo creo que Ibizo no se quiso venir contigo porque
eres muy inmadura.
Las papas fritas que sobraron me las metí a los bolsillos.
Me parecía a John Rambo caminando con los costados tan
abultados, igual que un vaquero, así que de vez en cuando
sacaba una para vaciar la carga y un par de personas me
miraron raro, pero no me importó porque mi abuela siem-
pre me hablaba de los niñitos de África y que la comida no
se puede desperdiciar.
El resto de la tarde nos dedicamos a recorrer el mall y a
hablar trivialidades, pero yo me mantenía un poco aparte
porque lo único que quería era llegar a mi casa a pensar.
Estaba muy triste reflexionando en las palabras de Tulenka
y lo peor es que cada vez me hacían más sentido.
Recordé una conversación trivial que habíamos tenido
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en Córdoba, donde había sido tema eso de mi inmadurez,
pero yo pensaba que era bromita nomás. Nunca lo tomé
como algo serio o importante porque, mal que mal, si Ibizo
me quería, yo asumía que me quería tal cual era, ¿no? ¿No
que así funcionaba la cosa?
Pero a pesar de todas las justificaciones que yo pudiera
ar mar en mi cabeza quizá lo que pensaba Tulenka era ver-
dad. Quizás ella tenía razón. Quizás Ibizo no se había veni-
do a Chile conmigo por mi terrible, odiosa y chulpic inma-
durez.
Y entonces su frasecita no dejó de retumbar me en la ca-
beza: «Yo creo que Ibizo no se quiso venir contigo porque
eres muy inmadura».
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Iba en el metro de vuelta a la casa pensando muchas cosas,
porque cuando ando en metro me pongo reflexiva entre
tanto olor a pata y poto. Pensaba en que lo bacán de estar
en otro país es que podís vivir con un pan con mortadela al
día para sobrevivir y no te importa nada, porque es lo que
hay. Cuando estuve en España vivir era más caro que chu-
rrasco de motel, así que tenía que medir mis gastos, y eso
incluía medir la comida. Si bien igual chancheaba, me mo-
deraba un poco, pero a medida que me iba acercando a
Chile mi gordez se estaba disparando.
En Argentina comer era barato y, si bien me puse a die-
ta allá y bajé cinco kilos, las últimas dos semanas con Ibizo
nos dedicábamos a comer más que el jurado de Master
Chef y ter miné subiendo el doble. Y acá en Santiago era
peor, porque mi abuela es fatal. Todos los días cocina cosas
ricas y yo no puedo negar me a sus suculentos platos. Ade-
más, cocinar le sirve para distraerse, y me da penita recha-
zar sus jugosos y alimenticios platillos.
Todo esto era un problema que se sumaba a mis ante-
riores dramas existenciales.
1. Estaba guatona y era innegable, porque los 110 kilos
que marcaba la pesa no mentían.
2. Mi abuela tenía que operarse y hasta el momento nin-
gún médico quería hacerlo debido a su avanzada
edad.
3. Tenía un pololo lindoprecioso más her moso que Álvaro
Rudolphy, pero no servía de nada porque estaba en
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España, yo en Chile y ninguno tenía las posibilidades
(o intenciones) de viajar al país del otro.
4. Obiwan había hecho que un nuevo y horroroso adjeti-
vo se sumara a los que yo antes ya tenía bien claro po-
seer:
CESANTE. Cesante grabado en la frente.
Cesante, gorda, sin pololo y casi sin familia. ¿Qué po-
día ser peor?
Llegué pa la cor neta a mi casa y Teodoro salió a recibir me.
—¿Me encontrái inmadura, Teodoro? —le pregunté.
—Estái hablando conmigo —me dijo mentalmente—.
Eso debería responder tu pregunta.
Entré a mi pieza y me eché como vaca. Miré a mi alre-
dedor los posters de mi adolescencia que me había nega-
do a quitar de la pared y que mi abuela tantas veces inten-
tó destruir sin éxito alguno. En una estantería mi colección
de figuritas de El Señor de los Anillos, Star Wars y Harry Po-
tter, una en cada piso. Mis pantuflas de gato. Mis sábanas
con estampados de dinosaurios. Mis peluches de persona-
jes de Final Fantasy. Mi disfraz de Frodo aún asomado de la
parte de arriba del clóset.
Tenía que hacer algo, sí o sí. Tenía que adelgazar, tenía
que buscar trabajo, tenía que madurar y sentar cabeza no
solo para que Ibizo se diera cuenta de que valía la pena ve-
nir a Chile, sino para que Teodoro tuviera una imagen ma-
ter na bacán y para que mi abuela se sintiera orgullosa de la
nieta a la que tantos años y kilos de comida había dedica-
do.
Fui al refrigerador decidida a empezar una vida saluda-
ble y saqué un pote con helado y unas cuantas galletas. Era
la despedida, ¿ok? Después de eso ya no más postres ni
chancherías.
Pasó el tiempo y traté de todo para adelgazar, pero ter-
miné subiendo diez kilos más de la pura ansiedad que me
daba hacer dieta. Pa más cagarla, en una visita rutinaria de
Teodoro al veterinario, la doctora me retó porque el gato
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también estaba guatón, así que tuvimos que poner nos a
dieta ambos. Se me fue gran parte de mi plata comprándo-
le tarros de comida light y, con el paso de las semanas,
Teodoro bajó el rollo que le colgaba, pero yo seguía igual o
peor. Conchesumadre, ¿qué puede ser peor a que tu gato
adelgace y tu engordís?
Ibizo
Que no estás gorda, Pepi! !hasta cuándo la sigues liando con
eso?
Leí el WhatsApp de Ibizo mientras iba camino al departa-
mento del Greñas y Cuantascopas. Después de casi un mes
al fin habían llegado a Santiago y Obiwan y Tulenka ya esta-
ban con ellos.
Pepi
Es que he engordado un poquito desde la última vez que nos vi-
mos
Ibizo
Joder!!
De una vez por todas, cuánto?
Pepi
Un par de kilitos
Mentí.
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FIN DEL FRAGMENTO
Sigue leyendo, no te quedes con las ganas
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