Esa tarde, durante el entrenamiento, Antonio no pudo evitar recordar el rostro de
Norberto. En su men- te estaban frescas aún las imágenes del día anterior. Sus ojos
vidriosos, su gesto de desprecio, su arrogancia, su boca pronunciando en cámara lenta
la palabra arrimado. Antonio se lanzó a la piscina y en cada brazada, en cada golpe
contra el agua, quiso imaginar que en realidad lo estaba golpeando a él. Tomó aire y lo
contu- vo hasta cruzar nadando con fuerza todo el largo de la piscina, golpe a golpe.
Dio vuelta y se impulsó con los pies mientras su cabeza latía con furia.
Cinco largos, veinte, cien.
Norberto era su motor para el odio. Norberto era el eterno recuerdo de ese niño que
años atrás lo había empujado a la piscina y lo había hecho sentir como un gusano.
"Nunca más se repetía Antonio mientras nadaba, nunca más te burlarás de mí". Y
aunque se sentía exhausto, no quería dejar de nadar. No quería salir de ese espacio
que era el único en el que podía quedar a mano con sus frustraciones.
-¡Bien, Antonio! le felicitó el entrenador-. Estás mejorando tu marca. Atraviesas un
buen momento.
Antonio se quitó los lentes y la gorra, y agradeció.
Se sumergió en el agua hasta que el oxígeno se agotó y al salir repitió agitado:
-¡Ja! Un buen momento...
Cuando se preparaba para volver a casa en su patine- ta, un mensaje de su mamá se
anunció en el teléfono:
-Mis tres palabras del día: jefa, bruja, nostalgia.
¿Las tuyas?
Antonio contestó:
-Tareas, piscina, pizza.
¡Hijo! Casi siempre hay comida basura en tus tres palabras.
-Y en las tuyas siempre hay nostalgia, ma.
-Es verdad. Deberíamos dejar de comer eso. Dema- siada nostalgia y demasiada pizza
hacen daño. ¿Todo bien contigo?
-Sí, ma. Todo bien.
-Estoy agotada, mañana te escribiré.
-Descansa.
Llegó a casa pasadas las seis de la tarde. Entró sin hacer ruido, no quería encontrarse
con el marido de su tía.
Cuando abrió la puerta de la habitación vio ahí a Leo y a Beatriz. Ella sostenía en una
mano un vaso de agua y en la otra, una aspirina; estaba sentada en el pie de la cama de
Antonio, y al verlo llegar suspiró y sin preám- bulos le dijo:
-Tienes que entenderlo.
-¿A quién, tía?
-¡A Norber! Supe lo que pasó ayer.
-Ah...
-Él es un hombre magnífico y es el jefe de este hogar. Estos días está especialmente
nervioso porque el trabajo lo tiene agobiado.
Antonio asintió sin pronunciar palabra.
-¡No fue justo lo que hizo, mamá! -interrumpió Leo. Antonio no tuvo la culpa de que
esa cosa se rom- piera y mi papá reaccionó como si fuera el fin del mundo.
La mujer tragó la aspirina y continuó hablando mien- tras se sacaba los zapatos de
tacón y aliviaba sus pies carnosos:
-¡Esa es la clave! ¿Alguno de ustedes sabe qué es esa cosa que se rompió?
Antonio y Leo se miraron sin saber qué responder.
-Para su información, esa cosa que se rompió era
la placa que Norberto recibió cuando hace seis años
ganó la mención de honor en el Noveno Concurso de Cuento sobre Especies Andinas
en Peligro de Extinción, del Banco de la Cordillera.
Leo levantó las cejas sin entender toda la perorata, mientras que Antonio recordó que
años atrás ese ban- co había quebrado y desaparecido... igual que la placa.
-¡Es un premio muy importante! continuó Beatriz.
-No es un premio, mamá, es una mención. Y una mención es como un premio de
consolación, como en la tele, cuando en lugar de ganarte el viaje a Europa te dan un
ventilador.
-¡Bueno, lo que sea! Pero tienen que entender a Norberto, es un escritor y los artistas
son muy sen- sibles. Quiero pedirte, Antonio, que mañana mismo hables con él y le
pidas disculpas.
-¡Pero Antonio no hizo nada, mamá! Fue mi papá quien lo golpeó.
-Tú te callas, Leonardo. Confío en que harás lo que te he pedido, Antonio, para evitar
más problemas en la familia. Ah... hay pizza en la cocina.
Beatriz se retiró a descansar aduciendo dolor de cabe- za y los dos muchachos se
quedaron solos en su cuarto.
Leo mostró un gesto de vergüenza, como quien se disculpa por los errores ajenos, y
solo dijo:
-A veces no entiendo a mis papás.
-Ya. Lo raro sería que los entendieras... ahí sí que tendríamos que llevarte a un
terapeuta.
Leo sonrió.
-Sí, tienes razón.
-¿Conoces a alguien de tu edad que diga: "¡Qué bien comprendo a mis papás, tienen
toda la razón cada vez que me dicen que estudie y que no salga con mis amigotes!"?
-No.
-¿Tienes algún compañero que diga: "Mis papás tienen razón, esta ciudad está llena de
delincuentes; nunca más volveré a salir por la noche a una fiesta"?
-No.
-¡Pues ya está, Leo! Lo normal es no entenderlos. Te he ahorrado la consulta al
psicólogo. Mejor duér- mete ya y no le des más vueltas a este tema; yo ya lo olvidé, de
verdad.
Pero no lo olvidó.
Porque Antonio no olvidaba fácilmente los golpes, y esa no era la primera vez que el
esposo de su tía le ponía una mano encima. Ni era la primera vez que lo humillaba
llamándolo arrimado.
Norberto era un escritor que había publicado un libro diez años atrás. Había inventado
un género que, según él, sería todo un éxito de ventas: la poesía de au- toayuda. El
libro no había logrado vender más de ciento diecisiete ejemplares, según el último
reporte que le había entregado la editorial. Por eso, Norberto malde- cía al mundo que
no valoraba su talento, maldecía a los editores que no publicaban sus nuevas obras,
maldecía a los periodistas que no lo sacaban en las portadas de revistas o periódicos
culturales, maldecía a los lectores que no compraban su libro, y maldecía a los demás
es- critores que no lo invitaban a sus reuniones y congresos. Norberto maldecía y
rumiaba su fracaso día a día.
A veces Leo y Antonio lo escuchaban leer en voz alta en la sala de la casa, con
teatralización incluida, una nueva y horrorosa "creación poética de autoayuda":
Cuánto me desgasta el sufrimiento, el desamor es hoy mi condena.
Mejor me levanto y recupero el aliento
y a la vida aporto mi granito de arena.
Otras veces se levantaba feliz del escritorio y de- cía: "Escuchen este poema, va a ser
un éxito porque es para las divorciadas con baja autoestima, que lo están pasando
mal":
Ya no me amaba, jeso no lo dudo!,
sus manos evitaban mi forma rolliza.
Pero yo sabré diseñar mi futuro
jy juro que recuperaré la sonrisa!
Antonio y Leo lo escuchaban con una extraña mez- cla de risa y vergüenza. Y cuando él
les pedía opinión o comentarios, ellos solo atinaban a responder:Está genial!
Norberto se había fabricado su imagen de intelec- tual: de contextura delgada, no era
ni alto ni bajo. Tenía el cabello ralo, negro, liso y grasoso, atado en una co- leta. Llevaba
anteojos de marco grueso, barba de tres días, chaleco de lana y un tatuaje de Paulo
Coelho en el hombro. Fumaba pipa y siempre andaba buscando cerillas por toda la
casa.
Un día leyó que varios escritores famosos tuvie- ron como mascota a un gato, y de
inmediato abrió la puerta de su casa a un gato callejero y sarnoso que pasaba por ahí.
Le quitó las pulgas y lo bautizó con el nombre Quijote. Pero su nueva e intelectual mas-
cota resultó estar más loca que el propio Quijote de Cervantes y en dos días destruyó
cojines, alfombras, cortinas, almohadas y sillones. Además repartió ara- ñazos a todos
los habitantes de la casa. Y, para cerrar con broche de oro, vomitó una sustancia espe-
sa y blancuzca sobre el teclado de la computadora de Norberto. Hasta ahí llegó la
afición felina del escritor.
Desde siempre había vivido del sueldo de su esposa, Beatriz, que era contadora en una
fábrica de zapatos. Y aunque los ingresos de ella eran los que le solucionaban las
necesidades a él, Norberto no perdía la ocasión para cuestionar a su mujer por no
poder conseguir algo mejor.
Su hoja de vida solo mencionaba en letras negritas el libro que había publicado y la
mención de honor en el Noveno Concurso de Cuento sobre Especies Andi- nas en
Peligro de Extinción, del Banco de la Cordillera. A veces hacía algún trabajo freelance
para una agen- cia de publicidad que lo contrataba para que redactara cuñas de radio
para los partidos de fútbol. La última mención que había escrito era una que decía: "El
comen- tario del gol llega a usted gracias al gentil auspicio de Talco El Oloroso, para
que, de sus pies, usted se siența orgulloso".
Su mujer lo amaba y admiraba. Ella estaba convenci- da de que se había casado con el
clon de Shakespeare. Lo contemplaba extasiada, segura de que algún día se enfundaría
un traje negro de etiqueta, para asistir a la entrega del premio Nobel de literatura a su
marido.
Norberto, con demasiada frecuencia, la miraba con fastidio y se burlaba de su
sobrepeso o de su exceso de maquillaje. Hacía comparaciones groseras, disfrazán-
dolas de cariño: "Ven aquí, mi ballenita" o "Estás muy guapa, pareces un payaso de
circo".
Pero ella hacía oídos sordos y se daba por satisfecha con tener un marido en casa. Un
marido artista.
Cuando Antonio pensaba en Norberto sentía rabia y rencor. Quería devolverle, una a
una, sus bofetadas, sobre todo los golpes de desprecio.
Tenía registrados en su memoria aquellos momentos en que Norberto, envenenado, le
recordaba que esa no era su casa, que esa cama no le pertenecía, que se llenaba el
estómago gracias a su benevolencia, y lo amenazaba siempre con la misma frase: "Un
día de estos me cansaré y te sacaré de aquí a patadas".
Parecía que Norberto olvidaba que cada mes llega- ba puntualmente una transferencia
desde España para sufragar sus gastos.
Norberto sembraba minas emocionales para que Antonio explotara. Lo desafiaba
permanentemente. Un día el chico llegó de la natación y lo encontró mirando una foto.
Era una imagen de cuando Alba y Beatriz-su ma- dre y su tía eran muy jóvenes; Alba
tendría 14 y Beatriz, 20. Norberto levantó la foto y con su risita per- versa le dijo:
-¿Sabes?, siempre me pareció que estaba buenísi- ma... no te imaginas las veces que
soñé con ella, y no sabes todo lo que ocurría en esos sueños...
Antonio soltó su mochila al piso y lleno de furia
le preguntó:
-¿Con quién soñabas?
Norberto volvió a sonreír y le respondió:
-Eso lo dejo a tu imaginación.
La amenaza no cesaba, los detonantes se escondían detrás de palabras aparentemente
inocentes, de una canción, de una foto o de un recuerdo. Antonio solo po- día estar
alerta para no poner el pie y el alma en el lugar equivocado, porque el riesgo de
explosión era [Link] llegará el día pensaba cuando por fin ponía la cabeza en la
almohada ajena-, llegará ese día en que cruce la puerta y desaparezca para siempre".
Con los ojos cerrados lanzaba un suspiro y entonces concluía: "Ese día te las cobraré
todas, Norberto".