0% encontró este documento útil (0 votos)
5 vistas244 páginas

Matrimonio y Desafíos en Mallaig 1424

En 1424, Gunelle Keith, una joven de Aberdeen, es forzada a casarse con Iain MacNéil, heredero del clan de Mallaig, como parte de una alianza económica entre clanes. A medida que se adapta a su nuevo entorno, enfrenta el rechazo de su esposo y las tensiones de las guerras entre clanes, mientras lucha por encontrar su lugar en una sociedad que le resulta ajena. La historia explora su desafío personal y la búsqueda de aceptación en un mundo hostil.

Cargado por

mjk96833
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
5 vistas244 páginas

Matrimonio y Desafíos en Mallaig 1424

En 1424, Gunelle Keith, una joven de Aberdeen, es forzada a casarse con Iain MacNéil, heredero del clan de Mallaig, como parte de una alianza económica entre clanes. A medida que se adapta a su nuevo entorno, enfrenta el rechazo de su esposo y las tensiones de las guerras entre clanes, mientras lucha por encontrar su lugar en una sociedad que le resulta ajena. La historia explora su desafío personal y la búsqueda de aceptación en un mundo hostil.

Cargado por

mjk96833
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

1° de la Trilogía El Clan de Mallaig

(Gunelle – 2008)

Escocia, 1424. Con diecinueve años, Gunelle Keith, hija de un próspero comerciante de Aberdeen, en las
Lowlands, es dada en matrimonio a Iain MacNéil, heredero del clan de Mallaig, de las Highlands. Esta
alianza servirá, sobre todo, a los intereses económicos de los dos clanes. Culta e instruida, la joven se ve
repentinamente inmersa en el universo salvaje de Mallaig, donde se siente por completo desarmada.
En el plazo de un año, la prodigiosa Gunelle ha de aprender una nueva lengua y conocer las costumbres
del pueblo que la ha acogido. Además, se enfrenta a la convivencia con un esposo que la rechaza, en el
contexto de las terribles guerras entre clanes que afectan de manera inevitable a quienes la rodean.
¿Logrará esta mujer imponer sus valores a su familia política, ganarse la estima de sus parientes y civilizar a
su bárbaro marido?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 1


Capítulo 1

El exilio
Había llovido durante casi todo el trayecto desde el valle del Dee hasta la costa occidental de
las islas, en dirección a Mallaig. Todo en nuestro reducido séquito despedía un pesado olor a
humedad: los vestidos, la lona y la madera de roble del carruaje, el pelaje apelmazado de los
caballos, nuestros tocados y cofres. El continuo tamborileo del agua sobre la lona empapada que
cubría el coche favorecía la atmósfera lúgubre que se había adueñado de nosotros desde la
partida. Se diría que el tiempo brumoso y gris quería armonizar con la desolación en la que mi
alma se había hundido resueltamente. Cada piedra que pisaba el tiro de los caballos me alejaba un
poco más de mis familiares y del castillo que habían erigido en las orillas del Dee en, según me
parecía, la noche de los tiempos. «¿Qué tiene de dramática una separación de los padres cuando
se está a punto de cumplir los veinte años?», me pregunté.
Cinco días ya de viaje ininterrumpido por los caminos embarrados de las montañas a las que me
dirigía, desolada, con la única compañía de mis dos sirvientas, cuatro guardias y los hombres del
séquito, hacia mi destino. El destino de la tercera hija de Nathaniel Keith, próspero armador de
Aberdeen, dada en matrimonio al segundo hijo de Baltair, jefe del clan MacNéil, de Mallaig. Yo no
me resignaba al desgarramiento total y defnitivo que representaba para mí esa expatriación.
Aquella alianza tenía todas las características de un desastre para mi espíritu leal y mi corazón
inexperimentado, pero me era forzoso admitir que, en cambio, tenía una gran importancia
estratégica para unos clanes enfrentados que de ese modo se unían.
En efecto, la larga disputa de nuestros padres y abuelos acerca del uso de blasones similares
para los dos clanes había sido llevada ante la justicia aquel año de gracia de 1424, y fallada por el
tribunal en favor de los MacNéil. Para que los Keith conservaran el halcón y las tres bandas de oro
en su blasón, era preciso unir a las dos familias mediante un matrimonio. Además, los bosques de
los montes Grampianos otorgados por el rey a los MacNéil representaban un potencial de madera
para la construcción naval inestimable para mi padre. Como a los MacNéil sólo les interesaban los
bosques para cazar, los ingresos por la tala constituían para las dos familias una poderosa razón
para cerrar una alianza. El único heredero de los MacNéil era soltero, y yo era la única hija
casadera de mi familia. Así, fui la designada para ser sacrifcada a esa unión. A ese acuerdo habían
llegado en la primavera mi padre y su rival de Mallaig. Porque nada era más cómodo para aquellos
dos hombres orgullosos que disimular sus rencillas por medio de la unión de sus hijos. Sin
embargo, desde el principio la conclusión del acuerdo no resultó fácil, tanto por parte nuestra
como por la de aquel al que me destinaban, según supe más tarde.
Debido a mi temperamento independiente nunca me había interesado el matrimonio, pero
además me resultaba extremadamente penoso contraer una alianza con un hombre al que no
conocía y del que apenas tenía referencias, salvo que pertenecía a un clan de las Highlands, un
territorio con fama de hosco y duro. Yo estaba poco preparada para integrarme en aquella
sociedad. Como era la hija menor, fui mimada y protegida por mi familia hasta que me enviaron a
estudiar a Francia, con mi to John Carmichael, obispo de Orleáns. Llevaba ya cuatro años de
aprendizaje en el convento monástico cuando la situación diplomática con Francia se degradó y mi
padre me llamó de nuevo a Escocia, a Crathes, el castillo de mi infancia, donde pasé el que había
de ser mi último otoño de soltera.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 2


Las bases del contrato matrimonial incluían, para mi padre, otras cuestiones de importancia,
además del blasón. Mi familia necesitaba, para la construcción de nuevos navíos, la madera de los
bosques que pertenecían al clan MacNéil, y la alianza debía garantizar el aprovisionamiento
continuado de la materia prima para su comercio. Así, en las cláusulas del contrato se especifcó
que, al aportar el clan MacNéil más elementos a la alianza que el de los Keith, sería el señor
MacNéil quien ganase una hija, y no el señor Keith quien ganase un hijo.
La temporada que yo acababa de pasar en Crathes, con mis padres, mis dos hermanos, mis dos
hermanas y sus maridos, estuvo llena de tensión. No pasó una semana sin que yo hiciera un nuevo
intento para cambiar aquella decisión, que pesaba sobre mí como una espada de Damocles. Pero
mi oposición al proyecto no consiguió otra cosa que irritar a mi padre. Le contrariaba mucho mi
actitud cerrada y se negó a escuchar ni siquiera una palabra de mis argumentos. Tampoco
conseguí el apoyo de mi madre, que, a pesar de que acostumbraba ponerse a mi favor en todo,
nunca se oponía a su señor en los asuntos del clan. Porque aquel matrimonio era, en efecto, un
«asunto del clan» y tenía poco que ver con mi propia felicidad, o lo que yo entendía por tal. Así
pues, me rebelé y luché completamente sola, y en vano, durante todo el otoño. Finalmente, no
sólo fracasé en mi intento de cambiar la decisión de mi padre, sino que se enfadó tanto conmigo
que, antes de la Navidad, me envió sola y con un séquito reducido al encuentro de mi destino. Ni
él, ni mi madre, ni mis hermanos, Daren y Robert, iban a asistir a mi boda. Aún menos mis dos
hermanas, ambas embarazadas. Creo que aquel desaire fue el último clavo que selló el ataúd en
que se había convertido mi exilio.
Nellie, mi anciana nodriza, y Vivian, mi joven sirvienta, canturreaban en voz baja en el fondo del
coche. Como no sabían si yo estaba de humor para unir mi voz a las suyas, se aventuraban de vez
en cuando a aquellas pequeñas pausas musicales que derramaban un poco de bálsamo sobre su
tedio y su amargura. Porque aquel exilio no era más feliz para ellas que para mí, y sólo el profundo
afecto que sentan por mí las había retenido a mi servicio. ¿Qué iba a ser de las tres en un país con
fama de rústico y despiadado? La incógnita me asaltaba cada vez que volvía la mirada hacia ellas.
Me oprimía el peso de su fdelidad en aquella formidable encrucijada de nuestras vidas, y no me
atrevía a confarles mis aprensiones para no hacer más pesado su fardo.
El coche se detuvo y pasaron unos minutos antes de que el teniente Lennox viniera a
prevenirnos del alto. No nos habíamos dado cuenta de que el día estaba a punto de concluir,
porque desde la mañana la lluvia nos había envuelto en la oscuridad. En una hora sería de noche, y
teníamos que preparar un campamento, el tercero desde nuestra partida. En efecto, habíamos
podido dormir en albergues dos noches, antes de adentrarnos en los montes Grampianos, que
cruzan Escocia de norte a sur. «Mañana dormiremos en el castillo de Mallaig, mi futura residencia.
Mañana conoceré el rostro de mi esposo», me dije con una evidente falta de entusiasmo, incluso
de simple curiosidad.
Me levanté ligera y bajé del coche, feliz por desentumecer las piernas. Por fn había parado de
llover. Grandes matas de brezo crecían aquí y allá, protegiendo superfcies de suelo duro y seco.
Sent deseos de echar a correr y precipitarme de vuelta por el camino que bajaba hacia el valle del
Dee. «¿Para qué? ¿Tendré siquiera la posibilidad de volver algún día?», pensé con tristeza. De
pronto me di cuenta de la soledad que nos rodeaba. No distinguí ninguna carretera, ni delante ni
detrás de nuestro carruaje. Estábamos en medio de la vegetación mezquina de las tierras altas, y
seguíamos lo que me pareció, ni más ni menos, un sendero.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 3


—Pero ¿dónde está la carretera, teniente Lennox? —exclamé.
—No hay carreteras en el noroeste, señora. No hay puentes, tampoco, ni casas de postas. Esto
son las Highlands —me respondió, con aire resignado. Luego añadió, en un tono que quería ser
tranquilizador—: Yo he venido muchas veces y conozco el camino, por suerte; si no, habríamos
necesitado que Mallaig nos proporcionara una escolta.
Mi decepción no podía ser mayor. Crecí en medio de ciudades y calles, carreteras y puertos que
eran para mí el símbolo de los intercambios, del comercio y de la misma vida. Representaban el
sello tangible de la civilización. Pero ahora no sólo me habían dado en matrimonio a un clan
extraño a mi familia, sino que además me enviaban a un territorio salvaje. Un escalofrío me
recorrió de arriba abajo. Me dominé al percibir la mirada llena de aprensión del teniente, y alcé la
cabeza, desafante. «Lo afrontaré —me dije a mí misma—. Me lo debo a mí, se lo debo a Nellie y a
Vivian y, a pesar de todo, a mi familia. ¡El honor de los Keith depende de mi actitud frente al clan
MacNéil!» Así pues, cuando llegó el momento de reemprender la marcha subí al carruaje con aire
resuelto. El fn de la jornada transcurrió sin incidentes, bajo un cielo gris, en un paisaje triste y
brumoso que anticipaba ya las nieves inminentes.
Mientras Nellie y las personas de mi escolta preparaban nuestra modesta cena, apareció un
grupo de cuatro hombres, tres de ellos a lomos de muía y el cuarto conduciendo una carreta tirada
por un buey. Apenas me dio tiempo de verlos cuando el teniente Lennox me pidió que me
quedara dentro del coche. Aunque el camino que seguíamos desde el inicio del viaje no era
considerado peligroso desde que el rey Jacobo había mandado a prisión a los highlanders
insumisos, él prefería ocultarme a la vista de cualquier viajero; sin duda, eso formaba parte de las
estrictas normas de seguridad en las escoltas de aquel hombre de edad madura y complexión
maciza, de una lealtad indefectible a nuestra familia. Como yo lo apreciaba y no quería
contrariarlo, siempre seguía sus recomendaciones. Lo hacía de buena gana ya que sabía que podía
contar con Nellie y Vivian, que me informaban detalladamente de todo lo que averiguaban en los
raros encuentros que habíamos tenido durante el viaje.
Ellas me trajeron por fn la cena al carruaje, porque los viajeros parecían decididos a quedarse,
y de hecho no dejaron nuestro campamento sino al amanecer del día siguiente. A mí también me
habría gustado dejar secar mis ropas junto al fuego como ellas, y charlar toda la velada con los
extraños. Cuando por fn las dos volvieron al coche para pasar la noche, yo no dormía. Estaba
impaciente por conocer las informaciones que me traían, y se lo pregunté tan pronto como se
hubieron arrebujado en sus mantas.
—¡Ah, preciosa mía! —me contestó Nellie en tono lastimero—, no son más que villanos en
busca de trabajo, y un maestro vidriero de Inverness. Monta y repara los vitrales de las iglesias y
los castillos de las Highlands. Su hijo lo acompaña para aprender el ofcio. Buena gente, según
creo.
Mi nodriza se dio la vuelta y pareció querer terminar así su breve informe. ¿Eran la hora
avanzada y el cansancio de la jornada, era la falta de interés de aquel encuentro lo que la hacía tan
poco locuaz? Yo no habría sabido decirlo. Estaba demasiado oscuro para poder distinguir sus
rasgos, por lo general tan reveladores para mí. Pero Vivian, después de unos momentos de
silencio, declaró con voz burlona:
—No creo equivocarme mucho, aunque es verdad que su acento era espantoso, pero por lo
menos dos de ellos no habrían arrugado la nariz ante la oportunidad de contar con compañía

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 4


femenina durante el resto del viaje. En todo caso se divirtieron a lo grande en el castillo de
Mallaig, cuando repararon las vidrieras de la gran sala, el mes pasado.
Para mi sorpresa, Nellie le ordenó en tono severo que se callara, alegando que quería dormir.
Sin embargo, no era costumbre suya interrumpir a mi criada, cuya charla apreciaba
particularmente. Supuse de inmediato que las informaciones que les habían dado sobre los
habitantes del castillo de Mallaig eran dignas de interés. De modo que me apresuré a dar cuerda
otra vez a Vivian, pidiéndole que me lo contara todo. Así supe, a través del relato desenfadado de
mi sirvienta, que el estilo de vida de los señores MacNéil carecía enteramente de nobleza y de
educación. Llevada por el placer de charlar, me contó incluso los comentarios desfavorables de los
viajeros respecto del heredero MacNéil, al que califcaron, por decirlo de alguna manera, de
granuja.
En ese momento de su relato, comprendí que con su reticencia a hablar mi nodriza había
intentado protegerme. Cuanto menos supiera yo de mi futuro esposo, mejor podría afrontar a su
familia. Mantenerme ignorante de la personalidad del hombre al que iba a atarme de por vida era,
para mi fel amiga, una garanta de mi serenidad de espíritu. Pero no podía hacer callar a Vivian,
porque yo le había ordenado que hablara. De modo que sólo le quedaba la esperanza de que ésta
guardara silencio sobre los pasajes más delicados. Pero todas sus esperanzas se desbarataron.
Cuando Vivian estaba lanzada, no se le podía pedir que distinguiera entre lo que se podía decir y lo
que convenía callar. Y cuando mi sirvienta calló por fn y me deseó buenas noches, fue porque le
faltaba el aliento; no tenía ya nada más que contar, y tampoco la menor idea de la alarma que su
relato había producido en el corazón de su ama. De golpe se hizo un silencio completo en el coche.
Vivian se durmió enseguida, y Nellie poco después. Yo seguí despierta hasta el amanecer, dividida
entre la cólera y la aprensión por lo que me esperaba, incapaz de poner en duda lo que cuatro
extraños que nada sabían de mi situación habían dicho acerca de una familia que los había
contratado formalmente y albergado durante varias semanas.
Pesados nubarrones anunciadores de nieve se deshilachaban en el horizonte, en el que se
recortaban las montañas escarpadas de la punta de Mallaig. El tiempo gris iba a mantenerse por
cuarto día consecutivo. Tal vez incluso nevaría. Iain apartó de la ventana sus ojos cansados y se
dejó caer de nuevo sobre la cama en desorden. Una punzada bien conocida en el estómago lo
martirizaba desde su despertar. Beathag dormía con un sueño tranquilo, dándole la espalda, y su
profunda respiración alzaba con regularidad sus hombros de un blanco satinado. Sus largos
cabellos rojos y rizados esparcidos sobre las almohadas y su desnudez lo dejaban extrañamente
indiferente. Ella tenía la costumbre de levantarse mediada ya la mañana. Iain necesitaría toda su
voluntad para empezar de inmediato una jornada que, entre todas, habría deseado ver ya
concluida. Primero arrancarse del lecho de Beathag, vestirse, volver a su propio cuarto o bajar
directamente a las cocinas a almorzar lo que admitiera su estómago. Una fuerte disputa con su
padre y otra borrachera habían venido, la víspera, a añadirse a la larga serie de desórdenes a los
que se entregaba desde hacía algún tiempo y que no le proporcionaban ni placer ni orgullo, sino
que por el contrario lo llenaban de un tedio profundo.
La planta baja del torreón estaba sumida en el silencio. Las ventanas cerradas de la gran sala no
dejaban penetrar ni la luz del día ni los ruidos del patio o del cuerpo de guardia situado al otro
lado de éste. Sólo llegaban ruidos ahogados de las cocinas, situadas en el ala oeste del castillo.
Anna se afanaba con aire cansado junto a los fogones, con la cocinera. Su corpulencia y su edad
avanzada le impedían moverse con ligereza. A esa lentitud natural se añadía una torpeza que se

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 5


había acentuado desde la muerte de su ama, hacía ya cinco años. A ella dedicaba siempre sus
primeros pensamientos del día, mientras preparaba los platos del desayuno que habría que subir a
los pisos altos: uno para el señor Baltair en su habitación, de la que rara vez salía, otro para el
secretario Guilbert, que no bajaba por las mañanas, y uno más para el señor Iain, que tal vez aún
no había vuelto a su cuarto.
Una joven sirvienta aún medio dormida entró sin hacer ruido en la cocina y preguntó qué tenía
que hacer. Anna sabía que le daba miedo tener que llevar la bandeja del señor Iain. Eran
incontables las sirvientas que habían dejado el servicio del castillo en el último año, por culpa de
las persecuciones incesantes de los miembros del clan y del personal de rango superior. Anna tuvo
compasión por ella y, con una media sonrisa, le entregó la bandeja del señor Baltair, que se
reservaba habitualmente para ella misma, mientras calculaba mentalmente el número de meses
que la muchacha pasaría aún al servicio del castillo.
El jefe del clan MacNéil, el señor Baltair, había cumplido los sesenta y tres años. Dios había sido
clemente con él, más que con otros jefes de las Highlands que dejaron este mundo sin haber
llegado a los cincuenta. «¿Por qué sigo vivo?», se preguntaba cada mañana desde el fallecimiento
de su esposa Lite, una pérdida mucho más dolorosa por haber seguido, tan sólo en unos meses, a
la muerte trágica de su hijo primogénito, Alasdair. ¿Por qué, en efecto, seguir viviendo a todo
trance con la llaga que se había ido ahondando en su interior, y asistir, impotente, a la decadencia
de su clan? La desgracia lo había herido en lo que poseía de más precioso, y lo había dejado
completamente desnudo, privado de lo que le había dado antes su fuerza y su renombre: una
esposa excepcional y un hijo capaz y unánimemente amado por todos.
Además, las circunstancias exactas que habían rodeado la muerte de Alasdair no habían sido
nunca esclarecidas ante el consejo del clan, y las sospechas que pesaban sobre el heredero Iain le
remordían el corazón con mayor ferocidad de lo que habría hecho ninguna afrenta. Le perseguía
constantemente una pregunta: «¿Qué había hecho Iain a su hermano al fnal de aquel fatdico
torneo de las islas de 1419, en que la muerte se lo arrebató?»
Instalado delante del hogar de piedras ennegrecidas en el que crepitaba un fuego vivo, el señor
Baltair se levantó con esfuerzo de su sillón cuando entró la joven sirvienta que le traía su
desayuno.
—Déjalo junto a la cama —dijo, con voz cansada.
—¿No iréis a acostaros otra vez, señor? Veo que respiráis con difcultad. ¿Os han hecho sufrir
las piernas esta noche? —le preguntó ella, con una voz en la que vibraba una auténtica
compasión.
Era raro que las sirvientas le dirigieran así la palabra, sin ser invitadas a hacerlo. Esta no debía
de llevar mucho tiempo a su servicio. No tenía aún quince años, no sabía nada de sus costumbres
y era evidente que no había conocido el castillo en sus días de gloria.
—¡Bah! Qué importa, pequeña. Es el precio que he de pagar por la vejez que me ha sido
concedido vivir. Di al secretario que lo espero para despachar los asuntos de trámite, y a Anna que
venga a recibir instrucciones para el recibimiento a la hija de Nathaniel Keith.
La criada dejó con diligencia la bandeja sobre el cofre colocado frente al lecho y se retiró de
inmediato sin ruido, asombrada de que el señor no hubiera pedido ver a su hijo. ¿Acaso no venía
la futura esposa del señor Iain del castillo de la familia Keith, en Crathes? Hacía ya tres semanas

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 6


que un heraldo había venido a confrmar aquella alianza extraordinaria con el señor MacNéil.
Consciente de pronto del carácter desacostumbrado del día, e impulsada por las ganas de
compartir su excitación con algún miembro de la servidumbre, se apresuró a volver a las cocinas.
Bajó las escaleras de caracol sujetándose las faldas contra las piernas. La perspectiva de la boda
del señor Iain despertaba mucha curiosidad entre la servidumbre femenina del castillo. Curiosidad,
sí, pero también una vaga esperanza. La de que viniera una esposa a poner fn a los excesos de un
hombre de costumbres disolutas, y la de que el castillo, sin gobierno desde la muerte de la
castellana, encontrara en la nueva castellana venida del este una mano capaz de hacer reinar de
nuevo el orden. Era mucho pedir. A decir verdad, la vida en el castillo de Mallaig difcilmente podía
empeorar, fuera quien fuese la próxima castellana.
Las prisas de la criadita desaparecieron en cuanto entró en las cocinas. Allí estaba el señor Iain,
sentado a la mesa delante de un cuenco de caldo humeante, en calzas, con la camisa abierta y la
pelambrera revuelta, medio sujeta por una correa de cuero. En el centro de la estancia llena de
humo, Anna, imperturbable, le presentó de inmediato la bandeja del secretario y le hizo seña de
que subiera. Lo hizo muy a gusto. Imposible ponerse a charlar enseguida con el ama de llaves. Con
la bandeja en las manos, dio media vuelta con ligereza y desapareció en la gran sala.
Iain ni siquiera levantó la vista. Parecía absorto en la nube de vapor que despedía su caldo y
trituraba un mendrugo de pan que mojaba en el cuenco de vez en cuando. Sin confesárselo, le
molestaba el aire de preocupación del ama. Anna había sido su nodriza y la de su hermano. Era sin
duda la única persona del castillo que senta cariño por él. La única que no le hacía reproches por
su mala conducta. La única que lo veía como el niño que había sido, y que lo comprendía tal como
era ahora. Todavía no había intercambiado una sola palabra con ella desde que llegó a las cocinas,
pero sintió su mirada fja sobre él mientras le servía. Era evidente que estaba inquieta por el
recibimiento que le esperaba a Gunelle Keith. Por lo demás, todos en el castillo compartan esa
inquietud. Nadie ignoraba la frme oposición de Iain a aquel proyecto de matrimonio, declarada
desde el momento mismo en que su padre le informó. Pero enfrentarse a las opiniones de Baltair
MacNéil no llevaba a ninguna parte. Iain lo sabía, siempre lo había sabido, pero ya no estaba de
humor para callarse sus ideas, cuando se trataba de su propio futuro, de la manera de dirigir su
vida y de la elección de la mujer a la que debería honrar. Cada una de las riñas violentas con su
padre en los últimos meses se dirigía a ese único fn: oponerse al proyecto. Y aquella lucha, cuyo
desenlace todos conocían, desgastaba al señor Baltair tanto como a su hijo.
Era precisamente ese perpetuo conficto entre los dos hombres la causa del sufrimiento
silencioso de Anna. Su devoción por el señor Baltair había sido irreprochable durante los treinta
años que llevaba ya al servicio de la familia, pero la lealtad que mostraba al heredero ingrato
resultaba a veces incomprensible. El dolor del señor Baltair la afigía y la sumía en un estado
depresivo cada día un poco más profundo. Su viejo amo tenía el corazón y los pulmones gastados,
la artrosis lo martirizaba y su mente estaba absorbida por las lamentaciones y los recuerdos del
pasado. Daba verdadera lástima ver cómo se hundía poco a poco aquel hombre autoritario que
había conseguido con tanto acierto mantener el clan MacNéil al margen de las prácticas desleales
hacia la Corona que adoptaron unánimemente los jefes de los clanes de las Highlands durante la
veintena de años que el rey Jacobo I había sido prisionero de los ingleses.
En la práctica, Baltair MacNéil ya no dirigía a sus hombres, no celebraba consejos del clan en su
castillo, y administraba las propiedades familiares a través de su secretario, sin visitar nunca sus
tierras ni a sus lairds . Correspondía al hijo MacNéil garantizar el orden en las propiedades, como

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 7


tenían derecho a esperar sus siervos, y defenderlo contra los ataques frecuentes de los clanes
vecinos. El padre no alcanzaba a ver sino en muy raras ocasiones la necesidad de preparar al hijo
para una verdadera sucesión a la cabeza del clan. Se confesaba vencido ante el espectáculo que
daba el joven, cada vez más hundido en una vida en la que la torpeza alternaba con la rebeldía. A
Anna le parecía que Iain, a los veintitrés años, era tan extraño a los ojos de su padre como los hijos
de los lairds del clan. «Los dos hombres podrían amarse mucho, ¡son tan parecidos!», se repeta a
menudo. La anciana se mordió los labios para reprimir un comentario y sacudió la cabeza para
ahuyentar los pensamientos sombríos que la asaltaban.
El caldo caliente produjo poco a poco efecto en el estómago revuelto de Iain. Extendió las
piernas debajo de la mesa, hasta tocar con la punta de los pies el gran perro pelirrojo, que
reaccionó al contacto con su amo moviendo frenéticamente la cola. Iain se volvió con timidez
hacia Anna, y luego, bajando de nuevo los ojos a los restos de su almuerzo, dijo con voz ronca:
—Ella estará aquí esta noche. Me pregunto si tiene tan pocas ganas de casarse como yo. Si es
así, las cosas irán más o menos bien, y no tendrás nada que temer del próximo jefe MacNéil,
aunque yo no haya sido más que la segunda opción de la familia.
—¿No la rechazarás en el altar, como amenazaste ayer a tu padre? —preguntó de inmediato
Anna.
Para hacer aquella pregunta, había adoptado un tono a la vez cariñoso y brusco, cosa que
siempre hacía cuando tenía miedo de contrariarlo. Como la mayor parte de los criados, había oído
la disputa entre el padre y el hijo durante la cena de la víspera, una de las raras comidas que los
dos hombres habían compartido desde hacía varias semanas. Aventuró una mirada de soslayo al
perfl de líneas duras del joven. Iain callaba. Ella iba a quedarse sin respuesta, cosa que no le
extrañó. Su joven amo había revelado ya lo sufciente en pocas palabras. Así era el extraño hijo
MacNéil: taciturno, colérico y huidizo.
Después de apurar el último sorbo de caldo de su cuenco, Iain se puso en pie despacio. Esbozó
una sonrisa que quería ser tranquilizadora para su nodriza y se marchó con una breve inclinación
de cabeza a modo de agradecimiento, con el perro a los talones. ¿Qué podía hacer en realidad
delante del altar, si llegaban hasta allí? ¿No quedaba aún la posibilidad de que la joven Keith lo
rechazara como esposo? Esa idea le hizo sonreír para sus adentros. «Actuará como una mujer
sensata, si lo hace», pensó. Pero de inmediato se situó en un terreno más realista y trivial. Si él, un
hombre enérgico, no había conseguido quebrar la voluntad de su padre, ¿cómo ella, una doncella
salida de un convento, iba a poder hacerlo con el suyo?
En ese punto estaban sus pensamientos cuando oyó ruido de pasos en la escalera por la que
subía. Alzó los ojos. Era la joven criada que volvía de servir al secretario, con una bandeja bajo el
brazo. Sus miradas se cruzaron, y a él le divirtió el visible temor que advirtió en ella. La muchacha
se inmovilizó y, bajando la mirada, se apretó contra el muro para dejarlo pasar. Su rostro se había
teñido de un bonito color rosado. Iain sintió que de golpe ascendía en su interior una energía
nueva. Amagó un movimiento de aproximación, pero, con mucha agilidad, ella lo esquivó y,
pasando por debajo de su brazo, bajó a la carrera los pocos escalones que conducían a la sala. Iain
ni siquiera tuvo tiempo de retenerla. Se encogió de hombros y siguió subiendo, fruncida la frente
por las preocupaciones de la jornada. Le invadió un deseo imperioso de cabalgar por la landa, algo
muy parecido a una fuga.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 8


En el piso alto, el secretario de Mallaig, Guilbert Saxton, estaba en pie delante de su señor,
esperando que éste le indicara un asiento. Ya muy adentrado en la cincuentena, con un rostro
anguloso, impecable en su jubón negro, había sucedido a su padre en las funciones de secretario
de la familia MacNéil, en las que había demostrado una lealtad sin tacha hacia el señor, además de
una gran admiración por la difunta castellana, cuyo luto llevaba en secreto en su corazón. Al no
haberse casado nunca, no tenía ningún heredero directo y nunca había alimentado ambiciones
respecto de sus descendientes. Se consideraba a sí mismo en el fnal de su carrera, y tenía
intención de retirarse a la muerte de Baltair MacNéil. Era cierto que los negocios de los dominios
del clan estaban en un momento de parálisis, pero sobre todo se senta incapaz de servir a Iain,
que heredaría tanto las tierras como el ttulo de jefe del clan. Sin duda habría podido continuar
como administrador bajo el gobierno del hijo mayor, porque había tenido en gran estima las
cualidades personales del joven desaparecido. Pero con el hijo menor las cosas eran muy
diferentes.
Baltair MacNéil levantó la vista del pergamino débilmente iluminado, suspiró e hizo seña a
Saxton de que tomara asiento en la silla colocada al otro lado del cofre sobre el que seguía aún
colocada la bandeja del desayuno.
—¿Has terminado la evaluación del contrato y tienes una idea precisa de lo que nos supondrán
los derechos de tala en los Grampianos, Saxton? Si mantenemos un buen territorio de caza,
¿podría compensar el bosque las pérdidas que estamos sufriendo con el ganado?
—Sin duda, señor, en la medida en que limitemos vuestras concesiones. Por otra parte,
vuestros rebaños han medrado durante el verano, y podremos vender más cantidad que en los
dos últimos años. De acuerdo con mi estimación, Nathaniel Keith podrá talar siete acres en el
primer año y cuatro más en el siguiente, lo que reportará una suma global de setecientas libras a
la casa MacNéil antes del otoño de 1426. Es más, vuestra señoría podrá entonces conceder las
tierras recién deforestadas a los caballeros y los lairds, que tienen varios hijos en edad de
establecerse, como bien sabéis.
Baltair MacNéil se removió despacio en su sillón. Sus huesos le hacían sufrir, y ninguna posición
le resultaba verdaderamente cómoda. El examen del contrato de matrimonio le satisfacía en
general, pero le molestaba el hecho de que su secretario le expusiera la situación desde una
perspectiva a largo plazo. Su estado de salud no le permita hacer proyectos para el futuro, ni
siquiera para un futuro próximo. La idea de una ronda de ceremonias de enfeudamiento lo
oprimía, literalmente. Imaginó a Iain en el cumplimiento de aquella noble tarea: hombres más
viejos que él, hincando la rodilla para prestarle juramento. No pudo reprimir una mueca. Un ahogo
le obligó a tomarse un respiro.
«¿Cómo conseguirá mi hijo hacer respetar el ttulo de los MacNéil, si se niega a comportarse
como un hombre digno de ese nombre? ¿Por qué se empeña en seguir siendo un adolescente
provocador, apasionado por los torneos, las peleas y la caza, hostil a toda forma de educación y a
las buenas costumbres? Es cierto que sus hombres lo admiran por sus hazañas y sus enemigos le
temen, pero los siervos desconfan de su impulsividad, y los lairds del clan intentan ignorarlo. La
nobleza es hereditaria, pero la estima se gana o se pierde, y es indispensable para el jefe de un
clan. Iain no podrá ser estimado por nadie si sigue por ese camino. ¡Quiera el cielo que el
matrimonio le traiga la estabilidad!», se decía Baltair MacNéil.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 9


El viejo jefe se volvió, fatigado, a Saxton y empezó el repaso de los asuntos de trámite. La
simple idea de emprender operaciones comerciales con Nathaniel Keith le incomodaba. Siempre
había transigido con los hombres con los que se asociaba, pero Keith estaba enfrentado a él aún
no hacía un año. La voz monótona y algo nasal de su secretario tenía el don de sosegarlo. De modo
que lo escuchó pacientemente recitar sus cuentas mientras paseaba despacio por la habitación. Al
llegar a la altura de la ventana, miró caer la nieve, fna y ligera: una nieve que se fundía al tocar el
suelo. Luego miró a lo lejos y vio a un jinete que galopaba en dirección al altiplano, seguido por un
perro de gran tamaño. No cabía duda de que se trataba de Iain. Cabalgaba solo, cosa que le
asombró. La esperanza de que su hijo hubiera salido a recibir a la comitiva de Keith aceleró el
ritmo de su viejo corazón.
Nuestra comitiva empezaba a bajar por un tramo en ligero declive, después de salir de los
bosques que nos rodeaban desde primera hora de la mañana. Una nieve ligera había cubierto
momentáneamente el suelo y desaparecía al fundirse, dejando aquí y allá grandes placas
negruzcas. Alcé con vivacidad la cabeza al oír claramente la voz de nuestro teniente, que
anunciaba el Ben Nevis. Me levanté y vi de inmediato hacia el noroeste el famoso monte, la
cumbre más alta de esta parte de Europa, como me habían enseñado mis lecciones de geografa
en la escuela monástica de Orleáns.
¡Qué lejos me pareció todo aquello, de pronto! Vi de nuevo desarrollarse, como las largas
cintas de una festa, los cuatro años pasados en la escuela monástica. La pasión de aprender que
se había apoderado de mí desde el momento mismo de mi llegada al convento, a mis quince años;
el entusiasmo con el que me había sumergido en los estudios y en la vida conventual francesa; la
sed insaciable de conocimientos de que había dado prueba de inmediato. Y fnalmente, la gran
decepción que había sentido al ser llamada de nuevo a Escocia después de la derrota de mis
compatriotas en Verneuil-sur-Avre, el 17 de agosto pasado. Mi padre había creído conveniente
repatriarme después de aquel revés militar, porque la suerte de los escoceses en Francia le
pareció más incierta que en el momento del envío del cuerpo expedicionario destinado a apoyar al
delfn Carlos frente a las pretensiones de los ingleses. De todas formas, los tres últimos años de
éxitos escoceses en territorio francés habían benefciado mucho al comercio de mi padre. Toda la
familia alababa lo acertado de su apuesta por aquel mercado del sur, aquella Francia a la que
todavía se daba el califcativo de «vieja aliada». Mis propios méritos en la escuela monástica de
Orleáns habían pasado inadvertidos.
Vivian y Nellie asomaron la cabeza por el toldo que cubría el carruaje y dirigieron sus miradas
hacia el monte. Quedó claro que la masa de granito del Ben Nevis no les impresionaba gran cosa, a
pesar de su cima cubierta de nieve. Se interesaron más por los rebaños de bueyes que pacían en la
llanura en sombra que se extendía a lo lejos, en la landa. Se pusieron a calcular el número de
cabezas de ganado y la cantidad de carne que aquello representaba. Sus comentarios me hicieron
sonreír. «¿Qué saben ellas de ganadería, si no pueden desplumar una gallina sin estremecerse?»
El viento había cesado, pero el frío nos intimaba a abrigarnos más o a refugiarnos de nuevo
bajo la tela. Por mi parte, quería ver cada árbol, cada guijarro, cada nube de aquel paisaje que iba
a ser mío. El panorama que se ofrecía a mi vista era gris, húmedo y amplio: las Highlands. En la
línea del horizonte se divisaba el mar, casi negro, y el reino salvaje de las islas Hébridas. Mi
corazón dio un nuevo vuelco. ¿Qué me reservaba aquel país atormentado de las Highlands, donde
cada habitante comparta la herencia de sus antepasados vikingos y sus antepasados pictos:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 10


barbudos, bebedores de aguardiente, comedores de nabos y de cordero, belicosos y, según se
decía, incultos?
Más tarde, el teniente se acercó para informarnos de un alto: algunos minutos para abrevar los
caballos en el arroyo que bordeábamos. Al mirar las tierras situadas más abajo, vi a un jinete
seguido por un perro que se alejaba al galope en dirección norte. Corría rodeando el rebaño, a
media milla de nuestra comitiva. Distinguí también a otros tres jinetes que parecían conducir las
reses. «¿Por qué no hay cercado?», me pregunté entonces. Estaba acostumbrada a los pastos
reducidos y cercados del Dee, en los que pastaban una decena de bueyes como máximo. Aquí
había por lo menos cincuenta cabezas. Los primeros signos de la desmesura de aquel país se
grabaron en mi alma inquieta. Respiré a fondo el aire frío y esperé en silencio que nuestra
compañía se pusiera de nuevo en marcha hacia su destino: el castillo de Mallaig.
Mediada ya la tarde, lo vi por fn, más allá de un bosquecillo de pinos, en la punta de la
península, entre los dos lochs junto al mar. Imponente. Toda la construcción estaba aislada sobre
un promontorio que parecía inexpugnable desde la posición en que nos encontrábamos. Su
torreón, sus murallas de treinta pies de altura y todo el cuerpo de guardia eran de gres rojo, que
destacaba en aquel panorama de tonos grises. Aparentemente, ninguna aldea se apretujaba
contra sus muros. Lo rodeaban campos y más campos, unos dedicados al cultivo de algún cereal, y
otros utilizados para pastos. Conté siete chozas en los alrededores y un molino hacia el este. Nada
más. Así se me aparecieron por primera vez la península de Mallaig y su castillo.
Lennox había hecho parar a los caballos, y dio instrucciones para anunciar nuestra llegada al
señor MacNéil. Fue Nial, el guarda más joven, el designado para precedernos camino del castillo.
Todas habíamos salido del coche para contemplar la vista. Como si hubiera leído mis
pensamientos y llegado a las mismas conclusiones que yo, Nellie suspiró.
—¡Vaya un lugar desolado y privado de compañía! A la castellana tendrá que gustarle la
costura, porque no verá muchos trovadores en su corte.
—Es verdad que la agitación del puerto de Aberdeen ofrece mejores perspectivas de diversión,
Nellie —le respondí—, pero hay castillos muy alegres gracias únicamente a la valía de sus
habitantes. ¿Quién sabe si los MacNéil no tienen alojados a poetas y músicos en su mansión?
—¿Creéis, señora, que organizan festas, banquetes y concursos como hacemos nosotros? —
intervino Vivian en tono soñador.
—No lo sé, pero seguro que vamos a presenciar los festejos del recibimiento a una novia, ¿no
es así? —le contesté, en un tono que quería ser alegre.
Nellie me dirigió una mirada circunspecta, y luego apartó los ojos para no encontrarse con los
míos. No se hacía ninguna ilusión sobre los festejos que íbamos a ver. Por mi parte, me senta
dividida entre la esperanza, poco fundada, de encontrar allí una vida rica y animada, y el temor de
que el aspecto severo del castillo fuera el refejo fel del ambiente que reinaba en su interior. Miré
a lo lejos a Nial, lanzado al galope. A pesar de la fatiga, el hambre y la suciedad que se había
pegado a nosotras durante los seis días de viaje, de pronto no tuve la menor prisa por llegar a
nuestro destino.
El reverendo Henriot era un hombre joven, de baja estatura, que llevaba la tonsura de los
monjes y tenía una fsonomía bonachona. Un ligero tic nervioso le hacía encogerse de hombros de
vez en cuando. Estaba inmóvil en el amplio patio de armas del castillo, repasando mentalmente la

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 11


fórmula de bienvenida que el señor Baltair le había dictado. El frío iba apoderándose poco a poco
de él, y tenía prisa por terminar. A su lado se encontraba el señor Tòmas, visiblemente incómodo
por formar parte de la reducida delegación de recibimiento en el castillo de Mallaig a su futura
castellana. Espigado, de cabellos rubios, ojos muy azules de mirada inteligente, vestido con
esmero, el joven tenía una actitud noble y grave. En su condición de sobrino del señor MacNéil,
había sido designado para presentar los honores de la familia. La dama Beathag, envuelta en una
capa roja forrada de piel de nutria, intentaba disimular su curiosidad con una actitud desenvuelta,
y sus labios escarlata se arqueaban en una semisonrisa. En su rostro de tez lechosa y líneas
perfectas, enmarcado por una cabellera de fuego hábilmente recogida en un tocado alto con velo,
se dibujaba un perpetuo mohín de desdén. Finalmente, el joven Nial se mantenía un poco
apartado, impaciente por recuperar su puesto en la escolta de su dama.
Al fondo del patio estaban formados los guardas y palafreneros del castillo. Otros miembros del
personal del castillo atisbaban ocultos en el interior del zaguán al que se abría la gran puerta,
excitados y curiosos. Entre ellos, Anna, que sin duda sería la primera en ser presentada a su futura
señora, se senta roída por la inquietud. Acariciaba con una mano distraída los fnos cabellos rojos
de una niña acurrucada en sus faldas. La espera se hacía ya interminable para todo el mundo
cuando, por fn, la comitiva entró lentamente en el patio. Un carruaje escoltado por cuatro
hombres de armas, y nada más. En el coche, de buena factura, tres damas sonrientes: dos jóvenes
y una de más edad. «¿Cuál de ellas es Gunelle Keith?», se preguntaban con avidez las gentes de la
mansión.
El reverendo Henriot salió de su estupor y se adelantó hacia la comitiva. Los guardas habían
desmontado, y el más viejo de entre ellos ayudaba a las damas a apearse. Con dignidad y respeto,
presentó a la primera dama al reverendo: Gunelle Keith. Él le tendió las manos, que ella tomó, y
recitó la fórmula de bienvenida a Mallaig. Ella había retirado su capucha y dejaba ver unos cabellos
de tono castaño claro, trenzados y recogidos en la nuca. Su rostro no llamaba la atención: tez
rosada, frente alta ceñida por una cinta de terciopelo azul, pómulos salientes, labios delgados, ojos
oscuros muy móviles, mirada concentrada. No era más alta que el reverendo, al que sonreía
mientras le contestaba con voz frme una fórmula de cortesía. La segunda dama, más atractiva y
con más encanto, parecía avergonzada y se miraba las puntas de los zapatos. La dama de más
edad, que se había colocado en un segundo plano, era muy alta y guardaba una actitud seria.
El señor Tòmas, a quien el reverendo presentó de inmediato, se adelantó a su vez hacia Gunelle
Keith. La saludó con una ligera inclinación de la cabeza y colocando la mano derecha a la altura del
torso, a la manera de los caballeros del Norte; y con una voz ronca ofreció los homenajes de la
familia MacNéil y presentó a la dama Beathag, nuera del señor MacNéil, que esbozó una
reverencia pero no abrió la boca. La dama Gunelle recibió los parabienes, devolvió los saludos y,
volviéndose hacia sus servidores, los nombró rápidamente uno por uno, y cada uno de ellos inclinó
ligeramente la cabeza a guisa de saludo.
La ronda de presentaciones concluyó así. El señor Tòmas hizo una seña rápida y precisa con la
cabeza a los palafreneros, que en un instante se hicieron cargo del carruaje y el tiro y se dirigieron
a las cuadras. Invitó luego a las damas y a los guardas de la escolta a penetrar en el torreón, y les
precedió junto al reverendo y la dama Beathag por el zaguán abovedado, que cruzaron con largas
zancadas sin detenerse delante de los domésticos que se encontraban allí. En silencio avanzaron
por el corredor que conducía al vestbulo. Estaba oscuro y húmedo.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 12


Alcé los ojos hacia las paredes y techos de piedra ennegrecida del corredor. «Qué lúgubre es
este interior», pensé. Lennox caminaba a mi lado, imperturbable; su brazo izquierdo rozaba
ligeramente mi hombro, y su mano derecha reposaba con discreción sobre el pomo de su espada.
Noté que estaba tenso, alerta. «Pero ¿qué sucede?», me dije, un poco incómoda. Habría tenido
que dirigirme a mis anftriones, pero no se me ocurrió nada que decirles. Además, me daban la
espalda y parecían tener prisa por llevarme al lugar a donde me llevaban. Sin duda, ante los
señores de Mallaig. Me había chocado su ausencia en el patio. Me pareció una falta grave a la
cortesía más elemental. ¿Tal vez habían salido, o estaban ocupados, o padecían una incapacidad
cualquiera? A ese punto había llegado en mis refexiones cuando atravesamos un amplio vestbulo
y entramos en la gran sala. Una imponente chimenea de piedras hábilmente esculpidas, de una
profundidad tal como yo jamás había visto, ocupaba el fondo de la estancia y difundía un calor
bienhechor que nos envolvió desde nuestra entrada. El suelo de piedra no estaba cubierto por
ninguna estera, y dejaba ver aquí y allá manchas oscuras de humedad. De dos de los muros
colgaban tapicerías deshilachadas. El techo de madera ennegrecida tal vez había sido pintado de
color claro, pero su altura lo dejaba en la sombra. En cambio, las aberturas eran de grandes
dimensiones. Unas vidrieras de colores, un auténtico lujo, adornaban todas las ventanas de la sala.
Me pareció sorprendente, en una mansión tan aislada de las ciudades. Recordé entonces el
encuentro con el maestro vidriero, y sus comentarios inquietantes sobre los habitantes del castillo
me volvieron de súbito a la memoria.
El señor Tòmas se había vuelto hacia mí e, ignorando el entrecejo fruncido de mi teniente,
siempre en guardia, se apoderó con frmeza de mi brazo y me llevó hasta el hogar, ante el cual se
alineaban varios sillones. Fue entonces cuando advert la presencia de un hombre que no podía
ser otro que el anciano señor MacNéil. Se levantó cuando yo me acerqué. Bajo su sombrero de
color verde oscuro, del mismo terciopelo que su manto bordado, se adivinaba una cabeza blanca y
una cabellera todavía notablemente espesa. Era de estatura mediana y tenía los rasgos tensos por
la fatiga, el dolor o simplemente la vejez. El señor Tòmas soltó mi brazo y me presentó de
inmediato:
—Tío, ésta es Gunelle Keith, hija de Nathaniel Keith, hermano de William Keith, mariscal del rey
y cuñado del obispo John Carmichael de Orleáns. Ha venido acompañada por sus gentes, que se
sienten felices al aceptar vuestra hospitalidad.
—Sed bienvenida al castillo, dama Gunelle —me dijo con sencillez, al tiempo que me tomaba
las manos a fn de impedir la reverencia que yo me disponía a hacer—. Os esperábamos con
impaciencia, a vos así como a los miembros de vuestra familia. —Recorrió la estancia con la
mirada, y añadió—: Nos sentimos desolados al comprobar que no han podido acompañaros. Los
caminos no están cerrados todavía en las montañas, pero su estado es muy malo en el comienzo
del invierno. ¿Habéis tenido un buen viaje? ¿No ha ocurrido ningún incidente en el camino?
—Os doy las gracias, señor, todo ha transcurrido admirablemente —respondí—. Mi padre os
transmite sus saludos, así como toda mi familia. Les resulta difcil ausentarse en noviembre, dado
que circulan varios cargamentos por Aberdeen antes del invierno. De modo que se ha creído
conveniente que toda mi familia permaneciera en nuestro castillo de Crathes.
Aceptó la explicación sin demasiadas lamentaciones. Me indicó un sillón y se hundió en el suyo
mientras enumeraba los servicios de que podrían disponer mis gentes, alojamiento, alimentos,
comodidades, durante todo el tiempo que creyeran conveniente pasar en Mallaig. Yo no podía

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 13


apartar los ojos de su rostro severo. Sus rasgos eran regulares, su mandíbula cuadrada, sus ojos
muy azules, y unas espesas cejas sombreaban su mirada dura cuando inclinaba la cabeza. Hablaba
la lengua scot con el mismo acento que el reverendo Henriot y el señor Tòmas, pero sus palabras
eran más escogidas, más refnadas. Había colocado sus manos nudosas, de piel transparente y
manchada, sobre las rodillas, con los dedos engarfados. Los abría y volvía a cerrar con lentitud,
como con difcultad. Baltair MacNéil era más viejo de lo que yo había imaginado.
Por supuesto, una pregunta me quemaba los labios: «¿Dónde está el hijo?» Había examinado
con discreción la sala, y en ella no se encontraba ningún hombre que pudiera corresponderse con
él. Mis gentes habían tomado asiento en los bancos y hablaban entre ellos en voz baja. La dama
Beathag había salido de la estancia, así como el reverendo Henriot. Mi interlocutor se había
callado y me observaba con parsimonia. Incómoda, acabé por decir:
—Mi señor, ¿no está vuestro hijo en casa en este momento? No me ha sido presentado en el
patio, hace un momento.
—Mi hijo no se encuentra en el castillo, pero lo esperamos. Se unirá a nosotros muy pronto...,
para la cena, que se servirá dentro de una hora, si os parece bien —respondió, en un tono en el
que se percibía cierta irritación.
Aquello resultaba por lo menos asombroso. El señor Baltair no parecía ansioso por justifcar la
ausencia de su hijo, al tiempo que me afrmaba, por otra parte, que nuestra comitiva era esperada
con impaciencia en el castillo ese mismo día. Me puse en pie y le indiqué que me gustaría
recogerme en los apartamentos que me designaran, con mis sirvientas. Asintió y llamó a su ama
de llaves para que nos condujera al piso superior. Era una persona de aspecto benévolo que
respondía al nombre de Anna. Cuando pasé delante de Lennox al abandonar la sala, sorprendí su
mirada furiosa. Le sonreí para tranquilizarlo. Desde luego, se trataba de un recibimiento muy frío
para la futura castellana de Mallaig, pero ni él ni yo podíamos cambiarlo.
—Todo va bien, Lennox —le susurré, y él me respondió con una breve seña con la cabeza, poco
convencido.
Habíamos subido dos pisos del torreón por escaleras de peldaños particularmente empinados.
La habitación estaba al fondo del ala este, y ocupaba una torre de esquina. Estaba magnífcamente
iluminada: dos alargadas ventanas ojivales guarnecidas con vidrio blanco dejaban pasar una luz
suave a aquella altura del edifcio. Tres grandes tapices adornaban los muros del oeste y norte, y
en un pequeño espacio acondicionado en el muro del fondo había una gran cuba para el baño. El
suelo estaba enteramente cubierto por alfombras trenzadas. En el centro había un lecho
imponente, provisto de cortinas de damasco. Otras dos camas formaban ángulo en la esquina
situada frente a la puerta, junto a la que habían sido colocados nuestros cofres. Era una habitación
realmente elegante. Vi que Nellie y Vivian compartan mi apreciación. Más tarde había de saber
que fue la alcoba de la difunta dama Lite MacNéil.
El ama de llaves se aseguró de que había agua en las jofainas y en los calderos, que se
calentaban en el hogar para el baño. Sobre una mesa baja había colocadas varias sábanas blancas
cuidadosamente plegadas, algunas manzanas en una bonita bandeja de estaño, una jarra de agua
y un vaso, y fores de cardo secas en un plato. Todo había sido dispuesto de una forma admirable
para recibir a las viajeras extenuadas que éramos. Sent relajarse la tensión en mi espalda y mi
cuello: por primera vez desde mi llegada al castillo de Mallaig, respiré libremente. El esmero de
que daba muestras el ama de llaves denotaba una educación y un deseo de agradar que eran

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 14


particularmente bienvenidos. Me sent feliz y reconfortada al comprobar que Anna conocía su
ofcio. No habíamos entendido nada de las palabras que nos dirigió. Se expresaba en gaélico, como
sin duda toda la servidumbre del castillo. Ninguna de nosotras tres hablaba ni entendía la lengua
de las Highlands. De nuestra comitiva, el teniente Lennox era tal vez el único capaz de hacerlo.
Tan pronto como hubo terminado su tarea y salió de la habitación cerrando la puerta a sus
espaldas, caímos sobre nuestros lechos al mismo tiempo, y suspiramos de alivio. Risas de
relajación subieron a nuestras gargantas. Habíamos llegado a nuestro destino y contábamos con
una hora por delante para volver a convertirnos en nosotras mismas.
Vinieron a buscarnos para la cena cuando ya era noche cerrada en el castillo. Los muros de los
corredores proyectaban sombras espesas que las llamas doradas de las velas no conseguían
suavizar. Entramos en la gran sala, en la que fotaba un apetitoso aroma de carne asada. Allí
habían puesto una mesa de grandes dimensiones. Un vistazo rápido al número de cubiertos y de
comensales me hizo comprender que Nellie y Vivian no estaban incluidas. También ellas se dieron
cuenta, y nos separamos sin intercambiar una sola palabra. De nuestra comitiva, tan sólo Lennox
estaría presente en mi primera cena en Mallaig: aguardaba, un poco apartado del hogar, rígido, en
una actitud tensa. Los comensales me esperaban en silencio.
Junto a la mesa estaba el señor Baltair, que me tendió la mano a mi llegada y me hizo seña de
que me adelantara, indicándome el asiento central. Frente a un lugar vacío que quedaba a mi
derecha estaba sentado el reverendo Henriot. El señor Tòmas estaba enfrente de mí, y, a su lado,
un hombre alto y seco vestido de negro que me presentaron como Guilbert Saxton, el secretario
de la familia. Le hacía frente Lennox, que tenía la mirada turbia y la mandíbula apretada, y luego
había otro lugar vacío en el otro extremo de la mesa. «¿El de la dama Beathag o el del hijo
MacNéil?», me pregunté. No había llegado aún ninguno de los dos, y durante la espera pude
observar la mesa a mi placer. Estaba cubierta por un mantel blanco impecable; unas fores cuyo
nombre yo desconocía fotaban en un bol de agua perfumada; ocupaban el centro unos platos con
avellanas y rebanadas gruesas de pan. Advert de nuevo cierta distinción que, no sé por qué, me
parecía incongruente en esta región.
Nellie y Vivian habían tomado asiento en las banquetas colocadas a la entrada de la sala. Alcé
los ojos en su dirección al oír una risa cristalina, que anunció la llegada de la dama Beathag y una
acompañante que la dejó en el umbral, de modo que se unió sola a nosotros en la mesa. Oí al
señor MacNéil, a mi lado, formular en gaélico un comentario, en tono áspero. Me dirigió una
mirada y murmuró una excusa, que me apresuré a aceptar. Deduje de inmediato que la lengua
natural de las gentes de Mallaig era el gaélico, y que el jefe del clan MacNéil no era una excepción.
Después de dedicarme una sonrisa forzada, la dama Beathag se sentó junto a Lennox y le dirigió
una mirada enigmática. El señor Baltair ordenó de inmediato a sus criados que empezaran a servir.
Me sobresalté y no pude impedir dirigir la mirada al lugar vacío a mi derecha. Íbamos a empezar la
comida de bienvenida sin la presencia del hijo.
Por inconcebible que pueda parecer, muy pronto comprendí que Iain MacNéil no había vuelto
todavía al castillo. El señor Baltair entabló conversación, evitando sistemáticamente el tema.
Estaba visiblemente disgustado y nadie se atrevió a abordar el asunto por miedo a provocar su
cólera. Yo empecé a temblar de inquietud. Aquel hombre anciano se había convertido, en una
hora, en un enérgico jefe de clan. Durante toda la comida, no se pronunció una sola palabra en
gaélico, ni siquiera entre las gentes de Mallaig. Era obvio que se habían dado órdenes en ese

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 15


sentido. Como la dama Beathag no abrió la boca ni prestó atención a ningún tema de
conversación, deduje que no hablaba el scot.
Nos sirvieron carnes de buey y cordero, legumbres hervidas y dulce de membrillo. Circulaban el
hidromiel y la cerveza, y el señor Tòmas estaba pendiente de que mi copa nunca estuviera vacía.
Yo estaba hambrienta, e hice honor a la cena, procurando expulsar de mi mente el malestar
provocado por la ausencia del hijo. El señor Baltair tuvo la cortesía de preguntarme por mi familia,
la vida en Aberdeen y mis impresiones acerca de los Grampianos, las tierras recién adquiridas por
los MacNéil que yo había atravesado durante mi viaje. Se dirigió también a Lennox en un tono
educado. Sin embargo, la tensión se mantuvo en el ambiente hasta el fnal de la cena. Baltair
MacNéil se comportó como un anftrión perfecto. Furioso pero perfecto.
Después de la cena, las personas de mi escolta se unieron a nosotros y volví a contar con mis
sirvientas a mi lado, no sin cierto alivio. Luego, en pocos minutos, en oleadas ininterrumpidas, la
gran sala se llenó de habitantes del castillo, algunos de los cuales me fueron presentados.
Caballeros, guardas, sirvientes, miembros de diferentes ofcios que trabajaban en el interior de los
muros, sus esposas y muchos niños de todas las edades se mezclaron en una alegre algarabía. El
ruido se hizo ensordecedor. Noté entre toda aquella gente una mayoría de pelirrojos: un rojo
cobrizo. Las mujeres llevaban vestidos de colores alegres, pero cuya confección no revelaba ni
elegancia ni riqueza. Todos los hombres de Mallaig llevaban barba, a excepción del señor MacNéil,
su secretario, Tòmas y el reverendo. Sorprendí de vez en cuando miradas de curiosidad, y oí
grandes carcajadas por todas partes. La lengua gaélica zumbaba en mis oídos y muy pronto me
sent un poco aturdida. Dos hombres no me quitaban de encima sus miradas graves: el teniente
Lennox y el señor Tòmas.
Junto al portal, la dama Beathag se había rodeado de una corte especialmente animada. El
reverendo y el secretario se aislaron en un rincón, absortos en una densa conversación. Anna, el
ama de llaves, rondaba por las proximidades del sillón de su viejo amo, con aire desamparado. Me
habría gustado felicitarla por el servicio de la cena, pero estaba demasiado lejos de ella y me
resultaba difcil liberarme. Muy pronto, no pude reprimir signos de fatiga. Felizmente, el señor
Baltair se retiró pronto, contentándose con saludarme con una inclinación de la cabeza. Le devolví
el saludo con un suspiro: iba a poder volver a mi habitación. Me dirigí rápidamente por turno a mis
gentes y a mis anftriones, y les deseé buenas noches. Cuando por fn abandoné la sala con mis
sirvientas, Iain MacNéil no había aparecido. No volvió en toda la noche. Ni esa noche ni las dos
siguientes.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 16


Capítulo 2

El encuentro
El primer día, el reverendo Henriot no se sorprendió demasiado al ver a la dama Gunelle y a sus
acompañantes asistir al ofcio matinal en la capilla. Y tampoco al ver a los hombres de su guardia.
De hecho, todos ellos le habían dado una buena impresión, la víspera, por su comportamiento
digno. La sobriedad y la distinción que mostraban contrastaba con los excesos y la rudeza de los
habitantes de Mallaig, en particular los señores del castillo. Eran, sin discusión, cristianos
honorables y piadosos, que cumplían sus deberes para con Dios. En cambio, el profundo
conocimiento del latn de que dio pruebas la dama Gunelle en la conversación que mantuvieron
después del ofcio lo dejó asombrado, e incluso lo incomodó un poco.
Con la mayor sencillez, ella fue a conversar con él, para informarse sobre el ministerio que
ejercía en Mallaig, la educación de los niños del burgo y los recursos médicos del lugar. El
reverendo no hablaba casi nunca la lengua scot y, como tardaba en encontrar las palabras, su
interlocutora pasó con toda naturalidad al latn. La conversación se hizo de inmediato fuida. A su
pesar, se sintió fascinado por la joven: por su aplomo, su serenidad y la inteligencia que se
adivinaba en sus preguntas. El reverendo también se sintió impresionado por el gran interés que
ella mostró por la colección de libros de la familia MacNéil. Desde el fallecimiento del señor
Alasdair y de la dama Lite, ya nadie abría un libro en el castillo. A él le dio cierta vergüenza
reconocerlo delante de aquella persona al parecer erudita. La biblioteca de la capilla era poco
nutrida, porque el conjunto de las obras había sido llevado a la habitación del señor Alasdair, que
no se abría sino en raras ocasiones. Pero ahora se presentó una: la dama Gunelle expresó el deseo
de ver la colección.
Fue así como el buen reverendo se encontró encargado de llevar a la joven, a través de las
estancias del torreón, hasta la habitación del hijo mayor, y, ya de paso, visitar el lugar. A cada
pregunta de la joven dama, hacía preceder la respuesta de un encogimiento de hombros, a lo que
la dama Gunelle no prestó la menor atención, enfrascada como estaba en su visita. El reverendo
pasó así buena parte de la mañana, y luego, como el siguiente ofcio le reclamaba de nuevo en el
burgo, el señor Tòmas tomó el relevo.
El señor Tòmas también senta cierta incomodidad al lado de la joven, pero en este caso tenía
un origen distinto. La admiraba, ya desde los primeros instantes de su encuentro en el patio de
armas. Aunque tenía la misma edad que ella, senta crecer en él una especie de necesidad de
protegerla. Se senta cautivado por sus palabras, sus miradas y su actitud. Temía encontrarse solo
en su presencia, pero, felizmente, el teniente Lennox les acompañó durante el resto de la visita al
castillo, que transcurrió sobre todo en lo alto de las murallas. Las dos sirvientas de la dama Gunelle
se unieron al grupo y su charla incesante llenó rápidamente los silencios que invariablemente se
creaban.
El viento glacial penetraba bajo las faldas de las damas y entorpecía su marcha. Ellas sujetaban,
con una mano rígida por el frío, la capucha de su capa alrededor del cuello. De común acuerdo,
nadie habló del señor Iain, y todo el grupo obedeció así a la voluntad del señor Baltair. El cielo
estaba nublado, pero ocasionalmente algunos rayos de sol venían a arrojar sobre la landa franjas
de luz dorada. Desde cada almena del parapeto, se podían distinguir con claridad los rebaños de

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 17


bueyes y de ovejas de cabeza negra que buscaban su alimento evitando las marismas que
rodeaban el castillo. Todo el costado oeste del edifcio estaba ceñido por una doble muralla.
Un arroyo venido de las montañas fuía con un bonito ruido de cascada entre las piedras de los
escarpes del foso que separaba los dos muros. Finalmente, se escurría a través de una reja
encastrada en el muro sur, y se precipitaba en un gran salto en el mar, que rugía abajo al batir
contra las rocas. Estas, compuestas esencialmente de gneis y esquistos, formaban el promontorio
sobre el que se alzaba el castillo. El vapor de las brumas mojó ligeramente el rostro de los
visitantes cuando se acercaron a admirar el panorama. Fue al llegar a aquel punto cuando
descubrieron el burgo de Mallaig: un conjunto de casas de techumbre de bálago acurrucadas
alrededor de un pequeño puerto.
—Eso es Mallaig, mi señora —explicó Tòmas—. El burgo cuenta con treinta y cinco fuegos, dos
barcos de pesca, uno de ellos ballenero, un saladero, un ahumadero, una curtiduría y las salinas.
Han producido más de quinientas libras de sal este año, pero no se explotan más que en verano.
Junto a la carne de buey, la sal es el principal producto de exportación de Mallaig. Pero también es
la causa de muchos de los estragos que nos causan nuestros enemigos. Es necesario mantener una
guardia de varios hombres en el puerto y en las marismas a lo largo de todo el año para proteger
las reservas.
—Lo imagino sin difcultad, señor Tòmas —respondió Gunelle—. En Aberdeen, mi padre tiene
que garantizar una vigilancia especial a las cargazones de sal que transitan en sus navíos. Es un
artculo que vale su peso en oro, y muy codiciado por los bandoleros de los mares.
Tòmas habría deseado hacer un gran número de preguntas a la dama Gunelle sobre el
comercio de Aberdeen y sobre los navíos que atracaban en ese importante puerto de Escocia.
Aunque había cursado sus estudios en Edimburgo y conocía bien los intercambios mercantiles con
el sur del país, le entusiasmaban las rutas comerciales que surcaban el mar del Norte, hacia
Dinamarca, Alemania y Holanda. En su calidad de guía, se contentó, sin embargo, con enumerar
las particularidades de Mallaig, de sus ofcios y sus difcultades, renunciando a entablar
conversación sobre Aberdeen.
Después de haber dado la vuelta a las murallas, todo el grupo volvió a bajar al patio de armas,
donde Tòmas se sorprendió al ver que la dama Gunelle hacía una rápida reverencia en dirección a
una torre. De inmediato se dio cuenta de lo que se trataba: había allí una niña pelirroja, que
desapareció en cuanto vio el movimiento de la joven.
—¿Quién es esa pequeña tan arisca que se esconde allí? —preguntó Gunelle ante el asombro
de Tòmas—. Lleva siguiéndonos y espiándonos desde hace cerca de una hora. Me gustaría mucho
conocerla.
—¡Ah! Es la pequeña Ceit —respondió Tòmas con una voz ligeramente dubitativa, porque no se
había dado cuenta de los manejos de la pequeña—. Es una niña huérfana que la dama Lite tomó
bajo su protección cuando apenas era un bebé. Es un poco salvaje, y no habla. La tenemos por
muda, a pesar de lo que dice el ama de llaves, Anna, que es quien cuida de ella en el castillo. Ella
asegura que puede hablar.
La explicación dejó a la joven pensativa. En cuanto a sus dos acompañantes, sonrieron y se
dieron codazos, contentas por haber sido testigos de un caso divertido durante una fastidiosa
visita a la intemperie. El señor Tòmas se apresuró a conducir al grupo al interior.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 18


Como había hecho antes con el reverendo Henriot, la dama Gunelle se tomó con un gran
interés la visita guiada por el señor Tòmas, haciéndole toda clase de preguntas, de modo que
aquel primer día completo en el castillo fue una experiencia rica en información para toda su
compañía. Sus anftriones se mostraron encantados por su vivo interés en todo lo relacionado con
la vida del castillo. Al caer la tarde, la vieron conversando largamente con sus acompañantes, que
compartan con ella unas horas de descanso en la gran sala. Durante todo el día, Gunelle Keith se
mostró tranquila y atenta con todos, sin dejar ver ningún signo de contrariedad por la ausencia del
hijo MacNéil. Parecía no importarle. Por el contrario, era evidente que el teniente Lennox no
comparta su serenidad al respecto.
La dama Gunelle tomó todas sus comidas en compañía de sus sirvientas, del teniente Lennox y
de sus guardias. El señor Tòmas se sentó a su mesa, pero fue el único representante de Mallaig. En
efecto, el viejo señor MacNéil había hecho saber desde el ofcio matinal que no se encontraba lo
bastante bien para bajar de su habitación. Por intermedio de Anna, confó a su sobrino Tòmas el
cuidado de atender a la delegación de Nathaniel Keith.
En el piso superior, apoyado en su bastón, Baltair MacNéil recorría de lado a lado su habitación,
acortando el paso sólo cuando pasaba delante del hogar, a fn de recoger el calor en los pliegues
de su larga túnica azul. Había dormido muy mal la víspera y guardado cama todo el día. De hecho,
le parecía no haber pegado ojo en toda la noche. La cólera lo ahogaba. Como solía ocurrirle, le
producía verdadera difcultad para respirar. Había tosido y expectorado tanto y tan a menudo que
al amanecer se sintió literalmente agotado, quebrantado, aniquilado. No quiso ver a nadie en todo
el día: ni a su secretario, ni al reverendo, ni siquiera a su médico, que cada día pasaba por el
castillo. Sólo aceptó a Anna a su cabecera. Entre ellos, no había necesidad de hablar. Ella sabía qué
cuidados prodigarle y respetaba en todo su necesidad de estar solo.
Hacia el fnal de aquella primera jornada de la hija de Nathaniel Keith en su casa, cuando la
tarde caía sobre el castillo y todavía no había el menor signo del regreso de su hijo, la mandó
llamar. Ella compareció en su presencia, vestida con una túnica cimbrada de un color rojo oscuro.
Las largas mangas colgaban a lo largo de sus estrechas caderas. Iba tocada con un bonete de un
blanco inmaculado sujeto bajo el mentón por una cinta que destacaba el óvalo perfecto de su
rostro. Él la encontró a la vez menuda y austera, aunque su atuendo revesta cierta gracia. Tanto
su nuera Beathag como su difunta esposa lo habían acostumbrado a adornos más suntuosos. Las
dos cultivaban un gusto acentuado por las joyas, los tocados de varios pisos, los brocados de hilo
dorado y los terciopelos adamascados. Con Gunelle Keith, uno creía estar aún en presencia de una
alumna de convento. Él encontró cierto encanto en aquella severidad juvenil. Le gustó. Así pues, la
saludó con mucho cariño y le indicó un sillón colocado a su lado, frente al hogar. Ella le preguntó
de inmediato por su salud, con una nota de inquietud en la voz.
—Estoy tan bien como puede esperarse dadas las circunstancias. Os agradezco el interés,
señora —le respondió él—. No tengo intención de reteneros mucho tiempo, pero me gustaría
hablaros. —Un acceso de tos le cortó la palabra. La joven esperó con paciencia a que recuperara el
aliento—. En primer lugar, decidme, ¿cómo habéis pasado esta primera jornada? ¿Mi sobrino
Tòmas ha cumplido bien su misión de guía?
—En verdad, señor, no podíamos haber dispuesto de una persona más entusiasta para la visita
del castillo —respondió Gunelle—. También nos ha explicado a la perfección la vida del burgo,
hasta el punto de que me han entrado deseos de ir a hacer una visita mañana, si la temperatura lo

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 19


permite y si se presenta la ocasión, por supuesto... Vuestro sobrino ama mucho este país. Se
advierte enseguida.
—Es cierto que se apasiona por Mallaig. En este castillo es como un hijo. Mi hermano menor,
Aonghus, su padre, murió en tierras francesas, en Baugé, el veintiuno, batiéndose contra los
ingleses al lado del hijo del regente Robert de Albany. Tòmas se encontraba entonces estudiando
en el colegio de Edimburgo y deseaba hacer su aprendizaje de caballero allí. Vive con nosotros
desde hace ya dos años, y será armado en primavera. Ha elegido a Iain como maestro de armas y
padrino.
Baltair MacNéil calló de pronto, con el rostro crispado. Habría querido evitar hablar de su hijo.
La dama Gunelle lo adivinó al instante, y tuvo la presencia de espíritu de desviar la conversación.
—He encontrado otro excelente guía en la persona del reverendo Henriot. Ha tenido la bondad
de enseñarme los libros que se conservan en el castillo. Poseéis ejemplares magnífcos, mi señor.
Las fguras miniadas de algunos de ellos son de una calidad rara. Pienso en particular en la obra
sobre la mitología griega que he hojeado. Volvería a tomarla con placer, si no veis inconveniente
en darme acceso a vuestra biblioteca.
—Ningún inconveniente, señora. Por lo demás, apenas se la puede llamar mi biblioteca. Fue, en
tiempos, la de mi esposa y nuestro hijo Alasdair, las únicas personas eruditas de la casa, que
murieron, como vos sabéis sin duda, hace cinco años. Nuestro reverendo es un buen hombre y se
desenvuelve a la perfección en los textos bíblicos, pero sus conocimientos no van mucho más allá.
Los obispos no tienen por costumbre enviar a las Highlands a sus sacerdotes más sabios. A sus
ojos, nosotros nos encontramos todavía en un estado salvaje, en muchos aspectos... —Al ver que
la joven se sobresaltaba al oír aquel juicio, se apresuró a añadir—: El norte de Escocia, mi señora,
es un país lejano y salvaje para Europa, donde apenas se sabe que aquí vive gente. Pero lo es
igualmente para los escoceses de las Lowlands, esos señores de Stirling, de Glasgow y de
Edimburgo, sobre todo, que ya no distinguen entre un broch y una torre de vivienda, ni entre una
claymore y una espada. En cuanto a nuestros monarcas, prácticamente nunca han venido a las
Highlands, y rara vez envían a sus condestables. ¿Qué habían de venir a hacer, por otra parte?
Nosotros gobernamos nuestros propios asuntos... a nuestra manera; a la manera del Norte. Un
poco expeditiva en ocasiones, pero muy efcaz. En ese punto, todos los clanes de las Highlands
estamos de acuerdo. ¡Por lo menos una cosa tenemos en común!
El anciano se había enredado en su propio juego. Había hecho venir a Gunelle Keith por
obligación y por cortesía, pero la conversación con la joven lo había estimulado. Se entusiasmó al
hablar de los temas políticos que había descuidado durante mucho tiempo, y recuperó la energía
de antaño. Explicó sin darse un respiro todo lo que Gunelle Keith quiso saber sobre la posición de
su clan en relación con los demás, sobre las batallas que había librado y sobre las relaciones de la
familia con el rey Jacobo. Las manos del anciano se agitaban frente a él, alzaba las cejas y sus ojos
lanzaban relámpagos. Al fnal, cuando la dama Gunelle se retiró para pasar la noche, él había
vuelto a ser, en contacto con ella, Baltair MacNéil, el sólido jefe del clan. Aquella noche durmió
profundamente.
«Qué hombre tan asombroso —me dije al salir de aquella extraña entrevista—. Tan pronto es
un anciano enfermo como un gran señor lleno de autoridad.» No sabía qué pensar de él. Cuando
me mandó llamar, creí por un instante que deseaba tratar la cuestión del matrimonio. Eso me
habría producido cierta incomodidad. Cuando salí de su habitación, no acertaba a adivinar cuál

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 20


había sido su objetivo real. En el fondo, poco importaba. Me había dado una nueva ocasión de
aprender cosas sobre la familia MacNéil, y tenía que confesar que mi curiosidad incipiente había
quedado satisfecha.
Después de haber cerrado la puerta de la habitación del señor Baltair a mi espalda, me
encontré en el silencio absoluto del corredor. Ningún ruido de ninguna estancia o ala del torreón
llegaba a mis oídos. Avancé despacio, sin saber muy bien hacia qué lado tenía que ir para volver a
mi dormitorio. Al apartarme del halo luminoso que creaban las dos antorchas colocadas a uno y
otro lado de la puerta, me sumergí en una oscuridad casi completa. No había cogido ni vela ni
antorcha antes de salir. Me detuve, temblorosa.
De pronto, oí ruido de pasos en la dirección contraria a la que yo había seguido. Di media vuelta
y vi crecer un círculo de luz en el muro del ángulo del corredor. Los pasos se acercaban,
apresurados, frmes. «Botas de caballero», pensé de inmediato. Se me hizo un nudo en la
garganta, tragué saliva con difcultad, incapaz de moverme. En cuanto dobló la esquina, lo
reconocí: «¡Lennox!», suspiré aliviada.
—¡Mi señora! —gritó, y se precipitó a mi encuentro—. ¡Cuánto tiempo os ha tenido el señor
MacNéil a su lado!
Me aferré a su brazo con gratitud. Evidentemente, ¿qué otra cosa podía esperarse de la
vigilancia infatigable de aquel hombre? Sin duda había subido detrás de mí desde la gran sala y me
había esperado durante todo el tiempo de la conversación, en la torre de ángulo más próxima. Al
oír que la puerta se cerraba, había acudido.
Saltándose todas las normas de la discreción, me interrogó en tono serio mientras me conducía
con mano frme en dirección a mis aposentos.
—¿Qué ha dicho el señor sobre la ausencia de su hijo?
Yo sabía muy bien que ésa era la cuestión que le preocupaba por encima de todo. Su misión a
mi lado sólo fnalizaría el día de mi boda. Pero el novio no estaba en el castillo.
—No ha hablado de eso —le dije—. Creo que no quiere discutir sobre ese tema. ¿Se sabe por lo
menos dónde está Iain MacNéil en este momento?
Lennox ahogó un juramento. Declaró que encontraba del todo inadmisible la conducta de los
señores MacNéil, y que estimaba que se trataba de una afrenta a la familia Keith.
—¡Cómo! —exclamé—. ¿No se han enviado hombres en busca del hijo MacNéil? Si no ha
vuelto, eso signifca que está retenido en algún lugar, en difcultades. Veamos, Lennox, con toda
seguridad el señor Baltair ha enviado un destacamento en su busca. Si no está aquí es porque no
lo han encontrado, ¡eso es todo!
Cuanto más decía yo en mi alegato, más furioso se ponía Lennox. Lo miré de reojo y comprendí
que sabía más que yo sobre aquel tema. Le pedí que me lo contara todo. Habíamos llegado al ala
donde estaba alojada. Acortó el paso y lanzó breves ojeadas a las diferentes puertas cerradas ante
las que pasábamos, en busca de un lugar al resguardo de oídos indiscretos. Al no encontrarlo, me
confó lo que sabía en una voz ahogada en la que advert un tono de rabia contenida.
—Con toda certeza, mi señora, Iain MacNéil no está en peligro allí donde se encuentre en este
momento. Se marchó solo la mañana de nuestra llegada, al parecer sin otro motivo que
vagabundear por sus tierras. Su padre sabe probablemente dónde encontrarlo, pero no enviará a
nadie. ¿Por qué, mi señora? Porque el hijo MacNéil no quiere volver al castillo. ¡Esa es la razón! Y

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 21


como no es la clase de hombre que se deja arrastrar por la fuerza hasta su casa, habrá que esperar
a que le plazca presentarse.
Me quedé muda de estupor. Sabía que las informaciones que había recogido Lennox,
probablemente de los caballeros del cuerpo de guardia, tenían que ser exactas. ¿No era su deber
informarse? «Pero ¿por qué diablos Iain MacNéil huye de su propio castillo?», me pregunté. La
respuesta era sencilla y se me apareció de pronto con una claridad cegadora: Iain MacNéil no huía
de su castillo, ¡huía de mí! Aspiré a fondo el aire, con el corazón febril. «¡No es posible...!»
Habíamos llegado delante de la puerta de mi habitación. Me volví a mi acompañante y,
buscando sus ojos con la mirada, le agradecí sus buenos servicios y le deseé buenas noches con
una voz que me esforcé en que sonara tranquila. Yo no debía manifestar ninguna inquietud
delante de mi gente. Sólo a ese precio podían ir bien las cosas en Mallaig. Y deseaba frmemente
que fuera así.
Lennox inclinó despacio la cabeza y me devolvió mis buenos deseos antes de dirigirse a sus
propios aposentos, candelabro en alto, con pasos rígidos. Cuando hubo desaparecido en un
recodo del pasillo y el ruido de sus botas se perdió en la oscuridad, entré despacio en mi
habitación. Mi corazón había vuelto a latir con regularidad. Nellie y Vivian se precipitaron a mis
brazos, con mil preguntas en sus labios, la voz entrecortada por risas nerviosas. También ellas
habían oído temores durante mi larga entrevista con el señor MacNéil. Pero preferí no explicarles
mis últimas impresiones. Las tranquilicé con pocas palabras lo mejor que pude, y ellas se dieron
por contentas.
Aquella noche no pude descansar tan bien como la anterior. Mientras estaba sola en la
oscuridad y envuelta en las sábanas frías, me asaltaron mil pensamientos, mil dudas me
atormentaron. Acabé por dormirme repitiendo las palabras enigmáticas de Lennox: «Habrá que
esperar a que le plazca presentarse.»
Al día siguiente, en cuanto acabó el ofcio matinal, el señor Tòmas me abordó con respeto, y se
ofreció para llevarme a caballo hasta el burgo. No pude reprimir una sonrisa: el señor Baltair, a
quien nada se le escapaba, había dado órdenes a su sobrino para aquel día.
—Por desgracia no soy muy hábil montando a caballo —le respondí—. Pero, si podemos ir a
pie, me gustaría mucho. Mis sirvientas podrían acompañarnos entonces, y estoy segura de que les
encantará el paseo. —Al ver su aire sorprendido, añadí—: Siempre me han dado miedo los
caballos, y mi padre no insistió en que aprendiera a montar cuando era niña. Como pasé los cuatro
últimos años de mi vida en un convento, apenas he tenido contacto con esos nobles brutos.
Una sonrisa radiante, que descubrió sus dientes blancos y regulares, me conmovió al instante.
Desde ese momento sent una gran amistad hacia él. Lo consideré una persona sensible y buena.
En el universo salvaje de las Highlands, admitir la propia incompetencia para montar a caballo
equivalía a una confesión de incapacidad, por no decir de invalidez. Yo no tenía la menor duda al
respecto, aquí incluso las damas debían de ser excelentes jinetes. No sé por qué razón, sospeché
entonces que Tòmas no se senta tan cómodo en la silla de montar como la mayor parte de los
caballeros. Como contraste, me vino una idea a la mente: su primo y maestro de armas tenía que
ser, en cambio, un campeón en el terreno ecuestre. «¿Acabarán por hablarme de Iain MacNéil?»,
me pregunté con ansiedad.
En cuanto nuestro pequeño grupo, formado por Nellie, Vivian, Lennox, nuestro joven guarda
Nial, Tòmas, otros dos caballeros de la casa MacNéil y yo misma, salió del castillo por el puente

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 22


levadizo, aspiré a fondo el aire vivifcante. Había en él olores de landa, de bosque y de mar,
mezclados. Me sent extrañamente feliz por salir del castillo. Mis hombros se relajaron, la capa me
pareció menos pesada, el viento invernal menos frío en mi rostro, y mis ojos quedaron
deslumbrados por el primer sol que aparecía desde hacía casi una semana. La perspectiva de aquel
paseo hasta el burgo me llenaba literalmente de alegría. Fue así como comprendí hasta qué punto
había pesado sobre mí la atmósfera del castillo.
Al rodear el edifcio para bajar hacia el puerto, comprobé con cierta angustia la altura
impresionante de las murallas. Se trataba de una verdadera fortaleza. Al paso de generaciones
MacNéil, habían ido creciendo hiladas e hiladas de piedras alrededor de lo que probablemente
había sido en su origen una simple torre. Con toda certeza, las gentes de Mallaig contaban con un
buen resguardo en caso de invasión o ataque. Sacudí la cabeza para desechar esos pensamientos
pesimistas y volver a mi estado de felicidad del instante anterior. Tòmas, que me observaba de
reojo, sorprendió mi gesto y sin duda lo interpretó como un signo de impaciencia, porque me
tranquilizó en cuanto a la duración del paseo. Enseguida volví a encontrar en él el guía inteligente
y atento de la víspera, que no ahorraba detalles ni anécdotas inspiradas por las cosas o las
personas que veíamos al pasar.
La mañana siguió la misma tónica de la tarde anterior: fue rica en información sobre la vida en
Mallaig. Tuvimos la ocasión de encontrarnos con algunas personas que habíamos visto durante la
velada el día de nuestra llegada, en la gran sala del torreón: aquí el herrero, allá el guarnicionero o
el albañil, pero también otros hombres, mujeres y niños habitantes del burgo. La curiosidad que
nuestra comitiva despertó días antes no había disminuido. Nos lo probaban a cada momento
todas las miradas puestas en nosotros.
Aquel primer examen del puerto y de sus casas me reveló una pobreza mayor de la que había
conocido en Francia o en Aberdeen. Varias personas iban prácticamente descalzas a pesar del frío
invernal que escarchaba la copa de los arbustos, y sus vestidos se deshacían en harapos. Vi
muchas bocas desdentadas, y los ojos febriles eran mayoría. Sin embargo, una rápida ojeada en
dirección a los miembros de nuestra compañía me indicó que yo era la única en darme cuenta de
esos detalles. No sorprendí en sus miradas nada que dejara entrever que se compadecían de
aquella situación. Así pues, me guardé de comentar mis impresiones a Tòmas, que, por lo demás,
se había lanzado a hablar de la circulación de navíos en el pequeño puerto de Mallaig.
Mientras bajábamos, vi una cabaña alargada, adosada a la pequeña iglesia de piedra. Parecía
abandonada, y parte de su techo de pajuela se había hundido. Supe que había servido de escuela
antes del fallecimiento de la castellana. Recordé lo que el reverendo me había contado el día
anterior sobre la instrucción de los niños: había perdido a un maestro joven y no alcanzaba a
sustituirlo él mismo en aquella tarea. Finalmente llegamos al muelle de madera de roble
construido entre rocas medio sumergidas, y allí concluyó nuestro paseo. A lo lejos vi en el mar,
emergiendo por turno, las cabezas negras de tres focas lustrosas.
Me volví a mirar el castillo desde aquel lugar. Una vez más, sent que se me encogía el corazón
al ver su masa gigantesca dominando la pequeña aldea. «Este país es desmesurado», pensé. Un
halcón sobrevoló un instante las torres, y luego desapareció en dirección a las montañas.
Me sobresalté: el señor Tòmas me estaba formulando una pregunta que no había oído. Sus ojos
azules me observaban con atención. Una mecha de cabellos rebeldes fotaba al viento, tapándole
en algunos momentos la frente. Se mantenía erguido, con los brazos inertes a los lados de su

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 23


cuerpo esbelto. Llevaba armas ligeras sujetas a un magnífco cinturón de cuero de tono claro,
abrochado mediante una gruesa hebilla dorada. Su túnica de color verde oscuro, ajustada al
pecho, se alzaba al ritmo de su respiración. Lo encontré hermoso en ese instante. Debí de
sonreírle, porque apartó la mirada, un tanto confuso.
—Perdóneme, señor Tòmas —le dije entonces—, me parece que no he oído bien su pregunta.
¿Tendrá la amabilidad de repetrmela?
—Mi acento es muy malo cuando hablo el scot, me lo han repetido cien veces en Edimburgo.
No me lo toméis en cuenta, os lo ruego, mi señora. Sólo preguntaba si los navíos de vuestro padre
han tenido ocasión de navegar por esta parte de Escocia, hasta las islas, por ejemplo.
—¿Queréis decir las islas de Rhum, de Skye, o todas ellas? Sea como sea, mi señor, dudo que
nuestros navíos se hayan aventurado por aquí. Creo saber que las islas no tienen buena fama. Son
un coto cerrado del clan MacDonald, y los comerciantes honrados no las frecuentan.
—Tenéis toda la razón, mi señora. Veo que las hazañas del clan MacDonald son conocidas en
toda Escocia. Lo cierto es que esas gentes son, entre nuestros numerosos enemigos, los
principales. Ya veis, Mallaig es el último enclave favorable al rey al norte del loch Ness. Uno se
pregunta, por lo demás, por qué los MacNéil han permanecido feles a la monarquía desde hace
muchas generaciones. Lo fueron durante todos los años de la regencia, y prestaron juramento de
fdelidad a Jacobo I en abril, cuando fue liberado por los ingleses. Imagino que el sentido de la
lealtad de los MacNéil siempre ha prevalecido sobre las guerras de los clanes. En todo caso, eso
nos ha benefciado por una vez. Nos han otorgado tierras que cubren una gran parte de los
Grampianos, en perjuicio del clan Cameron.
Como yo guardaba silencio después de aquellas revelaciones inquietantes, mi interlocutor se
sumergió en sus pensamientos mientras subíamos hacia el castillo, con todo nuestro grupo detrás
de nosotros. Me llamó la atención la moderación de que daba prueba en sus razonamientos. No
había comparación posible con el discurso infamado del señor Baltair, el día anterior. «Tòmas está
dotado de una capacidad de juicio singular», pensé. Ardía en deseos de conocer sus apreciaciones
más en general sobre los montañeses, los highlanders. Así pues, me atreví a plantear la gran
pregunta que me atormentaba:
—Hay algo que me preocupa, y mi pregunta sin duda os va a parecer muy ingenua. Así pues,
tened la bondad de perdonar mi tontería, si así os parece. Señor Tòmas, ¿consideráis que los
habitantes de las Highlands son personas incultas y bárbaras?
—Me sería difcil califcar de bárbaras a personas a las que me debo y entre las que me he
criado. Son rústicos, es cierto, incultos en su mayoría, sin duda, pero no conozco a un pueblo más
enérgico ante la desgracia, más obstinado ante la ingratitud de la naturaleza, más salvajemente
enamorado del canto, la música y la danza. Sin embargo, no les gustan los grandes discursos.
Preferen hablar con las armas, y no les importa el derramamiento de sangre. Ese es su gran
defecto: los clanes de las Highlands se matan alegremente los unos a los otros. Los ingleses han
empezado a comprenderlo así, y sólo es cuestión de tiempo que sepan sacar el mejor partido de
esas rivalidades.
La respuesta no admita réplica. Algo me decía que tenía razón. Las opiniones políticas de los
MacNéil eran como mínimo singulares: no era posible contradecirlas abiertamente, y tampoco
ignorarlas. Alcé los ojos al cielo. Grandes nubes anunciadoras de nieve se amontonaban sobre las
montañas. Subí el cuello de mi capa. La euforia de la caminata me había abandonado

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 24


defnitivamente. Sólo aspiraba a regresar al castillo y reanudar la espera. La espera «hasta que le
plazca».
Entonces vi en el camino a tres jinetes que venían a nuestro encuentro. Cuando se acercaron lo
bastante, reconocí a la dama Beathag y a dos de los caballeros de Mallaig. Ella llevaba un vestido
de un rojo anaranjado muy llamativo, y una voluminosa cofa adamascada de la que escapaban
algunos rizos de cabellos llameantes. El contraste que formaba con sus guardas vestidos de negro
era espectacular.
No la había vuelto a ver desde nuestra primera comida, y casi había olvidado su existencia.
Saludó en gaélico a toda la compañía con una sonrisa cautivadora. Me pareció sorprender una
mirada dirigida a Lennox. Luego hizo girar su montura y partió al galope en dirección a la landa,
con sus guardas siguiéndola a alguna distancia. Aquella aparición súbita reavivó la conversación.
Entre los hombres, se adivinaba cierto nerviosismo: era muy visible que la dama Beathag no
dejaba indiferente a ninguno de ellos. Le bastaba aparecer unos minutos para llevar el rubor a sus
frentes y hacerles subir el tono de voz. Tòmas fue el único que no pareció alterado por sus
encantos. Siguió avanzando por el camino con un aire indiferente y relajado, casi desenvuelto. Su
misión a mi lado estaba casi cumplida. En efecto, llegamos al castillo una veintena de minutos más
tarde.
Cenamos, como la víspera, en la intimidad de mis gentes de Crathes. Tòmas no se unió a
nosotros, y tampoco el señor Baltair, que había guardado cama por segundo día consecutivo.
Durante la velada, vi durante un instante a un hombre que me presentaron como su médico, el
señor Kenneth MacDuf, considerablemente alto, entrado en la cuarentena, con aire atareado.
Permaneció casi una hora junto a la cabecera del anciano jefe. No encontré a nadie, después, que
me diera noticias sobre su estado de salud; todos los habitantes del castillo parecían tener prisa en
acostarse, esa noche. El viento que azotaba la landa hacía resonar los postigos de las ventanas y
alzaba en ocasiones las tapicerías que los cubrían. El frío del exterior penetraba en las estancias
por todos los resquicios posibles. La velada fue triste y todos subimos pronto a nuestros
aposentos.
La nieve cayó toda la noche, a rachas al principio y en copos ligeros hacia el amanecer. Nos
habíamos acurrucado las tres en mi cama para darnos calor y reconfortarnos. Vivian, a quien la
visita al burgo había cansado, se estuvo quejando durante buena parte de la noche. Nellie intentó
dulcifcar las cosas con su buen sentido, pero no lo consiguió. Fue entonces cuando empecé a
pensar que Vivian, amiga de festas, vestidos y bullicio, no soportaría la vida de Mallaig y querría
volver con Lennox a Crathes, al servicio de mi madre. Suspiré, de pronto con el corazón henchido
de pena. No quería perder a Vivian. Presenta ya que echaría de menos a Lennox cuando
abandonara mi servicio. De mi universo en Aberdeen no me quedaría más que mi buena Nellie, y
no me senta preparada para renunciar a más cosas todavía.
Cuando a la mañana siguiente entré en la cocina después del ofcio, sorprendí a Anna con la
pequeña Ceit, atareadas las dos en la preparación de galletas de miel. La niña, toda embadurnada
de harina y concentrada en su trabajo, no me vio entrar, lo que me permitió observarla a placer.
Era faca, de rostro estrecho. Sus rasgos revelaban una ligera irregularidad. A primera vista no
parecía gran cosa, pero sus ojos, muy azules, eran un poco desiguales. Tenía un pequeño mentón
voluntarioso que sorprendía en un conjunto marcado por la fragilidad. Nellie, que venía detrás de
mí, hizo más ruido al entrar. Ceit se sobresaltó, dejó la pella que estaba manipulando y escapó a

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 25


toda prisa, entre un rumor de faldas enharinadas, por una puerta pequeña que llevaba a la
bodega. Las tres nos quedamos paralizadas por un instante.
Anna hizo un comentario en gaélico. Para mi gran asombro, oí que Nellie le respondía algunas
palabras en la misma lengua. Me volví a ella y le dirigí una mirada interrogadora. Ella se encogió de
hombros, como para explicarme que no había nada más natural que aprender el gaélico en dos
días. Derrotada, me senté en un taburete y escuché a las dos mujeres conversar despacio en
gaélico, ayudándose la una a la otra con muchos gestos, en busca de las palabras adecuadas. Me
chocó en ese momento su parecido. ¿Es que todas las nodrizas del mundo tienen el mismo rostro
bondadoso, las mismas formas corporales generosas, el mismo timbre de voz lleno de autoridad
cuando llegan a una edad respetable? No habría podido afrmarlo, pero las dos me parecieron una
doble muralla protectora contra las penas que me aguardaban, sin duda, en mi vida en Mallaig.
Paseé mi mirada por la puerta que daba al jardín. No me habían llevado aún a aquel lugar, sin
duda por considerar que por su estado de abandono durante el invierno carecía de interés. A
pesar de todo, quise explorarlo y salí. La nieve se había fundido ya casi enteramente. Lo primero
que me impresionó fue su amplitud: se adivinaban una decena de avenidas bajo los restos de
plantas arrancadas esparcidos por el suelo. Conté siete árboles frutales que me pareció, no habían
sido podados desde hacía varios años: manzanos, un ciruelo y un castaño. Al fondo del jardín un
estanque, que podía ser también un vivero de peces, ocupaba un espacio delimitado por juncos, lo
que me asombró bastante en este lugar de Escocia. Tampoco los juncos habían sido cuidados
desde hacía mucho tiempo.
Examiné los arriates de tierra helada, pero no pude determinar lo que habían podido cultivar en
ellos en temporada. Nellie y Anna vinieron en mi busca, y yo pedí enseguida a Nellie que
preguntara lo que se sembraba allí. La respuesta llegó, dubitativa. ¿Era que Anna buscaba las
palabras, o que sencillamente no lo sabía? Acabé por comprender que el jardín no producía gran
cosa, por falta de los cuidados adecuados. Había sido el pasatiempo favorito de la difunta
castellana, y nadie había sabido tomar correctamente el relevo.
La biblioteca, el jardín, la escuela del burgo: tantas cosas abandonadas desde la muerte de la
castellana de Mallaig. ¿Cuántas más habría de descubrir? Cuanto más lejos llegaba en mis
descubrimientos sobre aquellos lugares, la personalidad de Lite MacNéil se me aparecía con más
precisión. La castellana había sido muy estimada por sus gentes. Su saber y su espíritu de iniciativa
les habían marcado profundamente. Un impulso me llevó a dirigirme a Anna, que en aquel
momento paseaba una mirada triste en derredor. Debía de sentir una gran pena al recordar a su
ama. Sus ojos húmedos lo revelaban, y apretaba juntas sus manos enrojecidas, perdida en sus
pensamientos.
Un ruido en la cocina nos hizo volver la cabeza a todas al mismo tiempo: era otra vez la
pequeña Ceit, que se escondía. Seguramente había visto a Anna por la puerta abierta y había
querido salir a buscarla, sin vernos a Nellie y a mí, que estábamos más lejos en el jardín. Debió de
dar marcha atrás en el último instante, al descubrir nuestra presencia. Las dos mujeres se echaron
a reír de los manejos de la niña y entraron a verla. Antes de seguirlas, eché una última mirada al
jardín desolado. «Sí —me dije—, éste debe de haber sido un lugar magnífco en otra época, y Lite
MacNéil tiene que haber sido una maravillosa castellana. ¡Que Dios me ayude para poder estar a
la altura del papel que me espera!»

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 26


Otro día tocaba a su fn. Acababa de empezar el adviento. Yo había asistido al ofcio vespertino,
sola, sin Vivian ni Nellie, porque senta una gran necesidad de recogerme y de sosegar mi alma
inquieta. Encontré un gran consuelo en los rezos litúrgicos muy sencillos recitados en voz baja por
el reverendo Henriot. Fui, por tanto, con plena serenidad de espíritu a reunirme con mis sirvientas
en mi habitación, y prepararme para la cena. Demasiado absorta en mis pensamientos, me
equivoqué de camino en el piso inferior al mío, y llegué al ala del señor Baltair.
En el corredor fotaba un fuerte olor a pelo mojado. Enseguida vi a un gran perro pelirrojo que
no había visto nunca, acostado delante de la puerta cerrada de la habitación del anciano. Me
detuve de inmediato, paralizada por el miedo. El perro había levantado la cabeza y me observaba.
Se levantó despacio y avanzó hacia mí. Yo seguía inmóvil. Habría querido huir, pero las piernas no
me obedecían. Me forcé a mí misma a tranquilizarme y a examinar al animal. El hocico era
alargado, las orejas ligeramente caídas y negras en todo el reborde, los largos pelos de las patas y
la cola goteaban.
La mirada de sus ojos muy negros era dulce. Me olisqueó las manos, luego los pies y,
visiblemente satisfecho, volvía a su lugar cuando se oyó una fuerte voz masculina a través de la
puerta de la habitación del señor Baltair. Otra, la del anciano señor, que reconocí de inmediato, le
respondió. El tono que empleaban los dos hombres no dejaba la menor duda: era una discusión,
en gaélico. El perro también se había inmovilizado y miraba fjamente la puerta, gruñendo. Iba a
aprovechar la ocasión para volver sobre mis pasos cuando la puerta se abrió bruscamente. Salió
un hombre que se detuvo en seco al verme. De estatura mediana, cabellos largos y barba de un
tono castaño oscuro, hombros anchos a los que se pegaba una túnica empapada, calzado con
botas y espinilleras de cuero negro. Así vi por primera vez a Iain MacNéil. Porque no podía ser
nadie más que él. Su mirada encontró la mía. Sus ojos, del mismo tono azul que los del señor
Baltair, estaban aún llenos de cólera. Antes de que yo tuviera tiempo de decir nada, dio media
vuelta, silbó a su perro y desapareció a largas zancadas en la dirección opuesta.
Delante de la puerta, que había quedado abierta, un charco de agua indicaba el lugar donde el
perro había aguardado a su amo. Me acerqué un poco y vi otro charco a la entrada de la
habitación, dejado por las botas del amo. Era evidente que los dos acababan de volver al castillo.
Un golpe de tos resonó en el interior de la habitación, y se transformó de pronto en un ahogo.
Corrí adentro. El señor Baltair estaba doblado sobre el brazo de su sillón, las manos crispadas
sujetando un bastón, la respiración entrecortada. Me precipité hacia él y lo sujeté por los
hombros, forzándolo a incorporarse. Levantó la cabeza y me reconoció: sus ojos estaban
inyectados en sangre, un hilo de saliva rosada resbalaba por su mentón, y su tez tenía un color
grisáceo. Grité pidiendo ayuda con una voz febril que se me enredaba en la garganta. Por
supuesto, nadie podía oírme en aquel lugar. Habría tenido que chillar a pleno pulmón. El bastón
cayó al suelo con un ruido seco. Baltair MacNéil aferró con sus manos temblorosas las mías. Sent
la fuerza inaudita de aquel gesto desesperado. Durante unos segundos, recuperó el aliento.
Aquello bastó para devolverle del lado de la vida. Se derrumbó en el sillón y yo me dejé caer a sus
pies, con nuestras manos aún enlazadas. Perdí la noción del tiempo. ¿Pasaron veinte minutos o
más de una hora, hasta que llegó Anna? No sabría decirlo. «Todo va bien ahora», suspiré al ver
entrar a la buena ama de llaves. Entonces cerré los ojos, aliviada.
Volví a mi habitación, que encontré vacía. Caí, extenuada, sobre un banco. En mi interior se
sucedían impulsos de miedo, de desesperación y de rechazo. ¿Qué clase de hombre podía, con

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 27


total impunidad, maltratar a un viejo tan enfermo como el señor Baltair? ¿Qué clase de hijo era
aquél? La cólera me sofocaba. Me costó mucho recuperar la calma, y tardé en presentarme, con
una serenidad muy relativa, en la gran sala para la cena.
Con la excepción del señor Baltair, estaba allí la familia al completo. A mi llegada se hizo el
silencio. Me quedé dubitativa en el umbral, buscando con los ojos el apoyo de una mirada amiga.
Tòmas comprendió mi llamada muda, porque de inmediato estuvo a mi lado. Al ver su mirada
ansiosa, supe que le correspondía la difcil tarea de presentarme a su intratable primo. Tragué
saliva con difcultad y le tendí la mano. La suya estaba húmeda y fría. Alcé la cabeza y encontré la
mirada glacial de Iain MacNéil, que estaba plantado en medio de la sala y nos examinaba cruzado
de brazos. Vesta un jubón negro azabache sobre una larga túnica de tela roja. Sus cabellos
oscuros a medio secar se le aplastaban contra el cráneo. Curiosamente, no se había quitado las
armas, que colgaban de su cintura. Tòmas no tuvo tiempo de decir mi nombre, porque el señor
Iain lo hizo en su lugar. Cuando pronunció mi nombre, advert en su voz grave un tono de
desprecio. De inmediato me erguí:
—Mi señor —murmuré, y me incliné en una reverencia deliberadamente rígida.
El silencio pesaba en la sala. No se oía más que el crepitar de las antorchas clavadas en todas las
esquinas. Todos retenían el aliento, sin querer perder detalle de lo que prometa ser un verdadero
espectáculo.
Imperturbable, el señor Iain empezó a pasear despacio a mi alrededor, sin más ruido que el de
sus botas al golpear el suelo. Sent que su mirada penetrante me examinaba como lo habría hecho
con una yegua destinada a la cría. Era intolerable. Las mejillas me ardían. Para mi gran estupor, se
dirigió en gaélico al grupo de comensales, mientras avanzaba hacia la mesa. Aparentemente dijo
algo gracioso, porque varias personas soltaron la carcajada. Vi que Tòmas apretaba los puños, con
una expresión tensa. No se rio. Lennox, que no estaba lejos, adoptó un aire ofendido. Comprendí
que el señor Iain había hecho algún comentario poco halagador sobre mí. Era demasiado. Me dirigí
a él, temblando de rabia:
—¿No podríais hablar en lengua scot, mi señor? No tengo la felicidad de comprender lo que
habéis dicho, y parece divertido.
Al oírme, el hijo MacNéil se volvió despacio hacia mí, con las cejas alzadas. Toda su fsonomía
traslucía sufciencia. Sin apartar los ojos de mí, inclinó la cabeza en dirección a Tòmas y esperó. Yo
estaba estupefacta: ¿era posible que el hijo MacNéil no hablara ni comprendiera el scot? Al
parecer sí, porque Tòmas intercambió una mirada conmigo y en sus labios se dibujó una media
sonrisa. Pronunció en una voz extrañamente tranquila una frase en gaélico dirigida a su primo.
¿Era esa frase la traducción de lo que yo acababa de decir? Todo parecía indicarlo. Estallaron risas.
La mirada que el señor Iain me dirigió se había endurecido. Las risas cesaron. Comprendí que, esta
vez, las burlas eran para él.
Me volví a Lennox, con una mirada implorante. Necesitaba a toda costa entender lo que se
decía. Él sólo esperaba una señal de mi parte para intervenir y, en dos zancadas, vino a colocarse
detrás de mí y me tradujo en voz baja las palabras de Tòmas:
—El señor Tòmas ha dicho: «Qué feliz me siento al conoceros, mi señor. Me encantan los
nobles barbudos que saben hacerse esperar.»

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 28


Avergonzada, me volví hacia mi intérprete. Vi brillar una luz maliciosa en sus ojos. Cuando mi
mirada se cruzó con la de Tòmas, la misma expresión iluminaba su rostro. «¡Se están burlando del
joven señor!», me dije.
Iain MacNéil no era hombre que se dejara poner en ridículo. Lanzó al aire inmóvil, como un
latigazo, lo que me pareció un juramento. Luego miró con ojos rencorosos a Tòmas, se acercó
rápidamente a mí y pronunció en voz alta el nombre de Lennox, fulminándolo con una mirada
glacial por encima de mi hombro. Yo me estremecí. El aliento le apestaba a aguardiente. A mi
espalda, mi teniente se puso rígido. Entonces Iain MacNéil bajó los ojos en mi dirección y me
dirigió una réplica en tono sarcástico, con una expresión dura y hermética. Luego levantó la
mirada hacia Lennox, y repitió su nombre. Había tomado la situación bajo control e indicado con
claridad quiénes serían los intermediarios en la discusión.
Yo no podía apartar la mirada de aquel rostro crispado, de rasgos llenos de dureza. Lennox
obedeció, y me dijo con una voz sorda:
—El señor MacNéil dice: «Por mi parte, no me encantan en absoluto las damas que aprenden el
gaélico escuchando detrás de las puertas.»
Fue como si me hubieran pinchado con una aguja. Me oí a mí misma responder, en un tono que
rozaba la insolencia y que me sorprendió a mí misma:
—Mi señor, si habláis de nuestro reciente encuentro, sabed que no escuchaba detrás de la
puerta, sino que me dedicaba a aprender el lenguaje de los perros en compañía de vuestro amable
setter. Por lo que respecta a la afabilidad, la lengua canina constituye mi elección preferida, por
delante del gaélico.
Apenas había acabado de hablar cuando se oyeron risas del lado de Tòmas, del reverendo, del
secretario, de mis acompañantes, en una palabra de todos los que entendían el scot. Yo volví el
rostro hacia Lennox para invitarle a traducir, y, siguiendo los modales del señor Iain, acompañé mi
gesto con un restallante «Lennox».
Iain MacNéil pataleaba de impaciencia, mientras esperaba. Le vi apretar los puños, y los
músculos de sus hombros y su cuello se tensaron. A mi espalda, Lennox tradujo mis frases al
gaélico en tono monótono, y el fnal de su réplica fue acogido con un torrente de carcajadas: era
evidente que entre los presentes eran mayoría las personas que hablaban esa lengua. No esperé la
reacción del hijo MacNéil para reunirme con el grupo más cercano y, aún temblorosa, me dediqué
a saludar a todos con cortesía. Sorprendí ojeadas admirativas dedicadas a mí, aquí y allá. Todos se
habían divertido mucho con aquel encuentro tan esperado, retrasado nada menos que durante
tres días de adviento.
La cena que siguió se pareció mucho a un torneo en el que los equipos enfrentados ocupan
cada uno la mitad de la liza. Yo había tomado asiento en un extremo de la mesa Con los scots, es
decir, el reverendo, agitado por encogimientos de hombros, el secretario Saxton, con una luz de
interés en la mirada, un Tòmas más que satisfecho, un Lennox ofendido, y nuestros cuatro guardas
y mis dos sirvientas, excitados. El señor Iain fue a instalarse en el otro extremo, deliberadamente
colocado frente a mí, con sus caballeros y la dama Beathag. Evitábamos cuidadosamente
mirarnos, conscientes del fuego latente en aquella situación. Las conversaciones nacían y morían
en una atmósfera de sofoco generalizado.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 29


Un momento, vi a la pequeña Ceit escondida detrás de un pilar, con los brazos alrededor del
cuello del perro rojo, murmurándole secretos al oído. Me di cuenta de que sus labios se movían:
¿hablaba de verdad? Mi estado nervioso multiplicaba mi atención. Durante toda la comida estuve
así, tensa, con los sentidos alerta, registrando una formidable cantidad de detalles insignifcantes.
Tòmas me dirigía sonrisas de ánimo, pero me era imposible calmarme.
El fnal de la cena se precipitó, no recuerdo por qué razón. El hijo MacNéil y su séquito se
levantaron de la mesa de golpe y salieron de la sala haciendo mucho ruido. Algunos caballeros se
tambaleaban y la dama Beathag se colgó con arrumacos del brazo de su cuñado, al que por lo visto
había echado mucho de menos.
Después de su marcha, un pesado silencio cayó sobre la sala como una piedra en el fondo de un
pozo. La tempestad había pasado. Paseé mi mirada en torno a la mesa. Todos me miraban,
azorados. No pude contenerme más, y me eché a llorar.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 30


Capítulo 3

La boda
Al día siguiente de su encuentro con el señor Iain, la dama Gunelle se encerró en su habitación.
No bajó al ofcio y pidió a sus sirvientas que la dejaran sola. Por tanto, Nellie pasó buena parte del
día con Anna, en la que encontró a una verdadera aliada. Anna no podía aprobar la conducta
incalifcable de su joven señor, y se compadeció profusamente de la joven ama de Nellie, así
insultada. Deslizó algunas golosinas en las bandejas que le hizo subir a la hora de las comidas. Las
dos nodrizas estaban desoladas, y se inquietaron juntas al ver bajar intactas las bandejas de la
habitación de la joven.
Lennox, por su parte, estaba furioso por la indignidad de Iain MacNéil y en varias ocasiones
estuvo a punto de pedir audiencia al padre a fn de que éste se explicara sobre el comportamiento
de su hijo. Pero, al hacerlo, se habría excedido en la misión que le había confado Nathaniel Keith y
habría colocado a su hija en una posición delicada. ¿Estaba por lo menos el jefe del clan MacNéil
en condiciones de manejar la situación? Lennox tuvo que reprimirse para no intervenir sin haber
recibido una orden explícita. Comprendía que esa orden sólo podía venir de la dama Gunelle. De
modo que se apostó decididamente cerca de la puerta de su habitación durante todo el día, con la
esperanza de que ella lo mandaría llamar, a pesar de las noticias que le había dado Nellie sobre su
ama por la mañana.
Correspondió a Guilbert Saxton la delicada tarea de informar al señor Baltair de la tensa velada
del día anterior. Su amo lo había llamado con ese fn, y entró en su aposento cuando salía de él el
médico MacDuf. Los dos se saludaron con frialdad y siguieron su camino. Saxton no concedía
mucho crédito al médico, y éste despreciaba el trabajo del secretario. Saxton no preguntó por el
estado de salud de Baltair MacNéil en aquel día de después de la crisis, porque sabía que los
síntomas serían exagerados por el médico. Este era un hombre tan orgulloso de su saber como de
su ignorancia, y el uno y la otra aparecían a partes iguales en su trabajo.
Cuando Saxton estuvo delante de su amo, se reprochó el no haberse informado: Baltair
MacNéil tenía el rostro lívido, la respiración sibilante, y un temblor continuo agitaba sus manos.
Estaba tendido en su lecho sobre unos almohadones. ¡Era la primera vez que el jefe del clan lo
recibía acostado! Anna, sentada a su cabecera, con un paño en las manos y una palangana de agua
fresca sobre las rodillas, lo miraba con ojos apenados.
A la llegada de su secretario, el señor Baltair volvió la cabeza hacia su ama de llaves y le pidió,
con un hilo de voz, que los dejara solos, lo que ella hizo a regañadientes. Luego, dirigiéndose a
Saxton, él dijo con lentitud, casi deletreando cada palabra:
—Tenga la bondad de excusarme, Saxton, por recibirlo así, pero necesito saber exactamente lo
que ocurrió ayer. Quiero saberlo de su boca, porque tengo por exactos sus rendimientos de
cuentas. Es inútil que salga de mi cama para escucharlo. Le pido que no haga caso de mi estado de
fatiga. Finalmente, no intente protegerme ocultándome cosas que yo no debería ignorar.
Saxton hizo un esfuerzo para encontrar un tono neutro en la explicación que se le pedía. Su
amo tenía plena confanza en él y no quería decepcionarlo en un momento tan crucial para la
familia MacNéil. Contó pues de manera concisa uno de los peores momentos que había vivido el
castillo de Mallaig, en su opinión. Su anciano señor había cerrado los ojos, de modo que Saxton no

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 31


sabía si dormía o escuchaba. Al concluir su relato, oyó un murmullo de Baltair MacNéil dándole las
gracias. Esperó algunos segundos para recibir instrucciones, pero su amo callaba. Salió de la
habitación, extenuado.
Mientras en el piso alto Saxton daba su informe al padre, el médico MacDuf daba el suyo al
hijo, en el despacho de la planta baja. Tampoco Iain MacNéil tenía en gran estima al médico, pero
esa mañana le escuchó con atención. Anna le había hablado del ataque sufrido por su señor antes
de la cena de la víspera. Él se sorprendió mucho: no imaginaba que su padre estuviera tan
enfermo. De hecho, lo había visto tan poco los últimos meses que el deterioro del estado de salud
del anciano patriarca fue un descubrimiento para él. El pronóstico del médico era alarmante, pero
¿hasta qué punto había que creerle? Sin embargo, la desesperación de Anna ante el estado de su
padre venía indudablemente a corroborar el informe de MacDuf.
Despidió rápidamente al médico y, solo en la estancia sin fuego, paseó por ella nervioso. Senta
ascender en su interior algo parecido a la culpabilidad. Volvía a verse, apenas de vuelta en el
castillo, peleándose con su padre. La indignación que había mostrado el viejo jefe, su mirada
furiosa, el rictus que deformaba su rostro estragado, las palabras duras e hirientes que había
pronunciado, lo revivió todo. Sobre todo los reproches, siempre los mismos, pero que parecían
ganar en dureza cada vez. A Baltair MacNéil no le quedaba mucho tiempo de vida, afrmaba el
médico. ¿Le sería concedida a él, se preguntó Iain, una sola oportunidad para explicarse de
hombre a hombre con su padre antes de que se reuniera con su madre y su hermano en el más
allá?
Tal como iban las cosas, lo dudaba mucho. Se le hizo un nudo en el estómago y durante unos
segundos se quedó sin aliento.
Durante la semana que siguió al encuentro del hijo MacNéil con la hija Keith, el castillo de
Mallaig estuvo extrañamente silencioso. El señor Baltair recuperaba tranquilamente fuerzas en el
silencio de sus aposentos, y no aceptaba más cuidados que los de su ama de llaves. Aún no quería
enfrentarse a su hijo, que por su parte no fue a visitarlo ni una sola vez.
El tiempo se había templado algo, pero el sol seguía sin aparecer. La nieve se había fundido
completamente y el señor Iain salía tan a menudo como le era posible, evitando con todo cuidado
encontrarse con la dama Gunelle. Salía de caza al amanecer con los caballeros de la casa, y no
regresaba hasta la noche. En varias ocasiones acompañó a Beathag a cabalgar por la landa. Sin
embargo, nunca cabalgó con Tòmas en esos días: le guardaba rencor por haberse puesto de parte
de la joven Keith en su fatdico encuentro. En cuanto al propio Tòmas, no parecía intimidado en
absoluto por aquel enfado, sino al contrario, bastante feliz por la libertad en que le dejaba para
ponerse a disposición de la dama Gunelle.
Desde el regreso de su primo, el señor Tòmas temía que Gunelle Keith pidiera emprender el
camino de retorno a Crathes. No le habría sorprendido, ni a él ni a nadie en Mallaig, y el teniente
Lennox, que no cedía en su ira, sin duda se habría sentido aliviado. Sin embargo, fue un deseo muy
diferente el que le expresó la joven aquella mañana, de vuelta de un paseo solitario. Con una
mirada a la vez triste y suplicante, le pidió con circunspección si querría enseñarle la lengua
gaélica. La petición le asombró, pero se sintió aún más conmovido al oírla justifcarse:
—Soy muy consciente de las difcultades que eso puede crearos, en vuestra condición de
representante de la familia. Confeso que he pensado primero en el teniente Lennox, pero su
conocimiento de vuestra lengua es demasiado limitado y yo quiero aprender el máximo número

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 32


de palabras posible, porque de otro modo nunca podré conversar con vuestro primo sin
intermediarios. Ni con vuestro primo ni con la mayoría de las personas de Mallaig. Y eso no es
deseable para mí, ¿lo comprendéis?
—Lo comprendo perfectamente, mi señora —se apresuró él a responder—. Me halaga que
hayáis pensado en mí, y no me negaré a ello. Sabéis bien que en esta casa estoy a vuestro servicio.
Por consiguiente, es un honor el que me hacéis con vuestra petición. No poseo cualidades
especiales en el arte de enseñar, pero haré todo lo que pueda para adquirirlas. Indicadme sólo por
dónde empezar.
El señor Tòmas aún había de llegar más lejos en su asombro y admiración por la joven. Los días
transcurrieron sin que él se diera cuenta. Gunelle Keith tenía una facilidad fuera de lo común para
aprender. Estaba dotada, en parte gracias a sus estudios en Francia, de una memoria notable:
todo lo que él le enseñaba era asimilado de inmediato, y ella podía utilizarlo sin necesidad de que
él se lo recordara de nuevo. Poseía rudimentos de alemán, y se dio cuenta del parentesco que
exista entre aquella lengua y el gaélico.
Pasaron juntos muchos días, charlando de los temas que ella elegía al hilo de sus paseos por el
castillo, el burgo o el acantilado. De ese modo ella llegó a conocer bien a los mercaderes, los
pescadores, los artesanos, los criados y criadas del castillo; en una palabra, todo el pequeño
mundo que gravitaba alrededor de Mallaig.
En dos semanas, Gunelle Keith dominó las bases de la lengua del joven, y se sintió muy
orgullosa por ello.
A lo largo del día siguiente al regreso del hijo MacNéil al castillo, veinte veces me sent tentada
de huir. En cuanto cerraba los ojos, volvía a vivir los minutos angustiosos de mi encuentro con él.
Cada vez, la indignación me hacía estremecer. ¿Qué había hecho yo para merecer tanto desprecio
por su parte? ¿Qué le habían contado sobre mí, que fuera tan terrible como para juzgarme antes
de conocerme?
Por supuesto, no encontré ninguna respuesta satisfactoria. Empecé a considerar las cosas
desde un punto de vista ajeno a mí misma: el hijo MacNéil había decidido hacerse esperar durante
tres días, al cabo de los cuales hubo de sufrir la ira justifcada de su honrado padre; entonces
adoptó una indiferencia altanera y descortés hacia mi persona cuando fuimos presentados, para
atrincherarse luego en el rencor y el mutismo. Su insolencia no había conseguido más que dejar en
evidencia su injustifcable ignorancia del scot. En cuanto a mí, si se consideraba la inquietud en la
que me había sumido el malestar del señor Baltair justo antes del momento tan penoso de las
presentaciones, el dolor de la separación de mi familia y la espera de tres días que acababa de
vivir, no se me podía exigir que encajara una afrenta sin pestañear. Esa constatación me llevó a la
clemencia conmigo misma.
Y entonces me asaltó la certeza de que Iain MacNéil no tenía otra cosa que reprocharme que la
de haberle sido impuesta en matrimonio. Se mostraba arrogante con el designio de desanimarme
y hacer recaer sobre mí el papel odioso del rechazo a la boda. Pero se equivocaba.
«No huiré de Mallaig ni haré que mi padre falte a su palabra —me dije—. Me explicaré con Iain
MacNéil, aunque tenga que estudiar su lengua día y noche antes de nuestro próximo encuentro.»
Sent alivio ante la respuesta tan positiva de Tòmas a mi petición, y descubrí muy pronto que las
lecciones de gaélico me apasionaban. Me conducían a tal grado de excitación, que me ocurría que

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 33


despertaba antes del amanecer y no conseguía volver a conciliar el sueño. Me vesta entonces sin
hacer ruido, para no molestar a Nellie y Vivían, y salía a las murallas para ver nacer el día.
Encontré un pequeño nicho en lo más alto de una torre, donde me encontraba al abrigo de los
vientos. Desde sus tres aspilleras, de un ancho poco habitual, se alcanzaba una vista grandiosa de
las montañas y de los dos brazos de mar que rodeaban la península. Colocaba las palmas de las
manos sobre la piedra fría y contemplaba el espectáculo del mar de las Hébridas. Desde allí
formulaba en silencio mensajes de amistad para mi familia, a la que tanto añoraba. Aquellos
momentos de soledad robados al sueño me calmaban más aun que los que pasaba en oración en
la capilla, tan reconfortantes, sin embargo.
Una mañana en que estaba sumida en una de esas meditaciones, me sobresaltó la llegada
imprevista del perro del hijo MacNéil, al que no había oído acercarse. Me puse rígida de
inmediato, no por miedo al animal, sino por encontrarme con su amo. Me volví y lo vi de
inmediato, observándome desde una almena del camino de ronda. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?
No lo sabía, pero tuve la desagradable impresión de haber sido espiada. Por así decirlo, no había
vuelto a verlo desde el día de la presentación, y casi había llegado a convencerme de que de nuevo
se había marchado de Mallaig.
Abandonó su punto de observación y se acercó a mí. Iba vestido para salir de caza: túnica corta,
espinilleras de cuero y botas, la claymore al cinto. No llevaba sombrero, y sus cabellos sueltos se
enredaban sin orden sobre los hombros. Creí apreciar curiosidad en su mirada cuando sus ojos se
cruzaron con los míos, que aparté a toda prisa para contemplar el mar, sin saber qué actitud
adoptar. Le oí, más que verlo, avanzar hasta colocarse a mi lado. No me dirigió ningún saludo y
guardó silencio. Volví la cabeza de modo imperceptible y me di cuenta de que contemplaba como
yo el horizonte, por la misma aspillera. Me estremecí cuando fnalmente abrió la boca para
preguntarme tranquilamente, en gaélico, sin apartar la mirada del horizonte marino:
—Supongo que debéis de añorar mucho a vuestra familia, mi señora. A vuestra familia y la vida
de Aberdeen. A menos que no sean Orleáns y vuestras compañeras de convento...
—Ciertamente, mi señor, añoro todo lo que habéis mencionado. —Era consciente de mi mala
pronunciación, y me ruboricé—. He abandonado un país para encontrar otro. Deseo que la
pérdida de todo lo que tenía allá abajo quede compensada por lo que encuentre aquí.
—¿Y qué esperáis encontrar aquí, aparte, por descontado, de un marido? —La pregunta era
impertinente y yo me mordí los labios, despechada. Busqué desesperadamente palabras y sent
que me invadía la confusión, cuando le oí retomar la palabra en un tono conciliador—: Haré la
pregunta de otra manera. ¿Qué es lo que más amáis en Mallaig?
Ahora me estaba mirando. Cerré los ojos un instante para concentrarme. ¿Me estaba
tendiendo una trampa? ¿Qué respuesta buscaba? ¿Adónde quería ir a parar? De inmediato me
reproché a mí misma esos pensamientos. Aquella tercera pregunta parecía sincera. Me sent en el
deber de responderle. Volví la mirada hacia el mar, en busca de un terreno neutral, y declaré con
prudencia:
—Admiro mucho la naturaleza que rodea Mallaig. Este país es tan... tan...
No conseguía acordarme de la palabra «vasto» en gaélico. Desesperada, abrí los brazos y sacudí
la cabeza para mostrar que no sabía cómo expresarlo de otra manera. Estábamos tan estrechos en
la torre que mis mangas rozaron el pomo de su arma. Retrocedió un paso. Su barba se agitó:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 34


sonrió con todos los dientes. Abrió los brazos para imitar mi gesto, lo que hizo que su perro
ladrara, y soltó una gran risotada.
—Ya veo —dijo—•. Proseguiremos esta agradable conversación cuando habléis mejor la lengua
de este vasto país. Me doy cuenta de que mi primo tiene aún mucho trabajo por delante. O bien
es un mal maestro, o vos sois una mala alumna. —Y volviendo sobre sus talones, añadió por
encima del hombro—: ¡O las dos cosas!
Desapareció como había venido, con su perro corriendo delante de él. Yo me sent morir en el
secreto de mi torre desierta. Las lágrimas me picaban en los ojos. Cuando más tarde salí de mi
escondite, entreví a la pequeña Ceit, que corría por las murallas. Su cabecita pelirroja me dirigió
una sonrisa que no me abandonó durante todo el ofcio que siguió a mi regreso al torreón.
Por la tarde, tuve más éxito ante el padre con mis conocimientos del gaélico del que había
tenido con el hijo por la mañana. En efecto, Baltair MacNéil me mandó llamar por primera vez
desde su último ataque, y yo me propuse que la conversación fuera en gaélico. Temía encontrarlo
peor, porque las noticias que Nellie me transmita con regularidad no eran estimulantes. Me sent
aliviada al verlo sentado en su sillón, vestido de gala, con la cabeza alta, la tez algo pálida, pero la
respiración regular. «Este hombre tiene una capacidad de recuperación extraordinaria», no pude
dejar de pensar al recordar la crisis que me había hecho precipitarme en su auxilio. El mismo
recuerdo debió de pasar por su mente, porque me tomó la mano y la mantuvo con frmeza entre
las suyas, al tiempo que me hacía sentar delante de él.
—Gunelle —me dijo con voz emocionada—, te he descuidado. No me senta lo bastante bien
para recibirte. —Después de una breve pausa, continuó—: Te debo la vida, nadie aquí lo ignora.
Por desgracia, todo lo que puedo ofrecerte a cambio es un hijo que no te merece. —Vi un
profundo dolor en sus ojos, y de inmediato me sent conmovida—. Iain no es del todo malo, pero
ha encerrado en el fondo de su corazón lo mejor de sí mismo.
»Tienes excelentes razones para creerle un malvado, pero yo respondo de lo contrario, a pesar
de la manera en que te recibió. Gunelle, has de saber que te estimo demasiado para permitir una
unión en la que corras el peligro de recibir malos tratos. Sé que Iain no te pegará nunca. Aunque
es algo habitual en las Highlands, no es ésa la manera en que han sido educados los MacNéil, los
hijos de Lite MacNéil. —Calló un momento, sumido en sus pensamientos, antes de continuar en
tono grave—: Bien. Como ambos sabemos, el plazo fjado para vuestra boda es la Navidad. Es
decir, dentro de once días.
»He tenido una conversación con mi hijo esta mañana, y no tiene interés en aprovechar ese
tiempo para conocerte mejor. Gunelle, dejo en tus manos la decisión: atrasar la fecha de la boda y
emplear todo el tiempo que desees para refexionar, o rehusar el matrimonio con mi hijo. Has de
saber que respetaré tu elección, cualquiera que sea.
La última frase le costó un esfuerzo visible. Yo aspiré profundamente, e incliné la cabeza hacia
nuestras manos, todavía enlazadas. Así pues, el hijo me aceptaba: eso me colocaba en una
posición en la que me era imposible rechazarlo, a pesar de que su padre me dejaba esa
posibilidad. En consecuencia, muy a mi pesar le anuncié que no renunciaba a aquel matrimonio.
Me expresé en gaélico y me alegró el ver de inmediato la sorpresa en sus ojos, cosa que me
estimuló a continuar. Sin refexionar demasiado, me puse a contar en detalle las últimas semanas
pasadas en compañía de su sobrino Tòmas, y le conté la felicidad que había sentido al volver a
hacer lo que más amaba en el mundo: aprender. Las palabras acudían con facilidad, y en ningún

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 35


momento me corté. Me sent orgullosa de mí, y de Tòmas. El viejo jefe del clan me observaba con
admiración. No hice alusión a su enfermedad ni al papel salvador que, según él, había
desempeñado yo cuando tuvo el último ataque. Experimenté entonces un fuerte sentimiento de
respeto y de cariño hacia aquel hombre notable.
En conclusión, decidí no atrasar inútilmente la boda. Puesto que Iain MacNéil estaba dispuesto,
yo también lo estaría. El aniversario de mi madre era el día 18 de diciembre, día de San Marchar, y
fue la fecha que sugerí para la boda. Lo aprobó al instante, y me dijo que confaría los preparativos
a Anna, bajo la dirección de Nellie. Al hacerlo así, su intención era que todo se desarrollara según
la costumbre de las bodas en la región de Aberdeen. «Cuatro días. Dentro de cuatro días, seré la
esposa de Iain MacNéil, la castellana de Mallaig», pensé con aprensión al despedirme del anciano
jefe.
A Anna le había producido una gran impresión el cofre de las especias. Era un regalo de la
familia Keith para la boda de su hija. El teniente Lennox lo había llevado en persona a las cocinas
poco después de la cena. La mayoría de las especias que contenía eran enteramente desconocidas
para el ama de llaves. Mientras lo exploraba, Nellie le explicaba sus diferentes usos como podía.
Para Anna, sólo importaba una cosa: la boda iba a celebrarse. Disponía de muy poco tiempo
para los preparativos, pero el simple hecho de no tener que dirigirlos ella sola le quitaba de
encima un peso enorme. Vivían, la joven sirvienta de la dama Gunelle, tendría a su cargo la
ceremonia de la recepción y el vestido de la prometida, en tanto que Nellie supervisaría el
banquete. Con aquella abundancia de especias, que valían en sí mismas una fortuna, los manjares
quedarían sin duda muy realzados. Anna se alegró en su interior al pensar en ello. La dama Lite, en
su tiempo, había utilizado mucho los guisos especiados. Sus conocimientos sobre el tema
sobrepasaban a los de todas las castellanas de las Highlands, y su mesa era la más apreciada por
los lairds.
¿Qué más podía esperar ella, antigua nodriza, sino ver a su joven amo comportarse de forma
irreprochable en aquellas circunstancias? De golpe cayó en la cuenta de que tal vez fuera aquélla
la tarea más dura. Le pareció a Anna que, desde hacía años, se había consagrado incansablemente
a responder a las necesidades del padre y a las fantasías del hijo, y que unas y otras habían sido
una fuente de innumerables inquietudes para su pobre corazón.
Sin embargo, a partir del día siguiente, los planes que Nellie vino a exponerle eran tan atinados
que se sintió rejuvenecer, con el hormigueo de una excitación creciente. ¡Mallaig iba a vivir un
festn de bodas! Querían que hubiera música y baile. Muy bien, habría que avisar, en Arisaig, a los
trovadores y los tocadores de fauta, de violín, de clàrsach y de pìob . En Mallaig ya no vivía
ninguno de ellos. Desde el fallecimiento de la dama Lite y del señor Alasdair, ya no se ofrecían
veladas. En los muros del castillo habían dejado defnitivamente de resonar los ecos de las baladas
nostálgicas y de los reels vertiginosos.
Su joven amo había sido un gran bailarín a los dieciséis y los diecisiete años. Incluso hoy, en las
Highlands su fama de bailarín casi igualaba su reputación de guerrero. Desde que no se celebraban
festas en el castillo, cuando senta deseos de bailar se unía a un grupo en la vivienda de alguno de
los lairds del clan, y Anna ya no tenía ocasión de admirarlo. ¡Cuántas veladas, e incluso noches,
había pasado ella mirándolo bailar, infatigable! Sin desfallecer, Iain MacNéil mantenía el ritmo
hasta que los músicos y los demás bailarines pedían piedad. El inmenso placer que se leía en su
rostro llenaba a Anna de satisfacción. En la danza, Iain revelaba una naturaleza completamente

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 36


distinta: se converta en una persona abierta, alegre y amable con todo el mundo. Anna suspiró
feliz. Todo aquello se iba a repetir con ocasión de la boda. Sin embargo, se le ocurrió una
pregunta: ¿estaría dispuesto Iain a bailar?
Aquella mañana del 18 de diciembre de 1424, la pequeña capilla estaba abarrotada de gente.
La ceremonia religiosa, muy sencilla pero llena de solemnidad, se celebraba en el castillo, y todos
quisieron asistir. La pequeña Ceit, escondida debajo de un banco, observaba el borde movedizo
del sayo del reverendo Henriot, que leía en gaélico, con muchos encogimientos de hombros, la
genealogía de los futuros esposos; pero eran sobre todo la ancha orla ricamente bordada del
vestido de la dama Gunelle, sus zapatos forrados de armiño y la magnífca borla de hilos de oro
que bajaba desde su cintura hasta el suelo, lo que atraía su atención y la tenía sumida en un
verdadero éxtasis. Las botas de feltro negro, inmóviles, que estaban a su lado, junto a una punta
de claymore suspendida sobre ellos, la dejaban indiferente. Cuando los tres personajes
desaparecieron de su campo de visión, no pudo reprimir una mueca de desengaño.
De puros nervios, Vivían saltaba de un pie al otro a pesar de las miradas de exasperación que le
dirigía el teniente Lennox, a su lado. Los esposos se estaban intercambiando los anillos, una parte
de la ceremonia que le fascinaba. Su ama estaba absolutamente encantadora en su vestido de
terciopelo con aguas, muy ceñido en la cintura y que tomaba un amplio vuelo por debajo de las
caderas. Una capa roja muy larga, tachonada de estrellas de añil, descendía de sus hombros
estrechos. De su garganta salpicada de pecas pendía un collar de zafros que le había regalado su
padre al marchar de Crathes. Iba tocada con una cofa alta, satinada y bordada.
La joven novia tenía una actitud seria y un poco tensa. A su lado, sobrepasando su estatura una
cabeza entera, estaba muy tieso el señor Iain. Vivían, siempre muy sensible a los encantos
masculinos, no podía apartar los ojos de él: «¡Qué prestancia!», se decía. Visiblemente, el ama de
llaves, Anna, se había salido con la suya: habían cortado los cabellos y la barba del joven; el jubón
azul oscuro entrelazado por cintas de seda negra destacaba su torso poderoso y sus hombros
anchos; debajo, una túnica ocre le bajaba hasta los tobillos. Vivían tuvo un escalofrío al oír la voz
grave del joven señor que pronunciaba en scot la fórmula tradicional del juramento al tiempo que
deslizaba un anillo en el cuarto dedo de la novia:
—Con este anillo os desposo, y con mi cuerpo os honro.
Llegó el turno de la novia, que recitó, esta vez en gaélico, la fórmula, acompañándola con el
mismo gesto. La tarea del reverendo llegaba a su fnal: tan sólo le quedaba bendecir a los esposos,
cosa que se apresuró a hacer cuando vio vacilar al señor Baltair, encargado de mantener, junto a
un caballero de su guardia, el velo púrpura de los contrayentes sobre sus cabezas. Un grupo de
caballeros entonó en ese momento un canto en gaélico: la oda magistral se elevó solemne desde
el fondo de la capilla, poniendo fn a la ceremonia.
—¡Ya está! ¡Son marido y mujer! —dijo, emocionada, Vivían, que no acertaba a creerlo. Más de
una vez había estado a punto de producirse la catástrofe entre su ama y el indomable hijo
MacNéil, y ella llegó a temer que la boda no se celebraría nunca. Se apresuró a marchar detrás de
los recién casados, que salían de la capilla cogidos del brazo. Todavía le quedaban muchas cosas
que preparar, para la recepción que vendría a continuación. Nunca en la vida había tenido una
responsabilidad tan importante.
De pronto fue empujada a un lado por una dama que le cerró el paso: la nuera del señor Baltair.
Espléndida en su atuendo de colores vistosos, la dama Beathag estaba decidida a ocupar el mejor

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 37


sitio en la gran sala. Toda sonrisas, se precipitó hacia el anciano señor, que caminaba con lentitud
detrás de los esposos. Vivían no pudo reprimir una mueca de fastidio frente a aquella mujer altiva
y vulgar a la vez. En ese momento atrajo su atención la expresión del rostro del señor Tòmas,
situado cerca de ella. El dolor se pintaba con claridad en sus facciones. Vivían sabía muy bien lo
que, sin querer, había sembrado su ama en aquel corazón constante.
La gran sala se había transformado por completo bajo las órdenes de Anna, de Nellie y de
Vivían. Había recuperado la elegancia de antaño. Los vidrios de los ventanales fueron lavados uno
a uno, y sus tonos rojos y ocres, al contacto con un sol radiante, arrojaban manchas de color sobre
los muros de piedra y los tapices. Conjuntos de fores y ramas secas habían sido colgados en cada
pilar y debajo de las ventanas. Cinco grandes mesas fueron dispuestas con magnifcencia, y los
encargados del servicio de los vinos, cervezas, hidromiel y las carnes durante el banquete estaban
alineados junto a las despensas, situadas detrás.
El espacio frente al enorme hogar había sido despejado para permitir a los juglares y a los
músicos evolucionar con toda libertad y ser bien vistos por los comensales. El aire estaba
perfumado por los fnos olores de las especias, que aguzaban el apetito ya bien dispuesto.
Para Mallaig, que se había visto privado durante mucho tiempo, el atractivo de aquella festa
era irresistible. Algunas personalidades de la diócesis se habían desplazado para asistir a la comida
dada en honor de los esposos. Todos los lairds relacionados con el clan y sus esposas estaban
presentes; la decena de caballeros que formaban parte de la familia, algunos artesanos del burgo y
todos los del castillo también habían sido invitados.
En un vaivén continuo entre las cocinas y la sala, servidores y sirvientas circulaban entre los
grupos, ávidos, curiosos, que lo observaban todo. Un bullicio de risas y de conversaciones
animadas ensordecía la sala a medida que se iba llenando. El servicio de la comida empezó tan
pronto como todos los comensales estuvieron sentados. Con él, también se dio inicio a los cantos
y la música.
Los miembros de la delegación de Nathaniel Keith ocupaban la primera mesa, con los caballeros
de la casa. La segunda reunía a los lairds y a sus damas. La mesa de honor estaba presidida, como
era natural, por Baltair MacNéil. Además de los recién casados, formaban parte de ella el
reverendo Henriot y los eclesiásticos, Guilbert Saxton, Lennox, Beathag, el mariscal de Kyle con su
dama y Tòmas. La cuarta y la quinta mesa acogían a los maestros artesanos del burgo y del castillo
con sus esposas.
Anna, nerviosa, se quedó de pie detrás de su anciano amo, inclinándose continuamente para
recibir al oído instrucciones y transmitirlas a las personas del servicio. Durante todo el tiempo que
duraron el banquete y las diversiones que vinieron después, observó de reojo el comportamiento
de los esposos. Las inquietudes que abrigaba sobre su joven amo iban en aumento.
La dama Gunelle se mantenía muy erguida, con aire rígido y concentrado, los codos apretados a
los costados, midiendo cada uno de sus movimientos para no entrar en contacto con el señor Iain,
a su lado. Este, relajado, con una sonrisa enigmática en los labios, conversaba animadamente con
el mariscal de Kyle. Con una notable regularidad, hacía una seña por encima del hombro al
caballero escanciador para que volviese a llenar su hanap. Anna, a la que el ardid no había pasado
inadvertido, se mordió los labios: «Va a emborracharse si sigue a ese ritmo», se dijo. De pronto se
le ocurrió una idea: la costumbre de compartir la copa y el pan entre los recién casados.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 38


«¡Sí, eso es! —pensó—. Los recién casados tienen que compartir la misma copa y el mismo pan.
Y Iain se moderará si bebe en la misma copa que la dama Gunelle.»
Inclinándose por detrás de su joven patrón, le recordó al oído los ritos en uso para los recién
casados. Iain sonrió y, volviéndose hacia Gunelle con una luz maliciosa en los ojos, le retiró de las
manos la copa en la que ella se disponía a beber. Con un gesto lento, la colocó ante él, tendió su
hanap a la joven y declamó la conocida fórmula:
—Beber, comer y yacer juntos es el matrimonio, ¡así lo creo!
Se hizo el silencio en la mesa. Gunelle, encogida y ruborizada, tomó el hanap de la mano de Iain
y, con un ligero gesto de duda, lo llevó a sus labios en medio de una salva de aplausos. El sorbo
que bebió estuvo a punto de ahogarla.
—Mi señor—susurró a Iain—, ¡no es vino lo que bebéis!
—No, mi señora, es uisge-beatha Bebo muy poco vino. Aquí no es bueno. El uisge-beatha que
se fabrica es mucho mejor.
Y después de echar una ojeada a la copa de Gunelle que tenía frente a él, añadió en el mismo
tono sarcástico:
—Aunque este vino debe de ser muy superior a la media, ya que procede de las bodegas de
vuestro generoso padre. Tres barriles de vino y un cofrecillo con especias: ¡qué admirable dote os
ha dado, mi señora!
Esta vez, a Gunelle le ardían las mejillas. Sofocada por la cólera y la vergüenza, mantuvo los ojos
bajos, incapaz de replicar nada. Felizmente, nadie de entre quienes les rodeaban había oído las
palabras intercambiadas por los esposos. Cuando se forzó a sí misma a levantar la cabeza, un
momento después, se dio cuenta. Las conversaciones eran muy animadas, y nadie le prestaba
atención, a excepción de su marido. La espiaba, ansioso por observar su malestar, creciente como
los círculos que genera una piedra arrojada a aguas tranquilas.
—Ahora el pan, mi señora —le dijo, alzando la voz—. ¿Qué deseáis poner encima? ¿Alce, jabalí,
gallo silvestre, oso, reno...? Todos son excelentes, cazados por mí. Elegid, os lo ruego. Yo no tengo
preferencias.
—Puesto que me permits elegir, mi señor, comeremos cordero. Me han dicho que era muy
sabroso, realzado por el comino de nuestro cofre.
Al encargado de servir, que se había acercado a una seña de Iain para recibir el pedido de la
dama, se le escapó la risa al oír la réplica de Gunelle. Se vio gratifcado por una mirada furiosa de
su señor, que ordenó en tono irritado:
—Que traigan cordero sobre un mismo pan, para mi dama y para mí mismo.
A partir de ese momento, la dama Gunelle se relajó. El señor Iain reanudó su discusión con el
mariscal sin tocar la porción de pan que habían colocado delante de él y de su esposa. Gunelle
partió un trozo e inició una conversación con los hombres y mujeres que la rodeaban. Los músicos
habían tomado el relevo del cantor, y ella pudo escuchar por primera vez los sones poderosos y
lánguidos del pìob.
De pronto sintió una ligera tensión en la cintura. Miró debajo de la mesa y descubrió a la
pequeña Ceit acurrucada a sus pies, tocando embelesada la borla dorada de su cinturón. Murmuró

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 39


su nombre, pero la niña, sorprendida en fagrante delito, se giró con brusquedad y, con la rapidez
del rayo, culebreó entre las piernas de los convidados hasta refugiarse en el fondo de la sala.
Hacia el fnal del banquete, una importante noticia fue comunicada a su mesa por el mariscal
de Kyle, muy asombrado de que el jefe MacNéil no la conociera aún: el rey Jacobo había llegado
por mar a Dunvegan, el feudo de los MacLeod en la isla de Skye, con una guardia de veinte
hombres, y tenía intención de dirigirse a Scone por tierra.
—Señor MacNéil —dijo para concluir—, me parece muy probable que el rey se acerque hasta
Mallaig. Como tenéis las caballerizas mejor provistas de toda esta parte de la costa oeste, Su
Majestad se propone también compraros monturas.
En un tono de completa sorpresa, Baltair MacNéil respondió:
—¿Qué diablos viene a hacer a las Highlands, mariscal? Se ha hecho muy impopular por la
ejecución de Murdoch y el arresto de los condes de Angus, Douglas y Mar. Se dice que va a
ponerlos en libertad, pero el mal ya está hecho. Desde luego, si el rey de Escocia decide venir a
Mallaig, estará en su casa en el castillo. —Se puso entonces en pie, y alzando su copa en dirección
a la dama Gunelle, añadió en voz muy alta—: Nuestro rey Jacobo será mejor recibido en casa de
los MacNéil ya que el castillo alberga ahora a una dama de grandes cualidades y muy hábil para las
recepciones, en la persona de su nueva castellana. ¡Amigos míos, levantemos nuestras copas en
honor de mi nuera, la dama Gunelle! ¡Slàinte!
La música había enmudecido y la gran sala resonó de súbito con una ovación magnífca, lanzada
por un centenar de voces al unísono. Febril, Gunelle se levantó a su vez, tomó su copa, colocada
aún frente al señor Iain, y la tendió en dirección al señor Baltair al tiempo que pronunciaba con
voz clara:
—¡Por vos, querido padre! —Y dirigiéndose a los reunidos, añadió—: Amigos míos, bebamos a
la salud del jefe del clan, Baltair MacNéil, y de su hijo Iain, mi esposo desde hoy. ¡Sláinte!
De nuevo, un formidable clamor hizo eco a ese homenaje. Iain se levantó para saludar y,
cuando Gunelle hubo bebido un sorbo de vino en su copa, la tomó de sus manos y bebió a su vez.
Achicaba los ojos, para dirigirle miradas penetrantes. Ella volvió a sentarse sin apresurarse y prestó
oído a las animadas conversaciones que se reanudaban a su alrededor. Iain se sentó de nuevo,
dejó la copa lejos del alcance de su esposa y volvió a colocar ante ella el hanap de uisge-beatha
que acababa de hacer llenar de nuevo.
Los cantos y la música se elevaron de nuevo. Como las idas y venidas de servidores y sirvientas
habían concluido, todos los músicos, a excepción del arpista, se colocaron delante de las mesas y
empezaron a animar a los comensales a bailar, tocando ritmos incitantes.
Anna, que se mantenía un poco apartada junto a Nellie, nombró el reel que habían empezado a
tocar los músicos y dio un codazo a la nodriza de Gunelle.
—Es la pieza preferida de mi joven amo —le susurró—. ¡Míralo bien, Nellie, y ya me dirás si
sabe saltar y girar!
Con aire asustado, Nellie respondió:
—¡Pero la dama Gunelle no puede bailar eso! No ha aprendido esas danzas...
Su compañera no oyó esas protestas, porque un estruendo de sillas y bancos apartados lo
cubrió todo. Felices por la ocasión de desentumecer las piernas, varios caballeros, lairds, jóvenes

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 40


damas y sirvientes se agolparon delante de las mesas, entre los músicos, y empezaron a bailar en
una alegre confusión.
La dama Gunelle abrió de par en par sus ojos asombrados. Con un ritmo endiablado, cada
músico parecía querer rivalizar con los otros. El virtuosismo de los bailarines y la complejidad de
los pasos y las fguras que ejecutaban la dejaron muda de admiración. Nunca había visto ni oído
nada parecido en Francia.
El señor Iain, con el rostro impasible, se había echado adelante en su silla y paseaba
tranquilamente su mirada por la sala. Únicamente el ruido de su anillo de boda golpeando el
hanap al ritmo del reel indicaba su interés por la pieza que tocaban. Su perro, que había estado
pacífcamente acostado a sus pies durante toda la cena, sacó la cabeza de debajo de la mesa y fue
a colocarla sobre las rodillas de su amo, rozando el vestido de la dama Gunelle. Ella se estremeció
y se aferró instintivamente al brazo más próximo: el de su marido. Él volvió la cabeza en su
dirección, y luego, bajando la mirada hacia la mano de Gunelle, que la retiró al punto, sonrió con
malicia y dijo al perro, al tiempo que lo acariciaba con una mano:
—Mi buen Bran, tendrás que cuidar de no tocar a mi dama. Es muy sensible y no le gustan en
absoluto los animales peludos... a menos que aprendan su lengua. —Y dirigiéndose a Gunelle,
preguntó con vivacidad—: A propósito, mi señora, ¿cómo va vuestro aprendizaje de la lengua
canina?
—He abandonado las lecciones, mi señor.
Deslizó también ella la mano por el pelaje del perro, y añadió con el mismo tono ligero:
—Me quitaron a mi preceptor. Estas dos últimas semanas se lo han llevado a largas partidas de
caza. En cambio, me he aplicado en la lengua gaélica. ¿Qué pensáis ahora? ¿He hecho algún
progreso, en vuestra opinión?
—Sin duda lo habéis hecho, mi señora. Lo que me pregunto es de quién ha sido el mérito; ¿ha
sido la alumna quien ha mejorado o el profesor?
—Creo que los dos, mi señor.
Iain rabiaba por no encontrar réplicas. El jueguecito con su esposa empezaba a exasperarlo. Era
preferible hacerla beber que hacerla hablar. De modo que le tendió su hanap, obsequiándola con
una amplia sonrisa.
No podía escabullirme: él estaba esperando que yo bebiera, con aire burlón. El olor mismo de
aquella bebida ambarina me revolvía un poco el estómago, pero me mojé los labios y acabé por
beber un sorbo, que me hizo menos efecto que el primero. Le devolví el hanap y él lo vació de un
trago y lo alzó por encima de su cabeza para pedir que lo volvieran a llenar. Me di cuenta de que
su gesto carecía de frmeza, y de que el hanap se balanceaba ligeramente al extremo de su brazo,
antes de que se lo cogieran. «Está borracho», pensé.
Un instante después, vi a la dama Beathag acercarse a nosotros, entre un remolino de faldas y
velos. Se dirigió a mí con una voz untuosa, aunque algo torpe:
—Mi muy querida castellana de grandes cualidades, ¿me haréis el favor de prestarme a vuestro
marido para bailar? Mi cuñado es el bailarín más admirado aquí, y sería una lástima que no
pudiera mostrar a su famante esposa de lo que es capaz.
—Os lo ruego —respondí, aliviada por la perspectiva de ver alejarse a Iain—. Por desgracia, no
conozco ninguna de las danzas que tocan.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 41


Apenas había terminado de hablar cuando ya Iain MacNéil se levantaba y, después de una
breve inclinación de cabeza dirigida a mí, abandonaba la mesa para dirigirse con paso decidido al
grupo de bailarines, seguido por la dama Beathag. Entonces asist al espectáculo más extraño que
le es posible ver a una recién casada: el de su marido moviéndose con gracia y pasión en los brazos
acariciadores de su cuñada.
En efecto, la serie de reels y de gigas endiabladas dejó paso a una balada que no me era
desconocida. Intenté apartar los ojos de la pareja que formaban Iain y Beathag, pero en vano. Se
desprendía de ellos tanta armonía, tanta compenetración: cada uno de sus gestos, de sus miradas,
testimoniaba esa intimidad que se establece entre personas que se conocen desde hace mucho
tiempo... «o que se conocen en privado», no pude evitar pensar. La idea me incomodó mucho, y
dejé de mirarlos. Al hacerlo, mi mirada se cruzó con la de Tòmas, que no estaba lejos. Advert rabia
en ella. Bajé los ojos: algo me dijo que él había leído mis pensamientos. «Es insensato. Soy
demasiado emotiva.» Pero enseguida él estuvo a mi lado, con la mano tendida, invitándome a
bailar:
—Mi señora conoce sin duda esta danza. Sé que es muy apreciada en la costa este de Escocia.
Como su ritmo es lento, ni vuestro vestido ni la capa estorbarán vuestros movimientos. Os lo
ruego, dama Gunelle, será mejor que bailéis.
Era la primera vez que le oía pronunciar mi nombre. Desde luego, tenía razón. No podía
quedarme sentada durante el resto de la festa dada en honor a mi matrimonio, con los ojos
clavados en la mano acariciadora de la dama Beathag en la barbilla de mi marido. Tenía que
espabilarme. ¿Por qué no bailar, a pesar de saber que no iba a hacerlo con mucha habilidad?
Dirigí una breve mirada a mis vecinos de mesa al levantarme, y sorprendí un signo de
aprobación por parte de la mujer del mariscal y de Lennox, que se habían dado cuenta de la
invitación de Tòmas. Tomé resueltamente la mano que me tendía. Era cálida. Tòmas apretó la mía
con frmeza y me condujo hasta las parejas, en un extremo de la formación, mientras que mi
marido y la dama Beathag se encontraban en el otro extremo. Así pues, era imposible
encontrarnos en un cruce de parejas. Esa constatación me alivió y pude disfrutar plenamente de la
música tanto como de la habilidad de mi caballero. Bailamos así algunas baladas antes de que
recomenzara una serie de gigas que, con toda evidencia, eran las preferidas de las gentes de
Mallaig.
Tòmas me llevó de nuevo a mi asiento y, con toda naturalidad, se instaló en el de mi marido.
Sabía que Iain tardaría en sentarse. En el otro extremo de la sala, se había iniciado lo que parecía
ser una especie de concurso de baile entre hombres. Siete caballeros formaban un círculo, en el
centro del cual habían dejado sus claymores. Las armas rutilantes refejaban la luz de las velas que
había ahora encendidas por todas partes. La mayoría de los otros bailarines se habían parado para
observarlos, teniendo cuidado de no tapar la vista desde la mesa de honor. El ejecutante de pìob
se adelantó. Todos los demás músicos se habían retirado. De su instrumento surgió una especie de
reel obstinado y frenético.
Con los brazos a la altura de los hombros, las manos abiertas y extendidas, casi tocándose con
la punta de los dedos, los siete hombres golpeaban el suelo al unísono, entrecruzando las piernas
y rozando con la punta del pie, y luego con el talón, el pomo de sus claymore respectivas cada dos
compases. No miraban el suelo, sino que se miraban fjamente los unos a los otros, con el torso
muy erguido. Muy pronto, el ritmo del píob se aceleró y un caballero bajó los brazos, saludó al

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 42


ejecutante de pìob, recogió su arma y abandonó el círculo. Los demás bailarines se detuvieron y
avanzaron hacia el centro, desplazando su claymore con el pie. Levantaron de nuevo los brazos:
esta vez, las manos se tocaban. La música recomenzó. La misma escena se repitió cada vez que un
bailarín abandonaba; el círculo se estrechaba, las puntas de las claymores se juntaban hasta
formar una estrella perfecta. Los hombres se sujetaban por los antebrazos, luego por los codos.
Cuando no quedaron más que cuatro, colocaron las manos, con los puños cerrados, a la altura de
sus cinturas.
Sus cabellos estaban empapados de sudor. Grandes círculos húmedos mojaban sus túnicas.
Para mi gran asombro, mi marido no daba el menor signo de cansancio. Hinchaba el torso para
llenar de aire los pulmones, tan duramente puestos a prueba. Sus pies saltaban con una ligereza
asombrosa, sin perder la cadencia. Su rostro chorreaba, pero estaba iluminado por una sonrisa
abierta, enteramente desprovista de malicia. Una sonrisa de pura felicidad. Creo que fue la
primera ocasión en que lo encontré hermoso. Se quedó el último, bajo los aplausos nutridos de los
espectadores. ¿Lo habían dejado ganar deliberadamente los otros caballeros? Imposible decirlo
con certeza. Lo cierto fue que nadie entre los que me rodeaban pareció sorprenderse por el
resultado del concurso.

El señor Tòmas se había retirado, sin que yo supiera decir en qué momento. Mi marido volvió a
mi lado. De inmediato se apoderó del hanap y lo vació de un trago, sin esperar a haber tomado
asiento. Lanzó una exclamación, y se volvió hacia mí, furioso:
—¿Qué hay aquí dentro, mi señora? ¿Agua?
—Así es, mi señor —le dije, con voz tranquila—. Me apetecía beber agua. Como el uso exige
que utilicemos la misma copa, he hecho escanciar agua en vuestro hanap. El agua es muy
refrescante y creo que apagará vuestra sed mejor que el uisge-beatha después del esfuerzo que
acabáis de hacer, con esa magnífca giga.
Dejándose caer pesadamente en su asiento, replicó:
—Mi señora, ¿qué sabéis vos de la giga, puesto que no bailáis, y qué sabéis del uisge-beatha,
puesto que no bebéis? Sabed que esa bebida me quita más la sed que el agua. —Luego, con una
mirada despectiva a mi garganta, añadió en voz más baja—: Además, bebéis demasiada agua. Os
oxida la piel.
Salí de la sala antes de que se me escaparan las lágrimas. Me sofocaba. Como un autómata, me
abrí paso hasta la salida. No había ningún lugar en el que pudiera estar sola. De modo que me
precipité por la escalera que llevaba a los pisos altos, con las mejillas húmedas.
No llevaba ni siquiera cinco minutos en mi habitación cuando entraron Vivían y Nellie,
inquietas. Yo debía de ofrecer un espectáculo desolador: me había arrancado la cofa; mis
cabellos, pegajosos de sudor, me caían lamentablemente sobre los hombros; mi rostro estaba
surcado por un torrente de lágrimas que me veía incapaz de contener. Nellie me tomó en sus
brazos reconfortantes y me meció con dulzura. Fui sosegándome poco a poco abrazada a ella, al
ritmo de sus palabras llenas de ternura y de cariño. Cuando me hube calmado del todo y dejé de
llorar, me preguntó la causa de mi llanto. Entonces me invadió un cansancio extremo. ¿Cómo
explicarlo? ¿Qué explicar?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 43


Me dirigí al espejo de pie situado junto a una ventana, desabroché el collar de mi padre y
contemplé largo rato mi garganta, mis mejillas y mi nariz. Las pecas eran pocas, pálidas y fnas.
Recordé los comentarios de mis compañeras de dormitorio en el convento de Orleáns. Algunas
decían que con la edad las pecas crecían, otras que eran el signo de que mis padres me habían
concebido en los campos, otras aun que los hombres aborrecían la piel así manchada. Las últimas
decían la verdad: ahora tenía la prueba de ello.
No quise volver a bajar a la sala. Me sent torpe. Me sent sobre todo incapaz de afrontar la
mirada de Iain MacNéil. Para que mi angustia aumentara, Nellie mandó de nuevo a Vivian a la
festa, declarando que ella sola me prepararía para la visita de mi marido. Me dejé desvestir sin
pronunciar una palabra. El silencio se fue llenando poco a poco con su voz dulce, que me explicaba
todo lo que debe saber una mujer casada. Imaginar a Iain MacNéil cumpliendo sus deberes de
esposo conmigo signifcó para mí un verdadero suplicio.
A pesar de todas las costumbres, e incluso de los preceptos de la Iglesia, alimenté la esperanza
de que no subiera a mi habitación. Debió de oír mi súplica muda, porque no vino. Esperé impasible
en mi lecho el resto de la velada y buena parte de la noche.

Por discreción, Nellie y Vivían se habían ido a dormir a los aposentos de los criados. Así, pasé mi
noche de bodas completamente sola y desesperada, con el corazón sobresaltado y los oídos
fatigados por atender al menor ruido que se produjera al otro lado de la puerta. Al amanecer debí
de adormilarme, porque no oí entrar a Nellie.
Iba y venía por la habitación, preparando el agua del baño y los vestidos para ese día. Cuando
asomé la cabeza por entre los cortinajes, guiñé los ojos a la luz diurna que se fltraba
discretamente por las dos ventanas. Nellie me hizo señas indicando la cama: quería saber si yo
estaba sola. Respondí afrmativamente.
Se apresuró a venir a ayudarme para el aseo de la mañana. La sorprendí mirando entre las
sábanas revueltas, cuando salí de la cama. Nuestras miradas se cruzaron, y ella se apresuró a decir,
en tono confdencial:
—No siempre se pierde sangre esa vez, mi niña preciosa. No quiere decir nada. Supongo que el
señor Iain no os ha hecho ninguna observación, ¿es así?
—No, desde luego, Nellie. No te inquietes.
Al ver que yo volvía la cabeza para que ella no me viera la cara, añadió, preocupada:
—¡Os ha hecho daño, no ha sido delicado! Querida, esas cosas ocurren, a veces. Los jóvenes
suelen ser demasiado fogosos en esas circunstancias. Los de las Highlands probablemente más
que todos los otros. Eso se arreglará, después de unas cuantas veces...
La interrumpí con más impaciencia de la que habría querido, y le dije que no deseaba abordar
el tema de mi noche de bodas por el momento. No dijo ni una palabra más, y me ayudó a bañarme
en silencio. El agua caliente sobre la piel me calmó, como un bálsamo en una llaga. Me relajé
durante largo rato, abandonada a los cuidados de mi nodriza. Finalmente, me sent obligada a
calmar sus inquietudes, y le dije en tono normal:
—No tengo nada que reprochar al señor Iain, Nellie.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 44


Capítulo 4

La visita
La mañana estaba ya muy avanzada. Del patio llegaban los ruidos habituales del agua que se
sube del pozo, de los caballos llevados a los establos, de las carretas cargadas con las provisiones
que se van a transportar. El aire glacial penetraba en la habitación por la ventana entreabierta.
Iain se incorporó despacio. Un violento dolor de cabeza acompañó su gesto. Beathag había salido
de la habitación. Estaba solo. Se levantó con esfuerzo, buscó algo que beber sobre el arcón y, al no
encontrar nada con que apagar la sed, se puso sus vestidos, se ciñó el cinturón, deslizó en él su
claymore y salió. Bran lo recibió con festas y lametones. Iain lo llevó a su propia habitación, en el
extremo del pasillo. «¡Qué boda! ¡Qué noche de bodas! Sólo que no ha sido con mi mujer», se
dijo. Le costaba reunir sus recuerdos de la víspera.
Primero, después de la marcha precipitada de Gunelle, ese impertinente de Tòmas la había
emprendido con él, preguntándole qué había hecho o dicho a su dama. «Siempre está demasiado
dispuesto a salir en defensa de Gunelle. Tendré que vigilarlo, si no quiero que me ponga los
cuernos», se dijo. Luego había llegado el turno de la joven sirvienta de su esposa, que vino a
anunciarle, poco después, que su ama había subido a prepararse y que esperaba el momento en
que él decidiera retirarse de la festa. Había empleado un tono solemne para decirle aquello, y su
aire remilgado le desagradó. Había estado a punto de cogerla por la cintura y sentarla sobre sus
rodillas. Finalmente, varios hanaps de uisge-beatha bebidos en la mesa de los caballeros habían
acabado por aturdido y silenciar los reproches que empezaban a crecer en su interior.
«¿Qué he hecho o dicho de malo, después de todo? —se preguntó—. He heredado una esposa
que bebe agua, intenta hacérmela beber, prefere leer y rezar a cabalgar, no baila y no aprecia la
caza.»
Después de un rato, su padre había pedido hablar con él. Lo habían acompañado a la sala de
armas, contigua a la gran sala. Baltair MacNéil estaba allí, de pie, y a Iain le había sorprendido su
gran estatura. Habían intercambiado muy pocas palabras. En resumen, el padre había conminado
a su hijo a que volviera a su habitación, se lavara con agua fría y fuera a honrar a su esposa antes
de que despuntara el día. Ningún grito, ninguna crítica. Una orden sencilla, clara y sin discusión
posible.
Dos caballeros acompañantes que esperaban el fnal de la entrevista se habían adelantado a
una señal del jefe del clan, habían tomado a Iain del brazo y lo habían llevado a su habitación
utilizando la escalera del lado opuesto al portal de la sala. Para él, la festa había terminado. El
paseo bastó para despejar a Iain, que despidió a sus acólitos no bien entró en su habitación. Se
dejó caer sobre la cama y pasó allí el tiempo necesario para serenarse. Una cosa estaba clara: no
se senta de humor ni con fuerzas para desvirgar a una muchacha poco dispuesta a ello, por
mucho que fuera su esposa.
Una hora más tarde, recuperado ya plenamente el conocimiento y con la garganta ardiendo,
buscó agua en vano. Sonrió al pensar que sin duda la encontraría en la alcoba de Gunelle. Salió. El
castillo estaba enteramente sumido en el sueño. Acarició al pasar la cabeza de Bran, tendido de
través ante la puerta, y siguió su camino. Al fondo del corredor encontró una puerta abierta de par
en par, la de Beathag, por supuesto. Pasó de largo sin detenerse, pero oyó que ella lo llamaba:
había oído sus pasos y los del perro, y quería informarse de las hazañas que había realizado en el

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 45


lecho de su esposa. Él aguardó inmóvil, con los brazos colgando, y ella lo alcanzó en el corredor. El
último recuerdo que tenía de aquella noche era el de Beathag, su lengua hurgando en la boca de
él, una mano revolviendo sus cabellos y la otra intentando desabrochar la hebilla de su cinturón.
Iain hizo una mueca de asco. Miró su habitación y vio de inmediato que Anna había pasado por
allí. El agua caliente humeaba en los barreños colocados delante de la chimenea; ropa limpia, sus
vestidos extendidos sobre el lecho, y agua fría en una jarra que vació de un tirón. Luego empezó su
aseo. Se senta polvoriento y sucio. «Sucio como un cerdo», pensó, lleno de amargura.
El teniente Lennox no supo qué pensar de su ama al verla tan pálida y frágil, rezando aquella
mañana en la capilla. Su esposo no la había acompañado, cosa que no le extrañó. Su opinión sobre
Iain MacNéil no había cambiado desde su primer encuentro: si acaso era peor aún después de la
festa de la noche anterior. Interiormente, se consumía de ira: ¿cómo un hombre digno de ese
nombre, un heredero, un futuro jefe de clan, podía emborracharse en su boda hasta el punto de
faltar a sus deberes de esposo?
Mientras observaba a su joven ama, pensó que probablemente era mejor así. De hecho, el
teniente Lennox no había quitado los ojos de encima del hijo MacNéil a lo largo de toda la velada,
e incluso había vigilado con discreción su puerta en las primeras horas de la noche. También había
sido testigo de la escapada del recién casado a la alcoba de su cuñada. Aquello le había indignado.
Al rememorar la escena de seducción de la dama Beathag en el corredor, se preguntó si él mismo
habría podido resistirse. Recordó las miradas que ella le había dirigido desde los primeros
instantes de su estancia en el castillo. Sólo la prudencia a que le obligaba su misión le había
permitido mantenerse a distancia de esa mujer. «Ella es una bruja, y él, basura», pensó.
Por supuesto, no podía decir ni hacer nada. Sufría por su joven ama. Hacía ya más de un mes
que había sido destinado a su guarda, e intentaba protegerla como si fuera su propia hija. ¡Desde
luego, él jamás se la habría dado a Iain MacNéil! En todo este asunto, su amo, Nathaniel Keith, se
había comportado más como un hombre de negocios que como un padre, porque no ignoraba la
clase de familia que eran los MacNéil. La víspera, había quedado cumplida la parte del contrato de
Nathaniel Keith: su hija se había casado. En cuanto él mismo le llevara la confrmación, Nathaniel
Keith podría enviar equipos de leñadores para la tala de invierno en los bosques del clan MacNéil.
Lennox estaba resuelto a formar parte del contingente de vigilancia de los trabajos, y de ese modo
podría permanecer cerca de Mallaig. No se resignaba a dejar sola a su joven ama. Con tanta más
razón por cuanto Vivian había expresado el deseo de volver a Crathes con la escolta. Él sabía que
la dama Gunelle no se opondría a su marcha, por mucho sufrimiento que le causara. «¿Cuántas
separaciones esperan aún a la muchacha?», se preguntó con un suspiro. Su decisión estaba
tomada: partiría ese mismo día. Era preferible no eternizarse en Mallaig.
Durante el ofcio matinal, la pequeña Ceit se dedicó a curiosear en las habitaciones de los pisos
altos. Desde la estatura de sus seis años no alcanzaba la altura de las ventanas y se había
acostumbrado a buscar por debajo de ese nivel, en la oscuridad. Sus piececitos calzados con feltro
permitan que sus exploraciones fueran enteramente silenciosas. Por lo demás, nadie se
preocupaba de sus idas y venidas por el castillo, y con mayor razón en el día después de la festa,
en que todo el mundo andaba muy atareado.
Cuando abrió muy despacio la puerta de la habitación de Gunelle, sabía que su visita iba a verse
coronada por el éxito: la alcoba estaba vacía y el magnífco cinturón colgaba allí, al alcance de su
mano. Entró, se apoderó de él y se lo pasó, dando varias vueltas alrededor de su pequeña cintura.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 46


Luego se sentó en el suelo y se puso a acariciar, fascinada, los fnos hilos de oro de las borlas,
dejándolos resbalar por entre sus dedos separados. No oyó entrar a Gunelle.
La joven avanzó sin hacer ruido, cautivada por la niña acurrucada al pie de su cama. Un
movimiento reveló su presencia, y Ceit saltó sobre los pies, con una mirada llena de pavor,
buscando dónde esconderse. No había otra cosa que la cama a su alcance, y se metió debajo.
Gunelle sonrió, se acercó y, tendida en el suelo, empezó a hablar con voz muy dulce a la niña. Le
habló de la festa, de los vestidos que llevaban las damas, de las plumas de los sombreros de los
señores, de las golosinas que habían servido a los postres. Por fn, después de un momento y al
ver que Gunelle no representaba ningún peligro, y sobre todo que no intentaba mirarla, Ceit se
animó a salir por el lado opuesto al que se encontraba la joven. Enseguida, empezó a desanudarse
el cinturón. Oyó entonces que Gunelle le decía:
—No te lo quites, Ceit. Te queda muy bien, y yo te lo doy.
Creyó haber entendido mal. Era un regalo inesperado. Un regalo como jamás le había ofrecido
nadie. Dio la vuelta a la cama y fue a colocarse detrás de una cortina, que utilizó para ocultar el
rostro. Gunelle vio su cabecita pelirroja y oyó un débil «no». Le preguntó la razón de su rechazo,
pero no hubo respuesta. Al cabo de un momento, oyó caer al suelo las borlas del cinturón con un
ruido sordo y vio escapar a la niña por el corredor.
En el exterior de los muros del castillo, el tiempo era gris. La marea baja había dejado muchos
restos en la estrecha playa del puerto. Soplaba un fuerte viento. El señor Tòmas observaba las
gaviotas y los fulmares disputarse los despojos del mar. Puso pie a tierra, dejando allí su montura,
y dio algunos pasos por el muelle, desierto a aquella hora del día. Se había marchado del ofcio
matinal antes de que acabara, porque no podía soportar por más tiempo el aire contrito e infeliz
de Gunelle, escoltada por sus dos sirvientas. Una necesidad imperiosa de moverse y respirar el
aire libre lo había empujado sobre la silla de montar, y durante una hora cabalgó a rienda suelta.
Ahora tenía las manos heladas, y las golpeaba una contra otra para darse calor.
Oteó el horizonte, intentando ver si se aproximaban navíos procedentes de la punta de la isla
de Skye. Si llegaba el rey Jacobo, sería por ese lado. Luego dirigió su mirada a la orilla, a un lado y
otro del puerto, para ver si los centinelas ocupaban sus puestos de vigilancia. No vio a ninguno, y
eso lo contrarió.
—Otro problema por solucionar —murmuró.
Desde el fnal del verano, el relevo de los centinelas venía acusando defciencias. No se
presentaban en el puesto en el momento indicado, o lo abandonaban demasiado pronto. La falta
de disciplina creaba, cada vez con mayor frecuencia, brechas en el sistema de protección del
castillo y del burgo. La venida del rey, si es que llegaba a producirse, pondría de relieve ese
defecto, que se corregiría por sí mismo.
Volvió a subir a su montura y se dirigió hacia los pastos, a media milla de allí. Por el camino
encontró a varios pastores y ganaderos que lo saludaron alegremente. La boda había regocijado a
todo el mundo en Mallaig, incluso a quienes no habían asistido. El señor Tòmas no pudo impedir
que sus pensamientos empezaran a girar incansablemente en torno a Gunelle y a su primo. El
comportamiento de Iain lo ponía fuera de sí, pero ¿qué podía hacer? No tenía ningún medio para
infuir sobre él. Era su maestro de armas y, en calidad de tal, estaba subordinado a él, igual que a
su to. Se encontraba en un callejón sin salida. La dama Gunelle no se encontraba al alcance de su

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 47


corazón ni de su ayuda. Exhaló un profundo suspiro: la vida en el castillo iba a convertirse en una
tortura para él.
La mañana estaba ya muy avanzada. Después de ver todo lo que se había propuesto
inspeccionar, hizo dar media vuelta a su caballo y regresó al castillo por la landa. Al entrar en el
patio, se detuvo en seco. Un carruaje se preparaba para partir. Sintió más que supo que Gunelle
iba a vivir un nuevo drama. Se apeó del caballo y se acercó, brida en mano, al primer hombre de la
guardia, para informarse de aquella partida inminente. Supo así que el teniente Lennox se
marchaba esa misma mañana y se llevaba a la joven Vivían con su escolta. De ese modo se
confrmó lo que había presentido desde el amanecer: Gunelle iba a ver cortados ese mismo día
casi todos los lazos que la unían a Crathes.
Tan pronto como la comitiva hubo cruzado el puente levadizo, me precipité tan aprisa como me
lo permitieron mis faldas por las escaleras que llevan al camino de ronda. Quería verlos tanto
tiempo como mis ojos alcanzaran. Había conseguido poner buena cara durante toda la despedida.
Mi teniente había precipitado su marcha, sabiendo muy bien que me resultaría dolorosa, y yo se lo
agradecí en secreto. Cuando me estrechó la mano, sus ojos húmedos estuvieron a punto de
hacerme estallar en sollozos. Vivían no me ayudó demasiado, porque se puso a llorar a mares y no
pudo hablarme más que refugiándose en su pañuelo.
De la casa MacNéil, Tòmas, Saxton y el reverendo Henriot, que quería bendecir el viaje de
vuelta, habían asistido a la partida en el patio. De ese modo pudimos abrazarnos y saludarnos
hablando juntos scot por última vez.
Allá arriba, donde tuvieron la delicadeza de dejarme sola, pude dar por fn rienda suelta a mi
pena. Mis manos se apoyaban en el parapeto y veía, a través de las lágrimas, las manos tendidas
de los caballeros que me hacían gestos de adiós, volviéndose uno tras otro en sus monturas y
alejándose más y más. Yo agitaba el brazo en respuesta, sacudida por los sollozos. Finalmente no
pude más y me dejé resbalar hasta el suelo, acurrucada, protegiéndome del viento y del frío
envuelta en la capa. ¿Cuánto tiempo estuve llorando así? No lo sé.
Más tarde, sent una mano que trataba de apartar los cabellos sueltos que salían de mi
capuchón para destaparme los ojos. Los abrí y reconocí a Ceit. Estaba arrodillada delante de mí y
me observaba con ojos llenos de tristeza.
—Marchado... —articuló.
Me puse en pie enseguida, mirando a mi alrededor. Estábamos solas. El ángulo de la luz solar
en las torres me indicaba que la tarde estaba ya avanzada. Posé mi mirada sobre la pequeña.
Habían trenzado sus fnos cabellos y le habían colocado un bonete, sujeto en la barbilla por una
extraña cinta azul. No pude dejar de sonreírle. Señalé con el dedo la cinta, y le dije que era bonita.
Ella la tomó por una punta e intentó repetir la palabra «bonita». Luego, con un gesto de una
delicadeza infnita, enjugó las huellas de llanto en mi rostro, repitiendo en voz muy baja:
—Marchado, marchado... marchado.
Reprimí a duras penas un nuevo fujo de lágrimas. Tomé su manita en la mía y me la llevé a los
labios, murmurándole:
—Gracias, gentil Ceit. Mis amigos se han marchado, pero todavía me queda una. Eres tú.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 48


A partir de ese momento, Ceit ya no volvió a escapar cuando me veía. Parecía incluso buscar mi
compañía, lo que estaba lejos de desagradarme. Aquello me evitaba pensar demasiado en Crathes
o en Orleáns.
Descubrí poco a poco que Ceit no era muda, pero sí un poco sorda. Esa difcultad le había
impedido aprender a hablar. Además, los defectos de su cara la llevaban a ocultarse de la gente.
De ahí a conducirse como un animalito salvaje no había más que un paso. Su condición de
huérfana había hecho el resto.
Aquella noche me obligué a mí misma a cenar con la familia en la gran sala, a pesar de la oferta
repetida varias veces por Nellie de comer en mi habitación con ella. Insistió en que toda la familia
comprendería mi necesidad de estar sola, y sin duda tenía razón, pero yo había decidido dejar a un
lado mis estados de humor y afrontar mi nueva vida.
En cuanto entré en la sala, mi marido vino a mi encuentro y me saludó en silencio, a la manera
de los caballeros del Norte, con la mano abierta sobre el pecho. Miré el anillo que lucía en su
dedo, y procuré que nuestras miradas no se cruzaran. Se adueñó de mi brazo y me condujo a la
mesa, donde me hizo sentar a su lado. Mientras caminábamos, preguntó por mi salud en tono
cortés, mostrando estar al corriente de la pena que me había causado la marcha de mi delegación.
El tono de su voz no fue altivo ni frío. Al contrario, había en él sinceridad y compasión.
Aquel cambio de comportamiento respecto a mí me cogió por sorpresa. Me había preparado
para evitarlo todo lo posible. Comprendía que su ausencia de mi alcoba la noche anterior era una
afrenta: no a su padre en esta ocasión, sino a mí. Lo que no alcanzaba a entender eran las razones
que lo movían. Ciertamente yo debía de desagradarle mucho, y él no me gustaba más a mí. Pero
uno y otro habíamos consentido en casarnos. Así pues, teníamos que comportarnos como esposos
y hacer lo que era debido.
La gran sala conservaba aún la decoración de la festa y, cerca del hogar, reposaba vertical
sobre su base el clársach, cuyas cuerdas de latón brillaban a la luz de las llamas. Contemplé la
mesa, tan bien puesta y adornada como la víspera. Sirvieron de beber vino y cerveza. No hubo
uisge-beatha.
Reunidos de nuevo, los miembros de la familia MacNéil estaban colocados frente a frente. Sólo
faltaba el señor Baltair. Iain me informó con todo detalle del estado de salud de su padre, con el
que había tenido una larga conversación durante la jornada. Me enteré así de que la boda había
agotado las escasas fuerzas que le quedaban. A ello se añadía la ansiedad generada por la
perspectiva de una visita del rey. Fue sobre todo esa última noticia el principal tema de
conversación durante la cena. Iain me preguntó con frecuencia mi opinión, sobre una u otra cosa:
tan pronto sobre la etiqueta en las recepciones reales en Francia, como sobre los usos en
Aberdeen. Así pues, fue la primera vez que hablamos los dos en gaélico en un clima de buen
entendimiento. Tuvo cuidado de no abordar el tema de la boda y de su noche. Pero no contó con
la dama Beathag. En efecto, con un airecillo de complicidad que me exasperó, hizo varias
observaciones sobre el tema, que por fortuna no encontraron eco. Desde luego no eran el señor
Tòmas, ni el reverendo Henriot, ni el secretario Saxton, quienes iban a mostrar interés en aquello.
Sin embargo, sus insinuaciones me permitieron darme cuenta de que Iain y yo no éramos los
únicos en saber lo que realmente había ocurrido en mi alcoba la noche anterior. Una mirada
signifcativa de mi marido me lo confrmó. Leí en ella un mensaje: «No hablemos de ello.» «Sea»,
me dije a mí misma.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 49


Después de la cena, tuve la sorpresa de ver entrar al arpista, que se instaló frente a su
instrumento y empezó a tocar baladas y endechas. Nada podía suponer mayor placer para mí, ni
relajarme más. Mientras todos los comensales se dedicaban a jugar a las cartas en la mesa de la
que habían retirado los cubiertos, yo me acerqué al músico y me senté muy cerca para observar
mejor su manera de tocar. Otra persona se sintió también fascinada por la música que brotaba de
aquellos dedos ágiles: la pequeña Ceit. Había entrado furtivamente en la sala tan pronto como
terminó la cena, y se había colocado a mis pies. Viví entonces un momento de enorme consuelo.
Dejé de pensar en mis queridos ausentes, e hice abstracción de las personas presentes. La música
se abrió camino con suavidad hasta mi corazón dolorido, y le proporcionó alivio. Me sorprendí
acariciando los cabellos de Ceit, que estaba paralizada de placer. Capté la mirada enigmática que
mi marido dirigía hacia nosotras.
El arpista no parecía conocer la letra de varias canciones que, sin embargo, tocaba con una gran
seguridad. Cuando se lo dije, me respondió que no cantaba nunca, porque su voz cascada era una
afrenta para la belleza de aquellas endechas. Me invitó con mucha afabilidad a cantar en su lugar,
diciendo que por la longitud de mi cuello se hacían ver mis cualidades de cantante. Aquel sencillo
cumplido, por mucho que debiera a la adulación, hizo desaparecer mi reserva. Le pedí una canción
que había tocado antes. Era un lai que se cantaba en Francia, donde lo había aprendido yo de mis
compañeras de convento, y me gustaba especialmente. Me puse pues a acompañarlo, con algún
titubeo al principio; luego mi voz se afrmó y ascendió pura y clara en la gran sala. El sonido me
sorprendió. Me acordé de una refexión de mi madre a propósito del llanto, que, según ella,
purifcaba la voz. Me pareció que estaba allí, a mi lado, y que me había visto sollozar todo el día.
Cuando la canción concluyó, Tòmas dejó la mesa de juego y vino a sumarse a nuestro grupo,
para felicitarme. Como yo había cantado en francés, me pidió que tradujera la letra. Se trataba de
un poema que formaba parte de una canción sobre los viajes: una dama se despedía de su
enamorado, que marchaba a la cruzada. Le traduje, verso a verso, toda la poética conversación
entre los dos amantes. Tòmas escuchaba con avidez, como si cada palabra le estuviera destinada.
El resto de la compañía se había agrupado alrededor de nosotros para escucharnos. La dama
Beathag se mostró muy interesada por el amor cortés y me preguntó acerca de la manera en que
mantenían las damas su corte de amor en Francia, donde había nacido aquella moda. Como mi
experiencia francesa se limitaba a lo que aprendí en el convento, no pude satisfacer su curiosidad.
Sin embargo, me enteré de que la anterior castellana de Mallaig había tenido una corte así
durante el año que precedió a su muerte. Trovadores, caballeros y gentiles damas de las Highlands
habían evolucionado por esta misma sala desplegando el refnamiento de las conversaciones
corteses y discutiendo, en justas oratorias, acerca de las actividades amorosas. Esa imagen no
encajaba muy bien con el castillo en el que vivía desde hacía un mes. Por otra parte, nada del
Mallaig de la dama Lite parecía haber perdurado después de su muerte.
Aquella conversación entristeció a mi marido. Noté que la simple evocación de su madre le
resultaba dolorosa. Su mirada perdida no refejaba tanto la tristeza que se experimenta por la
pérdida de un ser querido como una especie de rabia o de impotencia. Aquello me dejó pensativa.
Fui la primera en manifestar el deseo de retirarme al fnal de la velada. Mi marido reaccionó de
inmediato y me acompañó hasta las escaleras que conducían a los pisos altos. Allí me deseó las
buenas noches antes de decirme, en un tono seco:
—Os ruego que no me esperéis. Ni esta noche ni las próximas.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 50


Me entregó el candelabro sin añadir la menor explicación y volvió a la sala. No me quedó más
opción que subir sola a mi habitación. No sabía qué sentido dar a esa advertencia. Una cosa estaba
clara, me dispensaba de vivir en una continua espera. «El "hasta que le plazca" se ha expresado
con entera claridad», pensé.
Para el señor Baltair, la visita del rey Jacobo no podía llegar en un momento más inoportuno. Su
hijo vino a anunciarle la nueva poco antes de mediodía: el navío del rey estaba a la vista frente a la
costa de Mallaig, y, aprovechando la marea alta, atracaría antes de la cena. El anciano jefe tenía
difcultades para respirar desde que despertó, y le costaba hablar. Se senta desesperado y no se
atrevía a confesarlo. No poder presentarse delante del rey de Escocia le suponía una gran
decepción. Además, albergaba mil temores sobre la manera en que se recibiría al soberano no
estando él presente. El señor Iain comparta en su totalidad las inquietudes de su padre, pero tuvo
buen cuidado de ocultárselo. Tenía que recurrir por primera vez a los supuestos talentos de su
esposa para organizar un recibimiento regio. Así fue como, para tranquilizar a su padre, el hijo se
encontró en la extraña posición de verse obligado a alabar a una persona a la que en todas las
demás circunstancias se complacía en denigrar.
Cuando estuvo seguro de que su padre iba a descansar, lo dejó en manos de una sirvienta y
bajó a informar a las gentes de la casa de lo que era necesario hacer. Había hecho reunirse a todo
el mundo en la sala de armas. En cuanto entró, su mirada se dirigió al blasón del clan esculpido en
piedra encima del hogar: un promontorio rocoso coronado por la inscripción Vincere vel mori,
«Vencer o morir», divisa que se remontaba al sexto jefe, Neil Og MacNéil, que había combatido
junto a Robert Bruce en la famosa batalla de Bannockburn contra los ingleses, en 1314. Todo el
peso de sus antepasados y su fdelidad a los reyes de Escocia gravitaron sobre sus hombros en
aquel instante. Paseó su mirada por las gentes que esperaban, vagamente inquietas. Era necesario
no decepcionar a nadie.
Con una voz clara y profunda, expuso la situación: había que preparar el castillo para acoger al
rey de Escocia entre sus muros sin la presencia de su dueño, el señor Baltair. Enumeró las tareas
que sería necesario realizar y fue distribuyéndolas entre los presentes. Cuando llegó a los
preparativos de la recepción, designó a Anua y a Nellie bajo la dirección de su esposa. Entonces la
dama Beathag intervino para proponerse en su lugar, con el argumento de que estaba más
acostumbrada a dirigir al personal del castillo y tenía más experiencia en la organización de festas
y recepciones.
—Mi señor, demos a vuestra esposa más tiempo para conocer a la perfección las costumbres
de la casa y sacar el mejor partido de nuestra servidumbre. La vida de convento, como es sabido,
es muy diferente de la vida de corte, y los talentos, ciertamente muy grandes, de la dama Gunelle
no serán seguramente de gran ayuda en el proyecto que estáis exponiendo. Confádmelo todo, yo
lo dispondré de la mejor manera.
—Querida Beathag —respondió el señor MacNéil con voz serena—, cuando dejaste las islas de
las que nunca tenías que haber salido, viniste a encerrarte en Mallaig, desde el momento de tu
boda. Lo que sabes de recepciones se limita probablemente a lo que es conveniente ponerse
encima, o quitarse, según las circunstancias. Habrías podido ser la castellana de Mallaig, pero mi
padre ha decidido otra cosa. El rey de Escocia será recibido aquí según la tradición de la familia, es
decir, por la primera dama del castillo: la dama Gunelle. Si mi esposa necesita de tus servicios, ella
misma los solicitará, y yo te ruego que en ese caso le des satisfacción.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 51


Había pronunciado la última frase vuelto hacia la dama Gunelle. Anna sintió que su corazón se
henchía de orgullo ante esas palabras: orgullo por su joven amo y por su nueva ama. El señor Iain
acababa de colocar a su esposa por encima de su incauta cuñada, delante de todo el personal del
castillo. Dirigió con disimulo una mirada jubilosa a Nellie, que estaba a su lado. La dama Beathag
dirigió a Gunelle una gran sonrisa que desmintieron sus ojos cargados de desprecio.
Gunelle no le prestó atención, absorta por la amplitud de la tarea que acababa de serle
confada. Levantó la mirada hacia su marido para conocer sus restantes instrucciones, pero vio
que él parecía esperar algo de ella. Con una ligera inclinación de cabeza, él le cedió la palabra:
—El resto os corresponde a vos, mi señora. Decidnos lo que esperáis de cada uno. Por mi parte,
no tengo nada que añadir.
Gunelle se volvió entonces a sus gentes, hizo una profunda inspiración y nombró a aquellos y
aquellas cuyos servicios necesitaba. Luego, después de un breve saludo a su marido, se los llevó
tras ella a las cocinas, enteramente concentrada en el plan que ya estaba elaborando. La dama
Beathag, furiosa, salió de la sala como un torbellino, sin una mirada para el señor Iain. Después de
que todos se fueran, éste se llevó consigo al señor Tòmas y salió del castillo en dirección al puerto,
donde era preciso organizar la guardia.
Guilbert Saxton nunca había conocido al rey. El acontecimiento que se preparaba sobrepasaba
cualquier otro al que hubiera asistido durante su carrera en el castillo. Senta curiosidad por ver
cómo se las iban a arreglar el hijo Iain y su joven esposa. Ese día había hecho una breve visita a su
amo y lo había encontrado debilitado en extremo. Había hablado largamente con Anna sobre el
estado de salud del anciano jefe y comparta sus inquietudes. Baltair MacNéil se extinguía.
Probablemente no llegaría a ver una nueva primavera en Mallaig, y difcilmente conocería el
nuevo año. Se había negado a volver a recibir al médico, y se decidió que Anna pasaría en adelante
todo el tiempo a su cabecera, dejando poco a poco las tareas de intendencia a Nellie bajo las
órdenes de la nueva castellana, ya que las dos hablaban ahora el gaélico.
El secretario, como el personal del castillo en su conjunto, se había formado una buena opinión
de la joven castellana. La dama Gunelle forzaba la admiración de todos por la dignidad de su
comportamiento y por el extraordinario talento con que se había adaptado a la vida de Mallaig. Se
sintió tanto más feliz al descubrir tantas capacidades en la joven porque veía acercarse
rápidamente el momento en el que dejaría su cargo de secretario en el castillo y traspasaría la
responsabilidad de llevar los libros a alguna otra persona competente. No tenía ninguna duda en
cuanto a los conocimientos de la dama Gunelle sobre cálculo y gestión. La joven había recibido
una educación completa y podía, como otras esposas instruidas de la época, llevar los libros de la
propiedad familiar.
El hijo MacNéil no podía tener mejor compañera para secundarlo, él que había rechazado con
hostilidad cualquier enseñanza. Iain MacNéil no sabía leer ni escribir, no conocía siquiera el scot y
se había encerrado en sus tierras de las Highlands, sin más interlocutores que los lairds de su
propio clan y los jefes de los clanes vecinos. Al parecer, eso le había bastado hasta entonces para
mantener el orden en sus dominios, convertirse en un guerrero temible y en el campeón
indiscutido de los torneos de todo el norte de Escocia, incluidas las islas. Había que considerar a
aquel hombre desde un punto de vista práctico. A pesar de su ignorancia, Iain MacNéil tenía sin
duda madera para ser un jefe de clan: mostraba una gran competencia en el mando de los
hombres, y despertaba un gran respeto como guerrero y como estratega en materia de batallas.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 52


Era astuto, un gran experto en el manejo de las armas, un jinete muy hábil e infatigable en el
combate.
Guilbert Saxton lo había estado observando mucho en los últimos años y, a pesar de los
numerosos defectos que afigían a aquel ser atormentado, se había sentido impresionado por su
capacidad para afrmarse frente a su padre, un hombre autoritario y despiadado. El último
episodio de la lucha entre el padre y el hijo MacNéil a propósito del matrimonio había dejado
profundas cicatrices en el corazón del señor Baltair, pero parecía haber endurecido aún más el de
su hijo. La visita del rey iba a situar a la luz las nuevas fuerzas presentes en el castillo: su joven
castellana y su futuro amo. Un hormigueo de curiosidad recorrió al femático secretario mientras
se dirigía a la gran sala para recibir al monarca escocés.
Todas las antorchas del vestbulo ardían, desprendiendo un olor acre de sebo y haciendo
resaltar el tono rosado de los sillares del muro. Numerosos guardas habían tomado posiciones a
una y otra parte de cada puerta que se abría a las diferentes alas del castillo. El portal de la gran
sala estaba guarnecido por una fla de hombres armados, la mayoría de ellos caballeros de la casa.
El silencio reinaba en las flas. Todos, intimidados, habían adoptado un aire grave y rígido. Las
barbas y los bigotes estaban perfectamente inmóviles en los rostros tensos.
En la gran sala, alfombras de lana formaban un pasillo desde el portal hasta el hogar, ante el
cual se habían dispuesto sillones, algunos de los cuales procedían de las habitaciones de los pisos
altos. Casi todos los candelabros del castillo habían sido requisados y formaban un amplio círculo
de luz centelleante en torno a la estancia. La dama Gunelle se había puesto el suntuoso vestido
que llevó el día de su boda y esperaba erguida, con la cabeza alta, en el portal. Las gentes de la
casa, agrupadas detrás de ella, aguardaban en un silencio tenso la entrada de la delegación real.
Cuando entró en la gran sala, el rey de Escocia no vio más que coronillas y nucas durante un
minuto largo. Los hombres habían hincado la rodilla en tierra y las damas, dobladas en una
profunda reverencia, miraban el suelo. Se volvió hacia su delegación, que le seguía a dos pasos de
distancia, en busca del señor Iain, a quien encontró justo detrás de él. Señaló a la dama Gunelle y
le preguntó, en scot:
—Señor ¿es ésa vuestra dama?
Iain adivinó el sentido de la pregunta y se apresuró a pasar delante de su rey para presentarle a
Gunelle. Le tendió la mano y la hizo adelantarse hacia el rey, al tiempo que la nombraba. Aliviado
al ver que fnalmente las cabezas y los cuerpos de los reunidos se erguían, el monarca inclinó
ligeramente la frente al encontrar los ojos de la joven castellana y murmuró en francés un:
—Os presento mis respetos, mi señora.
—Al que Gunelle respondió en la misma lengua con un simple:
—Majestad —palabra impregnada de gravedad.
El rey le sonrió y paseó su mirada por las gentes de la casa, ante quienes se detuvo uno por
uno, esperando que le fueran presentados. Después de una breve mirada dirigida a su marido, la
castellana se aclaró la voz y nombró a cada uno de ellos utilizando la lengua scot.
El rey Jacobo de Escocia, de treinta años de edad, era un hombre de buena presencia. Tenía un
fsico de atleta, porte majestuoso, maneras refnadas y un fuerte acento inglés. Para distender la
atmósfera, dijo a todos una palabra amable sin esperar respuesta. Una vez terminada la
presentación de las gentes del castillo, señaló a un hombre de su propia delegación, que se

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 53


adelantó hacia el grupo. Lo presentó él mismo, sin ceremonia, dirigiéndose principalmente al
señor Iain:
—Señor MacNéil, éste es el sherif James Darnley, a quien acabo de nombrar ofcial de la
Corona en las Highlands. Digamos que él será los ojos, los oídos y la mano de vuestro soberano en
el Norte. Mi visita no tiene otro objeto que presentároslo y pediros que le proporcionéis, en
Mallaig, un lugar de residencia temporal. Pensamos por el momento en una estancia de siete
meses.
James Darnley estaba en posición de frmes delante del señor Iain. Era un hombre en la
cuarentena, de gran estatura, grueso, de rostro rubicundo y cabello escaso. Guiñaba
continuamente los ojos, que tenía pequeños y muy negros, y paseaba sobre todas las cosas una
mirada inquisitiva. Inclinó imperceptiblemente la cabeza en dirección al señor Iain, que le devolvió
el saludo con la misma economía de gestos. El rey volvió a tomar la palabra, sin esperar ningún
diálogo entre ellos:
—Asunto concluido, supongo, señor. Sabía que encontraríamos aquí lealtad y fdelidad para con
la Corona y para con Escocia. Mallaig es la plaza fuerte por excelencia en el norte del país para
implantar la nueva ley sobre los impuestos. Así pues, cuento con el clan MacNéil para proteger y
respaldar a mi representante como si se tratara de mí mismo.
Dicho lo cual, avanzó hacia el hogar, tomando al pasar el brazo de la dama Gunelle como
acompañante. El señor Iain, sobre quien seguía fja la mirada penetrante del sherif, inició un
movimiento de retroceso en dirección a su guardia. La voz de Darnley, que se dirigía a él en
gaélico, lo detuvo.
—Señor Iain, ¿me equivoco o no habláis el scot? —Al no obtener respuesta, prosiguió—: Es lo
que yo pensaba. En ese caso, permitidme que os explique lo que nuestro soberano espera de vos.
Iain reprimió la ira. Se puso rígido al notar la mano del sherif puesta sobre su hombro para
llevárselo un poco aparte. Esperó con impaciencia que este último terminara su exposición sobre
las voluntades del rey acerca de Mallaig. Sintió ascender en su interior una ola de antipata hacia
aquel ofcial de tono condescendiente.
Era un suplicio oír al rey dirigirse a mi marido sin obtener otra cosa que inclinaciones de cabeza.
Temblé al pensar que aquella falta de etiqueta pudiera ser advertida de modo que el honor de los
MacNéil se viese mancillado para siempre, pero, para mi gran alivio, muy pronto me di cuenta de
que una de las costumbres del rey era discursear solo. En efecto, el rey Jacobo, afectado por la
fatiga o los nervios del viaje por mar, senta una necesidad mayor de hablar que de escuchar. Así
fue como me abrumó con mil comentarios sobre su viaje por las Highlands, con la única fnalidad
de huir del silencio. Después, cómodamente instalado en el mejor sillón y tras beber el vino
caliente que se le había ofrecido, empezó poco a poco a relajarse, y su cháchara se apagó.

Yo había previsto que toda la compañía cenara temprano, porque me habían avisado de que el
rey quería marchar de Mallaig al día siguiente al amanecer. De modo que muy pronto di la
indicación de pasar a la mesa.
El monarca parecía no desear otro interlocutor que yo, y empezó a preguntarme acerca de la
salud del señor Baltair, invitando al señor Tòmas a intervenir en la conversación, porque era este
último quien, al bajar del navío, le había dado la noticia de su enfermedad. Tòmas se sentó frente

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 54


a mí, inmediatamente al lado del rey, que ocupaba el lugar de honor en el extremo de la mesa. A
mi izquierda estaba mi marido, y luego el secretario Saxton; frente a ellos, el sherif y el reverendo
Henriot. Con esa disposición de los comensales, Iain se encontró entre personas que hablaban el
scot. Su aire huraño daba un testimonio elocuente de su mal humor. Yo le observaba de reojo, y
me inquieté. No sé por qué azar de la conversación que tenía con el señor Tòmas, el rey supo que
yo hablaba bien el francés.
Me sent entonces estupefacta al oír al soberano utilizar esa lengua para hablarme de su
esposa, Joane Beaufort, hija del conde de Somerset, y de su hija de dos años, Margarita. Hablaba
con facilidad y con un dominio perfecto esa lengua, que todos los monarcas de Europa utilizaban
normalmente entre ellos. Tuvo la amabilidad de felicitarme por mi conocimiento del francés, y los
dos reímos al respecto. Creo que fue en ese momento cuando me sent conquistada por su
amabilidad.
En tono de confdencia, me contó que hablaba en francés con su esposa cuando, en público,
quería mantener secretas sus palabras. Me confó que se había casado por amor, algo muy raro en
las cortes reales. ¡Qué sencillez, qué candor puso en esas confesiones, tan inesperadas por parte
de un monarca! Me sent, por así decirlo, seducida, hasta que pasada una media hora comprendí
de pronto, al tropezar con una mirada de admiración de Tòmas, que el rey nos había aislado a los
dos al hablar en una lengua que sólo nosotros conocíamos en la mesa. También el rey debió de
darse cuenta, porque empezó a hablar a Tòmas en scot y le preguntó por los estudios de los
jóvenes señores del Norte en los colegios de Edimburgo.
Me sent entonces aliviada del deber de mantener la conversación con mi soberano y pude
dedicarme a mis restantes deberes de anftriona, en particular al servicio de la mesa. La sucesión
de platos que yo había establecido fue respetada sin el menor fallo, y el sabor de todos los
manjares hizo justicia a los esfuerzos llevados a cabo en la cocina durante todo aquel día.
Escuché una conversación en gaélico entre mi marido, el secretario Saxton y el sherif Darnley.
Trataban de censos y de las nuevas leyes. Yo sabía, por haberlo oído decir a menudo en la casa de
mi padre, que el rey Jacobo había adquirido, desde su regreso de Inglaterra, una reputación de
gran legislador. Sus edictos reales, muy numerosos, reglamentaban la formación militar de los
jóvenes, la paridad de las monedas escocesa e inglesa, la represión de las riñas callejeras y el
vagabundeo, la pesca del salmón, la exportación del oro. Casi ningún aspecto de la vida escocesa
escapaba a su Libro de Estatutos. Era evidente que esa voluntad de legislarlo todo obedecía a la
necesidad de restaurar el orden y la prosperidad en un país que veinte años de regencia habían
dejado en quiebra. Al observar y escuchar al austero sherif Darnley, se comprendía también que
nada podría realizarse sin una vigilancia incansable sobre los jefes de clan del Norte,
tradicionalmente dispuestos a situarse al margen del poder real.
Esa constatación me inquietó. ¿Aceptarían los señores Baltair y Iain someter al clan MacNéil a
esas nuevas pretensiones del monarca? Cuando conseguí captar la mirada azul acerada de mi
marido, supe que la cólera había empezado a instalarse en él.
La recepción fue un éxito. El rey me testimonió su aprecio, que me promet compartir con mis
gentes en cuanto tuviera ocasión. Expresó el deseo de retirarse pronto, y lo hizo nada más concluir
el intercambio de cumplidos habituales al fnalizar un banquete. Tuvo asimismo una palabra
amable para Tòmas antes de abandonar la sala. Mi marido, en plena discusión con el sherif
Darnley, no pudo saludar al rey ni fue saludado por él.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 55


Después de la salida del rey, acompañado por su propia guardia y por nuestros caballeros, fui a
sentarme apaciblemente junto al fuego e intercambié con Tòmas impresiones sobre la visita real.
Me encantaron los comentarios pertinentes y llenos de inteligencia que expresó Tòmas. Teníamos
las mismas ideas y nos hacíamos las mismas preguntas sobre el hombre excepcional que era el rey
Jacobo. Estuvimos dialogando así durante cerca de una hora, y adoptamos con toda naturalidad la
lengua scot. Fue el primer error. Iain, que había dejado la compañía del sherif y al que no
habíamos visto acercarse, se plantó detrás de nosotros y me dijo en tono seco:
—¿Qué es eso, mi señora, tan interesante que contáis a mi primo y que yo no puedo oír? Os
complacéis en emplear esta noche todas las lenguas de vuestros impresionantes conocimientos,
pero ni una sola palabra en gaélico.
Me quedé muda de sorpresa. Tòmas se levantó de un salto y, con aire ofendido, respondió a su
primo en mi lugar. Fue el segundo error.
—¡Vamos, Iain! Tu esposa habla la lengua elegida por el rey para dirigirse a ella. Salva la cara de
la familia, ¿y tú se lo reprochas? Ella disimula tu propia ignorancia de la lengua de los escoceses, ¿y
te atreves a criticárselo?
—¡Sal de aquí! —le ordenó Iain en un tono que no admita réplica—. Tú no eres el rey, y ella
lleva una hora discutiendo contigo en scot. —Luego me dirigió una mirada helada, y añadió—: Os
prohíbo hablar scot en el castillo a partir de ahora. ¿Me he explicado bien, mi señora?
—Perfectamente, mi señor —susurré en gaélico desde la punta de los labios.
Me di cuenta de que no tenía que provocarlo. Toda su actitud denotaba las ganas de pelea que
senta. Tragué saliva y bajé los ojos, esperando con todas mis fuerzas que Tòmas saliera de la sala
sin replicar. Respiré tranquila cuando oí alejarse sus pasos.
Alcé los ojos. Casi todo el mundo se había ido ya de la sala, a acostarse. Mi marido se sentó en
el sillón que había ocupado Tòmas a mi lado y pidió de beber uisge-beatha. De inmediato le
trajeron un hanap. El silencio entre nosotros se hizo pesado, palpable, sofocante. Lo interrumpió
con una voz suave que me sorprendió.
—Qué extraño, mi señora. Ya no tenéis nada de qué conversar. No me digáis que estáis
buscando las palabras.
—No, mi señor. Estoy dispuesta a hablar de lo que a vos os plazca. —Después de un momento
de duda, proseguí—: No tengo nada que ocultaros. El señor Tòmas y yo no nos hemos dado
cuenta de que hablábamos en scot, después de la marcha del rey. Compartamos impresiones
sobre nuestro soberano y sobre la recepción en general.
—Imagino que esperáis que os felicite por esta recepción, ¿no es así?
—Desde luego que no, mi señor. No he hecho más que cumplir con mi obligación lo mejor que
he podido.
—Evidentemente. Vuestra obligación... —Vació su hanap de un trago y añadió, en un tono
irritado—: ¿Hasta qué punto estáis dispuesta a cumplir con vuestra obligación, mi señora? Me
gustaría saberlo.
No supe qué responderle. ¿Adónde quería ir a parar? No conseguía saberlo. Sin embargo, tenía
que hablar con él. Tanto tiempo como había hablado con Tòmas, si me era posible. Me esforcé en
emplear un tono conciliador, lleno de sensatez, para abordar el tema que tanto me había

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 56


emocionado unos minutos antes con Tòmas: el rey. Volví a decir, en gaélico en esta ocasión, todo
lo que pensaba del soberano.
Iain me dirigía de vez en cuando una mirada indescifrable, y luego volvía a abstraerse en la
contemplación del fuego del hogar, sin decir palabra. Monologué así durante un buen rato. Él no
me daba ningún indicio de que mis palabras le interesaran de algún modo. Se arrellanó a
conciencia en su sillón y extendió las piernas. Bran vino a colocar con cautela la cabeza sobre sus
pies. Cuando, a una señal suya, un copero vino a llenar de nuevo su hanap, me lo ofreció. En
contra de lo que él esperaba, acepté. Se irguió y me miró con más atención. Luego, inclinándose
hacia delante en su sillón, acercó su rostro al mío y me preguntó, burlón:
—Decidme, mi señora, ¿también es por obligación por lo que aceptáis beber uisge-beatha
conmigo?
—Estoy cansada de hablar sola, mi señor. Puesto que parecéis estar de humor para beber y
estar en mi compañía, me parece bien beber con vos. Es lo que tiene de interesante la bebida, que
sobran los discursos y es posible beber en cualquier lengua. ¿No sois de mi opinión?
—Vos acabáis de decirlo, mi señora: con la bebida, sobran los discursos.
Tomó el hanap que traían para mí, me lo tendió y luego brindó tocándolo con el suyo, y lo vació
de un trago. Ya no volvió a abrir la boca, pero no apartó los ojos de mí durante todo el tiempo que
estuve bebiendo mi uisge-beatha. Fue mucho tiempo. La bebida me quemaba la garganta y las
entrañas, a cada sorbo. Pesaba sobre mí, como una capa de plomo, una enorme fatiga.
Al cabo de veinte minutos empecé a adormilarme, y habría acabado por hacerlo si mi marido
no hubiera soltado una carcajada al verme dar cabezadas. Se puso en pie, me quitó el hanap de las
manos, me hizo levantar y me aconsejó que me fuera a la cama en un tono suave. Cuando tomé
un candelabro para salir de la sala, que en aquel momento estaba casi vacía, añadió en voz muy
baja:
—La recepción ha sido perfecta, mi señora. Os habéis comportado admirablemente y toda la
familia MacNéil os debe este éxito.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 57


Capítulo 5

La explicación
El tiempo mejoró después de la partida del rey y de su séquito. Los hombres del castillo
cazaban durante todo el día, y sólo regresaban al anochecer con las piezas cobradas para que las
preparáramos. Cuando yo subía a las murallas con Ceit, ya no tenía que protegerme el rostro del
frío punzante. Ahora, iba allí todos los días, y aprovechaba la soledad para dedicarme a la
educación de mi pequeña protegida.
En efecto, había observado que era muy receptiva cuando conseguía estar a solas con ella.
Estar al aire libre me permita gritar sin la preocupación de molestar a nadie. Así me aseguraba de
que la niña oía bien todas las sílabas que yo pronunciaba, para que pudiera repetirlas a su vez. Sus
progresos eran muy estimulantes, y esa ocupación me tenía alejada de la desagradable compañía
de la dama Beathag y de su doncella. Yo no había conseguido interesarme en sus labores de
bordado, a las que se dedicaban durante todo el día, y su charla ociosa llena de sobreentendidos
me exasperaba.
Huía de su presencia tanto como ellas de la mía. No nos hablábamos, por así decir, sino a la
hora de las comidas, y las conversaciones siempre resultaban decepcionantes.
También había tomado la costumbre de pasar algunas horas por las tardes en la biblioteca en
que se había convertido la habitación del difunto señor Alasdair. A veces me acompañaba Ceit,
pero nunca se quedaba mucho rato. Yo me sumergía en el examen de manuscritos y libros a la luz
del día, que entraba a raudales por las ventanas orientadas a mediodía. Seleccionaba las obras que
podía proponer como lectura al señor Baltair. Como el anciano ya no salía de su cama, yo lo iba a
visitar con frecuencia y lo distraía leyéndole. Aquella iniciativa le encantaba. Me recibía con una
gran alegría y escuchaba durante tanto tiempo como le permitan sus fuerzas las historias que yo
le leía. Me había dado cuenta de que no conocía bien la colección de libros reunida por su esposa
y su hijo mayor a lo largo de los años, y llegué a la conclusión de que no había sido un gran lector.
Me alegré al verlo descubrir la riqueza de los escritos que poseía.
Estábamos a 24 de diciembre, y desde que me levanté me sent repleta de la alegría de la
Navidad. El ofcio matinal me había traído la paz, que era, para mí, una forma de felicidad posible
en Mallaig.
La víspera, había elegido un libro que trataba de la vida del rey Arturo, y al salir de la capilla me
dirigí a la habitación del señor Baltair para la lectura, cuando me detuvo Màiri, una joven criada
que fue asignada a mi servicio después de la marcha de Vivian.
Màiri llevaba al brazo mi capa forrada y mis guantes, y me los tendió. Jadeando como si hubiera
corrido, me avisó de que me esperaban en el patio:
—Salís de paseo, mi señora, esta mañana. Es el señor Iain quien me envía a buscaros. Me ha
dicho que os esperara a la salida del ofcio y os avisara enseguida. Toda la compañía os espera.
Aquello era muy propio del estilo de mi marido: requerir mi presencia para una actividad sin
pedir mi opinión. Entregué el libro a Màiri y me puse la capa y los guantes. Cuando salí, comprendí
de qué género de paseo se trataba. Una excursión a caballo. El sudor empezó a brotar de mi frente
y a helarme la espalda. La dama Beathag, su sirvienta, el sherif Darnley, Tòmas y cuatro caballeros
de la casa esperaban montados en medio del patio.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 58


Al lado de mi marido, que sujetaba las riendas de su caballo, esperaba un caballerizo con un
rocín blanco que visiblemente me habían destinado. Hice un movimiento inmediato de rechazo y
confesé, con una voz en la que a duras penas conseguía ocultar el acento del miedo:
—Mi señor, ¿no os lo han mencionado...? Yo no monto a caballo. No sé montar, yo...
—Me lo han dicho, señora, pero el sherif desea recorrer una parte de nuestras tierras y vos
vais a aprovechar la ocasión para visitarlas también. Habría debido hacerlo mucho antes, lo sé. Es
inadmisible que la castellana de Mallaig no conozca sus dominios. ¿No comparts mi opinión?
Yo estaba literalmente enloquecida ante la perspectiva de acercarme al caballo que sujetaba el
mozo de cuadra, y me sent incapaz de pronunciar una sola palabra. Como mi marido rio conseguía
una respuesta, se apeó de su caballo y vino a tomarme del brazo para ayudarme a montar en la
silla, hablándome de aquella bestia como si se tratara de un miembro del personal:
—El buen Melchior es manso como un cordero y lento como un cangrejo. Lo queremos mucho,
pero apenas tiene ocasión de salir a pasear. Estoy seguro de que no notará si tiene encima a un
jinete inexperto o no. Apenas si notará vuestro peso sobre el lomo.
Debí de lanzar un grito al tratar de zafarme de su mano, porque se sobresaltó. Corrí hacia el
porche, pero muy pronto me atrapó de nuevo. Agarrándome por las muñecas, me obligó a mirarle
de frente. Debió de leer la angustia en mi rostro, porque su enfado se transformó en contrariedad
mientras yo intentaba explicarme, con voz suplicante:
—Me es imposible, mi señor. Tengo demasiado miedo a los caballos para montar. Os lo ruego,
no me obliguéis... os lo pido. Iré en coche... iré a pie.
—¡Mi señora, eso es insensato! Nuestras propiedades alcanzan más de cincuenta millas, y no
hay más de ocho que sean practicables en coche. Nunca podréis recorrer esa distancia a pie.
Tenéis que vencer vuestro miedo y montar a caballo.
—Intentaré aprender a montar, mi señor. Os lo prometo, pero hoy no, no con toda esa
compañía que me observará. Veré las tierras otro día. Puede esperar... —le rogué, en voz baja.
—El representante del rey de Escocia no verá las tierras de los MacNéil antes que la castellana
de Mallaig —declaró, por toda respuesta.
Me soltó las muñecas y, dirigiéndose a los caballeros y las damas que nos esperaban, les
ordenó que marcharan por delante, siguiendo el litoral hacia el sur. El grupo se puso en marcha de
inmediato, con Tòmas a la cabeza. Iain mandó al mozo con el caballo blanco a las cuadras y
empezó a desensillar su propio caballo. Yo no entendía nada. ¿Cuál era entonces su intención? No
dejó más que la manta de gruesa lana azul sobre el lomo del caballo, y la brida. Se volvió a mí, me
tomó de la mano y la acercó despacio a las narices del animal, que tenía sujeto con la otra mano,
mientras me miraba fjamente a los ojos.
—Dejad que os huela, mi señora —se limitó a decir.
Mi mano estaba prisionera de la suya. No podía retirarla. Cerré los ojos para que no viera mi
espanto y me dejé hacer durante unos segundos que me parecieron horas. Lo que sucedió luego
fue muy rápido. Iain se agarró a la crin del caballo y saltó a su grupa; luego, inclinándose a un lado,
me tomó de la cintura con un brazo y me levantó del suelo como si yo fuera una brizna de paja. En
el instante siguiente, yo estaba instalada delante de él, con una pierna a cada lado del cuello del
caballo, que quedó cubierto parcialmente por mi falda. Él sujetó las riendas con la mano izquierda,

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 59


y me rodeó el talle con la derecha, de modo que mi espalda se apoyaba en su pecho y mis muslos
pesaban sobre sus rodillas apretadas contra los fancos del animal.
Con las dos manos enguantadas, me aferré con desesperación al brazo que me rodeaba,
apretando tanto que los nudillos me dolían. Retuve el aliento. Mis oídos zumbaban. «Voy a
morir», pensé. El animal avanzó al paso, obediente a una señal que yo no pude advertir. Luego
empezó a trotar y embocó el puente levadizo. Yo volví a cerrar los ojos, petrifcada por el miedo.
—Ya está, mi señora. Estáis montada a caballo —me dijo Iain—. Os ruego que abráis los ojos,
para no perderos la visita. —Probablemente se dio cuenta de que yo no obedecía aquel consejo,
porque añadió tranquilamente—: ¿Os sents bien sujeta, mi señora? —Al no obtener respuesta,
insistió—: ¿Creéis que tengo intención de dejaros caer? Respondedme, mi señora. ¿Me creéis
capaz de dejaros caer?
Sent que su brazo me presionaba al hacer por segunda vez la pregunta. Abrí los ojos.
—No —murmuré.
—Bien. Ahora, ¿creéis que yo mismo puedo caer del caballo?
Hube de hacer un esfuerzo supremo para formular la primera respuesta que me vino a la
mente.
—Varias personas os tienen por uno de los mejores jinetes del norte de Escocia. Supongo que
los caballos que montéis no intentarán derribaros.
—¡Excelente! Entonces, si es así, decidme, mi señora, qué mal puede ocurriros esta mañana,
cabalgando entre mis brazos.
Evidentemente, no tenía respuesta para aquello. Muy rígida, miré fjamente las gruesas orejas
negras muy móviles que pivotaban ante mis ojos cada vez que hablaba mi marido. Los ollares del
caballo dejaban escapar con regularidad un vapor blanco que se depositaba en forma de escarcha
sobre el pelaje del cuello. La crin negra y enredada ondulaba al ritmo escandido de su paso.
Me atreví a levantar la vista hacia el horizonte. Estábamos ya a buena distancia del castillo,
pero aún a media milla de distancia del grupo que nos precedía. Volví ligeramente la cabeza hacia
la derecha y vi centellear el mar a lo lejos, y luego, del otro lado, desplegarse la línea oscura de las
montañas. Inspiré hondo el aire frío, que al penetrar en mi interior actuó como una palanca que
extirpó el miedo que se había alojado allí. Sent que la tensión de mis brazos se relajaba. Mi
marido debió de darse cuenta, porque me murmuró, con una voz que expresaba satisfacción:
—Ahora podréis disfrutar de vuestra excursión, mi señora. No quedaréis decepcionada. Poseéis
las tierras más bellas de las Highlands.
Cabalgamos así durante más de una hora. Mi marido no parecía querer reunirse con el grupo, y
se contentaba con seguirlo a distancia. Me habló a lo largo de todo el paseo. Me explicó primero
por qué había tenido que insistir para que yo diera aquella vuelta de reconocimiento esa misma
mañana, y no más tarde. Fue entonces cuando me enteré de la función exacta que había de
desempeñar el sherif Darnley en Mallaig: tenía como misión verifcar los libros de todos los clanes
de las Highlands y establecer nuevos impuestos reales para cada uno de ellos. Iain me informó de
que el secretario Saxton no soportaba esa intromisión en su trabajo y había solicitado dejar el
servicio del castillo tan pronto como fuera posible. Finalmente, me dijo que yo había sido
designada para sucederlo en esa tarea.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 60


—¿Comprendéis ahora, mi señora, por qué nunca debéis saber menos que Darnley sobre las
propiedades de los MacNéil? Tenéis que haber visto, leído y oído todo lo que él llegue a ver, leer y
oír sobre nosotros. ¿Lo comprendéis, mi señora?
—Lo comprendo, mi señor —respondí.
—Ya veis, mi señora, que no os fuerzo a montar por el placer de forzaros. Necesito que vengáis
con nosotros esta mañana, y lo hago. Quiero que sepáis que no os forzaré nunca a hacer nada que
os repugne, a menos que me vea obligado a ello.
Esa aclaración hizo desaparecer el nudo que se me había formado en la garganta desde nuestra
partida. No podía guardarle rencor ni criticar su conducta para conmigo. Estaba enteramente
justifcada. Me vi obligada a admitir, muy en el fondo de mí misma, que tenía confanza en él y que
aprobaba sus decisiones. En ese momento empecé a sentirme a gusto. Experimenté una sensación
extraña al oír su voz a mi espalda, al sentir su rostro en la tela de mi capucha cuando se inclinaba y
el peso de su brazo alrededor de mi cintura.
El paisaje que ofrecía la península que estábamos atravesando captó enseguida toda mi
atención. El litoral, sobre el que pasaba el sendero que seguíamos, se componía de rocas negras y
desnudas en toda la extensión de la mirada. El mar se precipitaba contra ellas con fuerza,
proyectando al aire frío una espuma muy blanca. Mi marido me describió la costa y las islas
invisibles en la lejanía, señalándome todo cuanto tenía una relación directa con las posesiones de
los MacNéil y todo lo que era importante que yo supiera. Unas veces se trataba de anécdotas
históricas, otras de detalles acerca de los rendimientos de las tierras o de la pesca, otras aun de las
técnicas empleadas, o también de las personas. A diferencia de Tòmas, mi marido era un guía muy
conciso, que me explicaba las cosas como si yo siempre hubiera vivido en las Highlands. Aquello
me gustó.
Hacia el mediodía nos reunimos con el grupo, que había hecho alto en una ensenada. Se había
levantado el viento, que se colaba por mi capa abierta. No me atreví a soltarme del brazo de mi
marido para cerrarla mejor, ni siquiera con una sola mano. Mis ojos, azotados por el viento frío,
lagrimeaban. Debía de ofrecer una imagen desoladora, porque, cuando el caballo se detuvo,
Tòmas, probablemente inquieto por mí desde la partida, se acercó a toda prisa para ayudarme a
apearme. Tan pronto como me vi en el suelo, me envolvió en su propia capa y me llevó al abrigo
de una roca, bajo la mirada irritada de mi marido.
Las damas y el sherif Darnley se encontraban ya allí, ocupados en calentarse las manos en una
pequeña fogata improvisada en la que ardía madera arrojada a la playa por el mar. El sherif me
dedicó una sonrisa y me dirigió la palabra en scot. No pude evitar ponerme rígida y mirar a mi
marido, que se acercaba.
—Había olvidado, dama Gunelle, que tan sólo hace una semana que os casasteis. Eso explica
que compartáis la montura con vuestro marido.
Era una observación grosera, o al menos yo la tomé como tal. Decidí ignorarla, pero el sherif la
repitió en gaélico en benefcio de Iain, que ahora se encontraba ya al alcance de su voz. La dama
Beathag y su sirvienta prorrumpieron juntas en la misma risa impertinente, y la dama Beathag
añadió en voz baja, volviéndose a mi marido:
—Yo no tuve el placer de cabalgar así de amorosamente con vuestro hermano Alasdair, porque
ya sabía montar cuando vine a vivir a Mallaig, ¿lo recordáis, mi señor...?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 61


—Aunque no hubieras sabido montar a caballo, querida Beathag —replicó Iain—, nunca habrías
podido montar el mismo animal que mi hermano. No conozco ningún caballo capaz de soportar el
peso de los dos durante más de una milla.
—¡Ah! Es cierto que vuestro hermano era un hombre de una estatura excepcional. Decidme,
señor, ¿os sobrepasaba en toda una cabeza? Como yo misma estoy mejor hecha que la dama
Gunelle...
—Cállate de una vez, Beathag —la interrumpió Iain con sequedad.
—¡Vaya! Todos los hombres son iguales. Nunca admiten que puedan ser inferiores a otro.
Vamos, mi señor, no he dicho que no seáis un buen pedazo de hombre. —Y dirigiéndose a mí,
insistió—: ¿No es cierto, dama Gunelle, que tenéis ahí un buen pedazo de hombre?
No tuve que responder porque mi marido la interrumpió de nuevo, con una voz en la que
asomaba la exasperación:
—¿Cuándo dejarás, querida Beathag, de considerarme un semental dispuesto a saltar sobre la
primera grupa que le presenten?
La dama Beathag estalló en una gran carcajada. La réplica de mi marido hizo sonreír a toda la
compañía, excepto a Tòmas. Por mi parte, me sent incómoda, más aún porque algunas palabras
dichas por mi marido me eran desconocidas, y el contexto me indicaba que debían de ser
inconvenientes. La dama Beathag se levantó y se dirigió a los caballos, con todas las miradas fjas
en ella. Se detuvo de pronto y, vuelta hacia nosotros, dio una respuesta a la pregunta de mi
marido, que restalló como un latigazo:
—Cuando vos dejéis de comportaros como tal.
Esta vez, en el grupo se hizo un silencio total. A excepción de Darnley, nadie sonrió. Mi marido
juró y dio un puntapié al fuego. Su cara se contrajo en un rictus de odio, y dijo entre dientes:
—¡Sucia víbora!
Me estremecí al oír esas palabras. ¿De qué naturaleza era, entonces, la relación entre mi
marido y su cuñada? Unas veces se comportaban como si fueran grandes amigos, y otras se
dedicaban pullas injuriosas.
La incomodidad me hacía tiritar. Mi marido debió de darse cuenta, porque dio la señal de
marcha. Un caballero fue a apagar el fuego mientras todo el mundo montaba. La fuerza del viento
se había redoblado, y apenas pude sostenerme en pie cuando salí del refugio, hasta tal punto mis
faldas se hinchaban y me estorbaban la marcha. Iain hizo una seña a Tòmas, que se acercó a
recoger su capa. Le dijo en tono seco:
—Ayúdala a montar detrás. Yo le cortaré el viento. —Y añadió para mí, en un tono más suave
—: La vista no será tan bella, mi señora, pero, si podéis sosteneros bien, tendréis menos frío
detrás de mí. ¿Creéis que lo vais a conseguir?
Yo no estaba segura del todo, pero no quise oponerme, resuelta a dar pruebas de la mejor
voluntad posible. Hice un signo afrmativo con la cabeza. Él saltó sobre el lomo de su caballo y me
tendió el brazo, al que yo me aferré sin dudarlo. Enseguida me sent levantada por Tòmas, que me
instaló sentada a horcajadas detrás de Iain. Me arrimé instintivamente a su espalda, y me abracé a
él con todas mis fuerzas. Tòmas me envolvió las piernas con la capa para abrigarme bien, y luego
dio una palmada en la grupa del animal, que empezó a avanzar. Yo me acurruqué contra mi

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 62


marido, reprimiendo a duras penas un grito de espanto. Iain sujetó con frmeza mis brazos bajo los
suyos, e imprimió con el cuerpo un movimiento a su montura, que partió al trote.
La vuelta fue mucho más silenciosa que la ida. Con la mejilla aplastada contra la espalda de mi
marido, oí como a través de una trompetilla las órdenes que daba a los demás caballeros. La
cabeza me daba vueltas, por ver desplegarse el paisaje desde aquella perspectiva oblicua. Me
defendí de los ataques del viento frío entrecerrando los ojos y hundiendo la nariz en la capucha. El
olor a cuero cálido de la sobrevesta de Iain invadió muy pronto mi universo cerrado. No se
pronunció ni una sola palabra entre él y yo hasta nuestra llegada al castillo. Lo mismo ocurrió
durante el resto del día. La abertura que se había creado momentáneamente entre nosotros por la
mañana se cerró de nuevo y yo me vi, una vez más, incapaz de determinar las causas exactas.
El reverendo Henriot no habría sabido decir si se senta verdaderamente encariñado con el
señor Baltair. Se hacía esa pregunta desde que había ido a darle la comunión la víspera de la
Navidad y había entrevisto la perspectiva muy próxima de administrar la extremaunción al fel. La
última vez que había tenido que hacerlo en el castillo, fue por la castellana. Henriot la había
conocido poco, porque su ministerio en Mallaig había dado comienzo en la primavera de 1417,
dos años antes de la tragedia que había caído sobre los MacNéil.
Después de aquello, todo se tambaleó en el castillo. Cuando la dama Lite cayó enferma, él se
dio cuenta de que incluso la fe de los miembros de la familia había disminuido. Llegaron a desertar
de la capilla, dejándolo totalmente desamparado. Había rogado noches enteras a Dios, con fervor,
que lo ayudara para sostener a esa familia puesta a prueba, cuyas almas tenía a su cargo. Pero la
desaparición de la dama Lite había cerrado defnitivamente a las enseñanzas de la Iglesia los
corazones de los dos señores MacNéil. Él sabía que la práctica religiosa de ambos no era más que
apariencia. En pocos meses, Baltair se convirtió en una persona lejana e inaccesible, y su hijo, casi
en un desconocido.
Aquella mañana, al visitar al señor Baltair, había tenido la conciencia plena de que una de esas
dos almas perdidas iba a presentarse muy pronto ante su Dios. ¿Encontraría él las palabras justas
para facilitarle el último viaje? De todas las tareas de su ministerio, la del acompañamiento a los
feles en el momento de la muerte le parecía la más difcil. El reverendo Henriot no tenía aún
treinta años, y se senta demasiado joven para entender a un anciano como Baltair MacNéil. Se
encogió de hombros y profrió un largo suspiro al cerrar detrás de sí la puerta de la habitación del
viejo jefe.
Cuando, a medianoche, el reverendo elevó la hostia sobre su cabeza en el coro iluminado de la
capilla, una gran paz descendió sobre él y supo que le sería concedida la gracia de servir una
última vez a Dios junto al señor Baltair.
Los cantos de los caballeros y las damas del castillo se elevaban claros y fervientes en la misa de
medianoche. Toda la casa MacNéil estaba presente. Los recién casados aparecían juntos por
primera vez desde su matrimonio, el uno al lado del otro en la primera fla. El señor Iain, con
rostro ceñudo, murmuraba distraídamente las plegarias. A su lado, su esposa oraba con
recogimiento y en cada rasgo de su rostro se leía la alegría de la Navidad. Al mirarla, en el
momento de la bendición de los feles, el reverendo Henriot se sintió lleno de esperanza de que la
fe divina volviese a ganar el corazón de los señores MacNéil por la mediación de esta castellana,
del mismo modo que la habían perdido con la marcha de la anterior.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 63


Como lo exigía la costumbre, Nellie y Anna habían preparado una colación vespertina, que
sirvieron a la salida del ofcio. Las bandejas, cargadas sobre todo de bizcochos, galletas de avena y
miel y pastas de almendra, compartan la mesa con copas de hidromiel y jarras de una mezcla de
vino caliente y leche cuajada.
El ejecutante de clársach, que el señor Iain había conservado para el servicio del castillo, colocó
su instrumento delante de la mesa e interpretó la música que enseñaban en los monasterios para
la liturgia de la Navidad. A las damas, sus doncellas y las sirvientas les encantaba ese repertorio, y
cantaron a lo largo de toda la refacción. La dama Gunelle conocía la letra de aquellas
composiciones en latn y sonreía al oír la traducción a la lengua popular que habían hecho los
highlanders.
Literalmente colgada de las faldas de la joven castellana, Ceit vesta un traje blanco con fnos
bordados en el corpiño, y había anudado en varias vueltas a su talle el cinturón del vestido de
boda. La dama Gunelle había posado su mano protectora sobre los frágiles hombros de la niña y se
inclinaba hacia ella para decirle algunas palabras al oído. Ceit sonreía entonces durante algunos
segundos, y luego ocultaba otra vez su rostro en la tela sedosa del vestido de su protectora.
Al ver al señor Iain, que se acercaba a ellas, quedó paralizada en esa posición. Él estaba
observándolas por el rabillo del ojo desde hacía un momento. Cuando estuvo muy cerca de su
esposa, al ver los manejos de la niña cruzó por sus ojos una chispa divertida. Se inclinó hasta su
altura y le preguntó con voz grave:
—Dime, Ceit, ya que ahora hablas, ¿cómo encuentras al Niño Jesús esta noche? —Como no
obtuvo respuesta, ni tan siquiera una mirada, abordó un tema distinto—: Es la primera vez que te
veo con este vestido tan bonito. Sobre todo el cinturón. Creo haberlo visto ya. ¿Lo llevabas tú en la
boda?
—¡No! ¡Es de Gunelle! —respondió ella con rapidez, descubriendo su cara.
Iain la tomó de la barbilla y la observó largo rato con tristeza. Luego la soltó, y mientras se
incorporaba le dijo despacio:
—Debes llamarla «dama Gunelle».
Ceit se apartó de la pareja y huyó de la sala a la carrera. Bran, que rondaba cerca, creyó que la
niña quería jugar y saltó detrás de sus talones, pero fue llamado por su amo. Iain se volvió
entonces hacia su esposa, incómodo. Sintió que tenía que hablarle de Ceit, al ver la mirada
interrogadora de ella. Se aclaró la voz y preguntó:
—Imagino, mi señora, que esperáis que os hable de Ceit.
—No, mi señor. ¿Por qué habríais de hacerlo? —le respondió ella con serenidad.
—Porque ha ganado mucho en vuestra compañía, supongo. —Después de un breve silencio,
continuó, con una sonrisa amarga en los labios—: Tenéis un verdadero don de lenguas, al parecer.
Habláis el latn, el francés, el alemán y sin duda el inglés. Aprendéis una lengua en dos semanas.
Enseñáis a hablar a una muda en una sola. Entonces, decidme, mi señora, ¿en cuánto tiempo
podríais enseñarme el scot?
—Eso depende de vos, mi señor. ¿Qué clase de alumno sois? ¿Tenéis buena memoria? ¿Podéis
hacer un esfuerzo para mantener la concentración durante varias horas? ¿Podéis leer y escribir
deprisa? ¿Sabéis?, aprender una lengua en un corto espacio de tiempo exige todo eso.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 64


—Mi señora, no sé qué clase de alumno soy, porque no lo he sido nunca. Ya que parecéis
ignorarlo todavía, os confeso que no sé leer ni escribir. Siempre he rechazado la instrucción. Dejé
ese terreno íntegro para mi hermano, que sobresalía en él, y me dediqué a las armas, que se
corresponden mejor con mi naturaleza. Con el resultado que veis. Nadie ataca Mallaig cuando yo
estoy, pero no puedo enterarme del contenido de ningún documento relativo a mis posesiones sin
un intérprete. Con la enfermedad de mi padre y un representante del rey en la casa, mucho me
temo que mis talentos de guerrero no sean sufcientes.
—En ese caso, mi señor, no puedo contestar a vuestra pregunta con precisión. Puedo
enseñaros el scot, y así lo haré puesto que lo deseáis. Veremos si sois un buen alumno. Si lo sois,
hablaréis esa lengua, la leeréis y la escribiréis antes del año nuevo. Tendréis que consagrarle todo
vuestro tiempo libre, y... ¡levantar la prohibición que me hicisteis de hablar scot en el castillo!
—Evidentemente, mi señora. La prohibición queda levantada, pero sólo para hablar conmigo.
Sin embargo, las lecciones de scot no pudieron empezar todavía. Los días que siguieron a la
Navidad apagaron todas las alegrías y las esperanzas en el castillo. Primero, una nueva crisis del
señor Baltair hizo gravitar el espectro de la muerte durante cuarenta y ocho horas. Insensible a la
conmoción que aquello causaba en las gentes del castillo, el sherif Darnley acaparó al secretario
Saxton para el examen de los libros de cuentas, que concluyó con un violento desacuerdo entre
los dos hombres. A pesar de todos los esfuerzos diplomáticos que desplegó, el señor Iain no
consiguió apaciguar a su secretario y hubo de resolverse a aceptar su dimisión.
Guilbert Saxton habría querido permanecer al servicio de la familia MacNéil hasta el último
suspiro de su jefe, pero la fe que tenía en su trabajo le impedía plegarse a la voluntad del sherif.
Además, las pocas horas pasadas con la castellana, a petición de su esposo, para explicarle la
situación fnanciera de la propiedad, lo habían convencido de que el relevo quedaba asegurado de
forma conveniente. La dama Gunelle era hábil, inteligente, prudente, y representaría los intereses
de la familia con mucha efcacia. Allí donde él había tropezado con Darnley, ella sabría enfocar el
conficto con más habilidad. Un enfoque femenino. Sonrió al recordar los múltiples talentos de la
anterior castellana, y en particular el de obtener exactamente lo que quería de quienes la
rodeaban, aunque fueran sus enemigos. Algo le decía que la dama Gunelle conseguiría tener el
mismo poder de persuasión.
Cuando anunció su marcha al anciano señor Baltair, lo hizo en presencia del hijo MacNéil y de
su esposa. Observó con atención a Iain y Gunelle, colocados a uno y otro lado del lecho, en una
actitud común de respeto y cariño por el anciano jefe. Creyó descubrir cierto entendimiento entre
los esposos, y una neta mejoría en las relaciones entre el padre y el hijo.
«Lo conseguirán —se tranquilizó a sí mismo el secretario—. Estas tres personas tienen tanta
necesidad de vivir en paz... El porvenir de Mallaig depende de ello. Hay que tener confanza en
ellos. ¡Que Dios les ayude!»
Fue así como se fue de Mallaig, con el convencimiento del deber cumplido. El señor Iain le
proporcionó una escolta de seis hombres hasta su destino, el monasterio de Dornoch, en el mar
del Norte, de donde era originario y donde su hermano era aún obispo. La despedida de las gentes
del castillo había revelado a Guilbert Saxton que los lazos de convivencia anudados durante tantos
años son el bien más preciado que puede poseer un hombre al fnal de toda una carrera al servicio
de un clan.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 65


El reverendo Henriot acudió a despedir la segunda comitiva que parta de Mallaig en dos
semanas. Sólo quedaba esperar que el comienzo del mes de enero fuera clemente con los viajeros
que se alejaban, agrupados en torno a la bandera de los MacNéil, que ondeaba al viento frío del
norte.
A Tòmas, el fn próximo del señor Baltair le provocaba el mismo dolor que había padecido años
atrás al perder a su padre. Se levantaba temprano, incapaz de seguir soportando una noche sin
sueño en la que se agolpaban la pena y las dudas. Temía sin cesar que su to sucumbiera a la
siguiente crisis y se mantenía continuamente en alerta. Aquello lo agotaba.
Habría querido compartir su angustia con alguien. Ningún compañero caballero estaba lo
bastante próximo a él para ser su confdente, y su primo ahora le era hostil. Tòmas no veía más
que a la dama Gunelle para abrirse a ella, pero él mismo se había impuesto evitarla todo lo
posible. No debía hacer ningún gesto susceptible de agravar la tensión extrema que lo enfrentaba
a Iain, y prestar atención a Gunelle lo era. A Tòmas le disgustaba, sin embargo, porque las jornadas
pasadas con ella enseñándole el gaélico representaban, a sus ojos, la experiencia más
enriquecedora de su vida.
Una mañana en que el sueño lo había abandonado muy temprano, se fue a la capilla. Estaba
sumida en la penumbra, y un olor a incienso y a humedad fotaba como una presencia. No tomó
ningún cirio y se arrodilló en un rincón, para rezar un rato. Cuando se incorporó, su pie chocó con
un objeto duro. Se inclinó, y recogió del suelo el libro de salmos, probablemente olvidado por
Gunelle. Salió con él en las manos. Era preferible devolverlo a la biblioteca que entregarlo a la
joven. De modo que subió directamente al piso alto.
El ala en que estaba situada la biblioteca tenía tres habitaciones que daban a la fachada sur del
torreón; la primera era la del señor Iain, la segunda la de Alasdair, y la tercera la de la dama
Beathag. Tòmas advirtió la presencia de Bran, que vagabundeaba por el corredor, pero no le
prestó atención y entró en la habitación de Alasdair, donde se conservaba toda la colección de
libros de la familia. Dejó el libro de salmos muy a la vista sobre la mesa y curioseó durante algunos
minutos en los estantes. Tomó algunos libros en sus manos, los volvió a colocar en su sitio, cogió
otros, los hojeó. Leyó algunos párrafos sueltos, y tomó conciencia de su alejamiento de la lectura
desde su marcha de Edimburgo. En Mallaig, el entrenamiento para ser armado caballero junto a su
primo ocupaba todo su tiempo, de modo que nunca había tenido ocasión, hasta esa mañana, de
visitar la habitación de Alasdair. Pasó así una hora entre los libros, hasta que oyó que sonaba en el
patio la campana de los rezos. La evasión de la lectura le había proporcionado serenidad y paz.
Volvió a colocar los libros uno por uno y salió de la estancia.
En el umbral de la puerta, se detuvo en seco: la dama Gunelle estaba inmóvil en el extremo del
corredor, con un libro en los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos mirando con fjeza al frente.
Tòmas volvió la cabeza para ver lo que atraía de ese modo su atención en el otro extremo del
pasillo, y comprendió: tendido cuan largo era delante de la puerta de la dama Beathag, Bran
dormía.
No tuvo tiempo de volverse hacia Gunelle cuando ya ella escapaba por la escalera que llevaba a
su piso. «¡Maldito sea! —murmuró él entre dientes—, no le ahorrará el menor disgusto...» Bajó a
la capilla, con el corazón henchido de ira. Contrariamente a su costumbre, Gunelle no apareció
durante todo el ofcio matinal.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 66


Tòmas se sintió desamparado: quería ayudar a la joven, pero no sabía cómo. Hablar con su
primo no serviría de nada, porque la espinosa cuestión de las relaciones entre Iain y su cuñada era
un tema tabú en el castillo. Maquinalmente, se dirigió a la habitación de su to para que Anna,
siempre a la cabecera, le informara de su salud. Anna estaba allí, en efecto, en compañía de
Gunelle, que se puso en pie al verlo, con intención de salir. Él intentó torpemente impedírselo:
—Os lo ruego, mi señora, no os vayáis. Sólo venía a por noticias.
—El parte de salud es bueno, sobrino —respondió de inmediato Baltair MacNéil, desde la cama
—. Te agradezco la visita. Ven a sentarte y averigua qué es lo que no funciona con estas damas. No
han hablado en toda la mañana y no consigo saber qué es lo que las preocupa.
Tòmas dirigió una mirada furtiva a Gunelle. Ella mantuvo tercamente los ojos bajos. Anna
rompió el silencio la primera, y dijo, mientras ahuecaba las almohadas de su amo:
—Vamos, mi señor, no incomodéis a quienes vienen a visitaros. No está bien por vuestra parte.
No tenemos nada que decir porque el día apenas acaba de empezar, y todavía no estamos del
todo despiertas. Eso es todo. Y además, nos inquieta vuestra salud.
—Cierto —respondió él—. Es muy comprensible. ¿No encuentras desolador el ver a los jóvenes
perder el tiempo al pie de mi cama? Tòmas, sé buen chico y saca a Gunelle a tomar el aire esta
mañana. Lleva dos días enteros encerrada en el despacho y el aire debe de estar viciado.
¡Llévatela, es una orden!
Tòmas esbozó un gesto de impotencia dirigido a Gunelle, que lo miraba durante esa parrafada.
El tono imperativo del enfermo no admita ninguna discusión: había que obedecer.
Gunelle lo comprendió, y salió de la habitación murmurando:
—Como vos digáis, mi señor.
Tòmas salió detrás de ella sin añadir nada más. Delante de la puerta cerrada, ella lo citó en el
camino de ronda norte y subió a sus aposentos a buscar la capa y los guantes.
Allá arriba, Tòmas contempló las montañas, sobre las que se acumulaban nubes cargadas de
nieve. El viento soplaba del norte y noreste, lo que signifcaba que la nieve cubriría el burgo.
Reprimió una mueca de contrariedad: varias casas mal orientadas no protegían bien a sus
habitantes. Intentó distraer su mente febril de la idea de estar solo con Gunelle. No lo consiguió.
Cuando la vio acercarse a su encuentro bajo el fuerte viento, el corazón le dio un vuelco. ¡Qué
abatida parecía! Supo que la conversación trataría sobre su primo.
—Señor Tòmas —dijo ella en tono contenido, en gaélico—, no estáis obligado a hablarme.
Sabéis el descubrimiento que he hecho esta mañana y las conclusiones que he sacado de él. Ahora
estoy segura de que nadie se referirá a esa cuestión en el castillo. —Después de un momento de
duda, siguió—: Me es muy penoso comprobar que soy la última en enterarme de lo que todo el
mundo parece saber desde hace mucho tiempo, y que, además, me concierne.
Para decir aquello había estirado los bordes de su capucha forrada de piel alrededor de los ojos,
de modo que era imposible verlos. De su rostro embozado, sólo asomaba su nariz fna.
—Mi señora, no estoy ligado a mi primo por ningún secreto, y desapruebo su forma de
comportarse en su vida privada. Por el contrario, siento una gran estima por vos, y, si puedo
ayudaros, eso me hará muy feliz. Estoy dispuesto a deciros lo que tenéis derecho a saber sobre el
hombre con el que os habéis casado. ¿Queréis oír esa explicación, señora?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 67


La dama Gunelle se acercó despacio. Se apoyó en el brazo que le ofrecía el señor Tòmas y
ajustó el paso al de su acompañante. Guardó silencio largo rato, hasta el punto de que el señor
Tòmas se preguntó si aceptaría su ayuda. Por fn la oyó tomar de nuevo la palabra, con un hilo de
voz:
—Mi señor, me siento confusa. No sé cómo actuar en todo esto. Conozco mal la naturaleza de
los hombres... yo... ¡Ah, es tan difcil!
—Mi señora, dejad pues que os hable de mi primo. —Después de un silencio, que tomó por
asentimiento, Tòmas siguió diciendo—: Cuando llegué a Mallaig para mi aprendizaje, hace dos
años, la dama Beathag era ya su amante. Quedé asombrado al ver que su relación era conocida
por todos y tolerada por su padre.
»Nunca he tenido conocimiento de discusiones entre mi to y Iain al respecto, y Dios sabe que
no le escatima las regañinas en otros temas. Cómo cargan con ese pecado mi primo y su cuñada es
algo que ignoro. Al parecer no pesa demasiado sobre sus conciencias. Vos debéis de haberos dado
cuenta de que ni el uno ni la otra son cristianos fervientes. Sin embargo, ambos son seres
atormentados y mal amados. Puede pareceros extraño que hable así de ellos, y no lo digo con la
intención de disculparles. No son felices juntos. Lo que se dan no tiene nada que ver con el amor.
Beathag es una mujer insaciable, y mi primo es un hombre desengañado. Creo que la muerte de
Alasdair tiene un signifcado en la relación entre ellos, pero no sabría explicaros cuál.
—Vuestra explicación me conmueve. ¡Hay tantas cosas que ignoro y que me impiden
comprender a vuestro primo, señor Tòmas! Es imposible de entender. Tampoco entiendo el
comportamiento de la dama Beathag. ¿Por qué se quedó en Mallaig después de la muerte de su
marido? ¿No debía regresar junto a su familia, que vive aún en la isla de Skye?
—Escuchad, en esa época yo vivía en Inverness —dijo el señor Tòmas—, en la casa de mi padre,
y no tenía mucha relación con mis tos. Pero sé que la dama Lite apreciaba mucho la compañía de
su nuera, y que con ella el castillo conoció sus horas de mayor lucimiento. A pesar de que resultó
ser estéril y no pudo dar un heredero a la familia, mi ta pidió, a la muerte de Alasdair, que su
viuda permaneciera en el castillo.
»Por otra parte, la dama Beathag no habría vuelto por nada del mundo a su isla. Necesita una
corte de admiradores para ser feliz. Mallaig se la ofrece. Ni un solo hombre ha pasado por aquí sin
que ella lo haya seducido, o haya intentado hacerlo. ¡De haber hablado el scot, habría intentado
seducir al rey, estoy seguro!
—¿Os ha seducido a vos, señor Tòmas?
El joven se estremeció al oír esa pregunta directa. La voz de la dama Gunelle era frme y no
revelaba el malestar del inicio de la conversación. Habían llegado a la torre del cuerpo de guardia,
y ahora se encontraban al abrigo del viento. Tòmas pudo ver la cara de su interlocutora, que se
había soltado los bordes de la capucha. Su expresión denotaba una intensa curiosidad. Apartó la
mirada para responder:
—Digamos que lo ha intentado y no ha conseguido lo que deseaba. La dama Beathag no es mi
tipo de mujer.
—Querido primo —resonó de pronto la voz del señor Iain detrás de ellos—, ¿es que vuestro
tipo de mujer es acaso la mía?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 68


Tòmas y Gunelle se volvieron a un mismo tiempo, consternados. Iain MacNéil, al que no habían
oído llegar, estaba a quince pasos de ellos, erguido, inmóvil, amenazador. Iba vestido para el
combate, con casco y cota de malla corta, claymore a la cintura y skean dubh en el tobillo.
Instintivamente, Gunelle retrocedió un paso en dirección a Tòmas, lo que hizo reír cínicamente a
su marido. A Tòmas le costaba visiblemente contener el temblor de ira que se había apoderado de
él. Un silencio mortal cayó sobre el grupo. Fue Iain quien lo rompió, diciendo con voz entrecortada
a su primo:
—¡Basta! Te espero en el patio. Reanudaremos el entrenamiento. Combate con claymore. ¡Ve
aponerte tu cota!
Como en un sueño, vi a Tòmas pasar al lado de Iain y abandonar las murallas hacia el cuerpo de
guardia con un paso enérgico. Yo no veía otra cosa que los ojos de mi marido bajo su casco. Me
miraban con dureza. Me sent paralizada por el miedo. Por mucho que recordara las palabras del
señor Baltair, que aseguraba que los hijos MacNéil no maltrataban a las mujeres, el terror que me
inspiró mi marido en ese momento fue más fuerte. Sin refexionar, di media vuelta y escapé en la
dirección contraria al cuerpo de guardia.
A punto estuve de tropezar con Bran, que se acercaba a mi espalda. Lancé un grito de sorpresa
y, recogiéndome las faldas para liberar mis piernas, eché a correr tan aprisa como pude. No
pensaba en nada durante mi furiosa carrera. Lágrimas de amargura, avivadas por el viento frío, me
humedecían el rostro. Cuando por fn llegué a mi habitación, me precipité en mi cama, abrumada.
«¿Qué voy a hacer ahora?», pensé con desánimo. Oí entonces llamar a la puerta y vi entrar a
Màiri, con cara de preocupación.
Se acercó en silencio y me ayudó a quitarme la capa y los guantes. Por su actitud, me di cuenta
de que conocía el drama que yo estaba viviendo. Sin saber demasiado por qué, le pregunté qué
pensaba de mi marido. Enseguida me di cuenta de que su respuesta podría traerle reprimendas,
pero vi en su mirada tanta simpata y tanta confanza, que supe con toda certeza que me iba a
decir la verdad.
Lo hizo, en efecto. Con mucha sencillez, me trazó el retrato de un hombre transformado a partir
de su matrimonio. Un hombre que ya no acosaba a las sirvientas, que ya no se emborrachaba, un
hombre que ya no maldecía a su padre, un hombre que se preocupaba por las gentes del castillo y
su bienestar, un hombre que recibía al rey de Escocia con dignidad. Esa descripción de mi marido
me pareció, a primera vista, pura fantasía. Y lo más desconcertante, ¡atribuía a mí todo el mérito
de aquel cambio! «Veamos —me dije—, esta buena chica está viendo un espejismo.»
Luego, después de pensarlo mucho, tuve que admitir que lo que Màiri me contaba
correspondía probablemente a esa imagen de un Iain MacNéil «transformado» en dos semanas.
Así pues, mi marido había tenido, antes de casarse, la costumbre de hostigar a las criadas, de
pelearse con el señor Baltair, de descuidar a las personas del castillo, de embriagarse. Recordé de
pronto lo que habían contado a Nellie y Vivian los viajeros del camino de los Grampianos, que lo
habían califcado de «granuja». Yo había sepultado deliberadamente esa imagen en el fondo de mi
memoria a fn de que no entorpeciera mi encuentro con la familia MacNéil, y ahora resurgió con
fuerza. Me vi obligada a refexionar.
Después de atizar el fuego de la chimenea, Màiri se marchó de mi lado con aire satisfecho. Yo
me acerqué a la ventana. Una nieve fna caía a ráfagas, y ocultaba el paisaje bajo un velo blanco.
La punta norte de la península de Mallaig había desaparecido enteramente de mi vista. Me

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 69


recorrió un escalofrío. Me acerqué al hogar y me acurruqué frente a él. Al mirar las llamas azules,
volví a ver los ojos de mi marido llenos de ira. «Iain MacNéil —suspiré—, ¿quién eres tú?» Me di la
vuelta sin haber encontrado respuesta a aquella pregunta. Era evidente que no tendría más
oportunidades de conversar con Tòmas. ¿Por qué había hablado de «seres atormentados y mal
amados», a propósito de Iain y de su cuñada? ¿Por qué había de ser mi marido un «hombre
desengañado» a los veinticuatro años? ¿En qué había afectado la muerte del primogénito MacNéil
a su hermano menor?
Estaba resuelta a hablar a Anna de mi marido en cuanto se presentara una ocasión. ¿Quién
conocía mejor que su nodriza los dramas que habían moldeado a un hombre? Sin duda ella era la
única, con el señor Baltair, que podría responder a mis preguntas. Y alarmar al viejo jefe con mis
preocupaciones estaba excluido. «Anna, ¿querrás tú, uno de estos días, hablarme del pasado de tu
joven amo sin tener la impresión de traicionarlo?», pensé.
Cuando el señor Iain bajó al patio a encontrarse con su primo, toda su cólera se había
desvanecido. Lo perseguía la mirada espantada de su esposa. Veía que entre ambos se estaba
abriendo un profundo abismo, se daba cuenta de que él mismo era quien lo excavaba, pero la
situación estaba fuera de su control. Aspiró profundamente. El perro acudió a tocarle el dorso de
la mano con su hocico húmedo. Iain le hizo una caricia y le ordenó esperarle con una breve orden.
Casi se sintió decepcionado al ver a su primo en el centro del patio, esperándolo en una actitud
rígida, equipado para el combate. Los caballeros de la familia se habían acercado para asistir al
ejercicio, reunidos junto al muro del cuerpo de guardia. No había habido ninguna sesión de
entrenamiento desde la llegada de Gunelle al castillo. Durante todo ese tiempo, los hombres se
habían dedicado a la caza, y debían de añorar los combates. Pero Iain MacNéil ya no tenía ganas
de pelear. Se le había ocurrido la idea al ver en las murallas a su primo con su esposa, desde la
ventana de Beathag. Ahora encontraba su reacción indigna de un caballero, pero el desafo estaba
ya lanzado y no se podía echar atrás.
Avanzó con paso decidido hacia su primo y se sorprendió al ver que desenvainaba de inmediato
su claymore. Con un gesto automático, él también la desenvainó. Las hojas sostenidas con las
manos desnudas por los dos hombres empezaron a oscilar con suavidad en el ámbito que las
contenía. Un escalofrío de excitación recorrió a Iain. «Mi primo es un adversario interesante —se
dijo—. Aprende deprisa y no tiene miedo.»
Los pies resbalaban sobre el suelo endurecido. Los combatientes se desplazaban en silencio,
siguiendo un círculo imaginario, al acecho del movimiento en falso que crearía la primera brecha.
De sus bocas abiertas ascendían nubecillas de vapor al ritmo de la respiración acompasada.
Cuando resonaron los primeros golpes de espada contra espada en el aire frío, se hizo un
completo silencio en el patio. Iain comprendió muy pronto que iba a ser su primo el atacante.
Había intención en cada uno de sus golpes. Iain apenas había tenido tiempo de parar el primero,
cuando ya amagaba el golpe siguiente. «Bien—se dijo—. Quiere batirse. ¡Adelante!»
Una nieve seca, empujada por el torbellino de viento que se formaba en el patio, había
empezado a caer y a cubrir el suelo. Pronto, todo iba a estar sucio y resbaladizo. Iain había pasado
al ataque. Se sabía más fuerte y más hábil, y a él le correspondía llevar la iniciativa. Aceleró el
ritmo e imprimió más fuerza a sus movimientos. Tòmas ensayó desplazamientos laterales rápidos,
para evitar los golpes de su primo, que iban a perderse en el vacío. Los dos hombres empezaron a
resbalar en lo que se había convertido, bajo sus pies, en un barro compacto. El combate había

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 70


tomado un cariz peligroso, y Iain estaba a punto de ponerle fn cuando oyó a Tòmas murmurar
entre dientes:
—¡Continúa, puerco! —Lo dijo con los ojos clavados en los suyos.
Iain se estremeció al oír el insulto. Era contrario a las reglas injuriar al adversario en un combate
de entrenamiento. ¿Qué le pasaba a Tòmas?
—¿Qué has dicho? —preguntó Iain, al tiempo que daba un golpe recto.
—Ya lo has oído —respondió Tòmas mientras lo esquivaba.
—¿Se puede saber por qué soy un puerco?
—Porque la deshonras todas las noches con la mujer de tu hermano.
Iain lo vio todo rojo. Sin necesidad de ordenar el movimiento, su brazo lanzó un golpe que
alcanzó en el hombro a Tòmas y hendió la malla ligera de la cota con un ruido metálico. De
inmediato, un chorro de sangre fresca manchó la nieve recién caída. Bajo el impacto, Tòmas soltó
su arma y retrocedió de un salto. Iain bajó su claymore y retrocedió también varios pasos. Dijo a
Tòmas en un tono amenazador:
—Eso, querido primo, no te importa. Te aconsejo que no te mezcles en mis asuntos, y que me
dejes llevarlos a mi manera. Vuelve a coger tu claymore, el combate no ha terminado.
En el fondo del patio, los caballeros se sobresaltaron al oír esas palabras. El señor Tòmas había
sido tocado, y el señor Iain habría tenido que interrumpir inmediatamente el combate, pero en
cambio provocaba a su adversario herido. Era inaudito. Para su gran sorpresa, vieron de pronto a
la dama Gunelle precipitarse en el patio con una mirada espantada. Uno de ellos se le acercó y le
cerró el paso, mientras le explicaba que se trataba de un ejercicio y que más valía no aproximarse;
pero ella se desasió gritando con una voz aguda:
—¿Estáis todos ciegos? ¿No veis que mi marido quiere matarlo?
Entonces los caballeros vieron con estupor a la joven castellana, con sus manos extendidas,
saltar hacia su marido, que había reanudado el combate sin darse cuenta de la presencia de su
esposa detrás de él. Levantó el arma por encima de su cabeza, y al echarla atrás hizo un corte en la
mano de la mujer. El tiempo se detuvo de pronto. Los segundos siguientes fueron una pesadilla
para los dos primos, petrifcados de horror.
Nellie apareció de no se sabía dónde, con paños en la mano, gritando. Se precipitó sobre su
ama para socorrerla. En algún lugar, escondida en un rincón del patio, la pequeña Ceit empezó a
chillar. Unos caballeros se apoderaron de las armas y otros arrastraron al señor Tòmas hasta el
cuerpo de guardia. La dama Gunelle se había dejado caer al suelo y miraba, con ojos llenos de
lágrimas, la túnica manchada de sangre del señor Tòmas, mientras se lo llevaban.
El señor Iain cerró los ojos con un gesto de dolor. Cuando volvió a abrirlos, se acercó a su
esposa, a la que Nellie había ayudado a incorporarse sosteniéndola por el lado de su mano
ensangrentada. Le dirigió una mirada glacial, y le dijo con voz contenida:
—¡No volváis a hacer eso nunca más!

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 71


Capítulo 6

La defunción
Vi moverse los labios de mi marido cuando se colocó delante de mí, pero no oí palabra alguna.
En mis sienes sonaba un ruido ensordecedor, como de tambores. El paño con el que Nellie me
había envuelto la mano estaba completamente empapado de sangre. Fue la última imagen que se
imprimió en mi retina, antes de que me dejara caer en la nada.
Cuando recuperé la conciencia, estaba tendida, en camisa, en mi cama. Nellie me humedecía la
cara con agua fresca y murmuraba palabras cariñosas. Intenté mover los dedos de la mano
derecha, pero no los sent. Inquieta, incliné la cabeza y vi mi mano, envuelta en una venda limpia
de la que sólo emergía mi pulgar.
—¿Voy a perder la mano? —pregunté con voz débil—. No la siento.
—Pues claro que no, hermosa mía —respondió de inmediato Nellie—. Vuestro marido ha
examinado la herida y dice que la hoja no ha penetrado tan hondo en la carne como para
seccionar los nervios. ¡Hemos pasado tanto miedo por vos! ¡Ah! ¡Todavía estoy toda sofocada! No
hay que interponerse en esa clase de ejercicios. Vuestro marido tiene toda la razón. ¿Qué es lo
que os ha dado, querida?
Cerré los ojos. Así pues, mi marido había examinado mi mano y decía que la herida era
superfcial. Me sent extrañamente aliviada al oírlo. Debía de ser un experto en materia de heridas
de arma blanca, y tuve confanza en su diagnóstico.
—¿Y el señor Tòmas, Nellie? ¿Se pondrá bien? —murmuré.
—No he sabido nada más de él. Vuestro marido está a su lado en este momento. Esperemos
que su herida no sea demasiado grave. ¡Cuánta sangre, de todos modos!
—Mi buena Nellie —le dije, después de un largo silencio—, ¿quieres dejarme sola? Creo que
voy a intentar dormir.
—Claro que sí, mi pajarillo. Os enviaré a Màiri dentro de una hora. Descansad mucho. Estáis
muy débil después de haber perdido toda esa sangre.
Se apartó de mi cabecera y cerró con cuidado la puerta de la habitación. Me quedé sola, sin
más ruido que el crepitar del fuego en el hogar. Cerré con fuerza mis párpados cuajados de
lágrimas. «Dios todopoderoso —imploré—, ¡ven en mi ayuda! Ya no sé qué pensar.» Una pregunta
rondaba mi mente atormentada: ¿había tenido intención Iain de matar a Tòmas, como me había
advertido mi instinto, o se trataba tan sólo de un ejercicio de combate, como todo el mundo se
empeñaba en decir? Si la primera hipótesis era la buena, la conclusión obligada era que me había
casado con un monstruo. Me puse a llorar en silencio. No tenía fuerzas ni siquiera para secarme
las lágrimas. Así acabé por sumergirme en un sueño pesado que duró varias horas.
Cuando abrí los ojos, vi sombras doradas que se movían detrás de los cortinajes de mi cama,
iluminadas por la luz roja del fuego encendido. Así pues, ya era de noche. Màiri se había sentado
delante de la rueca e hilaba en silencio. Su delicado perfl destacaba en la penumbra de la
habitación, iluminada por el fuego del hogar. No había velas encendidas. Moví ligeramente la
mano derecha y sent como si la atravesaran miles de agujas. La sensación había vuelto, y con ella
el dolor. Debí de gemir, porque mi sirvienta volvió la cabeza en mi dirección y dejó enseguida de
hilar.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 72


—¿Cómo os sents, mi señora? —preguntó, con aire desconsolado—. Habéis dormido toda la
tarde. Nellie me ha dicho que no os despertara, y la pequeña Ceit se ha pasado todo el tiempo
pidiendo veros.
—Gracias, Màiri. Estoy mejor. No voy a levantarme aún, la mano me duele demasiado. Pero ve
a buscar a Ceit y tráeme de beber, por favor.
—Enseguida, mi señora. ¡Qué contento se va a poner el señor Iain al saber que estáis despierta!
«El señor Iain contento...», pensé con amargura mientras veía a mi sirvienta correr fuera de la
habitación. Poco me importaba que mi marido se preocupara por mi suerte. ¿Se preocupaba acaso
por su primo? Suspiré y me incorporé sobre mis almohadas. Enseguida recibí la visita de la
pequeña Ceit, que se apretó contra mí, con el rostro todo sucio por las lágrimas secas. No hacía
más que murmurar reproches dirigidos a mi marido, al que califcó de «mal caballero» y de
«matador de dragones». Sonreí al imaginar a Tòmas transformado en dragón, él que era dulce
como un cordero.
Anna me trajo una tisana de hierbas contra el dolor, que me sirvió caliente, con miel. Su mirada
llena de afecto por mí estaba cargada de preguntas mudas. Le habría gustado saber lo que me
había impulsado a volar en socorro del señor Tòmas y arriesgarme de aquella manera. Me dio
noticias de este último cuando se las pedí, así como noticias del señor Baltair. Los dos mejoraban.
Sent un gran alivio al oírlo.
Convinimos en que yo no bajaría para la cena, y me la servirían en mi habitación. Ceit pidió
quedarse a mi lado. Durante la velada, el ejecutante de clársach vino a distraerme durante una
hora, por iniciativa de mi marido. Interpretó una serie de melodías muy suaves y melancólicas,
tpicas del norte de Escocia.
Descubrí la belleza de aquellas melodías llenas de ternura y se me ocurrió la idea, al
escucharlas, de que tal vez había sido Iain quien las había sugerido al músico. Ese pensamiento me
provocó una extraña incomodidad.
Iain MacNéil había perdido todo el dominio sobre sí mismo delante de sus caballeros, en un
combate de entrenamiento. Algo semejante no le había ocurrido nunca, y le costó un gran
esfuerzo recuperar la calma.
Cuando entró en la sala del cuerpo de guardia, todas las miradas confrmaron sus aprensiones:
no había incrementado la estima de sus hombres.
Su primo estaba tendido sobre un catre junto a una ventana, desnudo, rodeado de caballeros.
Se acercó despacio. Los hombres retrocedieron para abrirle paso. Cuando estuvo solo con su
primo, intentó hacerle alzar la mirada.
—Enséñame la herida —dijo con voz grave.
Tòmas no lo miró, pero levantó el vendaje que le cubría el hombro, reprimiendo una mueca de
dolor. Iain se inclinó y examinó los destrozos hechos por su arma. El corte era profundo. Un nervio
podía haber sido seccionado. Cosa extraña, salía poca sangre.
—¿Puedes mover el antebrazo y los dedos de la mano? —preguntó Iain, en el mismo tono
serio.
Tòmas lo hizo en silencio, sin una sola mirada para su primo. Dobló a medias el brazo y apretó
los dedos para cerrar la mano. La sangre volvió a brotar de la herida. Iain colocó la mano sobre el
puño de su primo, y luego la retiró. Tomó asiento en un taburete y, con los codos apoyados en las

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 73


rodillas y la cabeza entre las manos, fjó la vista en el suelo, en silencio. Sus cabellos estaban aún
húmedos y pegoteados por el sudor. Después de un largo rato, alzó la mirada y, afrontando el
rostro aún ceñudo de su primo, empezó a hablar con voz tensa:
—Tòmas, he cometido un error en este combate. Un error grave. El mismo que tú. Me he
dejado llevar por mis emociones. Ha ocurrido lo que no habría debido pasar, y podría haber sido
fatal para ti o para ella. Toda la responsabilidad es mía. —Después de un instante de vacilación,
continuó—: A partir de hoy, no puedo seguir siendo tu maestro de armas, pero eso no quiere decir
que tengas que abandonar Mallaig. Puedes elegir a cualquier caballero de la casa para seguir tu
entrenamiento. Quiero que seas armado aquí por la primavera, como fue acordado con mi padre.
Como Tòmas guardaba un silencio obstinado, Iain se levantó para marcharse. Entonces oyó a su
espalda la voz de su primo, que decía:
—Me voy. Mañana mismo, si me es posible. No puedo quedarme más tiempo en Mallaig.
—¡Así que la amas! —exclamó Iain con voz sorda, antes de salir precipitadamente de la sala.
El viejo Baltair MacNéil respiraba con difcultad. Al comienzo de la velada, incluso había pedido
a Anna que lo ayudara a levantarse de la cama y prepararse para recibir a su hijo sentado en el
sillón. Los sucesos de la mañana en el castillo habían desembocado en un drama, y él no podía
desinteresarse. No recibir al sherif Darnley, no leer el correo o revisar los libros de cuentas eran
cosas que ocurrían todos los días. Pero, si su hijo llegaba a las manos con su sobrino y la joven
castellana resultaba herida, la situación se converta en intolerable y exigía su intervención
personal.
Cuando Iain se presentó ante él, comprendió al primer vistazo que su hijo rebelde sufría.
Sentado frente a su padre, con la mirada extraviada y la mandíbula contraída, Iain permaneció
callado.
«Todavía rechaza su pena —pensó de inmediato el señor Baltair—. Cuando sufre, se encierra
en sí mismo y amordaza su corazón. No me dirá nada. Pero yo sí puedo hablarle.»
Lo observó largo rato antes de tomar la palabra. Cuando por fn se decidió, suavizó el tono de
su voz y su respiración se hizo más ligera.
—Hijo mío, ¿qué piensas hacer ahora con tu primo? ¿No sería oportuno alejarlo por algún
tiempo del castillo? Digamos, el tiempo necesario para que tus relaciones con tu esposa sean
menos... distantes. —Después de una corta pausa, continuó—: Pienso que lo que ha ocurrido
entre Gunelle y Tòmas tenía que pasar. Has dejado a tu primo todo el sitio al lado de ella desde el
principio, en un momento en que ella necesitaba a alguien que le facilitara las cosas en Mallaig.
Podías y tenías que haber sido tú. Elegiste huir de esa responsabilidad.
»Sé que tienes tus razones, aunque no las comprendo. Escúchame bien, hijo mío: desde hace
un mes, sé que me voy, y tú has asumido el mando del clan. Sé también que ya no tengo ningún
poder sobre ti. De modo que he de contentarme con verte actuar, cuando lo que me gustaría es
poder ayudarte...
—¿Por qué habrías de ayudarme, padre? —le interrumpió Iain con voz sorda.
—Porque yo también estuve a punto de perderme, en otra época. Y querría evitarte ese trago.
En mi juventud llevé una vida de desórdenes. Saqueé, robé, violé, tanto como me lo permitió mi
locura, y desafé la autoridad paterna por pura bravuconería. Pero tuve la suerte inmensa de

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 74


encontrar a una mujer. Una mujer me amó, y ese amor me salvó. Esa mujer excepcional se
llamaba Lite MacGugan, tu madre.
—E imagino sin esfuerzo que ves de nuevo a mi madre en Gunelle —replicó el hijo.
—Importa poco lo que reproches a Gunelle Keith. Yo sé sólo una cosa: esa joven es tu esposa,
aunque no la hayas elegido tú. La conozco bien ahora, seguramente mejor que tú, y también te
conozco a ti. Y ella está hecha para ti, hijo mío. Merece su amor y ella te mostrará al verdadero
Iain MacNéil.
—¡Padre, te has hecho tan romántico como un trovador y hablas como si estuvieses en una
corte de amor! No poseo nada que pueda ganar el amor tan puro de una Gunelle Keith, aunque lo
deseara.
—Si tu claymore es todo lo que posees para conquistarla, tienes razón —admitió el padre—. A
ella nada le importa tu corazón. Déjalo bien encerrado, como está en este momento. No se lo
enseñes. ¡Será lo mejor!
La refexión del señor Baltair tuvo sobre su hijo el efecto de una sonora bofetada. Iain se
levantó de un salto y recorrió a largas zancadas la distancia que lo separaba de la puerta. Antes de
abrirla, se volvió de nuevo hacia su padre y le dijo, en un tono que intentó ser despreocupado:
—A propósito, padre, me has hecho una pregunta, ¿qué hacer con Tòmas? Seguiré tu consejo y
lo enviaré a encabezar la escolta del sherif Darnley. Nuestro eminente condestable se va de viaje
a las islas por un mes, para revisar los libros de los MacDonald y compañía. Tu sobrino tendrá mil
ocasiones de empuñar su claymore, y eso le será de lo más benefcioso.
El hombro del señor Tòmas se curaba bien, gracias a las vendas apretadas y a los ungüentos de
Anna. Lo más difcil de sanar era la herida de su corazón. ¿Cómo cortar los puentes
defnitivamente con aquel Mallaig que adoraba? ¿Cómo dejar a su to enfermo? ¿Cómo rechazar la
mano tendida de su primo, al que todavía tenía en gran estima como maestro de armas? La familia
MacNéil era ahora su única familia pero, como tenía su centro en Gunelle, era necesario alejarse
de ella, y lo sabía muy bien. De modo que aceptó la propuesta de Iain de acompañar al sherif
Darnley a las islas.
Durante los dos días que siguieron al incidente, sin dejar el cuerpo de guardia se ejercitó en
utilizar su brazo. Llegó a resultados satisfactorios a fuerza de paciencia y tenacidad. La mañana de
la partida, salió al patio y esperó el fnal del ofcio matinal para saludar a las gentes de la casa. Su
intención era bajar al puerto lo más pronto posible.
Un sol radiante ascendía ya en el cielo puro, y el viento del mar se había calmado. Tòmas iba
con la cabeza descubierta y sus cabellos rubios, que llevaba muy largos, recogidos en la nuca; y
vesta una túnica roja forrada con una piel ligera. Tenía prisa por subir a bordo del navío de su to y
zarpar. La vista del castillo desde el mar siempre le había maravillado. El señor Tòmas tenía una
necesidad imperiosa de escapar. Su despedida de los miembros de la familia traicionó esa
impaciencia.
La dama Gunelle se estremeció al oír hablar de su marcha. Había bajado de su habitación por
primera vez en tres días y se enteró de la noticia al pasar por la capilla. No pudo decir nada en el
momento de la despedida, que el señor Tòmas parecía querer precipitar, y sintió una gran pena
por ello. También volvía a ver a su marido por primera vez después del episodio, porque él no le

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 75


había hecho ninguna visita en su habitación y se contentaba con las noticias que le transmitan sus
gentes.
Otra sorpresa: aquella mañana Iain asistió al ofcio. Su barba estaba cuidadosamente recortada,
y llevaba una túnica larga, bajo el cinturón de la claymore. La dama Gunelle dedujo que no
pensaba salir a acompañar al séquito del sherif hasta el puerto. Lo estuvo observando mientras se
despedía de su primo, y se asombró al no ver la menor emoción en su rostro. Cuando él le
preguntó en tono amable por su mano, disimuló la venda en las mangas que llevaba juntas en el
regazo, y le respondió con sequedad, al tiempo que evitaba su mirada.
El señor Iain había elegido ese día para su primera lección de scot, e informó de ello a su
esposa, que le respondió con escaso entusiasmo. Quedaron en reunirse en la biblioteca después
del desayuno, que se sirvió en la gran sala. De mal humor, el señor Iain se fue al despacho para
una última charla con el representante del rey.
Llevaba una hora esperándolo, y me impacienté. Mi corazón se rebelaba contra aquella
injusticia fagrante para con Tòmas. Era evidente que mi marido se las había arreglado para
alejarlo del castillo, porque no toleraba que un miembro de su familia me manifestara un afecto
que él mismo era incapaz de sentir.
Cuando por fn entró, yo hice un gesto de fastidio. No tenía ningunas ganas de trabajar con él, y
debió de comprenderlo, porque se excusó por la espera que me había impuesto. Luego me
preguntó cortésmente:
—¿Por dónde deseáis empezar, mi señora?
—Por vuestra claymore, mi señor. Me gustaría que no la llevarais durante las lecciones. Es inútil
que os presentéis armado delante de mí, no tengo intención de atacaros. Por otra parte, ¿quién lo
haría en el interior de vuestra fortaleza? Sois el único que no se despoja de sus armas al entrar en
el castillo.
—Mi señora, esta claymore me fue regalada por mi padre a la edad de dieciséis años, y desde
entonces la llevo conmigo a todas partes. No me la quito más que para dormir o para bañarme. No
temo que nadie de aquí me ataque, y vos menos que nadie. En las Highlands, ningún castillo es del
todo inaccesible, si un enemigo quiere atacarlo. En el caso de que un enemigo así venga en busca
de mi padre, me encontrará armado. Si un bandido intenta hacer daño a alguno de los que se
benefcian de mi protección entre estos muros, pasará antes por encima de mí. Si un hombre
busca a mi mujer, me encontrará.
—¡En efecto, mi señor! Nos habéis ofrecido a todos una demostración elocuente de vuestra
protección... Guardaré un recuerdo imborrable de ella —le respondí fuera de mí, alzando mi mano
vendada delante de sus ojos.
Su mirada se oscureció. Volvió la cabeza y dio algunos pasos hacia la ventana, ante la cual se
detuvo. Yo no veía sino su espalda recta, sus espesos cabellos negros, a los que el sol, que caía
sobre su cabeza inclinada, arrancaba refejos rojizos.
Cuando tomó de nuevo la palabra, no se volvió de inmediato. Su voz revelaba una gran tensión:
—He venido a vos esta mañana para una lección de scot. Me doy cuenta de que estáis
interesada en un tema distinto. Estoy dispuesto a hablar de ello, mi señora. —Dio media vuelta y
añadió, al tiempo que su mirada buscaba la mía—: Lamento infnitamente haberos herido en la
mano. También estoy desolado por haber tocado a mi primo, pero son los riesgos del combate. Lo

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 76


que me desconcierta es la prontitud con la que os interpusisteis para defenderlo. Habría podido
causaros una herida más grave. Incluso habríais podido perder la vida.
Fui yo entonces quien apartó la mirada. Me sent confusa. Él estaba en su derecho, al querer
comprender mi gesto irrefexivo y muy peligroso. Me sent obligada a darle una explicación y
mostrar la misma apertura a la discusión que él. Pero ¿qué decirle? ¿Que no había bajado de mi
habitación con la intención de asistir al combate, pero no había podido evitar mirar hacia el patio,
como los demás ocupantes del castillo en aquel momento? ¿Que la vista de la sangre de Tòmas
me había enloquecido hasta el punto de quitarme toda capacidad de refexión? ¿Que estaba
convencida de que los dos primos se batan de verdad en duelo?
—Mi señor —le dije, marcando cada sílaba—, nunca había tenido ocasión de ver combates con
claymore. Por un instante, al veros, creí de verdad que no se trataba de un ejercicio. Sent algo
difcil de explicar. Estaba convencida de que ibais a vencer, y temí las consecuencias para vuestro
primo.
El silencio que siguió a esa confesión me resultó muy penoso. Después de un rato, se dirigió a
mí. Vino a colocarse muy cerca, a fn de forzar mi mirada. Yo lo miré a los ojos y me asombró el
dolor que leí en ellos.
—Decidme, mi señora, de haber sido vuestro marido el amenazado, ¿habríais arriesgado la vida
de la misma manera, para protegerlo?
Fui incapaz de sostener su mirada y hube de bajar los ojos. ¿Qué respuesta dar a una pregunta
tan hipotética? Ni siquiera yo misma sabía la reacción que mi corazón habría tenido en esas
circunstancias. Sin duda mi deber habría sido intentar proteger a mi marido. Pero ¿es el deber, por
sí solo, capaz de exigir de una persona un gesto que ponga su vida en peligro? ¿Quería eso decir
que los sentimientos que me inspiraba Tòmas eran más profundos de lo que había imaginado? Mi
marido debió de adivinar mis pensamientos, porque, al no tener una respuesta inmediata por mi
parte, concluyó:
—No respondáis, mi señora. Es inútil. Ya tengo la respuesta. Está escrita en vuestro rostro. —Se
alejó de mí varios pasos y continuó, en tono afigido—: He de confesaros una cosa. Vuestro
instinto no os engañó. Ya no había combate de entrenamiento cuando intervinisteis. Nos batamos
de verdad. No sé por qué razón, mi primo me insultó, y yo perdí el control de mí mismo. Toda la
culpa de lo que sucedió es mía.
Me indigné al escuchar aquello. Así que Iain habría podido matar a Tòmas. ¿Qué clase de
hombre era? Sent crecer en mi interior una cólera violenta y apreté los puños. Mi mano derecha
me dolió de inmediato.
—Y me imagino que, gracias a vuestros buenos ofcios, Tòmas ha sido enviado a las islas,
convaleciente de una herida que le impedirá probablemente defenderse efcazmente en caso de
que lo ataquen esos bárbaros —dije rabiosa, alzando los ojos hacia él.
—¡Cómo exageráis, señora! En las islas no hay más bárbaros que los que hay en Mallaig. Os
recuerdo que mi primo viaja bajo la bandera del rey de Escocia, y, en calidad de tal, su vida corre
menos peligro en las islas que si fuera allá bajo la bandera de los MacNéil.
—Si tuvierais más valor, seríais vos quien escoltara al sherif Darnley, y no vuestro primo.
Esa última observación mía era imprudente, pero se me escapó. Él me agarró con fuerza de los
hombros y me apretó hasta hacerme daño. Su mirada penetrante hurgaba en mi alma.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 77


—Ya veo —replicó con voz irritada—. Ahora vais a decirme con toda claridad a cuál de los dos
habríais tomado por marido de haber podido elegir. ¿A mí o a él?
El mismo terror ante su violencia que había sentido en lo alto de las murallas se apoderó de mí,
con la diferencia de que aquí no podía escapar. Gemí de dolor. Me estaba magullando literalmente
los hombros con la sola fuerza de sus manos. Horrorizada, le oí declarar que me soltaría cuando le
diera una respuesta. Cerré los ojos para contener las lágrimas que se agolpaban en mis párpados,
y le respondí en un suspiro:
—A él...
Me soltó con tal brusquedad que estuve a punto de perder el equilibrio, y salió, dejando la
puerta abierta. Me dejé caer sobre un taburete, rota, desamparada. ¿Es que todas nuestras
discusiones habían de acabar así? ¿No podría conseguir con aquel hombre otra cosa que provocar
su cólera? Una vez más, me abandoné a mi pena. Y fue de nuevo mi pequeña Ceit la que vino a
sacarme de mi marasmo.
La sala de armas cubría toda la longitud del ala este, contigua a la capilla. Los muros eran más
claros, porque allí se encendía la chimenea con menos frecuencia que en otras salas. Contaba con
tres ventanas rematadas en ojiva, que le daban un aire elegante. Iain MacNéil siempre se había
sentido a gusto allí. La proximidad de las armas, el ruido de las herramientas utilizadas por los
obreros para su mantenimiento, los blasones colgados y la historia que evocaban: todo contribuía
a hacer de aquella estancia un refugio.
Las mujeres no iban allí jamás, y también por esa razón estaba garantizada la calidad del
aislamiento. En efecto, todos los confictos de Iain MacNéil tenían un origen femenino. Sabía que
podía contar con el silencio de los varones, cuando entraba en la sala de armas. Allí descargaba el
fardo de sus preocupaciones y se recogía en sí mismo mejor que en la capilla.
Cuando irrumpió en la sala la mañana de la marcha del sherif, no había en ella más que tres
caballeros, ocupados en apreciar la calidad de varios aceros, a los que recientemente se había
dado un nuevo temple. Ellos fueron testigos involuntarios de uno de los raros accesos de rabia del
hijo MacNéil. Sin advertir siquiera su presencia, Iain se lanzó, claymore en mano, sobre un tocón
de madera utilizado para partir la leña del hogar y le asestó varios golpes con tal violencia que
saltaron las astillas. Cuando se le pasó la furia, exhausto por el esfuerzo cayó de rodillas. El arma se
deslizó de entre sus manos abiertas y cayó al suelo con un ruido seco. Los hombres, en el otro
extremo de la sala, se quedaron inmóviles, confusos. Oyeron entonces con estupefacción que el
joven maldecía el castillo que lo había visto nacer:
—¿Qué he hecho a este maldito castillo para no ser amado nunca en él? Después de Alasdair,
Tòmas, y después de Tòmas, vendrá algún otro a ocupar mi lugar...
Los caballeros, cohibidos sin duda por aquel espectáculo, salieron y lo dejaron solo. Iain
permaneció encerrado en la sala de armas el resto del día, sin comer, y nadie se atrevió a
molestarlo. Por la noche, cuando el castillo ya dormía, Iain oyó los quejidos de Bran a través de la
puerta y se levantó para abrirle. El animal, que desde hacía horas se había dado cuenta de su
angustia, se precipitó hacia su amo. Iain tomó en sus brazos al perro y hundió el rostro en su
pelaje cálido.
Al día siguiente, el joven señor asistió al ofcio, medio oculto en el fondo de la capilla. La dama
Gunelle no lo vio más que al salir, y no pudo reprimir un gesto de sorpresa. Él se colocó a su lado y

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 78


le pidió, en un tono casual, retomar la lección de scot. Ella también fngió despreocupación y le dio
la misma cita de la víspera.
En esta ocasión, no tuvo que esperar. Cuando entró en la habitación de Alasdair, su marido ya
se había instalado frente a una mesa, y hojeaba un libro, volviendo con delicadeza sus páginas
como si se tratara de papel de seda. Se puso en pie cuando entró ella. Lo primero que ella vio fue
el cinturón, del que no pendía ningún arma. Bajó la cabeza, confusa, y hubo de concentrarse para
adoptar un tono natural al dirigirse a él. Iain no desarrugó el ceño en toda la mañana. Lo mismo
ocurrió durante toda aquella primera semana de curso, en la que él se presentó puntual en la
biblioteca cada mañana. La dama Gunelle manifestó la misma frialdad hacia su alumno. Sin
embargo, se sintió aliviada al ver que él aprendía con rapidez, cosa que iba a facilitarle
considerablemente la tarea.
Iain MacNéil tenía una memoria prodigiosa, una capacidad de concentración superior a la
media y una determinación a toda prueba. La atmósfera de seriedad que se instaló desde el
principio entre la maestra y el alumno favoreció el aprendizaje. Así, al cabo de un mes los esposos
comprobaron que los resultados eran muy satisfactorios: Iain se asombró a sí mismo al descubrir
el gusto por el estudio, y Gunelle se sintió feliz y alabó su talento como alumno.
La joven castellana se consagró en cuerpo y alma a aquella actividad, hasta el punto de olvidar
al hombre que había detrás del alumno. Había optado por la enseñanza simultánea de la lengua
scot, la escritura y la lectura, cosa que se adaptaba bien al temperamento de Iain, cuya serenidad
crecía ante las difcultades. Ella le dejaba elegir, en la biblioteca, los libros a partir de los cuales
darle las lecciones. Pudo así estudiar volúmenes sobre la fabricación de la cerveza, sobre la del
uisge-beatha, sobre la caza con halcón, sobre la navegación en el mar del Norte y sobre los
principios de arquitectura para la construcción de murallas defensivas.
Así transcurrieron para los esposos, en presencia exclusiva el uno de la otra, las horas más
largas que les había sido dado pasar juntos desde que se conocían. Tenían perfecta conciencia de
que había varios temas que podían conducirles a terrenos resbaladizos, y tuvieron la prudencia de
no abordarlos.
La dama Gunelle recuperó el uso de su mano derecha al poco tiempo. Los vendajes habían
hecho bien su trabajo, y la piel pedía exposición al aire libre. Una larga cicatriz cruzaba un lado de
la mano, desde el dedo meñique hasta la muñeca, donde la hoja había seccionado las primeras
venas. La joven castellana ocultaba con frecuencia la mano en su manga, sobre todo delante de su
marido. Nunca volvieron a hablar del asunto entre ellos.
Por las tardes, tanto el uno como la otra estaban libres. Iain salía de caza o arbitraba los pleitos
sobre tierras con sus caballeros, y Gunelle reparta su tiempo entre el señor Baltair, la pequeña
Ceit y la administración de los asuntos del castillo. La llevanza de los libros no le era aún familiar, y
hubo de hacer loables esfuerzos para dominar el conjunto de conocimientos necesarios para
aquella tarea.
Tal como había prometido, aceptó recibir de su marido algunas clases de equitación, que le
exigieron también un gran gasto de energías. En cuanto a Iain, dio prueba de una gran paciencia y
se felicitó por haber conseguido que su esposa superara su miedo a los caballos y pudiera así
utilizar el único medio de transporte posible en las Highlands.
Después de algunas semanas de ese régimen, las relaciones entre los habitantes del castillo
cambiaron. Cada uno tenía su campo de actuación propio y se aplicaba a sus tareas. Las veladas se

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 79


hicieron particularmente agradables cuando la castellana pidió al músico de clársach que tocara
durante la cena y ella acompañaba después las canciones. Nellie, que tenía una voz muy bella, se
unía a su ama y las dos deleitaban a su auditorio cantando las baladas y las endechas de las
Lowlands. Aprendieron del músico algunos cantos del Norte y, muy pronto, Anna, Màiri y Finella,
la doncella de la dama Beathag, formaron con las dos damas de Aberdeen un armonioso coro de
voces femeninas. Los hombres de la casa, acostumbrados a pasar las veladas en el cuerpo de
guardia, se acercaron más y más a menudo a la gran sala para escuchar cantar a las damas al
anochecer.
Los esposos mantenían una recíproca actitud distante, una mezcla de reserva y respeto.
Algunas alusiones que la dama Beathag hizo a Iain durante una de las cenas revelaron a Gunelle
que su marido rehuía la compañía de su cuñada. ¿Había desertado de su lecho? Ella no habría
podido decirlo, y no quería saberlo. Cada vez que pensaba en la conducta reprensible de su
marido, la invadía un profundo malestar. No podía evitar buscar razones para su negativa a
cumplir con ella sus deberes de esposo. Había oído hablar de mujeres jóvenes de la nobleza
abandonadas por maridos cuyas preferencias iban hacia otros hombres, pero ése no era
evidentemente el caso del suyo, que tenía la reputación de ser un «semental siempre dispuesto a
saltar». Entonces, ¿qué había en ella tan desagradable, para que un hombre dotado no pudiera
soportar el acto conyugal? La pregunta la torturaba más de lo que hubiera querido, y le atizaba el
resentimiento hacia su marido. De modo que resolvió ignorarlo lo más posible.
Nellie, Anna y Màiri sabían muy bien en qué punto estaban las relaciones entre los jóvenes
esposos, pero guardaban un silencio respetuoso al respecto. Las razones por las que el señor
MacNéil desdeñaba las sábanas de su esposa les eran desconocidas, y por tanto incomprensibles.
Podían en cambio imaginar muy bien que esa situación hiciera sufrir a su ama.
En cuanto a Iain MacNéil... cuanto más tiempo pasaba, más difcil le resultaba imaginar una
relación íntima con su esposa. La antipata que le había inspirado desde su encuentro se había
transformado, con plena conciencia, en aversión, y luego, más recientemente, en frialdad. Ambos
habían llegado a ocultarse detrás de una pantalla de cortés indiferencia. El joven nunca había
poseído a una mujer por la fuerza, ni siquiera a una mujer que no sintiera cierta atracción hacia él.
A lo largo de sus experiencias, había adquirido el raro talento de despertar y satisfacer el deseo de
sus conquistas. Pero, con su esposa, las cosas se presentaban de la peor manera. La había
predispuesto en contra de él hasta tal punto, que estaba seguro de que ella sólo senta disgusto
cuando él se le acercaba.
El sherif Darnley volvió a Mallaig en los últimos días de febrero. Estaba de humor irritable,
porque su misión en las islas no había dado los resultados esperados. Tòmas no había tenido que
librar ningún combate. Nadie buscaba pelea con los miembros de la escolta del representante del
rey de Escocia, por más que se tratara de los MacNéil. La política real aplicada respecto a quienes
habían traicionado a la Corona empezaba a tener infuencia sobre los clanes insumisos.
El alejamiento de Mallaig había madurado mucho a Tòmas. Tuvo además una aventura con la
hija del secretario del castillo de Duart, en la isla Mull, y aquel idilio le permitió poner distancia en
relación con Gunelle y replantearse la admiración incondicional que senta por ella. Adoptó una
actitud reservada en sus relaciones con la dama, aun conservando íntegra su amistad. La tensión
entre los primos disminuyó considerablemente. A los dos hombres sólo les faltaba la ocasión de

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 80


combatir codo con codo para recuperar su complicidad de maestro y alumno. Y esa ocasión se
presentó.
Durante una cabalgada por los Grampianos, los señores Iain y Tòmas, así como siete caballeros
y hombres de armas de la casa MacNéil, rechazaron un ataque de hombres del clan Cameron. Se
batieron nueve contra doce y hubieron de desplegar mucha habilidad para dispersar a los
asaltantes. La incursión en sus tierras no les sorprendió. Los Cameron intentaban, por medio de
esas escaramuzas, recuperar lo que el rey les había confscado. Si conseguían expulsar a los
MacNéil, volverían a ser propietarios de hecho de aquella parte del bosque.
Los combatientes de Mallaig no se habían revestido de sus cotas de malla en esa expedición,
mientras que los Cameron, que sabían muy bien lo que iban a hacer en las montañas, se
equiparon para el caso. Menos entorpecidos por sus vestidos, los MacNéil mostraron mayor
agilidad y ligereza de movimientos, y eso les dio ventaja. Sin embargo, volvieron con un buen
número de cortes de las claymores de sus adversarios.
Iain, siempre el objetivo principal de esos ataques, se había encontrado en varias ocasiones en
lucha contra dos hombres a la vez. Siempre salió airoso, pero aquello le costaba invariablemente
una veste cortada en pedazos cuando no una cuchillada en algún miembro. En esta ocasión recibió
un tajo en la espalda, a la altura de los omóplatos. La hoja le abrió un profundo desgarrón de un
palmo de largo, y tocó dos costillas. El regreso al castillo fue lento, porque perdía mucha sangre y
se mantenía con difcultad sobre la silla. El grupo se vio obligado a hacer varios altos para
prodigarle cuidados. Cuando los hombres cruzaron por fn el puente levadizo, la noche había caído
ya sobre Mallaig.
Iain fue llevado directamente a su habitación, y alguien corrió a buscar al doctor MacDuf.
Anna, acostumbrada a aquellos regresos ensangrentados, no se asustó más de lo necesario a la
cabecera de su amo. Había pasado por peores trances con aquel joven intrépido, y sabía a la
perfección qué era lo que convenía hacer. Obligó a todo el mundo a salir de la habitación y lavó la
herida con mucha agua. Era imperioso detener la hemorragia. Untó con un bálsamo todo el
contorno de la herida para que la carne se cerrase, y luego la vendó con cuidado. Iain reclamaba
sin parar algo de beber. Sus hombres le habían hecho tragar uisge-beatha para evitar que perdiera
el conocimiento durante el viaje de vuelta, y tenía sed.
Cuando se presentó el médico, ya se había hecho todo lo necesario. Él dirigió una mirada aviesa
a Anna, que se retiró con un encogimiento de hombros. La castellana, la dama Beathag y su
doncella habían acompañado al médico a la habitación para ver al herido. Lo encontraron sentado
en una silla, desnudo de cintura para arriba, con el torso envuelto en un vendaje. Ni siquiera
levantó los ojos a su llegada. El médico, sin nada más que hacer, empezó a charlar con la
castellana. Le pidió nuevas de su paciente, el señor Baltair, al que no había visitado desde hacía
días. Luego se informó del estado de ella misma, y le preguntó si había algún niño en camino. Le
asombró verla enrojecer tan violentamente. Una mirada de reojo al marido lo convenció de que la
pregunta era inoportuna.
Queriendo hacerse perdonar la indiscreción, el médico se sintió obligado a explicar que una
mujer joven no siempre era fecunda en el primer año de su matrimonio. Añadió que las oraciones
ayudaban a muchas parejas jóvenes a procrear un heredero. La dama Beathag, a la que intrigaban
mucho las relaciones de su amante con su esposa, se permitió un comentario ácido:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 81


—Mi querido señor MacDuf, si es por oraciones no hay ningún motivo para inquietarse en lo
que se refere a nuestra castellana. Pasa más tiempo en la capilla que en la habitación de su
marido.
Iain, que hasta ese momento no había despegado los labios, gritó que ya era sufciente y
ordenó a todos que salieran, en tono perentorio. Gunelle estaba ahora roja de cólera. ¿Cómo
podía su marido dejar que su amante la acusara de una situación de la que él era enteramente
responsable? La réplica surgió por sí sola y restalló como un trallazo dirigido contra la dama
Beathag y su marido:
—¡La gran ventaja de la capilla sobre la habitación de mi marido es que en el lugar sagrado una
está segura de encontrar a quien ha ido a buscar!
Salió de la habitación con tanta prisa que tropezó con el médico, y a punto estuvo de
derribarlos. El pobre hombre no había comprendido nada de toda aquella conversación, pero se
dio cuenta del conficto que habían desatado sus observaciones entre todos los presentes. Se
excusó y se retiró. Iain echó a gritos a la dama Beathag y a su doncella, lo que hizo que Anna
regresara al galope. Una sola ojeada bastó para revelarle que su joven amo tenía febre. Sola con
él, lo acostó y empezó a velarlo, con un paño empapado en agua fresca en la mano. Iain volvió la
cabeza de su lado. Se compadeció de su vieja nodriza, cuyo rostro estaba marcado por la fatiga de
tantas noches en blanco a la cabecera de su padre. Le pidió que lo dejara solo, asegurándole que
todo iría bien. Por experiencia, Anna sabía que era inútil insistir, y volvió a salir.
Cada respiración costaba esfuerzo a Iain, porque su pulmón se apoyaba en las costillas heridas.
Quiso cambiar de posición y, moviéndose con cautela, se volvió de lado. Entonces vio, por la
puerta entreabierta, la carita de Ceit. La invitó a entrar, cuidando de no dejar pasar al perro.
Después de un largo minuto de refexión, ella aceptó. Cruzó con prudencia la habitación, con los
ojos muy abiertos por la curiosidad. Cuando estuvo delante de él, le preguntó en voz baja:
—¿Te duele la tripa?
—No. La espalda—le contestó él.
—¿Tienes calor en el pelo?
—No, tengo febre y por eso se me moja la frente.
—¿Te aburres solo, sin canciones? —preguntó la niña.
—Sí —dijo él, con una sonrisa tierna.
—Voy a buscar a Gunelle. Ella te cantará una nana.
—Se dice: «la dama Gunelle» —le recordó Iain cuando la niña ya se iba.
Debió de adormecerse un momento, porque no oyó entrar a su esposa. Cuando abrió los ojos,
ella estaba frente a él, observándolo con un aire indescifrable. Quiso incorporarse, pero un dolor
agudo en la espalda le recordó que estaba herido. Gimió y se dejó caer de nuevo, cerrando los
ojos. Las palabras que había pronunciado su esposa en presencia del médico le volvieron a la
memoria, y sintió que lo invadía una oleada de vergüenza.
—No estoy en situación de presentaros excusas... —empezó a decir, despacio.
Fue interrumpido al instante.
—No he venido aquí a escucharos, mi señor. Vengo a cantar para vos, a petición de mi pequeña
Ceit... Si lo deseáis, por supuesto.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 82


—Mi señora, nada puede aliviarme más en este momento que escucharos cantar...
Lo vi cerrar los ojos y convertirse de nuevo en la imagen que contemplaba en el minuto
anterior: un hombre chorreante de sudor, con la tez curtida en torno a la barba, los hombros
musculosos y el pecho tan blanco como el vendaje que lo rodeaba de uno a otro lado. Paseé una
mirada circular por la habitación. La dama Beathag tenía razón: nunca había visto la alcoba de mi
marido. Era una habitación muy austera, como las reservadas para los viajeros de paso. Una sola
ventana la iluminaba, la chimenea era estrecha. La cama, mal orientada, carecía de cortinajes; por
encima, una gran bandera con los colores de los MacNéil ocupaba todo el muro norte. No había
alfombra en el suelo y en un rincón estaban alineadas varias armas, entre ellas su claymore. No la
habían lavado, y estaba salpicada por manchas de sangre seca. Me estremecí.
Ignoraba por completo la realidad de los combates. Todo lo que fueran batallas y guerras me
parecía irreal. Me di cuenta de que si no conseguía captar ese aspecto de la vida de los
highlanders, nunca comprendería a mi marido. El menor objeto de aquella habitación me decía
que su ocupante se defnía en primer lugar como un guerrero.
Tomé asiento en la silla que había ocupado él durante la visita del médico y entoné la primera
canción que me vino a la memoria. Era una nana que había aprendido de mi madre. Una vieja
canción de cuna muy suave. Luego me acordé de otra, y seguí con una balada. Las canciones
venían a mis labios y no tenía más que dejarlas salir, dulces, claras. El canto borró toda huella de
cólera en mi corazón y adormeció al herido, que ardía de febre.
En su sueño, mi marido se había dado la vuelta en la cama. Me puse en pie y le bañé las sienes
y la frente con el paño de Anna. Abrió los ojos durante un instante, y se sumergió de nuevo en sus
sueños. Ya muy avanzada la noche pude volver a mi habitación, segura de que la febre cedía. Me
había invadido una curiosa sensación de intimidad, y tardé en conciliar el sueño.
Al día siguiente, todo se había arreglado como por encantamiento. Los vestidos de los
combatientes, bien recosidos y lavados para hacer desaparecer las manchas de sangre,
disimulaban los cuerpos magullados. Los rostros sonreían de nuevo, las carcajadas resonaban en la
gran sala y ya ni siquiera se hablaba de la escaramuza. Me asombró ver hasta qué punto la batalla
no era sino una anécdota en Mallaig. Me sent también muy impresionada por el vigor de aquellos
hombres que tan pronto habían recuperado las fuerzas, y más en particular por el de mi marido.
Se presentó a mí a la salida de la capilla, en la que yo había asistido al ofcio matinal. Iba vestido
de forma impecable, sus cabellos estaban peinados hacia atrás y anudados con una correa de
cuero. Sus ojos habían conservado el brillo de la febre, pero nada en su porte dejaba adivinar que
tenía una herida en la espalda. Me dio las gracias por mi presencia en su cuarto la noche anterior.
Me dejó algo confusa aquella prueba de agradecimiento, sobre todo porque tales testimonios de
gratitud eran bastante poco habituales en él. Le respondí de una manera un poco tonta:
—Es muy natural, mi señor. No he hecho más que cumplir con mi deber.
Lo vi ponerse rígido al instante, pero no dijo nada. No supe qué añadir para reparar mi torpeza.
Era demasiado tarde. En ese momento, nos llamaron con urgencia a la habitación del señor
Baltair, agitado por una nueva crisis.
Permanecí en el umbral de la puerta, incapaz de entrar en la habitación del jefe. Me senta
impotente y desamparada. Al instante, mi marido se hizo cargo de todo. Despidió a Anna, que
estaba a punto de perder el sentido, y la suplantó junto a su padre. Alguien le preguntó si debían

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 83


de llamar al médico, e hizo un gesto negativo. Se había sentado en la cama y tenía las dos manos
del anciano en las suyas. Se inclinó hacia su padre y le habló en tono suave.
Las sirvientas, Nellie y Anna, se retiraron. Yo entré de puntillas y me pegué al muro. El frío de la
piedra penetraba a través de mis vestidos y me dejaba helada. Mi marido debió de oír el roce de
mi vestido, porque volvió la vista hacia mí. Entonces me pidió que fuera a buscar al reverendo
Henriot, lo que me apresuré a hacer, feliz por ayudar de una u otra manera.
Se habría dicho que el reverendo me estaba esperando. Fue inútil hablarle del señor Baltair.
Había preparado todo lo necesario para administrar los sacramentos, y me siguió con la mayor
serenidad. Mientras caminaba a su lado en un silencio lleno de recogimiento, me sent colmada
por una paz que ya no me abandonó hasta el fnal.
A nuestra llegada, Iain soltó las manos de su padre y cedió su lugar al reverendo, que se instaló
enseguida junto al enfermo. Yo me había retirado al fondo de la estancia, junto al fuego, y me
quedé allí, atenta por si se me necesitaba para alguna cosa. Mi marido vino a mi lado y se sentó en
uno de los sillones, con la espalda erguida y la cabeza apoyada en el respaldo. Cerró los ojos. No
pude adivinar los sentimientos que albergaba. Vi tan sólo que se portaba como un hijo amante, y
esa constatación me quitó un peso de encima.
El reverendo permaneció una hora junto al moribundo, al que confesó y administró los últimos
sacramentos. Las últimas horas de vida del jefe del clan MacNéil fueron apacibles. Mi marido y yo
no cruzamos una sola palabra. El reverendo se había retirado. De pronto, el señor Baltair me llamó
con una voz muy débil. Me precipité a su cabecera. Mantenía los ojos cerrados, pero buscaba mi
mano sobre las sábanas. Con cuidado, entrelacé mis dedos con los suyos. Murmuraba con un hilo
de voz rota por una respiración silbante, y hube de aproximarme más para oírlo.
—Esta vez no me salvarán tus manos —dijo—. Me marcho... Gunelle, eres la castellana que
necesitaba Mallaig. Eres también la mujer que necesita Iain, pero él no lo sabe. No renuncies,
Gunelle, prométemelo...
—Mi señor —le respondí—, yo no renuncio nunca. No está en mi naturaleza. Os prometo estar
a la altura de las castellanas que me han precedido en este lugar. Os lo ruego, tened también
confanza en vuestro hijo. Posee vuestras cualidades de jefe. No tenéis que inquietaros por el
porvenir de Mallaig.
Callé, y un sollozo subió a mi garganta. Bajé los ojos hacia nuestras manos juntas y le dije adiós
en mi corazón: «Que Dios acoja el alma de este hombre digno.» Oí al anciano señor pedir hablar
con su hijo en privado. Me puse en pie de inmediato y dirigí una mirada desesperada a mi marido,
que nos observaba desde el fondo de la habitación. Estuvo junto a nosotros en dos zancadas y yo
deposité la mano inanimada de su padre en la suya, y salí de la habitación.
Un caballero estaba de guardia ante la puerta, y Màiri esperaba a su lado. Debieron de leer la
angustia en mi rostro, porque me tomaron cada uno de un brazo y me llevaron a la gran sala,
entre las gentes del castillo. Alcé la cabeza: «Estar a la altura», me dije. Reprimí mi pena para
ocuparme de los demás, consciente de que aquél era mi último deber para con mi suegro.
La abnegada Anna estaba inconsolable. Me di cuenta enseguida de que necesitaba cuidados, y
encargué al reverendo Henriot y a Nellie que cuidaran de que las personas que habían venido a
asistir a la muerte de su jefe fueran atendidas y no les faltase nada. Me dediqué entonces a
consolar a la vieja nodriza, a la que me llevé conmigo a un rincón tranquilo, al abrigo de las

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 84


miradas. Durante las dos horas que permanecimos juntas, supe más cosas sobre el señor Baltair,
su esposa y sus dos hijos, de las que me había enterado en tres meses. En el secreto de mis dos
brazos cerrados alrededor de ella, Anna vació su corazón de recuerdos, de pesares, de aprensiones
y de dudas. Gracias a ella se levantó una primera punta del velo y yo entreví el drama de aquella
familia. Un drama que contenía la clave para comprender el corazón atormentado de mi marido.
Había habido en Mallaig, años atrás, una castellana que dio a luz a un soberbio heredero
llamado Alasdair. Aquel niño tan esperado colmaba todas las esperanzas de un clan poderoso
establecido en el corazón de las Highlands, y la castellana adoraba a aquel hijo excepcional desde
todos los puntos de vista. Pero cuatro años después vino al mundo un segundo hijo, y el parto fue
tan laborioso que estuvo a punto de costar la vida a la madre. El segundo hijo, llamado Iain, no
tuvo derecho a los cuidados de la madre y fue entregado a una nodriza.
Ésta actuó como si fuera su propia madre durante toda la primera niñez del muchacho, pero él
buscaba con desesperación conquistar el amor materno del que se veía privado. Su hermano
mayor representó muy pronto el principal obstáculo que tenía que superar para alcanzarlo. En el
castillo comenzó entonces una vida de peleas permanentes y de celos entre los dos hermanos, que
sólo se calmó cuando el primogénito marchó durante dos años a instruirse en Edimburgo. El hijo
menor no supo aprovechar la ausencia del mayor para mejorar sus relaciones con su madre, y
hubo de admitir que nunca sería amado por ella.
La vida en el castillo se le hizo insoportable, y buscó por todos los medios quedarse allí lo
menos posible. Iba a guerrear o participaba en torneos en todas las ocasiones que se le
presentaban, y así adquirió fama de guerrero de gran talento al lado de su padre, y de campeón
indiscutible en las justas ecuestres y en el manejo de las armas. Al regreso de su hermano a
Mallaig, Iain lo había superado en esos terrenos.
La ronda de desafos lanzados a los hermanos MacNéil para participar en los torneos de las
Highlands los llevó a combatir juntos durante un año, al término del cual se celebró el famoso
torneo de las islas. Iain tenía diecinueve años, y Alasdair veintitrés. Alasdair encontró la muerte, al
recibir una puñalada. Iain, de quien se sospechó que no lo había socorrido, fue cubierto de
oprobio por el clan.
Mediada la tarde, se anunció en la gran sala el fallecimiento del señor Baltair. El reverendo
Henriot se puso a la cabeza de los reunidos e invitó a sus feles a rezar juntos por el reposo del
alma del difunto. Un caballero vino a buscarme, y con Nellie, que se había ofrecido para preparar
los despojos del señor, subimos al piso. Anna, incapaz de contener el llanto, quedó al cuidado de
las mujeres de Mallaig que habían acudido a rendir homenaje a su anciano señor.
Encontré a mi marido postrado al pie del lecho de su padre, rezando. Miré su cabeza inclinada
sobre sus manos juntas, con los hombros hundidos y la espalda rígida. Era la imagen misma del
hijo arrepentido. Me acerqué y me arrodillé a su lado, en silencio. Mi mirada se dirigió de forma
natural hacia el rostro de mi suegro, en el que se leían la paz y la serenidad. «Así pues —me dije—,
el padre se ha reconciliado con el hijo antes de partir.» Volví los ojos hacia mi marido. Vi entonces
que lloraba, y mi corazón dio un vuelco.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 85


Capítulo 7

La marea
En aquel día primero de marzo de 1424, los funerales del decimoprimer jefe del clan MacNéil
conocieron una afuencia excepcional de eclesiásticos, nobles y jefes de todos los rincones de las
Highlands. Un centenar de personas fueron a rendir un último homenaje al jefe, por la dignidad y
el respeto que aquel hombre excepcional inspiraba a todos.
Desde hacía dos días caía sobre Mallaig un diluvio, y el alojamiento de un número tan grande
de viajeros en el castillo planteó algunos problemas. Felizmente, la dama Gunelle se vio bien
secundada por su personal y pudo cumplir de manera honorable con sus deberes de castellana sin
tener que recurrir a su marido, que, de todas formas, no habría estado en condiciones de
ayudarla.
En efecto, el señor Iain vivía los momentos más difciles de toda su vida. El duelo por su padre
lo afectaba profundamente; los últimos instantes pasados junto a la cabecera del moribundo
habían estado cargados de emociones y se habían revelado cruciales para la paz, tanto del uno
como del otro. Además, Iain estaba sufriendo presiones extremas en relación con su sucesión al
frente del clan, una cuestión en la que no exista unanimidad entre los lairds. La notoriedad del
señor Baltair en las Highlands había reunido entre los mismos muros del castillo a los demás jefes
de clan, varios de ellos enemigos de la familia MacNéil; una situación que generaba en el guerrero
que era Iain una inquietud en los límites de lo soportable. Finalmente, la mirada escrutadora y
enigmática que el sherif Darnley paseaba sobre todo aquello acababa de exasperarlo.
El reverendo Henriot, el señor Tòmas y los caballeros de la familia comprendieron el estado de
ánimo en el que se encontraba el hijo MacNéil y dieron prueba de una gran lealtad hacia él en esa
ocasión. El reverendo Henriot se encargó de recibir los testimonios de simpata en lugar del joven
señor, para que su dolor no se reavivara. Tòmas permaneció junto a los lairds, suscitando en ellos,
o bien agradeciéndoles, las muestras de fdelidad a su primo. Los caballeros de Mallaig
organizaron una estrecha vigilancia, discreta y efcaz, de los invitados hostiles a la familia y
consiguieron que ningún incidente viniera a poner en peligro la seguridad de las gentes del castillo.
Cuando acabó aquel día de funerales y en la capilla se cerró la tumba sobre su padre y la lápida
fue colocada en su lugar, Iain MacNéil sintió, por primera vez en su vida, un enorme vacío, mayor
aún que el que lo había devastado por la muerte de su madre. Esta vez, perdía al único hombre
que le había ofrecido amor y comprensión. Las palabras que le había dirigido su padre en su lecho
de muerte le parecían un regalo inestimable, que le devolvía la fe en sí mismo. Una confesión en
particular había descargado su alma del fardo más pesado que pueda gravitar sobre un hombre: el
del fratricidio.
«Hijo mío —oía en su interior—, sé que tú no mataste a tu hermano. Fue él quien te mató a ti.
Acaparó todo el espacio libre en el castillo y todo el amor de tu madre. No conozco manera más
segura de matar al hombre que despunta en un muchacho.»
Cuando la capilla se vació enteramente de los feles venidos a rezar por última vez por el eterno
reposo del señor MacNéil, Iain permaneció solo, arrodillado sobre la losa, con las palmas de las
manos sobre la inscripción. No oía nada, no senta nada, ni siquiera el palpitar de la sangre en su

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 86


herida de la espalda. Exhaló un largo suspiro y se recogió en silencio y soledad. Así se despidió del
padre al que tan mal había amado.
La noche había descendido sobre el castillo cuando por fn se incorporó, lleno de una nueva
fuerza, apaciguado, casi feliz. Salió despacio de la capilla, de puntillas. No tuvo ni una sola mirada
para la piedra que llevaba la inscripción de su madre, colocada al lado de la de su padre. Nunca se
había despedido de ella. Para uno de sus dos padres, seguiría siendo un hijo proscrito.
Entre los invitados venidos de tierras más lejanas fguraban dos representantes de la familia
Keith: Daren, el hermano mayor de la dama Gunelle, y el teniente Lennox. Los dos se habían
enterado del fallecimiento del jefe del clan cuando se encontraban en el terreno de tala, en los
Grampianos. Para la joven castellana, el reencuentro con dos miembros de su familia fue un
motivo de gran alegría en medio del dolor general. Una vez que los visitantes hubieron cruzado las
murallas del recinto para abandonar el castillo y no quedó sino un pequeño número de invitados,
pudo dedicarse por entero a su hermano y al teniente, que permanecieron tres días aún en el
castillo.
Durante su estancia, el teniente Lennox volvió a frecuentar con agrado los paisajes, los
habitantes y las costumbres de Mallaig. Sus ojos negros no se apartaban de la joven castellana e
intentaban descubrir signos de un cambio de actitud en los esposos. Muy pronto llegó a la
conclusión de que su relación era distante. «Por lo menos, Iain MacNéil ha dejado de insultarla»,
se dijo. Le preguntó a ella el origen de la cicatriz que disimulaba en la mano, y le preocupó saber
que la herida había sido causada por su marido. También se sintió muy sorprendido al saber que el
entrenamiento de los caballeros no se hacía en las Highlands con armas sin flo, como en todas
partes en Europa. Otra práctica del Norte que le chocaba y le inspiraba desconfanza hacia la
familia MacNéil.
También Daren Keith observaba el comportamiento de su cuñado. En Crathes, había sido
informado por la joven Vivían del carácter agresivo del hijo MacNéil y de las difcultades que había
encontrado su hermana menor desde el día de su llegada a Mallaig. Era, por lo demás, una de las
razones que le habían llevado a cabalgar día y noche con el fn de estar presente en los funerales
del señor MacNéil con el teniente Lennox. La otra razón era una misión de negocios: era necesario
precisar determinados datos sobre la explotación de los bosques con el representante MacNéil.
Daren Keith era un hombre de gran estatura, de complexión maciza. Su rostro redondo le daba
un aire apacible que estaba lejos de corresponder a su temperamento real. Tenía un carácter
caprichoso y obstinado, y carecía en ocasiones de prudencia, un defecto que su valor compensaba
en determinadas situaciones difciles. Curiosamente, tenía habilidad para las negociaciones y los
tratos de toda clase, lo que resultaba de mucha utilidad para su padre, Nathaniel Keith. Por
encima de todo, adoraba a su hermana menor y había sufrido mucho por su marcha de Crathes: a
Francia primero y luego a las Highlands.
Cuando conoció a su cuñado, le costó mucho no ver en él a un enemigo. Lo encontró altanero,
taciturno y frío. Se asombró, igual que el teniente Lennox, al oír que se expresaba en scot con
soltura, y los dos hombres imaginaron enseguida que su ignorancia de esta lengua en el momento
del matrimonio había sido fngida. Por otra parte, al señor Daren le inquietaba la salud de su
hermana menor. Cierto que le había desagradado su herida en la mano, pero lo que le preocupaba
sobre todo era el aspecto fatigado de la joven. Preguntó a Nellie si la palidez de su hermana se
debía a un embarazo en sus primeras etapas, lo que dejó muy confusa a la vieja nodriza. Él se dio

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 87


cuenta de que había gato encerrado y, como era muy hábil para sonsacar secretos, acabó por
enterarse de que el marido de su hermana la descuidaba. Desde ese momento observó con mayor
atención a la joven castellana y acabó por concluir que en Mallaig era maltratada, malcasada e
infeliz.
Daren Keith no necesitaba más para poner en marcha un plan para volverse con su hermana al
país de Aberdeen. Como no es fácil llevarse a una mujer casada del lado de su marido, por
negligente que sea éste, el señor Daren tenía que encontrar un buen pretexto, y su imaginación
superó rápidamente esa difcultad: decretó que el estado de salud de su madre exigía la presencia
de la joven en Crathes.
La dama Gunelle se asombró de que su hermano tardara tanto en darle noticias de su madre.
¿Por qué no le había comunicado aquel doloroso mensaje nada más llegar? Tampoco se explicaba
por qué razón no le había escrito nada Vivían sobre ese tema, cuando las dos se habían jurado
escribirse en cuanto hubiera alguna novedad importante. Se vio obligada a reconocer que su vida
en Mallaig le había exigido tanto durante aquellos dos meses que todo contacto con la familia
había pasado a un segundo plano. Esa constatación la inquietó.
Cuando quiso saber más sobre la enfermedad de su madre, sólo recibió respuestas evasivas de
su hermano, lo cual contribuyó a aumentar su inquietud. Creyó que, para no apenarla, le ocultaba
la gravedad de la situación en Crathes, y lo consideró una manifestación de la actitud protectora
que su hermano mayor había tenido siempre respecto a ella. El señor Daren consiguió alarmarla
hasta tal punto que dio su inmediata conformidad cuando él le habló de su proyecto. Ocurrió eso
la víspera del día previsto para la marcha de su hermano y del teniente Lennox.
Aquella noche, el señor Iain pidió a su esposa que examinara el acta de los derechos de tala en
los Grampianos con vistas a una discusión sobre el tema, al día siguiente, con el señor Daren.
Una vela se había consumido por entero antes de que yo acabara de conocer al detalle las
cláusulas de mi contrato de matrimonio relativas a los derechos de tala en las tierras de los
MacNéil. Era de noche, y los ojos me dolían por la fatiga. Todo el castillo dormía. El viento azotaba
a ráfagas los muros del norte y aún llovía. Yo habría deseado ir a acostarme. ¡Cuánto eché de
menos la competencia del secretario Saxton aquella noche! Me costaba concentrarme y mis
pensamientos, febriles por el agotamiento que pesaba sobre mí, volaban continuamente a
Crathes. Empecé a repasar en mi cabeza, revueltas unas con otras, todas las noticias que me había
dado cada uno de los miembros de mi familia, y sobre las que no había tenido aún tiempo de
refexionar.
Recordé a cada uno de los habitantes del castillo de mi padre: mis hermanas, Elsie y Sybille,
ambas a punto de llegar al fnal de su embarazo; mis cuñados, mis sobrinos y sobrinas. Para Elsie,
la mayor, se trataba de su tercer hijo, y del segundo para Sybille. «Las hijas Keith son prolífcas»,
presumía siempre mi padre delante de quien quisiera oírle. Estaba tan orgulloso de sus nietos
como si fuera el padre. Me mordí los labios al pensar que se sentiría muy decepcionado conmigo si
se enteraba de que yo no esperaba ningún niño. Bajé los ojos hacia mi brial de tela adamascada, y
luego los cerré por un instante. De pronto, fue Ceit quien apareció en mi mente: el hoyuelo de sus
mejillas rosadas, sus ojos azules, sus cabellos de cobre y su aire de concentración cuando yo le
hablaba. Sent una bocanada de ternura, y suspiré. «Me gustaría tener un hijo —murmuré—. Eso
daría sentido a mi vida aquí.»

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 88


Luego, como una asociación de ideas muy natural, la imagen de mi madre llenó mi corazón
atormentado y sent con fuerza hasta qué punto la echaba de menos. Su juicio, sus consejos, sus
creencias, su sabiduría: todo eso me sería muy útil para cumplir con mis nuevas tareas de mujer
casada y de castellana. ¡Tenía que volver a verla! Mallaig podría pasarse sin su castellana algunas
semanas, puesto que no había tenido ninguna durante cinco años... Un leño se movió en el hogar,
soltando una nubecilla de chispas rojas. Un estremecimiento me recorrió la espalda. Puse en
orden las páginas del contrato y recogí los papeles esparcidos sobre la mesa. Tomé el candelabro y
salí del despacho.
El camino más corto para volver a mis aposentos pasaba por la escalera que conducía desde la
capilla hasta el primer piso. Cuando empecé a subir por ella, advert una luz que bailoteaba por la
pared que quedaba enfrente de mí. «Alguien viene —me dije asombrada—. ¿Quién puede circular
aún por la casa a estas horas?» La persona que bajaba debió de ver la luz de mi propia vela, como
yo veía la suya, porque dio media vuelta y no me crucé con ella. Pero, cuando llegué al rellano, oí
con claridad el cloqueo de la dama Beathag fltrándose por su puerta entreabierta, de la que se
escapaba un rayo de luz hasta mis pies.
Instintivamente retrocedí. Luego, al levantar la vista hacia el fondo del corredor, distinguí la
forma de Bran, tendido delante de la puerta de la habitación de su amo. «Así pues, no es mi
marido el que está con ella», concluí de inmediato. Mi reacción me disgustó. Me sent en la piel de
una espía, cosa que me afigió. Di media vuelta y seguí mi ascensión hasta mi alcoba.
Pasé una noche inquieta, poblada de sueños confusos, y desperté al día siguiente en un estado
de cansancio espantoso. Màiri lo observó cuando me peinó los cabellos antes de colocarlos en una
redecilla de perlas.
—No habéis dormido bien, mi señora. ¿Os sents mal?
—Estoy cansada, es cierto, pero me encuentro bien, Màiri —le respondí—. Te agradeceré que
tengas contigo a la pequeña Ceit, hoy. Va a enfadarse conmigo. Tengo que partir al castillo de mis
padres con mi hermano, y me quedaré allí algún tiempo. Nellie se ocupará luego de mi equipaje.
—¿Nos dejáis? ¿Hoy mismo? —exclamó.
—Mi madre está enferma y mi hermano cree que me necesita. Sin duda estaré de vuelta en
Mallaig para el Calluinn .
Vi por su aire asustado que aquel viaje le parecía extraordinario.
De momento no entendí por qué, pero, cuando se trató el tema una hora más tarde en
presencia de mi marido, me di cuenta de todas las implicaciones.
Bran estaba tendido delante de la puerta del despacho. No levantó la cabeza a mi llegada, y se
contentó con una mirada cariñosa y unos coletazos. Cuando entré en la habitación, ya estaban en
ella mi marido y mi hermano. Desde el primer momento, me di cuenta de que algo iba mal. Iain
me recibió con sequedad, sin levantarse de su asiento, y me habló en gaélico:
—¡Por fn aparecéis, mi señora! ¡Me entero por boca de vuestro hermano de que parts para
Crathes! ¡Imagino que pensabais consultarme sobre ese tema, esta mañana!
—En efecto, mi señor —le dije en un tono no muy frme, sentándome a la mesa—. Añoro
mucho a mi familia y mi madre está enferma. No me necesitáis en realidad en las próximas
semanas, y estoy convencida de que no necesitaremos más tiempo para tranquilizarnos, ella y yo,
sobre su estado de salud.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 89


—Querida hermana —intervino Daren—, ¿no podríamos hablar esto en scot?
Vi que Iain apretaba los puños contra los brazos de su sillón. Se volvió despacio hacia mi
hermano y le respondió en scot, en un tono que no admita réplica:
—Hablo a mi esposa en la lengua que me conviene. Su proyecto de viaje no os concierne más
que a ttulo de escolta eventual. Os lo haré saber, cuando tratemos de vuestros asuntos en los
Grampianos.
Calló, con el deseo evidente de que mi hermano saliera de la habitación. Yo quedé paralizada
por la inquietud. De pronto sent un calor sofocante. La tensión extrema que fotaba en el aire,
que se había hecho irrespirable, me aplastaba. Empecé a temblar ligeramente, de fatiga, de
nerviosismo o de aprensión, no habría sabido decirlo. Mi hermano se dio cuenta y se arrellanó en
su sillón, cruzando los brazos sobre el pecho, en la actitud de quien se prepara para una larga
discusión. Le oí entonces, espantada, encararse con mi marido y preguntarle si formaba parte de
sus costumbres aterrorizar a su esposa, causarle heridas de arma blanca y descuidarla. Esa última
insinuación me hizo levantar de un salto. Iain reaccionó del mismo modo. Dejó su asiento, se
dirigió a mi hermano, lo agarró por las solapas de su sobretodo y lo levantó en vilo como si fuera
un niño. Le ordenó salir de la habitación con tanta violencia que Daren se asustó. Iain me daba la
espalda, pero pude imaginar sin difcultad la cara que debía de tener al decir aquello, y sent un
estremecimiento de pánico en todo el cuerpo. Cerré los ojos para no derrumbarme, y recé en
silencio para que mi hermano no hiciera ningún gesto irremediable.
—¡Márchate —murmuré—, te lo ruego, Daren, márchate enseguida!
Oí pasos que se deslizaban sobre el suelo, el ruido de una puerta que se abría y se volvía a
cerrar. «Daren se ha marchado», suspiré sin abrir los ojos. Un instante después, sent a mi marido
a mi espalda. Apoyó las manos sobre mis hombros para hacerme sentar. Me dejé caer sobre el
banco y coloqué mis brazos cruzados sobre la mesa, con la cabeza gacha. Él rodeó la mesa y volvió
a sentarse en su sillón, frente a mí. Después de un largo silencio, me dirigió por fn la palabra, con
una voz en la que vibraba el esfuerzo que estaba haciendo para conservar la sangre fría.
—Es cierto, mi señora, que los acontecimientos que acabamos de vivir en el castillo no nos han
permitido conversar mucho a los dos. No sé desde hace cuánto tiempo tramáis marcharos con
vuestro hermano, pero ese proyecto no se realizará. Yo no lo autorizo. Que añoréis a vuestra
familia puedo admitirlo. Que vuestra madre esté enferma es posible. Que esté moribunda lo dudo
mucho. No sé quién ha hecho creer a vuestro hermano que yo os maltrato, pero espero muy
sinceramente que no hayáis sido vos.
Esperaba una respuesta de mi parte, y yo lo miré desamparada. «¿Cómo calmar la cólera de un
hombre que no soporta ser criticado, ni siquiera contrariado?», pensé. En primer lugar era preciso
intentar reprimir el resentimiento que senta por la manera repugnante en que había echado a mi
hermano. Intenté yo también controlar la voz, para que no percibiera mi rencor.
—Mi señor, mentiría si dijera que me maltratáis. Aquí, disfruto de todas las consideraciones
debidas a una castellana. Mi hermano es un poco exagerado por naturaleza en todas las cosas que
me afectan, y tiene que echarme mucho de menos para llegar a esas conclusiones sobre mi vida
en Mallaig. Así pues, os ruego que le excuséis. Por otra parte, me permito presentaros mi petición.
Desearía mucho ver a mi madre. La vida es tranquila aquí en este fnal de invierno, y el castillo no
se resentirá porque yo falte durante un plazo corto. Mi señor, acabáis de perder a vuestro padre, y

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 90


sin duda comprendéis la necesidad que puede sentir una persona de estar con sus parientes.
Permitid este viaje, si os es posible...
—Cuando visitéis Crathes, mi señora, yo mismo os acompañaré. Será en coche, en verano,
cuando los caminos están secos, o en barco, cuando las aguas están libres de hielos. Además,
viajaremos con una escolta muy fuerte, porque la familia MacNéil se ha convertido en una
amenaza en las Highlands desde que aloja al sherif del rey. Tenéis mi palabra de que iréis a
Crathes, pero no en este momento. Os necesito en el castillo para ayudarme en la sucesión al
ttulo de jefe del clan.
—Vuestra respuesta no me extraña, mi señor —contesté, después de un momento de silencio
—. ¿Se os ha ocurrido pensar en otras personas aparte de vos mismo, aquí? El que coloquéis los
homenajes y los ttulos por delante de los deberes fliales no es demasiado sorprendente. Aunque
muera toda mi familia, si hay una recepción que organizar aquí, vos me responsabilizaréis de ella.
Por otra parte, no creo que mi seguridad se vea amenazada por el viaje, porque estimo que no
puedo estar bajo mejor protección que la de mi hermano y el teniente Lennox. Ninguna de
vuestras razones justifca vuestra negativa. Sólo os motiva vuestra falta de consideración hacia mí.
—Dicho lo cual, me puse en pie. Me ahogaba de pena, de cólera y de desprecio. Ya no era dueña
de mí. Habría debido callarme, pero continué, disparada—: Después de haberme recibido aquí con
desdén y de hacerme sufrir vuestros malos humores, me utilizáis a vuestro capricho para
completar vuestra educación, llevar vuestros libros y vuestra mesa.
»Me deshonráis con vuestra cuñada a la vista de todos, me priváis de cualquier persona que
sienta algo de amistad hacia mí, y me impedís volver a ver a los míos, teniéndome encerrada entre
estos muros.
Callé, sin aliento, di media vuelta y salí de la habitación sin despedirme de él. Mi hermano
esperaba en el vestbulo con el perro, y se sorprendió mucho cuando no le hice ninguna seña y me
precipité hacia las escaleras. Desaparecí así por todo el resto de la mañana. No habría debido
hacerlo.
A la hora del almuerzo, Nellie vino a buscarme y vi de inmediato que había llorado. Al
preguntarle, me enteré con horror de que después de mi marcha mi marido se había peleado con
mi hermano y lo había echado del castillo sin autorizarlo a despedirse de mí. A mis ojos, no había
mayor afrenta que se le pudiera hacer a un miembro de mi familia. Me derrumbé sobre la cama,
murmurando:
—Él me detesta y yo lo detesto. ¡Dios todopoderoso, me has dado a un hombre imposible de
amar!
—No digáis eso, querida —dijo Nellie—. No se debe maldecir al marido, es pecado.
No sé cuánto tiempo permanecimos postradas, la una en brazos de la otra. En todo caso, no
aparecimos en la gran sala para la comida del mediodía. Tampoco vi a mi marido en la siguiente
comida, porque se había marchado del castillo.
Todos los invitados venidos a los funerales del señor Baltair habían regresado a sus tierras, y ya
no quedaban en el castillo más que los miembros de la familia. Los fríos del invierno habían dado
paso a una estación de lluvias que impregnaban todo el paisaje, acrecían los lugares pantanosos
de la landa y engrosaban el torrente del arroyo que se precipitaba con un ruido ensordecedor
junto a los muros del recinto.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 91


El agua pura que bajaba de las montañas procedía en gran parte de la fusión de las nieves y era
la mejor para la elaboración de la cerveza y el uisge-beatha. Por tanto, era en aquella estación
cuando se fabricaban y se almacenaban en toneles. Buena parte del personal del almacén y la
tonelería se instalaba entonces en las bodegas para proceder a la selección de las cebadas y las
maltas en las grandes cubetas de decantación, y a la destilación del alcohol en los alambiques. El
reverendo Henriot bajaba para comprobar que todo se hacía según las técnicas perfeccionadas en
las abadías, como lo había hecho su predecesor, pero las gentes de Mallaig conocían tan bien su
ofcio que nunca había nada que enmendar.
«La producción de este año habrá de ser generosa», pensaba el reverendo. La boda y los
funerales casi habían agotado las reservas de cerveza, de hidromiel y de uisge-beatha guardadas
desde hacía casi ocho años en toneles de roble. Si fnalmente el hijo MacNéil era reconocido como
jefe del clan, el ejercicio de sus funciones en el castillo exigiría volver a llenar la bodega. En efecto,
el tribunal local, celebrado en la sala de armas durante los últimos años activos del jefe Baltair
MacNéil, había sido un punto de reunión semanal frecuentado por siervos, intendentes y lairds
que venían a pedir justicia a su señor, y a los que se daba de beber y de comer durante días
enteros.
Para el reverendo, la perspectiva de las visitas continuas de los lairds a Mallaig resultaba
estimulante, porque le gustaba la compañía de aquellas personas, pertenecientes a la pequeña
nobleza, que rompían con la soledad del castillo. Además, la reanudación de una vida activa de
clan iba a acrecentar considerablemente su autoridad entre los demás capellanes. El reverendo
Henriot se encogió de hombros al subir de las bodegas. Esperaba con todas sus fuerzas que las
gestiones del hijo MacNéil ante los lairds fueran fructferas.
Después de la marcha de Daren Keith, el señor Iain no quiso encerrarse en el luto y se dedicó a
visitar todas sus tierras y a los lairds, para renovar los lazos que había establecido su padre con
cada uno de ellos. Los lairds, todos de más edad que el hijo MacNéil, dedicaron mucho tiempo a
estas entrevistas y lo escucharon con gran interés. Reconocieron en el hijo el temperamento y las
cualidades del padre. Advirtieron sobre todo el respeto y el amor sinceros de Iain MacNéil por
Baltair MacNéil, y concluyeron que el hijo era apto para desempeñar el papel que reclamaba en el
seno del clan.
En su gira, el joven señor se había hecho acompañar por su primo y dos caballeros. En cada casa
fue bien recibido y le ofrecieron hospitalidad para pasar la noche, de modo que no volvió a dormir
en el castillo hasta pasados cuatro días.
Mallaig había recuperado su vida normal. El sherif Darnley había marchado a inspeccionar los
libros del área de Inverness, aprovechando la escolta del jefe Grant, uno de los últimos invitados
en partir de Mallaig, el mismo día de la marcha de Daren Keith. Iain MacNéil tenía prisa por
recuperar su castillo. Tenía que reconocer que se senta más a gusto en Mallaig cuando el sherif
no estaba. Deseó que el condestable continuara su misión en dirección hacia el norte, sin volver
de nuevo a Mallaig. Eso le concedería, al menos durante dos meses, un respiro que necesitaba
mucho.
No se senta orgulloso de la manera como había tratado a su cuñado, pero el estado de
agotamiento en el que se encontraba después de los funerales lo había vuelto más frágil y esclavo
de sus impulsos. Habría tenido que ignorar las insinuaciones y los reproches de Daren Keith, como
lo demandaba su calidad de anftrión. El señor Iain estaba descontento sobre todo por haber

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 92


incurrido otra vez en la cólera y el desprecio de su esposa, al provocar una discusión que habría
debido evitar. También ella había soportado horas extenuantes durante los días de los funerales, y
él no lo había tenido en cuenta en su última conversación. Deseó fervientemente que aquella
separación de cuatro días atenuara el resentimiento de Gunelle hacia él. Suspiró con desánimo al
escrutar el horizonte cuando salía del bosque.
Era un atardecer sin nubes. El viento era fresco y constante a medida que avanzaban a través
de la península. Sus caballos estaban agotados porque Iain había decidido atravesar la parte
boscosa de sus tierras al galope, sin un solo descanso. No se senta de humor para soportar una
escaramuza. La gira se había desarrollado sin ningún incidente, lo que era bastante inhabitual. En
las Highlands, las semanas que iban desde el fallecimiento de un jefe hasta el nombramiento de su
sucesor estaban marcadas habitualmente por peleas y desórdenes locales. No fue el caso después
de la pérdida de Baltair MacNéil. Todo el clan lloró a su jefe en silencio, a la espera de
acontecimientos. Nadie parecía querer provocarlos.
De los cinco lairds del clan, tan sólo uno había expresado el deseo de reivindicar el ttulo de
jefe. Era el to más joven de Iain, Aindreas, del loch Morar. Poseía varios rebaños grandes y sus
ingresos le permitan vestir y armar a media docena de caballeros. Sin embargo, no gozaba de la
confanza general en cuanto a la manera de llevar las relaciones con los restantes clanes de las
Highlands. Había pedido a Iain que le dejara más tiempo de refexión antes de tomar una decisión.
Iain MacNéil dedujo que había ganado en la estima del clan desde su matrimonio. Nadie había
vuelto a hablar de la muerte de Alasdair, y el recibimiento al monarca de Escocia en Mallaig le
había alzado al rango de un gran jefe. Sin embargo, el joven señor no se hacía ilusiones: algo tenía
que ver su esposa en ese incremento de interés por el prestigio del castillo. Así, volvía a Mallaig
con la garanta del juramento de cuatro de los cinco lairds, y había quedado con ellos en recibirlos
la noche del Calluinn. Deseaba que la ceremonia del homenaje pudiera celebrarse en ese
momento, al cabo de doce días.
Cuando vio aparecer de lejos las torres del castillo, Iain espoleó a su montura y bajó hacia la
landa a toda velocidad, seguido por sus hombres. Tenía prisa por volver a ver a su esposa e
intentar mejorar las relaciones con ella. Cuando entró en el castillo, ella no se encontraba allí.
Supo por Anna que la dama Gunelle había bajado a la playa con Màiri y la pequeña Ceit, a primera
hora de la tarde. Iain se sobresaltó al oírlo.
—¿Sin escolta, Anna?
—No, mi señor. De hecho, vuestra esposa quería salir sola, como viene haciéndolo desde que
vos os fuisteis, pero hoy hemos insistido para que la acompañaran Màiri y Ceit. Estaba muy
inquieta. Creo que ha recibido malas noticias de su familia a través del reverendo Raibeart, que ha
llegado de Glenfnnan esta mañana.
—¿Dónde está él? —preguntó enseguida Iain, inquieto.
Lo encontró en compañía del reverendo Henriot, que ya conocía las noticias relativas a la
familia de la dama Gunelle. Iain supo que no era de la salud de la madre de lo que se trataba, sino
de la de su hijo Daren. Al marchar de Mallaig, él, sus guardias y Lennox habían sufrido un ataque
de los Cameron en los Grampianos antes de llegar al área de tala. Daren había recibido una herida
muy profunda en el estómago y había quedado fuera de combate. Lo habían hecho trasladar a
Crathes.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 93


«Así —se dijo Iain—, Gunelle habrá entendido que no hay condiciones de seguridad en los
Grampianos.»
Lo contrarió mucho ese ataque de los Cameron y se senta furioso por no poder responderles
de inmediato. Necesitaba dejar solucionada la sucesión a la jefatura del clan antes de emprender
una batalla de ese calibre, porque iba a necesitar la participación de los hombres de todos los
lairds. Volvió la cabeza y vio a Anna, que esperaba, ansiosa, el fnal de su entrevista con los dos
clérigos. Se puso en pie con brusquedad, sobresaltando a Bran, que se había acostado a sus pies.
Saludó a los dos reverendos y salió en busca de su esposa en el litoral. Volvió a montar en la silla y
galopó hacia el burgo, con el gran perro en su estela.
El sol empezaba a ocultarse detrás del mar, lanzando rayos oblicuos empañados por la bruma.
El viento había cesado. Las personas a las que preguntó por su esposa no la habían vuelto a ver
desde las primeras horas de la tarde, cuando se dirigía con su sirvienta y la chiquilla hacia las
grutas.
Iain tuvo entonces un presentimiento, al mirar el mar y los acantilados del sur. Sintió de pronto
un nudo en el estómago. La marea subía desde hacía tres horas, y si habían llegado hasta la cueva
de St. Ninian, no tendrían tiempo de salir y el agua las dejaría bloqueadas en el interior. Esa era la
razón de que no las viera regresar.
Partió al galope por la arena helada por la escarcha, que disminuía a cada nueva ola. Al verlo,
las personas a las que había preguntado se dieron cuenta del peligro de la marea y se apresuraron
a dirigirse al castillo en busca de ayuda.
Iain se vio obligado a ascender a un nivel más alto del litoral para poder cabalgar. El mar había
llegado a las rocas y había dejado aislado el cabo donde estaban las grutas. Era una cuestión de
escasos minutos. Si el agua había alcanzado ese nivel junto al burgo, no debían de quedar más de
seis pies de aire libre en las grutas. Vio de pronto, a lo lejos, una mujer y una niña que venían a su
encuentro a la carrera; y reconoció a Màiri.
—Maldita sea, ¿dónde está Gunelle? —gimió. Espoleó a su caballo y las alcanzó en un instante
—. ¿Dónde está tu ama? —preguntó de inmediato, con voz tensa.
Màiri estaba bañada en lágrimas, había perdido la cofa y sus vestidos colgaban en jirones. La
pequeña Ceit estaba empapada hasta los huesos, y sus ojos estaban muy abiertos por el espanto.
Se abrazó al cuello del perro, que se había acercado y la lamía.
—¡Mi señor, es horrible! —respondió Màiri desconsolada—. Habíamos trepado por las rocas
cuando Ceit resbaló y cayó al mar. La dama Gunelle se precipitó al agua y pudo agarrarla, pero,
cuando me la tendía, las olas la arrastraron a ella. Conseguí sujetar la mano de Ceit, pero perdí la
de mi ama. ¡Ah!, todo ha sido culpa mía. Sabía que teníamos que volver antes de la marea, mi
señor. Ahora, ella está atrapada en la gruta de St. Ninian, y se ahogará. Yo... estoy condenada...
Iain no esperó a escuchar el fnal de la historia. Si por suerte Gunelle había llegado al techo de
la gruta sin ser arrastrada por las olas, tendría que sacarla por arriba y escalar el pico de St. Ninian
antes de que el paso quedara cortado también por la marea en ascenso. El pico estaba rodeado de
arrecifes que hacían imposible el acceso por mar.
Desde su infancia, Iain conocía a la perfección la gruta que se abría debajo del pico, por haber
jugado con su hermano a exponer la vida contra los movimientos de la marea. La pared norte
tenía una abertura por la que era posible subir al pico, pero muy a menudo quedaba obstruida por

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 94


los despojos marinos que depositaban allí las mareas. Si podía llegar a la plataforma del pico,
encontraría la abertura y podría bajar a la gruta, a condición de que no estuviera ya sumergida.
—Dios todopoderoso —imploró—. ¡Detén tu marea, por favor! ¡No te lleves a Gunelle ahora!
Iain se había apeado del caballo, delante del pico. Corrió hacia las rocas cubiertas de espuma.
Tres puntas de rocas negras que daban acceso al pico de St. Ninian eran aún visibles cuando la ola
retrocedía. Mientras Bran daba gañidos de inquietud, Iain se desembarazó de su claymore y bajó a
la primera roca, esperó que el mar descubriera la segunda y saltó sobre ella. Sus pies resbalaron y
estuvo a punto de perder el equilibrio, pero se rehízo y pasó a la tercera roca antes de un nuevo
fujo. Esta vez, hubo de aferrarse a la roca mojada y aguantar así hasta que la ola se retirara. Lo
consiguió. Empapado, se dio impulso en los salientes de la roca emergida hasta llegar a la parte
superior. Desde allí, pudo alcanzar el pico. Cuando se volvió, vio que el mar cubría por completo
las tres rocas y lo había dejado totalmente aislado del litoral desde el que le llegaban, ahogados
por el rugido de las olas, los aullidos de su perro.
Encontró rápidamente el paso entre dos piedras para entrar en la gruta. No estaba obstruido;
en invierno, las mareas arrastraban menos despojos. Se deslizó por la abertura y de inmediato se
sumergió en la oscuridad. El estruendo del agua contra las paredes de la gruta lo ensordeció. Hubo
de esperar, con el corazón disparado, a que sus ojos se acostumbraran a las sombras. Poco a poco,
distinguió la forma de las rocas y el nivel del agua: con la cabeza pegada al techo de la gruta, sólo
quedaba al descubierto su torso hasta la cintura. Afanzó los pies entre dos rocas y escudriñó la
cueva con una mirada desesperada cuando el agua se retiró. Por fn, la vio: un amasijo de ropas
chorreantes del que emergía una larga cabellera que fotaba movida por las olas. No estaba más
que a una brazada de él. Se deslizó sobre las piedras hasta alcanzarla.
Entonces descubrió su rostro tumefacto, sus ojos hinchados, sus labios entreabiertos. La tomó
en brazos y la colocó sobre las últimas piedras que quedaban al descubierto, cerca del techo de la
gruta. «¡Dios todopoderoso, dime que respira!» Cuando acercó el oído a su boca, notó un soplo.
Utilizando toda su energía, Iain levantó a su esposa con un formidable impulso y la sacó de la gruta
en pocos segundos. Arriba, ahora era de noche y ya no se distinguía la línea de la costa. Se había
levantado el viento y barría el espolón rocoso, recubierto por un musgo mezquino. No había
ningún árbol, ninguna roca, ninguna pantalla para resguardarse del viento. Iain pasó por un
instante de pánico al contemplar a su esposa inconsciente, que había acostado en el suelo, con la
cabeza sobre sus rodillas.
Le tomó el rostro entre las manos y empezó a llamarla en voz baja. Ella abrió los ojos y volvió a
cerrarlos enseguida. Tenía las mejillas frías, y la frente y las manos también. Iain se dio cuenta de
que la sangre había empezado a coagularse. Había perdido a varios hombres de aquella manera,
después de un golpe de frío en el mar: la sangre se retiraba poco a poco del corazón, y se
adormecían para ya no despertarse. Miró desesperado a su alrededor. Nada. Nada para encender
un fuego. Sus vestidos se habían secado y también su pedernal, pero no había nada que ardiera en
aquel espacio desolado. «Si no consigo darle calor, la perderé», se dijo.
Desabrochó a toda prisa el plaid que le cubría el hombro izquierdo, y se quitó la veste de cuero,
la túnica y la camisa. Con el torso desnudo, empezó a desvestir a su esposa. Los vestidos
empapados se pegaban a su piel tensa, y no fue fácil retirarlos uno a uno. Cuando estuvo desnuda,
él se tendió sobre la espalda sus ropas secas, la tomó en sus brazos y la colocó sobre él, pecho
contra pecho. La envolvió en su plaid de lana y, con dos manos febriles, le frotó enérgicamente la

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 95


espalda, a la altura del corazón. Senta la cabeza húmeda de su esposa en la depresión de su
cuello, y su rostro frío posado sobre su hombro.
—Mi señora —le susurró—. Habladme. Tenéis que hablarme. No debéis dormir. ¡Decidme
alguna cosa!
No soportaba su silencio, y redobló sus esfuerzos para hacerla salir del sopor, repitiendo su
nombre con desesperación. Por fn notó que los labios de ella se movían contra su piel y la oyó
murmurar débilmente:
—Dejadme dormir.
La cabeza me daba vueltas. No oía ya el ruido ensordecedor de las olas que me sacudían. No
senta el agua a mi alrededor. «¿Dónde estoy?», me pregunté. No conseguía abrir los párpados y
no senta mis piernas. Hube de hacer un esfuerzo de concentración para recuperar la sensación en
mis brazos, y después en mi cuerpo. No senta el peso de mis vestidos empapados, que me habían
arrastrado hasta el fondo de la gruta. ¿Los había perdido al ahogarme? Oí que me llamaban, la voz
estaba muy cerca de mí. Reconocí la de mi marido, que me suplicaba que no me durmiera.
Abrí los ojos. Al principio no vi nada, donde yo estaba era de noche. Luego recuperé la
percepción de la posición de mi cuerpo en el espacio. Estaba tendida contra un cuerpo, piel contra
piel, unas manos me frotaban la espalda y la voz de mi marido me llamaba con insistencia, justo
sobre mi cabeza. Me pedía que le hablara. De pronto me di cuenta de que estaba desnuda en sus
brazos. Entonces, no estaba muerta. Habría querido apartarme, pero ningún miembro respondía a
mi voluntad. Le dije que me dejara dormir.
—¡No, mi señora! Si os dormís, ya no os despertaréis —le oí responderme con una voz
ahogada.
Cerré los ojos, agotada. Me sent impotente. Estaba entumecida de la cabeza a los pies. Sent
que se apretaba contra mí y de nuevo me prohibía dormir. Luego se puso a decirme palabras en
gaélico y a pedirme que las tradujera al scot, y luego al francés. Al principio no respondí, pero,
como insista, empecé a traducir muy despacio las palabras que él pronunciaba con voz tensa. Las
palabras no tenían ninguna relación entre ellas. Sin dejar de frotarme, las dictaba una a una, en
desorden, sin una continuidad lógica. Se me ocurrió que aquella manera de aprender una lengua
era muy poco efcaz, pero no tenía fuerzas para protestar y repet dócilmente las palabras en scot
y en francés: hierba, palidecer, girar, tapiz, puñal, fuego, beber, caballete, hombro, nutria...
Cuando yo dudaba y el silencio volvía a instalarse entre nosotros, repeta la última palabra al
tiempo que sus manos presionaban sobre mis omóplatos. El calor de sus manos sobre mí y el de su
pecho debajo de mí penetraron poco a poco hasta el corazón, y empecé a temblar.
—Todo va bien, mi señora. Vuestros movimientos vuelven —le oí murmurar con una voz llena
de esperanza—. Temblad, mi señora, temblad. Yo os daré calor.
—¿Podría descansar ahora? Estoy cansada de las lecciones de lengua, mi señor.
Una de sus manos se apartó de mi espalda y recorrió uno por uno mis miembros temblorosos
para terminar su inspección en mi rostro, que acarició con dulzura.
—Sí, mi señora, podéis descansar —dijo con una voz alegre—. Vuestra piel ha recuperado el
calor. También yo estoy cansado del scot y del francés.
Sus manos recolocaron el plaid alrededor de mis hombros y apretó mis piernas contra las suyas.
Volvió a pasar los brazos alrededor de mi cuerpo, por encima de la lana, y sent su barba frotarse

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 96


contra mis sienes cuando besó mis cabellos mojados. Una extraña sensación de bienestar me
invadió entonces y acabó por hacer cesar los temblores que recorrían mi cuerpo. Me costaba
refexionar sobre aquella situación desde que mi mente se había liberado de la obligación de
traducir. Se habría dicho que me hundía de nuevo. Sent que el sueño se apoderaba de mí, y no
pude resistirme.
No sé cuánto tiempo permanecí así dormida, apretada contra él, pero cuando desperté,
recuperé de golpe toda mi conciencia. Levanté la cabeza, rodé hacia un lado y me senté. Una luna
clara se recortaba a través de las nubes brumosas. Vi su rostro vuelto hacia mí, sonriente. El viento
que azotaba mi cuerpo desnudo me hizo estremecer, y me apoderé del plaid, con el que me cubrí
enseguida. Le pregunté:
—¿Dónde estamos, mi señor? ¿Por qué no viene nadie a ayudarnos?
—Porque estamos aislados del resto del mundo, al menos durante cuatro horas aún, mi señora.
El mar nos rodea por todas partes. Estamos sobre el pico de St. Ninian, justo encima de la gruta
que se os tragó.
—¿Dónde están mis vestidos? ¡Tengo frío!
—Están aquí, secándose—. Se levantó y me tendió su túnica—: Tened, poneos esto. Entraréis
en calor.
Pasé los brazos por dentro de la túnica y me la puse por la cabeza. Saqué por el escote mis
cabellos tiesos de sal. Me palpé el rostro, que ardía. Tenía moretones en las sienes y una herida
abierta en la frente. Las rocas no habían tenido compasión de mí. Me vino a la memoria toda la
escena del salvamento de Ceit, seguida por el momento en que me ahogué. Pero no me ahogué.
Mi marido me había salvado. Lo observé, intrigada. Estaba sentado sobre sus piernas cruzadas. Se
había puesto la camisa, que llevaba abierta sobre el pecho, y me miraba en silencio. Me tendió su
veste de cuero, pero la rechacé.
—Ponéosla vos, mi señor —le dije—. Yo me quedaré con el plaid.
—Y vais a volver a mis brazos —añadió él, mientras se ponía la veste.
Temblorosa, cubrí con el plaid mis pies helados y recogí las rodillas bajo mi mentón. Él se movió
para acercarse a mí y volvió a abrazarme, rodeándome con sus piernas y sus brazos para
protegerme del viento. De nuevo me sent recorrida por los escalofríos, y no ofrecí ninguna
resistencia. Me abandoné al calor bienhechor de mi marido, con la cabeza posada en su hombro.
Curiosamente, habíamos adoptado la misma posición que cuando cabalgábamos la víspera de la
Navidad, con mi espalda apoyada en su pecho y sus brazos rodeándome la cintura. Así enlazados,
nos dispusimos a pasar la segunda mitad de la noche.
Fue entonces cuando, por encima del fragor incesante de las olas que chocaban contra la pared
rocosa del pico, oí su voz grave y dulce hablarme al oído. Se reprochó no haberme advertido en
contra de las mareas en las cuevas, me dio noticias de Màiri y de Ceit, se excusó por su conducta
en nuestra última conversación, me resumió su gira por los lairds y me contó su inquietud por el
ataque de que había sido víctima mi hermano en los Grampianos. Yo lo escuchaba, asombrada,
expresarse como el más atento de los maridos, y sus palabras me fascinaban. «¿Quién es este
nuevo Iain MacNéil que yo no conocía?», pensé.
Cuando calló, no pude reprimir un suspiro. Estrechó aún más su abrazo y, después de un corto
silencio, me preguntó:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 97


—Decidme, mi señora, a menos que desearais morir, ha sido una locura por vuestra parte
arrojaros al agua para salvar a Ceit. ¿Por qué lo habéis hecho?
—¡Pero, mi señor, me habría sido imposible actuar de otra manera! ¿Sabe alguien por qué
hacemos determinados gestos cuando hay una vida en peligro? ¿Por qué me habéis salvado,
entonces? ¿Por deber? ¿Buscabais morir?
Me eché a un lado para ver su rostro. Tenía un aire grave, y la frente fruncida. Declaró
despacio:
—Os he salvado porque no quería perderos.
Sostuve su mirada. ¡Cuánto parecía haberle costado aquella confesión!
—No salvé a Ceit para perderme —le dije—. Si me creéis capaz de atentar contra mi vida,
conocéis mal mi fe en Dios y me ofendéis. No soy feliz en Mallaig, pero tranquilizaos, no voy a
matarme por eso.
Dicho lo cual, hundí la cabeza entre mis brazos cruzados sobre mis rodillas levantadas. «Este
hombre tiene el don de herirme», pensé. Oí que murmuraba a mi espalda:
—Tampoco yo soy feliz en Mallaig, pero lo sería si supiera cómo haceros feliz a vos.
Levanté la cabeza y lo miré. Había inclinado la cabeza, y no pude distinguir sus ojos. Su silueta
se recortaba contra el cielo oscuro. Vi alzarse sus hombros al ritmo pausado de su respiración.
Volví la mirada hacia el mar, con el corazón henchido de angustia. No comprendía a aquel hombre,
y se lo dije en voz baja. Él estiró los brazos y volvió a apretarme contra su cuerpo.
—Tampoco yo comprendo gran cosa, mi señora —murmuró a mis cabellos—, pero sé que estoy
cansado de haceros la guerra y me rindo. En adelante, ya no lucharé contra los sentimientos que
habéis despertado en mí. ¡Tanto peor si algún día me rechazáis!
La confesión me dejó sorprendida. Mi corazón se había disparado, y me costaba interpretar mis
propios sentimientos. ¿No había detestado a aquel hombre apenas hacía unas horas? En tres
meses, Iain MacNéil había hecho nacer en mi corazón toda una gama de sentimientos
contradictorios, que iban de la cólera a la confanza, del desprecio al orgullo. Y esta noche, quería
también despertar el amor. Yo ya no sabía dónde estaba. Cerré los ojos y me acurruqué entre sus
brazos, que me envolvieron.
El silencio se instaló entre nosotros, sin que nos sintiéramos molestos por ello. Habíamos dicho
ya muchas cosas que ambos teníamos que meditar. Me relajé escuchando el mar furioso que nos
rodeaba y nos había dejado aislados en lo alto del pico de St. Ninian. La marea empezaba a
descender. En pocas horas, íbamos a ser devueltos a los nuestros. La muerte nos había rondado,
pero al fnal no se había llevado a nadie. «¡Dios sea loado!», pensé, agotada, y me adormecí de
nuevo.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 98


Capítulo 8

La votación
Todos los habitantes del castillo, así como los del burgo, se habían agolpado junto a las rocas
para ver entrar a los caballeros en la gruta de St. Ninian al amanecer del día siguiente. La inquietud
y la consternación se leían en todos los rostros, tensos.
El mar se había retirado por completo de las rocas y un viento suave anunciaba un hermoso día.
Bran, que se había aventurado en el interior de la gruta detrás de los hombres, lanzó de repente
un ladrido alegre cuyo eco repercutió en las paredes rocosas. Un suspiro de alivio surgió al unísono
de cincuenta gargantas: estaban a salvo.
Un inmenso clamor saludó la salida de la gruta del hijo MacNéil, con su esposa en brazos. Las
mujeres del castillo reían y lloraban a la vez. Màiri se precipitó al encuentro de su ama, seguida
con menos ligereza por Nellie, que tenía el rostro bañado en lágrimas. La pequeña Ceit saltaba de
una piedra a otra para acercarse a la joven castellana, que le tendió los brazos tan pronto como su
marido la depositó en el suelo sobre la arena fna. La niña corrió a acurrucarse en ellos con un
grito de alegría.
El señor Tòmas corrió hacia su primo, y lo abrazó lleno de afecto. Lo miró a los ojos, conmovido,
y no acertó a decirle nada. El señor Iain le sonrió y le dio una palmada en el hombro. Luego paseó
una mirada circular por el grupo de personas reunidas para asistir a su regreso, y sintió un
arrebato de agradecimiento, más que de orgullo, ante todos aquellos rostros alegres. «¿Por qué
no me he dado cuenta nunca de que las gentes de Mallaig me quieren?», se preguntó. Se volvió y
vio a Anna, que sacudía la cabeza, nerviosa, con los ojos enrojecidos. Fue hasta ella, la tomó en
brazos y la estrechó contra su corazón como lo habría hecho un hijo para tranquilizar a su madre,
con un nudo en la garganta.
—¡Ay, Anna, no llores! —le murmuró—. ¿No sabes de sobra que siempre vuelvo?
—Claro que sí, mi señor, lo sé —respondió ella entre sollozos—, pero a la dama Gunelle vais a
acabar por perderla, si no tenéis más cuidado.
—Lo tendré en cuenta de ahora en adelante, Anna. ¡Te lo prometo! —le dijo él con una gran
sonrisa.
Mientras el joven señor volvía a envainar su claymore, que le había tendido un caballero, su
cuñada le saltó al cuello y lo besó vorazmente en la boca, bajo las miradas avergonzadas de todos.
Molesto, él la apartó y le pidió que se contuviera. La dama Beathag, a la que no le gustaba que
reprimieran sus impulsos, dio medio vuelta enfadada, y se fue con su doncella, murmurando.
Cuando toda la compañía se encontró de nuevo en el litoral, donde esperaban los caballos y un
coche, ella se acercó de nuevo al señor Iain y le reprochó su frialdad, de modo que pudiera
escucharla la dama Gunelle, que venía detrás con Nellie, Màiri y Ceit.
—No sois muy generoso, mi señor —le dijo—. Acabáis de pasar siete horas a solas con vuestra
esposa. Podríais concederme algunos minutos, en lugar de apartarme como si estuviera apestada.
—¡Vaya! ¿Echas ya de menos al sherif Darnley, querida? —respondió Iain, fuera de sí.
Y para evitar toda discusión, se volvió, tomó de las manos a su esposa, que venía tras él, la
sujetó por el talle y la hizo subir al coche. Luego aupó a la pequeña Ceit para colocarla a su lado y,
tomando de las riendas el caballo que tenía más cerca, saltó a su grupa y marchó directamente al

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 99


castillo, con Bran siguiéndole los pasos. Las demás damas subieron al coche y éste se puso en
marcha, seguido por los caballeros sobre sus monturas y por los habitantes del burgo.
Así regresó la dama Gunelle a Mallaig, desnuda bajo la túnica de su marido, sobre la que habían
echado una capa forrada de piel. La rodeaba un cortejo de damas que cacareaban de satisfacción.
Sólo dos ojos de color verde jade le lanzaron una mirada asesina: la dama Beathag no soportaba
verse rechazada en público.
La festa en el castillo continuó todo el día. En el patio, donde se reunieron rápidamente, se
abrieron toneles de hidromiel y cerveza, por orden del joven señor. Se repartieron huevos y
panecillos de centeno y de miel, y fueron a buscar al tocador de pìob. Los highlanders
consideraban un milagro toda vida humana arrebatada a la furia del mar, y cada milagro tenía el
poder de borrar un luto. Así fue como los cantos y la música resonaron en los muros de Mallaig
hasta la noche, sin que nadie viera en ello una ofensa a la memoria del viejo jefe Baltair.
A primera hora de la tarde, la dama Gunelle bajó al patio en festa y se mezcló con sus gentes.
Había descansado. Sus sirvientas, maravilladas por su regreso, la habían bañado, peinado y
vestido. Una sonrisa discreta iluminaba su rostro pálido y tumefacto. El personal del castillo y las
damas del burgo se apretujaban a su alrededor e intentaban decirle mil pequeñas cosas amables.
Se sorprendió al recibir tantas muestras de afecto. En un momento dado, captó la mirada dura de
la dama Beathag y se preguntó si la esposa de Alasdair había recibido, en su momento, los
parabienes de Mallaig.
Gunelle recordaba el último baile en el que participó con ocasión de su boda, y la sensación
ambivalente que le había dejado. En esta ocasión, tuvo para ella sola al compañero de baile más
codiciado, al decir de la dama Beathag. El señor Iain condujo a su esposa de una cuadrilla a otra
con mucha habilidad y suavidad, y le enseñó con paciencia las fguras y los pasos tpicos de las
Highlands. La rodeó de atenciones, sugiriéndole ahora que comiera, luego que descansara, o bien
que bailara con él. No abandonó ni un instante su sonrisa relajada durante la festa, y al observarlo
junto a su esposa un extraño habría pensado que aquél era el día de la boda.
Cuando la tarde llegó a su fn, el aire se hizo demasiado fresco y ya no quedaban sino las gentes
del castillo y los caballeros en el patio, todos entraron y se reunieron en la gran sala, alrededor del
hogar. El arpista y el ejecutante de pìob tocaron una serie de baladas y endechas a las que
prestaron sus voces las mujeres, y los cantos ascendieron cristalinos contra los muros de piedra.
La dama Gunelle se sentó un poco aparte, en un banco, con la espalda apoyada en una columna
y la pequeña Ceit acurrucada en sus brazos. Vencida por la fatiga y la felicidad, la niña se había
dormido. El señor Iain se acercó a su esposa y tomó delicadamente a la pequeña en sus brazos.
—Es demasiado pesada para vos, mi señora. Dejádmela —le dijo. Acomodó el cuerpecito cálido
en el hueco de su hombro y se sentó en el suelo, al lado de la dama Gunelle. Examinó la mano
menuda de la niña, que acarició con un pulgar frme. Su esposa lo miraba hacer, enternecida. Se
sorprendió al oír a su marido declarar, con voz ahogada—: No os he dado las gracias, mi señora,
por haber salvado a mi hija. —Y añadió—: Sé que esta revelación os sorprende. Un hombre nunca
se siente a gusto cuando presenta su bastarda a su esposa, y no me siento orgulloso al hacerlo,
pero os debo la verdad acerca de mí. Asumo el riesgo.
—¿Puedo preguntar quién es su madre?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 100
—Murió en el parto. Ceit no llegó a conocerla, pero lleva su nombre. Era una sirvienta de mi
madre. Tenía quince años más que yo, y me sedujo cuando yo tenía dieciséis, con la autorización
de mi madre. —La dama Gunelle miró hacia otro lado, mordiéndose los labios, su marido añadió
—: Puedo callarme, mi señora, si lo preferís. Probablemente os han pintado un retrato idílico de la
anterior castellana de Mallaig, y corro el riesgo de estropearlo si continúo.
—¿Es necesario para mí o para vos que sepa el resto, mi señor?
—Solamente si deseáis conocer al hombre con el que os habéis casado.
Volví hacia él mis ojos y contemplé la imagen, nueva para mí, del padre y de su hija. Volví a ver
la mirada intensa de Ceit con sus ojos azules, el mismo azul de mi marido y de mi suegro fallecido.
«¡Dios mío! Si mi marido es su padre, yo soy la madre de mi pequeña Ceit...», pensé. Iain me
miraba con una mezcla de inquietud y de esperanza. Sostuve su mirada y le respondí:
—Deseo conocer al hombre con el que me he casado.
Suspiró y desvió la mirada hacia la niña dormida. Bran reaccionó al suspiro de su amo y vino a
colocarle su morro negro en la mano, que abandonó a la niña para acariciar la cabeza del perro. El
animal se apelotonó de nuevo junto a mi marido y ya no se movió, como a la espera de las
confdencias que se disponía a hacer. Con una voz sorda, sin mirarme pero con la cabeza vuelta en
mi dirección, empezó a hablar:
—Aquel verano, mi padre había empezado mi entrenamiento de caballero y yo lo acompañaba
en todas sus salidas. Mi madre recibía mucho. Creo que el segundo año de ausencia de Alasdair le
pesaba, y que buscaba distracciones. Se le había metido en la cabeza reunir en Mallaig una corte
de amor con las damas de los lairds y los caballeros de las Highlands. Cuando estábamos
presentes, mi padre y yo asistamos a esas reuniones. Mi padre no se senta muy a gusto, pero veía
a mi madre radiante en medio de aquel universo, y eso le bastaba.
»Por mi parte, los ejercicios del amor cortés me resultaban un suplicio. Mi falta de instrucción y
mi inexperiencia con las mujeres hacían que me sintiera torpe y ridículo, lo que diverta a mi
madre. Le causaba placer observar mi embarazo y mis primeras emociones viriles, y arregló las
cosas para empujarme a los brazos de su doncella. No sé si Ceit me amaba en realidad; pero yo
debí de gustarle mucho, porque apenas si se hizo rogar. Me enseñó todo lo que un hombre puede
aprender en la cama, y me convert en su juguete exclusivo.
»Habría debido hablar con mi padre entonces, pero me daba miedo su posible reacción ante el
papel de mi madre en esa historia. En la primavera siguiente, Ceit quedó encinta. Era evidente
para ella y para mi madre que yo era el responsable de su estado. Las dos mujeres me evitaron.
Desde ese momento, fui incapaz de quedarme más de tres días seguidos en el castillo y participé
en todos los torneos que se celebraban en las Highlands. Ceit marchó a la isla de Rhum, donde dio
a luz a su hija. Mi madre lloró largo tiempo la muerte de su doncella, y me lo reprochó con
amargura.
»Yo me senta completamente perdido e infeliz aquel invierno, y cuando acabó con las festas
del Calluinn, mi madre me envió a la isla de Rhum a buscar a la niña. Inmediatamente se encariñó
con la pequeña y me prohibió reconocerla como hija mía. Respeté su deseo y guardé silencio,
porque preferí creer que el amor que mi madre senta por mi hija también era, de alguna forma,
amor por mí.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 101
Iain llevaba un buen rato callado cuando Nellie, que se retiraba para irse a dormir, vino a buscar
a Ceit para acostarla. Mi marido se puso en pie con la niña en brazos y dijo que él mismo la
llevaría. Vuelto hacia mí, me deseó las buenas noches con estas palabras:
—Ésa es, mi señora, la triste historia de la venida al mundo de vuestra pequeña Ceit, y la más
vergonzosa de la incontinencia de su padre. Os agradezco que me hayáis escuchado y os deseo
una buena noche.
—Buenas noches, mi señor —le respondí, conmovida.
Lo vi salir a paso lento de la sala, con su dulce carga en brazos. Me retiré a mi habitación poco
después, y rehusé los servicios de Màiri para el aseo nocturno. Quería ardientemente estar sola.
Entré en mi habitación como si fuera la primera vez, y la vi como la alcoba de Lite MacNéil.
Paseé lentamente de un lado a otro antes de decidirme a desnudarme. Los motivos de los tapices,
el color de las cortinas, el marco de madera tallada del espejo de pie: todos los detalles, patentes
o discretos, en aquella estancia parecían hablarme del amor cortés.
De golpe me sent incómoda. «Así, ¿hay madres capaces de empujar al libertinaje a su propio
hijo?», pensé. ¿Cuántas otras revelaciones parecidas debía aún de oír de la boca de mi marido?
Algo me dijo que aquel episodio era tan sólo el primero de una serie, y que Iain no se ofrecería a
mí sino después de haberme informado de todo lo que le parecía necesario que yo supiera antes
de aceptarlo. Esa refexión me hizo un nudo en el espíritu. Acudieron en ese momento a mi
memoria las palabras que había pronunciado en el pico de St. Ninian: «¡Tanto peor si algún día me
rechazáis!»
Los días siguientes se revistieron de la calma que sucede a un drama. Mi cara se curó
rápidamente, y sent que me volvían las fuerzas. Los trabajos de la bodega tocaban a su fn, y el
reverendo Henriot y los obreros fueron volviendo, poco a poco, a sus ocupaciones habituales. La
dama Beathag y Finella acababan de extraer de su telar la mayor pieza de tela tejida nunca en el
castillo, y yo fui a admirarla, a petición de ellas. El tiempo, muy templado, había despertado el
jardín y Nellie, que tenía sólidos conocimientos de jardinería, empezó a trabajarlo con la ayuda de
la pequeña Ceit. Y fnalmente, yo empecé en las cocinas, acompañada por Anna y las sirvientas, los
preparativos para la gran festa del Calluinn.
Para Iain, la fecha del 25 de marzo representaba la conclusión de dos importantes
compromisos: la ceremonia del homenaje al nuevo jefe del clan y el fnal de sus lecciones de scot,
de escritura y de lectura. Como Iain no tenía que hacer ninguna gestión relacionada con la
sucesión al ttulo de jefe, sino esperar la decisión de su to Aindreas, redobló los esfuerzos para
completar su instrucción. Me pidió que dedicáramos al tema días enteros hasta el 25 de marzo, en
lugar de las lecciones de media jornada que habíamos adoptado antes de la muerte del señor
Baltair. Así pues, cada mañana reanudábamos nuestro trabajo en la habitación de Alasdair, hasta
la última hora de la tarde. Muchas veces cenamos allí mismo las viandas que Anna nos hacía subir.
El tiempo era excepcionalmente suave y el sol calentaba la estancia a través de las ventanas, de
modo que no necesitábamos encender el fuego. Iain trabajaba casi siempre en camisa de lino,
arremangado, incapaz de soportar sobre su cuerpo el plaid y la túnica de lana. Me sorprendía
entonces a mí misma contemplando sus hombros anchos, su espalda y sus brazos musculosos,
mientras estaba inclinado sobre una hoja de papel, con la pluma en la mano. Descubrí que esa
exploración visual del cuerpo de mi marido me producía desasosiego.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 102
Una mañana, al salir del ofcio, Iain fue llamado a sus tierras para arbitrar un conficto entre
siervos. Se excusó conmigo y marchó con Tòmas y cuatro hombres más. Sin mejor cosa que hacer,
fui a ayudar a las cocinas y pasé allí el resto de la mañana. A la hora del almuerzo mi marido
todavía no había vuelto, y supe que había pedido siete hombres de armas más, porque la situación
que había ido a arbitrar por la mañana acabó por degenerar en una batalla. Me encontré sola en la
mesa con la dama Beathag, que, aprovechándose de mi inquietud, empezó a burlarse de mí,
fngiendo tener la intención de tranquilizarme:
—Querida Gunelle, no tienes por qué preocuparte. No es más que otra escaramuza. Volverá
sano y salvo, como siempre. Es imposible matar a mi cuñado, ni en el campo de batalla ni en la
cama. —Al ver mi malestar, siguió diciendo—: ¡Oh! Es verdad que lo ignoráis todo respecto a esto
último. Desde luego, no os vendrá de nuevas si os digo que conozco muy bien a Iain en ese
terreno. Podría indicaros sus preferencias, en el caso de que se os presentara la oportunidad...
Yo me había levantado, colorada por la confusión y la rabia, con la intención muy clara de
poner fn cuanto antes a aquel comadreo pérfdo, pero la dama Beathag no lo entendió de la
misma manera y quiso presumir del conocimiento íntimo que tenía de mi marido. Me sujetó por el
brazo y me obligó a sentarme otra vez. Como era mucho más alta y más fuerte que yo, no podía
soltarme sin tener que empujarla. En ese mismo momento alguien entró en la sala por alguna
razón, y volvió a salir enseguida. Me sent atrapada. Si quería librarme de Beathag, tendría que
armar un escándalo que atraería a los sirvientes, algo que me prohibía mi cargo de castellana. Así
pues, me quedé donde estaba y me armé de paciencia, procurando controlar mis emociones.
—¡Vamos, curiosona! —dijo, haciéndome arrumacos al ver que no me resista.
—Carezco de esa clase de curiosidad que tanto parece deleitaros —le contesté yo—. Lo que
hacéis en la cama es cosa vuestra, y no deseo saberlo. Querría que no olvidarais que vuestro
cuñado está casado. Si todavía es vuestro amante, esa situación no podrá durar eternamente. Así
pues, guardaos para vos los detalles de vuestros libertinajes.
—Creo, querida Gunelle, que no captáis bien el escaso poder que tiene una esposa de un
marido highlander. El carácter de nuestros hombres del Norte se resume en dos cosas: su virilidad
y su independencia. Si no podéis satisfacer la primera, es indudable que habréis de sufrir la
segunda. Iain es un hombre generoso y exigente en la cama. No pasa nunca por largos períodos de
inactividad, y una no se aburre con él. Todavía la noche pasada, tuve el placer de morder su cuello
tenso de deseo.
No pude soportar oírla más tiempo y me precipité fuera de la sala, con el ruido de mis zapatos
ahogado por su risa cristalina. Salí del castillo por la primera puerta que encontré y corrí a
refugiarme en las almenas. Tardé mucho tiempo en calmarme; de hecho, pasé allá arriba la tarde
entera.
La niebla había invadido la landa. Ninguna brisa venía del mar a dispersarla. El paisaje estaba
inmóvil, como suspendido entre el cielo y la tierra. El tiempo amenazaba tormenta. Mis ojos no
tenían nada que contemplar, y hube de volverme al interior de mí misma para examinar los
sentimientos contradictorios que se agolpaban allí.
Pensé con despecho en que no sabía apenas nada de las relaciones de mi marido con su
cuñada. Mi instinto me decía que, después del incidente del pico de St. Ninian, Iain no había
tocado a Beathag, pero ¿qué seguridad podía tener yo? Ninguna, desde luego. ¿Qué ocurría por la
noche en el ala donde tenían ellos sus habitaciones?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 103
Después de la última frase de Beathag, yo iba a dar vueltas y más vueltas en mi cabeza a aquella
cuestión torturante.
A pesar de mi gran ignorancia en materia de relaciones íntimas entre hombres y mujeres, no
podía estar de acuerdo con la descripción limitativa de Beathag sobre el carácter de los maridos
highlanders. ¿No ocurría entre los esposos nada que no fueran intercambios carnales? Recordé el
«sucia víbora» que había gritado un día Iain a Beathag. «Las víboras muerden», me oí murmurar a
mí misma.
El fnal de la batalla quedó ahogado por una formidable tormenta. Torrentes de agua caían del
cielo negro y cegaban a los combatientes. El señor Iain y sus compañeros interrumpieron las
hostilidades de común acuerdo con sus asaltantes. Ocurría a menudo que se entablara una pelea
sin un motivo serio y que se le pusiera fn sin mejores razones. «¡Para guardar las formas!», decía
entonces Iain a sus hombres. Aquélla fue una de esas batallas. Un pequeño robo de ganado entre
los siervos de su clan y los del clan vecino. Dos animales con cuernos. Nada que precisara el envío
de una tropa de dos docenas de hombres armados, aunque, si se miraba la cosa desde el punto de
vista del ejercicio, la batalla había sido saludable, agradable incluso. Nadie había resultado herido
de gravedad. No se había proferido ninguna injuria ni amenaza, cada cual había recuperado lo que
era suyo y podía volver a casa a secarse.
Iain volvió a envainar su claymore, montó a caballo y se desperezó voluptuosamente bajo el
agua de la lluvia. Hacía casi una semana que no cabalgaba, y un mes que no peleaba. Como pasaba
largas horas inclinado sobre la mesa de trabajo, sus músculos se habían entumecido, y la
expedición le había sentado muy bien.
Sonrió a sus hombres, que visiblemente habían disfrutado de los mismos benefcios que él. La
pequeña tropa abandonó el campo de batalla, convertido en un auténtico barrizal, y marchó hacia
Mallaig.
Cuando llegó, era noche cerrada en el torreón. Iain encendió todas las antorchas a su paso.
Chorreando barro y agua, se dirigió directamente a su habitación y pidió a un criado que subiera
agua caliente para un baño. En cuanto el baño estuvo dispuesto, se sumergió en él y cerró los ojos
satisfecho, con una sonrisa en los labios. No vio entrar a la dama Beathag.
—Parecéis muy feliz, mi señor —dijo ella—. Se diría que las cosas han ido a vuestro gusto, en la
landa.
—No ha ido demasiado mal —le respondió él, cerrando de nuevo los ojos.
Beathag daba vueltas en silencio alrededor de la bañera, contemplando a su cuñado con aire
ávido. Cuando estuvo detrás de él, se inclinó sobre su cabeza, pasó los brazos por encima de sus
hombros y hundió las manos en el agua, a la altura del vientre. Iain tuvo un sobresalto, y se
enderezó.
—Hace mucho tiempo, me parece, que no os he bañado. Dejadme hacer, mi señor, no lo
lamentaréis —ofreció ella en un tono meloso.
Acompañando las palabras con la acción, colocó las manos sobre los hombros de Iain, que
empezó a masajear suavemente. Luego le besó en el cuello y rápidamente le recorrió con los
dedos el torso, hacia abajo. Iba a explorar aún más abajo cuando Iain la detuvo agarrándola por las
muñecas.
—Prefero que no hagas nada. Ya me las arreglaré yo solo.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 104
—Y por la noche, Iain, ¿te arreglas también tú solo con esto? —le dijo ella, señalando su sexo
en erección.
—¡Sal de aquí inmediatamente o te echo a patadas yo mismo! —gritó él.
—¡Mi señor! ¡Cuánta violencia! ¿Tenéis miedo de que vuestra irreprochable mujercita se
dedique a comprobar los desperfectos causados por la batalla de hoy? Me extrañaría mucho
después de todas las seguridades que le he dado sobre vuestras diferentes proezas...
Iain saltó fuera del baño y agarró un paño, con la mirada negra de cólera.
—¡Maldita sea, Beathag, deja tranquila a Gunelle! Ella no tiene nada que ver con tus tonterías.
—Con nuestras tonterías, querrás decir. Pues no, te aseguro que se ha mostrado muy
interesada. Pero tendrás que trabajar bastante con ella antes de que pueda darte satisfacción en
la cama. No tiene la menor idea de qué es lo que te hace gemir... excepto quizás esto. —Al decirlo,
Beathag se apoderó de los hombros desnudos de su cuñado y le mordió en el nacimiento del
cuello—. Es un truco que le he enseñado —dijo antes de salir precipitadamente de la habitación.
Iain no tuvo tiempo de reaccionar. Se llevó la mano al cuello, donde los dientes de su cuñada
habían dejado señales.
Cuando Iain se sentó a la mesa esa noche, comprendió que la discusión del almuerzo entre su
esposa y su cuñada había hecho estragos. Gunelle no participaba en ninguna conversación, no
levantaba por así decirlo la nariz de su pan, y, cosa que le alarmó por encima de todo, evitaba su
mirada. En cambio, Beathag charlaba sin parar y se pavoneaba con esos aires de triunfo que a él le
exasperaban. Habría deseado estar a solas con Gunelle y se prometió llevarla a pasear por el
camino de ronda tan pronto como hubiera terminado la cena. Había llegado el momento de
hablarle de sus relaciones con Beathag, y en este punto senta que su honor estaba gravemente
comprometido. Dejó escapar un profundo suspiro, y en ese momento su mirada se cruzó con la de
su esposa. Leyó en ella el recelo. Fue el primero en bajar la cabeza. «La partida no está ganada»,
se dijo.
Cuando acabó la comida, la dama Gunelle se dirigió hacia los sillones colocados cerca de los
músicos, y advirtió que su marido se colocaba a su lado. Alzó los ojos hacia él. Estaba inquieto, y
ella advirtió una nota de súplica en su voz cuando le pidió que lo acompañara a dar un paseo por
las murallas. Ella asintió y le tomó la mano para salir de la sala.
La lluvia había cesado. Corría un viento ligero, y el aire olía a brezo húmedo, a marisma y a
algas. La tormenta había dejado innumerables regueros que serpenteaban por la landa, y los
últimos rayos del sol les arrancaban destellos, a lo lejos. Los esposos caminaron varios minutos en
silencio, precedidos por Bran, que avanzaba a saltos, feliz por aquel paseo inesperado. Gunelle
había posado la mano sobre el brazo ofrecido por su marido, y mantenía la vista fja en el
horizonte. Sin intercambiar una sola palabra, llegaron al parapeto situado frente al burgo y al mar.
Gunelle soltó el brazo de su marido y fue a apoyarse en la piedra. Asomó el rostro por entre dos
almenas. Su marido se colocó a su lado y con una voz tranquila le desveló otro episodio de su vida:
—Mi señora —le dijo—, creo que mi cuñada ha tenido hoy con vos una palabrería que habríais
preferido no oír. La conozco lo bastante para sospechar que sus palabras han sido impertinentes.
Sin embargo, mentiría si pretendiera que estaban desprovistas de todo fundamento...

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 105
—Mi señor —le interrumpió ella—, lo que haga ella con vos o lo que diga de vos atañe a
vuestra conciencia. Yo no soy diferente de las demás esposas y no os obligo a justifcar vuestra
conducta.
—No me estáis obligando a nada, mi señora. Soy yo quien desea explicarse. He decidido
mostrarme tal como soy a la que quiero merecer.
Gunelle apartó la cabeza de la almena y observó a su marido. Estuvo largo tiempo mirándolo,
sin cólera y sin desprecio. Vio a un hombre al descubierto. Un hombre valeroso. Ella había de dar
prueba del mismo valor, y escuchar otra confesión.
—Os escucho, mi señor —le dijo, con sencillez.
Iain le ofreció de nuevo su brazo, y reanudaron su lento paseo por las murallas, azotadas por un
viento primaveral.
—Conocí a Beathag MacDougall durante un torneo en las islas, el año anterior al regreso de mi
hermano a Mallaig. Ella había decidido echar los tejos a quien resultara campeón en el torneo, y
ése fui yo. Me enamoré de ella como se puede estar enamorado a los diecisiete años. Fui llamado
a Mallaig por mi padre y no volví a verla hasta el año siguiente, cuando regresé a las islas con mi
hermano. De inmediato ella quedó deslumbrada por él. ¿Por qué contentarse con el hermano
menor, cuando se puede tener al heredero MacNéil?
»Se casaron en otoño y, herido en mi amor propio, huí de Mallaig durante casi un año entero.
Me encontraba a mi hermano por todas partes en las Highlands, en torneos en los que los hijos
MacNéil éramos los favoritos para los heraldos y para los espectadores, en los combates en
equipo. Beathag no lo acompañaba nunca. Después de la muerte de mi hermano, hube de volver
al castillo, y allí vi un dolor mucho mayor en mi madre que en mi cuñada. Beathag decidió
meterme en su cama para consolarse. Confeso que no dudé en convertirla en mi amante. Lo hice
tanto para vengarme de mi hermano como para herir a mi madre, pero no conseguí ni una cosa ni
la otra.
—¿Estabais aún enamorado de ella? —le preguntó Gunelle.
—Con Beathag —respondió él—, el corazón de un hombre no se siente solicitado. No es eso lo
que le interesa. Es incapaz de guardar fdelidad a nadie. La aventura nos convenía a los dos, y duró
cinco años.
Iain se había parado para pronunciar las últimas palabras, y miró a su esposa a los ojos. Leyó en
ellos una interrogación muda, que le dio esperanzas. Le tomó la mano derecha, resiguió con un
dedo la larga cicatriz rosada y dijo:
—Renuncié a Beathag el día en que os hice esto.
—Mi señor —le preguntó ella, incómoda—, ¿qué entendéis por renunciar?
La pregunta sorprendió a Iain. Una vaga aprensión se adueñó de él. ¿Qué le había contado
Beathag exactamente? ¿Tenía que defenderse de una acusación? ¿De cuál?
—Quiero decir que no he tocado a mi cuñada desde ese día, mi señora. ¿Tenéis alguna
información de lo contrario?
—Sí, mi señor. Vuestra cuñada me ha dicho que estabais en su cama la noche pasada, y que
lleváis en el cuello la marca de vuestros brincos.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 106
Iain soltó un juramento y giró sobre sí mismo, con los brazos colgantes y la cabeza echada hacia
atrás, en una actitud de impotencia. «¡Así que era eso!», pensó. Se plantó delante de su esposa,
que sostuvo su mirada a la espera de un desmentido. Con un gesto brusco se quitó el plaid,
desabrochó el cuello de su veste y se abrió la camisa, mientras explicaba con una voz tensa:
—Tengo, en efecto, una marca en el cuello. No es de ayer, sino de hace pocas horas, y no es la
clase de marca que mi cuñada ha debido de describiros.
Gunelle miraba, rígida, el cuello desnudo de su marido. La mordedura, muy roja, había quedado
impresa en la piel en la unión del cuello con el hombro. Cerró los ojos y le dijo en tono duro:
—Decidme entonces de qué clase de marca se trata, mi señor. Soy tan ignorante en esas
cuestiones...
—¡Maldita sea! Mi señora, ¿creéis que yo habría aceptado esa caricia, de haberlo sido? Beathag
ha venido a buscarme a mi habitación cuando yo acababa de llegar de la landa y estaba tomando
un baño. No niego que ella tuviera intención de darse a mí, pero yo no la he tomado. Me ha
mordido para castigarme y para castigaros a vos, por ser quien tiene la culpa de que yo la
abandone a ella.
Sent que el corazón saltaba en mi pecho como si quisiera salirse de allí. ¿Tenía yo derecho a
dudar, ni un segundo siquiera, de lo que me contaba mi marido? Todo en su actitud revelaba
sinceridad. Me di cuenta de que senta una necesidad real de creerle. Sí, deseaba ardientemente
que Iain pusiera fn a sus relaciones íntimas con su cuñada. Si lo que decía de ella era cierto, los
dos teníamos sin duda una enemiga dentro del castillo. Aquella mujer era capaz de muchas
bajezas para conseguir sus fnes, y me pregunté si sería yo capaz de afrontarla. Sent por un
instante deseos de que mi marido la echara del castillo.
Iain debió de inquietarse por el silencio que siguió a su explicación, porque me preguntó en
tono de ansiedad si contaba con mi confanza. Con un gesto espontáneo que me sorprendió a mí
misma, me acurruqué contra su pecho y respondí afrmativamente. Me estrechó en sus brazos con
un suspiro de alivio.
—Gracias, mi señora —me dijo.
Cuando regresamos a la gran sala, sorprendí una mirada de Beathag al cuello abierto de mi
marido. Debí de sonreír, porque ella me correspondió con una mueca rígida. Creo que aquel
intercambio mudo no pasó inadvertido para Iain, porque acentuó la presión de sus dedos sobre mi
mano. Sent de inmediato que me ruborizaba y respondí a su señal de la misma manera. «No —
pensé—, no tengo nada que temer de Beathag MacDougall. Mi marido ha elegido.»
Al día siguiente, llegó una carta de Crathes: las primeras noticias escritas de mi familia. Iba
dirigida a mi marido y estaba frmada por mi padre. Así pues, la abrí en el despacho, en presencia
de Iain. Mis manos temblaban de excitación al desplegar la hoja, tiesa por la humedad. El sello,
prácticamente igual al de los MacNéil debido a la semejanza de nuestros escudos de armas, me
dio la extraña sensación de abrir un correo que no me estaba destinado. Tendí la carta a mi
marido sin haberla leído:
—Aquí tenéis un ejercicio de lectura en scot, mi señor. La letra es hermosa y fácil de descifrar.
Decidme si deseáis hacerlo.
—¿Tan pocas ganas tenéis de conocer el contenido que no queréis ser la primera en leerla? —
dijo él—. Podéis tardar mucho en volver a tenerla en vuestras manos.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 107
—Mi señor, desde luego estoy impaciente por saber lo que cuenta mi padre, pero la carta está
dirigida a vos, y no a mí. Como ahora entendéis el scot y sabéis leerlo, os corresponde ser el
primero en enteraros de vuestro correo.
Sin añadir una palabra, se sumergió en la lectura de la carta. Yo di algunos pasos por el
despacho para calmar mi impaciencia. Para habernos llegado en esa fecha, la carta debía de haber
sido escrita en los días que siguieron al regreso de mi hermano Daren a Crathes. Seguramente se
hablaría de su estado de salud y del de mi madre. Pero el hecho de que la carta hubiera sido
dirigida a Iain dejaba suponer que hablaría de otras cosas. Me arrancó de mis pensamientos un
formidable puñetazo en la mesa. Me volví a toda prisa y vi dos ojos azules que me miraban con
furia. La sangre se heló en mis venas.
—Decidme, señora, ¿deseáis pedir la anulación de nuestro matrimonio por la mediación de
vuestro to Carmichael, obispo de Orleáns?
Me quedé estupefacta. ¿Qué es lo que tramaba mi padre, para escribir una cosa así? Fui a
sentarme frente a Iain y planté mi mirada en la suya.
—No, mi señor. Ni se me ha pasado por la cabeza —le repliqué en tono sereno.
La cólera desapareció con la misma rapidez con que había aparecido. Me tendió la carta sin
decir una palabra. La tomé con las dos manos y la leí, forzándome a mí misma a estar tranquila. Al
leerla, sent vergüenza de inmediato. Mi padre emplazaba a mi marido a proporcionar una guardia
de veinte hombres en el área de tala so pena de interrumpir los pagos y los trabajos. Exigía
además la anulación de nuestro matrimonio por falta de consumación. No había ninguna noticia
del estado de salud de mi hermano ni de mi madre. Se trataba de un requerimiento puro y simple,
hecho con toda probabilidad bajo el impulso del miedo o de la cólera. Me sent consternada, y mi
marido lo vio cuando puse mis ojos en los suyos. Tomó la carta de mis manos, que conservó un
instante entre las suyas. Luego se puso en pie y empezó a pasear arriba y abajo del despacho.
—Ahora haremos un ejercicio de escritura en scot, mi señora —me dijo.
—¿Qué tenéis intención de hacer, mi señor?
—¿En relación con la guardia de la zona de tala o con la consumación de nuestra unión?
Sent que me ruborizaba y bajé los ojos. Interiormente me maldije por mi reacción.
Decididamente, ese tema me incomodaba siempre. Eché la culpa a mis años de convento, que me
habían tenido en la ignorancia de ese aspecto de la vida, y también a mi madre, que no había
tenido tiempo de poner remedio. Vi que Iain colocaba un taburete redondo al lado del mío. Tomó
asiento en él, rodeó mis hombros con sus brazos y me dijo, mirándome a la cara:
—Mi señora, voy a responder a la cuestión de la zona de tala. La otra no nos importa más que a
nosotros. ¿Estáis de acuerdo?
—Ciertamente —murmuré.
Se levantó, fue a buscar papel y tinta y se instaló frente a mí en la mesa. Lo vi aplicarse como
durante nuestras lecciones. Sus dedos torpes, poco acostumbrados a los movimientos que exigían
agilidad y precisión, trazaban con lentitud las líneas y las curvas de cada letra. No pude dejar de
sonreír a aquel hombre que tanto había aprendido en pocas semanas, pasando de la ignorancia a
la instrucción como pasa un paisaje de la sombra a la luz cuando una nube se desplaza. Me sent
orgullosa de él. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que podría amarlo.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 108
Cuando hubo terminado, me tendió la hoja con una sonrisa de complicidad. Al tomarla, le
devolví la sonrisa. Antes de leerla, lo felicité por la caligrafa y eso le hizo soltar una carcajada.
Luego me enteré de su respuesta a mi padre en una atmósfera relajada, en contraste con la que
había unos minutos antes, cuando mi marido había leído la carta de mi padre.
En el estilo muy directo de los highlanders, Iain garantizaba a Nathaniel Keith que reinaría el
orden en sus tierras de los Grampianos, como en el resto de sus dominios. Que él mismo decidiría
sobre la pertinencia de una guardia en la zona de tala y sobre el número de hombres que la
compondrían, llegado el caso. Preguntaba por el estado de salud de Daren y de mi madre. Y
concluía con esta frase enigmática: «Vuestra hija os informará por sí misma cuando se espere un
heredero MacNéil.» Al levantar los ojos de la hoja nuestras miradas se cruzaron, y yo vi ternura en
la suya.
El traspaso del ttulo de jefe del clan siempre había tenido lugar en el castillo del último jefe, en
la fecha elegida por su sucesor natural. Iain MacNéil esperó hasta la víspera del Calluinn la
respuesta de su to Aindreas. Éste se presentó ya avanzada la tarde, con su esposa y sus
caballeros.
Los dos hombres se encerraron en la sala de armas, donde, fuera cual fuese el jefe elegido,
había de desarrollarse la ceremonia al día siguiente por la mañana. Después de dos horas de
discusión, Iain se encontró en un callejón sin salida. Durante los últimos días, su to había
resucitado el espectro de Alasdair en los cuatro lairds restantes. Las perspectivas de apoyo de
éstos a la candidatura de Iain no eran ya tan buenas. Además, Aindreas le ofrecía compartir las
responsabilidades ligadas al ttulo de jefe del clan si se aliaba con él. «Está visto —pensó Iain con
amargura— que Alasdair nunca me dejará ocupar mi lugar.»
—No puedo aliarme con vos, to —le respondió Iain—. No creo en vuestras capacidades de jefe,
ni siquiera con una responsabilidad compartida. Mi padre era el mayor, vos el hermano pequeño.
Sé lo que signifca ser el segundo: es algo que desarrolla las cualidades del jefe o bien las mata. En
mi caso, las ha desarrollado; en el vuestro, no.
—Hay otra manera de pasar del segundo lugar al primero, en una familia —le respondió
Aindreas—. Es eliminar a quien ocupa el primer lugar. Ya ves, sobrino, la diferencia entre tú y yo es
que yo nunca detesté a tu padre como lo hiciste tú, abiertamente, con tu hermano. Y eso es lo
más importante para mantener unido a un clan. Porque el clan es, en primer lugar, una familia.
Eso es lo primero que habría debido enseñarte Baltair, antes de darte una claymore.
Cuando su to se puso en pie para despedirse, Iain le recordó que él no había matado a su
hermano Alasdair, pero sus palabras cayeron en la sala de armas como hojas muertas aireadas por
vientos antiguos. Subió a acostarse, con el corazón duro como una piedra y un nudo en el
estómago.
Educados durante toda su infancia como rivales, los hijos MacNéil no habían aprendido a
quererse. Cuando Iain vio que su hermano le arrebataba a Beathag MacDougall, las rencillas
acumuladas se transformaron en un auténtico odio. El señor Alasdair, celoso de la superioridad de
su hermano con las armas y de la fama que le habían dado sus espectaculares victorias, se cuidó
de alimentar ese resentimiento. El hermano menor acabó por encontrar imposible el regreso a
una relación más afectuosa.
Los combates en equipo en los que participaron a partir de entonces tomaron la forma de
duelos entre hermanos por adversarios interpuestos. Iain se encargaba del más fuerte de los dos

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 109
rivales y dejaba el otro a Alasdair. Cuando les propusieron el combate con skean dubh por parejas,
Iain sabía que su hermano tenía pocas posibilidades de salir vencedor. Si no lo hubiera odiado
tanto, habría rehusado el desafo, y probablemente su hermano seguiría con vida. Lite MacNéil lo
adivinó, y en el momento de morir había acusado a Iain y renegado de él por fratricida: «Tú no
eres nada, Iain —le había dicho—. Yo tenía a Alasdair y tú lo has matado. Ya no soy tu madre, ni tú
eres mi hijo.»
«Sobre todo, no hay que mostrar pena —se dijo él—. La pena es una grieta que puede hacer
que todo se derrumbe.»
Durmió mal y, cuando al día siguiente se encontró frente a la asamblea de los lairds y de sus
esposas, supo que iba a sufrir un nuevo proceso. Tal y como se lo había advertido la víspera su to
Aindreas, los apoyos que consiguió de los lairds se habían evaporado. Iain sintió un gran despecho
y amargura.
Así pues, era necesario celebrar consejo en presencia de las esposas, que, en el clan MacNéil,
tenían voz en la elección de un jefe. Las mujeres habían sido, cinco años antes, sus acusadoras más
implacables por la muerte de Alasdair. Este último había brillado durante todo un año en la corte
de amor de Lite y las había conquistado irremediablemente. De modo que Iain se preparó para
defenderse en ese frente. Sin embargo, lo que no había previsto, y que hizo que las cosas se
presentaran en esta ocasión de una manera muy diferente, fue el efecto que produjo Gunelle en
su familia.
Seis sillones, ocupados por los hombres, habían sido colocados alrededor de una mesa redonda
sobre la que reposaban seis claymores rutilantes al contacto con el sol que entraba a raudales por
las ventanas. Detrás de cada sillón se había situado una esposa, sentada en un taburete. La sala de
armas estaba bañada en un polvo fno en suspensión que tomaba la forma de haces debido a los
rayos oblicuos del sol que acariciaban el suelo.
Cuando Iain se levantó para hablar, un silencio total se hizo en la asamblea. Los hombres
mantenían un aire serio e impenetrable. Las damas examinaban con discreción a la joven
castellana de Mallaig.
—Ha llegado el día de reemplazar a Baltair MacNéil al frente de nuestro clan —dijo Iain con voz
grave—. Varios de entre nosotros rechazan la sucesión hereditaria, y Aindreas plantea su
candidatura. En estas circunstancias, es conveniente oíros a vosotros antes de pronunciarnos con
el voto.
Después de una breve pausa, se volvió a su to Aindreas y lo invitó a tomar la palabra. Aindreas
era un hombre de corta estatura, robusto y musculoso. Su barba de color castaño contrastaba con
una cabellera abundante en la que el gris y el castaño se mezclaban a partes iguales. El tono
brusco de su voz revelaba cierta impaciencia. Repitió para los reunidos un relato que todo el
mundo conocía, salvo tal vez la dama Gunelle: las circunstancias de la muerte del señor Alasdair.
De nuevo se reprochó al señor Iain que no retirara del pecho de su hermano el skean dubh
hundido por su adversario, y haberle dejado perder toda su sangre sin intervenir. Aindreas se
extendió largo rato en el odio que alimentaban los dos hermanos el uno contra el otro, y terminó
su discurso con esta pregunta:
—¿Podemos poner a la cabeza del clan MacNéil a un hombre culpable de fratricidio?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 110
Griogair, el laird de más edad, tomó de inmediato la palabra. Era uno de los dos cuñados del
señor Baltair, el marido de la hermana mayor del difunto.
—Conocemos esa historia, que ya ha sido discutida, Aindreas. Lo que a mí me gustaría saber es
por qué crees que tú puedes ser un buen jefe.
—Porque soy, de todos vosotros, el que mantiene más caballeros, posee más cabezas de
ganado y el mejor castillo —respondió él.
—Puesto aparte Iain MacNéil, desde luego —intervino Daidh de Finiskaig.
Intervinieron después Struan de Airor y Aulay de Arisaig, y los dos expresaron sus dudas en
confar el clan al más joven de todos sin tener la seguridad de que haría pasar los intereses
comunes del clan por delante de sus sentimientos personales. Cuando calló el último en hablar,
Iain tomó de nuevo la palabra.
Le repugnaba tener que recordar una vez más los minutos de estupor que había vivido,
inclinado sobre su hermano moribundo después de que se detuviera el combate. Sobre todo, le
inquietaba la conmoción que el relato iba a provocar en el corazón de su esposa. Levantó la
cabeza, decidido a abordar el problema de frente. No podía ver a Gunelle sin girar completamente
la cabeza, de modo que no pudo recibir el apoyo de su mirada. Pero, al alzar la mirada a los
blasones colocados encima de la chimenea, sintió con total certeza la presencia de su padre en la
sala.
—No soy culpable de fratricidio —dijo, hablando despacio—. Yo no maté a Alasdair. No fui yo
quien lo apuñaló, y de haber retirado el skean dubh de inmediato, habría muerto igualmente.
Quien viera su herida puede atestiguarlo. No lamenté su pérdida porque era incapaz de hacerlo.
De lo único que soy culpable en relación con él es de no haberlo querido nunca.
La confesión fue seguida por un profundo silencio que Rosalind, la hermana mayor de Baltair
MacNéil, rompió al abrir la discusión a las cinco esposas. Todas ellas sentan una admiración sin
límite por el difunto Alasdair, cuya muerte trágica lo había elevado al rango de los héroes MacNéil.
Cosa extraña, ninguna de ellas se refrió a las cualidades de Aindreas para ponerse a la cabeza del
clan, ni siquiera su propia esposa. La vez de la dama Gunelle llegó cuando ya todas las demás
habían hablado, y todos los ojos se fjaron en ella salvo los de su marido, que conservaba la cabeza
gacha.
La castellana era la más joven de las mujeres de la asamblea, y la más menuda. Aquella
mañana, parecía particularmente frágil, envuelta en unos ropajes de gran sobriedad y con el rostro
tan pálido como su cofa blanca. Desde las primeras palabras, su voz serena y tranquila cautivó a
varios de los presentes e impuso a todos silencio y respeto:
—Sé, al dirigirme a vosotros, que mi opinión no puede ser considerada imparcial. Es más, no
conozco al adversario de mi marido, el señor Aindreas. Por esa razón, no me pronunciaré sobre
sus capacidades como jefe. Aunque soy, entre todos vosotros, quien conoce a Iain MacNéil desde
hace menos tiempo, creo conocerlo lo bastante para estar convencida de que será un jefe tan
bueno como lo fue su padre. Es un escocés leal a su monarca, ante el que ha dejado el clan en
buen lugar. Podrá defenderlo contra los demás clanes, porque su instrucción le permite mantener
la función diplomática que desempeñaba su padre en las Highlands. Mi marido es un hombre
sincero y capaz. Puede gastar sin escatimar y sé que es capaz de arriesgar su vida para salvar a los

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 111
suyos. Tiene sus rencores y sus debilidades, como todos nosotros, pero creo que ninguno de ellos
puede nublar su juicio como jefe.
—Me sorprendéis, mi señora —intervino entonces la esposa de Aindreas—. ¿Merece confanza
un hombre que detestaba a su hermano y a su madre y que se rebelaba contra su padre? ¿Puede
confársele sin vacilar la dirección de toda su familia? Querida, se ve que no sabéis lo que signifca
odiar, cuando concedéis a ese sentimiento tan poca importancia.
—Sí, se la concedo —respondió la dama Gunelle con un temblor en la voz—. Yo estuve al lado
del señor Baltair en sus últimas horas, y puedo afrmaros que Iain MacNéil amaba a su padre y era
amado por él. Ese amor era incondicional. Lo que un hombre siente por su madre no le importa
más que a él.
»En cuanto al amor fraterno entre el señor Alasdair y mi marido, era inexistente tanto en uno
como en otro. El menor no tiene ningún deber hacia el primogénito que éste no tenga con el
pequeño. Y es cierto que el odio gobierna las almas, pero, como todos los sentimientos, puede
cambiar. Lo sé porque yo misma he detestado a Iain MacNéil, pero, hoy, creo en él más que en
ningún otro hombre.
Iain levantó la cabeza y se volvió hacia su esposa, mientras los latidos de su corazón se
disparaban. De modo que Gunelle tenía fe en él, a pesar de la desconfanza de los lairds y de sus
esposas. Al encontrar su mirada orgullosa, supo que para él la jefatura del clan era tan sólo algo
secundario al lado del lugar que deseaba ocupar en el corazón de su esposa. Oyó a su padre
murmurarle: «Merece su amor, y ella te mostrará al verdadero Iain MacNéil.»
Puesto en pie, se dirigió a la asamblea y la condujo a la fase crucial de la reunión. Preguntó si
alguien deseaba hablar antes de pasar a la votación, pero nadie manifestó la intención de añadir
algo a lo que ya había sido dicho. Los cinco lairds miraban con fjeza, intrigados, a aquella pequeña
castellana que habían ido a buscar a una familia rica de las Lowlands, recién salida de un convento
francés y que hacía gala de un juicio tan frme. En cuanto a las esposas, habían quedado
subyugadas por un testimonio tan elocuente de lealtad hacia un esposo cuya fama de mujeriego
estaba lejos de ser exagerada. A un signo de la de más edad, abandonaron la sala una tras otra,
porque sólo los lairds tenían derecho a voto.
Ellas tomaron asiento en los sillones de la gran sala, a la espera del resultado de la votación, y
se lanzaron a un parloteo nervioso. La dama Gunelle, que sólo se había encontrado con ellas en
dos ocasiones, con motivo de su boda y de los funerales de su suegro, se sintió un poco al margen.
Meditaba sobre las revelaciones escuchadas en la sala de armas cuando la dama Rosalind, que se
había sentado a su lado, le dirigió la palabra.
—Querida Gunelle... —le dijo en tono de confdencia—, os admiro por haber tomado a Iain
como esposo. Es el muchacho más audaz y también el más atormentado que conozco. Pero tenéis
toda la razón en cuanto a sus cualidades de jefe. Es un MacNéil de pies a cabeza. Y he de confesar
que estáis a la altura de vuestra tarea, a pesar de que no sois una mujer del Norte, como todas
nosotras.
—Os doy las gracias, dama Rosalind —respondió la joven—. Me gustaría encontrarme más a
menudo con las mujeres del clan. Sé que tengo mucho que aprender de vosotras. Eso me ayudaría
a conoceros y a estimaros, sea quien sea el nuevo jefe elegido hoy.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 112
Rosalind MacNéil se apoderó de la mano de la joven castellana y la estrechó entre las suyas,
asegurándole que tenía su apoyo con una sonrisa de admiración en los labios.
En la sala de armas, todos habían recogido sus claymores de la mesa y vuelto en silencio a su
lugar. Iain miró a cada uno de los cinco lairds, se inclinó, depositó su arma a sus pies, y se
incorporó lentamente. Griogair se adelantó, colocó su claymore a los pies de Iain y volvió a su
sillón. Le siguieron Aulay, Struan y Daidh. Sólo Aindreas permaneció en su lugar y colocó su arma
ante él, en el suelo. Los MacNéil acababan de pronunciarse cinco contra uno en favor del hijo de
Baltair.
Un formidable suspiro de alivio y de orgullo salió del pecho de Iain. Levantó la mirada hacia los
blasones y pensó: «Padre, soy vuestro sucesor. Juro que los MacNéil nunca tendrán que lamentar
su elección.»

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 113
Capítulo 9

El Calluinn
Después del salvamento de la dama Gunelle por su primo en el pico de St. Ninian, el señor
Tòmas encontró la paz de espíritu. Durante aquella noche fatdica, la perspectiva de perder a la
vez a la joven castellana y al joven amo de Mallaig le había provocado una angustia que su
regreso, sanos y salvos, hizo desaparecer. Después del fallecimiento de su to, le habría resultado
muy penoso soportar otra muerte.
Al entrar en la gran sala, vio que la dama Gunelle estaba nerviosa. Sentada entre las esposas de
los lairds, dirigía miradas inquietas a la puerta de la sala de armas, en la que se estaba
desarrollando la votación. Se acercó a ella y le susurró al oído unas palabras de ánimo en scot, a
las que ella respondió con una sonrisa.
También él deseaba ardientemente el ttulo de jefe del clan para su primo. Durante las últimas
semanas, había tenido numerosas ocasiones de cambiar de opinión sobre la valía de Iain MacNéil.
Tenía que reconocer sus cualidades como persona y como conductor de hombres. Además, desde
su regreso de las islas junto al sherif Darnley, sus observaciones le habían confrmado que la dama
Gunelle contaba con el respeto de su marido, y que la cuñada de Iain había de conformarse con su
condición de viuda de Alasdair. Ya no era necesario comprobar delante de qué puerta dormía el
perro para saber qué cama frecuentaba el amo. Sintió una oleada de admiración por la joven
castellana que había conseguido provocar aquel cambio de comportamiento en su indomable
primo.
Cuando por fn se abrió la puerta de la sala de armas, haciendo que Bran se sobresaltara en el
umbral, Tòmas se adelantó un paso y vio que Iain precedía a los demás lairds. Exhaló un suspiro de
alivio: su primo había obtenido la mayoría de los votos. Los hombres fueron saliendo uno tras
otro, Aindreas el último. Tòmas vio sus ojos llenos de amargura y adivinó que el to de Iain no se
conformaba con la decisión del clan.
Las damas, que se habían puesto en pie a un tiempo, contemplaron con arrobo cómo el señor
Iain, resplandeciente de satisfacción, se acercaba a presentar sus respetos a su esposa. Avanzó
despacio hasta situarse frente a ella y la saludó solemnemente, a la manera de los caballeros del
Norte. La joven castellana le devolvió el saludo inclinándose en una profunda reverencia. Aislados
en cierta forma del resto de los presentes, los esposos se comunicaban en silencio, con la mirada.
Un torrente de aplausos resonó en la gran sala, que se había llenado de gentes del castillo y
siervos de sus propiedades, venidos a prestar juramento al heredero MacNéil. Todos, cada cual á
su manera, habían rezado por un resultado favorable a su amo y señor y a su joven ama, porque el
ttulo de jefe del clan les garantizaba una mayor protección. Sacudido por encogimientos de
hombros, el reverendo Henriot se santiguó para dar las gracias a Dios por los favores concedidos.
En aquel primer día del año 1425, el sol y Dios todopoderoso inundaban Mallaig con sus luces.
Mediante la ceremonia del homenaje, los siervos garantizaban al señor su fdelidad y su
trabajo, y él les prometa en correspondencia empleo y protección en sus tierras. La costumbre, en
las Highlands, establecía que el heredero de unos territorios recibiera el homenaje renovado que
se había dado a su predecesor. Así fue como en la mañana del Calluinn unos cuarenta hombres
esperaban con alegría el momento de prestar el juramento a Iain MacNéil.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 114
En ausencia del secretario de la familia, a quien correspondía la tarea de organizar la
ceremonia, fue el reverendo Henriot quien la dirigió. Cada uno de los siervos y sus familias le eran
bien conocidos, y no tuvo la menor difcultad en reunidos en la sala de armas a fn de proceder,
por orden, a la presentación del homenaje. Los hombres siguieron con docilidad las instrucciones
del hombrecillo, continuamente sacudido por encogimientos de hombros.
La pequeña Ceit se deslizó furtivamente por la puerta de la sala de armas, abierta de par en par.
Muy impresionada por la vista de las mazas erizadas de puntas, hachas, ballestas, claymores,
armaduras para jinetes y caballos, cotas de malla, escudos y yelmos empenachados con plumas,
nunca perdía ocasión de entrar en la sala de armas así decorada. La multitud que había en el
interior era muy densa, y, para ver algo, hubo de refugiarse en el estrado, detrás del sitial
rematado por un dosel de madera en el que se instaló el señor Iain durante la ceremonia, que fue
muy larga.
Con curiosidad, Ceit vio desflar uno a uno a todos los hombres del castillo y los de los campos.
Desanudaban su cinturón, se arrodillaban a los pies del señor colocando sus manos juntas entre
las de su amo, y pronunciaban todos invariablemente las mismas palabras: «Juro que os guardaré
fdelidad, seré leal a vos contra todos los demás y protegeré vuestros derechos con todas mis
fuerzas.» El señor les hacía levantarse tomándolos por los hombros, les besaba en la boca y les
daba un ramo al tiempo que les prometa su protección. La pequeña Ceit miró el cesto repleto de
ramos colocado junto al sitial, y cogió uno de ellos, que examinó maravillada: «Esta rama es
mágica —se dijo—. Tiene el poder de proteger.»
Tan pronto como acababan de prestar su juramento, los siervos y los hombres del castillo
abandonaban la sala. Muy pronto, no quedaron más que los caballeros de la casa, los lairds y sus
damas. El señor Iain bajó del estrado a reunirse con ellos. Para sorpresa general, Aindreas se
adelantó, le tomó de las manos y, humillando la cabeza, le juró fdelidad. Los demás lairds hicieron
lo mismo. Emocionado, Iain lo agradeció con un abrazo a cada uno de ellos. Luego, formando una
fla detrás de la dama Rosalind, las mujeres se acercaron una a una y repitieron la fórmula
completa de los siervos arrodilladas a sus pies, lo que signifcaba que ponían sus castillos y a sus
gentes a disposición de su nuevo jefe. Iain se sintió conmovido por esos gestos espontáneos que
venían de las mismas que tanto le habían criticado. Las ayudó a ponerse en pie y las abrazó del
mismo modo que había hecho con sus siervos.
La última que se acercó a arrodillarse delante de él fue su esposa, pero él se lo impidió
sujetándola por los hombros. Cuando ella quiso pronunciar su homenaje de fdelidad, él la
interrumpió y dijo en voz baja, mirándola a los ojos:
—No, mi señora, soy yo quien juro que seré leal a vos contra todas las demás.
Y sin darle tiempo para hablar, posó un beso leve sobre sus labios y la estrechó contra sí.
Habían alineado todas las mesas junto a los muros de la gran sala, y colocado los manjares en
ellas de modo que cada cual pudiera servirse. Se ofrecía vino y cerveza a las gentes del castillo, a
los siervos y a los lairds invitados a la festa del Calluinn. Varios círculos, formados por personas
que se daban las manos, ocuparon muy pronto el centro de la sala. Se entonó el canto tradicional
del Calluinn, Auld Lang Syne, y varias mujeres lanzaron un pellizco de sal al hogar para conjurar a
los malos espíritus que intentaran introducirse por aquel lugar en el nuevo año.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 115
Luego se instalaron los músicos y empezaron a tocar un aire de danza que todos los reunidos
acogieron con exclamaciones de alegría. La festa se animó rápidamente, y las risas, tanto como
los reels, ahogaron todos los demás ruidos.
En el exterior de la sala, en las cocinas donde supervisaban el servicio de los platos, Anna y
Nellie se dieron un apretón de manos, henchidas de gozo. Todas las emociones que habían vivido
en las últimas semanas emergían a la superfcie de sus corazones fatigados, y lágrimas de alegría
humedecían sus rostros. Anna, tranquilizada por la actitud digna de su joven amo, sintió disiparse
todas sus dudas sobre él. Suspiró al pensar que tal vez había llegado la hora de la felicidad para
aquel niño huraño, y que por fn iba a encontrar su lugar en el castillo, del brazo de su joven
castellana.
A Nellie, el cambio observado en su joven ama después del accidente de la gruta de St. Ninian
la llenaba de esperanzas sobre la pareja que formaba con el señor Iain. Gunelle ya no estaba en
guerra con él y lo miraba de otra manera, sin cólera ni desconfanza. Incluso había sorprendido
entre ambos esposos gestos de afecto. Ahora a la nodriza le estaba permitido esperar que su
joven ama conocería pronto a su esposo y llevaría un hijo suyo.
Por haber asistido a las dos hermanas de Gunelle en sus embarazos y cuidado de los bebés que
habían traído al mundo, sabía cuántas pequeñas alegrías le procuraría el nuevo nacimiento. Por
otra parte, como mujer práctica, pensaba con sinceridad que, entre todas las hijas Keith, Gunelle
era la más dotada para ser una buena madre. «Dios todopoderoso, no abandones al señor Iain.
¡Estás haciendo maravillas en este momento con él!», rezó.
Ese día volví a pensar en la promesa que había hecho al señor Baltair: no renunciar nunca a
desempeñar mi papel de castellana de Mallaig y de esposa de Iain. Cada gesto que me vi llamada a
cumplir era portador de aquel compromiso hacia mi suegro, al que había conocido poco pero
querido mucho, quizá más que a mi propio padre.
Durante el consejo de los lairds, las revelaciones sobre la muerte del hermano de mi marido me
habían trastornado mucho, y tuve que retenerme para no condenar a Iain. Cuando me
concedieron el uso de la palabra, en medio de la desaprobación de la familia, sent ascender en mi
interior palabras de defensa que me apuntaba su padre. Sí, Baltair MacNéil habría defendido
apasionadamente a su hijo. Yo estaba convencida de ello, y supe que me tocaba hacerlo en su
lugar. Cuando, al fnal de mi discurso, vi la mirada rebosante de gratitud de mi marido, comprendí
que yo misma respaldaba por completo cada una de mis palabras en favor suyo. Era un
sentimiento nuevo para mí, y lo experimenté hacia su hijo, que me había salvado de morir
ahogada no por alarde ni por deber, sino simplemente por amor.
Tenía que reconocer que, durante los últimos días, mi marido se había abierto a mí como pocos
esposos lo hacen. Había desnudado su alma y su corazón y me había dado, al hacerlo, mucho más
de lo que la mayoría de las esposas reciben durante su matrimonio. «He aquí todo lo que puede
llegar a haber, en ocasiones, entre marido y mujer», pensé con cariño.
Me puse a observar a Iain, siguiéndolo con la mirada en medio de su gente en festa. Paseaba
tranquilamente entre ellos con la cabeza alta y una risa contagiosa, prodigando gestos amistosos
con sus grandes manos, tan pronto en el hombro de un hombre como en el brazo de una dama o
en la cabeza de un niño. De pronto sent el deseo de tener esas manos sobre mí y cerré los ojos
para saborear aquella imagen nueva y desconcertante.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 116
Cuando volví a abrirlos, vi que Iain se dirigía a la pequeña Ceit, agachado al lado de ella y medio
oculto detrás de una columna. El instinto me llevó a acercarme a ellos. Sorprendí entonces una de
las escenas más encantadoras que nunca hubiera visto: una declaración de amor de un padre a su
hija.
Ceit intentaba esconder un pequeño ramo a su espalda, y Iain le preguntó:
—Dime, Ceit, ¿para qué te sirve ese ramo?
—Es mágico. Me protege, mi señor. Pero primero hay que dar un beso. Escucha bien, ¡voy a
enseñarte cómo!
Dejó el ramo en el suelo, tomó en sus pequeñas manos las de Iain, se arrodilló y pronunció, sin
la menor vacilación y sin saltarse ni una palabra, el juramento de los siervos a su señor:
—Juro que os guardaré fdelidad, seré leal a vos contra todos los demás y protegeré vuestros
derechos con todas mis fuerzas.
Luego recogió el ramo, se incorporó y lo puso en las manos de él, con la mirada fja en la suya, a
la espera de la respuesta a su juramento. El rostro de mi marido revelaba una emoción profunda, y
hubo de aclararse la voz antes de recitar su parte del juramento:
—A ti, Ceit, te garantizo mi protección y mi amor puesto que me reconoces como tu... padre.
—No, tienes que decir «puesto que me reconoces como tu amo y señor» —lo corrigió ella en
tono declamatorio, articulando despacio cada sílaba. Sin esperar a que Iain rectifcara, le dio un
beso en los labios y enseguida se echó atrás, acariciándose la barbilla—. ¡Cómo picas! —exclamó
—. Bran tiene el pelo más suave cuando lo beso para decirle juramentos.
Él la tomó en brazos y la levantó del suelo:
—Sí, yo pico más que Bran cuando hago juramentos, pero mi protección es más grande
también. Sobre todo porque hoy soy jefe del clan, además de ser tu padre.
—¿Qué dices? Mi padre se marchó. Yo no tengo padre —replicó ella, asombrada.
—No, Ceit, tu padre siempre ha vivido contigo, en el mismo castillo, y en este momento te tiene
en sus brazos.
En ese momento Iain me vio detrás de su hija, y me sonrió. Ceit se volvió hacia mí, con una
mirada maravillada. Me tendió los brazos y Iain vino hacia mí con su pequeña carga llena de
excitación ante aquella extraña revelación.
—¿Lo has oído, Gunelle? El señor Iain es mi padre, y tú estás casada con él. ¡Entonces, tú eres
mi madre!
Tomé sus manitas abiertas y las besé, trastornada al ver la felicidad completa y sencilla de mi
pequeña Ceit. Mi mirada se cruzó con la de mi marido y comprendí que aquella felicidad estaba
enteramente compartida. «Hoy, todo le ha sido devuelto», pensé, y le sonreí.
—No debes llamarla «Gunelle», Ceit... —empezó a decir mi marido.
—Hay que decir «dama Gunelle», ya lo sé, señor Iain —le respondió su hija, recalcando la
palabra «dama».
—No, Ceit, en adelante has de llamarla «madre». Y a mí has de llamarme «padre». Ahora ven a
bailar conmigo, ¡la música es muy bonita!

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 117
—¡Oh, no, señor Iain! ¡Todo el mundo me mirará! —protestó ella con viveza, sin emplear los
apelativos que acababan de enseñarle—. ¡Verán lo fea que soy! Díselo, Gunelle. ¡Quiero seguir
escondida!
—¿Quién dice que eres fea? —dijo enseguida mi marido, fngiendo estar enfadado—. No
puedes serlo porque eres mi hija. Sabes muy bien que las hijas se parecen a su padre. ¿Es que me
encuentras feo a mí, Ceit, hija mía?
—No, mi señor, pero preferiría parecerme a Gunelle.
—Tendrás un hermano que se parecerá a Gunelle —respondió él, mirándome a los ojos,
divertido por la conversación.
Ceit me dirigió una mirada interrogadora. Yo le besé las manos de nuevo y le dije que hiciera lo
que le había pedido su padre:
—Deberías aceptar la invitación a bailar con tu padre, querida. Aquí hay muchas niñas que
estarían encantadas de que el jefe del clan las tuviera en sus brazos. También hay damas que
querrían estar en tu lugar... como yo misma.
—Ya llegará vuestro turno, mi señora —me dijo mi marido con voz cálida mientras se llevaba a
su hija hacia la cuadrilla que acababa de formarse.
Les vi alejarse juntos, Iain con paso frme y la cabecita pelirroja moviéndose sobre los anchos
hombros de él, con los bracitos enlazados alrededor de su cuello. La dama Rosalind me apartó de
mi contemplación.
—Veo, dama Gunelle, que sois una excelente maestra. Habéis hecho verdaderos milagros en
unas pocas semanas. Habéis enseñado a hablar a esta pequeña, a la que se creía muda, y a leer y
escribir a mi sobrino, cosa que sin duda ha sido la más difcil de las dos enseñanzas. Todo el mundo
sabe en qué modo rechazaba Iain la instrucción. Era totalmente hostil a cualquier actividad en la
que destacara Alasdair. Iain se dedicó al arte de combatir, y está claro que eso le ha sido de
utilidad.
—Dama Rosalind, no ha sido una tarea difcil enseñar a mi marido. Es un hombre
asombrosamente dotado, quizá tanto como lo fue su hermano, al que desde luego no conocí. Y lo
mismo ocurre con la pequeña Ceit. Por otra parte, me ha resultado todavía más fácil porque he
descubierto, al hacerlo, que adoro la enseñanza. Creo, incluso, que es lo que más me ha ayudado a
adaptarme a la vida de Mallaig —le respondí.
Vi que ella refexionaba sobre lo que le había dicho. Su mirada estaba llena de curiosidad y de
simpata hacia mí. Me sent aliviada. Deseaba con ardor convertirla en una aliada. Veía en ella a
una persona capaz de proporcionarme nuevos puntos de vista sobre el clan MacNéil, y quería
ganarme su confanza. Me pareció que sólo a ese precio conseguiría llegar a ser una verdadera
esposa highlander.
—¿Qué pensáis hacer ahora que ya casi han terminado los aprendizajes, tanto de la niña como
de Iain? Sería una lástima perder una mano tan hábil para la enseñanza. Deberíais, si aceptáis el
consejo de una anciana que no entiende de nada, volver a abrir la escuela del burgo. Mi cuñada
Lite insista mucho en la instrucción de los niños de Mallaig, y es desolador que el reverendo
Henriot se despreocupe de ese modo.
—Tenéis razón, mi señora. Todas las iniciativas de la que me precedió como castellana son
dignas de ser continuadas, y consideraré un deber mío el asegurar que prosigan.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 118
—¿Incluye eso también la corte de amor, dama Gunelle? Sin duda sabéis que la dama Lite dio
fama al castillo con esa innovación tan divertida para todas nosotras y nuestros caballeros. Eso
daría a la viuda de Alasdair ocasión de hacer valer sus talentos como cortesana. Sin duda vos lo
ignoráis, pero la dama Beathag brilló tanto como su marido aquí, en esta gran sala...
—Cierto —repliqué con desmedida viveza—. Con esos talentos conquistó también a mi marido
como amante. Por desgracia, no poseo ni las cualidades ni los conocimientos para organizar una
diversión de ese tipo en Mallaig, por grandes que sean los benefcios para nuestros caballeros,
para las damas del clan o para la viuda Beathag.
—Vamos, mi señora, no he querido heriros al abordar ese tema. Veo que percibís ofensas que
tal vez no son tan grandes como creéis. Mi sobrino Iain nunca ha estado sometido a la atracción
exclusiva de la dama Beathag. Es lo que me excusaréis que llame un rondador de camas, como
tantos otros hombres. Sin embargo, por lo que le conozco, puedo deciros que sois exactamente la
clase de esposa a la que él desea jurar fdelidad. Y si lo hace, podréis faros de él. Iain es un
hombre de una pieza, y por eso resulta tan atractivo o tan repugnante, según el punto de vista en
el que una se sitúe. En el clan, todas sabemos que vuestro matrimonio pasa por problemas, pero
no son mayores que los de la mayor parte de los matrimonios concertados. —Me tomó de las
manos, al ver mi indecisión, y añadió—: No sé por qué razón, pero os quiero infnitamente. Me
recordáis a la única hija que he tenido, y que perdí cuando ella contaba sólo doce años.
No pude seguir escuchando sus confdencias. Iain vino a buscarme para bailar, y la dejé con una
sonrisa de gratitud y de complicidad.
Me vi arrastrada a un ritmo endiablado, con el único punto de apoyo de las manos frmes de mi
marido. Ellas me guiaban con la seguridad que muestran las tejedoras con los husos en su ir y venir
constante sobre el telar. Yo me desplazaba siguiendo el orden preciso de las fguras, iba y venía
alrededor de él, me acercaba y me alejaba con los ojos clavados en los suyos, intentando atender
a la música con la aplicación sufciente para poder seguir el ritmo.
Las revelaciones de la dama Rosalind me hacían ver ahora a Iain como un hombre que había
obtenido los favores de varias mujeres, y no de una sola como yo imaginé hasta ahora, dejando
aparte las aventuras que había podido tener con la servidumbre mujeril del castillo. Era incluso
posible que, entre las que bailaban a nuestro alrededor, hijas de lairds o de siervos, se encontrara
alguna de sus antiguas conquistas; tal vez aquellas jóvenes cuyas miradas me seguían con
curiosidad.
¿Por qué pensaba la ta de mi marido que yo era la clase de mujer por la que Iain estaría
dispuesto a cambiar su comportamiento de rondador de camas? No tenía la menor idea. Era cierto
que me había jurado fdelidad en la sala de armas apenas unas horas antes. De súbito me aferré a
esa promesa como si tuviera un poder de vida o muerte sobre mí. «Iain MacNéil —me dije—,
¿será que me he enamorado de ti?»
Tuve un atisbo de respuesta a esa pregunta después de varios bailes con él, cuando
abandonamos el círculo de los danzantes para ir a refrescarnos. Me llevó de la mano a través de la
multitud, hasta un banco adosado al muro de la sala de armas, y atrapó al pasar un hanap de
cerveza que me ofreció antes de beber él. Me dejé caer en el banco, llevé el hanap a mis labios y
bebí a grandes tragos. Cuando se lo devolví, me sonrió al comprobar que estaba casi vacío. Se
levantó para hacer que lo llenaran de nuevo y el reverendo Henriot, al que yo no había visto, vino
a sentarse a mi lado. Estaba muy rojo y sudaba a goterones. «¿Habrá bailado?», me pregunté de

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 119
inmediato. Con una voz espasmódica, mientras miraba a los bailarines, empezó a hablarme de las
gentes del burgo. Descubrí hasta qué punto estaba el reverendo encariñado con sus feles.
Recordé entonces la sugerencia de la dama Rosalind y aproveché la ocasión para presentar al
reverendo el proyecto de reapertura de la escuela del burgo. Muy sorprendido al pronto, avanzó
algunas observaciones relacionadas con la organización: el número de niños, el abanico de edades,
el edifcio. Entablamos una discusión muy interesante para mí, que no pedía otra cosa que hablar
del tema para clarifcar mejor mi idea. Cuando se reunió con nosotros, Iain acogió el proyecto con
una reserva prudente, sin llegar a manifestar una desaprobación abierta. Yo sonreí al pensar que
no me sería difcil convencerlo de los benefcios de la instrucción.
Sin duda el reverendo pensaba lo mismo, porque hizo observar a mi marido que Mallaig tenía la
gran suerte de contar entre sus habitantes con una castellana instruida y capaz de transmitir su
saber, y que sería una lástima que los niños del burgo y los del castillo, como la pequeña Ceit, no
sacaran provecho de ello.
Iain no respondió a ese argumento. Parecía perseguir otra idea, porque preguntó al reverendo
si exista un procedimiento de adopción aplicado por la Iglesia cuando alguien quería reconocer a
una huérfana como heredera. Su pregunta me emocionó por su generosidad, y le dediqué de
inmediato una mirada admirativa. El reverendo adivinó al instante de qué huérfana se trataba,
porque mencionó a Ceit en su respuesta a mi marido. Exista una bendición para los hijos y los
padres adoptivos, pero la inscripción de un heredero no legítimo en el registro de una familia
noble no necesitaba del reconocimiento de la Iglesia.
—Muy bien —dijo Iain—. En tal caso, quiero de todos modos, reverendo, que nos bendigáis a
mi esposa y a mí como padres adoptivos de la pequeña Ceit. Mañana, si os viene bien.
—Como a vos os parezca, mi señor —respondió Henriot, y se levantó para despedirse.
Cuando estuvimos solos, Iain levantó su hanap a la altura de los ojos y bebió a la salud de su
hija; luego me lo tendió y yo repet la fórmula, precisando «nuestra hija» antes de beber a mi vez.
—Perdonadme, mi señora —me dijo—. No os he consultado. ¿Sents algún escrúpulo en
convertiros en madre de mi bastarda?
—Mi señor —le respondí, al tiempo que colocaba un dedo sobre sus labios—, no volváis a
llamarla con ese nombre, os lo ruego. Me siento enteramente feliz de ser su madre.
Me tomó los dedos y los apretó contra su boca, besándolos lentamente uno por uno. Di un
pequeño respingo al contacto de su barba en mi piel. Él se dio cuenta y se interrumpió para
mirarme, conservando mi mano en la suya.
—Ciertamente, os sents más feliz de ser su madre que mi esposa —declaró muy tranquilo, sin
expresión en la voz.
Con mi otra mano toqué su mejilla, y después sus labios, con un gesto suave, y le hice un signo
de negación. Su rostro se iluminó de inmediato. Se puso en pie de un salto, tendió su hanap al
primero que pasó y me arrastró al círculo de bailarines. Se trataba de una danza muy lenta en la
que las parejas se sujetaban por los antebrazos y los hombres hacían pasar a la dama delante de
ellos, y luego a su lado. Me dejé de nuevo guiar por él, y disfruté del calor de sus manos y de la
proximidad de su cuerpo, que me rozaba. Me sacó de mi ensueño con una pregunta que me
pareció absurda, y que me hizo en voz muy baja:
—Mi señora, ¿queréis ser mi mujer?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 120
—Yo creía que ya estábamos casados, mi señor —le contesté, extrañada.
—Lo estamos, pero no hemos cumplido más que la mitad de nuestro voto de matrimonio. Esta
—me dijo tomando entre sus dedos mi anillo de boda—. «Con este anillo os desposo...», pero
todavía no os he honrado con mi cuerpo.
—Mi señor, no me habéis dado ninguna ocasión de rechazaros en mi lecho. Y con toda
seguridad yo no habría hecho tal cosa si vos hubieseis manifestado algún deseo.
—Sé muy bien, mi señora, que de habéroslo pedido vos habríais cumplido vuestro deber
conyugal sin protestar. ¿Acaso no me he casado con una mujer devota de su deber? Pero... yo no
quiero llevaros al lecho por deber.
No podíamos seguir aquella conversación respetando las fguras de la danza. Él me sacó con
suavidad fuera de la cuadrilla y me condujo con paso resuelto hacia el fondo de la sala. A nuestro
paso, sorprendí las miradas curiosas de quienes observaban a las parejas de bailarines. Mi corazón
palpitaba, y sent que me ruborizaba. Cuando estuvimos al resguardo de un pilar, me tomó en sus
brazos y, antes de que él pudiera añadir lo que fuera, coloqué de nuevo mis dedos sobre sus labios
para obligarlo a callar. Con los ojos sumergidos en los suyos, le dije que lo deseaba:
—Mi señor, no iré al lecho con vos por deber. Si me deseáis como vuestra mujer, yo os quiero
de la misma manera por marido.
Por toda respuesta, me besó en los labios con una infnita delicadeza, casi religiosamente. Me
estremecí a ese contacto y me apreté contra él.
Los siervos y las gentes del castillo habían abandonado la gran sala hacía mucho tiempo cuando
se encendieron todas las antorchas y las bandejas con los restos de comida fueron retiradas a las
cocinas.
Aquel primer día del año de gracia de 1425 tocaba a su fn, y la fatiga parecía ahora haberse
apoderado de todo el mundo. Los lairds y las esposas que se quedaban en el castillo a pasar la
noche se habían reunido alrededor del hogar y escuchaban plácidamente a los músicos, que
interpretaban piezas calmosas. De pronto, a alguien se le ocurrió hacer cantar a la castellana. La
dama Rosalind fue quien insistió más ante la joven, que acabó por ceder, con gran alegría de los
reunidos. El señor Iain hubo de resignarse a dejar escapar de entre sus brazos a su esposa, junto a
la que se encontraba desde el fnal de las danzas, sentado con ella en el extremo de un largo
banco, bajo la mirada divertida de todos. Nunca Iain había mostrado tan abiertamente delante de
su familia su cariño y apego a una mujer.
Todas las damas, excepto una, estaban encantadas, en el sentido propio de la palabra, con el
joven jefe del clan, visiblemente enamorado de su esposa. La dama Beathag, que no tenía por
costumbre morder el freno, había aprovechado todas las ocasiones posibles para distraerse del
espectáculo de su cuñado enamorado, sin vacilar en buscar algún galán por la parte de los lairds.
El señor Tòmas se dio cuenta de sus manejos y sintió alguna preocupación por la armonía
familiar. Se tranquilizó cuando la vio por fn echar los tejos a Raonall, un primo soltero, hijo de
Rosalind. Cuando empezaron los cantos, Tòmas les vio eclipsarse de la gran sala: Raonall llevaba
del brazo a Beathag a un lado, y a su doncella al otro, y las dos se contoneaban de gusto. Él
sacudió la cabeza con resignación y no pudo dejar de recordar a la joven a la que había cortejado
en el castillo de Duart el mes anterior. Le habría gustado tener él también del brazo a una mujer a
la que murmurar «mi bienamada». Se sirvió otro hanap de uisge-beatha.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 121
La dama Gunelle tenía una voz especialmente afnada aquella noche. Con el tiempo, había ido
ensayando una serie de canciones muy hermosas con el tocador de clársach, y las melodías que
interpretaron encantaron a su auditorio. El ejecutante de pìob, que conocía algunas de las piezas,
decidió acompañarles en sordina, desde el otro extremo de la sala. El momento fue extraordinario
para todos.
Sentado un poco aparte del círculo de sillones, Iain tuvo la impresión muy precisa, al
contemplar a su esposa, de que ella cantaba sólo para él, como la noche en la que regresó herido
de los Grampianos. Anna, que se había acercado sin hacer ruido a su joven amo, fue a acurrucarse
a su lado y no pudo evitar tomarle la mano. Leía en su rostro la expresión de felicidad que él había
tenido de niño cuando ella lo colocaba sobre sus rodillas para desenredarle los cabellos o
simplemente para acariciarlo mientras le cantaba. Iain volvió la cabeza en su dirección y le
murmuró, apretándole los dedos:
—Anna, escucha cómo canta la segunda hada de mi vida. La primera eres tú.
La anciana nodriza se puso en pie, emocionada, y en tono malhumorado le riñó, y le prohibió
reírse de ella comparándola con la joven castellana. Luego salió de la sala, con una sonrisa
enternecida en los labios y los ojos brillantes de felicidad, y con pasos torpes fue hasta la
habitación que comparta con Nellie y la pequeña Ceit en el primer piso.
Si, en el camino, hubiera mirado por la aspillera de la escalera por la que subía, habría visto
desplazarse cientos de antorchas que descendían de los altiplanos y tomaban posiciones lejos, en
la landa, rodeando el castillo. De haber subido a las almenas, habría comprobado la ausencia
completa de centinelas nocturnos. Pero Anna avanzaba casi sonámbula, con los ojos pesados por
el cansancio.
El señor Iain pudo retirarse por fn, una vez que todos los invitados se instalaron para pasar la
noche. Llevaba a su esposa de una mano, y un candelabro en la otra. A ella le dio una jarra de agua
que había pedido que le trajeran, y también ordenó a su perro que se quedara en la sala. Después
de varios minutos de paseos extrañamente silenciosos, la joven castellana, un poco inquieta, le
preguntó a qué lugar la conducía.
—Pero ¿adónde vamos, mi señor? Ésta no es la dirección de mi habitación, ni la de la vuestra.
—En efecto, mi señora. No iremos a vuestra habitación, porque, la última vez que puse los pies
en ella, fue para que mi madre renegara de mí en su lecho de muerte, y me juré que no volvería
nunca. Tampoco iremos a la mía, he recibido a demasiadas damas en ella. Vamos a la habitación
de mi padre: mis padres se amaron mucho allí. Además, necesito una cosa que estoy seguro de
que encontraré allí.
Cuando abrió la puerta de la alcoba del señor Baltair, un pesado olor a humedad penetró en sus
narices. Iain hizo sentarse a Gunelle, tomó de sus manos la jarra, la dejó encima del arcón y
empezó a preparar un fuego en el hogar. Después fue a abrir la cama, para que las sábanas se
impregnaran del calor del fuego. Siempre en silencio, tomó la jarra y el candelabro, los colocó
sobre una mesa situada bajo la ventana, cuyos postigos interiores estaban cerrados, se
desabrochó el tahalí y el plaid, y luego se quitó la veste, la túnica y la camisa.
Su esposa lo miraba, atónita, sin entender nada de su comportamiento pero sin atreverse a
preguntarle. Muy pronto lo vio, con el torso desnudo, situarse frente a la mesa en la que había un
pequeño espejo vertical y un neceser para el afeitado. Iain vertió agua en un bol, se empapó el

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 122
rostro con espuma de jabón y empezó a afeitarse. Al mismo tiempo, se excusó con su esposa por
hacerla esperar.
—No tardaré mucho tiempo, mi señora. La espera valdrá la pena, lo veréis.
—Mi señor —dijo ella al cabo de un momento—. ¡Os rapáis la barba!
—¿No es lo que deseáis, vos y nuestra hija? —dijo Iain.
—¡Pero yo creía que los highlanders estaban muy orgullosos de su barba!
Volviéndose con la navaja en la mano y las mejillas llenas de espuma, sonrió con malicia.
—¡Muy cierto, mi señora! Me gusta mucho mi barba, pero más me gustará sentir vuestros
besos en mi rostro, esta noche. Afeitarse a la luz de una vela no es muy recomendable, pero hago
lo que puedo. Vos misma apreciaréis los resultados dentro de un minuto.
Dicho lo cual volvió a ponerse a la tarea, silencioso y concentrado. Gunelle no pudo dejar de
sonreír, feliz por la atmósfera relajada que reinaba en aquella extraña segunda noche de bodas.
Paseó su mirada por la habitación en penumbra, en la que apenas se distinguían los muros y los
muebles, y se dejó asaltar por los recuerdos de los últimos instantes que había pasado en aquel
lugar, a la cabecera del señor Baltair. Una oleada de felicidad se apoderó de su corazón ya
palpitante.
Se desató despacio la cofa y se soltó los cabellos, que peinó a conciencia con los dedos y anudó
luego en una sola y larga trenza a su espalda. Después de algunos minutos absorta en esa tarea,
sorprendió la mirada de su marido. Había terminado su afeitado y la miraba con aire feliz.
Se puso en pie, se acercó a ella cuidando de exponer su rostro a la luz de la vela, y le pidió su
opinión. Tomando con delicadeza la mano de Gunelle, la deslizó sobre sus mejillas y su mentón.
Gunelle inclinó la cabeza a uno y otro lado, dejó que sus dedos recorrieran aquella cara nueva y
sonrió al descubrir, en el centro de cada mejilla, un hoyuelo que daba a su marido un aire infantil y
le daba un parecido más con su hija.
—Parece que os gusta, mi señora —murmuró él.
—Teníais razón, mi señor. La espera valía la pena. Habéis logrado un rasurado excelente. —Con
un eco de risa en la voz, añadió—: Creo incluso que ahora tenéis la piel más suave que Bran...
Lástima que yo no pueda, en correspondencia, hacer desaparecer de mí lo que os disgusta.
—¿Y qué es lo que se supone que me disgusta, os lo ruego? —le preguntó él, intrigado.
—Esto —dijo ella, abriendo su corpiño y señalando su garganta salpicada de pecas.
Él la tomó por los hombros y la incorporó con dulzura. Posó un beso en su cuello, y después
sobre su pecho descubierto, y acabó por acariciarle con los labios las mejillas y la nariz. Se
estremeció al contacto del cuerpo de su esposa adherido a su torso desnudo.
—Estáis en un error, mi señora —le dijo con una voz ronca—. Adoro vuestra piel moteada. Con
vuestros ojos oscuros, me parece tener una gacela en los brazos. ¿Puedo desvestiros ahora?
De inmediato empezó a desanudar los lazos que sujetaban mi vestido a la espalda, y me dijo
que era más fácil quitar el vestido seco que cuando estaba mojado, lo que me recordó que no era
la primera vez que me desvesta. Aquel recuerdo hizo desaparecer la vergüenza que me causaba
mi desnudez delante de él, y empecé a sentirme más relajada. Me abandoné a las caricias y los
besos que recibía cada parte de mi cuerpo al quedar descubierta. Cerré los ojos de placer. Muy
pronto descubrí que el deber conyugal iba a ser el menos arduo de todos mis deberes en Mallaig.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 123
Después de haberse quitado los calzones, me tendió en la cama. Al contacto con las sábanas
frías, mi cuerpo se puso rígido. Eso hizo que sonriera y, después de tenderse sobre su espalda, me
tomó por los hombros y me hizo colocarme sobre él. De nuevo me vino a la mente nuestra noche
en el pico de St. Ninian. Con mis antebrazos apoyados en su pecho, lo miré a los ojos: también él
pensaba en lo mismo. Nos sonreímos, y luego me incliné hacia sus labios plenos y tentadores,
desembarazados ahora de la barba. Me maravilló comprobar lo fáciles que resultaban los primeros
gestos del amor cuando exista confanza.
Me devolvió el beso con ardor y, envolviéndome en sus brazos, invirtió nuestras posiciones. Mis
manos y mis brazos, al quedar libres, hicieron el gesto natural de abrazarlo, y al acariciarle los
hombros y la espalda noté la hinchazón de la cicatriz reciente entre los omóplatos. Sus rodillas
abrieron con suavidad mis piernas y su virilidad erguida me rozó. Recordé la corta descripción que
me había hecho Nellie del acto conyugal, y el temor me paralizó. Iain debió de advertirlo, porque
interrumpió su movimiento y se dedicó a besarme el pecho, el cuello y la boca con lentitud. Me
apoderé de su cabeza y acaricié sus cabellos espesos; luego mis manos bajaron a lo largo de su
cuello hasta la espalda. Cuando tocaron sus lomos, sent que se estremecía, y fue ése el momento
que eligió para hacerme suya.
Contrariamente a lo que me había contado Nellie, cuando penetró con delicadeza mi intimidad
no sent el menor daño, ningún dolor. Con el torso erguido, apoyado en sus brazos extendidos, Iain
me miraba con atención al tiempo que se movía entre mis piernas. Luego deslizó una rodilla entre
ellas y presionó con más fuerza. Lo que sent entonces entre nosotros me hizo temblar con una
especie de impaciencia. Cerré los ojos delante de un mundo de sensaciones vertiginosas y muy
pronto me oí a mí misma gemir de placer. Perdí el contacto con la realidad durante unos
segundos, y cuando recuperé la conciencia de nuestros cuerpos unidos sent bajo mis dedos la piel
del cuello de mi marido recorrida por sacudidas. Abrí los ojos y lo vi tendido encima de mí, la
cabeza ligeramente vuelta del lado de la sombra, los labios entreabiertos, la frente fruncida y los
ojos cerrados como por un esfuerzo supremo que imprimía a su cuerpo el último impulso.
Cuando estuvimos lado a lado bajo las sábanas húmedas, recuperando poco a poco el aliento,
me tomó la mano, la llevó a sus labios y la besó con dulzura, diciéndome:
—Espero, mi señora, no haberos hecho daño. Es muy importante para mí que esta noche de
bodas sea feliz, y que vos obtengáis vuestro placer, como yo he tenido el mío.
—Tranquilizaos, mi señor. No podría haber quedado más satisfecha —le respondí, y me apreté
contra él, con la cabeza sobre su brazo doblado, arropados los dos bajo las sábanas.
Me invadió una oleada de gratitud hacia mi marido, y me adormecí con ese estado de ánimo.
No sé cuánto tiempo dormimos, antes de ser despertados por la entrada imprevista de Bran en la
habitación. El perro colocó sus dos patas delanteras en el borde de la cama por el lado de Iain, y
soltó un ladrido seco.
Iain se irguió enseguida y cogió al perro por el hocico para hacerlo callar, pero al mismo tiempo
oímos la voz asustada de Tòmas detrás de las cortinas:
—¡Dios sea alabado, estás aquí! Tienes que levantarte, primo. El castillo está cercado. No sé por
cuántos hombres, pero acabo de contar una cincuentena de antorchas en la landa...
—¡Maldita sea! ¿Por qué no se ha dado la alarma? ¿Qué están haciendo esos imbéciles de
centinelas?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 124
Mientras decía eso, saltó de la cama y se vistió a toda prisa en la oscuridad. La vela colocada
sobre la mesa daba tan sólo una luz muy débil, y Tòmas no llevaba otra consigo. En el mismo tono
marcado por el temor, el primo de mi marido siguió su relato: había subido a las almenas antes de
entrar en el cuerpo de guardia con los últimos caballeros, y había visto a lo lejos los puntos
luminosos de las antorchas desplegadas en la landa, en formación de cerco; al bajar, había visto a
los centinelas en el patio, acostados unos sobre otros en una nube de vapores que apestaban a
alcohol.
Tòmas se había precipitado entonces a la habitación de su primo, y luego a la mía. Al no
encontrar a nadie, se había puesto a buscar a Bran, al que encontró en la gran sala, dormido en
medio de los invitados instalados para pasar la noche. Como no quería dar aún la voz de alarma,
sacó de allí al perro y le ordenó buscar a su amo.
Iain juraba y maldecía ante aquella situación. Se abrochó el tahalí y se preparaba para salir de la
habitación cuando recordó que yo estaba en la cama. Me había sentado, cubriendo mi desnudez
con las sábanas, y miraba fjamente las sombras de los dos hombres que discutan. Iain vino a
sentarse al borde de la cama y, agarrándome por los hombros, me ordenó que no saliera de la
habitación y no hiciera ruido hasta que él volviera a buscarme. Su tono era rudo y lleno de
angustia.
Tomé su rostro entre mis manos y lo tranquilicé, reprimiendo el pánico que senta crecer en mi
interior.
—No me moveré y os esperaré aquí, mi señor —murmuré, con los labios junto a su oído.
Posó cautelosamente un beso en mis cabellos y salió de la habitación a reunirse con su primo y
su perro en el corredor.
Me levanté despacio, como embotada por el shock. «¿Qué está sucediendo en el castillo?», me
pregunté, trastornada, mientras me vesta. Entonces vi sangre en mis muslos. Me limpié con el
paño que había utilizado mi marido para afeitarse.
Así concluyó el Calluinn de 1425.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 125
Capítulo 10

El asedio
Lo primero que hizo el señor Iain fue subir a lo alto de las murallas con su primo, pero sólo vio
una decena de puntos luminosos, inmóviles, a una media milla hacia el noreste del castillo. Por el
lado oeste y el sur, no se veía nada.
—Te aseguro, Iain, que había cinco veces más, hace un momento —insistió Tòmas al ver
indeciso a su primo—. El cerco era muy visible entonces. Deben de haber tomado posiciones y
apagado las antorchas.
—Te creo, Tòmas —respondió Iain con aire sombrío—. Sólo se me ocurre que sean los Cameron
quienes atacan Mallaig en estos momentos. Habrán sabido que todos mis lairds estaban aquí, sin
sus hombres. Lo que me inquieta es su número. Han podido aliarse con otro clan: pueden
permitirse el lujo de elegir, entre nuestros enemigos.
—¿Crees que atacarán esta noche?
—Es posible —admitió Iain—. ¡Vamos, no tenemos un minuto que perder! Hay que evacuar el
burgo. Intentarán incendiarlo. Haz entrar a todo el mundo por la pasarela oeste. Reúne a los
hombres en el patio y haz bajar a las mujeres y los niños a las bodegas.
Iain ya había salido en dirección al cuerpo de guardia. Al pasar delante del centinela en el
camino de ronda norte, estuvo tentado de pedirle cuentas sobre su vigilancia, pero lo pensó
mejor. «Más tarde», se dijo mientras bajaba a saltos la escalera hacia el patio, con Bran a sus
talones. Cuando entró en el cuerpo de guardia, donde dormían soldados y caballeros, comprendió
hasta qué punto era vulnerable su castillo de noche, cuando la vigilancia desde las almenas era
defciente. De pronto, se preguntó si algunos enemigos habrían podido penetrar ya dentro de los
muros, y un sudor frío lo paralizó.
Dio muy brevemente órdenes a sus hombres estupefactos y corrió al torreón para prevenir a
los lairds y organizar la protección de sus gentes. Hacía apenas una hora que se había marchado
de la gran sala, y ya todo estaba en silencio. Sintió de nuevo un escalofrío de inquietud al pensar
en la posibilidad de que algunos enemigos se hubieran colado entre ellos. Cuando encontró a sus
lairds y los hubo despertado, los llevó a la sala de armas para exponerles la situación y trazar un
plan de defensa en caso de ataque al castillo. En cuanto a sus esposas, despiertas e inquietas, iban
de un lado a otro sin saber qué hacer, y no se sintieron tranquilas en cuanto a la manera de actuar
hasta que apareció entre ellas la castellana.
Dado que su marido no volvía, la dama Gunelle salió de la habitación del señor Baltair sin hacer
ruido y fue a la de Nellie, Anna y Ceit. Era una estancia larga que se encontraba encima de la sala
de armas, de modo que ya el fno oído de Anna había percibido una actividad inhabitual, y el ama
de llaves se había levantado, refunfuñando.
—¡Ah, mi señora! —dijo a Gunelle al verla en la puerta—, allá abajo sigue la festa, a lo que
parece. ¡Escuche ese jaleo!
—No es ninguna festa, Anna —respondió Gunelle en voz baja—. Creen que el castillo está
rodeado. ¿Por quién? No lo sé. Pero nuestra noche se ha acabado. Tenemos que vestirnos y estar
dispuestas. El señor Iain vendrá a buscarnos muy pronto.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 126
Despertaron a Nellie, y también a la pequeña Ceit, a la que la propia dama Gunelle ayudó a
vestirse. Una pesada atmósfera de temor fotaba entre las mujeres, y el silencio cayó sobre ellas.
La niña, todavía adormilada, callaba y cedía a los gestos precisos de la castellana, que la vesta a
toda prisa. Cuando todas estuvieron vestidas y dispuestas para salir, se oyeron pasos en el
corredor y apareció una luz, que precedió a la entrada del señor Iain con una antorcha en la mano.
—¿Qué hacéis aquí, mi señora? —dijo en tono seco al ver a Gunelle—. ¿No habíais de quedaros
en el lugar donde os he dejado hace un momento? —Cuando su esposa iba a responderle, le puso
la mano en la boca y dijo—: En este momento, lo más importante es que yo no tenga que perder
tiempo en buscaros. —Se volvió a las dos nodrizas, y ordenó—: Venid, que nadie se quede en los
pisos altos. Bajad a la gran sala.
Al bajar la escalera, el señor Iain tenía tan apretada la mano de Gunelle en la suya, que ésta
hizo un gesto para soltarse y preguntó a su marido qué ocurría. Iain afojó un tanto la presión de
sus dedos y dirigió una breve mirada en su dirección, con el ceño muy marcado y las mandíbulas
apretadas. A Gunelle le sorprendió la dureza de su rostro; la barba había tenido la ventaja de
camufar el mentón y aquellas mejillas que la cólera y el miedo crispaban. La joven sintió de
inmediato un nudo en el estómago.

Antes de que él la dejara delante del gran portal repleto de hombres de armas, ella se agarró a
su veste y le preguntó, en un tono autoritario:
—¡Mi señor, respondedme! ¿Qué ocurre? Tengo que saberlo. Soy la castellana y he de saber
qué he de hacer con mis gentes.
Iain se senta descontento consigo mismo, sin saber muy bien por qué. Habría querido callar sus
temores delante de ella, pero era evidente que tenía que ponerla al corriente de la situación. Soltó
las manos de Gunelle de su veste mientras observaba el despliegue de la guardia alrededor de
ellos, con la mente febril, acaparada por entero por la eventualidad de un ataque. Le explicó que
estaban haciendo entrar a los habitantes del burgo en el castillo y que sería necesario ocuparse de
ellos; que ellas se refugiarían en los sótanos y los hombres se ocuparían de los trabajos necesarios,
en el patio; que, si se entablaba el combate y había heridos, los llevarían a la gran sala para recibir
allí sus cuidados y los de las otras damas.
—Mi señora, ¿me habéis entendido bien? No quiero ver a ninguna mujer y a ningún niño fuera
de los sótanos y de esta sala. Incluida vos misma. —La miró a los ojos, y adoptando un tono de
mando, añadió—: ¿Sabe ya lo bastante la castellana de Mallaig para cumplir su papel?
—Sí, mi señor —le respondió ella, reprimiendo la irritación—. Todo está muy claro, y vuestras
órdenes serán cumplidas en la medida de lo posible.
Dicho lo cual, dio media vuelta y entró, furibunda, en la gran sala donde las damas la esperaban
y la saludaron enseguida. Cuando miró hacia atrás, su marido había desaparecido, dejando de
vigilancia en el vestbulo un retén de cuatro guardias y a su perro.
La noche era fría y un viento constante del norte soplaba sobre Mallaig, cargado de los olores
del mar y de las marismas, y amortiguando los ruidos que venían de la landa. No brillaba la luna en
el cielo cubierto de gruesos nubarrones negros. En un estado de nerviosismo extremo, Iain se
dirigió directamente al bastión para reunirse con los caballeros y los lairds. En vida de su padre y
de su abuelo, el castillo nunca había sido atacado. Hizo una mueca furiosa al pensarlo.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 127
La función defensiva del castillo de Mallaig se veía admirablemente favorecida por las
características de su construcción, que databa del siglo anterior, período en el que se había
levantado la segunda muralla de piedra seca. Una barbacana, en la que se habían apostado cuatro
hombres, protegía la puerta de entrada de ese muro exterior. Un puente levadizo cerrado con una
reja y que salvaba un ancho foso lleno en parte del agua que bajaba de las montañas llevaba a la
muralla interior, de una altura de unos ocho metros. El camino de ronda que corría por la parte
superior de esta muralla conectaba cinco torres redondas provistas de saeteras que permitan
disparar a cubierto. El muro también contaba con matacanes, es decir, pasillos en voladizo cuyo
suelo presentaba aberturas por las que se podían lanzar o dejar caer proyectiles o líquidos
incendiarios sobre los agresores.
Finalmente, cada cara de la muralla estaba fanqueada por una amplia plataforma almenada
dispuesta de modo que tres hombres podían desde allí vigilar con facilidad el acceso a los muros
del recinto, aunque ese puesto quedaba más expuesto al proyectil enemigo. Los guardias que
aquella noche habían desertado de sus puestos en el camino de ronda fueron enviados allí.
El puente levadizo conducía a la muralla a través de una doble puerta de goznes invertidos
precedida de un rastrillo. Sobre la puerta se alzaba un sólido bastión cuya abertura en zigzag
permita atacar con facilidad a los asaltantes. Aquella noche, Iain instaló allí a ocho arqueros con
saetas sufcientes para una docena. En ese lugar estableció también su cuartel general.
Una vez traspasada la muralla, se llegaba al patio de armas, rodeado por las dependencias
funcionales del castillo, adosadas a los muros: establos, hornos, cisterna, talleres en los que
trabajaban herreros y guarnicioneros; todas ellas tenían techumbres de paja como cubierta. Bajo
la dirección de un laird, una treintena de hombres del burgo y del castillo se afanaban en silencio a
la luz de las antorchas, reuniendo reservas de agua para apagar posibles incendios en las
dependencias y preparando en dos calderos colgados encima de los fuegos una mezcla caliente de
arena y brea que después sería izada a los matacanes.
El cuerpo de guardia y el torreón pegado a él formaban un conjunto de construcciones
compactas adosado a la muralla sur, que daba al acantilado. El torreón, coronado por un techo de
madera sobre el que ondeaba el estandarte con los colores de los MacNéil, era una torre maciza y
cuadrada de unos diez metros de ancho por cerca de dieciocho de altura, que incluía varias
ventanas en cada uno de sus tres pisos. Era el último reducto del castillo. El acceso principal
consista en una gran puerta de madera encajada en un portal alto rematado por un frontón,
vigilada habitualmente por un solo centinela. Iain colocó allí a dos guardias armados. Otras dos
puertas pequeñas, una de las cuales daba a las cocinas y el jardín, mientras que la otra constituía
el acceso directo a la capilla, fueron atrancadas desde el interior.
Finalmente, al fondo del patio, entre dos talleres, el muro oeste contaba con una puerta
estrecha de madera gruesa que se abría a una pasarela ligera que podía tenderse para cruzar el
torrente que bajaba de los acantilados y por la que se llegaba al burgo y al puerto siguiendo un
camino que serpenteaba entre las rocas. Por esa puerta hizo entrar Tòmas, en fla, a los habitantes
del burgo, a la luz de las antorchas que chisporroteaban en la oscuridad de la noche.
Quedé asombrada al ver la calma casi completa con la que las esposas de los lairds esperaban
acontecimientos. Como no tenían más información que yo, se preguntaban el porqué y el cómo de
un eventual ataque al castillo. Algunas habían vivido ya situaciones parecidas, en particular la
dama Rosalind, que parecía controlar sus nervios mejor que las demás. Me vi atraída hacia ella

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 128
como por un imán. Se había situado en el fondo de la sala y se ocupaba de alimentar el fuego.
Todas las damas se unieron a ella muy pronto.
Mi pequeña Ceit se colgaba de mi vestido muerta de sueño, y me instalé con ella en un sillón,
sentándola sobre mis rodillas. Se acurrucó enseguida entre mis brazos y ya no se movió. De los
pisos altos, que los guardias estaban desalojando, llegaron Raonall, la dama Beathag y su doncella.
Ni la una ni la otra parecían haber dormido gran cosa, y vinieron a intervenir en las discusiones
que habían entablado las esposas de los lairds sobre la defensa de los castillos. En cuanto a
Raonall, cruzó algunas palabras con su madre y se fue al cuerpo de guardia.
Yo observaba todo aquello como atontada, pensando una y otra vez en la actitud fría de mi
marido hacia mí, que me helaba el corazón: «¡Qué contraste con el que me ha honrado hace
apenas unas horas!», me decía, desanimada. Hube de espabilarme para responder a las preguntas
que la dama Rosalind me hacía sin alterarse:
—¿Qué medicamentos guardáis aquí, querida, para el caso de que tengamos que atender a los
heridos? ¿Hay con qué preparar vendajes y cataplasmas? ¿No deberíamos pedir que pongan agua
a calentar y traigan mantas y pieles a la sala? Me ha parecido oír que tendremos que quedarnos
encerradas aquí durante algún tiempo, ¿no es así?
—Muy cierto, tenéis razón, mi señora —le respondí, buscando con la mirada a Nellie y Anna.
Mis dos sirvientas habían comprendido ya lo que convenía hacer para preparar un hospital
improvisado, y dieron órdenes en ese sentido. Incluso habían pensado en preparar alimentos para
las gentes del castillo, y me comunicaron su plan, con el que no pude menos que estar de acuerdo.
Como quería dejar de pensar en Iain, me puse en pie, puse a Ceit al cuidado de Màiri, que estaba
muy cerca, y me dediqué de lleno a trabajar en los preparativos.
Decidí bajar a los sótanos para ver cómo se organizaban las mujeres y los niños del burgo. Esa
iniciativa me reanimó, porque exigía toda mi atención. Habían encendido varias antorchas, que
ahuyentaron las sombras más espesas de aquellos espacios sin ventanas. No habían encendido
ningún fuego, y el frío y la humedad eran muy grandes.
La primera persona que encontré fue el reverendo Henriot, que me recibió con entusiasmo y
me expuso la situación de las familias refugiadas: cuatro mujeres daban de mamar a sus bebés;
una docena de ancianos, hombres y mujeres, dormitaban en un rincón, envueltos en las mantas
que se habían traído; una veintena de niños y niñas, entre los cinco y los doce años, jugaban entre
los toneles de la bodega; una decena de mujeres jóvenes y de madres esperaban pacientes a que
les asignaran una tarea. Tan pronto como me vieron, se pusieron en pie y se acercaron, con la
sonrisa en los labios.
Me conmovió su serenidad. «¿Cómo pueden sonreír en estas circunstancias?», me pregunté,
admirada. Les sonreí a mi vez y les pregunté por sus necesidades de agua y víveres. El reverendo
Henriot me ayudó, y entre los dos hicimos un inventario de lo que haría falta en aquel refugio para
pasar una noche más o menos confortable, y para el día siguiente. Durante aquel conciliábulo, los
niños, curiosos, se habían acercado y me miraban con atención. Los conocía por haberlos visto a
todos en varias ocasiones, en el burgo o en el patio del castillo.
No pude dejar de pensar en ellos como posibles colegiales, y esa razón me llevó a preguntar a
cada uno su nombre. Encantados, se presentaron uno por uno, las niñas con una reverencia.
Durante esas presentaciones me di cuenta de que podía relacionar bastante bien sus nombres con

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 129
los de sus padres, y debí de dar una buena impresión a las madres cuando me oyeron asociar a
cada nombre el ofcio que ejercía el hombre que lo llevaba, en el burgo o en el castillo. Después
me llevé conmigo a Jenny, una chica de dieciséis años, para ir a buscar lo que faltaba a las familias,
y recomendé a todos que intentaran pasar la noche con la mayor comodidad posible en aquellas
circunstancias. El reverendo Henriot se quedó con ellos.
En la gran sala reinaba la calma. La mayor parte de las damas se habían acostado, envueltas en
sus capas. La dama Rosalind seguía sentada junto al fuego, y parecía empeñada en velar durante
lo que aún quedaba de noche. Dije a Jenny que ayudara a Nellie en la recogida de víveres y salí al
portal para negociar con los guardias la posibilidad de subir a los pisos para reunir más ropa y
mantas.
Noté enseguida que se resistan. Mi marido había dado órdenes estrictas: nadie estaba
autorizado a pasear por el torreón. Sin embargo, los hombres no se atrevieron a negar a su
castellana el derecho a desplazarse libremente por sus dominios, y me salí con la mía. Uno de los
guardias se ofreció a acompañarme, y pedí a otro más que viniera también. Subimos por la
primera escalera y no me resist a echar algunas ojeadas curiosas por las troneras. No vi nada más
que la noche negra, inmóvil y extrañamente silenciosa.
Me contenté con vaciar las habitaciones del primer piso, cargando a mis dos guardias con
tantas mantas, alfombras y pieles como podían transportar, y llevando yo misma las dos
antorchas. Nuestra expedición sólo duró unos minutos. Cuando volvimos a bajar al zaguán por la
escalera opuesta, fuimos recibidos por mi marido, furioso, que abroncaba a los dos hombres que
habían quedado de guardia en el portal. Antes de que me dirigiera la palabra, le di explicaciones
con voz cortante:
—Guardaos las reprimendas, mi señor, vuestros hombres han obedecido a su castellana, que
en este momento está organizando el refugio de los sótanos con material para pasar la noche.
Supongo que no tenéis ninguna objeción.
—¡Llevad eso a los sótanos! —gritó él a los guardias, que esperaban indecisos. Luego se acercó
a mí y añadió en voz baja—: Parecéis encontrar un placer malicioso en contradecir mis órdenes, mi
señora. No estoy de humor para discutir con nadie. Así pues, intentad evitar que tenga que
hacerlo con vos.
Al instante me sent liberada de su mirada furiosa. Dio media vuelta y se dirigió con largas
zancadas al corredor que llevaba al cuerpo de guardia, seguido por dos caballeros. Al entrar en la
sala, sorprendí un destello de curiosidad en la mirada que me dirigieron los guardias que acababan
de recibir la reprimenda de su amo. Me mordí los labios de despecho. «¿Por qué Iain se dirige a mí
como si fuera una extraña inoportuna? —pensé inquieta—. ¿No he sido su mujer esta noche, su
compañera y su aliada?»
Estaba claro que, en él, el guerrero había recuperado sus derechos; en sus brazos, yo había
tendido a olvidar ese aspecto de su personalidad. Era la única explicación posible, y hube de
contentarme con ella durante los dos días que duró el asedio de Mallaig.
Las hostilidades empezaron al amanecer, cuando hubo luz sufciente para descubrir la landa y
sus marismas. Desde lo alto del bastión, el señor Iain y sus lairds vieron con estupor avanzar
lentamente al enemigo, estrechando el cerco alrededor del castillo. Contaron más de ciento
sesenta hombres, entre ellos una treintena de caballeros con armadura. Cubrían todo el fanco
este, el lado norte y el noreste, e iban provistos de escalas y máquinas de guerra tales como

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 130
arietes, bombardas, catapultas e incluso ballestas, a pesar de que la Iglesia las prohibía. Pero a los
highlanders les importaba muy poco lo que permitieran o prohibieran los obispos en un campo de
batalla. ¡Que cada cual se ocupara de lo suyo!
—¡Los Cameron! —gritaron Iain y sus hombres cuando pudieron distinguir el estandarte
enemigo. En el mismo momento, vieron una espesa columna de humo elevarse desde el burgo,
sumido en la bruma.
—¡Ya estamos! —gruñó Iain—. Ha empezado. Prefero esto a la espera. Todo el mundo a sus
puestos. ¡Atacan Mallaig!
El señor Tòmas dirigía la defensa del lado oeste del castillo. Cuando vio el burgo en llamas, se
sintió encolerizado. Para él, Mallaig era tanto el castillo como el burgo. Le aliviaba pensar que este
último había sido evacuado antes del alba, pero la pérdida de los escasos bienes que poseían los
habitantes le rompía el corazón, como lo habría hecho la muerte de su propio caballo.
—¡Bandidos! —gruñó. Dirigió sus miradas hacia los altiplanos del norte, de los que bajaban las
tropas enemigas. También él reconoció el estandarte de los Cameron, y la ira lo invadió. Con la
mirada comprobó las posiciones de sus hombres y esperó la señal de su primo para ordenar que
dispararan los arqueros.
Se alzó un sol pálido, que despejó por completo la bruma matinal que envolvía el burgo y el
puerto. Entonces avistó Tòmas una fota de tres navíos que se acercaban a la costa, enarbolando
el pabellón de los MacDonald. Sintió que la sangre se le helaba en las venas: «¡Refuerzos tan
pronto!—pensó—. ¿Cuántos deben de ser?» La marea estaba alta, lo que signifcaba que
atracarían en una hora o menos. Envió a un soldado a advertir a su primo de la llegada inminente
del clan MacDonald.
Empezaron a llover fechas sobre las murallas, pero los Cameron no estaban aún a tiro de las de
los MacNéil. Casi enseguida, se oyeron gritos en el patio. Tres hombres habían sido alcanzados por
los primeros proyectiles del enemigo, y así se supo en el interior que se había entablado el
combate en el exterior del castillo. Se dio la orden a los hombres de que izaran a las torres los
calderos humeantes de brea, para los parapetos; y a todos los demás, que se pusieran a resguardo
en las dependencias.
Los primeros blancos que se situaron al alcance de los arqueros MacNéil aparecieron en el
fanco oeste. Tòmas sabía en qué momento valía la pena lanzar fechas. El gran arco de tejo que
manejaban los soldados tenía el tamaño de un hombre. Un arquero bien entrenado podía lanzar
en un minuto doce fechas con empenaje de plumas de oca y punta de hierro, capaz de atravesar
las placas de una armadura o una cota de malla de un blanco situado a doscientos cincuenta
metros de distancia. Pero los infantes que avanzaban en la línea del frente cargados con escalas no
llevaban más que un casco como equipo de protección. Ordenó disparar a un primer grupo de
arqueros. Casi todas las fechas hicieron blanco en el enemigo, y las escalas se rompieron contra la
muralla.
La batalla se extendió con rapidez a todos los fancos del castillo, salvo el del sur-suroeste, que
contaba con la protección natural del acantilado y el mar. Con la ayuda de grandes pantallas de
madera, los Cameron cubrían las posiciones a partir de las cuales podían alcanzar las dependencias
y el torreón con proyectiles infamados lanzados por las catapultas y con las balas de piedra
disparadas por las bombardas.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 131
Desde las primeras descargas, Iain comprendió que las máquinas de guerra iban a causar
grandes destrozos en el castillo. Varias ventanas del torreón volaron en pedazos y algunas partes
de los techos de las dependencias ardían ya. El ángulo de tiro era escaso, y resultaba difcil
alcanzar a quienes manejaban aquellas máquinas. Iain señaló objetivos a sus mejores arqueros. La
carga de una bombarda estalló en la cara de un cañonero y destruyó una pantalla. Tres arqueros
MacNéil alcanzaron simultáneamente a objetivos que habían quedado así al descubierto. Tres
Cameron mordieron el polvo. El número de soldados en la muralla exterior era sufciente para
rechazar cada escala colocada, y ninguna de ellas permitió que los enemigos llegaran al foso.
Los navíos del clan MacDonald atracaron por fn y desembarcaron en el puerto a unos cuarenta
hombres, armados sobre todo con ballestas. Pocos caballeros, ninguno de ellos con armadura, y ni
la sombra siquiera de un jefe de clan.
«MacDonald no quiere aportar muchos hombres ni comprometerse demasiado. Debe de
pensar que Darnley está en el castillo —pensó Iain al observar el desembarco—. Así podrá echar la
culpa a alguno de sus hermanos, si el rey le reprocha su participación en el ataque a Mallaig.»
La llegada de los soldados de MacDonald dio nuevas fuerzas al ataque de los Cameron y aceleró
considerablemente el ritmo de sus asaltos. La puerta del recinto exterior fue sacudida por golpes
de ariete, y poco faltó para que cediera. Pero una lluvia de fechas cayó sobre los asaltantes y una
descarga de brea ardiendo produjo a varios de ellos quemaduras lo bastante graves para forzarles
a batirse en retirada. El señor Iain se preguntó con aprensión cuándo llegarían los hombres de sus
lairds a socorrerlos y permitirles una diversión en el fanco norte, para obligar así a quienes
manejaban las catapultas y las bombardas a desplazar sus pantallas; pero le decepcionó no ver a
nadie hasta el amanecer del día siguiente.
Después de varias horas de combate, se produjo una pausa. Las máquinas de guerra y los gritos
de los combatientes enmudecieron, dejando el aire lleno de gemidos de los lesionados. Venían en
mayor número del exterior de la muralla que del interior. En el patio había una decena de
hombres heridos, más unos veinte en las almenas, entre ellos todos los que habían sido apostados
en las plataformas descubiertas. El castillo sufría sobre todo destrozos materiales. Los incendios
habían sido apagados, pero en esa tarea se habían consumido todas las reservas de agua.
Cuando sus lairds fueron a informarle, Iain constató aliviado que no había ningún muerto en sus
flas. Hizo que se distribuyera bebida y comida. «Mis hombres no han dormido en toda la noche;
los de Cameron, tal vez sí», pensó con amargura al observar los rostros fatigados y los cuerpos
exhaustos de los soldados que lo rodeaban. La cuestión del sueño tenía cierta importancia en un
asedio, porque los defensores habían de añadir a las horas de combate las de vigilancia, mientras
que los atacantes repartan su tiempo como mejor les convenía, y podían descansar durante la
noche. Esa clase de pensamientos tenía la propiedad de tensar los nervios del joven jefe. Se senta
mucho más a gusto en el papel de atacante, y de preferencia en el suelo, hombre contra hombre,
que como defensor en lo alto de una muralla, donde la claymore resultaba inútil.
Se alzó el viento, dispersó el humo procedente del burgo y trajo pesadas nubes de lluvia. «¡Dios
del cielo, vuelca justo en este lugar tu diluvio!», suspiró Iain. Durante el asedio a un castillo, el
agua que caía favorecía siempre a los defensores: apagaba los fuegos, mojaba todo lo que luego
sería más difcil de incendiar, dejaba el suelo impracticable para los atacantes en el exterior, y
sobre todo los empapaba de la cabeza a los pies, por la imposibilidad de resguardarse sin alejarse
de las murallas.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 132
Los Cameron advirtieron lo mismo que el jefe MacNéil, porque empezaron a transportar a sus
heridos hacia el límite del bosque, a casi una milla de distancia, e interrumpieron
momentáneamente las hostilidades. Desde lo alto de las murallas de Mallaig, los defensores se
miraron y suspiraron de alivio. Iban a tener una tregua muy merecida. Las manos temblorosas de
los soldados volvieron a hundirse en las escudillas repletas hasta el borde de un espeso puré de
avena y tocino. A falta de sueño, podían comer, a condición de que el asedio no durara demasiado
tiempo. Porque si los víveres llegaran a agotarse, con el aprovisionamiento cortado por los
asaltantes, como estaba, morirían sin remedio de fatiga y de inanición. ¿De qué cantidad de carne
y de harina disponía el castillo para soportar un asedio? Todos se lo preguntaban en su fuero
interno mientras comían su ración.
La misma pregunta se hacía Anna, que cavilaba sola, sentada en medio del almacén en el que se
guardaban las provisiones. La primera comida para todas las gentes del castillo la había dejado
agotada. Bajó a los sótanos para hacer el inventario de los víveres, pero la anciana ama de llaves
se sintió desbordada por el trabajo que representaban todas aquellas bocas que alimentar. Se
puso a llorar en silencio, sin sollozos, dejando resbalar por sus mejillas arrugadas una fuente
ininterrumpida de lágrimas amargas. Así la encontró la joven Jenny, en la mayor desolación.
Desamparada, la muchacha corrió a buscar a la castellana.
La dama Gunelle entró en el almacén y fue a acuclillarse junto al ama, pasándole el brazo
alrededor de los hombros. Envió a la joven Jenny a buscar al reverendo y pedirle que trajera
recado de escribir.
—No te apures, Anna —le dijo—. Saldremos de ésta, y nadie se morirá de hambre. Sólo se trata
de calcular y, si es necesario, de limitar las raciones. La batalla se acabará. ¡No puede durar días,
de todos modos! El señor MacNéil y sus lairds encontrarán una solución.
—Tendrán que hacerlo, mi señora —gimió Anna—. Tenemos que alimentar a cerca de
doscientas personas en este momento. Eso supone tres veces más de lo acostumbrado, y para las
gentes del castillo sólo guardamos víveres frescos para una semana. Podemos hacer pan para dos
semanas, no más. Y los soldados no pueden alimentarse sólo de pan.
Con la ceja alzada entró discretamente el reverendo Henriot, provisto de una tablilla, una sola
hoja y un tintero, dispuesto a escribir al dictado. La joven castellana se puso en pie y le indicó un
lugar, junto a la luz de la antorcha. Empezó a hacer el inventario, en voz alta, de todo lo que
contenía el almacén, pidiendo de vez en cuando a Jenny que moviera algunos sacos o barriles que
ocultaban otros. Anna, con aire desolado, escuchaba aquella enumeración mientras miraba
absorta la larga trenza de color de trigo maduro que se balanceaba a la espalda de su señora a
cada paso que daba. Sus lágrimas se secaron poco a poco y recuperó la confanza, a medida que la
hoja del reverendo se ennegrecía con columnas de cifras y palabras.
La operación concluyó enseguida y Gunelle volvió a subir a las cocinas por la escalera de la
bodega con el ama de llaves, llevando en la mano el inventario.
—Ven, Anna, vamos a calcular primero y luego detallaremos los menús, en función de lo que
cada cual deba comer. Pero, antes, deberíamos tener una idea del tiempo que puede durar el
asedio al castillo.
Instaló a Anna en una mesa y le pidió que calculara el número de panes que podría hacer con la
harina de que disponían. Luego salió por la puerta del jardín, con la intención de buscar a su
marido en las murallas. De inmediato le llamó la atención el olor a humo que fotaba en el patio

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 133
desierto. Caminó con prudencia por entre los cascotes dispersos por el suelo, y vio las techumbres
humeantes de las cuadras y la herrería. Un viento fuerte empujaba las nubes de lluvia, sin que ni
una sola gota cayera sobre Mallaig. Al levantar la vista hacia las murallas, vio a dos arqueros en
cuclillas comiendo de sus tazones, y un poco más lejos a tres soldados sentados, con la espalda
apoyada en el parapeto y las piernas extendidas.
Pensó por un momento que la batalla había terminado y subió de cuatro en cuatro los peldaños
de la escalera más próxima que llevaba al camino de ronda, evitando las numerosas fechas
clavadas en el suelo. Preguntó al primer soldado que encontró cuál era la situación. Él levantó una
ceja y le respondió en tono sombrío:
—Están recogiendo la carne. Volverán a empezar enseguida.
—¿Qué queréis decir, capitán? —preguntó Gunelle, intrigada.
En el mismo momento, un grito de desafo procedente del exterior de los muros hizo
sobresaltar a la joven.
—Ya lo oís —le dijo el soldado, sin inmutarse—. Es lo que os decía. «¡Hijos de perra, venid a
buscar la carne!» Es el grito de guerra de los Cameron. Van a atacar de nuevo. Si queréis mi
consejo, valdría más que os marcharais de aquí. Vamos a recibir de lo lindo...
Desde el bastión, Iain vio que su esposa subía a las murallas y sintió que la cabeza le daba
vueltas.
«Por el diablo, ¿qué es lo que está haciendo ahora?», rugió, y se precipitó fuera de la
fortifcación bajo la mirada espantada de sus ocupantes. Corrió al descubierto por el camino de
ronda hasta la primera escalera, que bajó a toda velocidad. Cruzó el patio y alcanzó a Gunelle, que
había bajado también precipitadamente, asustada por su conversación con el soldado. Una fecha
fue a aterrizar a pocos pasos de la joven. Iain se lanzó sobre ella y la apretó contra el muro. No le
dio tiempo de abrir la boca.
—¡Ah, mi señor! —le dijo ella de inmediato, sin aliento—. Precisamente os estaba buscando.
Tengo entendido que van a reanudarse las hostilidades. ¿Creéis que durarán aún mucho tiempo?
En fn, ¿creéis que el asedio durará varios días, o menos? Estamos intentando calcular las raciones
para toda nuestra gente en este momento, y nos gustaría tener una idea del número de comidas
que habremos de servir antes de que el castillo pueda aprovisionarse de nuevo.
—¡Mi señora! —estalló él—. ¿Os burláis de mí? ¿Cómo queréis que responda a esa pregunta?
No parecéis comprender que estamos siendo atacados en este mismo momento, y que habremos
de defendernos tanto y durante todo el tiempo que dure el ataque. Tendríais que hacer esa
pregunta a Cameron.
—Es verdad —admitió ella, confusa—. Pero ¿qué quiere? ¿Por qué pretende tomar el castillo?
El señor Iain hervía de exasperación. Echó un breve vistazo a las murallas y el patio y, tomando
con frmeza del brazo a su esposa, la llevó casi en volandas hasta la torre, mientras la reñía:
—Mi señora, no sé lo que quiere ni quiero saberlo. En cambio, sé muy bien lo que quiero yo en
este momento, y voy a conseguirlo aunque para ello tenga que encerraros. No quiero volver a
veros fuera del torreón. Estamos en guerra y vais a comprenderlo muy rápidamente.
Subió delante de ella las escaleras de la torre. Gunelle apenas tuvo tiempo de recoger sus faldas
y subió los peldaños sin tocar apenas uno de cada dos. Cuando llegaron a la plataforma del
matacán, Iain hizo seña de que se apartaran los tres soldados que se encontraban allí. Lo hicieron,

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 134
llevándose sus escudillas y dejando las ballestas, con los ojos desorbitados por la sorpresa. Cuando
el último hubo bajado por la escalera, Iain dio un rodeo para evitar el montón de munición que
había en el suelo y colocó a su esposa delante de una aspillera. Él se colocó frente a ella, pegado al
muro, con los brazos cruzados sobre el pecho, y le pidió que describiera lo que veía. Su tono duro
indicaba elocuentemente su estado de ánimo, y Gunelle tembló de miedo.
Apoyé las manos en la piedra, a uno y otro lado de la aspillera, como lo había hecho con
frecuencia al comienzo del invierno, pero el espectáculo que se me ofreció en esta ocasión me
llenó de horror. Decenas de heridos, de moribundos o de muertos estaban tendidos en el suelo a
menos de cien pies del castillo. Una decena más eran llevados por soldados enemigos hacia los
altiplanos. Más al noreste, largas pantallas de madera humeantes y erizadas de fechas protegían a
otros asaltantes. Más al fondo circulaban al trote unos treinta caballeros con armadura. Me apartó
de mi observatorio la voz impaciente de mi marido, diciéndome que esperaba mi informe.
—¿A cuántos hombres se elevan nuestras bajas, mi señor? —le pregunté prudentemente,
mirándolo a los ojos—. No hemos recibido a muchos heridos esta mañana.
—Ningún muerto hasta ahora, ¡gracias a Dios! Pero, en la próxima carga, el enemigo muy bien
podría atravesar la muralla exterior. Si lo consigue, todas nuestras vidas se verán amenazadas. ¿Os
sents ahora en estado de guerra, mi señora? —me dijo en tono severo.
—Pero, mi señor, ¡hay que detener esa carnicería! ¡Ni siquiera sabéis por qué razón nos atacan!
¿Se lo habéis preguntado, siquiera? —le pregunté, trastornada.
—¡Maldita sea, mi señora! ¿Creéis que voy a entretenerme en discutir con los Cameron qué es
lo que desean cuando nos bombardean? ¡Quieren aniquilarnos, quieren recuperar sus tierras,
quieren uisge-beatha, sal, no importa qué! ¡No hay nada que hablar con ellos! —tronó.
—¡Cómo, mi señor! ¿No habéis intercambiado ni una sola palabra con vuestro adversario? Os
metéis en un conficto que os cuesta el burgo, hombres heridos, muertos tal vez dentro de unas
horas, que ha segado ya algunas decenas de vidas en el campo contrario... ¿y ni siquiera se os
ocurre la idea de negociar una solución?
—Escuchadme bien, mi señora —bramó—. La guerra no es asunto vuestro, sino mío. De la
misma manera que yo no os digo cómo habéis de bordar, no me digáis cómo he de pelear. —Y,
como se oyó el estruendo de las bombardas que volvían a disparar, concluyó—: ¡Ahora dejadme
trabajar en paz y volveos inmediatamente al torreón!
Yo estaba desesperada y aterrorizada. Un jefe de clan no podía actuar así. Era insensato. El
señor Baltair habría intentado discutir con el jefe Cameron. Estaba convencida de eso. A cualquier
precio, era necesario que Iain lo comprendiera: «Pero ¿cómo? —me dije—. Es deber mío el
hacerle ver el suyo. Tenemos vidas en nuestras manos...»
Bajamos la escalera al mismo ritmo que la habíamos subido unos minutos antes. Me di cuenta
de que su mano estaba fría. Cuando llegamos al patio, los tres soldados nos miraron nerviosos.
Iain los dejó pasar y ellos subieron sin decir palabra. Si salíamos del resguardo de la torre nos
encontraríamos al descubierto. Mi marido me arrastró protegiéndome con su cuerpo y,
colocándose en una tronera, examinó durante un minuto el patio y las murallas para evaluar las
oportunidades que teníamos de llegar al torreón sin ser alcanzados. Yo lo observaba de reojo: sus
espesas cejas fruncidas, el perfl frme, la mandíbula contraída, los cabellos pegados a las sienes

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 135
sudorosas. De pronto me entraron ganas de tocarle el rostro para atenuar su dureza. Volvió la
cabeza hacia mí, y nuestras miradas se cruzaron.
—Tengo la impresión de que no os conozco, mi señor. ¿Dónde está el que me tomó la noche
pasada? —le murmuré, acariciándole la mejilla.
—Está aquí, mi señora. Es el mismo que os ha hecho el amor, pero hoy está ocupado haciendo
la guerra, y su tarea más urgente es poneros a resguardo. ¡Venid!
Había pronunciado esas palabras en tono despreocupado, pero sus ojos traicionaban cierta
vacilación. Sent que era preferible no añadir nada más y lo seguí, apretando los labios para ocultar
mi tristeza y mi decepción.
Anna se sorprendió mucho al verme entrar por la puerta del jardín escoltada por Iain. Él
desapareció sin mirar hacia atrás y sin despedirse. El miedo me hizo temblar ligeramente. Me dejé
caer en un banco y escondí la cabeza entre mis brazos cruzados sobre la mesa. Sent entonces la
mano del ama de llaves, que acariciaba mi trenza y la levantaba despacio. Me volví hacia ella.
—Doscientos veinticuatro panes, mi señora —me dijo en tono cariñoso.
—¡Bien! Veamos ahora el reparto de los demás víveres —le contesté yo, con calma.
Tomé la hoja del inventario de la mesa y empecé a hacer números. Los proyectiles silbaban por
encima del patio y chocaban contra los muros de la fortaleza, pero no causaron nuevos fuegos. Me
precipité a cerrar la puerta del jardín y a atrancarla. Luego, llevé conmigo a Anna hasta la gran
sala. Las imágenes del campo de batalla fotaban delante de mis ojos, y un miedo atroz ponía un
nudo en la boca de mi estómago. «"¡Hijos de perra, venid a buscar la carne!" ¡Qué bárbaros son
los highlanders!», pensé, enloquecida. La dama Rosalind vino en mi busca en cuanto me vio, y me
tendió una gruesa rebanada de pan.
—Ya que no dormimos, es necesario que comamos, querida. Tomad, es vuestra ración. Hemos
de ser parcas, ¿no es cierto?
—En efecto, mi señora. Me gustaría conocer vuestra opinión sobre esto —le respondí, y le
enseñé el inventario.
Me sonrió, tomó la hoja y la leyó con atención. Yo la observaba mientras mordía la miga prieta
del pan. Encontré muy bella a la ta de Iain en ese momento. Emanaba nobleza e inteligencia, y me
sent respaldada antes incluso de que hiciera alguna observación sobre el inventario de los víveres
disponibles en el castillo.
Recorrí la sala con la mirada. Los heridos descansaban juntos en un rincón, y las damas en otro.
Màiri y mi pequeña Ceit dormían juntas sobre unas pieles, con Bran a sus pies. Nellie había bajado
a los sótanos con varias sirvientas para aprovisionar a las familias que se encontraban allí.
Seguí a la dama Rosalind, que me llevó hasta el círculo de sillones, donde tomamos asiento.
Escuché con atención lo que tenía que decirme acerca de la distribución de la comida, al tiempo
que intentaba olvidar la muralla del recinto exterior, que podía ceder el paso al enemigo en el
próximo asalto. Su análisis de las reservas fue aleccionador, y yo seguí sus recomendaciones sin
vacilar. Puse de inmediato al corriente a Anna, y aquello la tranquilizó mucho y le hizo recuperar
una gran autoridad en su función de intendente.
El esfuerzo había agotado mi pujanza. Me quedé postrada el resto del día en la gran sala,
exhausta pero incapaz de dormir, como me lo sugerían mis gentes. Ya no tenía ningunas ganas de

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 136
salir del torreón, y me contenté con oír los ruidos de la guerra que hacía estragos en el exterior, y
con imaginar los desastres que causaba. Por la tarde recibimos a cuatro nuevos heridos.
A la llegada de la noche los combates cesaron, pero no vi volver a mi marido. Con un gran peso
en el corazón bajé a los sótanos y me uní a las familias para los rezos vespertinos del reverendo.
Como siempre, la oración consiguió apaciguarme. Al mirar las caras de quienes me rodeaban,
todas impregnadas de la misma fe, di gracias a Dios por la jornada y por las vidas preservadas, y
pedí el reposo del alma de quienes habían muerto en el combate. Después volví a subir a la sala y
fui a acurrucarme junto a Ceit, con la esperanza de encontrar allí el sueño. El calor de su
cuerpecito me ayudó, y rápidamente me quedé dormida.
Al despertarme, a la mañana siguiente, con el ruido de los heridos que afuían a la sala, supe
con estupor que los enemigos habían conseguido una ventaja estratégica al amparo de la noche:
habían secado el foso gracias a una presa construida río arriba, con la que desviaron la cascada
que llevaba el agua alrededor del castillo. También habían desmantelado la puerta de la muralla
exterior y tomado posiciones al pie de las murallas, que habían intentado escalar en varios lugares
por medio de trabajos de aproches. ¡Ay! Teníamos que lamentar nuestros primeros muertos: cinco
soldados, dos arqueros, un caballero de la casa de un laird y el albañil de Mallaig.
Me sent anonadada. Hice bajar a Ceit y Màiri a los sótanos por el camino de la bodega y me
armé de determinación para recibir a mi primer contingente de heridos. Fueron sobre todo
quemaduras en la espalda y los brazos, puntas de fecha que había que extraer, y vendajes que
aplicar. No me atreví a imaginar el estado de los adversarios. Debía de ser una catástrofe. Sabía
muy bien que en cualquier momento podíamos vernos invadidos, y temblaba por dentro. ¿Cómo
aguantar toda la mañana así, sin parar de atender heridos y sin desfallecer? Las esposas de los
lairds mantenían el ritmo, y también la dama Beathag, que desplegaba una actividad ejemplar
junto a Finella para atender a nuestras gentes.
Vinieron a anunciarnos que los caballeros de nuestros lairds habían llegado del norte y libraban
un combate encarnizado con la caballería de los Cameron en los altiplanos. La noticia nos animó
momentáneamente.
A mediodía, hubo una tregua. Vi al señor Tòmas cruzar la sala en dirección a la sala de armas,
entrar en ella y salir unos instantes después con un estandarte que lucía una cruz blanca sobre
fondo azul: la cruz de San Andrés, patrón de los escoceses. Dio un rodeo para acercarse a mí y me
dijo al oído que su primo tenía la intención de negociar. Luego desapareció por el portal. Con el
corazón henchido de esperanza y de orgullo por mi marido, me levanté con esfuerzo, porque las
piernas me dolían por haber estado agachada demasiado tiempo. Dejé a mi herido al cuidado de
un camillero que lo llevó al fondo de la sala con los inválidos, y caminé despacio hasta el portal. No
había más que un solo guardia en el vestbulo, y me pidió con humildad que no saliera. Le sonreí,
le di las gracias por su amabilidad y, cuando me disponía a volver entre los míos, se me ocurrió
preguntarle si los MacNéil tenían un grito de guerra. Le costó mucho disimular su incomodidad.
Como insist, acabó por decírmelo, sin mirarme y con un tartamudeo que revelaba su embarazo:
«¡A acostarse, los que no tienen nada entre las piernas!»
No pude dejar de sonreír mientras me dirigía a un grupo de heridos que estaban a cargo de la
dama Beathag. Esta se dio cuenta y me preguntó qué broma me había contado el guardia, a lo que
no supe responderle, al principio. Después me di cuenta de que se refería a lo que me había hecho
sonreír, y se lo dije. Ella se echó a reír, con una carcajada gutural:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 137
—Ese grito de guerra retrata a los MacNéil, si queréis mi opinión. Y es bastante reciente.
¿Adivináis quién lo inventó? —me dijo, en tono travieso.
—No tengo la menor idea. Espero tan sólo que no haya sido vuestro cuñado —le respondí,
lacónica.
—¡Casi! No fue Iain, sino yo. ¿No es un grito apropiado, en un campo de batalla entre
highlanders?
¿Qué responder a una idiotez así? Di por terminada la conversación volviéndome hacia otro
grupo, y puse todos mis pensamientos en mi marido. Era necesario que las negociaciones tuvieran
éxito. ¡Era primordial! Todos aquellos heridos que se multiplicaban, los muertos que se añadían a
los muertos, el duelo de los vivos... Volví a pensar en la familia del alhamí: su esposa era una de las
que estaban abajo con un bebé al pecho, y tenía dos chicos más. El corazón me dio un vuelco y
hube de cerrar los ojos durante unos instantes para no perder la serenidad. Entonces me puse a
rezar con fervor por Iain.
La tarde declinaba y un sol pálido esparcía sus últimos rayos de luz sobre un suelo sembrado de
trapos empapados en sangre. Los combates no se habían reanudado. Flotaba sobre la sala una
atmósfera de provisionalidad, de tiempo suspendido. Los heridos inválidos reposaban tendidos
sobre unas alfombras, junto al hogar; los que podían caminar se habían marchado de la sala para
volver a ocupar su posición en las murallas, o se habían agrupado en el patio. El reverendo Henriot
iba y venía entre aquellos hombres sufrientes, asistiendo a unos y bendiciendo a otros.
Habían apartado un poco el círculo de sillones. El silencio era casi total cuando oí pasos en el
vestbulo y vi aparecer a Iain, que se detuvo en la entrada a la sala y se apoyó en el arco del portal,
con los ojos fjos en mí. Me puse en pie de un salto y corrí hacia él. Nunca lo había visto tan
agotado. El dolor se pintaba en cada rasgo de su rostro, y su mirada expresaba una especie de
resignación.
—¿Qué puedo hacer por vos, mi señor? —le dije, llena de compasión.
—Venir a mis brazos, si todavía poseo vuestra amistad —me respondió con un hilo de voz, y
extendió las manos al frente.
Tomé sus manos en las mías y apoyé mi cabeza contra su pecho sin decir una palabra. Posó la
boca en mis cabellos y dejó escapar un suspiro hondo. Luego se irguió y me llevó al despacho, al
fondo del vestbulo.
La alarma hurgaba en mi corazón. ¿Había terminado la guerra? ¿Había capitulado ante
Cameron? El hecho de que viniera solo, ¿signifcaba que ya no había ningún peligro? Se sentó en el
único sillón de la estancia y me colocó sobre sus rodillas, rodeándome con los dos brazos. Echó
atrás la cabeza sobre el respaldo y así permaneció durante muchos minutos en silencio, con los
ojos cerrados. Examiné su rostro, sucio y desfgurado por la fatiga: la barba naciente le sombreaba
las mejillas y el mentón. Le acaricié dulcemente el rostro con el revés de la mano. Abrió los ojos y
me miró largo rato, con una expresión indescifrable.
—Mi señora, he atendido a vuestros consejos y he negociado la paz esta tarde: mi persona a
cambio de la restitución de los bosques. Los hombres de MacDonald se han retirado este mediodía
y embarcarán con la próxima marea. Cameron quiere recuperar la posesión de sus tierras, pero no
le quedan más que una treintena de soldados y una decena de caballeros. Han conseguido
penetrar en el recinto, pero no pueden ir más lejos. Los tenemos copados. En pocas horas

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 138
podemos matarlos a todos. Sólo que me veo incapaz de continuar. No sería guerra, sino una
carnicería. Creo que Cameron se ha vuelto loco de remate. Arriesga la vida de sus hombres como
otros apuestan sus botas a un juego de azar. Le he propuesto un combate singular, él y yo. Si
pierdo, los Cameron recuperan los Grampianos. Si gano, renuncian defnitivamente a ellos.
Pero ¿qué es lo que quería decir ese «si pierdo»? Quedé espantada. Mi marido me estaba
explicando que iba a arriesgar su vida para salvar las de todos los demás, de su clan y del de los
Cameron. Caí de rodillas a sus pies, con las manos aferradas a las suyas, que apretaba febrilmente.
—¿Ha aceptado él esa oferta, mi señor? —pude balbucir con esfuerzo.
—No exactamente. Quiere un combate por parejas, en recuerdo de los hermanos MacNéil.
Ahora serán los primos MacNéil. Él y su hermano Athall contra Tòmas y yo.
—¡Dios del cielo! —exclamé.
Hundí la cabeza entre mis brazos extendidos hacia él. Estaba aterrorizada. ¿Cómo era posible
llegar a semejante solución? Volvió a tomar la palabra con voz sorda, y hube de levantar la cabeza
y escuchar con atención para comprender lo que decía.
—Creedme, mi señora, yo habría preferido dejar fuera a Tòmas. Con mayor razón porque es a
él a quien os hubiera confado de ir mal las cosas para mí en un combate individual. Pero ahora no
es posible. Si uno de los dos primos ha de caer, hay muchas posibilidades de que sea aquel a quien
disteis vuestra preferencia, hace dos meses.
—¡Callaos! ¿Cómo podéis hablar así? —dije yo, jadeante. Me puse en pie de un salto, como si
hubiesen prendido fuego a mis faldas, le sujeté por los hombros y me incliné sobre su rostro—:
Sabed, mi señor, que desde entonces he descubierto a otro hombre. Un hombre que no sólo
cuenta ahora con mis preferencias, sino que posee enteramente mi corazón. ¿Cómo he de
decírtelo, Iain MacNéil, para que lo entiendas? Estoy enamorada de ti...
No pude terminar mi declaración, porque saltó sobre sus pies y me besó apasionadamente en
la boca.
—Como acabas de decir, mi señora, ahora ya está todo claro —murmuró, entre dos besos.
Me estrechó largo rato entre sus brazos, imprimiendo un ligero balanceo a nuestros cuerpos
enlazados, y me susurró palabras de esperanza:
—Empezaremos el combate al atardecer y podemos ganar si recuperamos fuerzas. Querría
reposar sólo en tu compañía hasta ese momento. Necesitaré tu calor esta tarde. ¿Quieres
quedarte a mi lado, mi señora?
—Sería incapaz de dejarte, ni siquiera un minuto. Me he sentido tan lejos de ti desde ayer, que
el encontrarte de nuevo me llena de felicidad. No quiero volver a perderte así, mi señor.
Prométeme que nunca me tratarás con frialdad, como has hecho...
—Te lo prometo, si a cambio tú me prometes no correr delante del peligro a la menor ocasión
que se te presente —respondió él con ternura.
Al verme sonreír, me arrastró hasta las jambas de la ventana, y allí me hizo sentar en el suelo,
sobre una alfombra. Desató su tahalí, que colocó a mis pies, y se tendió de lado, con la cabeza
sobre mi falda manchada de sangre seca, sujetando mis rodillas con su brazo. Yo apoyé la espalda
en el muro y acaricié con mis manos su hombro y su espalda, como se hace con un niño al que se
quiere proteger.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 139
Me explicó con calma su actitud hacia mí: su propio miedo de perderme le había llevado a un
estado de pánico cuando vio mi seguridad en peligro. Hube de admitir que había sido imprudente
más de una vez, desde mi llegada a Mallaig. Evocamos aquellos recuerdos, y así olvidamos la
situación dramática que avanzaba a nuestro encuentro a medida que se acercaba la noche.
Muy suavemente, le acaricié con las dos manos los cabellos revueltos, y muy pronto vi que
dormía. De mi interior ascendió un canto de amor, y lo dejé fuir entre mis labios, al aire fresco de
la tarde, mientras miraba por la ventana cómo se apagaba el día.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 140
Capítulo 11

La caza
La guerra había terminado. La landa, humeante en torno al castillo, aparecía bañada por el
pálido sol de fnales de marzo. Soplaba del lado del mar una brisa ligera, que se llevaba los últimos
relentes del salitre de las bombardas hacia los altiplanos y acompañaba a las tropas de Cameron,
que volvían a sus tierras con su jefe a la cabeza. Varias carretas cargadas de heridos y de cadáveres
precedían a la columna de caballeros y máquinas de guerra que abandonaba el campo de batalla.
Tres caballeros MacNéil cerraban la marcha, y uno de ellos llevaba de la brida el caballo
destinado a ser montado por el reverendo Henriot, que había subido a una carreta para asistir a
los moribundos durante el regreso a sus casas. Los cuatro hombres de la casa MacNéil debían
volver a Mallaig unas horas más tarde con el jefe Cameron y su hermano, para el combate con el
señor Iain y su primo Tomas.
Desde el bastión, el señor Tomas vio alejarse las tropas Cameron en dirección norte, hasta que
su estandarte desapareció en el límite del bosque. Conservaba en la mano la bandera con la cruz
de San Andrés que había utilizado su primo para indicar su intención de negociar. Su primera
reacción había sido de admiración y orgullo. Su primo había dado pruebas de una madurez poco
habitual en él, al detener las hostilidades en el momento en que tenía la victoria al alcance de la
mano. Pero, al recordar las condiciones del acuerdo que había concluido con Cameron, y que lo
comprometan a un combate por parejas, Tomas no podía evitar sentir decepción y aprensión.
«No estoy a su altura», se dijo al pensar en los dos hombres contra los que se iba a batir junto a
Iain.
Bruce Cameron y su hermano Athall eran hombres en la treintena ya avanzada, fuertes y muy
hábiles como guerreros. Desde que vivía en Mallaig, Tomas nunca se había enfrentado al jefe
Bruce, pero su hermano Athall había participado en todas las pendencias que oponían
constantemente a los dos clanes. Siempre era Iain el que tomaba a aquél como adversario, y
Tomas recordaba que su primo lo encontraba duro de roer. En cuanto a Bruce Cameron, muchos
lo consideraban el mejor con la claymore. «Yo perderé la vida e Iain sus tierras si no gano el
combate esta noche», pensó resignado mientras bajaba de las murallas.
La primera persona que vio al entrar en la sala del cuerpo de guardia fue a su to Aindreas y, al
encontrarse sus miradas, no pudo impedir el recordar el cargo de jefe de los MacNéil que había
reivindicado de los lairds pocos días antes. En contra de lo que esperaba, su to le tomó del brazo y
se lo llevó al fondo de la sala, ofreciéndose a prepararlo para el combate.
—Ven conmigo, Tomas, es imprescindible que te tomes un descanso —le dijo—. El combate de
esta noche no está ganado. Vas a jugarte la vida y la de tu primo.
—Si Iain muere, to, tú serás el nuevo jefe, ¿no es así? —murmuró en voz baja Tomas, con los
dientes apretados.
Aindreas se paró en seco y miró a su sobrino a los ojos. Brillaba en ellos una luz inquietante. Se
apartó un poco, miró a quienes los rodeaban y luego, inclinándose al oído del joven, le dijo:
—Y si muere él y tú quedas con vida, heredarás su castillo, y probablemente a su esposa... El
destino es extraño, Tomas. Hay que pensar, antes de desenvainar el arma. Arriesgas mucho esta
noche, pero puedes ganar mucho también.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 141
—¡Déjame, to! Esos cálculos son indignos de un MacNéil —respondió Tomas, asqueado, y se
apartó con brusquedad, bajo las miradas perplejas de los caballeros que estaban al alcance de su
voz.
Tomas salió del cuerpo de guardia a toda velocidad, como si hubiera visto al Maligno. Con el
corazón disparado, se dirigió directamente a la puerta del torreón, la bandera en la mano,
inconsciente de las miradas que lo seguían en el patio. Al entrar en el zaguán tropezó con la joven
Jenny, que salía para llevarse fuera a los niños que habían permanecido encerrados en los sótanos
durante dos días. Se sobresaltó al verla, y cuando le presentó sus excusas, ella lo interrumpió con
un hilo de voz:
—Mi señor, que el cielo os proteja esta noche. He oído que vais a librar combate contra los
Cameron con el señor Iain. Rezo por vos y seguiré rezando cada minuto hasta la noche. Vos no
debéis morir.
Dio media vuelta sobre sí misma y salió a toda prisa para reunirse con los niños, sin volverse a
mirar atrás, dejando a Tomas desamparado en medio del zaguán.
Tomas vio a Bran sentado delante de la puerta del despacho y comprendió que su primo se
había aislado allí. «He de dormir, porque si no estoy perdido», pensó. Partió en dirección a la sala
de armas, apretando la bandera entre sus dedos con determinación.
El reverendo Henriot estaba agotado. Mientras volvía a Mallaig, se bamboleaba torpemente al
paso lento de su montura. A su lado marchaba el caballero Eachann, del loch Alsh, y detrás los
caballeros Eideard y Dòmnhull, los dos de Gairloch. Delante iban los señores Cameron y cuatro
hombres de su casa.
El cielo estaba completamente despejado y su cúpula estrellada se adornaba con una luna llena
de una blancura casi transparente. El reverendo oraba en silencio por el reposo de todas las almas
convocadas durante aquella corta guerra. Nunca había tenido que bendecir a tantos moribundos a
la vez, y era posible que hubiera de bendecir a otros esta misma noche. De todo corazón, deseó
que no fueran el señor Iain ni su primo: «¿Quién soy yo, Dios todopoderoso, para implorar vuestra
intervención en favor del señor Iain? —rogó—. Si necesitáis llevaros a más hombres, haced que no
sean los MacNéil. Han sido los Cameron quienes han roto la tregua de Dios al declarar la guerra en
plena cuaresma. Los hombres de Mallaig se han defendido en el respeto a la Iglesia.»
Cuando la escolta llegó a los altiplanos, el reverendo divisó a lo lejos, en la punta este de la
landa, un círculo de antorchas clavadas en la tierra húmeda de lo que, pocas horas antes, había
sido un campo de batalla. Una treintena de hombres se habían agrupado en el exterior del círculo.
Un guardia a caballo recorría el perímetro, portando el estandarte de los MacNéil. «El combate se
celebrará fuera de las murallas», se dijo, sorprendido y aplacado.
Cuando cruzó el puente levadizo, dejando a los caballeros y a los Cameron a su espalda, en la
landa, tuvo el extraño presentimiento de que ninguna otra muerte vendría a sumarse a las ya
numerosas que se habían producido aquel día. Se encogió de hombros, nervioso. El señor Iain lo
esperaba en el patio, y se acercó para ayudarlo a poner pie a tierra. El reverendo Henriot se dio
cuenta enseguida de que el joven jefe se había lavado, cambiado y había descansado. Suspiró de
alivio.
—Reverendo —le dijo éste—, quiero que me bendigáis antes del combate, así como a mi
esposa y a la pequeña Ceit. Querría asimismo que me escucharais en confesión.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 142
—Me sentiré feliz de hacerlo, mi señor. Deseaba ardientemente que me lo pidierais —
respondió el reverendo, con el corazón aliviado.
A un paso casi solemne, los dos hombres entraron en la capilla por la puerta pequeña que daba
al patio. La nave estaba débilmente iluminada por los cirios colocados sobre el altar. La dama
Gunelle y la pequeña Ceit esperaban, sentadas con las manos enlazadas en un banco de la primera
fla. Detrás de ellas, el señor Tomas, Anna, la dama Beathag y su doncella, los cinco lairds y sus
esposas formaban un grupo compacto de rostros tensos y angustiados. Al ver entrar al reverendo
y a su marido, la dama Gunelle se levantó y avanzó hacia ellos con Ceit.
Se había puesto un vestido azul oscuro muy discreto, e iba tocada sencillamente con una cofa
blanca. La niña iba también vestida con sencillez, y recogía sus cabellos trenzados en un bonete
abierto. Su carita crispada mostraba que estaba luchando contra el sueño.
El reverendo les tomó las manos, sonriendo. De pronto se sintió sucio, apestando a caballo,
delante de aquellas personas que habían tenido tiempo para asearse. Al volverse hacia el señor
Iain, detrás de él, vio que daba señales de impaciencia, y decidió proceder rápidamente a la
bendición de la adopción. Indicó un lugar, al lado del altar, a los dos padres y a la niña, y luego, con
pasos ligeros, fue a buscar sus libros a la pequeña sacrista.
Iain vino a colocarse a mi lado y me dio la mano, pasando el brazo por delante de su hija, a la
que apretó contra sí. Ceit se agarró enseguida a la mano de su padre, y colocó en ella su mejilla.
Iain me miró y me sonrió. Sus ojos tenían un brillo intenso. Su rostro, otra vez recién afeitado,
estaba relajado y sereno. Le devolví la sonrisa y apreté mis dedos alrededor de los suyos.
Después de haber dormido mucho rato con la cabeza en mis rodillas, se había despertado
fresco y otra vez alerta. Con gestos de ternura, se había ido de mi lado para acudir al cuerpo de
guardia, donde se había bañado y había hablado con su primo a la espera del regreso de los
hermanos Cameron.
—Mi señora —me había dicho antes de salir del despacho—, debo quedarme junto a mi primo
hasta la llegada de nuestros adversarios. Habremos de prepararnos y concentrarnos únicamente
en el combate que vamos a librar juntos. He de pedirte una cosa: querría que no asistieras.
—Concedido, mi señor —le respondí con voz temblorosa—. No iré, pero estaré contigo. —Y
posando mi mano sobre su pecho, añadí—: Aquí.
Antes de dejarme con un último beso, me hizo saber que quería reconocer a Ceit antes del
combate, y me pidió que estuviera preparada con ella en cuanto el reverendo entrara en el
castillo.
Pasé con Ceit todo el tiempo que me quedaba antes de la ceremonia de adopción. La hice subir
a mi habitación conmigo, y tomé mi baño con ella. No dejé de hablarle de Iain y de la adopción,
porque quería que entendiera bien lo que signifcaba y que se sintiera capaz de llamar «padre» a
Iain. Me daba cuenta de que el gesto de mi marido para con Ceit aquella noche tenía una gran
importancia para él. También era muy importante para mí. Los momentos de intimidad pasados
con mi pequeña Ceit distrajeron mis pensamientos del combate que iba a librarse al cabo de
menos de una hora, y que costaría la vida a uno o dos hombres.
Oí al reverendo Henriot pronunciar en latn la bendición de adopción, después de haber
resumido a grandes rasgos su contenido en gaélico. Ceit estaba muy erguida y había soltado la
mano de su padre, para persignarse. Cuando todos estuvimos bendecidos, se volvió, alzó la mirada

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 143
hacia Iain y le tendió los brazos. Iain la tomó con cariño en los suyos y la apretó contra sí. Oí que
Ceit le cuchicheaba al oído:
—Os amo de todo corazón, padre...
Él la besó, volvió a dejarla en el suelo y sacó de su jubón una hoja doblada. Vuelto hacia la
pequeña reunión, la desplegó y leyó en voz alta:
—En estos primeros días del año de gracia de 1425, yo, Iain MacNéil, hijo de Baltair, reconozco
a la niña Ceit como mi hija y mi heredera, a igual ttulo que los hijos que nazcan de mi matrimonio.
Que ella sea educada por mi esposa Gunelle, que hoy la recibe por hija. —Después de un breve
silencio, se volvió hacia el reverendo y le dijo—: Quisiera que frmarais este documento como
testigo, reverendo. —Luego me miró, y añadió en el mismo tono—: También vos, mi señora.
En una pequeña mesa colocada a un lado del altar había un tintero y una pluma, que yo no
había advertido hasta ese momento; el reverendo y yo nos adelantamos juntos para frmar el
documento que nos tendía Iain. Él había vuelto a tomar de la mano a su hija y fue a sentarse al
banco que ocupábamos las dos antes de su llegada. ¿Cuándo había preparado mi marido aquel
documento? No podía haber sido más que aquella misma tarde. Estaba bien redactado, y me sent
orgullosa. Eché un vistazo a los reunidos y pude darme cuenta de la emoción intensa de Anna y de
Tomas.
Con la excepción de Iain, que se quedó con el reverendo, todos salimos de la capilla y
regresamos a la gran sala. De inmediato la dama Beathag me abordó, con malicia.
—Querida castellana —me dijo, con voz suave—, ¿qué le habéis hecho a nuestro jefe en tan
poco tiempo? Capitula ante esos bandidos de los Cameron, se afeita como un inglés y adopta a
una huérfana como un hombre que no tiene asegurada la descendencia.
—Me sorprende que conozcáis tan mal a vuestro cuñado, querida Beathag, para poner en duda
que actúe por propio impulso. Mi marido no ha capitulado, sino que ha decidido solucionar esta
guerra entre cuatro hombres, y no entre cien. No se afeita como un inglés, sino como un escocés,
y no adopta a Ceit porque me crea estéril, sino porque la quiere tanto como la quiero yo misma.
—Conozco a mi cuñado, querida Gunelle, y como todas las mujeres aquí presentes, sé
reconocer un cambio, cuando lo veo. —Se volvió hacia el grupo de las mujeres de los lairds y
continuó—: Repito que lo habéis transformado. Dadnos la receta de vuestro fltro, tengo
curiosidad por saber cómo lo habéis conseguido.
—Si existe esa receta, a vos os falta el ingrediente principal —le contesté, y me aparté de ella
llevándome a Ceit fuera de su círculo.
De inmediato oí una voz clara que venía del grupo de mujeres a las que Beathag había puesto
por testigos de sus comentarios. Era la dama Rosalind, que aclaró mi respuesta:
—Querida Beathag, me parece que la castellana de Mallaig se refere al amor. No al amor de los
sentidos que ignora los movimientos del corazón, y tampoco al amor cortés que se extingue
cuando los amantes pasan al acto, sino al verdadero amor que crece a veces entre los esposos, por
insólito que eso pueda pareceros.
Me sent aliviada al ver que Beathag no añadía nada más, y me refugié junto a Nellie y Anna.
Tenía ganas de estar en compañía de personas que amaban incondicionalmente a mi hija y a mi
marido. Mi nodriza y el ama de llaves, ¿no eran mi doble muralla de defensa en Mallaig? Me senté
al lado de Nellie, que me rodeó afectuosamente con su brazo y me susurró:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 144
—No prestéis atención a la dama Beathag. Los celos se la están comiendo. La dama Rosalind
tiene toda la razón, querida. Una mujer que ama puede infuir mucho en la persona amada. Me
tranquiliza veros enamorada del señor Iain. Eso es bueno, para vos y también para él. ¿Y qué decir
de la felicidad increíble de nuestra pequeña Ceit?
Le dirigí una sonrisa agradecida y reuní fuerzas para esperar, con el corazón oprimido, la
marcha de Iain y de Tomas al combate con los Cameron.
Cuando el señor Iain acabó de confesarse, vio a Tomas arrodillado al fondo de la capilla. De
inmediato éste se levantó, fue hacia su primo y, poniéndole una mano al hombro, le susurró:
—Es mi turno, Iain, enseguida te alcanzo. —Luego fue a arrodillarse frente al reverendo.
Iain se dirigió a la gran sala por la puerta de la capilla. Todas las miradas confuyeron en él
cuando entró. La atmósfera estaba cargada de emoción. A los sobresaltos que habían provocado
en las gentes de Mallaig dos días de guerra, venía ahora a añadirse la ansiedad de un combate en
el que el joven jefe MacNéil iba a arriesgar su vida y la de su primo. Iain optó por cortar de raíz las
efusiones, privándose de forma deliberada de varios testimonios de respeto y de ánimo. Fue
directamente a su esposa, la tomó de la mano y la llevó hacia la salida, después de acariciar la
mejilla de su hija, acurrucada en el regazo de Anna.
—Mi señora —dijo en voz baja cuando estuvo solo con Gunelle—, me voy ya. Quiero que sepas
lo más importante: nunca he amado a nadie antes que a ti, porque siempre he temido ver
rechazado mi amor. Tú me has colocado del lado de la luz, al enseñarme cómo ser feliz. —La besó
en la frente, y añadió—: Suceda lo que suceda, Gunelle, recuerda que eres mi bienamada y que
siempre seguirás siéndolo.
La joven castellana reprimía su desesperación con mucho esfuerzo. No pudo responder nada a
aquella primera declaración de amor de su marido y se dejó caer sobre su pecho, echándole los
brazos al cuello. Él le rodeó la cintura, apoyó la cabeza en su hombro, y así permanecieron
abrazados largos minutos, saboreando aquel instante de intensa avenencia. Cuando el señor
Tomas salió de la capilla, les sorprendió en aquella actitud y dio media vuelta para dirigirse al
cuerpo de guardia. Casi enseguida oyó el ruido de las botas de su primo en el corredor, a su
espalda.
En la sala común de caballeros y soldados, ardía un gran fuego en el hogar y los hanaps de
uisge-beatha pasaban de mano en mano de aquellos hombres nerviosos. Iain y Tomas no
bebieron. En silencio, se quitaron sus túnicas y se revistieron, con la ayuda de dos caballeros, con
la armadura de cota de malla, las espinilleras, los brazales, el peto, el espaldar y el yelmo; después,
empuñando sus claymores, salieron al patio. Aprisionado cada uno en su coraza metálica, con la
visera del yelmo alzada, avanzaron sin hablar hacia el puente levadizo. Se lo habían dicho ya todo
sobre la manera de combatir juntos.
Durante casi una hora, el señor Iain había explicado a su primo las mejores tácticas en ese tipo
de lucha, hablándole, no como un maestro de armas, sino como un hombre cuya vida depende del
otro. Nunca Iain había dialogado así con su hermano, a pesar de haber librado con él todos sus
combates por parejas. Se senta muy cercano a su primo, unido a él con el mismo lazo que se da
entre un hermano mayor y uno menor, cuando entre ambos existe un amor fraterno.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 145
—Tomas —le dijo mientras caminaban—, esta noche no voy a combatir por mis tierras. Me
batiré para que los dos sigamos con vida. Si resultas tocado, pediré gracia y me someteré a los
Cameron. No te sacrifques. Eres el hermano que habría querido tener y no quiero perderte.
El señor Tomas tragó saliva con esfuerzo. Un miedo atroz le oprimía el pecho, y aquella
declaración de su primo supuso un suplicio para él. Un alud de sentimientos discordantes se
agolpaba en su interior, y, después de su conversación con Aindreas, no conseguía diferenciar
entre lo que deseaba y lo que temía. Convertirse en el señor de Mallaig al lado de una Gunelle
viuda era un sueño imposible, y se negó a pensar en ello. Sabía que no iba a hacer nada, durante el
combate, para convertirlo en realidad. Ahora que conocía el corazón de su primo y los
sentimientos que éste experimentaba por su esposa y por él mismo, su muerte se había
convertido en una perspectiva totalmente intolerable. «Iain tiene que vivir», se dijo.
Cuando llegaron al extremo del puente que desembocaba directamente en la landa desde la
que se había forzado la primera puerta, vieron el círculo de la lid rodeado de antorchas
humeantes. Les pareció estrecho. Una cincuentena de personas se agolpaban en el perímetro: los
lairds MacNéil, los caballeros, soldados, el reverendo Henriot y algunos hombres y mujeres del
burgo, entre ellos la joven Jenny. Algo más retirado, el grupo de los Cameron se había reunido
bajo su estandarte, plantado en el suelo junto a los caballos.
Todos callaron cuando aparecieron los primos MacNéil. El chillido de un ave nocturna desgarró
el aire inerte, y un escalofrío recorrió la asamblea. Los MacNéil bajaron a un mismo paso hacia el
círculo. La primera mirada que encontró Tomas fja en él fue la de su to Aindreas. En un susurro,
dijo a Iain:
—Iain, si muero y tú quedas con vida, prométeme que desconfarás siempre de nuestro to
Aindreas. Quiere tu puesto y hace un momento estaba dispuesto a traicionarte en favor mío.
El señor Iain se volvió con viveza a su primo, lo detuvo con un gesto de la mano y lo observó
con detenimiento, intentando adivinar en sus rasgos la naturaleza de aquella declaración. Después
de un suspiro, le dijo en voz baja:
—Tomas, si muero yo y eres tú quien queda con vida, prométeme que siempre la protegerás.
Te la confo, con mi hija.
Esas palabras hicieron estremecerse a Tomas. Apretó los puños y las mandíbulas mientras
miraba a su primo:
—Si Dios está con Mallaig, ninguno de los dos va a morir, Iain —le respondió con voz clara.
Según las condiciones negociadas por Iain, correspondía a los MacNéil la elección del lugar, las
armas y el protocolo para detener el combate. Los Cameron decidían la hora del combate y el
equipo de protección. Cuando Bruce Cameron supo que Iain elegía la claymore solo, optó por una
armadura reducida: cota de malla, espaldar, brazales y guanteletes de hierro; sin peto, escarcelas,
espinilleras ni yelmo. Los caballeros ayudaron a Iain y a Tomas a desembarazarse del equipo
superfuo. Fue un primer punto a favor de Tomas, que, al no haber concluido su formación como
caballero, se había entrenado muy poco en el combate a pie frme con armadura completa.
Una vez que los cuatro hombres estuvieron en posición dentro del círculo, con Iain colocado
frente a Athall para dejar a Bruce a su primo, los Cameron comprendieron que la herida de su jefe,
aunque poco visible, no había pasado inadvertida. En efecto, Iain había observado cierta rigidez en
el brazo derecho de Bruce Cameron durante las negociaciones de la tarde, y había deducido que el

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 146
hombre estaba lesionado. Su suposición se vio confrmada al elegir su adversario como equipo las
piezas que protegían los hombros, brazos y manos. Los primos habían supuesto que Bruce sería el
adversario más débil de los dos, y Tomas iba a enfrentarse a él. Era un segundo punto a favor de
éste en el combate por parejas.
Desde los primeros intercambios de golpes entre Bruce Cameron y Tomas, el juego de esquiva
de éste marcó la tónica del combate. Tomas paraba cada golpe, no devolvía ninguno y se
desplazaba de un lado a otro a tal velocidad que su adversario empezó muy pronto a ponerse
nervioso. Todavía bajo el imperio de su revuelta y de su locura destructora, el jefe Cameron
derrochaba una energía excesiva y perdía progresivamente la sangre fría. Se agotaba en asaltos
que se perdían en el vacío, en tanto que Tomas economizaba fuerzas bloqueando los ataques o
evitándolos.
En la otra parte del círculo, después de algunos golpes de tanteo asestados por Iain para
calibrar la forma de Athall, el combate era cerrado. Las fuerzas estaban igualadas: Athall era más
alto que Iain y su arma barría un campo más amplio, forzando a su rival a mantenerse a distancia.
En cambio, el joven jefe MacNéil tenía la ventaja de una mayor contundencia, porque era
claramente más fuerte que Cameron y más rápido en el manejo de la claymore. Iain estaba
concentrado en su adversario, pero, cuando Tomas se cruzaba en su campo de visión, no podía
impedir distraerse durante un segundo. Athall debió de darse cuenta, porque maniobró de modo
que Iain se encontrara lo más a menudo posible en ese ángulo.
Por su parte, Bruce Cameron se iba exasperando cada vez más. Resoplando, soltó de repente a
Tomas:
—Demuestras tener valor, al combatir al lado de tu primo. ¡Te dejará morir desangrado cuando
yo te ensarte!
Iain se estremeció al oír aquellas palabras, y dijo entre dientes:
—¡Cállate, basura!
Bruce Cameron reaccionó al insulto con un movimiento mal calculado, que dio a Tomas la
ocasión de golpearle en el brazo derecho. Lo hizo con tanta fuerza y precisión que aquel golpe
bastó. Cameron cayó al suelo, desarmado, con el brazo inútil, gritando de dolor. Fuera de
combate.
Aprovechando el segundo de desatención de su adversario, Athall lanzó una estocada
fulgurante y consiguió desarmar a Iain. En el mismo momento en que la claymore de Iain caía y él
retrocedía de un salto delante del arma apuntada a su garganta, Tomas se lanzó sobre Athall por la
espalda y colocó la hoja de su arma contra el cuello de su rival, al tiempo que gritaba:
—¡Pide gracia, Cameron!
Athall se puso rígido, al notar el corte en su piel. Bajó su claymore y, después de un segundo de
duda, la dejó caer a sus pies y murmuró, resignado:
—Gracia...
Iain miraba a su primo, maravillado.
Un clamor cuyos ecos llegaron al interior del castillo se elevó de inmediato del círculo de la lid.
Los caballos de Cameron relincharon, sorprendidos. Las antorchas chisporrotearon bajo el cielo
estrellado y los caballeros de Mallaig se precipitaron a abrazar a los vencedores.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 147
Lo vi alejarse por el corredor a través de un velo de lágrimas. «¿Por qué es así la vida?», pensé.
Había tardado tanto tiempo en amarlo, y tal vez me iba a ser arrebatado esa noche. Cuando hubo
desaparecido, entré con pasos lentos en la capilla. Me oprimía un tumulto excesivo de emociones.
Rezar era todo lo que podía hacer, por él y por mí.
El frío en aquel lugar sin fuego me traspasó enseguida. Vi salir al reverendo Henriot por la
puerta pequeña del lado de la sacrista, que dejó abierta a la noche estrellada. Me adelanté sola y
me arrodillé al pie del altar, con la mente y el cuerpo paralizados.
Estuve postrada así durante lo que me pareció una eternidad. No oí el clamor que venía de los
muros de la fachada norte, ni el alboroto en el zaguán de las mujeres que corrían desde la gran
sala hacia el patio, ni los ladridos excitados de Bran al recibir a su amo.
Fue el reverendo Henriot quien me encontró al entrar en la capilla y me sacó de mi estupor
tirando con suavidad de mi brazo:
—Venid, hija mía, todo ha terminado, En su inmensa sabiduría, Dios no se ha llevado la vida de
ningún combatiente. Los Cameron se vuelven vencidos a sus casas con los suyos, y vuestro marido
y vuestro primo regresan sanos y salvos.
Lo miré, desconcertada, mientras intentaba captar el sentido de sus palabras.
—¡Están vivos los dos! —exclamé.
Sin pensar, me arrojé en brazos del reverendo, rebosante de gratitud. Noté de inmediato que
se encogía, nervioso, y me solté, confusa. Me persigné mirando el altar y corrí fuera de la capilla
sin añadir una palabra. Vi, al fondo de la gran sala, a Nellie y Ceit dormidas en un rincón, abrazadas
la una a la otra. Al mirar hacia el corredor que llevaba al cuerpo de guardia, vi a Bran, deduje que
todos los demás debían de estar allí, y corrí.
Con el corazón desbocado, entré en aquel edifcio por primera vez. Los muros de piedra, menos
gruesos que los del castillo, estaban encalados salvo en las vigas verticales de los claustros, de
madera oscura. El techo, muy alto, y el suelo eran asimismo de madera, y varias ventanas
pequeñas y bajas se abrían al patio. Por una escala se accedía a una galería profunda que cubría
medio piso y en la que probablemente debían de estar las literas. Cerca de la entrada, una gran
chimenea provista de llares arrojaba una luz movediza sobre la multitud compacta y ruidosa de las
gentes del castillo, agolpadas alrededor de los vencedores, a los que yo ni siquiera podía ver.
Me quedé en el umbral, presa de una viva emoción. Bran vino a lamerme las manos e,
instintivamente, me incliné para acariciarle la cabeza. La dama Rosalind vino a mi encuentro y,
tomándome del brazo, me hizo penetrar en medio del tufo de aquella sala llena de humo, hasta
llevarme junto al grupo aglutinado en torno a Iain, mientras charlaba en tono desenvuelto:
—¿Dónde os habíais escondido, querida? Os hemos buscado. Los MacNéil han ganado, ¿lo
sabíais? ¡Y casi sin derramar sangre! ¡Vamos! ¿No es increíble? Bruce Cameron tiene un brazo
menos y el orgullo roto. Su hermano Athall se ha deshonrado al bajar su arma ante un hombre que
tiene la mitad de sus años y aún no es caballero. Ha sido un fnal emocionante para una guerra
que no lo ha sido menos. Nuestro buen Henriot cree que ha sido la voluntad divina la que se ha
manifestado, para castigar a quienes no han respetado los días santos. ¿Qué os parece?
Yo no sabía qué decir. Era cierto que la Iglesia prohibía llevar hombres a la guerra durante el
adviento, la cuaresma y los domingos, pero tenía mis dudas acerca del fervor cristiano de los
highlanders en todo lo relativo a la guerra. De hecho, apenas había escuchado a la dama Rosalind.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 148
Acababa de ver a Iain. Me daba la espalda y tenía pegada a él a su cuñada, que le rodeaba
amorosamente los hombros con un brazo reluciente de pulseras. Mi marido tenía en la mano un
hanap, probablemente de uisge-beatha. Tomas, los caballeros y los lairds los rodeaban, y del
grupo salían grandes carcajadas. Cuando Tomas me vio, su cara cambió, y Iain se volvió. Mi mirada
se cruzó con la de mi marido, en un silencio repentino. Se soltó de Beathag y dio un paso en mi
dirección, pero enseguida cambió de opinión y, volviéndose a su cuñada, le tendió su hanap y le
dijo en tono burlón:
—Tened, querida. Dad de beber a Raonall, es un guerrero meritorio y con él tendréis más
oportunidades de llegar a alguna parte. —Enseguida Iain estuvo a mi lado, y, abrazándome contra
su pecho, me susurró con voz apremiante—: ¿Dónde estaban mi mujer y mi hija? ¿No me han
echado de menos?
—Tu hija está dormida, y yo esperaba en la capilla, muerta de miedo —le dije en voz muy baja,
acurrucándome en sus brazos—. ¡Oh, Iain! Estaría ya muerta, si no hubieses vuelto...
—No, mi bienamada, no estarías muerta. No puedes. Eres la castellana de Mallaig y la madre de
Ceit, y tienes demasiado trabajo por delante para hacer feliz a toda esta gente... —me respondió,
sumergiendo su mirada radiante en la mía.
¡Cuánto amor vi en él, en ese instante! Subyugada por su mirada azul, no advert la mirada
negra, cargada de odio, que me dirigía Beathag. El círculo había vuelto a cerrarse en torno a ella, y
Raonall le dirigía ojeadas picaras, esperando que ella lo invitara a beber.
Tomas sonrió de placer al ver la actitud de su primo con Beathag, y no pudo reprimir una
mirada equívoca a Raonall.
—No conoces aún al sherif Darnley, primo Raonall —le dijo—. Es un hombre impresionante, te
lo aseguro. ¿No os parece, dama Beathag?
—Es un hombre interesante —respondió ella con aire malhumorado—. Puede gustarle a uno o
no, según...
—¿Según qué? —le preguntó Raonall, al que había picado la curiosidad.
—Según uno sea mujer o varón —dijo Tomas, en tono despreocupado, y dejando a Raonall
estupefacto y a Beathag furiosa, giró sobre sus talones y se dirigió a otro grupo. Vio entonces,
junto a la puerta abierta al patio, a la joven Jenny, que lo observaba discretamente. Se acercó a
ella.
—Buenas noches, Jenny —le dijo—. ¿Qué haces aquí? ¿Se queda tu familia aún a pasar la
noche en el castillo? Mañana nos juntaremos todos para la reconstrucción de las casas del burgo.
Nadie va a librarse. Tendrías que estar con los tuyos esta noche; ¿dónde están?
—Mi padre ha salido con los miembros de la guarnición para destruir la presa que desvía el
agua de la montaña, si no nos faltará a todos mañana. Yo espero a que vuelva. Os he visto
combatir, antes. ¿Cómo es posible que aún no seáis caballero? —le preguntó ella, con aire
absorto.
—Porque todavía no he sido armado. Lo seré antes del verano, cuando todo esté reconstruido
en Mallaig y el castillo haya sido reparado... y esta maldita guerra no sea más que un mal recuerdo
para todos —explicó Tomas.
—No para mí —respondió rápidamente Jenny—. La guerra será un buen recuerdo, porque me
ha permitido estar cerca de la señora... y de vos.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 149
Dicho lo cual, la joven salió corriendo hacia el patio iluminado por los rayos de la luna. Tomas la
vio dando saltos para evitar los cascotes que alfombraban el suelo y esbozó una sonrisa divertida.
Jenny era tan menuda que le hizo pensar en un elfo.
La alegre reunión en torno a los primos vencedores no duró mucho tiempo. Todo el mundo
estaba cansado. Como la noche era aún joven, varios lairds, extenuados e inquietos por el clima de
inseguridad en el que vivía el clan MacNéil desde hacía tres días, decidieron volver de inmediato a
sus hogares y reunieron a sus gentes. Aindreas del loch Morar fue el más impaciente por
abandonar el lugar. En el momento de marchar, el señor Iain se lo llevó aparte:
—Tío, no me habéis felicitado. ¿No estáis contento?
—Ha sido muy emocionante, sobrino. Sois un maestro de armas sin par, y Tomas está ya más
que preparado para ser armado caballero —respondió Aindreas, incómodo.
—Es cierto. Tomas tiene todas las cualidades para convertirse en un perfecto caballero. Sobre
todo una, que yo no le he enseñado porque no se aprende. La lealtad. —Y mirando a su to a los
ojos, Iain añadió—: Sé una cosa de Tomas, y es que nunca se le podrá acusar de felonía.
—¿Es que estáis acusándome a mí de algo, Iain? —preguntó el to, a la defensiva.
—No. Os estoy haciendo una advertencia. —Hizo un esfuerzo para reprimir la ira que senta
crecer en su interior, y continuó—: Yo soy el jefe del clan, y, por mucho que nos remontemos en la
historia, los MacNéil nunca se han traicionado entre ellos. Sería muy triste que empezaran a
hacerlo ahora, y haré todo lo que esté en mi mano para evitarlo.
Aindreas hubo de apartar la mirada para ocultar su rabia. Había juzgado mal a su sobrino
Tomas, y ahora se daba cuenta de su error. Por lo menos, sabía que en adelante iba a tener
enfrente a dos hombres, y no a uno solo. Dos primos que, esa noche, se habían batido como
hermanos, poniendo cada cual su arma al servicio del otro.
No todos los lairds se marcharon. Al menos, la esposa de uno de ellos se quedó. En efecto, la
dama Rosalind se ofreció a la joven castellana para quedarse a ayudar a las gentes del castillo y del
burgo en los próximos días, y su marido envió a buscar a su propio albañil para sustituir al que
había perdido Mallaig.
Su hijo Raonall se apresuró a declarar que también él deseaba quedarse durante todo el tiempo
que Mallaig necesitara de sus servicios, a lo que su madre respondió con una sonrisa maliciosa.
Dirigiéndose a la dama Gunelle, dijo:
—Es una buena idea, mi señora. Quedaos con Raonall, os será útil de muchas maneras. En
particular como compañía de las damas del castillo, ¿no es así?
Gunelle no pudo reprimir una sonrisa de complicidad. Decididamente le gustaba mucho aquella
mujer sincera y segura de sí misma. ¡Cuánto le habría gustado tener la mitad de su seguridad, en
determinadas circunstancias! Anna, que ya había recibido instrucciones de su amo para alojar a las
gentes del burgo y los invitados, vino a informar a la dama Rosalind de que ocuparía la alcoba de
su difunta cuñada. Al oírlo, Gunelle se sobresaltó:
—¿Estás segura, Anna, de que el señor MacNéil ha indicado esa habitación? —susurró al ama
de llaves.
—Sí, mi señora. Y deja la suya al señor Tomas. No quiere que duerma con los demás en el
cuerpo de guardia. —Un poco confusa, añadió—: Mi amo se queda en la habitación del señor

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 150
Baltair con vos, mi señora. Es exactamente lo que me ha dicho. Todos vuestros efectos personales
han sido trasladados ya allí. Màiri se ha ocupado hace un momento, después de acostar a Ceit.
—Ya veo —dijo la dama Gunelle, por todo comentario.
Cuando, unos minutos más tarde, cruzó la puerta de su nueva habitación junto a su marido,
éste se dio cuenta de su incomodidad.
—Pareces contrariada por encontrarte aquí, mi señora. ¿No te ha gustado la manera en que he
dispuesto de tu alcoba con Anna? —Apretándola contra sí, siguió diciendo—: En adelante, ya no
dormiremos en cuartos diferentes ni compartiremos nuestro lecho con nadie. Sé que es
costumbre en las Lowlands, en Inglaterra y en Francia invitar a visitantes a hacerlo, pero éste es un
lecho de amantes. ¡Mira su anchura! Ni siquiera Ceit estaría cómoda a nuestro lado. Dime que te
parece bien, mi señora... bien puedes conceder este capricho a tu esposo guerrero...
Gunelle estaba decidida a conceder todos los caprichos a su marido. Por toda respuesta, le
acarició muy despacio el rostro y lo besó. Mientras le devolvía los besos, Iain le desató la cofa y
dejó sus cabellos sueltos sobre la espalda. La levantó del suelo y la depositó en la cama, mientras
la contemplaba amorosamente.
—Estoy sucio, hambriento, dolorido y agotado, mi gacela. Pero estoy enamorado. No me
reproches la manera como voy a honrarte. No es la mejor, pero es la única de la que soy capaz
esta noche.
La poseyó con ardor. La joven castellana descubrió gozosa que el ardor de su marido
despertaba el suyo, y se lo manifestó prodigándole besos y caricias. De nuevo se vio colmada por
él y, por segunda vez aquel día, lo vio adormecerse con su cabeza oscura descansando sobre su
vientre y la mano cálida posada en su seno.
Los primeros días de abril fueron luminosos y muy templados en la costa este. Varios obreros,
enviados por los lairds, habían bajado a Mallaig para ayudar a la reconstrucción del burgo y a la
restauración del castillo. Una gira del señor por sus tierras le había permitido comprobar que la
guerra no había llegado a sus rebaños, que pacían bastante lejos de Mallaig en aquella época del
año. Iain se sintió feliz al ver intacta su ganadería, porque había de ser la fuente de ingresos más
fable durante el año siguiente, ahora que el incendio del burgo había destruido las instalaciones
para la fabricación de sal.
El señor Iain dirigió en persona los trabajos de reparación del castillo: los proyectiles habían
abierto varias brechas en la muralla exterior, varios agujeros en la fachada norte del torreón y en
la torre oeste. Una de las plataformas había cedido y una sección de la techumbre del bastión se
había hundido. La muerte del albañil de Mallaig había dejado sin maestro al joven que había
tomado como aprendiz. El señor Iain pidió al albañil cedido en préstamo por su laird que tomara a
su cargo al muchacho, y le adelantó la suma necesaria para todo el tiempo que duraran las obras.
En el burgo, fue el señor Tomas quien asumió el cargo de maestro de obras y cuidó del
aprovisionamiento en las materias primas necesarias para la construcción de las casas,
contribuyendo con sus propios brazos. No todas las techumbres habían ardido, pero sí era
necesario reconstruir todas las de paja. En ello se empleó todo lo que quedaba del forraje de
invierno destinado a las cuadras del castillo. Los hombres y las mujeres del burgo trabajaron para
rehacer sus casas según una orientación diferente, propuesta por el señor Tomas y que le valió
una gran admiración por parte de todos. Se modifcó la orientación de los edifcios respecto del

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 151
mar y se eligió el emplazamiento de las aberturas, puertas y ventanas, de manera que los
habitantes quedaran protegidos de los vientos dominantes de Mallaig. Su participación en la
reconstrucción del burgo hizo que Tomas quedara ligado por un lazo más profundo con Mallaig y
sus gentes. Durante días enteros se prodigó sin descanso, en el respeto al código de la caballería
que exige que un caballero preste toda su ayuda a los necesitados y les dé protección. Aquellas
semanas fueron las más gratifcantes de su vida.
Durante los primeros días de la reconstrucción, los niños se quedaron en el patio del castillo a
fn de facilitar las obras del burgo, y la dama Rosalind los tomó a su cargo. Por las tardes, Jenny la
ayudaba en esa tarea y dio pruebas de una gran autoridad natural con los pequeños. Jenny
también fue de utilidad a Nellie en el jardín. Se habían sembrado algunos parterres y la joven
manifestó un vivo interés por los cultivos de huerta. La anciana nodriza de la castellana se sintió
muy satisfecha de compartir sus conocimientos con ella, más aún porque la descargaba de los
trabajos más pesados. Así fue como, poco a poco, Jenny se hizo un sitio entre aquellos muros.
El día de Pascua, lució sobre Mallaig un sol radiante, y el reverendo celebró el ofcio en el patio,
ya totalmente limpio. Todos los habitantes, tanto los del castillo como los del burgo, se reunieron
felices allí, porque la iglesia de la villa aún no tenía techo. Fue un momento emotivo para el joven
clérigo, que vio reunidos a todos sus feles en una misma ceremonia.
Aprovechando las obras de albañilería que se estaban realizando, Gunelle pidió a su marido que
se habilitara, contigua a la capilla en el muro exterior del torreón, una pequeña dependencia para
dar allí las clases. Con la ayuda del reverendo, había trazado los planos de aquel reducido ámbito y
los presentó a Iain con aprensión, porque conocía sus reservas en ese tema.
—Mi señor —le dijo—, si la clase se hace dentro de nuestros muros, el reverendo Henriot y yo
misma tendremos que movernos menos. Además, será saludable para los niños venir aquí, y
reconfortante para sus padres saber que están seguros. Por otra parte, nueve de los niños, o sea
casi la mitad de la clase, viven ya en el castillo.
—¿En cuántas horas al día estimas la presencia de todos esos niños junto al patio de armas?
Aquí nos ejercitamos en el tiro, en el combate con toda clase de armas y en maniobras ecuestres.
¿Sugieres que hagamos todas esas cosas en la landa para evitar hacer daño a los niños? —le
respondió él.
—¿No podríamos compartir el patio? Quiero decir que habría, en los días de escuela, unas
horas para el entrenamiento de los caballeros y otras para las clases. Además, me parece que a
algunos de tus caballeros les gustaría aprender a leer y escribir. Serían bienvenidos si deciden
asistir a las clases...
—... Y llegarían a ser más sabios que su jefe. Mi señora, pides mucho —dijo Iain—. No veo qué
interés puede tener Mallaig en ese proyecto, aunque una castellana feliz es una ventaja en
cualquier castillo. Si va a contribuir a tu felicidad aquí, no puedo oponerme a tu proyecto.
La dama Gunelle le sonrió: ¡qué no haría aquel hombre por amor a ella! Se acercó y le acarició
el rostro, como lo hacía tan a menudo ahora. Le dio las gracias en voz baja, de forma que nadie
más la oyera:
—Iain, te amo. Me he casado con un hombre que no sólo es valiente, sino también muy
generoso, tanto con su esposa como con sus gentes. Y además, no has de tener miedo: tus
hombres no serán más sabios que tú. Me ocuparé de eso personalmente.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 152
—¿Qué te propones hacer, mi señora? ¿No enseñarles más que la mitad del alfabeto, y contar
nada más que hasta veinte?
Rodeándole el rostro con las manos, ella declaró:
—Continuaré tu propia instrucción, eso es lo que voy a hacer. Eres un alumno aventajado y no
pararé hasta enseñarte todo lo que yo misma sé.
—Si yo quiero y si tengo tiempo, por supuesto...
—Mi señor, Dios te ha dado capacidades excepcionales para aprender, además de una esposa
que enseña; sería hacerle una ofensa el descuidar tu educación —concluyó ella con una sonrisa.
Dos semanas después de que el señor MacNéil diera el visto bueno al proyecto de su esposa, se
habían levantado tres gruesos muros adosados a la capilla, y se había montado un suelo de
madera. La escuela pudo abrirse a mediados de abril y recibió a veintidós niños y tres caballeros
con treinta años cumplidos. Junto a la actividad económica que se reanudaba en el burgo y la
siembra que empezaba, la instrucción de los niños fue recibida por todos como una bendición.
La dama Rosalind había expresado el deseo de pasar la primavera en el castillo, dado el interés
que senta por las actividades de la pequeña escuela, y la dama Gunelle accedió encantada. El
reverendo enseñaba las Sagradas Escrituras por la mañana y las dos damas se relevaban por las
tardes para dar lecciones de lectura, escritura y aritmética, de modo que los niños de Mallaig
seguían un programa bastante completo de instrucción, para lo que era entonces la educación en
los burgos. El señor Iain había pagado una tableta de cera y un estilete para cada niño, y dio
órdenes de que a la hora del almuerzo se les sirvieran galletas y leche los días de clase.
Toda la biblioteca del castillo había sido trasladada de la habitación de Alasdair a la sacrista,
que estaba ya provista de estantes sufcientes para recibirla, y quedaba contigua a la escuela. Bajo
la mirada complacida del reverendo Henriot, la joven castellana y su invitada se encerraban allí
durante horas y preparaban sus clases con pasión. Nació así entre las dos damas una gran amistad,
con la que Gunelle ganó mucha experiencia. A partir de aquel momento, la joven adquirió más
seguridad, y con toda naturalidad organizó en torno al castillo una rica vida social, muy estimulada
por la parte activa que tomaba su marido en los intereses del clan y en la gestión de los negocios
de sus propiedades.
En efecto, el señor Iain restauró las sesiones semanales del tribunal del clan y recibió a una cola
interminable de siervos, vasallos y clérigos venidos a pedir justicia a sus tierras. Todo aquel tráfco
en el castillo contribuyó a distraer a la dama Beathag, que aprovechó el trabajo de la castellana en
las clases para jugar a la anftriona en la gran sala. La cuñada del señor MacNéil había esperado
durante mucho tiempo la recuperación de una vida mundana en Mallaig, y dejó sus celos
momentáneamente en la reserva para dedicarse por entero a los invitados y los viajeros de paso.
Bajaba todas las tardes vestida de gala, resplandeciente de joyas, toda sonrisas, y circulaba de
grupo en grupo, voluble y solícita.
En la última semana de abril, cuando las obras de reparación del castillo estaban casi
concluidas, el señor Iain decidió viajar a los Grampianos, hasta la zona de tala de su suegro.
Mediante esa expedición, esperaba ante todo asegurarse de que reinaba el orden en aquella parte
de sus tierras y de que los Cameron respetaban el acuerdo. Reunió una guarnición de diez
hombres, dejando en Mallaig a tres caballeros y el resto de los soldados y hombres de armas, a las

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 153
órdenes de su primo Tomas. Preveía estar ausente durante tres o cuatro días. La dama Gunelle
consiguió de un modo u otro ocultarle su decepción hasta el momento de su marcha.
Cuando vi a Iain montar a caballo en el patio al que me había acercado para ver su marcha,
volví la cabeza para que no me viera los ojos húmedos de lágrimas. Me privé de ese modo de una
de sus miradas tiernas y ardientes a la vez, a las que me había acostumbrado en las últimas
semanas.
«Soy idiota —pensé—. Un señor no se queda eternamente en su castillo, e Iain menos aún que
los demás. Tendré que hacerme a la idea, porque de otro modo muy pronto me sentiré
desgraciada. ¿No es extraño? Hace cinco meses, me senta desgraciada en Mallaig cuando estaba
él aquí, y ahora me parece imposible ser feliz sin él.»
Cuando hubo cruzado el puente levadizo con su escolta, volví al porche y sorprendí la mirada
misteriosa que me dirigió Tomas. Le sonreí y pasé de largo ante él sin decirle una palabra. ¿Qué
lugar había pasado a ocupar el primo de Iain en la evolución de mis sentimientos? Supe que salvó
la vida de mi marido en el combate contra los Cameron y aquello me incomodó, sin que supiera
decir por qué. Aquella noche, durante la cena, Tomas se dirigió a nosotras en scot, y la dama
Rosalind y también yo empleamos la misma lengua, dejando al margen a la dama Beathag. Esta
debió de quedar resentida, o bien se sintió lo bastante liberada de su cuñado, porque volvió su
hostilidad contra mí. Me dirigió algunas afrentas que ignoré lo mejor que supe.
Al día siguiente de la marcha de Iain, volvió del Norte el sherif Darnley. Nada más llegar, me
pidió audiencia en el despacho, y me retuvo allí más de una hora. La expedición, que había durado
casi dos meses, no le había permitido terminar su gira por las Highlands, y hubo de convocar a
varios secretarios de señores para que vinieran a presentarle sus libros a Mallaig. Necesitaba el
despacho durante el resto de su estancia, y me pidió que retirara nuestros papeles y nuestras
cosas. No podía negarme, y por lo demás tampoco tenía intención de hacerlo. Como no le
quedaban más que dos meses para terminar la misión que le había confado el rey al principio del
invierno, temía no poder rematarla en ese plazo, y no dudó en confarme sus aprensiones.
Durante nuestra entrevista, que tuvo lugar en scot, lo encontré belicoso y contrariado por no
poder tratar con Iain. Expresó claramente su descontento cuando supimos, al día siguiente, que mi
marido no podría volver antes de diez días, porque había decidido tratar directamente con mi
padre la cuestión de la tala y había marchado a Crathes acompañado por el teniente Lennox.
También a mí me contrarió mucho la noticia, y hube de armarme de paciencia para soportar al
representante del rey, que envenenaba nuestra vida. Estuvo de un humor sarcástico, en particular
en las comidas y con la dama Rosalind, que lo despreciaba abiertamente. Sólo una persona le
resultaba simpática, evidentemente Beathag, que lo perseguía incluso en el despacho en el que
había establecido su cuartel general. Por desagradable que fuera el regreso del sherif entre
nuestros muros, tenía el mérito de acaparar la atención de la cuñada de mi marido, y eso me dio
una gran satisfacción. También una visita del to Aindreas consiguió distraer al sherif y a la dama
Beathag durante todo un día. Descubrieron que tenían infnidad de intereses en común, entre
ellos la altanería o caza con halcón. Aindreas poseía halcones y les propuso organizar una partida
de caza en sus tierras, limítrofes con las de Mallaig.
Varios días después del regreso de Darnley al castillo, la dama Rosalind se cansó de su presencia
y decidió volver a su hogar. Su marcha me dejó desconsolada, pero nos despedimos con la
promesa de volver a vernos con regularidad.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 154
—No estéis triste, querida Gunelle —me dijo—, me propongo acompañar a mi marido cada vez
que venga al castillo. ¡No puedo abandonaros así, a vos y a todos nuestros queridos alumnos! Pero
por el momento necesito respirar otro aire, lejos de ese odioso condestable. Soy demasiado vieja
para dejarme zarandear por un malandrín.
—Estoy desolada al ver que su presencia os echa de aquí —le dije, al abrazarla—, pero os
comprendo. Creo que yo haría lo mismo, de tener la más mínima posibilidad.
Era uno de esos días templados de primavera en los que los rayos del sol apaciguan el viento
fresco del mar. Nuestros rostros se tendían instintivamente hacia el astro luminoso, mientras
estábamos todos en el patio para despedir a mi invitada, a quien Tomas iba a escoltar. Mi pequeña
Ceit corría y reía junto a los niños de la clase, arremangada y con la cabeza descubierta. Yo me
senta feliz al ver cómo había evolucionado en unos meses: ya no se escondía, ahora le gustaba
jugar con los demás niños, incluso hacía amigos, y, sobre todo, se expresaba con aplomo. Su
condición de hija del señor había contribuido sin duda a su aceptación por la pequeña sociedad de
Mallaig, que ya no se atrevía a burlarse de su sordera ni de su cara.
Cuando el cortejo de la dama Rosalind y de Tomas estaba ya a punto de emprender la marcha,
oí que Beathag les llamaba desde las cuadras:
—Esperadnos, señor Tomas, viajaremos con vos. El sherif Darnley y yo misma vamos al loch
Morar a una partida de caza con halcón. ¡El tiempo es ideal! ¡El día se presta a maravilla!
Corría delante de los palafreneros que sacaban los caballos al patio, acompañada por dos
hombres de la guardia personal del sherif. En el mismo momento salió éste, vestido como un
príncipe. Su aspecto era tan extraordinario que no pude evitar una exclamación de asombro, al
verlo. «¿Cómo ha podido viajar con esos ropajes en su baúl?», me pregunté estupefacta. La dama
Beathag no se quedaba atrás, siempre haciendo gala de una elegancia sin rival. La oí decir,
dirigiéndose a mí, en tono alegre:
—Creo que deberíais venir, dama Gunelle. Nunca habéis visto las tierras de los MacNéil en el
loch Morar. Es un bosque magnífco, y el señor Aindreas y su esposa estarían encantados de recibir
la visita de la castellana de Mallaig, ¿no es cierto, Tomas?
—No sé —dije, indecisa—. Voy a retrasaros. Todo el mundo está ya listo para la marcha.
Miré dubitativa a Tomas y a la dama Rosalind, y los dos parecieron encontrar la invitación
enteramente aceptable. Además, el hecho de que el sherif se dispusiera a explorar una parte de
nuestras tierras que aún me era desconocida me impulsó a aceptar el ofrecimiento. Beathag me
aseguró que el grupo tenía tiempo sufciente para esperar a que me preparara, de modo que me
eclipsé y me cambié lo más aprisa posible. En el fondo, me apetecía mucho pasear con aquel
tiempo radiante, y la ocasión me pareció inmejorable.
El camino al loch Morar era muy bello, y cabalgué junto a Tomas y la dama Rosalind, que
charlaban en scot con el sherif. Muy pronto dejé de concentrarme en mi posición sobre la silla y
pude atender a su interesante conversación. Supe así que la anterior castellana de Mallaig había
apreciado mucho la caza con halcón, e incluso había tenido un ave, que le regaló el señor Baltair.
Al morir la dama Lite, la cetrería desapareció del castillo porque mi marido prefería la caza mayor.
—A mi primo —me explicó Tomas— le disgusta que los animales hagan lo que él estima que es
tarea de un verdadero cazador. Ni siquiera autoriza a su perro a levantar la caza. Le encanta

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 155
encontrar por sí mismo su presa y acecharla todo el tiempo necesario antes de abatirla. Es un
cazador excelente porque respeta a los animales que mata.
Cuando nuestros caminos se separaron después de una hora de viaje, guardé silencio en el
pequeño grupo formado por el sherif, sus dos hombres y la dama Beathag. No por eso dejé de
apreciar el paisaje. Habíamos dejado la landa y nos adentramos en un bosque espeso en el que
predominaba el olor de los abetos. Hacía más fresco y los caballos, empapados de sudor, muy
pronto se vieron acosados por las moscas. La dama Beathag abría la marcha, siguiendo un sendero
que en ocasiones apenas era visible. Cerca del mediodía desembocamos en un amplio claro del
que partan una decena de senderos. La dama Beathag debía de conocer bien el lugar, porque se
adentró por uno de ellos sin vacilar, y nos dijo que ya no estábamos lejos del castillo del loch
Morar. Noté olor a mar y supe que tenía razón.
El castillo del to de Iain era de dimensiones modestas: una torre alta y muy ancha plantada en
el centro de un patio amurallado. Establos, un lavadero y un horno exteriores, como únicas
dependencias. El interior estaba muy bien iluminado por la luz del día, que entraba por el techo a
través de claraboyas de vidrio pulimentado. Tres galerías anchas constituían los pisos, todos
provistos de aberturas orientadas hacia el sur-sureste. La esposa de Aindreas parecía
impresionada por mi presencia y multiplicó sus atenciones para conmigo, lo que molestó a
Beathag. El almuerzo fue muy breve, porque los cazadores estaban impacientes por salir al campo.
Yo habría preferido quedarme en compañía de mi anftriona, pero el to Aindreas insistió tanto en
que me uniera a la partida que habría sido descortesía por mi parte el negarme.
Por consiguiente, me uní al grupo de cazadores y volví a cabalgar hasta el corazón del bosque.
Estaba claro que el to Aindreas era un gran afcionado a los halcones. Criaba varios, e incluso los
vendía a los señores de las Highlands. Supe que llevaba unos dos años entrenar a un halcón de
caza joven: más que el tiempo necesario para el entrenamiento de algunos jóvenes que aspiraban
a ser armados caballeros. La alusión me hizo sonreír. No llegué a interesarme por la técnica de la
caza, en la que el sherif y la dama Beathag dieron pruebas de una gran habilidad, y fui detrás del
grupo durante toda la tarde.
Cuando el sol empezó a descender y llegó el momento de pensar en regresar, los cazadores se
reunieron e hicieron el recuento de las piezas cobradas para repartirlas. Aindreas nos invitó a
cenar, pero temimos regresar a Mallaig de noche y rehusamos. Él se llevó sus pájaros, y nos
despedimos en el claro.
En el camino de vuelta, los hombres abrieron la marcha y yo me quedé detrás con Beathag. Ella
parecía cansada, y había dejado de charlar. Me di cuenta de que frenaba el paso de su montura,
de modo que la distancia que nos separaba del grupo de cabeza aumentó. De pronto, sin que yo lo
esperara, espoleó a su caballo, partió al galope y casi de inmediato desapareció de mi vista en
aquella densa maleza.
Mi caballo, que desde nuestra partida de Mallaig seguía con docilidad al grupo sin que yo
tuviera que hacer gran cosa para dirigirlo, no tuvo el refejo de correr detrás de la montura de
Beathag. Yo no me atreví a hacer un gesto que me habría desmontado y lo dejé seguir a su paso,
en la dirección que me pareció la buena. Después de un buen rato, me di cuenta de que había
perdido el rastro de nuestro grupo. No oía ningún ruido proveniente de los jinetes, y el bosque
estaba cada vez más oscuro. Detuve el caballo y desmonté. Era inútil que siguiera avanzando en
una dirección que podía ser errónea y complicar así su búsqueda para encontrarme. Me dirigí a

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 156
una roca cubierta de musgo, ligeramente cóncava, y me resguardé allí, dejando que mi caballo
paciera por los alrededores, como hacía Iain con frecuencia con el suyo, durante nuestros paseos.
Así debió de pasar una hora de espera, durante la cual mis temores fueron aumentando al ver
que nadie venía a buscarme. «¡No es posible! —pensaba, nerviosa—. No pueden abandonarme
sencillamente aquí...» Entonces recordé la extraña mirada que me había dirigido Beathag antes de
salir al galope. «Puede hacerlo y lo ha hecho», pensé de pronto. Desde ese momento, tuve la
certeza de que la cuñada de mi marido lo había tramado todo para que me perdiera en el bosque,
y que su plan tendría éxito si yo no conseguía encontrar el camino, o bien para volver a Mallaig, o
por lo menos para retroceder hasta el loch Morar. Quise llamar a mi caballo, miré hacia el bosque
y me di cuenta de que se había hecho de noche. No vi ni oí al animal. Estaba sola. La angustia me
oprimió el corazón. Me pareció que únicamente oía mi propia respiración.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 157
Capítulo 12

El bosque
El señor Tomas quería mucho a su ta Rosalind y a su to Griogair. Conocía poco a sus tres hijos y
no había hecho amistad con ellos, pero en Mallaig había conversado con el mayor, Raonall, lo
sufciente para saber que su compañía era agradable. Tenía diez años menos que él, pero
admiraba su serenidad tranquila y su carácter abierto, y le había divertido mucho el juego de
seducción entre Beathag y él.
A su llegada, su ta lo invitó a cenar, y luego a pasar la velada en el castillo, y no pudo negarse.
Pasó así, con los hombres de armas de Mallaig que los habían escoltado, algunas horas alegres y
relajadas. Hasta tal punto que estuvo cerca de aceptar la invitación a pasar la noche. Pero su deber
le exigía volver a Mallaig, de cuya defensa estaba encargado en ausencia de su primo.
Salió tarde, ya de noche cerrada. La luna llena era especialmente brillante e iluminaba el
camino, que serpenteaba por los altiplanos en su suave descenso hacia Mallaig. Ninguna brisa
agitaba el paisaje gris que los rodeaba. Cabalgaron en silencio. Cuando entraron en el recinto del
castillo en mitad de la noche, todo estaba en calma.
Los centinelas se hallaban en sus puestos y un viejo palafrenero los atendió para llevar los
caballos a las cuadras. El anciano no dijo nada al grupo, feliz ante la perspectiva de acostarse
pronto. Los hombres de armas se apresuraron a entrar en el cuerpo de guardia, después de
saludar brevemente a Tomas con voz soñolienta.
De modo que este último no fue a las cuadras, ni se dio cuenta de la ausencia del caballo de
Gunelle; subió directamente a su habitación y se acostó sin haber dirigido la palabra a nadie. El
castillo estaba enteramente sumido en la paz nocturna, que envolvió al joven e hizo que se
durmiera enseguida.
Me obligué a mantener la calma. Era preciso refexionar y no aturdirme. Miré en todas las
direcciones, girando despacio sobre mí misma, y el único ruido fue el del roce de mi vestido. No
distinguí forma alguna de sendero en ninguna parte. Me estremecí. Había salido por la mañana
bajo la cálida caricia del sol, y no me había llevado ni capa ni manto de caza. Tampoco contaba con
nada para encender un fuego. Alcé los ojos al cielo, donde las estrellas empezaban a aparecer
unas tras otras. Esperé la aparición de la luna llena, confando en que ninguna nube la ocultaría.
«¿Qué debo hacer, recuperar mi caballo o encontrar el camino del loch Morar? —me pregunté
—. Mi caballo tal vez sepa encontrar por instinto el camino a su establo. Sin embargo, estoy sin
duda mucho más cerca del castillo del to Aindreas...»
Desde luego era inútil que intentara llamar a mi montura, con la que no estaba lo bastante
familiarizada para esperar que respondiera a un silbido o a una llamada de cualquier otro tipo,
como hacía Iain. Pero no me costaba nada intentarlo, sobre todo porque mis llamadas tendrían la
ventaja de advertir de mi presencia en el bosque. Así pues, me puse a buscar el sendero y a dar
voces que iban aumentando de volumen a medida que avanzaba. Toda clase de obstáculos
entorpecían mi marcha y desgarraban alegremente mi ropa. Mis zapatos tropezaban con matojos
y piedras. Al cabo de un buen rato, estaba empapada en sudor, con el corazón desbocado, las
manos heladas y desolladas a fuerza de apartar las ramas que me azotaban al pasar. ¿Dónde

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 158
estaba aquel condenado sendero? De pronto tuve la certeza de que había pasado de largo y me
hundía en el corazón del bosque. Me detuve, con el pecho oprimido.
Me apoyé en el tronco de un árbol e intenté escuchar los ruidos; si era capaz de localizar
sonidos que vinieran del lado del loch, podría caminar en una dirección que me permitiera
encontrar algún sendero. Nada. ¿Era el miedo, la angustia? No oía nada más que los latidos de mi
corazón enloquecido. De pronto, el grito de una lechuza rasgó el aire, encima de mí. Me derrumbé
al pie del árbol y lloré de desesperación.
—Socorro... venid a ayudarme —gemí temblorosa—. ¡Alguien, por favor! No me dejéis aquí...
Debí de permanecer mucho tiempo postrada en aquella posición de abandono. Una nube de
mosquitos me había localizado y me rodeaba con un zumbido sostenido. Me picaban en las
mejillas y el cuello sucios de lágrimas, y me vi obligada a ponerme en pie y reanudar mi marcha
errática a través del ramaje. Vi que la luna se había alzado. Si pensaba con calma, podría ayudarme
a orientarme en la dirección correcta. Pero ¿estaba al norte, al sur, al este o al oeste de Mallaig?
¿Del loch Morar? Era absolutamente incapaz de encontrar la respuesta. Mi mente estaba
bloqueada por el miedo.
Una cuestión lleva a la otra. ¿Qué animales merodeaban de noche? ¿Atacaban al humano?
¿Tenía que buscar un refugio? Me di cuenta con espanto de que mi experiencia en el bosque era
mínima. Casi nunca había cabalgado por él con Iain, que durante nuestras lecciones de equitación
había preferido llevarme a recorrer las tierras de los MacNéil de la landa y el litoral. En el curso de
mi viaje por los Grampianos, el otoño anterior, nunca me había alejado de nuestra escolta y no
había hecho preguntas al teniente Lennox ni a los miembros de nuestra guardia sobre la vida en el
bosque. Tenía que reconocer con pena que mi total falta de curiosidad por los bosques me había
privado de la información esencial para sobrevivir en aquel lugar. En mi memoria febril no había
otra cosa que los cuentos y las fábulas pobladas de monstruos y de seres malignos que habitaban
la noche, como las que nos contábamos, bien arropadas, en el dormitorio de Orleáns.
Me mordí los labios hasta hacerme sangre para no gritar. Entonces percibí ruidos que me
parecieron de ramas rotas y gruñidos que venían de algún lugar bastante lejano, a mi izquierda.
Me quedé inmóvil y agucé el oído. Entonces escuché con claridad un relincho. «¡Mi caballo!»,
pensé, con todos mis sentidos en alerta. Me concentré en esos ruidos para dirigir mis pasos. La
luna, ahora muy blanca, iluminaba el camino y evité los obstáculos con facilidad, caminando casi
sin hacer ruido. Así pude oír cada vez mejor y más cerca los sonidos que llegaban del lugar hacia el
que me dirigía. De pronto se me ocurrió una idea, mientras oía unos gruñidos mezclados con
relinchos estridentes: «¡Hay otro animal!» Me detuve, indecisa. «Una lucha —pensé a toda
velocidad—. Entre un caballo y otro animal. ¿Cuál? ¿Un oso, un lobo, un gato montés?»
Empecé a temblar de la cabeza a los pies. No llevaba absolutamente nada que pudiera servirme
de arma. Busqué febrilmente un bastón, pensando que había de tener algo en la mano. Con un
gesto instintivo, recogí la primera rama que encontré en el suelo. Estaba podrida, y se quebró bajo
la presión de mis dedos. Busqué enseguida otra que resultó bastante más sólida cuando la puse a
prueba contra una piedra. El sonido seco que produjo el golpe me llenó de angustia. Los ruidos de
lucha cesaron y un silencio amenazador me rodeó por todas partes. Luego, un largo relincho rasgó
el aire y me heló hasta la médula de los huesos.
Cuando, después de algunos minutos de caminar, llegué al lugar del que procedía lo que ya no
eran más que ruidos apagados, quedé sobrecogida de horror y apenas pude reprimir un grito. En

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 159
una pequeña hondonada del terreno yacía mi caballo, asaltado por varios lobos que se
encarnizaban con su cuello negro de sangre. Recorrían su cuerpo espasmos de agonía. La luna, que
se fltraba entre la espesura del bosque, iluminaba su cabeza blanca de ojos inyectados, abiertos
de par en par a la muerte. La brida se había enredado en unas ramas. Me aparté de aquel
espectáculo atroz y, presa del pánico, me adentré en el bosque apretando la rama entre los dedos
como última defensa. Corría movida únicamente por la esperanza de no ser perseguida y
encontrar un refugio. ¿Qué distancia recorrí así, para alejarme de la carnicería? Me pareció muy
grande. El agotamiento puso fn a mi carrera, cuando empecé a tropezar cada vez más. Intenté
recordar lo que sabía de los lobos. «¿Preferen la carne de caballo a la de los humanos? ¿Me han
seguido algunos de la carnada? ¿Cómo puedo protegerme? ¿Puedo matarlos a golpes de bastón o
a pedradas? ¿Nadan? ¿Trepan a los árboles?»
La última pregunta era la buena. Recordé que los osos trepan a los árboles, pero los lobos no.
Enseguida me puse a buscar un árbol en el que poder refugiarme, y vi un alerce con ramas bajas
que facilitarían la subida. Solté el bastón y empecé a trepar. Mis piernas fatigadas me respondían
mal, y apenas podían levantarme, estorbadas por el vestido hecho jirones.
—¡Dios todopoderoso, socórreme! —imploré en un susurro.
Mi mano derecha encontró una rama y levanté la cabeza para subir a pulso. En el mismo
momento oí un gruñido. Bajé la vista y vi unos colmillos que buscaban en el aire mi pie, que
acababa de ascender hasta el apoyo siguiente. Lancé un grito de terror, y la ansiedad me hizo subir
un trecho más hacia lo alto del árbol, hasta que me agarré con desesperación a unas ramas
gruesas, sin dejar de gritar. Abajo, una parte de la manada se había agrupado, gruñendo. Mis
dedos se crisparon sobre la rama.
Tomas se sorprendió al no encontrar a Gunelle en el ofcio matinal, al que asistió con la única
compañía de Nellie y de la pequeña Ceit. Su sorpresa se convirtió en inquietud cuando supo que la
joven castellana se había quedado en el loch Morar. Cuando a media mañana bajó Beathag a
desayunar en compañía del sherif Darnley y él encontró enigmática su mirada, supo que algo
había ocurrido durante la caza con halcón. A petición suya, ella hizo un relato de la jornada, en el
que no mencionó ningún accidente ocurrido a alguna de las personas que habían participado en la
excursión. Pero algo en la actitud de la cuñada de Iain le hizo alarmarse. «Iain no habría dejado a
Gunelle sola en casa de Aindreas», pensó.
Se volvió hacia un caballero, y anunció:
—Salgo a buscar a la dama Gunelle al loch Morar. Me llevo a dos hombres y, si no he vuelto a la
hora de la cena, es que hay algún problema. Enviad refuerzos.
—¿Por qué tanta prisa, querido Tomas? —susurró Beathag—. Llueve, no vas a obligar a viajar a
nuestra castellana con el agua que está cayendo. No te preocupes más. Está segura en casa de
Aindreas, y muy bien puede pasar allí un día más. ¡La pobre tiene tan pocas oportunidades de
salir...!
Cosa extraña, el comentario de Beathag redobló su urgencia por hacer algo y se levantó con
tanta brusquedad que su banqueta cayó hacia atrás, rozando la pata de Bran.
—Mi to se alegrará de ofrecerme hospitalidad a mí también. Si la dama Gunelle no quiere
afrontar el mal tiempo, esperaré a traerla y mandaré un mensajero para advertiros —respondió,
en tono cortante.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 160
Nunca había cabalgado de aquel modo. Recorrió toda la distancia a rienda suelta, sin
consideración a la fatiga de su montura. Su escolta apenas podía seguirlo. No vio nada en el
bosque, que cruzaron a una velocidad infernal. Cuando, a su llegada al loch Morar, supo que
Gunelle no había vuelto allí como contaba Beathag, se puso pálido y dejó escapar un grito de rabia
que dejó espantados a todos.
Con los largos cabellos empapados y pegados a las sienes, la mirada perdida y la ropa
chorreante de lluvia, la voz entrecortada y sin aliento, Tomas no parecía el mismo. Aindreas quedó
impresionado. Cuando comprendió que la joven castellana no había regresado con el grupo a
Mallaig el día anterior, se dio cuenta del peligro que había corrido al pasar la noche en el bosque.
Ofreció sin dudarlo el concurso de todos sus hombres en la batida que organizó Tomas. El grupo se
desplegó a partir del claro en el que probablemente se habían separado las dos mujeres.
Poco después de mediodía, los hombres descubrieron los restos de la montura de Gunelle en el
fondo del barranco, pero ninguna huella de la joven. Quedaron sobrecogidos al ver la obra de los
lobos. A duras penas Tomas podía dominar el pánico. La lluvia no había dejado de caer, y había
borrado todo posible rastro. No había más que un medio de encontrar a la joven: hacer que un
perro le siguiera la pista.
—¡Bran! —gritó Tomas, y partió al galope, bajo las miradas asombradas de sus hombres y los
de Aindreas.
La batida prosiguió, sin fruto, hasta el regreso de Tomas con el perro, que llevaron al fondo del
barranco. Bran, sin resuello por la carrera, olfateó despacio la osamenta del caballo. Su cola se
escondía entre las patas traseras, los pelos del lomo estaban erizados y unos gruñidos sordos se
fltraban a través de su hocico recogido. Febril, con todos los sentidos en alerta, había detectado el
olor de los lobos. Tomas se apeó de su montura y sacó de su saco una zapatilla que pertenecía a
Gunelle. Sujetó a Bran por el cuello y lo arrastró lejos de los despojos del caballo; entonces le dio a
oler el zapato y le habló en tono de mando:
—¡Bran, escucha! ¡Gunelle! ¡Busca, Bran, busca a Gunelle!
El largo hocico se sumergió en la zapatilla y la cola empezó a azotar el aire. Emitió un ladrido
corto al tiempo que levantaba los ojos hacia Tomas, del que parecía esperar alguna cosa. El joven,
con una voz rota y suplicante, repitió su orden al animal. Este mordió el objeto que le presentaban
y se sentó, sin dejar de agitar su cola peluda y mojada. De pronto, el acento de desesperación de la
voz de Tomas pareció ser, para el perro, el elemento detonante.
Para alivio del grupo allí reunido, Bran soltó la zapatilla y emprendió una búsqueda frenética
por el bosque, con el hocico pegado al suelo. Encontró la pista en lo alto del barranco y la siguió
con el olfato a lo largo de unos mil pies, hasta el alerce al que había trepado la joven. Allí la
descubrieron, en estado de desvarío mental. A Tomas, desconsolado, le costó mucho hacerla bajar
de su refugio. Ella no respondía a su nombre, no reconocía a nadie y se agarraba a cada rama, con
la boca abierta para proferir unos gritos que no llegaban a salir de su boca. Su rostro estaba
cubierto de picaduras, sus cabellos revueltos, sucios de ramitas y pegoteados de resina, las manos
llenas de arañazos y sus ojos negros extraviados, como si contemplaran un espectáculo horrible e
interminable. Cuando bajó al suelo y Bran acudió a olfatearla lleno de alegría, Gunelle lanzó un
grito tan penetrante que todos retrocedieron. Tomas comprendió instintivamente que estaba
viendo un lobo, y pidió a uno de los guardias que se llevara el perro lejos de su vista. La tomó en

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 161
sus brazos y le tapó la cara, con la garganta bloqueada por un nudo, llena de palabras de consuelo
que no conseguía pronunciar.
Aindreas propuso a Tomas llevarla al loch Morar, pero recibió una negativa inmediata y
categórica, que le ofendió. Tomas fue infexible. Hizo desensillar su caballo y envolvió a Gunelle en
una amplia capa, que disminuyó los escalofríos de espanto que la sacudían. Luego saltó a la grupa
del caballo y colocó a la mujer temblorosa delante de él, como había visto hacer a su primo. El
viaje de regreso se hizo en silencio, al paso, bajo una lluvia lúgubre. La visión de un Iain
encolerizado perseguía a Tomas: «Le he fallado —se repeta—. Ya no merezco su confanza...»
Al marchar de nuevo del castillo de Crathes, el teniente Lennox observó de reojo a Iain MacNéil,
que cabalgaba a su lado. A su pesar, se senta impresionado por el joven jefe de clan. La manera
como había atendido sus negocios en lengua scot ante Nathaniel Keith revelaba una madurez que
le sorprendió.
Cuando una semana antes Iain MacNéil se había presentado en el monte Braeriach, en la zona
de tala de los Grampianos, como un señor que visitaba sus tierras acompañado por una escolta
reducida, Lennox se sintió tranquilizado de inmediato. Aunque la respuesta lacónica de Iain
MacNéil a la carta de su señor en la que se quejaba de los ataques a los leñadores dejaba suponer
que los MacNéil no tenían intención de destinar hombres a la protección de los trabajos, la sola
presencia del jefe en esa parte de sus dominios, tan pronto después del asedio de Mallaig,
indicaba su voluntad de respetar el contrato.
En sus discusiones con el joven jefe, Lennox había descubierto que el contrato no hacía ninguna
referencia a las orillas del río Dee, por donde se transportaba la madera cortada hacia Aberdeen.
Ahora bien, las laderas del monte Braeriach que daban al Dee eran tierras que pertenecían al clan
MacPherson, y éste se negaba a otorgar un derecho de paso a los hombres de Keith. La
información pareció aliviar a Iain MacNéil, convencido de que era el clan Cameron el que
amenazaba los trabajos de tala.
Así pues, el punto esencial del litigio residía en un malentendido acerca de los límites de las
tierras de los MacNéil en los Grampianos. En efecto, la madera se cortaba en las tierras afectadas
por el derecho de tala cedido por los MacNéil, pero quedaba encerrada en ese ámbito si no se la
podía hacer pasar por las vertientes meridionales de las montañas. No existan mapas de aquella
parte salvaje de Escocia, y por tanto era necesario farse de lo que decía cada uno de los clanes
propietarios de tierras en los Grampianos. Los dos hombres llegaron muy pronto a la conclusión
de que era necesario explicar la situación al señor Keith, que presumiblemente habría de llegar a
algún tipo de acuerdo con el clan MacPherson.
En Crathes, las cosas no fueron tan sencillas. Como hombre de negocios tozudo, Nathaniel
reprochaba al difunto Baltair MacNéil que le hubiera ocultado los límites exactos de las tierras
afectadas por el derecho de tala, dejándolo en la ignorancia de que no cubría las laderas
meridionales. Nunca un yerno fue recibido con mayor insolencia por su suegro. Todo el castillo de
los Keith quedó sobrecogido ante la falta evidente de diplomacia del amo. Incluso la madre de
Gunelle, ya mal dispuesta hacia su yerno debido a lo que contaban Daren y la joven Vivian, se vio
obligada a reconocer que su marido estaba llevando su falta de cortesía hasta extremos de
desvergüenza.
Pero el joven señor MacNéil ya esperaba algo así de su suegro, y se había preparado para un
recibimiento frío en Crathes. Habría preferido, con mucho, conocer por primera vez a su familia

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 162
política en presencia de su esposa, y lamentaba su ausencia. Después de las primeras discusiones,
Iain MacNéil forzó la admiración del teniente Lennox por la sangre fría que opuso a los insultos
apenas camufados que salían de la boca del señor Keith. Durante los dos días que duró su visita,
Iain conservó esa calma y una capacidad de análisis riguroso que lo convirtió en un adversario de
talla en la discusión de los negocios que tenía con su despiadado suegro.
Iain se abstuvo de mencionar que todavía no había llegado a Mallaig ningún pago por el
derecho de tala, cuando el contrato estipulaba que la primera entrega debía realizarse
inmediatamente después de la boda. Los MacNéil estaban en buena posición e, incluso después
de haber sufrido el asedio, el castillo se desenvolvía sin problemas. Iain estaba orgulloso de ello y
por orgullo prefrió callar acerca de aquel incumplimiento del contrato. El joven no pudo
convencer a su suegro, que estaba empeñado en hacer pasar su madera por el sur cuando las
vertientes septentrionales eran tierras de los MacNéil y contaban también con un río que fuía
hacia el mar del Norte. Acabó por ofrecer negociar él mismo con los MacPherson un derecho de
paso para la madera de su suegro, pero éste no quedó convencido, y la discusión terminó de
forma abrupta.
—Entre los señores de las Lowlands conseguiremos un acuerdo mejor, MacNéil —respondió el
padre de Gunelle—. Contentaos con proteger vuestras tierras durante todo el tiempo que dure la
tala. Esa madera me sale más cara de lo acordado. Así pues, aseguraos de que no pierda ninguna
jornada de trabajo porque mis hombres se vean obligados a manejar la ballesta en lugar del
hacha.
La visita a Crathes, aunque desagradable, fue fructfera para Iain. Le permitió satisfacer buena
parte de la curiosidad que senta por la familia de su esposa, de la que hasta entonces no había
conocido más que a Daren. También se senta feliz por poder llevar noticias frescas a Gunelle, ya
que la madre de ésta le había confado correo para su hija. Además, el viaje en compañía del
teniente Lennox lo había acercado a aquel hombre, del que estimaba su actitud digna y justa. De
nuevo estaban viajando juntos; él volvía a Mallaig, y Lennox a los terrenos de tala. Las
conversaciones tenían lugar en lengua scot.
—Hemos oído hablar del ataque a Mallaig, mi señor—dijo el teniente—. Sé que el burgo ha
quedado destruido, pero no habéis perdido tantos hombres como Cameron, por lo que se dice.
—Es cierto —respondió Iain—. Fue un error de Cameron intentar apoderarse de Mallaig. Creo
que su intención era debilitarnos lo bastante para negociar la recuperación de sus bosques, y en
cierto modo lo consiguió.
—No sabía que habíais llegado al extremo de capitular.
—No lo hicimos. Acepté negociar para acabar con lo que se había convertido en una carnicería
y salvar la vida de los hombres que aún le quedaban... siguiendo el consejo de cierta castellana...
Lennox se volvió hacia su interlocutor y advirtió una sonrisa enigmática en sus labios. En el
silencio que siguió a aquella declaración, el teniente pensó que los sentimientos de Iain MacNéil
hacia su esposa habían de ser muy fuertes para haberlos tenido en cuenta en la guerra que dirigía.
—Lo entiendo, mi señor —dijo Lennox—. En cierto momento, es inútil ser un gran estratega.
Ninguno de los contendientes tiene nada que ganar. Ese ataque de Cameron ha sido un golpe
fallido. ¿Creéis que se mantendrá lejos de la zona de tala en adelante?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 163
—No puedo asegurarlo —admitió Iain—. De modo que haré que uno de mis hombres patrulle
por los fancos oeste y norte del monte Braeriach. Desde luego, Lennox, si sois inquietados por no
importa qué clan en nuestras tierras, podéis recurrir a mí y solucionaremos rápidamente el asunto.
Estimo que la seguridad en los Grampianos forma parte integrante de mi parte del contrato.
—Os lo agradezco mucho, mi señor. Temo, sin embargo, que el señor Keith retenga el segundo
pago por los derechos de tala hasta que no haya conseguido recuperar en Aberdeen la madera
cortada este invierno.
Al oír esas palabras, Iain se giró en su montura, miró a Lennox con aire intrigado y le preguntó
con calma:
—¿Me habéis hablado hace un instante de un segundo pago, señor Lennox?
En esta ocasión fue Lennox quien dirigió al joven señor una mirada de sorpresa total. Eligió con
cuidado las palabras antes de expresar la duda que la pregunta suscitaba en él.
—Mi señor, ¿me estáis dando a entender que no habéis recibido el primer pago que el señor
Keith os hizo llegar en enero, después de celebrarse la boda entre la dama Gunelle y vos?
—En efecto. No he recibido nada de él. ¿Sabéis quién era el portador?
—Yo mismo hasta la zona de tala, y tres hombres de nuestra guardia hasta Mallaig. Se trataba
de un cofre pequeño de cuero blanco reforzado con plomo en los bordes. Además del pago en
metálico en una bolsa, contenía varias cartas dirigidas a la dama Gunelle: de su madre, de sus
hermanas y de Vivian. También había una cruz de oro, ofrecida por su to John Carmichael como
regalo de boda.
Sumidos en los pensamientos que había provocado aquel descubrimiento, los dos hombres
callaron largo rato. Lennox se senta incómodo. ¿Debía creer que el cofre había sido robado sin
que la familia Keith lo supiera? ¿Cómo era posible algo así? Había vuelto a ver recientemente a los
hombres de la guardia encargados de la entrega en Mallaig, y, si hubieran robado el cofre, sin
duda no seguirían como empleados de la familia. Oyó entonces que su acompañante hacía una
afrmación singular:
—No siento tanto la pérdida del dinero como la de las noticias de Crathes a mi señora. Ha
echado de menos a su familia hasta un punto cruel. Esas cartas le habrían proporcionado una gran
alegría en una época en la que se veía totalmente privada de ellas...
—¡Hay que encontrar ese cofre, mi señor! —exclamó Lennox—. Está en juego la lealtad de
vuestro suegro. Sé que cumplió con el pago de conformidad con el contrato. ¿Qué ha sido del
cofre? Tanto vos como yo tenemos que saberlo...
—Lo sabremos, Lennox. Creedme, acabaremos por averiguarlo.
La investigación no pudo empezar de inmediato. Cuando comenzaban a subir el monte
Braeriach, los alcanzó un mensajero que venía a su encuentro desde la zona de tala. Traía la nueva
del ataque a la castellana de Mallaig por los lobos en el bosque. Iain no pudo enterarse de nada
más, porque el mensajero no conocía otros detalles. El suceso se lo había comunicado un hombre
enviado desde el loch Morar.
El joven señor estalló, dividido entre la rabia de la impotencia y la tortura de la ignorancia de
los detalles. Dejó al teniente Lennox y a su guardia y partió con la suya después de una despedida
apresurada. Iain MacNéil se había convertido de nuevo en un hombre de acción, un guerrero que
reacciona al verse atacado. El teniente Lennox lo vio alejarse al galope, en medio de una nube de

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 164
polvo. Un atroz dolor le oprimía el corazón. ¡Su preciosa protegida, asaltada por los lobos! ¿Qué
había podido suceder?
Durante los primeros días posteriores a mi regreso al castillo, cuando despertaba después de un
sueño siempre demasiado breve, conseguía durante algunos minutos recuperar mis pensamientos
confusos. Así empecé a distinguir poco a poco la habitación en la que estaba. Era la del señor
Baltair. Luego, un día, reconocí la voz de Nellie, pero no a la anciana que me hablaba. Otra vez,
entreví en la puerta a una niña pelirroja que me miraba y lloraba y me llamaba «madre», pero de
mi boca no salió ningún sonido en respuesta a su llamada. Esos instantes de lucidez aliviaban
momentáneamente la opresión de mi corazón y desataban el nudo que senta en mis entrañas.
Ay, eran demasiado breves y siempre recaía despierta en mi pesadilla hasta que el agotamiento
me vencía. Sólo entonces el sueño inmovilizaba mis horribles pensamientos y paralizaba mi
suplicio. Ya no senta en la nariz el olor de la sangre de mi caballo; los oídos no me zumbaban con
el gruñido de los lobos; dejaba de ver los colmillos amarillos que amenazaban hundirse en mi
tobillo.
Cuando sucedía que me despertaba en medio de la noche, mi mente naufragaba en cuanto
abría los ojos. La oscuridad multiplicaba por diez el miedo que se había instalado en mi interior.
Creo que las personas que me velaban lo comprendieron, porque una noche encendieron junto a
la cama una gran cantidad de candelas que la bañaban en una intensa luz ocre. Alrededor de mí,
los brazos que sujetaban mi agitación acostumbrada me mantuvieron quieta en un ángulo que me
colocaba frente a la luz. Intenté mirarla el mayor tiempo posible antes de que el abismo
reapareciera ante mis ojos húmedos. Desde ese día, vigilaron que la habitación nunca estuviese a
oscuras cuando se hacía de noche.
Había dejado de gritar. Como ningún sonido salía de mi boca, era inútil empujar con tanta
fuerza el aire fuera de los pulmones, con el riesgo de que después me faltara. También había
dejado de llorar. Ya no debían de quedarme lágrimas. Mis momentos de conciencia se hicieron
más largos. Creo que las personas que me cuidaban vieron una mejoría en esos cambios. Un
hombre prohibía que se hablara de locura en mi habitación. Creo que se trataba de un sacerdote,
porque una vez, con la cruz de madera que llevaba colgada de una correa de cuero alrededor del
cuello, me bendijo antes de que yo volviera a caer en el abismo. Cuando de nuevo emergí, mis
dedos apretaban con fuerza la cruz de madera liberada de su correa. Dejaron que me la quedara.
El contacto de aquella madera rugosa me empujaba a veces a golpearla contra una superfcie
dura. Entonces me la quitaban para devolvérmela después, cuando regresaba de otra ausencia.
Un joven al que llamaban Tomas me traía algunas veces fores cortadas, por la tarde. Las
colocaba junto a mi cama y no me hablaba, sino que se contentaba con llevarse la mano al pecho y
saludarme con la cabeza. Nunca se quedaba mucho tiempo. Sus ojos dulces y apenados no
buscaban mi mirada. Me habría gustado mucho poder hablar, en esas ocasiones. Cerraba los ojos
y me tapaba los oídos para que la vista de ningún objeto ni la percepción de ninguna palabra me
empujara otra vez a mi pesadilla. ¡Bastaba tan poco para hacerme caer de nuevo! Intentaba con
todas mis fuerzas mantenerme inmóvil, presente, allí.
La noche era enteramente negra. Un viento salado y constante barría las murallas y arrastraba
unas nubes opacas que ocultaban la luna y las estrellas. Como un redoble lejano de tambor, el
ruido sordo del mar golpeando las rocas hacia el este indicaba que la marea estaba subiendo.
Tomas había adquirido la costumbre de vigilar desde la torre norte, a partir de la caída de la

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 165
noche. Quería ser el primero en hablar a su primo, cuando volviera. Sabía que su to Aindreas se
había encargado de enviar un mensajero a la zona de tala. A menos que siguiera retenido en
Crathes, Iain tenía que haber vuelto a los Grampianos. «Date prisa, para que pueda liberarme. La
culpa es una carga demasiado pesada, Iain. ¡Vuelve, todo el mundo te espera en Mallaig!» Como
le sucedía desde hacía algunos días, volvió a ver la imagen de una Beathag de mirada huidiza cada
vez que se hablaba del regreso de su primo. Oía la nota de ansiedad que destacaba cada mañana
cuando pedía noticias de la castellana, de la que parecía temer, más que esperar, que recuperara
la razón. Ciertamente, Beathag actuaba como alguien que tiene miedo de alguna cosa. ¿Qué?
Tomas habría pagado una buena suma por saberlo.
De pronto, su corazón dio un salto. Oyó con claridad el golpeteo de cascos procedente de los
altiplanos. «Jinetes a estas horas, no puede ser más que él...», se dijo de inmediato el joven. Bajó a
saltos hasta el puente levadizo, que hizo descender antes incluso de que el centinela hubiese
reconocido a los que llegaban.
Cuando Iain puso pie a tierra, el patio se había poblado ya de gentes suyas, extrañamente
silenciosas. En todos los rostros, el mismo aire dolido y contrito. Su primo Tomas cayó de rodillas
ante él, con los brazos colgando, desarmado, la cabeza baja, y confesó su error con voz
implorante:
—Iain, he fallado en mi cometido. Tú me confaste a tu esposa, y no estaba bajo mi vigilancia
cuando salió del castillo. Soy responsable de su desgracia e indigno de tu confanza.
—¡Entonces, está viva! —suspiró Iain, al tiempo que ayudaba a levantarse a su primo—.
¿Dónde está? ¡Quiero verla!
El reverendo Henriot se destacó del grupo y, tomando del brazo a su joven señor, lo llevó al
interior del torreón y le describió en tono tranquilo y grave el estado en el que se encontraba la
joven castellana. Las explicaciones del reverendo pusieron freno a la impaciencia de Iain de
encontrarse junto a Gunelle. Escuchó con atención, y sintió que una garra le oprimía el corazón a
medida que en su mente fue cobrando forma el signifcado de la palabra «demencia» para califcar
el comportamiento que describía el reverendo. Este último terminó su informe afrmando que, en
su opinión y en la del médico MacDuf, que había examinado a la castellana, se trataba de un
estado de shock que se atenuaría con el tiempo.
—Mi señor, prohíbo formalmente a quienquiera que sea hablar de locura o de posesión por el
Maligno. Vuestra esposa no está poseída, lo afrmo delante de Dios —añadió Henriot, con aire
severo.
Iain le apretó las manos con vigor. Todo el grupo que rodeaba al joven señor había entrado en
la gran sala. Un fuego encendido al atardecer crepitaba aún en el hogar, ante el que fue a sentarse
Iain. De pronto irrumpió Bran y se arrojó sobre las piernas de su amo, que le tomó la cabeza, entre
las manos. Con la tensión dibujada en sus rasgos y aire preocupado, levantó la mirada hacia los
reunidos y pidió a Tomas que se sentara a su lado. Con voz ronca, preguntó al joven las
circunstancias del drama, y la explicación no lo dejó satisfecho:
—No me ocultes nada, Tomas —le dijo—. Hay algo en tu relato que no me convence. ¿Qué es?
—Escucha, Iain, no lo sé. No consigo creerme lo que cuenta tu cuñada. Que Gunelle diera
media vuelta para volver sola al loch Morar es inadmisible... No monta lo bastante bien, y sobre
todo la mansión de nuestro to no le es lo bastante familiar para que decidiera volver sobre sus

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 166
pasos sin escolta. Pregunta a Beathag mañana, tú averiguarás más cosas que yo. —Sacudió la
cabeza, y añadió—: Eso no quita que yo jamás habría debido dejar partir de caza a la castellana de
Mallaig sin una escolta apropiada.
—Los hombres de Darnley eran escolta sufciente para esa clase de excursión, Tomas. ¿De qué
había de desconfar? No podían conocer la inexperiencia de Gunelle ni oponerse a que regresara
sola al loch Morar... —Después de un breve silencio, exclamó, sacudiendo la cabeza—: ¡Maldita
sea! ¡Ese traidor de Aindreas! ¡Es el último sitio al que yo habría enviado a uno de los míos!
—Ésa es precisamente mi falta, Iain. Si a Gunelle le apetecía participar en una partida de caza
con halcón con Aindreas, mi obligación era quedarme a su lado, porque yo sí sé la amenaza que
representa...
Iain MacNéil no quiso discutir más. A pesar de la fatiga y la ansiedad que lo atenazaban, no
quiso dormir aquella noche de regreso a Mallaig y se quedó en la gran sala. Anna fue a informarle
sobre la marcha de la intendencia del castillo, le dio noticias de la pequeña Ceit y le comunicó que
la dama Rosalind, que había venido a visitar a la castellana, había decidido quedarse para
descargar al reverendo de la enseñanza a los niños de Mallaig. Terminó su rendición de cuentas
sugiriéndole que esperara al día siguiente para ver a su esposa, cuando saliera del sopor. Antes de
despedirse de su amo, la anciana ama de llaves no pudo reprimir una caricia en su cabeza negra de
polvo y de sudor.
—¿Por qué la desgracia se ceba en nuestro castillo? —gimió ella—. Es tan buena, su fe en Dios
es tan grande. ¿No puede Él protegerla un poco mejor?
—Anna, querida mía, por desgracia es a mí a quien toca proteger a mi esposa. Dios me la ha
dado y yo no la merecía. Ése es el problema... —murmuró Iain con una voz rota, tomando la mano
de su nodriza.
—No digáis eso, mi señor. La merecéis. ¡Ah, claro que sí! Si hay un highlander digno de ella, ése
sois vos, ¡un MacNéil!
Iain le sonrió débilmente y la vio alejarse, fjándose en sus amplias espaldas, que habían
empezado a encorvarse. «El drama —pensó— es que Gunelle Keith no está hecha para las
Highlands ni para un highlander.»
Cuando Nellie salió de su alcoba en compañía de la pequeña Ceit a la mañana siguiente, se
asombró al no ver a Bran acostado delante de la puerta de su ama, como era su costumbre desde
que la trajeron del bosque. «¿Cómo habrán pasado la noche?», se preguntó, pensando en la dama
Gunelle y en Màiri, que la velaba por las noches. Como todas las mañanas, bajó a las cocinas para
tomar un bocado antes de relevar a la joven sirvienta junto a la enferma. Nellie se senta agotada
por las noches en blanco acumuladas y por la pena y la inquietud que senta por su ama. De
pronto oyó un grito de alegría de Ceit, que había entrado delante de ella en la gran sala. Un
suspiro de alivio ensanchó su pecho al entrar: el señor Iain había vuelto por fn.
Ceit había tomado por asalto a su padre, al verlo tendido en una banqueta al fondo de la sala,
cerca del fuego. Le rascaba el rostro barbado y él le besaba las manos riendo. Iain se irguió y la
abrazó con fuerza.
—¡Buenos días, hija mía! Estás muy alegre, esta mañana... Se diría que has echado de menos a
tu padre.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 167
—Padre, es muy malo... —respondió ella, perdida su sonrisa—. Los lobos se han llevado la voz
de madre al bosque. ¡Tienes que ir a matarlos! Si no, ella nunca más podrá hablar. Quiero que me
hable otra vez, y también que cante, y que vuelva a darnos clase. ¡Oh, padre! Tú eres el mejor de
todos los caballeros. Dime que podrás pelear con los lobos...
—Mataré a todos los lobos de Escocia si es preciso, querida. Yo también quiero que ella me
hable a mí. No pienses más en eso y ven a comer galletas conmigo.
Cuando Nellie les observaba desde el umbral de la puerta con una sonrisa en los labios, la
sorpresa le hizo sobresaltarse. La nodriza de su esposa parecía haber envejecido diez años. Bajo la
cofa, los cabellos antes grises eran ahora completamente blancos. Su rostro enfaquecido estaba
surcado de arrugas profundas. La saludó brevemente y se apresuró a ir a las cocinas, llevando a su
hija de la mano, lleno de aprensión.
Retrasó tanto como pudo su visita a Gunelle. Asistió al ofcio, se bañó y se afeitó, recorrió el
jardín con Anna y la joven Jenny, acompañó a Ceit a la clase, y pasó unos momentos en el cuerpo
de guardia con sus caballeros y Tomas, pero evitó a su cuñada. No se senta preparado aún para
interrogarla. Saludó apenas a Darnley cuando lo vio al volver al torreón. Subió a las murallas y pasó
revista a todos los puestos de centinela. Permaneció mucho tiempo solo contemplando el mar,
con los cabellos al viento. Una multitud de recuerdos de Gunelle subía en su interior y lo
desazonaba. Su perro lo sacó del ensueño, con un lametón en la mano. «¡Maldita sea! —se dijo—.
¡No está muerta! Vamos, es hora de ir a enfrentarse con los lobos...»
Dudó un segundo antes de abrir la puerta de la habitación. Cuando Nellie lo vio entrar, hizo un
gesto de desolación.
—Todavía no ha vuelto en sí esta mañana, mi señor. Quiero decir que no tiene conocimiento,
aunque no está agitada. Màiri dice que ha pasado la noche tranquila.
Iain miró hacia la cama. Su mujer, con un camisón ligero y los cabellos peinados en dos largas
trenzas, le daba la espalda, aferrada al larguero de la cama y encogida sobre sí misma. Él preguntó
a Nellie, intrigado:
—¿Qué ha pasado con las cortinas?
—Se colgaba de ellas hasta arrancarlas. Hemos tenido que quitarlas todas. Se agarra a cualquier
cosa que encuentra... Mi señor, ha de salir de su pesadilla. Es malo para el niño... —respondió ella,
retorciéndose las manos.
—¿De qué niño hablas, Nellie? —preguntó él, sorprendido.
—Creo que no me equivoco, mi señor. Conozco bien a las chicas Keith y estoy segura de que mi
ama está esperando, aunque ella no lo sabe todavía. Y su hijo no será normal si crece en el regazo
de un alma tan atormentada...
Iain, estupefacto, miraba a Nellie, que había callado, confusa. Al cabo de un momento que
pareció eterno, él se volvió a su esposa y la llamó en voz baja, con un nudo en la garganta. Gunelle
no pestañeó. Iain se acercó con prudencia, rodeando la cama hasta colocarse frente a ella. Le
conmovieron su color lívido y sus ojos espantados, que registraban el suelo junto a la cama. Dirigió
una mirada a Nellie, que la observaba con aire angustiado.
—Siempre está mirando así el suelo, mi señor. Como si estuviera cubierto de serpientes —
explicó ella, nerviosa.
—Serpientes no, Nellie —murmuró él, atento a los gestos de Gunelle—. Son lobos...

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 168
Se acercó más y tendió las manos hacia los brazos blancos de Gunelle, que aferraban el
larguero de madera pintada. Los acarició despacio, y luego intentó abrir uno a uno los dedos
crispados de miedo. Mientras lo hacía, le hablaba con una voz muy dulce y muy triste:
—Gunelle, mi bienamada, soy yo. Estoy contigo. No tengas miedo. Se acabó...
Con mucha perseverancia, porque ella rechazaba una vez tras otra sus caricias, consiguió que
soltara el larguero sin que le hubiera dirigido una sola mirada, con los ojos fjos siempre en el
suelo. Iain se agachó para entrar en su campo visual, al tiempo que le sujetaba con frmeza las dos
manos. Captó su mirada y la llamó de nuevo con voz susurrante:
—Mi amor, vuelve. Te lo suplico, vuelve...
Nellie se estremeció. El espectáculo que se ofrecía a sus ojos la llenó de esperanza. Vio cómo su
ama reaccionaba por primera vez a una llamada. En efecto, Gunelle parpadeaba y examinaba las
manos de su marido, que sostenían las suyas. Luego su respiración se aceleró hasta hacerse
ruidosa. Su mirada espantada se posó en el rostro de su marido y, con una voz ronca, pronunció su
nombre.
Nellie se santiguó:
—¡Dios todopoderoso, ha hablado! ¡Os reconoce, mi señor! ¡Es un milagro!
Nellie salió a toda prisa de la habitación, dejándolos solos.
Sent de pronto las ramas que me azotaban los brazos. Abajo, los lobos habían callado. Por
mucho que buscaba, no los veía en ninguna parte. El árbol se movía para librarse de mi abrazo.
«Voy a caerme», pensé, pero curiosamente no me caía. De pronto vi mis manos, y luego otras dos.
«¿Cómo es posible?», me dije. Entonces oí con toda claridad un susurro. «¡Alguien ha venido! ¡Por
fn!» Una luz blanca me deslumbró, y salí del abismo. «¡Iain!»
Había pronunciado su nombre, con mi voz, que no reconocí. Mi marido estaba allí. Sujetaba mis
manos frías y me llamaba «mi amor», mirándome con sus implorantes ojos azules. Un tambor
redoblaba en mis sienes. Me esforcé en concentrar mi atención en los ojos de Iain, y pedí al cielo
que me dejara quedarme presente un poco más, antes de caer otra vez. Solté una de mis manos y
la pasé por su rostro crispado, y supe que en efecto estaba con él: su piel estaba húmeda, olía a
jabón, sus labios temblaban ligeramente, contenía la respiración. Apoyé mi cabeza en su brazo
extendido e intenté ponerlo en guardia.
—Van a volver, Iain. No podemos bajar. Son peligrosos. Han matado a mi caballo. Son los lobos,
Iain. Los lobos que Beathag ha enviado contra mí...
—¿Dónde está Beathag ahora? —oí que me preguntaba, como un eco.
—Se ha ido al galope a reunirse con los otros y me ha dejado sola. No vienen a buscarme, Iain.
Habría tenido que atar a mi caballo —le respondí, jadeante, sin apartar los ojos de él.
—¿Y el loch Morar? ¿Por qué querías volver?
—Está más cerca de aquí, pero preferiría encontrar el camino de Mallaig. ¿En qué dirección
está? Yo no lo sé...
Noté que las lágrimas corrían por mis mejillas, y me asombré. Iain encerró mi rostro entre sus
grandes manos y, en silencio, se puso a secar cada nueva lágrima con sus pulgares, que movía
suavemente bajo mis ojos. Yo levanté la mirada por encima de su cabeza y reconocí la decoración

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 169
de la habitación. No oía ya más que nuestras dos respiraciones. No recaía en el abismo. Seguía allí,
al lado de mi marido reencontrado.
Cerré los ojos, me apoyé en él y acogí, uno a uno, mis sentidos, que volvían a mí. Primero la
sensación de mis cabellos en mi espalda. El tacto de mis manos posadas sobre su túnica de lana.
Mis hombros apretados por sus brazos. Su olor cálido, que me invadía. Su voz tierna, que no
dejaba de envolverme en un discurso de amor que parecía inagotable. Ahora yo sollozaba,
sacudida por un hipo incontenible.
—Llora, llora, amor mío. El miedo se irá a medida que tu corazón vaya vaciándose —oí que me
decía, con la misma voz susurrante.
Me dejé ir suavemente en sus brazos cuando se tendió en la cama, y enseguida me acurruqué
en el hueco de su hombro. El horror afojó poco a poco su presión y se extendió sobre mí una
calma benéfca. Creo que permanecimos así inmóviles durante varias horas. Tuve una vaga
conciencia de que algunas personas entraban y volvían a salir de la habitación. Ni Iain ni yo les
hicimos el menor caso.
—No te vayas, Iain —le pedía, de vez en cuando.
—Me quedo aquí y te sostengo, mi bienamada —me respondía invariablemente.
Muy pronto tuve que esforzarme para no dormirme, porque temía volver a hundirme en la
pesadilla. Sin fuerzas ya, le supliqué que me ayudara a mantenerme despierta. Me contestó que,
muy al contrario, tenía que dormir. Me aseguró que no había nada que temer, y me prometió
velar mi sueño.
—Mi amor, tienes que dormir, lo necesitas. Cuando vuelvas a despertarte, muy pronto, yo
seguiré aquí. Comeremos juntos y beberemos la última botella del vino de las bodegas de tu
padre. Luego leeremos las cartas de Crathes, y tú las contestarás. Después, bajaremos a escuchar
al ejecutante de clársach. Si tú quieres, cantaré con vosotras, o tú cantarás para mí. Todo eso
haremos, pero sólo si tú has descansado lo bastante.
Sonreí con la nariz hundida en su cuello. Ése era Iain, siempre con sus mil y un planes. Qué
buena era la sensación de sentir otra vez mi espíritu totalmente presente. «Estoy curada», pensé,
llena de alegría. No pude resistirme a la necesidad de dormir y a los consuelos de mi marido. Me
adormecí, abrazada por él.
Lo primero que vi al volver a abrir los ojos, fue la cara intrigada de mi pequeña Ceit. Me
observaba, con el mentón apoyado en el jergón. El aire esparcía un rico aroma a sopa de cebada.
Respiré hondo y sonreí a mi hija. «Mi hija», pensé. Tuve la impresión de regresar de un largo viaje.
Me erguí apoyándome en el codo y vi a Iain, sentado al pie de la cama, con un bol de estaño en la
mano. Se volvió hacia mí y me sonrió:
—Perdóname, mi señora. Tenía demasiada hambre. No te he esperado. ¿Cómo te sientes?
—Lo bastante bien para empezar el programa que me has propuesto hace un rato —le
respondí, encantada al ver la amplia sonrisa con la que descubrió sus dientes blancos.
—¡Madre! —gritó Ceit, con un gran salto sobre sus pies—. ¡Tu voz ha vuelto! Ya sabía yo que
padre lo conseguiría...
Iain la interrumpió enseguida en un tono severo:
—¡Ceit! Hemos dicho que no hablaríamos de eso. Recuérdalo, pequeña...

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 170
Al ver brotar las lágrimas de sus ojos y aparecer los hoyuelos en sus mejillas rosadas, le tendí los
brazos y la apreté contra mí, en la cama.
—Mi señor —le dije a Iain con una voz muy dulce—, sé indulgente con nuestra hija. La he
echado de menos... tanto como a ti. —Al ver que bajaba los ojos, añadí—: Iain, ¿no sabes que te
quiero?
—Lo sé, pero me suena a nuevo cada vez que me lo dices —me respondió con una voz sorda—.
No sabes el poder que tienen sobre mí esas pocas palabras, pronunciadas por ti.
Le tendí la mano y él me la apretó con la punta de los dedos. Contempló con gusto el
espectáculo que ofrecíamos nuestra hija y yo, apretadas la una contra la otra, y dejó escapar un
extraño suspiro. Eran tantas las emociones que iban y venían entre nosotros, como los
movimientos incansables de las mareas.
Un cortejo de caras relucientes de lágrimas de alegría desfló por la habitación durante los
minutos que siguieron a mi despertar. La ta Rosalind, Nellie, Anna, el reverendo Henriot, Tomas,
Màiri y Jenny vinieron a visitarme. Por fortuna Beathag, su doncella y el sherif no aparecieron.
Siguiendo los consejos de Tomas, Iain había dado órdenes al respecto y me había prevenido, para
que yo no pasara angustias inútiles por ese motivo. La botella de vino prometida por Iain se
repartió en tantas copas como visitantes tuve.
Nellie preparó una mesita a la que me senté después de que ella misma me ayudara a ponerme
un vestido. Iain se negó a que encerraran mis cabellos en una cofa y vino a sentarse a mi lado, con
Ceit sobre las rodillas. Me sorprendí a mí misma al comer con apetito todo lo que Nellie y Anna se
complacían en ofrecerme. Más tarde, el músico de clársach se unió a nosotros y, de común
acuerdo, en la misma habitación mi voz aún poco frme se arropó con las de los demás y los cantos
se sucedieron, alegres y claros, hasta la caída de la noche. Cuando miraba inquieta hacia las
ventanas, las veía oscurecerse gradualmente a la espera de la noche temida.
Iain debió de darse cuenta de mi inquietud creciente porque, en un momento dado, me tomó
la mano y me pidió al oído que bebiera uisge-beatha de su hanap:
—Será para mí un gran placer, mi señora, que compartas conmigo el aguardiente. No conozco
una bebida mejor para afrontar la noche cuando no se tiene sueño.
Yo habría hecho cualquier cosa que él me aconsejara, tan sólida era la confanza que tenía en él
aquella noche. Tomé el hanap y bebí varios sorbos, con mis ojos fjos en los suyos. Ningún lobo
vino a perseguirme. Más tarde, apenas me di cuenta de la marcha de las visitas ni del momento en
que me llevaron a la cama.
El señor Iain ayudó a Nellie a acostar a su esposa y se quedó largo rato en la habitación viéndola
dormir, con aire pensativo y preocupado. Nellie iba y venía, recogiendo y ordenando. El amo le
había pedido que se quedara junto a la dama Gunelle durante la primera parte de la noche. Ella lo
miraba de reojo, intentando adivinar la causa de las preocupaciones que dibujaban arrugas en su
frente. No parecía haberse contagiado de la euforia general que se había apoderado del castillo al
anunciarse el restablecimiento de la castellana, y a ella le habría gustado saber por qué. ¿Temía
una recaída? ¿Le preocupaba la salud del bebé que iba a nacer? Como no lo sabía, ella misma se
senta otra vez inquieta.
Iain no podía retrasar más el encuentro con su cuñada. Si, como él suponía, ella había
abandonado deliberadamente a Gunelle en el bosque y maniobrado para impedir que fueran a

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 171
socorrerla, él estaría obligado a considerarla como una enemiga mortal, fuera ella consciente o no
del extremo al que le habían llevado sus celos. Mientras bajaba a la gran sala, se dio cuenta de que
estaba apretando los puños hasta hacer crujir las articulaciones de los dedos.
Varios caballeros estaban aún sentados a la mesa, riendo y jugando a los dados. Se volvieron al
oír las garras de Bran sobre las baldosas del suelo y acogieron con animación la entrada de su jefe.
Iain les sonrió y los saludó al acercarse al grupo, dando alguna palmada en un hombro al pasar.
Luego se dirigió al fondo de la sala, hacia el círculo de sillones en los que estaban sentados el
sherif y Tomas.
—Buenos noches, Darnley —dijo en scot—. Veo que mi cuñada os ha privado de su compañía.
Por fortuna, contamos con Tomas. Me sustituye muy bien como anftrión en Mallaig. —Tomó
asiento y siguió diciendo—: Si no veis inconveniente, me gustaría conocer vuestra versión sobre
los sucesos que provocaron un shock tan grande en mi esposa. En vuestra opinión, ¿cómo ocurrió
aquello?
—Vuestra cuñada os sería de más ayuda. Era ella quien estaba con la dama Gunelle, más
retrasada, mi señor —respondió él con tranquilidad.
—Ya lo sé. Le pediré también su versión. Pero me interesa la vuestra.
James Darnley no podía escabullirse. Se removió en el asiento. Sin podérselo explicar a sí
mismo, sintió crecer el nerviosismo en su interior mientras contaba lo sucedido durante la caza del
halcón.
De vez en cuando, adverta una mirada entre los dos primos, pero ninguno de ellos hizo ningún
comentario, y lo escucharon con aire concentrado. Al acabar, le sobrecogió la expresión dura del
joven señor y se creyó obligado a justifcar su comportamiento:
—Confeso que las prisas de la dama Beathag por salir del bosque me parecieron sospechosas
en aquel momento. Cuando nos alcanzó al galope y nos arrastró detrás de sí sin afojar la marcha
ni siquiera para darnos una breve explicación sobre la ausencia de vuestra esposa, dudé y me volví
para ver si estaba a la vista. Ahora que sé que no supo encontrar el camino del loch Morar, me
reprocho no haber ordenado que la escoltara uno de mis hombres. Pero vuestra cuñada hablaba
como si ella misma la hubiera acompañado en ese camino. Mirad, MacNéil, sólo fue un
desgraciado accidente...
—Muchas gracias, Darnley —le interrumpió Iain, y se levantó rápidamente—. Fue una
desgracia, en efecto. Falta por ver si se trató de un accidente.
—¡Esperad, MacNéil! —dijo el sherif, que se puso en pie a su vez y sujetó a Iain por la manga
—. Sé que las circunstancias pueden dar lugar a sospechas sobre vuestra cuñada. Es una dama de
un temperamento bastante vivo y no disimula sus sentimientos, pero no creo que los celos la
hayan cegado hasta el punto de cometer un acto tan... en fn...
—Escuchadme bien, Darnley —le respondió Iain soltándose de un tirón—, estáis aquí para
verifcar los libros. Quien juzga en Mallaig soy yo. Si estimo que mi mujer está siendo víctima de
alguien del castillo, se trata de una situación intolerable a la que pondré remedio a mi manera, os
guste o no.
Iain MacNéil no pudo ver la mueca de desprecio de su interlocutor, tanta fue la prisa con la que
dio media vuelta. Salió de la sala, que de golpe había quedado en silencio. Las últimas palabras del

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 172
jefe y su actitud colérica presagiaban una tormenta formidable. Tomas hizo una seña discreta a su
caballero, y los dos subieron sin hacer ruido al piso alto, detrás del señor de Mallaig.
Cuando Beathag vio entrar en su habitación al señor Iain e indicar a Finella que saliese, le
dedicó una amplia sonrisa y se levantó para recibirlo.
—Hace mucho tiempo que no me encontraba con vos aquí a solas —le dijo en cuanto se hubo
cerrado la puerta detrás de su doncella—. Veo que vuestra esposa no está en disposición de
recibiros...
Iba a pasar los brazos alrededor de la cintura de su cuñado cuando recibió una tremenda
bofetada. Reculó de un salto, con la mano en la mejilla, los ojos desorbitados, paralizada de
estupor. Iain la agarró por los hombros y la envió contra una silla.
—¡Siéntate, y que no se te ocurra tocarme! —le gritó—. Vengo a escuchar tu confesión, víbora,
y no tengo la intención de eternizarme aquí. Cuéntame lo que pasó entre Gunelle y tú en el
bosque antes de que la abandonaras.
—Lo sabes ya —siseó ella entre dientes—. Tomas te lo ha contado. Es inútil que me amenaces.
No sacarás nada más de mí.
Fuera de sí, Iain aferró el collar que colgaba sobre el blanco pecho de su cuñada y lo enrolló en
su puño cerrado.
—Eso lo vamos a ver... —dijo en un susurro.
Sin hacer caso de las manos de su cuñada, que intentaba soltarse, giró despacio el puño.
—¡Basta! —gritó ella enseguida, al sentir que se ahogaba.
Iain la soltó y ella palpó su cuello magullado por la cadena, que le había dejado marcas en la
piel. Ya recuperada, disimuló su odio bajo un aire incitante.
—¿Qué queréis escuchar, mi señor? —susurró, bajando los ojos.
Iain tomó asiento en un taburete frente a ella y le dirigió, durante sólo un instante, una mirada
glacial.
—Las palabras que os cruzasteis mi mujer y tú antes de que la dejaras para ir a reunirte con
Darnley.
—No hubo ninguna palabra, mi señor. No hablamos las dos juntas. Pensé que no quería volver
de noche a Mallaig y prefería la hospitalidad que nos había ofrecido vuestro to Aindreas. Dejé que
hiciera lo que mejor le pareciese.
—¡Falso! Ella prefería volver a Mallaig.
La dama Beathag miró a su cuñado y sonrió, con un breve destello de desprecio en los ojos.
—¡Ah! Ya veo que nuestra castellana ha recuperado la voz. Mi señor, no iréis a creer lo que una
persona tan extraviada como vuestra esposa dice que prefería. ¿Se acuerda siquiera de haber ido
de caza aquel día? Tened cuidado con las acusaciones que podríais sentiros tentado a hacer sobre
la base de un testimonio tan discutible... No podéis condenar a alguien sin pruebas. Darnley no lo
permitirá...
Iain se puso en pie de un salto, pálido de cólera.
—Que el diablo se lo lleve si levanta un solo dedo. Es el último hombre que me impedirá llevar
los asuntos de mi castillo como a mí me parezca. —Y cuando ya se dirigía hacia la puerta, añadió

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 173
—: Estás confnada en esta habitación hasta la marea alta, y entonces partirás para tu isla. Te
enviaremos tus cosas con tu doncella en la próxima travesía. —Y volviéndose hacia ella—: No
vuelvas nunca a Mallaig, Beathag, ¡porque será el último suelo que pises con vida!
Iain salió dando un portazo. En el corredor vio a Tomas y a un caballero en alerta, con el arma al
cinto. Se dirigió a su primo y le dio una orden breve:
—¡Vigila esta puerta! Mi cuñada no debe salir ni recibir a nadie, hasta que venga yo mismo a
buscarla para llevarla al puerto mañana. ¿Está claro?
—Lo está —respondió de inmediato Tomas.
En el mismo momento, los tres hombres oyeron claramente las palabras que provenían de
detrás de la puerta. Beathag amenazaba a su cuñado con una voz que la cólera hacía desafnar.
—¡Puerco MacNéil! ¡Me las pagarás!

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 174
Capítulo 13

El torneo
Nellie se sintió feliz cuando vio que el joven señor volvía a la habitación. Parecía más tranquilo y
la liberó de su servicio con una sonrisa. Su señora no se había despertado, y ella suspiró aliviada al
cerrar la puerta después de desear las buenas noches al amo y de recomendarle que dejara varias
velas ardiendo junto a la cama durante toda la noche.
Iain se desvistió, se lavó la cara y las manos con el agua de una tinaja y se deslizó suavemente
en la cama con cuidado para no molestar a su esposa dormida. Le costó mucho conciliar el sueño.
La expulsión de Beathag de Mallaig signifcaba pasar en su vida una página cuyo telón de fondo
habían sido los confictos con su madre. Una nueva persona iba a echar muy pronto raíces en el
castillo: el niño que llevaba Gunelle en sus entrañas. ¿Sería un hijo o una hija? ¿Estaba su esposa lo
bastante fuerte para soportar el embarazo hasta su término? ¿Viviría el niño? Y sobre todo,
¿sobreviviría Gunelle al parto? Esa cuestión torturante le obsesionaba y enfriaba la alegría que le
producía la próxima venida de un heredero. Sus últimos pensamientos derivaron hacia el robo del
pago de su suegro, pero las suposiciones que brotaban en su imaginación se diluyeron en el sueño
que fnalmente se abatió sobre él.
Mi cabeza, soñolienta se volvió hacia un lado y tocó su hombro cálido. Desperté. El día se
fltraba tras los postigos. Dos velas se consumían aún al pie del lecho. Mi marido, destapado a
medias, respiraba lentamente, vi su rostro curtido con las mejillas señaladas por el hoyuelo que en
su sueño dibujaba una sonrisa. A pesar de un ligero mareo, me sent llena de felicidad: «He
dormido toda la noche sin tener una sola pesadilla», pensé, admirada.
Me levanté y observé el despertar de Iain. Abrió los ojos, que se posaron de inmediato en mí, y
me dirigió una sonrisa radiante. Yo le acaricié la cara, mis dedos frotaron su barba naciente, y le
expresé en voz baja mi gratitud por no haberme dejado abandonada a la locura. Él se levantó a su
vez, me rodeó con sus brazos y apoyó mi espalda en su pecho velludo.
—Gunelle, amor mío, nunca has estado loca —me dijo con voz grave—. Viviste momentos
horribles, y en tu estado eso tenía, por fuerza, que llevar tu mente a una gran confusión.
—¿A qué estado te referes, mi señor? —le pregunté intrigada, sin volverme.
—Al estado de una mujer encinta, mi gacela —me respondió, al tiempo que hundía la nariz en
mis cabellos y aumentaba la presión de sus brazos sobre mi cuerpo.
—¿Quién te ha dicho eso? ¿Nellie? —le pregunté de inmediato, volviéndome para mirarlo
directamente a los ojos.
—Ella... y tu cuerpo... Nunca te había visto unos senos tan redondos, mi señora —dijo,
acariciándomelos con una mano tmida.
—¡Iain! —exclamé—. ¿Cómo es posible, ya?
Por toda respuesta, me acostó a su lado y me gratifcó con una sonrisa traviesa antes de
emprender con sus labios una exploración completa de mi cuerpo tembloroso. Yo me aferré a sus
hombros musculosos y lo recibí en mí con voluptuosidad, esperando que Nellie no entrara en la
habitación.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 175
Apareció sólo cuando Iain me dejó con la petición de que no saliera de la habitación hasta que
él volviera. Tenía que bajar al puerto para controlar la marcha de su cuñada. Había sido muy parco
en sus explicaciones sobre el tema y yo no hice ningún comentario, porque preferí borrar de mi
mente todo lo relacionado con Beathag, y en particular el papel que había desempeñado en mi
drama, y que yo adivinaba aún de manera confusa.
Nellie, silenciosa como de costumbre, se afanó en preparar el agua para el baño. Yo la
observaba de reojo y me di cuenta de cuánto había envejecido. Me emocioné hasta las lágrimas.
«¡Ah, Nellie! ¡Cuánto has tenido que preocuparte por mí en los últimos tiempos!», pensé.
—Habrá que volver a poner cortinas en esta cama, Nellie —le dije al cabo de un momento—. Y
preparar una cuna dentro de esas mismas cortinas... Dime, porque tú tienes que saberlo, ¿cuándo
tendré ese hijo que me anuncia mi marido?
Tratar de ese tema era lo que podía hacerla más feliz. Vino a toda prisa a sentarse junto a mí y
me tomó las manos riendo con aire de alivio. Leí en sus ojos la inmensa alegría que inundaba su
viejo corazón.
—Hermosa mía, ese bebé podría muy bien robarle la festa al Niño Jesús. Según mis cálculos,
pariréis alrededor de la Navidad. Ya lo vais a ver, ¡será un bebé tan hermoso como nunca se ha
visto en la región de las Highlands! Un chico para suceder a nuestro amo cuando llegue el
momento, o una hermanita para Ceit... Este castillo entrará en una era de felicidad plena, ¡estoy
segura!
Sonreí ante su entusiasmo desbordante y reconocí a mi buena y vieja nodriza, siempre
resueltamente optimista. Un poco más tarde, la ta Rosalind me trajo la bandeja del desayuno. La
conversación con ella hizo que me sintiera enteramente a gusto. Su tranquila seguridad y su
afabilidad me reconfortaron. No hicimos ninguna alusión a los días de mi enfermedad y hablamos
de mi embarazo con toda naturalidad. Me emocionó el apego e interés que mostraba por mí, y
recordé que ella no tenía ni hija ni nuera. «Creo que madre y ella se entenderían bien», pensé. Por
mi parte, me sent tentada a convertirla en mi confdente.
Iain volvió poco antes de mediodía. Olía a mar y sus cabellos, que le caían sobre los hombros,
estaban enredados. Parecía preocupado y vino a sentarse a mi lado, para examinar los restos de la
bandeja.
—¡Te has dado un festn, mi señora! Me alegro. Tienes que comer mucho si quieres darme un
MacNéil grande y fuerte.
—Un o... una MacNéil —le respondí con voz suave mientras acariciaba su cabellera, que
empecé a desenredar. —Adiviné que había tenido difcultades con su cuñada y quise distraerlo—:
¿No me hablabas ayer de un correo que venía de Crathes, mi señor?
—En efecto, mi señora, aquí lo tengo —dijo, mientras buscaba en el bolsillo interior de su jubón
—. Puedo asegurarte que toda tu familia se encuentra estupendamente, incluida tu madre.
Solté sus cabellos y me apoderé de la carta que me tendía. Era la escritura de mi madre, y la
felicidad aceleró los latidos de mi corazón. Mi madre me informaba del nacimiento, en marzo, de
la hija de mi hermana Sybille y del segundo hijo de la mayor, Elsie. Los dos pequeños eran, como
los anteriores, bebés sanos, con una buena constitución. Me tranquilizaba acerca de su propio
estado de salud, que nunca había dado señales de alarma aquel invierno, como se había inventado
Daren. Este último estaba enteramente restablecido de su herida, pero permanecía junto a mi

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 176
padre en los negocios de Aberdeen y dejaba por completo la dirección de las obras de tala en
manos del teniente Lennox. Acababa con un comentario enigmático sobre mi marido: «Entre los
hombres del Norte que he podido conocer, tu marido es el menos salvaje.»
La frasecita, que me pareció insultante, me hizo sobresaltar. De pronto me di cuenta del hecho
de que Iain había estado negociando con mi padre y sin duda había tratado a toda mi familia. Eché
a mi marido una mirada inquieta y le hice algunas preguntas sobre su visita a Crathes. De sus
respuestas lacónicas deduje que la acogida había sido bastante fría. Me mordí los labios de
despecho y tuve, por primera vez, un acceso de rebeldía contra mi padre. No contento con
haberme enviado al fondo de Escocia a casarme con un hombre extraño a nuestra familia, me
hacía la afrenta de faltar a la cortesía cuando se encontraba con él.
Interrogué a Iain sobre el arreglo del litigio que le había llevado a Crathes, pero apenas obtuve
algún comentario. Saqué la conclusión de que mi marido y mi padre no estaban en los mejores
términos entre ellos, y eso me dio pena, aunque tuve buen cuidado en disimularla.
—¿Te gustaría bajar conmigo, mi señora? —me preguntó para cambiar de conversación—. Si te
sientes con fuerzas, creo que una visita corta a la clase haría felices a los niños y tranquilizaría a
todo el castillo. El reverendo Henriot tiene también muchas ganas de charlar contigo.
—Será un placer, señor. Podría ir hasta el fn del mundo de tu brazo, salvo si hemos de
atravesar un bosque —le contesté, poniéndome en pie.
—Amor mío —me dijo en voz baja—, también iremos juntos al bosque, pero no ahora.
Me envolvió en sus brazos y depositó un beso en mi frente.
Después de toda una noche en vela junto al caballero Dòmhnull delante de la puerta de
Beathag, Tòmas se senta rendido de cansancio. A excepción de la doncella de la viuda de Alasdair,
nadie se había presentado durante la noche. La prisionera ni siquiera había intentado salir, ni les
había dirigido la palabra. Cuando Tòmas oyó el ruido de las botas de su primo en el corredor y vio
aparecer a Bran, suspiró de alivio. Por fn iba a ser relevado.
Iain se acercó y los saludó. Llevaba su claymore a la cintura, y una cuerda en la mano. Al verlo,
Tòmas tuvo un sobresalto. Iain ignoró su reacción y le indicó que abriera la puerta con un gesto de
la cabeza. La dama Beathag, desnuda, estaba tendida sobre su cama, en la que ni siquiera habían
sido retirados los cobertores, con una sonrisa provocativa en los labios. Sin remilgos, Iain entró y
buscó con la mirada los vestidos de su cuñada.
—¡Levántate y vístete! Date prisa, no estoy de humor para esperar... —gruñó entre dientes.
Vio un vestido colgado en un rincón, lo descolgó y se lo tiró. Tòmas y Dòmhnull estaban en el
umbral, indecisos, esperando que su jefe les indicara que podían irse, pero éste parecía haberse
olvidado de su presencia.
—Si no puedo contar con la ayuda de mi doncella, tendréis que echarme vos una mano, mi
señor. Yo no lo conseguiré sola... En fn, no tan aprisa como vos deseáis —susurró Beathag desde
la cama, mientras recogía el vestido que había aterrizado a su lado.
Con un gesto de impaciencia, Iain se volvió a los dos hombres e hizo seña al caballero Dòmhnull
para que fuera a ayudar a su cuñada. Beathag soltó una gran carcajada y le dijo en tono agrio,
mientras miraba de reojo al caballero, dubitativo:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 177
—¿Veis a ese MacNéil virtuoso, incapaz de tocar a una mujer en cuyo lecho se ha revolcado
durante cinco años? Vamos, Dòmhnull, ven a palpar a una mujer bien hecha, en lugar de tu jefe. El
matrimonio lo ha despojado de su virilidad...
Iain apretó los puños para no saltar y se volvió a su primo. Tòmas le respondió con una sonrisa
contrita y un encogimiento de hombros.
—Contaré hasta treinta y te sacaré de aquí tal como estás —dijo Iain, sin mirar en la dirección
de su cuñada—. Si quieres salir de Mallaig con dignidad, vas a tener que colaborar, Beathag
MacDougall. No me des ocasión de echar a perder tu bonito cuerpo. Ya me está costando mucho
contenerme para no hacerlo.
—Contad, contad, señor, puesto que es todo lo que sois capaz de hacer ahora... —respondió
ella, al tiempo que deslizaba la mano bajo la almohada.
Con la velocidad del rayo, sacó un cuchillo y lo lanzó en dirección a Iain, que le daba la espalda.
Tòmas adivinó el gesto, más que verlo, y tiró de su primo hacia él. Con un ruido sordo, la punta del
cuchillo fue a clavarse en la puerta abierta, después de rozar la manga del joven jefe. Se hizo un
silencio pesado. Dòmhnull se precipitó sobre la joven para sujetarla.
Nunca había sentido Iain tanto odio ni había sentido tantos deseos de matar. Cuando se volvió
a su cuñada, su rostro estaba blanco de rabia, y sus ojos entrecerrados brillaban con destellos de
cólera. Se aferró a la manga de su primo, buscando ser sujetado más que sujetar. Movido por una
sensación de urgencia, Tòmas comprendió la llamada implícita y se llevó a su primo al corredor.
Allí se encontraba la doncella de Beathag, con Anna y el sherif Darnley. Este miraba fjamente el
cuchillo clavado en la puerta con aire de pasmo y la boca entreabierta. Era evidente que quienes
se encontraban en el corredor no se habían perdido nada de las últimas frases pronunciadas en la
habitación. Las dos mujeres entraron y se apresuraron a vestir a la cuñada, agitada por una risa
nerviosa.
Después de dar algunos pasos juntos, los dos primos se detuvieron. Iain, lívido, tenso como una
ballesta montada, puso la cuerda en manos de su primo y le dijo con voz ronca:
—Sácala atada. Yo espero en el patio... —Hizo una pausa y añadió, mirando a su primo
directamente a los ojos—: Tòmas, impide que la mate. En el puerto, quédate a mi lado hasta que
haya embarcado para la isla de Skye.
Y así se hizo: Beathag MacDougall salió del castillo con una fuerte escolta y entre la indiferencia
general de las gentes de Mallaig, bajo un sol radiante que se mantuvo durante varios días en la
costa oeste de Escocia.
El mes de junio de 1425 fue magnífco en toda Escocia. Llovió muy poco y el calor de aquel
verano precoz dio pujanza a toda la naturaleza, tanto salvaje como campesina. Los macizos de
brezo forido teñían de blanco los altiplanos que dominaban la península de Mallaig, y en las
marismas desecadas crecía un manto verdeante de hierba jugosa. En los campos, ondulantes a la
brisa húmeda del mar, las cosechas se anunciaban espléndidas, y hombres y mujeres iban y
venían, con la cabeza descubierta y los aperos en la mano.
Los rebaños de carneros de cabeza negra y de bueyes, de regreso de sus pastos de invierno,
poblaban toda la landa en torno al castillo, con el añadido de varios corderos y terneros nacidos en
la primavera.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 178
Los niños del burgo subían cada día al castillo para sus clases y disfrutaban de un nuevo
maestro en la persona de Tòmas. El primo MacNéil había tomado el relevo de su ta Rosalind,
vuelta a su castillo. Se encargaba de las clases de escritura y de aritmética, y ponía todo su
empeño en la enseñanza, por la que descubrió que senta una verdadera pasión. La joven Jenny lo
ayudaba, y juntos formaban un equipo capaz de mantener durante largas horas la atención, tanto
de los niños como de algunos adultos que aún asistan a las clases. El reverendo Henriot amplió su
enseñanza a la astronomía y la geografa, además de las Sagradas Escrituras y la historia de los
grandes héroes de la Antigüedad. Tan pronto como concluía el ofcio matinal, reunía a los alumnos
del castillo e iban todos juntos al encuentro de los del burgo, que subían por la pasarela. La
castellana sólo daba las clases de scot y de lectura. A petición de su marido, no pasaba más que
una hora al día en la clase. Aunque aquello le parecía demasiado poco, ella se conformó.
Gunelle permanecía varias horas al día en su amplia habitación, llevando los libros de la familia
y siguiendo con la instrucción de su marido. El joven jefe MacNéil empezó de nuevo a dedicarle la
mayor parte de las mañanas, con el mismo interés que antes. Las gentes del castillo se
maravillaban al ver la armonía que reinaba en la pareja. El cariño y la compenetración de los
esposos hacían suspirar a todas las mujeres, desde la más joven hasta la de más edad. La pareja
estaba asimismo en el punto de mira del clan y de la reducida sociedad que visitaba el castillo.
Sus deberes de castellana llevaron a Gunelle a mantener una presencia asidua en la gran sala,
para recibir a los visitantes de su marido y los del sherif. Éste pasaba su último mes en Mallaig y
recibía a muchas personas en el pequeño despacho. Varios secretarios retrasados desflaban uno
tras otro para presentar sus libros y obtener el correspondiente recibo del representante del rey.
Por mediación de algunos de ellos, el sherif se mantuvo en contacto con Beathag MacDougall,
encerrada en su isla.
En el castillo, nadie echaba de menos a la impetuosa viuda de Alasdair. Al contrario, la
atmósfera había mejorado después de su extraña marcha, sin equipaje ni despedida. No era más
que un vago recuerdo para todos, y muy raramente se mencionaba su nombre. Sólo Darnley
hablaba de ella en ocasiones con la servidumbre, cuidando de que el señor y la señora no lo
oyeran. Siguiendo un acuerdo tácito, todos respetaban ese silencio: el jefe y la castellana actuaban
como si, de alguna manera, la dama Beathag nunca hubiera existido.
Anna y Nellie se encargaron de los preparativos de una nueva festa de gran envergadura: la de
la investidura como caballero del señor Tòmas, que había de tener lugar por San Juan. A lo largo
de los días cálidos de aquel mes, se prepararon empanadas y galletas, confturas y licores. El señor
MacNéil había enviado invitaciones a todos los miembros del clan, y quería que la festa fuera
sonada. Con ese objeto, contaba con organizar un torneo en el que Tòmas sería el favorito.
Los dos primos nunca habían estado tan compenetrados; sus sesiones de entrenamiento
terminaban invariablemente con chistes y travesuras coreadas por las risas de todos los
caballeros. Iain se dio cuenta de que la presencia de la joven Jenny en el fondo del patio durante
los ejercicios tenía un efecto estimulante en su primo, y maniobró para que ella pudiera quedarse
allí lo más a menudo posible. Le gustó imaginar la pareja que podían formar esos dos personajes
reservados si a su primo se le ocurría abrir un poco los ojos sobre aquella bonita muchacha, por
muy sirvienta que fuera. Una vez confó esas ideas a su esposa, que quedó muy asombrada por
tales revelaciones. A él le divirtió que se ruborizara; los juegos de seducción entre hombres y
mujeres todavía la incomodaban.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 179
Fueron días felices también para Ceit, que había sufrido mucho por la enfermedad de su joven
madre. Tenía ya ocho años y había crecido durante la primavera, tanto en el plano fsico como en
el intelectual. La niña se alegraba de la venida de una hermanita o hermanito y manifestaba sin
reservas a su madre toda su curiosidad sobre el tema. Al lado de Nellie había descubierto que le
apasionaba el jardín, y disfrutaba al ver el placer de su madre cuando se paseaba por él de vez en
cuando.
Algunas veces se apartaba de sus amiguitas y se refugiaba allí al atardecer para seguir paso a
paso los trabajos de la anciana nodriza. A mediados de junio, las dos hortelanas maravilladas
recogieron con sus manos la primera cosecha de habichuelas. Los rosales, por fn podados,
también forecieron en ese momento, y tanto y tan bueno produjeron que la mesa de la gran sala
se adornó todas las semanas con un gran ramo.
Descubrí muy pronto que mi enfermedad me había debilitado mucho. Llegada la noche, era
incapaz de pasar la velada con mis gentes y muy pronto tenía que subir a mi cuarto con Ceit.
Entonces la acostaba en mi cama y hablábamos largo rato antes de dormirnos. ¡Cuánto me
gustaban aquellas conversaciones llenas de ingenuidad! Cuando Iain subía a acostarse, tomaba a
su hija en brazos y la llevaba a la habitación vecina sin despertarla. A veces yo me despabilaba en
ese momento y le oía murmurar a Ceit, dormida, palabras tiernas que henchían mi corazón de
amor por él.
No sé si hubo una época en nuestra vida en que nuestra compenetración fuera más completa
que en aquellos inicios de verano. Me senta rodeada, protegida, amada por Iain cada instante de
la jornada. Cuando no paseaba conmigo por las almenas, que seguían siendo nuestro lugar de
privilegio, pasaba las horas en compañía de las gentes de nuestros dominios en la sala de armas,
para administrar justicia, o en la gran sala. Todas las mañanas, después del ofcio, subíamos a la
habitación en la que habíamos reanudado la costumbre de trabajar durante algunas horas. Él hizo
que trasladaran allí una gran mesa, uno de cuyos extremos estaba abarrotado de libros de
cuentas, a los que yo me dedicaba cada semana. El otro extremo servía para nuestros trabajos.
Nos sentábamos frente a frente, y con todo entusiasmo seguíamos en el empeño de completar sus
conocimientos.
Abordé con él obras más difciles e hice venir otras del monasterio de Melrose. Él siempre tenía
prisa por empezar las lecciones. Se senta más relajado frente al aprendizaje, y más curioso
también. Desde mi enfermedad, había adoptado el scot para hablarme en privado, y muy pronto
amplió este uso a sus visitantes.
Yo estaba tan acostumbrada a vivir en lengua gaélica que siempre me senta sorprendida y
seducida al oír las palabras de amor que me prodigaba en scot. Era como si él hubiera penetrado
en el mundo de mi infancia y acaparara aquel lugar. «Amo apasionadamente a ese hombre», me
decía a mí misma cada vez más a menudo.
Sent una gran emoción al informar a mi familia de mi embarazo en una carta que dirigí, no a mi
padre, como había previsto Iain, sino a mi madre, en respuesta a la suya. Le dije que deseaba dar a
mi hijo el nombre de Annabel, como ella, si era una niña, o de Baltair si era un chico, por el padre
de Iain. Me referí con mucho optimismo a mi estado de salud, pasando por alto las semanas de
tumulto que había vivido en mayo. No ahorré comentarios sobre el marido irreprochable que era
Iain para mí y el amor total que me inspiraba. Le hablé también de Ceit, mi hija adoptiva, y de la
escuela que había implantado en Mallaig. Quería de todo corazón que ella comprendiera hasta

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 180
qué punto era yo feliz, y cómo no deseaba una vida distinta de la que se había convertido en la
mía en las Highlands. Creo que lo conseguí.
Aproveché una visita inesperada del teniente Lennox al castillo para encargarle que llevase mi
misiva a Crathes. Llegó en la primera semana de junio, acompañado por un solo hombre de armas.
Lo vi en la gran sala cuando bajé para el almuerzo y se precipitó a mi encuentro, con una expresión
radiante.
—¡Ah, al fn vos, mi señora! ¡Qué feliz me siento al veros! Me sent tan apenado cuando supe
de vuestro accidente...
La emoción me ganó; le tomé las manos y le dirigí una mirada afectuosa. «Mi muy querido
Lennox», pensé con gratitud. Le di el lugar de honor en nuestra mesa, sentándolo entre Iain y yo
misma. Pero sólo se quedó una noche en Mallaig y estuvo hablando mucho rato a solas con Iain.
Creí que discutan sobre la tala y los dejé solos.
Al verlo marchar, a la mañana siguiente, el corazón me dio un vuelco. Aquel hombre tenía el
don de hacer que lo echara de menos apenas se alejaba de mí. Al observar la actitud de Lennox
para con mi marido, empecé a desear que se quedara de forma permanente en el castillo, porque
daba muestras de respeto e incluso de afecto por Iain. No me pareció que sus sentimientos hacia
el esposo dependieran tan sólo del cariño que senta por la esposa. Más bien parecían haberse
desarrollado por sí mismos, en los pocos días que los dos hombres habían pasado juntos en mayo.
Incluso llegué a imaginar que Lennox se había comportado como un aliado de mi marido durante
su visita a Crathes. No fue una falsa idea.
Cuando se marchó, Iain lo invitó a venir por San Juan, y le propuso traer a sus gentes de armas
que desearan participar en el torneo llevando los colores de la familia Keith. Sonreí de felicidad
cuando le oí responder afrmativamente. «Voy a volver a verlo pronto —me dije—. Tal vez me
traerá más noticias de Crathes.» Cuando Lennox y su compañero se perdieron de vista por el
camino de los altiplanos que les devolvía a la zona de tala, sorprendí una mirada soñadora de Iain,
a mi lado, con la vista fja en el horizonte. Me tomó del brazo para volver a entrar en el torreón y
me confrmó la realidad de lo que yo había intuido antes entre los dos hombres:
—Ese teniente es un hombre de una gran madurez, y echo de menos tener aquí a alguien así —
me dijo—. Si yo estuviera en el lugar de tu padre, no lo desaprovecharía en la vigilancia de unos
trabajos. Lo tendría a mi lado y haría de él mi consejero. —Una sonrisa pensativa y cargada de
provocación apareció en sus labios cuando añadió—: En verdad, mi señora, Lennox es el único
escocés del sur al que daría toda mi confanza.
—Tienes razón al apreciar a Lennox, mi señor —le respondí—, pero tu afrmación me obliga a
defender a los escoceses de las Lowlands; son tan bravos y leales como los highlanders. —Tuve un
instante de vacilación, y luego añadí—: No bases tu juicio en cierto representante del país de
Aberdeen de carácter irritable...
Después de la visita del teniente Lennox a Mallaig, Iain MacNéil pasó unos días muy pensativo,
recordando a su padre. ¿Cómo habría reaccionado ante el robo del primer pago de Keith? Su
conversación con el teniente no dejaba lugar a dudas. Como todavía formaba parte de los trabajos
de tala uno de los tres hombres a los que había sido confada la entrega del cofre, Lennox empezó
su investigación por él. Supo así que los tres caballeros se habían perdido en las orillas del loch
Morar durante una tormenta de nieve. Fueron encontrados por hombres del clan MacNéil, que los
llevaron a la mansión de uno de los suyos. Este se presentó como hermano del señor Baltair, y ya a

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 181
primera vista les dio una buena impresión. Las armas de los MacNéil que adornaban su castillo
confrmaban su pertenencia al clan, y los hombres de Lennox no dudaron en aceptar su oferta de
ser él mismo quien llevara a Mallaig el cofre, cuyo contenido desconocían, por otra parte. Así pues,
se lo entregaron y, sin preocuparse más, se volvieron a la zona de tala al día siguiente y no
creyeron necesario dar cuenta a Lennox de lo ocurrido.
—Mi señor —había dicho Lennox a Iain—, no tengo ningún motivo para poner en duda esa
historia. De ella se deduce que el cofre no está en posesión de los Keith desde mediados de enero.
¿Quién lo tiene en este momento, ya que no os ha sido entregado, y por qué nos enteramos tan
tarde de que ha sido robado? Estoy extremadamente perplejo. En fn, ¿puedo preguntaros lo que
habéis averiguado por vuestro lado?
—Nada en absoluto, teniente. Nada, porque no he buscado desde mi regreso. Ya veis, la salud
de la dama Gunelle me ha acaparado totalmente. Cualquier otra cuestión pasó a segundo plano.
»Tal vez os sorprenda lo que voy a deciros, como me sorprende a mí mismo... Os voy a confar
una cosa, Lennox: siento por mi mujer una verdadera pasión. Si la hubiese perdido, no sé qué
habría sido de mí. —Después de un prolongado silencio, añadió—: Os agradezco vuestra
información. Habéis cumplido con vuestro deber al emprender esta investigación, y desde este día
quedáis libre de la obligación de entregarme el cofre. Estoy convencido de que está en manos de
los MacNéil. A mí, sólo a mí, me corresponde ahora averiguar quién lo tiene.
—Bien, mi señor. Permitidme, sin embargo, que quede a vuestra disposición para la solución de
este asunto. Y si me entero de otra información, consideraré un deber el comunicárosla.
—Aprecio vuestro gesto, Lennox. No os pido más que una sola cosa: que todo este asunto
quede entre nosotros. Soy un jefe de clan, y mi deber es mantener la unidad ante los restantes
clanes de las Highlands y ante nuestro rey. Apelo a vuestra lealtad para con mi esposa, que ahora
es una MacNéil.
—Mi señor, os doy mi palabra de que no diré a nadie nada acerca de la desaparición del cofre
de Nathaniel Keith —prometió solemnemente el teniente Lennox al joven jefe.
Las revelaciones del teniente Lennox afectaron mucho a Iain MacNéil. Los detalles de la historia
daban a entender que uno de sus lairds se había apropiado del cofre. Si se trataba de un hermano
de su padre, y si sus tierras lindaban con el loch Morar, no podía ser más que su to Aindreas. Un
sudor frío le helaba la nuca y senta un nudo en el estómago cuando llegaba a esa conclusión. Por
mucho que intentara encontrar otra explicación, no se le ocurría ninguna idea válida para desviar
las sospechas de robo centradas en su to. Lo que lo dejaba estupefacto es que el robo había
tenido lugar antes de la muerte de su padre.
En vano rebuscó en su memoria alguna palabra del anciano Baltair de la que pudiera deducirse
que había tenido alguna pendencia con su hermano menor Aindreas. Sin embargo, recordó con
pena que en aquella época él evitaba a su padre todo lo posible e ignoraba totalmente sus
asuntos. Habría podido recibir alguna confdencia en el momento en que el secretario Guilbert
Saxton se despidió del servicio de la familia, pero prefrió dejar que fuera su mujer quien se
ocupara de la administración de las propiedades e hiciera compañía a su padre.
¿Cuáles habían podido ser las relaciones de su padre con su hermano menor? No tenía la
menor idea, y se reprochó su inconsciencia de entonces. Ahora sólo podía juzgar a su to por las
relaciones que mantenía con él desde el mes de marzo. «En mi opinión, Aindreas es un hombre

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 182
ambicioso y desleal. Pero ¿es posible que faltara también a la lealtad que debía a su hermano?»,
se preguntaba una y otra vez Iain. En los días siguientes a la marcha del teniente Lennox, las
refexiones del joven jefe MacNéil le reafrmaron la idea de que su to Aindreas se había quedado
con el cofre.
Hasta el día de San Juan, vivió obsesionado por esos pensamientos sombríos. Los ocultaba lo
mejor que podía delante de su esposa, con la que comparta todo lo demás. En una ocasión pensó
en confarse a su primo, pero cambió de opinión. La ceremonia de la investidura era lo único que
había de ocupar al aspirante a caballero. Un hombre es armado caballero una sola vez, y ese
compromiso guía su vida entera. Decidió olvidar el asunto por algún tiempo y dedicarse a Tòmas,
cuya investidura había de presidir en su condición de señor de Mallaig. Como el aspirante a
caballero había de ser llevado a la ceremonia por su padrino, Iain tenía que designar a alguien para
reemplazarlo a él mismo, que había sido el padrino de su primo. Eligió al caballero Dòmhnull para
ese papel, y lo emparejó con su primo en los últimos ejercicios dedicados a su formación.
Dòmhnull era el más veterano de sus caballeros y, como Tòmas, había llegado a Mallaig huérfano
de padre y madre. El castillo se había convertido para él en su única patria.
Así fue como, en las semanas que precedieron al día de San Juan, Tòmas empezó a entrenarse
con armadura completa en el llano que bordeaba el muro este del castillo, bajo la dirección de
Dòmhnull, en medio de los obreros dedicados a la erección del estrado y la construcción de la liza
para el torneo. Desde las ventanas, con los postigos abiertos de par en par desde la salida del sol,
sonaban los martillos de los carpinteros mezclados con el entrechocar de las armas que golpeaban
los escudos o las armaduras. La joven Jenny les llevaba allí mismo bebida y comida: colaciones
frugales que devoraban con rapidez antes de reanudar el ejercicio. En las horas más calurosas del
día se quitaban las armaduras e iban a darse un chapuzón en el torrente que bajaba del acantilado
formando una cascada. En el agua helada, Tòmas y Dòmhnull se entretenían a veces luchando sólo
con las manos, para no perder una sola ocasión de entrenarse en todas las formas de combate.
Sus cuerpos desnudos y chorreantes brillaban y se doraban al sol.
Cuando llegó el 23 de junio, Tòmas estaba preparado y tenía un aspecto magnífco. Sus largos
cabellos rubios se habían aclarado hasta formar una melena casi blanca. Su piel tostada hacía
resaltar el color azul de sus ojos. Bajo su túnica, se adivinaba un torso y unos hombros musculosos
que le daban una prestancia altiva y viril. Dòmhnull se esponjaba de orgullo mientras preparaba a
su protegido para la ceremonia del día siguiente. Primero, el baño purifcador del aspirante a
caballero, que tuvo lugar en el cuerpo de guardia. Después lo revistió con la camisa blanca,
símbolo de la pureza, y la túnica roja, que representaba la sangre que derrama el caballero para
defender a Dios y el honor. Durante todas las horas de preparación que pasaron juntos, Dòmhnull
le recordó el compromiso del caballero.
—Que tu brazo, Tòmas, esté al servicio de la Iglesia, de los pobres y de los débiles; entre ellos
las mujeres, los niños y los campesinos... No cometerás ningún acto contrario al honor. Cuando tu
señor te convoque para la guerra, te presentarás ante él con tus armas y tu caballo. El heroísmo y
el valor motivarán cada uno de los golpes que asestes a su servicio.
Al caer la noche, Dòmhnull llevó a Tòmas a la capilla. Colocó sobre el altar la claymore y las
espuelas del joven y lo dejó solo, para que orara y meditara durante toda la noche. Al amanecer,
fue el reverendo Henriot el primero en ver a Tòmas. Sin poder contener su emoción, le dio un
largo abrazo. Tòmas era el primer hombre armado caballero en Mallaig desde que él se hizo cargo

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 183
de la parroquia, y el compromiso sagrado del joven caballero representaba para él un gran acto de
fe. Como estaba prescrito, lo escuchó en confesión, y luego dijo la misa a su intención, delante de
todas las gentes del castillo.
El desayuno fue especialmente alegre en la gran sala. Los miembros de la familia, los caballeros
y varios invitados tempraneros se habían reunido allí y rodeaban a Tòmas, que parecía tranquilo y
relajado. Iain, vestido de gala, lo observaba con una luz de afectuoso orgullo en los ojos: «Es el
primer hombre al que voy a armar caballero —pensó—. Es una suerte que sea la persona a la que
me siento más unido.»
Al entrar en la sala de armas, iluminada por los rayos del sol, Tòmas se sintió inundado por una
gran alegría. Sus ojos, atraídos al principio por todos los rostros sonrientes vueltos hacia él, se
fjaron después en los blasones y las banderas con los colores de los MacNéil, famantes y colgadas
de unas pértigas. Dòmhnull, que entraba detrás de él, lo condujo hasta Iain, con una mano
colocada en su espalda. Tòmas senta su calor a través de la túnica y cerró los ojos un instante, por
la emoción. Oyó entonces a su nuevo padrino murmurarle en voz baja:
—Es un gran honor ser armado caballero en la casa MacNéil, Tòmas, y yo me siento
especialmente orgulloso de ser quien te presenta a ese ttulo...
Tòmas le dirigió una mirada de gratitud por encima del hombro y le dijo en un susurro:
—Gracias, maestro Dòmhnull.
Luego avanzó solo hasta colocarse frente a su primo, que le esperaba al fondo de la sala. El
murmullo de las conversaciones cesó cuando Tòmas se detuvo, erguido, con los ojos fjos en los
del jefe. Éste desenvainó su claymore y, con las dos manos, la alzó por encima de la cabeza rubia al
tiempo que pronunciaba en voz alta y clara la fórmula de la investidura:
—Tòmas de Inverness, hijo del clan MacNéil, en el nombre de Dios yo te armo caballero. Sé
valeroso, arrojado y humilde. Recuerda de dónde vienes y de quién eres hijo.
Tòmas sintió sobre cada uno de sus hombros el peso de la hoja de la espada de su primo.
Dòmhnull se acercó después a él, deslizó su claymore en la vaina del cinturón, le saludó con una
inclinación de cabeza y, puesto de rodillas, sujetó las espuelas a sus botas. Hecho lo cual, Tòmas se
dio la vuelta y recibió la ovación de todos los presentes. Entre ellos, atrajo su mirada el rostro
iluminado de Jenny, y le sonrió.
Un escalofrío de alegría me recorrió de arriba abajo cuando se alzó el clamor en la sala de
armas. No podía apartar mis ojos de Tòmas, que resplandecía de felicidad. Sorprendí la sonrisa
que dirigió a Jenny y me promet obtener para la muchacha un lugar entre las damas, en el
estrado. «Iain tiene razón—pensé—. Hay algo entre esos dos corazones.»
Todas las invitaciones enviadas por mi marido habían sido aceptadas, porque no noté ninguna
ausencia cuando empecé a atribuir a cada uno un lugar en una de las tres mesas que habían sido
preparadas bajo la dirección de Anna y de Màiri. La atmósfera era alegre, y ya los ejecutantes de
violín y de pìob rivalizaban en ardor, sumergiendo a los reunidos en un alboroto festivo mientras
todos iban ocupando sus asientos y empezaba a servirse el banquete.
Me di cuenta de que Iain se apartaba de la compañía de los lairds y prefería la de sus
caballeros, en particular Tòmas, de quien no se apartó ni un instante. Al grupo formado por Nellie,
Ceit y Jenny se añadía con mucha frecuencia la ta Rosalind, que parecía feliz de volver a
encontrarse con las damas del castillo. Yo tuve que dedicarme a las esposas de los lairds, en las

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 184
que el anuncio de mi embarazo había despertado una incansable solicitud, y me dediqué gustosa a
contestar a sus múltiples preguntas y recomendaciones. El sherif Darnley se entretuvo charlando
con los lairds, y le sorprendí en varias ocasiones haciendo apartes con el to Aindreas. Finalmente,
me permit llamar a mi lado al teniente Lennox, que había bajado aquella misma mañana de los
Grampianos con dos hombres de armas a los que reconocí como miembros de la guardia personal
de mi padre. Como yo esperaba, traía la respuesta de mi madre a mi carta.
Gallos silvestres en piezas montadas, salmón empanado, patés de hígado, cuartos de cordero
con haggis, buey en salsa: los manjares fueron colocados sobre las mesas y cada cual fue invitado
a servirse. Las gruesas rebanadas de pan moreno colocadas delante de cada comensal pronto
fueron empapadas en el jugo de las carnes, y los dedos grasientos desaparecían de tanto en tanto
bajo la mesa para una apresurada limpieza en el mantel antes de aparecer de nuevo para alcanzar
aquí un bocado jugoso, allí la copa de hidromiel o de cerveza que los servidores mantenían llena.
Al observar la marcha del banquete y la felicidad impresa en todas las caras supe que la mesa de
Mallaig estaba a la altura de los recuerdos de mi marido y de los convidados que habían conocido
a la anterior castellana.
Todo se desarrolló a la perfección hasta el momento en que la esposa de Aindreas cayó en la
cuenta de que faltaba Beathag, por la que senta mucha amistad. Era evidente que la ta sabía muy
bien cómo estaban las cosas, pero quiso incomodar al señor de Mallaig haciendo preguntas sobre
las circunstancias de aquella marcha. Vi que Iain se ponía rígido desde las primeras palabras de su
ta, y empecé a temblar. Rosalind acudió en nuestra ayuda, para nuestro gran alivio.
—Querida Morag —intervino—, ¿por qué preguntar aquí lo que habéis sabido de la boca
misma de vuestra amiga? ¿No habéis hecho una visita a los MacDougall con Aindreas la semana
pasada? Recordad que allí os encontrasteis con mi hijo Raonall, que tenía asuntos en la isla.
Aindreas dirigió a su mujer una mirada furibunda y mi marido lo advirtió. Vi que el sudor
perlaba las sienes de Iain y le apreté el brazo con discreción. Volvió la mirada hacia mí, y leí en ella
la sospecha. No supe a qué atribuir su actitud. Por mi parte, sent que el rubor subía a mi rostro. La
ta Morag se calló, con aire furioso, y después del silencio que siguió a la intervención de Rosalind,
las conversaciones se reanudaron. Mi espalda se relajó. La amenaza había pasado. Procuré
respirar con normalidad. Oí que Iain me susurraba al oído:
—Todo va bien, mi señora. Cálmate...
Lennox, a mi lado, dirigió una mirada intrigada a Iain, que no reaccionó.
Ya iniciada la tarde, abandonamos la gran sala para asistir al torneo. Hacía tanto calor en el
exterior de las murallas que por un momento me sent desfallecer y me apoyé en el brazo de Iain.
Inquieto, me preguntó si prefería quedarme al fresco en el torreón con Anna o Nellie.
—De ninguna manera, mi señor. Ha sido un mareo pasajero. He debido de beber demasiado
hidromiel. ¡No me perdería por nada del mundo el primer torneo en Mallaig desde hace seis años!
—le respondí con una sonrisa.
—Es una lástima que yo tenga que presidirlo, mi señora, porque para mí habría sido un gran
placer combatir en justa para ganar tu favor —me dijo, en tono de broma.
Yo estreché sus manos con ardor cuando me ayudó a subir los peldaños y me instaló en el lugar
de honor, en la sección del estrado reservada a las damas. Antes de que se dirigiera al dosel bajo
el cual tenían su asiento el señor y los notables, le pedí en voz muy baja que la joven Jenny subiera

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 185
con las damas, detrás de mí, a ttulo de acompañante de la castellana. La sorpresa le hizo alzar las
espesas cejas, y luego me dedicó una sonrisa de complicidad. Bajó y buscó a Jenny con la mirada,
pero, como no aparecía por ningún lado, dijo unas palabras a uno de los guardias antes de dirigirse
a la tienda de los justadores, que se había levantado junto a la muralla del recinto.
Un viento regular procedente del mar desplegaba los estandartes que fotaban en las cuatro
esquinas de la liza y sobre los toldos que protegían el estrado. Sus colores vivos daban a toda la
llanura un aire festivo. El ejecutante de pìob iba y venía a lo largo de la empalizada baja que
separaba la liza en dos, arrancando notas estridentes de su instrumento.
Rosalind, que se había sentado a mi derecha, fue identifcando los diferentes escudos
sostenidos por los escuderos alineados junto a la tienda. Me quedé estupefacta al oír enumerar
los nombres de las familias y sus alianzas, proclamadas sólo por las fguras y los colores
desplegados en los escudos. Con una charla ininterrumpida y cautivadora, me abrumó con sus
conocimientos de heráldica, que no desmerecían los de los estudiosos más competentes en esa
materia. Pude así benefciarme de su gran experiencia como espectadora de torneos, cuando yo
en mi vida había asistido a un acontecimiento de esa clase.
Poco antes de que empezaran las justas, vi que Jenny salía de la tienda y corría hacia el estrado
con un paso saltarín. Se abrió camino hasta mí y, sonrosada por la emoción, me dijo:
—Aquí estoy, mi señora. Hace un instante me han pedido que os acompañara.
Y mientras se deslizaba a mi espalda, murmuró en voz muy baja:
—Sois la bondad misma, dama Gunelle.
Por fn oímos sonar las trompetas, y de las tiendas salieron con las viseras alzadas treinta y seis
caballeros, que desflaron al son del entrechocar metálico de sus armaduras. Se dirigieron a las
monturas que sujetaban los escuderos y, apoyándose en estos últimos, montaron en la silla. Antes
de que les tendieran los escudos y las lanzas, abatieron sus viseras. Comprendí de inmediato toda
la importancia del código de los blasones. Sin éstos, sería imposible reconocer al justador
encerrado en su estuche de hierro.
Bajo nuestros aplausos frenéticos, los caballeros desflaron a paso lento por la liza, y se
detuvieron frente al estrado para saludar al señor. La fla que formaban así ante nuestros ojos
resultaba impresionante. En un despliegue de color, el blasón de cada caballero se repeta en su
peto, su yelmo, su escudo y sobre la falda de su montura, que ondulaba con elegancia a cada
movimiento de los cascos. Las lanzas, del mismo color del blasón, apuntaban al frente con un
ligero cabeceo. A una señal de Iain, se alzaron verticales y los caballeros gritaron al unísono un
estruendoso «¡Por el honor!». Luego salieron uno por uno, dejando en la liza a dos caballeros que
se dirigieron al trote a los extremos de la empalizada central y allí quedaron en posición, en una y
otra parte de la misma.
Sin más ceremonia, las trompetas anunciaron la primera justa. Rosalind me explicó el desarrollo
del torneo con una voz que la excitación hacía vibrar. Adiviné que mi compañera era muy
afcionada a aquel género de espectáculo. No íbamos a ver en ese torneo más que combates
singulares, con lanza, y los representantes de Mallaig ocuparían siempre el lado derecho de la liza.
El to Griogair, el marido de Rosalind, era quien desempeñaba el papel de heraldo y anunciaba los
nombres de los justadores. Su fuerte voz se elevó cuando los dos primeros combatientes se
hubieron detenido:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 186
—Por Mallaig, el caballero Ruad contra Sioltach MacNéil de Arisag.
En la península de Arisag estaban las tierras de Aulay, uno de los lairds del clan Rosalind me
informó de que Sioltach era el hijo mayor y, señalándome con el mentón a una rubia corpulenta
que lucía un tocado extravagante, añadió que estaba casado y tenía dos hijas. Vi que los
combatientes abatan sus lanzas y, a una señal breve de la trompeta, lanzaban sus caballos al
galope, el uno en dirección del otro. Se cruzaron casi en el centro de la liza sin tocarse. Llegaron al
extremo de la empalizada, hicieron pivotar sus monturas y se lanzaron de nuevo. A cada cruce de
los caballeros, gritos de sorpresa brotaban de la garganta de los espectadores.
Me di cuenta de que estaba apretando la mano de Rosalind, presa de los nervios. Ella me sonrió
con amabilidad y me tranquilizó:
—No temáis, querida. Están bien cubiertos. Cuando se toquen, habrá mucho ruido y mucho
polvo, pero no correrá la sangre.
—Dicen que la punta de las lanzas está embotada para hacerla inofensiva, dama Rosalind. ¿Es
verdad? —le pregunté, con una voz que intenté que fuera frme.
—En las Highlands no, mi señora. Las armas nunca están embotadas aquí. Los highlanders no
las llevarían. Es contrario a su modo de entender el combate, con o sin torneo —me respondió en
tono tranquilo.
Un grito de la multitud me devolvió a la justa. Ruad había sido desmontado por su adversario y
se ponía en pie penosamente, sin escudo ni lanza, con la armadura sucia. Alzó la visera y, con un
gesto lento y noble, vuelto hacia el estrado, saludó en dirección a Iain. El ganador se acercó al
trote y fue a saludar a su dama inclinándose sobre el cuello de su caballo. Los dos combatientes
salieron de la liza entre aplausos, mientras se presentaban los que iban a seguirles.
Durante toda la tarde continuaron las justas entre los representantes de Mallaig y los de otros
miembros del clan MacNéil o de mi familia, incluidos los dos hombres que había traído consigo el
teniente Lennox. No llevé la cuenta de los ganadores y los perdedores, y hasta más tarde no supe
que, de los dieciocho combates de aquel día, once habían sido ganados por los representantes de
Mallaig. Espié las reacciones de Lennox y vi con satisfacción su sonrisa respecto de los dos
combatientes por la familia Keith, que mordieron el polvo al primer asalto.
Las justas, con su secuencia repetitiva, me cansaron muy pronto, pero en cambio los
preámbulos y las salidas me cautivaron. En efecto, los favores confesados entre combatientes y
damas me interesaron enormemente. Las miradas que dirigí a mi alrededor me hicieron
comprender muy pronto que no era la única en interesarme. De la sección de las damas brotaban
murmullos como un enjambre de abejas cada vez que un combatiente venía a declamar el nombre
de la dama de la que reclamaba el ttulo de servidor. Algunos mostraban en público un pañuelo o
una cinta que la elegida le había confado como prenda. Me estremecí al pensar en esas
devociones declaradas y no pude dejar de pensar en lo que habría sentido si Iain hubiese por
testigo del amor que me tenía a todo el público de un torneo.
Habían reservado a Tòmas para la última justa, y me sobresalté al oír su nombre. Casi había
olvidado su participación. Su adversario era el caballero Dùghall del loch Morar. «Qué extraño»,
pensé. Sin podérmelo explicar, no habría imaginado otro oponente para Tòmas que un hombre del
to Aindreas. A excepción del color del fondo de los escudos, azul para los MacNéil de Mallaig y
púrpura para los MacNéil del loch Morar, los blasones eran los mismos para los dos combatientes.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 187
Dùghall hizo caracolear su caballo dos veces antes de reclamar en voz alta el favor de Thora, la
hija de Aindreas. Todas las miradas convergieron en ella, que, roja por la confusión, desanudó las
puntas del largo chal verde que le cubría los hombros, y lo arrojó luego a los pies de la montura
del caballero, a guisa de conformidad. Dùghall la saludó con una inclinación de cabeza y marchó a
su lado del ruedo.
Tòmas hizo avanzar al paso a su montura hasta el estrado, y la detuvo delante de mí. Me
estremecí. Mis manos estaban frías, y solté las de Rosalind. Me sent hipnotizada por la actitud
rígida y silenciosa del primo de Iain. Todo el público guardó silencio, a la espera de la declaración
del nuevo caballero por una dama. Fue entonces cuando vi una cinta blanca atada a su guante
derecho. Tòmas no dijo nada. Se inclinó sobre el cuello de su caballo, vuelto hacia mí, luego se
irguió y espoleó a su montura para dirigirse al trote al extremo derecho de la liza.
Yo estaba roja de confusión y sorprendí las miradas desconcertadas de las damas. No me
atrevía a apartar los ojos del extremo del terreno en el que se habían quedado fjos. Apenas oí la
trompeta que anunciaba el asalto. Cuando pude rehacerme, miré furtivamente de reojo a Iain.
Cuál no fue mi sorpresa al ver que sonreía mirando en mi dirección. Al observar con más atención
sus ojos azules, descubrí que estaba mirando a Jenny, colocada detrás de mí, y comprendí de
pronto que Tòmas justaba por el corazón de la muchacha, y que su saludo no había estado
destinado a mí. Me obligué a mí misma a no volverme en el asiento para observar a la que
acababa de nombrar mi acompañante.
—Parece que os estáis divirtiendo mucho, querida —susurró Rosalind, que me hizo sobresaltar
—. Nuestro nuevo caballero posee un encanto tan increíble que consigue, a saber cómo, que se
transparente a través de su armadura de hierro. Deseémosle buena suerte...
No pude dejar de echarme a reír ante aquella observación. Cuando volví a dedicar mi atención
a lo que sucedía en la lucha, había tenido lugar un primer cruce de lanzas sin que ninguna
alcanzara su objetivo. Al segundo asalto, Tòmas arrancó con un segundo de retraso y su montura
hubo de dar menos zancadas para llegar a la altura de su adversario. Su lanza golpeó el escudo de
Dùghall con un ruido sordo, y lo desequilibró por un instante. Un tropiezo del caballo desplazó al
jinete a la parte exterior de la silla, y le hizo soltar la lanza. Tòmas, que se había vuelto, interpeló a
Dùghall al tiempo que dejaba caer al suelo su propia lanza:
—¡Dùghall, a la fuerza del brazo!
Rosalind se inclinó a mi oído y dijo:
—¡Ha sido generoso! Tòmas ofrece seguir la justa, que le pertenecía por haber desarmado a su
adversario... Dùghall no debe de creer en su suerte, y Aindreas tiene que estar muy satisfecho.
Vi que los dos caballeros hacían girar sus monturas la una contra la otra, buscando aferrarse
sólo con su brazo derecho. Luego, después de algunas vueltas, soltaron brida y escudo, se
cogieron de las dos manos y tiraron con todas sus fuerzas para hacerse caer. Me pareció que
Dùghall no había hecho una buena presa, y sus manos resbalaron sobre la cota de Tòmas.
Aprovechando la ocasión, Tòmas dio una fuerte sacudida que arrojó al suelo a su adversario. Salté
de mi asiento al mismo tiempo que buena parte del público, y uní mi voz al torrente de
aclamaciones que acogió el resultado del último combate.
Tòmas se descubrió, y colocó su yelmo bajo el brazo. Sus cabellos rubios pegados al cráneo
brillaban al sol como un casco dorado. Hizo un saludo con la cabeza en dirección a Iain, y luego

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 188
otro en mi dirección y la de Jenny, detrás de mí. Miré por encima de mi hombro para verla, y al
hacerlo vi más lejos a Lennox. Su rostro tenía una expresión indescifrable, y su mirada estaba
clavada en Thora, a la altura de su garganta, de la que colgaba una cruz dorada que yo no había
visto cuando se quitó el chal para lanzarlo a su justador. «¿Qué le pasa para mirar de ese modo a
la hija de Aindreas?», pensé un instante antes de adelantarme, llevada por el movimiento
unánime de todas las damas, que abandonaron el estrado en ese momento.
Tan pronto como hube bajado, apareció Ceit, sobreexcitada, que había visto parte del torneo
con Nellie y Màiri, desde el nivel del suelo, en el pasillo exterior de la liza. Bran plantó las patas en
mi falda, ladrando, y Rosalind vino a tomarme del brazo para llevarme al patio del castillo. Jenny
había desaparecido, sin duda para ir a la tienda de los combatientes, en la que vi entrar a Iain
detrás de su primo. Una última mirada en aquella dirección me informó de que Lennox lo seguía
de cerca.
Iain MacNéil estaba satisfecho a más no poder del torneo en su conjunto, y en particular de la
justa realizada por su primo: «¡Decididamente, Tòmas tiene sentido del espectáculo!», se dijo
mientras entraba en la tienda. Antes de que llegara al círculo de escuderos que rodeaban a Tòmas
y lo ayudaban a desprenderse de la armadura, lo abordó el teniente Lennox:
—Mi señor —le dijo con voz tensa—, ¿podríais concederme una entrevista a solas... fuera?
Sin dudar, Iain inclinó afrmativamente la cabeza y siguió al hombre, que se abrió camino hacia
la salida con paso rápido. Cuando estuvieron lejos de los oídos y las miradas, Lennox comunicó al
joven jefe su descubrimiento: la cruz que llevaba al cuello la hija de Aindreas era la misma que
estuvo guardada en el cofre de Nathaniel Keith, el regalo de bodas del to Carmichael a Gunelle.
—No puedo equivocarme, mi señor —afrmó Lennox—. Reconozco esa cruz de oro. Examinadla
bien cuando tengáis ocasión. Veréis que es un trabajo de orfebrería francés, caracterizado por la
ausencia de círculo central como el que llevan las cruces celtas.
—Sin duda tenéis razón, Lennox. El cofre fue a parar a las manos de mi to, y desde hace un
momento, para mí el asunto no ofrece dudas. Puede que esa cruz sea la prueba que necesitaré,
pero todavía no he decidido la manera en que intervendré en este tema. No deseo hacer
acusaciones ahora, de modo que os pido que no digáis ni hagáis nada. Cuando llegue el momento
de tener vuestro apoyo, os lo haré saber.
Antes de separarse de él, Iain dio de nuevo las gracias a aquel hombre de su suegro, que
parecía cada vez más consagrado al servicio de Mallaig. Se acercó a Tòmas y a los caballeros que
habían llevado sus colores en el torneo, y los felicitó calurosamente por la justa, tanto si habían
resultado ganadores como perdedores. Los escuderos no se hicieron repetir dos veces la orden de
abrir un barril de uisge-beatha a la salud de los justadores. Dòmhnull y Tòmas iban del brazo,
felicitándose alegremente. Iain sintió un gran regocijo al verlos tan compenetrados. Como también
se debía a sus invitados, salió pronto de la tienda y se dirigió al patio del castillo, donde se habían
servido los refrescos.
Una ojeada le bastó para ver que su to Aindreas y el sherif Darnley estaban tramando algo. Los
dos hombres hablaban aparte, con el hanap en la mano, y se separaron en cuanto lo vieron entrar.
El joven jefe fngió no darse cuenta de la maniobra y se dirigió directamente al grupo de su esposa.
Le esperaba otra recepción a la hora de la cena, y quiso asegurarse de que ella estaba en
disposición de desempeñar el papel de anftriona. La sonrisa radiante con que fue recibido, el

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 189
color fresco de su piel, la ausencia de cofa y de velo en su garganta, le confrmaron de modo
elocuente que ella se encontraba perfectamente y que disfrutaba de la festa.
—Mi señor —exclamó, tendiéndole la mano—¡qué jornada inolvidable nos habéis ofrecido a
todos! Me permito agradecéroslo, en nombre de todos los invitados.
Las damas y los señores que les rodeaban repitieron las palabras de la castellana, y cada uno de
ellos quiso expresar personalmente su alegría al señor de Mallaig. Iain se había apoderado de la
mano de su esposa y le estrechó los dedos con cariño mientras escuchaba encantado los
parabienes que ella había encabezado.
Algo mareado por los elogios que le dedicaban y por el uisge-beatha que había bebido en
abundancia, Tòmas acabó por acercarse a la joven Jenny y la llevó aparte sin hacer caso de la
vergüenza, que ella mostraba. Sacó la cinta blanca del cuello de su camisa y se la tendió,
reclamando su favor:
—Te recuerdo que he ganado la justa, y por consiguiente reclamo la prenda. Tú me diste la
cinta, y yo la acepté. —Sujetándola por la cintura, murmuró—: Me debes un beso, Jenny...
—Mi señor —dijo ella, confusa—, no tengo intención de negároslo, pero...
El resto de la frase fue ahogado por los labios ávidos de Tòmas. Con una mano torpe, buscó los
lazos de su corpiño. Ella consiguió soltarse a duras penas y retrocedió varios pasos, agitada.
Tòmas, confuso, se quedó mirándola.
—¿No quieres besar a un caballero, Jenny? Me había parecido que estabas esperando el
momento de la investidura... —comentó.
—Os burláis de mí, mi señor. Un caballero actúa por honor, y lo que esperáis de mí no tiene
nada que ver con el honor. ¿Os comportaríais así con una de las damas jóvenes que se encuentran
en este patio? Lo dudo. Pero yo no soy más que una sirvienta, y vuestro honor de caballero no
está en juego —le contestó ella, con lágrimas en los ojos.
Escapó tan aprisa que Tòmas no tuvo tiempo de reaccionar. Cabizbajo, volvió a la festa dolido
por haber cometido un error imperdonable. ¿Cuál? ¿El hecho de haber reclamado su favor? ¿La
manera como lo había solicitado?
«El corazón —pensó—, miserable. No he hablado de mi corazón, al que nada le importa que
ella sea una sirvienta... ¡Qué imbécil soy! ¡Ah, Jenny!»
Los festejos acabaron muy tarde aquel 24 de junio de 1425 en Mallaig. Después de un banquete
tan copioso como el anterior, los invitados tuvieron el inmenso placer de oír cantar a la castellana,
sentados al claro de luna en el patio. Los acentos del violín y del pìob ascendieron largo tiempo
hacia las estrellas, ahogados únicamente por el ruido de la pleamar golpeando el acantilado, ya
avanzada la noche.
El señor Iain acompañó a su esposa cuando ella expresó el deseo de retirarse, y cargó en brazos
a su hija rendida por la fatiga. Cuando cruzaban el portal del torreón, se acercó a ellos el sherif
Darnley:
—¡Qué perfecta velada, mi señor! —dijo, con voz pastosa. Y mirando a Gunelle, continuó—:
¡Qué día tan agotador para vos!... Hacéis bien al iros ahora a descansar. Necesitaré vuestros
servicios, mañana por la mañana...

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 190
—¿Por qué motivo, os lo ruego? —preguntó con sequedad Iain, que rápidamente se había
puesto en alerta.
—Por los libros, evidentemente —respondió el sherif, en tono burlón—. Hay un punto que
querría verifcar... una suma que no aparecía en el mes de enero cuando comprobé el estado de
vuestras fnanzas con Saxton... o tal vez con la dama Gunelle... No recuerdo cuál de los dos llevaba
los libros en el momento en que tuvo lugar el ingreso de esa cantidad.
Muy asombrada, Gunelle iba a responder, pero su marido se lo impidió:
—Dejadlo, mi señora. Veremos eso mañana. Estoy seguro de que el sherif no espera resolver
ese punto esta noche, ¿no es así, Darnley?
—Por supuesto. Os deseo buenas noches, dama Gunelle, y a vos también, mi señor —respondió
el sherif, y esbozó una caricia en la mejilla de Ceit, que Iain le hurtó dándole la espalda.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 191
Capítulo 14

El complot
Aunque estaba agotada, no pude conciliar el sueño, preocupada por esa historia de una suma
ingresada que no aparecía en los libros de la propiedad. Iain me había acompañado hasta la
puerta de nuestra habitación y me dejó en manos de Màiri para mi aseo nocturno. Se llevó a Ceit a
la habitación vecina, con Nellie, y debió de volver directamente al patio, porque no volví a verlo
hasta mucho más tarde, después de la marcha de nuestros invitados.
Yo había pedido a Màiri que dejara un candelabro encendido. Las velas ardían aún cuando oí
que entraba Iain. Me acerqué al borde del colchón y miré a través de las cortinas. Lo vi
desabrochar el cinturón de su claymore, que contempló un instante antes de dejarla. Tenía
aspecto contrariado.
Cuando, ya desnudo, se acercó a soplar las velas, vio mi cara vuelta hacia él y mis ojos, que lo
examinaban.
—Lo sé, mi señora, te haces preguntas —me dijo, al tiempo que se deslizaba a mi lado—. Yo
también me las hago, pero tengo una ligera idea de las respuestas. La suma a la que se refería
Darnley hace un rato fue pagada en enero a mi padre, pero nunca llegó a Mallaig, lo que explica
que no se mencione en nuestros libros. —Adivinó más que vio mi aire interrogador, y,
rodeándome con sus brazos, me invitó a dormir—: La cosa no está muy clara, pero no pienses en
eso. Hablaremos mañana, amor mío. Ahora, duerme bien...
—¡Cómo! —exclamé yo—. No creerás que voy a tranquilizarme tan sencillamente, mi señor.
Has empezado a hablar de una historia relacionada con los libros y tienes que acabarla ahora
mismo, porque, si no, no podré dormir...
Había pasado una pierna sobre su cuerpo y estaba, furibunda, encima de él, con las manos
apoyadas en el colchón, a uno y otro lado de sus hombros, y mi vientre pegado al suyo.
—¿De verdad? —murmuró él, y empezó a besarme los senos con fruición.
No pude reprimir una sonrisa al verlo hacer aquello. «¡Qué hombre! —pensé—. Por lo menos,
ya no está enfadado.» Seguí su juego, y me deslicé suavemente sobre él, obligándolo a soltar la
presa. Sus labios cambiaron mi pecho por el cuello. Cuando mi boca llegó a la altura de la suya, lo
besé con ardor. Sent que la piel de sus brazos se estremecía. Sin aliento, aprisionó mi rostro entre
sus manos y, jadeante, murmuró:
—Déjame, mi señora, o tampoco yo podré dormir...
En efecto, tardamos mucho en dormirnos, aquella noche. Después de haber hecho el amor
alegremente, me contó con detalle todo lo que sabía de aquel increíble asunto relativo al primer
pago de mi padre en conformidad con el contrato de matrimonio: la ayuda del teniente Lennox,
las dudas sobre el to Aindreas, el contenido del cofre, incluida la cruz de oro del to Carmichael
que ahora colgaba del cuello de Thora. Comprendí por fn la actitud enigmática de Lennox en el
torneo, y la no menos extraña de Aindreas y de su esposa durante todo el día. Me sent
consternada. «¿Cómo voy a poder dormir después de esas revelaciones? —pensé, y me acurruqué
contra el cálido cuerpo de mi marido, que se había dormido después de vaciar su corazón—. Es
culpa mía —me dije—. Él ha intentado ahorrarme una noche en blanco, pero mi curiosidad ha
podido más.»

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 192
Al recordar cómo me las había agenciado para hacer que me lo contara todo, sent un delicioso
escalofrío de placer. Y así fue como caí fnalmente en un sueño profundo.
Al día siguiente, en cuanto acabó el ofcio, nos retiramos al despacho con Darnley. Iain había
traído el libro de cuentas y lo abrió sobre la mesa del sherif, con aire de desafo. Yo me senté
frente a él y esperé a que me interrogara. Darnley, que no parecía muy en forma, pasó varias
páginas en silencio, en busca de la información controvertida.
—Dama Gunelle, ¿podéis indicarme las entradas del mes de enero? —me dijo al cabo de un
momento—. No entiendo la datación de Saxton.
Tomé el libro, lo giré en mi dirección y lo hojeé a mi vez, durante unos instantes. Encontré con
facilidad la página en la que había empezado mi servicio de escribana, y volví a colocar el libro
frente a él, abierto en lo que debían de ser las primeras entradas del mes de enero. Él deslizó a lo
largo de las páginas su dedo rechoncho, buscando una cantidad. Iain no había despegado los
labios desde el principio, y se había situado detrás de mí, de pie. El sherif empezó a recitar en voz
alta una columna:
—Semillas de mijo, Manas el Rojo, tres chelines; cincuenta libras de sal, MacLeod de Harris,
setecientos cincuenta chelines; veintitrés libras de arenque ahumado, MacNéil del loch Ness,
quince chelines... —Sin levantar los ojos de la página, preguntó—: ¿De qué montante estamos
hablando, mi señor? ¿Un centenar de libras, si no me equivoco?
—Ciento veinte —dijo Iain entre dientes.
—Veamos: doce chelines, cuarenta, cinco, sesenta y siete, cincuenta y cinco chelines... No hay
ningún total superior a una libra hasta esta entrada fechada en abril: yegua de tres años, ocho
libras, mariscal de Kyle —siguió diciendo Darnley—. ¿No es así, dama Gunelle? ¿Es ésta vuestra
letra? —Cerró el libro de golpe sin esperar mi respuesta, y continuó—: Entonces, MacNéil...
¿habéis recibido o no el primer pago de los derechos de tala?
Iain se puso a pasear por la habitación, complaciéndose en hacer esperar al sherif.
Sent que mi rostro enrojecía poco a poco de confusión.
Iain y yo no habíamos discutido la posición que habíamos de adoptar. Yo sabía que él quería
preservar la unidad del clan ante todo, y que aborrecía al desagradable representante del rey.
Dudaba sobre si sería más conveniente declarar el robo de la suma y abrir una investigación en el
seno del clan, o disimularlo y no dar ninguna explicación sobre su falta de inscripción.
Me estremecí al oírle hablar desde el otro extremo del despacho, después de un silencio
interminable.
—Ni mi padre ni yo después de su fallecimiento hemos recibido la suma en cuestión. He sabido
que Nathaniel Keith la envió, pero la bolsa ha debido de perderse en el camino. Esa es la razón por
la que ni Saxton ni mi esposa la han inscrito en nuestros magros ingresos de este invierno. —Se
acercó al sherif tanto que el pomo de la claymore lo tocaba, y añadió—: Darnley, no tengo por
costumbre perder lo que me pertenece. Encontraré esa suma y estoy dispuesto a inscribirla ahora
mismo, de forma que mis libros estén conformes con los de mi suegro. Por supuesto, pagaré el
impuesto sobre esas ciento veinte libras, junto al resto de mi contribución a la Corona. ¿Le
convendrá eso al rey de Escocia?
—Esperémoslo, mi señor —respondió con sequedad el sherif—. En lo que a mí respecta, una
entrada de dinero fcticia después de la verifcación de los libros sigue siendo el indicio más

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 193
habitual de una malversación. Así pues, os aconsejo con todo fervor que encontréis el pago de
vuestro suegro antes de mi marcha a Stirling, dentro de quince días.
Sin pronunciar palabra, ni saludarlo siquiera, Iain se apoderó del libro con una mano y de mi
brazo con la otra, y salimos precipitadamente del despacho, como había visto hacer a tantos
secretarios que no habían recibido el visto bueno del sherif para sus amos.
Mi marido temblaba de ira contenida, y yo evité comentar de inmediato nuestra entrevista con
el sherif. Me dejó en la gran sala para el desayuno, y enseguida me vi acaparada por Ceit, que me
esperaba.
Me di la vuelta justo a tiempo de verlo desaparecer por la escalera que llevaba a los pisos altos,
con Eran a sus talones. No volví a verlo en toda la mañana.
Al abrir los ojos ya avanzada la mañana, Tòmas reprimió una mueca de disgusto. Paseó una
mirada huraña por la habitación, en la que no había tocado nada desde cuando dormía su primo
allí. «Vaya un lamentable caballero estoy hecho», pensó al repasar la velada de la víspera. Se había
acostado sin desvestirse, en un estado de borrachera considerable, y no recordaba con mucha
claridad los acontecimientos que habían puesto fn a aquel día de San Juan, la jornada bendita de
su investidura y de su victoria en el torneo. El rostro de Jenny empapado en lágrimas era la única
imagen clara que permanecía en su memoria.
Se levantó penosamente de la cama, luchando contra el tornillo que le apretaba las sienes.
—¡Porquería de uisge-beatha! —murmuró.
Examinó con desprecio por sí mismo el sucio jubón del que sobresalía, en el cuello, una
pequeña cinta que había sido blanca.
Cuando entró en la gran sala, Dòmhnull lo recibió con la sonrisa abierta de un padre delante de
las calaveradas de su hijo.
—Nuestro caballero se ganó ayer las espuelas —le dijo—, ¡pero me parece que les ha sacado
brillo a base de uisge-beatha!
La observación provocó las carcajadas de los otros tres caballeros presentes. Tòmas dirigió una
mirada desanimada al grupo y se dejó caer sobre un taburete.
—No lo tomes a mal, Tòmas —le dijo con calma Dòmhnull después de tomar asiento a su lado
—. No es nada más que una pequeña castaña muy merecida, que de ninguna manera puede
manchar tu honor. Para tranquilizarte, te diré que los lairds se emborracharon tanto como tú, y
que todos tuvieron difcultades para montar a caballo en el momento de marcharse del castillo.
—Todos salvo el to Aindreas, supongo —farfulló Tòmas.
—Tienes razón. Ahora que lo pienso, es verdad que estaba muy sereno. ¡Ah, ya ves! No estabas
tan borracho como parecías, ayer. Vamos, muchacho, hoy no hay clase. Los niños tienen festa.
Ven a pasar el día al cuerpo de guardia. Jugaremos a los dados. Dicen que un campeón se ve
favorecido por la fortuna al día siguiente de la victoria. ¡Tendrás que demostrárnoslo!
Dicho lo cual, Dòmhnull se puso en pie y esperó de buen humor a que su protegido lo imitara.
Tòmas no se senta con ganas ni con fuerzas para oponerse, y se levantó también. «No debo
cruzarme con Jenny hoy», pensó mientras seguía a Dòmhnull por el pasillo que conducía al cuerpo
de guardia.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 194
El joven escudero cinchaba el caballo de Iain con una mano torpe. El rostro severo y las órdenes
secas del amo lo ponían nervioso. Desde hacía varios meses, no estaba en las costumbres de Iain
MacNéil incurrir en arrebatos de malhumor con la servidumbre. Sin embargo, aquella mañana
abroncó a su escudero sin ninguna razón seria. El joven se senta desamparado y acumulaba un
error tras otro. Suspiró de alivio cuando el amo salió por fn de la caballeriza y se lanzó al galope
por el puente levadizo, con el gran perro en su estela.
Iain recorrió la landa en dirección a los altiplanos del oeste, rodeando los campos y los rebaños
que pacían. No dirigió la palabra a nadie y se contentó con una breve inclinación de cabeza en
respuesta a los saludos que le dirigían sus siervos. «No hay nada como cabalgar solo para
refexionar», se dijo, y exigió más a su montura ya empapada de sudor. El cielo estaba cubierto de
nubes aborregadas que una brisa viva arrastraba desde las islas hacia las montañas boscosas.
Cuando hubo alcanzado un punto descubierto en el límite del bosque, desde el que se abría una
amplia vista del puerto y del castillo, se detuvo y echó pie a tierra. Bran, acalorado y con la lengua
colgando, fue a acostarse a su lado. Iain se agachó sobre sus talones y acarició la cabeza del perro.
Con los ojos fjos en su pelaje rojo, concentró su atención en los ruidos que lo rodeaban. El viento
en la copa de los árboles se mezclaba con el repiqueteo lejano de los martillos de los carpinteros
que se ocupaban de desmontar la liza y el estrado, Iain suspiró con tanto vigor que Bran se alzó
sobre sus patas y fue a hurgar con su hocico húmedo en el escote abierto de la túnica de su amo.
«¿Dónde encontraré las noventa y dos libras que me faltan —dijo en voz alta—. Las
reparaciones del castillo casi han vaciado los cofres de Mallaig... ¡Maldita guerra! ¡Bandidos de
Cameron! ¡Infame Aindreas!»
Se levantó y paseó una mirada amarga por el horizonte.
«Sobre todo, no pedir nada prestado a mis lairds. Tengo que solucionar esta historia con mi to
sin que se enteren. Es el precio que hay que pagar por un clan unido. Pero ¿quién me prestará
semejante suma en tan sólo quince días?»
—¡Mi padre, Iain! —respondió su esposa cuando él le contó sus refexiones, aquella noche—.
Estoy segura de que, si se lo pido yo, no me lo negará. Vamos, mi señor, el dinero escasea. Sólo un
rico comerciante como mi padre puede reunir una suma tan grande con tanta rapidez. No
tenemos por qué mencionar el motivo del préstamo. Te lo ruego, déjame intentarlo por ese lado.
Iain habría preferido mantener a su suegro al margen de todo aquello, pero se vio obligado a
reconocer que no conseguiría presentar ciento veinte libras al áspero sherif Darnley si nadie venía
en su ayuda. ¿Por qué no podía ser Nathaniel Keith? A regañadientes dio permiso a Gunelle para
escribir a su padre. La carta fue confada a Tòmas al día siguiente.
El joven caballero partió con tres hombres, entre ellos Dòmhnull, que parecía no querer
separarse más de él. Mientras la reducida tropa se alejaba de las murallas bajo una fna llovizna,
Jenny los observaba desde una ventana del torreón, con el corazón lleno de dudas. El señor Tòmas
no había intentado verla después del día de San Juan. Sus esperanzas de recibir excusas por su
conducta se habían desvanecido defnitivamente.
«¿Qué tendría que reprocharse un señor en su trato con una sirvienta? —se decía—. ¿No
estamos aquí precisamente para darles gusto en todo? —Pero algo en su interior le gritaba lo
contrario. ¡En Mallaig, no!—. Ya no en Mallaig, desde que tenemos a nuestra castellana...»

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 195
Yo estaba en clase, sustituyendo a Tòmas en las lecciones de aritmética, cuando vinieron a
anunciarme su regreso. Los quince últimos días habían sido tensos en el castillo. Iain estaba
silencioso y se esforzaba por reprimir una cólera sorda que tenía tendencia a agravarse cuando se
encontraba en presencia del sherif. Como le resultaba difcil interesarse por otra cosa distinta de
su preocupación principal, aplazamos su instrucción y yo dediqué algunas de mis mañanas libres a
los niños.
La joven Jenny, que cada vez más me acompañaba en las clases, tenía muy buena mano con los
críos, y los dejé a su cuidado antes de precipitarme, con el corazón desbocado, por el pasillo que
llevaba al torreón. Nunca había dudado de la ayuda de mi padre mientras duró la ausencia de
Tòmas, que ahora me traía su respuesta. Llegaba en un momento oportuno, porque el sherif
había anunciado su marcha para el día siguiente. Al llegar al portal, tropecé con Iain y su primo,
despeinado y cubierto de polvo. Los dos hombres me miraron con ojos en los que brillaba la
impaciencia.
—¡Tòmas, por fn! —exclamé tomándole las manos—. Nunca un correo de mi padre habrá sido
más esperado en Mallaig.
Mi marido, en vilo, paseó su mirada a nuestro alrededor y nos llevó al piso alto, a nuestra
habitación, para que su primo nos informara del resultado de la misión. Mientras subíamos la
escalera, Iain intentó calmar la excitación que me dominaba.
—Recuerdo una carta de tu padre que mi padre y yo mismo esperábamos con la mayor
impaciencia, aunque mi padre esperaba una respuesta afrmativa, y yo, una negativa... —me
contó, con una sonrisa traviesa.
Me sorprendió su tono despreocupado y casi divertido. Pensé en lo que acababa de decirme y
me ruboricé al comprender que se refería al consentimiento de mi padre a la oferta de
matrimonio hecha por el señor Baltair para su hijo. Le miré de reojo y vi que observaba mi
reacción con una sonrisa en los labios. Al entrar en la habitación, se inclinó a mi oído y me susurró:
—Si se repitiera la ocasión, conociéndote como te conozco ahora no esperaría la respuesta,
sino que iría yo mismo a buscarla y exigiría que fuera afrmativa. —Miró a su primo, que había ido
a sentarse a la mesa de trabajo y se desabrochaba el jubón, y añadió—: Roguemos porque ésta lo
sea...
Tòmas estaba agotado. Con aire cansado, sacó la carta y me la tendió murmurando:
—Encantadora familia la vuestra, dama Gunelle. —Yo me apoderé del pliego y lo rasgué con
torpeza, con los dedos como entumecidos por la emoción que senta. Vi que Tòmas sacaba otras
dos cartas, que colocó en la mesa frente a mí, diciendo—: De vuestra madre y de vuestra hermana
Sybille.
Enseguida se puso en pie y se dirigió a la puerta. Mi marido, decepcionado al ver que no
aparecía ninguna bolsa, le tomó del brazo al pasar y le dio las gracias por la diligencia y la
discreción con las que había desempeñado su misión.
Miré la carta, muy breve, de mi padre y no pude dejar de recordar las largas misivas que me
enviaba cuando yo estaba en Francia. En aquel tiempo yo era su pequeña benjamina y senta por
mí un tierno afecto. ¿Es que hoy iba a quedar desmentido ese afecto, porque yo era ahora una
mujer casada con un highlander, «el menos salvaje» que habían conocido nunca?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 196
Leí la respuesta de mi padre en voz alta. No era ni positiva ni negativa. No adelantaba más que
la mitad de la suma, y nos la haría llegar a través de Lennox en los próximos días, aprovechando la
entrega de un pago al clan MacPherson por los derechos de paso por sus tierras. Las cuarenta y
seis libras serían deducidas del segundo pago por nuestros derechos de tala, que tendría lugar al
fnal del verano, cuando toda la madera cortada hubiera salido del bosque. Terminaba su carta con
votos de buena salud para mí y para el niño que crecía en mi seno. Ni una palabra para Iain,
ninguna noticia del resto de la familia.
Cuando acabé la lectura, levanté la mirada hacia Iain. Se había sentado en un taburete y tenía la
cabeza entre los brazos apoyados sobre los muslos. Le oí exhalar un profundo suspiro y murmurar:
—Cuarenta y seis libras, es demasiado poco y demasiado tarde...
Tomé el taburete que había dejado Tòmas y lo arrimé al de Iain. Me senté, rodeé la espalda de
mi marido con mi brazo y apoyé la mejilla en su espalda encorvada.
—Estoy desolada, amor mío —le dije en voz baja—. De verdad creía que mi padre podría
disponer de esa suma de forma inmediata y entregarla a nuestro correo. Ahora habrá que esperar
que el rey mantenga su confanza en los MacNéil y no dude de nuestra buena fe.
—Mucho me temo que eso no baste —dijo, irguiéndose—. No es previsible que Darnley
presente a la Corona de forma favorable las cuentas de Mallaig. —Me dirigió una sonrisa apenada
y añadió—: Te lo ruego, lee las otras cartas, mi señora. ¡Estoy seguro de que serán más divertidas!
Le devolví la sonrisa y me dediqué a leer mi correo. Iain fue hasta la ventana y allí se quedó,
pensativo, durante todo el tiempo que duró mi lectura. Las cartas eran breves y habían sido
escritas con prisas. Mi madre me felicitaba por el embarazo y lamentaba la marcha de Crathes de
Sybille y su familia. Mi cuñado había comprado una gran mansión en Aberdeen y se instalaría allí, a
fnales del verano, con mi hermana y sus hijos. Se hablaba mucho de la casa en la otra carta, la que
me escribía Sybille. Entre líneas percibí, sin embargo, un reproche en relación con nuestra
correspondencia, y eso me recordó que el cofre robado en enero guardaba una carta suya.
El silencio que Iain exigía sobre todo aquel asunto empezaba a resultarme muy pesado.
Lamenté más amargamente aquel correo de Crathes perdido que la cruz del to Carmichael. Me
irritaba sobre todo la idea de que esas cartas se encontraban en manos extrañas, en el loch Morar.
«¿Es que hay alguien siquiera allá abajo que sepa leer el scot?», me pregunté, indignada.
Me sobresalté al oír la voz de Iain, que salía de una larga meditación.
—Todavía puedo intentar una cosa, por mucho que me repugne el hacerlo. Encontrar el dinero
en casa del ladrón... si no lo ha gastado ya en regalos a los lairds y a sus mujeres el marzo pasado,
o en armar caballeros.
—¡Iain! —exclamé—. ¿Cómo puede haberse atrevido a tanto el to Aindreas?
Pero, al mismo tiempo que rechazaba aquella idea monstruosa, sabía que mi marido había
juzgado bien los motivos de su to. Sin decir nada, lo observé mientras revolvía entre las ropas de
su cofre, se desvesta y se ponía un traje de caza de cuero negro. No necesitó decirme dónde
pensaba ir y lo que se proponía hacer. Un escalofrío de miedo me recorrió la espalda al oír el
entrechocar de su claymore con la cota de malla cuando se abrochó el cinturón a las caderas, y
deseé desde el fondo de mi corazón que no fuera solo al loch Morar a pesar del secreto que se
empeñaba en mantener sobre aquel asunto.
Al cruzar el patio y pasar delante del cuerpo de guardia, Iain cambió de idea.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 197
—¡Bran, quédate! —ordenó a su perro, que iba detrás de su montura. Hizo una seña al
caballero Eachann, que estaba asomado a una ventana.
—¿Mi señor? —dijo éste cuando estuvo delante de su joven amo.
—Voy al loch Morar por un asunto, me gustaría que me acompañaras —le dijo Iain en voz baja
—. ¡Date prisa! Te espero allá arriba —concluyó, señalando los altiplanos con la cabeza.
El tiempo húmedo y pesado ponía nervioso a su caballo. Del lado del mar, el cielo aparecía
tormentoso. «Habrá tempestad en las islas», pensó Iain con la mirada fja en el horizonte,
mientras esperaba a Eachann. Sus pensamientos derivaron naturalmente hacia la isla de Skye y su
cuñada. Iain sabía que la amenaza de muerte que él había proferido la víspera de su marcha le
impediría volver a Mallaig, pero eso no signifcaba que se quedara en su isla ni que renunciara a
vengarse. Él sabía que el sherif Darnley había seguido en contacto con ella y temía que la ayudara,
si ella se lo pedía. Una arruga ensombreció su frente. Era hábil para defenderse de un enemigo,
cuando éste era un hombre.
«Y yo que pensaba que no iba a tener más problemas con las mujeres. Beathag es capaz de
superar a mi madre si se propone envenenar mi vida, incluso a distancia», pensó, con amargura.
Hizo dar la vuelta a su caballo en cuanto vio a Eachann galopar en su dirección y se adentró en
el bosque que limitaba con el altiplano por el norte. Cuando su caballero se hubo reunido con él,
lanzó su montura al galope. Los dos hombres recorrieron en silencio toda la distancia que los
separaba del loch Morar.
Iain se había planteado varias formas de abordar el robo con Aindreas y estaba preparado para
todas las reacciones posibles, pero no para la ausencia de su to. Cuando su ta le informó de que
su marido había salido de caza con sus halcones, Iain se sintió frustrado. Pero cuando ella añadió,
con una sonrisa perversa, que Beathag lo acompañaba, se sintió francamente irritado. Abrió los
ojos, asombrado, y dejó escapar:
—¡Beathag! ¿Aquí?
—¿Y por qué no, Iain? —respondió ella con toda tranquilidad—. Somos libres de recibir a quien
nos parezca, incluso a una persona repudiada por el jefe del clan MacNéil. Beathag MacDougall es
una gran amiga mía, y nosotros lamentamos que tu esposa no haya conseguido entenderse con
ella en Mallaig, porque no cabe ninguna duda de que ha sido la dama Gunelle quien te ha pedido
que la echaras. —Dirigió una mirada de través al rostro estoico de su interlocutor—: Confeso que
puede resultar molesto tener bajo el mismo techo a la esposa y la amante...
—Beathag no es mi amante, ta, os diga lo que os diga. Y habéis de saber que mi esposa nunca
ha pedido la marcha de la viuda de mi hermano —rugió Iain al tiempo que se ponía en pie para
despedirse—. Al contrario, creo que se habría dejado amenazar por ella antes que pedirme que
interviniera. Si Beathag hubiera controlado sus celos, todavía estaría charlando en la gran sala de
Mallaig. ¡Buenas tardes, ta!
Iain salió, furioso. Si le había resultado difcil quitarse de encima la etiqueta de asesino de
Alasdair, más aún iba a resultarle hacer desaparecer la de amante de su viuda. Se reunió a largas
zancadas con Eachann en el patio y montó su caballo. Inquieto por su aire contrariado, el caballero
no pudo retener una pregunta:
—¿Dónde vamos ahora, mi señor?
Sin mirarlo Iain contestó, feroz:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 198
—¡A la caza del halcón!
Guiándose por el vuelo de las aves rapaces, Iain y Eachann encontraron el grupo del to
Aindreas a poca distancia del castillo de éste. En un pequeño claro, tres caballeros, su hija Thora y
Beathag, todos vestidos de gala, cazaban con él en un alegre tumulto de risas y conversaciones.
Iain vio a Beathag y un escalofrío de odio recorrió todo su cuerpo. Movida por una especie de
instinto, Beathag se había vuelto en su dirección, y sus miradas se encontraron antes de que ella
informara de su presencia a los demás cazadores.
—¡Pero si es el jefe MacNéil en persona! —exclamó—.
¡Viene a honrarnos con su visita incluso en el fondo del bosque, señor Aindreas! —Y
volviéndose a su compañera, siguió diciendo—: ¡Qué impresionante está vuestro primo de Mallaig
vestido todo de negro, querida Thora! Con ese aire furioso, me hace el efecto de un diablo
justiciero.
—¡Vaya, vaya, mi querido sobrino! —exclamó enseguida Aindreas—. ¡No te hemos visto mucho
por el loch Morar desde tu visita en primavera! ¿A qué debemos este honor?
Iain había detenido su montura y se mantenía erguido y silencioso, con Eachann dos pasos
detrás de él. Recorrió todo el grupo con una mirada ceñuda, evitando a su cuñada. Se alzó
ligeramente en la silla y respondió a su to en tono duro:
—No es una visita del sobrino al to, Aindreas. Son los asuntos de Mallaig los que me traen aquí.
Tengo que hablarte a solas inmediatamente.
Hizo girar a su caballo y se adentró en el sendero por el que había venido, después de hacer un
gesto a Eachann para que se mantuviera a la vista. Aindreas, sin desprenderse de su halcón,
montó a caballo y lo siguió, con una semisonrisa en los labios. Cuando los dos hombres estuvieron
fuera del alcance de la voz del grupo, Iain descabalgó. Aindreas se tomó algún tiempo para cubrir
con el capuchón la cabeza de su halcón y colocárselo sobre el hombro antes de apearse del
caballo. Se acercó a Iain con pasos lánguidos, puesta una mano en la empuñadura de su claymore.
—Si vienes por negocios, Iain, no me gusta nada tu manera de dirigirte a mí. A los lairds no se
les trata como si fueran siervos...
—¡Basta, Aindreas! —lo interrumpió Iain con tono autoritario, colocando la mano sobre su
arma—. Sabes muy bien lo que vengo a reclamar aquí: ¡el cofre de Nathaniel Keith!
—¡Vaya, por fn! —dijo Aindreas con una sonrisa torcida—. ¡Ya era hora! Lo tuve en mis manos
en enero pasado... yo diría que durante unas doce horas. He sabido muy recientemente que
contenía una bonita suma de dinero relacionada con la celebración de tu boda. Habrá que creer
que tu encantadora esposa lo consideró como cosa propia y no lo compartió contigo. —Al ver el
rostro concentrado y tenso de su sobrino, continuó—: Si vienes aquí, quiere decir que ella te ha
ocultado durante todo este tiempo la existencia del cofre... Es lo que ocurre cuando uno se casa
con la hija de un comerciante de las Lowlands... Si yo estuviera en tu lugar, Iain, no le confaría mis
libros.
Aún no había terminado de hablar Aindreas cuando tenía la claymore de su sobrino debajo de
la nariz. Demasiado absorto en su discurso, no había vigilado los gestos de su interlocutor y no
tuvo tiempo de parar el ataque. Miró por encima del hombro de Iain y sonrió al ver a Eachann y a
uno de sus propios caballeros, que los observaban de lejos.
—Calma, mi señor —indicó—. Te están observando... No pierdas los nervios.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 199
—¿Te atreves a acusar a mi mujer? —siseó Iain sin bajar el arma—. ¿Cómo esperas que me
trague esa mentira?
—A ti no te haré tragar nada, desde luego —dijo despacio el to mientras volvía lentamente
hacia su montura—. De lo que se trata es de lo que traguen los demás, en particular Darnley.
—¡Innoble, confesas tu felonía! —gritó Iain, con la voz entrecortada, los pies clavados en el
suelo y las manos crispadas empuñando su claymore—. Es la palabra de mi mujer contra la tuya.
¿Estás seguro de lo que vale tu palabra?
—Querido sobrino, no es un secreto para nadie que tu esposa y tú os detestabais antes de la
muerte de mi hermano. Nada más lógico que ella hubiera querido vengarse de su infeliz
matrimonio en ese momento. Después de todo el cofre lo había enviado su padre, y era muy
normal que se lo apropiara ella.
»En cuanto a mi palabra, está apoyada por un testigo. —Subió en la silla con movimientos
lentos—: En efecto, tu cuñada estaba presente cuando yo entregué el cofre de Nathaniel Keith a
tu esposa. Piénsalo bien, Iain, antes de lanzar acusaciones en el seno de tu propio clan. No sabes el
daño que vas a causar a los MacNéil...
Iain estaba petrifcado. Vio partir a su to al trote en dirección al claro y cerró los ojos de dolor.
Envainó de nuevo su espada con un gesto de desánimo. Una prueba. Él podía aportar una prueba,
además de los testimonios. «Es una conjura...», se dijo. Alargó la mano hacia su montura, la atrajo
hacia sí y apoyó la cabeza en el pelaje cálido del cuello. Alzó los ojos hacia las nubes grises, y
exclamó dolorido:
—Padre, ¿qué clase de hermano tenías? No debía de quererte más de lo que yo mismo quise a
Alasdair...
El retorno a Mallaig transcurrió en un silencio pesado, que el joven jefe mantuvo y que su
caballero no se atrevió a romper. Cuando entraron en el recinto, la cena acababa de concluir en la
gran sala del torreón y comenzaba la velada con canciones y música, como de costumbre.
La joven castellana, algo nerviosa, cantaba bajo la mirada intrigada de Tòmas. Nadie había dado
explicaciones sobre la salida del señor, ni la había comentado. Las gentes del castillo estaban
acostumbradas a esos misterios. Lo que les inspiraba más temor era el aire inquieto de la
castellana. La joven Jenny notó que algo iba mal, pero no se permitió interrogar a su ama.
Sospechaba que el regreso de Crathes del señor Tòmas estaba relacionado de alguna manera con
la situación, pero desde luego el joven señor sería la última persona a la que pediría explicaciones.
Por el contrario, se esforzó en no dirigirle la palabra salvo si su servicio se lo exigía.
«Hago el ridículo al encontrarlo tan guapo —se decía cada vez que podía espiarle sin ser vista
por él—. No es para mí. ¡Dios todopoderoso, impedid que lo ame!»
Tòmas acabó por inquietarse por la ausencia de su primo. Saber que había ido al loch Morar
acabó de alarmarlo. Si la dama Gunelle no lo hubiera retenido cuando lo supo al bajar de su
habitación, donde había ido a asearse y dormir algunas horas, habría ido a reunirse con él. De
modo que, cuando su fno oído le advirtió del ruido de cascos que cruzaban el puente levadizo, se
levantó con discreción y salió al patio. Atrapó la brida del caballo de Iain antes que el escudero.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó Tòmas, aliviado al ver bajar a Iain del caballo sano y salvo.
—¿Cómo me ha ido qué? ¿De qué me hablas? —gruñó Iain—. ¿Es que Gunelle te ha contado
algo?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 200
El tono suspicaz de Iain sorprendió a Tòmas y reabrió una herida antigua.
—Claro que no, Iain, no sé absolutamente nada de lo que has ido a hacer al loch Morar. Lo que
sí sé es que no has ido allí a cazar con halcón...
—¡Te equivocas! Aindreas ha pasado la tarde cazando... y en grata compañía. ¿Adivinas quién
estaba allí? —Ante el silencio de su primo, respondió él mismo—: ¡Mi inefable cuñada! ¡Beathag la
traidora! ¡Beathag la innoble!
Iain se rehízo al ver el aire abatido de su primo. Pasó el brazo por su hombro y se lo llevó hacia
el torreón.
—Perdóname, Tòmas. Ignoras el atolladero en el que me encuentro... ¿Cómo está Gunelle?
¿No se ha puesto muy nerviosa hoy? Vamos con ella, ya te lo contaré todo más tarde.
—Escucha, Iain, no tienes que rendirme cuentas. Es sólo que no me gusta que vayas a la casa
del to Aindreas sin mí. —Tòmas echó por encima del hombro una breve mirada a Eachann, que se
dirigía al cuerpo de guardia, y aclaró—: Yo te habría acompañado, de habérmelo pedido...
—Lo sé muy bien, Tòmas. He querido dejarte descansar. Te prometo que la próxima vez te
llevaré.
Cuando entraron en la gran sala, se hizo el silencio. La joven castellana se puso en pie y fue
corriendo hacia su marido, que la acogió en sus brazos y hundió el rostro en sus cabellos. La
pequeña Ceit no quiso ser menos, soltó el cuello de Bran, con el que jugaba sobre la alfombra, y
corrió hacia sus padres abrazados. El perro la siguió a su vez, ladrando, y todas las gargantas se
desanudaron al mismo tiempo en una carcajada liberadora. La tensión se había afojado con el
retorno del señor de Mallaig.
Bajo el portal, detrás del pequeño grupo familiar reunido, Tòmas observó el círculo de sillones
colocado delante de la chimenea y las caras alegres de las gentes del castillo. Su mirada se cruzó
con las ojeadas huidizas de Jenny y decidió abordarla antes de que pudiera escabullirse. La alcanzó
justo a tiempo de cortarle toda posible retirada.
—Sé que tienes buenas razones para huir de mí, Jenny —le dijo con voz pesarosa—, y me
avergüenzo de ello. Acepta mis excusas, te lo ruego. He hecho gestos que son indignos del respeto
que te tengo y contrarios al código de la caballería que acabo de adoptar. Piensa que me harás el
hombre más feliz si me permites conservar tu amistad.
Había pronunciado la última frase en un tono casi suplicante. Jenny alzó los ojos y lo observó
con un malestar creciente.
—¿Quién soy yo, en realidad —balbuceó—, para que os excuséis ante mí, mi señor? A fuerza de
frecuentar el jardín y la clase de mi ama, y después de haberme sentado en el estrado con las
damas, casi me he considerado una de ellas. Pero no soy una dama, y vos seréis siempre un señor.
Jugué a las prendas con vos, pero no estaba en mi lugar. Me merezco el comportamiento que
provoqué...
—¡Silencio, Jenny! —la interrumpió Tòmas poniendo un dedo sobre sus labios—. ¡No me hables
de damas ni de señores! Nuestra amistad se ríe de esos ttulos. Nada me autorizó a faltarte a la
consideración de ninguna manera. Me sent feliz al justar por ti, y me aproveché muy mal de tu
favor. No sigas teniendo de mí la imagen horrible del señor que abusa de sus prerrogativas,
Jenny... te lo ruego.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 201
Jenny se sintió ruborizar al recordar los labios de Tòmas sobre los suyos. Bajó la cabeza para
evitar su mirada, y murmuró:
—De haber bebido yo la mitad del uisge-beatha que bebisteis vos ese día, estoy segura de que
os habría seguido a donde parecíais desear ir, señor Tòmas. Las chicas creen que fui tonta por
haberme resistido. Pero no mis padres... —Lo miró directamente a los ojos—: Y tampoco yo. Os
deseo buenas noches, mi señor.
Saludó gravemente con una inclinación de cabeza, dio media vuelta y salió de la sala con su
paso saltarín y el alma rebosante de alegría. Tòmas la vio alejarse, liberado de la pena que su
comportamiento con ella le causaba desde hacía quince días. Sintió que su cabeza se había
reconciliado por fn con el ttulo de caballero, y su corazón con el ttulo de enamorado.
Iain nunca había parecido más preocupado que esa noche. Yo lo observaba en silencio,
esperando que me contara el encuentro con su to. Después de haber pasado algún tiempo en la
gran sala con Ceit, los caballeros, Màiri, Nellie, Anna, Tòmas, el reverendo Henriot y Darnley, nos
retiramos a nuestras habitaciones.
Como hacía a menudo cuando prescindíamos de la ayuda de los sirvientes para el aseo
nocturno, Iain se dedicó a pequeñas tareas con aire ausente. Colocó los candelabros, abrió las
sábanas de la cama y descorrió las cortinas para favorecer la circulación del aire. Bajó las persianas
de juncos que, en verano, impedían a los mosquitos entrar en la habitación. Atizó el pequeño
fuego que manteníamos en el hogar para disponer de agua caliente, y vino a deshacer los lazos
que ajustaban mi vestido en la espalda.
—Mi señora —oí que murmuraba—, me parece que el vestido te aprieta mucho. ¿Estás segura
de dejar al niño espacio sufciente para que crezca?
—Mi señor —le contesté, divertida—, aún es muy pequeño en este momento. Todavía no he
cambiado de talla. No tengas miedo, no dejaré que se ahogue. Nellie dice que no tendré que llevar
ropas anchas antes de septiembre. —Me volví hacia él—. Parece ser que a los hombres no les
gustan mucho las barrigas voluminosas...
—No me importa lo que les guste o les disguste a los hombres, mi señora. Yo adoraré siempre
esta barriga, porque guarda mi tesoro...
Al decirlo, colocó las palmas de sus manos sobre mi vientre y las hizo pivotar ligeramente. Sus
ojos azules estaban fjos en los míos, y vi en ellos una gran ternura. Pasé mis brazos alrededor de
sus hombros y apliqué la boca en el hueco de su cuello húmedo. Cerré los ojos y murmuré:
—Te amo, Iain MacNéil...
Poco a poco se relajó y me contó con detalle su visita al loch Morar. Me di cuenta de sus puños
crispados y del ligero temblor de sus brazos cuando mencionó el nombre de su cuñada. Las
palabras que utilizó para hablar de ella, el tono de su voz, el brillo de su mirada, todo me reveló
que sus sentimientos hacia ella se limitaban a un odio feroz, que casi me dio miedo. La idea de que
podría matarla me pasó por la cabeza.
Calló y paseó de arriba abajo por la habitación, a paso lento, absorto en sus pensamientos.
Empecé a considerar mis propios sentimientos hacia aquella mujer con la que había convivido
durante siete meses, que en algunos momentos me había exasperado, y en otros horrorizado. Una
certeza se me imponía cada vez que revivía su imagen en el bosque del loch Morar: «Beathag ha
deseado mi muerte... me odia.»

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 202
Su reciente traición demostraba que su odio se extendía ahora a su cuñado y antiguo amante.
De pronto me sent vulnerable: era víctima de la animadversión de una persona por primera vez
en mi existencia, y dudaba que mi fe cristiana pudiera aplacar el rencor que crecía en mi interior
ante ese descubrimiento. Cuando pensaba en las mentiras de Beathag, temblaba de ira. ¿Quién
era el autor de la conjura que rondaba al señor y a la castellana de Mallaig? ¿Beathag o Aindreas?
¿Quién de los dos había podido inventar aquella historia sobre mí?
—¡No tiene sentido, Iain! —exclamé, de pronto—. Incluso si entonces te detestara, lo que no es
cierto, no habría podido apoderarme de un cofre que estaba destinado a tu padre, que siempre
contó con mis simpatas. ¡Todo el mundo sabe y podrá declarar que yo quería mucho al señor
Baltair!
—Mi amor —me respondió él—, mucho me temo que nunca se hable de mi padre. Siempre
parecerá lógico que tú te quedaras el cofre que venía de Crathes como si fuera para ti. ¡Poco
importa, por otra parte! Si alguna vez abro un proceso a Aindreas, necesitará una prueba más
sólida que la palabra de Beathag.
—¡Tienes que abrirle proceso, mi señor! No puedes dejar que un miembro de tu clan te robe de
esa forma. ¡Sea cual sea la cantidad robada, es algo inadmisible! —dije, indignada.
—En el caso de Aindreas, hay otro motivo detrás del robo. De hecho, creo que el robo no es
más que un paso más para poner en cuestión mi ttulo de jefe. Si Iain MacNéil es acusado de
malversación por la Corona, podría buscársele un sustituto al frente del clan. Por eso lo único que
importa ahora, Gunelle, es convencer al rey de Escocia de que se han perdido ciento veinte libras
destinadas a nuestros cofres, en enero pasado.
—; Convencerlo de que se han perdido o de que nos las han robado, mi señor? —pregunté.
—Con Darnley metido en esta historia, más vale que hablemos de pérdida.
Esa decisión no contribuyó a tranquilizarme. Había comprendido desde hacía mucho tiempo
que mi marido colocaba el honor de los MacNéil por encima de todo, incluidos sus sentimientos
personales y los riesgos para su libertad. Porque, si se le encontraba culpable de malversación, iría
a parar con toda seguridad a la prisión... o tal vez a algo aun peor... Esa idea provocó un vuelco tan
grande de mi corazón que creí desfallecer. Miré con toda atención a mi marido. Estaba junto a la
chimenea, y había colocado sus manos separadas encima de la repisa. Vi su espalda recta, sus
hombros anchos y sus caderas estrechas realzadas por la luz que enmarcaba su silueta. «El rey no
me lo quitará—me dije—. Me opondré con todas mis fuerzas.»
Al día siguiente, en el momento de la marcha del sherif Darnley, Iain dio pruebas de un gran
control de sí mismo. Una ligera llovizna cubría el patio, lo humedecía todo y teñía de gris los
elementos del entorno. Con una calma inquietante, mi marido pasó revista al carruaje del
representante del rey, con la sonrisa en los labios. Inspeccionó los caballos, el coche, los
estandartes. Adoptó un tono de voz amistoso para dar instrucciones a los hombres de armas de
Mallaig que enviaba como escolta del sherif hasta Stirling, sede del Parlamento escocés desde
hacía un año.
Yo me mantuve apartada, bajo el porche, con las mujeres y el reverendo Henriot, a la espera de
desearle buen viaje, como hace una anftriona en esas circunstancias, y observaba con cierta
inquietud el comportamiento de mi marido.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 203
«¡Cómo ha cambiado Iain desde el día en que recibió a Darnley en el lugar de su padre!», no
pude dejar de constatar. En primer lugar, y sobre todo, dominaba la lengua scot. Recordé con
emoción la visita del rey, durante la cual yo me había sentido avergonzada de mi marido y de su
ignorancia. Ese pensamiento me recordó de pronto que sin duda la imagen que el rey de Escocia
conservaba de él era la de un joven señor sin instrucción. Observé al sherif Darnley cuando se
acercó a saludarme dándose aires de importancia, y comprendí que esa imagen sería reavivada en
Stirling por los buenos ofcios de este último. Más tarde supe que no me había equivocado.
Después de la marcha del sherif, se diría que todo Mallaig respiró a gusto. Descubrí hasta qué
punto las tierras de los MacNéil eran ricas y estaban provistas de recursos al llegar el verano. Los
productos de las cosechas, la trilla de julio, la actividad de los molinos, los lagares y las salinas
llevaron a toda la población del castillo y del burgo a una efervescencia alegre y agotadora, que
aún proseguía a menudo varias horas después de la caída de la tarde.
Una semana después de la partida del sherif, tal como me había escrito mi padre, Lennox vino
a Mallaig a traer las cuarenta y seis libras prometidas. Una vez más, no pudo quedarse más que
una sola noche, pero tuvimos, con Iain, largas conversaciones con él, después de las cuales repitió
su disposición a ayudarnos para desbaratar la conjura. Desde ese día, supe que entre el teniente y
mi marido se había anudado un lazo de amistad muy sólido, y que entre él y yo se mantenía aún
intacto el vínculo entre protector y protegida.
Julio bañó el castillo y el patio en un calor tórrido, y yo empecé a buscar desde la mañana el
frescor de la capilla y de la gran sala. Felizmente, ya no tenía aquellas náuseas pasajeras que me
pesaban en el corazón. Vivía, junto a Iain, una especie de suspensión de condena. No nos
sentamos enteramente libres ni tampoco excesivamente inquietos, e intentábamos olvidar lo
mejor que podíamos el espectro de Darnley y el de Aindreas. Para mi marido, la distracción que
representaban sus estudios fue saludable en esta ocasión. Se sumergía en sus lecturas temprano
por la mañana y no las abandonaba hasta mediada la tarde. Salía entonces a cabalgar por la landa
con alguno de sus hombres y en cada ocasión recorría una buena porción de sus dominios.
Por mi parte, mi distracción consista en confeccionar la canastilla del bebé. Me dedicaba a ello
la mayor parte de las horas de luz, secundada por Nellie, que había ido abandonando cada vez más
los trabajos de jardinería, demasiado duros. Mi buena nodriza había empezado a sufrir dolores en
las piernas y los riñones que no le dejaban demasiado reposo, y que yo no sabía cómo aliviarle.
Durante las largas horas en las que trabajábamos la una al lado de la otra, Nellie me hablaba de
otras maternidades de las que había sido testigo, las de mi madre y mis hermanas. Me enteré
también de un gran número de pequeños trucos de joven madre y de nodriza. Aquellas
maravillosas conversaciones me llevaron poco a poco a formular interiormente el deseo de
amamantar yo misma a mi hijo.
En esa época el capítulo de Barra, bajo la tutela del obispo de Kisimul, envió a Mallaig a dos
hermanos para asistir al reverendo Henriot en su ministerio. Aquel acontecimiento se debió a una
petición del reverendo, anterior a mi llegada, y se había hecho urgente con la instauración de las
clases en Mallaig. Los dos jóvenes clérigos tomaron desde el primer momento una parte
importante en la instrucción de los niños, liberando al reverendo y a Tòmas de sus largas horas de
clase. Además se adaptaron muy deprisa a la vida del castillo y se convirtieron en una agradable
compañía para todos. Uno de ellos, muy buen jardinero, pasaba muchas horas en el huerto, y el
otro enseñó a Anna y a Màiri la técnica de la fabricación de quesos de leche de cabra. Así fue como

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 204
a fnales de mes probé las primicias de la producción de Mallaig de esa clase de queso, que, según
el recuerdo que conservaba de las mesas del refectorio de Orleáns, era de una calidad excelente.
Cuando los emisarios de Stirling empezaron a abatirse sobre las Highlands a fnales de agosto,
convocando a lairds y señores a comparecer ante el canciller, supimos que Mallaig no se libraría.
Casi ningún clan podía pretender que sus miembros estaban perfectamente en regla con los
impuestos. Ciertamente el sherif había hecho un buen trabajo, y los cofres de la Corona
rebosaban por la importante aportación representada por los ingresos de los highlanders en aquel
año de gracia de 1425. También se llenaron, y nosotros lo supimos muy pronto, las prisiones de
Scone y de Stirling. Las convocatorias no eran sino un preliminar de los encarcelamientos, más o
menos largos, de lairds, secretarios y miembros de la pequeña nobleza sobre los que pesaba la
sospecha de malversaciones. La mayoría eran liberados después de unos días tan sólo. Otros, con
los que el soberano deseaba dar ejemplo, permanecieron en prisión durante todo el otoño e
incluso parte del invierno. Gentes de los clanes Cameron, MacDonald, Sinclair, Fraser y Mackenzie,
entre ellos.
En la última semana de agosto, mientras cabalgaba por los altiplanos, mi marido se encontró
con el emisario del rey que traía la convocatoria para Mallaig. Era un hombre grueso y de
movimientos lentos, que viajaba con un guardia joven. Como el día declinaba ya, Iain los llevó al
castillo y les ofreció alojamiento para pasar la noche. Yo estaba en mi habitación cuando por la
ventana los vi entrar en el patio, con las armas de la Corona escocesa visibles sobre el peto.
Present de inmediato el drama, a pesar de que ya me había preparado para aquello: «Iain va a
partir... ¿Cuándo volverá?»
Unos minutos más tarde, me quedé estupefacta al saber por mi marido, furioso, que el canciller
convocaba al secretario de Mallaig, es decir, a la castellana.
—¡Es completamente imposible! —gritaba—. Está absolutamente fuera de discusión el que
vayas tú. Ese maldito Darnley conoce muy bien tu estado... ¡Qué caradura! Apostaría mi mano
derecha a que Beathag tiene algo que ver en esto...
En efecto, nos habíamos enterado por Rosalind de que la cuñada de Iain se había trasladado a
Stirling, en un coche proporcionado por Aindreas, una semana después de la marcha de Darnley.
Desde entonces no había vuelto. ¿Qué había ido a hacer allá abajo, ella que no hablaba una sola
palabra de scot? Ahora ya nos hacíamos una ligera idea. Debía de haberse refugiado junto al
sherif y no tenía la menor necesidad de hablar scot para la clase de actividades a que se dedicaba.
Iain estaba rojo de ira, y para desahogarse empezó a dar golpes en todas las superfcies que
tenía a su alcance. Cuando por fn me miró, debió de darse cuenta de mi miedo porque se calmó,
vino hacia mí y me tomó las manos con fervor.
—No temas nada, Gunelle. Tú no irás. Seré yo quien rinda cuentas sobre los benefcios de
Mallaig. Ningún hombre, por rey que sea, puede exigirte que viajes en un momento así. ¡Es claro e
indiscutible! Te juro que arrancaré a tiras la piel de Darnley por haberte convocado. Y si mi
condenada cuñada ha metido la cuchara en este asunto, cosa que es la evidencia misma, ¡también
le arrancaré la suya por añadidura!
—Iain, te lo ruego —le imploré con voz temblorosa—, no te enfrentes al sherif en su propio
terreno. No tienes la menor posibilidad de éxito. Si te encierra como a tantos otros, ¿a quién
podrás ser útil? Darás la razón a Aindreas, a Beathag, y no verás nacer a tu hijo. ¡Oh, Iain!
Prométeme que no harás gestos irreparables...

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 205
Se soltó de pronto de mis brazos y me contempló. Vi en sus ojos que acababa de darse cuenta
de que un largo encarcelamiento podía hacer que se perdiera el nacimiento de nuestro hijo, como
yo acababa de decirle. Lanzó un suspiro muy fuerte y noté su temblor cuando volvió a pasar sus
brazos alrededor de mi cuerpo.
—¡Nadie en este mundo me impedirá estar contigo el día en que nuestro hijo nazca! —me
susurró.
Era una promesa muy azarosa, pero hube de contentarme con aquello. Cuando Iain partió para
Stirling, tres días más tarde, me sent abatida. Había esperado hasta el último minuto que Tòmas
pudiera reemplazarlo. En efecto, en cuanto supo la naturaleza de la convocatoria, el primo de Iain
había planteado su deseo de ir a Stirling en su lugar, puesto que un señor posee la prerrogativa de
elegir un emisario entre sus gentes cuando se encuentra ante la imposibilidad de presentarse en la
corte. Pero Iain, siempre fel a sí mismo, se mostró infexible.
—Soy yo, y sólo yo, quien ha de representar a Mallaig ante el rey de Escocia —fue su respuesta
invariable.
Creo que la gracia que pedí a Dios para soportar su marcha me fue concedida, porque me sent
llena de una gran confanza desde el momento en que perdí de vista a Iain y su séquito en los
altiplanos de la península de Mallaig, aquel 5 de septiembre de 1425. El ánimo inquebrantable que
me sostuvo desde ese momento no me abandonó nunca hasta el regreso de mi marido.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 206
Capítulo 15

El azote
La ruta que siguió Iain cruzaba los montes Trossachs y bordeaba una multitud de lochs hasta
Stirling, a seis días de camino de Mallaig. Había llevado consigo a los caballeros Eachann y
Dòmhnull, que sabían algo de scot, y únicamente a dos hombres de armas. Los acompañaba el
reverendo Henriot, que deseaba visitar la abadía de Cambuskenneth, un monasterio de la orden
de los agustinos, a la que él mismo pertenecía. El viaje lo había llenado de euforia y charlaba sin
cesar, excitado por salir tan lejos por primera vez desde que dio comienzo su ministerio en
Mallaig. Por lo demás, era el único que hablaba mientras cabalgaban, y no le molestaba lo más
mínimo no tener ningún verdadero interlocutor.
Como el calor era aún sofocante, el grupo había decidido viajar por las mañanas y al atardecer
hasta que se hacía noche cerrada y buscaban algún lugar en el que establecer un pequeño
campamento. A mediodía los viajeros se detenían junto a alguna fuente, desensillaban los caballos
y los dejaban mordisquear los helechos. Los hombres se lavaban en el arroyo más próximo,
comían y dormían una corta siesta. Luego reanudaban el camino cuando el sol calentaba menos.
Esa mañana, Iain se dejaba acariciar por el ritmo lento de los caballos, despreocupado del
paisaje y de la comodidad de su grupo, absorto en sus pensamientos. Como siempre desde que
partieron de Mallaig, Dòmhnull se había puesto en cabeza y miraba de vez en cuando de reojo al
pequeño eclesiástico, inagotable, para asegurarse, por su posición sobre la silla, de que no daba
excesivas señales de cansancio. El reverendo Henriot no era un buen jinete, y habían ajustado al
suyo el ritmo del grupo.
Desde hacía dos días, el tiempo era luminoso y seco. El terreno accidentado había llevado a los
caballeros a subir y bajar continuamente, resiguiendo los numerosos lochs de orillas boscosas que
formaban aquella parte de las Lowlands. Iniciaron el último descenso hacia el loch Lommond,
conocido como el «rey de los lochs de Escocia» por sus dimensiones y por ocupar el fondo de un
paisaje majestuoso, rodeado de montañas verdeantes. Sus aguas fuían al río Leven, que Dòmhnull
señaló a la compañía, que se había agrupado detrás de él en un promontorio.
—Si seguimos ese río, mi señor —le dijo a Iain—, iremos a parar al Clyde, junto a Glasgow; si
rodeamos el loch hacia el monte Lommond, llegaremos al Forth en dirección a Stirling y Edimburgo
pasando por Doune, el antiguo castillo del duque de Albanv. Allí es donde suelen hacer escala los
señores de las Highlands cuando van o vienen de Stirling, que se encuentra a una jornada de
camino a buen paso. Sé que es el camino más fácil por haber conducido el ganado a la feria, los
últimos años.
—Y sin duda es también el más frecuentado —añadió Iain—. Nuestros infelices highlanders que
vuelven de la prisión no se sentirán sin duda reconfortados si se encuentran en la modesta
compañía de Iain MacNéil, que tan obsequiosamente alojó al intransigente Darnley. —Vio la cara
de desilusión del reverendo y dijo—: Vamos allá, de todos modos. ¡Tengo curiosidad por ver cómo
nos reciben ahora que el castillo es propiedad de la Corona!
No hubo encuentros, sin embargo. Llegaron a la vista del castillo de Doune al caer la noche.
Tres costados del patio estaban rodeados por el camino de ronda, y el cuarto lo formaba el
torreón-cuerpo de guardia, una impresionante construcción de cuatro plantas. Los postreros rayos

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 207
del sol poniente aún bañaban las almenas de un halo rosado. Al principio, la escasa animación que
reinaba al pie de los muros sorprendió a Iain. Luego, el hecho de no haber encontrado a nadie en
el camino norte del castillo, que subía hacia las Highlands, le hizo suponer que no había viajeros en
el lugar.
Se necesitaba una razón extraordinaria para que un señor negara la hospitalidad a los viajeros
en su castillo, y Iain consideró más prudente hacer aguardar a su séquito a quinientos pies de los
muros y encender un fuego para señalar su presencia.
El grupo no tuvo que esperar noticias mucho tiempo. Un joven guardia a caballo vino
rápidamente a su encuentro. Parecía asustado y sus palabras de recibimiento fueron muy breves.
Se contentó con reclamar al reverendo Henriot:
—Me envía mi señor —balbuceó, dirigiéndose a Iain—. Os ha visto desde las murallas y pide al
sacerdote. El nuestro murió ayer. Vos no podéis venir, sólo el sacerdote. Yo no puedo quedarme,
he de volver de inmediato, mi señor... con el sacerdote...
Hizo dar la vuelta a su montura con muchos gestos dirigidos al reverendo para que lo siguiera.
Las preguntas que le gritó Iain no obtuvieron respuesta, y tampoco interrumpieron la marcha del
guardia hacia el castillo ni los gestos desesperados que hacía para pedir al reverendo que lo
acompañara. Resignado, Iain hizo una seña al reverendo Henriot para que fuera. No había ningún
medio de enterarse de más. El reverendo volvió a subir a la silla con aire intrigado y marchó detrás
del extraño mensajero, después de despedirse del grupo con una de sus sonrisas tranquilizadoras.
Al cabo de una hora, como no volvía, Iain decidió retirarse a un lugar más cercano al bosque e
instalar allí el campamento para pasar la noche. «¿Qué es lo que pasa en el interior?», se
preguntaba.
Privada de su compañero charlatán, la pequeña tropa se encontró aquella noche muy
desamparada, sumida en el silencio y la inquietud en torno a una cena a base de tasajo. En el
momento de iniciar su turno de vigilancia, Dòmhnull intentó hablar con su señor, con la esperanza
de aliviarle del fardo que parecía abrumarlo desde su partida. Le sorprendió recibir sus
confdencias con total espontaneidad. Como hombre experimentado, había juzgado bien el estado
de ánimo de su joven jefe.
En efecto, Iain aprovechó la ocasión para confarse a su caballero; no sólo contestó todas sus
preguntas, sino que lo hizo con placer. Se sorprendió incluso mencionando el hecho de que su
cuñada se encontraba en Stirling, una información que prefrió no ocultar a Dòmhnull.
—Mi señor —señaló éste con prudencia—, si temíais problemas por el lado de vuestra cuñada,
¿por qué no la encerrasteis en un calabozo, dejándola sin posibilidades de hacer daño a nadie?
Atentó contra vuestra vida. El mismo sherif Darnley fue testigo de ello. Fuisteis muy bueno al
limitaros a expulsarla de Mallaig en aquel momento.
—Desde luego no lo hice por bondad —respondió Iain—. Me apiadé más de mí que de ella, y
hoy me doy cuenta de que obré con imprudencia. —Volvió los ojos al fuego, y siguió diciendo—:
Ya ves, Dòmhnull, mi cuñada encarna a mis ojos... y a los ojos de todos los habitantes de Mallaig el
lado innoble de mí mismo. Abrirle un proceso, signifca también hacer comparecer al hombre
indigno que he sido. La única manera de limpiar Mallaig de su presencia era expulsarla. Sé bien
que no me he desembarazado de ella al hacerlo así. Para eso tendría que matarla... Espero que no
me dé ocasión... —Luego, después de un largo silencio, preguntó de sopetón—: Dime, Dòmhnull,
¿te metió ella en su cama?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 208
La pregunta directa hizo que Dòmhnull se sobresaltara. No había ningún caballero, capitán u
hombre de armas en Mallaig que no hubiera solicitado y obtenido los favores de la viuda del señor
Alasdair después del fallecimiento de la anterior castellana. El señor Iain no lo ignoraba, y nunca se
había sentido celoso. Si hacía ahora la pregunta, era sin duda para medir la fuerza de la relación
que podía existir aún entre la viuda y su caballero. Éste apartó la mirada de su señor para
responder, con la vista clavada en el fuego:
—Como a todos los demás, mi señor, pero no más que a cualquier otro. En vuestra ausencia,
Beathag nunca privilegió a un hombre por encima de otro en el castillo. Siempre fue ella quien
eligió a la persona que meta en su cama, y cuando...
—¡Lo sé muy bien, Dòmhnull! —le interrumpió Iain en tono burlón—. Incluso conmigo, era ella
la que decidía. Si no eran solicitados tus servicios más te valía no insistir, porque en caso contrario
te ponía en cuarentena hasta tenerte hambriento... Bien puede decirse que sabe cómo manejar a
un hombre. Sus instintos, por lo menos.
Iain pronunció las últimas palabras en tono amargo. Dòmhnull se dio cuenta de que su señor
senta vergüenza y no hablaría más. En efecto, Iain se tendió, se arrebujó en su manta y le deseó
buenas noches con voz apagada. Dòmhnull levantó la vista a la bóveda estrellada y rezó en silencio
por todo el grupo que iba a llegar a Stirling al día siguiente, así como por Beathag, que tal vez vivía
allí sus últimos días.
Pero al día siguiente el grupo no pudo dejar el campamento hasta bastante tarde, porque el
reverendo no quedó liberado de su servicio en el castillo hasta mediada la tarde. Lo vieron salir del
recinto solo y reunirse con el grupo al trote. Nunca había visto Iain al reverendo Henriot con
aquella cara. El hombrecillo parecía abatido y privado de toda su energía. Se dejó deslizar al suelo,
se santiguó mirando los muros del castillo y rezó durante unos instantes. Los hombres lo
observaban en silencio, boquiabiertos, y una vaga aprensión se instaló en todos los corazones.
Cuando por fn el reverendo les dirigió la palabra, fue para contarles la historia desoladora de lo
que había visto dentro de aquellos muros.
—Mi señor —dijo mirando a Iain—, es la peste. En el castillo, siete personas han muerto a lo
largo de la última semana, además de su capellán, anteayer, y de tres hombres más esta noche. El
primero fue Hamish Fraser, que volvía de Stirling y se dirigía a sus tierras; el segundo, su caballero
Ailean. Contrajeron la enfermedad en las prisiones del rey, donde el azote está haciendo estragos
en este momento.
—Ésa es la razón por la que no hemos visto a nadie en el camino de las Highlands —murmuró
Iain, asustado.
—Y por eso no abren el castillo a los viajeros —siguió diciendo el reverendo, en tono cansado
—. ¡Y por eso también, apesto a vinagre! Han empapado generosamente todos mis vestidos. Una
precaución que no había tomado su capellán, pero no estoy muy seguro de su efcacia. —Se volvió
hacia el mediodía y explicó—: Son los aires del sur los que traen la enfermedad... Es un castigo del
cielo. —Cayó de rodillas e invitó a todo el grupo a hacer lo mismo—: Oremos, hermanos. Dios nos
escuchará si nos arrepentimos, y en su gran sabiduría nos mantendrá sanos y salvos.
Estaba absorta en la contemplación del ramo de fores que Anna había colocado junto a la
ventana del despacho, como hacía siempre desde que yo pasaba la mayor parte del día apuntando
en el libro los numerosos ingresos de aquel fnal de verano. No tenía noticias de mi marido desde

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 209
su marcha, que databa ya de tres semanas, y ningún clan de las Highlands esperaba el regreso de
Stirling de alguno de sus miembros ni sabía, lo mismo que yo, lo que ocurría.
Llamaron a la puerta y me sobresalté. Un guardia hizo entrar a dos siervos de nuestras tierras,
que venían a entregar su parte de la cosecha en el almacén del castillo. Según mis cálculos, eran
los últimos en hacerlo. La ronda de apuntes de géneros ingresados volvería a empezar a fnales del
mes siguiente con la matanza de la parte del ganado que no había de pasar el invierno y el
destinado a la salazón: entonces volvería a verlos a todos. Uno de los visitantes, un mozo grandón
y pelirrojo, sacó de su zurrón un pañuelo plegado y lo colocó delante de mí en la mesa:
—Es de parte de mi mujer —balbuceó—. Lo ha hecho ella misma, y es para el pequeño, mi
señora. El descendiente de nuestro buen joven señor, vuestro marido. ¡Que Dios lo proteja de la
enfermedad en la corte del rey!
No presté atención al fnal de la frase y abrí lo que sabía ya que había de ser un regalo
confeccionado por una mujer del burgo para la canastilla de mi bebé. Sonreí al ver los pequeños
peúcos de lana, que sostuve en alto, a la luz del día. Era el séptimo par de peúcos que recibía
desde que la madre de Jenny había empezado el baile de regalos a principios de mes. Me sent
conmovida por esos gestos de afecto de parte de gentes que con frecuencia no tenían nada para
calzar a sus propios chiquillos. Tomé la decisión de informarme, en el futuro, de todos los niños
que nacieran en el burgo y regalarles pañales y mantas de pieles.
—Da las gracias en mi nombre a tu esposa, Gavin. Son muy bonitos —dije—•. Si tenemos un
invierno duro este año, mi hijo no tendrá frío en los pies con este regalo.
Cuando acabé de apuntar en el libro las notas correspondientes a los dos siervos, se retiraron y
yo me quedé allí, en silencio, dando vueltas en mis manos a los peúcos de lana suave y sedosa. De
pronto, sent resonar en mi interior las palabras de Gavin: «... lo proteja de la enfermedad en la
corte del rey». Dirigí mi mirada a través de la ventana, pensativa. «¿A qué enfermedad puede
referirse Gavin?» Al concluir el día, la enfermedad en cuestión me obsesionaba.
Estábamos todos sentados a la mesa delante de la cena, a la luz de cuatro grandes candelabros
que habíamos vuelto a encender desde que el día fnalizaba más pronto y nos dejaba en la
oscuridad mediada la tarde. Nunca el reverendo Henriot hizo una entrada más señalada que aquel
día. Acompañado por el caballero Eachann, el hombrecillo avanzó hacia la mesa en un silencio
total, con el rostro marcado por la fatiga y la desolación.
—Buenas noches, dama Gunelle —me dijo enseguida—. Sé que esperabais una carta de vuestro
marido, pero no hemos podido encontrar ningún correo, y yo mismo he sido mandatado para
traérosla, con Eachann y nuestros dos hombres de armas. El señor Iain sólo ha conservado a su
lado a Dòmhnull... en Stirling.
Yo me había puesto en pie, lívida, con el corazón disparado. Tendí las manos al reverendo, y al
hacerlo derribé una copa. La mirada vacía del capellán se quedó fja en el mantel, sobre el que
crecía un círculo de humedad. Luego se posó en mí, deteniéndose un instante en mi vientre. Abrió
la boca para pronunciar unas palabras que parecían no poder salir. Vi que Tòmas se precipitaba
sobre él y lo llevaba a un banco, evitándome el contacto con sus manos.
—Sentaos, reverendo —le dijo—. Podemos esperar un poco antes de saber las noticias de mi
primo. Parecéis agotado. —Se volvió a mí con una mirada suplicante, y me preguntó—: ¿No es así,

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 210
mi señora? El reverendo Henriot podría compartir el fnal de nuestra cena y descansar un poco
antes de contarnos su viaje.
—Claro que sí —murmuré—. Venid, reverendo. Bebed primero un sorbo y dadme vuestro
manto...
Tòmas estaba ya quitándoselo sin esperar mi sugerencia, y un caballero le sirvió cerveza en una
jarra. Cuando hubo bebido varios tragos, el reverendo Henriot se rehízo algo y paseó por los
reunidos una mirada desolada que me alarmó. Las conversaciones se reanudaron trabajosamente
y la atmósfera era tensa.
Fue solamente más tarde, durante la velada, cuando el reverendo pudo hablar junto al fuego
conmigo, acompañados sólo por Tòmas y por Eachann, a pesar del agotamiento de éste, y nos
relató las semanas pasadas en Stirling. Entonces me enteré con espanto de que la peste se había
adueñado de la ciudad. Sin duda la visión de horror que tuve de Stirling al oírle hablar rebasó en
mucho la que se apoderó de mí después de mi terrible noche en el bosque. A medida que el
reverendo avanzaba en su narración, mis manos febriles apretaban las de Tòmas, que a duras
penas podía dominar su propio miedo.
Iain, como otros muchos highlanders convocados a Stirling, había encontrado allí un enemigo
mucho más peligroso que el canciller del rey. El azote negro. Nuestro reverendo nos contó que la
horrible enfermedad se había declarado entre los presos y rápidamente había causado una
cincuentena de muertos en la ciudad, en el espacio de un mes. El rey ya no recibía ni convocaba,
no encerraba a nadie en la cárcel y movilizaba a todas sus gentes para combatir, con sus míseras
armas, la epidemia, de la que no se sabía si menguaría por sí misma.
¡Yo había leído en Orleáns tantas cosas sobre aquel terrible azote, al que se acusaba de haber
reducido a la mitad la población de Francia en menos de cien años! Como todos, temía la peste,
que iba y venía a través de Europa y no parecía saciarse nunca de nuevas víctimas. Aquí se llevaba
cien almas, allí veinte, según su capricho, tanto en los burgos como en las ciudades. Desde que
llegó a Stirling, el reverendo Henriot, protegido por la gracia divina como todos los hombres de
Dios, había sido llamado a asistir a los numerosos moribundos que llevaban a las dependencias
monásticas de la abadía. Supe que Iain se había refugiado con sus hombres en un albergue de las
afueras, a la espera de las órdenes del canciller. Había participado por propia voluntad en los
trabajos comunitarios de los entierros, el incendio de las casas de las víctimas y la protección de
los pozos, cuyo acceso se impedía a los apestados por miedo a que contaminaran el agua.
Cuando la ciudad conoció una tregua y pasaron diez días sin que se declararan nuevos casos, se
reemprendieron los trabajos de la cancillería y, con ellos, las convocatorias. Iain fue llamado
entonces al Parlamento e hizo llegar una carta y un mensaje al reverendo, ordenándole regresar a
Mallaig sin esperarle. El caballero Dòmhnull se había negado a salir de Stirling.
—Creo con toda sinceridad que la vida de vuestro marido no está en peligro, mi señora —
concluyó el reverendo—. En todo caso, no está en prisión, aunque no tiene plena libertad de
movimientos. No sé si ha conseguido que se acepte su punto de vista y tampoco si ha podido
entrevistarse con el rey, como tanto deseaba. Tal vez la carta dice algo más sobre el estado de sus
asuntos. Por mi parte —añadió, mirándonos a todos uno tras otro—, me siento infnitamente feliz
al volver a veros aquí en Mallaig, sanos y salvos. Dios es misericordioso...
Con la respiración entrecortada, apreté sobre mi pecho la carta que me había entregado el
reverendo, impaciente por conocer su contenido. Al encontrar la mirada implorante de Tòmas, me

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 211
puse en pie y me despedí de mis gentes. Subí a toda prisa a mi habitación, de modo que Jenny
apenas podía seguirme con el candelabro, que parpadeaba a cada paso. Me arrellané en un sillón
y rasgué el pliego. Jenny se quedó de pie junto a la mesa, dispuesta a ayudarme a desvestirme
cuando llegara el momento.
Había dos folios, de papel malo, escritos en gaélico, uno para mí y el otro, un mensaje muy
corto, para Tòmas: instrucciones que daba Iain sobre los asuntos del clan, y en particular sobre la
actitud que había que adoptar si a Aindreas se le ocurría pasar a la ofensiva durante su cautividad.
Me entristecí al leer la palabra «cautividad». Pedí a Jenny que me desabrochara el vestido y fuera
a entregar a Tòmas la hoja que acababa de leer.
—Ya me arreglaré sola con lo demás, Jenny. No hace falta que vuelvas, buenas noches —le dije.
Con el corazón disparado, hice una pausa para quitarme el vestido y trenzar mis cabellos antes
de leer la carta de mi marido. Su lectura me llenó de asombro. Iain no me daba ninguna noticia,
sino que había compuesto un cuento de amor:
Mi bienamada,
Esta vez me toca a mí vivir una pesadilla. La espera para ser recibido se hace interminable y
paso los días pensando en ti; de esa forma consigo olvidar el horror de la peste que ronda por
Stirling.
Había un lobo que la manada mantenía apartado, porque, aunque era vigoroso y un cazador
temible, no era amado por nadie. Ese lobo solitario se convirtió en un ser triste y amargado. Un día
se encontró en su territorio con una gacela que había perdido su rebaño. Él tenía mucha hambre,
la presa era fácil y se dedicó a cazarla. La gacela huía desorientada, porque no sabía adónde ir en
aquel territorio desconocido. Entonces decidió hacer frente a su perseguidor y le habló en su
propio lenguaje. Jamás un lobo sintió menos hambre que aquel día.
Yo he conocido a ese lobo, mi señora. El lobo que se enamoró de una gacela. El lobo que volvió
a su manada y llegó a ser su jefe. El lobo invencible porque es amado por esa gacela. Gunelle, no
me olvides. Quédate a mi lado como yo estoy junto a ti. Te amo más de lo que ningún hombre es
capaz de amar.
Tu bienamado,
IAIN MACNÉIL
Cerré los ojos, que me ardían, y apliqué a ellos el papel rugoso durante un minuto largo, con el
corazón lleno de lágrimas. Luego, muy despacio, me puse en pie y fui hasta la cama, en la que me
arrebujé vestida con un camisón ligero. Dejé una vela encendida, como si esperara la llegada de
Iain para dormirme. Coloqué la carta sobre mi vientre y empecé a redactar la respuesta al cuento
de amor de Iain, en el secreto de mi alma:
Mi bienamado ¡cómo te reconozco! Transformas todos mis miedos. Así, con tu cuento, el lobo
de mis pesadillas se ha convertido en un ser querido. Porque eres tú ese ser amable que ocupa
todo mi corazón. Y el territorio que era salvaje a los ojos de la gacela se ha convertido en su mejor
refugio y su nido más sólido... ¿Qué necesidad tiene ahora de su rebaño? Ninguna, puesto que
posee el amor de un lobo...
El señor Tòmas retuvo a Eachann en la gran sala después de que la dama Gunelle y el reverendo
Henriot se retiraran. Quería saber más detalles sobre las condiciones de la detención de su primo.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 212
Los dos hombres no prestaron atención a la entrada de Jenny. No llevaba luz y esperaba,
indecisa, en un rincón de la sala. Escuchaba sus cuchicheos y daba vueltas entre sus manos al folio
destinado a Tòmas. Una fuerte curiosidad la torturaba. Hacía apenas dos meses una carta la habría
dejado indiferente, pero había aprendido a leer desde entonces, y esta carta le quemaba en las
manos.
«¿Sabré leerla? —se preguntaba—. Si está en scot no podré, pero si está en gaélico creo que
podría descifrar la escritura del amo. Escribe bien, según dicen... El señor Tòmas es tan reservado
con todo lo que se relaciona con su primo que nunca me dice nada de él. El señor Iain podría
escribir que tiene la peste, y Tòmas no dirá una palabra. Me gustaría tanto saber...»
Sin poder aguantar más, salió en silencio y fue a colocarse debajo de una antorcha del
vestbulo. Después de una breve mirada a su alrededor, desplegó el folio y con gran alivio
reconoció el gaélico desde las primeras palabras. Emprendió laboriosamente la lectura de la hoja.
Tan absorta estaba que no oyó llegar a Tòmas. Roja de confusión, sosteniendo con una mano
temblorosa la hoja desplegada, se la tendió de inmediato. Tòmas frunció el entrecejo, con aire
inquisitivo.
—Tened, mi señor —le dijo ella en un susurro—. Es para vos. Estaba en el pliego de la dama
Gunelle. Venía a traérosla.
—¿La has leído? —preguntó él en tono de reproche, al coger la carta.
—No quería leerla... es decir, quería saber... No debía. Sé que está mal leer una carta dirigida a
otra persona. Tened la bondad de excusarme, mi señor. Ha sido más fuerte que yo, tengo tanto
miedo por mi ama... que su marido... —balbuceó Jenny.
Tòmas no respondió. Hizo seña a la muchacha de que no se marchara y leyó rápidamente la
carta de su primo; luego levantó la mirada hacia ella y no pudo evitar hacerle un reproche en tono
cariñoso:
—Podrías y deberías ser castigada por ese gesto, Jenny, pero no voy a hacerlo. —Después de
refexionar un momento, apartó su mirada de la joven—: Mi primo tiene varios problemas en este
momento, algunos de ellos, como acabas de comprobarlo al leer este mensaje, con miembros del
clan. Podría ser incluso que esos problemas hayan sido el origen de otros.
»Tu señora es fuerte, pero necesitará más atenciones que nunca. Cuento contigo, ahora que
estás en el secreto, para que te quedes siempre a su lado y la acompañes a cada paso.
—Os doy las gracias por la confanza que ponéis en mí, mi señor. Pero decidme tan sólo por qué
hay que temer el regreso de la dama Beathag.
Tòmas suspiró. Desde luego, esperaba esa pregunta. Su primo escribía, entre otras
recomendaciones, que desconfara de la presencia de Beathag por las cercanías del castillo, Iain se
había enterado de que su cuñada había salido de Stirling tan pronto como él quedó encerrado en
la cancillería, y temía que en su ausencia intentara alguna cosa en contra de Gunelle. Tòmas releyó
el párrafo, plegó de nuevo el folio y lo guardó en su jubón. Decidió responder a la pregunta
limitándose a lo esencial.
Tomó a Jenny de la mano y la llevó a lo alto de las murallas sin decir una sola palabra. La joven
se dejó llevar dócilmente, alegre, con las manos húmedas. Cuando estuvieron arriba, apartados de
los centinelas y ocultos en la oscuridad, Tòmas hizo que Jenny se sentara junto al muro y se colocó
a su lado.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 213
—Jenny —empezó a decir con voz tensa—, contrariamente a lo que se dijo, la cuñada de mi
primo no se fue de Mallaig por propia voluntad. Fue expulsada. Por una razón que, por sí sola,
merece la muerte: intentó matar a la dama Gunelle, y luego a mi primo.
—¡Oh...!
Al ver que Jenny se llevaba las manos al corazón, espantada, siguió diciendo en un tono más
suave:
—Es peligrosa y creemos que está dispuesta a todo. Ha conseguido con astucias poner de su
parte al sherif Darnley. Ésa es la razón por la que mi primo no goza del favor del rey, y no está en
estos momentos en condiciones de proteger por sí mismo a su esposa. —Miró a la muchacha a los
ojos—. ¿Comprendes ahora por qué no tienes que dejar sola a tu ama de ninguna manera, ni
tolerar que la dama Beathag ronde por el castillo?
—Mi señor, ¿vale lo mismo para la doncella de la dama Beathag? ¿También se le debe prohibir
que entre en el castillo?
—¿A Finella? Probablemente. Pero dudo mucho que vuelva aquí sola...
—Pues volvió el día del torneo. La vi en los aposentos cuando subí a toda prisa para coger una
cinta... —El recuerdo la hizo vacilar. Bajó los ojos, confusa, y continuó—: Entraba en la habitación
que ocupa la dama Rosalind cuando viene al castillo. Me sorprendió, pero no le di importancia.
¡Había tanta gente en Mallaig aquel día! Por otra parte, no he vuelto a verla desde entonces.
Tòmas, intrigado, se había puesto en pie. Aquella información, en apariencia anodina, le había
puesto la mosca detrás de la oreja. ¿Qué diablos habría venido a hacer Finella a escondidas en
Mallaig... por encargo de su ama, sin duda?
—Dime, Jenny, ¿te vio Finella, o la vio alguna otra persona en el castillo el día de San Juan?
—Todo el mundo estaba fuera, y el torreón estaba vacío cuando entré. No sé si me vio a mí,
pero por lo menos otra persona la vio a ella ese día. Fue vuestra prima Thora, porque Finella
llevaba al brazo su chal... o en sus brazos, en fn, el chal que Thora lanzó como prenda más tarde
durante el torneo.
Finella, Thora, chal, habitación de Rosalind... todo aquello formaba un conjunto incomprensible
para el primo de Iain. Dio algunos pasos por el camino de ronda, refexionando sobre aquella
intriga. Jenny se acercó a él de puntillas.
—Mi señor, ¿he dicho alguna cosa grave que habría tenido que declarar antes? —le preguntó
con una vocecilla insegura.
—No tienes nada que reprocharte, Jenny. Claro que no... —Con la intención de tranquilizarla, le
pasó el brazo por los hombros antes de añadir—: Lo que acabas de contarme tiene con toda
seguridad un signifcado importante, pero de momento no adivino cuál puede ser. De modo que
te ruego que no te preocupes más por este asunto hasta que...
No pudo terminar la frase. La voz se bloqueó en su garganta, su pulso se aceleró. Jenny se había
acurrucado contra él con entera naturalidad, aprovechando su gesto protector. Él sintió la
suavidad de sus cabellos en la mejilla y aspiró su ligero perfume a lavanda. Jenny se apretó un
poco más, con delicadeza. Fue inmediato: él la tomó en sus brazos, la estrechó con más fuerza y
posó sus labios en la cabeza abandonada en el hueco de su hombro. «Querida mía, no sigas
poniéndome a prueba», pensó. Después de un breve instante de silencio cohibido, Tòmas se

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 214
desprendió muy despacio y la llevó de la mano al torreón. Hubo de aclararse la voz para desearle
las buenas noches en el vestbulo:
—Sé que puedo contar con tu discreción y que no contarás a nadie lo que has sabido esta
noche. ¿No es así, Jenny? ¡Vamos, que pases una buena noche, y hasta mañana!
—Buenas noches, señor Tòmas. Subo con mi ama. No la dejaré sola ni de día ni de noche... Le
diré que son órdenes vuestras y ella me tendrá a su lado. En cuanto a lo demás, no temáis. No diré
nada y... no volveré a leer vuestras cartas.
Jenny se recogió las faldas y subió a la carrera la escalera a oscuras, sin esperar a que el señor
Tòmas le tendiera la antorcha que había cogido al entrar. Él tomó la dirección opuesta, sintiendo
los latidos de su corazón, y subió a su cuarto para volver a leer las instrucciones de su primo.
Al día siguiente, todo Mallaig se había enterado ya, por boca de los viajeros de regreso de
Stirling, de que el amo estaba prisionero de la cancillería del rey en una ciudad en la que el gran
azote hacía estragos. Consternados por la noticia, la ta Rosalind y el to Griogair fueron los
primeros del clan en presentarse en el castillo. La dama Rosalind, como siempre, corría a socorrer
a su querida pequeña castellana.
Se sorprendió al no ver a la joven desesperada. Al contrario, la encontró tranquila, serena
incluso. La misma tranquilidad parecía haberse instalado en el reverendo Henriot. «Los dos han
sido tocados por la gracia divina o bien por la inconsciencia», no pudo menos que pensar, al verlos
juntos en el patio, a su llegada. Su recibimiento fue caluroso e hizo que se desvaneciera un poco la
tensión en que vivían ella y su marido Griogair desde hacía varios días, en su castillo de
Glenfnnan.
Al hilo de sus conversaciones, la dama Rosalind descubrió muy pronto, con el mayor asombro,
que su joven amiga temía más la desposesión de su marido en el seno del clan que el espectro de
la peste que lo acechaba. No era la primera vez que adverta en una mujer embarazada una
extravagancia inventada para apartar la atención de una desgracia inminente. No podía ser sino
eso: ¿cómo podía Gunelle pensar sinceramente que el simple hecho de que Iain estuviera en la
cárcel podía poner en cuestión su ttulo de jefe?
Sin embargo, las semanas siguientes demostraron lo justo de aquellos temores. Aparte de una
corta visita, a comienzos de octubre, de Aulay, laird de Arisaig, ningún otro laird vino en busca de
noticias del joven jefe MacNéil, ni tampoco se produjo el menor gesto para prestarle ayuda y
defenderlo. Por el contrario, Rosalind no tardó en saber que los lairds Struan, de Airor, y Daidh, de
Finiskaig, habían visitado a Aindreas. Según todas las apariencias, había entre ellos negociaciones
secretas para aislar Mallaig de los asuntos del clan.
A mediados de octubre, Raonall, enviado como informador al loch Morar con el pretexto de
una caza con halcón, volvió con la impresión muy clara de haber sido marginado de varias
conversaciones de su to con los demás lairds. Por otra parte, no había encontrado rastro de
Beathag ni había conseguido información sobre ella cuando pidió noticias. Poco después, Griogair
se enteró de que la viuda de Alasdair no había regresado a las islas. «¿Dónde puede haberse
escondido?», se preguntaba inquieto Tòmas, todos los días.
En la península de Mallaig, como en toda la costa oeste de las Highlands, se habían recogido las
cosechas, concluido las matanzas y salazones, fnalizado las ferias de ganado. Los habitantes de las
Highlands se preparaban de nuevo para el invierno. Varios clanes seguían sin noticias de los suyos,

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 215
presos en Stirling, porque la mayor parte de los correos evitaban ir a la ciudad parlamentaria,
todavía afectada por la peste.
El caballero Eachann se convirtió en el mensajero de Mallaig, y llevó al señor Iain cartas de la
castellana, y mixturas y plantas aromáticas para purifcar el aire, a fn de que pudiera defenderse
de la enfermedad en su celda. Eachann hacía solo el trayecto y seguía los senderos de las
montañas para garantizar mejor su seguridad. Por desgracia, no le permitieron ver al joven jefe
durante todo el mes de octubre e incluso le costó encontrar al caballero Dòmhnull, que iba de un
lugar a otro de la ciudad, evitando los albergues que se cerraban a causa de la enfermedad.
En los primeros días de noviembre, el teniente Lennox pudo establecer un contacto entre
Mallaig e Iain. Al venir de Crathes con el segundo pago del señor Keith, pudo quedarse algún
tiempo en Mallaig junto a la castellana. Como las actividades de la tala en los Grampianos iban
viento en popa después del acuerdo alcanzado con el clan MacPherson, Nathaniel Keith confó a
su hijo menor, Robert, la dirección de los trabajos.
Hacía apenas dos días que Lennox estaba en Mallaig, cuando ya había comprendido que era
necesario trasladarse con la mayor urgencia a Stirling, a fn de esclarecer la situación del joven jefe
MacNéil, una gestión que habría tenido que llevar a cabo alguno de sus lairds desde el principio. A
través de sus conversaciones con la dama Gunelle, adivinó la posición precaria del joven jefe en el
seno de su clan, y sospechó que era obra del laird del loch Morar. Al pasar por Glenfnnan,
inesperadamente el señor Griogair le propuso acompañarlo, y aceptó. La dama Rosalind les cargó
con tal cantidad de provisiones de boca y frascos de vinagre que los dos hombres hubieron de
abandonar una parte para poder ascender las primeras pendientes de los montes Trossachs.
Griogair y Lennox, los dos de la misma edad, se habían formado una idea pragmática de la
peste: para evitar el contagio, sólo era necesario practicar una higiene personal rigurosa, y
abstenerse de mujeres y de ejercicios que aceleraran la respiración. El trayecto hasta Stirling les
permitió todo eso, por la abundancia de lagos y ríos en los que bañarse, por la ausencia total de
encuentros con otros viajeros y porque el plácido recorrido a caballo no exigía ningún esfuerzo
respiratorio excesivo.
Cuando llegaron al loch Lommond, decidieron rodear el Ben Lommond por el fanco oeste. Al
hacerlo así, no pudieron encontrarse con el único viajero que volvía a las Highlands por el camino
del fanco este: el caballero Eachann.
Aquella mañana no vi a Nellie en el ofcio. Mi nodriza tenía difcultades cada vez mayores para
caminar, y le apenaba no poder bajar a oír la misa matinal más que un día de cada dos. Observé a
Anna, que tampoco estaba pimpante, y me dije que como castellana muy pronto tendría que
proceder a un nuevo reparto de las tareas de intendencia que las dos ancianas se repartan desde
mi matrimonio. «Màiri está en condiciones de encargarse de todo eso, ahora que cuento con
Jenny para mi servicio», pensé.
Así que, después de la misa, pedí a Anna y a Màiri que se reunieran con Nellie en el piso alto,
con la intención de explicar mi idea a las tres mujeres. Me daba cuenta de las difcultades por
parte de las dos nodrizas, que hacían cuestión de honor el desempeñar un papel activo en el
castillo. Así pues, insist en mi embarazo para convencerlas de que pasaran del cuidado de la casa
al del futuro bebé. Me tomé todo el tiempo que consideré oportuno para exponerles mi plan sin
herir sus sensibilidades, y al fnal de la reunión los ojos humedecidos de mis dos viejas sirvientas
me confrmaron que yo había tenido razón. Nellie aceptó retirarse de las cocinas, y Anna tener con

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 216
ella a Màiri y enseñarle los trabajos relacionados con el castillo, hasta la Navidad, cuando esta
última se haría cargo de toda la intendencia.
Volví a la planta baja y me tropecé con Tòmas, que volvía del cuerpo de guardia con un paquete
atado con lazos en la mano, con un aspecto conmovido y trastornado. Reconocí las cartas que
había confado a Eachann hacía ya varias semanas. No habían sido abiertas. Me apoderé de ellas.
—¿Qué es esto, Tòmas? —dije, con voz entrecortada—. ¿No han sido entregadas?
—Seguidme, mi señora —me respondió, y me llevó al despacho—. Acabamos de recibir una
noticia desoladora...
Mi corazón me dio un salto en el pecho.
—Iain ha muerto... —murmuré sin poderme reprimir.
Mis ojos abiertos de par en par por el espanto debieron de impresionar a Tòmas, porque se
apresuró a tranquilizarme:
—Mi primo está bien, mi señora. Tranquilizaos, os lo ruego. —Con los ojos húmedos, y después
de haberme hecho sentar en el sillón, me anunció la noticia—: Se trata del caballero Dòmhnull. Ha
muerto hace pocos días... de peste.
Yo dejé escapar el paquete de cartas y me llevé las manos a la cara, ahogando un grito de
desesperación. «Dòmhnull, el leal, el más veterano de entre nosotros», me dije, abrumada.
Tòmas esperó a que me rehiciera antes de continuar:
—Eachann acaba de llegar. Se quedó en la abadía de Cambuskenneth hasta el fallecimiento de
Dòmhnull y partió de Stirling inmediatamente después de haberlo enterrado. Eachann se
encuentra perfectamente, mi señora. No ha contraído la enfermedad. Pero no ha podido entregar
ni hacer que entreguen ninguna cosa a Iain.
»Los hombres detenidos en la cancillería a la espera de audiencia no pueden recibir a ningún
mensajero, por miedo al contagio. Sin embargo, están más protegidos de la peste que los
culpables encerrados en las prisiones, e incluso que los habitantes de la ciudad. El rey se ha
retirado a Scone con su familia y dirige los asuntos del reino sin poner los pies en el Parlamento;
por esa razón se tarda tanto en conseguir una audiencia.
El primo de mi marido calló, tan afigido como yo misma. ¿Qué hacer ahora para ayudar a Iain?
Di las gracias a Tòmas y le pedí que me enviara al reverendo para prever una misa de difuntos por
nuestro caballero fallecido. Le oí retirarse, y advert que Jenny entraba con discreción. No tardó
mucho en aparecer nuestro clérigo. Al observar las emociones dibujadas en el rostro del
reverendo Henriot mientras le explicaba mi propuesta de funeral, me di cuenta de cuánto había
envejecido en poco tiempo. «¡Ah, señor Baltair! Mallaig madura demasiado aprisa desde vuestra
marcha», pensé.
Después de que el reverendo saliera del despacho, mi mirada tropezó en el suelo con el
paquete de cartas, que recogí. Así pues, Iain no tenía noticias nuestras. Dudaba de que el teniente
Lennox y el to Griogair tuviesen éxito en donde habían fracasado los caballeros Eachann y
Dòmhnull. «¿A quién escribir, si nadie abre nuestro correo en Stirling?», me pregunté. Fui hasta la
ventana y miré las nubes que pasaban por encima de las torres. Y se me ocurrió una idea: ¡escribir
a Scone!

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 217
«¡Claro! ¿Por qué no dirigirme directamente a nuestro soberano, al que conozco y que me
conoce? Si le escribo en francés y ninguna de las personas que abren el correo conoce esa lengua,
hay probabilidades de que sea él mismo quien lea mi carta... o bien su esposa», me dije, febril.
Me senté de inmediato a la mesa de trabajo dejando a un lado el libro de cuentas, bajo la
mirada intrigada de Jenny. Me hice con algunos folios de nuestro mejor papel, y me sumergí en la
ejecución de mi proyecto: conseguir la liberación de Iain y hacer que saliera de Stirling cuanto
antes. Para eso, se necesitaba en primer lugar que fuera oído, y después que no se formulara
ninguna acusación contra él.
Era importante encontrar las palabras justas para defender su causa sin dar la impresión de
inmiscuirme en los asuntos de la cancillería. Medité largo tiempo cada una de mis frases,
intentando encontrar de nuevo el impulso de simpata que había sentido hacia mi soberano el
invierno anterior. Las palabras acudieron a mí libremente, sencillas y precisas.
En relación con el litigio pendiente sobre nuestros libros, resolví atenerme a la versión de la
suma de dinero perdida y no robada, que era lo que sin duda iba a declarar Iain si conseguía ser
oído. ¿Cómo había presentado Darnley su informe sobre Mallaig? Imposible saberlo. Sin embargo,
era evidente que Iain tendría que defenderse sobre algunas cuestiones y contradecir al sherif. De
modo que la palabra de Iain tenía que ser respaldada ante la opinión del rey. Por tanto, resalté el
carácter de fdelidad y los servicios a la Corona de que había dado prueba el clan MacNéil al
facilitar el trabajo del verifcador del rey en las Highlands. También me pareció oportuno recordar
que mi propia familia, los Keith, servía los intereses de la Corona, de una parte por mi padre, que
proporcionaba madera de roble a los navíos de la fota real, y de otra por mi to William, mariscal a
ttulo hereditario.
Cuando acabé mi exposición, pensé en mi respuesta a Iain en las cartas que no habían sido
entregadas, y recordé su cuento de amor. Bajé los ojos a mi barriga, que sobresalía bajo el amplio
vestido. De pronto sent moverse el niño, como un suave vaivén. En ese instante tuve la conciencia
muy clara de que necesitaba a Iain a mi lado. Más que sacar a mi marido de la ciudad apestada,
más que desbaratar la conjura urdida en el seno del clan, más que burlar los posibles planes de
venganza de Beathag, más que cualquier otra cosa.
«Majestad —suspiré en voz alta—, quiero recuperar a mi esposo. ¿Podéis comprender eso?»
Sorprendí la mirada divertida que me dirigió Jenny, le sonreí y continué mi monólogo. «Puede
que vos no seáis capaz de comprenderlo, pero vuestra esposa sí podrá hacerlo.» Tomé un nuevo
folio y me dispuse a escribir unas palabras a la reina Joane. Dediqué elogios a su esposo, con el
que había tenido el gran honor de conversar, y evoqué la admiración que despertaba ella en el
corazón del rey, que no lo ocultaba. Como me dirigía a la madre de la pequeña princesa de
Escocia, quise añadir algo para la niña. «El lobo solitario y la gacela —pensé de repente—. ¡Un
cuento! ¡Claro que sí!»
—Querida Jenny —dije a mi sirvienta—, ¿puedes ir a buscarme los cuentos gaélicos con los que
enseñamos a escribir a los niños de Mallaig? Traduciré uno y lo incluiré en la carta. Así, la reina de
Escocia tendrá una historia de las Highlands que contar en francés a su hija.
Henchida de entusiasmo, trabajé buena parte de la jornada en aquella carta a Scone, con la
ayuda de Jenny. Como dibujaba muy bien, le pedí que ilustrara el cuento, y ella colocó varias
pequeñas viñetas en el margen de mi traducción, como se hace en los manuscritos miniados. El
folio quedó muy bonito, prácticamente irresistible, cuando me lo tendió.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 218
Terminé la carta a la reina informándole de mi estado. Le dije que esperaba una hija pensando
en la princesa, pero callé que mi marido quería un hijo varón. Mencioné que él deseaba estar de
vuelta de Stirling para el nacimiento de nuestro primer hijo. Present que el corazón de la reina
desearía saber más sobre aquello, y que averiguaría lo que yo quería que averiguase.
La madera del listón superior de la cama cedió bajo el peso del señor Iain y se quebró con un
ruido seco. El joven lo soltó enseguida y se dejó caer sobre el colchón, con el torso bañado en
sudor. La cama de su celda era pequeña, pero estaba provista de largueros sólidos que en tiempos
habían soportado un baldaquín. Había utilizado los listones, desprovistos de sus cortinas, para
realizar sus ejercicios diarios, que a veces duraban más de tres horas.
Era lo mejor que se le había ocurrido para ayudar a pasar los interminables días de cautividad.
Privado de sus armas, muy pronto se había dado cuenta de que la inmovilidad anquilosaría su
cuerpo, y había decidido ponerlo a trabajar no importaba de qué manera. Desde que empezó su
entrenamiento, se dio cuenta de que los benefcios se extendían también a su mente y disminuían
la rabia que le dominaba desde que había sido convocado. Hizo una mueca de contrariedad al ver
colgar los dos extremos del larguero partido. Echó atrás la cabeza y examinó el otro larguero:
«¡Bah! Aún me queda éste», murmuró.
En ese momento llamaron con un golpe seco a la puerta, que se abrió para dejar pasar al
teniente Lennox, vestido con un manto largo y sin armas al cinto. El teniente entró y, haciendo un
esfuerzo para acostumbrar sus ojos a la oscuridad, examinó a Iain unos momentos, con aire
inquieto. Iain se puso en pie de un salto, sonriente:
—¡Lennox! ¡Es maravilloso! ¿Cómo os las habéis arreglado para pasar? —exclamó dirigiéndose
directamente hacia él con los brazos extendidos.
—Mi señor —dijo éste, con la mirada fja en el torso reluciente del joven y retrocediendo hacia
la puerta, que se había cerrado de nuevo—. ¿Estáis enfermo?
—¡Ah! ¿Eso? No prestéis atención —respondió Iain, recogiendo su camisa—. Hacía algunos
ejercicios para mantener ágil la espalda. Tengo una salud perfecta, querido. No tengo la peste, si
es en eso en lo que pensáis. No tengo febre ni migraña. Nunca vomito, a pesar de que aquí la
comida suele ser infecta. No tengo bubones... Comprobadlo. —Señaló con el dedo su cuello y sus
axilas, y fnalmente indicó las cuatro paredes—: No hay ninguna ventana que dé al sur, sólo estas
dos aspilleras que se abren al noroeste, ¿lo veis? ¡El aire sano de las Highlands!
El teniente Lennox no pudo reprimir una sonrisa ante el buen humor contagioso del joven jefe
MacNéil. Se acercó a él y le tendió su mano enguantada.
—¡Es un placer veros, mi señor! No ha sido cosa fácil conseguir un permiso de visita a un
highlander en estos momentos, pero he hecho valer la carta de mi amo. Los Keith tienen buena
reputación en las Lowlands, en particular con las personas de la cancillería. Hay que
aprovecharlo...
—Mentiríais si me dijerais que ha sido mi amable suegro quien os ha enviado, Lennox —le
respondió Iain con una sonrisa maliciosa—. Apuesto a que venís directamente de Mallaig. ¿Me
equivoco?
—¡Touché! Vengo de vuestro hogar, mi señor. Me acompaña vuestro laird el señor Griogair,
pero a él no lo han dejado entrar aquí. A mí mismo me han concedido poco tiempo para conversar

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 219
con vos. De modo que os daré de inmediato noticias de vuestra dama y me indicaréis las gestiones
que podemos hacer para sacaros de aquí.
Cuando vinieron a buscar al teniente Lennox a la celda, los dos hombres habían tenido tiempo
de comunicarse lo principal de las informaciones y de llegar a la conclusión de que el margen de
maniobra para llegar hasta el jefe de la cancillería era muy estrecho.
—O me fugo o espero mi turno —explicó Iain—. Por lo que sé, las audiencias son largas y no se
celebran más de tres por semana. No he conseguido saber el orden de llamada a los detenidos,
pero me temo que Darnley habrá sugerido que sea el último. Si algo podéis hacer, es en ese punto
donde habrá que trabajar.
—El hermano de mi amo, el mariscal William Keith, está acantonado en Edimburgo, mi señor.
Iré allí e intentaré que intervenga en vuestro favor. Pero, antes de dejaros, Griogair pregunta si
sabéis dónde se alojan vuestros caballeros Dòmhnull y Eachann en Stirling.
—No lo sé, Lennox, no he tenido noticias de ellos desde hace dos semanas. Habían encontrado
una pensión en las proximidades de la iglesia de Holy Rude, me parece...
Aquella misma tarde, las indagaciones del teniente Lennox y del señor Griogair los condujeron a
la abadía de Cambuskenneth, donde les informaron del fallecimiento de uno de los caballeros de
Mallaig y de la marcha del otro hacia las Highlands. No se atrevieron a preguntar a cuál de las dos
se había llevado la peste. El tiempo húmedo y frío se colaba por entre sus vestidos de lana y
agravaba su silencioso dolor. Las calles desiertas y mojadas, el viento persistente que las azotaba y
el pesado cielo lluvioso los impulsaron a salir de la ciudad antes de la caída de la noche. El señor
Griogair, que había hecho buena amistad con el teniente, decidió seguir acompañándolo hasta
Edimburgo. Los dos hombres no regresaron a Stirling hasta doce días más tarde con una carta de
recomendación para el canciller, de puño y letra del mariscal Keith. Cuál no fue su sorpresa al
enterarse entonces de que el señor Iain MacNéil había sido conducido al palacio de Scone la
víspera.
Durante los dos días de camino de la escolta hasta Scone, el señor Iain se contuvo en varias
ocasiones para no cantar. Una vez pasada la sorpresa de que lo condujeran al palacio del rey y de
que sus numerosas preguntas se estrellaran contra un muro de silencio, el joven jefe se dejó
invadir por la esperanza y la alegría. Primero le habían devuelto sus armas y su caballo, lo que
venía a indicar que el rey no lo consideraba un forajido. Después, el jefe de la escolta no se atrevía
a hablar de traslado de preso, porque no había habido ninguno desde que empezaron las
convocatorias de highlanders a la cancillería. Iain abrigaba la esperanza de haber sido llamado a
una audiencia por el rey.
Nunca había ido a Scone, pero sí había oído hablar mucho de aquel lugar, en la orilla oriental
del río Ta y, y del impresionante palacio, que databa de la época del rey picto Kenneth MacAlpine.
Cuando alcanzó a ver a lo lejos la catedral de St. Giles, Iain supo que estaban ya muy cerca. En
efecto, envueltos en una bruma densa, aparecieron de pronto Moot Hill y, enfrente, el palacio. El
jefe de la escolta se lo confrmó, a una pregunta suya. El hombre dio órdenes con una voz seca
para dispersar el grupo. Un minuto más tarde,
Iain entró solo con él en el recinto del formidable palacio de Scone.
En el interior del edifcio, le hicieron entrar en una amplia antecámara y allí lo tuvieron durante
una hora. No había fuego encendido, la estancia era húmeda y oscura. Iain estaba transido, tanto

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 220
de frío como de nervios. Unas diez personas esperaban como él, ociosas. Eran sobre todo
pequeños nobles, que entraban y salían libremente. No había guardias a la entrada, e Iain se
asombró. «¿Es que alguien va a decirme por fn lo que estoy esperando aquí?», se decía. En un
momento dado, creyó ver al sherif Darnley en la sala vecina, cuando la puerta se abrió. Más tarde,
fue a Saxton a quien creyó reconocer.
«Me estoy volviendo loco —pensó—. ¿Qué puede estar haciendo Guilbert Saxton aquí? He
visto a tan pocas personas desde hace dos meses, que me parece ver a todo el mundo al mismo
tiempo.»
Oyó entonces que lo llamaban desde el otro lado de la estancia, y se levantó de un salto. Un
clérigo bajito vino a su encuentro, con una sonrisa forzada en los labios, y le invitó a seguirle. Sin
decir palabra lo condujo por un largo pasillo hasta una sala estrecha guardada por dos soldados. El
clérigo se despidió con un «Os lo ruego, mi señor» antes de marcharse por el mismo camino. Uno
de los soldados abrió una puerta y lo invitó a pasar. Iain entró en una estancia muy iluminada con
velas y linternas de sebo. Reinaba allí un calor agradable, que una gran chimenea esparcía con
generosidad. Dos soldados más estaban de guardia en el umbral. Iain pasó delante de ellos y
avanzó despacio. Fue entonces cuando vio al rey asomar la cabeza desde su sillón colocado ante el
hogar, volverse hacia él y examinarlo un instante antes de interpelarle:
—¡MacNéil de Mallaig! Acercaos, señor. No pensaba tener que convocaros aquí. Este es
Kenneth Simpson, que habla gaélico —dijo el rey señalando a un hombre pelirrojo que aguardaba
a una distancia discreta, y al que Iain no había visto.
—Majestad, no necesito intérprete, si es ésa la función de maese Simpson —respondió Iain en
la misma lengua, y se detuvo frente al rey, al que saludó con una profunda reverencia.
El rey se irguió un poco en su asiento y examinó largamente a su interlocutor, con una ceja
alzada. En una mesa baja, a su lado, había restos de comida. Iain dedujo que el soberano acababa
de almorzar, y que la entrevista no tenía nada de formal. Aquello le tranquilizó un poco.
—Veo que he sido mal informado —replicó el rey, contrariado—. Tomad asiento, MacNéil,
tenemos que hablar. —Dirigió una mirada al llamado Simpson y lo despidió con un gesto—. Lo
primero, vamos a dejar de lado el informe de mi sherif. Aunque es raro que sus intuiciones lo
engañen, prefero creer que eso es lo que ha ocurrido en vuestro caso. Prefero pensar que los
MacNéil son highlanders que están en regla con el tesoro de la Corona escocesa. Puede que sean
los únicos, pero quiero creer que lo están. En efecto, sería embarazoso dudar de la palabra del j
efe sobre el que he basado mi campaña de verifcación de los libros el pasado invierno.
»Así pues, ¿Mallaig ha perdido una suma considerable, señor?
—En efecto, Majestad. Se trata de ciento veinte libras, en enero pasado, cuando mi padre aún
vivía. No he hecho todavía ninguna investigación —respondió Iain, con prudencia.
—Bien, bien. Lo importante es que habéis pagado lo debido, en su totalidad. El resto no me
interesa. Sin embargo, señor, me gustaría saber si Darnley estaba al corriente del estado de
vuestra esposa en el momento en que partió del castillo; porque, si lo sabía, la convocatoria que
dictó para Mallaig es cuando menos desafortunada, y no corresponde a las maneras de actuar de
nuestra cancillería.
—No lo ignoraba, Majestad. ¿Puedo preguntar a mi soberano cómo, entonces, ha tenido
conocimiento del estado de mi esposa?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 221
El rey Jacobo sonrió de una manera enigmática, se puso en pie y dio unos pasos por la
habitación. Iain se levantó de inmediato y permaneció inmóvil, a la espera de su respuesta. Llegó,
después de una larga refexión:
—Señor MacNéil, en verdad tenéis una esposa muy inteligente y llena de recursos. Veo que lo
ignoráis: la dama Gunelle ha escrito a la reina. En fn, la reina tiene intención de contestar la carta
de vuestra esposa, querido. Recibimos su envío hace una semana, y entre otras cosas interesantes
relacionadas con vuestros libros, nos hablaba de su embarazo. Permitid que os exprese ya mis
felicitaciones. Guardo el mejor recuerdo de vuestra brillante esposa y de su impecable francés. La
reina se llevará un gran disgusto si no estáis de vuelta para el nacimiento de vuestro heredero. —
Sonrió abiertamente ante el pasmo de Iain, y concluyó—: ¡Hecho! MacNéil, estáis libre. No sé por
qué razón os busca las cosquillas Darnley. Es una lástima, pero me temo que ese excelente
verifcador no siente simpata por ningún highlander. ¡Vamos, señor, buen viaje y que Dios os
guarde de la peste!
Iain cayó de rodillas delante de su soberano, con la mano al pecho y la cabeza inclinada, incapaz
de pronunciar palabra, tan grande era su sorpresa. Habría sido inútil, porque ya el rey había dado
media vuelta y salía de la habitación con paso enérgico. Antes de cruzar la puerta, el soberano
dijo, mirando por encima del hombro:
—¡Transmitid mis respetos a vuestra distinguida esposa, MacNéil!
«A mi bienamada esposa, Majestad. A mi bellísima... a mi adorable gacela », murmuró Iain en el
secreto de su corazón conmovido.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 222
Capítulo 16

El regreso
Iain no durmió apenas. Muchos visitantes habían aprovechado, como él, la hospitalidad del rey
para pasar la noche y abarrotaban la estrecha sala que les estaba reservada en el ala norte del
palacio. El olor fétido a sudor y lana mojada que desprendían los cuerpos saturaba el aire que
respiraba Iain a través de su pía id, en el que se había envuelto. Las toses y los ronquidos de los
durmientes habían rivalizado con el martilleo de la lluvia contra los postigos para tenerlo
desvelado toda la noche. Sin embargo, estaba agotado por el cansancio y los nervios después de
su corta entrevista con el rey, y, con los ojos abiertos de par en par en la penumbra, el joven jefe
se sorprendió al añorar la soledad y el silencio de su celda de Stirling, en la que tan bien había
podido refexionar y en la que, a pesar de todo, había descansado.
Cuando por fn se levantó, al amanecer, se sintió dominado por la impaciencia de ponerse en
marcha. «No puedo esperar a Lennox y Griogair, y no quiero volver a pasar por Stirling», se decía
al entrar en la sala donde servían el desayuno. Se unió a otros visitantes que partan aquella
mañana y habló con ellos de los caminos que subían hacia el norte. En el momento de salir, vio a
Kenneth Simpson en un rincón junto a la puerta y lo saludó con una inclinación de cabeza.
—¿Volvéis a Mallaig, señor MacNéil? —le dijo éste en tono afable y en gaélico.
—En efecto —respondió Iain en la misma lengua—. Pienso tomar el camino que bordea el río
Tay hasta Rannoch. ¿Vos estáis también de paso en Scone? Creo reconocer el acento del Norte en
vuestra boca, maese Simpson.
—Lamento decepcionaros, no soy highlander. Pero mi difunta esposa era de Wick y yo aprendí
de ella el gaélico. Tengo una posada en Scone. Cuando necesitan mis servicios como traductor en
palacio, me llaman. Pero ocurre raras veces. Los highlanders suelen arreglárselas solos o con la
ayuda de uno de los suyos. Pero hace ya más de un mes que voy a palacio todos los días, por una
dama del séquito del sherif Darnley. Tal vez la conocéis, viene de la isla de Skye: MacDougall,
Beathag MacDougall. No habla una palabra de scot, y el sherif está en estos momentos en Stirling
y pasará allí toda la semana.
Iain se había quedado rígido. «Entonces no ha vuelto a Mallaig durante mi detención», pensó a
toda velocidad, con cierto alivio. Le recorrió un escalofrío, pero adoptó una actitud desenvuelta
antes de contestar:
—La conozco, maese Simpson. Me gustaría saludarla antes de marcharme; ¿creéis que será
posible? ¿Podríais llevarme hasta ella?
Yo, que dormía como un lirón desde mi segundo mes de embarazo, ahora empecé a
despertarme en mitad de la noche, empapada en sudor, molesta por mi barriga y a menudo con
calambres en las piernas. Y entonces ya no podía recuperar el sueño hasta la mañana. Me
levantaba y, cuidando de no despertar a Ceit en mi cama o a Jenny en la suya, me ponía una
camisa, me calzaba y salía de la habitación para dar vueltas por el corredor. Canturreaba en voz
baja nanas o pasaba esas horas de insomnio rezando por Iain y por el niño que iba a nacer.
Desde la marcha del teniente Lennox a Stirling, empecé de nuevo a inquietarme de una manera
atroz. Las visiones de la peste fotaban en mis sueños, y de nuevo me senta muy sola. Casi no veía
a Tòmas, que iba y venía todo el día, y con frecuencia comía aparte. Se había encerrado en el

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 223
silencio, como siempre que algo le preocupaba. Y había de qué preocuparse. Fuimos informados
de ciertas maniobras que se proponían reagrupar el clan MacNéil alrededor del to Aindreas,
desde que Griogair se había marchado de Glenfnnan. El primo de Iain temía que el laird del loch
Morar se hiciera con el control del clan y no sabía cómo intervenir para impedirlo. Su hermoso
rostro aparecía siempre ensombrecido, y ni siquiera Jenny conseguía arrancarle una sonrisa
durante nuestras largas veladas. Además, los dos temían constantemente una aparición de
Beathag, a quien yo en cambio había conseguido borrar casi por completo de mi memoria.
No recibíamos a muchos visitantes en el castillo en aquella época del año. Estábamos a
mediados de noviembre y los caminos empezaban ya a ponerse difciles en las montañas,
abarrancados por las abundantes lluvias del otoño. La dama Rosalind permanecía en Glenfnnan, y
asimilaba mal su inquietud por su marido. A mí me sorprendía ver repetido en las cartas que me
dirigía un tema que le inspiraba un terror incontrolable: la peste. Como yo no estaba en situación
de visitarla para tranquilizarla, le escribía.
A pesar de la gran lentitud de los correos, la correspondencia se había convertido en mi
actividad principal, y ocupaba mi ánimo con efcacia. Así envié cortos mensajes a los miembros de
mi familia, a mis tos William Keith, el mariscal, y John Carmichael, el obispo de Orleáns. Con
ocasión del fallecimiento del señor Baltair, había recibido una amable carta de Guilbert Saxton, el
antiguo secretario de Mallaig, a la que respondí. Como resultado, la correspondencia entre
nosotros continuó, y en esa época le escribí mucho. También escribí cartas a la reina, que
esperaba entregar a Eachann en cuanto volviera de Scone. Además, empecé a traducir al francés
todos los cuentos gaélicos conocidos en el castillo, por el gusto de hacerlo y por el que
eventualmente podía sentir al leerlos la pequeña princesa de Escocia.
Los asuntos de nuestras tierras no necesitaban que les dedicase mucho tiempo. Todos los
víveres estaban almacenados. Todos los rebaños habían vuelto a sus pastos de invierno, y de los
clanes vecinos no llegaba ninguna señal de alarma. Creo que el temor al azote había calmado
temporalmente el humor belicoso de los highlanders. Aunque vivíamos en tierras alejadas del foco
de la peste, cabía la posibilidad de que el contagio llegara hasta nosotros, bien por mar o bien por
otras vías. De modo que cada cual se estaba en su casa y evitaba en lo posible el contacto con
viajeros, y más en particular con los que llegaban a los puertos. De no ser por la ausencia de Iain,
que cada vez me resultaba más difcil de soportar, creo que habría afrontado aquel invierno de
1425 con bastante serenidad.
«¡Qué tiempos tan revueltos, cómo ha cambiado todo!», no pude dejar de pensar al recordar la
misma época en el año anterior. Entonces era una joven educanda de convento, hija de un
comerciante rico, arrojada a la tierra salvaje de las Highlands, ignorante de su lengua y de sus
costumbres, a la espera de la boda con un hombre hostil y tozudo. Sonreí a aquellos recuerdos y
me vino a la memoria una frase del cuento de Iain: «Ese lobo solitario se convirtió en un ser triste
y amargado.»
Una noche, poco antes de la cena, desde una ventana del torreón vi entrar a Tòmas y a Raonall
en el patio del castillo. Su actitud era grave, y cuando pusieron pie a tierra, Tòmas levantó la vista y
me vio en la ventana. Apartó la mirada y algo debió de decir a Raonall, porque éste miró
enseguida en mi dirección y me saludó con una ligera inclinación de cabeza. Mi corazón dio un
vuelco, sin saber por qué. Bajé al vestbulo a su encuentro. Raonall se parecía mucho a su madre.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 224
Tenía como ella los cabellos pálidos y muy fnos, la frente alta, la nariz larga y el talle esbelto. Me
tomó las manos con una sonrisa que quería ser animosa.
—Buenas noches, dama Gunelle. No os traigo ninguna noticia de mi padre, y por tanto no hay
cambios que señalar en casa de mi madre: ella se consume esperando, y calla. Vos tenéis mejor
aspecto. —Dirigió una mirada discreta a mi cintura, y siguió diciendo—: Parecéis soportar mejor la
ausencia de vuestro marido que mi madre... ¡Os admiro, mi señora!
—Sois muy amable, señor Raonall, como de costumbre. Me encuentro muy bien, pero,
desengañaos, echo de menos a vuestro primo dolorosamente. Intento guardarme para mí mis
inquietudes, eso es todo. —Lo llevé a la gran sala, y continué—: Ya no nos visita nadie. Os
quedaréis a cenar y a pasar la velada. Y si os portáis bien, tendré preparada una habitación para
vos...
Su risa contagiosa hizo desaparecer el malestar que había sentido apenas unos minutos antes.
Vi a Tòmas dirigirse al cuerpo de guardia con la mandíbula apretada, sin una mirada para la pobre
Jenny, que no le perdía de vista desde su llegada. Cuando hube tomado asiento en un sillón con mi
invitado, me di cuenta de que la joven no nos había seguido. Antes de que pasáramos a la mesa,
Raonall me había informado de lo que yo ya presenta: el to Aindreas había convencido a los lairds
de que depusieran a Iain y lo ayudaran a tomar él mismo la dirección del clan.
—Argumenta que hay hostilidad contra los MacNéil entre los demás clanes de las Highlands
que han perdido a hombres suyos, presos en Stirling. Echan la culpa al sherif y al hecho de que
nuestro clan lo apoyara en su trabajo. Evidentemente, el hecho de que el honor de los MacNéil
haya quedado manchado por Mallaig, cuyos libros no han sido considerados conformes, ha venido
a aumentar la saña de Aindreas contra Iain —me explicó—. Aulay, Struan y Daidh le siguen por ese
camino. ¡Poco falta para que acusen a Iain de la peste que ha hecho morir en Stirling a tantos
highlanders!
»Vengo del loch Morar y no he podido conseguir hablar en nombre de mi padre. No quieren
atender a razones. Estoy desolado, mi señora, pero es posible que ellos cuatro decidan un cambio
de jefe. ¡Si por lo menos Iain fuera liberado o mi padre regresara!
—¡No pueden hacer eso! ¡Iain no ha sido declarado culpable todavía! Veamos, señor Raonall,
¡es demasiado pronto!
Y esa acusación de malversación es totalmente falsa... ¡Vos lo sabéis bien! —exclamé yo,
desesperada.
—Mi señora, ya conocéis a Aindreas. Siempre actúa por impulsos. Los demás no lo escucharían
si no hubiera sacado a relucir su famosa historia del robo del cofre. Es inverosímil de principio a
fn, pero a los lairds les encanta, a saber por qué razón. Mi madre está indignada: ¡implicaros a vos
en el asunto de una manera tan innoble! Cree que todos están celosos de vos y de mi primo... La
dama Rosalind ve siempre problemas sentimentales por todas partes, ya la conocéis. Yo me
contuve para no desafar en duelo a Aindreas cuando oí que os acusaba. Será mejor que no vuelva
a poner los pies en el loch Morar...
Me quedé estupefacta. ¡Qué bandido, ese Aindreas! ¡Qué astuto! Nunca acababa de
sorprenderme esa familia MacNéil. Probablemente, Rosalind tenía razón. Al recordar la votación
de la primavera para el nombramiento de Iain como jefe del clan, me di cuenta otra vez del rencor
que se había expresado en su contra. Algún poso debía de haber quedado latente entre los lairds.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 225
Sospeché también que el asedio de las tropas de los Cameron y los MacDonald, que ellos se vieron
obligados a rechazar, había enfriado su entusiasmo hacia su joven jefe.
Finalmente, me pregunté incluso si las derrotas de los representantes de sus casas frente a los
de Mallaig en el torneo tenían su parte de culpa en aquella mala voluntad tan patente. «Tu
manada ruge contra ti en tu ausencia, mi amor», me dije, y suspiré.
La cena y la posterior velada no fueron muy alegres a pesar de los esfuerzos que Raonall y yo
misma hicimos. En cambio, Jenny, por su parte, pareció hacer algunos progresos con Tòmas. Les vi
intercambiar miradas dulces en varias ocasiones, y durante toda la velada estuvieron siempre
juntos.
«¡Bravo, Jenny! —me dije al verlos—. Hazle sonreír un poco, o nuestro querido Tòmas corre el
peligro de hundirse bajo el peso de su impotencia para ayudar a su primo.»
En el palacio de Scone, los aposentos reservados al sherif Darnley se situaban en lo más alto de
la torre oeste; Iain y su guía no tuvieron la menor difcultad para llegar hasta allí. «Este palacio
parece bastante mal guardado», no pudo por menos de pensar Iain al subir las escaleras y cruzar
los pasillos sin encontrar a ningún hombre de armas. Kenneth Simpson guiaba a Iain en silencio, y
de tanto en tanto le dirigía una media sonrisa de complicidad. Era evidente que estaba
acostumbrado a ir y venir libremente por el palacio. Iain se preguntaba cómo podría librarse de él,
una vez en presencia de Beathag. Quería enterarse de los detalles de la conjura de la que era
víctima, y para eso era muy importante que en el encuentro con su cuñada no hubiera testigos.
Pero tuvo que preocuparse mucho tiempo. Cuando llegaron al ala de los sherifs, vio apostado a
un guardia delante de cada puerta. Al advertir la sorpresa de Iain, su guía se creyó obligado a
explicarle:
—Los sherifs son personajes importantes para el rey, pero por desgracia tienen muchos
enemigos... quién sabe por qué razón... —concluyó con una mueca traviesa—. Sus aposentos
están vigilados. Por lo demás, yo no podría acompañaros a visitar a la dama Beathag. El sherif
Darnley prohíbe que reciba a más de una persona a la vez. Pero siempre tiene a una sirvienta con
ella. —Indicó una puerta con el mentón, y anunció—: Es ahí, mi señor. Yo os espero, si os parece
bien. Entraré a atenderla después de vuestra charla.
El guardia había abierto ya la puerta de los aposentos de Beathag, al ver llegar a Kenneth
Simpson, y no puso difcultades para dejar pasar a Iain. Al entrar, éste temblaba de rabia.
«Tampoco va a ser hoy cuando la mate», pensó rápidamente. Al verla, todo el odio por su cuñada
se adueñó de nuevo de su corazón. Sonrió satisfecho al percibir el aire asustado de Beathag al
verlo entrar.
—¡Iain MacNéil! —dijo con voz temblorosa—. ¿No estás en Stirling?
—¡Puedes comprobarlo tú misma! Veo que aún no te han dicho nada sobre Darnley. Engañó al
rey al hablar de mí y ocupa mi lugar en el calabozo... —respondió Iain en tono desenvuelto.
—¡Mientes! No intentes hacerte el listo. Te conozco de sobra. No estarías aquí si dijeras la
verdad...
—Figúrate que, como soy tu cuñado, me han encargado que te lleve a tu casa. No me gusta la
idea y no pienso hacerlo —siguió explicando Iain, siempre con el mismo aire campechano—. Si no
lo hago, te llevarán a Stirling a hacer compañía a nuestro querido preso, que, al parecer, te

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 226
reclama. Sin duda es la solución que tú preferes. La peste no tiene ningún poder sobre una mujer
tan bien hecha como tú...
—Estoy bien hecha para muchas cosas, Iain, y haber sido tu amante no es la menor de ellas. —
Se acercó despacio a él, y susurró—: Di me qué debo hacer para que aceptes llevarme contigo a
las Highlands... suponiendo que decida abandonar a Darnley por ti...
—No sigas, Beathag —siseó Iain, dirigiendo una mirada a la sirvienta que les observaba desde el
fondo de la habitación—. Hablemos claro: ¡no abandonas a Darnley por mí! He perdido mucho
tiempo desde hace dos meses por culpa de tus pequeñas intrigas y quiero que me lo cuentes todo
antes de volver a Mallaig. No haré el viaje en tu compañía si no descargas tu conciencia en todo lo
relacionado conmigo y con los míos.
—Mi querido Iain, sigues enamorado de la justicia, por lo que veo. Aquí no estás en tu sala de
armas. Ésta es mi habitación —respondió ella, con un ligero temblor en la voz.
Iain la observaba y notó que las dudas se abrían paso en la mente tortuosa de su cuñada. Al oír
su advertencia había retrocedido hasta colocarse junto al brasero, y contemplaba con fjeza las
brasas mientras alisaba con una mano cubierta de anillos los pliegues de su vestido adamascado.
No había perdido nada de su porte altivo ni de su elegancia. Su cuello blanco y el corpiño relucían
con el brillo de sus numerosos collares. Sus cabellos llameantes, que le caían en cascada sobre los
hombros descubiertos, destellaban al resplandor de la lumbre. El silencio se alargó, y el señor
MacNéil empezó a sentir cierto malestar. Para disiparlo, dio algunos pasos por la habitación hasta
la ventana, por la que echó una ojeada antes de volver a centrar su atención en la persona de su
cuñada. El ruido seco de sus botas hizo que Beathag se volviera hacia él. Lo miró despacio de
arriba abajo, con sus cautivadores ojos verdes, ávidos, llenos de un deseo que lo turbó y le
desagradó a la vez.
—Debes de echar de menos a tu encantadora esposa. No eres la clase de hombre que practica
la abstinencia durante mucho tiempo. Y seguramente ella está muy gruesa en estos momentos. —
Al ver que reaccionaba a esas palabras poniéndose rígido, Beathag siguió en un tono más dulce—:
Yo podría arreglarte eso, ya sabes de lo que soy capaz. Tengo unas ganas locas en este momento.
Darnley me deja muy sola aquí... y privada de placeres. Estoy harta de él y de Scone.
»Yo creía que la vida de palacio me iba a entusiasmar, pero me han encerrado en esta
habitación, igual que a ti en tu celda de la cancillería. Los dos tenemos mucho por recuperar. ¿Por
qué perder más tiempo en discusiones inútiles, cuando tenemos mejores cosas que hacer?
Iain tuvo un movimiento instintivo de retroceso. «Está loca —pensó enseguida—. No sacaré
nada de ella. Tiene una idea fja, siempre la misma. O la mato o salgo huyendo de aquí.»
Hizo una inspiración profunda, se volvió hacia la sirvienta, a la que saludó con una ligera
inclinación de cabeza, y se dirigió a la puerta con largas zancadas. Beathag reaccionó de inmediato
y se precipitó a la puerta, junto a la que se puso de espaldas para bloquearle la salida.
—¡Un instante, Iain MacNéil! ¡No te vayas! Voy a explicarte lo que te espera en Mallaig. Tienes
razón, no tengo nada que temer de ti, porque tú ya no eres el jefe del clan MacNéil en el momento
en que nos estamos hablando. No seré yo quien sufra un proceso, sino tu mujer...
—¿Qué estás diciendo? —la interrumpió Iain, casi atragantándose.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 227
En ese momento la puerta se abrió bruscamente y Beathag se vio empujada hacia el señor Iain,
que no pudo evitar tomarla en sus brazos para que no cayera. Un guardia se asomó al interior de
la habitación y anunció con voz autoritaria:
—¡La reina reclama la presencia del señor MacNéil!
Iain rechazó con dureza a su cuñada y se adentró por el pasillo, siguiendo al guardia. Por la
puerta abierta, Kenneth Simpson había tenido tiempo de ver la escena y, mientras daba algunos
pasos detrás del señor Iain, antes de dejar que marchara acompañando al guardia, le dijo:
—Es una dama que se arrima mucho, ¿verdad? Me ha pedido que le enseñe el scot, pero tengo
muchas difcultades para concentrarme en su presencia... ¿Comprendéis lo que quiero decir?
Iain le dedicó una sonrisa crispada, sin responder. «Es cualquier cosa menos una dama —pensó
—, pero tienes razón, Simpson, es difcil evitar que se te arrime...» El guardia e Iain siguieron su
camino por nuevas escaleras y pasillos hasta llegar al ala en la que se encontraban los
apartamentos de la reina Joane.
Enseguida fue introducido en la cámara, sin presentación alguna. La estancia, muy larga y bien
iluminada por la luz del día, olía mucho a cera y estaba muy recargada de alfombras y tapices. Tres
damas y dos señores, instalados junto a las ventanas, componían el séquito de la reina. Apenas
interrumpieron su conversación a la llegada del señor MacNéil. En el centro de la cámara había
dispuesta una amplia mesa de marfl junto a la cual estaba de pie la reina, enfundada en un
vestido de color rubí forrado de armiño. Tan alta como el rey, su rostro era estrecho, con ojos
oscuros muy expresivos. Recibió al jefe de clan con viva curiosidad, porque ése era el sentimiento
que la había impulsado a llamarlo. Examinó al caballero arrodillado delante de ella.
—Levantaos, señor MacNéil, os lo ruego. Podía haberos hecho llegar esto para vuestra esposa,
pero deseaba veros. El rey apreció la entrevista que tuvo ayer con vos, y me ha recomendado que
os reciba. Temíamos que hubierais salido ya de Scone.
Iain alzó la mirada y se puso en pie despacio. La reina le tendía un pliego cerrado con el sello de
la Corona. Iain se adelantó y tomó el pliego, con una sonrisa en los labios. Debió de complacer a la
reina, porque ésta le devolvió la sonrisa y, con un gesto de la mano, lo invitó a dirigirse a los
sillones.
—Hemos encontrado en vuestra esposa a una persona encantadora, mi señor. Como sabéis,
nuestras relaciones con Inglaterra pasan por un momento difcil. Eso nos obliga, entre otras cosas,
a interrumpir momentáneamente la correspondencia con nuestros conocidos allí. De modo que
casi no tengo ocasión de escribir en francés. Vuestra esposa me permite hacerlo, y se lo
agradecemos. —Tomó asiento en un sillón e, indicando otro a su interlocutor, continuó—:
Además, encuentro divertido enviar al norte de Escocia cartas escritas en una lengua que viene del
continente. Las Highlands están mucho más cerca de Scone que Toulon, Nantes u Orleáns.
«Pero el mayor interés de esa correspondencia reside en el hecho de que la dama Gunelle es
una persona muy erudita, y eso hace que lo que cuenta sea inteligente y al mismo tiempo
interesante. Compartimos las dos las mismas lecturas. Por todas esas razones me he propuesto, y
así se lo he escrito, mantener correspondencia con ella. Vos no tendréis inconveniente, estoy
segura, mi señor.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 228
—Ninguno, ciertamente, majestad. Permitid que Mallaig garantice un correo. Será un. gran
honor para la familia MacNéil asumir la responsabilidad de la correspondencia real entre vos y las
Highlands —respondió Iain con voz tensa.
—Me parece perfecto —comentó la reina—. Hemos sabido que la Corona mantiene relaciones
con la familia de vuestra esposa a través del mariscal William Keith. Ya veis, cuanto más progreso
en mis averiguaciones, más afnidades descubro que merecen un intercambio de cartas entre
Scone y Mallaig.
—Ya que estamos hablando de relaciones, mi reina, si me lo permits —señaló con prudencia
Iain—, quisiera indicaros otra, cuya existencia conoceréis con seguridad tarde o temprano. La
viuda de mi hermano Alasdair, la dama Beathag, de los MacDougall de la isla de Skye, se aloja
aquí, en palacio, en estos momentos. Mi cuñada forma parte del séquito del sherif James Darnley,
que la conoció durante su larga estancia en Mallaig. A pesar de que sólo habla el gaélico, alimenta
grandes esperanzas acerca de su vida aquí. En fn... no estoy seguro de que sea la clase de persona
capaz de desempeñar un puesto cualquiera en la corte de Escocia, si la casualidad le llevara a
ocuparlo.
La reina apartó la vista y refexionó un momento, con aire severo y contrariado. Luego se puso
en pie para indicar que la entrevista había terminado y declaró, con una sonrisa breve:
—Señor MacNéil, sin duda os equivocáis. James Darnley no puede haber traído a este lugar a
ninguna dama de las Highlands, puesto que está casado con una de mis doncellas de Stirling y es
padre de cuatro niños. —Y posando una mirada de complicidad en los ojos de su interlocutor,
añadió—: Comprendéis, ¿no es así? No hablemos más de ese asunto, mi señor. ¡No os retengo
más tiempo! Llevad esta carta a vuestra dama y aceptad mi enhorabuena por vuestra próxima
paternidad. Que el cielo os dé la hija que deseáis, mi señor.
Iain sintió que su frente enrojecía de confusión. ¿Había disgustado a la reina con su revelación?
Pero al captar la mirada sincera de su soberana al despedirle comprendió que las consecuencias
no eran desastrosas para él, e incluso que la divulgación de las relaciones del sherif había
cumplido su objetivo. Sin duda la reina investigaría aquel asunto tan pronto como él marchara de
Scone. Se regocijó al pensar en lo que iba a ser de Darnley y de Beathag cuando su relación fuera
conocida. «¡Condenado Darnley! ¡Padre de cuatro hijos!», pensó Iain al salir de los aposentos de la
reina.
Se habría dicho que la carta de la reina guardada en el interior de su jubón daba alas a su
portador. Iain MacNéil salió de las murallas exteriores de Scone al galope, feliz de cabalgar
libremente y a su ritmo. Sin embargo, después de recorrer varias millas hubo de reducir la
velocidad, consciente de que la falta de cuidados y de ejercicio que había sufrido su caballo
durante su cautividad no le permitan espolearlo como tenía por costumbre. Iain se inclinó hacia
delante y acarició el cuello húmedo bajo la crin negra.
—Muy bien, Mungo. Al paso, valiente. Volvemos a Mallaig —le dijo en gaélico.
Como tantos otros jinetes, el joven jefe senta cariño por su caballo y no cambiaba nunca de
montura durante un viaje. Si quería hacer todo el trayecto montado en el mismo animal, tendría
que dosifcar sus esfuerzos. El caballo giró con presteza las orejas en su dirección y se engalló
varias veces en señal de placer: placer por recuperar a su amo y por ser montado por él.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 229
Iain nunca había recorrido aquella región de las Lowlands, y casi nunca había viajado solo. El
primer día, la soledad apenas le pesó. Eran muchas cosas las que tenía que meditar, acerca del
fnal de su cautiverio y de todos los elementos que lo habían rodeado, del que no era el menor la
intervención inesperada de su esposa. Sin embargo, a partir del segundo día se dio cuenta de que
la ignorancia de los caminos exponía a un viajero solitario a emboscadas frecuentes. Fue atacado
por un pequeño grupo de bandidos mal armados y sólo consiguió escapar gracias a sus habilidades
de jinete, al conseguir que su caballo saltara sobre los obstáculos contra los que lo habían
arrinconado.
Sabía que los espíritus malignos de la noche inspiraban terror tanto a los habitantes de las
Highlands como a los de las Lowlands, y que los salteadores de caminos sólo actuaban de día.
Hacía mucho tiempo que había aprendido a dominar su miedo a los fantasmas. De modo que
decidió cabalgar lo más posible de noche. El mal tiempo de aquel otoño jugó también a su favor,
porque durante el día diluviaba, y por la noche un viento relativamente templado dispersaba las
nubes. Así fue como caballo y jinete descubrieron que resultaba muy agradable recorrer durante
largas horas, casi sin interrupción, los caminos desiertos iluminados por la luna y acariciados por el
viento.
Privado de conversaciones y de compañía, Iain, como ya había hecho en Stirling, reanudó la
experiencia de explorar su propio corazón, y atravesó Escocia sumido en meditaciones e incluso en
oraciones, bajo una cúpula tachonada de estrellas. Al cabo de once días de camino en ese estado
de ánimo, llegó al Ben Nevis como un hombre perfectamente sereno, convencido de que los
numerosos problemas a los que se enfrentaba iban a arreglarse a su retorno. Los acontecimientos
vinieron a darle casi la razón.
Era noche cerrada en el castillo. Reinaba un silencio total. Miré a Bran, que se había detenido
en la puerta de la sala de armas, con el morro pegado al suelo y la cola azotando el aire,
mirándome con aire suplicante. Como cada vez que quería sentir la presencia de Iain a mi lado,
había ido a sentarme en su sitial, al fondo de aquella sala que tantos recuerdos de él me traía.
Llevaba puesto un manto, porque sabía que allí no encontraría un fuego encendido. No tenía
sueño, y un simple paseo por el corredor vecino a mi habitación no había disipado el nerviosismo
que me torturaba.
Tenía muchas ganas de hablar con alguien, pero no me había atrevido a despertar a nadie para
satisfacerlas. Decidí que Bran, que no se apartaba de mí, escucharía mis confdencias. Le hablé
desde el fondo de la sala de armas, invitándolo a pasar. Seguía fascinándome la manera singular
en que había sido educado el perro para que no entrara en ninguna habitación del castillo, a
excepción de la gran sala o las cocinas, mientras que, en todas las mansiones nobles que yo había
conocido, los perros y los gatos se paseaban libremente, como ocurría en Crathes. Bran se senta
verdaderamente sometido a un suplicio, y temblaba al oír mi voz, con aire infeliz. Muy pronto me
apiadé de él y me sent avergonzada por atormentarlo.
Me levanté y dejé de hablarle. Di algunos pasos hacia la chimenea débilmente iluminada por la
antorcha que yo había colocado en un soporte sobre su repisa. Alcé los ojos hacia los blasones de
los MacNéil y no pude reprimir una sonrisa triste al pensar en las tensiones que dividían a la
familia. Estaba absorta en mis refexiones cuando oí ruidos procedentes de la gran sala, sumergida
en la oscuridad. Bran había abandonado el umbral de la puerta, pero oí sus gruñidos ahogados y el
rascar de sus uñas sobre el suelo enlosado. La sangre se heló en mis venas. «Hay alguien ahí», me

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 230
dije, temblorosa. Me acerqué a la puerta y aventuré una mirada a la gran sala. No vi nada y quise
llamar a Bran, pero no llegué a emitir ningún sonido. Estaba allí, paralizada, registrando la
oscuridad con los ojos, y en mis oídos el zumbido de ruidos que me parecieron de lucha entre el
perro y una persona. En ese momento percibí con toda claridad una voz masculina que se dirigía a
Bran:
—¡Échate ahora! ¡Basta! Así, tranquilo... cálmate... así. Buen perro... ¿Qué estás haciendo aquí
en plena noche?
El hombre debió de advertir la luz que esparcía la antorcha en la sala de armas, porque calló de
repente y oí el ruido de sus botas que avanzaban despacio hacia mí. «No puede ser un ladrón —
me dije a toda velocidad—. Bran no lo habría dejado pasar. Es alguien del castillo...» Creí
desfallecer al reconocer al hombre, cuando apenas estaba a diez pasos de mí.
—¡Iain!
Creo de verdad que el tiempo se detuvo durante los largos minutos que siguieron. Yo estaba en
sus brazos, por fn, y para mí no exista ninguna otra cosa. Senta el latido de la sangre en su cuello,
en el lugar en que había posado mi boca. A cada profunda respiración llegaba hasta mis narices su
olor impregnado de viento, de bosque y de caballo. Sus brazos me sostenían sólidamente,
inmóviles en torno a mí. Frotaba despacio su mejilla barbuda en mi cabeza y consiguió, después de
largo rato, articular con una voz temblorosa:
—Mi amor, ¿qué haces en plena noche en la sala de armas? ¿Qué ocurre aquí?
—N o ocurre nada —le susurré, y acentué la presión de mis brazos alrededor de su cuello—.
Creo que he bajado a esperarte. ¡Oh, Iain, cuánto te he esperado! No podía más... ¡Se acabó! Estás
aquí. Dime que no sueño...
—Si sueñas, mi amor, es que yo sueño también... y Bran lo mismo —me respondió, echándose
un poco atrás para mirar mi cara—. Y ahí fuera habría otras cuatro personas soñando: los tres
centinelas y el palafrenero.
Separé mis brazos un poco para contemplarlo. Su voz ya no temblaba. Estaba feliz, sano y salvo,
de regreso en Mallaig a hurtadillas. Giró y, al hacerlo, nos expuso a los dos a la débil luz de la sala
de armas. Sus ojos azules se clavaron en los míos largo rato, y murmuró, antes de besarme
dulcemente: «Gunelle, mi maravilla...» Su barba me escocía, pero no podía separar mis labios de
los suyos. Me apreté contra él, y debió de sentir la redondez de mi barriga, porque se soltó con
suavidad e inclinó la cabeza, sin soltarme los hombros. Se deslizó despacio hacia un lado y fue a
situarse a mi espalda, con las manos colocadas sobre mi vientre en una caricia suave, y los brazos
en torno a mis caderas. Sus labios rozaron mi oreja cuando me dijo en voz baja:
—Como te había prometido, llego a tiempo, mi bienamada. Y ha sido gracias a ti. A tu pluma.
¡Pero dime qué le has escrito a la reina de Escocia para que piense que quiero una niña!
No pude evitar echarme a reír mientras colocaba mis manos sobre las suyas para que sintiera
bien mi vientre bajo la tela de mi camisa.
—Nunca sabrás lo que le he escrito, mi señor. Son tretas de mujer. Conténtate con apreciar los
resultados... Pero ¿no quieres tener otra hija? ¿Qué me harás si te doy una a fnales de este mes?
—Me revolví en sus brazos y fngí estar preocupada cuando mis ojos encontraron los suyos—. ¿Me
querrás a pesar de todo?

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 231
—Nunca podré dejar de quererte, mi señora. Primero porque soy incapaz, y segundo, porque si
quiero tener un hijo varón habré de seguir honrándote... —me respondió, tomando en sus manos
mi rostro y besándome otra vez con ardor.
En su deseo de prolongar aquel momento de intimidad, sin alertar a nadie de su llegada, Iain no
quiso que subiéramos a nuestra habitación y llevó a la sala de armas todas las pieles de la gran sala
para acondicionar un lecho. Las instaló delante de la chimenea, me hizo acostar sobre ellas y
encendió un fuego. Luego se desabrochó el cinturón y se tendió detrás de mí, estrechándome con
un brazo y ofreciéndome el otro para que colocara mi cabeza sobre él. Colocó mi manto sobre los
dos y utilizó el suyo de almohada, después de enrollarlo. Así permanecimos blandamente
acurrucados el uno contra el otro hasta las primeras luces del día, contándonos en voz baja el
fragmento de vida que habíamos pasado separados, él en la tormenta y la reclusión, yo en la larga
espera de él y de nuestro hijo.
¡Cuánta razón tuvo al aislarnos así! Al día siguiente, en cuanto corrió la noticia de su retorno,
fue tomado por asalto por nuestras gentes, felices y sobreexcitadas por volver a ver a su señor, y
yo no pude pasar ni un momento a solas con él hasta la noche.
Viví los días siguientes en una especie de estupor del que no conseguía librarme. Silenciosa, no
podía apartar los ojos de mi marido, feliz de ver cómo se movía, hablaba, comía y bebía, entraba y
salía de las habitaciones, se desvesta, se vesta, se afeitaba y rezaba. Cada uno de sus gestos o de
las palabras que pronunciaba tenía un sentido pleno, encerraba un valor en sí mismo, no dejaba
de maravillarme. «La peste no me lo ha quitado y el rey me lo ha devuelto», pensaba sin parar.
Después de una larga entrevista con el reverendo Henriot, durante la cual se enteró de la
muerte de Dòmhnull, se dedicó enteramente a sus caballeros y a sus dos primos, Tòmas y Raonall,
que lo acompañaban a todas partes. Muy pronto recuperó el gusto por la acción. Como era de
esperar, la desautorización de sus lairds pasó a ocupar el primer plano de la vida cotidiana en el
castillo. Iain seguía actuando y pensando como jefe del clan, y fue necesaria la llegada de Lennox y
Griogair, una semana después de su retorno a Mallaig, para que se decidiera a convocar el
encuentro decisivo con sus lairds. Me sorprendí al verlo lleno de confanza y de seguridad en sí
mismo, en una ocasión tan comprometida.
«¿Quién habría dicho que necesitaba ser detenido para adquirir tanta calma ante un ataque?»,
pensé al observarlo.
Porque, en efecto, la conspiración fomentada por su to Aindreas para desposeerlo de su ttulo
era un ataque. Cuando escuché a los dos hombres de edad madura que eran Lennox y el to
Griogair, me di cuenta de la reacción ofendida que se vislumbraba en sus discursos. En
determinados momentos, vi con claridad que, de los tres, mi marido era quien daba mayores
pruebas de prudencia. Seguía siendo ponderado en sus juicios y se preocupaba más de la unidad
del clan que de la suerte que había de correr el traidor. Yo asist a todas las discusiones, sentada
junto a la ventana, con una labor de costura en las manos. A veces, Ceit se sentaba a mi lado, pero
ella no tenía aún paciencia sufciente para dedicarse mucho tiempo a sus pequeños bordados. Una
vez, al mirar a Iain me pareció ver al señor Baltair. La misma cabeza erguida, la misma voz grave, la
misma atención a sus interlocutores, la misma capacidad de refexión. Sonreí de felicidad, e Iain
me sorprendió en ese momento. Salió del círculo de hombres y vino a agacharse delante de mí,
para preguntarme:

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 232
—¿He dicho algo gracioso, mi señora... o algo que te parezca un error, para que te rías así de
mí?
—Nada gracioso ni erróneo —le respondí, mientras le acariciaba la mejilla con una mano—.
Acabo de ver de nuevo, hace un instante, a tu padre. Eres igual a él, mi señor: un MacNéil
orgulloso, imponente, infalible y, a mis ojos de enamorada, un hombre espléndido.
Acercó su rostro hasta tocar mi vientre con la punta de la nariz durante un instante, me tomó la
mano, la estrechó en la suya y me dirigió una larga mirada, con la admiración re:" e: da en sus ojos
azules.
—Y en cuanto a ti, mi señora, no sé si debido al embarazo o al hecho de que te has visto privada
de tu marido, tu belleza ha aumentado hasta el punto de que en unos meses te has convertido en
la mujer más hermosa de las Highlands..., y en la gacela más magnífca que jamás haya visto un
lobo.
La península de Airor estaba siendo azotada por un viento frío procedente del norte cuando
Tòmas salió de la mansión del laird Struan en compañía de dos hombres de armas. Había
terminado de entregar los mensajes de su primo a cada uno de sus lairds y volvía a Mallaig, lleno
de dudas sobre el resultado de aquella iniciativa. Iain lo había enviado a comunicar a cada uno de
ellos que, para revocar el juramento prestado en marzo, tendrían que venir a hacerlo a Mallaig,
porque no reconocía ninguna votación que lo destituyera de su ttulo de jefe. Aulay, Struan y
Daidh le habían contestado individualmente que consultarían a los demás lairds antes de reunirse
con Iain. En cuanto a Aindreas, había sido categórico:
—Di a tu primo que me alegra su retorno, así como el de Griogair. Los esperaba a los dos para
organizar la ceremonia del homenaje. Si no tienen intención de dividir el clan, responderán
positivamente a mi convocatoria. Dile también que esperaré a febrero, para dar tiempo a que la
dama Gunelle se reponga del parto. La dirección del clan podrá pasarse hasta entonces sin la
ceremonia.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 233
Capítulo 17

El proceso
Tòmas se subió el cuello del manto y espoleó su montura. Tenía prisa por volver a Mallaig. Una
lluvia espesa le acompañó el resto del viaje. Cuando los tres jinetes entraron en el patio, estaban
completamente empapados. Dejaron entonces sus caballos en manos de los escuderos que habían
salido a su encuentro. Los hombres de armas se refugiaron a la carrera en el cuerpo de guardia, y
Tòmas se precipitó a cruzar el portal del torreón. Allí le esperaba Jenny, que vigilaba su vuelta,
vagamente intranquila.
—¡Señor Tòmas! ¡Por fn! —dijo enseguida—. ¿Habéis visto a la dama Beathag en el loch
Morar? Parece que se ha marchado de Scone. Podría estar de regreso en las Highlands... —Al ver
el aspecto lamentable del primo del señor, ella le tomó del brazo y siguió diciendo—: ¡Ah, qué
mojado estáis! No tengo perdón por haberos retenido fuera... Venid, señor, a secaros...
El caballero se dejó llevar dócilmente. La fatiga y la decepción del viaje pesaban sobre él y
hacían que se moviera con torpeza. No vio a nadie en el vestbulo cuando entró en el torreón.
«Primero me cambiaré —pensó—. Luego rendiré a Iain cuentas de mi viaje.» Jenny, que lo llevaba
de la mano, subió delante de él la escalera que conducía al ala donde estaba su habitación. Con la
diligencia de una sirvienta que sabe hacer lo necesario para la comodidad de su amo, encendió el
fuego e hizo calentar agua para el baño en un caldero. Mientras lo hacía, contó todos los
acontecimientos dignos de mención que habían ocurrido en el castillo durante los dos días de
ausencia del joven. Cuando se volvió, tuvo un ligero sobresalto: Tòmas, desnudo hasta la cintura y
sentado en la cama, se estaba quitando las botas. Había colgado su veste, el jubón y la camisa
mojados de los largueros superiores de la cama, en torno a la cual empezaban a formarse, gota a
gota, pequeños charcos en el suelo.
—Mi señor, no los pongáis ahí—le dijo, intentando ocultar su confusión—. Mojarán la cama.
Hay que colocarlos delante del hogar.
Quiso recoger las ropas que goteaban, y al extender los brazos por encima de Tòmas, éste, sin
pensar, la abrazó por la cintura y la atrajo hacia sí, al tiempo que se dejaba caer sobre el colchón.
La joven se puso rígida al sentir el contacto de sus senos con el pecho del joven. Allí se quedó sin
moverse, encima de él, mirándolo a los ojos, roja de confusión.
—Mi señor, ¿qué hacéis? —consiguió balbucear.
—Quiero decirte sencillamente que te he echado de menos... y que me hace feliz que te ocupes
de mí como lo estás haciendo. No pido ninguna otra cosa, Jenny... —le respondió, dejando que se
deslizara a un lado.
Desconcertada, Jenny se quedó tendida junto a Tòmas, devorándolo con la mirada. Pasó una
mano ligera por los cabellos húmedos del joven, que cerró los ojos de placer. Jenny se atrevió
entonces a deslizar su mano desde el rostro hasta el torso de Tòmas, muy despacio, conteniendo
la respiración. Vio cómo la piel del joven se erizaba al contacto, y su confusión aumentó.
—Tòmas —le susurró—, no me dejes hacerlo. No debo... no está bien. ¡Si supieras cuánto me
gustas! Eres el más viejo de los dos, tu deber es ayudarme...
—Con mucho gusto, Jenny. Dime cómo he de cumplir ese deber —le respondió él, inclinándose
sobre sus labios.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 234
Aquella noche, el viento azotaba la landa con regueros de lluvia helada. En el interior del
torreón, las gentes del castillo se habían reunido delante de la gran chimenea, que arrojaba
refejos dorados sobre los rostros distendidos. La velada tocaba a su fn, porque la castellana
callaba después de haber cantado largo rato con Anna y Nellie. Incómoda, cambió de posición en
su sillón, procurando no despertar a Ceit, que dormía encogida como una pelota en el suelo,
acostada a medias sobre los pies de su madre y a medias sobre la barriga de Bran.
—Estás fatigada, mi señora —le susurró su marido—. Sube, me reuniré contigo más tarde... —
Después de pedir a Màiri que se hiciera cargo de Ceit, se volvió a Tòmas y Jenny, apretados el uno
contra la otra en un banco, y dijo—: Tòmas, déjanos un poco a Jenny, sólo el tiempo de ayudar a
acostarse a su señora...
Órdenes eran órdenes, y los dos, con la sonrisa en los labios, se levantaron de buen grado. El
señor Iain vivía horas felices en el castillo desde su retorno: todos se apresuraban a satisfacer el
menor de sus deseos.
—¿Qué pensáis vos, reverendo? —preguntó cuando no quedaron sino Lennox, Tòmas, el
capellán y él sentados en el círculo de sillones—. Hemos oído a mi primo y al teniente durante la
cena. Ahora me gustaría saber cómo veis vos el grupo de los lairds y cómo creéis que reaccionaría
mi padre ante una situación así.
El reverendo Henriot habría preferido no tener que dar su opinión. Se removió en el asiento
con un encogimiento de hombros, fjos los ojos en el fuego. Los hombres guardaban silencio,
dejándose cautivar por el movimiento de las llamas entre los leños. Iain se puso en pie y fue a
llenar un gran hanap de uisge-beatha, que hizo circular ofreciéndolo en primer lugar al reverendo.
Contrariamente a su costumbre, éste bebió un buen trago e hizo un par de muecas antes de
tender el hanap a Lennox, que estaba a su lado.
—Mi señor —empezó a decir después de haber bebido—, conocí mejor a nuestro difunto señor
Baltair de lo que conozco a cada uno de vuestros lairds. Me veo obligado a deciros que me cuesta
imaginarlo en vuestra situación...
—¿Queréis decir que los lairds nunca habrían seguido a Aindreas en sus planes, si hubiese
tratado de destituir a mi padre? —lo interrumpió Iain con amargura.
—Quiero decir que el ascendiente del señor Baltair se extendía no sólo a sus lairds, hermanos o
no, sino a todos los jefes de las Highlands e incluso a los emisarios del rey. Mi señor, vuestro padre
ejerció uno de los mandatos más largos en la historia de los MacNéil al frente del clan. Corregidme
si me equivoco, fue nombrado jefe a la muerte de su padre en 1398, lo que supone un período de
veintisiete años en ese ttulo. Vos no habéis fnalizado aún vuestro primer año, mi señor.
—Entonces, mi error consiste en ser demasiado joven —dijo Iain, y vació el hanap que le había
pasado Lennox después de beber.
—Mi señor —siguió diciendo el reverendo en tono suave—, el error consiste en que todos
vuestros lairds tienen veinte años más que vos, y el hecho de pertenecer al clan MacNéil no les
priva de sus aspiraciones de hombres maduros: mandar a los más jóvenes, y no ser mandados por
ellos. Yo comparto la opinión del señor Griogair y de su dama: tienen celos de vos, y Aindreas es
tan sólo el soplillo que atiza los sentimientos de los demás.
En el silencio que siguió a estas palabras, el reverendo se levantó y fue a colocarse
respetuosamente detrás del sillón del joven jefe.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 235
Buscó la mirada aprobadora del teniente Lennox, y puso una mano sobre el hombro de Iain.
—Mi opinión vale por lo que vale, hijo mío. Pero pienso muy sinceramente que vuestra fe en el
clan es vuestra fuerza, y que vuestros lairds son sensibles a ella. Todos son buenos cristianos que
no desean renegar con tanta facilidad de la palabra dada. Tened confanza y rezad —concluyó el
reverendo en tono frme.
Iain habría deseado tener en Struan, Daidh y Aulay la misma confanza que mostraba el
reverendo. Si los consideraba uno por uno, dudaba de que los lairds renegaran de su palabra, pero
en grupo, tal como querrían hacerlo para afrmar su posición, su fdelidad se diluía. Dio vueltas al
hanap en sus manos, pensativo, y se sobresaltó cuando oyó a Tòmas, a su lado, preguntarle
sonriente:
—¿Puedo tomar yo también? Deja, me serviré yo mismo...
Le quitó de las manos el hanap y se dirigió al arcón.
—Mi señor—dijo entonces Lennox, con aire grave, inclinándose hacia adelante en su asiento—,
lo que necesitáis es un acontecimiento que demuestre que sois aún el jefe del clan, antes incluso
de que vuestros lairds tengan tiempo de reconsiderar la fdelidad que os juraron. Sería necesario,
por ejemplo, convocar una reunión del clan, por una razón que ninguno de ellos podría ni querría
ignorar...
—Veo exactamente adonde queréis ir a parar, Lennox —dijo Iain después de un breve silencio
—. Abrir un proceso contra Aindreas por el robo de las ciento veinte libras del pasado enero.
Acudirán todos, sin preguntarse siquiera quién es el responsable de ejercer la justicia de los
MacNéil. Probablemente es la mejor idea, pero yo habría deseado no sacar a relucir ahora ese
asunto, porque está implicada mi esposa y su embarazo se acerca a su término.
—Os comprendo, mi señor, pero temo que, con el regreso de vuestra cuñada a los alrededores,
os resultará difcil no hablar ni oír hablar de él. Si actuáis mañana mismo, la dama Gunelle podrá
soportar su participación en el proceso.
Iain, que se había puesto en pie, fue a apoyarse en la repisa de la chimenea, pensativo. Se
senta a gusto tomando la ofensiva, pero le faltaban muchos elementos que podían torcer la
marcha del proceso.
Los hombres se miraban en silencio, y cada uno de ellos trataba de imaginar lo que pensaban
los demás. Después de un largo suspiro, Iain fue a colocarse frente al teniente y le preguntó en
tono seco:
—Decidme, Lennox, con franqueza, ¿es eso lo que haríais vos en mi lugar?
—Ciertamente, mi señor. No me cabe duda: es lo que yo haría.
El proceso se inició a la semana siguiente. Iain fue al loch Morar en persona, con Tòmas, para
comunicar a su to que sería acusado ante el clan reunido. El teniente Lennox se quedó en Mallaig
para mantener la vigilancia en el castillo, porque Iain seguía temiendo un ataque de Beathag
contra su esposa.
Iain no la vio en el castillo de Aindreas durante su visita, pero sí alcanzó a ver a su doncella,
Finella, el tiempo sufciente para darse cuenta de la confusión en que la había puesto su presencia.
«Esta no tiene la conciencia tranquila», se dijo, sin poder explicarse la razón. El señor Aindreas ni
se sorprendió ni se enfadó ante la visita de su sobrino. Al contrario, la perspectiva del proceso

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 236
pareció complacerle e incluso servir a sus propósitos, porque afrmó que podría convencer a los
demás lairds de que participaran en la reunión.
—¡Qué mente más retorcida! —dijo Iain a la vuelta.
—Parece estar enteramente seguro de sus pruebas, Iain. No me sorprendería que haya
tramado algo con tu cuñada. Seguramente es lo que vino a hacer al castillo Finella el día del
torneo. Jenny la vio en el tercer piso del torreón, cuando entraba o salía de la habitación de tu
madre...
—¡No sabía que la doncella de Beathag había vuelto a poner los pies en Mallaig! ¡Maldita sea!
¡Vamos a tener que registrar hasta el último rincón de esa habitación, Tòmas, y aprisa! —concluyó
Iain, y espoleó su montura.
Entre las diversas opiniones expresadas por las gentes de Mallaig sobre el asunto, la del
reverendo Henriot y la de Lennox se revelaron justas desde los primeros minutos de la reunión de
todo el clan en la sala de armas, el martes siguiente.
Los ventanales dejaban pasar tan poca luz en aquel día oscuro del mes de diciembre que hubo
que encender todas las antorchas para proporcionar a los participantes una iluminación sufciente.
Iain se había revestido con el viejo manto que llevaba su padre para impartir justicia y, contra su
costumbre, se cubría la cabeza con un sombrero. Los lairds vieron, en el sitial que había servido a
cuatro jefes MacNéil, a un hombre tranquilo, enteramente dueño de sí mismo, un hombre al que
los acontecimientos de un solo año habían hecho madurar: Iain MacNéil llevaba su ttulo de jefe
con la misma nobleza que su corta edad.
Las únicas mujeres admitidas en la reunión eran las esposas de los lairds. Se habían agrupado
en la parte delantera de la sala, junto a la chimenea, en un silencio incómodo. La dama Gunelle y
la dama Rosalind se sentaron juntas, sonrientes y confadas.
—Os he convocado hoy aquí —declaró el señor Iain en un tono casi solemne— porque no
puedo acusar a un laird de una falta cometida contra el jefe sin que la causa sea escuchada por
todo el clan. Sé que ese laird ha maniobrado con algunos de vosotros para colocarse al frente de la
familia durante mi ausencia, pero no es de traición de lo que se le acusa en este momento.
Aindreas MacNéil interceptó una suma de dinero que iba destinada a mi padre. Hasta el día de hoy
no la ha devuelto a nadie en Mallaig. Habéis acudido a mi llamada para escuchar su causa, y con
ese gesto reafrmáis vuestra fe en mí como justiciero y como jefe.
Un pesado silencio siguió a aquella presentación. Los lairds Aulay, Struan y Daidh se removieron
en sus asientos, a disgusto, y dirigieron breves ojeadas a Aindreas. El rostro de este último
resplandecía, y tomó la palabra sin esperar a que nadie se la diese:
—Muy hábil, sobrino. ¡Te felicito! Pero no cantes victoria tan pronto. Aulay, Struan, Daidh y
Griogair no han venido a agradecerte que hayas expuesto al clan MacNéil a las dudas de la Corona
y a las iras de los highlanders, ni a renovar su profesión de fe en ti. Están aquí para escuchar a los
testigos y ver las pruebas de mi pretendido robo. —Paseó por la sala una mirada furiosa, y
preguntó—: ¿No tengo razón, señores?
—Mi señor —intervino Griogair vuelto hacia Iain—, por mi parte he venido aquí para decir a
esta asamblea cuánto lamento que se haya llegado a la situación en que se encuentra nuestro
clan. —Y, mirando ahora a Aindreas—: Vengo para rendir homenaje con mi presencia a Baltair y a
su hijo, por su entrega total a la familia MacNéil, uno de los clanes más poderosos y más feles al

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 237
rey Jacobo. Suceda lo que suceda en este proceso, nunca renegaré de mi juramento a Iain
MacNéil. Tiene todo mi apoyo y mi sostén indefectible.
Cuando Iain vio agachar la cabeza a los lairds de Airor, de Finiskaig y de Arisaig ante esas
palabras, supo que el reverendo Henriot había leído correctamente el fondo de sus corazones.
Inspiró hondo e inició la exposición de su acusación. Acabó con una pregunta planteada a
Aindreas:
—Tío, ¿qué sabéis del contenido del cofre que mi suegro os entregó por mediación de los
mensajeros del teniente Lennox en enero pasado?
—¡Nada! Ese cofre estaba sellado, y aunque no lo hubiera estado, yo no lo habría abierto. ¿Por
quién me tomas? Acogí a aquellos pobres tipos, que estaban transidos de frío y sólo pedían una
cosa: volver a su trabajo. ¡Eso fue todo!
—¿Cómo habéis sabido, en tal caso, que contenía una suma de ciento veinte libras en concepto
de primer pago del contrato de tala en los Grampianos, información que transmitisteis a James
Darnley? —replicó Iain.
—Lo que voy a decir te molestará, querido sobrino, pero toda mi información sobre el
contenido del cofre me viene de una persona que fue expulsada de Mallaig y que no puede volver
so pena de ser muerta por orden tuya. Hablo, evidentemente, de tu cuñada, que ha tenido que
exiliarse en Scone. Fue la dama Gunelle quien le reveló la suma contenida en la bolsa guardada en
el cofre, después de que yo se lo entregara.
—Así pues, sostenéis que mi esposa recibió el cofre —dijo Iain.
—Lo afrmo delante de esta asamblea: yo entregué ese famoso cofre sellado en propia mano a
la dama Gunelle, ene estaba en ese momento en compañía de la dama Beathag. Son, en mi
opinión, los dos únicos testigos de la entrega,
»Ese cofre mide dos manos de largo y está forrado de cuero blanco; las esquinas, las conteras y
la cerradura son de plomo. En el sello estaban impresas las armas de los Keith. —Se volvió con un
gesto majestuoso al teniente, que se había sentado al fondo de la sala, y le preguntó—: ¿Es eso
exacto, señor Lennox, puesto que vos estuvisteis a cargo del cofre desde Crathes hasta el terreno
de tala, según me lo comunicaron vuestros mensajeros?
—Es exacto. Yo estaba presente en el momento en que fue sellado en Crathes —dijo Lennox en
tono tranquilo.
—Tenemos aquí a una persona que ha visto el cofre antes que todo el mundo en las Highlands
—dijo pomposamente Aindreas—. Es mi palabra y la de la dama Beathag, que por desgracia no
puede declarar aquí, contra la de la dama Gunelle, sobrino. Porque supongo que tu esposa niega
haber recibido el cofre de mí.
»Lo que propongo es lo siguiente: registrar el castillo. Si encontramos ese cofre, que el señor
Lennox podrá reconocer, tendremos la prueba de que en efecto fue entregado en Mallaig.
—El castillo es grande, podríamos pasar registrando el día entero, pero no puedo oponerme a
esa propuesta. Guiad vos al grupo, to. Sólo las personas implicadas directamente en el proceso
podrán intervenir—dijo con calma Iain, y se levantó.
Todos los reunidos se levantaron al mismo tiempo. Con aire astuto y satisfecho, Aindreas se
puso al mando del grupo de los lairds, seguido por el teniente Lennox, Iain y su esposa. Se pidió a
todas las personas presentes en el castillo que permanecieran en la gran sala para no entorpecer

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 238
la búsqueda ni confundir las posibles pistas. Bajo la dirección llena de sufciencia del acusado, el
registro empezó por el despacho, donde lógicamente se conservaban los documentos de los
negocios de la familia. No se encontró nada en ese lugar, ni tampoco en las demás habitaciones de
la planta baja. Lo mismo ocurrió en el primer piso, en particular en la habitación de Iain y de
Gunelle. Sin embargo, el guía del registro del castillo no parecía desanimado ni sorprendido por no
encontrar nada. «A buen seguro, Aindreas sabe exactamente dónde está lo que busca», pensó
Iain. No le extrañó cuando lo oyó anunciar al cabo de unos momentos:
—Propongo continuar el examen de las habitaciones por la que la dama Gunelle ocupaba en
enero, es decir, la alcoba de la difunta dama Lite. —Se volvió hacia la castellana, con una sonrisa
torcida en los labios—: Es inútil recorrer todo el castillo, mi señora. Eso os fatigaría. Creo saber que
ocupasteis esa habitación del tercer piso del torreón durante varios meses, antes y después de
vuestra boda, ¿no es así?
—En efecto, mi señor —respondió ella con cortesía—. Vamos, pues, las escaleras son un
ejercicio excelente para mí.
Después de la lenta ascensión de todo el grupo hasta el piso más alto del torreón, Aindreas fue
el primero en entrar en la alcoba que había ocupado su cuñada, la dama Lite. Como había hecho
en los otros lugares, apartó muebles y tapices, y levantó cojines y colchones. Al llegar delante de la
ventana este de la habitación, preguntó a Iain en un tono altanero:
—Hemos oído hablar de un escondite que vuestra madre acondicionó en un hueco del muro.
Por lo menos, las mujeres hablaban de ese tema entre ellas. ¿Tú lo conoces, sobrino?
Iain soltó el brazo de su esposa, se adelantó e, inclinándose sobre el banco de piedra que
formaba el reborde de la ventana, deslizó a un lado la losa, y dijo:
—Aquí está.
La piel habitualmente oscura del rostro del to Aindreas se puso blanca cuando echó una ojeada
a aquel hueco, apenas más largo que un brazo, y descubrió que estaba enteramente vacío. Alzó los
ojos y tropezó con la mirada azul acerada de su sobrino. Los dos hombres se observaron,
conteniendo apenas la rabia que crecía poco a poco en sus corazones.
Los lairds, por su parte, no entendían adonde quería ir a parar el acusado, pero era evidente
que no estaba llegando a ninguna parte. Su desconcierto fue tal después de aquel descubrimiento
infructuoso, que renunció a dirigir el registro, cada vez más irritado. El teniente Lennox se ofreció
entonces a tomar el relevo de lo que muy pronto pareció a todos una empresa condenada al
fracaso. Después de haber inspeccionado las habitaciones del tercer piso sin el menor entusiasmo,
Struan sugirió poner fn a la búsqueda, y nadie se opuso a su propuesta. Todo el grupo volvió a la
sala de armas para continuar con el proceso, que había llegado a un punto muerto. Cuando todos
ocuparon de nuevo sus asientos, el teniente Lennox solicitó continuar el interrogatorio:
—Si me lo permits —dijo—, como yo conozco el contenido del cofre, me gustaría hacer algunas
preguntas que podrían orientarnos en nuestra búsqueda. —Con el asentimiento de Iain y de
Aindreas, prosiguió—: Señor Aindreas, ¿os dijo la dama Beathag lo que contenía el cofre, además
del dinero?
—No había nada más, creo —respondió el acusado, después de una ligera vacilación.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 239
El teniente se abrió camino entre el grupo de hombres que puestos en pie rodeaban a los lairds,
y se detuvo delante de Dùghall, el caballero del loch Morar prometido de Thora. El hombre
empezó a mirar confuso a izquierda y derecha, preguntándose qué querían de él.
—Señor Dùghall —articuló Lennox con lentitud—, ¿no os molesta que vuestra prometida luzca
joyas que no le habéis regalado vos? Porque supongo que no habéis sido vos quien le ha dado un
objeto de orfebrería francesa.
—Ah, habláis de la cruz de oro, teniente —respondió de inmediato—. Thora ya no la lleva. No
fui yo quien se la dio, sino sus padres, cuando ella cumplió dieciocho años, en enero...
—¡Gracias, Dùghall! —le interrumpió el teniente. —Luego se volvió a la castellana y le preguntó
—: Dama Gunelle, ¿no os escribió vuestro to, obispo de Orleáns, algo acerca de una cruz de oro
que había hecho incluir en el envío de vuestro padre, el pasado enero?
—Me escribió, en efecto, que me hacía ese regalo por mi boda. Tengo la carta aquí en el
despacho —respondió ella con la mirada fja en Aindreas, que se había puesto lívido.
—Yo afrmo que esa cruz de oro fabricada en Francia, reconocible entre todas, estaba en el
cofre que el señor Aindreas tuvo en sus manos en enero; y que he visto esa cruz por última vez en
junio, en la garganta de la dama Thora, en el torneo de San Juan —declaró el teniente con voz
frme, vuelto hacia los lairds.
Un murmullo de sorpresa brotó de los reunidos y fue creciendo. Gruesas gotas de sudor
perlaban la frente del acusado, en el que convergían todas las miradas. El señor Iain se puso en pie
de nuevo y se dirigió a la asamblea con una voz llena de cólera contenida:
—Creo ahora que sería oportuno proceder a un registro del castillo de Aindreas, mis señores.
Sin duda no os oponéis, to, puesto que al parecer no tenéis nada que ocultar...
Fue así como, unos minutos más tarde, salió del patio el grupo de los lairds, seguido por
Lennox, en dirección al loch Morar. Cerraban el cortejo la esposa de Aindreas y los caballeros de
las diferentes casas. Tòmas y su primo Raonall salieron hasta el puente levadizo para verles partir,
con la sonrisa en los labios. Luego el viento frío los obligó a refugiarse en el torreón, donde se
reunieron con las mujeres, instaladas junto al fuego en la gran sala.
Cuando Tòmas vio a Gunelle hundida en su sillón con la cara muy pálida, creyó que estaba
inquieta por el resultado del proceso.
—No os preocupéis, mi señora. Mi primo tiene las cosas bien encarriladas. Su to no podrá
escabullirse... —le dijo en tono cariñoso.
Gunelle intentó sonreír y luego se apartó bruscamente del respaldo y se llevó la mano a los
riñones, con los labios apretados. Rosalind, sentada a su lado, se inclinó hacia ella y le puso la
mano en el brazo.
—¿No os encontráis bien, querida? —preguntó.
—No es más que una patada del niño, mi señora. No os inquietéis... —le respondió, sin aliento.
—En la espalda, querida, no es una patada del bebé... Venid, el parto ha empezado —contestó
la dama Rosalind en tono decidido.
Bajo la mirada asustada de Tòmas, Gunelle se levantó y se apoyó en el brazo de Rosalind, que
se la llevó a paso lento a su habitación.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 240
Ni se me ocurrió negarme; me dejé llevar por ella, obediente a una forma de autoridad que, en
vez de alarmarme, me tranquilizaba. Al cruzar la sala, vi que Nellie dejaba a Ceit para
acompañarnos. Luego apareció Anna en la puerta de las cocinas y, al ver el cortejo que
formábamos, vino sonriente a unirse a nosotras. Tòmas corrió a colocarse delante de mí y,
caminando hacia atrás y con los ojos fuera de las órbitas, me dijo:
—¿Debo enviar a buscar a mi primo, mi señora? ¿Queréis que vuelva?
—No por el momento, Tòmas. Os lo agradezco. Lo haré llamar más tarde —respondí, con voz
entrecortada.
Pasó mucho tiempo antes de que pudiera pensar en mi marido y en la marcha del proceso,
porque las horas que siguieron me aislé completamente del mundo exterior. Sólo Nellie, Anna y
Rosalind existan en el universo cerrado de mi alcoba y de mi barriga, que, a lo que me parecía,
ocupaba todo el espacio disponible. Atentas, atareadas, competentes y sobre todo
tranquilizadoras, ellas me acompañaron a lo largo de la increíble aventura que representa traer a
una criatura al mundo. Una proeza que duró todo el resto de aquel día de prueba, y parte de la
noche siguiente.
Un viento despiadado azotaba a los caballeros, que aceleraron el ritmo de la marcha a medida
que se aproximaban al loch Morar. La impaciencia y los nervios los atenazaban. Aindreas no iba al
frente de la expedición sino que se mantenía a la cola, entre sus caballeros. Cuando Iain puso pie a
tierra, en el patio que rodeaba el castillo de su to, miró en dirección a las ventanas bajas del
torreón y vio a su prima Thora y a Finella, que lo observaban con aire incrédulo.
Los lairds bajaron de sus monturas y se agruparon alrededor de Iain, que asumió la dirección
del registro cuando el grupo estuvo al completo.
Entraron en el castillo por el cuerpo de guardia, y luego siguieron a una velocidad vertiginosa el
corredor que llevaba a la torre de vivienda. Al contrario de lo que había hecho antes su to en su
mansión, Iain no tocaba nada y se contentaba con pasear una mirada escrutadora sobre los
objetos, y a señalar en voz alta todas las nuevas adquisiciones de la familia durante el año: aquí
una mesa, allí un armario, un arcón, tapices, un juego de copas de cristal fno. Los lairds
escuchaban, asombrados y confusos al comprender lo que insinuaba su joven jefe.
Al llegar a la sala común, Iain saludó con sequedad a su prima y, achicando los ojos delante de
Finella, siseó:
—¿Te gustó el torneo de San Juan el verano pasado, Finella? No sabía que fueras tan
afcionada.
Al oír esas palabras, Aindreas tuvo un sobresalto y se abalanzó sobre la joven, a la que agarró
con fuerza del cuello mientras de sus ojos salían relámpagos.
—¡Especie de idiota! ¡Te dije que fueras discreta...! ¡Lo han encontrado por culpa tuya!
Iain lo asió de inmediato del jubón, lo obligó a soltar la presa y lo arrojó sobre los lairds que les
rodeaban. Desenvainó la claymore, temblando de cólera, y dirigió la punta hacia el pecho
descubierto de su to, al que instintivamente sujetaban los demás de los brazos.
—¡Eso es interesante, cerdo! —gruñó Iain.
Sin apartar los ojos de su to, levantó la voz para llamar a Finella.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 241
—Ahora, querida, vas a explicar lo que ha querido decir mi to a estos señores, que han venido
aquí a escucharte.
La joven empezó a temblar, paralizada por la angustia. Lanzaba miradas desesperadas a Thora y
a su madre, que se mantenían apartadas, con los ojos desorbitados por el terror.
—¡Vamos, Finella! ¡No nos hagas perder el tiempo! —insistió Iain, cuando pasó el primer
momento de estupor.
—¡Cállate, desgraciada! —le gritó Aindreas.
Siempre con los ojos clavados en los de su to, Iain hizo con la cabeza una seña a Lennox en
dirección a Finella y murmuró entre sus dientes apretados:
—Necesita ayuda, Lennox.
El teniente desenvainó y colocó la punta de su espada bajo el mentón de la joven. Aindreas dio
un tirón para soltarse al tiempo que le repeta la orden de callar, pero Iain cortó con la punta de su
arma la correa que sujetaba el vestido de su to, lo que le obligó a permanecer inmóvil, con los
ojos inyectados en sangre.
—¡Habla de una vez! ¡Va a matarlo! —vociferó la esposa de Aindreas, fuera de sí.
Finella se estremeció al oírla y tragó saliva, con la mirada fja en el arma de Lennox, que la bajó
imperceptiblemente. Cerró los ojos un instante y respiró a fondo antes de confesar con voz
temblorosa:
—El señor Aindreas y la dama Beathag tenían la intención de colocar un cofre blanco en la
alcoba de la dama Rosalind en Mallaig, durante el torneo. Me ofrecieron una pequeña bolsa para
que fuera yo quien la llevara allí y la escondiera en el banco de la ventana de la habitación. Nadie
debía verme, a pesar de que en el cofre no había nada. Eso puedo jurarlo, porque lo abrí antes de
colocarlo allí.
—Una pequeña bolsa... —repitió Iain, bajando su arma. Dio unos pasos hacia el grupo, y dijo—:
El resto de la cantidad destinada a mi padre, que has empleado muy bien por lo que hemos visto,
Aindreas. En resumen, ¿qué te queda de todo ese dinero? Y de los demás objetos: las cartas y el
regalo de boda del to de la dama Gunelle...
—Me complace comunicarte que no queda nada, sobrino —respondió con rencor Aindreas,
más tranquilo desde que ya no estaba bajo la amenaza del arma de Iain, y sin nada que perder
después de la confesión de Finella—. Quemé las cartas y lo he gastado todo... Con la cruz
cometimos un pequeño error al llevarla en junio, pero luego nos deshicimos de ella.
La declaración de Aindreas cayó sobre los reunidos como un ancla en el fondo del agua. Todos
los ojos se volvieron a Iain, en un silencio profundo. El joven fulminó a su to con la mirada, y su
puño se crispó alrededor del mango de su arma, que hizo oscilar lentamente.
—Escucha, Iain —balbuceó Aindreas con voz agitada—, no fue una fechoría tan grave. Baltair
no tenía tanta necesidad de ese dinero y nadie en Mallaig parecía reclamarlo. Probablemente no
me lo habría quedado, de no ser por la manera en que trataste a Beathag...
El to no pudo terminar la frase. Iain saltó sobre él. Lo aferró por el revés de su veste y lo
arrastró hasta el hogar, con una seña a Lennox, que había soltado a Finella. Este último vino a
sujetar al to, que protestaba blandamente, sin saber qué era lo que se disponía a hacer su
sobrino. No tardó mucho tiempo en comprender. Iain dio un tirón tan fuerte a la manga de su

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 242
jubón que la arrancó de golpe y dejó descubierto el brazo hasta el hombro; luego lo sujetó y lo
apoyó en el respaldo de un sillón colocado allí. Lennox ayudó a inmovilizarlo en esa postura. Con la
velocidad del relámpago, Iain levantó la claymore por encima de su cabeza y asestó un violento
golpe que seccionó el brazo a la altura del codo; el chorro de sangre salpicó la cara del teniente.
Atontado, el to miraba su antebrazo caído en el suelo en medio de un charco de sangre negra. Su
esposa se había desmayado. Después de lanzar un grito de estupor, el resto de los reunidos
callaba. Las palabras de Iain resonaron con un extraño acento de indiferencia:
—Antiguamente se cortaba la mano a un ladrón. Cuando al robo se añadía la traición, se
cortaba la mitad del brazo. —Se volvió hacia Thora y le dijo—: Venda a tu padre antes de que sea
demasiado tarde, Thora. Si no lo haces, podrían acusarme de haberle dejado morir desangrado.
La cabalgada de Iain y sus gentes de regreso a Mallaig, en la penumbra de aquel oscuro fnal de
jornada, fue rápida y silenciosa. Los caballeros no se atrevían a hacer ningún comentario sobre el
castigo a la traición de Aindreas. Con expresión frme y dura, Iain se colocó a la cabeza del grupo
junto al teniente Lennox, que respetó su silencio. Sabía muy bien lo que había costado al joven
jefe dividir el clan con aquel asunto, y comprendía que no lo consideraba una victoria.
Cuando iniciaron el descenso desde los altiplanos hacia el castillo, se toparon con el caballero
Eachann, que volvía de Scone con el correo de la reina dirigido a la castellana. El caballero espoleó
su montura para reunirse con el grupo, con el aire feliz de quien trae buenas noticias, y sin advertir
la actitud contrariada del jefe, se lanzó a contar detalles de su viaje.
Fue así como, antes de entrar en el recinto del castillo, Iain supo por su mensajero que el sherif
Darnley había sido apartado de su cargo por el rey y adscrito a tareas administrativas de la
cancillería en Stirling, y que Beathag, expulsada del palacio de Scone por la reina, se había
refugiado en la posada de Kenneth Simpson, donde parecía divertirse mucho. «Por lo menos esa
amenaza parece alejarse de Mallaig por algún tiempo —se dijo con amargura Iain al pensar en su
cuñada—. ¡Quiera el cielo que encuentre sufcientes satisfacciones en casa de Simpson y nunca
vuelva a poner los pies en las Highlands!»
Estaba agotada. La sucesión interminable de contracciones y relajaciones de mi vientre se había
acelerado, y mis riñones lo sufrían cada vez. ¿Cuánto tiempo llevaba empujando así sin apenas
resultados, por lo menos desde mi punto de vista? Nellie no me soltaba. Senta sus manos en mis
rodillas recogidas y oía continuamente su voz tranquila y animosa. Entre dos calambres, llegaba a
darme cuenta de lo que ocurría alrededor de mí y de ella.
—Ella es estrecha, mi señor, y el bebé parece ser de buen tamaño —oí que explicaba Anna a
Iain en el corredor donde él esperaba impaciente.
«Entonces, Iain ha vuelto», me dije en medio de la neblina de mis padecimientos. En otro
momento, oí ladrar a Bran. Al darse cuenta de mi sobresalto, Anna se inclinó hacia mí y me dijo en
tono tranquilizador:
—Continuad, mi señora. No hagáis caso. Es el perro, que responde a vuestros gritos. No es más
razonable que su amo. ¡Ah, estos maridos que pierden los nervios cuando su mujer da a luz! Da
verdadera lástima ver cómo tiemblan hombres tan valientes en todo lo demás. No dejéis de gritar.
¡Es saludable y os ayuda a empujar! Tanto peor para mi amo si no puede soportarlo...
Yo apenas oía esas explicaciones. Gritar: no habría podido dejar de hacerlo, tan grande era el
dolor que senta al fnal del parto. Poco después de la medianoche, aquel tercer miércoles de

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 243
adviento de 1425, para mi gran felicidad di a luz a un hijo varón. Por entre mis lágrimas de alegría
y de agotamiento, reconocí a Iain en el diminuto ser envuelto en pañales que Nellie colocó en mis
brazos: su preciosa cabecita negra, sus puños menudos y apretados, su voz potente para un
cuerpo tan pequeño y la avidez con la que se apoderó de mi pecho.
Tuve una formidable sensación de triunfo después del nacimiento. Una vez acabado mi aseo,
Anna dejó entrar a Iain, que vino prudentemente a mirar a su hijo dormido en mis brazos. Sent
entonces su emoción como un mensaje de agradecimiento. Fruncía sus cejas espesas al pasar su
mano temblorosa por la cabeza de nuestro hijo, sin atreverse a tocarla. Yo le tomé los dedos y los
posé sobre el pequeño cráneo cálido y cubierto de una pelusa muy fna. Lo vi entonces cerrar los
ojos un momento, y cuando los abrió, resbalo de ellos una lágrima.
—Es magnífco, mi bienamada. ¿Qué he hecho yo para que me abrumes con tantos regalos? —
murmuró, al tiempo que sumergía en mis ojos su mirada azul.
—Nada salvo ser tú mismo, mi señor. Y así como eres, mereces este hijo tanto como mi amor —
le respondí con sencillez.
Contemplamos largo tiempo al bebé los dos juntos, y luego, ante mi evidente necesidad de
descansar, mi marido quiso retirarse y dejarme entregada a los cuidados de Nellie, pero yo lo
retuve a mi cabecera, porque quería conocer el desenlace del proceso. Ahora que mi hijo había
nacido, ninguna fatiga podía apartarme de ese deseo. Debió de presentir que yo insistiría, porque
me lo contó, de una manera concisa y con aire sombrío. Así me enteré en pocos minutos del
terrible castigo infigido al to Aindreas, en el mismo escenario de su crimen. El odio que ese
hombre senta por mi marido había llegado así, con aquel castigo, a su desenlace. Fue el precio
con el que Iain ganó el proceso y, al mismo tiempo, recuperó su autoridad plena como jefe de los
MacNéil.
—No te amargues más, amor mío —le murmuré—. Has hecho lo que tenías que hacer. Estoy
orgullosa de ti.
—Hoy, de quien estamos todos orgullosos es de ti —me contestó, mientras me acariciaba la
mano—. Yo lo estoy infnitamente, Gunelle, y te doy las gracias...
Dormí muy poco y me desperté dolorida con las primeras luces del día. Suspiré de alivio porque
mi gran alegría no se había esfumado. Nellie y Anna se habían relevado en mi habitación para
velar mi sueño y el de mi hijo. Acogieron mi despertar con una sonrisa tan luminosa que me eché a
llorar. Más tarde, mientras amamantaba a mi hijo, recibí la visita de Ceit. Su carita aparecía
animada por la curiosidad, y se acercó despacio a mi cama de puntillas.
—Padre me ha dicho que tengo un hermano y Jenny me ha permitido venir a verlo. ¿Puedo,
madre? —Al ver al bebé envuelto en pañales exclamó, con los ojos abiertos de par en par por la
sorpresa—: ¡Es pequeñísimo y tiene el pelo negro! Me habían dicho que se parecería a ti... Mira
esas manos diminutas. ¿Cómo podrán sostener una claymore? Padre va a tener mucho trabajo si
quiere que llegue a ser un caballero —concluyó con aire de superioridad.
Me costó todo el esfuerzo del mundo no soltar una carcajada delante de mi hija, como hicieron
Nellie y Anna, las dos a coro. «Y, sin embargo, algún día será caballero», pensé mientras
contemplaba mamar a mi pequeño Baltair, maravillada.

Escaneado y Corregido por GEMA – Editado por Mara Adilén Página 244

También podría gustarte