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Ciudad Élfica y Arpías: Un Misterio

El narrador se encuentra ante una ciudad desconocida después de escapar de un bosque feérico, sintiendo la tensión entre explorar lo desconocido o regresar a lo familiar. Al entrar, descubre una atmósfera de abandono y estatuas de arpías, lo que plantea preguntas sobre la historia de la ciudad y su conexión con el mundo feérico. Una herida y un relieve en élfico sugieren que hay secretos oscuros y confusos en este lugar, donde la cultura y la barbarie parecen entrelazarse.

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Ciudad Élfica y Arpías: Un Misterio

El narrador se encuentra ante una ciudad desconocida después de escapar de un bosque feérico, sintiendo la tensión entre explorar lo desconocido o regresar a lo familiar. Al entrar, descubre una atmósfera de abandono y estatuas de arpías, lo que plantea preguntas sobre la historia de la ciudad y su conexión con el mundo feérico. Una herida y un relieve en élfico sugieren que hay secretos oscuros y confusos en este lugar, donde la cultura y la barbarie parecen entrelazarse.

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Después de escapar del bosque feérico, me encuentro frente a las murallas de una

ciudad que no figura en ningún mapa. El aire huele a humedad y abandono, como si
los humanos —o cualquier criatura civilizada— hubieran desaparecido hace siglos.

La luz del día muere a mis espaldas. Me debato entre volver al bosque —un peligro
que conozco— o entrar en esta sombra desconocida. No necesito lanzar una moneda. El
alma del apostador ya me dicta el camino.

Enciendo una antorcha y avanzo. Las calles están vacías, y las plataformas que
diviso no tienen escaleras: quizás destruidas, olvidadas… o simplemente no las hubo
nunca. Me pego a las paredes. Toco los relieves: plumas entrelazadas con
imitaciones de escamas. Suaves. Húmedas.

Creo que puedo alcanzar una de esas plataformas. Hay decoraciones talladas,
suficientes para escalar. Si consigo llegar, haré fuego. Necesito pensar. O tal vez
solo sentir algo que no sea esta ciudad respirándome en la nuca.

Me cubro con unas pieles recién curtidas. El olor es fuerte, amargo, y me impide
dormir. El fuego chispea, pero no me da seguridad. Su luz es intensa al punto de
cegarme, pero no alcanza a empujar del todo la oscuridad.

Mi corazón se dispara de repente. Un sudor frío me recorre el cuerpo. Sobre mí, una
figura con alas y cuerpo casi femenino se recorta contra la penumbra.
Instintivamente, tomo el arco. Estoy listo para pelear.

Pero en el juego de luces, la verdad aparece: es solo una estatua. ¿Una arpía?
Criaturas crueles, salvajes. Sin cultura, sin templos. ¿Qué hace una representación
suya aquí?

Un punzón de dolor en el vientre me recuerda una herida mal cerrada. Sin magia ni
medicinas, solo me queda esperar. Me apoyo contra la pared, y al hacerlo, mis dedos
rozan algo extraño: un relieve. Letras.

“Amun yaba luik.” En élfico, significa: “Muro para…”

La última palabra es confusa: dos conceptos mezclados. Maldición y alas.

Una ciudad en el mundo feérico, con estatuas de arpías y escritura élfica… Nada
encaja.

—¿Por qué homenajear monstruos en una ciudad élfica? —murmuro. Nadie responde.

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