Fragmentos Chambers, A. (2021) Dime.
FCE
Fue en lo que nos decían otras personas sobre sus lecturas, y en lo
que nosotros decíamos de las nuestras, en donde creímos haber
descubierto el nudo del asunto: un cierto tipo de conversación literaria nos
daba la información que necesitábamos, la energía, el ímpetu, la voluntad
para explorar más allá de nuestras fronteras familiares. Todos pudimos
hacer un recuento de las personas que fueron particularmente importantes
en nuestra vida por esta razón, algunos de ellos, maestros. Todos pudimos
recordar momentos de conversaciones literarias que nos habían incitado a
darle otra vuelta al espiral literario. (P. 12)
Esto es lo que un colega, Steve Bicknell, me escribió una vez:
En nuestro último encuentro dijiste, ‘El acto de la lectura radica
en hablar sobre lo que has leído.’ Revisando mis apuntes de las
conversaciones con niños en las que he participado,
constantemente vuelvo a un comentario hecho por Sara, de ocho
años de edad (quien no se destacaba por su facilidad para
arriesgar una opinión en frente de su clase): ‘Nosotros no
sabemos lo que pensamos sobre un libro hasta que hemos
hablado de él.’
(Pag. 13 a 20)
Quizá fue más un acto provocativo de mi parte que derivado de un
convencimiento absoluto, el colocar el acto de la lectura en el acto de la
conversación, pero Sara ciertamente dijo una verdad que podemos
reconocer.
Si usted escucha casualmente a un grupo de personas platicando
sobre un libro, no se va a encontrar con que su conversación sigue una
agenda lógica, pero si analiza una trascripción de la misma, el tema se
puede dividir en tres amplias categorías, a las que llamo “Las tres áreas
compartidas.”
1. Las tres áreas compartidas
Compartir el entusiasmo
Cuando los amigos comienzan a hablar sobre un libro, esto se debe,
por lo general, a que uno de ellos quiere compartir su entusiasmo. “Acabo
de leer este extraordinario libro –dice-. ¿Lo han leído?”
Todos conocemos las variantes de esta táctica para introducir el tema
y cómo continúa luego la conversación. Si otros en el grupo no han leído el
libro, quieren saber de qué se trata. Pero, ¿qué significa “de qué se trata”?
La mayoría de las personas simplemente responden describiendo la trama,
el ambiente y los personajes de la historia. Pero no dicen nada sobre su
significado. Tienden a decir algo así como “Bueno pues, es sobre tres
hombres maduros que se van de viaje en un crucero y dejan a sus familias
y entonces . . .” Con mucha menos frecuencia, dicen: “Es una novela sobre
la política familiar y las tensiones de la vida en familia en una sociedad
posfeminista.” Es decir, no sintetizan el significado como lo haría un crítico
académico. Más bien tienden a contar la historia y a hablar sobre lo que les
gustó y lo que no les gustó, que podría ser cualquier cosa desde la
naturaleza de la historia, el ambiente y los personajes, hasta la forma y la
manera en que está contada.
Si los otros han leído el libro, la conversación tiende a deslizarse de
inmediato en dirección a un área compartida, que empieza con tácticas
tales como: “Te gustó la parte en donde . . .?” o “¿No crees que fue muy
gracioso cuando . . .?
En la plática de todos los días, las personas tienden a posponer la
discusión del sentido (interpretación y significado) hasta que han oído todo
lo que sus amigos tengan que decir. En otras palabras, el significado de
una historia para ese grupo de lectores surge de la conversación; no se
establece en el inicio y luego se discute, que es lo que ocurre por lo general
en una conversación académica formal de literatura.
Estos amigos lectores están compartiendo dos tipos de entusiasmo:
- lo que les gusta: el entusiasmo por los elementos de la historia que les
agradaron y atrajeron, sorprendieron e impresionaron y los hicieron
querer continuar con la lectura;
- lo que no les gusta: la aversión hacia los elementos de la historia que les
disgustaron o los sacaron de la lectura por una u otra razón.
Es importante comprender que los lectores con frecuencia son tan
vehementes con lo que no les gustó como lo son con lo que les gustó. Uno
ve el efecto de esto en la discusión. Si a los amigos les gustaron las
mismas cosas y están totalmente de acuerdo, la conversación con
frecuencia es menos interesante y termina antes que cuando hay
elementos que inspiran respuestas opuestas.
Compartir los desconciertos (i.e. dificultades)
Un lector con frecuencia va a expresar disgusto ante los elementos de
la historia que lo han dejado desconcertado, las cosas que no acaba de
entender. Probablemente diga “¿Qué quiso decir cuando . . .?” O
“Entendiste la parte en donde . . .?” A veces ocultamos nuestra confusión
con comentarios como: “No me gustó como termina, ¿Y a ti? O “No me
convenció el personaje del maestro, ¿a ustedes?” O “¿Qué es lo que te
gustó tanto de la escena en donde . . .?”
Uno de los amigos va a tratar de dar una respuesta (más adelante, en
Compartir las conexiones se hablará de cómo lo hace). Es en esta parte
de la conversación en donde es más obvio que el significado se va a
negociar y construir. Los amigos discuten lo que les resulta enigmático y la
explicación sugerida, y de aquí surge un entendimiento (o un acuerdo en
que no hay acuerdo) sobre de qué se trata el libro – qué significa- para ese
grupo de lectores en ese momento. Digo “ese grupo de lectores en ese
momento” porque un diferente grupo de lectores puede muy bien descubrir
un énfasis de sentido diferente. Como también puede ocurrir en el mismo
grupo si en otro encuentro vuelven a hablar del mismo libro. Los
significados de cualquier texto cambian de acuerdo al contexto de las vidas
de los lectores y sus necesidades en un momento determinado.
Si le queda alguna duda, piense, por ejemplo, en una palabra
aparentemente simple: SALIDA. En un cine o un restaurante, o en cualquier
otro lugar en donde se use la palabra como un signo arriba de una puerta,
uno espera que esto signifique “éste es el lugar por donde se sale” y si
quiere salir no va pensarlo dos veces al leerlo. En un aeroplano a 8,000
metros de altura, la palabra se usa como un signo sobre las puertas y está
iluminada todo el tiempo. Pero nosotros contamos con el suficiente
conocimiento como para no usarla, incluso aunque tengamos muchos
deseos de salir del avión, porque sabemos que, en ese momento y en ese
lugar, hacerlo significa la muerte.
Si una palabra aparentemente tan simple como ésta –una palabra que
tratamos de usar con la menor ambigüedad posible- puede sufrir cambios
importantes de significado a partir del contexto en que se lee, cuanto más
probable es que una historia que utiliza muchas palabras de formas
deliberadamente ambiguas, como lo hacen todas las historias, vaya a estar
cargada de sentidos cuyo potencial se vuelve real de acuerdo a lo que los
diferentes lectores en diferentes grupos, en diferentes momentos y lugares,
descubren juntos. Por esta razón, en la actualidad aceptamos que “la
ilusión de una sola lectura correcta ya no es posible”, como bien lo señaló
Frank Kermode En cualquier texto, no importa cuán simple sea, siempre
existe la posibilidad de encontrar múltiples sentidos.
Al compartir y resolver las dificultades sobre los elementos
desconcertantes de una historia podemos descubrir qué significa esa obra
escrita para cada uno de nosotros ahora.
Compartir las conexiones (i.e. descubrir los patrones)
Podemos armar el rompecabezas y resolver las dificultades cuando
encontramos relaciones significativas entre un elemento del texto y otro:
elementos, por ejemplo, del lenguaje, motivos, sucesos, personajes,
símbolos, etcétera.
Los seres humanos no podemos soportar el caos, el sin sentido, la
confusión. Constantemente estamos buscando asociaciones, patrones de
relaciones entre una cosa y otra que produzcan un sentido que podamos
comprender. Y si no podemos encontrar un patrón, tendemos a construir
uno a partir de las diversas cosas sueltas de ese material inconcluso que
está frente a nosotros. Hacemos esto con todo en nuestra vida, y lo
hacemos cuando leemos.
Sólo podemos “leer” cuando reconocemos en los signos sobre la
página los patrones llamados palabras y oraciones. Pero aprender a leer
relatos no sólo significa saber reconocer estos patrones verbales; también
implica aprender a reconocer los patrones formales narrativos de la historia
misma.
Piénselo de este modo: un edificio está hecho de ladrillos, piedra,
madera y acero, materiales que podemos identificar a simple vista. Pero
estos materiales se usan para crear patrones de figuras que forman
habitaciones de diferentes tipos, y escaleras, techos, ventanas y puertas,
que a su vez crean diferentes tipos de edificios –una casa, un edificio de
oficinas, una fábrica, una escuela- que también aprendemos a identificar a
partir de nuestra experiencia de saber cómo se usa cada uno. Con los
textos sucede lo mismo. Se construyen con diferentes elementos del
lenguaje usados de diversas maneras para crear distintos tipos de texto.
Aprendemos a buscar detalles de diseño bajo la forma de patrones que nos
dicen qué tipo de edificio, qué tipo de narración tenemos enfrente.
Hablar juntos
Aquí la motivación privada para participar en una discusión es un
intento consciente de resolver junto con otras personas aquellas
dificultades que nos parecen demasiado difíciles y complejas para que
cada uno las resuelva solo.
El efecto público de este hacer conscientemente un fondo común de
pensamiento es que arribamos a una “lectura” -un conocimiento,
entendimiento, apreciación- de un libro que excede ampliamente lo que
cada uno de los miembros del grupo podría haber logrado solo. Cada
miembro sabe una parte, pero ninguno tiene el conocimiento completo. Y
los miembros de una “comunidad de lectores” intencionalmente se abocan
a una actividad cooperativa de discusión con el objetivo de descubrir más
cosas sobre el texto que de otra manera no lograrían.
Decir algo nuevo
La motivación privada aquí es el deseo de participar en una
conversación literaria por la actividad misma, porque hemos aprendido no
sólo que “hablar juntos” produce una lectura construida a partir de los
segmentos de entendimiento que podemos ofrecer individualmente, sino
también que la propia conversación con frecuencia genera nuevos
entendimientos, incrementa las apreciaciones, que nadie hasta entonces
había expresado. La sensación es de “despegue”, de volar hacia lo que
hasta ahora era desconocido: la experiencia de la revelación. Al analizar
juntos minuciosamente un texto, nos vemos recompensados con riquezas
de sentidos que no sabíamos que nos ofrecía antes de haber compartido
nuestros entendimientos individuales. Lissa Paul cuenta que sus
estudiantes de licenciatura hablaban del “placer intelectual” que obtenían al
volver repetidamente a un texto con el fin de interpretarlo, y cómo
disfrutaban al descubrir sus secretos textuales. Mi propia experiencia es
que los niños también obtienen un placer intelectual similar con esta
actividad.
El efecto público de una experiencia tan productiva es que las personas
llegan a conocer la importancia social de la lectura literaria (un conocimiento
que nunca se olvida y al que siempre se desea regresar). Descubren de
primera mano cómo la lectura –la experiencia completa del “círculo de
lectura”- trasciende el entretenimiento- pasatiempo, el mimo a la hora de
dormir o el valor funcional de cada día: cómo, en cambio, nos ofrece
imágenes para pensar y un medio para crear y recrear la esencia misma de
nuestras vidas individuales y colectivas. Hay quienes dirían, incluso se
quejarían, de que esto –leer y hablar “seriamente” sobre la lectura- es investir
al discurso literario de una significación metafísica, si no religiosa. Pero es
que . . . creo que la tiene. (P. 25 y 26)