Introducción
En todas las sociedades y en todas las épocas sucede que algunas
personas tienen comportamientos, aspectos y actitudes que son más
flexibles sobre lo que se entiende como «propio» de hombres o mu-
jeres. Algunas, además, evidencian que no encajan con el sexo que
les fue asignado en el nacimiento; de hecho, hay quien no se ajusta
a ninguna de las dos «opciones disponibles». Estas rupturas de las
normas sociales sobre lo que supone ser chicos o chicas pueden apa-
recer desde la infancia, sin esperar a tener 18 años y ser conside-
radas personas adultas y sucede inintencionalmente. En otras per-
sonas, este proceso se hace evidente más tarde, en algún momento
de la vida adulta e igualmente sucede sin la voluntad manifiesta de
querer ser necesariamente disidente, pionero o convertirse en acti-
vista.
Las sociedades occidentales se sirven de sus instituciones socia-
les para presionar y moldear a las personas de todas las edades, casti-
gando y reforzando algunos comportamientos, con el objetivo de que
se muestren dentro de las normas socialmente aceptadas. Estas accio-
nes se enmarcan dentro unas ideas muy concretas de lo que es (y no
es) la feminidad y la masculinidad apropiadas. Al mismo tiempo, tam-
bién existen presiones por cumplir con otras normas sociales impor-
tantes, sobre cómo expresar la sexualidad, qué tipo de sexualidad y
cuándo; qué cuerpos son normales, bellos y aceptables; qué capacida-
des son mejores que otras; qué color de piel es más valorado; qué
acento y uso de la lengua son apropiados; qué lenguas son las más
apreciadas; qué grupos étnicos son más respetados, por poner algunos
ejemplos relevantes.
16 Trans*
Para los niños y niñas que trasgreden las normas de socialización
tradicionales sobre el género1 y los jóvenes trans*,2 estas demandas
sociales para que cumplan con los comportamientos típicamente
masculinos y femeninos van dirigidas a una parte vital de quienes son;
aluden a su propia personalidad e identidad, que sienten cuestionadas.
La desaprobación social a la que se enfrentan debido a las rupturas de
las normas sociales, en concreto sobre cómo encarnan la masculinidad
y/o la feminidad, hace que se les juzgue de manera global, el «todo»
por una «parte» (ser trans). Reciben el mensaje de que ella (o él) en
particular no está bien, no es buena, no es querida o no es aceptada, en
definitiva, no es «normal». Más aún, de que no son merecedores de
ese afecto o esa aceptación. Frente a este panorama negativo, muchas
personas nos planteamos qué podemos hacer para romper esta cadena
de abandono, rechazo y discriminación. Nos mueve la tarea de apoyar
a las personas con las que convivimos, acompañándoles en su búsque-
da por una identidad vivible, o bien, nos aluden nuestras propias expe-
riencias como personas trans* o que rompen las normas de género.
Crecer en una sociedad como la nuestra, donde los roles que han
de encarnar hombres y mujeres son tan rígidos, tiene consecuencias
concretas. Afecta al sentido de pertenencia social, de conformación de
un yo positivo, así como interfiere en el vínculo con otras personas.
Desde muy jóvenes, algunas personas se enfrentan a la duda de no sa-
ben si van a poder contar con el apoyo de sus familiares, amistades,
vecinos, profesores, compañeros o de sus parejas. Las rupturas con los
roles también tienen consecuencias concretas para la salud y el bienes-
1. En el contexto científico y activista internacional se utiliza ampliamente la expre-
sión «gender non-conforming children», que se puede traducir ampliamente por «me-
nores que no se ajustan, trasgreden o no conforman las normas de género», u otros gi-
ros lingüísticos similares.
2. En el texto se usa preferentemente el término «trans*» con un asterisco, como un
concepto «paraguas» que puede incluir diferentes expresiones e identidades de género,
como son: trans, transexual, transgénero, etc. Lo que el asterismo añade es señalar la
heterogeneidad a la hora concebir el cuerpo, la identidad y las vivencias que van más
allá de las normas sociales binarias impuestas. Trans*, trans y transgénero son térmi-
nos que tienen en común ser autoelegidos por sus protagonistas, frente a aquellos que
provienen del ámbito médico y que señalan una patología. El asterisco quiere especifi-
car que se pueden tener luchas comunes, al tiempo que reconocer que hay muchas
otras cuestiones en las que no hay un consenso o una única visión de lo que supone ser
trans, trans*, transexual o transgénero. Para ver más información, ir al apartado «Un
poco de historia sobre la terminología» y al Glosario.
Introducción 17
tar, así como para las oportunidades vitales a las que se puede acceder.
La infancia y juventud que rompe las normas de género o que son
trans*, se exponen a una vulnerabilidad que puede tener grandes costes
en su vida, a corto, medio y largo plazo (Pardo y Schantz, 2008).
El apoyo y el acompañamiento que podemos ofrecer las perso-
nas adultas, ya seamos familiares, profesionales o activistas, es muy
importante porque incide en las oportunidades vitales; como sentirse
parte de una familia, estar a gusto en el centro escolar, formar parte de
una pandilla y tener planes para el fin de semana, participar en los
espacios de socialización o tener modelos positivos que les ayuden a
proyectar un futuro posible. Esos vínculos y apoyos son imprescindi-
bles para crecer como personas adultas equilibradas, libres y saludables;
y también son imprescindibles para las personas trans*. En este texto
se parte de esta conciencia, de saber que el apoyo es necesario y que
debemos movilizar a los agentes sociales clave para que se produzca.
Por ello, se ofrecen algunas herramientas que inciden en la mejorara
de la calidad de vida de las personas trans*, sus familias y sus entor-
nos vitales.
A lo largo de este libro se hará evidente que los niños y niñas
que rompen con las normas binarias hombre/mujer, los jóvenes y
adultos trans* no «son un problema» médico, social o psicológico.
Existe un peso importante de la literatura sobre las personas trans*
donde se enfatiza «los problemas» y la «problematización», tradición
de la que este texto se aleja. Más bien son las vivencias cotidianas las
que evidencian la existencia de un rechazo específico, por el cual las
personas trans* se enfrentan a diferentes formas de transfobia. Por
tanto, si se tuviera que señalar un problema éste sería la falta de
aceptación social de la transexualidad, así como de las diferentes
formas heterogéneas de expresión de la identidad que rompen con la
dicotomía hombres/mujeres. Conlleva identificar, por tanto, la nece-
sidad de erradicar la transfobia y repensar qué es eso del «géne-
ro». Es decir, este cambio de enfoque implica fijarnos en la imposi-
ción de unos modelos sociales determinados, que genera un malestar
que alcanza no sólo a las personas trans*.3 La discriminación es un
problema de escala global, mucho más grande que las vidas particula-
3. Burgess, 2009; Lothstein, 1983; Steiner, 1985; Wicks, 1977.
18 Trans*
res de las personas trans* y sus entornos vitales, que requiere acciones
a todos los niveles, ya sea la vida cotidiana y sus micropolíticas, los
ámbitos sociales próximos o más macroestructurales.
A lo largo del texto, se mostrará que abordar la transexualidad
es importante porque todas las personas tienen derecho a vivir su
vida sin discriminación, participando a voluntad en todos los ámbi-
tos sociales. Las personas trans* y sus familias, sus compañeros y
aliados, así como los profesionales que acompañan sus procesos vi-
tales están en todos los ámbitos de la sociedad. Nos relacionamos
cotidianamente con personas trans*, aunque no siempre seamos
conscientes de ello. Personas que hacen contribuciones sociales im-
portantes, enriqueciendo nuestra sociedad. Por otra parte, otro moti-
vo de gran peso es que todas las personas nos enfrentamos a ciertas
reglas sociales sobre lo que es «normal», que aluden al cuerpo, a las
capacidades y el aspecto, que ejercen un poderoso impacto sobre
cómo nos sentimos íntimamente y cómo nos comportamos en la so-
ciedad. Son las mismas reglas que constriñen las vidas de las perso-
nas trans*. Estos modelos imperantes de belleza, capacidad, perfec-
ción, masculinidad y feminidad son inalcanzables para todas las
personas. Las personas trans* y sus realidades nos confrontan con
ciertas normas sociales que damos por «buenas», que generan mucho
sufrimiento y frustración. Normas que, a menudo, nos resistimos a
cuestionar.
Como ya se introducía antes, este texto ofrece herramientas para
adquirir las nociones básicas sobre qué es la transexualidad, cómo se
crean las categorías de género y sexo, así como también los cambios
producidos en cómo concebimos a mujeres y hombres. Tener infor-
mación accesible, veraz y adaptada es importantísimo, pero también
es verdad que en la «sociedad de la información», esto no es suficien-
te. A veces tenemos la información disponible, de hecho, tenemos ac-
ceso a más información que en ningún otro momento de la historia,
pero no siempre tenemos las habilidades necesarias para poder hacer
uso de la misma. Se vuelve evidente la necesidad de desarrollar nue-
vas habilidades para enfrentarnos a los retos que plantea la tran-
sexualidad en nuestro tiempo. Algunas de estas habilidades supo-
nen:
Introducción 19
1. Escuchar a las personas trans* para conocer sus
necesidades y entender sus comportamientos.
2. Cuestionar las normas en las que nos hemos
socializado y que plantean una dinámica de inclusión
y exclusión social de algunas personas, en función de
si son hombres o mujeres «como los demás».
3. No juzgar a las personas en función de una(s)
caracteristica(s) única(s), reduciendo todas sus
habilidades y potencialidades a una sola, que
además hemos connotado negativamente.
4. Mostrar activamente un reconocimiento positivo así
como respeto a las diferentes formas de entender y
mostrar la identidad, haciendo explícita esta diversidad.
Figura 1. Habilidades para enfrentarnos a los retos que nos plantean las
personas trans*.
Estas habilidades implican enfrentarse y cuestionar muchas de
las actitudes con las que hemos crecido, que están arraigadas social-
mente y que necesitamos repensar. Supone también cambiar las ac-
titudes que hemos adquirido tempranamente y que nos dicen cómo
hemos de comportarnos dentro de unos roles muy rígidos de masculi-
nidad y feminidad. Algunas de estas normas sociales dirán, por ejem-
plo, que «los chicos no lloran», «mujer tenías que ser», «no seas una
nenaza», «¿qué dirán los vecinos?», «ser un hombre como dios man-
da», etc. Toda una serie de ideas extendidas que limitan nuestras con-
ductas, que generan una idea homogeneizante y falsa, como si todas
las mujeres (u hombres) fueran idénticas entre sí.
No sólo será necesario adquirir nuevos conocimientos que des-
monten ideas erróneas y entrenar nuevas habilidades frente a situacio-
nes emergentes, sino también aceptar emocional, racional y social-
mente a las personas trans*. Este cambio de actitudes, no sólo es
imprescindible, sino que puede que sea lo más difícil de conseguir.
Siguiendo esta argumentación, el libro está organizado en objetivos
que pertenecen a tres ámbitos: por una parte se persigue 1) un objetivo
20 Trans*
Adquirir
es
las nocion
básicas
Desarro
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habilida r nuevas Cambiar nuestras
de
enfrenta s para actitudes frente
los retos rnos a a los rígidos roles
transexu que la asignados a hombres
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plantea d y mujeres, sobre la
sexualidad y las
normas sociales
Figura 2. Objetivos de «Trans*exualidades».
cognitivo, que consiste en poder acceder a contenidos básicos y ajus-
tados sobre la transexualidad y las personas que no conforman las nor-
mas de género tradicionales. Por otra parte, se promueve 2) un objeti-
vo procedimental, ser capaces de hacer cambios en la vida cotidiana,
las relaciones familiares, los ámbitos escolares, laborales, sociales y
profesionales para satisfacer las necesidades de desarrollo humano de
las personas trans* o aquellas que no se ajustan a las normas de géne-
ro, así como de sus familias. Esta tarea, a menudo requiere desarrollar
habilidades sociales, donde se mejoren las relaciones interpersonales,
grupales e institucionales con respecto de las necesidades de las per-
sonas trans*. Y finalmente, 3) se plantea un objetivo actitudinal, que
como se ha dicho, requiere adquirir una sensibilidad, concienciación y
flexibilidad frente a las necesidades y problemas que afectan a las per-
sonas trans*. Supone realizar cambios en cómo nos enfrentamos a
conceptos básicos de nuestra socialización, por lo que a menudo nos
tocará ajustar y «desaprender» algunas formas de comportamiento al
tiempo que adquirir nuevas habilidades. En suma, supone propiciar
Introducción 21
cambios sociales con medios modestos, transformando nuestros entor-
nos más inmediatos.
Trans*exualidades
Este libro que tienes entre las manos es una propuesta social y peda-
gógica transformadora, diseñada sobre la base de poner a las perso-
nas trans* en el centro, como protagonistas y sujetos que toman las
riendas de sus vidas. Una propuesta que se dirige a quienes quieran
introducirse en las cuestiones básicas y las herramientas para enfren-
tarse a los retos que plantean las necesidades de las personas trans*.
Se concibe como un acompañamiento desde la comunidad, recono-
ciendo el papel que desempeñan el activismo, las familias, los y las
profesionales múltiples de este ámbito (trabajadores y educadores so-
ciales, psicólogos, terapeutas ocupacionales, integradores sociales,
animadores socioculturales, etc.). También alude a la comunidad edu-
cativa, es decir, alumnado, familias, profesorado, educadores, profe-
sionales del ocio y tiempo libre y activistas. Y por supuesto a los me-
dios de comunicación, diferentes ámbitos profesionales y la sociedad
en su conjunto.
Por esta vocación, de situar a las personas trans* y sus familias
como protagonistas, la realización de este libro no hubiera sido posi-
ble sin muchas conversaciones, encuentros y discusiones, todos ellos
imprescindibles para reflejar la diversidad de vivencias, opiniones y
necesidades. A la mayoría de ellas, como protagonistas y expertas, es
posible encontrarlas a lo largo del texto, ya sea en entrevistas, notas,
referencias, libros recomendados, citas a su trabajo, etc. Los conteni-
dos que se ofrecen están diseñados para pensar sobre las necesidades
plurales de las personas trans*, con un enfoque destacado en las vi-
vencias de los menores y sus familias, pero que quiere entender a las
personas trans* en todo su ciclo vital. Es posible que parte de nuestra
sociedad siga pensando que la sexualidad, la identidad y la (des)iden-
tificación con los roles de género son temas tabús, especialmente
cuando se refiere a la juventud o la infancia. Estas reticencias contras-
tan con la importancia que tiene la diversidad de la ciudadanía de
nuestras sociedades, de todas las edades. Hace más evidente que con-
22 Trans*
vivimos con mitos e ideas erróneas que dificultan la aceptación de las
personas trans*. Y más aún si son jóvenes. Bajo el mito de la «inocen-
cia de la infancia» y su protección, los y las menores son desposeídos
de su derecho a poder disentir con las expectativas que los adultos
proyectamos sobre ellos y ellas.
Muchos de estos jóvenes luchan por mostrar cómo se sienten,
buscando la aceptación de su entorno y generando un importante de-
bate sobre cómo autodenominarse, frente una sociedad llena de eti-
quetas para los jóvenes que rompen las normas. En el contexto anglo-
sajón, esta inquietud juvenil se traduce en un movimiento que se
decanta por el uso del término «trans*», añadiendo un asterisco a la
palabra trans, que es más visible en los debates y discusiones que tie-
nen lugar en las redes sociales. Esta respuesta hay que situarla como
una manifestación que está entrelazada con el uso de otros términos
anteriores, como transgénero y trans, que en su momento también se
generaron frente a la necesidad de señalar la heterogeneidad de viven-
cias y la importancia de la inclusión de diferentes identidades y pers-
pectivas. En el contexto del Estado español, el uso de este asterisco
puede llamar la atención al generar cierta extrañeza o por su novedad.
En este libro, tanto la elección del término trans como del aste-
risco tienen un uso intencional, al igual que en este movimiento juve-
nil, que señala la importancia de tener en cuenta esta heterogeneidad,
con la voluntad de no excluir a nadie a pesar de conocer y respetar las
diferencias existentes, ya sean generacionales, ideológicas, corpora-
les, identitarias u otras. Como se irá viendo, el término trans con el
asterisco (trans*), será de uso preferente a lo largo de este texto, si
bien también se usará otras palabras como trans o transexual, para
entroncar con los debates que tienen y han tenido lugar en el Estado
español, en sus mismos términos, así como por la voluntad de querer
facilitar la lectura.
Asimismo, a lo largo del libro se insiste en que las vivencias
trans* son heterogéneas e «interseccionales». No todas las personas
tienen las mismas experiencias, no adquieren una conciencia de su
transexualidad a la misma edad, no toman las mismas decisiones so-
bre sus vidas; no todas las rupturas de las normas de género en la in-
fancia o juventud implican una vida adulta trans*; ni conciben sus
cuerpos de la misma manera. Así la primera tarea consiste en empezar
a hablar de experiencias trans* en plural, que a menudo son viven-
Introducción 23
cias que están ocultas y de las que no es fácil obtener información fi-
dedigna, alejándose de una mirada morbosa y sexualizada. Por tanto,
es necesario generar un espacio de intercambio y conocimiento sobre
las experiencias, no sólo de la infancia y la juventud, sino también de
las personas adultas y ancianas trans*. Surge la necesidad de garanti-
zar esta posibilidad, de saber e informarse a voluntad, compartiendo
experiencias.
Las nuevas tecnologías están jugando un papel importantísimo
en nuestro tiempo, donde la información es cada vez más accesible
para la ciudadanía, en procesos que están transformando nuestras pro-
pias relaciones. Para las personas trans* y sus familias, las tecnologías
están permitiendo no sólo buscar información, sino también encontrar
espacios donde poder compartir con otras personas sus vivencias y
generar debates importantes sobre cómo representarse y pensarse a sí
mismas. Hay jóvenes que cuelgan vídeos contando el efecto que tie-
nen las hormonas sobre su cuerpo, que hablan de las relaciones con
sus familias y amistades, hay personas trans adultas que dan consejos
sobre la vida cotidiana, hay multitud de blogs, webs y foros donde
sentirse en diálogo con otras personas. Fruto de esta experiencia en la
red, surge precisamente el uso del asterisco, un símbolo que se usa en
las búsquedas en internet, al ser un comando que sirve para el ordena-
dor te muestre todas las entradas con esa palabra, en este caso con el
prefijo trans. Como señala Avery Tompkins (2014), el uso del asteris-
co también tiene limitaciones que hay que tener presentes, ya que se
refiere al lenguaje escrito, pero no oral; por otra parte, el debate sobre
su uso ha tenido lugar especialmente en ámbitos anglosajones y
europeos, sin la participación de quienes hablan otras lenguas o tienen
otras realidades. Además, el uso del asterisco presenta importantes
dificultades para usarse en lengua de signos, que necesitaría generar
un signo ad hoc. Al mismo tiempo, puede ser interesante tener en
cuenta que un asterisco puede un elemento en una lista, un pie de pá-
gina y abre una serie de posibilidades complejas que manifiestan, una
vez más, la necesidad continua de nombrarse más allá de las conven-
ciones médicas y los marcos más conservadores.
La red es un espacio fundamental donde poder encontrar conte-
nidos sobre la conformación de la identidad, qué problemas encuen-
tran las personas que trasgreden la significación de estas categorías,
qué lugares de encuentro tienen las personas trans* y sus familias, qué
24 Trans*
cambios corporales se pueden realizar, entre otros. Cualquier persona
que navega por internet, visita una biblioteca o ve la televisión está
expuesta a contenidos muy heterogéneos, que incluyen también la
identidad de género y la sexualidad no normativa. Por este motivo,
desde el ámbito educativo, de la salud o la intervención social se ha
propuesto repetidamente que se produzca una labor educativa crítica
sobre qué vemos, dónde lo vemos y cómo nos alude, estimulando la
capacidad de pensamiento crítico. De hecho, en nuestra sociedad se
considera que manejar los recursos sociales, culturales y tecnológicos
son habilidades básicas, que forma parte de lo que se espera de la ciu-
dadanía en su funcionamiento cotidiano.
Si introdujéramos el término «transexualidad» o «trans» en
cualquier motor de búsqueda como google, encontraríamos miles de
resultados, que incluyen organizaciones, noticias de prensa, reporta-
jes de todo tipo, libros, películas, cuestiones de salud, e incluso,
contenidos pornográficos. En menos de unos segundos podemos ac-
ceder a todo tipo de contenidos, que no están necesariamente acom-
pañados de una explicación o un contexto que nos ayude a entender-
los, tampoco están adaptados a nuestras necesidades informativas, ni
nuestra edad. A pesar de esta hipervisibilidad en la red, así como la
gran cantidad de noticias y películas que abordan la transexualidad
de una forma más o menos estereotipada, es evidente que aún no
contamos con materiales y recursos educativos que proyecten sufi-
cientemente imágenes trans* plurales y positivas. Y menos aún, re-
cursos que conciban el apoyo sin problematizar o patologizar a las
personas trans*.
Si imaginamos ahora en una persona en concreto, que puedes ser
tú misma, tu realidad al igual que la del resto, es fruto de una combi-
nación de diferentes aspectos de la identidad. Por una parte está el
sexo asignado en el nacimiento que, invariantemente en las socieda-
des occidentales, «tiene que ser» una de estas dos opciones: hombre o
mujer. Por otra parte, encontramos la influencia de la socialización,
que incluye ciertos patrones culturales sobre cómo comportarnos,
donde la familia así como el entorno más próximo tienen una gran
influencia como modelos. También está la orientación sexual o el de-
seo de la persona por otras y finalmente podemos señalar la percep-
ción psicológica que tiene una persona de sí misma. Estamos hablan-
do de una serie de características personales que tienen que ver tanto
Introducción 25
Figura 3. La «Cinta de Moëbius» representa la continuidad entre los
ámbitos que se han sentido separados: la influencia social y las
predisposiciones genéticas.
con predisposiciones biológicas como con influencias sociales, no po-
demos separar las unas de las otras. Podríamos observar cada uno de
estos aspectos por separado, si bien en realidad, cada persona somos
una globalidad que presenta grandes diferencias y semejanzas con
quienes tenemos al lado (ver figura 3).
Las personas tenemos identidades y necesidades heterogéneas,
fruto de la combinación de la procedencia étnica, socioeconómica, de
clase social, de diversidad funcional, de género, de edad y otras cate-
gorías sociales que dibujan experiencias «interseccionales». Si toma-
mos una de estas categorías, el género, que divide en nuestra socie-
dad en mujeres y hombres, vemos que no sólo incluyen una gran
diversidad sino que en la actualidad, además, se están transformando
apresuradamente las miradas sobre los roles de mujeres y hombres.
Como afirma Susan Stryker, al mismo tiempo que se empieza a in-
cluir un tercer género o no incluir el sexo en los pasaportes en algu-
nos países (Nepal, Paquistán, Alemania, Australia, etc.), en otros lu-
gares como Latinoamérica, la violencia contra las personas trans* es
alarmante. En otros países, para reconocer legalmente su sexo incluso
se exige la esterilización o el divorcio de sus parejas (Stryker, 2013,
p. 12). Estas diferentes corrientes, unas dirigidas a flexibilizar y otras
a reafirmar los roles tradicionales asignados a mujeres y hombres, no
hacen sino reforzar la importancia social que se le concede a la cate-
goría «género».
26 Trans*
¿Cuáles son los temas centrales?
El libro está organizado en dos grandes bloques: en la primera parte
se encuentran todas las cuestiones teóricas y conceptuales que pue-
den guiar y resolver dudas, ofreciendo información básica y actuali-
zada. A su vez, el primer bloque está organizado en seis epígrafes
que incluyen los conceptos básicos, como qué es la transexualidad
(primer epígrafe). Éste incluye a los menores que rompen las nor-
mas de género, tienen un sentido más flexible del género o son
trans*, las identidades trans*, las familias trans*, las transiciones,
las ideas erróneas y la historia de la terminología trans*, así como de
la terminología sobre los menores. Seguidamente se presentan algu-
nas teorías y abordajes de la transexualidad desde diferentes ámbitos
profesionales. Asimismo, se introduce un apartado con el diagnósti-
co que se incluye en el manual promovido por la Asociación Nortea-
mericana de Psiquiatría (DSM-5). A continuación se abordan las
acciones de acompañamiento social, con un especial interés en los
acompañamientos «no patologizantes». También se incide en la di-
ferencia entre la intersexualiad y la transexualidad, como dos fenó-
menos humanos que se suelen confundir. Por último, se dan pistas
sobre cómo hablar sobre ser trans* con diferentes interlocutores.
Este apartado se cierra con un panorama de los derechos de las per-
sonas trans* en el Estado español, con énfasis en la situación de la
infancia y juventud.
El segundo epígrafe muestra la importancia de utilizar herra-
mientas positivas frente a la discriminación, como pueden ser los
«factores de protección y de salud», que son especialmente importan-
tes para las personas trans*. Dichos factores incluyen poder conectar
con otras personas; el apoyo del profesorado y de otras personas adul-
tas; acceder a escuela segura y estar en contacto con personas y profe-
sionales trans*. A continuación, en el tercer epígrafe se abordará la
transfobia, su prevención (con acciones como la intervención social,
la ayuda mutua, el apoyo a las familias y los espacios de socialización
inclusivos) y detección, ofreciendo recomendaciones. Seguidamente y
en el cuarto epígrafe se ofrece una investigación con entrevistas con
personas trans* de todas las edades, sus familias y aquellos profesio-
nales que tienen experiencia en esta materia, que compartirán sus
principales retos.
Introducción 27
El segundo bloque del libro es bien diferente, está titulado «He-
rramientas y recursos» y está pensado con una vocación inminente-
mente práctica, por lo que se incluyen actividades que se pueden
realizar en grupo para acceder a los contenidos, actitudes y habi-
lidades necesarias para entender las necesidades de las personas
trans*. A su vez, esta segunda parte está organizada en tres epígrafes:
el primero incluye la descripción de cada actividad y seguidamente
están los materiales que se propone reproducir para realizar las activi-
dades. El segundo epígrafe muestra algunas personas que han roto o
desafiado el sexo asignado en el nacimiento y que podrían ser de algu-
na manera «referentes históricos» (Eleno de Céspedes, Juan Rana, Ca-
talina de Erauso, Brígida del Río y La Pastora). Finalmente, en el últi-
mo epígrafe se encuentran algunos recursos recomendados (películas,
cortos, libros), así como un glosario de términos, para facilitar la lec-
tura. Cierra el libro la bibliografía utilizada para su elaboración
Sin género de dudas: Algunos conceptos necesarios
Para acercarse a las personas trans* y sus realidades, se hace necesario
definir algunos términos. Frecuentemente, cuando se habla de las
«identidades trans*», nos encontramos con el concepto de «género»
(que además será importante ponerlo en relación con otros, como «rol
de género», «identidad de género», «orientación sexual» u «orienta-
ción del deseo»). Este término, género, tiene varios significados, uno
de ellos es el género gramatical (masculino/femenino); sin embargo, la
acepción que puede interesar más es aquella que señala la construcción
social que asocia ciertos comportamientos, anatomías, actitudes, esti-
los, formas de vida a hombres y mujeres; con importantes cambios a lo
largo de la historia, pero también, según los contextos geopolíticos,
delimitando lo que entendemos como masculino o femenino. En el
mundo occidental, los roles de mujeres y hombres han sido y son muy
distintos entre sí. Casi como si se refiriesen a «dos especies distintas».
Esta diferencia de género forma parte inherente de la organización de
las estructuras sociales básicas, como son la familia y el trabajo, así
como distribuyen desigualitariamente el cuidado, la participación en el
espacio público y la importancia de sus aportaciones sociales.
28 Trans*
Autoras como Judith Butler afirman que sería muy simplista pen-
sar que la categoría sexo se corresponde con la naturaleza o la biología,
mientras que el género estaría situado en la cultura. Argumenta que el
sexo es un concepto que se crea en la sociedad, no aparte de ella. La
idea de que el sexo es a la naturaleza lo que el género es a la cultura
produce que concibamos una «naturaleza sexuada» o un «sexo natural»
que, en realidad, hemos designado socialmente. Por tanto, si la socie-
dad establece este concepto, el sexo, parece hacerlo como si hubiera un
lugar previo (o prediscursivo) y casi «neutral», donde más tarde actua-
ría la cultura para asignar significados concretos a ser hombre o ser
mujer, a lo masculino y lo femenino (Butler, 2007). Tanto el sexo como
el género son conceptos que tienen lugar dentro de nuestra cultura.
Cuando se usa el concepto sexo, a menudo, se hecho alusión a
aquella herencia genética que conforma a las personas con ciertas ana-
tomías, habilidades y aspectos, de nuevo dividiéndonos en dos opcio-
nes, hombres y mujeres (donde se diferencia el «genotipo», que será
la información genética que tenemos frente al «fenotipo», o cómo se
manifiestan ciertos rasgos y no otros). En la actualidad, esta perspec-
tiva sobre el sexo está siendo profundamente rebatida, ya que no es
posible afirmar que el sexo exista previamente o separado de la cultu-
ra. De hecho, se une a la evidencia de que en diferentes culturas no
existen solo dos opciones sobre el sexo, así como la existencia de be-
bés intersexuales, entre otras cuestiones. En occidente, todas «las ex-
cepciones» son debidamente re-catalogadas dentro del binario hombre
y mujer, dando la sensación de estabilidad y permanencia de tal divi-
sión, si bien las personas siempre exceden estas categorías. Por eso, el
sexo es un hecho complejo, que evidencia que se hacen juicios de va-
lor sobre qué es una mujer o un hombre, quién y cómo cumple los re-
quisitos para ser reconocido como tal. A menudo, se ha dicho que el
concepto de género es más útil que el de sexo para poder comprender
las identidades y roles de las personas en sus vidas cotidianas, ya que
señalan que tales diferencias han servido tradicionalmente para discri-
minar a las mujeres, así como para comenzar un debate importante
sobre la igualdad y la diferencia.
La orientación sexual o del deseo hace referencia al apego afec-
tivo y sexual por personas del mismo género, de otro género o por
personas en independencia de su género. Esta orientación será más
aceptada socialmente cuando se produce sobre personas del género
Introducción 29
trans cis
Figura 4. Los términos tras y cis son antónimos.
opuesto, que cuando son del mismo o ambas opciones. De hecho, sole-
mos presuponer la heterosexualidad todas las personas, de manera que
algunas que no la practican han de hacer un ejercicio de valorar si quie-
ren mostrarse (o no) públicamente fuera de este patrón, o si esta cues-
tión de mostrarse les alude de alguna manera. La alineación entre sexo,
género, prácticas sexuales y orientación sexual genera cierta «inteligi-
bilidad», que «heterosexualiza» a las personas, vinculando a los hom-
bres con lo masculino y las mujeres con lo femenino (Butler, 2007).
La identidad de género hace referencia a si una persona se iden-
tifica con el sexo que le asignaron en el nacimiento. Si no lo hace, será
una «persona trans». Si se identifica con ese sexo asignado, será una
«persona cis», siendo el antónimo de trans. Los prefijos trans y cis
quieren decir respectivamente enfrente de, ir más allá, o bien, estar al
lado de, junto a. La identidad de género se puede entender además
como una actitud de una persona frente a las normas y constructos de
género, que promueve la identificación como hombres y mujeres. Ge-
nera una auto-identificación y un reconocimiento de pertenecer a un
grupo social determinado, partiendo de creencias y sentimientos que
tienen un impacto subjetivo. Al adscribirse a un grupo determinado,
supone un proceso subjetivo de identificación y reconocimiento, como
sucede con todas las identidades.
A lo largo del texto también se usará el concepto de identidades
trans*, como forma de englobar la heterogeneidad de experiencias de
las personas transexuales, transgeneristas, transexuales pre-operados,
post-operados, etc. Se añade un asterisco para señalar que los posibles
objetivos comunes pueden aunar personas con nociones muy distintas
sobre su identidad. También se hará referencia a las personas de todas las
30 Trans*
edades que rompen con las expectativas, roles y apariencia que se les
asigna desde el nacimiento, que les nombra como hombres o mujeres
en sus vidas y en sus documentos oficiales. También hay referencias a
personas con un «género fluido». Estos conceptos mencionados pertene-
cen a un continuo de rupturas, cuya discusión se introduce con el objeto
de clarificar sus contenidos, no tanto por su importancia clasificadora.
Para referirse a los niños, niñas y jóvenes se utilizaran expresio-
nes como «personas que no cumplen los mandatos de género», «jó-
venes trans*», que «tienen nociones más fluidas sobre identidad»
o «que son independientes al género». Se suele decir que muestran
un interés recurrente por jugar, realizar ciertos deportes y tener aficio-
nes y profesiones asociadas como «propias del sexo opuesto», si bien
no siempre se puede hacer una división binaria entre un sexo y «el
sexo opuesto», ni asignar todas las actividades a uno de los dos.4 De
hecho, la diversidad de género en la infancia no siempre corresponde
a patrones binarios. Son personas de diferentes edades cuya manera de
estar en el mundo genera en sus entornos inmediatos cierta preocupa-
ción sobre cómo han de actuar, ya que trasciende la rigidez de las ex-
pectativas sociales.
Las personas adultas de su entorno se preguntan si han de corre-
gir y reprimir estas actitudes infantiles o juveniles, si será una fase que
pasará o si es debida a algún trastorno o problema vital, o si bien, han
de entenderles en su contexto infantil como algo propio de su desarro-
llo. Pronto pueden aparecer actitudes sociales de rechazo en todos los
entornos básicos de socialización ante esta transgresión de los roles
asignados. Parecería como si la sociedad no pudiera mirar para otro
lado, y paradójicamente, obvian lo que está sucediendo; mientras al-
gunas personas «ruegan para que todo pase» y el futuro la persona se
ajuste a los parámetros sociales considerados «normales».
Igualmente aparecerán otras actitudes, de aquellas personas
adultas que optan por no juzgar a los niños, niñas y jóvenes y respon-
den buscando estrategias para apoyar y entender el proceso por el que
están pasando. Estas actitudes positivas y de aceptación cambian este
rumbo negativo descrito, posibilitando que establezcan vínculos refor-
zantes y saludables que se recordarán toda la vida.
4. Agradezco a Amets Suess la discusión sobre la diversidad de rupturas en la infancia.
Introducción 31
Figura 5. En todas las culturas hay niñas que exceden los límites impuestos
por lo considerado femenino, por Isa Vázquez.
También se habla de las identidades trans*, personas que no se
sienten a gusto en el sexo asignado en el nacimiento, que rompen la
rigidez de lo que es apropiado para los hombres o las mujeres. Es un
impulso intenso para alejarse de una norma impuesta, que restringe su
expresión de la identidad, que no muestra cómo son y que motiva que
se produzcan cambios en sus vidas. A veces, incluyen modificaciones
corporales, transformación en sus roles sociales y en cómo se presen-
tan ante el mundo. Estos conceptos clave aparecen a lo largo de todo
el libro y se abordarán más en profundidad en otros capítulos. Tam-
bién se mostrará cómo se construyen a lo largo del tiempo, se verán
ejemplos históricos y cómo son encarnados por las personas protago-
nistas de este libro.
Finalmente, es importante señalar que habitualmente, al pensar
en la sexualidad y las identidades, estamos haciendo referencia sin
saberlo a un modelo de género y sexualidad que se podría catalogar
como «monosexual». Este modelo plantea que, para referirnos a cual-
quier persona, hemos de decidir dentro de algunas categorías (con dos
o tres opciones), como son el sexo, el género, pero también la orienta-
ción sexual. Habitualmente se suele presuponer que una persona será
32 Trans*
Sexo Hombre Mujer
Rol de género Comportamiento Comportamiento
masculino femenino
Identidad de Hombre Mujer
género
Orientación Deseo por ¿Deseo por los Deseo por
del deseo las mujeres hombres los hombres
y las mujeres?
Figura 6. Modelo de género y sexualidad basado en «la monosexualidad».
hombre o mujer; si es un hombre, tendrá comportamiento masculino,
su identidad de género será de hombre y tendrá deseo por las mujeres,
por tanto recibe la etiqueta de heterosexual. De la misma manera, las
mujeres han de ser femeninas, sentirse como mujeres y tener deseo
por los hombres. De nuevo, se hace autoevidente que las personas
podríamos concebir nuestra sexualidad y el género de maneras mucho
más complejas que estas categorías básicas. Probablemente esto evita-
ría que hubiese personas que «no encajan»; en lugar de hacer que las
personas tengan que encajar en las categorías, se trataría de cuestionar
tales categorías.
Algunas preguntas frecuentes y ¡algunas respuestas!
Cuando se discute cómo abordar la sexualidad, el género y la identi-
dad de género en los diferentes ámbitos sociales, suelen surgir algunas
preguntas típicas, a las que se ofrecen aquí respuestas sencillas.
¿Se puede o se debe hablar a la gente joven sobre la sexualidad y el
género? ¿Es necesario hablar sobre la transexualidad?
Algunas personas piensan que existen temas «tabú» o «controverti-
dos», que no deberíamos abordar en la formación reglada o en ocio y
tiempo libre, porque «no es nuestra tarea» y porque son temas «con-
Introducción 33
trovertidos». Sin embargo, la identidad, la sexualidad, el género son
cuestiones que surgen constantemente en la vida de las personas, así
como en el contexto educativo, de la salud, la intervención social o en
los medios. Es importante darnos cuenta que incluso cuando nos ne-
gamos a abordar estos temas, o decimos «espera a ser más mayor», ya
estamos realizando una acción pedagógica —aunque con un impacto
negativo. En la sociedad actual, marcada por el acceso a la informa-
ción a través de las tecnologías, carecer de información, evitar temas
o ámbitos integrales de las personas no tiene sentido. Las personas de
todas las edades pueden acudir por sus propios medios a otras fuen-
tes, sin acompañamiento ni atención educativa. Es nuestra tarea ayu-
darles a distinguir la información rigurosa de otra, a la que pueden
acceder «a golpe de click», y ofrecer contenidos apropiados a su
edad.
¿No deberían ser sólo los padres los que educasen sobre la
sexualidad y la identidad de género?
La educación es una tarea de toda la comunidad educativa así como
un objetivo de toda la sociedad. Se trata de una responsabilidad com-
partida por educar, en una red formada por familias, profesorado, pro-
fesionales de la educación formal y no formal, de la salud y agentes
sociales diversos. Pensemos que ya convivimos cotidianamente con
personas de todas las edades que viven en primera persona las dificul-
tades derivadas de la falta de aceptación por su aspecto, comporta-
miento e identidad de género. Obviar esta realidad supone dejar a las
personas huérfanas de la atención que se requiere. Educar va más allá
de enseñar las habilidades y competencias básicas del currículo; es
nuestra tarea ofrecer a la sociedad en su conjunto los recursos que
necesitan para tener la mejor experiencia vital posible. Implica traba-
jar contenidos y actitudes propios de una «sociedad del conocimien-
to», donde la diversidad de la ciudadanía es una realidad palpable,
ofreciendo siempre materiales y contenidos apropiados para cada ne-
cesidad informativa.
34 Trans*
¿No deberíamos dejarlo para cuando sean «mayores»?
Es importante establecer una relación de enseñanza y aprendizaje ba-
sada en las necesidades y capacidades de cada edad; no es lo mismo
tener seis años, ser adolescente, que un joven adulto o una persona de
más de 65 años. Es importante elegir contenidos y actividades apro-
piadas, donde el aprendizaje significativo y las cuestiones que preocu-
pan al alumnado tengan espacio en la enseñanza. A todas las edades
del ciclo educativo (obligatorio y no obligatorio) surgen problemas
derivados del ajuste (o falta del mismo) de los niños, niñas, jóvenes y
adultos a las normas de género, que les preocupan tanto a ellos mis-
mos como a las personas adultas de su entorno. No actuar supone
abandonar a una persona que necesita nuestro apoyo y que si tiene un
problema hoy en el aula, en el patio de juegos o en la ludoteca, no
puede esperar a tener los 18 años cumplidos. Para las personas adul-
tas, también hay excusas, si el trabajo o la universidad «no son el lu-
gar apropiado», que si «esto pertenece solo a tu vida privada», o inclu-
so a los mayores de 65 años se les dice que «esto ya nos les incumbe,
ni es posible en sus vidas»… Que igualmente requieren de un acom-
pañamiento y apoyo vital.
Hablar sobre niños y niñas o jóvenes que rompen con los patrones
de género, o que tienen otras identidades de género o sexualidades,
¿no está fomentando que la confusión, o que cambien su identidad o
su sexualidad?
La sexualidad o la identidad de género no se cambian espontáneamen-
te, ni surgen a demanda. Las personas no cambiamos trascendental-
mente en cosas tan importantes como quiénes somos o cómo nos sen-
timos por recibir información sobre la sexualidad o la identidad de
género. Podemos elegir asumir o ignorar la responsabilidad de respon-
der a las necesidades formativas que tienen muchas personas, familias
y centros, que quieren saber qué hacer en estas situaciones. Esta deci-
sión siempre tendrá consecuencias.
Introducción 35
Los padres y madres no quieren que hablemos de transexualidad
Existen muchas familias así como profesionales que demandan saber
más, entender mejor a sus hijos e hijas y compartir con otros padres lo
que están viviendo. También hay jóvenes y adultos que explicitan su
carencia de recursos y materiales con los que combatir la sensación de
«este es un tema nuevo, del que no se sabe casi nada». Los y las pro-
fesionales de diferentes ámbitos necesitan herramientas para apoyar a
las personas trans*, sus familias y sus lugares básicos de socializa-
ción, que habitualmente carecen de acciones positivas. Lejos de pen-
sar que existe un rechazo aparece por el contrario una avidez por acce-
der a contenidos y recursos.
¿La transexualidad surge como un defecto genético, es un vicio, es
consecuencia de una enseñanza permisiva?
Existen numerosas referencias a la transexualidad como una sensación
intensa y persistente de «estar en el cuerpo equivocado», que señalan
el rechazo con la identidad asignada en el nacimiento, a menudo cali-
ficadas como un «error de la naturaleza». Todas ellas son referencias
que provienen de la literatura médica e influyen en nuestro imaginario
colectivo. Sin embargo, no todas las personas trans* tienen estos sen-
timientos. Más que ahondar en la necesidad de la existencia de un re-
chazo contundente, que además pueda contribuir a acrecentar los sen-
timientos interiorizados negativos, podemos poner énfasis en valorar
a las personas. La interiorización del rechazo sociedad puede acarrear
sentimientos muy negativos, exponiéndose a conductas de riesgo, y en
algunos casos, incluso con riesgo de suicidio. Más que pensar si es un
capricho, un vicio, algo elegido trivialmente que se pasará pronto o
que se pueda cambiar a voluntad, es preferible centrarnos en que las
personas tenemos el derecho humano de la libre expresión de género.
Es decir, a poder acceder a la autodeterminación y poder ejercer el
derecho al desarrollo de la propia personalidad. La identidad de géne-
ro o sexual no es consecuencia de los estilos parentales, de los roles
que ejercen madres o padres en el cuidado, ni sus educadores o profe-
sorado.
36 Trans*
¿Cuál es la causa de la transexualidad?
Hay algunas teorías que apuntan a la influencia hormonal en momen-
tos prenatales. Otras apuntan a la herencia genética; también las hay
que señalan las influencias en el entorno social o la existencia de tras-
tornos mentales en los propios padres. Hoy por hoy, no tenemos una
respuesta a la pregunta de cuál es la causa de la transexualidad, pero sí
sabemos que esta pregunta y sus posibles respuestas no nos ayudan a
saber cómo mejorar la vida de las personas trans* y sus familias, cues-
tiones que resultan prioritarias.
¿Los niños y niñas que no se comportan como el resto, con respecto
a la masculinidad y la feminidad, serán adultos transexuales?
Muchos niños y niñas rompen con los modelos tradicionales y los
comportamientos típicamente masculinos y femeninos, con distinta
intensidad. A veces, sucede durante toda su vida, a veces, sólo durante
un período. No todos estos niños y niñas serán personas trans* cuando
sean adultas, de hecho, la gran mayoría no serán personas trans*.
Tampoco se tiene certeza de que vayan a ser gays, lesbianas o bi-
sexuales. Es decir, que la ruptura de las normas del comportamiento
que entendemos como masculino o femenino es tan frecuente que evi-
dencia el hecho de que estas normas que organizan nuestra sociedad
no encajan con la realidad de las personas de carne y hueso. Las nor-
mas son más restrictivas que la variedad del comportamiento humano.
La tarea de las familias y profesionales es no adelantarse a las necesi-
dades e identidades posibles de los niños y jóvenes, no introducir eti-
quetas que puedan ser erróneas y estigmatizantes, sino escucharles en
todo su proceso de maduración, apoyándoles durante su crecimiento.
¿Y si después «cambia de idea»?
Una preocupación frecuente reside en la certeza (o incertidumbre) so-
bre la continuidad de la ruptura de los patrones de comportamiento de
género. Incluso si el comportamiento y la identidad fuera a cambiar o
transformarse en un tiempo futuro, es importante apoyar a los meno-
Introducción 37
res y adultos en el presente, con sus necesidades actuales, que ni son
ni arbitrarias ni poco importantes. Una infancia infeliz, una mala rela-
ción con la familia, un rechazo escolar o laboral son lo suficientemen-
te importantes como para apreciar el valor que tiene el reconocimiento
que necesitan todas las personas. Por otra parte, las rupturas con la
identidad en la infancia y la juventud pueden permanecen en la vida
adulta y estarán significadas de maneras muy distintas, con una diver-
sidad enorme de experiencias subjetivas. Aunque no todas las niñas y
los niños que rompen las normas de género en la infancia serán perso-
nas trans* adultas, sí serán parte de las mismas familias que tuvieron
que decidir si les escuchaban y entendían sus necesidades. Aquellos
que tienen en su mano apoyarles y acompañarles.
¿Es «una fase» que se le va a pasar?
Muchas personas, jóvenes o adultas, tienen comportamientos, actitu-
des y aspectos que no encajan con lo que hace la mayoría, que supo-
nen una ruptura con las nociones rígidas de masculinidad y feminidad,
y esto no supone un problema, una enfermedad o un pecado. Sin em-
bargo, la intensidad y persistencia del malestar que viven algunas per-
sonas con respecto a su identidad, es especialmente importante cuan-
do viven el rechazo de sus entornos más íntimos. Éstos tienen una
influencia clave, ya que pueden ayudar o impedir que las personas
trans* puedan desarrollarse con la libertad y el apoyo que necesitan.
Las rupturas sobre los roles que encarnan no siempre son una fase,
como pueden evidenciar muchas familias y escuelas. Incluso en el
caso de que sea una fase para algunas personas, sea una parte de su
vida o toda su vida, el apoyo social y el estar conectado con el entorno
inmediato es una necesidad vital imprescindible, que alude al papel
que juegan la familia, la escuela, las amistades, los compañeros de
trabajo o de estudios, etc. Personas que tienen en su mano ofrecer las
oportunidades vitales para su desarrollo.
I.
TRANS*EXUALIDADES
1.
¿Qué es la transexualidad?
En las culturas occidentales, como la nuestra, existen grandes expec-
tativas sobre los roles que han de desempeñar mujeres y hombres de
todas las edades. Estas expectativas aparecen incluso antes del naci-
miento, en forma de esperanzas que la familia proyecta sobre un niño
y una niña que va a nacer; se imaginarán cómo actuará y cómo será su
futuro. Utilizaremos diferentes tonos de voz, elegiremos diferentes
palabras, canciones y juegos, en función de si creemos que será una
niña o si por el contrario será un niño. Estas expectativas se reflejan
pronto en los propios niños y niñas, apareciendo ya desde una edad
muy temprana una conciencia de esta diferencia de roles sociales, an-
tes de que lleguemos a la educación primaria.1
Al entender estas diferencias, los niños y niñas comenzarán a
reproducirlas desde muy jóvenes. También perciben claramente la
presión social que les pide cumplir con una categoría en particular y
no otra. Se les pide encajar en ciertas definiciones de lo que son las
mujeres y los hombres, de lo que entendemos por masculino y feme-
nino en una sociedad determinada, dentro de unos valores sociales,
religiosos, culturales y étnicos determinados.2
La formación de la identidad de género en la infancia es un pro-
ceso complejo, que pasa por una auto-identificación, en la que se evi-
dencia en qué medida se ajustan o rompen con las categorías sociales
de mujeres y hombres, que se les asignaron en el nacimiento y cómo
esto moldeará la relación con su entorno. La auto-identificación tam-
1. Hill y Flom, 2007; Poulin-Dubois et al., 2002.
2. Carver et al., 2003; Yunger et al., 2004.
42 Trans*exualidades
Figura 7. ¿Es niño o es niña? Inspirado en el trabajo de
Kate Bornstein (1994), por Isa Vázquez.
bién se refiere a cómo se responde a las expectativas sociales relacio-
nadas con el género asignado al nacer. De este esfuerzo para pensar en
la identidad infantil discordante surgen conceptos como: «variante de
género», una expresión prestada del inglés «gender variant» y que
expertas como Kim Pérez proponían como alternativa para nombrar a
los y las jóvenes cuando éstos aún no se han definido (Pérez, 2012).
Este término enfatiza la idea de ser algo distinto a lo más común, tra-
tando de otorgarle un énfasis positivo.
También se utiliza la expresión «personas que no cumplen o no
conforman los mandatos de género» («gender non-conforming»),
expresión que genera un consenso importante en las comunidades
científica y activista. Son niños que son más femeninos que otros, ni-
ñas que son más masculinas que el resto; no encajan necesariamente
ni en la masculinidad ni la feminidad típicas. Es una infancia cuya
expresión de la identidad es persistente e intensa, que rompe con la
asignación que se produjo en su nacimiento. Como se ha adelantado,
es muy frecuente encontrar niños y niñas que rompen los mandatos de
género, sin embargo sólo algunos lo hacen con una intensidad y conti-
¿Qué es la transexualidad? 43
hombres
rupturas y
disidencias
sobre las
normas de
género
mujeres
Figura 8. Entender a las personas bajo dos categorías rígidas (mujeres y
hombres) genera necesariamente rupturas y disidencias.
nuidad importante, de los cuales algunas serán personas trans* en su
vida adulta.
Además de los términos «variantes de género» o «no conformar
las normas de género», algunas familias en Canadá y Estados Unidos
han empezado a recoger sus propias experiencias, enfatizando la
«creatividad» con la que su descendencia se enfrenta a las expresiones
de género, generando nuevos términos, como «creatividad de géne-
ro» («Gender creative kids») y también «infancia con género inde-
pendiente» o «independientes al género» («gender indepedent kids»).
Se refieren a: a) menores que no rechazan su sexo asignado, pero que
no encajan en los límites del género tradicional; b) los que rechazan
explícitamente las categorías «chico» y «chica»; y c) aquellos que se
identifican con un género distinto al asignado, que pueden transicio-
nar a un nuevo rol de género (Pyne, 2014b).
El hecho de tener que pensar cómo nombrar el comportamiento
infantil desde una perspectiva positiva conlleva repensar a los propios
niños y niñas, una tarea que ayuda alejarse de la necesidad de corregir
un error o un trastorno. En el caso de utilizar términos como indepen-
dencia de género u otros alternativos, supone que las personas se fijan
en algo qué los menores sí tienen y que es positivo, la independencia
o la creatividad por ejemplo, en lugar de enfatizar lo que no tienen, la
44 Trans*exualidades
Figura 9. Y tú ¿no tienes caja?, por Isa Vázquez.
capacidad y voluntad de seguir las normas de género tradicionales
(Rahilly, 2013).
Al hablar de identidades trans* se alude a aquellas personas
cuya manera de estar en el mundo, expresarse y presentarse hacen que
no se auto-perciban, ni sean percibidos por otras personas, dentro de
lo que se espera típicamente del sexo que se le asignó en el nacimien-
to. El entorno tratará de que sean hombres más masculinos (o mujeres
más femeninas), que se comporten más como se espera de ellas, etc.
A su vez, los jóvenes y adultos trans* pueden utilizar, o no, nociones
amplias de la identidad para las que a menudo no tienen palabras; no
todas las personas se auto-identificarán de la misma manera. En la li-
teratura internacional se está hablando cada vez más de la «creativi-
dad» de las personas trans* de todas las edades a la hora de pensar y
¿Qué es la transexualidad? 45
expresar su identidad.3 De nuevo, es importante recordar que las per-
sonas trans* son tan diversas como las personas que no lo son. Algu-
nas afirmarán que son hombres o mujeres como las demás; otras per-
sonas trans* elegirán etiquetas varias como pueden ser: transexual,
travesti, trans, trans*, drag queen o drag king, queer, u otras identida-
des sociales emergentes, que están constantemente en construcción.
El uso de esta categoría «trans*, «trans», o «transgénero» o
«transexual» no es compartida por todas las personas que pudieran
encajar potencialmente en esta definición. Es importante recordar la
importancia de la capacidad de decidir de cada persona, así como el
peso social negativo que recae sobre estas etiquetas, que hace que
cada cual encuentre su manera de presentarse y pensar sobre sí.
En el pasado reciente creíamos que para concebir la identidad de
las personas era útil utilizar una línea con polos opuestos hombre/mu-
jer, imitando la propuesta de Kinsey sobre la orientación sexual (ver
sus informes de 1948 y 1953 sobre la sexualidad de los hombres y las
mujeres); nos hemos dado cuenta que pensar sólo en la existencia de
dos opciones (mujer y hombre) no sólo contiene un fuerte sesgo cultu-
ral occidental, sino que reduce las posibilidades reales de identifica-
ción de una persona. Es decir, hay algunas personas cuyas vidas desa-
fían esta visión dicotómica, que por otra parte es una regla básica de
las sociedades occidentales.
Finalmente, no todas las personas trans* muestran una concien-
cia de identidad discordante en la infancia y la adolescencia. Puede
ser que vivan buena parte de su vida en el sexo asignado en el naci-
miento, a veces debido a que la persona no haya podido transitar por
razones familiares, sociales, culturales y económicas. Algunas perso-
nas afirman que llega un momento que el estrés y la presión social se
les hace insoportable. Puede que las condiciones vitales de una perso-
na cambien en un momento dado y con ellas su manera de afrontar la
identidad. Otras personas, sienten que al conocer a una persona trans*
e identificarse con ella, de pronto entienden retroactivamente el signi-
ficado sus propias vivencias. Hay algunas personas para las que la
comprensión de su identidad personal tiene más que ver con las expe-
riencias que van teniendo, adquiriendo una identidad trans* a lo largo
3. Menvielle, 2012; Green & Friedman 2013; Rahilly, 2013; Pyne, 2014.
46 Trans*exualidades
de su vida, de forma procesual. Son muchas las condiciones vitales
que llevan a que una persona quiera transitar al género que siente
como propio. La heterogeneidad es la característica más importante de
las experiencias trans*. Para algunas personas no se trata tanto de
transitar de un género a otro, como el hecho de no encajar con las nor-
mas y preceptos que constriñen a cada género. Puede que su devenir
no reproduzca la idea de «ir de una identidad a otra», sino que sus vi-
das cuestionen tanto el punto de partida (cierta identidad de género)
como la idea de que exista una identidad a la que llegar (supuestamen-
te, la identidad de género contraria).
Una mirada sobre el desarrollo integral de la infancia
En la cultura occidental, al nacer, la mayor parte de las personas recibi-
mos un sexo que aparecerá en la partida de nacimiento, que se asigna
en función de las características sexuales; incluso los niños y las niñas
intersexuales son re-clasificados en alguna de las dos categorías social-
mente aceptadas, mujer u hombre, sin dejar ningún margen a otras op-
ciones (como se está planteando en países como Australia, Alemania,
Nepal o Paquistán). Por otra parte y como ya se ha apuntado, hace tiem-
po que se sabe que las familias y los profesionales que trabajan con la
infancia tratan de distinta manera a los niños y niñas, desde incluso
antes de nacer. Esta interacción temprana entre los modelos sociales,
las predisposiciones personales y los eventos vitales hacen que hacia
los dos o tres años se empiece a producir una conciencia progresiva
sobre la propia identidad, emergiendo una mayor capacidad para dife-
renciar el yo del entorno inmediato, así como de las otras personas. Esta
identidad en formación puede seguir, o romper, las normas sociales do-
minantes, con lo que estas actitudes pueden ser visibles de manera muy
temprana, cuestión en la que reparan algunas familias y escuelas.
En este epígrafe se aborda la realidad de las personas que no
conforman los roles de asignados y que exceden los límites de lo que
se espera de un niño o una niña. Es decir, van más allá de los límites
impuestos en relación a la elección de los juguetes, prendas, iguales,
actividades o deportes, pudiendo exceder las definiciones tradiciones
de lo que «es apropiado», «común» o «normal».
¿Qué es la transexualidad? 47
Figura 10. Hijo, puedes pedirme lo que quieras, por Isa Vázquez.
En cualquier colegio encontraremos niñas que no desean vestir
ropa tipificada como «femenina», cuyas actitudes no encajan con los
modelos tradicionales, que les gusta practicar ciertos deportes o desa-
rrollar actividades etiquetadas como «masculinas». También habrá
chicos que no quieren participar de ciertos juegos y actividades, que
hacen otros chicos de su clase. Encontraremos además a otros chicos
y chicas que no encajan claramente en ninguna de las dos opciones
que se les plantea. Mientras que para algunas niñas y niños esto será
algo temporal o que no es especialmente intenso, aunque persista a lo
largo de su infancia y juventud sin ser un problema (si es que las per-
sonas adultas no hacemos de ello algo problemático y por tanto lo
convertimos en un «gran problema»), para otros será una actitud que
por su persistencia, duración e intensidad tiene una cualidad distinta.
A menudo, se suele definir a estos niños, niñas y jóvenes por lo
que no son, centrándose en que muestran rupturas de las normas de
género tradicionales, en su comportamiento o su apariencia (Menvie-
lle, Tuek y Perrin, 2005). Otra posibilidad sería fijarse en lo que sí
hacen, como la manera en la que se expresan y piensan de sí mismos,
48 Trans*exualidades
a menudo utilizando nociones creativas; también es importante tener
en cuenta las relaciones y dinámicas que surgen en las familias. Saber
que se tiene un hijo que no conforma las normas de género a menudo
va acompañado a tener enfrentarse a las resistencias y las reacciones
del entorno, por su apariencia e identificación (Pyne, 2014, p. 80).
Como se apuntaba antes, a veces será visible desde una edad
muy temprana y serán las diferentes respuestas de su entorno las que
interpretarán este comportamiento como parte de la diversidad de los
niños o niñas, dando más o menos importancia al diferente ajuste que
puedan tener frente a las normas sociales. La mirada adulta tiene un
impacto en la autopercepción y puede transmitir tanto aceptación
como desaprobación. Como señalaban Stephanie Brill y Rachel Pep-
per (2008, pp. 16-22), la identidad de género surge al mismo tiem-
po que los niños y niñas están aprendiendo a hablar y que empiezan
a entender y nombrar el mundo que les rodea, por lo que es frecuen-
te que algunos de estos niños y niñas traten de expresar lo que les pasa
desde muy pronto. Estos primeros intentos de comunicación puede
que se tomen a broma porque parezcan graciosos, como una confusión
temporal, o simplemente parezca una fase que se le va a pasar. Esta
actitud adulta ignora el esfuerzo comunicativo de una persona muy
joven, que no encuentra la interlocución que necesita. Hasta los seis
años, los niños y las niñas van descubriendo los límites del mundo a
través de la mirada sancionadora adulta, por lo que cada paso que dan,
está ligado a una búsqueda de aprobación que tendrá mucho peso en
sobre si pueden seguir explorando esa actividad o no. Estas activida-
des de probar límites continúan en la segunda infancia y adolescencia,
con matices propios en cada edad, donde los iguales y las relaciones
sociales van ganando importancia según crecen.
La identidad de una persona es más un proceso que un hecho
aislado que aparece a cierta edad, como si fuera un hito del desarro-
llo (Ghosh, 2009, p. 3). Por ello, no adecuarse a las normas tradiciona-
les a temprana edad pueden generar una preocupación en su entorno
inmediato, que tendrá que pensar cómo enfrentarse a esta situación,
para la que pueden no tener herramientas, conocimientos o apoyo.
Una parte crucial de esta situación es aceptar que la identidad de una
persona no sólo se refiere a sus genitales o lo que dice un documento,
que es algo más complejo que asignar un sexo en el nacimiento fiján-
donos en esos genitales, sino que tiene que ver con cómo esa persona
¿Qué es la transexualidad? 49
está y se presenta ante el mundo, si se quiere, con una actitud vital
determinada.
En este momento, muchas familias se preguntan si se trata de un
juego, de una experimentación para conocerse mejor, o si bien, se tra-
ta de un proceso de creación y afirmación de una identidad que no
coincide exactamente a la asignada en el nacimiento. Las familias y
las escuelas suelen ser más flexibles con estas rupturas en los tres pri-
meros años de la vida; entre los tres y los seis años, algunas familias
empiezan a preocuparse, con una mayor monitorización del comporta-
miento y seguimiento infantil, que se intensifica a lo largo de la edu-
cación primaria y alcanza su auge en la educación secundaria.
En una entrevista con una familia de un menor de 3 años relataban que, du-
rante unas compras de un vestido para su tía, le pidieron al sobrino ayudar a
elegirlo. A su vez el niño, Aimar (nombre ficticio), eligió y se probó otro vestido,
con el que estuvo bailando muy contento y que no se quería quitar. Para con-
seguir que se lo quitara, su madre le propuso cantarle y bailarle al vestido,
para despedirse de él y que le grabarían en vídeo. Aimar accedió muy conten-
to y pudieron dejar el vestido en la tienda. Más tarde, estuvo jugando y escu-
chándose en el vídeo. Su madre, sin darle mucha importancia, comentó: «Ten-
dré que comprarle un vestido». Dos meses más tarde, en una sobremesa
familiar, Aimar le preguntaba a su tía si ella era una chica, quien le respondió
que si, al tiempo que le devolvía la pregunta «¿Y tú, qué eres?». Aimar con-
testó «yo soy una chica». Al salir del restaurante media hora más tarde y en
mitad de una conversación, Aimar dijo: «Estoy enfadada». «¿Será enfadado,
no?» —le corrigió su madre. Aimar y la tía se quedaron callados. Al cabo de
unas horas, la madre y la tía pudieron hablar, «en casa, a veces, Aimar actúa
como “una maricona”», contaba la madre entre divertida y preocupada. Aña-
dió: «Si está experimentando bien, pero si es algo más serio…»
Una cuestión diferencial que también aparece de manera temprana es
la decisión que han de tomar estos niños, niñas o jóvenes de si pueden
mostrarse como se sienten o de si han de esconderlo. Dependerá
mucho de lo que observan y reciben de sus entornos, teniendo que
interpretar si su contexto es hostil o receptivo a sus necesidades. Esta
vivencia es común a otros niños y niñas que conocen su atracción por
sus iguales en género, algo que saben que está sancionado socialmen-
te y por ello, que no deben mostrarlo. En estos casos, es posible que
sea visible en la escuela infantil al buscar juegos clasificados como
pertenecientes al otro género, inventarse otro nombre para sí, puede
50 Trans*exualidades
que tenga rabietas cuando no se le trata como desea, etc. Para las ni-
ñas, es un poco más fácil incorporase a todo tipo de juegos, mientras
que los niños están más limitados a las actividades consideradas mas-
culinas, con importantes sanciones al trasgredir las normas.
Las familias suelen acudir a los profesionales de la salud, de la
educación, de la intervención social u otros para buscar ayuda, ya que
sus hijos e hijas tienen «comportamientos diferentes», que rompen
con sus expectativas y que a veces, causan la alarma social de otras
personas de su entorno. Esta alarma adulta puede manifestarse en for-
ma de sentimientos negativos: enfado, sorpresa, irritabilidad, monito-
rización, hipervigilancia, frustración o tristeza y evidencian un males-
tar que llevar a las personas adultas a actuar para restaurar su equilibrio
psicológico (Menvielle, Tuerk y Perrin, 2005, p. 39).
A esta temprana edad es imposible saber si los niños y niñas de
los que hablamos «simplemente» rompen las normas de género asig-
nadas, si serán lesbianas o gays, o si serán personas trans*. Cuando,
por ejemplo, un niño quiere jugar con un vestido, no está diciendo que
sea trans* ni que sea homosexual, es que quiere jugar con un vestido.
Nuestra sociedad enseña que para jugar a juegos considerados «feme-
ninos» hay que ser una chica, o para que te gusten los chicos debes ser
una chica, lo cual genera sentimientos contradictorios. Es importante
darnos cuenta de que la significación trascendental de los juegos y las
actitudes se la otorgamos las personas adultas. Nuestra tarea adulta
reside en escuchar, sin tomar decisiones rápidamente sobre qué son o
qué serán, ni buscar que tengan respuestas inmediatas para sus com-
portamientos (Brill y Pepper, 2008, pp. 17-18). A veces, las familias o
las instituciones ofrecen su apoyo a los menores, pero condicionado a
fijar de manera precipitada la identidad de género. Al no ofrecer la
oportunidad de probar o experimentar con diferentes expresiones e
identidades de género, esta postura puede tener un impacto muy nega-
tivo.4 También es posible que estemos dando mucha importancia y
atención a este niño o niña en particular y dejemos de atender a otras
personas que están en este entorno, que también tienen necesidades y
que pueden estar invisibilizados por la cantidad de drama que introdu-
cimos en esta situación (ver figura 11).
4. Quisiera agradecer al investigador Amets Suess de la Escuela de Salud Pública de
Granada por la discusión sobre el apoyo parental a la infancia, 5 de diciembre de 2013.
¿Qué es la transexualidad? 51
Figura 11. A veces no se presta la suficiente atención a los hermanos y
hermanas, por Isa Vázquez.
En varias entrevistas realizadas a familias,5 aparece una coinci-
dencia y es subrayar el hecho de que el carácter de sus hijos e hijas
había cambiado drásticamente una vez que habían podido expresar
cómo se sentían y habían recibido su apoyo. Todas coincidían en que
antes de tal apoyo, sus hijos e hijas eran retraídos, tímidos, irascibles,
pasivos e incluso solitarios. Una vez que han podido mostrar su expre-
sión de género y vivirla más libremente, se han vuelto más abiertos,
sociales, comunicativos y extrovertidos. En suma, el apoyo y acepta-
ción suponen un cambio emocional trascendental, que pasa por la re-
lación que se establece entre los miembros de esas familias.
Durante la infancia y antes de alcanzar la adolescencia, aunque
los niños y niñas son menos maduros y no tienen aún la capacidad
para expresar exactamente lo que les pasa, pueden tener interacciones
«menos problemáticas» que en la adolescencia, porque sus cuerpos
son aún bastante andróginos y la presión social es menor. Serán las
5. Para ver más testimonios, ver el capitulo 4 sobre «Historias en primera persona».
52 Trans*exualidades
actitudes, la ropa y los complementos así como las actividades que
realizan, las que les confieren un sentido de quienes son, cómo se pre-
sentan ante el mundo y cómo se les reconoce. Por eso en la infancia,
mucha de la atención y la tensión se crea en estos espacios, donde se
busca reconocimiento y pertenencia. Para cuando son preadolescentes
y se empiezan a anunciar algunos cambios físicos y hormonales sur-
gen muchas alertas, que harán que muestren inquietud, que se mani-
fiesta de muchas maneras. Algunos de los cambios conductuales ob-
servables pueden incluir la depresión, la abulia, la introversión,
mostrar mal comportamiento fruto de la tristeza, frustración o enfado,
que a veces llama la atención de los familiares o profesores y puede
motivar la consulta con un profesional, en el mejor de los casos. En
estas situaciones es posible que la sospecha esté más basada en la
orientación sexual no heterosexual, en lugar de preguntarse por la
identidad de género, que a menudo no se cuestiona (Brill y Pepper,
2008, pp. 18-19).
Según van creciendo, algunos de estos niños y niñas pueden ser
más vulnerables a la presión social y es posible que traten de responder
a lo que se espera de ellos, y por eso, puede que suavicen sus rupturas
en el aspecto, las actividades que eligen y cómo se comportan. Coinci-
diendo con el comienzo de la adolescencia y la educación secundaria,
puede que algunos parezcan ahora «más convencionales», con respec-
to a cumplir las normas asignadas al género. Otros chavales y chavalas
adolescentes persistirán en sus rupturas y sus gustos, a pesar del casti-
go y la desaprobación social. Crecerán para ser tanto personas trans*
como no trans* (que reciben el apelativo de «cis»); algunos serán he-
terosexuales y otros no; no existe certeza ni debemos buscarla en el
comportamiento infantil como predictor de la identidad o la sexualidad
futura. Son experiencias humanas complejas y que suponen una am-
plia diversidad, difícilmente reducible a una única predicción futura.
Para muchos adolescentes, este es el momento clave en el que
son más conscientes de que les «pasa algo», si bien a veces no saben
bien qué es. Pueden pensar durante un tiempo sobre su orientación
sexual y probar si esto es así, o puede que les preocupe más su identi-
dad de género (Brill y Pepper, 2008, p. 22). A veces, aparecen trastor-
nos de la alimentación, cambios en el comportamiento, o incluso de-
presiones, que pueden estar enmascarando una ruptura de identidad de
género asignada en el nacimiento. Son jóvenes que a través de sus
¿Qué es la transexualidad? 53
Figura 12. ¿Tú crees que se podrán poner y quitar?, por Isa Vázquez.
experiencias van dando sentido a su vida, que necesitan explorar y
conocerse, atribuyendo un significado a sus vivencias.
En el estudio Adolescencias y sexualidades minoritarias, voces
desde la exclusión, se señala cómo en la adolescencia LGTB se atra-
viesan procesos como: 1) buscar un nombre para lo que sienten, 2)
tener iniciativa para encontrar iguales, 3) aceptar la diferencia y 4)
poder tomar decisiones alrededor de revelar (o no) la identidad (Gene-
relo, Pichardo y Galofré, 2008, p. 15). Sus autores afirman que estas
fases ni son consecutivas, ni afectan a todos los individuos del mismo
modo, pudiendo prolongarse este proceso durante la edad adulta y a lo
largo de toda la vida. Del mismo modo, es muy frecuente encontrar
adolescentes que tienen un sentido más flexible de su identidad. Para
otros, es más una cuestión de no tener clara su identidad y cuyo proce-
so personal llevará toda una vida.
Lo que sí sabemos con certeza es que el acoso escolar y el recha-
zo aparece cada vez más pronto; las familias y profesionales se fijan
cada vez más en el desarrollo infantil, concediendo cada vez más im-
portancia a lo que sucede en el juego y las actividades que realizan,
54 Trans*exualidades
vinculándose con su desarrollo adulto. Puede ser que el acoso y recha-
zo aparezca incluso ya en la escuela infantil, donde está muy presente
lo que ven en sus familias y la interacción con otras familias en espa-
cios informales como el patio de la escuela, el parque, la ludoteca, etc.
Esta situación se puede ir incrementando en la educación primaria y
alcanza su mayor impacto en la escuela secundaria, lo cual causa
abandonos y fracasos escolares muy tempranos, con conductas de
riesgo e incluso conductas autolesivas, con un riesgo manifiesto de
suicidio. El predictor de riesgo, en este caso, no será tanto la aparición
de la ruptura de normas de género sino el apoyo con el que se cuente,
la incidencia del acoso escolar y (la falta de) intervención social.
En la literatura académica también se dice que es más frecuente
encontrar varones que rompen las normas de género que mujeres, lo
cual hay que ponerlo en relación con la permisividad a que las chicas
realicen actividades, usen prendas o roles considerados como mascu-
linos y la hipervigilancia sobre la masculinidad de los chicos, que es
altamente monitorizada.6 Esta mayor permisividad con las chicas tiene
límites, que a menudo se sitúan en el momento de la adolescencia y
la menarquia, cuando se considera que «entran en el mundo de las
mujeres».
Las familias pueden mostrar rechazo a los niños, niñas y jóvenes
que rompen las normas de género por su comportamiento, su aspecto
y sus aficiones. A veces por ignorancia, otras por vergüenza o presión
social, por las creencias religiosas o morales. Incluso aquellas familias
que ofrecen apoyo, pueden limitar estas expresiones al ámbito del ho-
gar, de la casa del pueblo o algún lugar privado. Aunque tratan de
protegerles, transmiten la impresión de que son malos, que les pasa
algo malo, que no se les quiere, o que no merecen las mismas oportu-
nidades que el resto. Las familias temen las situaciones donde pueda
surgir la vergüenza y la posibilidad de que los demás se rían de sus
hijos e hijas, o de ellos mismos, mostrando la importancia que tiene el
control social. Quizás, introducir el diálogo y abordar las dificultades
con el propio niño, niña o joven sea una manera de enfrentarse a que
las personas adultas no siempre saben cómo resolver a una situación,
que tienen miedos que aluden a sus propias inseguridades y experien-
6. Zucker y Bradley, 1995; Perrin, 2002; Brill y Pepper, 2008.
¿Qué es la transexualidad? 55
cias infantiles, o que no saben lo suficiente sobre lo que está pasando
(Hill y Menvielle, 2009). Estas respuestas de autocontrol conllevan
hipervigilancia, baja autoestima, un rechazo interno y de depresión
clínica, así como conductas de riesgo (Chen-Hayes, 2001). Son meno-
res que crecen en espacios donde tienen que esconder lo que sienten,
lo cual puede facilitar que aparezcan signos de ansiedad, enfado, hipe-
ractividad, angustia, que a su vez repercutirán en su rendimiento esco-
lar, clima familiar y su entorno social.
La literatura internacional muestra que en comparación con otros
jóvenes, estos menores trans* reciben en las familias altos niveles de
violencia y rechazo.7 Si además tenemos en cuenta el ostracismo que
reciben de sus iguales,8 el temor a ser violentados en la escuela y el
alto nivel de malos tratos en chicas trans*,9 dibuja un panorama donde
es imperativo realizar importantes cambios que aseguren poder crecer
y desarrollarse con cariño y dignidad.
Adolescencias trans*
La adolescencia se entiende como un momento de movimiento, tran-
sición y cambio, donde la pubertad se convierte en un espacio de des-
cubrimientos. Un tiempo en el que los jóvenes trans* a menudo tienen
experiencias complejas y subjetivas, que desafían la linealidad de esta
narrativa evolutiva (Owen, 2014). La coherencia narrativa entre lo
que fue la infancia y será la vida adulta, a través de la construcción de
lo que es la adolescencia, hace que no nos fijemos en las contradiccio-
nes y los cambios que suelen aparecer. Por otra parte, es difícil que un
menor afirme que es transexual (o que lo diga un adulto), en la medida
que se percibe que la infancia y la juventud son seres inmaduros e
completos, de manera que «no pueden ser capaces» de conocer o afir-
mar sus vivencias de género». Será precisamente esta consideración
de «estar en proceso» la que hará que los menores estén especialmen-
te controlados, vigilados con respecto a sus manifestaciones de géne-
ro, convirtiéndose en una amenaza (Castañeda, 2014).
7. Roberts et al., 2012.
8. Cohen-Kettenis et al., 2003; Zucker & Bradley, 1995.
9. Nuttbrock et al., 2010.
56 Trans*exualidades
Para los jóvenes, la adolescencia es un momento que puede ser
vivido con dificultad, ya que se manifiestan los cambios corporales
que no siempre son deseados, las características sexuales secundarias.
En este momento, se puede interiorizar una autoimagen muy negativa
y tener sentimientos de rechazo, que sumados a un entorno que no
siempre les ofrece el suficiente apoyo, pone a estos jóvenes en una
situación de vulnerabilidad. Puede que se impliquen en actividades de
riesgo, como es consumir drogas, mantener relaciones con personas
que les hacen daño, tener ideaciones de suicidio, por ejemplo. Es un
momento clave para que la familia, la escuela y los grupos de iguales
ofrezcan su apoyo. Pueden mostrar que son conscientes de la angustia
que viven y devolverles que son personas queridas, que están acompa-
ñados en este importante proceso vital.
En una entrevista con una madre de un chico trans* adolescente de 17 años,
abordamos el impacto que había tenido el acoso escolar al final de su educa-
ción primaria, un acoso centrado en su apariencia como «chica masculina» y
sus rupturas con las normas sociales. Es una familia que se dio cuenta de la
importancia de las dificultades que vivía esta chica que afirmaba ser un chico,
en «una fase que no se acababa nunca». Esta madre llegó a temer por la vida
de su hijo, que tenía constantes ideas de autorrechazo y suicidio, que no so-
portaba salir de casa o se negaba a ir al instituto. Como madre sintió que la
tristeza tan profunda que vivía su hijo hacía que tuviera que pensar en cam-
bios drásticos en sus vidas, como mudarse a otro lugar para ofrecerle un co-
mienzo distinto en el instituto, pasar más tiempo con él y hacerle sentir parte
de su vida. Ella redujo su jornada laboral, buscaron la posibilidad de estudiar
a distancia, lo cual ayudó a poder ir dando pasos en esta transición adoles-
cente y enfrentarse al fracaso escolar. La desavenencia con su pareja les llevó
a una situación que juzgaban insostenible y se tuvieron que enfrentar a un di-
vorcio… Este mini-relato es sólo un ejemplo de una familia en concreto en el
que podemos darnos cuenta que se encontraban en una situación que jamás
imaginaron y que el apoyo que ofrecieron consiguió hacer sentir a su hijo
como alguien querido, que ha continuado sus estudios y que ahora es un jo-
ven feliz y con sueños de futuro.
En esta fase adolescente será muy importante entender que necesitan
un espacio donde puedan ser y estar sin tener que estar pendiente todo
el tiempo de estar cumpliendo con las expectativas que tenemos sobre
ellos y ellas. En este momento es importante tratar de no empujar sus
decisiones en ninguna dirección y darles el tiempo para dejarse sentir,
¿Qué es la transexualidad? 57
probar y experimentar. Puede ser clave para entender cómo se va a
enfrentar esta joven persona a sus rupturas, su identidad y su futuro,
entendiendo el proceso vital como distintos momentos en que cada
persona se va desarrollando en relación con los demás. Algunos jóve-
nes tendrán más habilidades y estrategias y serán más capaces de ver-
balizar lo que viven y sienten, otros necesitarán de tiempos propios
para este proceso.
La relación con las familias y otros cuidadores puede generar en
los menores trans* un sentimiento de responsabilidad, que se puede
transformar en culpa o vergüenza. Como respuesta, los menores trans*
pueden desarrollar estrategias, a menudo temporales, más o menos
funcionales para enfrentarse a esta situación en la que puede aparecer
confusión, ansiedad o angustia. Las familias y entornos más cercanos,
ya sea deliberadamente o no, pueden estar contribuyendo a la nega-
ción o cierta «negociación» de las normas de género, que según Carrie
Davies puede incluir (2009, p. 8):
• La represión o eliminación de la identidad de género que
no responde a las expectativas sociales, a menudo sólo tem-
poralmente, para conscientemente (o no) tratar de pasar como
uno más, ser de alguna forma invisible al corresponder con el
sexo asignado en el nacimiento. Sería una respuesta defensiva
o que supone cierta sublimación.
• Una negación de la identidad de género (conscientemente o
no) adoptando el comportamiento y expresiones que confir-
man las expectativas que tienen los demás sobre su identidad,
así como el sexo asignado en el nacimiento. Se proponen rea-
lizar una «una reconstrucción de su género»; esto a veces
implica pertenecer a grupos segregados y comportarse como
un miembro más, incluso exagerando los rasgos atribuidos
(como puede ser hacerse militar o ser un forofo de los depor-
tes, tener hijos tempranamente o elegir profesiones típicamen-
te señaladas por un género determinado).
• Modificar la identidad de género para encajar en las normas
culturales cuando se pueda, adoptando una masculinidad o fe-
minidad moderadas, que permitan expresar aspectos del géne-
ro propio, pero aún poder encajar como se pueda en lo que se
pide de uno.
58 Trans*exualidades
Estos chicos y chicas «gestionan», en lugar de explorar su iden-
tidad durante la infancia y la adolescencia, una vivencia que se puede
extender incluso a la vida adulta (Davis, 2009). Están sometidos a una
falta de control sobre sus vidas y su identidad, así como pueden llegar
a desarrollar una fuerte sensación de indefensión, al mismo tiempo
que experimentan una hiper-conciencia y auto-vigilancia de su identi-
dad, aspecto y comportamiento, que es especialmente intensa en la
adolescencia. Reaccionan también a la preocupación que tienen las
familias, que se preguntan si persistirá el rechazo sobre el género asig-
nado, si será una persona trans* u homosexual, o si será feliz con sus
opciones a lo largo de su vida.
En una entrevista realizada con una madre, contaba que su hija de 12 años
además de exceder los límites de la feminidad tradicional, estaba viviendo de
manera simultánea muchas cosas importantes para su identidad. Este caso
evidencia una realidad presente en las vidas de todos y es que el comporta-
miento o la identidad responden no a una sola de las características y circuns-
tancias de la vida, sino al conjunto de ellas. Son unas condiciones de vida que
tienen una influencia interseccional. Su hija, que llamaremos María (nombre
ficticio), es una hija muy deseada, que fue adoptada de un país latinoamerica-
no a una edad muy temprana. Ademas, vivió la separación de sus dos madres
siendo niña, de lo cual tiene recuerdos nítidos.
Cotidianamente se enfrenta a tener un aspecto étnico distinto al de su
madre (que ahora tiene otra pareja), confrontándola con el estatus de ser
adoptada. Por otra parte, según se está acercando a la adolescencia, cuando
está triste a menudo piensa en madre biológica y el abandono que vivió. Sabe
que es una hija muy deseada, tiene un gran apoyo en su familia adoptiva, que
aborda abiertamente todas estas cuestiones. María está entrando en la ado-
lescencia, un tiempo de inseguridad frente a los cambios corporales y también
de cambios de centros escolares. Este año le ha tocado pasar del colegio al
instituto, cambiar de compañeros de clase, lo cual hace que María pierda
vínculos relevantes y tenga que construir nuevas amistades en un nuevo cen-
tro, con un profesorado distinto, teniendo además dos madres lesbianas. Se
podría pensar que la vida de María es más compleja que la de otras niños y
niñas, o también, se podría entender que estas encrucijadas múltiples están
presentes de una forma u otra en las vidas de todos, experiencias que se con-
formarán precisamente fruto de estas complejidades. Como se puede ver en
este testimonio, la adolescencia es un momento en el que surge una necesi-
dad de pertenencia importante:
En el último curso de primaria, mi hija me contaba que sentía como si todas sus
amistades hubieran entrado en una habitación distinta, y no supiera dónde está la
¿Qué es la transexualidad? 59
puerta. Que por más que buscaba no la encontraba. Y que ella quería pertenecer
a ese grupo, quería ser como el resto.
A pesar de haber contado con todo el apoyo de su familia y amistades,
de su centro escolar, con respecto a su identidad de género María necesita
ahora explorar qué significa tratar de ser como las demás, aunque sea un in-
tento temporal o fallido, o sea un esfuerzo fruto de una presión social. María
no sólo necesitó a su madre, a sus amistades y a sus profes cuando rompía
las normas cada día, con sus andares, su aspecto, su actitud, su nombre de
chico, desafiando lo que supone ser una «chica», sino también necesita a su
madre, sus amistades y su entorno ahora para poder experimentar con lo que
supone ser «adolescente» en la sociedad actual. En ambas situaciones, nece-
sita poder ser y estar, sin estar constantemente bajo el foco de nuestros juicios
de valor, que por otra parte apresuran prematuramente las decisiones sobre la
identidad de María.
Otros padres relataban que su hijo de 16 años les había contado con
mucho esfuerzo que era una chica. Tras el shock inicial buscaron todo el apo-
yo que pudieron para acompañar a su hija en este proceso de transición; con-
taba además un grupo amistades de su edad, tanto en su centro de estudios
como en su barrio. Por su parte, los padres acudían a una asociación que
apoyaban a sus hijos LGTB, para poder entender cómo enfrentarse lo mejor
posible a los retos que se les planteaba. Tras varios años viviendo como Mi-
riam (nombre ficticio), enfrentándose a la transfobia y haber conseguido estos
apoyos en su entorno, llegó un momento en el que Miriam tenía algo más que
confiar a su familia. Confesó que tampoco era esta vida la que quería. Ni vivir
como «un chico como los demás», ni como una chica se ajustaba a lo que
Marco (nombre ficticio) quería para su vida. Y de nuevo sus padres han de-
mostrado su capacidad para ofrecer apoyo y acompañamiento.
La vida de Miriam/Marco (según la etapa de su vida) y de muchas
otras personas trans* hace evidente que no hay «un género verdade-
ro», de partida o de llegada, que quizás estas nociones estables sobre
la identidad no son válidas para todas las personas. Los relatos de es-
tas familias concretas nos dan cuenta de la singularidad de las vidas de
las personas trans*. No hay dos personas iguales, que si bien hay mu-
chas personas que tienen una conciencia temprana de su identidad,
también hay otras personas que construyen su identidad trans* en di-
ferentes momentos de su vida adulta. También ilustra que la tran-
sexualidad no es sólo un proceso de transición de una identidad a otra,
sino una problematización de cómo de entendemos la masculinidad y
la feminidad, en esto que acordamos llamar «ser hombre o mujer» (ver
figura 13).
60 Trans*exualidades
Figura 13. ¿Qué significa ser hombre?, por Isa Vázquez.
Si nos fijamos ahora en las acciones sociales que están resultado
más importantes para reducir las conductas de autorechazo y auto-
lesivas en la infancia y juventud trans*, que tienen una relación direc-
ta con su bienestar, son aquellas que permiten el reconocimiento en
el sexo y género elegido. Este reconocimiento se hace tangible en sus
escuelas e institutos, en sus centros deportivos, campamentos y clubs
de ocio, en sus pisos y centros de acogida y lugares de socialización
básicos. La aceptación y el reconocimiento requieren una voluntad
expresa, aluden a unos pocos e importantes cambios en las institu-
ciones, como tener baños y vestuarios mixtos o que sean accesibles
para las personas trans*, llamar a las personas por su nombre elegido,
ofrecer formación para sensibilizar a los profesionales y participantes
aludidos, etc. Propuestas concretas que se abordaran en próximos ca-
pítulos.
En una entrevista con un padre y una madre de un chico trans de 19 años,
éstos manifestaban que «no nos habíamos dado cuenta, hasta que la psicólo-
ga nos lo tuvo que decir a la cara». Es posible que algunas familias interpreten
¿Qué es la transexualidad? 61
el comportamiento de sus hijos e hijas a menudo en términos de disrupción,
que hagan una selección de la información que más encaja con lo que desean
para sus hijos, ignorando los intentos comunicativos de sus hijos e hijas que
manifiestan un malestar en un área concreta de su vida. Sus anteriores estra-
tegias de intervención se habían centrado en corregir su rebeldía, con casti-
gos como no salir de casa, o no ver la tele, enviándole a colegios de monjas y
luego a colegios internos, pasar el verano en el extranjero… Que no surtieron
los efectos deseados y que supusieron un peregrinaje por diferentes colegios
e institutos de donde fue expulsado. Una vez que pudieron darse cuenta de
qué le pasaba realmente y cuando Juan (nombre ficticio) empezó a recibir el
apoyo y comprensión de sus padres, pudo seguir sus estudios sin problemas
en un instituto público, donde le llaman por su nombre elegido, donde tenía
amistades y al que no faltaba. De hecho, su madre afirmaba que «por fin ten-
go una foto para el álbum en la que sonríe», sintiendo que toda la familia es-
taba haciendo un esfuerzo que resulta beneficioso para su hijo y se notaba en
muchos otros aspectos.
Hay adolescentes que exploran la noción de ambigüedad y que usan
este espacio para investigar sobre sus sentimientos, probando a modo
de ensayo y error. Para otros adolescentes trans*, es importante poder
«pasar», o que no se les note, tener la apariencia deseada en cuanto al
género. Esto no es siempre posible y supone enfrentarse al reto de
mantener un sentido de quien se es, de la identidad frente a la invisibi-
lidad y la discriminación. Por otra parte, guardar el secreto y estar «en
el armario» requiere una energía que a menudo no se valora lo sufi-
ciente, porque conlleva costes importantes a todos los niveles. La
transición o el tránsito de una vida en un género para ser reconocido
en el otro, en un tercero o en ninguno, puede tener el efecto de romper
los lazos y conexión que se tiene con la familia, o el grupo más inme-
diato. Si además este rechazo está vinculado a la posible pertenencia a
un grupo minoritario, por una situación migratoria, étnica o religiosa,
puede añadir un mayor aislamiento para esa persona.
Asimismo, los adolescentes trans* no suelen tener modelos en
los que reconocerse, más allá de algunos personajes de los medios de
comunicación a quienes se representa más o menos estereotipadamen-
te. Si a esto se suma que el grupo de iguales y de amistades puede que
no quiera apoyar a este joven o a esta joven trans*, la sensación de
soledad y aislamiento crece. La transición puede conllevar estos ries-
gos y al mismo tiempo, ofrecer una fuerza o empoderamiento impor-
tantes.
62 Trans*exualidades
¿Qué sabemos de los y las menores que rompen las normas de género
y/o son trans en el Estado español?
La investigación sobre la infancia y juventud trans* en el Estado espa-
ñol es aún incipiente, lo cual contrasta con los importantes avances
que se están haciendo en países anglosajones.10 En el estudio realizado
por Gerard Coll, Gemma Bustamante y Miquel Missé, titulado «Tran-
sitant per les fronteres del gènere. Estratègies, trajectòries i aporta-
cions de joves trans, lesbianes i gais» (2009) se hace un abordaje de la
homofobia pero también de la transfobia, con un análisis específico de
la realidad de los jóvenes trans*. Este estudio aporta datos importan-
tes, como que las transformaciones que hacen sobre sus cuerpos para
adaptarse a su género visibilizan, en realidad, la forma en que todas
las personas construimos nuestros cuerpos. Todos nos entregamos a
actividades de feminización o masculinización (depilación, afeitado,
piercing, etc.) y de control del comportamiento (las posturas, la proxi-
midad física, tono de voz, etc.). Afirman que las formas de configurar
el cuerpo están en contacto con otras dimensiones de la vida, que ha-
bitamos como hombres o mujeres, como son qué estudiar, en qué tra-
bajar, cómo relacionarnos con otras personas, asumir o no el cuidado
de otras personas, proteger, tomar decisiones, etc. Señalan que la
transfobia no se puede erradicar si no se aborda el sexismo y subrayan
la tendencia a limitarnos dentro de un binarismo sexual (dentro de dos
opciones únicas, mujeres u hombres). Estas son luchas complejas, ya
que tienen efectos ambivalentes, limitan nuestras vidas y al mismo
tiempo nos da un lugar en el mundo social, donde la identificación con
estas categorías (mujeres u hombres) configura la subjetividad huma-
na. Asimismo, la categoría «transexual» puede funcionar para otorgar
sentido a la experiencia vital, por lo que la creciente visibilidad en los
medios de comunicación y en la vida social facilita una identificación
de una vida posible.
Decir que las personas LGTB habitualmente están fuera de las
normas de género no significa que estén al margen de las mismas, es-
tructurando su subjetividad, a veces reproduciendo las normas fiel-
10. Algunos de los libros recientes y más importantes son: Ehrensaft, 2011; Brill y
Pepper, 2008; Pepper, 2012; Wells, Roberts y Allan, 2012; Green y Friedman, 2013,
Giordano, 2013.
¿Qué es la transexualidad? 63
mente (personas trans* que tratan de pasar inadvertidas y no ser dis-
criminadas); otras veces exagerando y mostrando una construcción
artificial del género (como puede ser una dragqueen); o cuestionando
que sólo se pueda vivir en masculino o en femenino, como hacen los
jóvenes «transgénero». Suponen no sólo formas de relacionarse con el
género sino también de transformarlo. Coll-Planas, Bustamante y
Missé también encuentran que la mayoría de los jóvenes entrevistados
no cuestionan las categorías de mujer y hombre, incluso tienden a
esencializar y naturalizar su género y su sexualidad, quizá para no
sentirse culpables de su sufrimiento, además piensan que la transexua-
lidad tiene una causa externa, que escapa a su control. De esa manera,
les resulta más fácil conseguir aceptación. Sin embargo, estos discur-
sos refuerzan el sexismo, haciendo que la masculinidad y la feminidad
se construyan por exclusión, castigando a quienes se salen de las nor-
mas sociales dominantes. En su estudio, señalan además que muchos
jóvenes trans* también contribuyen a reproducir las condiciones de su
discriminación, a través de la transfobia interiorizada, excluyendo a
alguna persona del propio grupo y usando la misma lógica transfóbica
para responder a las agresiones. También, encuentran que los jóvenes
trans* que son gays o lesbianas tienen que enfrentarse a un entorno
que puede tener dificultades para entender que la sexualidad y el gé-
nero son dos realidades bien separadas.
Sobre las estrategias que desarrollan las «chicas masculinas», in-
dependientemente de si identifican en la vida adulta como hombres
trans*, mujeres lesbianas o heterosexuales, el estudio cualitativo rea-
lizado por Lucas Platero (2010) encuentra una serie de estrategias de
afrontamiento que les permite terminar con éxito la educación secun-
daria, no sin costes personales. Tales esfuerzos podían dirigirse a
transformar la situación problemática de señalamiento o discrimina-
ción, para desarticular su potencial amenazador o bien, podían dirigir-
se también a combatir los efectos emocionales. Las estrategias utiliza-
das fueron múltiples, unas asociadas a la invisibilización y el intento
de «pasar desapercibida» en el contexto escolar, una estrategia muy
frecuente y efectiva, si bien muy costosa emocionalmente. Otras es-
trategias estaban vinculadas a la confrontación: convertirse en una
alumna modelo (algo que no es posible para todas); buscar espacios
alternativos a la escuela o tener una vida paralela fuera del centro es-
colar, a menudo en redes sociales y foros en internet. Otra estrategia
64 Trans*exualidades
opuesta a la ocultación es la confrontación directa, salir del armario «a
voces» y hacer de la identidad de género y sexualidad una bandera,
incluso a veces con actitudes agresivas de autodefensa, lo cual es per-
cibido como negativo por su entorno. Esta estrategia es exitosa para
algunas de las entrevistadas, en la medida en que asumir la injuria y
vaciarla de su contenido peyorativo les reportó cierta fuerza. Para
otras personas fue una estrategia fallida, en la medida en que las con-
secuencias de las sanciones del entorno sobrepasaron su capacidad de
afrontarlas.
La «feminización a demanda» es otra estrategia que todas cono-
cen. Una feminización que a veces incluso pasa por no asociarse con
otras chicas masculinas o por mostrar un aspecto más «adecuado»
para algunas situaciones, ya sea en la escuela, en algún evento o en los
primeros trabajos. Incluye mostrarse en público con alguna prenda o
comportamiento que se construye como femenino o nombrar un chico
popular como posible novio. También desarrollan otras iniciativas
bien distintas, como buscar amistades con las que se comparte una
vivencia sobre la sexualidad o la identidad de género no normativa.
Otra opción que utilizan es estudiar la carrera universitaria en otra
ciudad para poder escapar del control social de sus pueblos y ciuda-
des; poder tener un nuevo comienzo fuera del entorno de la educación
secundaria aparece como una forma saludable de enfrentarse a la
construcción de una identidad en tránsito. En todas las entrevistas se
informaba de la hostilidad de los centros escolares, de la falta de apo-
yos por parte del centro donde echan de menos un papel más activo
del profesorado, tanto a la hora de enseñar sobre la sexualidad como a
la hora de intervenir mostrándoles apoyo. Asimismo, señalan que a
menudo los padres y las madres en menor medida, desconocen sus
vivencias y están al margen de muchas de las decisiones que han teni-
do que tomar y que desearían haber podido compartir muchos de sus
problemas.
En el estudio cualitativo producido por Luis Puche Cabezas, Ele-
na Moreno Ortega y José Ignacio Pichardo Galán: «Adolescentes tran-
sexuales en la escuela. Aproximación cualitativa y propuestas de in-
tervención desde la perspectiva antropológica» (2012), con entrevistas
a jóvenes (entre 16 y 21 años) y adultos trans*, expertos trans* y cis,
se arrojan algunas conclusiones relevantes para la adolescencia y ju-
ventud trans*. Subrayan la ausencia de referentes para los jóvenes; la
¿Qué es la transexualidad? 65
invisibilidad y el silencio sobre la transexualidad en el ámbito educa-
tivo, las ausencias en los libros, las oportunidades perdidas en las
charlas y actividades sobre la sexualidad. Señalan que la violencia y la
discriminación aumenta según se hacen más visibles las rupturas con
el entorno o salen del armario. Afirman que en la etapa adolescente
puede aparecer confusión, aislamiento, falta de palabras para explicar
qué les sucede, acudiendo a menudo a internet y a diferentes foros
para hablar con iguales. También señalan la mayor monitorización y
castigo en los varones femeninos (frente a las mujeres masculinas),
debido al heterosexismo dominante. Por otra parte, muestran que hay
jóvenes que tienen más resiliencia, fortaleza y autoconfianza para en-
frentarse a la discriminación; y que existen algunos espacios más in-
clusivos, como son los bachilleratos de artes u otros espacios formati-
vos fuera de la escuela ordinaria. En este estudio también señalan la
importancia del profesorado, que es un potencial aliado pero en la me-
dida que habitualmente no actúan para prevenir la transfobia, se con-
vierten en un obstáculo más. Encuentran que los espacios segregados
de las escuelas e institutos generan problemas, no sólo los espacios
físicos sino también alrededor de los roles sociales, como pueden ser
las pandillas, los deportes, los juegos, etc.
Identificaron algunas recomendaciones como son: ofrecer infor-
mación específica trans* a los agentes sociales, incluir esta informa-
ción en el curriculum escolar, ofrecer charlas y materiales; apuntan
también a intervenir no sólo en la adolescencia sino desde la infancia;
ofrecer formación al profesorado; modificar el modelo educativo que
impone roles y estereotipos desde la infancia; facilitar el cambio de
nombre en las listas, exámenes y papeles internos de los centros. A su
vez Puche, Moreno y Pichardo (2012) recalcaban la importancia de
realizar una atención a la diversidad del alumnado; incorporar a los
documentos internos del centro la diversidad sexual y de género; for-
mar al profesorado y trabajar con el profesorado en formación; no te-
ner tolerancia con la discriminación; colaborar con las AMPAS, no
imponer identidades ni estereotipos a los jóvenes sobre su propia rea-
lidad; fijarse en los cambios de comportamiento (como aislamiento,
decaimiento, agresividad o estrés); poner en práctica una política del
cuidado en los centros, con cercanía y cariño hacia el alumnado. Tam-
bién reclamar una implicación colectiva e institucional en la lucha
contra el acoso escolar por motivos de género y sexualidad. Señalan
66 Trans*exualidades
que es importante tener un vínculo entre la escuela y alguna asocia-
ción LGTB, usar materiales de intervención ya publicados y seguir
creando más recursos. También, estos autores alertan que no hay que
pasar por alto los sesgos androcéntricos y masculinistas presentes en
los centros y los materiales escolares. Asimismo es importante gene-
rar textos y protocolos de actuación basados en experiencias vividas
en centros escolares con el alumnado. Incluir en las iniciativas por la
igualdad la erradicación de la LGTBfobia. Por último, subrayan la im-
portancia de no etiquetar como «transexual» cualquier ruptura de las
normas de género.
Intervenciones médicas con menores
Además de las intervenciones sociales y comunitarias, hay otro tipo
de intervención, se trata de la médica. Esta es habitual en países como
Canadá, Países Bajos, Reino Unido o Estados Unidos, entre otros,
donde el tratamiento con «bloqueadores de hormonas» (hormona libe-
radora de gonadotropina, GnRH) ha pasado de ser algo esporádico a
ser una práctica común (Roen, 2011). En el Estado español, este trata-
miento se ofrece en algunas comunidades autónomas, sin existir hasta
la fecha criterios ni protocolos coordinados en las diferentes CC. AA.
Los bloqueadores de hormonas ofrecen un tiempo para formar la iden-
tidad, sin el estrés de los cambios propios de la adolescencia hacia un
sexo que no es el deseado y se suelen usan en niñas que tienen una
pubertad precoz. En relación a los jóvenes trans*, detendrán el desa-
rrollo de aquellas características sexuales secundarias, que evitarán
otros procesos y cirugías en el futuro. Sin embargo, no son la única
respuesta al rechazo, aislamiento o acoso que pueden vivir muchos
jóvenes trans*. De hecho, no son recomendables como medida univer-
sal para todos los jóvenes trans*, sino para aquellos que presentan un
malestar más evidente y persistente, para quienes aliviar una presión
social importante puede conllevar reducir otros riesgos vitales.
Durante este tiempo, en el que se suspende el efecto de las hor-
monas que se produce en la adolescencia, los profesionales de la salud
vigilan el desarrollo de los huesos, ya que los bloqueadores pueden
tener un efecto sobre los mismos. También hay que pensar en la reper-
cusión que tiene sobre su fertilidad futura de los jóvenes, especial-
¿Qué es la transexualidad? 67
mente sobre las mujeres trans* (en algunos países se aconseja guardar
el esperma). Si el joven o la joven quisiera cambiar de idea sobre su
identidad y cómo quiere abordar el desarrollo de su cuerpo, se para
progresivamente la administración de los bloqueadores de hormonas,
dejar las hormonas abruptamente puede causar depresión y cambios
de humor.
Desde el ámbito médico se aconseja que si tras dos o tres años
«persiste la transexualidad», se podrían recetar hormonas, testostero-
na para los chicos y estrógenos para las chicas. Estas hormonas causa-
rán cambios corporales que en parte no serán reversibles y no se sue-
len ofrecer antes de los 16 años (si es que se llegan a ofrecer). De
hecho, hasta los 18 años no se suele realizar «cirugías de modificación
sexual específicamente transexual», a no ser que el juez de permiso
para hacerlo antes. En 2010 salió a la luz pública el caso de una chica
de 16 años, que contando con el apoyo de su familia acudió al juez,
que les concedió permiso para realizar la cirugía de reasignación
sexual antes de los 18 años.11
Por su parte, el equipo del hospital Carlos Haya de Málaga pu-
blicaba ya en 2006 los requisitos médicos para poder administrar tra-
tamiento hormonal a menores, siempre que contaran con el consenti-
miento de los padres (Esteva et al., 2006). Comenzaban por llevar a
cabo una «experiencia de la vida real» antes de la terapia hormonal,
para lo cual el psicólogo debe haber mantenido una relación con el
paciente y su familia de al menos seis meses. Estos tratamientos, re-
quisitos e incluso la propia la noción de «experiencia de la vida real»
han recibido fuertes criticas desde los propios profesionales, las orga-
nizaciones de personas trans* adultas y sus familias, que plantean si
realmente son necesarios. Desde el planteamiento clínico del hospital
Carlos Haya se han venido pidiendo los siguientes requisitos:
1) A lo largo de la infancia hayan demostrado un fuerte senti-
miento de identidad con el sexo opuesto y aversión a las con-
ductas habituales en el propio.
2) El grado de disconformidad con su sexo haya aumentado sig-
nificativamente con la pubertad.
11. Mónica Ferrado (2010). Primer cambio de sexo a un menor realizado en España.
El País, 11 de enero.
68 Trans*exualidades
3) Su desarrollo social, intelectual, psicológico e interpersonal
esté limitado como consecuencia de su Trastorno de la Iden-
tidad de Género (TIG).
4) No concurra ninguna otra psicopatología grave, salvo las que
se produzcan como consecuencia del TIG.
5) La familia otorgue su consentimiento y participe en todo el
proceso terapéutico.
Identidades trans*
Las identidades trans* aparecen en todas las sociedades, en todos
los momentos de la historia, aunque por supuesto no las llamaría-
mos así ni las entenderíamos exactamente como concebimos esta
categoría ahora. Señalan a aquellas personas que no se sienten a
gusto en el sexo asignado en el nacimiento, ese ser mujer u hombre
según se declara en su Documento Nacional de Identidad y su par-
tida de nacimiento. Son personas cuya expresión o identidad de gé-
nero difiere de las etiquetas sociales tal y como las hemos construi-
do en nuestra sociedad actual, bajo los significantes de «mujer» y
«hombre».
La identidad es una experiencia compleja que engloba cómo sen-
timos las cosas que nos pasan, que pueden ir desde si estamos confor-
mando y reafirmando, o no, las expectativas sobre nuestro comporta-
miento, que se basan en qué atribución hacemos a las categorías mujer
y hombre. Puede incluir no sentirse dentro de ninguna de estas dos
categorías (mujer/hombre) o sentir la identidad de género opuesta a la
señalada. También puede implicar tener actitudes y roles sociales de-
terminados, vestirse con prendas y presentarse socialmente de forma
ocasional o permanente de un género distinto al asignado, o vivir todo
tiempo en el género elegido. Puede incluir la modificación corporal, o
no, a través de hormonas, cirugías menores o mayores. Y puede que se
haga a veces o puede que sea un viaje de transición que dura toda tu
vida. Una persona trans* puede tener un aspecto masculino o femeni-
no, puede ser un varón trans* (de mujer a hombre, MaH) o una mujer
trans* (de varón a mujer, HaM), o puede tener un aspecto ambiguo y
rechazar incluso ser categorizado dentro de alguna de estas dos opcio-