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Descubre el Universo en Expansión

El libro 'Un universo en expansión' de Luis Felipe Rodríguez explora el origen, evolución y estructura del universo, destacando la constante búsqueda de conocimiento en astronomía. A través de su obra, el autor busca compartir la fascinación por los descubrimientos astronómicos y contrarrestar la atracción de pseudociencias. La obra enfatiza que la ciencia, y en particular la astronomía, está en un proceso de expansión continua, tanto en el entendimiento del cosmos como en el conocimiento humano.
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Descubre el Universo en Expansión

El libro 'Un universo en expansión' de Luis Felipe Rodríguez explora el origen, evolución y estructura del universo, destacando la constante búsqueda de conocimiento en astronomía. A través de su obra, el autor busca compartir la fascinación por los descubrimientos astronómicos y contrarrestar la atracción de pseudociencias. La obra enfatiza que la ciencia, y en particular la astronomía, está en un proceso de expansión continua, tanto en el entendimiento del cosmos como en el conocimiento humano.
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En el principio del tiempo, la gran explosión dio origen al universo:

galaxias, estrellas, astros y el propio planeta Tierra; todos ellos son


observados ahora por el hombre, quien trata de resolver el misterio de su
existencia. Luis Felipe Rodríguez expone en este libro las respuestas que
la astronomía ha dado al ser humano acerca del origen, la evolución, la
estructura y la composición del universo que habita, y comparte la
fascinación que experimenta el astrónomo cuando descubre leyes y
medidas en el devenir de la naturaleza sideral. Sin embargo, este
conocimiento alcanzado no es un asunto concluido: la ciencia en general,
y la astronomía en particular, son (o al menos parecen ser) una búsqueda
interminable: cada descubrimiento produce nuevas preguntas y
problemas; es decir, el conocimiento humano, como el universo, se
encuentra en constante expansión.
Luis Felipe Rodríguez

Un Universo en Expansión
La ciencia para todos 1

Título original: Un universo en expansión

Luis Felipe Rodríguez, 1995

Retoque de portada: Crissmar y NicoleVM

Editor digital: Griffin


Prólogo

Yo liberé a los mortales del temor a la


muerte, dándoles quiméricas esperanzas.

Del Prometeo de Esquilo

El doctor Luis Felipe Rodríguez, nacido en Mérida, Yucatán, es uno


de los más jóvenes y distinguidos astrónomos de habla española. Realizó
sus primeros estudios, primaria, secundaria y preparatoria, en su ciudad
natal, una de las más bellas y atractivas de la provincia mexicana: la ciudad
de las mariposas, por sus miles de veletas que a lo lejos le daban a Mérida
un aspecto etéreo y misterioso. Es, además, el centro metropolitano de una
de las zonas mexicanas de mayor tradición cultural, tanto indígena como
mestiza. Luis Felipe Rodríguez no podría escapar de sus antecedentes
mayas; antropológica y astronómicamente hablando: su «destino» era la
astronomía.

El doctor Rodríguez hizo sus estudios superiores en la Universidad


de Harvard, en donde en 1978 obtuvo el doctorado presentando la tesis
Radio Recombination Line Observations of the Ionized Gas in the Galactic
Center. Esta tesis doctoral fue merecedora, en 1980, del premio «Robert J.
Trumpler», que se otorga a la mejor tesis doctoral de astronomía realizada
en los Estados Unidos de Norteamérica.

Aunque ya en los años de 1973-1974 trabajó como ayudante de


investigador en el Instituto de Astronomía de la UNAM, no fue hasta el año
de 1979, después de doctorarse, cuando se le nombró investigador titular
de tiempo completo. En 1980, la Junta de Gobierno de la UNAM lo designó
director del Instituto de Astronomía. Teníamos y tenemos, como director,
al hombre más joven en toda la historia de la astronomía mexicana.
Rodríguez, ahora de 36 años de edad, tiene un curriculum y una
capacidad de trabajo asombrosos: 35 artículos de investigación, la gran
mayoría supervisados y aceptados por árbitros exigentes y publicados tanto
en México como en Europa y los Estados Unidos de Norteamérica. Además,
varios trabajos de investigación en prensa o en proceso de publicación. Un
gran número de trabajos de divulgación científica y/o resúmenes
científicos publicados. Continuamente imparte conferencias tanto en el
Distrito Federal como en la provincia mexicana o en el extranjero. Participa
muy activamente en la formación de nuevos astrónomos y sugiere a sus
colegas temas de investigación. Su vigor físico e intelectual es espectacular
y, honestamente, envidiable. Sobre todo, es un joven ejemplar y tiene una
larga y fructífera vida por delante.

Muy recientemente se le otorgó el premio «Henri Chrétien 1984» por


trabajos en astronomía observacional, que se concede a través de la
American Astronomical Society.

El presente libro de divulgación, Un universo en expansión,


representa un intento serio para informar al público de habla española
sobre algunos aspectos de la astronomía y la astrofísica contemporáneas.
Aunque intenta liberar a la astronomía moderna de esa tendencia
legendaria antropocéntrica y antropomórfica, no creo, sinceramente, que
lo logre cabalmente. La tarea divulgativa de todo proceso de evolución
natural —especialmente en astronomía— nos lleva, casi inevitablemente, a
recurrir a analogías que no dejan de tener un profundo sentido
antropomórfico. Copérnico desplazó a la Tierra del centro del sistema solar
y del universo; sin embargo, el Sol, nuestro sol, quedaba como centro de
nuestra galaxia. Shapley, llamado el Copérnico del siglo XX, demostró que
el Sol es tan sólo una de tantos millares de estrellas ubicada en un lugar
«insignificante» lejos del centro galáctico. No obstante, el gran Shapley
indicó, por algún tiempo, que no existían galaxias externas a la nuestra.
Ahora, en nuestra época, la mayoría de los científicos postulan la
formación de las estrellas mediante un proceso de contracción
gravitacional y se cree en la expansión del universo a partir del átomo
primigenio del abate Lemaître. El Premio Nobel de Física (1970), Hannes
Alfven, señala con ironía y severidad el conflicto entre la mitología y la
ciencia. Pero él mismo queda al borde del abismo.

Al leer las pruebas de imprenta del libro de divulgación de Luis Felipe


Rodríguez, vuelvo a pensar en el reto al que nos enfrentamos ante una
ciencia que sólo puede sobrevivir si se concibe como un proceso infinito,
que día con día se supera y que nunca termina. Esta es la característica
fundamental de toda verdadera ciencia; siempre debe y puede superarse,
siempre será mejor. Esto la distingue de otras tareas intelectuales,
especialmente algunas áreas de las humanidades y de las artes. No
podemos decir que los humanistas, escritores o artistas del presente sean
mejores que los del pasado. En cambio, la ciencia actual es mejor que la
pretérita y la del futuro será superior a la presente.

GUILLERMO HARO
Prefacio

Son dos las razones principales que me llevaron a escribir este


pequeño libro cuyo fin es presentar los más importantes descubrimientos
astronómicos de nuestro tiempo: 1) como astrónomo profesional quiero
compartir con otras personas el placer que me causa el conocimiento de
tales hallazgos. Creo que constituyen uno de los aportes fundamentales del
siglo XX a la cultura humana, y que por lo tanto, deben de ser divulgados
tan profusa y adecuadamente como sea posible; 2) creo también que todos
los seres humanos necesitamos interesarnos en algo misterioso, aún sin
resolver, algo que parezca estar más allá de nuestras capacidades. Los
científicos satisfacemos esta necesidad al afrontar los problemas que
estudiamos. Por desgracia, muchas personas de pocos escrúpulos se han
aprovechado de esta inquietud tan humana explotando en libros y otros
medios de comunicación temas tales como la astrología (predicción del
futuro mediante horóscopos), los ovnis, la percepción extrasensorial,
etcétera. Sería casi imposible enumerar las decenas de libros que sobre
estas pseudociencias se han publicado; muchos han alcanzado gran éxito.
Aun cuando algunas de las pseudociencias ciertamente ameritan un
estudio más cuidadoso, es también cierto que las pruebas que presentan en
su favor son muy escasas, que son irreproducibles y, en muchos casos,
falsas. Considero que el público también podría saciar su sed de misterio
fijando su atención en los fenómenos fascinantes que la astronomía y las
otras ciencias ponen al descubierto. Además, éstos tienen la ventaja de ser
verdaderos. ¿Acaso no es extraordinario que conozcamos y estudiemos el
nacimiento, la vida y la muerte de las estrellas? ¿No es también notable que
experimentos contemporáneos sugieran la existencia de los hoyos negros,
regiones irremediablemente separadas de nuestro universo? ¿No es digno
de atención el hecho de que toda la materia del cosmos, incluida la que
forma nuestro organismo, tuvo origen en una gran explosión cuyos efectos
pueden medirse aún hoy por medio de diversos experimentos? Éstos son
algunos de los temas cuyo mejor entendimiento ocupan al astrónomo de
nuestro tiempo. De estos problemas y fenómenos quiero dar una
descripción.

Escogí el titulo Un universo en expansión porque no sólo nuestro


universo físico se expande, sino que también lo hace el universo de los
conocimientos humanos. A ello contribuyen todas las ciencias, pero muy
particularmente la astronomía. ¿Hasta dónde llegaremos? En este
momento parecería que el único elemento que puede detener la expansión
del saber de la humanidad es la humanidad misma.
I

La Tierra, un Lugar que no tiene nada de Especial

De pie sobre la superficie de la Tierra experimentamos una sensación


de solidez e inmovilidad que hace difícil concebir que en realidad se mueve
velozmente. Debido a esta sensación de inmovilidad, las culturas antiguas
concluyeron que la Tierra era el centro del universo, un centro inmóvil, que
se mantenía estático. A principios del siglo XVI el astrónomo polonés
Nicolás Copérnico investigaba y trataba de describir las órbitas del Sol y los
planetas entonces conocidos. Hasta entonces, los movimientos del Sol y los
planetas se describían mediante un complejísimo modelo de círculos
excéntricos que había sido perfeccionado por Tolomeo. Copérnico
descubrió una manera muy sencilla de describir los movimientos orbitales,
pero su modelo requería de una condición desconcertante: era el Sol y no
la Tierra el que debería considerarse el centro natural de las órbitas de los
planetas, incluida la Tierra.

¿Por qué si la Tierra tiene un movimiento de rotación y describe una


órbita alrededor del Sol, nosotros la sentimos tan sólida e inmóvil? La razón
es que lo que nuestros sentidos perciben son los cambios en el movimiento.
Mientras el movimiento sea continuo, sin cambios bruscos, es imposible
percibirlo. Por ejemplo, durante un vuelo de avión es fácil olvidar que
estamos en movimiento. Es sólo cuando el avión pasa por una región
turbulenta cuando nos damos cuenta de que nos desplazamos. La Tierra se
mueve a más de cien mil kilómetros por hora en su órbita alrededor del Sol,
pero lo hace de manera fluida y continua y, como si fuera una nave
perfectamente estable, no percibimos su veloz movimiento.

La conclusión de Copérnico de que el Sol es el centro alrededor del


cual orbitan los planetas fue la primera sacudida científica en el camino que
nos ha llevado a la conclusión de que los seres humanos habitamos un lugar

11
del universo que no tiene nada de especial. El paso siguiente lo dio Isaac
Newton cuando enunció la ley de la gravitación universal a fines del siglo
XVII. El Sol, que contiene el 99.9% de la masa total del Sistema Solar se
halla en su centro y, a su alrededor, como granos de polvo, giran los
planetas. La fuerza que la Tierra ejerce sobre el Sol es la misma que el Sol
ejerce sobre la Tierra, pero debido a la mucho mayor masa del Sol, éste casi
no se ve afectado. Si le damos un empujón a una bicicleta, ésta reaccionará;
no será así si el empujón se lo damos a un camión. Por ello, el Sol casi no
se mueve a causa de la atracción de los planetas, pero éstos si son afectados
muy notoriamente por la fuerza de atracción del Sol. Es ésta la que
mantiene a los planetas en su órbita alrededor del Sol. Si la fuerza de
atracción gravitacional desapareciera, los planetas se moverían en línea
recta abandonando tangencialmente sus órbitas.

El Sistema Solar tiene dos características básicas que debe explicar


cualquier modelo teórico que pretenda definir su origen y evolución.
Primero, todos los planetas, con la excepción de Plutón, se hallan situados
aproximadamente en un mismo plano y giran en el mismo sentido (véase
la Fig. 1. a). Si el Sistema Solar se hubiese formado mediante la captura al
azar de planetas por el Sol sería de esperarse que los planetas giraran en
todas direcciones y sentidos (véase la Fig. 1. b).

Figura 1.
a) Los planetas del Sistema Solar se hallan
situados aproximadamente en un mismo
plano y giran alrededor del Sol en el mismo
sentido.

b) Si los planetas hubieran sido capturados


al azar por el Sol, sus órbitas se desplazarían
en todas direcciones y sentidos.

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La segunda gran característica del Sistema Solar es que los planetas
pueden dividirse en dos grupos: los planetas interiores o terrestres y los
planetas exteriores o jovianos. Los planetas terrestres, cuyo prototipo es la
Tierra, son pequeños y sólidos. Los planetas jovianos, cuyo prototipo es
Júpiter, son esferas gaseosas sin superficie sólida, con diámetro unas diez
veces mayor que el de los planetas terrestres (véase la Fig. 2).

Figura 2.
a) El prototipo de los planetas
terrestre, pequeños y sólidos
es, por supuesto, la Tierra.

b) Los planetas jovianos,


grandes y gaseosos, tienen
como prototipo a Júpiter.

Estas dos características básicas hallan su explicación en el modelo


que veremos más adelante, por el que se busca explicar la manera como se
forman las estrellas y, con ellas, sus sistemas planetarios.

13
II

El Sol, la Estrella más Cercana

Casi toda la materia que constituye el universo está atrapada en


forma de estrellas. Estas esferas gigantescas de gas caliente alcanzan
diámetros que van de cientos a miles de veces el diámetro de la Tierra. Las
estrellas tienen brillo propio porque en su centro las presiones y
temperaturas son lo suficientemente elevadas como para propiciar que los
átomos colisionen entre sí frecuente y fuertemente. En estas colisiones, a
veces se fusionan dos o más núcleos atómicos para formar uno solo. A este
fenómeno se le llama fusión termonuclear. En su forma más básica, este
proceso fusiona cuatro átomos de hidrógeno para formar un átomo de
helio. Estrictamente hablando, la masa no se conserva en este proceso
físico. Si tomáramos cuatro gramos de núcleos de hidrógeno y los
fusionáramos hasta convertirlos íntegramente en núcleos de helio, no
obtendríamos exactamente los cuatro gramos de helio esperados, sino tan
sólo 3.97 gramos.

¿Qué le sucede a la masa aparentemente desaparecida? Esta


diferencia de masa se transforma en energía; concretamente es emitida
como radiación de alta energía (véase la Fig. 3).

Figura 3. En el centro de las estrellas ocurre el proceso de la fusión termonuclear.


Mediante este proceso, básicamente se fusionan cuatro núcleos de hidrógeno para formar
un núcleo de helio. Cuatro núcleos de hidrógeno pesan un poco más que un núcleo de helio,
la diferencia de masa se transforma en energía.

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Esta transformación de materia en energía es consecuencia de la
equivalencia materia-energía, enunciada por Albert Einstein en su famosa
fórmula 𝐸 = 𝑚𝑐 2; donde E es la energía resultante, m es la masa
transformada en energía, y c es la velocidad de la luz (300 000 kilómetros
por segundo). La cantidad de energía que se libera en los procesos de fusión
termonuclear es fabulosa. Un gramo de materia transformado
íntegramente en energía bastaría para satisfacer los requerimientos
energéticos de una familia mediana durante miles de años.

La estrella más cercana a nosotros es, naturalmente, nuestro Sol, en


cuyo centro el proceso de fusión termonuclear de hidrógeno en helio está
ocurriendo en cantidades difíciles de concebir. Cada segundo, en el interior
del Sol se transforman más de cuatro millones de toneladas de materia en
energía. Esta energía resultante de las reacciones termonucleares viaja
desde el centro hasta la superficie del Sol, donde es radiada en forma de luz
al espacio circundante. La Tierra intercepta sólo una cantidad ínfima de
este flujo generosísimo de energía, y la casi totalidad escapa hacia el espacio
interestelar. Algunos autores han especulado sobre la teoría de que una
civilización más avanzada que la nuestra, en caso de que existiera, se vería
obligada a causa de sus enormes necesidades energéticas a capturar toda la
luz de su sol. Para lograrlo, tendrían que rodear su sol con una cáscara
hecha de celdas solares que transformarían la luz en energía eléctrica. Esta
sugerencia es altamente especulativa, pero desde el punto de vista de la
física tiene sentido. En el caso de la Tierra, más del 99.9999999% de la
energía lumínica del Sol escapa al exterior del Sistema Solar.

¿Por qué es el brillo del Sol tan enorme en comparación con las otras
estrellas? La diferencia se debe simplemente a que el Sol está
comparativamente cerca, mientras que las estrellas se hallan muy alejadas,
a distancias astronómicas, que son tan enormes que sería muy engorroso
darlas en metros o kilómetros. Como la luz del Sol tarda aproximadamente
500 segundos en llegar a la Tierra, y en un segundo recorre 300 000 km,
encontramos que del Sol a la Tierra hay 300 000 × 500 = 150 millones de

16
km, ¡150 millones de km! Una distancia en verdad descomunal. Pero, como
veremos, insignificante si la comparamos con otras distancias. La siguiente
estrella más cercana, Proxima Centauri (que en realidad forma parte de un
sistema de tres estrellas), está a 4 años luz de distancia (un año luz será
pues la distancia recorrida por un rayo de luz en un año). Esta distancia es
aproximadamente 300 000 veces mayor que la distancia del Sol a la Tierra.
No es pues de extrañar que las estrellas lejanas se vean como puntitos de
luz, mientras que nuestra cercana estrella nos deslumbre. Así, las miles de
estrellas que podemos observar a simple vista, y los millones que se pueden
ver con un telescopio, son otros soles que quizá tienen sistemas planetarios
como el nuestro.

Sin embargo, es muy importante aclarar que no todas las estrellas


son copias idénticas del Sol. Las estrellas pueden tener diferentes masas
que van desde las estrellas pequeñas, cuya masa es una décima parte de la
del Sol, hasta aquellas cuya masa es sesenta veces la del Sol. Las estrellas
más masivas crean en su interior temperaturas más grandes y por lo tanto
generan más reacciones termonucleares por segundo. Esto da por
resultado una mayor temperatura de la estrella y como mientras más
caliente es un objeto, más azul es, estas estrellas brillan con tonalidad azul.
Normalmente, las estrellas de masa intermedia, como el Sol, son amarillas,
y las de masa menor rojas.

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