La Armada Invencible: Historia y Fracasos
La Armada Invencible: Historia y Fracasos
La estrategia
Al mismo tiempo, los ingleses enviaron a la desesperada una flota de guerra destinada a enfrentarse a la
Gran Armada mientras esta se hallaba amarrada en La Coruña, pero las condiciones meteorológicas eran tan
malas que los ingleses ni siquiera consiguieron llegar a España y hubieron de regresar a sus puertos.
Sin embargo, la flota inglesa fondeada en Plymouth no tenía posibilidades de zarpar, ya que ni el tiempo ni
la mar se lo permitían en ese momento. Con la brisa en contra y la subida de la marea, la flota inglesa se
encontraba atrapada en el puerto. Además, en esos mismos instantes la Armada española navegaba viento a
favor, a barlovento.
El almirante Juan Martínez de Recalde, segundo comandante de la Armada, reparó en que la flota inglesa se
encontraba atrapada en su propio puerto sin posibilidades de zarpar y avisó al duque de Medina Sidonia
para que realizara un ataque a gran escala al puerto de Plymouth.19 Sin embargo, Medina Sidonia debía
dirigirse a los Países Bajos a reunirse con el duque de Parma y juntarse con las tropas de Flandes, y había
recibido órdenes estrictas de no atacar a los ingleses a no ser que se viera obligado a ello. Esto pudo
interpretarse como que siempre actuó eligiendo la mejor y más coherente de las opciones para la flota.25
Así, en definitiva, no parece haber constancia de la advertencia del segundo sobre atacar a la flota inglesa
en puerto y las afirmaciones, quizás exageradamente humildes dado su carácter modesto y obediente, de
Alonso Pérez de Guzmán sobre sí mismo pudieron contribuir a esta idea de incompetencia sobre su
liderazgo de la flota en materia militar.
El canal de La Mancha
Los ingleses lograron sacar 70 naves del puerto de Plymouth ayudados con botes de remos y, amparados
por la oscuridad, la noche del 30 de julio rodearon a la armada española, gozando de la ventaja de situarse a
barlovento. El 31 de julio, la flota inglesa comenzó a avasallar tímidamente a la Armada Grande y, al
margen de los primeros contactos y estimación del poderío adversario, se realizaron por la parte inglesa los
primeros ataques con tímidos cañoneos a larga distancia.26 La Armada española adopta una formación de
media luna, con los barcos más robustos en la vanguardia y los más frágiles protegidos en el interior.
En primer lugar, los ingleses atacaron a uno de los buques de los extremos como blanco de un cañoneo
desde la lejanía, el San Juan de Portugal, buque insignia del almirante Juan Martínez de Recalde, que
recibirá más de 300 cañonazos.
En una de estas refriegas ocurrieron dos accidentes no tan importantes para la «Grande» como el botín
conseguido por los ingleses: se perdieron dos galeones españoles, el San Salvador, navío insignia de Pedro
de Valdés al mando de la flota andaluza (11 navíos), y el Nuestra Señora del Rosario.
En el primero parece ser que explotó la santabárbara del buque, el pánico y desconcierto del personal a
bordo hicieron que este se entregara y quedara a merced de Drake.
El otro galeón, el Nuestra Señora del Rosario, en una maniobra de abordaje sobre un navío inglés, chocó
con otro barco español, quedando inutilizado su palo mayor y, por lo tanto, sin posibilidad de hacer frente a
ningún ataque. Corrió la misma suerte que el San Salvador, que quedó a merced de los ingleses junto con
su tripulación y acabaron en los puertos de Weymouth y Dartmouth, respectivamente.
La pérdida de dos navíos importantes como los mencionados, así como las pequeñas refriegas, no fueron
tan graves para los españoles como el botín conseguido por los ingleses, ya que, al menos uno de ellos, iba
repleto de víveres, munición (aunque poco quedaría del San Salvador) y demás material para el
aprovisionamiento de la «Grande». Dadas las circunstancias posteriores y las dificultades de la Armada para
fondear en Flandes, ambos navíos quizás hubieran sido de una importancia cualitativa.
Aun así, parece evidente que dos galeones de los 137 navíos españoles no eran, en aquel momento, una
gran pérdida cuantitativa. Sin embargo, cuando los problemas empezaron a superar a la «Felicísima»,
cualquier navío, por poco importante que pareciera, se convirtió en vital para su objetivo.
La isla de Wight
El duque de Medina Sidonia cuenta con un constante
avance de su flota y escribe casi diariamente al duque
de Parma, mandando mensajeros a los Países Bajos,
para tener noticias de las tropas de Flandes, pero este
no le ha respondido ni una vez. Medina Sidonia
convoca un Consejo de Guerra que recomienda
fondear la Armada en el puerto de la isla de Wight
hasta que se reciba una respuesta del duque de Parma
que indique que los Tercios de Flandes están listos para
zarpar y dirigirse al encuentro de la Armada. El 4 de
agosto, el duque de Medina Sidonia ordena poner
rumbo al puerto, pero el escuadrón costero comandado
Derrota de la armada invencible, pintura de
por Martin Frobisher les presenta combate y los Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796)
conducen a unos bajíos peligrosos cerca de la costa. En
ese momento Drake, Charles Howard y John Hawkins
conducen sus escuadrones hasta situarse en medio de la armada, donde se libra una batalla de varias horas y
la Armada abandona la isla de Wight, dirigiéndose al paso de Calais, a la altura de las Gravelinas, confiando
en que el duque de Parma esté listo para el encuentro.19
El paso de Calais
Véase también: Batalla naval de Gravelinas
Al día siguiente, el duque de Medina Sidonia recibió al fin una carta del duque de Parma donde le avisaba
de que aún no había embarcado a los soldados. Esto se debió a que el duque de Parma no había recibido el
primer mensaje, en el que se informaba de que la Armada había partido de Lisboa,19 pero aun así dispone
sus tropas para embarcarlas. Medina Sidonia ancló su armada en el entorno del puerto de Calais y allí
aguardó la llegada de las tropas del duque de Parma a bordo de sus gabarras. Dado que la flota inglesa se
mantenía a barlovento, el duque de Medina Sidonia interpone zabras y pinazas que actuarían contra la
llegada de posibles brulotes o algún otro ataque nocturno en naves menores. Tal y como estaba previsto
Hawkins atacó durante la noche lanzando ocho brulotes, dos de los cuales fueron contenidos por la defensa.
Otros cuatro obligaron a algunos barcos a desanclar para dejarles pasar, con la intención de volver a fondear
en el mismo lugar una vez pasado el peligro. Las corrientes y el viento, sin embargo, alejaron del puerto a
un grupo de 40 barcos que se ven incapaces de regresar. A la mañana siguiente, Medina Sidonia, con objeto
de proteger a esos navíos y mantener la defensa compacta se reagrupa junto a ellos.19
Sin embargo, un estudio del historiador español José Luis Casado Soto de 1988,27 demostró, con un
seguimiento de cada navío según la contabilidad de la Gran Armada y la administración de armadas
posteriores que en total las pérdidas no superaron los 35 buques, siendo estos casi todos navíos de
transporte y de navegación mediterránea, ya que en el viaje de vuelta no naufragó un solo galeón.28 (Aún
que se naufragó La Girona, una galeaza napolitana, modificada en un galeón.)
Se cuenta que a la vuelta de la Armada a España, Felipe II dijo: «Yo envié a mis naves a pelear contra los
hombres, no contra los elementos».25 En el margen de una de las cartas enviadas al duque de Parma,
autores como Carlos Gómez-Centurión sí dan por escrita por el propio rey la frase: «En lo que Dios hace no
hay que perder ni ganar reputación, sino no hablar de ello».25
Hallazgos arqueológicos
En 1967 los arqueólogos descubrieron el primer pecio de los ocho hallados frente a la costa irlandesa, el del
Santa María de la Rosa. Este barco naufragado carecía de artillería pero poseía una gran pila de proyectiles.
Algunas teorías dicen que la armada fue derrotada porque se le acabó la munición. Colin Martin descubriría
en otros pecios cañones intactos. Al haber mezcolanza de cañones cada uno tiene calibres distintos, por lo
que los españoles tuvieron problemas para distribuir la munición adecuada en los barcos correspondientes.
Además, se descubrió que muchos de los cañones iban montados sobre enormes cureñas de dos ruedas, lo
que era poco manejable.19
Bajas inglesas
Siguiendo con otra de las tergiversaciones[cita requerida] más extendidas, hoy día es bien conocido el hecho
de que los ingleses sufrieron menos bajas que los españoles en la batalla de las Gravelinas, y que los
españoles, a su vez, sufrieron cerca de 10 000 bajas debido a un feroz temporal que los sorprendió
bordeando la costa occidental irlandesa. Un hecho muy importante, y que al mismo tiempo es poco
conocido, es que los marinos ingleses fueron a su vez diezmados por causas ajenas al combate, ya que unos
9000 marineros ingleses fueron víctimas de sendas epidemias de tifus y disentería que estallaron a bordo de
los barcos ingleses inmediatamente después del enfrentamiento con la flota española. Además, el ambiente
en Inglaterra tras la batalla distó mucho de ser la algarabía de fervor patriótico y festejos por el fracaso de la
invasión española que la mitología popular pretende.[cita requerida] La realidad es que a la batalla siguieron
todo tipo de disturbios y enfrentamientos políticos provocados por las penalidades pasadas por los
combatientes ingleses, que murieron por millares en un total abandono, y que tardaron meses en cobrar sus
sueldos debido a que la guerra llevó al borde de la bancarrota tanto a la corona española como a la inglesa.
[...] Felipe II no permaneció inconsciente a las calamidades de los bravos soldados y marinos
que tanto habían arriesgado y soportado en el transcurso de aquella desastrosa cruzada. Hizo
cuanto estuvo en su mano para aliviar sus sufrimientos y en vez de recriminar la derrota de
Medina Sidonia, le ordenó que regresara a Cádiz y reanudara allí su gobierno. Muy diferente
fue la conducta de la reina Isabel, cuya preocupación constante era la de reducir gastos. Al
contrario de Felipe, no había nada de caballeroso ni de generoso en su carácter, y aunque el
profesor Laughton exagera mucho al intentar disimular su tacañería, no existe duda alguna de
que, de haber sido mujer de corazón como lo era de cerebro, hubiera resultado imposible que
dejara morir de hambre y de enfermedad a tan alto número de valerosos marinos luego de
conseguir aquella victoria para ella [...] Tres días después de haber regresado de la
persecución, escribe Burghley: «Las enfermedades y la muerte están causando estragos entre
nosotros; resulta doloroso ver cómo aquí en Margate no hay lugar para estos hombres y
muchos de ellos fallecen en las calles». Una vez más, el 30 de agosto insistió: «Es lastimoso
presenciar cómo los hombres padecen después de haber prestado tal servicio... Valdría más que
Su Majestad la reina hiciera algo en su favor, aun a riesgo de gastar unas monedas, y no los
dejara llegar a semejante extremo, porque en adelante quizá tengamos que volver a necesitar
de sus servicios; y si no se cuida más de esos hombres, y se les deja morir de hambre y de
miseria, será muy difícil volver a conseguir su ayuda»
J. F. C. Fuller. Batallas decisivas del mundo occidental. 2009. RBA Colecciones (pp. 381-382)
Ya durante la guerra de los Cien Años, el almirante castellano Fernando Sánchez de Tovar asoló las costas
inglesas durante seis años (entre 1374 y 1380), saqueando múltiples localidades como Southampton,
Plymouth, Portsmouth, Dartmouth o Poole, entre otras, y llegando a incendiar, tras remontar el Támesis, la
localidad de Gravesend, a la vista de Londres. Años después, y durante el mismo conflicto, el corsario
español Pero Niño volvió a atacar en 1405 la península de Cornualles, asolando la isla de Pórtland y
saqueando Poole.
Obviando los fugaces desembarcos que marinos españoles llevaron a cabo en las costas inglesas por
motivos de aprovisionamiento de urgencia, en julio de 1595 se produjo la batalla de Cornualles. Una flota
compuesta por cuatro galeras españolas al mando de Carlos de Amésquita, que patrullaba en aguas inglesas,
desembarcó unos 400 soldados de los tercios en la bahía de Mount, en la península de Cornualles, al
suroeste de Inglaterra para aprovisionarse.29 Las milicias inglesas, encargadas de la defensa inglesa en caso
de invasión por tropas españolas, huyeron, y los españoles tomaron todo lo que necesitaban y quemaron las
localidades de Mousehole, Paul, Newlyn y todos los pueblos de los alrededores.30 Al final del día,
celebraron una tradicional misa católica en suelo inglés, embarcaron de nuevo y lograron esquivar una flota
de guerra al mando de Francis Drake y John Hawkins que había sido enviada para expulsarlos.31
Dos años después del ataque de Amésquita, en 1597, Felipe II volvió a enviar una nueva flota de invasión
contra Inglaterra, más poderosa que su precursora de 1588. Tras avanzar hacia las costas inglesas sin
encontrar oposición, un fuerte temporal dispersó la flota, si bien en esta ocasión no se produjeron los
catastróficos resultados de 1588. Aun así, siete barcos llegaron a tierra en las proximidades de Falmouth,
desembarcando a 400 soldados de élite que se atrincheraron esperando refuerzos para marchar hacia
Londres. Tras dos días de espera, en los que las milicias inglesas no se atrevieron a hostigarlos, recibieron la
orden de embarcar, pues la flota se había dispersado irremediablemente, y regresaron a España.
Panorama
Isabel I y la Armada española (121.3 × 284.5 cm), óleo atribuido a Nicholas Hilliard, que probablemente representa
la batalla naval de Gravelinas.32 Worshipful Society of Apothecaries of London.
Imperio Español
Escuadra portuguesa
São Martinho (San Martín) — 48 cañones (primer navío de escuadra, al mando del duque de
Medina Sidonia)
São João (San Juan) — 50 cañones (segundo navío de escuadra)
São Marcos (San Marcos) — 33 cañones (al mando de López de Mendoza, encalló el 10 de
septiembre cerca de las costas irlandesas)33
São Filipe (San Felipe) — 40 cañones (al mando de Francisco de Toledo, abandonado el 8
de agosto entre Nieuwpoort y Ostende, capturado el 9 de agosto por la patrulla de las
Provincias Unidas)
São Luís (San Luis) — 38 cañones (al mando de Agustín Mexía)
São Mateus (San Mateo) — 34 cañones (al mando de Diego Pimentel, encalló el 8 de
agosto entre Nieuwpoort y Ostende, capturado el 9 de agosto por la patrulla de las
Provincias Unidas)
Santiago (Santiago) — 24 cañones
San Francesco (San Francisco) — 52 cañones (al mando de Niccolo Bartoli, galeón
florentino incluido en la escuadra portuguesa)
São Cristóvão (San Cristóbal) — 20 cañones
São Bernardo (San Bernardo) — 21 cañones
Augusta (Augusta) — 13 cañones
Júlia (Julia) — 14 cañones.
Escuadra castellana
San Cristóbal — 36 cañones (primer navío de escuadra, al mando de Diego Flores de
Valdés)
San Juan Bautista — 24 cañones (segundo navío de escuadra)
San Pedro — 24 cañones
San Juan — 24 cañones
Santiago el Mayor — 24 cañones
San Felipe y Santiago — 24 cañones
La Asunción — 24 cañones
Nuestra Señora del Barrio — 24 cañones
San Linda y Celedón — 24 cañones
Santa Ana — 24 cañones
Nuestra Señora de Begoña — 24 cañones
La Trinidad Bogitar — 24 cañones
Santa Catalina — 24 cañones
San Juan Bautista — 24 cañones
Nuestra Señora del Rosario — 24 cañones
San Antonio de Padua — 12 cañones.
Escuadra de Vizcaya
Santa Ana — 30 cañones (navío insignia de la escuadra, al mando de Juan Martínez de
Recalde y Alejandro Gómez de Segura)
El Gran Grin — 28 cañones (segundo navío de escuadra, encallado el 24 de septiembre
cerca de Clare Island)
Santiago — 25 cañones
La Concepción de Zubelzu — 16 cañones
La Concepción de Juan del Cano — 18 cañones
La Magdalena — 18 cañones
San Juan — 21 cañones
La María Juan — 24 cañones (hundido el 8 de agosto al norte de Gravelinas)
La Manuela — 12 cañones
Santa María de Montemayor — 18 cañones
María de Aguirre — 6 cañones
Isabela — 10 cañones
El patache de Miguel de Suso — 6 cañones
San Esteban — 6 cañones.
Escuadra de Guipúzcoa
Santa Ana — 47 cañones (navío insignia de la escuadra, al mando de Miguel de Oquendo)
Santa María de la Rosa — 47 cañones
San Salvador — 25 cañones
San Esteban — 26 cañones
Santa María — 20 cañones
Santa Bárbara — 12 cañones
San Buenaventura — 21 cañones
La María San Juan — 12 cañones
Santa Cruz — 18 cañones
Urca Doncella — 16 cañones
El patache La Asunción — 9 cañones
El patache San Bernabé — 9 cañones
La pinaza Nuestra Señora de Guadalupe — 1 cañón
La pinaza Magdalena — 1 cañón
Escuadra andaluza
Nuestra Señora del Rosario — 46 cañones (navío insignia de la escuadra, al mando de
Pedro de Valdés)
San Francisco — 26 cañones
San Juan Bautista — 31 cañones
San Juan de Gargarin — 16 cañones
La Concepción — 20 cañones
Urca Duquesa Santa Ana — 23 cañones
Santa Catalina — 23 cañones
La Trinidad — 13 cañones
Santa María del Juncal — 20 cañones
San Bartolomé — 20 cañones
El patache El Espíritu Santo — 32 cañones
Escuadra de urcas
Galeras napolitanas
La Girona — 50 cañones (al mando de Hugo de Moncada)
San Lorenzo — 50 cañones
Zúñiga — 50 cañones
Napolitana — 50 cañones
Bark Talbot
Hope
Thomas
Bark Bond
Bear Yonge
Elizabeth
Pastel
Cure's ship
Leyendas
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Enlaces externos
Wikimedia Commons alberga una categoría multimedia sobre la Armada Invencible.
Navegación: La Armada Invencible ([Link]
La Armada Invencible por el capitán de navío Cesáreo Fernández Duro de la Real
Academia de la Historia - Tomo I ([Link]
ge/n9)
Idem - Tomo II ([Link]
Universidad de Valencia#El desastre de la Armada Invencible ([Link]
mentos/[Link])
La Armada en la leyenda y en la historia ([Link]
p://[Link]/alonsoperez/6parte/[Link]?2&weborama=19)
The Defeat of the English Armada and the 16th-Century Spanish Naval Resurgence: A More
Detailed Look at the Spanish Armada, its Immediate Results, its Long-Term Effects, and its
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