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Reflexiones sobre la primavera y el trabajo

El protagonista reflexiona sobre su trabajo en una fábrica y la confusión sobre la verdadera meta de la industria, cuestionando si es la productividad, la calidad, la eficiencia o la tecnología. Tras una serie de pensamientos, llega a la conclusión de que la meta de una organización industrial es ganar dinero, aunque se pregunta si eso es suficiente. A medida que se aleja de la reunión y se sumerge en sus pensamientos, se siente atrapado entre la realidad de su trabajo y la búsqueda de un propósito más significativo.
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Reflexiones sobre la primavera y el trabajo

El protagonista reflexiona sobre su trabajo en una fábrica y la confusión sobre la verdadera meta de la industria, cuestionando si es la productividad, la calidad, la eficiencia o la tecnología. Tras una serie de pensamientos, llega a la conclusión de que la meta de una organización industrial es ganar dinero, aunque se pregunta si eso es suficiente. A medida que se aleja de la reunión y se sumerge en sus pensamientos, se siente atrapado entre la realidad de su trabajo y la búsqueda de un propósito más significativo.
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despedirme también y descubro que sujeto en ella, todavía, el puro que me dio.

Lo meto en el bolsillo
de mi americana. Cuando levanto la vista ya se ha ido. Un empleado me advierte secamente que va a
cerrar la puerta del avión.

5
Es un buen puro.
Para un fumador más experto que yo, es probable que resulte un poco seco, después de estar varias
semanas en el bolsillo de mi chaqueta. Lo fumo con delectación durante la reunión de Peach y me
acuerdo de aquella extraña conversación con Jonah.
Peach está de pie, delante de nosotros. Golpea con un largo puntero de madera el centro de un gráfico.
El humo se despereza lentamente al atravesar el foco del proyector. Alguien aporrea
concienzudamente las techas de una calculadora enfrente de mí. Todos escuchan atentamente, toman
notas, hacen comentarios..., todos, menos yo.
«... parámetros consecuentes... es esencial superar... recuperación de beneficios... índices
operacionales... lo que ofrece una prueba...»
No sé lo que ocurre allí. Parecen hablar en un idioma extraño que aprendí hace tiempo y apenas
recuerdo. Palabras, palabras y más palabras.
«Seguirá haciendo juegos de palabras y números.»
Durante unos instantes, allí en el aeropuerto O'Hare, de Chicago, intenté pensar sobre lo que había
dicho Jonah. Sus palabras habían sido como un revulsivo, pero eran tan extrañas, tan sorprendentes,
que apenas las podía comprender. Además, tenía que pensar en lo que diría en Houston, a donde iba
para hablar de robots, no de metas... Perdía el avión, así que dejé de lado aquellos inquietantes
momentos pasados con mi antiguo profesor de Física y volví al torbellino de la realidad inmediata.
Ahora pienso en Jonah. Debe estar más cerca de la realidad de lo que suponía porque, mientras yo
miro la cara de los asistentes a la reunión, siento la extraña corazonada de que nadie sabe realmente lo
que lleva entre manos. Parece como si todos nosotros fuéramos una tribu de hechiceros a extinguir,
sin saber ni siquiera
los fundamentos de la medicina que tantas veces hemos practicado. Se me antoja que el humo de los
cigarros no es otro que el del ceremonial para exorcizar el espíritu que nos está aniquilando.
¿Cuál es la verdadera meta? Ninguno de los asistentes se ha hecho esta pregunta, es evidente. Peach
sigue con su cantinela de «costes de oportunidad» y «metas productivas». Hilton Smyth le hace
descaradamente la pelota, asintiendo a cada una de sus afirmaciones, como siempre. ¿Es que nadie se
da cuenta de lo que está pasando?
A las diez, Peach hace un descanso. Todo el mundo sale a los lavabos o a tomar café. Yo me quedo
quieto en mi sitio, hasta que la sala se vacía por completo.
¿Qué es lo que hago aquí? De repente, me pregunto para qué he venido. Después de la reunión, que,
por cierto, durará casi todo el día, ¿voy a poder hacer mi fábrica más competitiva, salvar un empleo o
ayudar a alguien a hacer algo que pueda resultar provechoso?.. . Es inútil. No sé ni siquiera lo que es
la productividad. Estoy perdiendo el tiempo. Con estos pensamientos en la cabeza, voy recogiendo
lentamente y... me largo.
Nadie se dirige a mí en el tramo que separa la sala de los ascensores, así que, afortunadamente, mi
escapada pasa inadvertida. Pasa inadvertida hasta que, esperando el ascensor, se me acerca Hilton
Smyth.
— No estarás intentando abandonar el barco, ¿verdad Al? Por unos instantes pienso en ni siquiera
mirarle, pero me doy
cuenta de que Smyth va a ir con el cuento a Peach, así que improviso:
— Tengo que hacerlo. Hay un asunto urgente que debo resolver en la fábrica.
— ¿Cómo? ¿Una emergencia?
— Más o menos.
Las puertas del ascensor se abren. Subo. Smyth sigue su camino con una expresión curiosa en sus ojos.
Las puertas se cierran.
Peach bien podría despedirme por abandonar su reunión. Tal y como están las cosas, no sería
sorprendente. Bueno, si me despidiera me ahorraría los tres meses de angustia que quedan para que
ocurra lo inevitable. Tengo el ánimo por los suelos.
Al llegar a Bearington no voy a la fábrica. Deambulo por las calles, girando el volante cuando me
parece. Pasan dos horas. No
me importa. Quiero escapar. No pienso en el trabajo. Trato de olvidarlo, pensando en el buen día que
ha quedado. Brilla el sol. Hace buena temperatura. No hay nubes. El cielo es azul y, aunque la
primavera no ha llegado todavía, ya anuncia que está cercano su milagroso estallido de cada año. ¡Es
un buen día para evadirse!
Recuerdo haber mirado la hora poco antes de llegar a la verja de entrada de la fábrica, la una. De
repente, cuando estoy a punto de traspasar la verja, caigo en la cuenta de que no quiero entrar. Miro a
la fábrica y acelero, dándole la espalda. Tengo hambre. Voy a buscar algo para comer. Me doy cuenta
de que lo que realmente no quiero es entrar otra vez en la dinámica del trabajo. Necesito pensar
tranquilamente.
Un par de kilómetros más arriba hay una pizzería. Está abierta. Entro y pido una pizza de tamaño
medio con doble de queso, pepinos, salchichas, champiñones, pimienta, mostaza, aceitunas, cebolla y
—¡hummm!— ¡trocitos de anchoa! Mientras espero, se me van los ojos detrás de las patatas fritas, los
taquitos de jamón, las aceitunas... Le digo al encargado, un siciliano, que me prepare dos bolsas para
llevar. Normalmente, no bebo a mediodía, pero el anuncio luminoso —«LLÉVAME»— de las
cervezas me hace desearla y pido seis latas frías. Pago y salgo con tan preciado cargamento. ¡La
angustia me abre un apetito voraz!
Cerca de la fábrica hay un camino de gravilla que asciende por una pequeña pendiente, hasta llegar a
la subestación eléctrica que está a un kilómetro, más o menos. Giro bruscamente para entrar en el
camino. El Buick derrapa un poco. Tiendo la mano rápidamente para evitar que la pizza salte del
asiento.
Aparco, dejando tras de mí una nube de polvo. Me quito la corbata y la americana para que no se
manchen. Desabrocho los dos botones superiores de mi camisa y empiezo a dar cuenta de las
provisiones. Es un auténtico placer morder la masa crujiente. El queso se estira entre mi boca y la
pizza, en hilos amarillos y elásticos.
La fábrica está ahí. La veo desde mi atalaya, al otro lado de la carretera. Es como una caja de metal
gris sobre la explanada. Ni una sola ventana. Sé que dentro hay cuatrocientas personas trabajando en
el turno de día. Sus coches están aparcados delante de la
fábrica. Observo que un camión está reculando entre otros dos, en la plataforma de embarque. Los
tres transportan materiales. Los materiales que las máquinas y los hombres de dentro están utilizando
para hacer cosas. Al otro extremo, otros camiones se llevan lo que se ha producido. Se supone que yo
dirijo lo que ocurre allí abajo. Abro una cerveza y mastico mi pizza antes de beber un trago.
La fábrica parece un elemento más del paisaje. Es como si fuera consustancial al paisaje mismo. Sin
embargo, sé que lleva allí sólo quince años y, es más, sé que es muy probable que no sobreviva los
próximos quince. ¿Cuál es la meta? ¿Qué se supone que hacemos ahí? ¿Qué es lo que está
manteniendo en marcha todo el montaje?
Jonah afirmaba que hay una sola meta. Bueno, pues no lo veo tan claro; a lo largo de la jornada se
llevan a cabo un montón de operaciones, todas igualmente importantes... por lo menos... la mayoría;
si no, no las haríamos. Bueno, pues a mí me parece que todas ellas podrían ser metas. Quiero decir,
por ejemplo, que la compra de materias primas es muy importante; hay que conseguir comprar a bajos
costes...
Mientras pienso esto, oigo en mi interior la voz de Jonah diciendo: «¿Es ésta la meta?» Me río y casi
me atraganto al pensar que comprar barato pudiera ser la razón de la existencia de la fábrica. Sin
embargo, seguro que en el departamento de compras hay gente que piensa y actúa como si fuera esa la
meta. Andan por ahí, alquilando almacenes para meter todas esas gangas que compran a bajo coste.
¿Qué tenemos ahora?, ¿alambre de cobre para treinta y dos meses?; ¿planchas de acero inoxidable
para siete?... Toda clase de elementos que, por cierto, han inmovilizado millones y millones. No,
definitivamente, comprar a precios económicos no es, ni mucho menos, la meta.
¿Qué más hacemos? Contratamos gente. Por cientos, aquí, y por decenas de miles en todas las
fábricas de UniCo. Nosotros, los empleados, somos —según las memorias anuales de la compañía—
«el valor más preciado de la UniCo». En fin, bromas aparte, me alegro mucho de que la compañía
proporcione puestos de trabajo. Es estupendo recibir el salario con regularidad, pero lo que sí es cierto
es que la fábrica no está para crear empleo. Después de todo, en los últimos meses hemos despedido a
un montón. A pesar de lo que piensen los políticos, o mejor dicho, lo que dicen
que piensan, lo cierto es que lo de la falta de empleo es algo que no se tiene en cuenta a la hora de abrir
o cerrar una fábrica.
Así que lo que habría que preguntarse es para qué se construyó la fábrica. Evidentemente, para
producir bienes. ¿Por qué no podría ser esa la meta? Jonah aseguró que no lo era. No lo entiendo.
Somos una compañía industrial, lo que significa que tenemos que fabricar algo, ¿no?
¿Para qué estamos aquí, si no es para producir bienes?
¿Será la calidad lo importante? Tal vez. Si no fabricas un producto de calidad, todo lo que consigues
al final es un montón de costosas equivocaciones. Tienes que satisfacer las necesidades del cliente
con un producto de calidad. De lo contrario, antes o después te quedas sin negocio. La UniCo,
precisamente, aprendió la lección por sí misma. Ahora ya nos lo sabemos; hemos realizado un gran
esfuerzo para aumentar la calidad. ¿Por qué no tiene la fábrica el futuro asegurado? Además, si la
calidad fuera la meta, ¿por qué estuvo la Rolls Royce a un paso de la quiebra?
La calidad sola no puede ser la meta. Es importante, pero no la meta. ¿Por qué?, ¿por los costes?
Si la fabricación a bajo coste fuese lo importante, entonces la respuesta sería los rendimientos. De
acuerdo, puede que vayan unidos calidad y rendimientos; desde luego a menos equivocaciones,
menos rectificaciones, lo que conduce a costes más bajos, y así sucesivamente. Tal vez eso es lo que
quiso decir Jonah.
Fabricar con buenos rendimientos un producto de calidad. ¡Esa debe ser la meta! Verdaderamente,
suena bien «calidad y eficiencia». Dos hermosas palabras.
Me reclino y abro una nueva cerveza. Ya no queda nada de la pizza. Por un momento, me siento
satisfecho. Sin embargo, la sensación dura poco; no sé por qué rae da que hay algo que no encaja. .. Si
el objetivo fuese el de producir eficientemente un bien de calidad, ¿cómo es que la Wolkswagen dejó
de fabricar el escarabajo? Era un producto de calidad, fabricado a costes reducidos... Pienso también
en la Douglas, cuando dejó de hacer el DC-8 y lo sustituyó por el DC-10.
Es evidente que no sólo es necesario producir eficientemente y con calidad. La meta ha de ser otra. Sí,
pero ¿cuál? La mirada se me ha quedado clavada en la lata de cerveza que sostengo en la mano.
Mientras bebo, observo el suave acabado del aluminio. Es verdaderamente
impresionante pensar que esta lata era hasta hace poco una roca bajo el subsuelo y que, gracias a la
tecnología desarrollada por la producción en cadena, se ha convertido en algo tan liviano y maleable,
tan fácil de utilizar una y otra vez... ¡Sorprendente!
¡Un momento!; creo que lo tengo.
Tecnología. Eso es lo que cuenta. Tenemos que mantenernos al frente del desarrollo tecnológico. Eso
es esencial... ¡Es la meta!
Pero..., pensándolo mejor..., no es exacto. Si la tecnología es la meta, ¿cómo es que los puestos de
mayor responsabilidad en una compañía industrial no son los de investigación y desarrollo? ¿Por qué
siempre aparece este departamento en la periferia de los organigramas de las compañías? Aunque
tuviésemos el último grito en toda clase de máquinas que pudiéramos usar, es evidente que eso no
solucionaría la papeleta.
La tecnología es importante, pero no es nuestra meta.
Entonces, ¿será una combinación de calidad, eficiencia y tecnología? Pero así lo que resulta es un
montón de metas importantes y eso no encaja mucho con lo que Jonah me dijo.
Sigo confuso. Miro colina abajo; frente a la gran caja metálica que es la fábrica hay otra más pequeña
de vidrio, donde están las oficinas. Mi despacho está en la esquina izquierda de la fachada. Casi me
parece ver a mi secretaria llevando montones de esos pequeños pedazos de papel donde se apuntan las
llamadas telefónicas.
Bueno. Levanto la lata de cerveza para echar el último trago y es entonces, con la cabeza echada hacia
atrás, cuando los veo.
Más allá de la fábrica hay dos edificios, largos y estrechos. Son los almacenes. Están abarrotados con
piezas de recambio y mercancía sin vender, de la que no hemos podido deshacernos. Un stock de 20
millones de dólares en productos acabados. Productos de calidad, hechos con la más moderna de las
técnicas y producidos eficientemente. Todos ellos descansan en sus envases, sellados con sus
respectivos plásticos en los que se ha introducido su tarjeta de garantía e —incluso— un trocito de
aire de la fábrica. Perfectamente estibados, a la espera de quien los compre. ¡Ahí están, muertos de
risa!
¡Eso es! Es obvio que UniCo no tiene fábricas con el fin de llenar almacenes.
La meta son las ventas.
Pero si la meta es vender, ¿por qué Jonah negó que conquistar una tasa de mercado fuese el objetivo?
Parece incluso más importante la tasa de mercado que vender. Lo cierto es que, si tienes una tasa de
mercado, la mayor dentro de tu rama, tienes también las mayores ventas. Pero, tal vez no. Una
compañía vende, a veces, perdiendo dinero o con márgenes ínfimos, sólo por bajar stock. Puedes
tener una gran tasa de mercado, pero si no ganas dinero, ¿de qué te vale?
El dinero... Es el dinero, claro, eso es. Peach va a echar el cerrojo porque la fábrica le está costando a
la empresa demasiado dinero. Así que eso es, por fin. Yo debo encontrar la forma de reducir el dinero
que la empresa está perdiendo. Claro que no sólo es reducir pérdidas; evidentemente, la fábrica no ha
sido creada para cubrir gastos. La empresa está para ganar dinero, no para otra cosa.
Ya lo veo. «La meta» de una organización industrial es ganar dinero. ¿Por qué otro motivo si no,
fundó en 1881 J. Bartholomew Granby su empresa y se impuso en el mercado con su perfeccionada
estufa de carbón? ¿Lo hizo por amor al invento? ¿Por un gesto de altruismo, con el fin de llevar calor
y comodidad a millones de hogares? ¡No, por Dios! El viejo J. Bart lo hizo para amasar una fortuna. Y
tuvo éxito, porque la estufa fue una joya en su tiempo. Los inversores le proporcionaron más dinero,
con lo que ellos consiguieron también una fortuna, menor desde luego que la del viejo, pero una, al fin
y al cabo, interesante fortuna.
Pero, ¿es ganar dinero la única meta? ¿Y qué son todas esas cosas que me preocupaban antes?
Saco el bloc de mi cartera y un bolígrafo de la chaqueta. Empiezo a escribir una lista con las cosas que
la gente, yo mismo, hasta hace nada, piensa que son metas: compras baratas, contratación de gente
adecuada, tecnología punta, fabricación de bienes de calidad, venta de bienes de calidad, conquista de
una tasa de mercado. Incluso añado algunos otros, como las comunicaciones y el cumplimiento de los
deseos del cliente.
La lista completa es importante para que el negocio marche con éxito. Pero, ¿qué es lo que se
consigue con cada una de estas cosas? Pues se consigue que la compañía haga dinero, pero no son
metas en sí mismas; son los medios para alcanzar la meta.
Pienso por un instante. ¿Y cómo puedo estar seguro de ello?
Bueno, no lo estoy. No del todo. Pero, en cualquier caso, «ganar dinero» me parece una magnífica
pretensión para una compañía industrial. No hay un solo ejemplo de la lista que valga un centavo si al
final no se gana dinero.
Si la meta es ganar dinero, entonces —tal y como lo explicaría Jonah— cualquier acción dirigida a
ganar dinero es productiva. Y la acción que nos impide ganar dinero es improductiva. Desde el
pasado año, o antes, la fábrica se ha apartado de esa meta deseable. Así que, para salvar la fábrica,
tengo que hacerla más productiva. Tengo que hacer que gane dinero para la UniCo. Es una
simplificación de lo que ocurre, casi una perogrullada, pero es eso, exactamente.

6
A través del parabrisas el mundo resulta brillante y frío. La luz se ha vuelto más intensa. Miro a mi

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