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Encuentro en el islote misterioso

Laura, la única habitante de un lugar aislado, comparte su historia con un visitante mientras preparan sopa. La narrativa se desarrolla en un entorno de exploración y supervivencia, donde los personajes enfrentan desafíos tras una catástrofe. A medida que la trama avanza, se revelan elementos de misterio y la conexión emocional de los personajes con su pasado y su situación actual.

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Encuentro en el islote misterioso

Laura, la única habitante de un lugar aislado, comparte su historia con un visitante mientras preparan sopa. La narrativa se desarrolla en un entorno de exploración y supervivencia, donde los personajes enfrentan desafíos tras una catástrofe. A medida que la trama avanza, se revelan elementos de misterio y la conexión emocional de los personajes con su pasado y su situación actual.

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Volvió a reír, mostrando unos dientes

blancos y parejos.
—No, no. Soy hija de esa mujer.
—¿Y los demás? ¿Sub padres?
—Murieron. —Destapó una olla y le
echó una rápida mirada a su contenido.
Pareció satisfecha. —Hace años que
vivo sola aquí.
—¿Me quiere decir que es la única
persona que habita este lugar?
.—Así es. —Sirvió dos platos de sopa, y
luego de alcanzarle uno, tomó asiento
frente al suyo. —Sírvase antes de que
se le enfríe.
Como estar en casa. Sólo los pausados
balanceos le recordaban su situación.
Mientras comían Laura le contó su
historia. Hablaba con tranquilidad,
como si se re riera a hechos naturales
y comunes. Tres hombres y la doctora
Solar, única mujer de la expedición,
fueron depositados por el viento en
una nube, luego que abandonaron
el cohete. Descubrieron la especial
conformación del islote, y se instalaron
en su cámara central. Rescataron varios
objetos, restos de la catástrofe, que el
huracán fue a dejar allí: una pila ató-
confería inmaterialidad.
—Ha demorado Ud. —le dijo sonriente,
Pedro detenido, la boca y los ojos
abiertos.
—-¿Cómo,,.?
Rio, lo que iluminó aún más su
semblante. El pelo rubio caía sobre su
frente. Una expresión traviesa en sus
ojos oscuros y vivaces.
—¿Que cómo sé que venía? —Avanzó—
Intuición femenina. ¡Cómo Ud.
quiera llamarla! Pero pase. Le estaba
esperando a comer.
Lo cogió de una mano y le condujo a la
tienda. Una sala de estar amoblada con
implementos de campaña. Sillas, mesa
y un diván. En el rincón de la izquierda
una cocina con ollas que hervían y
despedían un cálido y apetitoso aroma.
También una cafetera.
—Tome asiento. ¿ ene hambre?
—No sé. ¡Dígame quien es Ud.!
—-Laura. -—Extrajo platos y cubiertos
de una alacena, y puso la mesa.
Procedía con la desenvoltura de una
experta dueña de casa—. En la primera
expedición vino una mujer.
-¿Ud.?
las vecindades del agua una tienda
neumática, de color blanco y antiguo
diseño. De allí provenía la música. Más
atrás dos casamatas plásticas comple-
taban el campamento.
Excitado reanudó su camino. El suelo
recubierto de una capa de tierra,
donde crecían hongos y otras plantas
desconocidas, de vagos y etéreos
colores, descendía hasta llegar a
la laguna. Tomó un caminillo que
conducía a la tienda. ¿Quién habitaría
allí? Confusas re exiones agitábanse Alguien mora en el viento
en su cerebro. Recordó las expediciones
anteriores. En la erra se supuso que Hugo Correa
nadie había escapado con vida. Su
propia experiencia demostraba que
existía esa posibilidad. El corazón le
latía cada vez más aprisa. Ya veía sur-
gir un hombre barbudo y desgreñado
de la tienda. Sólo la música arrancaba
ecos en el recinto.
La puerta se abrió cuando estaba a
menos de veinte metros. Apareció en
el umbral una muchacha alta, vestida
con falda y blusa pasadas de moda.
En extremo joven. Su rostro irradiaba
frescura, y despedía un fulgor que le
ráfagas. De ese simple hecho podía
colegirse el espesor de aquella verdadera
esponja que volaba impulsada por
el ciclón. La multitud de conductos
llenos de aire la transformaban en un
aeróstato natural.
De súbito, al describir una curva,
apareció una luz. El hombre se detuvo
en seco. La naturaleza de aquella era
peculiar. No parecía el resultado de
una fosforescencia. Escuchó: una
antigua melodía surgía de un lugar
bastante próximo. Luego de unos
instantes de vacilación avanzó. La
pendiente de la galería acentuábase.
Aumentó la luz. Por mera precaución
llevó la mano a la pistola. Terminaba el
pasaje desembocando en una cavidad
de gigantescas proporciones. Una
verdadera gruta abierta en el cora-
zón del macizo. De su techo, a gran
altura, pendía un globo que iluminaba
nítidamente el lugar. Y dicho artefacto
—un sol arti cial—- era de origen
terrestre.
En el suelo, debajo del foco, una
laguna bordeada de plantas pálidas
confería al lugar singular belleza. En
chimenea crepitaban los troncos de
eucaliptus. Su gordo ya debía estar
acostado, con sus mejillas rojas y
frescas,
“—Bueno: haremos una exploración.
Veamos donde va a dar este túnel.”
El macizo estaba sometido a un lento y
suave vaivén. Un barco bogando en mar
tranquilo. El piso permitía avanzar con
con anza y comodidad. Hundíase tal
una gruesa alfombra sin que quedasen
huellas en él. Las paredes blandas y
suaves al tacto, llenas de delicadas
protuberancias, despedían un perfume
difícil de de nir. Hongos de variadas
formas crecían en las orillas del pasaje
formando una curiosa avenida. Ni
una brisa. Una agradable temperatura
reinaba en el lugar. El camino describía
periódicas curvas. Calerías de variados
diámetros desembocaban en él: seguía
siempre por la más amplia. Cuando
mucho se limitaba a avanzar algunos
metros por la nueva senda y, en cuanto
advertía que empezaba a subir, volvía A Ximena Rueda
sobre sus pasos. Así caminó unos
quinientos metros.
Cada vez más lejano el rugido de las
interior del macizo. Cilindrico y de un
diámetro estimable en dos metros. La
cúpula del salvavidas tocaba el techo.
Sobre ella abríase el agujero por donde
el pesado artefacto llegara allí luego de
resbalar por lo menos un centenar de
metros.
-—Bien. En muchas cosas me ha ido
mal a lo largo de mi vida, Pero ahora no
puedo quejarme.”
Veri có la presión del aire, y procedió
a quitarse la escafandra. Aspiró la
atmósfera tibia y perfumada que llenaba
el recinto. Sintióse rejuvenecido.
Despojóse también del traje espacial,
pesado e incómodo, y sólo se quedó con
el buzo y las alpargatas plásticas. Hizo
una exión; luego se sentó y apoyó sus
homóplatos en la confortable pared.
A sus oídos, sobre el lejano y bronco
rugido del viento, parecían llegar los
ecos de una suave melodía. Jamás se
había sentido tan a gusto. Recordó a su
mujer y su hijo, la casa que con tanto
sacri cio y constancia construyera.
Elena en la erra estaría a esas horas
disponiéndose a dormir. Era invierno
en su pueblo. De seguro llovía y en la
la cúpula: a loa sesenta grados la
visual prolongóse hasta una distancia
inde nida. A su izquierda el muro What is that noise?
empezaba al lado mismo del cristal. Ni e wind under the door.
el más mínimo movimiento. What is that noise now? What is the
“—Gordo: estos son los momentos en wind doing?
que hay que proceder.” e Waste Land
Revisó el laboratorio automático:
aire puro, sin los residuos de afuera. —Bob.
Quitó los seguros de la portezuela, y Suspiros de alivio casi imperceptibles,
la empujó. Estremecióse el salvavidas. contenidos largo rato, interrumpieron
Pasado un segundo de inmovilidad el silencio. Nadie se movió. Bajo los
volvió a la faena. La luz formaba en el trajes espaciales loa músculos se rela-
suelo un largo rectángulo, revelando jaron.
un piso lleno de protuberancias. Alargó El aludido —veinticinco años— abrió
un pie. La pesada bota hundióse en un la boca para decir algo. Se arrepintió.
suelo elástico, consistente y parejo. Esbozó una sonrisa. Dos hombres le
Hallábase en el interior de una galería echaron una rápida ojeada. Loa rostros
de gruesas paredes: el viento se oía de los demás, impasibles.
apagado. Dio algunos pasos para —El segundo.
tantear el terreno. Luego con su linterna Con rápidos movimientos el
inspeccionó el salvavidas. El tubo de comandante extendió el papel.
acero estaba asentado en el piso —la Concluía el descanso. La atmósfera de
tobera incrustada en él—, y apoyado la cámara se puso rígida, Bob, la cabeza
en el muro del fondo donde terminaba inclinada, daba una impresión de
el pasaje. A sus espaldas el conducto cansancio. No había cambiado de sitio.
describía una curva. Descendía en —Igor.
suave pendiente internándose en el La voz sonó tranquila. Treinta años.
Macizo, de rasgos duros, con una la y aprovisionarse del indispensable
expresión obstinada en la boca. Tragó elemento en forma inde nida.
saliva. Advirtió de pronto que había subido
—¡Yo! —se interrumpió en seco. Hizo el nivel exterior. No terminaba de
un gesto de furia, y miró a Bob, que sopesar este descubrimiento cuando la
pareció no verle. Lanzó en seguida una masa vegetal llegó a la altura de la ven-
mirada circular a sus compañeros. tanilla de observación. Se estremeció.
—Lo siento. El tercero. El salvavidas se hundía. La nube no
Igor salió de la la, y se aproximó a una era tan sólida como para soportar su
ventanilla. La ira distorsionaba su cara. peso. ¿O lo estaba absorbiendo un
—Pedro, organismo? De súbito la vertiginosa
—¡Tenía que ser yo! —exclamó el visión desapareció. Rodeáronle las
interpelado, con una sonrisa en su tinieblas; el salvavidas resbalaba hacia
amplio rostro—-. ¡Qué le vamos a abajo. Luego de descender un trecho
hacer! Tarde o temprano... interminable Be detuvo. Trémulo
Encogióse de hombros, y palmoteo las encendió la luz: su fulgor restablecióle
espaldas de Bob. Estaba sereno. Sus la calma. Aguardó. Pensaba que bas-
treinta y siete años no le habían dejado taría una exhalación suya para que el
huellas. salvavidas continuase su trayectoria.
—¡Vamos viejo! No hay tiempo que Por último cambió de posición. Nada
perder. ocurrió. El fragor del ciclón llegaba a
—¡Adiós, muchachos! —dijo el bus oídos como algo lejano y apagado.
comandante—. Es de esperar que Podía suceder que se hallase a pocos
vuestro sacri cio no sea inútil. metros de la cara inferior de la nube:
De lo contrario no tardaremos en de seguir su deslizamiento iría a parar
encontrarnos en el otro mundo. de nuevo al huracán. Trató de penetrar
—-Todavía es tiempo de que las tinieblas. La ventanilla pegada a
cambiemos puesto, comandante — una substancia compacta. Hizo girar
vegetal y tal vez animal, liviana y sutil, comentó Pedro riendo, al dirigirse a la
tal los gelatinosos cuerpos marinos, cámara neumática.
Y la luz provenía sin duda de algún Sonrió el comandante. Igor le lanzó
microorganismo fosforescente. ¿A una rencorosa mirada.
qué altura? Confrontó sus instrumen- —Es Ud. un hombre de suerte,
tos. Altitud constante. Descendía a comandante —farfulló con los dientes
veces algunos centenares de metros, apretados.
y luego subía, llegando a superar los —Está en un error, Igor —replicó
veinte kilómetros. A lo lejos un muro el comandante, inmutable—. El
de tinieblas limitaba la visual. reglamento es el reglamento. Lamento
Suspiró. Una calma inexplicable. No que elija esta hora para hacerme una
corría peligro por ahora. Llevando la observación así.
mano al pecho oprimió la fotografía. Parecía que Igor iba a agregar algo.
Agradeció a la Providencia. ¿Qué Los otros no le despegaban los ojos
sería de Bob? También debió perecer de encima temiendo una imprevista
junto al infortunado Igor. ¡Pobres! reacción. Volvió a hacer un gesto de
Claro que él tampoco debía felicitarse furia, ya no con tanto énfasis. Entró en
demasiado. ¿Cuánto tiempo podría la cámara donde se encontraban Pedro
mantenerse vivo? Tenía agua y y Bob.
alimentos para diez días. La atmósfera —Comandante —dijo Pedro desde
externa respirable: un porcentaje de el umbral—, vaya a mi casa, y déle un
oxígeno superior al de la erra. Por pellizco a mi chiquillo en mi nombre.
cierto que estaba imposibilitado para ¡Debe estar hecho una pelota!
sacarse la escafandra y abandonar la —Así lo haré, Pedro. — Y agregó con
cápsula. Las partículas en suspensión voz rme—:
y la velocidad del aire le as xiarían enen dos minutos para la operación.
en cuestión de segundos. Pero tenía Cerróse la puerta trae los hombres. Se
los medios necesarios para ltrar- encendió una luz. El barómetro indicó
que la presión disminuía rápidamente. Su cápsula estaba acometida por
Nadie cambió de posición. En el reloj un casi imperceptible balancearse.
des laban los segundos: ochenta Encendió la radio.
y siete, ochenta y nueve, noventa. —-¡Auxiliooo! Estoy cerca de la
Densi cóse el silencio cuando llegó super cie. ¡Es lisa como una plancha
a ciento dieciocho. A los ciento de mármol! ¡Voy cayendo... !
diecinueve uno de los hombres emitió Silencio. El rugir del viento. Pedro
un ruido gutural. Ciento veinte. escuchó los latidos de su corazón.
—¡A sus puestos! —tronó el Igor había muerto. Se quedó inmóvil,
comandante. escuchando. Nada. Pasaron varios
Afuera, en el vacío punteado de segundos antes de que se recuperara.
estrellas, tres objetos se separaban Volvió a mirar: todo calmo y sereno.
lentamente del cohete. Tres hom- El bramido del huracán despertaba un
bres encerrados en sendas cápsulas eco interminable. ¿Cómo se explicaba
salvavidas. Doscientos veintisiete kilos aquella luz y ese sinfín de cosas que
de peso que permitirían a la astronave danzaban? De pronto comprendió.
escapar de una segura destrucción. Se hallaba en el centro de una
Abajo, interponiendo su mole a la corriente aérea. La revelación lo dejó
luz del sol, el planeta. Un gigantesco ensimismado. Su salvavidas había caído
cerebro cuyas circunvoluciones se sobre un vegetal que volaba arrastrado
retorcían con blanquecinos destellos; por la ventisca. En los alrededores gran-
y se negreaban, a veces, en embudos. des masas se desplazaban siguiendo su
Un manto de nubes martirizado por misma dirección. Alguno de aquellos
huracanes de mil kilómetros por hora islotes detuvo su cápsula. Su tamaño
ocultaba su faz. ¿Qué había debajo? era su ciente como para sostener una
Nadie lo sabía. Desde el Principio astronave. Todo lo que lo rodeaba no
el viento se había enseñoreado allí. era sino la atmósfera del planeta que
El astro presentaba siempre una arrastraba en sus entrañas una fauna
poblaron su cerebro. Siguió el frenético misma cara al sol, lo que acarreaba un
rotar hasta que empezó a marearse. perpetuo desequilibrio de presiones.
En medio de la algarabía notó que era Tres expediciones fueron engullidas
engullido por un luminoso remolino. por su furor: jamás se volvió a saber de
Paralelamente su conciencia fue ellas. Desde la última los hombres no
oscureciéndose. habían insistido en explorarlo.
La noche daba vueltas a su derredor. —¡Miren!
Abrió los ojos. La cápsula inmóvil. La astronave escupió largos chorros
Una luminosidad invadía el recinto. de fuego: se detuvo en el vacío. Luego
Pestañeó, la cabeza aún abombada. empezó a alejarse de los náufragos,
Pegó la vista al cristal de observación. ascendiendo con poderoso ímpetu.
Se restregó los ojos repetidas veces- —¡Qué revienten!
No cabía duda; su cápsula a medias —¡No digas eso, Igor! ¡Vuela, vuela!
hundida en una masa verde, de Son buenos muchachos...
características vegetales. Multitud —¿Y qué? ¡Eres un imbécil, Pedro!
de lamentos inclinados hacia atrás Siempre lo fuiste. El hombre de los
acometidos de una curiosa vibración. desenlaces felices. De la vida de clisé.
El cielo se presentó como una bóveda ¡Cuéntate ahora una de tus aventuras!
blanquecina poblada de guras que Esos se van. Llegarán a la erra frescos
se agitaban. Era como contemplar un y sonrientes. ¿Y nosotros?
paisaje submarino. Y todos los obje- —¡Cállate, Igor! No le hagas caso,
tos realizaban sus movimientos en un Pedro. Está ofuscado.
mismo sentido. Cuerpos similares a —No te preocupes por mí, Bob. Lo
estrellas rotaban veloces: sus puntas comprendo.
no se distinguían. Figuras alargadas, —¡Tres ataúdes! El reglamento es el
tubulares, de diáfanos colores rosa, reglamento, ¡Yo, que pude tener tantas
azul y gualda. Todos se retorcían cosas! ¡Qué injusticia! ¿Por qué no nos
delicadamente. ¡También él se movía! mataron mejor?
—-Todavía es tiempo de que lo hagas, —¡Vamos al in erno, Bob! ¿Todavía
Igor. Nadie te lo impide. ¿Verdad? no te convences? ¡Todo el planeta es
—¡No, Bob! ¡No digas esas cosas ni igual! Un solo torbellino. Los vientos
por broma! Podría ocurrir un milagro. dan la vuelta al mundo.
¡Quizá podamos aterrizar! La inclinación de su cápsula permitió a
—¡Idiota! ¡Aterrizar! En el in erno, sí. Pedro ver una manga de nubes negras
¡Ahí vamos a aterrizar! El diablo nos que se deslizaba a gran velocidad.
está esperando con su tridente vuelto Hacia ellas dirigíanse los náufragos.
para arriba. Un río en plena crecida, turbio y
—¡Si sigues así me veré obligado a arremolinado. Hab t visto loa desbordes
cortarte la comunicación, Igor! Te del Claro en su tierra natal, cuando las
aconsejo hacer lo mismo, Pedro. lluvias hinchaban el torrente y éste
El planeta se aproximaba. Arriba, lejos, adquiría cada vez más volumen, hasta
confun dido con las constelaciones, transformarse en una avalancha oscura,
un punto ameante achicábase veloz. que rugía ensordecedora. Ahora,
Pedro pensó que el cohete se había mediante los audífonos, empezaba a
salvado, oír el ulular de la ventisca. Un bramido
“—Son buenos. Habría sido triste que de monstruos enloquecidos que se
nuestro sacri cio no hubiese servido extendía por todos los ámbitos, acom-
de nada. ¿Por qué habré tenido que pañado de silbidos y lejanos truenos.
sacar uno de los votos? No volveré a —¿Oyen eso? —Era Igor, trémulo—. ¡Es
ver a mi gordo. Pero llegará a ser un el in erno! Mi cápsula está tocando las
hombre. ¡Pensar que pude retirarme nubes.. .
antes de este viaje y no lo hice! Elena —¡Dios Santo! ¡Igor!
se las sabrá arreglar para sacar la casa —¡Me hundo!
adelante. Es empeñosa y tiene buena Pedro cortó el transmisor. Entonces
salud.” también fue cogido por el soplo.
Las veloces nubes a menos de diez Su cápsula comenzó a girar. Gritos
estrellará. Me hará pedazos. ¡Qué ho- mil metros. Pedro se estremeció. Los
rror! ¡Maricas! ¡Cómo los odio!” otros, enmudecidos, encerrados en
—-¡Fue preciso, Bob! —«exclamó las estrechas cápsulas, contemplaban
Pedro—. Velocidad cero. Estamos a los torbellinos. Franjas oscuras y
menos de mil metros. .. luminosas recorrían el planeta. Ríos
—¡Cállate! ¡Que estemos a cien, a que se entrecruzaban en silencio.
cincuenta! ¡Miren eso! Una tormenta “—-¡Malditos! El comandante me
de alquitrán. Observen la velocidad de envidiaba. ¡Gozó cuando leyó mi voto!
las nubes. Y miren más allá. ¿Ven ese Se hizo el serio. ¡Canalla! Sabía que
embudo? Ahí las corrientes luminosas abandonaría ese sucio cohete para
se encuentran con las oscuras y forman ocupar un alto puesto en la fábrica.
una vorágine. ¡Tantas cosas que habría podido
—¡Encomiéndate a Dios, Igor! Es lo hacer! Mejorar los motores atómicos.
mejor que puedes hacer. ¡La fortuna y la fama! En cambio él está
—¿Para qué? Dios nos dejó hace rato. condenado a morir como un oscuro
¡Se fue con el cohete! ¡Es el diablo el astrogador, en líneas de tercer orden.
que nos espera, buen Pedro! ¡Yo habría llegado donde hubiese que-
Pedro no alcanzó a contestar. rido! ¡Todo destruido! ¡Qué injusto,
Bruscamente su salvavidas se inclinó. qué injusto! Habría ganado millones.
Ya no caía a plomo: comenzaba a El mundo habría progresado con mis
seguir una larga diagonal. Las ráfagas trabajos. ¡Pero el reglamento..,!”
más altas lo habían cogido. Y gritó:
—¡Ya estamos en el baile! A ver quién —¡El reglamento! ¡El reglamento!
dura más. ¡Cómo gozará el comandante —¿Qué pasa, Igor? ¿Todavía no te
pensando en nuestro destino! conformas? —El otro no replicó.
—¡Eh! ¡Reserven combustible para más “—Está loco. Y con razón. Tenía
adelante! ¡No corten los transmisores! un brillante porvenir. Como el mío.
Tal vez... ¡Pensar que estaba a punto de ascender
a comandante! Me habría tocado poco inteligente. No tiene dos años
dirigir un cohete a Marte, en la mejor y está aprendiendo a hablar. No debí
línea. Un sueldo fabuloso. Y ahora... “ meterme en esta profesión. Por querer
—¿Qué hay de tu título, Bob? mejor sueldo.. , ¡Siempre la ambición!
¡Comandante Bob! ¡Ja! ¡Ja! Un Con gran trabajo sacó de su pecho
uniforme azul con la estrella de mando una fotografía. La miró con ternura.
en oro. ¡Buenmozo te habrías visto! Su hijo y su mujer. ¡Qué rollizo era!
—¡Tú pierdes más que yo, Igor! Daba gusto mirarle sus muslos cortos
—¡Te morías por ser comandante, Bob! y llenos de pliegues. Miró abajo; la
¡Te morías! Y ahora te vas a morir de muerte ya cercana. Cerró los ojos, y
verdad, sin serlo. ¡Apréndele a Pedro! guardó la foto. A unos cien metros a su
Siempre conforme. ¡El no aspiraba a izquierda, la cápsula de Bob inmóvil
nada! ¿Te importa algo esto, Pedro? en el vacío. A su derecha, el salvavidas
¿Por tu mujercita y tu chiquillo, no más? que llevaba a Igor, quieto y silencioso.
¡El hombre bueno, sin ambiciones! Sobre su cúpula una estrella salía como
A ver si tu bondad te sirve de algo ahí por detrás de una montaña metálica.
abajo. ¡Yo habría cambiado el mundo! —¡Es hora de hacer funcionar los
¡Habría sido un Ford, un Fitzpatrick! cohetes! —gritó Bob.
Algo habrías hecho tú también, Bob. —¿Para qué? ¿Qué ganamos?
Una brillante carrera de astrogador, —¡No sé qué ganaremos! Me limito a
por lo menos. ¡Pero Pedro... ! aconsejar, Igor. Podremos llegar a las
“—¡Qué miseria! Salir con esas ahora. nubes con velocidad cero. ¿Listos?
¿Qué culpa tengo? Tal vez merecía Empiezo a contar.
mejor suerte. El y Bob eran los que Los otros obedecieron
prometían más entre nosotros. Y les automáticamente.
tocó. Pero pierdo a mi chiquillo y a “—¡Sin conciencia ni misericordia! Las
mi mujer. ¡Mi gordo será alguien! fuerzas naturales desatadas. El viento
No como su padre, que siempre fue me arrastrará por la atmósfera. Me
preparaban en una antigua re nadora. mica portátil, el sol arti cial, tiendas,
Bob, excelente mecánico, revisó la pila, comestibles y medicamentos. La vida de
y reparó algunas máquinas que estaban los náufragos empezó a desenvolverse
en desuso por desconocer Laura sus normalmente. A pesar de que dispo-
aplicaciones. nían de radio les fue imposible
Los dos hombres ocupaban el mismo comunicarse con el exterior debido a
dormitorio. Pedro se había percatado extrañas interferencias. Tuvieron que
de que el muchacho y Laura sostenían amoldarse a la idea de que no podrían
largas conversaciones- Más de una salir de allí. La turbulenta atmósfera
vez los vio salir y volver horas más constituía un escollo imposible de
tarde, juntos, riendo. También observó vencer para la ciencia humana. En lo
que bu presencia, en determinadas cual no se habían equivocado, pensó
ocasiones, no era bien vista por Bob. No Pedro al rememorar las posteriores
así por Laura que siempre se esmeraba tentativas para explorar el planeta. Pero
en atenderlo. Hasta creyó notar en la había agua en abundancia, buen aire,
muchacha ciertos gestos de reproche y plantas comestibles que aseguraría
por su actitud ausente y como des- su subsistencia. Sin ser halagüeño su
preocupada. Pero, ¿qué podía hacer? porvenir los náufragos podían costar
AJ tercer día de su arribo, Bob no con la seguridad, al menos, de no
durmió en su cama. Aquella mañana, perecer por inanición. Pero había una
por primera vez, Laura no le trajo su mujer.
desayuno. Se levantó, y fue al baño, que Al decir eso Laura desvió la mirada hacia
separaba ambos dormitorios. A pesar la cocina. No la embargaba ninguna
de las paredes neumáticas le pareció emoción especial. Pedro pensaba, a
oír que una voz de hombre emergía de ratos, que estaba protagonizando un
la alcoba. sueño absurdo.
Cuando salía del baño se encontró con Dondequiera que estén los hombres,
Laura. La muchacha, de inmediato, se siempre serán hombres, prosiguió
la muchacha. La doctora, fríamente, Dios sabe lo que hace. Ojalá que El
decidió complacerlos a los tres, a n me ilumine y me permita escapar
de evitar problemas y rivalidades. para que pueda volver a regalonear
Fue un error. Uno de ellos enamoróse a mi gordo. ¡Esa sí que es vida! Oír
de la doctora. Desesperado por su chillar a ese demonio y saber que uno
inconmovible actitud ge suicidó, Laura lo puede aliviar y consolar; que su
no aparentaba agitación por su relato. destino depende de mi esfuerzo, de
Como quien narra el argumento de mis sacri cios. Y será alguien. ¡Ya está
una película acabada de presenciar. aprendiendo a hablar el chico! ¡Un
Hasta parecía aburrida, pues su voz año y medio! No le permitiré que se
tornábase monótona. dedique a la astronáutica. Será médico.
Los otros dos hombres envejecieron Elena quería que estudiara ingeniería
rápida e inexplicablemente. electrónica. ¡Nada de esas profesiones
—¿Envejecieron? —Pedro experimentó que despiertan curiosidades pe-
un escalofrío. ligrosas! Ahí me impondré yo. Elena
—Si: al cabo de pocas semanas estaban es comprensiva; no me discutirá. Bien
convertidos en unos ancianos. Y sabe lo que es tener un marido que
murieron. —¿Cómo? ¿Por qué? viaja de un planeta a otro!.
Se encogió de hombros. Se levantó, y Cuando llegaba a la tienda oyó la fresca
procedió a servir el segundo plato. risa de Laura. Y también la de Bob.
—De viejos. —¡Hola, Pedro! ¿Dónde andabas?
A lo lejos el bronco fragor. —Acordándome de mi chiquillo, Bob.
—Tal vez una enfermedad desconocida. Laura lo miró por lo bajo. Estaba roja.
Pero todos sus síntomas, según mi Bob y Pedro se turnaban en los trabajos
madre, eran los de la vejez. Y ella de la colonia. No eran muchos, pero
también envejecía, aunque no tan de demandaban un mínimo de tiempo y
prisa. Esperaba un hijo. dedicación. Recolectaban las plantas
Colocó los dos platos ya servidos, que crecían en las galerías, y las
Sería muy triste para mí perder tu —Mi madre me dio a luz sin ayuda
aprecio. de nadie. Todo resultó bien. Pero
—No te preocupes. Siempre podrás ella siguió envejeciendo, y cuando
contar conmigo. cumplí diez años, falleció. Hasta sus
Rechazó los oscuros presentimientos. últimos momentos tuvo la esperanza
Paseó por las galerías de la esponja: de que llegarían a rescatarla. Era muy
formaban un intrincado laberinto. El hermosa. La trastornó su prematura
encantamiento producido por el viaje vejez. ¡Odiaba este planeta!
en el viento se había desvanecido. ¿Por —¿Y Ud.?
qué? La vuelta a la realidad: empezó —Me gusta. No conozco otra cosa. Y
a vivir un sueño, y bruscamente con lo que sé de la erra creo que no
prodújose el despertar. estoy tan mal. ¿Cómo encuentra este
“—Soy un egoísta. Bien hecho que guiso?
me pase por haberme olvidado de mi —Muy bueno. Exquisito en realidad.
gente. Quizá ya están sufriendo por —Se hace de unas plantas que abundan
mí. El cohete debe haber llegado a aquí. Muy nutritivo. —Y añadió—:
la erra, y Elena tiene que conocer Quizá Ud. piensa que debería tener
la historia. ¡Pobre! Cómo sufrirá. Ya otras aspiraciones. Volver a la erra —
estaba dispuesto a dejarme llevar por al menos intentarlo—, casarme, tener
una vida fácil y sin sentido. ¿Cómo salir hijos. Pero no me preocupan esas cosas.
de aquí? Pensar que estoy condenado —¿Qué edad tiene?
a morir en este mundo. No es para mí. —-Tengo entendido que esa pregunta
Laura nació aquí y nunca ha conocido no se le hace a las mujeres, ¿no? El
otra cosa. No puedo criticar a Bob hombre enrojeció,
por sus intenciones. Es joven y sin —¡No tiene importancia! —exclamó
compromisos, lo mismo que Laura. El ella riendo al ver su turbación. —
único que sobra aquí, después de todo, Veinte. —Representa quince.
soy yo. ¡Y me felicitaba de mi suerte! —Eso debe ser una galantería. A mi
madre le gustaba que le dijese que —Le gustas mucho —replicó
representaba menos edad de la que socamente. Se arrepintió de su tono, y
tenía. ¡Pobre! Fue muy desgraciada. agregó sonriente—: ¿Qué te parece?—
Lo miró largamente. Pedro se sintió No sé. ¡Mira de una manera...! Me da
embargado por una inefable ternura. miedo. Pero es agradable al mismo
Por último la muchacha frunció el tiempo. —¡Ah!
ceño, tamborileó con sus largos dedos —¿Qué te pasa? ¿Que no te avienes con
sobre la mesa, y sonrió. él?
—Me gusta Ud, Nunca había visto un —¡No, no! Es un buen muchacho.
hombre. Muy inteligente, Prometía ser un
Pensé que sería algo inquietante, que gran astrogador. Iba a ascender a
me llenaría de turbación. En cambio al comandante después de este viaje.
tenerlo cerca siento paz y tranquilidad. —¡Pobre! ¡Y venir a dar aquí! No es de
Hábleme de Ud. los que se adaptan al planeta.
Le explicó que el cohete había sido —¿Por qué lo dices?
desviado de su trayectoria por un —Por lo que contó. No ha sido bien
meteoro. Cayó bajo el campo de recibido como tú. Por eso te pedí que
gravedad del planeta. Estaban escasos callases cuando ibas a hablar del viaje.
de combustible. Ante el inminente Todavía no conviene que se entere.
peligro de caer en aquél mundo, Trataremos de hacerle llevadera su
tuvieron que desprenderse de toda la existencia para que no se amargue.
carga. No fue su ciente. Necesitaban ¿Verdad?
alivianarse de doscientos kilos más. Se Suspiró Pedro. No había doble
aplicó el reglamento. Le tocó a él, y a intención en sus palabras. ¡Qué fácil era
otros dos. hacer lo que decía, pensó, recordando
—Uno murió, ¿no? el reciente diálogo!
—¿Uno? ¡Los dos, que yo sepa! - —Seguiremos siendo amigos, ¿no?
—No —replicó ella con un curioso Cualquier cosa que te disguste, dímelo.
¡Nada de egoísmos! acento—. Hay otro que se ha salvado.
Pedro se puso de pie irritado. —¿Bob? ¿Dónde está?
—Mira Bob: haz lo que quieras. Es —No sé. Se encuentra lejos y en peligro.
mujer y sabrá poner las cosas en su —¿Cómo lo sabe?
lugar. Si tratas de recurrir a la violencia —He nacido en este mundo. A pesar
te prevengo que la defenderé. ¡Hay de su aspecto caótico hay un orden:
cosas que no se comparten! Si te acepta como en toda obra de la naturaleza.
no me voy a meter en el asunto. Claro Y es posible que mi intuición se haya
que habría preferido no tocar el tema. agudizado. Determinados sucesos los
Pero en n, comprendo tu modo de ser. sé de antemano. Penetran en mi mente
—¡Vaya, vaya! No hagamos escenas en forma de súbitas ideas.
baratas. Sí he hablado así es para —¿Y Bob? ¿Podemos hacer algo por él?
que veas que estoy procediendo —Nada. Si quieren salvarlo llegará aquí
honradamente. ¡No quiero pelearme tarde o temprano. De lo contrario...
contigo! Pero no te voy a engañar Terminó la frase con un elocuente
respecto a mis intenciones. ¡Por cierto gesto.
que no la voy a violar! Lo que quiero —¿Qué es eso de “si quieren salvarlo”?
evitar es que mañana mi actuación se ¿Quiénes?
preste para malentendidos. —Bueno —vaciló unos instantes—. Las
Bob hablaba con sinceridad. Veía las cosas no ocurren porque sí, ¿verdad?
cosas de es* modo y no había vueltas A pesar de que no tengo pruebas
que darle. El hombre es hombre donde concretas sé que aquí existen ciertos
se encuentre, había dicho Laura, seres dotados de inteligencia. ¿Dónde
Abandonó la tienda, y se dirigió a la están? No lo sé.
laguna. Unos pasos leves a su espalda. Tampoco se dejan ver, pero su
—¿Qué te decía tu amigo? presencia se nota en muchos hechos
—Nada. Me hablaba de bus peripecias. sin explicación, como mis corazonadas,
—¿No te dijo nada de mí? por ejemplo. Mi madre y los hombres
también creyeron descubrir lo mismo. sobre la mesa, y le preguntó en voz
He vivido veinte años en este mundo y baja:
no he conseguido averiguar nada más. —^ No me vayas a decir que le has sido
Pedro miró a su derredor inquieto. el a tu mujer con ese bombón al lado!
—No tema. En todos los mundos, según —Somos amigos no más, Bob. Aunque
he leído, donde hay vida, es posible que te parezca raro. Es una muchacha muy
la evolución dé origen a la inteligencia. buena. Podría ser su padre.
¿Por qué no aquí? —¡Vamos! No me vengas con esas. ¡Es
—Ud. los habría visto, pues tendrían una reina en cualquier parte!
que habitar en lugares como éste. —No sabe nada de la vida, Bob. Se ha
—Quizá aquí, al revés de la erra, criado sola, y es feliz. Es muy espiritual...
los seres más evolucionados sean —¿Sí? Con esos pechos y ese cuerpo
incorpóreos, debido a las especiales capaces de hacer feliz al más exigente,
características del ambiente. mentiría al decir que me despierta el
Lo más grande y sólido que se espíritu. En cuanto a que no sepa nada
encuentra en las corrientes blancas de la vida... ¡Bueno! Nunca ea tarde
son estas nubes, prosiguió Laura, que para aprender. ¿O no?
han tenido su origen en colonias de —No sé, Bob. Me desagrada el tema.
protozoarios como los corales de la —¿Por qué? ¡Vamos Pedro! No te
erra. Todo lo demás es liviano, casi pongas pacato. Hablemos las cosas
etéreo, y sumamente frágil. por su nombre. Esa mujer me gusta.
—Hay una sola cosa cierta; aquí los ¿Entiendes? Estamos abandonados
vientos son los amos y señores de la en este in erno, y podría consolarnos
creación. de tantas penurias. Como llegaste
Lejos el silbido de las ráfagas. Pedro primero no te voy a discutir tus de-
sintió un estremecimiento, Laura rechos. Claro que esa torta da para
recogió los platos y los introdujo en la dos con holgura. Si vamos a vivir en
lavadora. comunidad te propongo compartirla.
Al hablar no despegaba los ojos de la —Dos fuerzas luchan en el planeta
muchacha. Laura, nerviosa, preparaba desde su origen: una personi cada
el almuerzo. No hizo comentarios. por las corrientes blancas, y otra por
—Parece que tuviste mejor suerte que las oscuras. Estas últimas han ido
yo, Pedro. —Igor murió. cediendo terreno, pero siguen siendo
—¿Quién puede sobrevivir afuera? No poderosas.
sé cómo he escapado. ¿Y tú? ¿Y esta Sirvió el café.
chica? Cuéntame. —Dígame, ¿cree que “sus amigos” le
Le hizo una breve relación de sus podrían indicar una manera de salir de
aventuras. Y la historia de Laura, sin aquí?
aludir a la vida de su madre. —¿Está aburrido? —preguntó ella con
—¡Qué suerte la tuya! Venir a dar un cómico gesto de desazón.
aquí desde el principio. —Añadió, —¡No, no! Pero pienso que sería bueno
dirigiéndose a la muchacha—: ¡Imagino para Ud. y para mí podernos marchar
que deben ser muy buenos amigos! de este planeta.
Con toda su pachorra, Pedro no es de —No. No me iré. Son muchas las cosas
los que pierden el tiempo. que me atan •—dijo ella con lentitud—.
Sonrojóse ella. Pedro se sintió molesto. Por la sola memoria de mi madre debo
—Ha sido muy buena conmigo. Me ha quedarme, ¿ve? Son veinte años de vida
dado hospedaje, y me ha hecho conocer y una tragedia, debido a la cual nací. Es
este mundo. imposible olvidar todo eso. He crecido
Laura, con disimulo, le hizo un gesto con esos recuerdos y, mal que mal,
para que callase. el planeta me ha tratado bien. Todo
—Hay ciertos hechos que hacen la lo que aquí me parece natural, en la
vida color de rosa. ¡Hasta el in erno erra sería distinto. No sé cuál de esos
se convierte en un paraíso! Eres muy, tres hombres fue mi padre, pero no me
pero muy afortunado, Pedro. preocupa, pues el ambiente, o lo que
Laura salió de la tienda. Bob se inclinó sea, hace que aquí todo sea tolerable
para ciertas personas. contento? —Sí.
Comenzó a guardar las ollas y cubiertos —Espero que podamos ser siempre
en la alacena. Pedro se levantó y dio felices —dijo con tristeza.
unos pasos por la tienda. —¿Por qué?
—Verá cómo le gusta esta vida. Los —No sé...
años no pasarán sobre Ud. Bob estaba junto a la tienda. Abrió
—¿Cómo lo sabe? tamaños ojos al verlos.
—Porque ha sido bienvenido. Se va —¡Pedro! ¿Y esa chica? ¿Estoy
a sacar varios años de encima. No soñando?
tendrá necesidades materiales como —Esto es el in erno. El viento me hizo
me sucede a mí. Al revés de mi madre, dar vueltas y vueltas. Por poco me hace
que siempre estaba sin ánimos porque pedazos.
le pesaba su parte física, cada día me Abandonó el salvavidas cuando
siento más ágil y joven. éste empezó a girar. Su cuerpo fue a
La atmósfera del planeta acentúa el incrustarse en algo. Perdió el cono-
temperamento de las personas, agregó cimiento con el golpe. Al volver en sí
Laura. Los materialistas sienten descubrió que su sostén perdía altura. El
exacerbarse sus apetitos. Eso lo vegetal que le recibiera estaba a punto
comprendieron los sobrevivientes de de ser engullido por una oscura zona.
la primera expedición, Su cuerpo había destrozado la frágil
—¿Y las otras expediciones? ¿Salvó planta. Esta comenzó a caer. De súbito
alguno? las ráfagas lo sacaron de allí. Durante
—Ninguno, que yo sepa. Ud. es el horas fue arrastrado por la corriente,
primero en veinte años que ha escapado dando volteretas y enredándose en los
del huracán. Y no fue por casualidad. objetos que volaban junto a él. ¡Menos
Tal vez el destino ha querido que tenga mal que no se topó con nada duro! Por
un compañero. n, cuando se creía perdido, vino a dar
Pedro se asomó al exterior. A más de a la nube.
fuese agradable en todas sus latitudes. cincuenta metros de altura mecíase
A veces las distintas densidades de la el sol arti cial. Su imagen adquiría
niebla creaban espejismos: lagunas raros contornos al re ejarse en las
donde otaban exóticos bosques y aguas de la laguna, cuya super cie,
selvas. O todo parecía inmóvil. O el a consecuencias del vaivén, aparecía
viento se transformaba en un torbellino cubierta de un leve oleaje.
donde cambiaba de dirección. Todo “—¡Diez años sola! Pobre. Después de
empezaba a girar, y uno se creía en el todo tal vez ha sido para mejor”.
interior de un caleidoscopio que daba —¿ ene sueño?
vueltas. La voz lo sacó de sus re exiones.
Súbitamente se encontraron volando —Puede acostarse cuando quiera.
por el interior de un inmenso túnel de —Gracias —sacó la fotografía, y se la
diáfana atmósfera: paredes de nubes mostró—. Mi mujer y mi hijo. No es tan
espesas e iridiscentes que giraban bonita como Ud., pero es la única que
vertiginosas. Se perdía a lo lejos en un me ha querido. ¿Qué le parece el niño?
embudo polícromo. Planeaban sobre —¡Qué lindo es!
suaves lomajes: en las alturas la bóveda —Sí: llena la vida.
nácar con re ejos sutiles y luminosos. -—Ud. murió para ellos, ¿no?
Salieron del aeroducto, y desembocaron —Sí, es verdad. Que se haga lo que Dios
en un soplo de luz. Muy cerca, una nube quiera. Tengo suerte. En la erra las
deslizábase rauda. cosas no son tan simples. Es agradable
—¡Hemos llegado! —Y añadió—: Tu conocer una muchacha como tú,
amigo está aquí. espontánea y sin malicia. Soy simple:
—¿Quién? no tengo la inteligencia de Bob e Igor.
—Ese que se llama Bob. Ha llegado —Sabré corresponderle —y agregó
durante nuestra ausencia. con infantil vehemencia—haré todo lo
Una vez que se desembarazaron del posible porque sea feliz.
equipo, ella le susurró al oído; —¿Estás El hombre la cogió de la barbilla y la
miró a los ojos. Sostuvo ella su mirada. despojáronse de sus escafandras.
La estrechó entre sus brazos: sintió el Laura encendió una lamparilla portátil.
cuerpo de la muchacha. El perfume de A su débil fulgor la muchacha adquirió
su pelo le produjo un dulce bienestar. una apariencia irreal.
El lejano rugido de la ventisca. Una —Tal vez aquí la vida humana,
esponja que daba vueltas arrastrada para ciertas personas, se prolongue
por la turbulenta atmósfera. Y él estaba inde nidamente. Por algo bautizaron
allí cotí una mujer que no se opondría. este planeta con el nombre de una
No. No podía hacerlo. ¿Por qué? De tan diosa del amor.
simple acto dependía la destrucción del —¿Y los que envejecieron? Laura
hechizo. Diez años sola. Su madre y sus suspiró.
tres amantes. Se separó con suavidad, —El planeta quiere a ciertos seres. ¿A
Laura sonrió. Un gran alivio re ejóse cuáles? No lo sé, exactamente. Pero
en su semblante. sin duda a aquellos cuyas facultades
—Seremos muy felices. Ya verás. Aquí espirituales están desarrolladas. Más
se necesitaba un hombre como tú. no te puedo decir.
Porque los hombres deciden el destino El rugir profundo y monótono del
de las cosas. ¿No es así? viento.
—Quizá sean las mujeres. Saltaban de corriente en corriente.
—¿Cómo amaneciste? —Laura entró Si deseaban retroceder, les bastaba
en el dormitorio. El olor del café dilató trasladarse a los vientos que soplaban
las naricea del hombre. en sentido contrario. Era un mundo de
Como estar en casa ¿Pensarían alguna tamaño similar al de la erra. Antes
vez sus compañeros del cohete que él, de iniciarse los viajes interplanetarios
condenado a una muerte segura, estaba se suponía que allí el calor debía ser
a esas horas disfrutando de mayores intolerable debido a su proximidad al
comodidades que ellos? sol. Su densa atmósfera, ayudada por
—Tengo que ir a buscar mis cosas al el constante huracán, hacía que aquélla
aclarado. Lejos, otro embudo corría salvavidas.
por el planeta como una gigantesca —No te preocupes. Me levanté
serpiente erguida y ondulante. Alejóse temprano, y las traje todas.
la fantasmagórica visión. Ningún Navegar en un mar tranquilo. El
accidente. La erosión eólica había hombre se balanceaba suavemente al
limpiado la faz del mundo dejándola afeitarse. Tomó un largo baño. Oía a
pulcra y monda, transformada en una Laura en sus ajetreos domésticos. En-
vitrea pradera. tonaba una canción.
Los hombres nunca podrían hollar Todo lo que existía en el campamento
esa tierra. Imaginó una astronave fue instalado por los náufragos. La pila
tratando de aterrizar. ¡Qué de tumbos y atómica, capaz de funcionar un siglo
volteretas daría hasta quedar deshecha sin reabastecerse de combustible; y
y enriquecer con sus restas la población más aún, debido al poco consumo que
de los torbellinos Laura hacía de ella. El sol arti cial —
Subían como saetas. Arriba giraba una una colosal lámpara de gas que, dentro
masa circular. La abordaron por su de un radio reducido, producía los
parte inferior: una rotonda tan similar a mismos efectos de la luz solar—, estaba
la primera que Pedro pensó que habían graduado para dar luz durante catorce
regresado al punto de partida, horas y apagarse por diez. Como en la
—Todas las nubes son iguales. enen erra.
de todo para subsistir. Y como están —¡Vamos! —dijo la muchacha. —
formadas de una substancia esponjosa y Tengo la sensación de haber perdido
ligera, basta introducirse en cualquiera peso, ¿Me notas más aco?
de sus alvéolos para dormir con mayor —¿Más aco? Sólo te conocí ayer.
comodidad que en la mejor cama. ¿Cómo puedo (saber eso?
Se metieron por uno de los conductos, —¡Vaya! Me olvidaba. Pero me siento
y cuando estuvieron lo bastante lejos raro. En todo caso es agradable. —
del viento como para no oír su rugido, Ya verás como te sientes mucho
mejor, Laura marchaba adelante. tes. Deshacíanse periódicamente o se
Avanzaba con agilidad hacia uno de trasladaban en su lucha a través de la
los innumerables conductos que des- atmósfera. Una de esas vorágines había
embocaban en el bolso central. engullido a Igor.
Durante varios minutos descendieron —¡Pasaremos a otra corriente! —gritó
por un túnel que describía una espiral. Laura.
La muchacha alumbraba el camino La nueva vía bajaba. La muchacha le
con una linterna. A veces se detenía explicó que las corrientes soplaban en
y esperaba a Pedro, cuando éste se todas direcciones y a diversas alturas.
rezagaba. Otras lo tomaba de una mano Que era posible sobrevolar el planeta
y lo guiaba a través de los vericuetos de entero sin otro propulsor que ellas.
la colosal esponja. Dos kilómetros de Abajo, aproximándose veloz, una
diámetro y uno de espesor. Su forma era llanura brillante y plana, con franjas de
la de una lenteja. Daba vueltas sobre sí variados tonos.
misma, una vez cada cinco minutos. —¡ erra rme! Vamos a pasar cerca.
—¡A mil quinientos kilómetros por ¿Alcanzaría a enderezarse para evitar
hora! Cada veintiséis horas damos la el estrellón? A menos de cien metros.
vuelta al mundo. Cerró los ojos. De inmediato notó que
Pedro pensó que, después de todo, cambiaba rumbo. Al mirar de nuevo
no era imposible que los hombres vio abajo, a menos de un metro, una
consiguieran algún día atravesar la planicie lisa y pulimentada, llena
turbulenta atmósfera e instalarse en de estrías de fuertes colores, que se
aquellos verdaderos satélites. Mal que deslizaba vertiginosa. Hasta le pareció
mal cada nube tenía capacidad para percibir el calor causado por el roce de
albergar a un centenar de personas por la ventolera al frotar el planeta durante
lo menos. milenios. Liso como una plancha de
Llegaron a otra cavidad que se abría mármol. Las palabras de Igor acudieron
exactamente debajo de la primera. El a sus oídos. La atmósfera habíase
tronco y los brazos para aproximarse a rugido del viento se hizo ensordecedor.
ella. En el suelo, en la parte central de
Notó a su diestra que su visita la nueva gruta, había una amplia
se estrellaba contra una negrura abertura. Por allí penetraba una luz
impenetrable. lechosa. El hombre se detuvo. En la
—Una de las corrientes oscuras. ¡Hay semipenumbra, Laura sonreía.
que cuidarse de ellas! Arrastran objetos —¡Ahora hay que ponerse las
de gran tamaño y peso, que podrían escafandras! —gritó. Tuvo que repetir
destrozarte en un santiamén. Ahí están la instrucción, pues el fragor no
los restos de los naufragios; nubes de permitía escuchar.
piedras y arena que, desde los primeros -—¿Qué piensas hacer?
tiempos, son arrastrados por el viento, —Nos dejaremos arrastrar por el
Y también hay muertos. Todo lo que viento.
deja de existir en las corrientes blancas —¿Quieres decir que nos dejaremos
es expulsado a esos torbellinos. caer por eso?
Son verdaderos cementerios. Los Volvió a oprimirle una mano. Sintió
tripulantes de las astronaves terrestres vergüenza. Aproximóse a la abertura.
que han caído en el planeta otan en Ráfagas ascendían arremolinadas y
esas ráfagas. esparcían en los derredores una gran
Ahí había caído uno de los cohetes que cantidad de detritos. Muchos de estos
quiso con. quistar el planeta. Las nubes fosforescían. Algunos empezaban
de piedras lo deshicieron. Y a medida a caminar como tenues cangrejos:
que bajaba encontraba en su camino volvían a precipitarse al vacío.
peñascos de mayor tamaño. —-¡Vamos! —dijo Laura de pronto.
A corta distancia, un remolino. Zonas Sin soltarle la mano, que le oprimía
oscuras interrumpían la visión. Dos rmemente a través de los guantes, se
corrientes opuestas daban origen a un lanzó por el brocal. El hombre ahogó
embudo que llegaba hasta los continen- un grito. Cayeron por un tiempo que se
le antojó interminable. llevando consigo un millón de cuerpos
Encontróse envuelto en una bruma distintos; los seres animados —sutiles y
opalescente saturada de graciosas livianas formas— también giraban, en
guras que giraban. Encima, la sombra el interior del huracán. Sólo allí existía
de la nube. Largas lianas colgaban por calma para vivir, para reproducirse,
debajo de ella. Culebreaban a impulsos para morir. Cerca de tierra rme corrían
de la ventisca. el riesgo de estrellarse y deshacerse
Más rápidos que el macizo: éste iba contra el suelo. A veces los minerales
quedando atrás paulatinamente. en polvo coloreaban la corriente con
—El viento nos llevará y nos traerá al tonalidades que degradaban lentas.
mismo sitio. Como en el interior de una arteria
Flotaban muellemente sin tener atestada de translúcidos glóbulos en
conciencia de su peso. Imposible darse rotación, O dentro de una tubería de
cuenta de la velocidad: todo volaba oro etéreo que, a lo lejos, cambiara de
en el mismo sentido. La luz permitía color.
ver el paisaje, a través de una cortina Pedro pensaba que su cuerpo no pesaba
vaporosa bordada con guras que se más que los organismos que otaban
debatían. De tarde en tarde una gran junto a él. Abríase el torbellino en un
nube: siempre quedaban rezagadas. luminoso y vago panorama; iba junto
Ciclópeas ores, con pétalos, estambres a la muchacha sin notar el más leve
y pistilos, tenues y translúcidos como cansancio.
los cementerios, deslizábanse con De súbito Laura lo soltó.
lentos y armoniosos movimientos. Las —Sigueme. El viento hará lo que tú le
plantas absorbían agua y alimentos pidas.
mediante las raíces lamentosas que Flotando en el vendaval. La muchacha
en grandes racimos pendían bajo separóse de él, y su gura, envuelta en
ellas. Los océanos, transformados en el traje espacial, semejaba una burbuja
neblina, viajaban por la atmósfera que se alejaba. Bastó un movimiento del
turbó. —¡Buenos días!
—¿Tomaste desayuno? ¡Perdona que
me haya atrasado un poco!
—No te preocupes. Yo mismo me lo
preparo.
—No seas tonto. Anda a vestirte. Te lo
tendré listo cuando hayas concluido.
Al dirigirse al comedor, minutos
después, se topó con Bob. El muchacho
se disponía a entrar en el baño,
bostezando y desperezándose con un
cínico gesto.
—¡Qué tal, Pedro! ¿Cómo pasaste la
noche? —Bien, gracias. ¿Y tú?
—¡Como un califa! Boccato di cardinaie,
como decía Igor. -—Remató la frase con
un largo guiño.
Pedro le hizo un gesto para que callase,
pues oía a Laura en la cocina. Bob se
rmó en la puerta del baño y lo miró
compasivamente.
—Insisto en mi proposición, Pedro
—dijo en voz baja, con una amplia
sonrisa—. No soy egoísta. Cuando
quieras podemos hacer un convenio.
. . digamos de no agresión. Noche por
medio. ¿Qué te parece? Ya la muchacha
está expedita en el difícil arte del
amor. ¡Un trabajo menos para ti! No
quiero dejarme llevar por la vida fácil
y licenciosa. Las cosas se te harán muy
llevaderas en este mundo desgraciado.
Pedro sintió deseos de abofetearlo. Se
contuvo, y lanzando un suspiro fue a la
sala de estar. Oyó que Bob entraba al
baño silbando una canción.
Laura, que en esos instantes servía el
desayuno, lo sorprendió observándola.
De inmediato se ruborizó. Se arrepintió
al pensar que su mirada pudo ser im-
pertinente.
—¿Te ayudo?
—¡No, no! No volverá a suceder.
Alargó la taza con torpeza. Por poco la
derrama sobre Pedro.
—Voy a hacer tu pieza. ¡No sé que me
pasa hoy!
—Déjame hacerla a mí —interrumpió
él. —Nada me cuesta, y estoy
acostumbrado.
—No. Prometí que tendrías un hogar.
—Y agregó acongojada, mirándole a
los ojos—: Sé que ya no soy lo mismo,
—¡Yaya! No te preocupes. Estás
cumpliendo muy bien. Si te he dicho
que puedo hacer mi pieza es para
y, a rmado en ella barbotó: que no te retrases en tus quehaceres.
—¡Vamos! ¿Te olvidas de la primera Siempre ayudaba a Elena. ¿Cuándo
noche? ¿Cómo gritaste y gozaste iremos a pasear de nuevo?
después? ¿Cómo te revolcabas de —Este... ¡Puedes ir cuando quieras! Ya
gusto? ¿Me dejarás ahora porque estoy sabes cómo hacerlo.
viejo? ¿Tú, que has sido la culpable de —¿Y por qué no vamos los tres? A Bob
todo? Ven. ¡Acércate! le encantaría.
Laura agachó la cabeza con humildad. —¿Qué es lo que me encantaría?
Al hablar su voz arrancó un lejano eco: —Bob irrumpió en la sala envuelto en
—No, Bob. De nada me olvido. Pero, una toalla de baño.
¿a qué crees que se debe mi nuevo —Volar, Bob. Dejarse llevar por el
aspecto? Tendré un hijo que sabrá viento.
quién fue su padre. ¿Entiendes? —¿Yo? ¡Estás loco! Ni muerto, viejo.
Pareció que Bob iba a replicar algo. No sé cómo lo pudieron hacer Ustedes.
El esfuerzo desplegado se re ejaba ¡Deben tener alguna condición
en una dolorosa mueca. Volvió a caer especial! Sólo de pensar en que podría
lentamente. cometer semejante estupidez se me
—Hay que atenderlo y cuidar sus pone la carne de gallina.
últimos momentos —dijo Pedro en voz —Pero si el viento es tan poderoso
queda—. Llevémoslo a su dormitorio. como para arrastrar una astronave.
¿Qué crees que te va a pasar?
—¡Qué sé yo! Cuando caí en medio
de las ráfagas no me sentía liviano en
absoluto. Mi cuerpo pesaba como un
saco de plomo. ¿Ves? No oté. Giraba
como un trompo, siempre cayendo.
Loa rayos del sol arti cial formaban
un trapezoide en el suelo, cerca de la
mesa. El fragor apagado tal un distante camino. La angustia se anudaba en
lamento. su garganta. La puerta se abrió: en el
—¡No te preocupes por eso, Bob! — umbral una muchacha.
dijo ella quebrando la pausa—. ¡Ya —¡Laura! —Bob emitió un sonido
te aclimatarás! No todos tienen la gutural. Se enderezó resoplando.
facilidad de Pedro. Pedro, atónito, lo soltó. £1 otro cayó de
—¡Esto es el in erno! —repitió Bob rodillas, los ojos desorbitados.
mirando a Laura-—. Pero algún día Laura lo miró con in nita piedad.
llegarán los hombres, y les aseguro Luego desvió sus ojos oscuros hacia
que algo podrán hacer. Por lo menos Pedro. Se aproximó,
descubrirán que es posible vivir en —Has demorado. —La voz timbrada,
estas nubes. Y la energía eólica les trémula.
proporcionará fuerza motriz bara- Al llegar junto a él dobló sus rodillas y
ta para explotar el planeta. Basta que cayó a sus pies. Cogiéndole las manos
hagan un estudio sistemático de las Be las besó. Sintió el hombre que
corrientes para conocer con exactitud las lágrimas caían sobre su piel. La
su situación y lo demás será sencillo. levantó. El melodioso y distante rugido
Cuestión de dejarse caer proa al viento e del ciclón. En el suelo Bob, deshecho,
ir frenando paulatinamente hasta tocar respiraba trabajosamente.
tierra. Pueden construir cohetódromos —¡Maldita puta!— Las palabras
subterráneos, y como hay agua y aire salieron roncas y cascadas—. Debí
en abundancia, no tendrán problemas matarte. Y tú, ¡bandido! ¿En qué
de abastecimiento. No como los demás quedaron tus promesas? ¿No me decías
planetas, en los cuales no había nada. que era mi mujer?
Dio media vuelta para dirigirse al Se incorporó con un sobrehumano
dormitorio. De paso cogió a Laura esfuerzo. Se puso de rodillas. Otro
por la cintura. Ella se desprendió con impulso, y estuvo de pie. Un viejo.
suavidad, echando una mirada de Trastabilló: alcanzó a llegar a la tienda
“—No lo volveré a encontrar. Fue una reojos a Pedro.
oportunidad, y nada más. ¡Qué raro! —¡Estas equivocado, Bob! —dijo
Bien. Qué se le va a hacer. Ahora sí que la muchacha con lentitud—. Las
no volveré a ver a mi gordo. Pero si él corrientes cambian de curso cons-
conociese mi historia estoy seguro que tantemente, sin una secuencia ja. No
me comprendería. Será un hombre, hay ninguna que mantenga un curso
saldrá adelante. regular.
¡Pobre Bob! Una ruina humana. El por —¿Sí? Bueno. Ya descubrirán un
lo menos pudo irse. Laura tenía razón: sistema. La raza humana no se detendrá
continúa envejeciendo.” por un inconveniente así. Y menos
A sus oídos llegó una música. Se cuando sepa que varios náufragos han
sobresaltó. Reconoció la melodía; la podido escapar con vida.
misma que escuchara cuando se dirigía —¿Cómo lo sabrán? —preguntó Pedro.
al campamento por primera vez. —Voy a construir un transmisor para
Súbitamente tuvo la sensación de estar que nos oigan desde la Luna o de
protagonizando un hecho ya vivido. cualquier cohete que vaya a Mercurio.
Una atmósfera quieta y perfumada. La Los que utilizaron los primeros
esponja se balanceaba levemente. El náufragos eran modelos anticuados.
rugido del huracán apagado. Pedro entraba por uno de los
El campamento. ¡Qué bello era! Se conductos cuando lo alcanzó Laura.
detuvo. Bob, la cabeza inclinada, Estaba agitada. —¿Qué pasa? —Quería
parecía dormir, colgado de sus hablarte de Bob.
hombros. Sí: la misma sensación de paz. Echó una rápida mirada a la casa; luego
La laguna bordeada de ores etéreas. lo cogió de un brazo, y penetró con él
Sin embargo hubo un momento en que en la galería.
su belleza dejó de llamarle la atención. —¡Qué agradable es estar contigo! Me
¿Por qué? siento tranquila y en paz, —Añadió en
Avanzó con rapidez. No sintió el tono de súplica—: No
pienses mal de mí, —Déjate de hablar tonterías. Ella
—¿Pensar mal de ti? ¿Cómo puede sabrá lo que hace. Para mí es tu mujer.
ocurrírsete? ¿Entiendes? Lástima que no lo hayas
—Le tomó la barbilla y la miro—. Nunca comprendido así desde el principio.
pensaría mal de ti, ¿entiendes? —-¿Y por qué te quedas, entonces?
—Gracias —murmuró ella. Le besó ¿No tienes una mujer en la erra? ¿Y
la mano. —Eres muy bueno, Pedro. un hijo?
¿Sabes? Bob nunca podrá volar como —Has visto que el cohete desapareció.
tú y yo. Ellos no lo quieren. Le han ¿Cómo me voy a ir?
dado, no obstante, una oportunidad. —No mientas, Pedro. Estabas dispuesto
Lo condujeron para acá en lugar de a quedarte.
dejarlo abandonado a su suerte. Pero —Sí: no podía dejar a Laura sola,
no harán nada más por él. ¿Ves? Y se acabada como está y todavía
da cuenta de su situación aunque no embarazada. Quería llevarte al cohete
la comprende bien. Algo intuye, sin para que te fueses solo, en vista de
embargo. Le parece increíble que hayas lo mal que te ha tratado el clima. En
podido volar y recorrer el planeta arras- cambio yo estoy bien. Podía y debía
trado por los vientos. Está convencido quedarme.
de que nunca lo podrá hacer. No se —¿Es cierto que no estás enamorado
equivoca. Esa idea se la han metido de Laura? Esos sacri cios no se hacen
los que viven aquí. Ellos saben lo que porque sí. Suspiró Pedro.
hacen. —Soy casado, Bob. Quiero mucho a
-—Pero, ¿crees eso realmente? ¿No será Laura porque ha sido buena conmigo.
una mera ocurrencia tuya o de Bob? —Mucho tiene que ser el cariño para
—No. Ya te dije: aquí hay un Orden. —Y que hayas preferido quedarte. ¿Crees
agregó con voz temblorosa—: Tampoco que podremos encontrar el cohete
me atrevería ahora a lanzarme al viento. mañana?
Sin decir más volvió sobre sus pasos, —Trataremos, Bob.
Pasó un brazo de Bob sobre sus gacha la cabeza. Pedro la vio abandonar
hombros, y emprendió el camino. la galería y dirigirse a la tienda. De
Avanzaba con bastante rapidez a pesar ésta salía Bob: iba a la casamata de las
de su carga. Sentíase ágil y liviano como máquinas. ¿Conseguiría su objetivo?
nunca. Menguaban las ráfagas. Una El solo hecho de que Elena se enterase
gran claridad se alejaba a sus espaldas. de que vivía le iba a servir de consuelo.
—-¡Volver a encontrarme con esa! Me Sentíase bien en el nuevo ambiente.
muero, Pedro —gangoseaba Bob—. No temía a los vientos, y tampoco le
“Ellos” me odian. Tú ganas. Mátame atormentaba la inquietud de buscar
mejor... una solución al misterio. Pero no podía
—Cállate, hombre. En el campamento pensar en quedarse allí por toda la vida.
descansarás. Te hace falta un buen Bob, quieras que no, se vería obligado
sueño. a formar un hogar con Laura. Se
—Esa mujer ha sido fatal, Pedro, ¡Fatal! encargaría de eso: quería a la muchacha,
Y la deseo. Cada vez la deseo más, Y y le deseaba una existencia digna y
estoy viejo, viejo... feliz. Pero el verlos unidos le recordaría
—Ella también. Se le han venido los años su mujer y su hijo. Sería desgraciado.
encima. Debes tener consideraciones. De poco le serviría una vida eterna, al
Acuérdate que está esperando un hijo decir de Laura.
tuyo. Bob estaba en la casamata, en mangas
—Un hijo. ¿Para qué lo quiero? En la de camisa, manipulando un complicado
erra quizá. Pero aquí.. . ¡Volveré a equipo. —¿Qué tal Bob?
meterme en la cama con ésa! Moriré —Hola. —Se alisó el pelo desgreñado.
encima de ella. Por lo menos me daré Gotas de sudor resbalaban por su
ese gusto. ¿No te opondrás, verdad? rostro. Apagó la lámpara portátil. En la
Nunca quisiste acostarte. Y yo te la semipenumbra Pedro creyó notar algo
ofrecí. No puedes hacerme ahora una en su semblante—, Cunde poco esto.
cochinada, Pedro. Mira como estoy. ¡Me canso una barbaridad! Me siento
pesado y sin fuerzas. A pesar de que la las escafandras. En el rostro de Bob se
gravedad es casi igual a la de la erra, re ejó una impotente ira.
me produce el efecto de que fuese el —¡Canalla! ¡Lo has hecho de adrede!
doble. ¿No sientes eso, Pedro? Pedro lo enfrentó calmoso.
Pedro no contestó. Bob salió —Mira Bob: eres un buen astrogador.
lentamente de la casucha, y aspiró una Sabes demás que en un ambiente
gran bocanada de aire. Pedro rati có desconocido es difícil orientarse sin
lo que advirtiera segundos antes. En instrumental apropiado, ¿no es así?
el rostro de Bob, juvenil basta tres ¿Cómo pretendes que pueda ir a
días atrás, veíanse profundas huellas voluntad a esa nube?
de cansancio. No sólo eso: alrededor —¿Y cómo la descubriste, entonces?
de su boca y ojos habíanse formado —El viento me llevó sin que me diese
arrugas. Tragó saliva. Un secreto terror. cuenta. En cambio ahora no lo hizo.
Comprendió que no podría formalizar ¿Por qué? Quizá la primera vez fue una
su observación. ¿Cómo no se había casualidad. Tal vez debí irme de inme-
jado antes? Tal vez eran recientes. diato. ¡Una oportunidad perdida!
Recordó la historia de la doctora y sus Despojóse del traje, y guardándolo
amantes. Y los temores de Laura. En junto al de Laura, tomó el camino al
la tienda, la luz no permitía distinguir campamento.
detalles así. Pero aquí, bajo los rayos —-¡No me dejes aquí! ¡Llévame!
del sol arti cial, Jos rasgos se hicieron Apenas puedo andar.
visibles. Bob se había echado diez años El rugido del vendaval tendía a
encima. disminuir. Los remolinos ascendían
—El in erno, Pedro —jadeó Bob—. debilitados por el brocal. La luz había
El in erno. Algo debe haber en esta aumentado en forma inusitada. Pedro
atmósfera que produce trastornos. experimentó una extraña emoción.
Clavó sus ojos en él. Bob, al parecer, no se percataba de esos
—¡Qué extraño! Juraría que estás más fenómenos.
es quedarme y cuidarte. joven que antes.
Ella empezó a sollozar. —¿Cómo? ¿Qué dices?
—Nada puedo ofrecerte, Pedro. Antes —Pues es notable. ¡Te ves joven,
tenía mi juventud, y ahora.. . Pedro! Eras uno de los mayores de la
Cogió Pedro el traje, y se dispuso a salir. tripulación. Estoy seguro que tenías
—¿Y el niño? Si aún fueses joven no me patas de gallo... Y ahora tienes la piel
importaría dejarte. como la de un muchacho.
Se dirigió rápidamente a la tienda. —Es un efecto de la luz, Bob. Como
—-Vamos, Bob. Laura se queda. comprenderás, eso no puede ser —se
Bob empezó a seguirle a prisa. Pedro defendió asustado.
le hizo una seña de despedida a Laura. —¡Pero si lo estoy viendo! No puedo
Bob no se volvió. Cuando entraban en engañarme tanto.
la galería echó una última mirada a la —Mira, viejo: volvamos al trabajo
tienda. La mujer seguía en la puerta, mejor. Mientras antes terminemos,
el pelo encanecido, con una distante mayores serán nuestras probabilidades
actitud. de salir de aquí. Entiendes esas cosas, y
—¿Por qué se oirá tan fuerte el viento? saldrás adelante. Solo no serías capaz
Ni que estuviésemos al aire libre — de construir un transmisor.
comentó Bob acezando. Mientras hablaba Pedro volvió a
—-Hemos vuelto al mismo punto, Bob. entrar en la casamata. Un enorme
—¿Cómo lo sabes? desasosiego. En realidad sentíase fresco
—-Ahí está el traje de Laura. como lechuga. Hasta le parecía que su
—No puede ser. ¿Y el cohete? cuerpo ya no pesaba como antes. Que
—No sé. Has visto que el viento nos ni siquiera el piso esponjoso se hundía
ha arrastrado tres horas sin rumbo bajo sus pisadas. En cambio Bob...
jo. Y ahora nos deja aquí. Además la —Quizá abusé anoche —comentó éste,
atmósfera está demasiado turbia. entrando. —¿Me envidias? Parece que
Ambos hombres se habían quitado no, por lo visto. Te ha sentado bien
la castidad y el clima. A mí no. Algo llevó al cohete abandonado. —Añadió
hay en este mundo que es enemigo con una triste sonrisa—: Es una historia
del organismo humano. Al menos como las que se ven a diario en la erra,
tengo esa impresión. El solo hecho de ¿no? Los hombres mueren o se van, y la
acostarse con una mujer no tiene por mujer queda esperando un hijo.
qué producir estos efectos. Al contrario: —¡Pedro! ¿Por qué demoras tanto?
en la erra siempre me sentía mejor —La voz resonó plañidera. El rugido
después de hacerlo. tornábase ensordecedor.
—¡No digas disparates! Ponte a Surgía de los innumerables conductos
trabajar que el tiempo apremia. ¿Puedo de la esponja con un eco rabioso.
ayudarte en algo? —Llévatelo: quiere irse. ¡Pobre! De
—No. Trabajo mejor solo. Anda a nada le servirá. El único que está en
pasear si quieres. A ti, que tanto sienta condiciones de marcharse sin peligro
el clima, no creo que te tiente mucho la eres tú. Adiós. Y perdóname.
idea de irte, ¿verdad? Pedro la miró. Los cansados ojos de
—Te equivocas, Bob. Tú, porque te la mujer estaban serenos. El hombre
sientes agotado, y yo, porque me siento pensó que pronto perdería todo su
fresco y liviano, sabemos que nuestro atractivo.
destino está en la erra. La misma me- —Nada tengo que perdonarte. Voy
ta, Bob. Mal que mal somos hombres. a dejar a Bob. En una hora más estoy
—Quizá no pensarías así de no ser de vuelta. El niño no puede quedarse
casado. solo. Me encargaré de él, y si Dios
—Pensaría lo mismo. Dios nos ha quiere, algún día se me presentará otra
hecho para vivir en tierra rme. ¿Ves? oportunidad de salir de aquí. La vida
Un camino ciego. eterna no es para los hombres, Laura.
“—Mi organismo ha sido bene ciado Por el envejecido rostro resbalaron
por este planeta. A Bob le ha ocurrido lo lágrimas. —No, no debes. ¿Sería
contrario. ¡Dios, cómo ha envejecido! injusto! —Un niño va a nacer. Mi deber
Pedro partió. Laura a su zaga. Bob se ¿Por qué? El terror o los sufrimientos
apoyó en la tienda con una expresión producen efectos similares en la erra.
vacía y cansada. Hay personas que se vuelven viejos de
—Uno es de mi padre. No sé cuál de los la noche a la mañana”.
tres. Pedro cogió uno y lo revisó. Insensiblemente sus pasos lo
—Sé que esperas un hijo, Laura. Me condujeron a la rotonda de salida.
remordería la conciencia dejarte. El Sólo cuando las ráfagas le azotaron el
cohete me producirá mucho dinero. rostro volvió de sus abstracciones. Una
No tendrás problemas materiales ni gran claridad penetraba por el brocal.
tampoco tu hijo. Velaré por ustedes. Cuerpos etéreos ascendían girando
¡Este sirve para Bob! El tuyo está en la vertiginosos: luego resbalaban por las
rotonda, ¿no? paredes del agujero como minúsculos
—Sí: el de mi madre. —Al ver que Pedro espectros. Ensordecido por el fragor
se aprestaba a salir lo retuvo y le dijo—: colocóse la escafandra y el traje
¿No me crees? No puedo irme. Moriré espacial que, luego del primer viaje,
de vieja antes de que el cohete zarpe. En dejara en una oquedad. Un secreto
cambio sí me quedo alcanzaré a criar impulso lo decidió a probar suerte
a mi hijo por un tiempo al menos. Bob en el tornado. Tuvo una pequeña
tampoco escapará; con él comprobarás vacilación al recordar a Laura. La
lo que te digo. muchacha temía. ¿Por qué? Al borde
Una vez contraído el mal o la maldición, del pozo. La atmósfera especialmente
no hay remedio posible. diáfana. Cerró los ojos y precipitóse
A lo lejos el fragor subió de tono. Laura al vacío. Segundos después otaba
decía la verdad. De súbito Pedro lo experimentando la más absoluta
comprendió así. Se estremeció. sensación de incorporeidad. Recordó
—Sólo una cosa te pido: nada digas a Laura y la compadeció. Pobre.
sobre la verdad de lo ocurrido aquí. Di La comprendía. Sabía que estaba
únicamente que por azar el viento te sufriendo. Pero se había entregado a
Bob por su propia voluntad. ¿Por qué? Lo descubrí después que murió mi
Era una mujer después de todo: no madre, cuando empecé a conocer los
podía sustraerse a las debilidades. El vientos. Pensé que los dos podríamos
muchacho no la merecía, sin embargo. ser felices, viviendo juntos, sin ataduras
Cada vez más veloz. La atmósfera más materiales. Porque aquí los hombres
clara y transparente que la primera como tú no mueren.
vez que efectuara el viaje. En la erra Suspiró. Se humedeció los labios con la
todo material y duro. Aquí todo tenue y lengua.
vaporoso. El rugir del viento arrancaba —Fui egoísta, y he sido castigada. Llegó
lejanas resonancias. Como otar en Bob: no pude resistir su atractivo. Lo
el interior de una catedral donde un envejecieron y te condujeron al cohete.
coro entonara un canto de gloría. Se Eso signi ca que te dan una opor-
dejaría arrastrar por las ráfagas donde tunidad de marcharte aunque les eres
quisieran llevarlo. Nada le preocupaba. grato. ¡Anda a juntarte con tu mujer y
Imaginó estar al lado de Elena, con el tu hijo!
niño en sus rodillas, estrechando sus Bob llegó respirando con di cultad. No
maní tas. A pesar de bu lejanía loe miró a Laura.
sentía a bu lado. Hasta le pareció oír el —¡Vamos! No perdamos más el tiempo.
gorjeo del pequeño. . . —Laura no quiere irse.
Ante sus ojos entrecerrados —¿Y qué? Ella sabrá. Mal que mal es
materializóse una gigantesca nube. de aquí. ¿No es así Laura? —La miró
Hacia ella lo impulsaba el huracán. Un suplicante.
angustioso presentimiento. En pocos —Sí, Bob. Váyanse ustedes, y déjenme.
segundos bajo el manto verde. En un He sido la culpable de todo,
remolino penetró por el agujero inferior —¿Dónde hay un traje para Bob? —
y aterrizó sobre la esponja. Acentuóse preguntó Pedro de pronto.
la angustia. Rápido se despojó de la —En la segunda casamata hay tres —
escafandra y, guardándola a la entrada informó Laura.
capaz de satisfacerla. En cambio él con de la galería, internóse por ésta. Algo
su maldita juventud que ha conseguido lo impulsaba hacia el corazón del
no sé cómo, podrá disfrutar largos años macizo. La senda expedita. En pocos
de ella. Me dejó que me consumiera minutos arribó al bolso central. Paseó
porque sabía que aquí hay cosas que no la linterna por el vasto cubículo. La luz
se pueden hacer. ¡Maricón! ¿Qué puedo fue re ejada por una masa brillante.
hacer? No gano nada con matarlo. Y Ahogó una exclamación. En el centro
mi vejez. Un año por hora, por minuto, de la cavidad, erguíase un cuerpo
por segundo. Estoy perdido. ..” cilíndrico que desaparecía por ambos
Laura estaba en la sala. El rostro extremos en la ligera substancia.
marchito: también envejecía. —¿Dónde estuviste?
—Nos vamos. Encontré un cohete. Está Algo había en el ajado rostro de Bob
intacto: sus tripulantes lo abandonaron que no le gustó. Detrás de él extendíase
sin sospechar que iría a incrustarse el campamento brillantemente
en una nube. Con un poco de suerte iluminado. El pelo del hombre,
podremos escapar. encanecido. De trasluz sus rasgos casi
Aún lejos, Bob continuaba su penosa invisibles.
marcha, aproximándose lento. -—Salí a dar una vuelta.
—No, no me voy, Pedro. Estoy —¿Por tres días? A mí no me vienes
condenada. He perdido el favor de con esas. Esa putilla me ha dicho que
loa que me protegían. Nadie podrá estás en connivencia con ciertos seres
salvarme. Saldrías con mi cadáver en el que pueblan este planeta. Dime, ¿qué
cohete, pues mi vejez se aceleraría. te han dicho?
—¡No puedo irme sin ti! La voz cascada calló. El fulgor de sus
(—-Vete solo: te esperan en la erra. A pupilas y su agitada respiración,
mí, no. No soy lo que crees. Te engañé. —Estás loco, Bob. ¿Terminaste el
Fue mi primera culpa. Conocía la transmisor?
existencia de ese cohete, y nada te dije. —Sabías que iba a fracasar, ¿verdad?
Y no me advertiste. ¡Cobarde! —¿Y Laura?
Tenías celos. ¿Por qué no fuiste —Ella es de aquí. No tiene por qué
lo su cientemente hombre para marcharse. Además no se quedará tan
decírmelo? Infeliz. Con razón Igor te sola. Está preñada. Guardará un buen
dijo todo eso. recuerdo mío.
Tenía su revólver al cinto. —¡No la podemos abandonar así, Bob!
Simultáneamente con notarlo Bob —¿Por qué? Su madre, ¿no la parió a
llevó la mano al arma. ella sin ayuda de nadie? ¡Ya! ¡Andando!
—¡Deja tranquilo eso, Bob! ¡No me voy a arriesgar a que ustedes se
La mano quedó sobre el revólver, pero pongan de acuerdo para burlarme!
no lo sacó. —¡ enes miedo! ¿No? Dime En lugar de obedecer Pedro avanzó
ahora, ¿qué descubriste? ¡Habla! con calma. Bob hizo un nervioso
—Venía a decírtelo. Quería darte una amago. El otro pasó a su lado rumbo al
Sorpresa. —¿Sí? ¿De qué se trata? campamento.
-—Descubrí el cohete de la tercera —-¿Qué... qué piensas hacer?
expedición. Está intacto en una nube —Ya te dije: nos iremos con Laura.
como esta. Bob estaba trastornado. Y viejo. Su
—¡Ajá! ¿Y pensabas contármelo? aspecto equivalía al de un hombre
—¡No seas idiota, Bob! De no ser así, de más de cincuenta años. Y su voz.
¿para qué iba a volver? Siguió su marcha. Tras él partió
-—Por una simple razón: venías en Bob arrastrando los pies. Jadeaba
busca de Laura. A tu esposa espiritual. lamentablemente.
¡Ja! ¡Ja! Como ella también se entiende “—El cohete de la tercera expedición.
con “esos” señores del viento habrían Una máquina especial. Vale millones.
podido marcharse sin decirme nada. Me acuerdo de ella. ¡Y piensa llevarse
Pero no lo harás, viejo. Me llevarás a Laura! Fortuna, fama y amante de
a la astronave y partiremos juntos. un solo tiro. ¡Y qué amante! ¡Me ha
¿Entendido? ¡De inmediato! ¡Vamos! convertido en una calamidad! No soy

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