Paracelso:
Su vida y su obra
Que no sea vasallo de otro
quien puede ser su propio señor.
Sólo conocemos los contornos de la vida de Paracelso. Unos pocos
datos de su paso por el mundo y una obra que parece casi sobrehuma-
na son todo el material concreto que de él poseemos. Lo demás se ha
perdido, envuelto ya en una abundante mitología en la que el aspecto
supratemporal de este hombre enigmático resplandece aún con más bri-
llo. Una figura más bien flaca, rechoncha, fácilmente irritable, de ma-
nos sensibles y nerviosas y un cráneo pelado relativamente grande, en-
marcado por un círculo de cabello un tanto hirsuto, en el que se
asientan unos ojos llameantes de misteriosa profundidad ... así vive su
imagen externa en la memoria. De su acción nos informan en algunos
lugares singulares cubiles de alquimista; son mostrados al viajero curio-
so con temeroso respeto, con sus extraños crisoles, retortas y redomas,
y están acompañados de extraños relatos sobre el maravilloso doctor de
antaño. Las etapas del camino, cubierto de luchas y preocupaciones,
que Paracelso recorrió desde su nacimiento hasta su muerte, dan testi-
monio -hasta donde las conocemos- de una vida inconstante y desga-
rrada. Dejan al tardío explorador margen suficiente para llenarlo de poe-
sía y verdad.
Sobrepasándolo todo está su obra, los innumerables escritos que dejó;
atestiguan una titánica pulsión creadora, una fuerza creativa y una poten-
cia intelectual que abren horizontes y discurren incesantes a través de los
tiempos. Estos textos son algo más que ideas plasmadas por escrito; son a
su manera reflejo de las profundidades espirituales en las que la palabra y
la vida permanecen entretejidas en una mítica urdimbre aún por separar.
Así, representan leyenda y aserto en un ser actuante que, justificado sólo
por sí mismo, nunca puede no obstante ser medido con la vara de la pon-
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