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Cambios y crisis 1930-1943 en Argentina

Entre 1930 y 1945, el mundo experimentó una crisis económica y el surgimiento de regímenes totalitarios, lo que culminó en la Segunda Guerra Mundial. La crisis afectó gravemente a Argentina, que enfrentó una caída en las exportaciones y un golpe de Estado que instauró un gobierno militar. Este período, conocido como la 'década infame', estuvo marcado por el fraude electoral y la represión política, así como por intentos de reformas económicas y sociales.

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Cambios y crisis 1930-1943 en Argentina

Entre 1930 y 1945, el mundo experimentó una crisis económica y el surgimiento de regímenes totalitarios, lo que culminó en la Segunda Guerra Mundial. La crisis afectó gravemente a Argentina, que enfrentó una caída en las exportaciones y un golpe de Estado que instauró un gobierno militar. Este período, conocido como la 'década infame', estuvo marcado por el fraude electoral y la represión política, así como por intentos de reformas económicas y sociales.

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1930-1943.

Una etapa de cambios, entre el pasado y el futuro Carina


Cervetto y Liliana Suárez La etapa que transcurrió entre 1930 y 1945 es
reconocida por ser una de las más conflictivas y de cambios
trascendentes en la historia del siglo XX. Se inició con una crisis
económica internacional provocada por la caída de la Bolsa de Nueva York
en 1929 que afectó al capitalismo durante gran parte de la década de
1930. La crisis se manifestó de forma trágica en Europa ante el
surgimiento de opciones políticas antidemocráticas y totalitarias como lo
fueron el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia. Estos
acontecimientos evidenciaron la crisis de los valores e instituciones del
liberalismo, vinculados a la vigencia del sistema constitucional con
gobiernos libremente elegidos, el conjunto aceptado de derechos y
libertades de los ciudadanos, el debate público, la educación y al sistema
económico liberal capitalista (Hobsbawm, 1995). A fines de la década del
treinta las rivalidades entre las grandes potencias europeas llevaron a un
nuevo enfrentamiento mundial a través de la conformación de dos
bloques de países enfrentados; por un lado, una alianza de naciones que
estaba integrada por Gran Bretaña, Francia, Unión Soviética y Estados
Unidos entre otros países y, por otro lado, el “Eje” constituido
principalmente por Alemania, Italia y Japón. La Segunda Guerra Mundial
se desarrolló entre 1939 y 1945 y sus trágicas consecuencias iniciaron un
nuevo período histórico. 1. La economía en el mundo de entreguerras
Hasta 1930 el movimiento internacional de capitales, la expansión del
comercio, y los movimientos migratorios crearon una interdependencia
creciente entre los distintos países y en la economía mundial en su
conjunto (Ferrer, 2004). La convertibilidad de monedas y su vinculación
con un patrón único de valor, el oro, facilitaba las transacciones y la
cancelación de los pagos internacionales estimulando el comercio. Sin
embargo, como sostiene Eric Hobsbawm (1994), la economía capitalista
pareció derrumbarse en el período de entreguerras. La primera guerra
mundial devastó algunas zonas económicas europeas y el problema del
desempleo fue central. La única economía que funcionaba a pleno era la
de los Estados Unidos, que había tenido una breve pero decisiva
intervención en la guerra y luego había emergido como una de las
economías más fuertes (Ferrer, 2004). No solo se consolidó como principal
productor mundial, sino que se convirtió en el principal acreedor y
desplazo del liderazgo económico a Gran Bretaña. Por lo tanto, cuando se
produjo en Estados Unidos la caída de la bolsa se puso en evidencia la
incapacidad de la economía mundial para generar una demanda
suficiente que permitiera una expansión económica sostenida. Las causas
que explican el crack de la Bolsa de Nueva York sigue siendo tema de
debate entre los economistas. Pero la crisis implicó una disminución del
comercio mundial, una retracción de la inversión de capital fuera de los
países que tradicionalmente invertían más allá de sus fronteras, esto
implicó una fuerte caída de la actividad económica a nivel mundial y como
consecuencia se agudizó el problema de desempleo (Korol, 2001). La Gran
Depresión se prolongó durante la década del treinta, fue la más larga en
el tiempo, de mayor profundidad y la que afectó al mayor número de
países en el siglo XX. En pocas palabras, la crisis cuestionó y replanteó el
liberalismo económico durante medio siglo. Los países centrales
propiciaron una serie de medidas proteccionistas: la formación de
bloques, la formalización de acuerdos bilaterales y el alejamiento de los
cauces multilaterales del comercio; la devaluación de las monedas y el
abandono del patrón oro, la adopción de controles de cambio, el
establecimiento de cuotas de importación y la adopción de tarifas
aduaneras sustancialmente mayores que las imperantes antes de la crisis
(Ferrer, 2004). De tal forma que entre 1931-1932 Gran Bretaña, Canadá,
todos los países escandinavos y Estados Unidos abandonaron el patrón
oro y en 1931 Gran Bretaña abandonó el libre comercio (Hobsbawm,
1994). Todas estas medidas buscaban desvincular y proteger el nivel de
actividad económica interna de las fluctuaciones de mercado
internacional. La crisis obligó a los gobiernos occidentales a dar prioridad
a las consideraciones sociales sobre las económicas en la formulación de
sus políticas, ya que el peligro que acechaba era la radicalización de
posicionamientos políticos de izquierda y de derecha. En este sentido, se
planteó la necesidad de garantizar el pleno empleo, más adelante la
llamada doctrina keynesiana propugnará la eliminación permanente del
desempleo tanto por razones de beneficios económicos como políticos. De
esta forma, la demanda generada por los ingresos de los trabajadores
ocupados tendrá un efecto estimulante sobre las economías deprimidas y
evitará consecuencias socialmente explosivas (Hobsbawm, 1994). 2.
Argentina antes de la crisis La intensidad de la integración de la Argentina
en la expansiva economía mundial desde mediados del siglo XIX
revolucionó social, políticamente y económicamente el país. Integrada al
mundo como productora de materias primas, el volumen y el precio de las
exportaciones de la economía argentina estuvieron determinados por el
nivel de la demanda externa y este, a su vez, por el de la actividad
económica de los países industrializados que eran destinatarios de los
productos agropecuarios comercializados en el mercado mundial. En toda
la etapa de economía primario exportadora se sucedieron fases de
prosperidad y depresión en el nivel de actividad económica, ocupación e
ingresos (Ferrer, 2004). Hay coincidencias en señalar que algunos
elementos de la crisis estaban presentes en la economía argentina aún
antes de que esta estallara. En este sentido durante los años 20, como se
mencionó en el capítulo anterior, se evidenció el estancamiento del sector
agrario, las nuevas inversiones ya no irían destinadas a ese sector,
aunque la producción primaria siguió siendo la actividad clave gracias a
los precios de exportación favorables. Por otro lado, luego de la Primera
Guerra Mundial, las importaciones provenientes desde Estados Unidos
comenzaron a desplazar a las de Inglaterra. En 1912, el Reino Unido
contribuía con el 34% de las compras argentinas al exterior, contra el 17%
de Estados Unidos, para 1929, las cifras eran 19% y 27% respectivamente
(Gerchunoff y Llach, 2018). Y si bien desde allí llegaban inversiones
dirigidas a la instalación de industrias, las autoridades argentinas
priorizaron mantener su alianza estratégica con Gran Bretaña, ya que
Estados Unidos no demandaba nuestra producción. Durante la crisis de
1929, la mayoría de los países encontraron dificultades para continuar con
sus prácticas comerciales y financieras habituales y, como se mencionó,
se sucedieron una serie de políticas defensivas. En Argentina el impacto
de la crisis se sintió en la caída de los valores de exportaciones
tradicionales de carnes y cereales y en la dificultad para la obtención de
capitales. Ambas cuestiones entorpecían la adquisición de divisas
necesarias para el pago de las importaciones. El valor de las
exportaciones pasó de U$S 1000 millones en 1928 a U$S 335 millones en
1932, además se calcula que en 1933 la Argentina podía comprar en el
exterior, con lo producido por sus exportaciones, solo dos tercios de lo
que compraba en 1929 (Gerchunoff y Llach, 2018). Por su parte, frente a
la reducción de sus ingresos provenientes de los gravámenes al comercio
exterior, el Estado se enfrentó a serios problemas que tuvieron un
impacto directo en el empleo, en la conflictividad social y por supuesto, en
el ámbito político. 3. El primer golpe de Estado La década del treinta en
Argentina estuvo atravesada por una crisis económica y política que llevó
a profundas transformaciones en la estructura socioeconómica junto a
cambios en el rol del Estado, que asumirá funciones diferentes a las de
etapas anteriores. Los avances hacia la legitimación del régimen político,
iniciados con la Ley Sáenz Peña, se vieron interrumpidos por un golpe
militar y el regreso de los sectores oligárquicos al poder que buscaron la
“restauración conservadora” de los grupos dominantes desplazados en
1916. La etapa comprendida entre 1930 y 1943 fue denominada “década
infame” haciendo alusión a un momento donde los gobiernos
implementaron sistemáticamente el fraude electoral, la corrupción
generalizada y una significativa sumisión al gobierno inglés. En vísperas a
la revolución de 1930, cuando la influencia del fascismo europeo
avanzaba sobre Argentina, se comenzó a dar sentido a voces como las de
Leopoldo Lugones, quien aseguraba que había llegado para Argentina “la
hora de la espada”. Luego siguieron otros, que temieron que la
democracia popular diera lugar al comunismo, La Nueva República, que
agrupó entre otros a Rodolfo y Julio Irazusta, Ernesto Palacios, César Pico
y Juan Carulla, fue el núcleo inicial sobre el que ejercieron gran influencia
Charles Maurras y Benito Mussolini. Su acción se difundió entre círculos
minoritarios y, en cierta medida, aristocratizantes. Fueron llamados
nacionalistas y tuvieron una gran influencia sobre Uriburu, resaltaron la
necesidad de gobiernos de fuerza, que mantuvieran el orden social, las
jerarquías y la disciplina, para evitar la amenaza del comunismo (Romero,
1987). Los nacionalistas entendían que era necesario modificar el sistema
de representación centrado en el individuo y los partidos, para dar lugar a
las organizaciones corporativas en las que la sociedad podría reconocerse
como comunidad. Este modelo corporativo no se apoyaba en un
movimiento de masas como los fascismos, sino en el Ejército (Cataruzza,
2009). Fue también en este momento cuando la iglesia católica adquirió
protagonismo conformando una identidad entre patria, ejército y
catolicismo. La doctrina católica fue vista como el muro de contención
ante la expansión del comunismo y como reparadora ante la crisis del
liberalismo. La creación de la Acción Católica Argentina en 1931 y la
celebración del Congreso Eucarístico Internacional en 1934 pusieron de
manifiesto el crecimiento del prestigio e influencia del catolicismo en
distintos ámbitos de la sociedad. En ese contexto, el 6 de setiembre de
1930 se produjo el primer golpe de Estado en Argentina, llevando a cabo
la interrupción del orden constitucional que terminó con el gobierno de
Hipólito Yrigoyen. Este hecho constituyó el primer indicio de una
importante reacción de los sectores sociales tradicionales y del ejército
frente a las prácticas democráticas (de Privitellio, 2001). El movimiento
militar, encabezado por José F. Uriburu, contó con el apoyo de un grupo
reducido de fuerzas militares, también con sectores políticos vinculados al
nacionalismo y a los partidos conservadores opositores al radicalismo.
Ciertos medios de prensa como el diario Crítica convocaron a sectores
civiles, algunos de los cuales integraron la columna revolucionaria y otros
mostraron pasividad ante la situación (Cantón, Moreno y Ciria 1986). A
pocos días de instalado el gobierno provisional de Uriburu, la Corte
Suprema de Justicia emitió una acordada muy significativa porque
reconocía al gobierno “de facto” de 1930 y sentaría jurisprudencia
convalidando a los siguientes golpes de Estado que se produjeron en
nuestro país. Algunos artículos de este documento refieren: 1º - Que la
susodicha comunicación pone en conocimiento oficial de esta Corte
Suprema la constitución de un gobierno provisional emanado de la
revolución triunfante del 6 de setiembre del corriente año. 2º - Que ese
gobierno se encuentra en posesión de las fuerzas militares y policiales
necesarias para asegurar la paz y el orden de la Nación, y por
consiguiente para proteger la libertad, la vida y la propiedad de las
personas, y ha declarado, además, en actos públicos, que mantendrá la
supremacía de la Constitución y de las leyes fundamentales del país, en el
ejercicio del poder. Que tales antecedentes caracterizan, sin duda, un
gobierno de hecho en cuanto a su constitución, y de cuya naturaleza
participan los funcionarios que lo integran actualmente o que se designen
en lo sucesivo con todas las consecuencias de la doctrina de los gobiernos
“de facto” respecto de la posibilidad de realizar válidamente los actos
necesarios para el cumplimiento de los fines perseguidos por él. (1)
Uriburu dispuso la intervención de las provincias y la disolución del
Congreso; decretó el estado de sitio; concretó la persecución y represión
de los opositores del campo político y gremial, especialmente
trabajadores anarquistas y comunistas, e intervino universidades. El
gobierno de facto puso de manifiesto su desprecio al sistema liberal y a
los partidos políticos e impulsó un proyecto corporativo con la idea de
reformar la Constitución y de derogar la Ley Sáenz Peña. La declaración
de una política corporativista, de inspiración en el fascismo italiano y
militarista por parte de Uriburu, erosionó su escaso apoyo político, y
ciertos sectores que habían respaldado el golpe comenzaron a presionar
al gobierno para que llamara a elecciones. Paralelamente fue creciendo la
figura de Agustín P. Justo, militar e ingeniero que apoyó el golpe de Estado
y fue el referente de la tendencia liberal y pro británica que coincidía con
el derrocamiento de Yrigoyen, sin embargo planteaba el mantenimiento
del orden institucional. En un intento de recuperar la iniciativa política, y
como forma de comprobar el desarrollo de su gestión, Uriburu convocó a
elecciones en la provincia de Buenos Aires en abril de 1931. En los
comicios el triunfo fue para el radicalismo, lo que demostró que el
gobierno de facto no tenía los apoyos que creía. Uriburu anuló las
votaciones de la provincia y, neutralizado su proyecto autoritario, convocó
a elecciones generales para noviembre de 1931 (Rapoport, 2005). El
radicalismo declaró la abstención electoral después de que fuera vetada
la candidatura de Marcelo T. de Alvear. El acto electoral se realizó
poniendo en marcha prácticas fraudulentas y sin la participación de la
Unión Cívica Radical, lo que mostraba un problema de legitimidad del
futuro gobierno. 4. Las primeras medidas para enfrentar la crisis Durante
el gobierno de Uriburu, las medidas adoptadas fueron de carácter
ortodoxo y buscaron equilibrar el presupuesto del Estado al mismo tiempo
que garantizar el pago de la deuda pública. En 1931 todavía no se tenía
en claro que se estuviese ante algo distinto que una nueva turbulencia,
como las tantas que se habían sufrido en décadas anteriores. Por lo tanto,
en la búsqueda del equilibrio entre recursos y gastos, se redujeron los
costos de la administración pública, lo que implicó la disminución de los
salarios de los empleados estatales, la restricción de los gastos en obras
públicas y el aumento de impuestos, en especial los aranceles a las
importaciones (Korol, 2001). Además, se sostuvo la inconvertibilidad del
peso, medida que había sido tomada a fines de 1929. Por otro lado, en
octubre de 1931, a fin de atenuar el desequilibrio del comercio exterior y
la fuga de divisas, se implantó el control de cambios. El mecanismo
elegido consistió en la creación de una Comisión de Control de Cambios
que tenía por objetivo fijar periódicamente el valor de las divisas y
asegurar el pago de las obligaciones financieras externas,
distribuyéndolas en función de una lista de prioridades (Rapoport, 2005).
5. La llegada de Agustín P. Justo a la presidencia La fórmula compuesta
por Agustín P. Justo y Julio A. Roca (hijo) triunfó en las elecciones de 1931
como candidatos de la Concordancia, coalición política integrada por
radicales antipersonalistas, conservadores y socialistas independientes.
La segunda fuerza política fue la Alianza Civil compuesta por el Partido
Demócrata Progresista y el Partido Socialista cuya fórmula fue Lisandro de
la Torre junto a Nicolás Repetto. Durante el gobierno de Justo se
instalaron ciertas prácticas políticas que permitieron consolidar el poder
conservador y controlar a los opositores, especialmente cuando el
radicalismo volvió a participar en actos electorales después de ver
fracasar el mecanismo de abstención, estrategia criticada incluso dentro
del propio partido (De Privitellio, 2001). Si bien la Ley Sáenz Peña no fue
derogada, en los hechos fue ignorada. El fraude se ejecutó a través de
distintas formas tales como el secuestro de libretas de enrolamiento,
intimidación a los electores, votación con sobres abiertos. Se llevaron a
cabo intervenciones federales con el fin de controlar a la oposición y
facilitar el acceso a cargos gubernamentales a políticos de la
Concordancia (Cantón, Moreno y Ciria, 1986). En la provincia de Buenos
Aires, la intervención provincial y la manipulación en las elecciones
permitieron que en 1936 asumiera Manuel Fresco, gobernador que
defendería el “fraude patriótico”. Hubo también violencia política, un claro
ejemplo fue el asesinato del senador demoprogresista Enzo Bordabehere
en 1935 en el recinto de la Cámara de Senadores, durante el debate que
protagonizaba el también senador Lisandro de la Torre, denunciando
hechos de corrupción relacionados con el negocio de las carnes vinculado
al Pacto Roca-Runciman. Entre 1935 y 1937 el radicalismo tuvo una
política moderada y contradictoria frente al gobierno de Justo (De
Privitellio, 2001) y alentó el surgimiento de grupos cada vez más críticos a
los dirigentes del partido. En ese contexto se conformó FORJA (Fuerza de
Orientación Radical de la Joven Argentina) fundado por dirigentes e
intelectuales que se declararon yrigoyenistas y antiimperialistas y
denunciaron la dependencia económica y política del gobierno hacia
Inglaterra, entre sus integrantes más reconocidos se destacan Raúl
Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche. Hasta el levantamiento de la
abstención electoral del radicalismo, la principal oposición parlamentaria
al gobierno de Justo estuvo representada por el partido Socialista y por el
partido Demócrata Progresista. Los militantes y referentes del partido
Comunista fueron perseguidos durante toda la década. En vista de las
elecciones de noviembre de 1937, fue elegido como candidato oficial a la
presidencia por la Concordancia, Roberto Ortíz, radical antipersonalista y,
como candidato a vicepresidente, el conservador Ramón Castillo. 6. La
construcción del Estado intervencionista El contexto internacional
determinó el surgimiento de un Estado intervencionista en la economía y
el abandono del Estado liberal (Rapoport, 2005). Las políticas que se
implementaron indicaron una activa participación del Estado en la
regulación y la orientación de la economía que intentó sostener un
modelo económico que priorizaba el mercado externo frente a un mundo
que se cerraba. En 1932 se firmó un acuerdo en Ottawa entre los
representantes de la corona y los países miembros de la comunidad
británica que afectaba los intereses de los exportadores argentinos de
carnes congeladas y envasadas. Por este acuerdo Inglaterra daba
prioridad a la adquisición de alimentos en los países que eran parte de la
comunidad británica. Ante esta situación, se envió una comisión especial
a Gran Bretaña para llegar a un tratado comercial, en un mundo bilateral.
Este fue conocido como el pacto Roca-Runciman, por el cual el Reino
Unido se comprometía a mantener la importación de la misma cantidad
de carne que en 1932 y se acordó que el cupo que podían manejar los
frigoríficos nacionales fuera del 15%. A cambio de esto, se establecía un
compromiso de reducir las tarifas de importación de un amplio número de
productos británicos. Se aseguraba que se mantendría un trato benévolo
hacia las compañías británicas –especialmente ferrocarril y transporte
urbano que ahora debían competir con camiones y automóviles
provenientes de Estados Unidos– y se garantizaba la prioridad en el
acceso a las divisas que se requerían para remitir las ganancias a Gran
Bretaña y el pago de las importaciones. El tratado era por tres años, y
luego fue prorrogado por un nuevo acuerdo conocido como Eden-Malbrán
(Korol, 2001). El pacto fue muy cuestionado, especialmente cuando en
1935 el senador Lisandro de la Torre denunció las prácticas monopólicas y
la evasión impositiva por parte de los frigoríficos que, como se mencionó,
la discusión parlamentaria terminó con el asesinato de un colaborador de
la Torre en el senado, situación que debilitó profundamente al gobierno.
En agosto de 1933, frente a una coyuntura crítica, el presidente Justo
designó a Federico Pinedo como ministro de Hacienda. El nuevo equipo
económico aplicó un enfoque más global y de largo plazo. De esta forma,
como en la mayoría de las economías centrales, se protegieron las
producciones agrícolas imponiendo aranceles frente a la competencia
extranjera (Hobsbawm, 1994). En Argentina, se crearon una gran cantidad
de organismos que buscaron evitar una mayor caída de la actividad
productiva a través de subsidios, asesoramiento, establecimiento de
precios mínimos o controles sobre la producción y créditos. Los más
destacados fueron la Junta Reguladora de Granos, de Carnes, Algodón y
Yerba Mate. Asimismo, se creó la Corporación Argentina de Productores
de Carne (Ferrer, 2004). En total, entre 1930 y 1940 se crearon veintiún
organismos autónomos y veinticinco sin autonomía, el objetivo era
proteger a los distintos sectores productores de la caída de los precios
internacionales (Rapoport, 2005). Por otro lado y como consecuencia de la
crisis, por decreto ley de 1932 se estableció el impuesto a los réditos,
medida resistida desde hacía muchos años, y que, finalmente, fue lograda
a la luz de la abrupta caída del comercio internacional y las necesidades
de subsistencia del Estado Nacional. La segunda etapa del control de
cambios se inició durante la gestión de Pinedo, entre 1933 y 1938. Se
establecieron dos tipos de cambio: un tipo comprador y otro vendedor, el
decreto también determinaba la existencia de un mercado libre, donde
debían asistir aquellos que no tenían permiso para acceder al mercado
oficial, que era más conveniente (Rapoport, 2005). Sin embargo, la
creación en 1935 del Banco Central fue la medida económica más
trascendente. Bajo la inspiración de Prebisch, el banco se ocupó de
concentrar reservas para moderar las consecuencias de las fluctuaciones
de las exportaciones e inversiones, regular el crédito, controlar los
bancos, actuar como agente financiero y aconsejar al gobierno en emisión
de empréstitos y en operaciones financieras (Gerchunoff y Llach, 2018). El
Banco Central quedó constituido como una entidad de capital mixto, la
mayoría de cuyo directorio se elegía por los bancos accionistas y con una
alta prescindencia política en su conducción (Rapoport, 2005). Por otro
lado, la política expansiva desarrollada a partir de mediados de 1935
permitió recuperar el nivel de precios internos. Durante el período se llevó
adelante un vasto programa de rutas y caminos, se incrementaron el
empleo estatal y el gasto público para estimular la economía. Los años
treinta se presentaron como un período de modernización radical del país
y de su territorio, liderada por el Estado nacional y los Estados
provinciales. Por lo tanto, el Estado intervencionista se propuso promover
la modernización del interior, impulsando la “urbanización del país” y
“modernizar el campo” (Ballent y Gorelik, en Caratuzza, 2001). Sin
embargo, muchos proyectos no fueron realizados por el conservadurismo
político de sus impulsores y su fuerte apego a una política fiscal
equilibrada. De esta forma, en el periodo se construyó la red caminera
troncal del país, priorizando el transporte automotor y desplazando al
ferrocarril, que estaba más vinculado al sistema económico
agroexportador. En 1932, el país disponía solo de alrededor de 2000 km
de caminos de tránsito carretero permanente; para 1944, la red nacional
se había ampliado a casi 60.000 km. El plan integral proyectaba la unión
de las capitales y los centros de producción y el acceso a los países
limítrofes, puertos y estaciones ferroviarias (Ballent y Gorelik, en
Caratuzza, 2001). La red de comunicación vial se fortaleció por sus
vinculaciones con Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), una empresa
estatal que se proponía la autonomía económica. Con este objetivo, en
1934 se limitaron las concesiones privadas y se convirtió todo el país en
reserva fiscal. Entre las obras emprendidas se contó el barrio obrero para
la destilería de La Plata y la gran campaña de construcción de estaciones
de servicio lanzada en 1936, donde además se desarrollaban servicios con
sedes sociales en las principales ciudades, campings, servicios recreativos
y técnicos estimulando el turismo interno. YPF se convirtió en la síntesis
de los cambios que vendrían, impulsando a nivel nacional el
automovilismo con su modalidad de Turismo de Carretera, que funcionó
durante las décadas del treinta y cuarenta como un factor de integración
regional. A su vez, y conforme con los proyectos de YPF, en 1934 se creó
Dirección General de Parques Nacionales, que administraba parques o
reservas nacionales que se consideraban de sumo interés por su belleza o
por razones de interés científico y no tanto por la preservación del medio
ambiente sino para la estimulación del turismo y la modernización del
territorio (Ballent y Gorelik, en Caratuzza, 2001). Las ciudades también
recibieron un impulso modernizador, la vivienda urbana se transformaba,
se comenzaban a ver los edificios de altura. En particular, en la ciudad de
Buenos Aires, este impulso modernizador se vio plasmado en 1935 en
obras como el rascacielos Kavanagh, el más alto de Latinoamérica.
Además de la vivienda, se ensancharon avenidas como Callao, se inició la
construcción de la avenida 9 de Julio, se completó la red de subterráneos,
se trazó la avenida General Paz, entre otras obras. Mientras tanto, en las
zonas rurales, se incrementaron las obras o proyectos de arquitectura,
hidráulica y elevadores de granos. Cementerios, mataderos,
municipalidades y plazas fueron las tipologías que mejor representan el
cambio de un Estado presente. Según la concepción de Fresco,
gobernador de la provincia de Buenos Aires, era necesario que el
municipio se convirtiera en el corazón urbano de cada pueblo, así como el
matadero y el cementerio oficiaban de entrada y salida, en cada uno de
los extremos. Respecto del estilo de las municipalidades, el arquitecto
Salamone apuntó a transmitir el paternalismo estatal como nuevo
paradigma de eficiencia administrativa. (2) 7. La industria de Sustitución
de Importaciones Hasta 1930 Argentina contaba con un sector industrial
subsidiario de las actividades primarias tradicionales, luego de la crisis
comenzó a crecer otro tipo de industria conocida como la de “sustitución
fácil de importaciones”, compuesta por bienes de consumo, que reducían
el peso del déficit comercial con el exterior. Las medidas económicas
adoptadas para defender el mercado interno de la crisis internacional
generaron las condiciones para el surgimiento de la industria de
sustitución de importaciones (ISI). No es obvio que ese clima proindustrial
fuese el resultado de políticas gubernamentales, ya que los gobiernos de
la Concordancia no implementaron una política industrial coherente y
ordenada, sino que fueron consecuencia del control de cambio y el
aumento de los impuestos aduaneros a las importaciones (Gerchunoff y
Llach, 2018). Si bien durante el periodo algunos sectores lograron que el
Congreso los beneficiara con estímulos adicionales, como la liberación de
derechos para la introducción de equipos para la industria textil e insumos
químicos, faltó una política general (Belini y Korol, 2012). Entre estas
actividades se destacaban la producción de textiles, que satisfacía la
demanda del mercado interno, utilizaba la materia prima producida
dentro del país, la lana y el algodón. Hacia finales de la década, se inició
la producción de hilados sintéticos y anilinas para tinturas. Además, la
extracción y refinamiento de petróleo y sus derivados y la producción de
metales, fueron centrales en este proceso. Se desarrollaron también una
serie de industrias vinculadas al sector automotor como: neumáticos,
repuestos, aunque fundamentalmente se trataba del ensamblado de
partes importadas. Tuvo un importante crecimiento la producción de
artefactos eléctricos, como cables y lámparas; además de la elaboración
de algunos alimentos como conservas de frutas, tomates y aceites
comestibles (Rapoport, 2005). Los resultados del censo de 1935,
revelaron el avance del sector industrial, indicando que existían 43.200
plantas que brindaban ocupación a 544.000 obreros y empleados. En
1935 la ocupación había crecido un 42% con respecto a 1914 y la
producción un 79%. También el censo permitía conocer que se había
avanzado considerablemente en la tecnificación (Belini y Korol, 2012).
Muchas empresas norteamericanas, a partir de que se impusiera la idea
de “comprar a quien nos compra”, decidieron saltar las barreras
aduaneras y cambiarias instalándose directamente en Argentina, como
Philco, Goodyear y Firestone, entre otras (Gerchunoff y Llach, 2018).
Aunque no todas las inversiones industriales se debieron al ingreso de
capitales extranjeros, también diversos grupos nacionales contribuyeron a
sustentar esta expansión. Hubo un segmento de pequeños y medianos
emprendimientos surgidos de las clases bajas y medias de origen
inmigrante ya radicados en el país, y de algunos que llegaban escapando
de los grupos fascistas de Europa. También la reducción de la rentabilidad
agraria impulsó a algunos terratenientes, a diversificar sus inversiones
hacía el sector industrial (Rapoport, 2005). El modelo de desarrollo
industrial tenía sus límites, en principio eran copias de modelos antiguos
en relación con la tecnología internacional, faltaban maquinarias y las que
había eran antiguas y los establecimientos se construyeron sobre la base
de talleres sumamente primitivos. Sin embargo, el desarrollo industrial fue
tan categórico que durante la Segunda Guerra Mundial algunos países de
América Latina recurrieron a la Argentina para reemplazar a sus
proveedores habituales involucrados en la guerra (Gerchunoff y Llach,
2018). El desarrollo de la industrialización también fue causa y
consecuencia de un acentuado proceso de urbanización. Los años treinta
fueron un período de importantes cambios en la estructura ocupacional,
las condiciones de vida y trabajo y las formas de organización obrera. La
crisis económica se tradujo en el incremento del número de desocupados,
en migraciones hacia los centros urbanos y el surgimiento de las primeras
villas miserias (ver Capítulo 11). Los desocupados censados eran casi
todos trabajadores del campo y peones sin oficio, algunos empleados del
sector terciario y, en menor medida, de la industria. Pero la crisis también
golpeó a los que conservaron sus empleos, ya que se les redujeron sus
salarios y se incrementaron considerablemente los precios (Belini y Korol,
2012). La desocupación no duró muchos años, para 1934 la economía
comenzó a mostrar signos de recuperación y el crecimiento de la industria
absorbió mano de obra. Sin embargo, los salarios eran bajos, los informes
elaborados por el Departamento Nacional del Trabajo en 1933, 1937 y
1943 revelaron que los salarios medios no lograban cubrir los gastos en
alimentación, alojamiento y vestimenta de una familia obrera. (Belini,
Korol, 2012). La insuficiencia de los salarios llevaba al mercado laboral a
mujeres y niños, quienes recibían salarios más bajos que los hombres,
llegando a representar el 33% de la mano de obra total (Gerchunoff y
Llach, 2018). Los empresarios eran quienes fijaban las condiciones de
trabajo sin más límite que el de algunas leyes laborales. La estabilidad del
empleo y los derechos de los patrones a despedir al personal sin
indemnización ni mayor advertencia, continuó siendo la norma. Recién en
1937, los obreros industriales comenzaron a gozar de los derechos
establecidos en los convenios colectivos firmados por los gremios y las
cámaras empresariales (Belini y Korol, 2012). Tras la crisis de 1930
disminuyó fuertemente la inmigración europea, salvo aquellos que
escapaban de Europa, como el caso de los judíos que se estima rondaban
los 22.500 y los españoles, 13.200, que llegaban huyendo de su país al
finalizar la guerra civil. Durante el período, algunas normas tendieron a
restringir la llegada de inmigrantes, y en cierta forma estas restricciones
asociadas a la selección de inmigrantes, implicaban abandonar el régimen
liberal de ingreso propuesto por la Ley Avellaneda (ver Capítulo 11).
Aunque la disminución de inmigración parece ser resultado de la nueva
situación económica internacional más que consecuencia de las nuevas
normas. Ideológicamente, la crisis no cambio la asociación de inmigración
europea con el progreso nacional (Novick, 2010). Sin embargo, una
enorme masa de gente empezó a migrar desde las áreas rurales y las
pequeñas ciudades del interior hacia las grandes urbes del litoral. La crisis
del sector agropecuario expulsó a trabajadores rurales a las ciudades, de
tal forma que en 1943 los migrantes internos representaban el 28% de la
población del Gran Buenos Aires. Esto significó el cambio de vida rural a la
urbana y el reemplazo de actividades artesanales a las industriales.
Surgía de esta forma un nuevo proletariado industrial, que se emplearía
en ocupaciones manuales no especializadas y en tareas más humildes
(Rapoport, 2005). Las migraciones internas no solo significaron cambios
de la vida rural a la urbana, sino también la aparición de la “Argentina
criolla”, que predominaba en el interior, y que empezaba a instalarse en
las grandes ciudades como Buenos Aires (Rapoport, 2005). Hacía finales
de la década del treinta, Buenos Aires era la ciudad más grande de
América Latina; como tal empleaba a miles de trabajadores en el
transporte y en el sector de servicios, además era un creciente centro
industrial, en 1914 el 36% de los trabajadores industriales de la república
estaban instalados en Buenos Aires, para 1946 era el 44%. Por otro lado,
las clases medias crecieron muchísimo en Buenos Aires, pasando de un
38% en 1914, a 46% en 1936. Esta creciente influencia de las capas
medias se hizo especialmente visible en el estilo de vida de la ciudad
como conjunto y sobre todo en el horizonte de expectativas, en los gustos
y en la conducta como consumidores. A su vez, algunos aspectos
culturales que se habían insinuado durante la década del veinte
continuaban su desarrollo en la década del treinta. Se puede mencionar el
crecimiento de la tasa de alfabetización y escolarización, considerando los
niños entre 5 y 14 años; en estaba matriculado el 58% y en 1940 había
crecido al 64%. Entre 1930 y 1939, el número de escuelas primarias,
públicas y privadas, pasó de 11.300 a 13.300 y las secundarias se
extendieron de 421 a 762. El porcentaje de analfabetos en 1914 era del
35% y en 1947 se había reducido al 14%. Por supuesto, no existía una
distribución equitativa en todo el territorio nacional. Hacía finales de la
década, comenzaban a producirse libros baratos, diarios, revistas
dedicados a los temas más variados; se extendía la comunicación, siendo
la radio la que más se destacaba, así como el cine sonoro (Cataruzza). Fue
notorio el crecimiento de la industria editorial siendo muy importante la
contribución hecha por el grupo de exiliados españoles que fueron
llegando a nuestro país como consecuencia de la Guerra Civil Española.
Fue a instancias de ellos que se fundaron editoriales tales como
Sudamericana, Emecé, Alsina, Poseidón y Losada que había iniciado su
actividad en 1928 fundada por el republicano Gonzalo Losada (Cicogna,
2010). 8. Movimiento obrero 1930-1943 Hacia 1930 los frentes económico
y político de la crisis produjeron consecuencias en los trabajadores y sus
organizaciones sindicales. A pocos días de producido el golpe militar las
confederaciones gremiales lograron concretar un proyecto de unidad a
pesar de las diferencias ideológicas existentes que generaban múltiples
identidades políticas, así el 27 de septiembre de 1930 fue creada la CGT.
Esta central obrera estaba conformada por la USA (Unión Sindical
Argentina) de tendencia Sindicalista y la COA (Confederación Obrera
Argentina) de mayoría socialista (Lobato y Suriano, 2003). Recordemos
que en décadas anteriores el movimiento obrero argentino fue organizado
por distintas tendencias ideológicas como el anarquismo, el socialismo, el
sindicalismo y el comunismo; estas corrientes políticas e ideológicas se
diferenciaban en la forma de organización y de lucha de los trabajadores a
quienes representaban (ver Capítulo 15). Uriburu consideró que durante
las administraciones radicales se había alterado el orden y la disciplina
laboral y se propuso modificarlo tomando medidas represivas. En esta
etapa el gobierno militar persiguió a los sindicatos de tendencia
anarquista y comunista pero también a otras a organizaciones más
moderadas, dificultó las reuniones sindicales, impuso la ley marcial y
luego el estado de sitio, desplegó una importante acción opresiva y llevó a
cabo la deportación de trabajadores extranjeros considerados peligrosos,
consolidando así la decadencia del anarquismo (Horowitz, 2001). Por otra
parte, el gobierno de Justo mostró cierta mejoría respecto de las
condiciones generales para la actividad sindical; del nuevo gobierno
participaron radicales antipersonalistas que tenían cierta experiencia en
las negociaciones con la corriente sindicalista. Igualmente, la ampliación
no fue total, si bien la actividad gremial estaba menos amenazada que en
el gobierno anterior, en toda la etapa hubo acciones represivas y también
prácticas de negociación (Cataruzza, 2009). Entre 1930 y 1934 hubo una
tendencia decreciente a las movilizaciones y protestas sociales debido a
las medidas tomadas en relación a estas, pero también debido a la
situación económica. Fue el momento en el que el impacto de la crisis se
sintió especialmente porque la desocupación fue su resultado más
notorio, afectando especialmente a las actividades tradicionales
vinculadas a las exportaciones de bienes primarios. Hacia mediados de la
década del treinta, al haber signos de recuperación económica,
aumentaron los índices de ocupación y el sindicalismo fortaleció su
capacidad de negociación (Lobato y Suriano, 2003). A nivel general se
pude observar un incremento de la organización sindical en la etapa
1930-1943, el grado de crecimiento dependía de la actividad y del sector
del país. Los gremios del transporte fueron los que evidenciaron mayor
desarrollo y mantuvieron la importancia de la década anterior, se
encontraban nucleados en la Unión Ferroviaria, la Fraternidad y
tranviarios. Adheridos a la CGT también estaban los gremios de la
construcción, los empleados de comercio, trabajadores de la alimentación,
textiles y estatales, entre otros. Estas transformaciones pueden asociarse
a la dinámica de organización de cada sindicato, los cambios en la
estructura económica y la extensión de las funciones del Estado. La
situación de los trabajadores difería según la localización geográfica, en
las grandes ciudades del litoral había mayor afiliación sindical, aunque
muchas veces las mejoras y los convenios conseguidos eran ignorados
por las empresas. En el interior, sobre todo en economías que requerían
mano de obra estacional (algodonales, yerbatales, ingenios), las
condiciones de trabajo y viviendas eran muy duras y difícilmente se diera
la vigencia de un régimen de trabajo asalariado, en gran parte se vivían
situaciones de explotación (Cattaruzza, 2009). Durante el proceso de
sustitución de importaciones, la clase obrera se había concentrado
alrededor de los centros urbanos más importantes, creció en número y
cambió su composición. Antes de la crisis mundial, los trabajadores
inmigrantes habían aportado mayoritariamente la fuerza de trabajo
necesaria para la expansión del modelo agroexportador. Durante la
década del treinta fueron los migrantes internos, procedentes de áreas
rurales, quienes se incorporaron como mano de obra en las actividades
industriales provocando un cambio profundo en la composición de la clase
obrera. Esta situación llevó a distintas interpretaciones acerca de cómo se
produjo la vinculación entre los trabajadores y el peronismo en sus
orígenes. El sociólogo Gino Germani sostenía que había una diferenciación
entre nuevos obreros recién llegados y con escasa experiencia gremial
que se sumaron a los viejos obreros, en general de origen europeo y con
experiencia en la organización del movimiento obrero desde fines del siglo
XIX. En estas condiciones, Germani consideraba que los migrantes
internos, provenientes de zonas atrasadas y sin experiencia política,
fueron manipulados desde el Estado. Confrontando esta interpretación,
otros autores como Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero explicaron
que la participación de los trabajadores en los orígenes del peronismo
debía ser explicada por la homogeneidad de la clase trabajadora como
fuerza de trabajo explotada y que la adhesión de los obreros al peronismo
surgía como una elección adecuada frente a las alternativas ofrecidas en
los años treinta. 9. Gobierno de Ortiz y de Castillo A pesar de que Ortiz
llegó a la presidencia gracias a la manipulación en las elecciones, el
presidente electo se propuso tomar distancia de estos mecanismos y
pretendió llevar adelante medidas para orientar su gobierno en un sentido
más democrático. Para lograr sus objetivos se acercó al radicalismo y
buscó conseguir el apoyo del ejército a partir de medidas que puso en
vigencia junto a su ministro de Guerra, el general Carlos Márquez. Estas
disposiciones se orientaron a mejorar y modernizar la infraestructura
militar, aumentar el presupuesto, reorganizar la estructura de los mandos
y la formación de los oficiales acentuando su profesionalismo e
impulsando el nombramiento de conducciones del ejército de tendencia
democrática. Ortiz logró estabilizar su situación respecto al ejército
(Rouquié, 1986). Siguiendo con su propósito de sanear los mecanismos
electorales, Ortiz dispuso en 1940 la intervención de la provincia de
Catamarca, tras las irregularidades que se produjeron en la elección del
gobernador que contaba con el apoyo del vicepresidente Ramón Castillo.
Con el mismo criterio, el presidente llevó a cabo la intervención de la
provincia de Buenos Aires, donde se centraba el poder de la Concordancia
en la figura del gobernador Fresco y sus prácticas fraudulentas. La actitud
de Ortiz implicaba romper la alianza que lo había llevado a la presidencia;
sin embargo, las propuestas democráticas del presidente habrían de
quedar sin efecto por los problemas de salud del mandatario que lo
llevaron a delegar el mando en el vicepresidente Ramón Castillo en julio
de 1940 (De Privitellio, 2001). El estallido de la Segunda Guerra Mundial
en septiembre de 1939 dividió a la sociedad argentina y al ejército
oponiendo, por un lado, a los aliadófilos identificados con la lucha
antifascista y, por otro, a quienes eran pro-germánicos, admiradores del
ejército alemán, nacionalistas y antibritánicos. Si bien el gobierno
argentino declaró la neutralidad, en los debates internos se imponen las
discusiones de la política internacional en distintos ámbitos sociales y
políticos. Ramón Castillo asumió la presidencia tras el pedido de licencia
de Ortiz, quién terminará renunciando en 1942. El nuevo presidente contó
con el apoyo de conservadores y nacionalistas, nombrará un gabinete
ministerial, considerado “proaliado” influenciado por el expresidente
Justo. Entre los ministros se encontraban Julio A. Roca en Relaciones
Exteriores y Federico Pinedo en Hacienda, quien presentaba su Plan de
Reactivación Económica. El plan explicitaba la necesidad de proteger y
desarrollar, con ciertas limitaciones, la industrial nacional, centrado en un
incremento de la demanda interna como base para reactivar el aparato
productivo (Rapoport, 2005). Tanto Pinedo como Julio A. Roca daban
cuenta de las vinculaciones con el capital inglés. Castillo mantuvo la
política de neutralidad de Argentina aún cuando Estados Unidos
presionaba para que rompiera relaciones con el Eje. Castillo volvió a
restaurar la práctica del fraude: en 1941 la provincia de Buenos Aires fue
escenario de la reedición de elecciones manipuladas. Ortiz publicó un
manifiesto condenando duramente estas prácticas y fue creciendo una
fuerza política opositora que se convocó alrededor de los ideales
democráticos y antifascistas. A partir de este escenario Castillo sabía que
tenía que ganarse el favor del ejército y en ese sentido, tomó medidas
relativas al mejoramiento del sector militar, tales como aumento de
presupuesto, reforma y modernización del Colegio Militar de la Nación,
creación del Instituto Geográfico Militar, de la Flota Mercante del Estado y
de la Dirección General de Fabricaciones Militares; esta última entidad
traduce la voluntad industrializadora del Estado confiada al sector militar
que se verá fortalecido por esta dimensión económica (Rouquié, 1986). En
el momento en que proyectaba la sucesión presidencial cambió el
escenario político ante el fallecimiento de Alvear y Ortiz en marzo y julio
de 1942, respectivamente; posteriormente muere Justo en 1943 quien
parecía tener mayores posibilidades de acceder a un segundo mandato
presidencial. En ese contexto, Ramón Castillo se inclinó por impulsar la
candidatura presidencial de Robustiano Patrón Costas, político salteño y
empresario azucarero, referente del Partido Demócrata Nacional y
partidario de la abandonar la neutralidad, lo que fue interpretado como un
posible cambio de rumbo de la política exterior. Frente a esta situación,
los militares encabezaron un nuevo golpe de Estado en junio de 1943,
destituyendo y terminando con el proyecto de los conservadores. 10.
Conclusión La década del treinta se inició con una crisis internacional de
dimensiones que hasta ese momento no se habían conocido. Iniciada en
Estados Unidos se expandió rápidamente por el mundo cambiando el
paradigma sobre el que se asentaba la economía, la sociedad y la política.
La crisis se manifestó en forma trágica en Argentina ante el surgimiento
de opciones políticas antidemocráticas y la vuelta de viejas prácticas
políticas fraudulentas y la disminución del comercio de exportación que
generó una fuerte caída de la actividad económica nacional. Frente al
panorama nacional e internacional el Estado comenzó a cambiar, se
vislumbró el surgimiento de un Estado más activo en la regulación y la
orientación de la economía que intentó sostener un modelo económico
que priorizaba el mercado externo frente a un mundo que se cerraba. Con
el correr de la década el sector industrial se fortaleció e impacto en la
sociedad, generando un proceso de urbanización. Los años treinta fueron
un período de importantes cambios en la estructura ocupacional, las
condiciones de vida y trabajo y las formas de organización obrera. Al
terminar la década, en Argentina, se tendió a preservar la posición de los
grupos dominantes de la época, así lo demostró el primer golpe de Estado
y los gobiernos posteriores. Pero la crisis no solo había modificado la
manera de pensar y ejecutar las políticas, sino también las estructuras
más profundas sobre las que se asentaba la economía argentina, nuevos
factores de poder, como la Iglesia y el Ejército, se convertirían en actores
centrales en este nuevo escenario. Las demandas sociales requerían de
una atención urgente y al finalizar el período casi todos reconocían la
necesidad de una mayor incumbencia del Estado en los asuntos
económicos. El mundo había cambiado y nuevos desafíos se presentaban
para nuestro país

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