bañada por luz solar y salpicada de una ola de arena color óxido, y otra
sumida en una oscuridad tan profunda que calaba incluso en las piedras y lo
pintaba todo de negro.
Con palabras contundentes y monótonas, Bulder esculpió el terreno y
creó hondonadas, elevaciones y grietas en el mundo. Forjó una muralla que
atravesaba La Bruma, donde la luz solar y la sombra se negaban a
encontrarse, convirtiendo el cielo en un eterno trazo de color rosa, lila y
dorado.
La diosa del Agua fue la siguiente.
Rayne cayó sobre la tierra en miles de millones de anhelantes lágrimas de
amor no correspondido, encharcando así las hondonadas de Bulder y
llenando desfiladeros con sus desbordados sentimientos. Sobre la zona
sombría, descendió como un tamborileo de grandes copos de nieve y cubrió
las escarpadas montañas con su gélido abrazo.
Su amor era un vociferante torrente, el profundo y estremecedor gemido
de una avalancha, el casi silencioso grito de la llovizna.
Su apenada canción era muy diferente a la de su hermana Clode, la diosa
del Aire, que se situaba al límite de una locura inconmensurable. Su voz era
una cinta de seda, suave al tacto, a no ser que se ladease y te rebanara con
su filo.
Sus susurros atravesaban ramas abarrotadas de hojas y las sacudían en un
baile seductor. Sus violentos chillidos desgarraban los rincones escarpados
a una velocidad vertiginosa por el simple hecho de que le gustaba ese
sonido. Incapaz de soportar la sombría quietud de Rayne, los impetuosos
aullidos de Clode a menudo transformaban El Loff en una masa agitada que
rompía contra la orilla como al compás de un tambor.
Ignos sentía devoción por Clode. El dios del Fuego se alimentaba de ella,
la consumía.