Leyenda latinoamericana de Ciro Alegría: La
sirena del bosque
(Perú, 1909–1967)
El árbol llamado lupuna, uno de los más originalmente
hermosos de la selva amazónica, “tiene madre”. Los indios
selváticos dicen así del árbol al que creen poseído por un
espíritu o habitado por un ser viviente. Disfrutan de tal
privilegio los árboles bellos o raros. La lupuna es uno de los más
altos del bosque amazónico, tiene un ramaje gallardo y su tallo,
de color gris plomizo, está guarnecido en la parte inferior por
una especie de aletas triangulares. La lupuna despierta interés
a primera vista y en conjunto, al contemplarlo, produce una
sensación de extraña belleza. Como “tiene madre”, los indios no
cortan a la lupuna. Las hachas y machetes de la tala abatirán
porciones de bosque para levantar aldeas, o limpiar campos de
siembra de yuca y plátanos, o abrir caminos. La lupuna quedará
señoreando. Y de todos modos, así no hay roza, sobresaldrá en
el bosque por su altura y particular conformación. Se hace ver.
Para los indios cocamas, la “madre” de la lupuna, el ser que
habita dicho árbol, es una mujer blanca, rubia y singularmente
hermosa. En las noches de luna, ella sube por el corazón del
árbol hasta lo alto de la copa, sale a dejarse iluminar por la luz
esplendente y canta. Sobre el océano vegetal que forman las
copas de los árboles, la hermosa derrama su voz clara y alta,
singularmente melodiosa, llenando la solemne amplitud de la
selva. Los hombres y los animales que la escuchan quedan
como hechizados. El mismo bosque puede aquietar sus ramas
para oírla.
Los viejos cocamas previenen a los mozos contra el embrujo de
tal voz. Quien la escuche, no debe ir hacia la mujer que la
entona, porque no regresará nunca. Unos dicen que muere
esperando alcanzar a la hermosa y otros que ella los convierte
en árbol. Cualquiera que fuese su destino, ningún joven cocama
que siguió a la voz fascinante, soñando con ganar a la bella,
regresó jamás.
Es aquella mujer, que sale de la lupuna, la sirena del bosque. Lo
mejor que puede hacerse es escuchar con recogimiento, en
alguna noche de luna, su hermoso canto próximo y distante.
Microrrelato de Vicente Huidobro: La joven del
abrigo largo
(Chile, 1893-1948)
Cruza todos los días la plaza en el mismo sentido.
Es hermosa. Ni alta ni baja, tal vez un poco gruesa. Grandes
ojos, nariz regular, boca madura que azucara el aire y no quiere
caer de la rama.
Sin embargo, tiene un gesto amargado y siempre lleva un abrigo
largo y suelto. Aunque haga un calor excepcional. Esta prenda
no cae jamás de su cuerpo. Invierno y verano, más grueso o más
delgado, siempre el sobretodo como escondiendo algo. ¿Es que
ella es tímida? ¿Es que tiene vergüenza de tanta calle inútil?
¿Ese abrigo es la fortaleza de un secreto sentimiento de
inferioridad? No sería nada raro. Por eso tiene un estilo
arquitectónico que no sabría definir, pero que, seguramente,
cualquier arquitecto conoce.
Tal vez tiene el talle muy alto o muy bajo, o no tiene cintura. Tal
vez quiere ocultar un embarazo, pero es un embarazo
demasiado largo, de algunos años. O será para sentirse más sola
o para que todas sus células puedan pensar mejor. Saborea un
recuerdo dentro de ese claustro lejos del mundo.
Acaso quiere sólo ocultar que su padre cometió un crimen
cuando ella tenía quince años.
Cien microcuentos chilenos
Microrrelato de Héctor Oesterheld: Exilio
(1977, desaparecido)
Nunca se vio en Gelo nada tan cómico.
Salió de entre el roto metal con paso vacilante, movió la boca,
desde el principio nos hizo reír con esas piernas largas, esos dos
ojos de pupilas tan increíblemente redondas.
Le dimos brubas, y limas, y kialas.
Pero no quiso recibirlas, fíjate, ni siquiera aceptó las kialas, fue
tan cómico verlo rechazar todo que las risas de la multitud se
oyeron hasta el valle vecino.
Pronto se corrió la voz de que estaba entre nosotros, de todas
partes vinieron a verlo, él apareció cada vez más ridículo,
siempre rechazando las kialas, la risa de cuantos lo miraban era
tan vasta como una tempestad en el mar.
Pasaron los días, de las antípodas trajeron margas, lo mismo,
no quiso verlas, fue para retorcerse de risa.
Pero lo mejor de todo fue el final: se acostó en la colina, de cara
a las estrellas, se quedó quieto, la respiración se le fue
debilitando, cuando dejó de respirar tenía los ojos llenos de
agua. ¡Sí, no querrás creerlo, pero los ojos se le llenaron de
agua, d-e a-g-u-a, como lo oyes!
Nunca, nunca se vio en Gelo nada tan cómico.
Microcuento de Vicente Battista: Nacimiento
(Argentina, 1940)
Los antropólogos de la Universidad de Duke, en los Estados
Unidos, estiman que el hombre de Neanderthal, que habitó la
tierra hace más de cuatrocientos mil años, poseía el don de la
palabra. Esta novedad podría contestar una pregunta que hasta
hoy no tenía respuesta.
Para encontrar esa respuesta habrá que retroceder hasta una
tribu de Neanderthal, una noche en especial. Los hombres y
mujeres están alrededor del fuego, buscan calor y celebran el
fin de otra jornada. A la mañana de ese mismo día, los hombres
habían partido de caza en busca de alimentos. Las mujeres, en
tanto, cuidaban a sus críos. Ahora que el sol ya se fue, es tiempo
de descanso y de contar las experiencias del día. Cada hombre
dice cómo atrapó a la presa que perseguía. No sabe mentir.
Pero para uno de estos hombres la caza había sido un fracaso.
Cuando llega su turno, no tiene proezas para contar. Entonces
decide inventarlas. Miente una cacería imposible. Lo hace con
tal perfección que transforma esa mentira en una historia bella
y apasionante. Todos piden que la repita. Aquella noche, sin
saberlo, ese anónimo hombre de Neanderthal acababa de
inventar la literatura.
Cuento ultracorto de Álvaro Mutis: Soledad
(Colombia, 1923-2013)
En mitad de la selva, en la más oscura noche de los grandes
árboles, rodeado del húmedo silencio esparcido por las vastas
hojas del banano silvestre, conoció el Gaviero el miedo de sus
miserias más secretas, el pavor de un gran vacío que le acechaba
tras sus años llenos de historias y de paisajes. Toda la noche
permaneció el Gaviero en dolorosa vigilia, esperando, temiendo
el derrumbe de su ser, su naufragio en las girantes aguas de la
demencia. De estas amargas horas de insomnio le quedó al
Gaviero una secreta herida de la que manaba en ocasiones la
tenue linfa de un miedo secreto e innombrable. La algarabía de
las cacatúas que cruzaban en bandadas la rosada extensión del
alba, lo devolvió al mundo de sus semejantes y tornó a poner en
sus manos las usuales herramientas del hombre. Ni el amor, ni
la desdicha, ni la esperanza, ni la ira volvieron a ser los mismos
para él después de su aterradora vigilia en la mojada y nocturna
soledad de la selva.
Relato corto de João Guimarães Rosa:
Desenredo
(Brasil, 1908-1967)
Del narrador a sus oyentes:
–Juan Joaquín, cliente de quien cuenta, era apacible,
respetado, bueno como aroma de cerveza. Señor de lo debido
para no ser célebre. ¿Quién puede empero con ellas? Dormido
Adán, nació Eva. Llamábase Liviria, Rivilia o Irlivia, la que, en
esta ocasión, a Juan Joaquín se le apareció.
Tirando a bonita, ojos de carbón vivo, morena miel y pan.
Casada por lo demás. Sonriéronse, viéronse. Era infinitamente
mayo y Juan Joaquín se enamoró. Sumariando el asunto, se
entendieron; volando lo demás con ímpetu de nave tendida a
vela y viento. Pero muy teniendo todo, claro está, que ser
secreto, a siete llaves. Porque en el marido, cuando celoso, se
hacía notar la valentía y ya se sabe que los pueblos son la ajena
vigilancia. De modo que al rigor los dos se sujetaron, conforme
al clandestino amor y según aconseja el mundo desde que es
mundo. No hay, empero, abismos infranqueables en barquitos
de papel.
No se veía cuándo y cómo se veían. Juan Joaquín, por lo demás,
era pura, calculada retracción. Esperar es reconocerse
incompleto. Dependían ellos de enormes milagros. El
embriagado engaño, quiero decir. Hasta que se produjo el
derrumbe. Lo trágico no viene en cuentagotas. Sorprendió el
marido a la mujer con otro, un tercero… Sin muchas vueltas,
pistola en mano, la asustó y lo mató. Se dice también que
levemente la hirió, cosa ligera.
Juan Joaquín, doliente sorprendido, en lo absurdo se negaba a
creer, y barrido por dolores fríos, calores, lágrimas quizá, cayó
en decúbito dorsal devuelto al barro, a medio estar entre lo
inefable y lo nefando. Jamás la imaginara con el pie en tres
estribos; llegó a maldecir sus propios y gratos “abusufructos”.
Se contuvo para no verla, prohibiéndose ser pseudo-personaje,
en circunstancias de tan sangrienta y negra magnitud.
Ella –lejos– siempre y más que nunca hermosa, ya repuesta y
sana. Él, ejercitándose en resistir, siervo de penosas emociones.
Los porvenires, mientras tanto, maduraban, ¿qué, no hay fin
que sobrevenga? Desafortunado fugitivo, y como a la
Providencia place, el marido falleció, ahogado o de tifus. El
tiempo se las ingenia.
De inmediato lo supo Juan Joaquín, sumido en su
franciscanato, dolorido pero ya medicado. Fue, pues, con la
amada a encontrarse –ella sutil como alas leves, pantanal de
engaños, la firme fascinación. En ella creyó, en un abrir y no
cerrar de oídos. Y así fue como, de repente, se casaron. Alegres
y mucho, para feliz escándalo popular.
Pero hubo peros.
¿Llega siempre imprevisible lo abominable? ¿O es que los
tiempos se siguen, parafraseándose? Prodújose el arribo de los
demonios.
Esta vez fue Juan Joaquín quien con ella se deparó y en mala
hora: traicionado y traicionera. De amor no la mató, que no era
hombre de remontarse a tamaños leonismos ni tigreces tales.
La expulsó apenas, apostrofándose, como inédito poeta y
hombre. Y viajó huida la mujer a ignoto paradero.
Todo aplaudió y reprobó el pueblo, repartido. Por el hecho,
Juan Joaquín se sintió heroico, casi criminal, reincidente.
Triste, al fin, y tan callado. Sus lágrimas corrían detrás de ella,
como blancas hormiguitas. Pero, en la frágil barca del consenso,
de nuevo pudo verse respetado. Se pierde la camisa, cuando no
lo que ella viste. Era el suyo un amor meditado, a prueba de
remordimientos. Se dedicó a resarcirse.
Pero hubo peros.
Pasaban los días y, pasándolos, Juan Joaquín iba aplicándose,
en progresivo, empeñoso afán. La bonanza nada tiene que ver
con la tempestad. ¿Creíble? Sabio siempre fue Ulises, que
empezó por hacerse el loco. Deseaba él, Juan Joaquín, la
felicidad –idea innata. Se consagró a remediar, redimir la
mujer, a pulmón pleno. ¿Increíble? Cabe notar que el aire viene
del aire. De sufrir y amar uno no se desacostumbra. Él quería
apenas los arquetipos, platonizaba. Ella era un aroma.
¿Amantes, ella? ¡Nunca los tuvo! Ni uno ni dos. Díjose y decía
Juan Joaquín. A embustes atribuía la leyenda, falsas patrañas
escabrosas. Cabíale descalumniarla, y a todo se obligaba. Trajo
a flor de escena del mundo lo que, del caso bajo, fuera tan claro
como agua sucia. Demostrándolo, amatemático, contrario al
público pensamiento y a la lógica, desde que Aristóteles la
fundó. Lo que no era tan fácil como refritar albóndigas. Sin
malicia, con paciencia, sin insistencia, principalmente.
El punto está en que lo supo del modo que sigue: por
antipesquisas, acronología menuda, charlitas secreteadas,
entrecogidos testimonios. Juan Joaquín, genial operaba el
pasado –plástico y contradictorio borrador. Creaba una nueva
transformada realidad, más alta. ¿Y más cierta?
La celebraba, ufanático, dándola por justa y averiguada, con
rotunda convicción. Haya el absoluto amar y no habrá injuria
que aguante.
De modo que surtió efecto. Desaparecieron los puntos
suspensivos, el tiempo secó el asunto. Diluíase la tiniebla,
anteriores evidencias, sus siniestras brumas. Lo real y válido en
ascenso y hacia arriba. Y todos lo creían. Juan Joaquín antes
que todos.
Por fin, hasta la propia mujer. Le llegó la noticia adonde se
encontraba, en ignota, defendida, perfecta distancia. Se supo
desnuda y pura. Volvió sin culpa, con dengues y titubeos,
desplegando su bandera al viento.
Tres veces se roza la felicidad. Juan Joaquín y Viliria se
retomaron y compartieron, transmutados, lo verdadero y mejor
de su útil vida.
Y archívese Relato
corto latinoamericano de
Ricardo Güiraldes: Nocturno
(Argentina: 1886–1927)
La amenaza había quedado en Roberto como un presagio de
desgracia.
–Sí, humílleme; pero algún día, si Dios quiere, nos hemos de
encontrar cara a cara.
Bah, no era el primer caso… fanfarronadas de paisano.
Roberto era hombre de afrontar un peligro, y no hizo caso del
consejo: “Mire, patroncito, que es mal bicho”.
Volvía del pueblo: dos leguas cortas.
La noche era obscura, agujereada de mil estrellas.
El caballo galopaba libremente, depositada la confianza del
jinete en instinto seguro.
A treinta cuadras de las casas los cardos dejan un estrecho
espacio; es el mes de noviembre y se alzan, rígidos, mirando al
cielo con sus flores torturadas de espinas.
Algo se movió en el camino.
Abriose el cardal y un bulto ágil saltó hacia el caballo, que,
desesperadamente, trató de esquivarse con estrépito de cardos
pisoteados.
Se debatió queriendo desasirse de la mano que, hacia atrás, le
empujaba venciendo sus garrones; pero perdió apoyo en una
zanja, arrastrando en su caída al jinete, que quedó aprisionado:
una pierna apretada por su peso.
Palabras de injuria vibraron en el tropel producido por la lucha.
Roberto tiró al bulto, que retrocedió con una imprecación.
Había tocado: tenía ahora que ganar tiempo, salir de la posición
en que se hallaba.
El caballo, libre un momento, se levantó, proyectando su jinete
a distancia. Este quiso recobrar el equilibrio, pero fue tarde.
El bulto, que no había hecho sino retroceder, volvía a la carga
con mayor impulso.
Recibió el golpe en pleno vientre.
Se supo muerto; un gesto de dolor le dobló como gusano
partido por la pala, largó el revólver, asiendo de ambas manos
la que le hundiera el hierro hasta la guarda y la retuvo para
evitar un segundo encontronazo, ya aterrorizado, la cabeza
vaga, sintiendo la muerte en el vientre.
Un chorro de sangre los bañaba, uniéndolos en su viscosidad
roja.
Hubo el ruido de dos respiraciones, entremezcladas en esfuerzo
de angustiosa lucha.
El hierro ahondó la herida con el movimiento, despedazó la
carne, abrió un boquete como cloaca que bañó de inmundo
vómito cuatro manos crispadas sobre la misma empuñadura.
Y el cuerpo de Roberto tambaleó vacío de vida, cayó con un son
fláccido, los ojos inmensos de terror, la boca abierta en aullido
prolongado como un canto.
No humano, el vengador miró esos ojos sin vida y gruñó con voz
que era estertor:
–Te la había jurao.
Y fue la dureza del hierro que choca entre los dientes, con ruido
repetido y mate, la última convulsión desesperada hacia la vida,
una explosión sorda y el sonido blando de una cabeza que cae
sobre la tierra.
La sombra corrió hacia el cardal, luego volvió adherida a otra
más grande.
El cadáver yacía, inerte, en actitud de descanso.
Sobre su vientre, el enorme desgarro de ropa y carne, mientras
una mancha negruzca hacía, en torno a su cabeza, como una
aureola de martirio.
Tembloroso, el caballo del matador olfateaba la tragedia; pero
fue tranquilizado por las palabras sarcásticas:
–No se asuste, amigo, que ese ya no ofiende a naides.
Y el silencio, por breve tiempo roto, impuso su eternidad.
Un rebencazo sonó seco, y el matador, en brusca carrera, fue
desapareciendo como diluido en la oscuridad.
Al poco quedaba un movimiento de sombra en la sombra;
pronto, nada.
Y del golpe sobre el camino endurecido, un eco llegó sonoro.
Cuentos de muerte y de sangre, 1915
Cuento de José de la Cuadra: El final de la
Teresita
(Ecuador, 1903-1941)
Narraba el viejo marino su corta pero emocionante historia, con
un tono patético que si bien no convenía al ambiente —un
rincón del club no muy apartado de los salones donde la
muchachería bailoteaba al compás de un Charleston
interminable— convenía sí a lo que él contaba.
—Regresábamos de un crucero hasta las Galápagos, a bordo del
cazatorpedero «Libertador Bolivar», la unidad más poderosa
que tenía entonces la armada de la República. Era yo
guardiamarina, quizás el más joven entre mis compañeros;
porque hace de esto, más o menos, veintitrés años. Habíamos
cumplido la primera escala, luego de la travesía del Pacífico en
la isla Salango, y después, siguiendo la costa de Manabí,
demoramos, para hacer maniobras de artillería, entre Punta
Ayampe y las islas de los Ahorcados.
—Mar bravo en esa altura —interrumpió uno de los oyentes.
—¿Usted conoce? Sí; mar bravo —continúo el narrador—, y,
justamente por eso escogió el comandante esa zona para que
los noveles artilleros hicieran ensayos de puntería, disparando
contra blancos movedizos y pequeños: un botecillo viejo, un
palo, una boya. Llevábamos dos días en maniobras; al
amanecer del tercero hubimos de forzar máquinas con rumbo
al norte, no recuerdo por cuál motivo, hasta colocarnos a
relativamente escaza distancia arriba de las islas de los
Ahorcados, que teníamos a la vista. Por cierto, continuábamos
en nuestra tarea. Hacia el mediodía, advertimos que de la costa
de una de las islas se separaba un bongo y que una persona
avezada sin duda en el manejo del remo, lo dirigía seguramente
hacia nuestro buque. Cuando la pequeña embarcación, que a
cada momento las olas parecían tragarse, estuvo a suficiente
distancia de nosotros, el oficial de toldilla conminó a su
pasajero para que la alejara pero éste se afanaba en ademanes
que claramente daban a entender que solicitaba permiso para
atracar al costado del «Bolivar». El comandante, que en ese
momento estaba junto al oficial de toldilla accedió a las mudas
súplicas del hombre del bongo y dio órdenes para que le
permitieran abordar. “A lo mejor se trata de cosa que nos
interesa», dijo. Era algo inusitado que el comandante violara el
severo reglamento de las naves de guerra, que terminante
prohíbe que un civil suba a ellas, o se aproxime más de la
cuenta, sin superior permiso o salvo casos de fuerza mayor,
peor aún encontrándose la unidad en alta mar; pero el aspecto
del hombre del bongo no era como para infundir sospechas, y,
además, la República gozaba, por ventura, de completa paz
interior y exterior: fue dos años más tarde el conflicto con el
Perú. Ciertamente, no había nada que temer, amén de que de
ningún modo se le permitiría al visitante conocer el sistema de
defensa de la nave: sería recibido en la escala. A poco, había
trepado aquél. Era un cholo viejo, como de unos setenta años,
baldado de un brazo. Su figura lo señalaba como uno de esos
lobos de mar nuestros, que lo mismo saben ordenar una
maniobra de velas para desafiar al temporal, que conducir un
barco de alto bordo, por entre peligrosas sirtes fluviales —entre
Scila y Caribdis— hasta la ría de Guayaquil. Parado en el
portalón de babor, con aire encogido, jugando con el jipijapa
entre las manos inquietas, preguntó por nuestro comandante.
«Soy yo», manifestó éste.
Un mozo que con una servida de gin se acercó a nuestro grupo
interrumpió al narrador.
Así que se hubo hecho honor al aguardientillo, prosiguió el
marino:
—Quisiera conocer lo bastante el dialecto de la gente costeña
para reproducir el discurso del cholo con las mismas frases, con
los mismos modismos por él empleados; pero, como no puedo
hacer tal, trataré de, lo más fielmente que me sea posible,
repetiros lo que dijo y que tanto nos conmovió: «Vea mi
comandante» inició; «ustedes están haciendo tiro al blanco con
los cañones y yo quiero ofrecerles un blanco bueno para que
mejor aprendan a disparar los muchachos. Es mi balandra mi
«Teresita» ¿sabe? Ya está muy vieja y no se puede hacer a la
mar. Antes, sí. ¡Era de verla! He ido en ella hasta el Perú; y,
varias veces, hasta Colombia. A Galápagos, ni se diga. Una
ocasión fui —no lo ha de querer usted creer— hasta Nicaragua,
por orden de mi general Alfaro, y traje de allá a veinte oficiales
que venían al Ecuador a pelear con los godos. ¡Era de ver a mi
«Teresita» cómo jugaba con las olas, como las esquivaba,
orzando babor, orzando a estribor siempre ágil, siempre lista!
La llamaban «la gata» por lo brincadora. ¡Ah, era de verla!
Ahora, no. Ya está vieja; tanto como yo. Ya no puede ni siquiera
navegar en bonanza, porque el menor soplo de brisa la pondría
en peligro, porque el más insignificante oleaje rompería sus
cuadernas y la hundiría… Mis nietos, ¿sabe?, quieren que le
meta hacha, que la venda como madera vieja; que venda el palo
mayor que como ése si es nuevo, puede servir para otra
embarcación; que venda la lona de las velas para otras
balandras… Yo no quiero eso, mi comandante; yo no quiero eso.
Mi “Teresita» no merece esa muerte. Ella se tiene ganada otra
distinta. A usted, mi comandante pongo por caso, ¿le gustaría
con lo que ha navegado, con lo que ha peleado, morirse un mal
día en su cama, de fiebre? ¿Verdad que no? Pues… lo mismo,
más o menos… Y es por esto que yo quiero pedirle a usted un
favor: que haga que los muchachos los guardiamarinas
ecuatorianos, disparen contra mi «Teresita» para que se hunda
en el mar herida de bala; para que así muera, para que así
acabe… ¿cómo diría?, de una manera digna …» Lloraba el
anciano cholo al pronunciar las últimas palabras. Nuestro
comandante estaba francamente emocionado, y, al
consultarnos con una mirada, debió leer en nuestros rostros la
expresión de una emoción parecida a la suya. Seco y lacónico
como era, sólo dijo el cholo: «Está bien. Traiga su balandra y
póngala a tiro de cañón. Yo mismo dispararé… para mayor
homenaje». El pobre hombre no sabía cómo demostrar su
agradecimiento: Lloraba y reía a su tiempo mismo; y lo peor era
que sus sentimientos resultaban contagiosos. Yo — lo confieso
— hube de sacarme disimuladamente una rebelde lagrimita que
pugnaba por deslizarse sobre mi mejilla… Volvió el cholo a la
costa y lo vimos desaparecer tras las rocas de una pequeña
caleta. A poco, doblando lentamente una punta, se puso a
nuestra vista la «Teresita». Andaba como una vieja paralítica.
El suave nordeste que hinchaba su foque y su trinquetilla, no sé
por qué juego de fuerzas tensaba la mayor, haciendo que el
barco se inclinara agudamente de proa. Realmente la
«Teresita» era una cosa inservible; y, así, causaba asombro que
un solo tripulante —su dueño— pudiera maniobrarla. Y tan
bien podía hacerlo el viejo marino, que, después de corto
tiempo, la había colocado a tiro de cañón, en mar abierto, frente
por frente con el «Bolivar». Largo las cazavelas, dejó los lienzos
tendidos, y pairó la nave. Abandónala luego y, a bordo de su
bongo, enderezó hacia el costado del «Bolivar» y atracó junto a
la escala. Fuele imposible pronunciar palabra cuando estuvo
sobre cubierta. Bañada en lágrimas la faz, indicó con un gesto
al comandante, la balandra, que allá lejos, era juguete del
monstruo de «sonrisa innumerable…». Nada dijo, tampoco, el
comandante. Dirigióse a uno de los cañones de proa, de
antemano preparado; acomodó la puntería y disparó… La
«Teresita», magistralmente herida en el metacentro, bajo la
línea de flotación, comenzó a hundirse… Llena de líquido toda
la capacidad de su casco, desaparecido bajo el agua la obra
muerta, quedando tan sólo a la vista el velamen. Inclinóse a
babor; inclinóse luego a estribor, hizo juegos de balance de
popa a proa, mostrando en uno de los tales la parte posterior de
la quilla; y hundiendo primero el bauprés, como una espadilla
que se clavara en el lomo de una bestia y alzando al aire la popa,
la «Teresita» se perdió en el abismo… Por un momento, la lona
del foque, desprendida seguramente de la escolta, flotó sobre la
superficie y se movió sobre ella como un pañuelo que se agitara
en ademán de despedida… Acodado sobre la borda del
«Bolivar», el viejo cholo, fijos los ojos en el sitio donde quedaba
sepultada la «Teresita», lloraba y reía, todo a una… Lloraba y
reía… Créanme ustedes que era un espectáculo capaz de poner
angustia en el espíritu…
Al concluir la narración, en verdad que el marino estaba
emocionado. Y nosotros, con él.
el asunto.