Cautiverio
Querida bitácora de una vida sin aventuras:
Misma rutina diaria, hastiado del castigo que se nos impuso como humanidad. Creo
no poder soportarlo más.
Otra vez he pasado el día detrás de las murallas del patio. Agradezco a mi madre que
escogió esta bella casa en el campo para pasar los días de pandemia, aún dejando
las excentricidades de vivir en el centro de la ciudad, al que estábamos habituados.
"A la "
Su lucidez nos permitió escoger una de las propiedades, aún no arrendadas, y que
establecernos allí, lejos de todo. estába
mos..
No imagino lo difícil que ha de ser para aquellas personas que solo pueden ver las
paredes de altos edificios. He visto en las noticias, cuando todo esto empezó, que se
compartía la solidaridad festiva entre balcones, como agradecimiento y
reconocimiento al personal sanitario. Ha de ser emocionante habitar la fraternidad tan
de cerca. ¡Extraño ver las noticias! Aun así, agradezco a mi madre su decisión de
traernos aquí.
La casa en el campo es espaciosa. Sus múltiples habitaciones nos permiten tener
ambientes pertinentes para no perder nuestra individualidad. Al menos así argumentó
mi madre mientras empacaba gigantes maletas. Ella era quien llevaba el orden y
planificación del hogar, por lo general nada escapaba de su capacidad de raciocinio.
Yo detestaba su necesidad de control. ¡Quisiera darle las gracias!
Lo cierto es que pocos meses después de llegar a esta casa, el beneficio de la
idiosincrasia se convirtió en una especie de tortura. Compartimos nuestros días
Le
inmersos en la propia soledad. Soledad que acompañó a mi madre al fallecer un año pondr
ía
más tarde. Aislada en una habitación del ala izquierda de la casa, conectada al
una
respirador que mi padre consiguió gracias a los contactos de uno de sus inquilinos; coma
con solo una enfermera contratada a su lado; lejos de nuestras miradas dejó su último
antes
de un
año
Antes de dejó
,
aliento en aquella máquina ruidosa. Me encantaría poder hablar más de ello, sin
embargo jamás se me permitió ingresar. La última vez que vi a mi madre fue cuando
levantó aquella fiebre repentina durante la noche, y solo la vi de lejos, porque no me
dejaron acercarme para que yo no enfermara. Esperé en mi cuarto, sin saber que ella
no volvería a las salas comunes del nuevo hogar.
Solo he visto los juegos de sábanas pálidos esperar prolijamente a ser recogidas sobre
Recogidos
una banqueta de algarrobo torneado. Los cajones de mimbre donde se depositaban
Antes de cajones punto y coma
los productos de higiene, y la bandeja alternando viandas de comida, que pronto
dejaron de enviarse. Hoy el ingreso a esa sala está encadenado.
Mi padre colocó barrotes y un candado inmediatamente después de la tragedia. No le
encuentro sentido, pero no quise discutir con un adulto que no lograba contener sus
gritos exasperados por la pérdida. ¿Qué consejo podría haberle dado a mis doce
años? Él perdió a su esposa, a su media mitad. Comprendo la euforia de su tristeza
cuando una ambulancia escandalosa se la llevó. Pero yo perdí a mi madre… y la casa
de grandes habitaciones, se encontró aún más silenciosa. Me hubiera gustado
despedirme, aún recuerdo el rodar de la camilla por las baldosas amarronadas de la
entrada.
El rostro de mi padre cambió desde ese entonces. La frustración frente a las tareas
hogareñas que antes le eran desconocidas le irritaba constantemente, aprendí a
mantenerme alejado de sus pasos fuertes. Hoy mantengo la misma distancia.
Por ejemplo ahora, que estoy escribiendo en la galería, oigo sus pisadas deambular
de lado a lado del comedor, rodeando la mesa de madera oscura mientras cuchichea
sus proyectos para cuando todo esto termine. Al principio intentaba seguirle el paso,
procuré detenerlo una vez y pedirle en llanto que se sentara por un momento, pero su
mirada se perdió en algún recóndito de su mente, y comprendí que había dejado de
reconocerme.
Le pondría nunca dejó de sonar, solo que..
El teléfono no dejaba de sonar. Solo que él dejó de atenderlo, hace al menos dos
años. No es un detalle menor, y ese acto impío de su parte me permitió ser el receptor
de voces nuevas. ¡Qué agradable fue volver a entablar conversación con alguien! O
así fue hasta que cortó la línea telefónica.
Rápidamente aprendí a manejar las cuentas bancarias desde el portátil de mi padre.
Pero no tenía comunicación con nadie, solo notificaciones del pago de los
departamentos rentados. No obstante, me prohibió volver a usarla cuando cometí el
gravísimo error de no borrar el historial en el buscador de internet.
Con el falaz argumento de que las noticias no son aptas para la mente de un niño, ya
no logré acceder a la realidad de la ciudad. Aunque… Me pregunto por qué en las
noticias de la web ya no contabilizaban los muertos por el virus. Muertes, por doquier.
Violencia, una economía en decadencia. Cambio de gobierno. De eso las noticias
estaban plagadas… pero no había rastros de barbijos en las personas.
Mi padre dice que son agnósticos de lo que ocurre en la vida; egoístas que descuidan
su propia salud, y ponen en riesgo a sus conciudadanos. ¡Menos mal que estamos
alejado de aquello! Alejados en plural
Él es obsesivo del cuidado, cada vez que suena la sirena, avisando que alguien se
encuentra al otro lado del lejano portón de ingreso, sale despavorido con su desprolija
silueta delgada. Y ahí empieza el protocolo.
Los baldes de agua con cloro, alcohol en gel para las manos, antes y después. La
pobre piel de sus manos ya está lastimada, ya son cuatro años de químicos
desinfectantes. Descontaminar cada rincón de los víveres recibidos. Luego los
zapatos, cambiarse el barbijo e ingresar en la ducha de agua hirviendo. Debo
reconocer que no me disgusta estar alejado de esa labor, pero sería agradable
entablar un mínimo diálogo con el repartidor. ¡Benditos sean los repartos a domicilio!
Desde que me descubrió con las noticias mundanas, delimitó el acceso a los sitios
webs, dejando libre sólo el ingreso a las plataformas de películas y series. No sé qué
haría sin ellas.
El encierro es insoportable. Asqueado de libros y juegos sin acceso a la red. Harto de
los trabajos de huerta que mis padres emprendieron en los primeros meses de nuestra
estadía.
Podría decir que incluso añoro los días en el colegio, el recreo, el tedio de las horas
sentado.
¡Nunca tendré novia mientras el aislamiento no termine!
Detesto la presencia de mi padre. Su voz, cada vez más baja, casi susurrante,
continúa entablando conversaciones con mi madre en la cocina, como si pudiera verla.
¡Lo odio cuando hace eso! fingiendo que no ha muerto. Prefiero verlo encerrado en la
oficina que estableció pegada a su cuarto, sentado a un teléfono desconectado, con
la calculadora en la mano y un excel repleto de cifras inventadas. Disimulando que no
lo han despedido hace casi tres años por negarse a asistir a la oficina.
Comprendo sus cuidados después de lo sucedido con mi madre, acceder a un trabajo
presencial, pudiendo trabajar en remoto… Solo los trabajadores esenciales pueden
asistir a sus labores presenciales, y el trabajo de él no ingresaba en esa categoría.
Ingresa o pone
Era absurdo obligarlo a volver a la ciudad. Despiadado agregaría yo.
ponían arriba
¡No lo necesitábamos! Al menos eso dijo él. Es verdad, económicamente podíamos
prescindir de su salario, pero lo veo en su oficina actuando durante horas con falsos
clientes, y confirmo una vez más lo importante que era para él.
La escuela también era importante para mí, no obstante no finjo cursadas imaginarias.
Sí leo mucho, pero elijo el género literario que más llamativo me parezca. Lo mismo
que con las películas.
Hace unos años en las series se hacía mención de la pandemia, se hacía conciencia
del barbijo en ellas. Esta semana, por el contrario, al terminar un capítulo de una serie
actual leí una frase que me ha dejado dubitativo: “En homenaje a los profesionales de
la salud, que dieron batalla al virus. Recordamos su ardua labor y valentía.”
No logro dejar de pensar en ello. ¿Acaso? ¡Imposible! Mi padre debería saberlo.
Pero… ¿Cómo se enteraría si no tenemos acceso a las redes? Quizá él sí las tenga.
¿Por qué nos mantendremos en este calvario todavía?
Demasiadas conjeturas vuelan por mi mente. ¿Mi padre ha perdido por completo la
cordura? ¿Soy prisionero en mi propio hogar?
Necesito un plan para descubrir la verdad. Necesito saber si afuera el resto del mundo
continúa en cuarentena. No resisto más esta agonía.
Anoche arrojé cartas hacia el exterior, alguien leerá sobre mis cinco años en
cautiverio, alguien me confirmará si mi padre ha resguardado mi vida, o si por el
contrario, he sido prisionero de su locura.
…Alguien vendrá por mí…