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El Reloj que Contiene el Tiempo

En un pueblo, Tomás, un relojero anciano, guarda un reloj mágico que contiene el tiempo en su taller. Una niña llamada Clara, atraída por el reloj, accidentalmente libera una figura oscura que Tomás había encarcelado. Al final, Tomás se sacrifica para detener al ser, y Clara, años después, se convierte en relojera, recordando su encuentro con el misterioso reloj.

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El Reloj que Contiene el Tiempo

En un pueblo, Tomás, un relojero anciano, guarda un reloj mágico que contiene el tiempo en su taller. Una niña llamada Clara, atraída por el reloj, accidentalmente libera una figura oscura que Tomás había encarcelado. Al final, Tomás se sacrifica para detener al ser, y Clara, años después, se convierte en relojera, recordando su encuentro con el misterioso reloj.

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Título: “El Reloj del Bosque Viejo”

En un pequeño pueblo rodeado por colinas y espesos bosques, vivía Tomás, un relojero de
67 años, delgado como una hoja de papel, con manos temblorosas pero ojos que aún
brillaban con la precisión de sus engranajes. Su taller, incrustado al borde del bosque,
estaba lleno de relojes antiguos: cucús, de péndulo, de bolsillo. Algunos no marcaban la
hora, pero ninguno estaba realmente roto, al menos no en sentido común.

Tomás hablaba poco con la gente del pueblo. A veces los niños se asomaban al taller para
ver cómo el viejo reparaba las horas. Pero lo que nadie sabía era que en el rincón más
oscuro del taller reposaba un reloj de madera negra, tallado con símbolos extraños. Nadie,
excepto Tomás, sabía que ese reloj no medía el tiempo… lo contenía.

Una tarde de otoño, cuando las hojas parecían incendiarse en tonos rojizos, llegó al taller
una niña de cabello oscuro y ojos curiosos. Se llamaba Clara y traía consigo un reloj de
pulsera roto.

—¿Puede arreglarlo, señor Tomás? —preguntó con una voz tan clara como el nombre que
llevaba.

Tomás tomó el reloj sin mirarla mucho. —Lo intentaré —respondió, mientras sus dedos
bailaban sobre la tapa abierta del reloj.

Clara no se fue. Recorrió con la mirada los estantes llenos de relojes, hasta que algo llamó
su atención.

—¿Y ese? —preguntó, señalando el reloj negro del rincón.

Tomás palideció. —Ese no se toca. No es un reloj común.


—¿Y qué es? —insistió Clara.

Tomás suspiró. A veces el silencio pesa más que las palabras. —Es un reloj que guarda un
tiempo que no debería repetirse.

Esa noche, Clara regresó sola. El taller estaba cerrado, pero una de las ventanas pequeñas
quedó entreabierta. Trepó con cuidado, guiada por una mezcla de valentía y estupidez
infantil. Una vez dentro, se dirigió al rincón prohibido.

El reloj parecía llamarla. Cuando sus dedos lo rozaron, una campanada profunda resonó en
el taller, aunque no había cuerda ni manecillas en movimiento.

El tiempo se detuvo.

Las hojas que caían en el bosque quedaron suspendidas en el aire. Los relojes se callaron. Y
del corazón del reloj negro surgió una figura: un hombre de ojos huecos, envuelto en humo
y ceniza.

—¿Quién me ha despertado? —preguntó con una voz que sonaba como engranajes rotos.

Clara retrocedió, pero el reloj detrás de ella la mantenía inmóvil, como si la hubiera
atrapado.

Tomás irrumpió en ese momento, jadeando.

—¡Clara, aléjate de él!


—Demasiado tarde —dijo la figura—. La puerta se ha abierto. Ahora debo cumplir mi
ciclo.

Tomás se interpuso entre Clara y la sombra.

—Yo te encerré hace cincuenta años. No permitiré que destruyas el tiempo otra vez.

El ser rió. —Entonces morirás con él.

Pero Tomás había venido preparado. Sacó de su bolsillo una pequeña llave dorada y la
lanzó hacia el reloj negro. Este se abrió de golpe, y una fuerza invisible comenzó a
succionar al ser de humo.

—¡Clara, salta! —gritó Tomás.

Ella obedeció. En un segundo, el ser, el reloj y el propio Tomás desaparecieron en un


remolino de luz y polvo.

El pueblo despertó al día siguiente sin notar nada extraño, salvo por el silencio del taller.
Clara fue la única que habló de lo sucedido, pero nadie le creyó.

Años después, Clara se convirtió en una talentosa relojera. En su taller, guardaba una
réplica del reloj negro, pero esta vez sin magia, sin sombras. Solo como recuerdo.

A veces, cuando el viento sopla desde el bosque viejo, los relojes del pueblo suenan al
unísono, y Clara sonríe. Porque sabe que, en algún rincón del tiempo, Tomás aún cuida de
las horas.

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