14 de Mayo
SAN MATÍAS, APÓSTOL
(s. I)
Si el Evangelio no es una biografía de Jesús, los Hechos
de los Apóstoles no son una colección de biografías de
aquellos primeros héroes del cristianismo naciente. De
algunos apóstoles apenas sabemos más que el nombre.
De Matías sabemos solamente su nombre y su elección.
De aquel colegio apostólico que actuó desde Pentecostés,
de aquellos doce definitivos, Matías fue el único no elegido
por Jesús. Fue el apóstol póstumo de Jesús, incorporado
al colegio apostólico cuando Jesús estaba ya en el cielo.
Y es un apóstol al que se cita siempre en segundo lugar,
puesto humilde que se puede comprobar sin más que
abrir el misal romano por el canon. Al principio del mismo,
en la oración de comunión con los santos, se nombra uno
por uno a los apóstoles, pero en esa lista falta
precisamente Matías, aunque se nombra a otros doce
santos no apóstoles, y se cita a Pablo juntamente con
Pedro, siendo también Pablo apóstol posterior, que no
perteneció al grupo de los doce. Si queremos hallar una
mención de Matías en el canon, tenemos que buscarlo,
como escondido y de incógnito, después de Juan Bautista
y Esteban Protomártir, entre una lista de santos y santas.
Un título más para que nos acordemos de este trabajador
evangélico que, al contrario que otros santos, se vio
exaltado en vida y se ve humillado después de su muerte.
Cuando se intenta trazar la semblanza histórica de este
apóstol singular, hay que limitarse a lo poco que de él nos
dicen los Hechos de los Apóstoles. Y lo poco que nos dicen
es contarnos su elección. Ni siquiera lo vuelven a nombrar
más. Lo que de él nos dicen escritos posteriores, aunque
sean de autores calificados, no ofrece garantías de
historicidad. Y las biografías apócrifas se han encargado
de rellenar con aventuras de viajes y de milagros ese
silencio de los Hechos de los Apóstoles.
Contentémonos, pues, con abrir por su primera página
ese libro de los Hechos. Los discípulos de Jesús,
inmediatamente después de la ascensión, regresaron del
monte de los Olivos a Jerusalén. Jesús se había despedido
de ellos, pero ellos creían que hasta pronto. Tenía que
volver para instaurar el reino de Israel. Hacía unos
momentos nada más que ellos le habían preguntado si
era entonces cuando iba a inaugurar su reinado, y Él se
había limitado a aconsejarles que no intentasen averiguar
la hora señalada por Dios. Jesús no les había dicho que
fuese a tardar mucho en volver, y dos mensajeros
celestiales les habían asegurado que, así como lo habían
visto subir al cielo, así lo verían bajar otra vez.
Con esta mentalidad, encendida de esperanza, regresaron
los discípulos a la ciudad. Pronto llegaron, pues el monte
de los Olivos no está lejos. Y cuando entraron en la capital
del judaísmo se dirigieron a una casa frecuentada por
ellos y se concentraron en su cámara alta. Jesús les había
dicho que no se alejasen de Jerusalén, sino que esperasen
allí una prodigiosa manifestación del cielo, una efusión
maravillosa del Espíritu Santo, que quizá confundieron
ellos entonces con el mismo regreso de Jesús, triunfador
y glorioso, como príncipe de Israel. Y allí quedaron todos,
esperando en viva tensión el acontecimiento. Los
apóstoles, once después de la apostasía de Judas
Iscariote, y las mujeres galileas que heroicamente habían
seguido a Jesús en sus correrías evangélicas. Y los
parientes de Jesús, que, por fin y gracias a la
resurrección, creían ya en él; y su misma madre, María. Y
numerosos discípulos, hasta completar el número de
ciento veinte, el número que se exigía a una comunidad
para que pudiese tener sinagoga propia,
Qué se hacía en aquella primera concentración de los
primeros cristianos, nos lo dice claramente el texto
sagrado: Orar. Todos perseveraban unánimes en la
oración. Iban a ser los protagonistas de un episodio
decisivo para Israel. Dios iba a realizar por fin lo tantas
veces anunciado por los profetas. Pero entonces surgió
una dificultad en el mismo seno del colegio apostólico. Y a
la mente de todos vino un nombre: Judas Iscariote.
Porque Jesús había escogido doce hombres para que
fuesen sus enviados especiales, ya lo habían sido por las
aldeas galileas, y ahora no eran doce sino once. Judas se
había pasado al enemigo. Y los apóstoles tenían que ser
doce cuando volviese Jesús. Él les había dicho que, a su
regreso glorioso, los doce se sentarían sobre doce tronos
para regir las doce tribus de Israel, y ahora faltaba un
hombre para un trono. El primer problema con que se
enfrentó la Iglesia, apenas desaparecido Jesús, fue buscar
un sustituto del apóstata. Dentro de unos cuantos años,
cuando muera mártir el apóstol Jacobo, hijo de Zebedeo,
no se planteará este problema. Jacobo habrá cumplido
hasta el fin su misión de apóstol, y Jesús se encargará de
resucitarlo cuando regrese. Pero Judas no ha cumplido su
misión, y hace falta un hombre que ocupe su puesto y la
cumpla fielmente.
Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen la primera
alocución pontificia del primer Papa. Pedro, que siempre
fue el portavoz del pensamiento de los demás apóstoles,
se levantó en medio de la comunidad y dijo:
—Hermanos, era necesario se cumpliese la Escritura, lo
que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho
de Judas, que habiéndose contado entre nosotros y
habiendo tenido parte en nuestra misión, se hizo guía de
los que prendieron a Jesús.
Pedro, al hablar de Judas con tanta delicadeza, parece
tener presente la advertencia de Jesús: "No juzguéis y no
seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados".
Pedro no llama a Judas ladrón ni traidor, no lo llama
deicida ni suicida, no dice que Satanás se había
apoderado de él. Y, sin embargo, Judas era el hombre a
quien Pedro podía odiar más, y Pedro era impetuoso como
pocos. Pero Jesús había enseñado la caridad fraterna que
se extiende a todos, como la misericordia divina, lo
mismo a los amigos que a los enemigos, y Pedro, viviendo
esa doctrina del Evangelio, dijo solamente que "Judas se
hizo guía de los que prendieron a Jesús".
Pero no necesitaba contar a su auditorio el desgraciado
final de Judas y se abstuvo de hacer el menor comentario,
ni a título de ejemplaridad y escarmiento. Pero el autor de
esta página de los Hechos, que escribe años después para
quienes quizá no recuerden lo que sucedió, añade, como
intercalando un paréntesis en las palabras de Pedro, que
Judas había adquirido un campo con el precio de su
crimen, y, habiendo caído de cabeza, reventó por medio y
todas sus entrañas se esparcieron. Y añade el escritor que
el hecho fue conocido de todos los habitantes de
Jerusalén, de manera que el campo se llamó en su lengua
Jakal-Dema, es decir, Campo de Sangre, haciendo esta
traducción para los lectores de lengua griega.
El primero de los apóstoles continuó su breve discurso
diciendo:
—En el libro de los Salmos está escrito: "Que su
campamento quede desierto y no haya nadie que lo
habite". Y también: "Que otro ocupe su cargo".
Estas palabras de Pedro citando el Salterio son versículos
de dos salmos, el 69 y el 109 según la numeración
hebrea. Aunque Pedro debió hablar entonces en arameo,
el escritor no pone estas palabras en labios de Pedro
según el texto hebreo, sino según la versión griega, y con
ligeras modificaciones para acomodarlas mejor al
episodio, según la costumbre que había entonces de citar
la Biblia. Los dos salmos pertenecen a la serie de los
imprecatorios, maldiciones dirigidas, cuando aún no
existía la caridad cristiana, contra los enemigos del rey
David. Interpretando esos versículos como profecías, la
primera se ha cumplido ya con la muerte de Judas. Es
necesario que la segunda se cumpla también, y para ello
hay que proceder al nombramiento del que le haya de
sustituir en el colegio apostólico. Y Pedro enuncia las
condiciones previas para poder aspirar a ese cargo de
apóstol de Jesús. El discurso prosigue así:
—Es menester que de todos estos hombres que se han
asociado a nosotros durante todo el tiempo que con
nosotros vivió el Señor Jesús —a partir del bautismo por
Juan hasta el día en que fue separado de nosotros—, haya
uno que llegue a ser, juntamente con nosotros, testigo de
su resurrección.
Para ser apóstol, dice Pedro, hace falta haber
acompañado a Jesús durante toda su vida pública, desde
el bautismo hasta la ascensión. No basta haberlo seguido
en una larga serie de jornadas evangélicas, ni haber
vivido algún tiempo en intimidad con Él, ni haber sido
enviado por Él a predicar, ni siquiera haberlo visto
resucitado. Un apóstol es un testigo de Jesús, y hace falta
haberle acompañado durante toda su predicación para
poder atestiguar sobre toda su doctrina, como hace falta
haberlo visto resucitado después de la crucifixión para
poder ser testigo de la legación divina de Jesús.
Puestas las condiciones, en aquel centenar de personas se
encontraron dos hombres que parecían con iguales
méritos para aspirar al apostolado. Uno era José Bar-
Schabba, llamado Justos —sobrenombre que se suele
traducir equivocadamente por "el justo"—, y el otro era
Matatías, o, abreviadamente, Matías. Como el
llamamiento al apostolado no es cosa de hombres sino de
Dios, Dios tendría que elegir entre aquellos dos discípulos
que parecían iguales en méritos. Y aquella incipiente
comunidad cristiana oró confiadamente: "Tú, Señor, que
conoces el corazón de todos los hombres, muéstranos a
cuál de estos dos has elegido para ocupar en el ministerio
del apostolado el puesto que ha dejado Judas al ir a su
lagar". En esta primera súplica de la Iglesia hay una
nueva muestra de la delicadeza y caridad que hemos visto
ya en Pedro. La expresión "ir a su lugar" no significa la
condenación del criminal: es una expresión
acostumbrada, eufemismo arameo, para decir
simplemente que un hombre murió.
Para conocer la voluntad divina, sin exigir de Dios una
aparición ni una revelación —aun tratándose de algo tan
importante para toda la naciente Iglesia de Jesús—,
decidieron echar suertes. Es algo que hoy nos puede
extrañar, pero que entonces se acostumbraba. Se apelaba
a las suertes para decidirse entre dos soluciones
aparentemente equivalentes, y en la providencia ordinaria
de Dios, que decidía la suerte, se veía la voluntad de
Dios. Aquello no era fiarse de una casualidad física, sino
confiarse a la causalidad divina. Cada semana, en el
templo de Jerusalén, los sacerdotes echaban suertes para
repartirse los oficios. Y el último caso que registra la Biblia
de una elección religiosa señalada por la suerte, es esta
designación de Matías como apóstol de Jesús, con idéntica
categoría que los otros once. "Y la suerte señaló a Matías,
y fue uno de los doce apóstoles."
Así termina, en el libro de los Hechos, la historia de San
Matías. Nada más se vuelve a saber de él en particular.
Con esta sencillez aparece y desaparece en la
documentación histórica este apóstol póstumo, puesto
siempre en segundo lugar, que ni el canon cita entre los
apóstoles ni tiene en el martirologio un día fijo para su
fiesta.
De la literatura apócrifa que pretende narrarnos su vida,
citemos solamente una frase, puesta en sus labios, que
merece salvarse por su positivo sabor evangélico. Dice
así: "Si peca el vecino de un elegido, pecó también el
elegido, porque si éste se hubiera portado según aconseja
el Verbo, el vecino se hubiera avergonzado también de su
propia vida, y así no hubiera pecado".
CARLOS MARÍA STAEHLIN, S. I.
San Matías, Apóstol
(siglo I)
Matías significa: "Regalo de Dios".
Este es el apóstol No. 13 (El 14 es San Pablo). Es un apóstol
"póstumo" (Se llama póstumo al que aparece después de la
muerte de otro). Matías fue elegido "apóstol" por los otros
11, después de la muerte y Ascensión de Jesús, para
reemplazar a Judas Iscariote que se ahorcó. La S. Biblia
narra de la siguiente manera su elección:
"Después de la Ascensión de Jesús, Pedro dijo a los demás
discípulos: Hermanos, en Judas se cumplió lo que de él se
había anunciado en la Sagrada Escritura: con el precio de su
maldad se compró un campo. Se ahorcó, cayó de cabeza, se
reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. El
campo comprado con sus 30 monedas se llamó Haceldama,
que significa: "Campo de sangre". El salmo 69 dice: "su
puesto queda sin quién lo ocupe, y su habitación queda sin
quién la habite", y el salmo 109 ordena: "Que otro reciba su
cargo".
"Conviene entonces que elijamos a uno que reemplace a
Judas. Y el elegido debe ser de los que estuvieron con
nosotros todo el tiempo en que el Señor convivió con
nosotros, desde que fue bautizado por Juan Bautista hasta
que resucitó y subió a los cielos".
Los discípulos presentaron dos candidatos: José, hijo de
Sabas y Matías. Entonces oraron diciendo: "Señor, tú que
conoces los corazones de todos, muéstranos a cual de estos
dos eliges como apóstol, en reemplazo de Judas".
Echaron suertes y la suerte cayó en Matías y fue admitido
desde ese día en el número de los doce apóstoles (Hechos
de los Apóstoles, capítulo 1).
San Matías se puede llamar un "apóstol gris", que no brilló
de manera especial, sino que fue como tantos de nosotros,
un discípulo del montón, como una hormiga en un
hormiguero. Y a muchos nos anima que haya santos así
porque esa va a ser nuestra santidad: la santidad de la
gentecita común y corriente. Y de estos santos está lleno el
cielo: San Chofer de camión y Santa Costurera. San
Cargador de bultos y Santa Lavandera de ropa. San
Colocador de ladrillos y Santa Vendedora de Almacén, San
Empleado y Santa Secretaria, etc. Esto democratiza mucho
la santidad, porque ella ya no es para personajes brillantes
solamente, sino para nosotros los del montón, con tal de
que cumplamos bien cada día nuestros propios deberes y
siempre por amor de Dios y con mucho amor a Dios.
San Clemente y San Jerónimo dicen que San Matías había
sido uno de los 72 discípulos que Jesús mandó una vez a
misionar, de dos en dos. Una antigua tradición cuenta que
murió crucificado. Lo pintan con una cruz de madera en su
mano y los carpinteros le tienen especial devoción.