La oratoria es el arte de hablar elocuentemente, de persuadir y
mover el ánimo mediante la palabra. Timón, un antiguo autor
griego, dijo que la elocuencia es la habilidad de conmover y
convencer. Aquí usamos el término oratoria en su acepción y uso
más amplio, no meramente el de hablar ante grandes auditorios,
sino estableciéndolo como sinónimo de expresión oral de una
persona.
Tres clases de discursos
Se considera que hay tres tipos diferentes de discursos, según su
finalidad:
1) Discursos destinados a informar.
2) Discursos destinados a la acción.
3) Discursos destinados a entretener.
... y tres clases de oradores
Hay tres clases de oradores: aquellos a quienes se escucha;
aquellos a quienes no se puede escuchar; y aquellos a quienes no
se puede dejar escuchar.
Las tres partes básicas de un discurso
1) Introducción o Presentación
2) Desarrollo del tema
3) Conclusión (parte en que se "remacha" el objetivo y se lo deja
perfectamente fijado).
Dramatizar lo que se comunica
Dramatizar algo es darle acción. Y eso puede hacerse de distintos
modos. Se puede dramatizar mediante el uso de un diálogo,
imaginario o real (con el público o un interlocutor). También
haciendo una cita de alguna figura muy famosa, o efectuando una
narración, o dando un ejemplo personal, mostrando un objeto,
formulando una pregunta impresionante, o realizando una
afirmación sorprendente...
La dramatización, como otros recursos, está dirigida a despertar la
curiosidad del público.
Características de la voz
El tono: suave, duro, dulce, seco, autoritario, etc.
La altura: grado entre agudo y grave. El primero suele
asociarse con un estado de agitación o alteración, el segundo
con climas de mesura y afecto.
El ritmo: la velocidad con la que nos expresamos.
El volumen: con él demostramos si permanecemos tranquilos
y controlados o hemos perdido la serenidad.
Evitar la monotonía. La inflexión inadecuada al comenzar o
terminar una frase.
El modo de hablar
El modo de hablar incluye el tono, la enunciación, la pronunciación,
el volumen y la corrección de las palabras que se usan. También
influyen el aplomo con el que hablamos, el control que tenemos de
nuestros ademanes, y el contacto ocular que mantenemos con los
interlocutores o el público.
La preparación
“Todo discurso bien preparado está ya pronunciado en sus nueve
décimas partes” (Dale Carnegie)
Si se quiere hablar bien hay que pagar el precio debido. Hay que
trabajar, pensar y practicar.
Nadie ha encontrado nunca un sustituto satisfactorio para la
inteligencia, ni para la preparación.
“Si tengo que dirigir un discurso de dos horas, empleo diez
minutos en su preparación. Si se trata de un discurso de diez
minutos, entonces me lleva dos horas...”. Así se expresaba nada
menos que Winston Churchill.
Además del qué se dirá, es enorme la importancia del cómo habrá
de decirse. Y aquí interviene lo más importante que puede
esgrimirse en un diálogo o un discurso: el arte de interesar. En la
preparación de una clase o discurso hay que dar mucho más
tiempo a buscar medios de suscitar el interés que el que se dio al
estudio del tema.
La buena preparación también aumenta la claridad de nuestro
pensamiento y de nuestra expresión. Recordemos el viejo aforismo
que dice: “Si la fuente nace turbia, no irán claros los arroyos”.
Las pausas
Considere el uso de la pausa como un arma de gran importancia
en el arsenal que representa el dominio del ritmo. El espacio entre
palabras, frases o pensamientos, no se debe “emborronar” con
sonidos tan desagradables como "eee...". Utilizar "eee..." o
"mmm...", es humano; pero utilizar la pausa, desnuda de todo
sonido, es divino.
El elemento más difícil, de mayor utilidad y menos apreciado en el
arte de la oratoria, es el silencio. La pausa correctamente medida,
demuestra confianza y reflexión. A la inversa: los presentadores de
cualquier medio que se despachan con demasiada velocidad,
llegarán los últimos.
Las pausas son un excelente recurso para enfatizar. Permiten
también mantener y controlar la atención.
Algunos consejos a tener en cuenta
No distraiga al auditorio con algún detalle de atuendo, o al
jugar con algún objeto.
No diga absolutamente todo lo que se sabe, para permitir al
público hacer preguntas y participar.
En una conversación múltiple, ligar lo que se va a decir con lo
último que se dijo.
No olvide que la articulación o pronunciación es de capital
importancia. Si advierte dificultades en esto, procure
escucharse en una cinta para precisar sus defectos.
Tenga cuidado con las muletillas, los términos de relleno
trillados, las expresiones restrictivas o negativas ("puede que
no esté de acuerdo conmigo", "puede que no sea lo que
usted esperaba", etc.).
El mejor lenguaje es el directo y afirmativo. También el
coloquial.
Use un estilo inclusivo, haciendo participar al o a los
interlocutores.
Si es de su conocimiento, vincule el tema del que va a hablar
con aquello por lo que los oyentes sienten mayor interés.
Hacer pensar y hacer sentir
Todos nosotros emitimos una aureola, aura o halo, impregnado con
la verdadera esencia nuestra; las personas sensibles lo conocen;
también lo producen nuestros perros y otros animales domésticos.
Algunos de nosotros somos magnéticos, otros no. Algunos de
nosotros somos ardorosos, activos, atractivos, inspiramos amor y
amistad, mientras otros son fríos, razonadores, intelectuales, pero
no magnéticos. Que un hombre sabio de este último tipo se dirija
al público y éste no tardará en cansarse de su discurso intelectual,
y manifestará síntomas de sueño. Les hablará, pero no los
interesará; los hará pensar, pero no sentir, y pensar es lo más
fastidioso para la mayoría de las personas, y pocos son los
oradores que triunfan haciendo pensar únicamente a las personas,
pues lo que necesitan es que los hagan sentir.
La gente paga con liberalidad a los que les hacen sentir o reír,
mientras que es avara con quien, aunque sea para instruirla, la
hace pensar.
Poned frente a un sabio del tipo mencionado a un hombre de
mediana cultura, pero amable, dulce y meloso, sin la décima parte
de la lógica y erudición del otro; sin embargo éste se adueñará con
facilidad de su auditorio y todos esperarán con avidez a que broten
las palabras de sus labios. Las razones son claras y palpables. Es el
corazón contra la cabeza; el alma contra la lógica; y el alma es lo
que siempre prevalecerá.
Exprésese siempre en forma positiva
El Dr. Herbert Clark, psicólogo de la Universidad John Hopkins, hizo
el sorprendente descubrimiento de que a una persona común le
lleva un 48 por ciento más de tiempo comprender una frase en
forma negativa que en forma positiva. Por lo tanto, se confirma
científicamente algo que se sabía en forma empírica: la más eficaz
comunicación consiste en hacer afirmaciones positivas.
Visto esto, comenzar una exposición siempre con frases positivas.
Y si es necesario dar un mensaje negativo a una persona, para
amortiguar su impacto rodearlo con frases positivas.
El valor del silencio
Un escritor chino, Kung Tingan, dijo: "El sabio no habla, los
talentosos hablan, y los estúpidos discuten".
“Nadie predica mejor sermón que la hormiga, que nada dice”
(Benjamin Franklin).