«¡Malditas aventuras que no son más que desventuras!
», se decía Sancho cuando llegó
junto a su amo. Llevaba muchos días recibiendo palos y más palos sin que la ínsula de sus
sueños asomase por ninguna parte, y tenía más ganas de volver a su aldea que de ser
gobernador. Sin embargo, decidió seguir adelante, y fue como tirar por el camino de la
desgracia, pues aquella misma mañana don Quijote confundió a un rebaño de ovejas con el
ejército de un emperador moro que se llamaba Alifanfarón y odiaba a los cristianos.
-¿Pero no ve que es un rebaño? —le decía Sancho—. ¿Acaso no oye los balidos?
-Eso no son balidos -respondió don Quijote—, sino tambores y trompetas que suenan en
son de guerra.
Decidido a castigar a las tropas del soberbio Alifanfarón, don Quijote arremetió con su lanza
contra las ovejas hasta que mató a más de siete y malhirió a otras tantas. Viendo que aquel
loco no iba a dejarles un solo animal con vida, los dueños del rebaño empezaron a apedrear
a don Quijote para que se marchase, y guijarro a guijarro, le machacaron los dedos, le
hundieron dos costillas y le rompieron tres o cuatro dientes.
—Dame el bálsamo, Sancho —dijo don Quijote cuando acabó la granizada-, que ahora lo
necesito más que nunca.
Sancho le acercó la aceitera, y su amo se bebió de un solo trago todo lo que
quedaba en ella.
-Ahora mírame bien la boca —añadió don Quijote— y dime cuántos dientes me quedan,
porque creo que he escupido lo menos dos.
Sancho le metió los ojos hasta la mismísima garganta, y justo entonces el bálsamo hizo su
efecto: don Quijote no logró aguantarse las ganas de vomitar, y soltó desde el estómago
una perdigonada de aceite que le dejó a Sancho las barbas perdidas. Al ver aquello, el
pobre escudero sintió tanto asco que también él se puso a vomitar sobre su señor, con lo
que quedaron los dos como de perlas.
-Dime lo que has visto, Sancho - dijo don Quijote.
-Que no le queda un solo diente.
-¿Estás seguro?
-Le digo que le han dejado las encías más lisas que la palma de mi mano.
-¡Desventurado de mí! —exclamó don Quijote—. Mejor hubiera perdido un brazo, porque un
diente vale más que un diamante y una boca sin muelas es la peor cosa del mundo.
Aquella jornada, los sorprendió la noche en lo más espeso de un bosque, adonde habían
entrado buscando agua para beber y asearse. Y ya sonaba el rumor de una cascada
cuando empezaron a oír un gran estruendo que dejó a
Sancho temblando de miedo.
-¿Qué es eso, señor? -dijo el pobre escudero con los ojos abiertos de par en par como una
liebre asustada.
Sonaban los golpes a compás, como si estuvieran martilleando en un gran hierro, y no
parecía sino que un gigante estuviese dando saltos con una cadena a cuestas.
-Tú quédate aquí, Sancho, que yo voy a averiguar quién es el malandrín que arma tanto
escándalo -anunció don Quijote—. Y si en tres días no he vuelto, vete al Toboso y dile a mi
señora Dulcinea que he muerto batallando en su honor.
-¿Pero es que me va a dejar solo? -replicó Sancho echándose a llorar como un niño —.
Déjese de aventuras, señor, y vámonos de aquí ahora mismo, que a veces se va por lana y
se vuelve trasquilado.
-No quiero lágrimas, Sancho, porque ya sabes cuál es mi deber.
Viendo que don Quijote no se ablandaba, el escudero decidió valerse de su ingenio para no
quedarse solo, y aprovechando un despiste de su amo, se sacó el cinturón y le ató las patas
a Rocinante. De manera que, cuando don Quijote quiso marchar, no pudo hacerlo, porque el
caballo no podía moverse sino a saltos.
—Eso es que Dios se ha conmovido con mis lágrimas -dijo Sancho
Panza - y ha ordenado que Rocinante no se mueva hasta que llegue el día.
—Dices bien, Sancho, así que me quedaré contigo hasta que amanezca, pues el buen
cristiano debe obedecer a Dios.
Durante la noche, los golpes no cesaron y, por culpa del miedo o de algo que había comido,
a Sancho se le revolvió el vientre, por lo que tuvo que descargarlo. Pero, como no se atrevía
a apartarse ni un pelo de su señor, se bajó los calzones allí mismo e hizo con el menor ruido
posible lo que nadie podía hacer por él. Don Quijote, que era de olfato fino, notó en las
narices los vapores que soltaba su escudero, y protestó indignado:
- Apártate, Sancho, que hueles mucho, y no a rosas. Apártate, te digo, y, de ahora en
adelante, tenme más respeto y no te alivies tan cerca de mí.
Así pasaron la noche, y cuando el primer rayo de sol alumbró el cielo, Sancho Panza desató
en silencio las patas de Rocinante, que empezó a dar manotadas nada más verse libre.
Entonces don Quijote dijo:
—¡Ya es la hora de batallar!
Y echó a correr con su caballo hacia el lugar de donde venía el ruido. Con tal de no
quedarse solo, Sancho decidió seguir a su señor y, tras caminar un buen rato bajo los
árboles, llegó con él al pie de la cascada, donde había seis mazos de batán'* que eran los
que daban los golpes. Al ver aquello, Sancho cambió de pronto el miedo por la risa y le dijo
a su señor en plena carcajada:
-¿Esos eran los gigantes que iba a matar vuestra merced?
Don Quijote agachó la cabeza de pura vergüenza, y se irritó tanto con las risotadas de
Sancho que levantó la lanza y le asentó dos buenos palos en las espaldas.
-¡Cierra esa boca, Sancho! -dijo—. ¡Si hubieran sido seis gigantes no te
burlarías tanto!
Y con eso salieron del bosque y volvieron al camino.
Al poco rato, comenzó a llover, y entonces vieron que se acercaba a lomos
de un asno un hombre que llevaba algo brillante en la cabeza.
—¡Aventura tenemos, Sancho! — dijo don Quijote—. Porque aquel caballero que viene por
allí trae en la cabeza el yelmo de Mambrino, con el que podré sustituir el casco que me
rompió aquel escudero de Vizcaya.
Hacía mucho tiempo que don Quijote soñaba con conquistar el yelmo del moro Mambrino,
un casco maravilloso del que los libros decían que volvía invencible a quien lo usaba. Pero
el hombre que venía por el camino no era más que un barbero, y lo que llevaba en la
cabeza era la bacíal con que afeitaba a sus clientes. Se la había puesto en la cabeza para
no mojarse el sombrero con la lluvia, y, como la bacía era de hojalata y estaba muy limpia,
relumbraba desde muy lejos como si fuese de oro.
- Abre bien los ojos, Sancho —dijo don Quijote—, porque ahora mismo me verás conquistar
el yelmo de Mambrino.
Y, sin decir nada más, galopó contra el barbero dispuesto a atravesarlo con
su lanza.
—¡ Entrégame ese yelmo o morirás! — le decía.
El barbero, que, sin comerlo ni beberlo, vio a aquel fantasma cayéndole encima, saltó de su
burro y echó a correr por el campo más ligero que el viento.
En la huida, perdió la bacía, que don Quijote recogió del suelo para ponérsela en la cabeza.
Y, como le costaba encajársela, dijo:
—Sin duda que el rey moro que mandó que le hicieran este yelmo debía de tener una
cabeza enorme.
Al oír que don Quijote llamaba yelmo a la bacía, Sancho no pudo
aguantarse la risa.
-¿De qué te ríes, Sancho?
-De lo mucho que se parece ese yelmo a una bacía.
-Eso es porque algún ignorante, no sabiendo el tesoro que tenía entre manos, lo ha
transformado en bacía, pero yo llevaré este yelmo a un herrero y me lo arreglará. Y,
mientras tanto, me lo dejaré puesto, y me librará la cabeza de más de una pedrada.
En esto, Sancho se fijó en el burro del barbero y, viendo que llevaba una buena albardal6, le
preguntó a su amo si podía quedársela, a lo que respondió
don Quijote:
-Sobre las albardas del enemigo las leyes de la caballería no dicen nada, pero quédate con
esa si es tu gusto.
Así que Sancho tomó la albarda y se la puso a su borrico, que quedó de lo
más lindo. Y, cuando volvieron al camino, le dijo a su amo:
-¿Sabe qué he pensado hace un momento, cuando lo veía luchar contra el del yelmo de
Martino?
-Mambrino, Sancho, se dice Mambrino.
-Martino o Mambrino, lo que he pensado es que tiene vuestra merced la peor figura del
mundo, por lo que muy bien podría llamarse el Caballero de la
Triste Figura.
-El Caballero de la Triste Figura... -dijo don Quijote paladeando las palabras-. Me parece
bien, Sancho, de modo que a partir de ahora me llamaré así, como otros se han llamado el
Caballero del Unicornio o el Caballero de la
Ardiente Espada.
Nada más decir aquello, don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino venía una docena
de hombres en hilera, atados todos a una misma cadena de hierro. Llevaban esposas en las
muñecas y candados en los pies y caminaban vigilados por cuatro guardas: dos a caballo,
armados con escopetas, y dos a pie, que llevaban lanzas y espadas.
- Esos que vienen por ahí -dijo Sancho- son presos que van condenados a remar en las
galeras del Rey".
- ¿Quieres decir que los llevan contra su voluntad?
- Así es.
-Entonces mi deber de caballero es socorrerlos y ponerlos en libertad
-No haga eso, señor -advirtió Sancho—, que esos hombres son delincuentes castigados por
la justicia.
Don Quijote se acercó a los prisioneros y les preguntó uno por uno qué delito habían
cometido, y todos respondieron lo mismo: que los enviaban a galeras de forma injusta. En
esto, el galeote que iba al final de la hilera le gritó a Don Quijote.
—¡Deje de meterse en lo que no le importa!
Era un hombre de unos treinta años, de buena estampa pero algo bizco. Él solo llevaba más
cadenas que todos los demás juntos, y era porque tenía más delitos que ninguno, y los
guardas temían que se escapase.
-Ese bellaco -dijo el comisario que iba a la cabeza de los galeotes — es el famoso Ginés de
Pasamonte, que ya ha pasado cuatro años en galeras y morirá remando.
-Si quiere saber mi vida —le advirtió el tal Ginés a don Quijote—, léala cuando la publique.
-¿Acaso eres escritor?
-Sí soy, y uno de los mejores del reino. He escrito las verdades de mi vida con tanta gracia
que no hay mentiras que maravillen tanto.
Don Quijote se quedó callado, pensando en todo lo que le habían contado
los galeotes, y luego se acercó al jefe de los guardas y le dijo:
-Señor comisario, libere a estos infelices, pues van a galeras contra su voluntad.
-¿Que los libere?
-Sí, porque no hay que convertir en esclavos a los hombres que Dios hizo libres.
-¡Menuda majadería! -replicó el comisario—. ¿Cómo voy a soltar a estos criminales?
Vamos, señor, póngase bien el orinal que lleva en la cabeza y siga su camino, que no
tenemos tiempo para escuchar disparates.
Al oír aquello, don Quijote enrojeció de rabia y exclamó:
-¡Maldito bellaco! ¿Cómo te atreves a insultarme?
Y al instante cargó contra el comisario y lo derribó del caballo con un golpe
de lanza.
Viendo aquello, los demás guardas empuñaron sus espadas y arremetieron contra don
Quijote; pero, al advertir que los galeotes trataban de romper sus cadenas para ponerse en
fuga, no supieron adónde acudir: si contra lo prisioneros o contra el loco de la bacía.
Sancho, pensando que su deber era acabar lo que había empezado su amo, ayudó a
liberarse a Ginés de Pasamonte, quien luego rompió las cadenas de sus compañeros, cogió
la escopeta del comisario y amenazó a los guardas diciéndoles:
—¡Marchaos ahora mismo o no lo contaréis!
Temiendo por su vida, los guardas echaron a correr por mitad del campo hasta perderse de
vista, y entonces los galeotes desnudaron al comisario para quedarse con sus ropas.
Sancho lo miraba todo con tristeza, diciéndose a sí mismo: «Ahora los guardas avisarán a la
Santa Hermandadi8 y mi señor y yo acabaremos en la horca por haber soltado a estos
criminales». Don Quijote, en cambio, estaba de lo más satisfecho.
- Para agradecerme la libertad que os he dado —les dijo a los galeotes-, quiero que vayáis
al Toboso y le contéis a mi señora Dulcinea lo que don
Quijote ha hecho por vosotros.
-Eso no puede ser - contestó Ginés de Pasamonte-, porque si fuéramos todos juntos, la
Santa Hermandad no tardaría en encontrarnos. Si queréis, podemos rezarle a vuestra
señora un par de oraciones, pero lo de pedirnos que vayamos al Toboso es pedirle peras al
olmo.
-¡Hijo de la gran puta! -bramó don Quijote—, ¿así me agradeces lo que he hecho por ti?
Al oír aquello, Pasamonte, que no aguantaba insultos de nadie, les guiñó el ojo bizco a sus
compañeros, que nada más ver la señal empezaron a coger piedras del suelo y a tirarlas
contra don Quijote. Sancho se refugió de la pedrisca detrás de su asno, y don Quijote
intentó protegerse con el escudo, pero aun así recibió tantas pedradas que cayó con
Rocinante al suelo. Un galeote le robó la chaquetilla que llevaba, otro le quitó la bacía e
intentó hacerla pedazos contra el suelo, y los demás corrieron hacia Sancho y le quitaron la
ropa hasta dejarlo en camisa.
Cuando los galeotes se hubieron ido, Sancho comenzó a lamentarse
diciendo:
-¡Y lo peor es que la Santa Hermandad vendrá por nosotros para ahorcarnos!
-¡Ay, Sancho -suspiró don Quijote llevándose las manos a la cabeza -, si te hubiera hecho
caso, no nos habría pasado todo esto!
-¡A ver si así escarmienta! Y ahora corra si no quiere acabar en la cárcel, que la Santa
Hermandad no se anda con chiquitas.
-Eres hombre cobarde, Sancho, pero esta vez seguiré tu consejo por complacerte y nos
esconderemos como dices.
Así que Sancho levantó a su amo y a Rocinante, ayudó a don Quijote a montar, subió a
lomos de su borrico y luego los dirigió a todos hacia las ásperas montañas de Sierra
Morena, pensando en pasar allí unos cuantos días hasta que la Santa Hermandad se
olvidase de ellos.