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El chico levantó la mano a modo de saludo. Grace se dio cuenta de que era
muy parecido a Isabella: tenía su pelo dorado y rizado y esos ojos grises
verdosos brillantes que le habían llamado la atención. La piel bronceada estaba
curtida por el trabajo. Llevaba la camiseta colgada del hombro, pero a pesar de
su aspecto informal imponía respeto con su presencia. Grace le calculó a ojo
unos diecisiete años.
Una sonrisa relajada apareció en su cara cuando la vio.
- ¡Te hemos estado esperando! - gritó, aunque estaba bastante cerca de la
chica. - Isa dijo que llegarías más o menos a esta hora.
Grace parpadeó confusa.
- ¿Cómo iba a saber ella cuando llegaría? - preguntó con cautela. En
respuesta, el chico solo movió la mano como si espantara moscas.
- Si la has conocido, debes de saber de su “intuición” - dijo, entrecomillando
con los dedos la última palabra. - Está muy orgullosa de ello. De hecho,
últimamente anda muy orgullosa por todas partes porque tú te vas a unir.
Grace alzó las cejas, incrédula. El chico la molestaba un poco.
- ¿Y por qué me iba a unir a vosotros? Solo me he escapado de esos dos que
me adoptaron, nunca he dicho nada de unirme - en realidad, sí que tenía la
intención de unirse a los rebeldes, pero la actitud pretenciosa del chico la
estaba irritando. Él solo se encogió de hombros.
- Lo que tú quieras, pero si no te unes, no podemos darte comida ni asilo.
Había dado en el clavo. Grace pasó a su lado murmurando entre dientes, pero
él solo le indicó el camino con gesto burlón.
- Me llamo Justin, encantado - dijo con sorna, extendiendo una mano grande y
morena en dirección de la chica. Ella se la estrechó con desgana. - Soy el
hermano de Isabella y uno de los dirigentes de la colonia.
Por eso se parecía tanto a la mujer. Grace cerró los ojos. Conocía ese nombre
de algún sitio... Claro, de la nota. Justin le había escrito que mirara debajo de la
cama y que viniera a la reunión. Sonrió ligeramente, girando la cara para que el
chico no pudiera ver su expresión.
- Tenemos un campamento montado en las cavernas más grandes, con
dormitorios privados, baños, despensas y salas de entrenamiento en las más
pequeñas - continuó Justin sin darse cuenta de la sonrisa de Grace. - El
sistema de cavernas es lo suficientemente grande como para tener muchas
rutas de escape alternativas, pero es fácil perderse. Si caminaras lo suficiente,
supongo que podrías salir al norte de la Tierra Fértil o Alberta; si no murieras
antes, claro.
Justin giró en un pasillo estrecho iluminado con faroles cada varios metros.
- No usamos más tecnología moderna de lo indispensable, porque podrían
rastrear nuestra localización. Lo poco que tenemos incluye un radar viejo,
varios walkie-talkies, un móvil que mantenemos apagado cuando no usamos,
una radio y una televisión antigua, para mantenernos informados. Aparte de
eso, no usamos nada relacionado con tecnología o informática. Los
mecanismos necesarios para el confort los fabricamos nosotros, y aunque sean
rudimentarios, por ahora funcionan bien. Tenemos dos todoterrenos aparcados
en una de las cuevas grandes con salida al exterior.
A medida que iban pasando, Justin apagaba los faroles con un soplido.
- Tenemos bastantes recursos como aceite, madera, telas o vegetales, pero
preferimos ahorrar. Cada noche a las doce encendemos los faroles, y a las seis
de la mañana los apagamos.
- ¿Qué hora es? - interrumpió Grace.
- Las cinco menos cuarto.
- ¿Y qué pasa con Isabella? Todavía no son las seis.
La cara del chico se ensombreció.
- Me ha avisado de que estaba peleando. No podemos arriesgarnos a que la
sigan y nos encuentren aquí.
- ¡Pero apagar los faroles no hará que dejen de seguirla!
- Sin los faroles, es realmente difícil encontrar la entrada. Si ella no puede
venir, ellos tampoco.
Grace le miró con incredulidad.
- Es tu hermana - dijo intentando mantener la calma. A pesar de que no la
conocía desde hace mucho, Isabella ya se había convertido en una figura de
referencia para ella. - Eso es cruel. ¿Y si la encuentran?
Justin se pellizcó en puente de la nariz.
- No podemos sacrificar a doscientas personas por una sola, por muy
importante que sea. Isabella sabe cuidar de sí misma.
Grace apartó la mirada. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
- Oye. - Justin la cogió por los hombros y la obligó a mirarle. - Va a estar bien.
No te preocupes.
Grace tragó saliva.
- Gracias - musitó.
El joven soltó sus brazos.
- Bueno, hemos llegado.
Ante Grace se abría una cueva enorme, de unos cincuenta metros de altura y
casi un kilómetro de largo. Alrededor de un fuego enorme en el centro de la
sala, un grupo grande de personas conversaba animadamente. Más gente
rondaba por la sala, unos preparando la cena, otros limpiando ropa, unos
cuantos más alejado tejiendo. Grace vio a dos niños pequeños pasar corriendo
y gritando para tirarse a una piscina natural entre risas. Varias hamacas
estaban colgadas entre estalactitas, y unas mesas en una esquina de la
caverna estaban siendo desplegadas por cuatro mujeres jóvenes.
Grace se dio cuenta de que Justin estaba esperando a que ella dijera algo. La
chica se colocó debajo de un rayo de luz que entraba por una abertura en el
techo.
- Es... acogedor - dijo en dirección del joven, que se relajó visiblemente. -
¿Cuánta gente vive aquí?
- Unas doscientas cincuenta.
- ¿Y de dónde sacáis el alimento suficiente para todos? - preguntó ella con
curiosidad.
- Tenemos varias zonas en la cueva en las que la tierra es lo suficientemente
fértil y fresca como para cultivar verduras y frutas, y tenemos un par de
animales en otra sala cerca de la entrada.
- ¿Y qué es esa Alberta que mencionaste antes?
Justin se pasó una mano por el pelo.
- Es verdad que tú has sido educada en el sistema corrupto, pero ¿de verdad
no os enseñaban historia?
- Las enfermeras nos dejaban libros con la historia del gobierno. Nada más.
La expresión del chico cambió.
- Bueno, Alberta era un estado en la antigua Canadá; ya sabes, antes de-
Grace asintió en silencio. En ese momento, uno de los niños reunidos
alrededor del fuego se levantó y reparó en ella.
- ¡Justin! - gritó desde el círculo. Casi todos los que estaban allí reunidos
giraron la cabeza para verlos. Grace sintió como su cara se ponía roja y apartó
la mirada.
Entretanto, el niño y varias personas más llegaron junto a ellos.
- ¿Es la nueva? - preguntó el pequeño con curiosidad. Justin solo sonrió y le
pasó una mano por la cabeza, despeinándolo.
-Bienvenida, cariño - dijo una mujer mayor y sonriente al lado de un chico
moreno.
Grace sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas. Murmuró un tímido
“gracias” y escondió la cara en la camiseta.
Justin apartó con delicadeza al niño y anunció a los presentes que Isabella se
había quedado atrás. La sonrisa desapareció de la cara de la señora, sustituida
por una expresión preocupada, y dos hombres jóvenes empezaron a susurrar
algo. El niño pequeño dio unos pasos atrás y se abrazó a una mujer que
parecía ser su madre.
- Ahora, Grace acaba de llegar a la colonia - añadió Justin. - Dejemos que se
prepare y descanse después del viaje, y luego celebraremos su venida. Yo le
enseñaré su habitación.
El joven rodeó a la chica con su brazo y comenzó a caminar en dirección de
una de las pequeñas salas en los lados de la gran caverna. Al pasar al lado de
la fogata, el único chico que quedaba sentado, un adolescente de piel oscura,
gafas redondas y expresión aburrida, le dedicó a Grace una mirada que ella no
supo descifrar.
Justin llevó a Grace a una pequeña habitación de piedra, con varios agujeros
cubiertos con telas de colores. La luz se filtraba entre los paños y bailaba en las
paredes, creando una sensación cálida y familiar que hizo que Grace sintiera
nostalgia por algo que nunca había vivido. La entrada estaba cubierta por una
cortina de cuentas marrones, rojas y amarillas.
Había una hamaca colgada entre unas cortinas suaves de color amarillo. Una
tienda de mantas cubría una mesa baja de madera oscura, llena de papeles
coloridos. Varias plantas con flores azules estaban colocadas entre la entrada y
un cuadro de un campo de trigo dorado que había colgado en la pared. Varios
cojines enormes de distintos colores y cubiertos con mantas estaban
esparcidos alrededor de la pequeña habitación.
- Es preciosa... - susurró Grace, maravillada. - Me encanta...
- Pues espera a ver la ducha - repuso Justin, riendo.
La ducha era una estrecha y diminuta cueva al lado de la habitación. Se
accedía a ella por un túnel por el que había que pasar no agachado, pero
encorvado. La ducha en sí no tenía techo, y se veían por encima varios palos
de madera y un cubo. Un cordel rojo colgaba al lado del hombro de la chica.
- ¿Cómo funciona? - preguntó Grace con curiosidad, tomando una pastilla de
jabón rosado del suelo.
- Cuando llueve, el agua llena el cubo. Cuando te quieras duchar, tiras del
cordel así - con estas palabras, Justin le dio un fuerte tirón al cordel, y un panel
de madera se apartó, dejando ver que el fondo del cubo estaba agujereado. -
El agua cae por los agujeros, y te puedes duchar. Claro que, esto implica que
solo te puedes duchar cuando llueve, o unos días más tarde; pero no pasa
nada, aquí a nadie le importa como huelas - añadió, viendo el sonrojo en la
cara de Grace.
Permanecieron unos momentos en silencio, dejando que el canto de los
pájaros, situados en algún sitio por encima de sus cabezas, llenara la cueva.
- Bueno - dijo Justin, rompiendo la quietud. Grace sacudió la cabeza, como si
acabara de despertar. - Tengo que ir a ocuparme de varias cosas fuera. Tú
coloca tus cosas y ponte cómoda.
Con estas palabras, el chico salió de la ducha y de la habitación, dejando la
cortina de cuentas de la puerta ondeando a su paso.
Grace comenzó a sacar sus cosas. Colocó la figura del superhéroe en la mesa
baja, y las camisetas y las zapatillas sobre la cama. “Me pregunto de dónde
sacan la ropa” pensó distraídamente mientras acariciaba la madera oscura. Por
el tacto y el color se parecía mucho a un nogal que crecía en el jardín del
orfanato. No era originario de la región, y las enfermeras insistían mucho en su
cuidado.
Un ruido como de golpe interrumpió sus pensamientos. Grace levantó la mirada
hacia la puerta. El chico de piel oscura estaba apoyado contra la entrada, y
estaba jugando con las cuentas. Volvió a dar unos golpes con los nudillos en la
pared.
- ¿Se puede? - tenía la voz cálida y tranquila con un matiz de aburrimiento,
pero su mirada era despierta y atenta. Grace sacudió la cabeza
imperceptiblemente.
- Quería pasarme para saludar. - Se encogió de hombros con pereza. - Una
persona nueva siempre atrae la atención. Soy Adrian.
- Grace - respondió ella, dando unos pasos en su dirección y extendiendo una
mano. Él se la estrechó en silencio.
- Me han enviado para preguntarte si por casualidad no tendrías comida.
Grace se dio la vuelta y rebuscó en su mochila hasta encontrar el hatillo en el
que llevaba la comida. Se la entregó a Adrian y abrió la boca para preguntar
dónde estaban las cocinas y si podía ayudar a preparar el desayuno, pero el
chico se le adelantó.
- Nos vemos luego - dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Con estas palabras, se dio la vuelta y se marchó. Grace no esperó a que se
fuera para volver entrar en su habitación y negar con desaprobación. No estaba
muy segura de si le caía bien o no.
La chica miró la hora. Eran todavía las cinco y media de la mañana, y el
desayuno no sería hasta dentro de varias horas. Se preguntó si sería capaz de
encontrar las cocinas por sí misma. A lo mejor podría preguntarle a Justin.
Salió a toda prisa de su habitación y observó a la gente corriendo de un lado a
otro, ocupados con los preparativos. Entre tanta gente, era bastante difícil
observar por donde se llegaba a las cavernas que contenían la cocina. Grace
dudó unos segundos y volvió a entrar en la cueva, con expresión abatida. Se
tumbó en su hamaca y el cansancio de las últimas horas la inundó
repentinamente. La chica cerró los ojos y se sumió en un sueño ligero en el que
veía una y otra vez a los Asecuradores herir a Isabella y obligarla a llevarlos a
las cuevas, solo para revelar ante la multitud aterrada las armas que llevaban
en la capa. Entonces se quitaban la capucha y sus rostros eran los de Hazel y
Elliott que cogían a Grace de la muñeca y se la llevaban a rastras de vuelta a la
casa...
La joven se despertó con un jadeo. Miró la hora: las siete menos diez. Había
dormido poco más de una hora, pero no se sentía descansada en absoluto. Sin
embargo, no quería volver a dormirse. Las pesadillas la aterraban desde que
tenía memoria; en el orfanato solía despertarse gritado, y las cuidadoras la
castigaban por despertar a otros niños.
Grace salió de su cueva frotándose los ojos, cuando un revuelo cerca de la
entrada llamó su atención. La gente se amontonaba alrededor de una mujer de
pelo rubio ondulado, de estatura media... Grace contuvo el aliento. Ese pelo era
inconfundible. Isabella había vuelto.
Una figura alta se hizo paso entre la multitud. Justin se acercó corriendo a su
hermana y la estrechó entre sus brazos. Isabella, aún con la cara arañada y
sangre en el brazo, rio suavemente.
- Estoy bien, Justin - dijo con una sonrisa en la cara. Él se apartó de la mujer y
se asomó al pasillo estrecho de entrada.
- Me he ocupado de que no me sigan - masculló Isabella entre dientes sin dejar
de sonreír. Justin asintió.
- De todas formas, debo asegurarme de que no eres una infiltrada - dijo con
calma. Luego miró entre la gente y señaló a la mujer mayor que antes había
salido a dar la bienvenida a Grace. - Edna, ven con nosotros.
A medida que los tres se iban a una de las cavernas más apartadas, la multitud
se disolvió con un murmullo de aprobación. La gente volvió a sus tareas
anteriores comentando lo ocurrido.
Un hombre se acercó a la chica.
- Necesitamos ayuda para preparar la comida para toda la gente - dijo. Grace
asintió y siguió al hombre, que le indicó el camino al pequeño sistema de
cavernas aparte en el que consistían las cocinas.
Durante las siguientes horas, Grace ayudó a todos los que colaboraban en la
preparación del desayuno. Cuando terminaron, las mesas que ya habían tenido
tiempo de preparar estaban llenas de platos con frutas frescas, tostadas,
dulces y bollos, mantequilla y cereales. Jarras enormes llenas de zumo o de
café estaban colocadas entre los platos, y botes de miel y mermeladas se
mezclaban con boles de leche fría y caliente.
Las mesas se fueron llenando poco a poco. Sintiéndose un poco perdida,
Grace escogió un sitio cerca del final de la gran fila de mesas. A los pocos
minutos, un grupo variado de chicos y chicas de su edad se sentaron a su
alrededor, hablando de lo que tendrían que hacer después del desayuno.
Grace comía en silencio y escuchaba, esperando aprender algo sobre la
organización de esa pequeña sociedad. De repente, una de las chicas se giró
para mirarla. Grace se encogió en su silla, pero la chica solo sonrió y le tendió
la mano.
- Tú eres la nueva, ¿verdad? - preguntó con una voz alegre que sugería un
carácter divertido y soñador. - Soy Nevidiah, pero puedes llamarme Nev. Nadie
me llama por mi nombre real.
Grace se presentó tímidamente, y Nev a su vez le fue señalando a los
miembros de su grupo, que fueron saludando a Grace o simplemente
mirándola con simpatía.
- Y este es René - siguió Nev - y este es Adrian, y esta es Lavinia...
Grace miró por encima del hombro de la chica. Era cierto, Adrian estaba
sentado en una postura relajada con los demás miembros del grupo, hablando
y comiendo tostadas. Grace no le había visto antes porque una chica que
según Nev se llamaba Veronika estaba inclinada sobre la mesa, tapando al
chico. Adrian vio a Grace y la saludó con una inclinación de la cabeza.
- Veo que ya conoces a Adrian. Suele pasarse a saludar a los nuevos -
comentó Nev. Grace asintió y se sirvió café en la taza que tenía delante de su
plato.
El resto del desayuno pasó en una atmósfera agradable y familiar entre chistes
y bromas y conversaciones ligeras. Cuando todo el mundo hubo terminado,
entre todos recogieron la mesa y llevaron lo que había sobrado a las cocinas,
donde varios niños se ocuparon de guardar los restos en una cueva
refrigeradora. Grace se sentó junto al fuego que seguía encendido tras la
noche (Veronika le había dicho que nunca se apagaba) y se abrazó las rodillas
mirando las llamas. En ese momento vio a Justin aproximarse.
- ¿Estás bien? - preguntó con preocupación. Grace asintió y luego negó con la
cabeza. La verdad era que no estaba segura. Justin suspiró.
- Entiendo el estrés del primer día.
- No es que no me guste - le interrumpió Grace. - Es solo que...
- Estás cansada. Deberías dormir.
Grace se dio cuenta de que tenía razón. Lo poco que había dormido no la
había ayudado para nada, y tendría que descansar si no quería ser un estorbo
para la colonia. Sus pesadillas no eran excusa para no dormir.
- Me voy a la cama.
Justin se levantó y le tendió una mano para ayudarla a ponerse de pie. Grace
aceptó la ayuda con gratitud. En cuanto llegó a su habitación, se tumbó sobre
la hamaca y se quedó profundamente dormida, y esta vez sin sueños extraños
ni pesadillas aterradoras.