**Punto 1**
Mi querida Jiyan,
Escribo estas líneas con las manos temblorosas, no por miedo, sino por
la emoción de poder contarte nuestra historia. Tal vez esta carta nunca
llegue a tus manos, tal vez el viento del desierto se la lleve antes de que
puedas leerla, pero necesito escribirla. Necesito que sepas quién fue tu
madre y por qué luchó.
Me llamo Azad, aunque ese no era mi nombre antes. Azad significa
"libre" en kurdo, y me lo gané cuando tomé las armas por primera vez.
Tenía veinte años cuando todo cambió, cuando el mundo se volvió fuego
y sangre, pero también esperanza.
¿Sabes lo que es despertar un día y encontrar que tu hermana ya no
está? Rojin tenía diecisiete años cuando se la llevaron. La encontramos
tres días después. No te voy a describir cómo, pero esa imagen nunca se
borró de mis ojos. Esa noche decidí que prefería morir de pie que vivir de
rodillas. Los hombres de negro habían traído el infierno a nuestras casas,
pero nosotras íbamos a llevárselo de vuelta.
La primera vez que sostuve un Kalashnikov, todavía tenía sangre de mi
hermana bajo las uñas. Beritan, mi comandante, me puso la mano en el
hombro y me dijo: "El odio no te va a ayudar a disparar mejor, Azad.
Pero saber por qué disparas, sí." Tenía razón. Cada bala que disparé
después llevaba el nombre de Rojin grabado en el metal.
**Punto 2**
En el frente no éramos hermanas de sangre, pero derramamos tanta
sangre juntas que se volvió lo mismo. Vomité la primera vez que vi
explotar a una compañera. Me cagué encima la primera vez que un
francotirador me rozó la oreja. Lloré como una niña cuando tuve que
arrastrar el cuerpo de Helin por doscientos metros bajo fuego enemigo
porque no podía dejarla ahí para que se la comieran los perros.
Por las noches, cuando los morteros nos dejaban respirar, contábamos
nuestros muertos. No nuestras victorias. Nuestros muertos. Porque cada
nombre que susurrábamos era un agujero en el pecho que nunca se
cerraría. Hablábamos de ti, Jiyan, pero también hablábamos de las hijas
que nuestras hermanas muertas nunca tendrían.
Recuerdo el día que liberamos Kobanî. Habían pasado ciento treinta y
cuatro días de infierno. Ciento treinta y cuatro días viendo cómo
nuestras casas se convertían en tumbas, nuestras calles en ríos de
sangre y metralla. Cuando finalmente entramos, el olor era insoportable.
Muerte mezclada con pólvora y escombros.
Encontré el cuerpo de la pequeña Berivan en los restos de lo que había
sido su escuela. Tenía ocho años. Le habían cortado la cabeza. La
sostuve en mis brazos y le prometí que su muerte no sería en vano,
aunque sabía que era mentira. Las muertes de los niños siempre son en
vano. Pero era lo único que podía decirle.
**Punto 3**
Tuve miedo todos los días, Jiyan. Miedo de que me violaran antes de
matarme. Miedo de que me cortaran la cabeza y la pusieran en una pica
como hicieron con Rehana. Miedo de que torturaran a las mujeres que
capturaran vivas hasta volverlas locas. Miedo de morir gritando el
nombre de mi hija sin haber podido abrazarla nunca.
Pero el miedo más grande era otro: que todo esto no sirviera para nada.
Que después de tanta sangre, tanta muerte, tanto dolor, el mundo
siguiera siendo el mismo infierno para las mujeres. Que tú crecieras en
el mismo mundo de mierda donde crecí yo.
Por eso seguí disparando, Jiyan. Por eso seguí matando. Porque cada
bala era un paso hacia un amanecer diferente. Un amanecer donde las
niñas no tuvieran que casarse a los doce años. Donde las mujeres
pudieran caminar solas por la noche sin miedo. Donde nadie te dijera
qué pensar, qué sentir, qué creer por el simple hecho de haber nacido
mujer.
Soñaba con un mundo donde todos fuéramos libres. No solo las mujeres.
Los hombres también, libres del peso de tener que ser máquinas de
matar para sentirse hombres. Los niños libres de crecer odiando a quien
es diferente. Un mundo donde el color de tu piel, tu religión, tu lengua, a
quién amas, no determinara si vives o mueres.
**Punto 4**
Las compañeras me decían que era valiente, pero la verdad es que la
valentía no es no tener miedo. La valentía es hacer lo correcto a pesar
del miedo. Y yo sabía que lo correcto era luchar, era resistir, era gritar al
mundo que las mujeres kurdas no nos rendiríamos jamás.
Hubo días en que maté y días en que quise matarme. El primer hombre
que maté tenía tu edad cuando creciste. Dieciocho años. Le disparé en
la cara desde cinco metros. Vi cómo sus ojos se apagaron, cómo la
sangre le salía por la boca. Esa noche no pude comer. Esa semana no
pude dormir. Pero dos días después volví a matar, y ya no vomité.
¿Sabes por qué pude seguir? Porque cada vez que jalaba el gatillo, veía
el futuro que estaba defendiendo. Un futuro donde no habría amos ni
esclavos, donde la tierra sería de quien la trabaja, donde nadie se
arrodillaría ante reyes, presidentes o dioses que les dijeran cómo vivir.
Un futuro where los pueblos decidieran su destino sin que ningún
imperio les impusiera sus fronteras con sangre.
Cavé tantas tumbas que mis manos se volvieron piedra. Cargué tantos
cuerpos que mi espalda se dobló. Vi cómo Şilan se desangró en mis
brazos después de que una bomba le arrancara las piernas. Me suplicó
que no la dejara morir sola. Le mentí. Le dije que iba a estar bien
mientras veía cómo la vida se le escapaba como agua entre los dedos.
Pero también le prometí que su muerte abriría camino a la revolución
que soñábamos: una revolución donde todos los oprimidos del mundo se
levantaran juntos.
**Punto 5**
La revolución de Rojava no fue solo una guerra, mi niña. Fue el primer
grito de algo más grande. El grito de que este mundo podrido podía
cambiar. Que podíamos construir una sociedad sin clases, sin razas, sin
géneros que opriman a otros géneros. Donde el poder no estuviera en
manos de unos pocos cabrones que se creen dioses, sino repartido entre
todos.
Luchamos para que un día no hubiera patronos explotando obreros, para
que no hubiera hombres comprando mujeres, para que no hubiera
blancos pisoteando negros, para que no hubiera heterosexuales
criminalizando a quienes aman diferente. Soñábamos con un amanecer
donde la palabra "opresión" solo existiera en los libros de historia, como
algo que la humanidad dejó atrás junto a la peste y la esclavitud.
En nuestras asambleas construíamos ese futuro con palabras antes de
defenderlo con balas. Cada decisión que tomábamos juntas era una
pequeña victoria contra cinco mil años de tiranía. Cada mujer que
hablaba sin pedir permiso era una revolución. Cada vez que un árabe y
un kurdo se abrazaban como hermanos era un mundo nuevo que nacía.
Si esta carta llega a tus manos, es porque estoy muerta. No me mataron
luchando como una heroína en alguna batalla épica. Me mataron como
mueren la mayoría: rápido, sucio, probablemente cagada del susto y
gritando por mi madre. Pero morí libre, Jiyan. Morí eligiendo. Y morí
creyendo que cada gota de mi sangre regaba las semillas de la
liberación total de la humanidad.
No sé si el mundo que tratamos de construir sobre los cadáveres de
nuestras amigas va a sobrevivir. Probablemente no. Los poderosos no
dejan que los pobres construyan nada que dure. Pero sé que encendimos
una llama, y esa llama se va a extender. Porque la idea de la libertad
absoluta, de un mundo sin opresores ni oprimidos, es más contagiosa
que cualquier virus. Y una vez que la gente la prueba, ya no puede vivir
sin ella.
Todo el dolor, toda la sangre, todos los gritos en la noche valían la pena
si significaban que algún día - tal vez no en tu vida, tal vez no en la vida
de tus hijas, pero algún día - la humanidad despertaría en un amanecer
donde nadie tendría que arrodillarse ante nadie. Donde la libertad no
fuera un privilegio sino el aire que todos respiramos.
No te voy a mentir diciéndote que todo va a estar bien. No va a estar
bien. El mundo es una mierda, Jiyan. Está lleno de hombres que quieren
callarte, que quieren controlarte, que quieren usarte. Pero también está
lleno de mujeres como yo, como mis hermanas muertas, que están
dispuestas a pelear por ese amanecer de liberación total. Somos
semillas de revolución mundial, Jiyan. Y tú eres una de esas semillas.
Sé fuerte porque vas a tener que serlo. Sé feroz porque el mundo va a
tratar de domarte. Y si algún día alguien trata de ponerte de rodillas,
recuerda que tu madre prefirió morir de pie, soñando con un mundo
donde nadie tenga que elegir entre vivir de rodillas o morir de pie,
porque todos viviremos libres.
Con todo mi amor y toda mi esperanza,
*Tu madre, Azad*
*P.D.: En mi mochila encontrarás una pequeña piedra del monte Shingal.
Guárdala. Es un pedazo de la tierra por la que luchamos, un pedazo de
casa que siempre estará contigo.*
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Escrito en las montañas de Qandil
Año de la resistencia
Por la libertad de las mujeres
*Jin, Jiyan, Azadî*