Figuras Inka en Metalistería Altiplánica
Figuras Inka en Metalistería Altiplánica
Jédu Sagárnaga
El Horizonte Tardío se presenta pletórico de figuras en bulto tanto antropo-, como zoo- y
fitomorfas. En particular los inka aportaron poco a la metalistería andina pues, hasta
donde sabemos, lo que hicieron fue congregar expertos metalurgistas y metalisteros de los
pueblos conquistados, en la capital imperial del Cusco. Pero si algo puede reconocerse
como peculiar de la metalistería inka, sin duda es la facturación de un tipo especial de
figuras antropomorfas (femeninas y masculinas) y zoomorfas (llamas y alpacas) que, si
bien tiene su origen en la metalistería de culturas precedentes, durante este período cobra
fuerza y personalidad hasta convertirse definitivamente en "rasgo distintivo" de la cultura
inka. Hay que aclarar que, la misma variante de estatuilla, ha sido elaborada tanto en
metal como en concha marina o mullu, en idioma nativo (Spondylus princeps princeps).
El estilo y la forma de las figuras son prácticamente iguales en oro, plata, cobre o concha.
Se trata de personajes de pie. Las figuras masculinas representan claramente a orejones y,
por lo mismo, asumimos que las femeninas también representan a nobles personajes. En
general tanto hombres como mujeres aparecen desnudos. Son claros los detalles de la cara,
manos, pies, genitales, etc. Los brazos están unidos al pecho y las palmas de las manos,
abiertas. Los varones siempre llevan un chuku (bonete) y largas orejas para los aretes;
mientras que las mujeres presentan cabellera larga, suelta y partida por la mitad.
El dato etnohistórico
Por ejemplo, Xerez (1985: 159 [1534]) al hablar del tesoro que enviaron a España desde
Kajamarka en una de las naves destinadas para tal fin menciona, entre los cántaros y otros
artefactos de oro y plata, "... un ídolo del tamaño de un niño de cuatro años...". En el
Archivo General de Indias existe, adicionalmente, un inventario de artículos recibidos por
Carlos V en el que se mencionan, además de fuentes, vasijas, paneles y otros objetos
igualmente hechos en metales preciosos, “...las figuras de un hombre y una mujer indios,
de mediano tamaño... un ídolo con la figura de un hombre, de 11 libras y 11 onzas..." (citado
por Sagárnaga 1994).
∗
Artículo publicado en TAWANTINSUYU, Revista Internacional de Estudios Inkas. Vol. 3. Pp. 86-94. Canberra 1997.
Acosta (1987: 308 [1590]) menciona una "... estatua de oro grande..." que Pachacútec Inka
Yupanki habría mandado a hacer y "... que llamó Inti-Illapa, y púsola en unas andas todas
de oro, de gran valor, del cual oro llevaron mucho a Caxamalca, para la libertad de
Atahuallpa...". De acuerdo a Sarmiento (1943: [1572]), esa estatua fue rota antes de que
saliera del Cusco.
Habiendo ingresado los españoles en la capital del Tawantinsuyu en 1533, el botín resultó
más suculento. Los templos estaban guarnecidos de oro y plata. Estete (1938: 393 [1532-
1533]) comenta que en la ciudad en ciertos templos a ella comarcanos se hallaron "...
muchas estatuas y figuras de oro y plata enteras, hechas a la forma toda de una mujer y del
tamaño de ella, muy bien labradas y formadas las facciones, de vaciadizo que creo yo era de
lo primo [léase: lo más primoroso], ... que se puede labrar, en ninguna parte; de éstas hubo
más (de) veinte estatuas de oro y plata, éstas debían de ser hechas a imagen de algunas
señoras muertas, porque las cuales las servían y limpiaban con tanta obediencia y respeto,
como si estuvieran en su propia carne, y las guisaban de comer tan a punto y tan
regaladamente como si en efecto lo hubieran de comer; y así se lo llevaban y ponían
delante; y haciendo cierta oración al Sol se lo quitaban y lo comían aquellos sus sirvientes
derramando contra el Sol alguna parte del manjar."
Por su parte Pedro Pizarro (1986: 101 [1571]) da cuenta de los tesoros hallados en una
cueva. Entre otras cosas se refiere a "... un bulto de oro que los indios rrecibieron con gran
pena porque decían que hera figura del primer señor que conquistó esta tierra...". Los
ejércitos inka la habían llevado como estandarte, de ahí que su captura significó gran
pérdida para ellos, según Lothrop (1964).
Del pillaje perpetrado en el Cusco hay otro testigo ocular, Sancho de la Hoz (1917: 181
[1532-1533]). Este secretario de Francisco Pizarro, menciona el botín que alcanzó a ver y
relata que estando ellos en Jauja, llegaban allí piezas despedazadas y otras completas.
Entre estas últimas pudo advertir planchas, "...vajillas...", y otras cosas "...y entre otras
singulares era muy de ver cuatro carneros de oro fino muy grandes y diez o doce figuras de
muger, del tamaño de las mugeres de aquella tierra, todas de oro fino tan hermosas y bien
hechas como si estuvieran vivas. Estas las tenían ellos en tanta veneración como si fueran
señoras de todo el mundo y vivas, y las vestían de ropas hermosas y finísimas, y las
adoraban por Diosas, y les daban de comer y hablaban con ellas como si fueran mugeres de
carne. Estas entraron en el quinto de S.M. Había además otra de plata de la misma
hechura...".
El quinto, o la quinta parte que era destinada como impuesto Real, mencionado por
Sancho, habría de llegar a España recién en 1538. En el Archivo de Indias de Sevilla José
Toribio Medina (1927) trabajó un inventario muy detallado levantado en la época, según el
cual (entre muchas otras cosas) "... fueron registrados tres carneros de oro, de 118 o 119
marcos; 20 estatuas de mujeres, con sus tapaderas, cuyo peso variaba de 124 a 95 marcos;
un enano con bonete artificial y corona. A una de ellas le faltaba un dedo. Los objetos de
plata incluyen tres carneros y un pastor; doce estatuas de mujeres, grandes y pequeñas que
tenían tapaderas ajustadas a ellas...".
En cuanto al templo de Korikancha (al que nos hemos referido en otro artículo),
recuérdese que las descripciones señalan que tenía plantas y animales todos hechos en
metales preciosos; y, por si esto fuera poco, pastores que cuidaban de camélidos con sus
crias, todo elaborado en los referidos metales.
Casi todas las crónicas posteriores a la Conquista mencionan la presencia de estas figuras
grandes en diferentes lugares ceremoniales. Por ejemplo, Betanzos (1987: 51-52 [1551])
describe que Pachacutec Inka Yupanki mandó que se fabrique una estatua de Punchao, el
dios del Sol como "... un niño de oro macizo e vaciadizo e que fuese el tamaño de un niño
de un año y desnudo ... vistióle una camiseta muy ricamente tejida de oro y lana e de
diversas labores e púsole luego una borla según la del estado de los señores y encima della
le puso una patena de oro y en los pies le calzó unos zapatos ojotas ... ". Y la imagen del dios
Hacedor, Pacha Yachachic, en el templo de Quishuarqancha que, según Fray Martín de
Morúa (1987 443-444 [1590-1600], había mandado hacer Pachacutec Inka Yupanki que
"... era de oro, de la grandeza de un muchacho de diez años puesto en pie, el brazo derecho
alto, con la mano casi serrada, y los dedos pulgar e índex altos, como persona que estaba
mandando."
Evidencia arqueológica
Desde los Andes septentrionales hasta los meridionales, han tenido lugar hallazgos de
figuras antropomorfas inka. Los museos de los países andinos y extranjeros cuentan en sus
colecciones con algunos ejemplares que escaparon a la codicia española principalmente por
su tamaño, y por que estas pequeñas piezas no estaban precisamente expuestas al ojo
humano.
También hay unas cuantas piezas más. La mayoría de las figuras tanto humanas como de
animales que se exhiben en los museos bolivianos fueron recolectadas sin registrarse sobre
ellas ningún dato. Siempre aludiendo al caso boliviano, digamos que las más importantes
colecciones como la CFBLP, CFDLP, Gruensfeld, CSCLP, colecciones particulares, etc.
poseen algunos de estos ejemplares (Sagárnaga 1994). Mencionemos también los varios
objetos ubicados en los 'señalo q'epi' o atados ceremoniales de textiles que algunas
comunidades campesinas guardan celosamente desde antaño.
Los ejemplares figurativos que acabamos de mencionar, han sido clasificados atendiendo
diversos criterios:
1. Según la función
a. Las que eran veneradas por todo el pueblo y que por lo tanto eran expuestos en los
nichos de los templos diseminados a lo largo y ancho del Imperio. Debieron ser los de
mayor tamaño y por lo mismo no han llegado hasta nosotros sino a través de las crónicas y
otros documentos coloniales. Mencionamos los nichos como los receptáculos de estas
figuras inkas, con la seguridad que nos proporciona la evidencia arqueológica y el dato
etnohistórico. Así, por ejemplo, Cieza de León (1984 [1551]) habla de los nichos que
contenían doradas imágenes de llamas, información que es corroborada por Garcilaso
(1960 [1609]) quien se refiere a las figuras de animales de oro y plata que eran puestas en
los "... vacios y concavidades que, yendo labrando [el edificio] les dejaban para aquel
efecto...".
b. Las que eran enterradas en el reducto de los mismos templos; que eran colocadas en
santuarios de altura, como las apachetas; o depositadas en lugares sagrados en el lecho
lacustre, siempre en forma de pagos u ofrendas ceremoniales. Sería el caso de las figurillas
excavadas en el Korikancha en Cusco en 1975 (Samanez 1984), las de la apacheta de Walla
Walla en la abra de Qoyllor Rit'i al Este de Cusco (Franco Inojosa 1937) y las halladas bajo
las aguas del Titikaka.
c. Las que hacían las veces custodios y que por lo mismo se guardan, hasta hoy, junto a
las reliquias más preciadas de las comunidades campesinas como son los señalo q'epis que
contienen antiguos tejidos.
d. Esta clase se destinaba al ajuar funerario. A este grupo pertenecerían las piezas
procedentes de Tiwanaku y los cerros El Plomo en Chile y Gallán en Argentina que dicho
sea de paso constituyen santuarios de altura tales como los de los cerros El Toro,
Mercedario, Aconcagua, Pichu Pichu y otros muy bien estudiados por Schobinger
(comunicación personal) y que en su mayoría, exceptuando Cerro Mercedario, poseen
también enterratorios
e. Existe una clase de figuras de reducidas dimensiones, como los de los anteriores
incisos b, c y d. En una colección privada de La Paz, tuvimos la suerte de examinar 2
ejemplares de cobre (tal vez bronce) dispuestos sobre varas, también metálicas, a manera
de cetros, y que hemos mencionado en otro trabajo (Sagárnaga 1995). No conocíamos,
hasta entonces, piezas similares.
a. macizas, obtenidos tal vez por la técnica de la "cera perdida". La figura encontrada
en Tiwanaku, y las 3 de la colección Gruensfeld, pertenecerían a esta clase. Hasta donde se
sabe, todos diosecillos gibados. A ellas debemos añadir 6 figuras macizas de estilo regular
que Bandelier (1910) encontraría en la Isla del Sol.
b. Huecas realizadas mediante las sucesivas técnicas del martillado, recortado,
repujado y, luego de formada la pieza, la suelda; lo cual implica una tecnología más
sofisticada (Valencia 1981). La mayoría de las figuras en cuestión pertenecen a éste
segundo grupo.
Hay que destacar como parte casi inseparable de estas figuras antropomorfas sus atavíos
textiles casi siempre sostenidos por topos y sus adornos hechos de plumas multicolores;
que en el caso de las imágenes pequeñas constituyen verdaderas obras de arte del
miniaturismo inka. En territorio altiplánico boliviano es muy difícil hallar objetos de
materiales orgánicos debido a que las condiciones climáticas no permiten su conservación;
esporádicamente se hallan solamente pequeños tupus en miniatura que dan a entender
que la figurina llevaba vestida.
Disquisiciones
El hecho de haberse hallado figuras masculinas realizadas de manera idéntica por pares y
ofrendadas juntas, como los dos especímenes encontrados en el arrecife Khoa en la
expedición de Reinhard, podría estar haciendo referencia a la cosmovisión dual que regía
el mundo andino. Asimismo creo conveniente señalar que algunas crónicas parecen
apuntar en el sentido de que dioses andinos como Illapa e Inti pudieron haber sido
antropomorfizados en estas figuras.
En cuanto a los diosecillos gibados (macizos todos los que conocemos), Ponce Sanginés
(1969) ha dedicado páginas íntegras a demostrar que se trata de las representaciones de
una divinidad preinka cuyo culto aún subsiste y que no es otro que el Ekeko o Ekako.
Otras variantes
Adjudicadas también a la cultura inka, aparecen en las colecciones diversas del MNALP y
el MMPP, diversas figuras de mamíferos y aves que tienen algunas particularidades: a) son
macizos; b) en su mayoría están hechas en bronce; y c) la técnica empleada en su
confección fue el de moldes bivalvos. Tienen otra característica muy peculiar: a la altura de
la espalda presentan una pequeña oquedad circular y, en medio de ella, un pequeño tarugo
cilíndrico. Tal oquedad sirve para colocar allí un cordel y el tarugo, para evitar que aquél se
salga. El mismo artificio se ha empleado en la confección de las boleadoras y porras
metálicas que se manipulaban mediante un cordel. En el caso de las figuras zoomorfas acá
comentadas, debió servir para colgarlas en lugares selectos. Dado su aparente carácter
religioso, tal vez inclusive dentro de las casas, en rincones especiales, como la
representación de dioses tutelares. Señalemos que los animales más comúnmente
representados son los cóndores y lo que parecen ser zorros, un par de ellos, unidos por el
estomago.
Al margen de estos objetos, hay un tema que se repite con cierta frecuencia y se refiere a
una pareja de cóndores que ornan unas planchas circulares que aparentemente son tapas.
Tal vez hagan referencia, como en el caso de los dos zorros, a la dualidad que regía el
mundo andino. Su crecido número nos hace ver la importancia simbólica que ostentaban.
En 1985 el INAR decomisó un crecido número de objetos precolombinos, entre los cuales
había al menos 4 de estos objetos.
Por último mencionaremos una pieza que, a nuestro entender, es excepcional. Se trata de
una pequeña figurilla antropomorfa de bronce que al parecer debió servir de remate de un
bastón o algo por el estilo. Lo excepcional radica en que es la representación del sapa Inka
con su casco de cuero (chuku) empleado en campañas militares, además de sendas
orejeras. La pieza pertenece a la CFBLP y al parecer es única.
Agradecimientos
ABREVIATURAS
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ANEXOS