Los taxistas de Nueva York son una casta especial.
Audaces hasta el extremo,
conducen a toda pastilla y zigzaguean con brusquedad por calles abarrotadas con una
calma antinatural. Para no perder la cordura, había aprendido a centrarme en la
pantalla de mi smartphone en vez de en los coches que pasaban veloces a escasos
centímetros. Siempre que cometía el error de levantar la vista, terminaba con el pie
derecho clavado en el suelo, como si instintivamente quisiera pisar el freno. Pero, por
una vez, no me hacía falta ninguna distracción. Estaba pegajosa de sudor tras una
intensa clase de Krav Maga, y la cabeza me daba vueltas pensando en lo que había
hecho el hombre al que amaba.
Gideon Cross. Sólo pensar en ese nombre me provocaba una ardiente llamarada de
anhelo por todo mi ejercitado cuerpo. Desde el primer momento en que le vi —desde
que vi a través de su increíble y bellísimo exterior al oscuro y peligroso hombre que
llevaba dentro— había sentido esa atracción que procedía de haber encontrado la otra
mitad de mí misma. Le necesitaba como necesitaba que me latiera el corazón, pero se
había expuesto demasiado, lo había arriesgado todo… porLos taxistas de Nueva York
son una casta especial. Audaces hasta el extremo, conducen a toda pastilla y
zigzaguean con brusquedad por calles abarrotadas con una calma antinatural. Para no
perder la cordura, había aprendido a centrarme en la pantalla de mi smartphone en vez
de en los coches que pasaban veloces a escasos centímetros. Siempre que cometía el
error de levantar la vista, terminaba con el pie derecho clavado en el suelo, como si
instintivamente quisiera pisar el freno. Pero, por una vez, no me hacía falta ninguna
distracción. Estaba pegajosa de sudor tras una intensa clase de Krav Maga, y la cabeza
me daba vueltas pensando en lo que había hecho el hombre al que [Link]
Cross. Sólo pensar en ese nombre me provocaba una ardiente llamarada de anhelo por
todo mi ejercitado cuerpo. Desde el primer momento en que le vi —desde que vi a
través de su increíble y bellísimo exterior al oscuro y peligroso hombre que llevaba
dentro— había sentido esa atracción que procedía de haber encontrado la otra mitad
de mí misma. Le necesitaba como necesitaba que me latiera el corazón, pero se había
expuesto demasiado, lo había arriesgado todo… por
Los taxistas de Nueva York son una casta especial. Audaces hasta el extremo,
conducen a toda pastilla y zigzaguean con brusquedad por calles abarrotadas con una
calma antinatural. Para no perder la cordura, había aprendido a centrarme en la
pantalla de mi smartphone en vez de en los coches que pasaban veloces a escasos
centímetros. Siempre que cometía el error de levantar la vista, terminaba con el pie
derecho clavado en el suelo, como si instintivamente quisiera pisar el freno. Pero, por
una vez, no me hacía falta ninguna distracción. Estaba pegajosa de sudor tras una
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Gideon Cross. Sólo pensar en ese nombre me provocaba una ardiente llamarada de
anhelo por todo mi ejercitado cuerpo. Desde el primer momento en que le vi —desde
que vi a través de su increíble y bellísimo exterior al oscuro y peligroso hombre que
llevaba dentro— había sentido esa atracción que procedía de haber encontrado la otra
mitad de mí misma. Le necesitaba como necesitaba que me latiera el corazón, pero se
había expuesto demasiado, lo había arriesgado todo… porLos taxistas de Nueva York
son una casta especial. Audaces hasta el extremo, conducen a toda pastilla y
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dentro— había sentido esa atracción que procedía de haber encontrado la otra mitad
de mí misma. Le necesitaba como necesitaba que me latiera el corazón, pero se había
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que vi a través de su increíble y bellísimo exterior al oscuro y peligroso hombre que
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mitad de mí misma. Le necesitaba como necesitaba que me latiera el corazón, pero se
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