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La Caza del Dragón del Oeste: Don Custodio

Don Custodio, un cazador de dragones con una imaginación desbordante, confunde un tren subterráneo con un dragón aterrador en la aldea de Robledores del Sur. A pesar de que la aldea ha estado en paz, él se lanza a las vías en un intento heroico de derrotar a la bestia, terminando ligeramente chamuscado y creyendo haber triunfado. Su compañero Floro, más por costumbre que por pena, le asegura que el dragón ha sido derrotado, dejando la paz en el pueblo hasta que alguien más se atreva a usar el metro.

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La Caza del Dragón del Oeste: Don Custodio

Don Custodio, un cazador de dragones con una imaginación desbordante, confunde un tren subterráneo con un dragón aterrador en la aldea de Robledores del Sur. A pesar de que la aldea ha estado en paz, él se lanza a las vías en un intento heroico de derrotar a la bestia, terminando ligeramente chamuscado y creyendo haber triunfado. Su compañero Floro, más por costumbre que por pena, le asegura que el dragón ha sido derrotado, dejando la paz en el pueblo hasta que alguien más se atreva a usar el metro.

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La Última Caza del Valeroso: La Historia de Don Custodio y el

Gran Dragón del Oeste

En la aldea de Robledores del Sur, vivía un cazador de dragones de


renombre dudoso y humor particular, Don Custodio del Caramillo
Hendido. Armado con nada más que una lanza oxidada —que en un
glorioso pasado había sido un palo de escoba— y un casco que alguna
vez fue una olla para hervir papas, se paseaba con el pecho inflado por
las calles, siempre en busca de un adversario digno.

Decía Don Custodio, con su habitual tono ceremonioso, que “no hay en
esta tierra ni bestia ni monstruo tan aterrador como el Dragón del
Oeste”. Claro, el Dragón del Oeste era algo que solo existía en su
imaginación desbocada y se decía que tenía "ojos de carbón encendido"
y "aliento que quemaba como los mil fuegos del purgatorio." La aldea,
sin embargo, no compartía esa visión; para ellos, el Dragón del Oeste
era simplemente el tren subterráneo que, desde hacía dos años, cruzaba
las montañas para llevar a los aldeanos al mercado.

—¿Te hablo en serio, Don Custodio? —le decía su compañero, Floro, un


panadero que acompañaba al cazador en sus delirios, más por
costumbre que por convicción. Floro siempre llevaba un delantal lleno de
manchas de harina, que Don Custodio aseguraba eran cicatrices de
antiguas batallas, a pesar de las obvias migas que colgaban de su
cinturón.

—Floro, te lo digo con el corazón en el pomo de mi espada —le


respondía Don Custodio con voz trémula y a la vez desafiante—, hoy mi
lanza probará el fuego del Dragón. Y este héroe —dijo tocando su pecho
con un puño envuelto en una almohadilla de cocina— devolverá la paz a
este pueblo.

La verdad es que la aldea estaba en paz desde hacía generaciones. Pero


Don Custodio, fiel a su vocación de cazador de dragones, no permitía
que la realidad interferiese en sus ideales. Una noche oscura y húmeda,
después de horas de caminar, Don Custodio y su compañero llegaron al
Valle Profundo del Oeste, conocido en el mapa de la ciudad como
“Estación Central.” Allí aguardaba el Dragón, o al menos así lo veía Don
Custodio: una enorme bestia de metal, con luces rojas que parpadeaban
como los ojos de un demonio.

Floro trató de advertirle, pero Don Custodio avanzó sin escuchar


razones, alzando su lanza hecha de un palo de escoba, envuelto en una
bufanda que había encontrado en el mercado, porque todos sabemos
que ningún cazador se enfrenta a un dragón sin la bufanda adecuada.
“¡Muere, vil engendro de las sombras!” gritó, mientras el tren se
acercaba.

A un lado, un guardia de seguridad observaba la escena con una mezcla


de confusión y hartazgo, y murmuró para sí: “Otro loco más de los que
creen que el metro es alguna especie de amenaza mítica.”

El "dragón" rugió, o más bien, soltó un prolongado silbido, que Don


Custodio interpretó como el grito de guerra de la bestia. Y ahí, en un
acto heroico digno de las mejores leyendas y las más profundas
comedias, nuestro cazador se lanzó a la vía, donde —según él— cruzó
espadas con el dragón en un combate épico. Por un instante, la gente a
su alrededor miró en silencio, luego algunos aplaudieron, confundidos,
creyendo que era una especie de espectáculo callejero.

Finalmente, cuando el "Dragón del Oeste" terminó su trayecto, Don


Custodio yacía sobre las vías, ligeramente chamuscado y respirando con
dificultad, murmurando sus últimas palabras:

—Floro... dime que el dragón ha sido derrotado... —jadeó, mientras el


tren continuaba su marcha, completamente ajeno a su heroico sacrificio.

Floro, que aún masticaba una hogaza de pan, suspiró y, conmovido (más
por costumbre que por pena), asintió.

—Sí, Don Custodio... ha sido derrotado... y el pueblo vuelve a estar en


paz... al menos hasta que alguien más se atreva a subirse al metro.

The Last Hunt of the Valiant: The Tale of Don Custodio and the Great
Western Dragon

In the village of South Robledores, there lived a dragon hunter of


dubious renown and peculiar humor, Don Custodio of the Cleft
Whistlestick . Armed with nothing more than a rusty spear—once
gloriously a broom handle—and a helmet that had previously served as a
potato-boiling pot, he strutted through the streets with his chest puffed
out, always on the lookout for a worthy adversary.

Don Custodio would often proclaim, in his usual ceremonious tone, that
“there is no beast nor monster on this earth as terrifying as the Western
Dragon.” Of course, the Western Dragon existed only in his overactive
imagination. It was said to have "eyes of burning coal" and "breath that
scorched like the thousand fires of purgatory." However, the villagers
didn’t share this vision; to them, the Western Dragon was simply the
subway train that had been crossing the mountains for two years to take
people to the market.

“Are you serious, Don Custodio?” his companion Floro , a baker who
accompanied the hunter more out of habit than conviction, would ask.
Floro always wore an apron stained with flour, which Don Custodio swore
were scars from ancient battles, despite the obvious crumbs hanging
from his belt.

“Floro,” Don Custodio responded, his voice trembling yet defiant, hand
resting dramatically on the hilt of his makeshift spear, “today my lance
will taste the fire of the Dragon. And this hero”—he thumped his chest,
adorned with a kitchen potholder—“will restore peace to this town.”

The truth was, the village had enjoyed peace for generations. But Don
Custodio, ever faithful to his calling as a dragon hunter, refused to let
reality interfere with his ideals. One dark and humid night, after hours of
walking, Don Custodio and his companion arrived at the Deep Western
Valley, known on the city map as “Central Station.” There awaited the
Dragon—or at least what Don Custodio saw as one: a massive metal
beast with red blinking lights resembling the eyes of a demon.

Floro tried to warn him, but Don Custodio marched forward, deaf to
reason, raising his broom-handle spear wrapped in a scarf he’d picked
up at the market because, naturally, no self-respecting dragon hunter
faces a dragon without the proper scarf. “Die, vile spawn of the
shadows!” he shouted as the train approached.

Off to the side, a security guard watched the scene with a mix of
confusion and exasperation, muttering under his breath, “Another lunatic
who thinks the subway is some kind of mythical threat.”

The “dragon” roared—or rather, let out a prolonged whistle—which Don


Custodio interpreted as the battle cry of the beast. And so, in an act
heroic enough for the greatest legends and deepest comedies, our
hunter leapt onto the tracks, where—according to him—he crossed
swords with the dragon in an epic duel. For a moment, the crowd around
him stared in silence, then some began to clap, confused, believing it to
be some sort of street performance.

Finally, when the “Western Dragon” completed its journey, Don Custodio
lay sprawled across the tracks, slightly charred and breathing heavily,
mumbling his final words:
“Floro… tell me the dragon has been defeated…” he gasped, as the train
continued on its way, completely oblivious to his heroic sacrifice.

Floro, still chewing on a loaf of bread, sighed and nodded, moved more
by habit than sorrow.

“Yes, Don Custodio… it’s been defeated… and the village is at peace
again… at least until someone else dares to ride the subway.”

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