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Impacto de Drogas en Salud Mental Comunitaria

El documento aborda los factores negativos que afectan la salud mental en una comunidad, centrándose en el consumo de drogas, los colmadones y la delincuencia. Se destaca cómo estas problemáticas generan un deterioro emocional y psicológico, afectando tanto a los individuos como a sus familias y al entorno social. La investigación sugiere la necesidad de crear conciencia y ofrecer mejores oportunidades para mitigar estos problemas y mejorar la calidad de vida en la comunidad.

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Impacto de Drogas en Salud Mental Comunitaria

El documento aborda los factores negativos que afectan la salud mental en una comunidad, centrándose en el consumo de drogas, los colmadones y la delincuencia. Se destaca cómo estas problemáticas generan un deterioro emocional y psicológico, afectando tanto a los individuos como a sus familias y al entorno social. La investigación sugiere la necesidad de crear conciencia y ofrecer mejores oportunidades para mitigar estos problemas y mejorar la calidad de vida en la comunidad.

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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE SANTO DOMINGO (UASD)

LABORATORIO DE SALUD Y CONDUCTA HUMANA

“FACTORES NEGATIVOS QUE INFLUYEN EN LA


SALUD MENTAL.”

SUSTENTANTE:

Camila Lisbeth Ozuna M 100772972

Santo Domingo, 31 de Marzo de 2025.


INTRODUCCIÓN
Como bien sabemos la salud mental juega un papel fundamental en el bienestar de una
comunidad, esta influye en la calidad de vida, el desarrollo personal y todo lo que conlleva
una convivencia social sana. Sin embargo, si no atendemos a estos mismos factores pueden
afectar negativamente la estabilidad emocional y psicológica de las personas, especialmente
en entornos donde prevalecen situaciones de riesgo. Factores como el consumo de drogas, los
colmadones y la delincuencia se han convertido en preocupaciones constantes en muchas
comunidades, debido a su impacto directo en la tranquilidad y seguridad de las personas.

En esta investigación estaremos abarcando las tres problemáticas más frecuentes en mi


comunidad que en este caso serían las drogas, colmadones y la delincuencia. Esta mas que
claro que esta problemática no solo es frecuente en mi comunidad ya que bien sabemos que
es muy común ver dichas actividades alrededor de la población dominicana.

El consumo de drogas es una de las principales amenazas para la salud mental, ya que no solo
afecta a quienes las consumen, sino también a su entorno familiar y social. La adicción puede
derivar en aislamiento, conflictos interpersonales, pérdida de oportunidades laborales y, en
muchos casos, conductas delictivas que agravan aún más la situación. Además, el abuso de
sustancias está estrechamente vinculado con el deterioro de la salud física y con la aparición
de trastornos mentales como la depresión y la esquizofrenia.

Por otro lado, los colmadones, aunque cumplen una función comercial y social en la
comunidad, pueden convertirse en fuentes de alteración del orden público. La música a alto
volumen, el consumo excesivo de alcohol y los disturbios nocturnos afectan el descanso y la
tranquilidad de los vecinos, generando problemas de insomnio, irritabilidad y estrés.

La delincuencia es otro factor importante en el deterioro de la estabilidad emocional de las


personas. El temor constante a ser víctima de un delito genera altos niveles de ansiedad,
estrés e incluso depresión en quienes viven en zonas con alta taza de delincuencia.

Para comprender mejor el impacto que estos factores conllevan se ha realizado una
investigación en un área de cuatro manzanas en mi comunidad estaremos analizando la
frecuencia con la que ocurren estos fenómenos y cómo nos afectan.
EL IMPACTO DE LAS DROGAS EN LA SALUD MENTAL DE LA
COMUNIDAD

El consumo de drogas es una de las problemáticas más graves en mi comunidad, afectando no


solo a quienes las consumen, sino también a sus familias y al resto de la comunidad. A lo
largo de los años, se ha visto cómo jóvenes y adultos caen en el círculo vicioso de las
adicciones, perdiendo oportunidades de trabajo, alejándose de sus familias y, en muchos
casos, involucrándose en actividades delictivas para mantener su consumo. Esto no solo
genera un problema de salud pública, sino que también afecta la tranquilidad y seguridad del
entorno en el que vivimos.

Para ser más precisos, en mi entorno tres de cada diez jóvenes consumen sustancias ilícitas,
aunque se da en diferentes grados la mayoría de los afectados son jóvenes adultos entre 17 a
25 años. Uno de los factores que más influye en el consumo de las drogas es la facilidad con
la que se consiguen las sustancias ya que para nadie es un secreto que suele haber uno o
varios puntos de droga. A pesar de los esfuerzos de las autoridades, siempre hay puntos de
venta clandestinos que operan en las esquinas, en callejones o incluso en casas particulares.
Esto hace que muchos jóvenes, por curiosidad o por presión social, terminan probando
sustancias como la marihuana, la cocaína o el crack, sin medir las consecuencias. Lo
preocupante es que, una vez que alguien empieza a consumir, es difícil salir de ese mundo sin
el apoyo adecuado, y en la mayoría de los casos, terminan atrapados en la adicción.

Juntas de vecinos, puestos de empanadas, motoconchos, chiriperos, colmaderos, riferos,


religiosos, y ciudadanos de cualquier tipo y de cualquier edad de un barrio determinado,
saben dónde están los puntos de drogas que operan en su sector, y podría decirse que ya
empiezan a verlos como algo normal.

Aunque a simple vista se ven como lugares improvisados, y algunos operan solo con el
contubernio de policías y agentes de la DNCD del lugar, otros tienen delivery, esquema de
vigilancia muy sofisticado como cámara de vigilancia, radios de comunicación, celulares,
vigías, informantes y seguridad armada.

El impacto de las drogas en la salud mental de la comunidad es evidente. Muchas familias


han tenido que lidiar con la angustia de ver a un ser querido deteriorarse por la adicción,
enfrentando episodios de agresividad, paranoia o depresión. Además, el miedo y la
inseguridad crecen, ya que en los lugares donde hay consumo de drogas, también suelen
aumentar los robos, las peleas y la presencia de personas armadas. No es raro escuchar
historias de vecinos que han sido asaltados por alguien que necesitaba dinero para comprar
droga, o de familias que han tenido que sacar a sus hijos del barrio para alejarlos de las malas
influencias.

En algunas partes del barrio, se ha vuelto común ver a grupos de jóvenes fumando marihuana
o bebiendo alcohol en plena calle, como si fuera algo normal. Esto envía un mensaje
equivocado a las nuevas generaciones, quienes crecen viendo estas conductas como algo
aceptable o incluso aspiracional. Además, muchas veces, la falta de oportunidades y la
escasez de espacios recreativos y educativos hacen que los jóvenes se sientan sin rumbo y
busquen escape en las drogas.

La comunidad en general sufre las consecuencias de este problema. Las madres y padres
viven con la preocupación constante de que sus hijos puedan caer en las adicciones. Los
comerciantes se ven afectados cuando la presencia de consumidores y vendedores aleja a los
clientes, y la sensación de inseguridad hace que la gente evite salir de sus casas en ciertas
horas del día. Esto afecta la vida social y el desarrollo del barrio, ya que un lugar donde las
drogas circulan con facilidad se convierte en un entorno donde la desesperanza y el miedo
toman protagonismo.

Hablar de drogas en nuestro barrio es hablar de muchas historias de sufrimiento,


desesperanza y, en algunos casos, tragedias. Muchos jóvenes comienzan a consumir por
curiosidad o por la influencia de amigos que ya están en ese camino. Otros lo hacen porque
buscan escapar de problemas familiares, de la falta de oportunidades o simplemente porque
no encuentran otra manera de sobrellevar su realidad. Al principio, parece algo inofensivo: un
cigarro de marihuana en una esquina, una pastilla en una fiesta, una línea de cocaína para
“sentirse más inspirado”. Pero con el tiempo, lo que empezó como una simple diversión se
convierte en una necesidad, en una adicción difícil de controlar.

El impacto de las drogas en la salud mental de la comunidad es profundo. Para empezar, las
personas que consumen drogas sufren un deterioro progresivo en su bienestar emocional y
psicológico. Al principio, pueden sentir euforia o una sensación de escape, pero con el
tiempo, empiezan a desarrollar ansiedad, paranoia y, en muchos casos, depresión. La adicción
se convierte en una carga que afecta su comportamiento, llevándolos a tomar decisiones
impulsivas o agresivas. Muchas veces, pierden el interés en trabajar, estudiar o mantener
relaciones sanas con su familia y amigos. Las familias de los consumidores también sufren
las consecuencias. Ver a un hijo, hermano o padre caer en la adicción es un dolor
indescriptible. Muchas madres viven con el temor constante de que sus hijos terminen en la
calle, en la cárcel o, en el peor de los casos, sin vida. Hay padres que han tenido que echar a
sus hijos de casa porque ya no pueden soportar el daño que les han causado con sus
conductas erráticas. Hermanos que han crecido viendo cómo un miembro de su familia se
destruye lentamente. En muchos casos, la adicción lleva a la agresión dentro del hogar,
provocando violencia intrafamiliar y una ruptura en la convivencia. Aparte de que la adicción
suele causar confusión emocional en los miembros de la familia, incluidos sentimientos de
culpa, tristeza, ira, ansiedad o vergüenza. También pueden experimentar una sensación de
traición, ya que la persona adicta suele romper las promesas.

El consumo de drogas puede generar un impacto negativo en la salud mental, con frecuencia,
su uso coexiste con enfermedades mentales. En algunos casos, los padecimientos, como
ansiedad, esquizofrenia y depresión, pueden preceder el inicio de consumo crónico de
sustancias psicoactivas. En otros, el uso puede desencadenar enfermedades mentales,
predominando en aquellos que presentan vulnerabilidades de tipo genético, familiar o de
ambiente ante la condición.

Entre los efectos adversos en lo que respecta a la salud mental, pueden evidenciarse síntomas
de estrés, ansiedad y psicóticos, alteraciones del estado de ánimo y trastornos de sueño, entre
otros.

El problema de las drogas no desaparecerá de la noche a la mañana, pero si como comunidad


tomamos conciencia y trabajamos para ofrecer mejores oportunidades a nuestros jóvenes,
podemos hacer una diferencia. Nadie quiere ver a su barrio convertido en un lugar peligroso e
inseguro, y nadie quiere seguir perdiendo a seres queridos por culpa de la adicción.
EL IMPACTO DE LOS COLMADONES EN LA SALUD MENTAL DE
LA COMUNIDAD

Los colmadones son parte del día a día en nuestra comunidad. Desde hace muchos años, estos
establecimientos han sido más que simples negocios; se han convertido en puntos de reunión
donde la gente compra, socializa y se entretiene. Sin embargo, lo que para algunos es un
lugar de diversión y socialización, para otros representa una fuente constante de estrés y
malestar. La música a alto volumen que genera una gran contaminación ambiental, el
consumo excesivo de alcohol y los problemas que suelen generarse en estos lugares han
afectado la tranquilidad de muchos vecinos, convirtiendo lo que debería ser un espacio
comercial en un foco de conflictos.

Algunas características comunes de los colmadones incluyen:


• Venta de bebidas alcohólicas a cualquier hora del día y la noche.
• Uso de bocinas de gran potencia (“kitipó” o “musicón”).
• Punto de encuentro social, especialmente en fines de semana y días festivos.
• Presencia de juegos de azar informales, como dominó y cartas.
• Ambiente que puede fomentar el consumo excesivo de alcohol.
• Ubicación en zonas residenciales, lo que genera conflictos con los vecinos.

Como se dijo uno de los principales problemas de los colmadones en nuestra comunidad es el
ruido excesivo. No importa la hora del día, siempre hay uno que tiene la música a todo
volumen. Para quienes viven cerca, esto se ha vuelto una pesadilla. Hay personas que
trabajan temprano en la mañana y necesitan descansar, pero no pueden porque la bulla de la
música y las conversaciones fuertes no se detiene hasta la madrugada. Los niños tampoco
pueden dormir bien, lo que afecta su rendimiento escolar y su bienestar general. Con el
tiempo, la falta de descanso acumulada genera estrés, ansiedad e irritabilidad, afectando la
salud mental de las personas.

Pero el ruido no es el único problema. En los colmadones, el alcohol fluye sin control, y con
él, vienen las peleas y los conflictos. Muchas veces, las personas que comienzan la noche
tranquilos terminan envueltas en discusiones o en enfrentamientos físicos por cualquier
motivo. Es común ver peleas en plena calle, gritos e incluso casos en los que la violencia
escala hasta niveles peligrosos. Esta situación genera un ambiente de inseguridad en el barrio,
ya que nunca se sabe cuándo una simple salida a comprar algo al colmado puede convertirse
en un momento de peligro.

Otro problema serio es la presencia de menores en estos lugares. Aunque en teoría no


deberían estar en un colmadón, la realidad es que muchos jóvenes del barrio se agrupan en las
afueras de estos establecimientos, observando y, en algunos casos, consumiendo alcohol
desde temprana edad. Esto crea un círculo vicioso en el que nuevas generaciones ven el
consumo de alcohol como algo normal e incluso necesario para socializar. Para los padres,
esto es una preocupación constante, ya que temen que sus hijos terminen envueltos en hábitos
poco saludables o en malas influencias.

El colmadón es un hecho social producto de la falta de lugares de diversión en los barrios de


nuestras ciudades, pero constituye un factor de desasosiego para las familias que viven a su
alrededor que ven desaparecer la paz y la tranquilidad a que tienen derecho. Se sabe que
todos sin distinciones necesitamos un lugar de desahogo y entretenimiento pero estos lugares
provocan desorden e influye a actividades que pueden dañar nuestra salud tanto mental como
física.

El impacto de los colmadones en la salud mental también se siente en la convivencia del


barrio. Muchos vecinos han tenido discusiones entre sí por el tema del ruido y la bulla. Hay
quienes han intentado hablar con los dueños de los colmadones para pedir que bajen la
música o controlen a sus clientes, pero rara vez hay cambios. Algunos incluso temen hacer
reclamos por miedo a represalias, ya que en algunos de estos lugares se reúnen personas
problemáticas. Esto genera un sentimiento de impotencia y frustración en la comunidad, ya
que las personas sienten que no pueden hacer nada para mejorar su propia calidad de vida.

Además, no se puede ignorar el hecho de que los colmadones, en muchos casos, están
asociados con otras problemáticas del barrio, como el tráfico de drogas y la delincuencia. No
es raro que algunos de estos lugares sirvan como puntos de venta o distribución de sustancias
ilícitas, lo que aumenta la presencia de personas con malas intenciones.

Otro aspecto preocupante es el impacto que tienen estos lugares en la salud emocional de
muchas personas del barrio, especialmente en las familias. Hay hogares donde el padre o la
madre pasan más tiempo en un colmadón bebiendo que en su propia casa, descuidando a sus
hijos y sus responsabilidades. Esto genera problemas familiares, discusiones constantes y, en
algunos casos, violencia doméstica. Para los niños que crecen en estos entornos, ver a sus
padres en este tipo de situaciones puede generar traumas, baja autoestima y dificultades en su
desarrollo emocional.

Los tiempos cambian y las tradiciones también, aunque nunca llegamos a imaginar que esta
generación dentro del proceso de descomposición que le ha tocado vivir, se iba a ver envuelta
en un cambio tan drástico y desfavorable a nivel de su comunidad, el cual está afectando
directamente su dinámica familiar y a todos los miembros que integran dichas familias.

Es importante reconocer que los colmadones no son un problema en sí mismos. En muchos


casos, son negocios familiares que generan empleo y ayudan a la economía local. Sin
embargo, cuando no se regulan correctamente y se convierten en centros de ruido, desorden y
conflicto, terminan afectando la calidad de vida de quienes viven cerca. Por eso, es necesario
que tanto las autoridades como los dueños de estos establecimientos y la comunidad en
general trabajen juntos para encontrar soluciones.

En conclusión, los colmadones forman parte de nuestra cultura y tradición, pero cuando
operan sin control, pueden tener un impacto negativo en la salud mental y el bienestar de la
comunidad. El ruido excesivo, la violencia, el consumo desmedido de alcohol y la
inseguridad son problemas que afectan a todos y que deben ser atendidos. Es momento de
que como comunidad tomemos conciencia y busquemos soluciones para que estos
establecimientos puedan seguir funcionando sin comprometer la tranquilidad y el bienestar de
quienes vivimos en el barrio.
EL IMPACTO DE LA DELINCUENCIA EN LA SALUD MENTAL DE
LA COMUNIDAD

La delincuencia es, sin duda, uno de los problemas más preocupantes en nuestro barrio. Es un
tema del que todos hablamos, pero que parece no tener solución. Con el paso de los años, la
sensación de inseguridad ha ido en aumento, afectando la vida cotidiana de los vecinos y
generando un impacto negativo en la salud mental de la comunidad. El miedo, la ansiedad y
el estrés se han convertido en emociones comunes entre quienes viven en el barrio, porque
nunca se sabe cuándo alguien puede ser víctima de un robo, una agresión o incluso un acto de
violencia más grave.

Antes, la gente podía caminar tranquila por las calles, pero hoy en día muchos evitan salir
después de cierta hora, cambian sus rutas para evitar zonas peligrosas o simplemente
prefieren no arriesgarse. Las historias de asaltos, tiroteos y atracos se han vuelto parte de la
conversación diaria. “A fulano lo atracaron cuando salía de su casa”, “anoche se escucharon
disparos cerca del parque”, “hay que andar con cuidado porque en la esquina están robando
mucho”. Este tipo de comentarios reflejan el nivel de inseguridad en el que vivimos y el
impacto psicológico que tiene en los residentes.

Muchas personas tanto adultos como jóvenes han perdido la vida a causa de la delincuencia
ya sea por querer quitarle sus pertenencias o porque la víctima puso resistencia. De ahí que
cada hora al menos seis personas son víctimas en República Dominicana de las acciones de
raterismo, robos o asaltos a nivel más sofisticado. Los robos y atracos se han convertido en
una epidemia fuera de control que afecta a todos, sin importar si pertenecen a la clase alta,
clase media o viven en los barrios pobres, a tal punto que entre los años 2017 y 2018 se
cometieron 109,154 delitos de estos tipos.

Las personas que resultaron víctimas de un atraco pueden tener pensamientos recurrentes del
acontecimiento, algunos pueden experimentar pesadillas, ya que un hecho de esta naturaleza
puede causar trauma y trastornos del sueño, angustia e irritabilidad.

Vivir una experiencia traumática, que amenace tanto la integridad física como la mental,
como es el caso de un asalto, puede provocar repercusiones psicológicas severas en una
persona.

El temor constante a ser víctima de un delito genera ansiedad y estrés crónico. Muchas
personas han cambiado su estilo de vida debido a la delincuencia. Hay quienes han instalado
rejas y cámaras de seguridad en sus casas, quienes ya no usan el celular en la calle por miedo
a que se lo arrebaten y quienes prefieren no salir a ciertas horas para evitar riesgos. Esta
sensación de inseguridad limita la libertad de los ciudadanos y afecta su calidad de vida. Vivir
con miedo no es vivir plenamente, y cuando ese miedo se convierte en algo cotidiano, la
salud mental de la comunidad se deteriora.

Uno de los factores que ha contribuido al aumento de la delincuencia en el barrio es la falta


de oportunidades. Muchos jóvenes, al no encontrar empleo ni alternativas para salir adelante,
terminan involucrándose en actividades delictivas. En algunas zonas, se ha vuelto común ver
a grupos de muchachos reunidos en esquinas, observando a las personas que pasan y
buscando cualquier oportunidad para robar. Algunos comienzan con pequeños robos, pero
con el tiempo, la situación escala a delitos más graves. En muchos casos, la delincuencia se
convierte en un ciclo del que es difícil salir, especialmente cuando no hay programas de
ayuda ni alternativas para quienes quieren dejar ese camino.

Otro aspecto preocupante es la presencia de armas en el barrio. En muchas ocasiones, los


robos no son simples arrebatos, sino que involucran violencia y uso de armas de fuego o
cuchillos. La posibilidad de que un asalto termine en una tragedia es algo que mantiene a los
vecinos en constante tensión. No solo se trata del miedo a perder pertenencias materiales,
sino del riesgo real de perder la vida por resistirse a un atraco o simplemente por estar en el
lugar equivocado en el momento equivocado.
La delincuencia también ha afectado el sentido de comunidad. Antes, los vecinos se conocían
y se apoyaban entre sí, pero ahora la desconfianza ha aumentado. Muchas personas prefieren
no involucrarse en problemas por miedo a represalias. Hay quienes han presenciado un robo,
pero no denuncian por temor a que los delincuentes tomen represalias. Este miedo alienta un
ambiente de impunidad, donde los criminales sienten que pueden actuar sin consecuencias.
Para los niños y adolescentes que crecen en este entorno, la delincuencia puede tener efectos
devastadores en su desarrollo emocional. Muchos menores han sido testigos de asaltos o
enfrentamientos violentos, lo que les genera traumas y un sentimiento constante de
inseguridad. Además, algunos jóvenes ven a los delincuentes como figuras de poder o éxito,
ya que obtienen dinero de manera rápida y parecen tener control sobre el barrio. Esta
percepción distorsionada de la realidad puede llevar a que más adolescentes se involucren en
actividades delictivas, perpetuando el problema.

Otro grupo afectado por la delincuencia es el de los comerciantes. Los negocios locales han
sufrido robos constantes, lo que les genera pérdidas económicas y, en muchos casos, los
obliga a cerrar. La falta de seguridad espanta a los clientes, y los dueños de los negocios
tienen que gastar dinero extra en medidas de protección, como cámaras, rejas y seguridad
privada. Esto no solo afecta a los comerciantes, sino también a la economía de la comunidad
en general, ya que un entorno inseguro limita el desarrollo y la inversión.
Las autoridades han intentado controlar la delincuencia con operativos policiales, pero
muchas veces estas medidas son temporales y no resuelven el problema de fondo. Se necesita
un enfoque más integral, que incluya no solo la presencia policial, sino también
oportunidades de educación y empleo para los jóvenes.

Dentro de las técnicas que los terapeutas aplican para tratar a los pacientes afectados se
encuentra la desensibilización sistemática, que consiste en exponer imaginariamente y
físicamente a la persona frente a ese acontecimiento que le generó la crisis o trauma.
La delincuencia ha dejado una huella profunda en la salud mental de nuestra comunidad. El
miedo, la ansiedad y la desconfianza se han convertido en parte de la vida diaria de los
vecinos, afectando su bienestar y calidad de vida. Sin embargo, no podemos resignarnos a
vivir en un entorno de inseguridad. Es fundamental que se tomen medidas para recuperar la
tranquilidad del barrio, brindando oportunidades a los jóvenes, fortaleciendo la seguridad y
promoviendo la unión comunitaria.
CONCLUSIÓN
Este trabajo me ha permitido ver la situación en la que la sociedad, en este caso una parte de
mi comunidad está sumida en varias situaciones un tanto desesperantes, estos factores son los
principales factores negativos que afectan la salud mental de nuestra comunidad.

Es evidente que estos factores no solo generan problemas individuales, sino que también
afectan la convivencia social. El consumo de drogas y alcohol puede derivar en adicciones y
problemas de salud mental, mientras que los colmadones, con su ruido excesivo y venta
indiscriminada de bebidas alcohólicas, alteran la tranquilidad de la comunidad.
La delincuencia, por su parte, mantiene a la población en un estado de constante estrés y
temor, limitando su calidad de vida. Esto solo constituye una parte de los tantos efectos
negativos que provocan estas problemáticas, estos problemas no deben ser ignorados ya que
tienen un impacto significativo en la salud mental.

A partir de estos puntos, las cinco recomendaciones que se pueden dar para aplacar el
impacto de estos factores en la salud mental de nuestra comunidad son:

1. Fortalecer los programas de prevención y educación: Implementar campañas de


concienciación sobre el consumo de drogas y alcohol, así como programas educativos
dirigidos a jóvenes.

2. Regular y controlar los colmadones: Establecer normas más estrictas sobre el volumen
de la música, los horarios de venta de alcohol y la presencia de menores en estos
establecimientos para reducir su impacto negativo en la comunidad.

3. Mejorar la seguridad en el barrio: Aumentar la presencia policial y fomentar la denuncia


ciudadana para reducir los niveles de delincuencia y garantizar un ambiente más seguro para
todos.

4. Crear más espacios de recreación y apoyo social: Desarrollar áreas donde los jóvenes
puedan participar en actividades deportivas, culturales y educativas como alternativa a las
calles y al consumo de sustancias.
5. Brindar apoyo psicológico y social a los afectados: Implementar programas de atención
psicológica gratuita para personas que sufren de estrés, ansiedad o depresión debido a estas
problemáticas.

En conclusión, abordar estos problemas requiere un esfuerzo colectivo. La comunidad debe


involucrarse en la solución, y las autoridades deben asumir su responsabilidad para garantizar
que se implementen medidas efectivas. Solo a través del compromiso y la acción podremos
construir un entorno más seguro y saludable para todos.
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4000700008
ANEXO

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